sábado, 26 de agosto de 2023

LUPERÓN (1-18) Serie completa

Los festejos de la bestia

Pedro Conde Sturla

14 abril, 2023


La bestia tenía muchos motivos para celebrar y hubo grandes celebraciones. El año 1947 había sido difícil desde el principio, pero la razón y el orden habían prevalecido, prevaleció el régimen de terror de la bestia. El 16 de agosto se había juramentado de nuevo como presidente, por cuarta vez presidente, elegido casi por unanimidad. Los comunistas del PSP y los antisociales de Juventud Democrática, que habían desafiado su gobierno públicamente, estaban en el exilio o en la cárcel o estaban muertos. La mayor amenaza que se había orquestado contra su gobierno, la expedición de Cayo Confites, se había derrotada en parte a sí misma…

Darío Castellanos era un niño de 10 años y recuerda bien las manifestaciones de adhesión a la bestia antes y después del fracaso de la expedición, los miles de campesinos que desfilaban en la capital armados de machetes, vociferando vivas a Trujillo y siguiendo los cuerpos militares. La invasión se había estado esperando en cualquier momento y cuando llegó la noticia del apresamiento de los hombres de Cayo Confites se produjo una explosión de júbilo en las altas esferas del gobierno. El pueblo dominicano también manifestó, por las buenas o por las malas, una aparatosa alegría. El héroe del momento era Trujillo. El salvador de la patria era Trujillo. Un coro de alabanzas se extendió por todos los rincones del país. La gente hacía cola para felicitarlo por su hazaña.

«Un botón de muestra del renovado y delirante culto a la personalidad del dictador lo brindó el diario La Nación de Santo Domingo, el 11 de octubre de 1947, en un comentario sobre la frustrada expedición. Según el articulista, “el Presidente Trujillo, solo el Presidente Trujillo, sin disparar un tiro ni derramar una gota de sangre” había ganado una batalla contra “mil ochocientos bandidos y piratas”. Desde su escritorio, añadió, “con la serenidad de un estratega que formula un plan para la victoria, el Generalísimo Trujillo, nota tras nota, fue informando al Gobierno cubano y a la opinión pública internacional del crimen que se fraguaba”». (1)

Paradójicamente «Se había cumplido al pie de la letra la profecía del expedicionario Danilo Valdez cuando aseguró que del cayo solo saldrían para las cárceles cubanas. En la capital dominicana, en tanto, Trujillo y su corte guardaban un astuto silencio y disfrutaban la victoria. Tenía razones el Generalísimo para estar feliz, pues sus deseos se habían convertido en realidad: la expedición había sido fríamente aniquilada por sus propios patrocinadores». (2)

Con mayor claridad y precisión Roberto Cassá atribuyó el fracaso de la expedición a que «Trujillo obtuvo el apoyo del imperialismo y pudo presionar exitosamente contra el Gobierno cubano, el cual se vio obligado a disolver el Ejército expedicionario». (3)

El gobierno cubano de Grau San Martín se desligó o pretendió desligarse de todo vínculo con los expedicionarios antitrujistas y los abandonó a su suerte. Oficialmente y extraoficialmente se dijo que Cuba se había limitado a ofrecer hospitalidad a los exiliados dominicanos y que los exiliados habían abusado de la misma. El gobierno había tenido que intervenir en el último momento para impedir un atropello contra una nación amiga. Curiosamente, hasta el nombre de un escritor de la fama y popularidad de Ernest Hemingway salió a bailar en el desastre de Cayo Confites. En rigor, Hemingway siempre se había mencionado durante los preparativos de la expedición y es muy probable que hubiera simpatizado con los revolucionarios y hasta prestado algún tipo de colaboración. De hecho, el célebre Telesforo o Telesforito Calderón, el secretario de la presidencia del gobierno de la bestia, lo había acusado de participar en las «andanzas de la brigada internacional comunista que intentaba atacar a la República Dominicana» Una acusación a la que daría crédito el semanario Times, asegurando que Hemingway había advertido a los “filibusteros” de Cayo Confites de la necesidad de acelerar la operación y de que «la demora sería fatal» (4)

Hemingway sería acusado además de haber dado alojamiento en su hacienda de Cuba a los pilotos norteamericanos y muchos de los “filibusteros” que integraban la expedición y hasta de disponer de miles de hombres armados para desatar un pandemonio contra la República Dominicana.(5)

Aparte de calumniado, se vio perseguido, su propiedad fue allanada por un pelotón de soldados que le mataron un perro y tuvo que dejar el país, al menos durante un tiempo prudente. (5)

