martes, 31 de octubre de 2017

El postumismo


Pedro Conde Sturla
(en proceso de corrección)



El autor agradece a Francisco Antonio Avelino
y Manolito Mora -el Serrano- por las valiosas orientaciones 
y documentos que han hecho posible
la realización de este trabajo


El postumismo es hijo de la fe, de la razón y el deslumbramiento. Hijo es de circunstancias excepcionales –circunstancias de luto- y es por excelencia excepcional… Excepcional y luctuoso.
En circunstancias de luto, durante la primera intervención armada norteamericana, tuvo lugar su nacimiento, y en circunstancias de luto, durante la tiranía de Trujillo, ejerció su dramática influencia.
El mérito y la paternidad del movimiento corresponden a Rafael Augusto Zorrilla, Domingo Moreno Jimenes y Andrés Avelino, un trío de concienzudos agitadores.
En medio del derrumbe de la patria, ellos volvieron los ojos hacia el paisaje y el ser nativos, asumieron, de hecho, una actitud que nada o poco tenía de inocente, fortuita o contemplativa.
En el trámite desempolvaron y reformularon ideales que eran comunes o extensivos al resto del continente. Bastó una simple mirada retrospectiva –mirada de reafirmación y desagravio- para incorporar a la poesía criolla el mosaico de razas y sinsabores del terruño.    
El postumismo representa nuestro segundo descubrimiento, o más bien el primero: el descubrimiento de la realidad nacional. Ningún otro movimiento tiene raíces tan hondas en la historia, la sociedad y la cultura dominicanas.
Domingo Moreno Jimenes aportó la mayor cuota de fe, no cabe duda, su irreductible fe mesiánica en la “religión universal del arte”, la “religión de la poesía”, como solía decir.
Nadie como él perseveró en la gracia de la palabra humilde, en el culto y la gracia de la poesía desnuda. Nadie como él se aproximó a esa religión, a la santidad de la poesía, que era su gran ideal. Por eso fue Domingo, el Domingo dos veces de la isla. No lunes, no martes, ni siquiera sábado. Domingo Moreno Jimenes.
Moreno Jimenes aportó elementos teóricos aislados, ocasionales, sin verdadero cuerpo doctrinario, pero contribuyó con Rafael Augusto Zorrilla a darle forma y cohesión al nuevo modo del decir poético.
Andrés Avelino fue quien realmente sentó la zapata, la base ideológica del postumismo, Avelino introdujo, en efecto, una visión de conjunto del fenómeno –la única-, recogió los fragmentos dispersos de teoría, organizó las intuiciones críticas y aterrizó, finalmente, en la preceptiva redonda, contradictoria e irreverente del llamado manifiesto postumista. Él fue quien armó el muñeco. Él fue el sumo titular de la razón teórica, así como Domingo Moreno Jimenes fue el sumo titular de la razón poética.
En cambio el deslumbramiento, la locura del deslumbramiento, fue común a los tres y contagió, desde luego, a muchos otros.
En la práctica, la personalidad de Zorrilla, su generosidad y desprendimiento –así como su propia concepción del proyecto-, constituyeron el factor aglutinante. A la casa de Zorrilla en la proclamada Colina Sacra (alturas de Villa Francisca) fue a parar Avelino en calidad de huésped y allí se familiarizó con Moreno Jimenes, quien frecuentaba el lugar asiduamente (a veces como visitante y a veces como refugiado).
Zorrilla conservó de esa época una memoria diáfana,  de la cual dejó, por suerte, un registro pormenorizado en un conocido artículo: “Origen del Postumismo”:
“Por el año 1918, la revista ‘Letras’ nos mostró una labor  poética completamente extraña a nuestra tradición literaria: esta labor, obra de un poeta que bien podemos llamar de estética personal, produjo entre los literatos de más fuste, un ensordecedor escarceo; era natural que una lírica como esta, desprovista de toda traba métrica y desnuda de todo retórico amaneramiento, no encontrara acogida favorable en el primer momento, dado a nuestro especial escepticismo por todo lo que trastorna el pausado discurrir de las cosas.
“Sin embargo, en el ánimo del director de la aludida revista, escritor Horacio Blanco Fombona y en el del esteta Vigil-Díaz se despertó un entusiasmo a todas luces beneficioso para el autor. Estos no paraban mientes en todo momento y siempre que la ocasión lo permitía, en alabar públicamente la nueva esquema espiritual. Moreno Jimenes, quien es el escritor del que he venido haciendo referencia, está dotado de un carácter refractario a las necesidades de la moderna sociedad. Siempre ha vivido dentro de un reducido número de amigos. En aquellos días, para restarse molestias, viose precisado a refugiarse en los más íntimos. En ese escaso número me encontraba yo. Nuestras ansias de libertad artística y nuestros ideales estéticos, llegaron a hacerse tan idénticos, que nuestra amistad llegó a los más dilatados dominios de la excelsitud. En los primeros meses del año 1920 llegó a esta ciudad el escritor Andrés Avelino, quien a postrimerías de ese año dio comienzo a hacer pública su labor poética desde las columnas de ‘La Cuna de América’. Esta labor, algo orientada en el campo de la evangelización nueva, tenía alguna afinidad con la de Moreno Jimenes, lo cual como consecuencia natural hizo que en muy breve tiempo, el poeta Andrés Avelino fuese nuestro más cordial camarada y compartiese con nosotros nuestras íntimas veladas, a veces bajo la arboleda empapada de aliento lunar”.
Al calor de las tertulias surgió, pues, en la clandestinidad, o por lo menos en la intimidad, la idea de un movimiento poético que se perfilaba disidente, alternativo, un movimiento que enfrentaría el pasado y daría la cara al presente con ambiciones de futuro.
Postumismo, el nombre con que fue bautizado por Avelino, revela un acierto, denota la lucidez del entramado postumista. Por razones de intolerancia e incomprensión epocales, el movimiento tendría –como el término indica- una validez póstuma o por lo menos a posteriori.  Avelino lo explica, por cierto, con lujo de detalles: 
“La convicción que yo tenía de que ese arte sería de intuición futura, obra de arte póstuma, me impulsó, en una brillante y fría mañana de marzo, a proponer a Moreno Jimenes la bandera de Postumismo para la revolución estética que en la placidez aldeana de Villa Francisca (colina sacra) planeábamos en silencio con Rafael Zorrilla. Nuestro inolvidable Zorrilla, el más racionalista de los tres –era la verbosidad hecha hombre- nos discutió el nombre por espacio de varias horas, pero al fin fue por nosotros convencido”. 



