viernes, 31 de agosto de 2018

Noche sin fondo (1-3)

Noche sin fondo

A esa hora de la noche, bajo la luz cobriza de la Calzada Madero, el viejo convertible conservaba intacta, en apariencia, toda su dignidad. Había algo imponente, venerable, en aquellas líneas realzadas del viejo Ford Galaxie rojo, los vivaces colores de fábrica, las impecables gomas banda blanca, el ronroneo felino del motor, la opulencia con que se desplazaba su mole silenciosa por la avenida desierta donde ya ni las almas se veían.
El Güero Padilla, al volante, manejaba con un porte que estaba a la altura de la situación. Brazo izquierdo apoyado discretamente sobre la ventanilla, la cara larga, afilada, casi tanto como la nariz, el gesto despectivo, el trago al alcance de la mano. Una especie de dandy blanco y rubio.

Gumersindo, a su lado, el imponente Gumer, sumergido en la oscuridad de su piel, mascullaba o masticaba entre dientes una especie de salmodia, el trago entre las piernas.
A espaldas de Gumer, en el asiento trasero -vaso con hielo y agua entre las manos-, Bonilla pronunciaba palabras ilegibles: Heidegger, Hegel, Kant, sein dasein. De vez en cuando decía Monterrey, Monterrey querido, hablaba solo de la debacle existencialista, del horario de los trenes, de su fascinación por los andenes, que son la imagen traslaticia y espacial de las despedidas y de las lágrimas, pero también de los regresos repletos de alegrías y de abrazos.
Willians, con la trompeta en el regazo, al otro lado, justo detrás del Güero, tarareaba una melodía, manicero. Willians acariciando la trompeta de maní, maní, maní el manicero se va. No la vayas a tocar, nos dejas sordos. La noche estaba creciendo en Monterrey querido y el frío comenzaba a apretar.
Hacía en realidad un frío de madre, de su maldita madre, y tenían la calefacción a todo dar, pero desde la última vez que bajaron la capota el convertible se había convertido en descapotado, solamente en descapotado y el maldito frío de Monterrey apretaba.
-¿Cómo pudo pasar esto? -preguntó el mecánico que intentó arreglarlo-. Parecería que alguien intentó bajar la capota con el coche a toda marcha y supongo que perdería el control, daría vueltas de trompo en la pista. El mecanismo está trabado, inservible. ¡Ay, Chihuahua!
El Güero Padilla y el imponente Gumer -dos de los cuatro dueños del vehículo- habían organizado en horas de la tarde uno de sus acostumbrados safaris urbanos, una expedición de caza o pesca que a veces daba buenos resultado y siempre causaba impresión.
Para los fines de lugar, montaban una especie de teatro. Gumersindo se vestía como un príncipe, con sus mejores galas, adoptaba un porte aristocrático y ponía cara de rico, más bien de alguien que estaba como podrido en dinero. El Güero se calaba una gorra, endosaba una especie de uniforme, simulaba ser el chofer, lo paseaba por la Plaza Zaragoza, le abría y cerraba la puerta, lo escoltaba con aire de matón como todo un guardaespaldas y cuando alguna chamaca se interesaba en el personaje decía en voz muy baja y misteriosa que era un príncipe de un país africano y prefería pasar de incógnito.
Cuando la ocasión era propicia sucedía un poco como con aquel pescador que tiró las redes y sacó tantos peces que estuvo a punto de hundir la barca. Es decir, llenaban el espacioso convertible de muchachas en flor, a veces media docena de muchachas en flor, las paseaban por la ciudad, revelaban al cabo de un tiempo su verdadera identidad, se daban a conocer como estudiantes del Tec, intercambian números de teléfonos, hablaban, reían, iban a veces a la farmacia a tomar helados y cervezas y a veces iban a bailar.
La pesca no había sido buena ese día y a eso de las ocho y media el príncipe y su chofer estaban haciendo fila en la boletería del cine teatro Florida y se juntaron con Willians y Bonilla. Era ese el lugar en que se presentaban los espectáculos que la Sociedad Artística Tecnológico ponía a disposición de sus estudiantes y personal docente. Esa noche estaba programada una función con un reducido núcleo del Ballet Bolshoi que dejó al público impresionado.
Después del maravilloso espectáculo, los del convertible y otros estudiantes se dirigieron a La Tranca. El popular cabaré -donde asistirían a otro tipo de espectáculo más o menos educativo- estaba en un segundo piso. Subieron por una angosta escalera, la única entrada y salida del local, y ocuparon varias mesas en una amplísima terraza al aire libre donde ya no cabía ni lugar a dudas.
Estaba repleta de estudiantes vociferantes en su mayoría, y el conjunto de Mike Laure tocaba una cumbia y lo que pasa es que la banda está borracha. De El lago de los cisnes en el Florida pasamos a lo que pasa es que la banda está borracha, está borracha, y a muchos parecía despertarles mayor entusiasmo que el dichoso lago de Chaikovski.
Después, en otra popular melodía, sucedió que cuando yo venía viajando, viajaba con mi morena y al llegar a la carretera se fue y me dejó llorando...Mi negra se fue llorando y a mí esa cosa me duele, se la llevó un maldito carro aquel 039... 039, 039, 039 se la llevó.
Cuando terminó la música ocurrió algo que nadie se esperaba, ocurrió lo peor de lo peor. Un cuate mal encarado se acercó a una mesa donde una bailarina hablaba con un bailarín y le pegó dos tiros.
El lío que allí se armó no es algo que pueda describirse cabalmente. Fue algo comparado a una estampida, algunos no se movieron de sus mesas, pero la mayoría de la gente gritó, saltó literalmente de sus sillas, y se dirigió en tropel hacia la angosta escalera, un callejón sin salida o con muy poca salida, donde muchos hubieran podido morir apachurrados.
En eso volvió a escucharse música, un furioso tambor que acompañaba la entrada en el escenario de seis jugosas bailarinas disfrazadas de esqueletos o calaveras que se acercaron al baleado difunto, lo cargaron en vilo y empezaron a bailar una especie de danza macabra.
A la atemorizada clientela le tomó un rato darse cuenta de que se trataba de un show de mal gusto y empezó a calmarse, pero mucha gente estaba irritada y magullada y manifestaba su descontento en voz alta con palabras generalmente alusivas a la chingada madre de los pinches organizadores de la chingada ocurrencia. Además, en el lugar casi no había vasos ni botellas que no estuvieran rotos, ni mesas ni sillas que no estuvieron patas arriba y la mayoría abandonó el lugar aprovechando el desorden para no pagar la cuenta.
Yo no estaba ahí. Esto me lo contó al otro día mi primo, el llamado Güero Culero.



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sábado, 28 de julio de 2018





Noche sin fondo (2)

