sábado, 27 de julio de 2019

Juan Bobo y Pedro Animal

Juan Bobo y Pedro Animal

Juan Bobo y Pedro Animal eran parte de la infancia. Muchos crecimos con ellos y con los “Los cuentos de seño Ambrosio”, de César N. Perozo. Cuentos de humor ingenuo que pocos conocen ya o simplemente recuerdan. Juan Bobo y Pedro Animal estaban en boca de los niños de escuelas, campesinos y letrados, circulaban en mis años juveniles como literatura oral y hasta hace poco tiempo pensaba que eran producto del folklore nacional, de la cultura que compartimos en esta parte del mundo. De hecho, hay quien considera que Juan Bobo pertenece a la literatura infantil dominicana, y bajo este rótulo aparece en un blog el cuento “En una misa me rompieron la camisa” (https://infantojuvenildominicana.blogspot.com/2018/05/juan-bobo-en-una-misa-me-rompieron-la.html).
En relación a Pedro Animal no tengo ninguna documentación que acredite su procedencia, y es casi nada lo que conservo en la memoria. De alguna manera se me antoja que quizás, sólo quizás, podría tratarse de un duplicado criollo de Juan Bobo.        
  

Por otra parte, lo poco que sé al respecto de Juan Bobo es que es de origen español, que son abundantes en España los relatos en que interviene este personaje, derivado de la literatura picaresca, y que se extendió más o menos por casi todo el continente americano y sobre todo en Puerto Rico y en Los Estados Unidos, donde echó las más profundas raíces.
En uno y otro país -dice en Wikipedia-  “A lo largo de casi dos siglos, una colección de libros, canciones, adivinanzas y cuentos populares se han desarrollado a su alrededor. Se han escrito cientos de libros infantiles sobre Juan Bobo en inglés y español”.
Ahora bien, como suele suceder, nada surge de la nada. Juan Bobo “es parte de una tradición más amplia que abarca varias culturas del mundo. Muchos de los cuentos tienen puntos de trama casi idénticos en historias de India, China, Turquía y tradiciones en África y América del Norte”. (https://en.wikipedia.org/wiki/Juan_Bobo).
El cuento de Juan Bobo y el cura, que aparece a continuación, es de origen ecuatoriano y se supone que pertenece a una fuente oral, aunque la elaboración del lenguaje narrativo parece desmentir esto último.

