viernes, 27 de julio de 2018

Noche sin fondo (2)

28 julio, 2018

Avenida Francisco Madero, Monterrey. Fuente externa
Lo que ocurrió en La tranca esa noche me lo contaron después de muchas maneras y en la medida en que me lo contaban el relato crecía en sus dimensiones épicas y dramáticas. Una de las versiones incluía a un público despavorido que se arrojaba desesperadamente desde la terraza a la calle para escapar de una balacera interminable entre dos bandas rivales de mariachis.
A unos cuantos estudiantes les fue mal porque salieron del lugar con magulladuras y daños menores y sobre todo porque tomaron el camión, el autobús equivocado y fueron a parar a un par de cuadras del lugar en que vivían, la Colonia Roma.
En la ciudad de Monterrey de esa época, el odio o la envidia de clases se manifestaban con fuerza, sobre todo en los barrios marginales que colindaban con los residenciales. Había, en las calles de la Colonia Roma, una pared invisible que no podíamos atravesar impunemente. A nadie se le ocurría ir a comprar bebidas o cigarrillos en los estanquillos que estaban al otro lado. Un paso más allá de esa pared significaba entrar en territorio hostil, y fue allí, en territorio hostil, donde el camión dejó a los estudiantes, que vestían, por cierto, elegantemente con sacos y corbatas, cosa que representaba toda una provocación. En ese mismo lugar los recibieron, nada más bajar del camión, a pedradas, los obligaron a emprender la fuga a toda madre, a morderse la lengua en la carrera, a ensuciarse de lodo, a correr y correr hasta llegar a la Colonia Roma con un poco más de lengua que corbata y milagrosamente incólumes.
Los felices propietarios del Ford Galaxie rojo salieron, sin embargo, de La tranca sin un rasguño y al poco rato se encontraban navegando en la portentosa nave por la Calzada Madero.
El Güero Padilla, al volante, había adoptado un extraño aire de perdonavidas que no hacía juego con el porte principesco de Gumersindo. Bonilla repasaba mentalmente los principales acontecimientos de la larga noche y aludía a cada momento en voz baja al sein dasein heideggeriano, Willians se moría de ganas de tocar la trompeta, pero no se lo permitían.
Cincuenta años después, Frank Villalba recordaría que Gumersindo tenía muchas amigas y lo invitaba a pasear con cierta frecuencia en el coche, pero haciendo el papel de chofer y no de príncipe, y lo presentaba a las agraciadas diciendo que era su hermano. A veces, cuando las muchachas preguntaban por qué había entre ambos tanta diferencia de color, Gumersindo respondía que todo se debía al hecho de que Frank había nacido de día y él de noche.
Lo que no podían entender y no entendieron nunca era lo relativo a la definición del color que aparecía en sus documentos de identidad. Indio claro, indio oscuro.
Lo de oscuro se nota a leguas, decían, pero el indio no lo veían en parte. Algunas ignorantonas preguntaban incluso si acaso eran así los indios de su país, tan diferentes, por cierto, a los de México, y se alborotaban a veces con solo oírlos hablar en aquel español caribeño que irrespetaba las eses y la integridad de todas las palabras en general. El habla y el pelo crespo de los dominicanos podía hacer furor.
-Qué padre hablan -decían-. Y el pelo chino, qué padre.
Lo único que empañaba el recuerdo de aquellos momentos encantadores tenía que ver con el desaire, la puñalada trapera que les había infligido el perverso Cartagena. Cartagena era un tipo ocurrente, que andaba solo por lo general o en compañía de Barón, y Barón solía ser un tipo suave como agua mansa (de la que uno pide que lo libre Dios), aunque no menos ocurrente. Pero las ocurrencias de Cartagena no eran siempre graciosas y podían ser pesadas. Un día Frank y Gumersindo lo vieron pasar con aire distraído por la plaza de La Purísima, cerca del lugar en que se encontraban, compartiendo alegremente con un manojo de chamacas a bordo del Ford Galaxie rojo.
Gumersindo lo llamó con su habitual camaradería y le dijo Cartagena, ven a conocer estas flores. Cartagena no se dignó mirar. Paró la nariz y dijo, casi al descuido, gracias no, están casi todas marchitas.
Bonilla y Villalba conservaron también la amistad a través de un chingón de años y un día, mucho tiempo después de la dorada epopeya estudiantil, el primero recibió una carta del segundo que parecía jubilosa. Villalba le anunciaba, desde Baja California (casi desde otro planeta, muy parecido a Marte), que iba en pos de su segundo millón de dólares. Bonilla le respondió para felicitarlo y Villalba le dijo que no, que no era el caso, que no lo felicitara, que si iba en busca de su segundo millón de dólares era porque se había pasado la vida buscando el primero y no lo hallaba en parte.
Ahora, bajo la luz cobriza de la Calzada Madero, y a bordo del sigiloso Ford Galaxie rojo, lo que ocupaba la atención de los pensamientos de Bonilla no era Villalba sino Dinapoles, que se enfrentaba a una difícil encrucijada, la circunstancia más dramática de su vida.
Dinapoles era un genio, un matemático puro, un filósofo puro, y era, como todo genio, incomprendido.
Después de tantos años de esfuerzos y desvelos, después de tanto empeño en el estudio, estaba a punto de graduarse y no graduarse.
Acababa de presentar una enjundiosa y muy celebrada tesis, “Filosofía de las matemáticas”, pero no aparecía entre los profesores del Tecnológico un matemático que entendiera tanta filosofía ni un filosofo que entendiera las matemáticas.