28 julio, 2018







Avenida Francisco Madero, Monterrey. Fuente externa
Lo que ocurrió en La tranca esa noche me lo contaron después de muchas maneras y en la medida en que me lo contaban el relato crecía en sus dimensiones épicas y dramáticas. Una de las versiones incluía a un público despavorido que se arrojaba desesperadamente desde la terraza a la calle para escapar de una balacera interminable entre dos bandas rivales de mariachis.
A unos cuantos estudiantes les fue mal porque salieron del lugar con magulladuras y daños menores y sobre todo porque tomaron el camión, el autobús equivocado y fueron a parar a un par de cuadras del lugar en que vivían, la Colonia Roma.
En la ciudad de Monterrey de esa época, el odio o la envidia de clases se manifestaban con fuerza, sobre todo en los barrios marginales que colindaban con los residenciales. Había, en las calles de la Colonia Roma, una pared invisible que no podíamos atravesar impunemente. A nadie se le ocurría ir a comprar bebidas o cigarrillos en los estanquillos que estaban al otro lado. Un paso más allá de esa pared significaba entrar en territorio hostil, y fue allí, en territorio hostil, donde el camión dejó a los estudiantes, que vestían, por cierto, elegantemente con sacos y corbatas, cosa que representaba toda una provocación. En ese mismo lugar los recibieron, nada más bajar del camión, a pedradas, los obligaron a emprender la fuga a toda madre, a morderse la lengua en la carrera, a ensuciarse de lodo, a correr y correr hasta llegar a la Colonia Roma con un poco más de lengua que corbata y milagrosamente incólumes.
Los felices propietarios del Ford Galaxie rojo salieron, sin embargo, de La tranca sin un rasguño y al poco rato se encontraban navegando en la portentosa nave por la Calzada Madero.
El Güero Padilla, al volante, había adoptado un extraño aire de perdonavidas que no hacía juego con el porte principesco de Gumersindo. Bonilla repasaba mentalmente los principales acontecimientos de la larga noche y aludía a cada momento en voz baja al sein dasein heideggeriano, Willians se moría de ganas de tocar la trompeta, pero no se lo permitían.
Cincuenta años después, Frank Villalba recordaría que Gumersindo tenía muchas amigas y lo invitaba a pasear con cierta frecuencia en el coche, pero haciendo el papel de chofer y no de príncipe, y lo presentaba a las agraciadas diciendo que era su hermano. A veces, cuando las muchachas preguntaban por qué había entre ambos tanta diferencia de color, Gumersindo respondía que todo se debía al hecho de que Frank había nacido de día y él de noche.
Lo que no podían entender y no entendieron nunca era lo relativo a la definición del color que aparecía en sus documentos de identidad. Indio claro, indio oscuro.
Lo de oscuro se nota a leguas, decían, pero el indio no lo veían en parte. Algunas ignorantonas preguntaban incluso si acaso eran así los indios de su país, tan diferentes, por cierto, a los de México, y se alborotaban a veces con solo oírlos hablar en aquel español caribeño que irrespetaba las eses y la integridad de todas las palabras en general. El habla y el pelo crespo de los dominicanos podía hacer furor.
-Qué padre hablan -decían-. Y el pelo chino, qué padre.
Lo único que empañaba el recuerdo de aquellos momentos encantadores tenía que ver con el desaire, la puñalada trapera que les había infligido el perverso Cartagena. Cartagena era un tipo ocurrente, que andaba solo por lo general o en compañía de Barón, y Barón solía ser un tipo suave como agua mansa (de la que uno pide que lo libre Dios), aunque no menos ocurrente. Pero las ocurrencias de Cartagena no eran siempre graciosas y podían ser pesadas. Un día Frank y Gumersindo lo vieron pasar con aire distraído por la plaza de La Purísima, cerca del lugar en que se encontraban, compartiendo alegremente con un manojo de chamacas a bordo del Ford Galaxie rojo.
Gumersindo lo llamó con su habitual camaradería y le dijo Cartagena, ven a conocer estas flores. Cartagena no se dignó mirar. Paró la nariz y dijo, casi al descuido, gracias no, están casi todas marchitas.
Bonilla y Villalba conservaron también la amistad a través de un chingón de años y un día, mucho tiempo después de la dorada epopeya estudiantil, el primero recibió una carta del segundo que parecía jubilosa. Villalba le anunciaba, desde Baja California (casi desde otro planeta, muy parecido a Marte), que iba en pos de su segundo millón de dólares. Bonilla le respondió para felicitarlo y Villalba le dijo que no, que no era el caso, que no lo felicitara, que si iba en busca de su segundo millón de dólares era porque se había pasado la vida buscando el primero y no lo hallaba en parte.
Ahora, bajo la luz cobriza de la Calzada Madero, y a bordo del sigiloso Ford Galaxie rojo, lo que ocupaba la atención de los pensamientos de Bonilla no era Villalba sino Dinapoles, que se enfrentaba a una difícil encrucijada, la circunstancia más dramática de su vida.
Dinapoles era un genio, un matemático puro, un filósofo puro, y era, como todo genio, incomprendido.
Después de tantos años de esfuerzos y desvelos, después de tanto empeño en el estudio, estaba a punto de graduarse y no graduarse.
Acababa de presentar una enjundiosa y muy celebrada tesis, “Filosofía de las matemáticas”, pero no aparecía entre los profesores del Tecnológico un matemático que entendiera tanta filosofía ni un filosofo que entendiera las matemáticas.



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https://acento.com.do/2018/opinion/8602174-noche-sin-fondo-3/

Willians cerró los ojos para recordar y recordaba bien. En el asiento trasero del flamante Ford Galaxie rojo descapotado, justo detrás del Güero Padilla, el aire gélido de la noche de Monterrey lo mantenía despabilado.


