sábado, 28 de septiembre de 2019

La hermandad de las bestias (4)

Pedro Conde Sturla 
27 septiembre, 2019

José Arismendy Trujillo Molina, alias Petán. 

Petán era un personaje surrealista. Una pesadilla viviente. Como quien dice un cruce entre maco y cacata. Verlo llegar a un sitio con su séquito de matones y su habitual prepotencia era como ver al diablo o como si el diablo lo viera a uno. Nadie se sentía tranquilo en su presencia, como tampoco en presencia de su hermano Chapita.
Chapita inspiraba un terror frío, incluso entre sus más cercanos colaboradores. Terror de etiqueta y protocolo. Chapita pretendía ser un aristócrata, un árbitro de la elegancia, un tipo refinado (hasta que le salía el cobre y se ponía en evidencia). Petán era un afrentoso. Petán inspiraba miedo y desprecio a la vez. Era un tipo prepotente, descuidado en el vestir. Disfrutaba humillando a las personas, un poco igual que el hermano, pero Petán era un tipejo de maneras burdas, alguien que vivía insultando, repartiendo bofetadas por cualquier nimiedad o con  cualquier pretexto. Un buscapleitos.   
En lo que ninguno difería ni difería ninguno de los hermanos  era en lo que respecta a la vocación familiar, la inclinación o  interés por una peculiar forma de vida. En menor y mayor  medida, todos compartían la condición de depredadores. Y  sobre todo la condición de depredadores sexuales.  
Petán no sobresalió ni podía sobresalir más que por su bajeza 
moral e intelectual, y, sin embargo, fue el único de los Tujillo 
Molina que logró construir un reino en miniatura a imagen y 
semejanza del que había creado su hermano, el generalísimo 
y padre de la patria nueva. Quizás de alguna manera superó 
incluso el modelo original en relación a cierto tipo de control 
con el que mantenía sojuzgada a la población. Ambos, la 
bestia y la bestezuela, tenían un equipo de alcahuetes que le 
procuraban mujeres (una especie de tributo para los 
minotauros criollos), pero Petán llegó a ejercer un control 
inaudito sobre el destino de las doncellas y los familiares de 
las doncellas que poblaban sus tierras.
Nada era más humillante y denigrante en Bonao que el trato 
que Petán dispensaba a las mujeres, sobre todo si eran 
mujeres de buen ver. De hecho las familias que tenían hijas 
bonitas vivían en un estado de permanente zozobra, sin ñpoder. esconderse ni escapar. Petán no solamente se daba 
el lujo de apropiarse, tomar posesión o hacerse dueño de cualquier moza o jovenzuela, mancillar o malograr la honra d
e las muchachas en flor que se le antojaran, sino que se arrogaba derechos de patria potestad sobre hijas que no eran suyas. Para muchas jóvenes -dice Crassweller- era prácticamente imposible casarse sin el permiso de Petán.
Para casarse en Bonao, una joven agraciada debía contar  ocasionalmente con el visto bueno de Petán o disponerse a ser pasada por las armas, a pasar por el lecho del general. Petán ejercía muchas veces o cobraba de hecho una especie de derecho de Pernada, derecho a la primera  noche, el derecho a la virginidad de todas las féminas que reclamaran su atención. Las convertía a veces, siguiendo el ejemplo del hermano, en concubinas antes de permitirles casarse u ofrecerlas en matrimonio a sus fieles una vez que había saciado su lujuria.
La biografía del feroz José Arismendy Petán -como se ha dicho y repetido tantas veces- se resume en una serie de asesinatos, violaciones y sobre todo estupros. Igual que a su hermano Chapita, a Petán no le importaba ni respetaba la condición social de sus víctimas, pero ejercía mayor autoridad y causaba más estragos entre las más humildes.
La vida de orgiástico desenfreno y excesos, vicios y abusos de poder a la que se entregó Petán durante casi toda la era 
gloriosa, es algo fuera de serie, digno de antología. Una orgía perpetua. La orgía del poder. Una permanente embriaguez de poder. Esos vicios y excesos lo llevaron, según se dice, a la impotencia más o menos prematura. Se convirtió más o menos en eunuco. Pero era tan sádico y perverso que nunca dejó de fastidiar a las mozuelas. Lo que no podía hacer de otra manera lo hacía con los dedos o cualquier instrumento. Disfrutaba humillando, maltratando, causando sádicamente dolor y vergüenza, haciendo daño, malogrando, desflorando manualmente doncellas que eran a veces casi niñas.
En virtud de su autoridad, de su  prestigio cívico y moral, Petán se inmiscuía en todos los asuntos, era el juez y el verdugo, el hombre del momento, de todos los momentos, era el centro permanente de atención, atraía todo el interés de la comunidad, era el ídolo de las multudes, la prima donna, el hijo adoptivo de Bonao. Nadie le hacía sombra ni se medía con él. Era quizás el hombre de sus sueños, el hombre que siempre había querido ser. Entonces, en el pleno apogeo de su gloria, para engrasar más aún su ego fundó una emisora radial: la voz del Yuna, su mayor titulo de gloria. Pero Chapita se sintió celoso y lo obligó a trasladarla a la capital.
 El mando lo ejercía despóticamente, en una atmósfera enrarecida, viciada por el halago, el servilismo denigrante de los más viles, abyectos, sumisos y rastreros cortesanos.
Sus informantes le mantenían al tanto de todo lo que sucedía, le informaban hasta de la más insignificante actividad social, le hablaban de la gente que venía y salía del pueblo, del lugar 
donde se reunían de vez en cuando a comer los médicos del hospital regional, de la persona que los invitaba. También era capaz de provocar una trifulca en territorio ajeno, de intervenir en un altercado entre dos jugadores de pelota durante un partido que tuvo lugar en la capital, bajar al terreno con su séquito de matones, propinar una cobarde bofetada a un jugador extranjero y crear una crisis en la que tuvo que intervenir la bestia para calmar los ánimos.
Los negocios turbios engrosaban sus arcas, se apropiaba de cualquier empresa que considerara rentable, de cualquier inmueble que le gustara. Chapita le concedió el monopolio de frutos menores, la exportación y comercio de huevos, granos, guineos y aves. Sus guardias obligaban a los campesinos a vender sus productos a precios medalaganarios. Dice Almoina, y decía toda la gente, que la cosa se llevó al extremo de que el campesino que salía a la carretera y no entregaba sus productos a los esbirros de Petán aparecía muerto.
También se dice, y no hay razones para dudarlo, que a los peones de sus fincas, a los cuales pagaba una miseria, los enganchaba a la guardia sin que ellos lo supieran y se embolsillaba discretamente el salario, que triplicaba lo que recibían.