El destape postumista

El destape del movimiento postumista iba a tener lugar en la revista Letras, pero las circunstancias obraron adversamente.Letras era una revista abierta a la crítica y a las ideas innovadoras. Entre sus más asiduos colaboradores se contaban postumistas, anti-intervencionistas y otros de ideas afines. Su director y fundador (Horacio Blanco Fombona), un exiliado, pertenecía a una ilustre familia de escritores venezolanos. Y como buen venezolano había hecho suya la lucha de los dominicanos contra las fuerzas de ocupación y era un opositor irreductible.
Las páginas de Letras, en efecto, ofrecían testimonio y modelo de vergüenza, de integridad intelectual, de patriotismo. Allí, al igual que en otras publicaciones de la época, se expresaba una modalidad de resistencia abierta al invasor. Noticias y comentarios desafiaban, a menudo abiertamente, la censura del imperio. De hecho, no pasaba una semana sin que la revista diera cuenta del rosario de agravio padecido por los dominicanos.
El número 152 del 28 de marzo de 1920 publicó, por ejemplo, fotografías de la Ceiba de Colón, antes y después de ser mutilada por orden del ayuntamiento. En su columna editorial, “En el correr de los días”, Blanco Fombona escribió acerbos comentarios. La mutilación de la ceiba, que era una especie de símbolo patrio, fue interpretada como un acto de barbarie y un insulto, y repercutió negativamente en el país, suscitando un clamoroso episodio de opinión. El mismo inspiró a Moreno uno de sus mejores y más celebrados poemas: “La fiesta del árbol”. En éste habla Moreno del “dolor de la patria” y de los “ultrajes de yanquilandia”. Ultrajes que, por cierto, le había tocado sufrir en carne propia un par de semanas antes de la mutilación de la ceiba. El número 130 de la prestigiosa revista, correspondiente al 14 de marzo de 1920, informa precisamente de un atropello inaudito contra el poeta de marras:
“El martes a las diez de la noche se dirigía de San Carlos a su casa de habitación en Villa Francisca, nuestro distinguido amigo y colaborador el alto poeta Domingo Moreno Jimenes, cuando un grupo de militares americanos le salió al paso agarrándole unos mientras otros le daban golpes y le tapaban la boca para que no gritara, todo lo cual les causaba gran risa a los militares. A duras penas pudo el talentoso poeta deshacerse de sus gratuitos agresores y entrarse en una pulpería buscando amparo, de donde fue sacado por los militares americanos, golpeado nuevamente y tirado sobre un saco de sal. Fuerte mano le apretó por el cuello y arrojó algunas gotas de sangre. Nosotros no protestamos, la protesta surgirá indignada a la lectura de tales hechos del corazón de los dominicanos. Este no es un hecho aislado. Casos de atropello como este se repiten frecuentemente en todos los lugares de la República. Nosotros, repetimos, no protestamos. Ante quién? Para qué? Hace cuatro años que se vienen sucediendo estos hechos ininterrumpidamente sin que tengan correctivo.”
En la misma línea de crítica desembozada, la revista Letras dio cabida en los números 175 y 177 (24 de octubre y 7 de noviembre de 1920) a unos agrios editoriales sobre los designios perversos del Libro Azul: una publicación orientada a mostrar los progresos del país bajo el régimen de ocupación.
Para peor, el número 177, el último, traía en la portada un tétrico testimonio de las bondades del mismo régimen de ocupación: la foto de Cayo Báez, calzada por unos comentarios sin desperdicios. La foto, histórica, había sido tomada varias semanas después de un brutal interrogatorio realizado por “Oficiales americanos y soldados de la guardia”. En ella, el cuerpo del infeliz mártir campesino presenta, entre otras cosas, laceraciones de machete al rojo degeneradas en cicatrices del tamaño de un puño. La ironía era fina y atroz. Al parecer por descuido, sólo por descuido, la foto no había sido incluida entre las páginas del Libro Azul.
“Por ese delito –escribe José R. López- Blanco Fombona fue sometido a seis penas:
1º Allanamiento.
2º  Confiscación de la edición de ‘Letras’.
3º  Prisión.
4º  Multa.
5º  Suspensión de la publicación de la revista ‘Letras’.
Esas cinco primeras penas fueron establecidas en la sentencia pronunciada sin que el acusado, que se considera inocente, se defendiera.
Posteriormente, sin que el reo fuera acusado de nueva contravención, delito o crimen, y después de electo por los delegados de los periódicos ‘Presidente del primer congreso de prensa dominicana’, reunido en esta Capital la noche del 20 del corriente, el poder militar le ha notificado una nueva pena:
6º  Expulsión del país debiendo salir de él, a más tardar, el 4 de diciembre próximo.
Como la sentencia no prohíbe la circulación de una nueva revista, e incurre en el olvido de dejar al Sr. Blanco Fombona en el ejercicio del periodismo en el país hasta el 4 de diciembre, y fuera del país hasta cuando le plazca, desde hoy se inicia la publicación de otra revista, la revista ‘L’, la cual tratará de cumplir todos los compromisos que quedaron pendientes por la suspensión de fuente militar.” (José R. López, “Del vía crucis”, L, 14 de noviembre de 1920).
En fin, Blanco Fombona fue declarado persona non-grata, a pesar de ser –como dijo un columnista-  persona gratísima para el pueblo dominicano, y enviado sin contemplaciones al exilio, un doble exilio, del que retornaría a fundar otra revista: Bahoruco.
A partir del segundo número, la dirección de L (o L…..) cayó en manos de Quiterio Berroa, quien la mantuvo en la misma línea oposicionista intransigente, hasta el momento de su desaparición por asfixia al cabo de pocas semanas.
En una de sus últimas publicaciones, Quiterio Berroa anunció, y justificó, por cierto, la inminente “publicación de la ‘Edición Postumista’, la que pudo haber sido y no fue.
“Pronto verá la luz pública la edición ‘L…..’ dedicada al Postumismo, para dar a los revolucionarios de la Colina Sacra, ocasión de exhibir lo mejor de sus huertos i sus jardines, i de exponer su manifiesto.
Cuando anunciamos que habíamos complacido al poeta Domingo Moreno Jimenes –nuestro querido colaborador- cediéndole todas las páginas de una próxima edición de ‘L…..’, algunos amigos de esta revista se alarmaron i nos interrogaron –con perfecto derecho- acerca del motivo oculto de lo que ellos consideraban nuestra ‘peligrosa benevolencia’. A esos amigos respondimos así: ‘No somos partidarios ni enemigos del POSTUMISMO. En materia de arte, somos eclécticos sin dejar de ser sincréticos, porque creemos que toda obra artística es el espejo más o menos límpido, de una emoción, o de una serie de emociones. Comprimir las emociones inofensivas es siempre una impiedad, i a veces puedes ser el inconsulto motivo de la pérdida de futuros tesoros. Suspendamos el juicio y esperemos.'”
La “Edición Postumista” vio la luz, finalmente, en La Cuna de América) segundo número del mes de marzo, 1921, num. 19). A título de homenaje, La Cuna.. incluyó, por supuesto, una foto de Blanco Fombona, “Fundador de la revista LETRAS, en cuyos alvéolos colocó Moreno Jimenes los huevos del ‘Postumismo'”.

Avelino y el postumismo

Domino Moreno Jimenes reseñó y celebró el surgimiento del postumismo con palabras teñidas de  gratitud y emoción:
“El 21 de marzo de 1921 es proclamado  el Postumismo en ‘La Cuna de América’. La legendaria revista dominicana dedica al movimiento en formación una edición completa”.
Ese mismo año, Andrés Avelino publica el poemario Fantaseos, con enjundioso “Prelimar” del propio Moreno Jimenes  (un artículo  de orfebrería). En las paginas finales (51-56) aparece sin título, y con la firma de Avelino al calce, el llamado manifiesto postumista, donde no figura, por cierto, la palabra “postumista” o “postumismo”
Avelino volverá sobre el tema en otros textos de su interesante bibliografía, como “El Postumismo y la música” (1922), (Panfleto Postumista” (1922), “Pequeña antología postumista” (1922), “Raíz enésima del Postumismo” (1924], “Metafísica categorial” (1940) y  “Hacia una estética metafísica”. (1940).
El Postumismo y la música, que según Baeza Flores “viene  a ser otro manifiesto postumista”, forma parte de un folleto titulado “Del movimiento postumista” (1922]: especie de edición conmemorativa del primer aniversario del movimiento: la primera
y la única. El folleto recoge, además, un importante trabajo de Rafael Augusto Zorrilla: “Apuntes postumistas”, así como poemas, comentarios y cartas de fundadores, simpatizantes e incluso disidentes del postumismo. Lo básico del pensamiento original de esta doctrina se encuentra en estas fuentes tantas veces citadas, incomprendidas a veces, y muchas veces tergiversadas, malversadas. No hay que olvidar, desde luego, las numerosas entregas de “El día estético”, órgano oficial del postumismo, y los innumerables ensayos, opiniones y entrevistas que en torno al movimiento andan aún dispersos por todo el ámbito de la prensa nacional. Difícil, por demás, pero necesario, es rastrear a fondo el hilo de este  filón del pensamiento –y de la polémica del postumismo- para fines de su congregación en “cuerpo único”.
Cuando publicó su manifiesto, Andrés Avelino tenía 21 años, la edad del siglo con el que había nacido. Era, sin duda, un idealista, uno de esos que intentaba tomar el infinito por asalto. Idealista desde siempre. Luego filósofo, matemático, y, aún peor, poeta. En un ensayo de antología, Pedro Delgado Malagón lo califica de “Quijote provinciano, como había de ser, porque no existe el Quijote de la metrópoli”. Habla de “su terco arrebato de poeta”, y se arrebata él mismo cuando dice: “…ese muchacho de ave y de lino que cinceló hasta la delgadez urgente de su nombre…” (“Apoteosis de Andrés Avelino”, Listín Diario, 24 de abril de 1994, sección cultural, pp. 1 y 3).