Willians Jerez había recibido la noticia de la beca a bordo de un barco mercantil. Era marino y seguiría siéndolo: marino, trompetista, pianista, músico, artista, y desde luego un poco loco por definición y un poco pobre, más bien pobre en el sentido literal de la palabra, con una inteligencia despejada que no le permitía otras realizaciones hasta el día en que recibió la beca que el gobierno de Juan Bosch (fundador sietemesino de la democracia dominicana después del ajusticiamiento de Trujillo) dispensaba a granel a estudiantes meritorios sin importar clase ni origen. 
En Monterrey, Willians se ambientó en todos los ambientes que había conocido, como pez en el agua, a pesar de que era desierto lo que rodeaba a la ciudad. Al poco tiempo de llegar ya había formado un grupo de música popular que tocaba en fiestas familiares, salones de baile y ciertos lugares non sanctos a ritmo de merengue y salsa y otras géneros musicales menos gastronómicos.
En 1965, durante los primeros meses de la segunda intervención armada del imperio del norte a Santo Domingo, los cheques de la beca dejaron de llegar y los casi cien becarios dominicanos en Monterrey (y otros muchos lugares) empezaron a pasarla mal.
Algunos recibieron ayuda de sus familiares o se ayudaron mutuamente o ambas cosas, y otros lograron vivir o sobrevivir de lo que García Márquez llamaba en sus tiempos heroicos de París “el milagro cotidiano”.
Casi todos, sin contar a Willians, se vieron en serios aprietos económicos. Willians se instaló bajo contrato con su conjunto musical en un centro nocturno de mala muerte, o mejor dicho de mala vida, y allí se pasaba la noche tocando la trompeta y estudiando, ganándose el sustento y cierta fama por su aplaudida interpretación de “El manicero” (o manisero). 
Durante ese periodo especial tuvo lugar una famosa apuesta en la que, según se dice, participó de alguna manera Willians. Otros señalan a dos de los estudiantes que vivían en Los grises, un conjunto de apartamentos en la cercanía del Tecnológico. También se atribuye la ocurrencia a dos habitantes de La silla, otro conjunto de apartamentos para estudiantes, pero el hecho es que ahora ninguno de los responsables reconoce la paternidad del suceso. 
Nadie, en principio, tomó en serio la apuesta, de la cual se habló con varios días de antelación, pero era ya un principio de apuesta. Se apostó a que lo harían y lo hicieron. Una noche de diciembre de 1965, durante las fiestas del Señor que es hijo del Señor, se llevó casi felizmente a cabo.
Encuerados, calatos, en pelotas, desnudos como peces (a excepción de las gorras que cubrían sus cabezas) y con suficiente alcohol en la sangre, dos estudiantes anónimos  salieron trotando de su apartamento a la calle, al frío punzante -un suavísimo trote-, y emprendieron la vuelta a la manzana dejando atrás las miradas relativamente incrédulas de sus compañeros y cómplices. 
Al amparo de la noche, la sombra o la penumbra, en el ambiente casi bucólico del área y en la atmósfera de recogimiento de esos días, habrían debido pasar y pasaron desapercibidos durante la mayor parte del trayecto, pero en la penúltima etapa encontraron una inmensa familia que entre libaciones y fuegos artificiales celebraba en la galería el nacimiento del niño Dios.
Los trotadores no se inmutaron. Al pasar frente a la galería saludaron cortésmente, amablemente, quitándose las gorras y en ese mismo instante se armó la pelotera, el griterío de las mujeres escandalizadas y el júbilo de la chiquillada, las posibles llamadas a la policía.
Un corto trecho más adelante, al doblar la última esquina terminaba el trayecto e ingresaron de nuevo al apartamento, a la tibieza del nido, entre aplausos y risas, y vasos de tequila y de ron y de cerveza. 
En otra memorable ocasión, después que se regularizó la  llegada de los cheques y las aguas volvieron a su nivel, Barón contrató los servicios gratuitos de Willians y sus músicos para darle una serenata a una chamaca de la cual cierto amigo creía estar perdidamente enamorado o por lo menos infatuado.
Parece que fue ayer, diría Barón alguna vez, recordando el episodio.
En lontananza, parece que fue ayer. El valle de la primera canción que iban a cantar estaba plateado de luna y la serenata estaba a punto de empezar, pero no tan románticamente como se había planificado, sino a perdigonazos. Los serenateros tenían un buen tiempo ensayando poemas y canciones y ensayando tragos para darse calor y se saltaron una verja del jardín para acercarse a la ventana de la gentil doncella que dormía plácidamente. Y se acercaron tanto que cuando la voz aguardentosa y rompiente del enamorado, cuando aquel vozarrón trasnochado se hizo sentir como un trueno en la profundidad del silencio para dedicar la serenata y un poema, la  desgraciada agraciada pegó el grito al cielo y se metió despavorida bajo la cama clamando ayuda. Y en su ayuda acudió la voz del padre, apagada y legañosa, pero audible, rapidito mi vieja la escopeta, que hay ladrones, mi vieja, rapidito.
Tratando de remediar lo irremediable, igual de rapidito y un poco cagandito los músicos se hicieron señas para iniciar la velada y aclarar el equívoco, pero el tiempo apremiaba y por un momento temieron lo peor y se dieron a la fuga. Aquel valle plateado de luna y aquel sendero de mis amores que apenas iban a comenzar a cantar, hubieran podido teñirse de otro color. Pero la sangre no llegó al río. Apenas por un pelito el valle plateado de luna no se plateó de rojo. En cambio el  sendero de mis amores quedó intransitable por varios días.
Willians sonreía... Desde el asiento trasero del flamante Ford Galaxie rojo descapotado, mientras recibía en el rostro el golpe alado de la brisa fría, Willians sonreía al recordar que en ese episodio había participado un estudiante de ingeniería eléctrica a quien llamaban cariñosamente el Trípode.
Al Trípode le decían así por cierta mayúsculación sexual, una tercera pierna o pata que portaba con tanto orgullo como el apodo.
De acuerdo a fuentes no confirmadas, pero tampoco desmentidas, el Trípode entró en una ocasión a un sanitario del Tecnológico y se paró frente a un mingitorio a mingir, cerca de un profesor conocido por sus ocurrencias y buen humor. El profe, al parecer, echó una mirada involuntaria, indiscreta, al equipo colgante del Trípode y se sobresaltó, se espantó teatralmente, se echó hacia atrás como si temiera que pudieran morderlo.
¡Válgame Dios!, exclamó bruscamente con los ojos brotados, desorbitados, ¿usted trajo ese animal a orinar o a beber agua?



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martes, 28 de agosto de 2018

HOJAS DEL CAMINO

Pedro Conde Sturla
20 y 27 de marzo de 2017

 (1)


Discretamente se han ido desprendiendo las hojas del calendario, hojas del tiempo, las “Hojas del camino”, el poemario inédito de Dinápoles Soto Bello. 
El agraciado es un profesor de la universidad Madre y Maestra, un matemático, un poeta para el cual la poesía es un principio de incertidumbre:

“Si me ves pensativo, mi pequeña Tasmania, / no interrogues: ¿Qué piensas? Hay momentos supremos / de ocultas relaciones, en los que ignoraremos / el vuelo  misterioso que emprende el pensamiento. / Y nos parece  entonces que las flores dialogan / en mudo lenguaje, que el árbol en silencio / es un querido hermano; que la fontana es una / indistinta cadencia, hiladora de sueños, / que mi jardín amigo tiene extraños efluvios, emanaciones blandas de vida y de misterio; / que tiene el viento músicas, calladas, confidencias: / soplos de eternidad, leves, remotos besos… / En fin, que percibimos, lejanamente audible, / el palpitar  oscuro del corazón hermético / de la Naturaleza… / Mi  pequeña Tasmania, / a veces al mirarme en tus ojos inciertos, / transfigúrase el cielo de la humana existencia, / y formas más perfectas, dormidas en el tiempo, / se revelan silentes… Yo he aprendido en ti misma / porqués inexplicables, simbólicos secretos / que la razón profana desconoce engañada. / Tú me diste esta sed insaciable de ensueños, / esta astral inquietud, esta noche estrellada de visiones arcanas… / Ven, acércate. El cierzo / vagabundo entristece, cuando arrastra la hoja… / Es la hora del crepúsculo; un sopor, vago, inmenso, / se apodera de todo. Tú te quedas callada, / y en la penumbra triste, yo te miro en silencio…”. (“Si me ves pensativo…”, 1961).
Entre Amado Nervo y José Ángel Buesa, entre Neruda y quizás Machado, el hombre y su alma se hacen viejos, maduran, “las semillas se convierten en girasoles”, los versos “caen al alma como el pasto al  rocío”. Y así, “golpe a golpe, verso a verso”, van cayendo las “Hojas del camino” y aparece de pronto un “Trébol lírico” y el mismo principio de incertidumbre:  
“La tarde está tranquila; / las frondas mueve el viento, / y envuelta en un lamento / quejas tañe la esquila… / La tarde está serena; / errante vaga el cierzo, / en tanto que mi pena / deshecha va en un verso… / Canciones de misterio, / tristes pulsan las hojas; / hay, en el cementerio, / peregrinas congojas… / Flota un vapor de alma / que escapa de las huesas; / ¡Oh muerte! ¡Cuanta calma! / Qué lúgubres  tristezas!… / Arias crepusculares… / avanzo, pensativo; / algunos luminares, / en mi interior revivo.
Doliente de pesares / marcho rumbo a lo ignoto; / envuelto en azahares, llevo un poema roto…” (1959).
La poesía de “Hojas del camino” es muchas veces una  plegaria en la que el eros y el sentimiento religioso van casi siempre de la mano o se confunden. En “El beso sagrado” el  poeta eleva una oración y se entrega, como en otros poemas, a la nostalgia “de sentidos amores y de esperanzas yertas…”:
“Una vez, frente al rostro doliente de Jesús, / en una unción de labios, y temerosamente, / besamos en secreto nuestras bocas en cruz… / (….) / Fue sagrado aquel beso para nuestras conciencias. / Yo recuerdo tus ojos, de  penumbras inciertas; Yo recuerdo tus manos, de imprecisos temblores; / Yo recuerdo esas horas que han quedado ya muertas / entre el vaho lejano de sentidos amores, / de sentidos amores y de esperanzas yertas…”. (1959).
En algunas ocasiones la poesía de “Hojas del camino”, traduce un ideal, un conjuro de paz, recogimiento espiritual, alejamiento y acercamiento de todo lo que es humano, demasiado humano. El fraterno Dinápoles, como lo llama el filósofo Avelinus, se hermana en el poema “Quietud” con la lluvia, la quietud de la lluvia y, quizás en la tarde, ve llover y medita:
“¡Qué apacible dulzura! ¡Qué monótona paz / ¡Qué diálogo escondido que no escucho! / ¡Qué cercano alejamiento de las masas humanas!… / ¡Qué familiaridad de cosas indistintas!  / ¡Qué retorno feliz hacia mí mismo! / Todo esto sucede mientras llueve… / Calma. Húmedo ambiente, y gotas perezosas / que caen tristemente de las frondas… / Miro en silencio la quietud del patio, / y mientras la tarde me parece ausencia, / pienso…” (1959).
En su poesía más intima recorre el fraterno Dinápoles los caminos de la memoria infiel, evoca en  “Compañera” el fecundo recuerdo de aquella de la que apenas sabe el nombre, la lluvia y el silencio, sus “lámparas humildes”, “sus letras milagrosa”, “las álgebras del tiempo”:
“Apenas sé tu nombre después de tantos años. / Sobre mí  llovía tu silencio con tibieza fecunda / ablandando la tierra de mi aridez rebelde. / A mi lado encendiste tus lámparas humildes / en los fríos recintos de mi orgullo de siempre. /  Apenas sé tu nombre, compañera. / Aprendo agradecido sus letras milagrosas / cogiendo mariposas en tu mirada ingenua. / Tus manos se hacen agua de alivio y de reposo / en calcinados días quebrados de fatiga. / Después de tantos años, detengo mis afanes / para salir contigo a visitar las cosas. / Los árboles, las nubes, las casas, los amigos / se hacen más reales y permeables / por tu menuda vecindad magnética. / Ahora yo comprendo porqué la luna peina / con su luz de jacinto tus cabellos castaños. / Ahora yo comprendo las álgebras del tiempo / con sus  números de ensueños y planetas. / Son infinitos los detalles que descubro / en los claros caminos que sin ruido fabricas. /Tu nombre yo lo aprendo deletreando ternuras / en simples alfabetos de afanes y cuidados. / Apenas sé tu nombre, compañera (1979).
“La pequeña Karen”, un poema esencial que no pasa desapercibido, reproduce el eco, las pisadas, las huellas de la aventura espiritual que empieza con “mi pequeña Tasmania”. Ahora canta a la hija menor, aquella en que crecieron sus “árboles secretos”, sus “campanarios mudos”, los truenos de la sangre. Con ella canta a toda su progenie y se derrama un poco, al estilo de Neruda, en “besos leche y pan”. Además invoca un milagro cuando pide “que con sonidos de tu voz de avecilla / me limpies de pecado los sótanos del alma”:
“Hija, eres la más pequeña / y en ti crecieron altos mis  árboles secretos. / Hija, eres la más alegre / y en ti cobraron vuelo mis campanarios mudos. / Hija, eres la más rabiosa / y en ti rodaron vivos mis truenos en tu sangre. / Quiero que en esta noche de astros extinguidos / dibujes en mi frente / con tus dedos pequeños / constelaciones puras. / Quiero que tus bracitos construyan en mi cuello / apretadas circunferencias de ternura.  
Quiero que con sonidos de tu voz de avecilla / me limpies de pecado los sótanos del alma. / Tu papá recoge fuerzas de tu estatura mínima / y tus besos son yodo sobre sus heridas… / Si supieras, hija, cómo naufragan los horarios / en tu mirada sin fecha. / Invento números vírgenes / en tu sueño de niña. / Tu papá madura frutas en tu verano joven. / Hija: Eres la  más pequeña, la más alegre, la más rabiosa. / Yo puedo medir la altura de ese triángulo tuyo. / Contigo volaron mis palomas cautivas. / Contigo mis veleros conocieron el viento.  / Y contigo, hija mía de mi sangre, / el amor extendió / en esta adultez crecida / y combatida / su dulce coordenada de profundidad (1979).

