sábado, 31 de julio de 2021

La rueda de la fortuna (1)

Pedro Conde Sturla

30 julio, 2021

La firma del tratado Trujillo-Hull se convirtió de la noche a la mañana —por órdenes de la bestia— en el hecho histórico más transcendente de la historia dominicana, con excepción, quizás, del día del nacimiento de la bestia, la llegada al poder de la bestia, el cumpleaños de la mamá de la bestia... La pluma, con la que había firmado, el 24 de septiembre de 1940, se convirtió o quiso ser convertida por el congreso en un símbolo patrio, y el Padre de la Patria Nueva y Benefactor de la patria se convirtió ademas en Restaurador de la Independencia Financiera.

El tirano también había ordenado a sus fieles que se declararan en estado de regocijo, que se produjera un estallido de júbilo nacional, que todo el pueblo dominicano celebrara como una fiesta patria el magno acontecimiento y que todos los corazones rebozaran de gratitud, que la gente llorara de alegría y lo recibiera en triunfo como al Dios Apolo en su carro triunfal, que le arrojaron bendiciones al pasar. De hecho, a su regreso al país fue enaltecido, glorificado, deificado, ensalivado circunstancialmente por una lluvia torrencial de alabanzas.

En el Altar de la Patria se colocó una tarja de bronce con una inscripción que decía más o menos eterna gloria a Trujillo, benefactor de la patria, a cuyos esfuerzos y sacrificios debe el pueblo dominicano la feliz recuperación de su soberanía financiera...

El tratado Trujillo-Hull fue uno de los acontecimientos más celebrados y sazonados durante la era fatídica de la bestia. Tanto así que, en1944, tres años antes de la liquidación de la deuda, se inauguró en el malecón —la flamante avenida George Washington—, el Monumento a la independencia financiera.

En realidad es un monumento al mal gusto, un discreto adefesio, formado por dos monolitos, al que la gente puso el nombre de obelisco hembra en contraposición al monolítico y falocrático obelisco macho, otro adefesio, que se encuentra en la misma avenida a corta distancia y conmemora o conmemoraba el cambio de nombre de la ciudad de Santo Domingo a Ciudad Trujillo en 1936.
Originalmente el obelisco hembra tenía unas esculturas en alto relieve, alusivas a las musas, y una tarja en tres idiomas —francés, inglés y español—, con las consabidas alabanzas al tirano. Un derrame de alabanzas y explicaciones sobre el histórico hecho que rememoraba el monumento.

El regreso de la bestia no fue motivo de alegría para todos sus seguidores. Uno de los más encumbrados, el general José Estrella, quizás el más encumbrado y más fiel y confiado de todos, cayó repentinamente en desgracia, sintió en carne propia los efectos desfavorables de la rueda de la fortuna, de los cambios de humor y del favor del voluble tirano, y se convirtió durante un tiempo en chivo expiatorio. Fue acusado, en pocas palabras, de todos los excesos que había cometido al servicio de la bestia.

El general José Estrella era un hombre que ejercía funciones de procónsul en ausencia de la bestia. Se había desempeñado como gobernador de Santiago, un gobernador cuya palabra era ley, batuta y constitución. Luego había sido nombrado Comisionado Especial en el Norte, con poderes discrecionales que ejercía dictatorialmente, pero siempre al servicio de la bestia. Quizás no había otro hombre con tanto poder en el país después de la bestia, y ninguno más leal. Él, más que ninguno, había contribuido a llevar y mantener en el poder a la bestia y más que un hombre leal era un incondicional.

Sin embargo, durante la última estadía de Trujillo en los Estados Unidos, con motivo de la firma del tratado, se esparcieron rumores, quizás solamente rumores, que empañaban la impecable hoja de servicios del general José Estrella. Rumores o calumnias que sugerían que el leal servidor se sentía ya bastante fuerte para tratar de sustituir a la bestia.