El sabio Delgado Malagón hace notar la desmesura de la empresa postumista en relación a la época y en un país intervenido por tropas yanquis. A su juicio, el manifiesto representa una revolución que va más allá de la propuesta ética y estética, rebasa el ámbito artículo y termina siendo, “más que poesía, ideológía”. Dicho con sus propias palabras:
“El ‘Manifiesto Postumista de Andrés Avelino, lanzado ‘hacia el horizonte de los siglos’, por un joven de 21 años, desde el claustro plomizo de una agraviada nación caribeña, aherrojada y mustia, constituye, ni más ni menos, una revolución. ¿Insurrección bisoña, aldeana, ingenua?: probablemente sí. Sublevación tan sólo contra el ritmo, el tema, el color o los estilos de hacer poesía?: decididamente no. Puesto que la arenga postumista de 1921 contiene acentos e intenciones que rebasan los confines equitativos de una poética, las fronteras razonables de una proposición artística, Avelino hace más que poesía, ideología” (art. cit.).
En prosa impecable, apasionada, exenta de ripios y desperdicios, el ingeniero Deldado Malagón elabora un concepto fino, conciso, que arroja una luz inédita sobre la proclama de Avelino:
“Ahora está claro, el discurso postumista va más allá de la poesía y los poetas. En ese Manifiesto –tiznado de libertad y de emoción, emblema de un romanticismo que el propio documento niega- en la declaración sediciosa e impúdica redactada por Avelino se formula, con toda claridad, el esbozo de un evangelio nacionalista, iconoclasta, terrenal, doméstico, mestizo, americanista. Como decir una templada adoración de lo espontáneo, de lo simple, del frustrado heroísmo de lo humilde; lejos, eso sí, con toda intención, del asunto o la materia que deslumbra y estremece” (art. Cit.). 

Notas postumistas


El manifiesto de Avelino es -como tenia que ser-  provocador, desacralizador, y peca, sin la menor duda, de soberbia. Avelino reniega de “la aristocracia in teleetua1”, de  “Los mármoles y de Paros y de Corinto (que) no se han hecho para nuestras estatuas”, reniega de Verlaine, de Mallarmé, de Tristan, de Laforgue, reniega de “1a majestad de la Gioconda”, del impresionismo y del misticismo. Se opone a la vez al “romanticismo de Hugo” y al “realismo de Ba1zac”, a “La bella mentira de Oscar Wilde”, a Virgilio, Goethe, Shakespeare. Reacciona “también contra los ultraístas, futuristas y creacionistas", amen de vedrinistas. Avelino reacciona, en síntesis, contra los clásicos, la vanguardia y la retaguardia. El colmo de las paradojas es que al inicio del manifiesto cita, a manera de consigna o estandarte, unos versos de Dario (“Juventud, divino tesoro”) y en la segunda página declara tranquilamente: “nada de malabarismos estéticos ni musicales. Rubén Darío ha muerto”.
Si no se entiende como paradoja, el manifiesto postumista no se entiende. Avelino no sufre sus contradicciones porque se contradice adrede. Como buen agitador, apunta a la provocación y gana la apuesta. Para ello nada mejor que degollar metafóricamente -como en efecto hizo- unas cuantas vacas sagradas, a las cuales se niega a convertir en objetos de culto, es decir, en fetiches. Lo que en sustancia rechaza Avelino es eso: el fetichismo cultural, el elitismo, el colonialismo intelectual, la rigidez de los moldes clásicos, el criterio de autoridad establecido de una vez y para siempre, así como el oropel, la pedrería preciosa y la cursilería de románticos y modernistas rezagados (en cuyas filas había militado, junto a Zorrilla y Moreno Jimenes).
Al margen de lo que tiene de caótico, iconoclasta, provocador, al margen de lo que niega o  rechaza, al margen de la desmesura y de las contradicciones  que tantos críticos han hecho  notar, el manifiesto postumista es depositario de todo un programa de cultura democrática: un programa especifico de democratización del quehacer artístico y literario. El valor de este programa consiste, naturalmente, en el hecho de que se  expresa y se sustenta en términos de ideología estética, en términos de poética, en conceptos  avanzados, muy por delante de  su época. En síntesis, lo que el  manifiesto niega no es tan importante como lo que afirma. 
Avelino aboga, en el manifiesto, por un “arte autóctono, para abrir la talanquera que nos ha separado del infinito.” Avelino reclama para todos “el mismo derecho de vivir su momento artístico, lo mismo la dama de la quinta florida, que el galán con chamarra, el labrador, el jornalero”. Avelino proclama que “Los poetas no seguirán siendo seres privilegiados y desconocidos de la multitud, camino del ensueño, sino seres videntes, camino de la verdad, pensadores y fi1ósofos”. En el mismo orden de ideas, Avelino afirma: “No reconoceremos vocablos poéticos. Toda palabra es bella cuando está bien escrita; todos los actos de la vida basta que sean reales para ser artísticos; gran artista es aquel que mas fiel interpretación nos brinda de esos actos”. La especificidad de la estética postumista radica en la idea de que “Cada acto debe ser una palabra escrita y la belleza emocional  de ese acto”. Radica en la cuestión del “acento emocional” que es lo mismo. Otro concepto que se desprende de los anteriores planteamientos, cae por su propio peso, a manera de corolario: “Forma y fondo y fondo y forma: serán una misma cosa ya que nuestro acento emocional permite una mezcla igual de idea y de emoción”.
El ingeniero Delgado Malagón, que además es músico, (poseedor de una erudición tan pasmosa como la de mi dilecto amigo Armando Almánzar Botello) interpreta el fenómeno casi en la misma clave y da con una síntesis exacta, apretada, precisa (propia de su formación de economista neoliberal, tan útil para la literatura):
            “Ennoblecer lo trivial, constituir los íconos de un firmamento minúsculo y prolijo, en el que forma y fondo y fondo y forma serán la misma cosa: eh ahí el lema radical de la nueva doctrina. La inspiración revelada en el ‘acento emocional’, en la materia poetizada, en esa mezcla igual de idea y emoción.”
            Eso es lo esencial del manifiesto postumista. El resto, casi todo el resto es trivial, es superficial, es irrelevante. (Versión revisada y corregida de la original publicada en 1995??).


EL POSTUMISMO Y LA MÚSICA
(en edición)


APUNTES POSTUMISTAS
(en edición)


DE MANUEL DEL CABRAL:
UNA CARTA A MORENO JIMENES      

En este poema, el huracán Manuel del Cabral y el “franciscano del canto”, Domingo Moreno Jimenes, se hermanan en sus diferencias, que es casi lo único que tienen en común, y de esta manera se produce la empatía, la comunión de dos grandes poetas dominicanos. Manuel del Cabral se pone el traje, la vestimenta de Moreno Jimenes y lo recrea maravillosamente. Y se produce, entonces, sobre todo, uno de los momentos más altos de la literatura dominicana en la voz del más festivo, desenfadado y alegre poeta de esta tierra:
            “Hay algo más que canta sin cantar en tu canto / Es algo más que es tuyo, pero tan transparente / que se mancha si a veces se acerca mucho al hombre. / Sueles decir sin canto, porque cantar no puedes, / algo que se te va de la palabra…/  Un poco de tus cosas, viajero sin horario / sin estación, sin guardia, sin boleto. / equipado tan sólo con el viento del alba. / Tú, viajero sin ropa / pero con la maleta siempre llena / del equipaje ronco de Dios que hay en tu pecho. / Por tu flecha hacia ti. Por el tres que eres tú, / por ser tú la mochila, el camino y el viaje, / desnuda como  el agua esta carta te escribe / mi ventana que ahora se me llena de pájaros.”


