sábado, 24 de abril de 2021

La agencia (6)

Pedro Conde Sturla

La agencia (6)

Mi marido está preso por un asunto de drogas y nos cerraron el prostíbulo...

Harold Priego

Algún tiempo más tarde, una despampanante delegación encabezada por la hermosa Jocelynda y otras ejecutivas hizo acto de presencia en el departamento de creatividad para darnos las condolencias. La verdad es que todos estábamos sinceramente condolidos y nos condolenciábamos recíprocamente los unos a los otros para aliviar la frustración.

No era para menos. El cliente había exigido que se le presentara una campaña con estricto carácter de urgencia, nos había hecho trabajar horas extras, había fijado un plazo perentorio para la presentación de la campaña y en el último momento se echó hacia atrás. Pospuso sádicamente la presentación. Nos dejaron vestidos y alborotados. En ese sofisticado manicomio llamado agencia —como decía el creativo catalán— todo podía pasar y pasaba.

Ahora recibíamos con el más sentido pláceme la visita de una nutritiva delegación en la que participaba la estrella de las ejecutivas de la agencia, una ex modelo llamada Jocelyn a la que preferíamos llamar Jocelynda. Junto a ella venía la simpática rubia Mary, con el pelo todo suelto, y la cimbreante Julia, con su figura de pitonisa, su andar pausado, sus movimientos felinos, su caminar tan fino.

Con ellas tuvimos una prolongada reunión, una especie de chismorreo analítico que nos permitió examinar exhaustivamente la situación y desahogarnos a pleno pulmón.

Criticamos al cliente, a casi todos los clientes, masacramos, con cierta precaución, al licenciado presidente, tomamos café dulce y amargo, nos sumergimos, en fin, en una especie de catarsis aristotélica para purificar nuestros sentimientos y terminamos sintiéndonos puros como ángeles.

Cuando las chicas de la comisión se retiraban, Harold se quedó mirándolas con una mirada escurridiza, indiscreta, buscando algún detalle que le permitiera decir algo gracioso y punzante a la vez, y lo único que se le ocurrió fue preguntarles si a ellas les pagaban por trabajar o  por ser bonitas. Lo cual era un piropo  muy fino en boca de Harold. La rubia Mary hizo un mohín despectivo y Julia no se dio por aludida, pero Jocelynda lo miró con aquella mirada luminosa que lo decía un poco todo sin decir nada y Harold sintió como si empezara a derretirse. No volvió a decir palabra, se quedó babeando y derritiéndose por dentro, pero no volvió a decir palabra.

Jocelynda tenía casi siempre una expresión apacible, tenía un temperamento suave que sabía administrar de acuerdo a las circunstancias, tenía un suave color aceitunado, un poco a la manera andaluza, y tenía además un novio que envidiaban, que hacía suspirar y alocaba a casi todas las chicas de la agencia. Incluso a algunos de los chicos.

Una vez fui con ella a presentar una campaña a una compañía de seguros, de la cual era ejecutiva, y sucedió algo que todavía me hace sonreír. El presidente era un señor amable que había conocido una infancia de limitaciones y pobreza, se había abierto paso en la vida como corredor de seguros y había fundado su propia agencia, pero el éxito no se le había subido a la cabeza. Era cordial y atento, una muy bella persona, y tratábamos de darle siempre el mejor servicio.

Cuando le leí la campaña, en presencia de Jocelynda, se quedó meditando unos segundos y me pidió que se la leyera al revés, que pusiera lo de abajo en la parte de arriba. Yo entendí el mensaje perfectamente, pero en vez de hacer lo que me pedía se me ocurrió, en son de broma, leer las palabras de derecha a izquierda, como acostumbraba hacer para corregir los anuncios de prensa. Y en eso estaba, leyendo desde la última a la primera palabra de derecha a izquierda, como hacen los árabes y los judíos, cuando noté que el semblante de Jocelynda adquiría una inusitada gravedad, estacaba más y más los ojos hasta que finalmente no pudo contenerse y me dio un manotazo en el hombro. Pero la sangre no llegó al río. El muy preciado cliente se echó de buena gana a reír, un poco por mi ocurrencia y otro poco por el manoplazo que me había dado la grácil Jocelynda en el hombro. La campaña fue aprobada, pero en el viaje de regreso a la agencia, Jocelynda no sabía si felicitarme o matarme.

Cuando se enteró del hecho, el licenciado presidente intentó tomar represalias y me llamó en el acto a su despacho para pedirme que escribiera una campaña a favor de la inversión extranjera. Era lo peor que podían pedirme y era lo último que habría hecho. Pero tenía que hacerlo y lo hice a mi manera, un poco al estilo de Frank Sinatra.

