viernes, 31 de mayo de 2019

Me pregunto...


Me pregunto si uno no sabe lo que tiene hasta que no lo pierde o no sabe lo que se pierde hasta que no lo tiene

lunes, 27 de mayo de 2019

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO. CUARTA PARTE (1-4).

La apoteosis del emperador

El querido Jefe lo decía y lo repetía en presencia de mi padre, el general Bonilla, y lo decía y lo repetía en presencia mía y de mis hermanas. Y lo decía y lo repetía también públicamente. No se cansaba de decirlo. Que no aceptaría otra nominación a la presidencia de la República. Que de ninguna manera se reelegiría. Que su mayor ambición era servir al pueblo y ya lo había servido, rescatando la democracia, rescatando de sus ruinas la ciudad de Santo Domingo, rescatando económicamente el país.
La única circunstancia en que consideraría volver a ser candidato era o parecía ser inconcebible. Sólo aceptaría si todo el pueblo dominicano se lo pedía. Sólo si todo el pueblo dominicano unánimemente se lo pedía. Y el pueblo se lo pidió.
Sí, el pueblo dominicano se lo pidió. Unánimemente se lo pidió de mil maneras diferentes. Se lo exigió amorosamente. Lo arrastró casi como quien dice a la fuerza, la fuerza del cariño, a optar por un nuevo periodo de gobierno.
Hoy resulta difícil imaginar cómo el aprecio, la devoción o veneración que la gente sentía por el Jefe pudiera expresarse en términos tan entusiastas y cómo el entusiasmo se traducía en un coro tan simultáneo de alabanzas. La gente hablaba y escribía, publicaba peticiones en todos los medios solicitando la continuidad del Jefe en el poder. El pueblo, todo el pueblo dominicano, no sólo quería la reelección del querido Jefe, expresaba un deseo de honrarlo como se merecía, con todo tipo de títulos, monumentos, con todos los medios posibles. Muchos exigían a gritos su nombramiento o designación como Grandeza Ilustrísima, Gran Ciudadano, Tutor de Generaciones… La comunidad pedía, no sin cierta (aunque justificada) exageración, la consagración, la glorificación, el ensalzamiento, la elevación del querido Jefe al rango de la divinidad.



Eleanor Roosevelt, María Martínez de Trujillo y Rafael Chapita Trujillo
Eleanor Roosevelt, María Martínez de Trujillo y Rafael Chapita Trujillo

Los menos entusiastas, entre las más prestigiosas figuras públicas del país, sugerían un plebiscito para declararlo presidente vitalicio.
Uno de los que mejor expresó estos anhelos fue un prestigioso dentista y orador de barricada, el Dr. José E. Aybar, un hombre agradecido que le debía al querido Jefe todo lo que tenía. Aybar publicó un conciso documento que hizo llegar a la prensa y a las manos de más de doscientos dirigentes políticos y causó un grato revuelo.
Con toda la lucidez y la visión de futuro que lo caracterizaba, el Dr. Aybar señalaba en ese documento que una campaña electoral no sería mas que un inútil formalismo, un desperdicio, un gasto de tiempo y de recursos. En consecuencia, y a su atinado juicio, la Junta Central Electoral (o como quiera que se llamara entonces), el día16 de mayo de 1934 debía simplemente proclamar al querido Jefe como presidente electo sin necesidad de elecciones. Después de todo, argumentaba con su habitual agudeza el Dr. Aybar, el querido Jefe ya había sido reelegido en la conciencia de todos.
Don Arturo Logroño, el canciller de la República, uno de los funcionarios más admirados y queridos, también aportó su granito de arena al debate sobre la reelección que estremecía a todo el pueblo dominicano. El debate electoral.
Don Arturo era un hombre afable, simpático, dueño de una cultura enciclopédica. Era conocido por su fina inteligencia y sus ocurrencias, por su talento como abogado y periodista y por sus grandes dotes de orador. Las malas lenguas decían que era nieto del arzobispo Meriño y que de él heredaba el don de la palabra, pero eso es algo que no ha sido comprobado.
Lo cierto es que era un hombre moderado, que impartía siempre buenos consejos, y era también un hombre apasionado, tan adicto y tan leal al poder del Jefe como a la comida. Con frecuencia oí decir que en su habitación tenía un recipiente enorme, una especie de barril de aceitunas españolas para calmar su permanente sed de hambre, pero esto puede ser que forme parte de las muchas leyendas que inspiró el ilustre personaje. Muchos, por cierto, se burlaban de él porque era bajito y redondo, pero en su interior él se reía de todos y casi siempre era el último en reír.
Algunas veces, mis hermanas y yo lo encontrábamos en la calle y siempre nos distinguió con el más cordial y elegante saludo. Nunca se montó en un automóvil, ni siquiera en alguno de los muchos que estaban a disposición del querido Jefe. Y sus motivos tenía. Con su baja y corpulenta anatomía y las trescientas cincuenta libras de peso que le atribuían, Don Arturo se sentía más cómodo en el asiento trasero de un coche tirado por caballos, a la manera clásica o antigua, con el sol y el viento jugueteando en su rostro bonachón, repantingado dichosamente y con los brazos abiertos de par en par.
La continuidad del querido Jefe suscitaba tantas simpatías dentro y fuera del país que hasta la famosa Eleanor Roosevelt vino a darle su tácito apoyo en el mes de marzo de 1934, y fue don Arturo Logroño quien la recibió en esa ocasión, el mismo que desfiló con ella en su condición de canciller de la República. Los envidiosos de siempre se burlaron de la pareja tan dispareja que hacían, pero la verdad es que la señora Roosevelt era tan alta y desgarbada y tenía una dentadura tan prominente que no hacía buena pareja con nadie, ni siquiera con su amante esposo, el presidente de los Estados Unidos de América.
Pero la cordial y fructífera visita de la prestigiosa primera dama insufló en el animo de don Arturo Logroño una fuerza retórica impresionante, le inspiró, de hecho, una de las declaraciones más contundentes y lapidarias en torno al tema de la reelección. Sí, don Arturo Logroño pasó a la historia cuando desnudó su corazón ante toda la nación y declaró sin complejos, sin falso pudor, sin ningún tipo de reticencia su lealtad incondicional a la más noble causa del país, la del querido, bienamado y siempre Jefe.
“Todos mis esfuerzos -dijo más o menos Logroño en la que fue su mas vibrante declaración-, toda mi modesta capacidad intelectual y mis pocas fuerzas, mi lealtad personal y devoción política, mi cálida afección personal, mi alma, mi corazón y mis asuntos, el ritmo y el rumbo de mi vida pertenecen al Presidente Trujillo y a su gran obra de gobierno. A él debo mi presente político y sólo puedo concebir el futuro al amparo de su sombra magnánima y patricia…” Confieso que todavía me dan ganas de llorar cuando recuerdo esas palabras, quizás las más bellas que salieron de su boca. O de su pluma.
Lo único que faltaba por decir lo dijo en un editorial el periódico “La opinión”, un prestigioso medio de prensa que se hizo eco de todo el sentir nacional. En ese editorial, que es una de las cumbres del periodismo dominicano, se decía con orgullo que nuestro modelo de civilización y cultura estaba muy por encima del de muchos otros pueblos de la tierra y que cada vez que mirábamos en el horizonte la triste pintura de lo que estaba sucediendo en otros países, un grito jubiloso venía a nuestras gargantas: !Qué Dios preserve a nuestro emperador!
De cualquier manera, no fue fácil convencerlo, hacer cambiar al querido Jefe de opinión. Pero la presión popular no hizo desde entonces más que seguir en aumento. Finalmente, en el mes de abril de 1934, anunció a regañadientes que aunque era contrario a su deseo y a sus más íntimas convicciones, no tenía fuerzas ni corazón para negarse al inmenso clamor de tanta muchedumbre y aceptó la repostulación.
El Jefe, sin embargo, cumplió con todos los requisitos y formalismos legales, se sometió al rigor de una intensa campaña política y resultó ganador, junto a Jacinto Peynado como vicepresidente, por una inmensa mayoría de votos.
Dios había preservado a nuestro emperador.
Y nadie se mostró más feliz en esa ocasión que el coronel Andy Dauhajre.
(Historia criminal del trujillato [32]. Cuarta parte).
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”