viernes, 27 de octubre de 2017

Cuentos y recuentos



Pedro Conde Sturla

 
En el principio era la oralitura y después la literatura, la palabra vino primero y después la letra. Los seres humanos aprendieron antes a hablar que a escribir y sólo después, muy después, aprendieron a leer los que tenían tiempo y recursos para hacerlo, apenas unos pocos. Con la palabra nació el cuento, la mitología, que es una forma de divertirse, transmitir conocimientos, explicar cosas, engañar a los demás, convertir mentiras en verdades universales que llamamos historia y religión, por ejemplo.
En sentido tradicional, no el que le atribuye Roland Barthes, el mito-cuento es un habla, por supuesto, una jabladuría un embuste una forma distorsionada de percibir o deformar la realidad.
El procedimiento del cuentista o mito-cuentista debería consistir en explicar lo inexplicable, pero a menudo o casi siempre se procede a inexplicar lo explicable. “Una rosa es una rosa es una rosa es una rosa” -como decía Gertrude Stein-, y un diluvio es (debería ser) un diluvio es un diluvio es un diluvio. Pero los dioses siempre meten la cuchara, quieren su parte en el festín, y el mito-cuentista (un sacerdote, un escriba, un poeta, un narrador) es casi siempre cómplice de los dioses y los complace. Homero exalta en “La Ilíada”, al decir de Arnold Hauser, “una moral de piratas” y queda bien con los dioses y los piratas y con la posteridad que aplaude y sigue aplaudiendo la iniquidad de los piratas que destruyeron Troya.
El diluvio en China, igual que el diluvio en Mesopotamia y en la tierra prometida -como se podrá ver a continuación-, no obedece a causas naturales. Intervienen los dioses para inexplicar el fenómeno y se recurre a un mito-cuento que en el caso de China describe en la misma historia el origen de la calabaza y el incesto y la existencia de la humanidad.
Los hijos de la calabaza
Un día de tormenta, el Trueno descendió a la Tierra disfrazado de dragón, pero cayó en manos de un campesino con un hijo y una hija, quien lo metió en una caja. Dado que las cosechas se habían echado a perder, el campesino decidió recurrir al dragón para alimentarse él y sus hijos. En eso tuvo que ir al mercado, pero antes de partir les dijo a sus hijos que estarían a salvo siempre y cuando no diesen de beber al dragón. Tan pronto como se hubiese ido, la niña se compadeció de los lamentos del Trueno y accedió finalmente a darle un poco de agua. Acto seguido, el Trueno, pletórico de dicha, hizo reventar la caja con un terrible estruendo.
Una vez liberado, el Trueno entregó a los niños un colmillo de su boca y les dijo que lo enterraran y cultivaran la planta que brotaran al poco. Cuando el campesino regresó y vio lo que había sucedido, empezó a construir una barca de hierro ante el temor de un diluvio inminente.
Mientras tanto, en un día el colmillo del Trueno se convirtió en una planta adulta que dio como fruto una calabaza gigante. Los niños la abrieron por arriba y hallaron en su interior filas y filas de afilados dientes como los que el Trueno les había entregado al principio. Después de sacarlos, dieron forma a una pequeña embarcación de vela con cabida para los dos hermanos. Entonces, se desató una tormenta y el campesino se dirigió de inmediato a su barca y los niños a la calabaza mientras el nivel de las aguas crecía y crecía sin cesar. Poco a poco, las cimas de las montañas quedaron anegadas y las dos barcas no tardaron en alcanzar el noveno cielo, la morada de los dioses. El campesino llamó a las puertas del mismo para poder entrar, pero al hacerlo molestó hasta tal punto a Gong Gong, el espíritu de las aguas, que este hizo que el nivel de las mismas retrocedieran de repente y cayeron las dos embarcaciones. La calabaza resistió el impacto, ya que amortiguó bien la caída, pero no así la barca de hierro, que quedó totalmente destruida y con ella su ocupante.
Los dos niños se quedaron solos en el mundo, pues el resto de la gente se había ahogado, pero al poco aprendieron a sobrevivir cultivando determinadas plantas. Dado que la calabaza los había salvado, decidieron llamarla Fu Xi “calabaza”, y ellos se bautizaron como Hermano y Hermana Fu Xi.
Con el tiempo acabaron casándose y la Hermana Fu Xi no tardó en quedarse embarazada de una extraña pelota de carne. Tras cortarla en numerosos trozos, los envolvieron con papel y de repente un golpe de viento los esparció por el suelo, donde tomaron una apariencia humana. Así fue como nació la nueva raza de seres humanos que habría de poblar la Tierra.

jueves, 26 de octubre de 2017

Crespón de luto

SOMBRAS NADA MÁS
Pedro Conde Sturla
 
         Son como sombras sonámbulas que sueñan porque los sueños sueñan, colmena o avispero, muestrario de varia humanidad, columnas de seres y contornos imprecisos que entran y salen, ocupan las mesas, a veces todas las mesas de la Cafetería restaurante El Conde. El alucinante Palacio de la esquizofrenia en todo su esplendor.
         Allí concurren, a granel, meditan o vegetan, discurren y se escurren el profesor emérito que dicta charlas magistrales y el alumno que aprende, el prócer y el apátrida, gobiernistas y oposicionistas igualmente rabiosos, el filántropo y el misántropo, el aristócrata y el plebeyo, el abogado de oficio y el abogado sin oficio, el postor y el impostor, el filósofo, el historiador, el diplomático, el diputado, el doctor, el asistente del procurador, el revolucionario de profesión, el escritor, el trovador Rodríguez (Pedro Samuel Rodríguez y su ingenio sin par), el cundango y la cundanga, el periodista, el publicista y su consorte, el cronista, el pintor -los infinitos pintores-, el escultor, el conocido caricaturista de humor negro y risa alegre con boca de chivo, el actor, el cineasta, el lambón, limpiasaco o  tumbapolvo, como se dice entre nosotros, el advenedizo que quiere beber y fumar a cuenta ajena, el fisgón, el turista, el buscón y la buscona que se la buscan con los turistas, algún poeta maldito rumiando su desagravio y un montón increíble de malditos poetas, el crítico de arte de mala sangre, el crítico literario de mala leche, el crítico de cine de mala sombra, el policía que es un secreto a voces y un grupito de alcohólicos más o menos anónimos.

(Con motivo de la partida del querido amigo Pedro Samuel Rodríguez).

martes, 24 de octubre de 2017

Docencia e indecencia

Yo –confieso cínicamente- he dedicado parte de mi vida a la docencia y parte a la indecencia, y nada de lo que escriba Junot Díaz me escandaliza o sorprende porque creo en el ejercicio libertario de la palabra, en la lucha contra el orden simbólico del poder a través de la palabra que reconstruye otro orden, como hace Junot Díaz.

Creo firmemente, como dijo un escritor norteamericano, que la irreverencia, la herejía, el mal decir, el pensar diferente es siempre un ejercicio de la libertad, “el vuelo del libre albedrío”.


PCS

lunes, 23 de octubre de 2017

ENTREVISTA IMAGINARIA CON EL LICENCIADO MORROBEL



Pedro Conde Sturla

La Moderadora de un conocido programa de televisión anuncia que a continuación será presentada una entrevista con el Licenciado Melesio Morrobel, candidato a la presidencia de la Res Pública. En la misma se abordarán temas relativos a su programa de gobierno y los integrantes de su gabinete, prestigiosos personajes que aparecen en derredor, algunos fuera de cámara, organizados en perfecto desorden.