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ELOGIO DE LA LETRINA

BATIR LA MIERDA
        Pedro Conde Sturla
         20 de septiembre de 2008

Un refrán popular aconseja sabiamente  no batir la mierda porque la mierda hiede cuando es mierda, pero la mierda “tizna cuando estalla”, para decirlo así, poéticamente, con palabras de Miguel Hernández, aunque esto no es un poema, como se verá, sino una enema lírica.      
Cuando la mierdería que se bate es producto o subproducto de leche aguada, de leche adulterada para consumo infantil, sube su olor más arriba como los versos de Deligne, “más arriba, mucho más”, y embarra a quienes la baten, enmierda  a los enmierdadores.
Extraña justicia la nuestra. Ante una denuncia de extrema gravedad, los payasos de la judicatura acosan a los denunciadores y no a los denunciados. Acosan a periodistas honestos –una especie en vía de extinción- y no a los adulteradores LADRONES DOMINICANOS.
El efecto, sin embargo, es contraproducente, ya se dijo. De tanto batir y batir las propias heces, parecen cada vez más culpables. El fino aliento cloacal los delata, los pone en evidencia, incrimina a los adulteradores y secuaces, los compromete en flagrante adulterio adulterino, falsificación o fraude, según mi concepto o preconcepto del derecho penal, que una vez confundía con los derechos del pene.
El olor de la leche adulterada permite seguir -como en el poema de Pedro Mir-, “el rastro goteante por el mapa y su efigie de patas imperfectas”. Y allá en la serranía, “en el suave manto de la sutil neblina envuelto” (a la manera de Andrés Bello), descubre, desenmascara en su intensa fetidez complicidades inauditas en las prodigiosas líneas arquitectónicas de la mansión de una humilde maestra, ante la cual son ciegas las autoridades. Cuerpo del delito y del deleite, de la desfachatez que es parte de la misma corrupta mierda que se bate y se combate.
pcs, sábado, 20 de septiembre de 2008


            BATIR LA PORQUERÍA
         Pedro Conde Sturla

(Amigos y parientes me escribieron alarmados, sonrojados, escandalizados por el estilo soez, vulgar, escatológico empleado en la redacción de mi artículo anterior, tan impropio, al parecer, de un docente que no se precie de indecente.
Con ánimo de reparar el entuerto he procedido en esta ocasión a reformular el engendro en términos potables, que no hieran los oídos ni la sensibilidad de los lectores.
Adviértase, sin embargo, que la verdadera indecencia, lo perverso, lo inmoral, lo doloso y dañino no está ni estaba en la manera de decir sino en la práctica que denuncia ese decir.
“Si dieran leche en lugar de agua –como me dijo una aguda comentarista-, no estuviéramos batiendo un caso tan hediondo...”).

Un refrán popular aconseja sabiamente (aunque con otras palabras) no batir la porquería, no batir la materia fecal, porque la porquería hiede cuando es porquería, pero la porquería “tizna cuando estalla”, para decirlo así, poéticamente, con palabras de Miguel Hernández, aunque esto no es un poema, como se verá, sino una enema lírica.        
Cuando la porquería que se bate es producto o subproducto de leche aguada, de leche adulterada para consumo infantil, sube su olor más arriba como los versos de Deligne, “más arriba, mucho más”, y embarra a quienes la baten, embarra  a los embarradores.
Extraña justicia la nuestra. Ante una denuncia de extrema gravedad, los payasos de la judicatura acosan a los denunciadores y no a los denunciados. Acosan a periodistas honestos –una especie en vía de extinción- y no a los adulteradores LADRONES DOMINICANOS.
El efecto, sin embargo, es contraproducente, ya se dijo. De tanto batir y batir las propias heces, parecen cada vez más culpables. El fino aliento cloacal los delata, los pone en evidencia, incrimina a los adulteradores y secuaces, los compromete en flagrante adulterio adulterino, falsificación o fraude, según mi concepto o preconcepto del derecho penal, que una vez confundía con los derechos del pene.
El olor de la leche adulterada permite seguir -como en el poema de Pedro Mir-, “el rastro goteante por el mapa y su efigie de patas imperfectas”. Y allá en la serranía, “en el suave manto de la sutil neblina envuelto” (a la manera de Andrés Bello), descubre, desenmascara en su intensa fetidez complicidades inauditas en las prodigiosas líneas arquitectónicas de la mansión de una humilde maestra, ante la cual son ciegas las autoridades. Cuerpo del delito y del deleite, de la desfachatez que es parte de la misma corrupta porquería que se bate y se combate.
pcs, sábado, 28 de septiembre de 2008






DIVERTIMENTO

Pedro Conde Sturla 


"El divertimento es una forma musical que fue muy popular durante el siglo XVIII, compuesta para un reducido número de instrumentos. Los divertimentos solían mostrar un estilo desenfadado y alegre (en italiano, divertimento significa ‘diversión’). En francés se llamaba divertissement, y su plural en italiano era divertimenti."
He aquí un divertimento sin música de Federico Jovine Bermúdez
Luego del absoluto inventario
de tu tengo
escruto mis pasivos
dando nota de crédito a tu verso
“Autorretrato”, una de sus más felices creaciones, recupera plenamente el sentido lúdico connatural, el humor y la efervescencia del mas puro divertimento. Humor de gordo, no de temperamento obeso:
Me lloro y soplo las narices
me encabrito y toco las pisadas
paso y repaso con las manos
este humano envoltorio de raíces
Me pincho y no lo siento
me acongojo dejándome llevar
Yo me cierno en la harina
que otros muelen
Sorpréndenme los tres
-padre y el hijo-
Yo me espíritu tanto y tan tranquilo
que yo me digo amén
cuando me miro.
La foto recoge un momento feliz en compañía de su Gloria, después de su tercer renacimiento. Estuvo en coma varios días por el mucho comer. Hoy está a dieta y sigue en su Gloria, la extraordinaria compañera de su vida.