Las mieles del poder

El régimen de la bestia permaneció más o menos igual en todos los períodos. Nada cambiaba de una administración a otra excepto las caras y la suerte de algunos funcionarios. Trujillo seguía apretando las tuercas, todas las tuercas del aparato que lo mantenía en el poder, creando nuevos y más sofisticados organismos de inteligencia y mecanismos de represión, organizando el país como si fuera una finca, una empresa, una industria de su propiedad, y hasta cierto punto lo era.
La bestia ponía un empeño particular en reclutar los peores hombres para desempeñar las tareas más brutales contra sus opositores y al mismo tiempo trataba de atraerse y se atraía por cualquier medio (con ofrecimientos o amenazas, o quizás ambas cosas), a todos los que de alguna manera se destacaban socialmente por su fortuna, en su profesión u oficio.
Dice Crassweller que la mera existencia de alguien que poseyera brillo intelectual y distinción social y económica y que no formara o quisiera formar parte del gobierno, era para la bestia una especie de afrenta personal.
A Horacio Vásquez, Américo Lugo y unos pocos intentó conquistarlos inútilmente. Una gran parte, como se sabe, se ofreció voluntariamente, otros se resistieron durante un periodo y unos cuantos durante toda la tiranía. Paradójicamente, algunos que durante un tiempo se mostraron más reacios a ponerse al servicio de la bestia y manifestaron la más firme oposición se convirtieron luego en trujillistas a ultranza.
Entrar al servicio de la bestia por voluntad propia o ajena no era precisamente una garantía de estabilidad emocional y económica. Los funcionarios civiles y militares del régimen de la bestia, y sobre todo los altos funcionarios, estaban expuestos a los caprichos y rabietas del voluble mandatario. Trujillo era un sádico, tenía la ingrata costumbre de  encumbrar a sus funcionarios, colmarlos a veces de honores y luego degradarlos, pisotearlos, humillarlos públicamente. Los mantenía en la cuerda floja para que nunca se sintieran seguros, y en el momento menos pensado los arrojaba al vacío, los despeñaba, les suministraba una especie de
sacudida, el equivalente político de una terapia de electroshock para mejorar el rendimiento. De esa terapia algunos no se recuperaban. Se quedaban mentalmente cojos. Se volvían frágiles, quebradizos, asustadizos. Sobre todo en su presencia.



Arturo Logroño Cohén

En realidad no había forma de no sentirse atemorizado en una reunión y sobre todo en una fiesta en la que Trujillo participara. La tensión, por muchas razones, era siempre enorme. La bestia podía insultar a cualquiera en cualquier momento o podía antojarse, por ejemplo, de la mujer o la hija o de la hermana o la novia e incluso de la mamá de algún invitado. Para peor, tampoco estaba permitido -bajo pena de muerte por lo menos- manifestar alegría o tan siquiera alivio cuando el todopoderoso mandatario se iba del lugar. Había que mostrarse decorosamente compungido. Había que disipar la tensión disimuladamente.
Una de sus bromas pesadas favoritas consistía en saludar a una persona con el título de un cargo que no tenía en el momento en que se encontraba frente a la persona que estaba designada en ese cargo. Un nombramiento y una  destitución a la vez.
Con el mismo desenfado, la bestia pronunciaba a veces públicamente una sentencia de muerte. Preguntaba simplemente, casi al desgaire, en voz calma y audible para los miembros de su celosa escolta: “!Y Fulano está vivo?” Era una pregunta que parecía ingenua, casual, desmaliciada, pero era una sentencia de muerte.
Crassweller cuenta que Federico C. Álvarez, un prominente abogado, fue uno de los primeros notables que la bestia incorporó a su gobierno y también uno de los primeros que degradó y desconsideró. Con su retorcido sentido del humor, si acaso alguna vez lo tuvo, nombró al abogado en la Secretaría de obras públicas, le encargó construir un puente y lo destituyó por incompetente.
A Arturo Logroño lo quitaba y ponía en un cargo casi por capricho, aunque nunca lo sometió a las vejaciones que sufrieron otros funcionarios. Además, Logroño tenía un temperamento, una especie de coraza, una manera especial de tomarse un poco las cosas en broma y una habilidad inmejorable para reconciliarse con el poder. Sin embargo, dicen que cuando cayó enfermo para no levantarse más, la bestia ni siquiera fue a visitarlo. Cuando murió hizo que le rindieran, desde luego, los debidos honores.
El caso de Peña Batlle es parecido y a la vez diferente. Manuel Arturo Peña Batlle se mantuvo unos doce años en la oposición. Luego descubrió que Trujillo era un gran nacionalista y entró como una tromba al servicio del régimen, se convirtió rápidamente en alabardero e ideólogo del trujillismo, inauguró en parte el fundamentalismo antihaitiano. Fue él quien diseñó la estructura ideológica seudonacionalista de un régimen que carecía de principios y sólo se sustentaba en la fuerza.
Cayó en desgracia cuando lo vincularon a un complot en el que seguramente no tenía arte ni parte, luego pasó por las manos del brutal Fausto Caamaño durante un largo interrogatorio y finalmente fue destituido de su alto cargo. Desde entonces no volvería a levantar cabeza. Antes y después tuvo que soportar, eso sí, humillaciones, vergüenzas y desplantes de antología.



Manuel Arturo Peña Batlle

Con el propósito de mortificar en lo más hondo su fundamentalismo antihaitiano, Trujillo lo nombró una vez embajador en Haití. Pero la mayor desconsideración se la hizo en Nueva York, cuando Peña Batlle se presentó, como parte de su séquito, en una cena de gala. Trujillo lo paró en seco al entrar, le espetó en voz alta que no estaba invitado y lo echó del lugar.
En la misma Nueva York, Peña Batlle recibió un diagnóstico terrible para su salud. Moriría  en 1954, enclaustrado y despreciado en su hogar, pero el gobierno lo despediría con unas pomposas honras fúnebres y nombraría una calle en su honor.
Virgilio Álvarez Pina, el célebre don Cucho, fue uno de los que tampoco se rindió desde el primer momento a los encantos de la bestia.
Era su pariente lejano y fue su amigo de infancia. Pero fue además un ferviente y leal horacista, alguien que, según dice Crassweler, era de los que le llevaba el desayuno a la cama. Ese mismo Cucho le había advertido en su debido momento a Horacio Vásquez que Trujillo estaba conspirando y le aconsejó destituirlo, cosa que dio lugar a un celebre episodio en la Fortaleza Ozama, un encuentro en el que Horacio no dejó de darse cuenta de que era más un prisionero que un presidente en presencia del brigadier Trujillo.
Después de haber sufrido persecución y cárcel, don Cucho se ablandó, se enterneció, perdonó a la bestia por la traición, por el golpe de estado que le había dado a Horacio y entró por fin a su servicio en el año 1934. Desde entonces, con sus altas y sus bajas, con períodos de bonanza y otros más y menos tormentosos, fue su más fiel consejero. Uña y carne. Uña y mugre. Tuvo además la suerte de sobrevivirlo, de vivir para contarlo. Y lo contó a su manera en un libro infame.
(Historia criminal del trujillato [33]. Cuarta parte).
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator


El teatro del horror

En el teatro del horror que describen los cronistas e historiadores, las cárceles más temidas en los primeros años de la era gloriosa eran las de la Fortaleza Ozama y la de Nigua. La fortaleza había sido construida en un sitio alto, salubre, junto al río y el mar, y estaba expuesta al salitre, la brisa fresca,  los vientos del norte y del sur.
La cárcel de Nigua había sido construida por las tropas de ocupación yanquis (tal vez de maldad, con premeditación y alevosía), en un terreno pantanoso cerca de la desembocadura del río del mismo nombre, y estaba expuesta a todas las calamidades del trópico.
La vida allí quizás era en verdad tan horrorosa como lo cuenta Crassweller. La plaga endemoniada de mosquitos, las bandadas de mosquitos desde el atardecer al amanecer, la inmensa nube negra de mosquitos que enrarecían el aire, los malditos mosquitos que saturaban, envenenaban el cielo, ennegrecían la noche, los  mosquitos que caían como una inmensa telaraña con aquel pavoroso zumbido, el infernal zumbido de mosquitos que picaban sin cesar, que parecían más bien devorar a sus víctimas. La aparición de la malaria. El contagio, la manifestación de los primeros síntomas en un hombre tras otro, a veces en medio de brutales labores, escalofríos violentos, fiebre, descomposición y vómitos, insoportables dolores de cabeza, sudores, un sudor frío, el sudor empapando las cobijas, el delirio de la fiebre y las voces delirantes hasta alcanzar el climax. Luego el alivio, lentamente el alivio, el regreso al mundo de los vivos, el pausado recobrar de la conciencia. Luego una sucesión del mismo episodio, la repetición de todos los episodios de fiebre y de delirio y de pérdida de la conciencia, de episodios cada vez menos separados, secuencias casi continuas de fiebre y de delirio y de pérdida de la conciencia.
No había doctor -dice Crassweler-, ni enfermeras ni enfermería. Había sólo quinina si la familia podía conseguirla, si se podía sobornar a un carcelero.
La vida en la cárcel de Nigua estaba hecha de gritos y susurros, de alaridos, gemidos, de aullidos repentinos en la noche y gritos de dolor, de voces que imploraban y lloraban, de gente que suplicaba inútilmente por el amor de Dios, por compasión, de gente que sufría la tortura y gente que gozaba torturando, de un infierno de voces que se acallaban a veces, las ahogaban a  veces los disparos de fusiles cuando estaban fusilando.
Crassweller cuenta que los presos se veían obligados a bañarse con agua sucia, agua ya usada por otros presos enfermos de tuberculosis. Convivían los sanos con enfermos terminales, con gente que no podía valerse por sí misma, que permanecía tumbada todo el tiempo en el duro lecho, malmuriendo, gente todavía viva que emitía un olor fétido a cadáver, sin poder defenderse ni siquiera de los mosquitos que se alimentaban de la poca sangre que les quedaba. Si acaso les quedaba.
No era poco frecuente que los presos, a fuerza de torturas y de encierros solitarios, perdieron la razón. Le sucedió a Ellobín Cruz y a muchos otros. El infeliz Ellobín Cruz, lo que quedaba de él, estaba recluido en solitaria y estaba ya perdido en las nieblas de la locura, muerto en vida, sin saber siquiera quien era ni que estaba haciendo en ese lugar.
Otros se consumían literalmente, se quebraban y se consumían como un pabilo, los devoraban las pulgas, los piojos y los chinches, por no hablar de los mosquitos y las niguas. Eduardo Vicioso, un   profesor y decano de la facultad de derecho de la única universidad, se redujo a un estado cadavérico, macilento. Todo su cuerpo estaba salpicado, como lo describe Crassweller, de rojizos pinchazos de piojos y otros bichos y su piel adquirió la apariencia del papel de lija.
Las desgracias de Eduardo Vicioso habían comenzado cuando se opuso públicamente a una propuesta política para legitimar en el poder a la bestia sin necesidad de elecciones. La iniciativa se debía al Dr. José E. Aybar, un cínico y corrupto cortesano, un sacamuelas que había hecho fortuna al amparo del tirano, uno que sustentaba la opinión de que la popularidad de la bestia era tan grande que  hacia innecesaria, inútil y dispendiosa cualquier consulta electoral. La bestia presidía en todos los corazones del mismo modo que debía presidir en el gobierno, en todos los gobiernos.
Eduardo Vicioso tachó de absurda la desvergonzada propuesta del sacamuelas y la vida empezó a ponérsele difícil. Tiempo después sería acusado de perpetrar crímenes contra el gobierno, de excitar a los ciudadanos a rebelarse y armarse contra la autoridad legalmente constituida. Se lo acusó también de tentar de provocar una guerra civil, de asociación o concierto de crímenes contra las personas, incluyendo al muy honorable señor presidente de la República. Vicioso era además culpable, supuesto culpable de posesión y tráfico y tenencia irregular de armas. Sólo por casualidad no lo acusaron por el delito de haber nacido.
A la cárcel de Nigua, probablemente la más concurrida y la menos popular del país, habían ido a parar muchos de los implicados en la conspiración de Leoncio Blanco  (Blanquito) y los conspiradores de Santiago, los que se habían atrevido a planificar la muerte de Trujillo y José Estrella en un atentado, los que habían puesto las bombas y escrito pasquines infamantes contra la bestia.
A todos estos se sumarían los responsables de una nueva conspiración o conspiraciones que se produjeron esta vez en Santo Domingo. Junto a Eduardo Vicioso fue apresado un nutrido grupo de capitaleños compuesto por Juan de la Cruz Alfonseca (Niño), Ramón de Lara, Rafael Ramón Ellis Sánchez (Pupito), Buenaventura Báez Ledesma, Ulises Pichardo Pimentel, Juan José y Dionisio Caballero y muchos otros. Todos fueron condenados a penas que nadie cumplir, a las que nadie podía sobrevivir en el infierno de la cárcel de Nigua, forzados a trabajo público, a construir caminos y carreteras con pico y pala. Otros serían asesinados.
En algunas de las tantas conspiraciones se vieron por primera vez involucrados personajes de alcurnia que le dieron a la disidencia política y a las cárceles del régimen otro nivel, una nueva connotación y distinción de clase.
Esos personajes, dos de los más conspicuos o encumbrados del país, eran Amadeo Barletta y Oscar Michelena. Ambos eran reconocidos hombres de negocio de mucho prestigio social y solidez económica. Ambos estuvieron inplicados en lo que alguien llamó la conspiración de los empresarios.
(Historia criminal del trujillato [34]. Cuarta parte.
BIBLIOGRAFÍA:
Ángela Peña, Un luchador antitrujillista ignorado por la historia oficial
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator

https://acento.com.do/2019/opinion/8685649-la-conspiracion-de-los-empresarios-1/

La conspiración de los empresarios (1)

En 1935, cuando la bestia apenas estaba estrenando el segundo año de su segundo mandato, se destapó en Santo Domingo una escandalosa conspiración en la que estaban envueltos dos conocidos empresarios: Amadeo Barletta y Óscar Michelena.