Moderadora: Licenciado, Morrobel, háblenos, por favor, de las personas que formarán parte de su gobierno.
Morrobel: Aquí esta Fello Cachucha, mi secretario de deportes.
Moderadora: Ese hombre no parece que practique ningún deporte. 
Morrobel: Bueno, él juega high ball y vironay, y además le hace coca a cualquiera. Pero además yo no lo voy a poner en ese puesto para que juegue, sino para que ponga a jugar.
Moderadora: Y aquella mujer con la peluca, ¿qué posición va a ocupar?
Morrobel: Esa es la señorita Elvira Lata, mi secretaria de educación.
Moderadora: ¿Y esa es una persona preparada?, ¿qué títulos tiene?
Morrobel: No, el único título que tiene es de señorita, hasta el momento, si no aparece un desesperado que le haga el favor. Ella ni siquiera saber leer y escribir.
Moderadora: ¡Cómo es posible! ¡Y así la piensa nombrar en educación!
Morrobel: ¡Quién ha dicho que hay que saber leer y escribir para ser secretaria de educación en este país. Usted no ve la cantidad de gente rara que ha pasado por esa cartera. Además, aquí ni los estudiantes ni los maestros saben de letras.
Moderadora: Yo tenía entendido que para un cargo tan importante se necesitaba por lo menos ser pedagogo.
Morrobel: ¡Pedagogo? ¿Y eso no es una mala palabra?
Moderadora: Pedagogo es el que sabe de pedagogía.
Morrobel: No, esa mujer no sabe de eso, es una mujer decente, de buena familia. Lo único que se le pegan son los piojos.
Moderadora: Vamos a dejarlo así, ¡ay, Dios mió!, y siga presentando a los demás.
Morrobel: Ese que esta allí es un importado. Lo acabo de traer del Perú, pero funciona con baterías japonesas. Se llama Misuki K-Chi-Porra, futuro secretario de interior y policía, un tolete de hombre, una macana.
Moderadora: ¡Válgame el cielo!
Morrobel: Aquel de más para allá va a ser ministro sin cartera.
Moderadora: Pero ese lo que parece es un carterista.
Morrobel: Eso no tiene nada de malo. Durante e1 gobierno de Carter en los Estados Unidos todos sus partidarios eran carteristas. Además por eso lo estoy nombrando ministro sin cartera, para que use las carteras de los otros, no 1a suya. ¡Cuánta gente bruta en este país!
 Moderadora: Y aquel que está como enfermo, ¿qué pito tocará en su gobierno?
Morrobel: Enfermos están casi todos, para eso les voy a dar el nombramiento, a ver si papeando se mejoran. ¿Cuál es el que dice usted?, ¿el que está metido detrás de la carretilla?
Moderadora: ¡Cuál carretilla? ¿Usted no ve que ese es un camarógrafo con su cámara?
Morrobel: Ah, ¿pero eso que  tiene es una cámara? Yo pensé que era brechando que estaba.
Moderadora: Ese, ese que está ahí es el hombre por el que 1e estoy preguntando.
Morrobel: Ese va a ser secretario de salud púb1ica.
Moderadora: ¡De salud publica! Pero ese hombre se esta muriendo a plazos.
Morrobel: Él lo que sufre es de sida, por eso es que va para  salud pública. No hay otro más adecuado
Moderadora: ¡Qué Dios nos coja confesados! ¿Pero tendrá capacidad esa gente para formar un equipo de gobierno!
Morrobel: Capacidad es lo que sobra. Mire que cara de sable tiene esa gente. Aquel de allí le robo los panties a una turista sin que se diera cuenta, y eso que los tenía puestos.
Moderadora: ¡Ay, Dios mió! Yo me refiero a capacidad para gobernar.
Morrobel: ¿Y eso hace falta? En el gobierno hay funcionarios que lo que  tienen es un ñame en lugar de cabeza. Además, la característica de mi gobierno es que va a tener un gabinete de rotación nacional.
Moderadora: ¿Cómo la del Club Rotario?
Morrobel: ¿Quién va a gobernar con gente rotaria? Hay que gobernar con gente que esté entera, a los rotos hay que mandarlos a reparar. La rotación nacional es que cada tres meses se van a cambiar los funcionarios para darle oportunidad a otros de resolver (hace gesto “de tocar piano al revés”). Eso es lo que se llama verdadera democracia.
Moderadora: ¿Y en base a que criterio se harán las rotaciones?
Morrobel: En base a este instrumento que está aquí (muestra el dedo índice). Además en mi gobierno vamos a hacer una reforma para eliminar los tribunales y las cárceles. Que robe todo el que pueda libremente. Aquí los ladrones más grandes están sueltos, así que también hay que soltar a los chiquitos.
Moderadora: Pero eso va a ser un desastre. ¿Qué dirán los moralistas?
Morrobel: Los moralistas ya ni siquiera tienen más pelo que halarse. El desastre sería meter presos a todos ladrones,  Habría que meterlos presos en los hoteles porque en ninguna otra parte caben y entonces se paralizaría el turismo. Lo que tenemos que hacer es dejarnos de hipocondría y a darle luz verde a todo el mundo para que haga lo suyo. Sin cárceles y sin leyes el país se va a convertir en una zona franca de tolerancia. Los turistas podrán venir a fumarse su marihuana sin miedo y a darse su toque de cocaína libremente. Y si quieren abusar de niños domínanos, que vengan sin preocupación. Ya todo eso se está haciendo, pero a la manera de Hipócrates. La única novedad es que vamos a eliminar las trabas e intermediarios para agilizar las operaciones.
Moderadora: ¡Virgen Santísima!
Morrobel: A las vírgenes y a los vírgenes también los vamos a incluir como atractivos turísticos y al país lo seguiremos vendiendo como paraíso Ben-gay.
Moderadora: Ese es el nombre de una pomada.
Morrobel: Yo pensé que era así que les decían a los pájaros en inglés
Moderadora: Cambiando de tema, dígame, por favor ¿qué medidas piensa adoptar para el problema del transporte?
Morrobel: La solución del transporte es el burroconcho, el biciconcho y el andar a pie. Pero la medida más revolucionaria que vamos a tomar es la eliminación de las placas y de 1as licencias para conducir guaguas públicas y patanas. Ya para ser chofer de esos vehículos no hará falta tener licencia. Al fin y al cabo la licencia no es más que un papelito que acredita como chofer a un salvaje.
Moderadora: Pero eso provocará un caos.
Morrobel: Pero si es lo mismo. Con licencia y sin licencia, los choferes de esos vehículos matan gente y salen en libertad a los tres días y vuelven a matar.
Moderadora: ¿Y qué usted piensa hacer en foresta?
Morrobel: Seguir deforestando. Aprovechar el chin de madera que queda para construir yolas y promover viajes ilegales a Puerto Rico. Y hay que hacerlo ahora, hay que hacerlo a tiempo antes de que los extranjeros nos sigan quitando el país y nos tiren al agua.
Moderadora: Finalmente, licenciado, me gustaría tratar el tema de su política en materia de obras públicas.
 Morrobel: No, eso de obrar en público a mi me da vergüenza y no me gusta decirlo por televisión.
Moderadora: Yo me refiero a construcciones, carreteras, puentes, obras públicas en general.
Morrobel: Ah, sí, ya entiendo. En ese sentido yo ya le di instrucciones al futuro incumbente para que comience a construir letrinas a partir del 16 de agosto.
Moderadora (muy alarmada): ¡Pero eso es una porquería!
Morrobel: Yo solamente digo lo que otros hacen. Lo mío es la política de la bacinilla, el que viene detrás limpia la silla.
(Una voz en off anuncia que por razones técnicas será suspendido el programa).

pcs, 4 de septiembre de 2008.


domingo, 22 de octubre de 2017

La vuelta al mundo en ochenta Díaz


Pedro Conde Sturla

Confieso que la noticia me sorprendió agradablemente, no deja de sorprenderme. La obra de Junot Díaz, La breve y maravillosa vida de Óscar Wao (2007), ha sido galardonada con el premio Pulitzer 2008 (el mismo que le negaron a Truman Capote por su colosal novela A sangre fría). Además ha sido traducida a veinticuatro idiomas y ha dado la vuelta al mundo, a una parte del mundo en menos de un año. Es decir ha dado la vuelta al mundo en poco más de los ochenta días que les tomó a  los personajes de Julio Verne y al dilecto Cantinflas en aquella película memorable. La misma en que el glorioso mejicano, en el mejor momento de su carrera, dejó chiquitos -como dijo Cabrera Infante-, a los grandes actores que lo acompañaban. Se trata de la vuelta al mundo en ochenta Díaz o de la vuelta al Díaz en ochenta mundos, como quería Cortazar.
El episodio me recuerda el caso de Heminguay. Pero Hemingway era ya mundialmente famoso cuando cedió los derechos de “El viejo y el mar” a la infame revista Life y vendió cinco millones de ejemplares en varias lenguas en un solo fin de semana, si mal no recuerdo.
García Márquez no tuvo tanto empuje publicitario. Anduvo con algunas de sus obras bajo el brazo durante años en busca de un editor, y el reconocimiento de su valía como escritor fue un proceso más lento. Publicó humildemente Cien años de soledad en una editorial americana de América del sur, que es la mayor de las Américas, y sus lectores poco a poco la catapultaron a la fama y luego al boom de la literatura del continente mestizo, junto a las obras del consagrado Carlos Fuentes, junto a Julio Cortazar,  Mario Vargas Llosa y otros insurgentes, dejando en manos de las empresas que editaban esas obras un negocio que no sabían, momentáneamente manejar porque se les iba de las manos.
Sin embargo, Cien años de soledad fue un acontecimiento literario inaudito y casi cosmogónico que dividió al mundo de las letras hispánicas en un antes y un después. “Es la obra más importante escrita en español después de El Quijote”, dijo nuestro gigante Juan Bosch en una cita citable. Un juicio que compartiría al cien por ciento si no fuera tan absoluto.
 En términos de lanzamiento editorial, ni la obra de García Márquez  y ni siquiera la de Vargas Llosa pueden compararse  a la monumental campaña publicitaria  con la que ha sido favorecida la inteligentísima, original y muy apreciable novela de Junot Díaz. De hecho, pocas veces se ha producido un fenómeno propagandístico comparable al que ha realizado el conocido monstruo editorial Vintage Anchor Books (división de Random House, Inc.), una operación de tal magnitud que ha permitido lanzar a la gloria, al firmamento de las grandes estrellas de la literatura al casi novato Junot Díaz, y promueve su obra como la primera Coca Cola del desierto, traducida a los más importantes  idiomas del planeta.
Todo, en el montaje publicitario de la obra de Junot Díaz  es hiperbólico y exagerado, la “exageración convicta” de la que hablaba una vez Mario Benedetti en sus Letras del continente mestizo. 
Como dice Rosa Montero en La loca de la casa, “Ya se sabe que hoy los libros forman parte del mercado y son vendidos con técnicas comerciales tan agresivas como las que emplean los fabricantes de refrescos o de coches. Lo cual tiene sus cosas malas, pero también algunas buenas: por ejemplo, que los libros llegan a más gente; o que, al estar dentro del mercado, están dentro de la vida, porque hoy todo es mercado, y si la literatura permaneciera totalmente al margen quizá se convertiría en una actividad elitista, artificiosa y pedante. Pero las cosas malas que esta situación conlleva son desde luego muy malas”. Se imponen, en definitiva, los intereses mercuriales. Ese es el quid del asunto
Según Rosa Montero “Esto es una consecuencia de la obligatoriedad del éxito comercial, que se ha convertido en un requerimiento casi frenético. Se diría que hoy la única medida del valor de un libro es la cantidad de copias que vende, una apreciación a todas luces absurda, porque hay obras horrendas que se venden a mansalva y libros estupendos que apenas si circulan (lo cual no quiere decir, naturalmente, que los libros buenos sean por definición los que no se venden y los libros malos los que sí: esa es otra mentecatez del mismo calibre que estuvo de moda hace algunos años).”
El valor de la novela de Junot Díaz no lo pongo, sin embargo, en duda, no está en dudas. Es una obra valiosa, valiosísima. Pero una cosa es la publicidad comercial y otra la literatura. Por eso he querido empezar por el principio, separando una de otra antes de aventurarme en La breve y maravillosa vida de Óscar Wao.