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(2)

Hay una zona oscura, un lado oscuro en la poesía de Dinápoles Soto Bello, una vena necrófila que pocas veces se manifiesta con tanta intensidad como en el poema “Desposorio”:
“No sé de qué lejanas edades de los siglos / me llega tu perfume, cargado de misterio. / Tú vienes en la ronda de lívidos vestigios / a darme un beso incierto que sabe a cementerio”.

Dinápoles y amigos maroteando en Los Montones.
Sin embargo, como a toda acción se opone una reacción de igual magnitud y en sentido contrario, hay otra zona que podría llamarse humorística y festiva (un polo de la misma dialéctica) que se parece mucho al otras veces sombrío autor de “Hojas del camino”.
Sí, ocasionalmente en la poesía de Dinápoles Soto Bello hay notas de humor satírico y desenfadado al estilo de Juan Antonio Alix, a quien por cierto parodia en “El almuerzo en la cafetería de la Ucamayma”:
“Dice don Martín Garata / que es una perfecta vaina / y una cosa no muy grata / almorzar en la Ucamaima. / La comida allá es sabrosa / pero siempre bien poquita / por lo que no es poca cosa tener la boca chiquita” (1969).
El fraterno Dinápoles dedica en su poesía muchas horas místicas a la cristiana meditación (un poco a la manera de un conocido programa radial de la Farmacia Mella que sólo los viejucos recordamos), pero también se pone de vez en cuando los guantes, se pone de repente rebelde y pendencioso, se entrega “hasta la inconciencia” al jolgorio, tal como predicaba el común amigo Yuyo en los felices años de estudiantes en el Tecnológico de Monterrey. Como poeta festivo y casi libertino, viejo verde y travieso, el casi abstemio y casi casto Dinápoles da quizás lo mejor, lo “más mejor” y original de sí en poemas de la talla de “Alegrémonos, amigos”:
“¡Que bueno está este vino, compañeros! / Brindemos por nosotros y aplaudamos. / Descorchemos botellas de alegría / y encendamos los fuegos necesarios / en las lámparas rojas del instante. / El mañana y las horas, al carajo: / Masacremos el tiempo inoportuno / con limpias espadas de canciones. /
Alegrémonos amigos esta noche / fabricando guitarras con sonrisas. / Rompamos los diques cotidianos / con sonoros martillos de palabras. / Este vino está bueno, compañeros; /
brindemos por nosotros y aplaudamos / y al carajo mandemos a Descartes. / El “bebo, luego existo” es la verdad / que ese grave filósofo ignoró, / a pesar de su genio, que era grande. / Quien desee estar cierto de que existe / tómese unos tragos y verá /
la materia y la sangre en sus orígenes. / ¡Que bueno está este vino y cómo prende! / Brindemos por nosotros y aplaudamos. / Alegrémonos de estar aquí reunidos existiendo… / ¡Y al carajo la Física y Descartes!” (1979).
Casi en la misma onda rebelde y pendenciosa, el poeta la emprende en el poema “Vas naciendo” contra el “túnel burocrático”, contra la infame costumbre “de orinar todos los días, / de tener que dormir todas las noches”. Un tan brusco viraje, semejante trastorno quizás solo lo explica el hecho de que el poeta “vas” naciendo a la poesía. Definitivamente, la poesía lo está echando a perder:
“Vas naciendo a la poesía / con racimos ocultos, / despidiendo en la noche / sonidos transparentes, elaborando mieles / con abejas auténticas. Quieres ir más allá / del túnel burocrático, / más allá de orinar todos los días, / de tener que dormir todas las noches / con jornadas de terrosas epidermis… / Quieres perseguir en el tiempo que pasa / raíces absolutas. / Vas naciendo a la poesía / con crecidas experiencias en la sangre….” (1980).
El mayor arranque de rebeldía, o más bien de inconformismo, ocurre en el poema “Una limosna, por favor”, que dedica a Mirna Guerrero. Harto se declara el poeta “de tizas y oficinas”, “libros, cátedras y lápices”, “rutinas y cadalsos”, “Hasta de mí estoy harto y lo confieso”. Coquetamente rompe “los espejos”, no quiere ni mirarse, pobrecito. Harto hasta la coronilla está de helados y cervezas, “de líquidos suicidios amarillos”.
No dice, sin embargo si también está harto del champán, del Dom Perignon, del Chateu Petrus, del mabí Seibano:
“Estoy harto de tizas y oficinas / de libros, cátedras y lápices. / Estoy harto de zapatos y vitrinas / de tres veces comer y empolvarme, / de cajas mecánicas rodantes / y bicicletas ciegas, y camisas. / Estoy harto de pensar y fatigarme / harto de saludar la misma gente, / de Apolinar y Eduardo y Emmanuel, / de inodoros, cucharas y botellas / configurando rutinas y cadalsos. / No me invites a cines ni frituras, / no apetezco ni helados, ni cervezas, / no quiero pavonearme los domingos / por monumentos cívicos y parques / donde hormiguean estatuas con sonrisas. / No me ofendan con chácharas insulsas, / ni carcajadas de vientres satisfechos. / Alejen de mí esa copa tentadora / de líquidos suicidios amarillos. / ¿Para qué tantas cosas y fantasmas / acosando la sangre y el silencio? / Rompo los espejos, no quiero ni mirarme. / Hasta de mí estoy harto y lo confieso. / Me restriego los ojos con los días / y lloro herrumbres y viscosos líquidos. /
Únicamente les pido una limosna: / disuelvan estos óxidos del tiempo / en agua de música y palabras. / Únicamente les pido una limosna: / Recítenme un poema y muchas gracias” (1979).
He aquí, a mi juicio, la mejor manera de despedir o dar la bienvenida a la dinapolesca poesía de “Hojas del camino”.