Dice Crassweler que José Estrella había puesto su lealtad a Trujillo por encima de su propia familia cuando su sobrino Rafael estrella Ureña fue perseguido y obligado a salir del país durante los primeros meses de su gobierno. Era una lealtad enfermiza, retorcida y morbosa. José Estrella —dice Crassweler— se inclinaba para rezar (o quizás para fingir que rezaba) ante el retrato de la bestia que tenía en su hogar. Si lo hacía con sinceridad, con sentida devoción, o para convencer a los informantes de que era más papista que el papa, es algo que no está establecido. José Estrella era un tipo rústico, iletrado, pero conocía a la bestia y de seguro sabía a que atenerse. Quizás intuitivamente percibía que el favor de los poderosos no era cosa confiable.

La bestia le había dado grandes muestras de estima, le había entregado el Cibao a manera de feudo, lo había elogiado en más de un discurso, había dicho que era el más eficiente de todos sus asociados, que era el hombre que velaba por sus intereses, que él veía allí donde su ojo vigilante no alcanzaba a ver, que enfrentaba a las balas con su pecho para proteger su vida, que era cabal y honesto y responsable como ninguno, que en él la ley tenía el más firme respaldo. El general José Estrella era, de hecho, el asociado más eficiente que había estado a su lado durante sus años de gobierno, fue el hombre que la bestia escogió como padrino de su adorado hijo Ramfis y nunca dejaba de visitarlo cuando pasaba por Santiago.

Así las cosas, parecería que Trujillo era tan estrellista como Estrella era trujillista. Pero al cabo de unos cuantos días de su regreso al país el 8 de octubre de 1940 —después de la firma del glorioso tratado Trujillo-Hull—, Estrella fue dado de baja. Fue despojado de todos sus cargos. Otro incondicional, Mario Fermín Cabral, fue nombrado en su lugar como gobernador de Santiago.
Lo que se montó al regreso de la bestia fue una farsa, una especie de circo mediático que hizo las delicias de la opinión pública hasta el mes agosto de 1941.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [57]
https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/ 04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator




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sábado, 24 de julio de 2021

La redención de la deuda

Pedro Conde Sturla

23 julio, 2021

Firma del tratado Trujillo-Hull

Cuatro meses después de haber resucitado de entre los muertos, la bestia se encontraba en Washington. La operación de ántrax había sido un éxito, aunque el paciente había estado a punto de morir, y ahora se encontraba en la capital del imperio, firmando el tratado Trujillo—Hull. La misma bestia se había nombrado Embajador extraordinario en misión especial, un cargo que le daba potestad para firmar el documento, y asistió puntualmente a la ceremonia, que se efectuó el 24 de septiembre de 1940. Para estar presente había hecho un esfuerzo sobrehumano, o mejor dicho bestial. Dice Crassweller que todavía no estaba físicamente recuperado y que bajo su camisa de cuello alto se disimulaba el vendaje que cubría la herida. Había sufrido, recientemente uno de sus recurrentes ataques de malaria y bajo cualesquiera otras circunstancias no habría abandonado su cama y que su debilidad era visible en la inusual firma que estampó en el documento. Ese fue —dice Crassweler— probablemente el cenit de su carrera, el punto más alto que llegara alguna vez a alcanzar como estadista.

El tratado permitiría, en unos cuantos años, al gobierno de la bestia la recuperación de las aduanas que estaban en manos del imperio desde la Convención dominico—americana de 1906, la compra del First Nacional City Bank y sus sucursales y su conversión en Banco de Reservas, la creación del Banco Central de la República, el pago de la deuda pública externa y la puesta en circulación del peso domicano, que durante largos años se mantuvo a la par con el dólar.

Los apologetas del trujillismo se jactan a boca llena de estos y otros supuestos grandes logros del régimen de la bestia. Hablan de la redención de la deuda externa en términos mesiánicos, la solución de la cuestión fronteriza, el desarrollo y modernización del país y el orden y la paz sociales, y hasta de un supuesto carácter progresista e incluso nacionalista de su régimen . Todos sus crímenes, bellaquerías y latrocinios palidecerían al parecer en comparación con tan grandes hazañas.