Más temprano que tarde, el robo de tierra lo convirtió en uno de los principales hacendados del país y llegó a tener dos grandes fincas, Rancho Caracol y Hacienda Madrigal, que se convirtieron en modelo de organización y en motivo de humillación para los médicos.
Petán no entendía según parece la diferencia entre un profesional de la medicina y un veterinario. En varias ocasiones, y por absurdo y arbitrario que parezca, acudió a los servicios de los médicos del hospital regional, incluso del director en algunos casos, para que asistieran a las vacas y yeguas durante los partos difíciles. No sólo los degradaba, los denigraba, los insultaba: también los hacía trabajar bajo severas amenazas en caso de que la parturienta sufriera algún percance. Los médicos protestaban, seguramente, alegaban ignorancia, se declaraban incapacitados para realizar la labor que se les encomendaba, pero Petán quizás tampoco entendía la diferencia entre una vaca, una yegua preñada y una mujer encinta..
((Historia criminal del trujillato [41]. Cuarta parte).
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BIBLIOGRAFÍA:
José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.


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sábado, 21 de septiembre de 2019

La hermandad de las bestias (3)

https://acento.com.do/2019/opinion/8731296-la-hermandad-de-las-bestias-3/

Pedro Conde Sturla
20 septiembre, 2019

José Arismendy Trujillo Molina, alias Petán. 

Es posible que Trujillo no haya tenido nunca un rival, un enemigo potencial tan insidioso como su hermano Petán. José Arismendy Trujillo Molina, alias Petán, el tristemente famoso Petán.