Amadeo Barletta 

Era la tercera conspiración importante, después de la de Leoncio Blanco y la de Santiago de los caballeros, y tuvo una enorme cobertura de prensa y cierta repercusión internacional. De hecho, enfrentó al patriótico tirano con dos potencias extranjeras y puso en alto, muy alto, los intereses de la nación, o por o menos los del tirano. Dio, en fin, al mundo una idea de la clase de mandatario que estaba al frente del gobierno. Mostró metafóricamente en público el equipo colgante del hombre fuerte del país. Los enormes timbales de la bestia, de la serpiente emplumada.
Amadeo Barletta era un personaje de alto vuelo, alguien que brillaba y brillaría en el firmamento de la industria y las finanzas. Un cuarentón de buena apariencia, elegante, fornido, dotado de un cierto o más bien incierto encanto y talento, capacitado, afable, posiblemente afable. Era el representante en el país de la General Motors y era presidente de la Dominican Tobacco Company, era cónsul honorario de Italia en el país y era extranjero, o por lo menos italiano.
A pesar de todo, en el mes de abril del año 1935, Barletta fue a dar con sus huesos a la cárcel y estuvo preso y mal preso durante  casi dos meses. Sobre sus hombros pesaba una grave acusación de la que el gobierno tenía o decía tener pruebas. Estaba envuelto en una trama para tumbar y matar a Trujillo por supuesto. De modo que lo encerraron sin contemplaciones, lo trancaron con llave de chocolate en condiciones de incomunicación y aislamiento hasta mediados o finales de mayo. Para peor, el mismo día de su arresto se activaron procedimientos judiciales arbitrarios en perjuicio de la Dominican Tobacco Company, una compañía por acciones cuyo capital era en parte propiedad de ciudadanos usamericanos y que competía casualmente con la Compañía Tabacalera que había adquirido recientemente la bestia.
Un periódico de Washington, “The Evening Star”, se hizo eco de la noticia  el 3 de mayo de 1935 publicando un artículo firmado por Constantine Brown con el título “U.S. Sales Agent Jailed by Trujillo”  (Agente de ventas de Estados Unidos encarcelado por Trujillo).
La información proporcionada por el diario informaba que Barleta era un ciudadano italiano que, además de cónsul honorario de Italia, era representante de dos negocios norteamericanos, la Dominican Tobacco Company, subsidiaria de la Penn Tobacco Company, y la Santo Domingo Motors Company, agencia distribuidora de la General Motors.
A Barlettta se lo acusaba, según el diario de Washington, de haber proporcionado un vehículo de la General Motors a un grupo de sediciosos, enemigos del gobierno que planificaban alguna acción inconfesable. Probablemente un atentado.





Amadeo Barletta en La Habana

Al día siguiente, soldados de la presidencia de la República se apersonaron a la casa de Barletta, lo arrestaron y lo mantenían incomunicado.
La verdadera razón para el arresto de Barletta, decía en “The Evening Star”, se debía a haberse negado a vender la Dominican Tobacco Company a un allegado de Trujillo. Un posible testaferro. En consecuencia, se le acusó de intentar derrocar a Trujillo y esto sirvió de pretexto para que las autoridades arrestaran a Barletta y confiscaran sus propiedades.
Quizás la falta más grave que denunciaba el periódico era que desde que Barletta había sido privado de su libertad, los ingresos de la Dominican Tobacco Company estaban siendo depositados en un banco del gobierno dominicano. Esto quería decir que las autoridades dominicanas estaban confiscando ingresos que en parte pertenecían a ciudadanos norteamericanos.
Esta denuncia no contribuyó, por  cierto, a mejorar la situación de Barletta y el proceso en su contra no se detuvo.
En un juicio sumario que duró una especie de cuarto de hora, y en el cual -según dice Crassweller-, al acusado no se le permitió defenderse, la Corte Penal de Primera Instancia evacuó (sí, evacuó) un veredicto  prefabricado y lo sentenció a dos años de cárcel y fuerte multa. Algo realmente risible dada la gravedad de las acusaciones.
En la embajada del imperio sonaron desde el primer momento las alarmas y hubo mucho interés en el caso. Se estabanperjudicando, como decía “The Evening Star”, los intereses de ciudadanos de la patria del libre y el bravo, y el Departamento de Estado, a través de Cordell Hull y Sumner Welles, ejerció su benéfica influencia a favor del empresario.
Pero también se estaban afectando los intereses o por lo menos el pundonor de la patria del Duce. El cónsul honorario de Italia había sido irrespetado y el Duce no lo podía pasar por alto, no. Don Benito Mussolini era un hombre de malas pulgas y envió primero un representante que, tras mucho cabildear, a duras penas pudo entrevistarse con el prisionero, pero igual hubiera podido Mussolini mandar un acorazado y una flotilla de buques de guerra para liberar a su admirador, correligionario y paisano, su compatriota Amadeo o Amedeo Barletta.
En fin que, el enviado del Duce hizo causa común con Cordell Hull y Sumner Welles y la bestia tiró la toalla. El 29 de mayo, la Corte de Apelación revocó la sentencia y el cónsul honorario italiano recuperó la libertad y marchó a Cuba, donde vivió quizás los años más glamorosos y de bonanza económica de su vida. En Cuba estableció relaciones políticas inmejorables con los gobernantes de turno, fundó organizaciones financieras, adquirió bancos y se convirtió en dueño de importantes empresas de importación, emisoras de radio y televisión y periódicos de gran prestigio en los que laboraba un buen grupo de  periodistas de renombre al servicio de su imagen pública. Pero a la larga le iría mal con Fidel…
La gente de la embajada quiso hacer parecer en todo momento que el desagradable incidente (el affaire Barletta), se debía más que nada a un conflicto de intereses comerciales, pero Crassweller se muestra en desacuerdo. Trujillo -a su juicio- no se habría aventurado a provocar un roce o enfrentamiento con dos grandes potencias  por razones comerciales. Crassweller sostiene que Barletta realmente estaba implicado en una conspiración para remover a Trujillo y que el gobierno estaba en posesión de todas las pruebas.
BIBLIOGRAFÍA:
Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.






sábado, 25 de mayo de 2019

La conspiración de los empresarios (1)

La conspiración de los empresarios (1)

En 1935, cuando la bestia apenas estaba estrenando el segundo año de su segundo mandato, se destapó en Santo Domingo una escandalosa conspiración en la que estaban envueltos dos conocidos empresarios: Amadeo Barletta y Óscar Michelena.

Amadeo Barletta 

Era la tercera conspiración importante, después de la de Leoncio Blanco y la de Santiago de los caballeros, y tuvo una enorme cobertura de prensa y cierta repercusión internacional. De hecho, enfrentó al patriótico tirano con dos potencias extranjeras y puso en alto, muy alto, los intereses de la nación, o por o menos los del tirano. Dio, en fin, al mundo una idea de la clase de mandatario  que estaba al frente del gobierno. Mostró metafóricamente en público el equipo colgante del hombre fuerte del país. Los enormes timbales de la bestia, de la serpiente emplumada.
Amadeo Barletta era un personaje de alto vuelo, alguien que brillaba y brillaría en el firmamento de la industria y las finanzas. Un cuarentón de buena apariencia, elegante, fornido, dotado de un cierto o más bien incierto encanto y talento, capacitado, afable, posiblemente afable. Era el representante en el país de la General Motors y era presidente de la Dominican Tobacco Company, era cónsul honorario de Italia en el país y era extranjero, o por lo menos italiano.
A pesar de todo, en el mes de abril del año 1935, Barletta fue a dar con sus huesos a la cárcel y estuvo preso y mal preso durante  casi dos meses. Sobre sus hombros pesaba una grave acusación de la que el gobierno tenía o decía tener pruebas. Estaba envuelto en una trama para tumbar y matar a Trujillo por supuesto. De modo que lo encerraron sin contemplaciones, lo trancaron con llave de chocolate en condiciones de incomunicación y aislamiento hasta mediados o finales de mayo. Para peor, el mismo día de su arresto se activaron procedimientos judiciales arbitrarios en perjuicio de la Dominican Tobacco Company, una compañía por acciones cuyo capital era en parte propiedad de ciudadanos usamericanos y que competía casualmente con la Compañía Tabacalera que había adquirido recientemente la bestia.
Un periódico de Washington, “The Evening Star”, se hizo eco de la noticia  el 3 de mayo de 1935 publicando un artículo firmado por Constantine Brown con el título “U.S. Sales Agent Jailed by Trujillo”  (Agente de ventas de Estados Unidos encarcelado por Trujillo).
La información proporcionada por el diario informaba que Barleta era un ciudadano italiano que, además de cónsul honorario de Italia, era representante de dos negocios norteamericanos, la Dominican Tobacco Company, subsidiaria de la Penn Tobacco Company, y la Santo Domingo Motors Company, agencia distribuidora de la General Motors.
A Barlettta se lo acusaba, según el diario de Washington, de haber proporcionado un vehículo de la General Motors a un grupo de sediciosos, enemigos del gobierno que planificaban alguna acción inconfesable. Probablemente un atentado.