Los miembros del ejército expedicionario no pasarían por suerte mucho tiempo en la cárcel ni tantas penurias como en Cayo Confites, gracias a la firme determinación de algunos de sus dirigentes, y de uno de ellos en particular. Los abogados defensores presentaron recursos de habeas corpus a principios del mes de octubre para obtener la libertad de los prisioneros y el Tribunal Supremo de Justicia estaba a punto de concederla, pero antes de que sucediera, el más impaciente y cascarrabias de todos —es decir, Juan Bosch— se declaró en huelga de hambre, huelga de comida y agua, porque la cosa iba en serio. Bosch le dio inicio a la huelga casi desde el mismo momento en que había sido detenido con los hombres del buque Aurora y de inmediato fue secundado por los que estaban detenidos en otras cárceles. La prensa cubana se hizo eco del acontecimiento y se produjo un escándalo mayúsculo. Tanto así que el general Pérez Damera mandó a buscar a Bosch y se reunió con él en presencia de varios periodistas, y después de un breve acuerdo, a condición de abandonar la huelga, accedió a soltar o comenzar a soltar a los rebeldes. En cambio Bosch fue a parar varios días al hospital. Estaba tan débil y consumido que su estómago ni siquiera resistió un jugo de naranja y se le diagnosticó disentería.(6)

En Santo Domingo, los festejos y el júbilo de la bestia corrían parejos con la más brutal intolerancia. La oposición al régimen persistiría, sin embargo, en el interior y el extranjero, a pesar de que se iniciaba una de las etapas más represivas de la era gloriosa. Incontables opositores serían asesinados en el país, y otros como Mauricio Báez y Manuel de Jesús Hernández morirían o desaparecerían en La Habana, Andrés Requena y Jesús de Galíndez en Nueva York, José Almoina en Ciudad México… El brazo largo de la bestia se hacía cada vez más largo y la oposición más terca, tozuda, incluso temeraria. Muy pronto, apenas dos años después de Cayo Confites, el exilio emprendería el camino de Luperón. 


(Historia criminal del trujillato [121])

Notas:

  1. Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p.382
  2. Ibid p. 359
  3. Citado por Humberto Vázquez García,  “La expedición de Cayo Confites”,  p. 374  
  4. Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”,  p. 367 
  5. Ibid 
  6. Ibid p.361

Bibliografía:

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites


La Legión del Caribe


Pedro Conde Sturla

21 abril, 2023




El fracaso de Cayo Confites fue el más duro de los golpes que la oposición antitrujillista había recibido hasta el momento, un golpe tan contundente que parecía haber paralizado el movimiento, dejándolo sin fuerzas, sin recursos, en aparente estado de shock. Los mejores dirigentes del exilio demostrarían, sin embargo, ser hombres de un temple, una tenacidad y un espíritu invencible y no tardarían en recuperar la iniciativa y enfrascarse en un nuevo proyecto libertario. Fracasarían de nuevo y volverían a fracasar, pero persistirían en la lucha, lucharían por un sueño y no pocos en la lucha dejarían el pellejo. Los más afortunados perderían los amigos, otros perderían los hermanos o los padres o los hijos en aquella contienda, aquella lucha a muerte que lucía interminable.

viernes, 25 de agosto de 2023

Los hombres del frente interno

Pedro Conde Sturla

Miguel Ángel Feliú Arzeno (Miguelucho), en compañía de otro expedicionario



Los medios de prensa, en el país y el extranjero, tejieron una tupida red de mentiras, promovieron una inundación de falsas noticias, de la más burda propaganda para presentar al gobierno de la bestia como víctima de una conspiración internacional.

Se le dio una gran publicidad al desembarco de Luperón, como si se hubiera tratado de una invasión multitudinaria, y los cinco sobrevivientes fueron sometidos a juicio. Juicio y escarnio.

«Una mañana —dice Tulio Arvelo— me llevaron al Palacio de Justicia y un juez, al interrogarme acerca de mi participación en los hechos, me enteró de muchos detalles que no conocía. Allí me ratifica-

ron las muertes de Gugú y de Manuel Calderón. También me enteré de la suerte de Alejandro Selva y de los tripulantes

del Catalina. Aunque fueron versiones amañadas al interés del régimen, por lo menos sirvieron para tener la certeza de

que esos compañeros habían muerto». (1)


En la cárcel los presos entraban y salían rutinariamente y a menudo constituían una fuente fresca de información. Fue así cómo Tulio Arvelo pudo por fin enterarse y enterar a sus compañeros de lo que había sucedido con los hombres del Frente Interno. Los que debían estar y no estuvieron en el lugar acordado.