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domingo, 26 de agosto de 2018

CONTRACORRIENTE

                                
Siempre preferí nadar contra la
corriente.
Mientras los jóvenes de mi época
se dejaban crecer
largas cabelleras,
yo me dejaba crecer
la calva.

viernes, 24 de agosto de 2018

Palemón el estilita

https://acento.com.do/2018/opinion/8600352-palemon-el-estilista/

“Palemón el estilita” es un poema del colombiano Guillermo Valencia que me persigue desde que tengo memoria. Se trata de un texto irreverente, delicado y cómicamente irreverente, que se escribió en una época (1907) en que la influencia del clero campaba por sus fueros y pudo haber sido objeto de censura si la fama y la influencia del autor no lo hubieran protegido con un manto de relativa impunidad.

Los estilitas o anacoretas eran monjes cristianos que vivían en lugares apartados, “dedicados a la contemplación, la oración y la penitencia”. Algunos llegaban al extremo de establecer su residencia “sobre una plataforma colocada en la cima de una columna (stylos en griego) permaneciendo allí durante muchos años e incluso hasta la muerte”.
Palemón, el personaje histórico, vivió probablemente en la primera mitad del siglo IV, y predicó en la Tebaida, Egipto. Lo poco que se sabe de él se le atribuye a su agradecido discípulo Pacomio. A la hora de su muerte Pacomio estuvo presente “para asistirle y para enterrarle, después de haber visto que los ángeles llevaban su alma al cielo”. El hecho puede hoy mover a risa a los incrédulos, pero era algo muy frecuente en aquellos tiempos como demuestra Alban Butler en su monumental “Vida de santos”.
Palemón, el personaje del poema de Guillermo Valencia, es fiel hasta cierto punto al de la historia ejemplar, pero a la larga el autor se toma ciertas libertades y describe la supuesta caída del santo en la tentación de la carne, la liberación del “instinto maniatado”. Esto, por supuesto, no es obra de la casualidad como se explica en la cita que sirve de epígrafe al poema. Es obra del demonio:
“Enfuriado el Maligno Spiritu de la devota e sancta vida que el dicho ermitanno facia, entróle fuertemientre deseo de facerlo caer en grande y carboniento peccado. Ca estos e non otros son sus pensamientos e obras. Apeles Mestres –Garin”.
La presentación poética de Palemón el estilita no deja nada a la imaginación en esta obra de orfebrería verbal que va cautivando al lector por el lujo de detalles de las deslumbrantes imágenes y el ritmo de la historia, el dominio del tema:
Palemón el Estilita, sucesor del viejo Antonio, / que burló con tanto ingenio las astucias del demonio, / antiquísima columna de granito / se ha buscado en el desierto por mansión, / y en pie sobre la stela / ha pasado muchos días / inspirando a sus oyentes / el horror a los judíos / y el horror a las judías / que endiosaron ¡Dios del cielo! / que endiosaron a una hermosa / de la vida borrascosa, / que llamaban Herodías.
Palemón el Estilita «era un santo». Su retiro / circuían mercadantes de Lycoples y de Tiro, / judaizantes de apartadas sinagogas, / que anhelaban de sus labios escuchar / la palabra de consuelo, / la palabra de verdad / que nos salve del castigo, / y de par en par el Cielo / nos entregue; sólo abrigo / contra el pérfido enemigo / que nos busca sin cesar / y nos tienta con el fuego de unos ojos / que destellan bajo el lino de una toca, / con la púrpura de frescos labios rojos / y los pálidos marfiles de una boca. / Alrededor de la columna que habitaba el Estilita, / como un mar efervescente, muchedumbre ingente agita, / los turbantes, los bastones y los brazos, / y demanda su sermón al solitario / cuya hueca voz de enfermo / fuerzas cobra ante la mies / que el Señor ha deparado / a su hoz, y cruza el yermo / que turbaron otros tiempos los timbales de Ramsés.
Y les habla de las obras de piedad y sacrificio, / de las rudas tentaciones del Apóstol y del vicio / que llevamos en nosotros; del ayuno y el cilicio, / del vivir año tras año con las fieras / bajo rotos quitasoles de palmeras; / y les cuenta lo que es sed y lo que es hambre, / lo que son las noches cálidas de Libia, / cuando bulle de planetas un enjambre, / y susurra en los palmares la aura tibia, / que provocan en el ánimo cansado / de una vida muerta y loca / los recuerdos tormentosos / que en los días pesarosos, / que en los días soñolientos / de tristezas y de calma / nos golpean en el alma / con sus mágicos acentos / cual la espuma débil / toca / la cabeza dura y fría / de la roca.
Ya se sabe, sin embargo, cuánto envidia la santidad y cómo actúa el demonio. Aquí gobernó veintidós años con el nombre de Balaguer y reencarna en casi todos los presidentes y figuras presidenciales. A Palemón se le apareció con traje de circunstancias exquisitamente femeninas. Ante la presencia de tan maravillosa criatura como la que Guillermo Valencia describe en versos memorables, Palemón no tenía la menor oportunidad. Se rendiría su alma a la tentación y el pecado, partirían la bella y la bestia hacia el goce infinitesimal de la carne, la consumación de la carne. El más espiritual de todos los pecados.
De la turba que le oía / una linda pecadora / destacóse: parecía / la primera luz del día, / y en lo negro de sus ojos / la mirada tentadora / era un áspid: amplia túnica de grana / dibujaba las esferas de su seno; / nunca vieran los jardines de Ecbatana / otro talle más airoso, blanco y lleno; / bajo el arco victorioso de las cejas / era un triunfo la pupila quieta y brava, / y, cual conchas sonrosadas, las orejas / se escondían bajo un pelo que temblaba / como oro derretido; / de sus manos blancas, frescas, / el purísimo diseño / semejaba lotos vivos / de alabastro, / irradiaba toda ella / como un astro; / era sueño / que vagaba / con la turba adormecida / y cruzaba / -la sandalia al pie ceñida- / cual la muda sombra errante / de una sílfide, / de una sílfide seguida / por su amante.
Y el buen monje / la miraba, / la miraba, / la miraba, / y, queriendo hablar, no hablaba, / y sentía su alma esclava / de la bella pecadora de mirada tentadora, / y un ardor nunca sentido / sus arterias encendía, / y un temblor desconocido / su figura / larga / y flaca / y amarilla / sacudía: / ¡era amor! El monje adusto / en esa hora sintió el gusto / de los seres y la vida; / su guarida / de repente abandonaron / pensamientos tenebrosos / que en la mente / se asilaron / del proscrito / que, dejando su columna / de granito, / y en coloquio con la bella / cortesana, / se marchó por el desierto / despacito… / a la vista de la muda, / ¡a la vista de la absorta caravana!…
PALEMÓN EL ESTILITA
Guillermo Valencia
14 de marzo de 2007.