***
El exordio literario de Junot Díaz, un libro de relatos titulado en español Negocios (1996), anunciaba parcialmente su talento de narrador y nada más. El exagerado éxito de crítica y ventas lo atribuyo simplemente a esos mencionados mecanismos de promoción de los Persuasores ocultos de los que habla Vance Packard en su famoso libro. Otros cuentos muy superiores ha escrito Junot Díaz desde entonces, con una técnica que anticipaba el estilo, los personajes y recursos con los que construyó el andamiaje de la novela que lo ha consagrado.
La breve y maravillosa vida de Óscar Wao arranca y termina con dos historias paralelas en diferentes planos. Una es la historia que cuenta la novela propiamente dicha, una trágica saga familiar en la que no me parece que Óscar sea el personaje más importante ni el más elaborado. Otra es la historia a pie de páginas, historia patria o mejor contrahistoria, porque el punto de vista de Junot Díaz no se acomoda al enfoque tradicional. 
Ambas historias, la tragedia familiar y la tragedia nacional, tienen como telón de fondo una fina red de referencias del “ámbito y penumbra” -como diría Manuel Rueda-, de las tiras cómicas, el cine, la literatura y múltiples referencias culturales y “subculturales” (si acaso existe tal cosa) que aparecen debidamente organizadas en un Glosario en las últimas páginas del libro.
Nada se mueve allí, en la alucinante y no “divertida” novela de Junot Díaz, al margen de ese inmenso telón de fondo contra el cual o sobre el cual se proyecta toda la narración, al cual todo remite o alude. Imágenes, metáforas y otras figuras de dicción son las de un autor que se ha curado de todos los lugares comunes de la lengua tradicional y el buen decir e incurre originalmente en lugares comunes provenientes de fuentes inauditas, inauditamente “extraliterarias” en el sentido clásico de la palabra. Hay que imaginarse a Borges leyendo a Díaz, por ejemplo. ¡Qué desastre!
Su lenguaje provocador, agresivo, ofensivo, que a veces parece enfermizo y no deja de serlo, perturba a “las buenas conciencias”, a la crítica mojigata, santurrona, como una vez lo hacía su admirado Henry Miller con sus famosos Tropicos que merecieron la censura, el repudio de la moral del imperio norteamericano que mientras tanto arrojaba millares de toneladas de bombas moralizantes sobre la humanidad. 
Su magia está en el léxico, en la arquitectura lexical del spanglish de los dominican York (gramaticalmente “bisexual”, incorrecto, deslenguado), que sin embargo se deja traducir decentemente, por lo menos en la cubanísima versión al dominicano de Achi  Obejas, si es un nombre ese y no un relajo, como el del novelista  Sealtiel Alatristre.
La historia se articula en tres partes y ocho capítulos, más una introducción y una carta final que conducen del pasado al presente y viceversa, y de New York a Baní y Santo Domingo continuamente, y en sus páginas desfilan, en general, seres fracasados o víctimas de la intolerancia racial y política, perdedores de una densa calidad humana como Óscar, la madre, la hermana, los abuelos. La única excepción es Yunior, un narrador no omnisciente, un papi chulo, un tipo exitoso, al menos en asuntos de faldas.
Aunque Junot Díaz dedicó el título de su novela a Oscar Wao, el personaje más acabado, trágico y complejo es la mamá, Hypatía Belicia Cabral, que está buenísima. De hecho, me parece que el personaje Óscar es poca cosa respecto al personaje de la madre. Evidencia irrefutable de que Junot Díaz sabe más de mujeres que de hombres, cosa que habla a su favor.
 Ninguno de los capítulos alcanza la grandeza e intensidad de “Los tres desengaños de Belicia Cabral (1955-1962)”, un personaje femenino fuera de serie, en el que Junot Díaz define su ideal de belleza.
Las mejores hembras de la novela pertenecen al género pluscuamperfecto, generalmente de piel cobriza o negra, altas, muy altas, abundantemente teutónicas o sos-pechosas, tetuagenarias, pero además culinarias, culombianas, con un kulovatio enorme, un kulómetro cuadrado por trasero y piernas como columnas de Hércules. Mujeres iguales a las que idealiza mi tocayo amigo, el escritor y poeta peruano Pedro Granados.
 Sólo la hermana de Óscar, la hermosa Lola, no es teutónica, es sintética, pero con un fundillo notable, un kulofón: 
“Era como dos muchachas en una: un torso flaquísimo casado con un par de caderas de Cadillac y el caminao de un burro borracho.”
***
El traje de palabras que usa Junot Díaz para vestir y darles vida a sus personajes es casi siempre novedoso y excéntrico. Así, al describir a una mujer bonita dice que era “una reina de belleza de proporciones venezolanas”, y en la descripción de la metamorfosis de Belicia Cabral, su conversión de patito feo en cisne encantador, emplea a fondo su sistema de referencias culturales, dando lo mejor de sí:
“E invisible hubiera permanecido si en el verano del segundo  año de la secundaria Beli no hubiera ganado la lotería bioquímica, no hubiera experimentado el Verano de sus Características Sexuales Secundarias, no se hubiera transformado por entero (ha nacido una belleza terrible). Si antes Beli había sido una ibis desgarbada, bonita de una manera típica, para cuando terminó el verano estaba hecha un mujerón, con ese cuerpo suyo, esas formas que la harían famosa en Baní. Los genes de sus padres difuntos habían desaparecido en una cabronada estilo Roman Polanski. Como la hermana mayor a la que nunca conoció, Beli se había transformado de la noche a la mañana en un portento menor de edad, y de no haber estado Trujillo en sus erecciones finales, es probable que hubiera enfilado sus ‘cañones’ hacia ella del mismo modo que se decía lo había hecho con su pobre hermana difunta. Que conste, ese verano nuestra muchacha desarrolló un cuerpazo tan enloquecido que solo un pornógrafo o un dibujante de cómics podía haberlo conjurado con tranquilidad de conciencia. Todos los barrios tienen su tetúa, pero Beli las dejaba chiquitas a todas: era la Tetúa Suprema. Sus tetas eran globos tan inverosímiles, tan titánicos, que provocaban en las almas generosas compasión por su portadora y hacían que cada varón en su proximidad reevaluara su triste vida. Tenía los Pechos de Luba (36DDD). ¿Y que hay del culo supersónico que les sacaba a borbotones las palabras a los tipejos del barrio y arrancaba las ventanas de sus fokin marcos? Ese culo jalaba más que una yunta de bueyes. ¡Dios mío! Incluso este humilde Vigilante, repasando fotos viejas, quedó estupefacto al ver lo mamasota que fue en su época.”
Belicia, con su pesada carga de fracasos, igual que el resto de la familia y del país, es víctima del fucú o fukú del Almirante, la mala suerte, la “iettatura” o yetatura que –como he dicho otras veces- aterroriza no sólo a los ignorantes, sino al pueblo en general, a supersticiosos instruidos, de vasta cultura, entre los que se incluyen destacadas figuras de la intelectualidad dominicana, paladines de la libertad de prensa e incluso comunistas ateos y disociadores que nunca llaman al Gran Almirante por su nombre y si lo escuchan tocan madera como especie de conjuro, repetidamente madera. 
Evgueny Evtushenko, el famoso y jovial y curiosísimo poeta ruso con el cual muchos compartimos gratos momentos en memorables conversaciones, bebentinas y comilonas durante su grata, inolvidable estadía en Santo Domingo, creo que fue el primero en elevar a categoría literaria el termino fukú, que lo fascinó desde el primer momento y le inspiró el libro homónimo, un tributo de amor a la nación que lo acogió con extraordinaria simpatía, publicado en 1988 por Bernardo Vega y muchas veces citado por Junot Díaz como fuente nutricia. La narración de La breve y maravillosa vida de Óscar Wao inicia precisamente con una versión del fukú, que a veces, en la jerga alucinada y brillante de Junot Díaz se confunde aposta con el fokiú, porque Junot es Junot, un jodotnoso, un fokin narrador de orilla que le saca todo el sentido a las palabras, especialmente a las malas si es que existen: 