Desde la escuela primaria había ganado fama de indisciplinado, desde su temprana juventud se había dado a conocer como cuatrero y en más de una ocasión estuvo preso por asesino y ladrón. Tenía, en fin, todas las cualidades que caracterizaban al resto de sus hermanos, pero exacerbadas en grado extremo de una manera más burda, desenfrenada en grado extremo.
Era lo que se llama un incordio, en el amplio sentido de la palabra. Un bruto, un tipo retorcido, pustulento, vulgar, tóxico y podrido, traicionero, taimado, desvergonzado, intrigante, licencioso, un disoluto carente de todo tipo de escrúpulos, de freno moral, una persona execrable, abyecta, intratable, insoportable, un lujurioso incurable, un violador, un abusador y un cobarde, como todos los abusadores. Y sobre todo desleal, traicionero, indigno de confianza. El peor de todos en muchos sentidos, como lo califica Almoina.
La bestia tuvo problemas con él casi toda la vida, y los problemas se agravaron desde que llegó al poder. En una ocasión lo nombró miembro de su cuerpo de ayudantes, quizás con el propósito de mantenerlo a soga corta y poderlo vigilar de cerca. Pero muy pronto tuvo que arrepentirse. Petán se valió de su posición y su apellido para cometer todo tipo de trapacerías: cometer fraudes, expedir cheques sin fondo, falsificar documentos, estafar incautos. La inconducta de Petán enlodaba el buen nombre de Chapita y éste se vio personalmente obligado a tomar medidas y lo expulsó deshonrosamente de su cuerpo de ayudantes, lo expuso a la pública vergüenza, la vergüenza que Petán ni tenía ni sentía.
Tiempo más tarde, en el año de 1935, Petán se ofendió con un funcionario que se negó a autorizar una transacción inmobiliaria que no cumplía con los requisitos legales correspondientes y le machacó a culatazos la cabeza con la pistola. El hombre fue a dar con pronóstico reservado al hospital, y el hecho volvió a provocar el enojo de su irascible hermano, pero no sería la última vez.
Petán decidió en algún momento alejarse prudentemente de los dominios del sátrapa en la capital y fundó su propio reino en Bonao. En esas tierras estableció lo que todo el mundo ha llamado un régimen feudal, reinventó el feudalismo, con un margen apreciable de autonomía.
Los hermanos Trujillo tenían en común, entre muchas otras cosas malas y otras peores, el amor a la tierra, a la tierra de otros sobre todo. La tierra ajena. No les gustaba pagar y no pagaban por ella, se adueñaban de alguna manera de una parcela, una porción de terreno y se iban expandiendo a costa de los vecinos, matando y amenazando, o ambas cosas, chantajeando, extorsionando, aterrorizando a los dueños por todos los medios posibles hasta que abandonaran sus propiedades o las cedieran por cifras irrisorias. A veces se expandían por una misma región y terminaban convirtiéndose en vecinos, como Chapita y Aníbal y el mismo Negro Trujillo que llegó a tener una de las más grandes y mejores propiedades de la familia y del país.
Pero Petán no se conformaba con riquezas y tierras, tenía un hambre mayor y mayor sed de poder, un deseo morboso de admiración y respeto y reconocimiento que por alguna razón creía merecer. Para satisfacer sus bajos instintos, empleó con éxito todas sus malas artes: instintivamente quizás supo canalizar sus ambiciones por el camino correcto y se hizo dueño de Bonao, de la Provincia Monseñor Noel, a unos sesenta kilómetros de la capital. Algo que le garantizaba hasta cierto punto mayor libertad de movimientos. Allí estableció durante casi treinta años un régimen de pesadilla, un gobierno doblemente opresivo, como decía la gente, una doble tiranía, la del generalísimo Chapita y la del general Petán. La villa de las Hortensias, como le llamaban entonces a Bonao, poéticamente, se convirtió en la villa del permanente desasosiego.
De la noche a la mañana, a base de pescozones, bofetadas, culatazos, expropiaciones, violaciones, abusos de todo tipo y ejecuciones, el petánico patán se convirtió en un señor reverenciado y sobre todo temido y aborrecido. Ya no era un simple cuatrero, un violador y asesino y asaltante de camino, era un señor de horca y cuchillo con uniforme de general. Alguien que se desplazaba en vehículos de lujo con un cuerpo de ayudantes civiles y militares que ponían distancia entre él y los comunes mortales que poblaban el mundo. Seguía siendo en el fondo y en la misma superficie un simple cuatrero, un violador y asesino y asaltante de camino, pero con título de general, uniforme de general y aires de nobleza, aires de dueño y señor. Eso cambiaba todo.
Era dueño y señor de Bonao y ejercía el poder en su dominio con mano de hierro, aunque también trataba de parecer simpático, de parecer culto y afable, de parecer poeta y declamador y orador.
Cuando no estaba ocupado cometiendo alguna fechoría, fingía ser un mecenas, un padre para los pobres y necesitados. Nada sucedía en Bonao sin su consentimiento. Estaba al frente de todas las empresas, era el que inauguraba todas las construcciones, era el que construía las calles, el ispirador y el ejecutor de todas las obras de bien social, era miembro de todos los clubes, era el alma de todas las fiestas, era propietario de las mejores tierras y era prácticamente el dueño de todas las mujeres o pretendía serlo. l
(Historia criminal del trujillato [40]. Cuarta parte).
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BIBLIOGRAFÍA:
José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).
Dr. Lino Romero, “Trujillo, el hombre y su personalidad”.
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator


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viernes, 13 de septiembre de 2019

La hermandad de las bestias (2)

https://acento.com.do/2019/opinion/8728531-la-hermandad-de-las-bestias-2/

Pedro Conde Sturla
13 septiembre 2019





Foto familiar de Julia Molina con un hijo de Angelita en brazos
. 
La bestia logró mantener a raya a sus hermanos con medidas draconianas que incluían la deportación, el privilegiado exilio en un cargo diplomático, como el que le tocó sufrir a Virgilio Trujillo, pero también prisión y amenazas de muerte o la muerte misma en el peor de los casos. Es posible (y esto se ha dicho y repetido muchas veces) que en más de una ocasión haya ordenado, en uno de sus frecuentes accesos de rabia, ejecutar a Petán o Aníbal, e incluso a su propia esposa cuando ésta se ponía de imprudente a seguirlo para tratar de sorprenderlo con alguna de sus amantes y exigirle fidelidad.