«Para llegar al tercer piso en donde estábamos ubicados era necesario abrir previamente tres puertas. Desde que

abrían la primera, lo que notaba por el ruido de los cerrojos, me ponía en guardia y si oía abrir la segunda sabía que se dirigían donde nosotros o al recinto de las solitarias. Al no percibir el ruido que se hacía al abrir nuestra puerta sino el de

una de las solitarias, de inmediato corría a mirar por una de las rendijas. De esa manera me enteraba de que o habían metido a uno nuevo o de que habían sacado a alguien». (2)


La suerte quiso que, unos días después de la llegada de Tulio Arvelo y sus compañeros, ingresaran a la cárcel dos jóvenes. Uno de ellos respondía al nombre, el sonoro nombre de Máximo López Molina. Un personaje que en el futuro cercano daría mucho que hablar y jugaría un papel de primer orden en la lucha contra la tiranía de la bestia.


López Molina había sido expulsado, por antitrujillista, de la Facultad de derecho de la universidad de Santo Domingo, había estado encarcelado un par de veces y volvería a ser encarcelado al involucrarse con Fernando Spignolo y los demás hombres del Frente Interno en el proyecto de Luperón. Fue él quien le dio a Tulio Arvelo noticias del asesinato de los dirigentes y muchos miembros del Frente Interno. 


«Fue quien me dijo de la muerte de Fernando Spignolio, de Fernando Suárez y de los hermanos Sarita a raíz de nuestro desembarco. El estaba preso porque lo habían complicado con nuestra empresa

Lo mismo a Félix la O y a Bienvenido Creales. En cuanto a Félix la O lo conocía de nombre desde Puerto Rico porque había sido el capitán de goleta que introdujo las primeras armas enviadas al Frente Interno por los emigrados residentes en ese país.


»A estos compañeros también se les instruyó proceso y fueron condenados a 20 años de prisión acusados de pertenecer al Frente Interno. La prisión y proceso de López Molina Féliz la O y Bienvenido Creales fue una de las fases de la maniobra de Trujillo para demostrar a su manera la magnitud de la trama que se había urdido contra él. Es cierto que existía el Frente Interno; pero de acuerdo con los tradicionales métodos trujillistas lo lógico era que a todos los implicados dentro de ese organismo fueran asesinados como lo hizo con Suárez, Spignolio y los demás. Sin embargo, 

López Molina y sus compañeros fueron objeto del montaje propagandístico para consumo exterior que puso en práctica con nosotros. Hago hincapié en esto para fortalecer la tesis de que

Trujillo preservó nuestras vidas con miras a ese montaje. Lo mismo puedo decir en los casos de López Molina, de La O y

Creales. En cuanto a este último también se benefició al principio de esas circunstancias; pero a la postre pagó con la vida su dedicación a la lucha contra la tiranía. A él no le alcanzaron las incidencias posteriores que nos salvaron tanto a nosotros como a los dos muchachos cuya presencia en las solitarias, desde luego dentro de la gravedad de la situación, nos hicieron pasar algunos momentos de esparcimiento con su conversación y con uno que otro incidente propio de la vida, de los presos que padecían bajo la tiranía». (3) 


Los hombres del Frente Interno habían sido, pues, infiltrados y  neutralizados y sus dirigentes habían sido encarcelados o aniquilados casi al mismo tiempo en que se produjo el desembarco. Los expedicionarios, que habían partido de Guatemala sin saber lo que  sucedía, partieron hacia la perdición. Y lo peor, lo injustificable, es que todo se debió a la falta de un medio elemental de comunicación, la falta de una radio, una simple radio. Los temerarios del Catalina nunca tuvieron una oportunidad.


Con palabras tan luminosas como certeras resumiría Tulio Arvelo el espíritu que animó aquella gesta gloriosa:


«Escribo estas consideraciones a más de veinticinco años de aquellos lejanos hechos con la certeza de que los impulsos que me movieron a aceptar como buenos todos los actos en los que fui factor viviente y ejecutante estuvieron inspirados en cuanto digo ahora. Tal vez alguien piense que el presentar las cosas así desvalorizaría y descoloraría el inmenso sacrificio de las jóvenes preciosas vidas que se perdieron en aquella riesgosa empresa. 


»Sin embargo, creo que siempre la verdad anda de la mano con la gloria y que si se oculta la una se empaña la otra. Por otra

parte la sublimidad del sacrificio de nuestros compañeros jamás podrán depender de los detalles anecdóticos que precedieron o siguieron a sus muertes. Sólo el hecho de la ofrenda de sus vidas en aras de la libertad de sus hermanos da la dimensión de su holocausto». (4) 


Para uno de los insurrectos, el mentado Miguelucho —Miguel Ángel Feliu Arzeno—, ni su participación en la expedición de Cayo Confites ni en la de Luperón sería suficiente. A Miguel Ángel Feliu Arzeno, hombre de un increíble temple libertario, se le quedaron las ganas, la rabia y las ganas de volver a combatir contra el tirano y volvería en 1959. Esta vez para siempre. Volvería en la gran repatriación armada del 14 y 20  de junio de 1959 y dejaría la vida en la contienda.


Miguelucho fue apresado y torturado, insultado, vejado, como la mayoría de sus compañeros de lucha, pero no fue doblegado. Nunca se doblegó. No se doblegaría. Nada haría mella en su espíritu invencible.