jueves, 26 de julio de 2018

EL DIOS DE TODAS LAS IRAS


Pedro Conde Sturla.
25 de enero de 2009

        
Alguna vez oí hablar de un dios cruel que nos ha hecho a imagen y semejanza de él, pero ninguno como el dios de Israel, tan sediento de sangre y de venganza, tan repugnantemente odioso y sicopático, sicorrígido, homófobico, asexual y antifeminista, que maldice a todas las mujeres, deja ciego a un infeliz por hacerse la puñeta, ordena el exterminio de numerosas tribus y manda por divertirse a un tipo a sacrificar a su hijo, sacrifica pendejamente al suyo en aras de la redención de la humanidad cuando le habría bastado una varita mágica como la de Harry Potter y condena a los pecadores al fuego eterno del infierno, cosa que ni Nerón, ni Hitler, ni Stalin, ni Trujillo, ni Pinochet, ni los generales argentinos, ni siquiera quizás la secuela de criminales de guerra al mando del imperio norteamericano y nadie en general, a excepción de los agentes del Mossad,  auspiciarían.
         Mi difunto padre, Alfredo Conde Pausas, escribió, entre otros, un libro de versos titulado “Israel” (1982), que no aprecio por su calidad poética, pero sí por su espíritu rebeldemente panfletario:
   
         No hay nadie que me haga creer que no hay Dios.
Pero no el de la Biblia: Ese Dios de Israel
que mata diez mil, que mata cien mil,
que mata un millón. Mi Dios debe ser
el de Jesucristo nuestro señor.
El Dios noble y manso, el Dios dulce y bueno
del santo de Asís,
que es todo perdón,
que nunca castiga
al bueno
ni al malo.
Que hizo de Francisco el hermano de todos,
de ovejas y lobos,
de hombres y diablos.

***
        
La Biblia nos habla de un Dios rencoroso,
de un Dios vengativo que mata y que hiere,
de un Dios que es a veces feroz genocida,
de un Dios como Hitler
¡y ése no es mi Dios!
Porque ese dios mata más que el Diablo mismo,
porque ese Dios bíblico es un Dios Demonio,
que inmola mujeres, no perdona niños,
sacrifica ancianos y extermina hombres
en cifras enormes,
como lo revela
el Viejo Testamento
cuando, con asombro, leyendo sus páginas
sacamos las cifras de todos sus muertos.

         Lo que describe mi padre es lo que estaba sucediendo ahora hace unos días, una semana, durante el holocausto de los habitantes de la franja de Gaza, lo que comenzó a suceder desde la fatídica fundación del estado de Israel (Israhell) y la consecuente limpieza étnica que arrojó a millares de palestinos descendientes de judíos, mezclados con cananeos, árabes y turcos al infame exilio y encerró a otros en campos de concentración y de exterminio en la franja de Gaza y en la Cisjordania rodeada de un muro de Berlín que no incluye las tierras labrantías.
En la historia de la humanidad, jamás una nación, un imperio, ha sembrado el terror y la devastación a escala planetaria como el imperio norteamericano y su sucursal israelita. Solamente en algunas zonas de Viet Nam, por no mencionar a Cambodia, el imperio arrojó más bombas que todas las que se arrojaron sobre Europa durante la segunda guerra mundial. Sobre Viet Nam, durante mucho tiempo, semanalmente se arrojaba el equivalente de varias bombas atómicas de las que se arrojaron en Hiroshima y Nagasaki, aparte de químicos y defoliantes que no permitirán crecer la vegetación en cien años. Sobre Laos, uno de los países más pobres y el mayor bombardeado y devastado  del mundo, el imperio norteamericano ejerció una presión y un odio inauditos,  enviando un B-51 cada ocho minutos durante nueve años a devastar la devastación, arrojando su carga infernal sobre una población de campesinos sin zapatos. En el cercano y medio Oriente se comenten desde hace décadas todo tipo de atrocidades promovidas por el eje Washington-Tel Aviv, como la guerra entre Irak e Irán, la destrucción de El Líbano más de una vez, la conquista de Afganistán, la conquista y desmantelamiento de Irak, el inmisericorde acoso contra los musulmanes que ha cobrado ya, según cálculos conservadores, 4 millones de vidas. Todo lo demás, en la historia de la humanidad, se queda chiquito y a las pruebas me remito porque son datos comprobados y no estadísticos, de los que no contemplan las pérdidas de vidas humanas más que como cifras o daños colaterales. Desde el segundo conflicto mundial, el imperio norteamericano y sus aliados han eliminado, en guerras de mayor o menor intensidad, a unos 20 o 30 millones de seres humanos.
         La sucursal del imperio en Israel, o quizás viceversa, organizó la “solución final” contra los palestinos de Gaza, privilegiando como víctimas a niños y mujeres, solución interrumpida brevemente a causa de la toma de posesión de Obama como presidente de USrAel, o quizás simplemente porque hombre a hombre, soldado a soldado, cuerpo a cuerpo los israelitas  no se miden con los combatientes de Hamas y mucho menos con los de Jisbola que durante la guerra del Líbano les infligieron una humillante derrota.
Dijo el brillante Saramago en una brillante entrega sobre los judíos: “Comprendemos mejor a su dios bíblico cuando conocemos a sus seguidores. Jehová, o Yahvé, o como se le diga, es un dios rencoroso y feroz que los israelíes mantienen permanentemente actualizado”.
Jehová o Yahvé es un demonio, y el zionismo elegido, el zionismo ordinario, con zeta de nazi o esvástica de nazi es igualmente demoníaco.