Pero las cosas están de otra manera. La recuperación de las aduanas y cancelación de la deuda pública externa en 1947, le permitió a la bestia manejar las finanzas a su antojo y le dejó pingües beneficios. Además, una parte de esa deuda había sido contraída para financiar sus propias empresas: la construcción del hotel Jaragua, por ejemplo, y muchas otras.

De acuerdo con el economista Martínez Moya el dictador fue “uno de los gobernantes que más rápido ha endeudado la República, si no superó a Lilís fue por el tiranicidio, era la tendencia que llevaba su gestión”.

Cierto es que “El 21 de julio de 1947 liquidó la deuda del Estado con bonistas en el exterior por el monto de US$9,271,855.55,” pero “para pagar a bonistas tomó un préstamo de corto plazo en el Banco de Reservas por US$9.2 millones, a un interés de 5%, garantizado el repago con los impuestos. Lo que hizo en 1947 fue cambiar de acreedor, el Banco de Reservas ocupó el lugar de los bonistas”.

En definitiva, “Contrario a la propaganda que se vendió, el dictador era pésimo administrador de las finanzas públicas, lo dicen las estadísticas históricas. Los déficits y endeudamientos públicos habían sido prohibidos por la Convención de 1907 y ratificado por la de 1924. El panorama cambió desde que se sintió libre, de 1938 a 1947 acumuló faltante en el Presupuesto Público por US$16.9 millones y US$33.7 millones de 1950 a 1960. Como resultado, en 1961 las finanzas publicas estaban más endeudadas que en 1931 (US$16,292 millones), sin cambio de importancia en el ingreso per cápita del dominicano, de US$233 en 1931 pasó a US$264 en 1961. Si de tiempo en tiempo se revive la propaganda política mentirosa de Trujillo, es porque la historiografía especializada moderna no ha corregido lo que se lee en libros de historia sobre la deuda pública”. (1)

En el mismo orden de ideas, explica Bernardo Vega con lujo de detalles:

“Durante la dictadura de Trujillo, y todavía hoy día, se citan como grandes logros del régimen del tirano la eliminación del control norteamericano sobre las aduanas, el repago total de la deuda externa, la creación del Banco Central y el peso dominicano, la acelerada industrialización durante la posguerra, la ayuda al campesino y la definición del territorio nacional a través de un tratado fronterizo con Haití.

“La realidad, que nunca se hizo pública durante la dictadura, fue que Haití logró su control aduanal seis años antes que los dominicanos, tuvo moneda propia en 1935, 12 años antes que los dominicanos, y pagó su deuda externa el mismo día que los dominicanos. La República Dominicana fue uno de los últimos tres países de América Latina en tener un Banco Central y moneda propia. Su industrialización fue una de las más lentas del continente, Trujillo quitó tierras a campesinos pobres y el tratado fronterizo realmente se firmó durante el gobierno de Horacio Vásquez y lo que hizo el dictador, al firmar un protocolo de este, fue entregar tierras a Haití que bajo el tratado firmado por Vásquez eran dominicanas, a cambio de un pacto político bajo el cual el Gobierno haitiano se comprometió a no permitir la presencia de exilados antitrujillistas en su territorio”. (2)
A pesar de todo, todavía los trujillistas y mucha gente pregonan y piensan que a Trujillo hay que agradecerle por su política de obras públicas, el sistema de educación y salud, las buenas escuelas y hospitales, el bienestar y progreso acumulado en tres décadas de orden.