Amadeo Barletta en La Habana

Al día siguiente, soldados de la presidencia de la República se apersonaron a la casa de Barletta, lo arrestaron y lo mantenían incomunicado.
La verdadera razón para el arresto de Barletta, decía en “The Evening Star”, se debía a haberse negado a vender la Dominican Tobacco Company a un allegado de Trujillo. Un posible testaferro. En consecuencia, se le acusó de intentar derrocar a Trujillo y esto sirvió de pretexto para que las autoridades arrestaran a Barletta y confiscaran sus propiedades.
Quizás la falta más grave que denunciaba el periódico era que desde que Barletta había sido privado de su libertad, los ingresos de la Dominican Tobacco Company estaban siendo depositados en un banco del gobierno dominicano. Esto quería decir que las autoridades dominicanas estaban confiscando ingresos que en parte pertenecían a ciudadanos norteamericanos.
Esta denuncia no contribuyó, por  cierto, a mejorar la situación de Barletta y el proceso en su contra no se detuvo.
En un juicio sumario que duró una especie de cuarto de hora, y en el cual -según dice Crassweller-, al acusado no se le permitió defenderse, la Corte Penal de Primera Instancia evacuó (sí, evacuó) un veredicto  prefabricado y lo sentenció a dos años de cárcel y fuerte multa. Algo realmente risible dada la gravedad de las acusaciones.
En la embajada del imperio sonaron desde el primer momento las alarmas y hubo mucho interés en el caso. Se estabanperjudicando, como decía “The Evening Star”, los intereses de ciudadanos de la patria del libre y el bravo, y el Departamento de Estado, a través de Cordell Hull y Sumner Welles, ejerció su benéfica influencia a favor del empresario.
Pero también se estaban afectando los intereses o por lo menos el pundonor de la patria del Duce. El cónsul honorario de Italia había sido irrespetado y el Duce no lo podía pasar por alto, no. Don Benito Mussolini era un hombre de malas pulgas y envió primero un representante que, tras mucho cabildear, a duras penas pudo entrevistarse con el prisionero, pero igual hubiera podido Mussolini mandar un acorazado y una flotilla de buques de guerra para liberar a su admirador, correligionario y paisano, su compatriota Amadeo o Amedeo Barletta.
En fin que, el enviado del Duce hizo causa común con Cordell Hull y Sumner Welles y la bestia tiró la toalla. El 29 de mayo, la Corte de Apelación revocó la sentencia y el cónsul honorario italiano recuperó la libertad y marchó a Cuba, donde vivió quizás los años más glamorosos y de bonanza económica de su vida. En Cuba estableció relaciones políticas inmejorables con los gobernantes de turno, fundó organizaciones financieras, adquirió bancos y se convirtió en dueño de importantes empresas de importación, emisoras de radio y televisión y periódicos de gran prestigio en los que laboraba un buen grupo de  periodistas de renombre al servicio de su imagen pública. Pero a la larga le iría mal con Fidel…
La gente de la embajada quiso hacer parecer en todo momento que el desagradable incidente (el affaire Barletta), se debía más que nada a un conflicto de intereses comerciales, pero Crassweller se muestra en desacuerdo. Trujillo -a su juicio- no se habría aventurado a provocar un roce o enfrentamiento con dos grandes potencias  por razones comerciales. Crassweller sostiene que Barletta realmente estaba implicado en una conspiración para remover a Trujillo y que el gobierno estaba en posesión de todas las pruebas.
BIBLIOGRAFÍA:
Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.


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Pedro Conde Sturla
24 mayo, 2019


Amadeo Barletta.

En 1935, cuando la bestia apenas estaba estrenando el segundo año de su segundo mandato, se destapó en Santo Domingo una escandalosa conspiración en la que estaban envueltos dos conocidos empresarios: Amadeo Barletta y Óscar Michelena

Era la tercera conspiración importante, después de la de Leoncio Blanco y la de Santiago de los Caballeros, y tuvo una enorme cobertura de prensa y cierta repercusión internacional. De hecho, enfrentó al patriótico tirano con dos potencias extranjeras y puso en alto, muy alto, los intereses de la Nación, o por o menos los del tirano. Dio, en fin, al mundo una idea de la clase de mandatario que estaba al frente del gobierno. Mostró metafóricamente en público el equipo colgante del hombre fuerte del país. Los enormes timbales de la bestia, de la serpiente emplumada.

Amadeo Barletta era un personaje de alto vuelo, alguien que brillaba y brillaría en el firmamento de la industria y las finanzas. Un cuarentón de buena apariencia, elegante,   
fornido, dotado de un cierto o más bien incierto encanto y  talento, capacitado, afable, posiblemente afable. Era el   representante en el país de la General Motors y era presidente  de la Dominican Tobacco Company, era cónsul honorario de Italia en el país y era extranjero, o por lo menos italiano.
A pesar de todo, en el mes de abril del año 1935, Barletta fue a dar con sus huesos a la cárcel y estuvo preso y mal preso durante casi dos meses. Sobre sus hombros pesaba una grave acusación de la que el gobierno tenía o decía tener pruebas. Estaba envuelto en una trama para tumbar y matar a Trujillo por supuesto. De modo que lo encerraron sin contemplaciones, lo trancaron con llave de chocolate en condiciones de incomunicación y aislamiento hasta mediados o finales de mayo.
Para peor, el mismo día de su arresto se activaron procedimientos judiciales arbitrarios en perjuicio de la Dominican Tobacco Company, una compañía por acciones cuyo capital era en parte propiedad de ciudadanos usamericanos y que competía casualmente con la Compañía Tabacalera que había adquirido recientemente la bestia.
Un periódico de Washington, “The Evening Star”, se hizo eco de la noticia el 3 de mayo de 1935 publicando un artículo firmado por Constantine Brown con el título “U.S. Sales Agent Jailed by Trujillo” (Agente de ventas de Estados Unidos encarcelado por Trujillo).
La información proporcionada por el diario informaba que Barleta era un ciudadano italiano que, además de cónsul honorario de Italia, era representante de dos negocios norteamericanos, la Dominican Tobacco Company, subsidiaria de la Penn Tobacco Company, y la Santo Domingo Motors Company, agencia distribuidora de la General Motors.
A Barlettta se lo acusaba, según el diario de Washington, de haber proporcionado un vehículo de la General Motors a un grupo de sediciosos, enemigos del gobierno que planificaban alguna acción inconfesable. Probablemente un atentado.
Al día siguiente, soldados de la presidencia de la República se apersonaron a la casa de Barletta, lo arrestaron y lo mantenían incomunicado.
La verdadera razón para el arresto de Barletta, decía en “The Evening Star”, se debía a haberse negado a vender la Dominican Tobacco Company a un allegado de Trujillo. Un posible testaferro. En consecuencia, se le acusó de intentar derrocar a Trujillo y esto sirvió de pretexto para que las autoridades arrestaran a Barletta y confiscaran sus propiedades.
Quizás la falta más grave que denunciaba el periódico era que desde que Barletta había sido privado de su libertad, los ingresos de la Dominican Tobacco Company estaban siendo depositados en un banco del gobierno dominicano. Esto quería decir que las autoridades dominicanas estaban confiscando ingresos que en parte pertenecían a ciudadanos norteamericanos.
Esta información no contribuyó, por cierto, a mejorar la situación de Barletta y el proceso en su contra no se detuvo.
En un juicio sumario que duró una especie de cuarto de hora, y en el cual -según dice Crassweller-, al acusado no se le permitió defenderse, la Corte Penal de Primera Instancia evacuó (sí, evacuó) un veredicto prefabricado y lo sentenció a dos años de cárcel y fuerte multa. Algo realmente risible dada la gravedad de las acusaciones.
En la embajada del imperio sonaron desde el primer momento las alarmas y hubo mucho interés en el caso. Se estaban perjudicando, como decía “The Evening Star”, los intereses de ciudadanos de la patria del libre y el bravo, y el Departamento de Estado, a través de Cordell Hull y Sumner Welles, ejerció su benéfica influencia a favor del empresario.
Pero también se estaban afectando los intereses o por lo menos el pundonor de la patria del Duce. El cónsul honorario de Italia había sido irrespetado y el Duce no lo podía pasar por alto, no. Don Benito Mussolini era un hombre de malas pulgas y envió primero un representante que, tras mucho cabildear, a duras penas pudo entrevistarse con el prisionero, pero igual hubiera podido Mussolini mandar un acorazado y una flotilla de buques de guerra para liberar a su admirador, correligionario y paisano, su compatriota Amadeo o Amedeo Barletta.
En fin que, el enviado del Duce hizo causa común con Cordell Hull y Sumner Welles y la bestia tiró la toalla. El 29 de mayo, la Corte de Apelación revocó la sentencia y el cónsul honorario italiano recuperó la libertad y marchó a Cuba, donde vivió quizás los años más glamorosos y de bonanza económica de su vida. En Cuba estableció relaciones políticas inmejorables con los gobernantes de turno, fundó organizaciones financieras, adquirió bancos y se convirtió en dueño de importantes empresas de importación, emisoras de radio y televisión y periódicos de gran prestigio en los que laboraba un buen grupo de periodistas de renombre al servicio de su imagen pública. Pero a la larga le iría mal con Fidel…
La gente de la embajada quiso hacer parecer en todo momento que el desagradable incidente (el affaire Barletta), se debía más que nada a un conflicto de intereses comerciales, pero Crassweller se muestra en desacuerdo. Trujillo -a su juicio- no se habría aventurado a provocar un roce o enfrentamiento con dos grandes potencias por razones comerciales. Crassweller sostiene que Barletta realmente estaba implicado en una conspiración para remover a Trujillo y que el gobierno estaba en posesión de todas las pruebas.
(Historia criminal del trujillato [35]. Cuarta parte)
BIBLIOGRAFÍA:
Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.
Trujillo encarcela al cónsul italiano Amadeo Barletta
https://patriadominicana.wordpress.com/tag/grupo-ambar/