Dicen que los esbirros —los sicarios y torturadores de esa caverna de horrores que ha sido la base Aérea de San Isidro—, lo llevaron a empujones, a culatazos, probablemente arrastrándolo, lo llevaron sangrando, malherido (tal vez magullado o machucado de pies a cabeza), en presencia del hijo preferido de la bestia, un degenerado, un sicópata llamado Ramfis Trujillo, y  que Ramfis le dijo en tono de reproche “Miguelucho ¿tú otra vez?”.


Dicen que Miguelucho respondió que sí, que respondió con valentía. Dijo que sí, que había vuelto y que de nuevo volvería si lo soltaban, que volvería  para eliminar a la bestia. Que volvería “de nuevo para matar a ese perro”. (5)


Lo dio todo a cambio de nada y algún día, junto al de muchos otros, su nombre deberá estar inscrito en letras de oro y en la memoria agradecida de sus compatriotas, en el más honroso monumento conmemorativo.


(Historia criminal del trujillato [138]) 

Notas: 

  1. (1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 228
  2. (2) Ibid., p. 230
  3. (3) ibid., pp. 232
  4. (4)ibid., 
  5. (5) Juan Acosta, “Miguelucho Feliú es recordado como héroe de Luperón”, (https://noticiashoraxhora.com/lo-que-esta-pasando/miguelucho-feliu-es-recordado-como-heroe-de-luperon-y-del-1959/) 



viernes, 18 de agosto de 2023

La visita del general

Pedro Conde Sturla

19 agosto, 20023



Los cincos sobrevivientes del Catalina serían trasladados al poco tiempo a la capital, que desde 1936 se llamaba Ciudad Trujillo, la flamante Ciudad Trujillo que honraba al Padre de la Patria Nueva, o quizás viceversa.

Durante el traslado ninguno se sentía seguro. Albergaban la inquietud de que podrían estar viajando hacia la muerte, viajando hacia el cementerio y no hacia un nuevo destino carcelario, pero los temores esta vez eran infundados, aunque tenían razones para temer. Posiblemente se alegraron cuando las puertas de la Fortaleza Ozama se abrieron para ellos de par en par.


«Nuestra llegada a aquel recinto fue un acontecimiento. Cuando se supo de nuestro arribo una gran cantidad de militares se aglomeró alrededor del vehículo para vernos descender. Nos llevaron a una pequeña oficina y allí llenaron algunos trámites rutinarios. Transcurrió una media hora sin que nada sucediera. Supongo que estaban esperando instrucciones. Mientras tanto frente a nosotros desfilaron muchos oficiales, algunos de los cuales conocía de vista y a otros por sus nombres. Fueron pocos los que hicieron algún comentario. Casi todos nos echaban un vistazo y abandonaban el lugar en silencio. Sólo uno de los hermanos del dictador tuvo una frase hiriente para nosotros cuando dijo mirándonos con insolencia: “Estaría bueno caerles a balazos”, mientras hacía ademán de desenfundar la pistola». (1) 


Aparte de ese gesto de histriónica bravuconería los prisioneros no recibieron mayores muestras de hostilidad. De hecho se sorprendieron por la casi buena acogida que les habían dispensado sus carceleros, sorprendidos y preocupados a la vez, porque no entendían la razón. Pero era sólo el principio. Muy pronto, en su nuevo alojamiento, recibirían otra muestra de aprecio, casi de amabilidad. Ninguna sorpresa podía compararse en efecto con la que estaban a punto de recibir. Toda una distinción, una visita inesperada… El hermano menor de la bestia se dignó visitarlos. 


Es decir, la bestezuela consentida, el único de los hermanos de la bestia que ostentaría título de generalísimo y se le permitiría lucir bicornio emplumado y ser presidente putativo de la República, uno de los más encumbrados personajes de la Era Gloriosa se dignó visitarlos.


Ese día habían probado por primera vez el chao de los presos, una comida apestosa, sobre todo en relación a la que habían comido en Luperón. La presentación era casi tan mala como el sabor. Un plato de aluminio con  más abolladuras que partes sanas, harina de maíz hervida, mal hervida y con grumos, a veces con nutrientes gorgojos, un líquido impresentable que llamaban salsa de habichuelas con muy contados granos y un suculento jarro de agua fabricado con un envase de hojalata, de los que se usan para envasar salsa de tomate. Pero muy pronto serían recompensados.


Dice Tulio Arvelo:


«No había pasado ni media hora de la comida cuando recibimos la más inesperada de las visitas: el general Negro Trujillo con un séquito de más de veinte oficiales de alta graduación. Este era el menor de los hermanos del tirano y siempre fue su favorito por el incondicional sometimiento a su voluntad de que dio siempre muestras. En esos días ostentaba el cargo de Jefe del Ejército y estaba considerado como la segunda figura del régimen. Sólo Trujillo estaba por encima de él en grado y prestigio entre los militares.