pcs, domingo, 25 de enero de 2009


lunes, 23 de julio de 2018

NOCHE SIN FONDO


Pedro Conde Sturla
https://acento.com.do/2018/opinion/8589450-noche-sin-fondo/


A esa hora de la madrugada, bajo la luz cobriza de la Calzada Madero, el viejo convertible conservaba intacta, en apariencia, toda su dignidad. Había algo imponente, venerable, en  aquellas líneas realzadas del viejo Ford Galaxie rojo, los vivaces colores de fábrica, las impecables gomas banda blanca, el ronroneo felino del motor, la opulencia con que se desplazaba su mole silenciosa por la avenida desierta donde ya ni las almas se veían.
 El Güero Padilla, al volante, manejaba con un porte que estaba a la altura de la situación. Brazo izquierdo apoyado discretamente sobre la ventanilla, la cara larga, afilada, casi tanto como la nariz, el gesto despectivo, el trago al alcance de la mano. Una especie de dandy blanco y rubio. 
Gumersindo, a su lado, el imponente Gumer, sumergido en la oscuridad de su piel, mascullaba o masticaba entre dientes una  especie de salmodia, el trago entre las piernas.
A espaldas de Gumer, en el asiento trasero -vaso con hielo y agua entre las manos-, Bonilla pronunciaba palabras ilegibles: Heidegger, Hegel, Kant, sein dasein. De vez en cuando decía Monterrey, Monterrey querido, hablaba solo de la debacle existencialista, del horario de los trenes, de su fascinación por los andenes, que son la imagen traslaticia y espacial de las despedidas y de las lágrimas, pero también de los regresos repletos de alegrías y de abrazos.
Willians, con la trompeta en el regazo, al otro lado, justo detrás del Güero, tarareaba una melodía, manicero. Willians acariciando la trompeta de maní, maní, maní el manicero se va. No la vayas a tocar, nos dejas sordos. La noche estaba creciendo en Monterrey querido y el frío comenzaba a apretar.
Hacía en realidad un frío de madre, de su maldita madre, y tenían la calefacción a todo dar, pero desde la última vez que bajaron la capota el convertible se había convertido en   descapotado, solamente en descapotado y el maldito frió de Monterrey apretaba.
-¿Cómo pudo pasar esto? -preguntó el mecánico que intentó arreglarlo-. Parecería que alguien intentó bajar la capota con el coche a toda marcha y supongo que perdería el control, daría vueltas de trompo en la pista. El mecanismo está trabado, inservible. ¡Ay, Chihuahua!
El Güero Padilla y el imponente Gumer -dos de los cuatro dueños del vehículo- habían organizado en horas de la tarde uno de sus acostumbrados safaris urbanos, una expedición de caza o pesca que a veces daba buenos resultado y siempre causaba impresión.
Para los fines de lugar, montaban una especie de teatro. Gumersindo se vestía como un príncipe, con sus mejores galas, adoptaba un porte aristocrático y ponía cara de rico, más bien de alguien que estaba como podrido en dinero. El Güero se calaba una gorra, endosaba una especie de uniforme, simulaba ser el chofer, lo paseaba por la Plaza Zaragoza, le abría y cerraba la puerta, lo escoltaba con aire de matón como todo un guardaespaldas y cuando alguna chamaca se interesaba en el personaje decía en voz muy baja y misteriosa que era un príncipe de un país africano y prefería pasar de incógnito.
Cuando la ocasión era propicia sucedía un poco como con aquel pescador que tiró las redes y sacó tantos peces que estuvo a punto de hundir  la barca. Es decir, llenaban el espacioso convertible de muchachas en flor, a veces media docena de muchachas en flor, las paseaban por la ciudad, revelaban al cabo de un tiempo su verdadera identidad, se daban a conocer como estudiantes del Tec, intercambian números de teléfonos, hablaban, reían, iban a veces a la farmacia a tomar helados y cervezas y a veces iban a bailar.
La pesca no había sido buena ese día y a eso de las  ocho y media el príncipe y su chofer estaban haciendo fila en la boletería del cine teatro Florida y se juntaron con Willians y Bonilla. Era ese el lugar en que se presentaban los espectáculos que la Sociedad Artística Tecnológico ponía a disposición de sus estudiantes y personal docente. Esa noche estaba programada una función con un reducido núcleo del Ballet Bolshoi que dejó al público impresionado.
Después del maravilloso espectáculo, los del convertible y otros estudiantes se dirigieron a La Tranca. El popular cabaré -donde asistirían a otro tipo de espectáculo más o menos educativo- estaba en un segundo piso. Subieron por una angosta escalera, la única entrada y salida del local, y ocuparon varias mesas en una amplísima terraza al aire libre donde ya no cabía ni lugar a dudas. Estaba repleta de estudiantes vociferantes en su mayoría, y el conjunto de Mike Laure tocaba una cumbia y lo que pasa es que la banda está borracha. De El lago de los cisnes en el Florida pasaban a lo qué pasa es que la banda está borracha, está borracha, y a muchos parecía despertarles mayor entusiasmo que el dichoso lago de Chaikovski. 
Después, en otra popular melodía, sucedió que cuando yo venia viajando, viajaba con mi morena y al llegar a la carretera se fue y me dejo llorando...Mi negra se fue llorando y a mí esa cosa me duele, se le llevo un maldito carro, aquel 039... 039, 039, 039 se la llevó.
Cuando terminó la música ocurrió algo que nadie se esperaba, ocurrió lo peor de lo peor. Un cuate mal encarado se acercó a una mesa donde una bailarina hablaba con un bailarín y le pegó dos tiros.
El lío que allí se armó no es algo que pueda describirse cabalmente. Fue algo comparado a una estampida, algunos no se movieron de sus mesas, pero la mayoría de la gente gritó, saltó literalmente de sus sillas, y se dirigió en tropel hacia la angosta escalera, un callejón sin salida o con muy poca salida donde muchos hubieran podido morir apachurrados. 
En eso volvió a escucharse música, un furioso tambor que acompañaba la entrada en el escenario de seis jugosas bailarinas disfrazadas de esqueletos o calaveras que se acercaron al baleado difunto, lo cargaron en vilo y empezaron a bailar una especie de danza macabra.
A la atemorizada clientela le tomó un rato darse cuenta de que se trataba de un show de mal gusto y empezó a calmarse, pero mucha gente estaba irritada y magullada y manifestaba su descontento en voz alta con palabras generalmente alusivas a la chingada madre de los pinches organizadores de la chingada ocurrencia. Además, en el lugar casi no había vasos ni botellas que no estuvieran rotos, ni mesas ni sillas que no estuvieron patas arriba y la mayoría abandonó el lugar aprovechando el desorden para no pagar la cuenta. 
Yo no estaba ahí. Esto me lo contó al otro día mi primo, el llamado Güero Culero.