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jueves, 23 de mayo de 2019

MEMORIAS DE UNA DAMA: la novela prohibida

Pedro Conde Sturla

13 de noviembre de 2011 

[Santiago Roncagliolo, un excelente narrador peruano, escribió hace unos años una novela sobre una supuesta familia patricia dominicana de origen italiano (los Minetti). Una familia vinculada al fascismo y a la CIA, a Trujillo, a Batista, a la importación de vehículos, a la mafia al contrabando, al tráfico de estupefacientes y todo tipo de negocios turbios, tanto en Santo Domingo como  en Cuba.
La historia, en la novela Memorias de una dama,  gira en torno a Diana Minetti, una rica heredera que fue despojada en parte por su cuñado y sus hijos de una cuantiosa herencia (proveniente de la tesonera y poco honesta labor de su padre) y casi en lecho de muerte se decide a emplear los servicios de un amanuense desconocido para que escriba una biografía edulcorada de su vida.
Pero en la biografía, en la investigación bibliográfica, van apareciendo datos escalofriantes que la propia Diana ignoraba, y en la novela de Roncagliolo la ficción parece que se acerca tanto a la verdad que alguien hizo un acuerdo con la editorial (la afamada editorial Alfaguara) para que no fuera vendida en Santo Domingo. 
Tanto bastó para que la obra comenzara a circular profusamente en ediciones piratas digitales y se convirtiera en comidilla de los círculos de intelectuales.
En un estilo chispeante, lleno de humor y sarcasmo, Roncagliolo pone al desnudo la podredumbre moral de ciertas buenas familias, pero sobre Diana escribe al final unas páginas llenas de compasión que resumen toda la tragedia de alguien que vivió en un mundo ilusorio sin darse cuenta de que todos sus seres queridos tenían los pies metidos en el lodo. (PCS)].  