Eso sucede cuando se pierde de vista lo esencial y se presta atención a lo circunstancial o accesorio, a lo que “depende de una cosa principal o está agregado a ella”. Lo que se debe a Trujillo es la creación de una cárcel cementerio, un cementerio carcelario, un régimen de horror e iniquidades perfectamente organizado en el cual el orden y el progreso forman parte del mecanismo de represión, son la parte visible de una mazmorra con fachada de relumbrón. El orden era el terror y la paz era un cementerio.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [55]
https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Notas:
(1) Arturo Martínez Moya, “Trujillo no pagó la deuda pública en 1947” ( https://hoy.com.do/trujillo-no-pago-la-deuda-publica-en-1947/)
(2) Bernardo Vega “Las falsas hazañas de Trujillo” (http://revista.global/las-falsas-hazanas-de-trujillo/)

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator




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sábado, 17 de julio de 2021

La resurrección de la bestia

Pedro Conde Sturla

16 julio, 2021

Foto de Trujillo después de la operación de ántrax

A la muerte de Jacinto Bienvenido Peynado y Peynado en 1940 —a mitad de su período como presidente títere de la República—, ocupó la presidencia otro títere de nombres y apellidos igualmente rimbombantes: Manuel de Jesús María Ulpiano Troncoso de la Concha.


Al igual que 
Peynado, Troncoso era un abogado manso y culto, una de esas personas en las que la bestia confiaba, si acaso era capaz de confiar en alguien. Se lo impedía el instinto, su natural instinto de fiera que le salvó la vida muchas veces. Pero con Troncoso no tendría la bestia ningún tipo de problemas.

Sin embargo, el inicio del gobierno de Troncoso fue poco auspicioso. Durante el mes de mayo, poco tiempo después de su juramentación, se le presentó a la bestia el peor de los problemas que había tenido que enfrentar hasta el momento, una inesperada situación de vida o muerte. Esta vez no era un enemigo externo sino interno. Una enfermedad infecciosa muy grave e indeseable, el ántrax, que se contrae a través del contacto con animales y puede ser mortal en muchos casos. Aparte de grave, el ántrax es desagradable: la infección se presenta en lo profundo de la piel y forma una protuberancia, un forúnculo que se compone de pus y líquido y tejido muerto.

El de la bestia era un ántrax cervical, ántrax de cuello, que provocó rápidamente una septicemia, un envenenamiento de la sangre, y puso a la bestia al borde de la tumba. La situación era tan desesperada que muchos lo daban por muerto, incluyendo a su médico de cabecera, su médico personal, el Dr. Francisco Benzo, que también era secretario de salud pública y un frecuente acompañante. Uno de los más prestigiosos cirujanos del país. Un catedrático de fama.

El asunto se manejó con la discreción que es posible imaginar en un régimen de terror, lo que no pudo evitar que la noticia se filtrara y circulara a cuenta gotas, como un chisme de patio, como un secreto a voces.

En los círculos del poder, y sobre todo en el ámbito familiar, cundía el nerviosismo y una gran preocupación. Entre los opositores menos piadosos, entre la mucha gente que tenía razones de más para odiar al tirano, había motivo de júbilo, un merecido júbilo. Era como el anuncio de una tragedia inminente para unos pocos y una luz al final del túnel para la mayoría. Esa mayoría confiaba seguramente en la divina providencia, rogaba seguramente a la divina providencia para que le concediese a la bestia un desenlace fatal. Felizmente fatal.

En aquellas circunstancias no había gente más presionada y nerviosa que los médicos dominicanos y extranjeros que habían sido convocados al lecho del enfermo para tratar de salvarlo. Un cubano, el Dr. Pedro Castillo, se declaró partidario de extirpar el forúnculo infeccioso sin pérdida de tiempo. Pero la operación conllevaba riesgos que la mayoría de los médicos se negaba a asumir. Los que se mostraban dispuestos sugerían, por obvias razones de prudencia, que el paciente fuese trasladado e intervenido en Puerto Rico, donde se contaba con medios más avanzados. Lo decían, tal vez, a sabiendas de que la propuesta sería desestimada. La enfermedad de la bestia era un asunto de estado que de ninguna manera podía darse a conocer oficialmente, ni someterse al escrutinio público. La prensa extranjera se hubiera dado banquete con semejante noticia y la habría convertido en espectáculo de circo.

Designaron entonces al Dr. Francisco Benzo para que realizara la operación, pero Benzo se mostró en desacuerdo con la opinión del médico cubano y se negó a intervenir. Dicen que dijo, si acaso se atrevió a decirlo, que no estaba en disposición de operar a un muerto.