“Dicen que primero vino de África, en los gritos de los esclavos; que fue la perdición de los taínos, apenas un susurro mientras un mundo se extinguía y otro despuntaba; que fue un demonio que irrumpió en la Creación a través del portal de pesadillas que se abrió en las Antillas. Fukú americanus, mejor conocido como fukú, en términos generales, una maldición o condena de algún tipo; en particular, la Maldición y Condena del Nuevo Mundo. También denominado el fukú del Almirante, porque el Almirante fue su partero principal y una de sus principales víctimas europeas. A pesar de haber ‘descubierto’ el Nuevo Mundo, el Almirante murió desgraciado y sifilítico, oyendo (dique) voces divinas. En Santo Domingo, la Tierra Que Él Más Amó (la que Óscar, al final, llamaría el Ground Zero del Nuevo Mundo), el propio nombre del Almirante ha llegado a ser  sinónimo de las dos clases de fukú, pequeño y grande. Pronunciar su nombre en voz alta u oírlo es invitar a que la calamidad caiga sobre la cabeza de uno de los suyos.
”Cualquiera que sea su nombre o procedencia, se cree que fue la llegada de los europeos a La Española lo que desencadenó el fukú en el mundo, y desde ese momento todo se ha vuelto una tremenda cagada. Puede que Santo Domingo sea el Kilómetro Cero del fukú, su puerto de entrada, pero todos somos sus hijos, nos demos cuenta o no.”
Óscar pertenece a una familia de fornicantes de tipo macondiano (el abuelo materno, la madre, la hermana, el novio de la hermana, presumiblemente los tíos), en la cual representa la excepción y no la regla. El infeliz está dotado de fina sensibilidad e inteligencia, pero también de un físico extravagante que lo incapacita para relacionarse socialmente y menos aun sexualmente. Es el típico nerd, enemigo del ejercicio físico y el baile y las fiestas, apasionado por la lectura y juegos de video, y sueña con ser un gran escritor como Tolkien, el Tolkien dominicano. Es un tipo marginal, un solitario, excluido, rechazado y autorrechazado, sufre de fobia social y suele enamorarse perdidamente de muchachas que han tenido un fracaso sentimental y convertirse en paño de lágrimas. Óscar, en su nerdería, es demasiado lineal, demasiado nerd, un estereotipo por excelencia, pero muy bien trabajado literariamente, aunque nunca como la madre,  ya lo he dicho. La dimensión trágica de la madre es superlativa. Óscar es más patético que trágico, es un idealista, “busca el amor desesperadamente”, como se anuncia en la contraportada del libro, pero de ninguna manera “quiere perder la virginidad como un típico macho dominicano”. Él no quiere fornicar como la masa de personajes que lo acompañan en su novela. Él es un poco Madame Bovary al revés. Para perder la virginidad y realizarse como macho le bastaría una mujer del genero “puttanifero” como decía elegantemente Vittorio Gassman en una de sus famosas películas. Óscar busca el amor para hacer el amor, no fornicar, y lo consigue al final valientemente a cambio de su vida. He aquí lo real maravilloso en está novela del jodonísimo Junot Díaz. Construir un ambiente sórdido, a veces tenebroso, en el cual se desenvuelve este personaje que conmueve por su inocencia, un tipo casto en el fondo, que preserva su virginidad y sus principios hasta alcanzar su ideal, la meta de sus sueños. No es tan fiero el Junot como lo pintan.
***
Las historias ocultas o disimuladas en La breve y maravillosa vida de Óscar Wao se prestan a múltiples lecturas porque es una obra abierta sobre un mundo cerrado, el de los doyo, los dominicanyork del gueto de Washington Heights o del Bronx y otros, que emplean el spanglish como “lengua defensiva” al decir de Miriam Ventura, “lengua de la resistencia” que “los define a ultranza”. Junot es el autor que les da voz, dice Miriam Ventura, uno de ellos, y su libro es uno de esos libros que “guardan fechas dentro de los actos de trasgresión de la palabra”, la palabra del amo.
El spanglish que “contamina” el habla y la escritura y hace rabiar a los puristas, es producto irreversible de un proceso de “mestizaje” lingüístico “objetivamente condicionado”, “históricamente determinado”, como decía Marx, muy parecido al que “contaminó” a la lengua de Castilla (una “degeneración” del latín) con miles de palabras árabes. 
“El elemento árabe –dice Eric Santoni en su libro El Islam- es, después del latino, el más importante del vocabulario español. Un hecho de esta naturaleza demuestra con creces hasta qué punto el árabe es esencial en nuestra cultura. Esos marroquíes que tan altas tarifas pagan por cruzar la aduana de Algeciras, y atraviesan aldeas o alquerías de La Mancha entre jaras, retamas, espliego y mejorana’ antes de llegar a arrabales donde encontrar una alcoba con tabiques revestidos, tal vez, de azulejos, donde comer albóndigas, alcachofas, aceitunas, alubias, y desde allí marchar a trabajar a una tahona,  un almacén, o a vender alfombras por las aceras o a emplearse como albañiles, con los papeles en regla otorgados por un alguacil, con el permiso del alcalde, y que con fulano o mengano armarán buen alborozo cuando en una azotea se cuente alguna hazaña celebrándola con arrope, alfeñiques o albaricoques en almíbar, quizá entre el perfume de alhelíes, azahares o azucenas, y aún con tiempo para jugar al ajedrez o tocar el laúd antes de que el cielo azul o añil  se acicale de estrellas como Aldebarán, Algol, Vega..., pues bien, esos árabes vuelven donde señorearon sus mayores, aunque algunos mezquinos los tachen de gandules. 
En esa lengua contaminada  escribió Cervantes su libro sobre nuestro señor Don Quijote, y en el despreciado “vulgar” italiano Dante escribió La comedia, aquella que la posteridad llamó divina. 
No tengo la menor duda de que en spanglish (“fusión morfosintáctica y semántica del español con el inglés”, según Wilkipedia), se pueden escribir obras maestras, si no se han escrito ya, y oponerse a su uso es tan insensato como inútil. El spanglish es un producto cultural y la cultura no es estática, vive a merced de la historia, “objetivamente condicionado”, en un interminable proceso de renovación y cambio y no surge de la voluntad o decisión individual, sino de la interacción de comunidades y pueblos con su medio. Los héroes no hacen la historia –decía Mao Tze Tung-, la historia hace a los héroes. Junot no inventa el splanglish, el spanglish lo inventa a él de alguna manera. Fue el idioma que “pobló su vida”, como pobló el inglés culto la de Borges, mutatis mutando (“cambiando lo que haya que cambiar”) y guardando desde luego las distancias, que son muchas.
El universo podrido, la sociedad podrida, la vida miserable en un país bajo las tiranías de Trujillo y Balaguer o en un gueto de Nueva York, el racismo, el intervencionismo yanki, todo lo que relata Junot Díaz en su novela (y que a muchos produce repulsión o agobio) es el fruto de experiencias de segunda y primera mano que también poblaron su vida. Él las recrea con crudeza y en parte las padeció, pero no es el responsable, él las denuncia. Picasso no es el autor de Los horrores de Guernica, él los pintó. Contra esa realidad que condena la novela de Junot Díaz combatieron algunos de los que denigran la novela.
“La breve y maravillosa vida de Óscar Wao” es una obra trágica salpicada de humor negro. Descalificarla por la crudeza de su lenguaje o celebrarla por “divertida” me parece un equívoco. 
Yo –confieso cínicamente- he dedicado parte de mi vida a la docencia y parte a la indecencia, y nada de lo que escriba Junot Díaz me escandaliza o sorprende porque creo en el ejercicio libertario de la palabra, en la lucha contra el orden simbólico del poder a través de la palabra que reconstruye otro orden, como hace Junot Díaz. 
Creo firmemente, como dijo un escritor norteamericano, que la irreverencia, la herejía, el mal decir, el pensar diferente es siempre un ejercicio de la libertad, “el vuelo del libre albedrío”.
  