MEMORIAS DE UN DAMA (fragmento)
17.
Perlas a los cerdos. La propia Diana era una perla hozada por los cerdos. Toda una vida para ser saqueada, robada, sobrevolada por buitres como yo mismo. Toda una vida de plazos retardados y cobros mensuales, de mentiras,
de esposos inservibles, hijos con contactos en el banco y biógrafos dispuestos a estafarle cada céntimo. Acabé de leer la carta con lágrimas corriendo por mis mejillas y goteando sobre el papel.
Al fin y al cabo, ella sólo quería contarle su historia a alguien. Decir que había conocido a Jackie Kennedy y al barón de Rothschild, a las horrorosas esposas de Batista y los salones palaciegos del jardinero de Buckingham. Fuera de esos momentos, su vida era una enorme, interminable piara revolcándose en el lodo. Para el mundo —y eso me incluye—, Diana había sido un enorme fajo de billetes ambulante. Ahora, despedidos los ejércitos de servidumbre y
liquidados los esposos haraganes, lo único que quedaba de ella era un montón de palabras, quizá ya cuatrocientas páginas para que los gusanos no se comiesen su memoria.
El libro tenía que publicarse. Y tenía que publicarse con sus nombres verdaderos. Era lo menos que yo podía hacer por ella, era lo único que alguien alguna vez haría por ella, en realidad. En ese momento no me importaba que no
tuviera mi nombre, ni que fuera un fracaso comercial. Me importaba que existiese, que llegase a la República Dominicana y Cuba, que lo leyesen sus personajes y sus apellidos se ruborizasen al menos un poquito al ver lo que se
habían hecho a sí mismos.   
Reuní todos los papeles dispersos, escribí un nuevo texto que incluía la última carta de Diana, tomé un tren nocturno, que son los más baratos, y me planté en Barcelona a las seis de la mañana. Para variar, llevaba días llamando a Txema, y él nunca me había devuelto la llamada. Como me presenté de
improviso en su editorial, él no tuvo más remedio que recibirme. En su oficina, una vez más, estaba Santiago Roncagliolo.
—Santiago ya tiene lista su próxima novela —dijo Txema orgulloso, contento, como si me presentase a su nuevo hijo—. Un thriller político con asesino en serie que sin duda será un éx…
—Tengo listo el libro —interrumpí.
—¿Cuál libro?
—El que querías, el de la familia de la Mafia.
—Ah, sí. ¿Cómo era esa historia?
—La historia de una mujer de la aristocracia dominicana, hija de un conspirador mafioso, fascista y agente de la CIA. Una mujer que nace entre palacios y mármoles, y termina destruida por su propia familia y su propio dinero. Un libro de no ficción. Realidad pura y documentada.
—Una biografía —dijo un aburrido Santiago con la voz más imbécil que pudo conseguir.
—Una biografía real —dije yo.
—Las biografías tienen que ser de personas conocidas —dijo Txema—. Si no, no funcionan.
—Ella no es conocida, pero conoció a mucha gente 
importante: aparecen la Cuba de Batista, la República Dominicana de Trujillo, sale hasta Jackie Kennedy.
—Ya. Nos serviría más la biografía de Jackie Kennedy.  
—Léela, Txema. No te arrepentirás.
—Odio los libros periodísticos —dijo Santiago, batiendo 
récords de estupidez—, no me interesa que me cuenten algo real. Yo quiero una buena historia.
—Entonces no lo leas —dije yo, ya sin ningún escrúpulo de educación.
Txema prometió leer el manuscrito y se fue con Roncagliolo a algún lugar al que no me invitaron. Yo deambulé por la ciudad esperando el tren de la noche y bebiendo una copa en cada cervecería que encontré abierta. Por la noche, me quedé dormido en el vagón cafetería. De regreso en Madrid, me senté a esperar una respuesta junto al teléfono en mi casa. Ya no tenía muebles. Usaba unas toallas como colchón. Por las noches, dilapidaba lo que quedaba del dinero de Javi
emborrachándome con desconocidos sólo para contarles la historia de Diana. Cada vez que la contaba le agregaba detalles y le exageraba otras cosas, midiendo la atención que producía en el auditorio. Podía pasar toda la noche
embriagándome con la historia, y luego inventando nuevas mentiras, mentiras de todo tipo, sólo para demostrarme a mí mismo lo bien que las contaba. A veces inventaba que era un abogado argentino, otras veces hacía creer a la gente
que venía de una familia de banqueros ecuatorianos. Dedicaba mis noches a mentir, a inventar hasta perder la consciencia.
Una mañana, como a las doce, el teléfono me despertó. Tenía un dolor de cabeza espantoso. Temblaba. Había pasado la noche convenciendo a un grupo de turistas yanquis de que yo era andaluz y dueño de un tablao flamenco. Al levantarme, encontré manchas de barro por toda mi ropa. A saber dónde me había revolcado. Contesté esperando que fuese Txema. Era Mankiewitz:
—Viejo, no le has mandado al hijo el libro. 
—No se lo voy a mandar.
—¿Lo has pensado bien?
—Lo he pensado perfectamente. Es un hijo de puta. Y voy a publicar ese libro para que lo sepa el mundo.
—¿Vos sabés con quién te estás metiendo, boludo? ¿Tenés una idea?
Miré a mi alrededor. La casa estaba cubierta de polvo. Una pasta verde empezaba a acumularse alrededor del váter.
—No puede quitarme nada, simplemente porque no tengo nada que perder.
—No necesito contarte justo a ti de dónde viene esta gente, ¿verdad? ¿Vos creés que no son expertos en ver qué te pueden quitar? Llevate bien con ellos, viejo. Es lo mejor para vos. Yo lo digo pensando en vos, nada más.
—¿Sabes lo que le hicieron a Diana? ¿No eras amigo de Diana, tú, cabrón?
—Por favor, no me vengas con sentimentalismos. Escucha: Diana no estaba bien de la cabeza. Tenía un odio enfermizo, y sólo podía mirar la realidad a través de él. Sabe Dios qué te habrá dicho, pero no creas que todo es verdad.
—¿Ahora vas a decir que estaba loca? ¿Ahora me vas a decir eso a mí, que la conocía tanto?
—¿Creías que la conocías? ¡Ni siquiera sabías que estaba enferma! Y no es tu culpa. Nadie conocía a esa mujer. Nadie sabe qué pensaba de verdad. Y por cierto, nadie sabe de dónde sacás vos todas esas conversaciones entre Luciano,
el jefe de la CIA, el padre… No pretenderás que todo eso es  cierto, ¿no? Tiene una base cierta, supongo. Pero son diálogos muy comprometedores como para
inventártelos alegremente.
—No le voy a mandar ese libro al mafioso del hijo.
—Bueno, es tu problema, boludo. Espero volverte a ver. Chau.
«Espero volverte a ver.» ¿Era una amenaza eso? ¿Había hablado con el hijo? ¿Estaban dispuestos a hacerme algo? ¿A mandarme a un sicario o algo así? No era posible. Recordé al congresista dominicano asesinado. A Jesús Gómez
advirtiéndome de los peligros. Al gringo Mitchell que se quejaba de las balas en su barrio. Por otro lado, el gringo también había mencionado que Diana estaba
loca. ¿Y si era cierto? ¿Y si toda su carta era sólo producto de un delirio? ¿Cómo saberlo? Seguramente sus hijos tenían una versión diferente de la historia. Cuando las interpretaciones se vuelven irreconciliables, la realidad se anula. No hay verdad.
En todo caso, sí había cosas que yo podía averiguar. Cuestiones jurídicas. Necesitaba una asesoría legal. La ley es una ficción más. Si toda esa familia no estaba presa y yo no estaba deportado, era porque toda la ley era de mentiritas,
en cualquier país. Llamé a mi abogada y le expliqué la situación. Le ofrecí pagarle un porcentaje de las ganancias del libro, pero sólo si había dinero de por medio. Aceptó.
—¿Qué medidas pueden tomar legalmente contra mí si…, tú sabes, si publico el libro?
—Bueno, te pueden demandar por injuria, difamación, delito contra la intimidad…
—Pero tengo las grabaciones de ella diciéndolo todo.
—Pero no la autorización escrita para publicarlo. Ellos tienen todas las de ganar, a menos que tu editor quiera correr con el riesgo.
Pensé en Txema. Comprendí que no, que él no correría con  ningún riesgo por mí. La abogada siguió hablando con su cigarro mentolado:
—Aunque, por lo que me dices, esta gente no se va a tomar la molestia de demandarte. Te van a romper las piernas directamente, o algo peor. (Santiago Roncagliolo)



LA HISTORIA OCULTA DETRÁS DE LA NOVELA "MEMORIAS DE UNA DAMA"

https://www.diariolibre.com/actualidad/la-historia-oculta-detrs-de-la-novela-memorias-de-una-dama-IJDL236952








Portada del controversial libro publicado el año pasado.
Un cotejo de datos sobre la controversial novela "Memorias de una dama", del peruano Santiago Roncagliolo, conduce a uno de los más sonados escándalos literarios de los últimos años. 

Según se ha publicado, el autor habría convertido en una novela de ficción lo que inicialmente escribió como una autobiografía por encargo, por lo cual habría cobrado una determinada suma. La novela, titulada "Memorias de una dama", con algunos cambios y la incorporación de elementos de ficción, estaría basada en el contenido de un manuscrito titulado "Los lobos en el paraíso, memorias de Nelia Barletta de Cates". 

Algunos diarios han reseñado que los descendientes de la señora Barletta habrían pagado para que el libro no circulara en la República Dominicana o que habían comprado la totalidad de los ejemplares. Consultados al respecto, Miguel Barletta respondió tajantemente: "No hemos pagado en lo absoluto por los derechos de ninguna publicación con ese o cualquier otro título, a editorial o persona alguna, ni tampoco comprado los ejemplares que pudieran haberse distribuido". 

Acerca de las especulaciones relacionadas con supuestos cambios hechos por el autor de la autobiografía original para convertirla en una novela después de la muerte de su madre, Barletta comentó que "no acostumbramos a tratar públicamente temas familiares", una respuesta similar a la que le diera al periodista colombiano Gerardo Reyes, según reportaje publicado en enero pasado por El Nuevo Herald de Miami. 

Una crónica bajo la firma de Lina Vargas, de la Revista Arcadia (Publicaciones Semana, Colombia), refiere que a la redacción de la revista llegó un correo electrónico que tenía como anexo el contrato que se presume firmaron las partes: "El misterioso remitente saluda a la revista desde República Dominicana -aunque, después de un rastreo de la dirección se supo que el correo había sido enviado desde México. En adjunto, aparece un boceto de contrato fechado en Madrid en julio de 2009 para ser firmado por Santiago Roncagliolo, Santillana Ediciones (casa matriz) y Miguel y Nelia (Nellyta) Barletta, apoderados por uno de los abogados del prestigioso bufete Ramón Hermosilla y Gutiérrez de la Roza, con oficinas en España, Estados Unidos, Brasil y México". Aparentemente se trata del mismo boceto que fue distribuido a varios medios y reseñado incluso en la edición de Clave, del 4 de marzo del año en curso. Fuentes que afirman haber tenido acceso al referido contrato, señalan que existe una cláusula al tenor de la cual Santiago Roncagliolo conviene pagar una indemnización a la familia Barletta por el uso indebido de la obra que había escrito bajo encargo y que como tal pertenecía a los descendientes de la señora Barletta. 

Omar Guerrero, también peruano, amigo y colega de Roncagliolo, cuenta en su blog (http://supaylibros.blogspot.com) que mientras desayunaba con otros autores éste les llegó a comentar que "por necesidad y por deseos de surgir como escritor fuera de su patria tuvo que volverse un 'negro literario', fue así que mencionó el caso de una distinguida señora de avanzada edad que lo contrató con tal de que se escriba su biografía tal como ella lo pedía". "Increíblemente para nuestros oídos", agrega, "se contaba la misma historia con la que se da origen a Memorias de una dama (Alfaguara, 2009)". 