pcs, viernes 21 de julio 20188






sábado, 21 de julio de 2018

Noche sin fondo (3)

Willians cerró los ojos para recordar y recordaba bien. En el asiento trasero del flamante Ford Galaxie rojo descapotado, justo detrás del Güero Padilla, el aire gélido de la noche de Monterrey lo mantenía despabilado.
Willians Jerez había recibido la noticia de la beca a bordo de un barco mercantil. Era marino y seguiría siéndolo: marino, trompetista, pianista, músico, artista, y desde luego un poco loco por definición y un poco pobre, más bien pobre en el sentido literal de la palabra, con una inteligencia despejada que no le permitía otras realizaciones hasta el día en que recibió la beca que el gobierno de Juan Bosch (fundador sietemesino de la democracia dominicana después del ajusticiamiento de Trujillo) dispensaba a granel a estudiantes meritorios sin importar clase ni origen.
En Monterrey, Willians se ambientó como en todos los ambientes que había conocido, como pez en el agua, a pesar de que era desierto lo que rodeaba a la ciudad. Al poco tiempo de llegar ya había formado un grupo de música popular que tocaba en fiestas familiares, salones de baile y ciertos lugares non sanctos a ritmo de merengue y salsa y otras géneros musicales menos gastronómicos. 

En 1965, durante los primeros meses de la segunda intervención armada del imperio del norte a Santo Domingo, los cheques de la beca dejaron de llegar y los casi cien becarios dominicanos en Monterrey (y otros muchos lugares) empezaron a pasarla mal. Algunos recibieron ayuda de sus familiares o se ayudaron mutuamente o ambas cosas, y otros lograron vivir o sobrevivir de lo que García Márquez llamaba en sus tiempos heroicos de París “el milagro cotidiano”. 
Casi todos, sin contar a Willians, se vieron en serios aprietos económicos. Willians se instaló bajo contrato con su conjunto musical en un centro nocturno de mala muerte, o mejor dicho de mala vida, y allí se pasaba la noche tocando la trompeta y estudiando, ganándose el sustento y cierta fama por su aplaudida interpretación de “El manicero” (o manisero).
Durante ese periodo especial tuvo lugar una famosa apuesta en la que, según se dice, participó  de alguna manera Willians. Otros señalan a dos de los estudiantes que vivían en Los grises, un conjunto de apartamentos en la cercanía del Tecnológico. También se atribuye la ocurrencia a dos habitantes de La silla, otro conjunto de apartamentos para estudiantes, pero el hecho es que ahora ninguno de los responsables reconoce la paternidad del suceso.
Nadie, en principio, tomó en serio la apuesta, de la cual se habló con varios días de antelación, pero era ya un principio de apuesta. Se apostó a que lo harían y lo hicieron. Una noche de diciembre de 1965, durante las fiestas del Señor que es hijo del Señor, se llevó casi felizmente a cabo. 
Encuerados, calatos, en pelotas, desnudos como peces (a excepción de las gorras que cubrían sus cabezas) y con suficiente alcohol en la sangre, dos estudiantes anónimos salieron trotando de su apartamento a la calle, al frío punzante -un suavísimo trote-, y emprendieron la vuelta a la manzana dejando atrás las miradas relativamente incrédulas de sus compañeros y cómplices.
Al amparo de la noche, la sombra o la penumbra, en el ambiente casi bucólico del área y en la atmósfera de recogimiento de esos días, habrían debido pasar y pasaron desapercibidos durante la mayor parte del trayecto, pero en la penúltima etapa encontraron una inmensa familia que entre libaciones y fuegos artificiales celebraba en la galería el nacimiento del niño Dios. 
Los trotadores no se inmutaron. Al pasar frente a la galería saludaron cortésmente, amablemente, quitándose las gorras y en ese mismo instante se armó la pelotera, el griterío de las mujeres escandalizadas y el júbilo de la chiquillada, las posibles llamadas a la policía.
Un corto trecho más adelante, al doblar la última esquina terminaba el trayecto e ingresaron de nuevo al apartamento, a la tibieza del nido, entre aplausos y risas, y vasos de tequila y de ron y de cerveza.
En otra memorable ocasión, después que se regularizó la llegada de los cheques y las aguas volvieron a su nivel, Barón contrató los servicios gratuitos de Willians y sus músicos para darle una serenata a una chamaca de la cual cierto amigo creía estar perdidamente enamorado o por lo menos infatuado.
Parece que fue ayer, diría Barón alguna vez, recordando el episodio.
En lontananza, parece que fue ayer. El valle de la primera canción que iban a cantar estaba plateado de luna y la serenata estaba a punto de empezar, pero no tan románticamente como se había planificado, sino a perdigonazos. Los serenateros tenían un buen tiempo ensayando poemas y canciones y ensayando tragos para darse calor y se saltaron una verja del jardín para acercarse a la ventana de la gentil doncella  que dormía placidamente. Y se acercaron tanto que cuando la voz aguardentosa y rompiente del enamorado, cuando aquel vozarrón trasnochado se hizo sentir como un trueno en la profundidad del silencio para dedicar la serenata y un poema, la desgraciada agraciada pegó el grito al cielo y se metió despavorida bajo la cama clamando ayuda. Y en su ayuda acudió la voz del padre, apagada y legañosa, pero audible, rapidito mi vieja la escopeta, que hay ladrones, mi vieja, rapidito.
Tratando de remediar lo irremediable, igual de rapidito y un poco cagandito los músicos se hicieron señas para iniciar la velada y aclarar el equivoco, pero el tiempo apremiaba y por un momento temieron lo peor y se dieron a la fuga. Aquel valle plateado de luna y aquel sendero de mis amores que apenas iban a comenzar a cantar, hubieran podido teñirse de otro color. Pero la sangre no llego al río. Apenas por un pelito el valle plateado de luna no se plateó de rojo. En cambio el sendero de mis amores quedo intransitable por varios días.
Willians sonreía… Desde el asiento trasero del flamante Ford Galaxie rojo descapotado, mientras recibía en el rostro el golpe alado de la brisa fría, Willians sonreía al recordar que en ese episodio había participado un estudiante de ingeniería eléctrica a quien llamaban cariñosamente el Trípode.
Al Tripode le decían así por cierta mayúsculación sexual, una tercera pierna o pata que portaba con tanto orgullo como el apodo.
De acuerdo a fuentes no confirmadas, pero tampoco desmentidas, el Trípode entró en una ocasión a un sanitario del Tecnológico y se paró frente a un mingitorio a mingir, cerca de un profesor conocido por sus ocurrencias y buen humor. El profe, al parecer, echó una mirada involuntaria, indiscreta, al equipo colgante del Trípode y se sobresaltó, se espantó teatralmente, se echó hacia atrás como si temiera que pudieran morderlo. ¡Válgame Dios!, exclamó bruscamente con los ojos brotados, desorbitados, ¿usted trajo ese animal a orinar o a beber agua? 