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La historia que se narra en las muchas notas a pie de páginas de La breve y maravillosa vida de Óscar Wao, no tiene nada de oculta o disimulada. Es una historia política, un ensayo de interpretación de ciertos hechos que todavía hoy son objeto de manipulación en textos canónicos escolares que evaden establecer complicidades y llamar las cosas por sus nombres: 
“1) Para aquellos a quienes les faltan los dos segundos obligatorios de historia dominicana: Trujillo, uno de los dictadores más infames del siglo XX, gobernó la República Dominicana entre 1930 y 1961 con una brutalidad despiadada e implacable. Mulato con ojos de cerdo, sádico, corpulento; se blanqueaba la piel, llevaba zapatos de plataforma y le encantaban los sombreros al estilo de Napoleón. Trujillo (conocido también como EI Jefe, EI Ladrón de Ganado Fracasado y Fuckface) llegó a controlar casi todos los aspectos de la política, la vida cultural, social y económica de la RD mediante una mezcla potente (y muy conocida) de violencia, intimidación, masacre, violación, asimilación y terror. Así llegó a disponer del país como si fuera una colonia y él su amo. A primera vista, parecía el prototipo del caudillo latinoamericano, pero sus poderes eran tan fatales que pocos historiadores o escritores los han percibido, y me atrevo a decir que ni siquiera los han imaginado. Era nuestro Sauron, nuestro Arawn, nuestro propio Darkseid, nuestro Dictador para Siempre, un personaje tan extraño, tan estrafalario, tan perverso, tan terrible que ni siquiera un escritor de ciencia ficción habría podido inventarlo. Famoso por haber cambiado TODOS LOS NOMBRES A TODOS LOS SITIOS HISTÓRICOS de la República Dominicana para honrarse a sí mismo (el Pico Duarte se convirtió en Pico Trujillo, y Santo Domingo de Guzmán, la primera y mas antigua ciudad del Nuevo Mundo, se convirtió en Ciudad Trujillo); por monopolizar con descaro todo el patrimonio nacional (convirtiéndose de repente en uno de los hombres más ricos del planeta); por armar uno de los mayores ejércitos del hemisferio (por amor de Dios, el tipo tenía bombarderos); por tirarse a cada mujer atractiva que le diera la gana, incluso las esposas de sus subalternos, millares y millares y millares de mujeres; por tener la expectativa, ¡no, por insistir!, en la veneración absoluta de su pueblo (imaginen, la consigna nacional era ‘Dios y Trujillo’); por dirigir el país como si fuera un campo de entrenamiento de la Marina norteamericana; por quitar a amigos y aliados de sus puestos y arrebatarles las propiedades sin razón alguna, y por sus capacidades casi sobrenaturales.
”Entre sus logros personales se cuentan: el genocidio de los haitianos y comunidad haitiano-dominicana en 1937; mantener una de Las dictaduras mas largas y dañinas del hemisferio Occidental con el apoyo de los Estados Unidos (y si hay algo en que los latinos somos expertos es en tolerar dictadores respaldados por los Estados unidos, así que no hay duda de que ésta fue una victoria ganada con el sudor de la frente, y de la que los chilenos y Los argentinos todavía se lamentan); la creación de la primera cleptocracia moderna (Trujillo fue Mobutu antes de que Mobutu fuera Mobuto); el soborno sistemático de senadores estadounidenses, Y no menos importante, la forja del pueblo dominicano en una nación moderna (logró lo que no pudieron hacer los entrenadores de las fuerzas militares durante la ocupación).” 
A su santidad Joaquín Balaguer, una figura que sido objeto de endiosamiento y elevada a categoría de “Padre de la democracia dominicana” con la complicidad de todos los políticos corruptos que han pasado por el gobierno, Junot Díaz lo retrata con palabras tan certeras como venenosas. La figura del abuelito dulce y cariñoso que la iconografía oficial suele mostrar, emerge en toda su tenebrosa podredumbre como un ser inmoral, sediento de sangre y de poder, el verdadero y único Joaquín Amparo Balaguer Ricardo (alias  Elito o D’Elito):
“10) Aunque no sea esencial para nuestro relato en sí, Balaguer es esencial en la historia dominicana, por lo que debemos mencionarlo, aunque preferiría cagarme en él. Los viejos sabios dicen: Todo lo que se menciona por primera vez llama a un demonio, y cuando los dominicanos del siglo XX pronunciaron en masa por primera vez la palabra libertad, el demonio que conjuraron fue Balaguer (También es conocido como El Ladrón de Elecciones -véanse las de 1966- y como EI Homúnculo) En los días del trujillato, Balaguer era nada menos que uno de los subalternos mas eficientes de EI Jefe. Mucho se decía de su inteligencia (sin duda impresionó al Ladrón de Ganado Fracasado) y de su ascetismo (cuando violaba a las niñas, se lo guardaba). Después de la muerte de Trujillo asumiría el control del Proyecto Domo y gobernaría el país de 1960 a 1962, de nuevo de 1966 a 1978, y otra vez de 1986 a 1996 (para esa época ya estaba ciego como un murciélago, una verdadera momia viviente). Durante su segundo mandato, conocido entre los locales como los Doce Años, desencadenó una oleada de violencia contra la izquierda dominicana, enviando a escuadrones de la muerte a eliminar a cientos de personas y así alentó a millares a irse del país. Fue él quien supervisó/inició lo que llamamos la Diáspora. Considerado nuestro ‘genio nacional’, Joaquín Balaguer era un negrófobo, un apologista del genocidio, un ladrón electoral y un asesino de la gente que escribía mejor que él; es notorio que ordenó la muerte del periodista Orlando Martínez. Con posterioridad, cuando escribió sus memorias, dijo que sabía quien había cometido el criminal hecho (por supuesto, no él) y dejó una página en blanco en el texto para completarla a su muerte con la verdad. (¿Cabe decir impunidad?) Balaguer murió en 2002. La página sigue en blanco. Apareció como un personaje compasivo en ‘La fiesta del chivo’ de Vargas Llosa.” 
Otra cita digna de mención es la número 11, una cita estrambótica en la que relata con su peculiar desenfado e irreverencia el triste destino de Galíndez, el célebre antitrujillista vasco, a cuya tesis dedica un comentario que no califica como humor negro porque es sencillamente funerario, cómicamente macabro: 
“11) Para abreviar la historia: cuando EI Jefe se enteró de la tesis, primero intentó primero intentó comprarlo, como falló, envió a su Nazgul principal (el sepulcral Felix Bernardino) a Nueva  York y, en cuestión de días, Galíndez se vio amordazado, empaquetado y arrastrado a la Capital. Cuenta la leyenda que, cuando despertó de su siesta de cloroformo se encontró desnudo, colgando de los pies sobre una caldera de aceite hirviente, el Jefe parado al lado con un ejemplar de la tesis ofensiva. (¡Y ustedes que pensaban que la defensa de su tesis fue difícil!)” 
En estas notas a pie de página, que no son marginales sino parte integral de la obra (la otra historia en el mismo lienzo), el autor parecería juntar toda su rabia para pasar revista y condenar a la larga fila de cabrones, ladrones y asesinos de la peor especie que en nuestra historia se han salido impunemente con la suya. Es un texto definidamente político y castigador, un duro testimonio, un acto de infinito repudio a los detentadores del poder, a ese poder que ha denunciado valientemente “desde las entrañas del monstruo”, como decía José Martí, a ese poder que otros no se han atrevido a denunciar. Junot Díaz habla duro contra el poder y habla en contra de una forma específica del poder que es el poder de la exclusión que muchos en el Imperio padecen en carne propia. El mismo que denunció en un acto público con una frase en la que brilla toda su inteligencia: 
“Mi presencia aquí, o el éxito alcanzado habla igual de la ausencia de los escritores negros y latinos en la literatura norteamericana”. 
Para terminar esta aventura en el mundo casi mitológico de Junot Díaz (y en relación a ciertas críticas que se me han hecho), me creo en el deber de recordar que, como he dicho otras veces sólo escribo por envidia, soy envidioso, irremediablemente envidioso, envidio el talento y lo celebro en la obra de Junot Díaz porque me parece envidiable, envidiabilísima. He tratado, en estas entregas, de acercarme a sus posibles sentidos siguiendo aquella técnica de la “navegación del vuelo a vela”, de la cual hablaba Vargas Llosa hace muchos años, técnica del acercamiento y alejamiento que nunca agota los sentidos de la obra, los recrea. Son opiniones más o menos organizadas en torno a un tema, simples opiniones. Los juicios infalibles se los dejo a ciertos críticos del patio, se los dejo al Papa que es ciertamente infalible. 


pcs, viernes, 02 de enero de 2009