Según se desprende del cotejo de información, la idea de la obra encargada pudo haber sido utilizada como presión en un litigio que la señora había iniciado en 1976, a raíz del fallecimiento de su padre, Amadeo Barletta. El cotejo de este reporte periodístico con uno anterior publicado en 1999 por el mismo diario de la Florida, lo asocia a la referida litis. De acuerdo con lo que se publicó en su momento, en el caso se involucró también a una entidad bancaria y sus principales ejecutivos, y se atacaban decisiones que su padre habría tomado antes de su muerte, aparentemente destinadas a asegurar la continuidad de los negocios que componían el patrimonio familiar. Esta versión difundida durante el proceso cobró fuerza en los ambientes empresariales dominicanos, cuando a finales de la década de los 90, en lo que parece haber sido una reactivación del litigio, circuló una publicación sin autor conocido ("Historia secreta de un fraude"), en la que se formulaban las mismas acusaciones que se insinúan en "Memorias de una dama" sobre el alegado despojo de la herencia de su padre. 

"Memorias de una dama" fue lanzada en marzo del año pasado, con una tirada inicial de 29,556 ejemplares, según se lee en ejemplares que han logrado llegar al país. Se desconoce cuántos de ellos fueron vendidos y distribuidos por Alfaguara, aunque por distintas vías, la editora ha confirmado que decidió no distribuir la obra en el país y en otras partes del mundo. 

En conclusión, todo parece sugerir que Roncagliolo utilizó sin autorización el material correspondiente a "Los Lobos en el Paraíso", al cual introdujo además elementos de ficción para convertirlo en la novela que luego vendió a Alfaguara y que ésta publicó como "Memorias de una dama". 

La actitud de Alfaguara luego de la tirada probablemente es indicativa de que desconocía estos hechos y aunque decidió suspender la difusión de la obra, ha preferido adoptar una posición que no ponga en entredicho la imagen de su laureado escritor. 


GUIA PARA LEER "MEMORIAS DE UNA DAMA"....

MEXICO.- (Especial para 7dias.com.do).-
http://dominicanaperiodismoavuelapluma.blogspot.com/2010/01/guia-para-leer-memorias-de-una-dama.html


El presente artículo busca facilitar la lectura de la novela histórica “Memorias de una dama” que circula desde el 2009 bajo la autoría del escritor peruano Santiago Roncagliolo.
Amadeo Barletta Barletta nació en San Nicolás Arcella, Italia. Casó con Nelia Ricart Castillo, quien había nacido el 4 de enero de 1900 en Santo Domingo.
Octavia Ricart Martínez (Tantana) que casó con Ramfis Trujillo no era hermana, sino prima de Nelia Ricart Castillo, que casó con Amadeo Barletta Barletta
Amadeo Barletta Barletta fue, y mantuvo compartida con los Trujillo, los Peynado y sus familiares durante su exilio, representante en Santo Domingo de la General Motors Co., no de la Ford como aparece en el libro, representación que ostentó en La Habana, en Puerto Rico, donde siguen ejerciéndola sus sucesores, y en Caracas. En Buenos Aires sus ganancias grandes provinieron de bienes raíces, donde orientó en el desarrollo de la ciudad, tanto como había hecho en Cuba donde dispuso el trazado de la Vía Blanca, que cruza la isla y que cruzó los grandes predios que había previamente comprado. Fue dueño del periódico El Mundo y de un canal de televisión, así como de emisoras de radio.
En La Habana, entre otros negocios, Barletta fue dueño del Banco Internacional de La Habana que luego se llamó el Banco Atlántico S. A.
Tuvieron dos hijos: Amadeo (Barlettica), Minettino en la novela. quien casó en segundas nupcias (de los dos) con Laura Amelia Vicini Cabral viuda Barletta, hija de Felipe Vicini Perdomo y Amelia Cabral Bermúdez, (nacida 20 de septiembre de 1925 y fallecida el 24 de junio de 2009 en SD), sin descendencias, pero dejó la Fundación Virgen del Perpetuo Socorro. Con su primer marido, al que se llama en la obra Manuel (Miguel) Rodríguez (Morales) y Fernández de la Vega (pág. 187).
Miguel Morales, en la realidad, fue quien procreó los dos hijos que tuvo; el segundo se llamó Raymond Orteig, norteamericano. Y Nelia Filomena Barletta Ricart, quien tuvo dos hijos: Miguel y Nellyta (Morales) Barletta, quienes al decir del libro cuyos datos proporcionó ella al autor, la despojaron de su herencia, acogidos a los dictados de un testamento del abuelo y se colocaron al frente de la heredad.
Sobre el primer matrimonio de Nelia Filomena Barletta Ricart en La Habana, (págs.77 y 187) se cuenta que fueron invitadas algunas familias de Santo Domingo, vinculadas a los negocios o familiares de su padre, a todos los cuales se les dotó de un apartamento nuevo en aquella ciudad, amueblado, con un carro nuevo a su servicio y con chofer, con un mes de estancia garantizada y pasaje de ida y vuelta, con lo que toda la oligarquía dominicana retornó deslumbrada, por La Habana, y por la evolución de los Barletta..
Nelia Filomena Barletta Ricart emplea el nombre en la novela de Diana Minetti.
Mariana San Martín, pág. 175, podría ser Natalia Bolívar, escritora cubana que trata temas de santería.
Amadeo Barletta Barletta, aparece como papá Giorgio y en la “conspiración” por la que le hicieran preso antes de partir desde Santo Domingo a La Habana, perdió el negocio de los cigarrillos Faro a Colón, que Trujillo absorvió para su monopolio de La Tabacalera que antes le había quitado a Anselmo Copello. En esa misma “conspiración” fue despojado de sus bienes Santiago Michelena, Michellangelo en la novela, pág. 77, una de cuyas propiedades era lo que a continuación pasó a ser la residencia de Trijillo, Estancia Ramfis, y que hoy ocupa la Cancillería.
Luis Ordóñez (pág. 195), director y copropietario de El Mundo en La Habana, era Luis Gómez Wangüermet quien siguió al frente del periódico hasta su cierre.
Miguel (Morales) Barletta, el albacea y heredero a mitad de esa inmensa fortuna, casó en primeras nupcias con y luego con Francina Lama, de Santiago, y está al frente de todos los negocios.
Nellyta, casó con Renaud Anselín, con quien tuvo tres hijos antes de separarse. Ambos viven en Santo Domingo.
Santo Traficantte, Jr., fue el dueño en ese tiempo de hoteles y casas de juego así como de cabarets en La Habana y luego en Miami, donde murió. Otro gánster de origen italo-uruguayo, que aparece en la novela con su propio nombre es Amletto Battisti y Lora i, que fue dueño del hotel Sevilla Biltmore, sí llegó a ser legislador en la Cuba de esa época, por el Partido Liberal.
Los Picciardi (pág. 71), son, al parecer, los Vicini. En alguna parte (pág.) aparece Donald Reid Cabral con el nombre de , en su condición de pariente de la narradora, que llegó a Presidente.
“De hecho, Vargas Llosa es un personaje de Memorias de una Dama. Así que yo diría que fue al revés. Hablé de Santo Domingo para hablar de Vargas Llosa”, dice el autor en entrevista concedida a El País y a sus lectores el miércoles, 25 de marzo de 2009.

NOTA: Los espacios en blanco son un ejercicio de autocontrol para que los lectores puedan saber si dan seguimiento a los actores.

Graziella Arce Lacalle, historiadora de origen cubano radicada en México, ha dedicado varias décadas al estudio de las dictaduras de Rafael L. Trujillo y de Fulgencio Batista.