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viernes, 20 de julio de 2018

MEDITACIONES DE UN FILÓSOFO DE COLMADÓN

Pedro Conde Sturla
23 de octubre de 2008

Con el ingeniero erudito, melómano y filósofo José Ramón Bonilla Almonte, un grupo de amigos nos reunimos los sábados en la tarde en un colmadón de la Avenida Italia. Casi todos son egresados del Instituto Tecnológico de Monterrey y todos, sin excepción, compartimos la misma pasión por el bolero y la lectura, que en Bonilla se eleva a grados superlativos. La tertulia discurre sobre temas literarios, históricos, musicales y otro que no viene al caso mencionar. Bonilla es un excelente anfitrión y un excelente conversador, y de cada reunión hace generalmente un resumen que publica en el correo del grupo Dominicanos ExaTec. Otras veces escribe páginas, breves páginas sobre asuntos de su predilección, en las que ocasionalmente se  conjugan con fina sensibilidad la poesía y la ciencia. Entre los ExaTec,  sólo Dinápoles Soto Bello, su entrañable amigo y alter ego, iguala su maestría en el arte de “deleitar aprovechando”.
He aquí, a manera de muestra, una antología mínima de los escritos filosóficos, científicos y poéticos con los que nos gratifica a menudo José Ramón Bonilla Almonte.
Filosofía de un filósofo de colmadón, ¿y qué? ¿Acaso Aristóteles no era un filósofo callejero?

NOSTALGIA DE LOS TRENES.

El tren tuvo la suerte de coincidir con una época de la modernidad en la cual una legión fronteriza de artistas de dos siglos, XIX y XX, lo convirtieron en metáfora predilecta para aludir a los viajes sorprendentemente largos y rápidos de estos tiempos primordiales de la tecnología del vapor y de los motores de combustión interna.
De ahí que la evocación de este medio de transporte esté cargada de despedidas y nostalgias, de soledades en compañía, de la certeza del viaje único e irrepetible que es la vida, y de la oportunidad de comunión de los viajeros casi nunca aprovechada por nadie.
En mi caso siempre me he dejado seducir también por los andenes, porque estos son la imagen traslaticia y espacial de las despedidas y de las lágrimas, pero también de los regresos repletos de alegrías y de abrazos. Yo mismo viajé en tren varias veces desde Ciudad México a Monterrey en mi época de estudiante universitario.
En los andenes, que son los atrios profanos de las estaciones de ferrocarriles, he visto desfallecer, en mis lecturas azoradas, a Tolstoy y a Cesare Pavese, pero también he sentido la algarada vital de la Adelita de Pancho Villa, junto al final voluntario de una de mis heroínas favoritas: Ana Karenina.
En esta metáfora de los trenes también pesan imágenes conservadoras que provienen de un cuento casi desconocido del admirado Léon Bloy.
Erase una pareja feliz bendecida por la triada preferida de los españoles: Salud, Dinero y Amor.
A esta bendita pareja, "aliviada para siempre de las inquietudes pecuniarias que suelen envenenar la vida conyugal", se le ocurrió viajar para dizque prolongar su felicidad, pero siempre una fuerza sobrehumana le barajaba los planes.
Al final, lograron cubrir todos los trámites de tipo kafkiano y se subieron al tren sin olvidar un solo equipaje.
Pero el ángel de la guarda de esta pareja se salió con la suya.
El tren partió, pero la pareja se subió a un vagón desenganchado.
Ante este fracaso milagroso, los dos comprendieron la clave de un mensaje sobre la felicidad sencilla, sin pretensiones, en el aquí y el ahora que podría resumirse así:
Quedarse donde están y como están: instalados para siempre en el milagro de la eterna perpetuidad de una sola coordenada.
El nombre del cuento es “Los cautivos de Longjumeau” y tiene apenas cinco páginas.
Léon Bloy es un pensador francés que quiso vivir como Jesús, en grandes estrecheces económicas, y es el autor preferido de mi amigo Dinápoles Soto bello. A este cuento memorable yo le puse un subtítulo harto conservador: “Se prohíbe viajar más de la cuenta”.