»Antes de su llegada nos habían sacado de las solitarias y nos alinearon de cara a una pared de manera que cuando nuestro visitante entró a la celda a la que nos habían trasladado no pudimos verle el rostro. Supimos de quién se trataba cuando él mismo nos ordenó que nos volviéramos. Todo aquello se había hecho dentro del más estricto silencio. La primera voz que se oyó fue la de él y fue el único que habló durante los cinco minutos que duró su visita, aparte de las respuestas que dimos a sus preguntas y a los “Sí general”, “A su orden, general” que decía el subalterno a quien dirigía la palabra o le daba una orden.


»Era un hombre bastante joven y muy parco en palabras.


»De color bastante oscuro. Nunca nos miró de frente. Aunque eran casi las doce del día se le notaba el maquillaje tanto en el arreglo del pelo como en los afeites de la cara». (2)


La bestezuela era, en casi todos los sentidos, una copia fiel de la bestia. Tenía especial predilección por las esposas de sus más altos oficiales, a las que daba uso frecuente (la forma más humillante y perversa de ejercer y demostrar su autoridad y ofender lealtades). Igual que todos los miembros de la familia era amigo de lo ajeno en grado superlativo, también le gustaba abusar y hacer correr la sangre de cuando en cuando, aunque no tan profusamente como el perínclito, pero no era un tipo burdo como Petán. Era, igual que la bestia, atildado y coqueto. Vestía de forma impecable, salvo cuando se disfrazaba de generalísimo con aquel uniforme militar decimonónico que incluía bicornio emplumado, y nunca se exhibía en público sin una pesada capa de maquillaje, el pancake de Max Factor, que estaba muy de moda en esa época. El maquillaje para embellecerlo y emblanquecerlo.


Se dirigía a los presos con una suerte de fingida deferencia, una hipócrita cortesía, y se notaba que estaba ahí porque lo habían mandado a representar el papel del cancerbero bueno, complaciente, incluso servicial.


«Sus preguntas fueron pocas —cuenta Tulio Arvelo—. Que cómo nos habían tratado. Que si estábamos cómodos en esa celda. Que si necesitábamos algo. Que si encontrábamos buena la comida,

A todo contestábamos con monosílabos. Sólo en la última pregunta Miguelucho hizo un comentario que hizo sonreír a todos:

“Ese chao no estaba muy bueno que digamos” fueron sus palabras. El general llamó al sargento y le dijo: “Que les den el de los guardias”.


»Cuando se iba puso una mano sobre uno de los camastros de madera que había en la celda y sin mirar al sargento le ordenó que nos pusieran colchones». (3)



En efecto,  “No pasó una hora sin que llevaran cinco colchones para las literas que habíamos elegido. En la cena, que se repartía a las cuatro de la tarde, nos llevaron cinco platos de la comida de los soldados. No era una gran cosa; pero comparada con la de los presos podía considerarse como excelente». (4)


Muy pronto comprendieron que la bestia los estaba preparando para exhibirlos, engordándolos como a puercos de feria. Ellos serían la prueba viviente de la conspiración comunista orquestada contra la bestia por Cuba y Guatemala y Costa Rica. El hombre que alguna vez se haría proclamar Campeón del anticomunismo en America los usaría como peones de ajedrez para demostrar que necesitaba y merecía, por parte del imperio, todo el apoyo en su lucha. Los cinco derelictos de Luperón demostrarían con su ejemplo el inmenso peligro que se cernía sobre el mundo. El mundo libre.


Por eso los tratarían como los trataron, con  una relativa suavidad fuera de serie. Además, durante su estadía en este lugar, y de la manera más impensada, se enteraría Tulio Arvelo de lo que había sucedido con los hombres del Frente Interno.


(Historia criminal del trujillato [137]) 


Notas: 

  1. Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”,  p. 223
  1. ibid., p. 225
  2. Ibid., p. 226
  3. Ibid.

sábado, 12 de agosto de 2023

Los aviones perdidos

Pedro Conde Sturla

11 agosto, 2023

Los restos de Gugú Henríquez y Manuel Calderón serían recuperados algún tiempo después del ajusticiamiento de la bestia gracias a los informes de unos campesinos que fueron testigos del fusilamiento, incluso de algunos de los que cavaron la fosa. Después serían llevados a Santo Domingo y sepultados junto a sus cuatro compañeros incinerados en la explosión del Catalina.


Entonces, sólo entonces, se sabría que esos cuerpos (los cuerpos carbonizados de Alfonso Leyton, Hugo Kundhart, Alberto Ramírez y Salvador Reyes Valdez) habían sido preservados durante años en el Instituto de Anatomía de la Universidad de Santo Domingo, la universidad del estado, por el Dr. Alejandro Capellán Díaz, director del Instituto de anatomía.