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lunes, 20 de agosto de 2018

Vestir para existir (1-3)

Pedro conde Sturla

Vestir para existir (1 de 3)


En conclusión, al usar estas modas, las mujeres restringían su expresión corporal con la finalidad de parecer solemnes y elegantes

El hábito quizás no hace al monje, pero en algunos casos hace o deshace a la monja, por lo menos en lo que respecta a Doña Catalina de Erauso, la llamada monja alférez, una de las más célebres y terribles travestis de la historia. 
A Doña Catalina, entre otras cosas y muchos hechos de sangre, se le atribuye una autobiografía que los interesados pueden leer en :http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/historia-de-la-monja-alferez/html/ff38d5be-82b1-11df-acc7-002185ce6064_10.html
A ella, o a él, estará dedicada esta página que, en la presente y las próximas dos entregas, dejo en manos de Patricia Cabral (Conde), una traductora y especialista en la enseñanza de español y francés que ha impartido docencia en THE BIRCH WATHEN LENOX SCHOOL, New York City,  así como en Reading Learning Department, CUNY Graduate Center, New York City CATHEDRAL HIGH SCHOOL, New York City y otras prestigiosas instituciones.

Catalina de Erauso, la monja Alférez
Sus principales estudios y títulos de grado y posgrado incluyen: Rosary College, River Forest, Illinois, Doble Licenciatura en Francés e Historia del Arte (Summa Cum Laude); New York University, Maestría en Lengua y Civilización Francesa; New York University, Certificado de Avalúo de Bellas Artes y Artes Decorativas; Cooper-Hewitt, National Design Museum, Smithsonian Institution; and Parsons The New School for Design, Maestría de Historia de las Artes Decorativas y Diseño; Voluntariado en el  Musée des Arts décoratifs en Paris, y en la Hispanic Society of America .
De su amplia formación en historia de la cultura y del arte deriva su peculiar visión del mundo de la Monja AlférezDoña Catalina de Erauso,  y la puntual información sobre la opresión y violencia que la moda femenina ejercía y representaba en esa época. Algo que convertía a las mujeres en “Prisioneras tanto de la ropa exterior, como de la interior”. (PCS).
Vestir para existir y actuar de otro modo: la cuestión de travestismo en “La historia de la Monja Alférez Doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma” 
Patricia Cabral
A lo largo de la historia, el travestismo resquebrajó los cimientos delpatriarcado infringiendo las normas del binarismo de género referentes a la apariencia personal. En el caso de las mujeres que se enfundaban ropa de hombre, el llevar indumentaria masculina aumentaba y amplificaba laagencia de las mismas, amortiguando vulnerabilidades reales o construidas.
De fines del medioevo hasta los años veinte del siglo XX, las modasfemeninas, sobretodo aquellas prendas llevadas por integrantes de las clases altas, resultaban físicamente constrictivas. Prisioneras tanto de la ropa exterior, como de la interior, las mujeres estaban sujetas a una movilidad limitada. Las actividades y empresas como la caza, el combate, los torneos, el acarreo y pastoreo de ganado, las expediciones, las exploraciones, etc.,
caían dentro del ámbito de una corporeidad y corporalidad masculina que se manifestaba agresiva, dominadora e intensa. El caso de travestismo de Catalina de Erauso, conocida como la Monja Alférez, presenta especial interés ya que se trata de un personaje español, específicamente vasco o vizcaíno, que viajó a y vivió en la América colonial del siglo XVII.
Existen cuatro versiones de la vida y aventuras de la Monja Alférez, así como volantes publicados en Nueva España en 1625 y 1653 destacando las proezas de esta notoria figura (1). Este trabajo se apoyará mayormente en la autobiografía titulada Historia de la Monja Alférez Catalina de Erauso, escrita por ella misma.
El primer paso tomado por Catalina de Erauso para escapar a su reclusión dentro de un convento, y pasar a una vida de mayor libertad llena de aventuras y combates, fue el cambiar su apariencia física y su forma de vestir:
“Tiré no sé por dónde, y fui a dar en un castañar que está fuera, y cerca a las espaldas del convento, y acogíme allí; y estuve tres días trazando yacomodándome y cortando de vestir. Corté e híceme de una basquiña depaño azul con que me hallaba, unos calzones; de un faldellín verde de perpetuán que traía debajo, una ropilla y polainas; el hábito me lo dejé por allí, por no ver que hacer de él. Cortéme el cabello y echélo por ahí, y partí la tercera noche y eché no sé por dónde, y fui calando camino y pasando lugares por me alejar, …” (2).
El violento leitmotiv de cortar y penetrar se inició con la utlización de aguja y tijeras para hacer calzones de una basquiña (tipo de falda o saya), y una ropilla (prenda corta masculina de busto con mangas largas) y polainas (media calza que llegaba hasta la rodilla hecha de paño o cuero) de un faldellín (falda interior que usaban las mujeres debajo de la saya o basquiña) (3). Se deconstruye la identidad pasiva de mujer y de monja para crear la activa y luchadora de hombre. A diferencia de los actos de violencia que seguirían este proceso inicial de travestismo, este primer paso se limita a la “muerte” de identidad que libera en lugar de victimar. Su realización resultó crucial para lograr un cambio de vida radical. En el siglo XVII, llevar un hábito de monja significaba la clausura conventual; en contrapartida, llevar ropa femenina dentro del contexto de la vida secular, constreñía la motricidad cotidiana. Tanto la ropa interior como la exterior moldeaban, contenían, e inclusive castigaban el cuerpo femenino. Durante esta época, la silueta femenina ideal de las mujeres de la nobleza (alta, media o pequeña), y la pujante burguesía con aspiraciones sociales, se alcanzaba por medio de rígidos artilugios colocados debajo de la ropa exterior que podía ser un traje entero que consistía en una saya cortesana o entera, o un traje de dos piezas compuesto por un jubón (prenda rígida que cubría lo hombros hasta la cintura) y una basquiña (falda); luego de cubrirlo con unacamisa, el torso se contenía en un cartón de pecho (prenda de forma trapezoidal, construida o forrada de cuero, y reforzada con cartones otablillas de madera); sobre la falda interior o enagua(s) se acomodaba unverdugado (estructura acampanada de aros de mimbre, metal o maderaforrados de tela) que luego pasaría a ser guardainfantes (armazón redondo y hueco de aros flexibles de metal o mimbre unidos por cintas que se ataba a la cintura, exagerando el ancho de las caderas, y permitiendo disimular embarazos), cubierto por otra falda interior o pollera. A las múltiples capas y aparatos tiesos, se agregaban los adornos exteriores: la valona (cuello circular o cuadrado de tela almidonada, a veces levantado por medio de una armadura de alambre), mangas abultadas amarradas a los codos o muñecas por medio de lazos y con puños de encaje, abalorios y joyas diversas, etc.
Las mujeres calzaban zapatillas de cordobán (piel curtida de ternero obecerro decorada con relieves, dibujos pintados o dorados), las cuales podían ser insertadas en un segundo calzado, los chapines (carentes de punta y talón, con una gruesa suela de corcho cubierta de tela que aumentaba la estatura de quien los llevaba puestos). Aunque existían atuendos informales más cómodos y holgados, éstos se llevaban exclusivamente en espacios interiores. En conclusión, al usar estas modas, las mujeres restringían su expresión corporal con la finalidad de parecer solemnes y elegantes (4). Aún en su versión simplificada y menos onerosa, correspondiente al nivel social de la protagonista, este tipo de indumentaria hubiese impedido las acciones y los gestos feroces y vehementes realizados por Catalina de Erauso durante sus andanzas. 
 Notas:
1. Mary Elizabeth Perry, “From Convent to Battlefield. Cross-Dressing and Gendering the Self in the New World of Imperial Spain,” Queer Iberia. Sexualities, Cultures, and Crossing from the Middle Ages to the Renaissance, eds. Josiah Blackmore and Gregory A. Hutcheson (Durham: Duke University Press, 1999), 396.
Kathleen Ann Myers, Neither Saints Nor Sinners. Writing the Lives of Women in Spanish America (Oxford: Oxford University Press, 2003), 146.
2. Catalina Erauso, Historia de la Monja Alférez Catalina de Erauso, escrita por ella misma (Madrid: Cátedra, 2002) 95.
3. Francisco de Sousa Congosto, Introducción a la historia de la indumentaria en España, 462, 468.
4. Ibid, 147, 148, 149, 150, 151, 152, 445, 446, 451, 459, 460, 461, 462, 468, 469, 472, 473.