JOSÉ LEZAMA LIMA

José Lezama Lima no quiso seguir los pasos de su familia, que se fue de Cuba en su gran mayoría en la década de los sesenta.
         Sin embargo, su capacidad de soñar y suspirar no tardaron en provocarle problemas con la revolución, en su doble condición de católico y de homosexual.
         El homosexualismo, que así lo escribía Lezama en su prosa de orfebre neo-gongoriano, era casi de naturaleza vegetal, análoga a los romances secretos que se tejen en los pedúnculos, los estambres y los pistilos de las flores, visitados por las abejas, los colibríes y las mariposas...
         El protagonista de “Paradiso”, José Cemí, parecía materializar y des-materializar al “otro” del espejo, llamado Oppiano Licario, erudito y sabedor de todos los secretos. Aparte de la estatura exacta de Napoleón y de Luis XIV, lo recordaba todo, como su homólogo borgesiano “Funes, el memorioso”, otra víctima del talento y de la excelencia.
         “Paradiso” termina con una metáfora y una imagen deslumbrantes, dentro de un inmenso desierto de somnolencia, bajo la imagen de un tigre blanco del color de la ballena de Melville, que se mira al espejo mientras lame incansablemente la médula de un saúco...
         Es curioso que tales vuelos y descensos metafísicos se susciten dentro de un saboreo de café con leche cubano, mientras José Cemí encarna a su doble Oppiano Licario y escucha a duermevela sílabas lentas, pero claras y evidentes.
         El libro termina dentro de una sinestesia reveladora y salvadora de luz y de sonido.
         Oigan el último parágrafo de “Paradiso”:
         “Era la misma voz, pero modulada en otro registro. Volvía a oír de nuevo: ritmo hesicástico, podemos empezar”.

         LA NATURALEZA HUMANA 

La naturaleza humana no tiene límites en cuanto a su capacidad de frotarse las manos con el dolor del prójimo, sea este cercano o no.
         Freud nos habló del complejo de Tánatos o de la muerte, según el cual el inconsciente se solaza con la idea de la destrucción de los otros, de la muerte violenta de los demás...En el campo económico y estético este complejo abunda.
         La frustración económica es un germen del odio y de la envidia, que son primas hermanas.
         He visto espejos rotos, de rabia supongo, en guetos donde la fealdad, despojada de resortes compensatorios, no quiso verse a sí misma...

         KEYNES Y VIRGINIA WOOLF:
LA VENERACIÓN DEL SILENCIO.

El próximo año (2006), el clan de los economistas, que siempre tiene razón si se le permite un micrófono o una columna periodística, recordará a Keynes, el alabado y después vituperado economista británico, de cuyo fallecimiento se cumplirán 60 años.
Cuando se me pregunta por un economista siempre afirmo con un dejo de humor e ironía: gracias a Dios que existen los empresarios, porque sólo ellos son capaces de detener a esta caterva de prestidigitadores.
John Maynard Keynes fue un economista especial. Él se sentía a gusto hablando de otros temas aledaños, aunque escribía de economía para ejercitar el sentido común.
Él pertenecía al llamado Grupo de Bloomsbury, unos habitués, fundamentalmente artistas y escritores, del que formaban parte, entre otros, Virginia Woolf y su marido Leonard.
Siempre me llamó la atención la afinidad de Keynes con Henry Ford, mi rompehuelga favorito, quien descreía del ahorro y de los banqueros.
Se sabe que Keynes defendía la inversión de los empresarios, pero con una cierta reserva, ya que, según él esta acción no garantizaba el pleno empleo.
También se atrevía a rumiar curiosas ocurrencias, como aquélla que incitaba a los gobiernos a quitar impuestos y a aumentar el gasto público.
La verdad es que se trataba de un gurú profético, a quien me imagino, hablando de estas cosas, sumido en descreencias y soledades.
Yo, que soy un feminista a ultranza, acostumbro  acercarme a los personajes como Keynes, a través de las mujeres.
Virginia Woolf, mi admirada de siempre, sólo comparable con Marguerite Yourcenar, se refiere a Maynard Keynes con agudeza de mujer de la siguiente forma:
         “Todos los hombres que venero son silenciosos…; Lytton,  Leonard y  Maynard;  por eso me he ejercitado yo en el silencio, movida a ello también por el terror que tengo a mi capacidad ilimitada de sentir”.
Virginia Woolf, pura y simplemente cambió para siempre el fraseo femenino. En cada palabra suya hay una renovación del lenguaje como nunca se vio en Inglaterra desde Chaucer a Shakespeare, ni mucho más adelante, excepto en ella, que supo venerar los silencios de su amigo Keynes, de su esposo Leonard Woolf  y de su antiguo pretendiente Lytton Strachey.

pcs,jueves, 23 de octubre de 2008.