En el momento en que recibió y supo de donde procedían los cadáveres destinados a la disección y estudios anatómicos el Dr. Capellán se jugó la vida —y se la jugó por mucho tiempo—, al disponer que fueran colocados «en la parte más profunda de una pileta de formol, con la ayuda de un asistente, y durante 12 años los mantuvo en lo que él llamaba la “pileta sagrada”. En 1962 tras la caída del Trujillismo, lo comunicó a las autoridades y sus familiares pudieron darles sepultura». (1)

Otros que habían corrido la misma suerte de Gugú Henríquez y Manuel Calderón fueron el nicaragüense Alejandro Selva y los miembros norteamericanos de la tripulación del Catalina (J. W. Chewning, Earl Aadams, George R. Shruggs). Estos se apartaron del grupo de los siete expedicionarios en busca de mejor suerte, pero fueron capturados y ejecutados tres días después de la llegada. Sobre el paradero de sus restos no sé si se tienen noticias.

Los demás asuntos que perturbaban a Tulio Arvelo (el de los aviones que nunca aparecieron y el de los hombres del Frente Interno que no acudieron a la cita), fue algo de lo que tanto él como sus compañeros no tuvieron noticias en un largo período de infortunio. En la cárcel estaban incomunicados y pasarían ocho meses, —entre vejaciones, sufrimientos, incertidumbre—, antes de volver a tener contacto con el mundo. Noticias frescas del mundo.

Vale la pena escuchar la historia completa en la voz de Tulio Arvelo:

«Los detalles de lo que sucedió a los otros grupos los tuve tiempo después cuando ya en libertad logré salir al extranjero y algunos participantes en ellos me los dieron.

»Debido a que tuve varias versiones en cierto modo contradictorias, sobre todo respecto al motivo central que dio al traste con la misión de reabastecimiento en Cozumel, utilizaré aquí solamente datos que me dieron don Juan Rodríguez y Miguel Ángel Ramírez, jefes de los dos grupos.

»Solamente el avión comandado por el segundo llegó a Cozumel.

»Cuando partieron de la base de San José enfilaron hacia dicha isla; pero el comandado por don Juan se desvió con el fin de pasar sobre el lago Izabal para hacernos la señal convenida.

»Luego de cumplir esa misión y cuando trató de corregir el rumbo para dirigirse a Cozumel el avión se vio envuelto en una tormenta que lo obligó a torcer la dirección y buscar refugio sobre la costa firme en vez de dirigirse mar afuera hacia la isla.

»Según palabras textuales de don Juan, los ocupantes de ese aparato se vieron más cerca de la muerte que nosotros los que desembarcamos en el Catalina. Esto así porque en más de una oportunidad la tormenta estuvo a punto de hacer estrellar el avión. Lograron salvar la vida gracias a la pericia del piloto, que por cierto era el mismo que nos transportó desde San José a Puerto Barrios cuando sufrí aquellas angustias observando el altímetro. Me relató don Juan que el avión había perdido tanta altura que esperaban de un momento a otro su precipitación a tierra. Tuvieron la suerte de que el piloto divisó una pequeña playa a la que se dirigió logrando aterrizar en un espacio que solamente por las condiciones desesperadas en que se encontraban se decidió a intentarlo.


»Una vez en tierra enviaron algunos exploradores que hicieron contacto con las autoridades más cercanas quienes los detuvieron para ser puestos en libertad una vez que se hizo la debida identificación.

»En cuanto al otro grupo, según la versión que me dió Miguel Angel Ramirez, hicieron un vuelo normal desde la base de San José a la isla de Cozumel. Allí aterrizaron sin ninguna dificultad; pero cuando el avión se detuvo fue rodeado por las autoridades militares y aunque se trató de explicarles cual era su misión y que de antemano se habían hecho arreglos para el aterrizaje y para el reabastecimiento de gasolina, sin oir razones se les ordenó evacuar la nave y todos fueron hecho presos y las armas incautadas. Les dijeron que allí nadie estaba en antecedentes de su llegada y que fueron dichosos que no los recibieran a tiros cuando se dieron cuenta del atuendo militar y de las armas que llevaban. Estuvieron detenidos en lo que se hicieron diligencias para aclarar su situación.

»El único móvil que tengo al dar estas versiones es destacar las razones por las cuales solamente nuestro grupo tocó tierra dominicana de los tres que salieron de Guatemala.