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Vestir para existir (2 de 3)

Doña Catalina de Erauso, la llamada monja Alférez, era todo un personaje. Asumió la identidad de un hombre y probó su hombría –su hombría hispánica- de la peor manera posible, ejerciendo con saña la violencia al servicio de las peores causas, la violencia y la misoginia.
Quedó atrapada o atrapado al nacer en un cuerpo de mujer contra el cual se rebeló, pero ese fue también el límite de su rebeldía. No era una simple travesti. El traje de hombre que vistió durante tantos años no era un disfraz, era su piel, su verdadera piel. Luchó toda la vida para ser aceptada como hombre y se distinguió como matarife, militar y matarife representante del “vir ibérico”, el machismo o masculinidad de los monstruos de la conquista .
“El martilleo brioso y continuo –dice Patricia Cabral en su radiografía del personaje- de reiterados eventos evocados por el uso de verbos conjugados en el pretérito, refuerza y consolida el molde identitario resultante del acto inicial de travestismo, y su prolongación a largo plazo”.
Nada que ver con feminismo ni protofeminismo. Esa extraña criatura llamada la monja Alférez era lo que aquí llamamos un macho de hombre, aunque “biológicamente incompleto”. (PCS). 
Vestir para existir y actuar de otro modo: la cuestión de travestismo en “La historia de la Monja Alférez Doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma”
Patricia Cabral
La transformación de aspecto permite el alejamiento eficaz y la adopción de una nueva identidad gracias al cambio de género, aunque éste sólo sea exterior. Esta modificación superficial genera alteraciones profundas capacitándola a ejercer la violencia, y a asumir la conducta inherente a la masculinidad tradicional según los parámetros peninsulares e imperialistas de la época. Al escoger una filiación militar, la Monja Alférez pasó a representar el vir ibérico, supremo monitor y ejecutor de la invasión y la colonización de América. El martilleo brioso y continuo de reiterados eventos evocados por el uso de verbos conjugados en el pretérito, refuerza y consolida el molde identitario resultante del acto inicial de travestismo, y su prolongación a largo plazo. La Monja Alférez es lo que hace, y lo que hace es ceñir su espada para cortar la cara del adversario, bregar, entrar la punta de la espada en el cuerpo de su contrincante, estar siempre con las armas en la mano, atropellar, matar, herir, hacer muchos daños, batallar, hacer diez mil añicos de un muchacho indígena, hacer tal estrago que corra como un río la sangre de sus víctimas, tirar una estocada, embestir, descerrajar, derribar, dar un arachuelo en la cara con un cuchillejo, y entrarle una estocada al italiano que se atrevió a ofender su hispanidad ibérica. (5) La masculinidad de la Monja Alférez se efectúa por medio de la tropelía, la trampa y la crueldad, compensando por su condición de hombre biológicamente incompleto. (6)
Sin embargo, la forma de travestismo de la Monja Alférez no desafía, ni cuestiona los cánones establecidos por la Iglesia Católica y el Imperio español; es decir, se pasa de un molde a otro, no se pone en duda el sistema que los ha engendrado. Inclusive, el amalgamar patrones de conducta asignados por separado a cada género, y basados en paradigmas morales propios de la civilización española católica, produce a la vez un personaje híbrido y curioso. Se adopta el vestuario, la belicosidad y los prejuicios del vir ibérico. En efecto, paradójicamente, la Monja Alférez concluye siendo el vir “perfecto” al conjugar las dos versiones del concepto de honor, tanto la masculina como la femenina: un valiente guerrero contenido sexualmente de manera absoluta al mantener su virginidad. Se absorben y condensan los aspectos ideales de la dualidad de género conforme a la fascinación por lo insólito y teatral del espíritu barroco, las doctrinas católicas sostenidas y reforzadas por la Contrarreforma y el Concilio de Trento, y la política expansionista del Imperio español, configurándose un sujeto misceláneo, y una especie de superhéroe colonizador. Instrumental y calculada, la transgresión de la Monja Alférez se adecuó a sus circunstancias personales, dando cabida a un posible y supuesto arrepentimiento de conveniencia expresado por medio de la asidua búsqueda de asilo en iglesias (opción que procede de la ley medieval denominada “el asilo en sagrado”), seguida de las debidas confesiones.
De ninguna manera supuso una rebelión unilateral e intransigente con la intención de socavar y demoler un sistema de vida. No se trata de un acto protofeminista. Esto se manifiesta en un episodio que ocurre al final de la obra, en el cual la Monja Alférez actúa como un macho misogino al insultar y amenazar a dos mujeres: “En Nápoles, un día, paseándome en el muelle, reparé en las risadas de dos damiselas que parlaban con dos mozos, y me miraban. Y mirándolas, me dijo una: —Señora Catalina, ¿dónde es el camino?— Respondí: —Señoras p… a darles a ustedes cien pescozadas, y cien cuchilladas a quien les quiera defender—. Callaron y se fueron de allí.” (7)
No acepta ser llamada “Señora Catalina” y ser señalada como mujer por mujeres que considera moralmente inferiores.
Del mismo modo en que utiliza ropa para convertirse en hombre, Catalina se vale de la confesión para recuperar su condición original de mujer, insistiendo en su estado de virginidad para salvaguardar su reinserción social de manera honorable. (8)
La Monja Alférez realiza dos confesiones, la primera al fraile Luis Ferrer de Valencia, (9) y la segunda al Obispo de Guamanga: “Señor, todo esto que he referido a V.S. ilustrísima no es así; la verdad es que soy mujer, que nací en tal parte, hija de fulano y sutana; que me entraron de tal edad en tal convento, con fulana mi tía; que allí me crié; que tomé el hábito; que tuve noviciado; que estando para profesar, por tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello; partí allá y acullá; me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé; correteé, hasta venir a parar en lo presente, y a los pies de su señoría ilustrísima.” (10)
A pesar de admitir sus crímenes y fechorías, la Monja Alférez, juega su última carta al insistir sobre su castidad y permitir que ésta sea debidamente confirmada: “A la tarde, como a las cuatro, entraron dos matronas y me miraron y se satisficieron, y declararon después ante el obispo con juramento, haberme visto y reconocido cuanto fue menester para certificarse y haberme hallado virgen intacta, como el día en que nací.” (11)
Después de haber vivido casi veinte años como hombre, soldado y pícaro, Catalina se ve obligada a vestir hábito de monja y a vivir primero en el convento de las monjas de santa Clara de Guamanga por cinco meses, y luego en el convento de la Trinidad en Lima durante dos años y cinco meses, permitiéndosele volver a España al probarse que no había sido monja profesa. (12)
NOTAS:
5. Erauso, Historia de la Monja Alférez Catalina de Erauso, escrita por ella misma, 103, 106, 113, 114, 115, 116, 117, 125, 127, 128, 133, 148, 152, 153, 156, 166, 172.
6. Myers, Neither Saints Nor Sinners, 148.
7. Erauso, Historia de la Monja Alférez Catalina de Erauso, escrita por ella
misma, 175.
8. Myers, Neither Saints Nor Sinners, 157.
9. Erauso, Historia de la Monja Alférez Catalina de Erauso, escrita por ella
misma, 153.
10. Ibid, 160.
11. Ibid, 161.
12. Ibid, 162, 163, 164 l