Sabía desde luego, el riesgo que corría al negarse, pero también sabía que lo que le pasara a la bestia le pasaría a él, que la muerte de la bestia sería su muerte. Temía en fin por la vida de Trujillo tanto como temía por la suya. Quizás creía que no había nada que hacer o quizás no quería hacer.

Apareció entonces un valiente, un médico temerario, el Dr. Darío Contreras Cruzado, que acudió o tuvo que acudir al llamado de los familiares de la bestia y se prestó de manera más o menos voluntaria o involuntaria a hacer la operación. Hay quien dice que fue a Darío Contreras que Benzo le dijo, en francés, que iba a operar a un muerto. Lo cierto es que había que tener valor para no operarlo y había que tener valor para operarlo.

La controversial cirugía, secretísima, no se realizó en una clínica sino en un quirófano improvisado en la llamada Estancia Ramfis y el vaticinio de Benzo estuvo a punto de cumplirse. La bestia permaneció varias semanas en condiciones críticas, debatiéndose entre la vida y la muerte, pero a mediados de junio comenzó a recuperarse y se recuperó poco a poco, lentamente y sin pausas, aunque la convalecencia sería larga.

Muchos criticaron o más bien acusaron al Dr. Darío Contreras durante años de haberle salvado la vida a la bestia, pero en realidad no se ha establecido si se salvó gracias a la operación o se salvó a pesar de la operación y del ántrax al mismo tiempo. Algunos médicos atribuyen su recuperación a su recia anatomía o quizás a un milagro, a una jugarreta de un destino endemoniado. El hecho es que la bestia volvió a la vida, resucitó de entre los muertos vivos y seguiría viviendo durante más de veinte años.

Benzo cayó en desgracia, naturalmente, a raíz de su negativa a intervenir en la operación. No mucho tiempo después aparecería en la primera plana del periódico La Nación del 9 de agosto del 1940 la noticia de que había sido arrestado y enjaulado y despojado de todos sus cargos. Decía, con mayor lujo de detalles en el citado diario, que el Dr. Benzo había sido detenido por malversación de fondos en el Hospital Padre Billini, que había sido llevado preso a la Fortaleza Ozama, que había sido despojado de su condición de secretario de Estado y que había sido cancelado su nombramiento como profesor de la Universidad de Santo Domingo.

Al Dr. Conteras le fue un poco mejor, mucho mejor, aunque siempre se lamentó de que sólo lo recordaran como el médico que había salvado a la bestia. Se dice, sin embargo, que la bestia agradeció el servicio de manera fría y distante o se lo agradeció más bien a su manera, como si el favor se lo hubiera hecho él a Contreras. 


Casi dos décadas después,  “El 15 de julio del año 1959, mediante el decreto No. 4979 se ordenó la construcción del Hospital Dr. Darío Contreras, que fue inaugurado en agosto del 1960”. En ese mismo hospital murió Contreras en 1973 a los 94 años de edad.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [55] 
(https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html)

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator
Doctor Francisco E. Benzo Chalas
Herbert Stern11 noviembre, 2017 (https://www.elcaribe.com.do/gente/cultura/doctor-francisco-e-benzo-chalas/).




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sábado, 10 de julio de 2021

Otra vez el espejo

Pedro Conde sturla

9 julio, 2021



Otra vez el espejo ha vuelto a moverse, lo he sentido a mis espaldas, he sentido su aliento, el aliento fétido de su alma podrida, su respiración rota, su respiración ronca y pausada, el olor que invade la habitación, casi toda la casa, sus mínimos intersticios. Y percibí el ademán que parecía amenazante.

Pensé que en breve yo empezaría como de costumbre a sudar: un sudor frío, un hilo de hielo recorrería mi espalda, me quedaría paralizado de terror como en otras ocasiones en otros lugares y otros espejos.