»Cuando me enteré de esos detalles ya estaba en el extranjero fuera del alcance de Trujillo y por tanto mi estado de ánimo era muy diferente al que me embargaba cuando todavía permanecía en las garras del tirano. Por eso no fui un juez implacable cuando recibí las versiones de los dos jefes de los grupos que no habían acudido a la cita. Todo lo contrario, oí sus explicaciones, porque fue eso lo que ambos hicieron con benevolencia. Sobre todo cuando recibí la visita de Miguel Ángel Ramírez en mi cuarto del hotel San Luis en La Habana. Era consciente entonces, como lo sigo siendo, de que a ninguno de los dos se les podía recriminar por la manera como se habían desarrollado los acontecimientos.

»En cuanto a don Juan, es obvio que en su caso influyó un accidente al cual nadie se podía sustraer como fue la tormenta que los envolvió. No había ninguna duda de que el desenlace que tuvo su gestión fue originado por esa contingencia de la cual dieron testimonio todos los componentes del grupo.

»En cuanto a Ramírez también jugaron un papel preponderante en su desenlace cuestiones fuera de su control. Es innegable que no podían predecir la conducta de los militares mexicanos que los hicieron presos.

»Hay quienes aducen que en el fracaso de la gestión en la isla de Cozumel jugó un papel importante lo mal que se coordinaron las diligencias. Pero los expedicionarios nada tuvieron que ver con la buena o la mala coordinación que se hizo previamente a su llegada». (2)

(Historia criminal del trujillato [136]) 

Notas: 

  1. 1) Dr. Alejandro Capellán Díaz,

    (https://colegiodominicanodecirujanos.com/maestro/dr-alejandro-capellan-diaz/)

  2. (2) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”,  págs. 203, 204


viernes, 4 de agosto de 2023

El cautiverio (2). La pistola de Gugú Henríquez

Pedro Conde Sturla 

4 agosto, 2023

Dice Tulio Arvelo que el camino de regreso a Luperón lo desandaron en apenas cuatro horas. Creían haberse alejado a una prudente distancia del poblado durante los dos días en que trataron de escapar en dirección a la frontera haitiana, pero no habían hecho más que andar en círculos.

Una de las cosas que sorprendió a los prisioneros fue el número de guardias que se fue sumando en el breve camino de regreso a lo que en principio era un pequeño grupo. Por primera vez se dieron cuenta de cuán numerosas eran las patrullas que se habían destinado a perseguirlos. En un par de ocasiones, mientras pugnaban por evadir la persecución, habían avizorado desde lejos a unas patrullas de guardias, pero parecía que lo que buscaban en realidad era evitar el encuentro. En ningún momento se internaron en los montes en su busca y sólo hicieron su aparición cuando los campesinos hicieron contacto con ellos. Tenían órdenes de buscarlos y los buscaban, pero tal vez no querían encontrarlos, toparse con ellos en lo que podría ser un combate a muerte. Sólo después de la emboscada, cuando fueron hechos prisioneros y maniatados, empezó a hacer acto de presencia el grueso de las tropas. Aparecían cada vez más, en manadas, y se incorporaban victoriosamente a la marcha.

También aparecían por el camino multitud de curiosos que miraban con pena a los prisioneros y cuchicheaban entre sí. Todos los daban por muertos, desde luego, muertos vivos que caminaban hacia un destino inexorable. Tulio Arvelo, en cambio, por alguna razón desconocida, dice que siempre tuvo la seguridad de que saldría con vida. Una extraña certeza o convicción que Miguelucho también compartía.

A la entrada de Luperón los recibió un capitán ecuestre que esgrimía una pistola, un capitán exhibicionista que se pavoneaba a lomo de un corcel y trataba de tirar tiros al aire con una pistola que siempre se encasquillaba. Era la pistola que había pertenecido a Manuel Calderón Salcedo, una pistola casquivana que parecía negarse a disparar en manos del capitán.

El capitán obligaba a caracolear su montura, hacía cabriolas, trataba de impresionar a los prisioneros, se hacía el gracioso, se burló incluso de los galones de coronel que ostentaba en su vestimenta el comandante Ornes y le preguntó que dónde los había conseguido.

«Horacio le contestó con aplomo y mirándolo directamente:

»”En la guerra de Costa Rica”.

»El capitán espoleó su corcel y se dirigió al galope hacia el centro del pueblo no sin antes soltar una sonora carcajada.

»Cuando el militar desapareció de nuestra vista. Miguelucho me comentó: “Ese capitán fue uno de los que participó en la muerte de mi hermano Fabio cuando lo asesinaron en 1935”.