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Vestir para existir (3-3)

Algo que se destaca en la vida de Catalina de Arauso –como bien hace notar la autora de este trabajo- es que la “conversión” en hombre le dio cierto poder y autonomía, pero fue la revelación de su condición de mujer lo que la hizo famosa y le valió el reconocimiento. La transgresión sexual, por la que pudo haber terminado en la hoguera, fue amortizada por sus incontables servicios, sus incontables crímenes al servicio de la corona y de la fe. Tanto así que el monarca Felipe IV la premió con una renta de ochocientos escudos y “le confirió una encomienda”, mientras que el santo papa Urbano VIII le concedió “el derecho a seguir vistiendo indumentaria masculina”.
En la sociedad de la época, las desviaciones a los “códigos morales y estereotipos de género” no quedaban sin castigo, y el castigo era ejemplar. La monja Alférez los violó todos, pero al servicio del orden establecido. (PCS).
Vestir para existir y actuar de otro modo: la cuestión de travestismo en “La historia de la Monja Alférez Doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma”.
Patricia Cabral

Catalina de Erauso
La agencia (o capacidad de actuar) adquirida a través del travestismo la insta a decidir su destino, y a responder lo siguente al señor obispo don Julián de Cortázar cuando éste insiste en que se quede en el convento de su orden en Santa Fe de Bogotá:
“Yo le dije que no tenía yo orden ni religión, y que trataba de volverme a mi patria, donde haría lo que pareciese más conveniente para mi salvación.”13
Aún sintiendo atracción por algunas mujeres, la Monja Alférez protege el secreto de su género biológico evitando la actividad sexual y el casamiento.14 No obstante, a pesar de lo persuasivo y firme que es el tono de la narración, ciertas situaciones resultan improbables. Tomando en cuenta la relativa androginia de Catalina, las múltiples ocasiones en que la protagonista se encuentra “desnuda” hacen dudar de su capacidad real para ocultar su secreto durante tanto tiempo. Víctima de asaltos y heridas graves que requieren el cuidado y la observación de otras personas, Catalina corre a menudo el riesgo de ser descubierta como mujer.15 En el primer caso, se puede inferir que se trata de una relativa desnudez en que el personaje queda en ropa interior. En cambio, en el segundo caso parece menos probable aún teniendo en cuenta que carecía de busto al haberse aplicado “emplastos” para “secar” y reducirlo.16 A fin de cuentas, podemos igualmente asumir que estos frecuentes momentos de tensión tienen simplemente el objetivo de mantener el interés de los lectores, y ensalzar el prodigio que significó el caso de la Monja Alférez. La ambigüedad y ambivalencia tanto del género, como de la sexualidad del personaje se traducen en su lenguaje: la Monja Alférez vacila contantemente entre referirse a sí misma como mujer u hombre, alternando pronombres y adjetivos de ambos géneros. Esta alternancia aparece tanto en la edición de Joaquín María de Ferrer publicada en 1829, como en la de Ángel Esteban fechada 2002.17 En resumen, transformarse en hombre le permitió realizar hazañas y establecer su autonomía, en cambio revelar que era mujer le granjeó la fama, el reconocimiento por su servicio a la monarquía española por parte de Felipe IV —específicamente por su participación en la guerra de Arauco contra los mapuches en Concepción y Valdivia en el Reino de Chile—, acompañado por una renta de ochocientos escudos, y el derecho a seguir vistiendo indumentria masculina concedido por el papa Urbano VIII quien le instiga a vivir honestamente y no ofender a nadie. Según escribe Stephanie Merrim en “Catalina de Erauso: From Anomaly to Icon,” el rey español también le confirió una encomienda.18. Independientemente de haber sido aceptada por su notoriedad, Kathleen Ann Myers en Neither Saints nor Sinners, sostiene que la sociedad española (y en general la europea) cuyos códigos morales y estereotipos de genero teóricamente no admitían desviaciones, no estaba dotada ni cognitiva, ni ideológicamente para lidiar con el fenómeno desconcertante que representó la Monja Alférez. Este hecho jugó a su favor, permitiéndole construirse una identidad en oposición a los roles de género establecidos, pero que se alineaba con los intereses político-económicos del Imperio español.19
Su travestismo es celebrado y hasta alabado en vista de que aspira al ideal androcéntrico de este medio sociocultural y momento histórico que contempla al hombre como un ser superior tanto física, como espiritualmente.20. Empero cabría precisar que en principio su aporte al sistema patriarcal expansionista se limitó a la defensa militar de manera puntual; ella no participó, que se sepa, a la economía de la creación al evitar el ciclo reproductivo que genera una posteridad demográfica.
Finalmente, en 1630, la Monja Alférez regresó a América, tomó el nombre de Antonio de Erauso, y vivió como arriero y comerciante en la ciudad de Veracruz.21. La sociedad en flujo —menos centralizada y supervisada— y los espacios extensos del continente americano se ajustarían mejor a su carácter intrépido e independiente.
Notas
13. Ibid, 164, 165.
14. Stephanie Merrim, “Catalina de Erauso: From Anomaly to Icon,” Coded Encounters. Writing, Gender, and Ethnicity in Colonia Latin America, ed. Francisco Javier Cevallos-Candau, Jeffrey A. Cole, Nina M. Scott and Nicomedes Suárez-Araúz (Amherst: University of Massachusetts Press, 1999), 178, 182.
Perry, “From Convent to Battlefield. Cross-Dressing and Gendering the Self in the New World of Imperial Spain,”399, 400.
Erauso, Historia de la Monja Alférez Catalina de Erauso, escrita por ella misma, 104, 109, 122, 123.
15. Erauso, Historia de la Monja Alférez Catalina de Erauso, escrita por ella misma, 144, 149, 153, 160, 168, 170.
16. Perry, “From Convent to Battlefield. Cross-Dressing and Gendering the Self in the New World of Imperial Spain,” 397.
17. Refiérase a las notas 201 y 202 al pie de la página 161 de Historia de la Monja Alférez Catalina de Erauso, escrita por ella misma, edición de Ángel Esteban, 2002.
Merrim, “Catalina de Erauso: From
Anomaly to Icon,” 182.
18. Erauso, Historia de la Monja Alférez Catalina de Erauso, escrita por ella misma, 169, 173.
Merrim, “Catalina de Erauso: From
Anomaly to Icon,” 179, 183.
Myers, Neither Saints Nor Sinners, 141, 144, 145, 147.
Perry, “From Convent to Battlefield. Cross-Dressing and Gendering the Self in the New World of Imperial Spain,” 409.
19. Myers, Neither Saints Nor Sinners, 148, 157.
Perry, “From Convent to Battlefield. Cross-Dressing and Gendering the Self in the New World of Imperial Spain,” 413.
20. Erauso, Historia de la Monja Alférez Catalina de Erauso, escrita por ella misma, 173, 174.
Merrim, “Catalina de Erauso: From
Anomaly to Icon,” 188, 189, 190.
Myers, Neither Saints Nor Sinners, 148.
Perry, “From Convent to Battlefield. Cross-Dressing and Gendering the Self in the New World of Imperial Spain,” 411.
21. Myers, Neither Saints Nor Sinners, 141.
Perry, “From Convent to Battlefield. Cross-Dressing and Gendering the Self in the New World of Imperial Spain,” 409.
Merrim, “Catalina de Erauso: From
Anomaly to Icon,” 179.
Bibliografía
Anderson, Ruth Matilda. Hispanic
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Hispanic Society of America, 1979.
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