El licenciado me llamó al día siguiente para preguntarme por la campaña a favor de la inversión extranjera y acudí con presteza a su despacho, donde me esperaba en compañía del licenciado Biglietti. Solemnemente le presente un texto que me parecía impecable y él me pidió que lo leyera en voz alta y lo leí en voz alta. Era una especie de guión, muy breve, el monólogo de una madre de familia desesperada que decía con voz muy compungida:

—¡Ay Dios mío, qué hago? Mi marido está preso por un asunto de drogas y nos cerraron el prostíbulo...

De inmediato se escuchaba la grave voz de un locutor que decía:

—¡Hace falta la inversión extranjera!

No recuerdo exactamente cómo logré salir vivo del despacho del licenciado presidente, pero fue la última vez que me pidió que hiciera algo a favor de cualquier cosa extranjera.

El licenciado Biglietti se encargó de propalar el suceso y la noticia se regó de inmediato por todos los rincones de la agencia, que eran muchos. En cuanto Harold me vio puso su típica cara de niño travieso, esbozó una enorme sonrisa y me voceó a pleno pulmón con su vocecita de trueno y desde el fondo del departamento de arte:

—¡Comunista!

Luego se echó a reír estrepitosamente y yo entré a mi despacho, riéndome también, pero por dentro.





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viernes, 16 de abril de 2021

La agencia (5)

La agencia (5)

Los médicos —según se dice y se sabe— mandan sus errores al cementerio, los abogados los mandan a la cárcel y  los publicistas a los diarios.

Harold Priego
Ver aHarold dibujando, y sobre todo dibujando y bromeando a la vez era un espectáculo, no sólo por la habilidad y facilidad con que creaba con unos pocos trazos las figuras y el ambiente del guión ilustrado de la campaña —el llamado
storyboard—, sino también por la pose teatral que asumía. Siempre quiso ser un poco excéntrico y parecerse a Dalí en ciertos aspectos, únicamente en ciertos aspectos. Dalí era un pintor al que admiraba y consideraba superior a Picasso. Además Picasso era comunista.

Al cabo de una hora el storyboard estaba terminado y al departamento de creatividad empezaron a llegar poco a poco los artes de prensa de la campaña de Sanadol: punto final al dolor.

Leer y corregir los bocetos y los anuncios o artes de prensa era parte del trabajo del departamento de creatividad. Los dibujantes publicitarios de la compañía no tenían muy buenas relaciones con la ortografía y en cualquier momento de descuido podían escribir cajón con "g". Teníamos que ser minuciosos en materia de corrección, en especial cuando se trataba de artes de prensa que salían a altas horas de la noche para los periódicos. En una ocasión cierta Sociedad Industrial se convirtió en Suciedad Industrial y el gazapo fue descubierto agazapado —en medio de un bloque de texto que pasaba casi desapercibido— en el momento en que el arte de prensa estaba a punto de caer en manos del mensajero que partiría raudo a distribuirlo en todos los diarios de la ciudad.

Yo tenía la costumbre de leer los textos en voz alta y al revés, comenzando por la última palabra, para que no se me escaparan los errores, pero aún así se colaban algunos, y los errores de los publicistas salen en los diarios, como reza el refrán. Los médicos —según se dice y se sabe— mandan sus errores al cementerio, los abogados los mandan a la cárcel y  los publicistas a los diarios.

A eso de las tres de la madrugada  la campaña estaba casi lista y estábamos cansados, la creativa colombiana tenía una carita somnolienta y dulce, acontecida y poética, que hacía juego con su indumentaria, al creativo catalán se le había descolgado un poco la nariz y yo estaba achispado, pero el deber había sido cumplido y al día siguiente presentaríamos de alguna manera y muertos de sueño la dichosa campaña de Sanadol: punto final al dolor. La campaña de la escoba...

El día siguiente llegó y eran las diez y media de la mañana cuando se presentó al departamento de creatividad el flamante señor director del departamento de producción, un tipo eléctrico, incansable, acelerado, simpático en extremo, que respondía al nombre de Víctor Fernández. Muchos decían que tenía dañado el suiche de Off porque no se apagaba nunca. Sólo estaba prendido o acelerado, en el mejor sentido de las palabras, siempre dispuesto al trabajo. Su presencia indicaba que ya se anticipaba a los hechos, que venía a familiarizarse con una campaña que no había sido presentada ni aprobada. Pero en la mente de Víctor todo estaba claro. La campaña era un hecho y necesitaba calcular los costos y planificar los detalles, elegir la locación, el casting, entenderse con el productor de audiovisuales y los clientes y luego amanecer en claro dos o tres veces seguidas para filmar un comercial de apenas treinta segundos o un minuto en el mejor de los casos.