»A poco llegamos al cuartel del ejército. Delante de nosotros el mismo capitán del caballo llamó por teléfono a Santiago y reportó nuestra captura. Parece que la respuesta recibida fue que se nos diera buen trato porque de inmediato ordenó que nos prepararan comida y se nos alojara en el mismo cuartel. De inmediato nos dieron café negro y a la media hora ya estábamos comiendo un suculento plato de arroz con habichuelas, carne y plátanos salcochados con ensalada de tomates y pepinos. A excepción de Horacio, todos repetimos la comida. Mientras tanto conversábamos con los soldados que nos la sirvieron». (1)

Durante los días que pasaron en el cuartel del ejército de Luperón y luego en las mazmorras de la Fortaleza Ozama lo que más atenazaba la curiosidad de Tulio Arvelo era el destino que habían corrido los muchos hombres y equipos involucrados en la expedición. Lo atormentaba en particular el desconocimiento de lo que había sucedido con Gugú y Manuel Calderón, con los aviones que habían partido un día antes que ellos en el Catalina y con los hombres del Frente Interno que habrían debido hacer contacto con ellos y reunirse a treinta kilómetros del lugar de desembarco. Los hombres conocedores de la región que habrían debido recibir las armas y constituirse en un pequeño ejército al mando de Horacio Ornes Coiscou. Las armas que ya estaban en manos del ejército de la bestia.

«Habían pasado solamente cuatro días desde que recibimos la señal de partida allá en el Lago Izabal en la costa atlántica de Guatemala. Sin embargo, sentado en el suelo del cuartel del ejército en Luperón esperando que se decidiera nuestra suerte, me parecía que habían pasado muchos más días desde aquel momento. La rapidez del desarrollo de los acontecimientos no me habían dado tiempo para recapacitar acerca de las muchas interrogantes que me faltaban por resolver para completar la historia de ese lapso preñado de experiencias tan extraordinarias. Entre todas las lagunas que tenia habían tres que me preocupaban sobremanera. Como cuestión más inmediata me atormentaba el destino de Gugú y de Manuel Calderón.

»Otra de mis grandes preocupaciones era: ¿Qué había sucedido a los otros grupos? ¿Habían llegado y estarían luchando en otros sitios o habían sido capturados como nosotros? ¡O era cierto lo que nos habían asegurado, esto es, que éramos los únicos que habíamos llegado?

»Y por último, ¿Qué había pasado con los miembros del Frente Interno que esperaban a treinta kilómetros de Luperón las armas que a esas horas estaban en poder de Trujillo?

»Tendría que pasar mucho tiempo para que conociera las respuestas a esas interrogantes.

»La primera que logré conocer fue el destino de Gugú y de Manuel Calderón. A los pocos días de estar presos en la Fortaleza Ozama de Santo Domingo tuvimos el primer indicio de cuál había sido la suerte de esos dos compañeros. Nos habían bajado al patio del recinto carcelario para retratarnos juntos a las armas que habíamos traído en el Catalina. Todo nuestro arsenal había sido cuidadosamente distribuido en el suelo en un semicírculo en cuyo centro nos colocaron para hacer unas fotografías. Cerca del sitio escogido para que nos colocáramos habían puesto las pistolas calibre cuarenta y cinco. Entre ellas se destacaba la que había pertenecido a Horacio. La reconocimos porque estaba pavonada en oro. Al verla nos miramos instintivamente pues sabíamos que a última hora y debido a la enfermedad de Horacio, quien portaba esa pistola era Gugú y que en el momento de la retirada del bohío en que nos preparaban la comida, éste la llevaba oculta bajo su camisa.

»La presencia de esa arma allí significaba que Gugú también había sido hecho preso y como no estaba con nosotros pensé que lo habían matado junto con Manuel.

»Más tarde cuando comenzaron a instruirnos el proceso, en los interrogatorios se me informó y así constaba en el expediente que tanto Gugú como Manuel habían sido muertos porque al ser localizados por una patrulla en la noche del día siguiente a nuestra captura no obedecieron a la orden de rendimiento por eso los soldados se vieron en la necesidad de dispararles y matarlos.

»Esa fue la versión oficial; pero la realidad fue otra muy distinta. Según una fuente digna de crédito proveniente de círculos oficiales muy ligados a la tiranía, ambos fueron capturados y llevados al mismo cuartel de Luperón. Se reportó su captura a Santiago y desde esa ciudad se dio la orden de que fueran sacados de la población y fusilados porque ya Trujillo tenía en los primeros capturados las evidencias necesarias para presentarlas ante los organismos internacionales a la hora de argumentar que había sido atacado desde el exterior por sus enemigos tradicionales entonces personificados en los gobiernos de Cuba, Guatemala y Costa Rica.

»Cuenta un testigo presencial que cuando Gugú se enteró de que estábamos vivos y presos en Santiago, dio brincos de contento porque por la manera como se habían desarrollado los incidentes de nuestra captura pensaba que habíamos muerto y que solamente él y Manuel habían quedado con vida. Pero su júbilo le duró poco porque en esos precisos momentos llegó la orden de su fusilamiento. Ambos fueron amarrados y sacados del pueblo por la patrulla que los asesinó». (2)

(Historia criminal del trujillato [135])
Notas: 
  1. (1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 198,199
  2. (2) Ibid., p. 200, 201