Pero en esta oportunidad no me dio miedo, sólo percibí un vacío enorme, infinitamente desolador. En ese momento me di cuenta de que no era un monstruo, era un alma en pena. En realidad se sentía solo, tenía ganas de hablar.

Me contó que en algún tiempo había estado enamorado de una mujer que lo dejó por otro espejo y que había estado enamorado de otro espejo, una mujer y una espeja que habían sido los grandes amores de su vida.

Aquella confidencia traducía un aura de soledad. Yo percibía en ese momento su soledad, su desamparo, la inmensa soledad de los espejos. Los espejos pueden sentirse solos, muy solos y tristes, incomprendidos, más solos y desamparados e incomprendidos que los números primos. Sí. Algo peor que la soledad de los números primos de los que habla aquel escritor italiano.

La mujer de la que se había enamorado le había dado algunas gratificaciones, pero a la espeja la había amado inútilmente. Era una espeja de pared, muy presumida, una que se jactaba de su alcurnia, una vanidosa, una engreída que había pertenecido a las mejores familias de Santiago y se sentía muy oronda de su sofisticado marco al estilo art nouveau. Una que nunca le prestó la menor atención a pesar de su porte distinguido y que sólo se aprovechó de su nobleza.

Después me contó, en tono aún más confidencial (e igualmente a propósito de amores contrariados), que su hermano había servido en la habitación de una reina de belleza y la existencia se le había hecho miserable.

En los primeros días sintió que era el ser más feliz del mundo, pero poco a poco empezó a perder el sentido de la vida. sólo vivía para ella, en espera de que llegara y se despojara frente a él de todas sus vestimentas. Ella no tardó en advertir el efecto que producía en él y lo provocaba con sus refinados movimientos de odalisca, le hacía sufrir el suplicio de Tántalo. Todo estaba a su alcance y no lo podía tocar. Un día la bella comenzó, como de costumbre, a desnudarse y contonearse rítmicamente, pero en esa ocasión demoró más de la cuenta en el trámite y lo llevó al límite de la exasperación, del deseo incontrolable. Llegó un momento en que su fiel admirador no pudo más y empezó a resquebrajarse y ese fue el fin de sus días. Lo abandonaron en el cuarto de servicio.

En ese momento se produjo un pesado silencio que no presagiaba nada bueno. El espejo hizo una pausa, como si tuviera miedo de haber cometido alguna imprudencia al hacerme partícipe de sus confidencias, revelarme sus íntimos secretos. Por un momento llegué a temer por mi vida. Los espejos matan y pueden matar de muchas maneras y yo estaba muy cerca de su alcance. Fue una falsa alarma, o quizás no, pero el hecho es que el espejo hizo una especie de ademán conciliador, retomó el tono confidencial.

Me dio a entender entonces algo que ya había intuido. Que a fuerza de mirarlo todo, los espejos lo saben todo. Que los espejos conocen hasta los sueños que nos sueñan y desensueñan. Me aseguró que no todos los espejos llevan una vida contemplativa e indiferente al mundo, ni permanecen iguales con el tiempo. Lo espejos maduran, envejecen, se le abren fisuras en en alma, profundas cicatrices emocionales, adquieren a veces los vicios o las virtudes de las personas que reflejan y a veces les toman cariño. Se encariñan a veces con nosotros, sobre todo cuando nos tratan y conocen desde la infancia. No son indiferentes. Me dijo que recordaba siempre con mucho afecto a una joven que había servido durante años con la más resignada fidelidad, hasta que la joven creció, se hizo mayor y un día cualquiera se aburrió de él o se olvidó.

Al cabo de mucho hablar se le empezaron a cansar las palabras. Y con palabras cansadas me habló, a continuación, y sin que viniera aparentemente al caso, de los achaques de la vejez. Me dijo que tenía la impresión y quizás solo la impresión de que la vejez es la parte más intensa de la vida. Quizás porque nos agarramos con más ahínco a cada segundo y el tiempo parece a cada momento más fugaz.