Las bestia tuvo problemas con sus hermanos, hermanas, con su mencionada y abnegada esposa, María Martínez de Trujillo, con su hija Flor de Oro y su adorado hijo mayor, que no servía para nada, pero los dos parientes que le dieron más quebraderos de cabeza fueron Petán y Aníbal, dos    
personajes luciferinos que no hubieran vacilado en romperle  el pescuezo para ocupar su lugar si la oportunidad se 
hubiese presentado, o si hubieran tenido el valor de  
aprovecharla. 
Se sabe que, en una ocasión, la bestia ordenó a sus 
guardias disparar, quizás metafóricamente, contra el  
automóvil en que se desplazaba María Martínez si se  
aparecía en el lugar donde estaba cumpliendo con su deber  de padrote de la patria. Se sabe que ordenó tajantemente al 
temible general Fausto Caamaño ejecutar a su hermano 
Aníbal y a los militares que estaban a su servicio. Se sabe
que más de una vez ordenó que le trajeran a su hermano 
Petán vivo o muerto.
Se conocen, por otra parte, detalles del dilema, el terror a 
que se enfrentaban los oficiales que recibían órdenes tan 
peligrosas de cumplir como incumplir. El drama que 
representaba para cualquier matarife (para cualquiera que 
supiera que la sangre al final pesa siempre más que el agua),
obedecer al pie de la letra un mandato que en cualquier 
caso representaba para el ejecutor una especie de suicidio.
La solución salomónica en esos casos era acudir a la 
residencia de la excelsa matrona, presentarse con 
discreción en la casa donde vivía Mamá Julia, la madre de 
los Trujillo, el lugar que muchos llamaban el refugio o la 
embajada.
Julia Molina era un ser extraordinario. Su única ocupación 
era dejarse amar, dejarse adorar como una santa de altar. 
No tenía inquietudes intelectuales, políticas o filantrópicas y 
mucho menos culturales, pero le había dado a la patria la 
más fecunda cosecha de su vientre.
Entre 1888 y 1908 había tenido incontables partos, doce 
hijos e hijas, de los cuales, casi milagrosamente para aquel 
tiempo y lugar, sólo uno no sobrevivió. Con su trabajo de 
costurera proveyó el sustento de las once restantes 
criaturas, las crió en la pobreza con labor tesonera, con la 
poca ayuda que recibía de su inútil marido, con ayuda 
quizás de vecinos y amigos y el milagro cotidiano.
Pero sus sacrificios fueron recompensados. Su hijo Rafael, 
al que apodaban Chapita, llegó en 1930 al poder y la vida de
 la familia se convirtió en un cuento de hadas. A Chapita le llamarían Doctor Honoris causa y a ella Excelsa matrona. El pueblo llano, sobre todo los menos instruidos, le llamarian a él Doctor Honorio y a ella Esencia matrona.
La patria agradecida y sobre todo sus hijos la colmaron de honores. La deuda que con ella había contraído el país era impagable. No por nada le decían Mama Julia, no por nada se había hecho acreedora al título de excelsa matrona, no por nada había sido reconocida como Primera Dama de la República y sobre todo como Primera Madre dominicana. No por nada una provincia, parques, calles, escuelas se honraban con su nombre y con sus bustos egregios. Mamá Julia vivía en un palacio donde no cabían las flores y regalos, los incontables parabienes, los infinitos mensajes de amor y agradecimiento que a diario le enviaban funcionarios civiles y militares de todas las posibles categorías.
Mamá Julia estaba al cuidado de las hijas o de una de las hijas en mayor grado. Una hija con un gran sentido práctico que se ocupaba de todas sus necesidades y revendía, según se dice, los regalos a las tiendas y las flores a las floristerías para destinar los ingresos a obras de bien común. Además, Mama Julia recibía diariamente por unos pocos minutos la visita de Chapita. Algo que la ponía, según dice Almoina, visiblemente nerviosa.
La excelsa matrona desempeñaba un papel importantísimo en las frecuentes disputas que se producían entre la bestia y las bestezuelas. Su papel de mediadora impidió muchas veces que los violentos conflictos que se desencadenaban entre Chapita, Petán, Aníbal y Pipí terminaran, como podían terminar, de manera trágica en un posible baño de sangre.
En alguna ocasión Petán se salvó de la muerte o por lo menos de la cárcel asilándose en casa de la madre y luego viajando prudentemente a Puerto Rico por breves periodos.
Con mayor razón, cuando un oficial como Fausto Caamaño recibía una orden del tamaño de la que había recibido, la prudencia aconsejaba acudir a la embajada, visitar a Mamá Julia, a la excelsa matrona.
Presentarse y presentar sus respetos, con un ramo de flores en la mano, si era posible porque la Excelsa matrona amaba las flores o se decía que las amaba. Flores o chocolates o cualquier otra firifulla. Decirle después, quizás, lo bien que se veía, lo joven que lucía la Excelsa matrona, lo fuerte que parecía, lo hermosa quizás que relucía. Luego introducir el tema, dar a conocer discretamente, casi como por distracción, el motivo de la visita, explicar prudentemente la situación para que la excelsa matrona se enterara de lo que estaba pasando y diera la voz de alerta. Para que el hijo en peligro se diera a la fuga o acudiera a refugiarse a la materna casa y el oficial se viera (por causa de fuerza mayor) impedido de ejecutar la fatídica orden de apresarlo o de matarlo.
NOTA: En relación al culto de Julia Molina y Rafael Trujillo, Crassweller describe un triste suceso que le costó la vida a un maestro ejemplar llamado Rafael Yepez al final del segundo mandato presidencial de la bestia. Yepez dirigía una pequeña escuela en la ciudad capital, contaba con un personal muy escaso e impartía él mismo la mayor parte de la enseñanza. Era un hombre joven, de unos treinta y dos años, felizmente casado y padre de una niña. Cuando en una ocasión le pidió a sus alumnos que escribieran una composición, uno de ellos, hijo de un diputado, empleó todos sus recursos en alabar a Julia Molina y a Trujillo. Un Trujillo que a su juicio era insustituible.
El maestro Yepez alabó la calidad de la composición, pero cometió la imprudencia de decirle que muchos otros hombres de talento tenían capacidad para sustituir a Trujillo y que los elogios que dispensaba a la matrona excelsa también se lo merecían otras madres.
Más temprano que tarde, el maestro Rafael Yepez fue arrestado en su casa. Los alumnos fueron llevados en dos camiones del Ejército a la Fortaleza Ozama, con excepción del hijo del diputado. La escuela fue cerrada y no volvió a abrir. Hasta el día de hoy nadie sabe con certeza lo que sucedió con Rafael Yepez, su esposa y su hija. Simplemente desaparecieron. l
(Historia criminal del trujillato [39]. Cuarta parte).
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BIBLIOGRAFÍA:
José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator



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viernes, 6 de septiembre de 2019

La hermandad de las bestias (1)

Pedro conde Sturla
9 de septiembre de 2019 


Virgilio  Trujillo

Los hermanos varones de la bestia eran unas encantadoras bestezuelas. Se trataban cordialmente entre ellas, generalmente a zarpazos y dentelladas, en el típico modo en que ciertas bestias juegan y manifiestan su cariño y su fuerza. Y además, durante sus años mozos, los mayores a veces planificaban y ejecutaban en grupo o en pareja sus fechorías, pero carecían del instinto básico de la manada, el instinto solidario que la une y da cohesión. La manada requiere que todos sus miembros anden juntos, obedezcan a un macho alfa o tomen decisiones colectivas. Entre la bestia y las bestezuelas predominaba, sin embargo, el más feroz individualismo. Varios de ellos querían ser a la vez el macho alfa. Los peores eran agresivos, posesivos, se disputaban permanentemente la supremacía, prevalecía entre ellos la rivalidad y muy difícilmente confiaba el uno en el otro. Los más sumisos o aparentemente sumisos bajaban el lomo, se conformaban o fingían conformarse con lo que recibían, mantenían una real o engañosa mansedumbre, pero nunca estuvieron libres de sospechas. A todas las bestezuelas las mantenía de una u otra manera la bestia a soga corta. 
Durante su larga estadía en el poder, la bestia enfrentó conspiraciones civiles y militares, se sobrepuso a tramas e intrigas cuartelarias, pero también a los chismes, a la envidia y el rencor, cuando no a la rebelión más o menos abierta, la oposición e incluso la traición de algunos de sus hermanos.
Dice Crassweller que difícilmente podría exagerarse la magnitud de sobresaltos familiares que sufriera Trujillo por culpa de  sus hermanos y hermanas. De hecho, a excepción de las invasiones de 1947, 1949 y 1959, sus parientes le causaron más irritación y dificultades que los esfuerzos de los centenares de exiliados en su contra.
Virgilio, el mayor de los varones, pretendía arrogarse o se arrogaba derechos de progenitura y persistió en su arrogancia cuando Chapita llegó al gobierno. Actuaba como si el hermano le debiera algo y no agradecía favores ni nombramientos. Incluso pretendía enriquecerse a costa de sus intereses y nunca respetó los límites que la cordura o la  simple razón aconsejaban.
Virgilio había alcanzado, según se dice, el más avanzado grado escolar de la familia. Era el más intelectual, si así se puede decir, el más intelectual de una familia de analfabestias o analfabetos funcionales. Toda una proeza en aquel tiempo. Pero La fama que lo precedía desde temprana edad no la debía a su ingenio, a su fina inteligencia, a buenos modales adquiridos en el hogar y en la escuela. Tenía fama de truhán, por supuesto, fama de abusador, de canalla, igual que casi todos sus hermanos. Era un inútil, un haragán que no desempeñaba más que trabajos temporales, seguramente un cuatrero y asaltante de camino, ambicioso y capaz de todos los excesos.
Pero, además, Virgilio Trujillo sobresalía entre todos por desagradable y arrogante, era un grosero, un bruto, un rastrero. No tenía el más mínimo barniz de gente. Y sin embargo se desempeñó como diplomático durante largos años en Europa. Diplomático a la cañona, a la pura fuerza.
La bestia repartía más o menos generosamente entre sus hermanos las mieles del poder y lo que cosechaba muchas veces era pura hiel. Tomaba en ocasiones medidas preventivas, pero cuando veía que sus intereses o su autoridad estaban amenazados actuaba de la manera más radical: tomaba medidas punitivas
A Virgilio lo nombró diputado a principio de su primer gobierno, pero el cargo y todos los privilegios especiales de los que estaba revestido le quedaban grandes o quizás chiquitos. Abusó de su poder, como suelen hacer los diputados, incurrió desde luego en burdos hechos delictivos que molestaron a Chapita y Chapita lo suspendió. Le dio un castigo ejemplar, como hacía Balaguer con algunos militares: un nuevo nombramiento. Esta vez como Ministro de interior y policía, a ver si escarmentaba. Pero Virgilio no escarmentó. En poco tiempo organizó una red de cohechos o sobornos, una tupida red de impuestos en perjuicio de pequeños productores que pegaron el grito al cielo y provocaron de alguna manera su destitución.
Una vez fuera del gobierno se dedicó a negocios privados en los que el más importante activo era el apellido Trujillo. En esa época se decía en el país que ser blanco era una profesión. Los Trujillo no eran blancos, eran indios claros e indios oscuros, como se estilaba decir entonces. Pero ser apellido Trujillo durante la era gloriosa era toda una profesión, un título que garantizaba en muchos sentidos el éxito económico y el rápido ascenso en el escalafón militar, si la ambición no rompía el saco.
Virgilio eligió el Cibao como centro de operaciones y se dedicó a vender influencias, resolvía problemas que otros no podían resolver, hacía favores costosos, vendía tarjetas de protección que permitían a los desvalidos propietarios de vehículos que no tuvieran sus papeles en regla evadir el pago de ciertos impuestos y las multas por violaciones de leyes de tránsito.
A la larga terminó asociándose con individuos de mayor solvencia económica con los que se dedicó a la importación de camiones y repuestos de vehículos por los que no pagaba impuestos. Además era frecuente que en lugar de la placa o sobre la placa delantera figurara en letras egregias el nombre de Virgilio Trujillo: casi una patente de corso, una garantía de impunidad en las carreteras dominicanas de esos tiempos.
Eran negocios que quizás Virgilio considerara inocentemente creativos y lucrativos. Negocios que erosionaban, sin embargo, así fuera superficialmente, las recaudaciones fiscales del régimen de Trujillo y Trujillo no lo iba a permitir.
De la noche a la mañana Virgilio se vio en serios aprietos y sus principales socios fueron a dar a la cárcel con pronóstico reservado. Uno de ellos, llamado Luis Amiama Tió, le cayó simpático a Trujillo y lo puso al poco tiempo en libertad. Muchos años después, Amiama Tió participaría en el complot que le costó la vida a la bestia. Pero la bestia no podía saberlo.
Un grupo de jóvenes oficiales de Santiago, con los que Virgilio había estado intrigando o negociando o quizás ambas cosas, también cayeron en desgracia y no les fue nada bien. Los sometieron a una purga para erradicar las malas influencias de las filas del ejército.
Virgilio Trujillo recibió igualmente un castigo ejemplar. Fue enviado como diplomático a Europa donde se dedicó seguramente a la dolce vita y a los negocios turbios, pero con inmunidad diplomática. Además, fue tan inteligente que no volvió a regresar al país o regresaría quizás ocasionalmente.
En europa estuvo, pues, casi todo el tiempo de la era gloriosa, desempeñando funciones diplomáticas y haciendo todo tipo de calaveradas a su alcance.
Dice Almoina que, como consecuencia de la guerra civil en España, cuando miles y miles de españoles salieron al ingrato y poco hospitalario exilio francés, Virgilio acudió generosamente en auxilio de muchos que querían emigrar hacia  tierras americanas y se entendió con ellos en términos de mercachifle. Recibió el hermano del benefactor alhajas y oro en cantidad muy apreciable y cien dólares por cada refugiado que la República Dominicana aceptase. A La bestia no le gustó que lo dejaran fuera del negocio y volvieron a tener problemas.
En fin, no parece que entre la bestia y la bestezuela hubiera nunca prosperado alguna saludable relación fraternal. En Europa estaba Virgilio cuando mataron a  Chapita y ni siquiera se molestó en venir al entierro. En cambio, su vínculos de amistad con Luis Amiama Tió estaban intactos o se habían fortalecido. Se escribían con cierta frecuencia, intercambiaban felicitaciones navideñas y de cumpleaños. Nada de lo ocurrido empañó la amistad que existía entre Virgilio Trujillo y el hombre que había participado en la conjura que puso fin a la vida de su hermano.
(Historia criminal del trujillato [38]. Cuarta parte).
BIBLIOGRAFÍA:
José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
Dr. Lino Romero, “Trujillo, el hombre y su personalidad”.
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator


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Duelo de titanes

Pedro Conde Sturla
1 de julio de 2013 
[La historia registra numerosas polémicas entre autores famosos, pero ninguna quizás más agria y descarnada que la que mantuvieron casi toda la vida Cervantes y Lope de Vega.
Como dice Salazar Rincón, la misma tuvo un pronunciado matiz clasista:
“Lope, hidalgo y cristiano viejo, vivió cómodamente instalado en aquella sociedad, y contó con numerosos amigos y mecenas poderosos; mientras que Cervantes, hombre de linaje oscuro, que tuvo que ejercer oficios considerados indignos, fue un personaje marginado, y nunca se le aceptó plenamente en los cenáculos literarios ni en las casas nobiliarias.”
Cervantes, sin embargo, siempre mantuvo la altura, la finesa, y la factura de sus críticas no pasa del nivel satírico, critica las obras de Lope, pero no ofende personalmente. En cambio Lope (como Quevedo, que también le dedicó injurias a Cervantes) desciende al cieno con un lenguaje cloacal (como el de Camilo José Cela) y no le reconoce méritos a Cervantes como poeta, y ni siquiera al Quijote.
Entre los muchos críticos  que  han escrito sobre el famoso tema, destaca Tomás S. Tómov, del cual se publica hoy una parte de un peliagudo ensayo. Un ensayo sobre un tema que no es apto para menores. (PCS].