Ese día Víctor estaba tan entusiasmado con el nuevo proyecto que no se cansaba de hacer preguntas, desbordaba de un entusiasmo visceral y no daba señas de quererse ir, pero nosotros teníamos el agua al cuello con otros asuntos y al cabo de un cierto tiempo me decidí a canalizar su energía vital hacia otros rumbos, pero de una manera educada y diplomáticamente correcta. Me asomé al departamento de arte y le pedí a Harold discretamente que me llamara por teléfono. Cuando el timbre sonó esperé unos segundos, descolgué el auricular, pronuncié unas palabras en el tono más serio y afectado, colgué el aparato y le comuniqué al señor Fernández que el licenciado presidente lo solicitaba en su despacho con cierto carácter de urgencia y el señor Fernández salió como un bólido, chirriando como quien dice las gomas por la velocidad. Pero no había pasado diez minutos cuando ya estaba de regreso, haciendo gala de su buen humor, riéndose, celebrando la broma que le habíamos hecho y haciéndole coro a las risotadas de todos los miembros de los departamentos de arte y creatividad. Después se marchó como había venido, a toda velocidad. El consumo energético de Víctor se podía comparar con el de un vehículo de ocho cilindros.

El licenciado presidente llamó al poco tiempo al departamento de creatividad para averiguar de donde había salido el mensaje que recibió el señor Fernández, pero ninguno de nosotros teníamos la menor idea, y el mismo Fernández se había mostrado inseguro cuando se lo preguntó, dijo que podía haberse confundido, que alguien lo había notificado al pasar a su lado. No lo tenía claro. El creativo catalán sugirió que a lo mejor el equívoco provenía del despacho del licenciado Biglietti y al poco rato recibimos la llamada del licenciado Biglietti preguntando que de dónde provenía semejante infundio, pero ninguno de nosotros tenía la menor idea. Después se presentó personalmente en el despacho, pero aún así las ideas no se aclararon y todo quedó un poco en el aire. Mientras discutíamos el engorroso asunto, Harold Priego me llamó por teléfono para sugerirme que le dijera al licenciado Biglietti lo mismo que le había dicho a Víctor Fernández...

La cuestión es que a partir de ese día, cuando estábamos ocupados y queríamos despedir cortésmente a cualquier visitante apenas teníamos que decirle que el licenciado presidente solicitaba su En fin, que el asunto parecía ir bien hasta que el licenciado presidente llamó al creativo catalán y le dio la triste noticia. De inmediato llamó el licenciado Biglietti a dar la misma triste noticia y finalmente se apareció el ejecutivo jumbo con la misma triste noticia entre los labios. Nada inusual. El cliente no vendría a la hora señalada. La presentación de la campaña se suspendía hasta nueva orden.

En el departamento de arte acogieron con indignación la noticia. Un sincero sentido de malestar invadió la agencia. Todos estábamos dolidos y molestos. Hasta la dulce colombiana dijo una cosa fea en colombiano. En cambio, el creativo catalán pareció resignarse. Se limitó un poco a mascullar entre dientes, primero en catalán y después en dominicano, algo sobre la leche y los publicistas y no sé qué de las putas.

Poco a fue se fue enervando, irritando, volvió a decir cosas sobre la leche, y lo que hacía sobre la leche, y finalmente algo así como que el trabajo de los publicistas y el de las putas tenían  en cierto sentido —solamente en cierto sentido más o menos figurado—, ciertas cosas confusamente en común. En realidad no se entendía bien lo que decía, como si estuviera delirando...

—A cualquier hora, por el mismo lado, por el mismo precio...

Luego añadió, a manera de complemento y visiblemente menos dueño de sí mismo, otras diabluras que no viene al caso transcribir, y además ya no se sabía si estaba hablando en español o en catalán o en catañol

sábado, 10 de abril de 2021

La agencia (4)

La agencia (4 )

Harold le preguntó a boca de jarro (o mejor dicho a boca de Harold) que por qué siempre compraba pantalones sin fundillos.

El licenciado presidente se marchó o fingió marcharse a eso de las nueve de la noche y nos dejó a cargo de la campaña de Sanadol, y a la media hora ya estaba de regreso. Había subido clandestinamente por el ascensor, abrió teatralmente de par en par las puertas del departamento de arte y se apareció con ropa de paisano, un suéter y un jeans que no le quedaban del todo bien, pero nadie le prestó mayor atención. Sin corbata ni saco, aunque con su misma cara de gendarme, su autoridad parecía disminuida y se veía más esmirriado y pequeño, casi indefenso, inofensivo, sólo aparentemente inofensivo.


El licenciado presidente tenía la costumbre de despedirse formalmente y regresar al poco tiempo para comprobar como se comportaba el personal de la agencia en su ausencia y ya sabíamos a qué atenernos cuando se marchaba o fingía marcharse, y además no le importaba mucho a nadie. Los creativos y dibujantes publicitarios tienen hora de entrada, pero no de salida. Trabajan horas extras hasta el amanecer, a veces durante los fines de semana, y nadie les paga, pero en compensación se toman algunas libertades. Sobre todo a partir de ciertas horas.