viernes, 13 de julio de 2018

Covarrubias

Pedro Conde Sturla





Instituto Tecnológico de Monterrey. 
En la esquina Pernambuco con Avenida Tecnológico: allí estaba la parada de taxis y allí estaba casi siempre Covarrubias.
A veces también estaba casi siempre aquel gordo barrigón al que nunca le daba frío y aquel flaco que de tan flaco se parecía a Agustín Lara (“demasiado flaco para estar vivo y demasiado gordo para estar muerto”).
Al gordo barrigón lo vimos una vez, con la camisa abierta y sin abrigo, cambiando una goma pinchada, sudando como quien dice a mares en pleno invierno: una madrugada de invierno, aquellos inviernos locos de Monterrey, con la temperatura a cuatro o cinco grados. Los inviernos de aquel Monterrey con su clima de zona desértica como un fuego cruzado, con calores insufribles en verano, frío y lluvioso en invierno, un invierno inconstante donde la temperatura subía y bajaba como una especie de tobogán. El mismo Monterrey que inspiró los enconados versos que todos conocíamos de memoria:
Adiós Monterrey querido, / de tus vergeles me alejo, / si vine fue por jodido / y si vuelvo es por pendejo.
Era el Monterrey que muchos aborrecían cordialmente, el mismo al que otros amaban con desprecio y algunos incondicionalmente. El Monterrey de los años verdes de nuestras vidas, los años largos, aquellos años en que esas vidas eran proyecto y entre proyecto y proyecto pasaba una eternidad. El Monterrey de los años sesenta donde fuimos estudiantes del Tecnológico. Allí donde fuimos casi siempre felices, aunque muchos, como de costumbre, se sentían tan miserables que no lo supieran o se dieran cuentan.
Aparte de taxista, Covarrubias era filósofo y nuestro guía espiritual, nuestro Virgilio en el más o menos infierno de la ciudad chingada. Casi “un duque, un señor y un maestro” como le dijo Dante a Virgilio en la diabólica comedia.
-La ignorancia es la madre de todos los desmadres -solía decir.
Pero lo de guía espiritual y lo de infierno es eufemismo, puro cuento. Covarrubias nos guiaba espiritualmente por el infierno metafórico de la dolce vita de Monterrey. La pecaminosa dolce vita regiomontana.
Covarrubias era un medio y era un fin, era el premio que nos dábamos algunas veces después de los exámenes, después del deber cumplido y si había disponibilidad en términos metálicos. Él conocía todos los secretos de la noche, los lugares donde se encontraba “el mejor material”, todos los antros de diversión y perdición. Solamente nos llevaba, eso sí, a los más discretos y decentes, no a sitios de mala muerte. Algunos eran lupanares o congales como dicen los mexicanos, y otros más bien cabarés, centros nocturnos donde presentaban espectáculos. A casi todos asistían chamacas y chamaconas que bailaban por un peso cuando el peso mexicano se cotizaba a 12.50 por dólar. Algunas compartían en ocasiones con los clientes en la mesa, pedían bebidas caras, por las que recibían comisión, y los mozos se las traían aguadas para que pudieran trasegar el mayor número sin peligro de emborracharse.
En esos sitios se encontraba desde luego un poco de todo y eran propicios para amigar y ligar, saciar eventualmente nuestra acuciante sed de conocimiento carnal. La infinita lujuria estudiantil.
Ocasionalmente la estadía se convertía en tertulia cuando a alguno se le cruzaban los cables y comenzaba a hablar de cine o literatura. En esos casos, el tema de conversación pasaba de “La montaña mágica” de Thomas Mann, por ejemplo, al monte olímpico de Venus.
Una noche, en uno de esos locales de dolce vita sobrepasamos sin darnos cuenta nuestro magro presupuesto y a la hora de pagar la cosa se puso fea, refea, como se dice en México. Aparecieron, como por arte de magia, unos cuates tenebrosos “del dominio de Goya”, como dijera Roque Dalton.
Los tenebrosos estaban al parecer dispuestos a quitarnos hasta la ropa para cobrarse lo adeudado, parte de lo adeudado. Se apoderaron de los relojes, desde luego, y el dinero que llevábamos, pero la deuda seguía en pie, faltaba lana, mucha lana. A ver cómo le hacemos, hijos de la chingada.
Habíamos incurrido, de hecho, en un gasto extraordinario de unos veinte o treinta dólares. Casi como quien dice una fortuna, casi la tercera parte de lo que recibíamos mensualmente.
Después de mucho argumentar en busca de una solución que no implicara derramamiento de sangre o de tequila, los tenebrosos sugirieron que uno de nosotros fuera a buscar la plata mientras los demás quedábamos como prenda en condición de rehenes. Argumentamos entonces, en sentido viceversa, que para lograr ese cometido era necesario que la mayoría fuera por el dinero mientras solo uno se quedaba en garantía.
En principio se produjo mucho alboroto y oposición porque la persona que designamos por mayoría de votos -y contra su muy expresa voluntad- no valía según los acreedores lo bastante, era un chaparro, no alcanzaba, dijeron, ni para propina.
Pero en fin, a fuerza de la más sutil dialéctica y finos razonamientos, y después de haber entregado los documentos de identidad y los que nos acreditaban como alumnos del Tecnológico, accedieron a dejarnos ir en busca del dinero que ninguno sabía dónde encontrar a esas horas. Para peor, nos dieron un plazo miserable de tiempo para volver al lugar so pena de denunciarnos ante las autoridades y tomar represalias contra el rehén. Era algo que de seguro podía costarnos la expulsión de la institución en que estudiábamos. Una que no permitía inconductas a sus estudiantes y mucho menos a extranjeros de una isla desconocida del Caribe.
Salimos del lugar en horas de la madrugada y con las almas en zozobra, temiendo lo peor. No encontrar quien nos prestara el dinero, ser denunciados a las autoridades… Todo eso sin contar que tampoco teníamos dinero para el taxi y no había servicio de autobuses.
Fue en ese momento cuando uno de nosotros tuvo la idea más brillante de su vida. Llamar a Covarrubias desde el local de dolce vita, llamar al bendito Covarrubias a la parada de taxis del Tecnológico, por si acaso aún estaba de servicio. Implorar un milagro.
El teléfono sonaba durante una eternidad y nadie respondía y luego se cortaba la comunicación, crecía nuestra desesperación. Llamamos una vez y otra vez hasta que al fin se escuchó la voz del flaco que se parecía a Agustin Lara y Covarrubias se había marchado. Creo que se marchó hace media hora, no lo veo. ¿De dónde me hablan? El flaco que se parecía a Agustín Lara era un tipo antipático con el cual no teníamos la relación que teníamos con Covarrubias y nunca nos hubiéramos atrevido a pedirle lo que le pediríamos a Covarrubias ni él hubiera accedido.
El mundo se nos cayó encima en el momento en que el flaco antipático que se parecía a Agustín Lara colgó el auricular y emprendimos una marcha fúnebre en dirección a quien sabe dónde.
Casi al instante escuchamos que el teléfono de la dolce vita timbraba alegremente. Aló, sí, para servirle, Covarrubias, sí, ese mismo, mande usted.
Nuestro guía espiritual, nuestro ángel de la guarda, el bendito Covarrrubias, finalmente apareció al otro lado del teléfono. Media hora después se hizo presente en el lugar en donde estábamos como quien dice prisioneros, nos sirvió de garante o fiador, pagó la cuenta o algo parecido, nos resolvió el problema. Nos brindó unas cervezas para el desayuno. Nos trajo luego derechito a casa.
Durante el viaje de regreso, los versos de Dante a Virgilio retumbaban en alguna cabeza. No teníamos con qué pagarle. Nunca tendríamos con qué pagarle.