TOMÁS S. TÓMOV:
Cervantes  y  Lope De Vega
(Un caso de enemistad literaria)
Decía Cervantes en los Trabajos de Persiles y Sigismundo: «No hay amistades, parentescos, calidades, ni grandezas que se opongan al rigor de la envidia». Y Lope de Vega en La viuda valenciana: «La envidia astuta tiene lengua y ojos largos».
Uno y otro, pues, han hablado de la envidia y han sufrido de ella. Pero es curioso constatar que entre los dos ha habido también una enemistad que degenera en envidia.
Lope de Vega, 15 años más joven que Cervantes, pero mucho más feliz y triunfante en su carrera literaria, toma desde el inicio una posición negativa respecto a su cofrade de pluma y no omite la ocasión de atacarle. Por supuesto, el atacado se defiende, y así tenemos en aquel tiempo el extraño espectáculo de una tensión entre dos de los más brillantes ingenios de la época. Procuremos ver cómo surge, se desarrolla y cómo acaba esta desavenencia.
¿Quién es Lope de Vega y por qué se declara tan ásperamente contra Cervantes?
Sabemos todos que Lope es uno de los mayores escritores de los siglos XVI y XVII y que su nombre había sido durante su vida muy conocido y querido por toda España; sus obras deleitaban los oídos y alegraban los corazones de todos los españoles. Y algo más: había cobrado fama en muchos países extranjeros, y junto con el renombre de España, se extendía también su propia fama por el mundo. Muy favorecido por la naturaleza, había manifestado sus facultades desde su juventud, ensayándose y logrando éxitos en todos los géneros conocidos hasta entonces (poemas épicos, pastorales, novelas de aventuras, poemas narrativos, numerosísimas églogas, cartas, ensayos históricos, cuentos, muchos sonetos, parodias y versos escritos en varias ocasiones) y particularmente en sus comedias que habían hecho de él el ídolo del pueblo español y difundido a lo largo y a lo ancho de toda España su nombre. Era Lope de Vega el que daba entonces el tono de la boga literaria y mundana también. Las damas llevaban adoraos y flores a la Lope. Fue denominado «El Fénix de los ingenios españoles» por la excelencia de su espíritu.
Y sin embargo, Lope era un hombre en todo contradictorio: de una parte «fervoroso creyente» y de otra «gran pecador», como define lo paradójico en su naturaleza Menéndez y Pelayo. Otro rasgo de su carácter es la extrema sensibilidad que se manifiesta en sus relaciones con parientes y cuantas gentes trataba; lo subraya él mismo: «Yo nací en dos extremos que son amar y aborrecer, no he tenido medio jamás».
CervantesPor otra parte, Cervantes, con menor renombre que Lope y con muy mala suerte, era también conocido por su Galatea (1585) y especialmente por su Quijote, que había tenido varias ediciones en el primer año de su publicación (1605).
No se sabe bien cuándo comenzó la enemistad entre los dos ingenios. Sainz de Robles, en su estudio preliminar a las obras escogidas de Lope de Vega, fecha esta enemistad pocos años después de 2602, «cuando aún eran amigos, por cuanto en La hermosura de Angélica se incluye un soneto del alcalaíno».
Cervantes y Lope de Vega habían sido amigos desde 1583, cuando se conocieron en casa del cómico Jerónimo Velázquez, calle de Lavapiés en Madrid, que Lope frecuentaba asiduamente, como enamorado de la hija de éste, Elena Osorio, y donde Cervantes acudía con la secreta esperanza de que Velázquez le pusiera en escena alguna comedia. Se conocieron y estimaron. Ya en la Galatea  Cervantes saludaba su joven talento.
Lope, a su vez, alaba a Cervantes en su Arcadia (1598).
Y he aquí que la publicación de El peregrino en su patria (1604) provocó la indignación de Cervantes. ¡Y había por qué! La portada de este libro, nos dice Sainz de Robles, llevaba un grabado historiado con el escudo las diecinueve torres, de Bernardo del Carpió, con una estatua de la Envidia, y una leyenda en latín: Quieras o no quieras, Envidia, Lope es o único o muy
raro; había también un retrato del jactancioso Lope y un soneto de Quevedo:
La envidia su verdugo y su tormento / hace del nombre que / cantando cobras, / y con tu gloria su martirio crece…