Pero con la llegada de la vejez, cuando ya se manifestaban los primeros signos de decadencia y la edad y el deterioro físico hacían estragos, fue relevado del servicio, lo echaron como quien dice a patadas de la lujosa residencia donde había permanecido más de cien años y consiguió trabajo en un hotel de mala muerte. Después fue a parar a la casa de una familia disfuncional donde conoció a una niña con la que entabló una gran amistad.

En cuanto regresaba del colegio, la niña iba a conversar con él, permanecía durante horas mirándolo y mirándose, contándole sus aventuras. Pero la niña tenía un padrastro tirano que la maltrataba por cualquier motivo y el espejo había empezado a odiarlo con un odio frío, sin ira. El mejor de los odios es un odio frío, sin ira.

Con mucha paciencia esperó la oportunidad de convertir ese odio en justicia. Pero el padrastro raramente se dejaba ver y no miraba nunca hacia él. Escuchaba desde su habitación, impotente, las golpizas que el abusador propinaba a la niña y a su mujer, la madre de la niña, pero no había nada que pudiera hacer, hasta que un día el padrastro cometió un error que resultó fatal. Entró bruscamente a la habitación y empezó a reprender a la niña en su presencia, interrumpiendo una amable conversación entre el espejo y la niña, y el espejo se inflamó de ira. El padrastro sintió una presencia y sintió un escalofrío, miró hacia atrás, miró hacia arriba, se quedó atónito un instante, un sólo instante, luego miró y se miró en el espejo fijamente y esa fue su perdición.


El espejo le devolvió el reflejo de su propia monstruosidad y se volvió loco, murió pocos días después dando alaridos, pidiendo que cerraran esa puerta, que por favor cerraran esa puerta...

Fue algo que no debió haberme contado, algo que habría preferido no escuchar. Los espejos son capaces de matar y matan de muchas maneras. Sentí terror. Yo también estaba al alcance de su ira. Cerré los ojos para evitar cualquier contacto visual.

Al poco rato se echó a llorar con desconsuelo.

sábado, 3 de julio de 2021

La noche quedó atrás (2 de 2)

Pedro Conde Sturla

2 julio, 2021

Foto autografiada de Jan Valtin, seudónimo de Richard Julius Hermann Krebs. 

La publicación de “La noche quedó atrás” (1941) en los Estados Unidos (cuando la Segunda Guerra Mundial se enseñoreaba en vastas regiones del planeta), desató un interés inusitado. En poco tiempo se vendió un millón de ejemplares y el éxito dio origen a unas agrias controversias sobre la autenticidad del autor y la obra. Se llegó a afirmar en algunos medios que Jan Valtin no existía o que no había escrito el libro. O bien que no era posible que alguien hubiera podido vivir y sobrevivir a tantas y tan temerarias aventuras.



Lo más extraordinario del caso es que Jan Valtin (el seudónimo de Richard Julius Hermann Krebs) sólo vivió unos 45 años, entre el 17 de diciembre de 1905 y el 1 de enero de 1951. Sin embargo, en ese arco de tiempo vivió muchas vidas, todas las vidas posibles. El mundo fue el escenario de su existencia. El mundo fue su escuela:

“Otra consecuencia de nuestra vida en las costas de todos los mares fue un ansia invencible de Wanderlust , de ver mundo, de recorrer el mundo. Durante las horas calurosas de las tardes corría para explorar los puertos y observar las maniobras de los barcos y el trabajo de los estibadores. Conocía los olores de los sollados y de las bodegas; cuando el viento soplaba, podía distinguir el aroma del cáñamo o de la copra o de las maderas tropicales desde un kilómetro de distancia de los muelles respectivos. Me gustaba leer libros sobre exploradores y sus audaces viajes. Jamás jugaba a los soldados. Yo era más bien un capitán, un jefe de estibadores o un pirata. Al contar doce años, me gustaba conducir el pequeño bote que poseía a través de las aguas agitadas en los estuarios de los ríos Weser y Elba. Y mi momento de mayor orgullo lo vivía al oír decir al capataz del astillero a uno de sus colegas: «Esta cabecita rizada sabe navegar como el diablo».