Esa misma noche, después de la medianoche, cuando el licenciado presidente volvió a hacernos otra visita sorpresa, encontró un espectáculo que a su juicio debió parecer desolador. La disciplina o el orden se habían relajado por completo. La cerveza y el ron y la pizza corrían de boca en boca y en el departamento de creatividad estábamos sentados en el piso, desparramados sobre la alfombra, junto a varias botellas de color verde. Habíamos hecho un circo alrededor de Harold Priego para ver cómo dibujaba las figuras del storyboard y en el primer momento ni siquiera notamos la presencia del temible licenciado presidente. Cuando Harold se percató, se quedó viéndolo con atención y de inmediato comenzó a fingir que estaba dibujándolo: subía y bajaba la vista y hacía unos trazos frenéticos, como para que no se le escapara la idea, y al licenciado presidente no le hizo gracia. Nos miró con cierta indignación contenida y se marchó a toda prisa dejándonos con una risa maliciosa entre pecho y espalda. Ya no regresaría más esa noche.

Harold estaba imposible, de un buen humor insoportable, haciendo bromas y burlándose a sus anchas de todo el que pasara por su lado.

Yo estaba estrenando una flamante chacabana blanca, de la que me sentía muy orondo, y en cuanto Harold reparó en ella me preguntó y seguía preguntándome a cada momento si la había comprado con todo y barriga.

Lo peor es que en una ocasión me hizo la pregunta en presencia de una elegante secretaria a la que le causó tanta gracia la ocurrencia que se desternilló de la risa. La longilínea secretaria usaba generalmente pantalones holgados que le quedaban de maravilla, pero en cuando dio la espalda para marcharse Harold le preguntó a boca de jarro (o mejor dicho a boca de Harold) que por qué siempre compraba pantalones sin fundillos. La secretaria se puso roja, lo miró despreciativamente, dio una especie de coletazo, movió la cabeza con altivez y estrelló la puerta al salir.

Uno de los dibujantes, un muchacho amanerado y simpático de sexualidad incierta, al que Harold no cesaba de hostigar, le llamó de inmediato la atención. Le dijo Harold, no seas grosero. Harold se quedó mirándolo en silencio, pero no por mucho tiempo. Harold era vengativo. Semejante osadía no quedaría impune. En cuanto el dibujante se alejó, Harold le preguntó lo que le preguntaba todos los días varias veces al día:

—Oye, ¿y a ti nunca se te ha desmayado un hombre atrás?

El sentido del humor de Harold se manifestaba a veces vitriólicamente y a veces suavemente. Un día lo vimos en compañía de una persona mayor que se le parecía. Cuando alguien le preguntó si era su padre respondió lacónicamente: “Yo creo”.

En cierta ocasión, uno de los integrantes del departamento de arte se enredó fieramente en una relación amorosa con una ejecutiva de cuentos que lo engañaba por lo menos con Vicente y otros veinte. En el fondo era una muchacha de buen corazón, una muchacha “graciosa que a todos daba la misma rosa”, como en la canción de Fabrizio De Andrè, y su infidelidad e inconstancia eran un secreto a voces. Pero el amor es ciego, como se sabe, o en este caso sordo. Cuando el enamorado se enteró por fin de la infidelidad de su bienamada, entró al departamento de creatividad llorando lágrimas negras y se desahogó pegándole un puñetazo a la puerta, que era de playwood o madera contrachapada como se dice finamente, y le causó una notable avería. Para reparar el daño y evitar mayores  consecuencias, Harold cubrió el hueco con un afiche de la Sociedad Industrial Dominicana y se olvidó el asunto.

Algún tiempo después, curado ya de la terrible enfermedad del amor, el dibujante volvió al departamento con cualquier pretexto, quitó el afiche de la puerta para contemplar su obra y dijo con un timbre de orgullo:

—La verdad es que le di un golpe bien fuerte.

Harold lo miró de soslayo y no pudo contener la risa al tiempo que decía:

—Suerte que le diste con el puño, porque si le hubieras dado con los cuernos habrías pasado la puerta de lado a lado.

El dibujante simpático y amanerado estaba presente cuando Harold le dirigió en forma tan descarnada esas palabras a su compañero de trabajo y volvió a decirle, como le decía siempre, Harold, no seas grosero. De inmediato Harold le volvió a preguntar si nunca se le había desmayado un hombre atrás. Yo no dije nada por temor a que me preguntara por enésima vez si la camisa que tenía puesta la había comprado con todo y barriga. La elegante secretaria longilínea que usaba pantalones con nalgas chatas también se encontraba por el lugar y cuando escuchó lo que Harold había dicho se ausentó de inmediato por miedo a lo que podía seguir diciendo