Cervantes conocía la ambición de Lope, su sed de gloria, pero tanta presunción y arrogancia no la pudo sufrir. Y le dirigió este soneto:
Hermano Lope, bórrame el soné— / de versos de Ariosto y Garcila—, / y la Biblia no tomes en la ma—, / pues nunca de la Biblia dices le—. / También me borrarás La Dragóme— / y un librillo que llaman del Arca— / con todo el Comedije y Epita—, / y, por ser mora, quemarás la Angé—, / Sabe Dios mi intención con San Isi—; / mas quiéralo dejar por lo devo—. / Bórrame en su lugar El peregri—. / Y en cuatro leguas no me digas co—; / que supuesto que escribes boberi—, / las vendrán a entender cuatro nació—. / Ni acabes de escribir La Jerusa—; / bástale a la cuitada su traba—.
En este soneto, como se ve, Cervantes atacaba muy violentamente toda la obra no dramática de Lope. Éste quedó atónito. ¡No podía creer a sus ojos!
Tenía Lope muchos amigos, pero aun más enemigos y envidiosos. Eran éstos de tres categorías. La primera era la de los seguidores de Aristóteles que no podían perdonar a Lope su desdén hacia los preceptos aristotélicos y su afición a un arte popular; en la segunda entraban los gongoristas que le atacaban con sus sátiras por sus poesías líricas y épicas, y, por fin, los dolorosos de la gloria, como les llama Sainz de Robles. Aquí cabría también Cervantes. Pero, vamos a ver. Ya antes de la aparición del Quijote (cuyo privilegio es del 26 de septiembre de 1604) la obra se conoció probablemente manuscrita en los medios de la Corte, y Lope debió de tener conocimiento de ella, y (aquí estalla su odio contra Cervantes) en una carta (fechada el 14 de agosto de 1604) a un médico, amigo suyo, escribe: «De poetas, muchos están en ciernes para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como
Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote». ¡Injusta e implacable apreciación! Y no nos extrañamos entonces cuando leemos el soneto de Cervantes.
Lope que no temía a Cervantes, porque se sentía superior a él, muy vejado, se ofusca completamente, y le envía, desde Toledo, una carta donde se ve que el Fénix ha perdido todo control interior:
Yo que no sé de los, de li ni le— / ni sé si eres, Cervantes, co ni cu—; / sólo digo que es Lope Apolo y tú / frisón de su carroza y puerco en pie. / Para que no escribieses, orden fue / del Cielo que mancases en Corfú; / hablaste, buey, pero dijiste mu. / ¡Oh, mala quijotada que te dé! / ¡Honra a Lope, potrilla, o guay de ti!, / que es sol, y si se enoja, lloverá; / y ese tu Don Quijote baladi / de culo en culo por el mundo va / vendiendo especias y azafrán romí, /y, al fin, en muladares parará.
Lope no ahorra los epítetos más vulgares: puerco, buey, potrilla, baladi, culo, muladar. ¡ Es una barbaridad! Y, claro, Cervantes, sintiéndose ofendido, toma su venganza, pero en un tono mucho más digno y correcto. Así, en el Prólogo de Don Quijote, hablando de la hesitación en que se halla, para sacar a luz su libro, dice a su amigo, haciendo alusión a Lope, que se siente confuso de salir con una leyenda, falta de erudición, sin acotaciones como»están otros libros, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos…» (subrayo yo). Evidentemente, Cervantes alude aquí a Lope: en El peregrino en su patria Lope a cada paso aduce los nombres de varios escritores
y filósofos: Boecio, Terencio, Platón, Demóstenes, etc. Luego, cuando (en el mismo lugar) dice que su libro «ha de carecer de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos», no dudamos de que alude aún a Lope,
para cuyas obras fueron compuestos sonetos por destacadas personalidades, pero la mayor parte de los cuales fueron escritos por el mismo Lope y después atribuidos a tal o cual gran escritor, dama noble, etc. Hoy día se sabe, por ejemplo, que los sonetos insertos en aquellos libros a nombre de Camila Lucinda (léase: Micaela de Lujan, la amada de Lope) fueron compuestos
por Lope mismo, puesto que aquella amiga suya no sabía firmar siquiera.
(TOMÁS S. TÓMOV)




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