“Raras veces habló mi padre de su pasado lleno de aventuras. Sin embargo, lo hacían por él los tatuajes de sus brazos y de su cuerpo, que representaban anclas, barcos y mujeres exóticas con unas cinturas enormes, como así también sus pesadas condecoraciones de plata, que mostraban un dragón chino o un león persa. Como muchos artesanos alemanes de ese período, era consciente de su clase. Pertenecía al Partido Social Demócrata, era un sindicalista leal y consideraba al káiser como un payaso superfluo. Era militante, pero en forma moderada y serena, aunque capaz de repentinas explosiones de ira, y creía firmemente en un futuro socialista, justo y bello.

“Mi madre, una mujer valiente y profundamente religiosa, soñaba con una sola cosa: poseer algún día una casa sobre una colina, con un jardín y plantaciones de abedul a su alrededor, un refugio amable hacia donde volasen sus cuatro hijos —a quienes quería ver dedicados a la carrera marítima—, para pasar allí sus permisos después de cada viaje. Era oriunda de Schonen, la provincia situada más al sur de Suecia; poseía esa hospitalidad natural y ese amor respetuoso hacia todo ser viviente tan característicos de los suecos.

“La primera escuela que frecuenté fue el Colegio Alemán de Buenos Aires. Estuve allí poco más de un año, pero mis recuerdos de aquel tiempo son muy vagos. Siguieron dos años en una escuela inglesa en Singapur. Allí, en la envolvente atmósfera del calor ecuatorial y de la dominación británica del mundo, penetró por primera vez en mi conciencia, y me avergonzó, el enorme abismo que me separaba a mí, hijo de un obrero, de los hijos y de las hijas de los funcionarios coloniales y de los comerciantes blancos de Oriente. No tenía acceso a sus círculos, y la arrogancia burguesa de sus padres les hizo evitar el humilde hogar de mi familia. Nosotros sólo teníamos dos sirvientes chinos, mientras que ellos contaban con quince o veinte. Y como mi padre no vio ningún inconveniente en que yo me juntara con los hijos de sus laboriosos ayudantes eurasiáticos, los pequeños «imperialistas» y esnobs de mi clase me pusieron un apodo que les hacía sonreír taimadamente. Me llamaron Lumpenhund , es decir, «perro sarnoso». Yo era poco agraciado y demasiado alto para mi edad. La maestra, una inglesa gentil y delgaducha, creía, según me parece, que sus eternas censuras al único alumno proletario, así como sus genuflexiones ante los burgueses, escapaban a mi atención”. (Capítulo I, Lumpenhund).

Después se entregaría a la la vida de revolucionario durante las décadas de 1920 y 1930, conocería las entrañas del fascismo y del estalinismo, las entrañas del bestialismo. Sobreviviría a las más peligrosas misiones en los más diversos países (Panamá, Chile, Argentina, Alemania, EEUU), sobreviviría a las torturas de la Gestapo y sobreviviría a la GPU, la policía secreta de Stalin.

En 1937, para escapar a la persecución de una y otra se refugió en los Estados Unidos. En este país había vivido clandestinamente, organizando huelgas, dedicándose a tiempo completo a sus labores de agitador revolucionario y había estado tres años preso por un intento —o seudo intento— de asesinato. Trabajó en lo que pudo mientras escribía el libro que le dio fama, y con la fama salió a relucir su pasado y enfrentó una investigación y un juicio por actividades antiestadounidenses, pero fue declarado inocente. En el ínterin se enroló y participó como combatiente en la marina de guerra de los Estados Unidos, después recibió la ciudadanía y vivió en Marylan hasta el fin de sus días.

En esa época ya era un hombre destrozado. Había perdido sus ilusiones, las grandes ilusiones por las que había luchado, había perdido a Lorelei, la gran mujer de su vida, en las garras de la Gestapo. El hijo de ambos había sido reeducado y se había convertido en un defensor del Tercer Reich, el imperio de Hitler.




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