JUAN BOBO Y  EL CURA    

Fuente Oral: Marco Antonio Rodríguez Zambrano,
Cantón Salitre, Guayas, Ecuador
Recopilación y Transcripción: Ángela Arboleda
Ésta es la historia de Juan Bobo y les va a demostrar que no siempre el más «vivo» sale ganando.
Resulta que Juan Bobo, un joven campesino que a duras penas había terminado la escuela, encontró trabajo con el sacerdote del pueblo, famoso por su inteligencia y carácter bromista.
Una tarde, el gordo sacerdote, cansado de la lentitud de su nuevo sacristán decidió empezar a tomarle el pelo.
Era domingo, después de misa y pensó que Juan bobo era el único que iba a aceptar quedarse a trabajar para servirle en la gran reunión que tendría con unos poderosos señores de la parroquia.
Por la tarde, cuando estaban conversando el cura llamó a Juan Bobo, que lento como siempre se presentó después de un largo rato diciendo:
-¿Qué desea, padrecito?
-Yo no soy padrecito -le contestó- yo me llamo Cruzdinero.
Todos rieron del comentario y Juan Bobo repitió: -Está bien, señor Cruzdinero-. Como la broma le empezó a gustar el sacerdote lo envió a que le arreglara el «potestate», orden que el pobre Juan no sabía cómo cumplir. Conteniendo la risa, el cura le mostró que «potestate» era su santa cama. Luego le preguntó cómo se llamaba eso que llevaba puesto y el sacristán le contestó que pantalones. Muy serio el cura lo corrigió diciéndole que aquello no eran pantalones si no «garabitates». La cara de Juan provocó la primera carcajada del grupo, que rió aún más cuando Juan repitió, tomándose los pantalones con las manos, «garabitates». Tanta gracia le causó que el cura continuó con la broma y esta vez le preguntó, cómo se llama eso que llevas en los pies. Eso sí se, pensó Juan y contestó, ¡sandalias! Claro que no, fue la respuesta que obtuvo. ¿Cuáles sandalias? Eso se llama, «chirimires», dijo el cura mientras mordía un pedazo de jamón tratando de aguantarse la risa.
Sus amigos se carcajeaban viendo cómo Juan se miraba sus viejas sandalias y repetía «chirimires». No contentos con eso, le señalaron al confundido campesino a un gato. Eso es un gato aquí y en el recinto de al lado, respondió. Noooo, le contestaron, agregando que era un total ignorante. Eso se llama «paparasgate». Repite, le ordenaron, y así lo hizo Juan bobo: «paparasgate».
Así continuó la reunión entre risas y comida.  Hasta que aburridos, volvieron a llamar a Juan Bobo, el sacristán, para pedirle que les traiga un poco de «clarancia». Pobre Juan, tenía la cara de estar totalmente perdido. Entre risotadas todos le señalaran el agua que había en una batea…. ¿Ah!, dijo él,  eso se llama agua. ¡No, estúpido! Le contestó, bastante enojado el cura… Repite, eso se llama «clarancia». Sumiso, Juan mientras les servía el agua, repitió, «clarancia».
La cosa no quedó allí, le señalaron después el  sembrío de cacao, insistiéndole que se llamaba «bitoque». Lo mismo con el burro, que le dijeron era un «filitroque». Los chorizos que se asaban sobre el fogón, le dijeron eran «filitraca». Juan Bobo de lo más inocente repetía todos estos extgraños nombre con que el burlón sacerdote bautizaba a las cosas con las que él trabajaba a diario.
Antes de caer dormido y totalmente borracho con el vino de la sacristía, el pesado bromista, le ordenó decir el nombre de aquello que cocinaba las carnes…¡ah, fuego!, gritó un poco cansado Juan. Con una última carcajada le hicieron repetir que aquello se llamaba»alumbrancia». «Alumbrancia», repitió Juan mientras el padrecito empezaba a roncar plácidamente.
El sol se estaba poniendo y  todo parecía transcurrir en calma. Juan Bobo, el sacristán, sumiso y trabajador como era, estaba limpiando los destrozos de la fiesta, rezongando escoba en mano, cuando de pronto,  vio cómo el gato al intentar robarse del fogón un chorizo le cayó una brasa sobre el cuerpo, prendiéndose de inmediato sus pelos. El animal corrió como alma que lleva el diablo y se metió por las matas de cacao y Juan Bobo, que dicen era bobo, pero sabía mucho del campo, se dio cuenta de lo que podía pasar con esa bolita de fuego en medio del monte. Así que se fue corriendo a despertar al cura y muy alarmado le dijo estas palabras:
-Levántate Cruzdinero, acostado en potestate,  ponte los chirimires y también las garabitates que paparasgate le prendió alumbrancia y si no corre a traer clarancia se le quema el bitoque. Yo me voy en filitroque y me llevo la filitraca.
Juan Bobo agarró su burrito, todos los chorizos y carnes que quedaban y se fue de lo más contento por el camino real. Dicen que cuando el cura se dio cuenta de lo que pasaba, todita la casa parroquial se le había quemado y la risa y las ganas de burlarse del más débil se le fueron para siempre.
Cuentos y Tradiciones Orales del Ecuador, Eskeletra, 2006.



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Pedro Conde Sturla
26 julio, 2019
Juan Bobo y Pedro Animal eran parte de la infancia. Muchos crecimos con ellos y con “Los cuentos de seño Ambrosio”, de César N. Perozo. Cuentos de humor ingenuo que pocos conocen ya o simplemente recuerdan. Juan Bobo y Pedro Animal estaban en boca de los niños de escuelas, campesinos y letrados, circulaban en mis años juveniles como literatura oral y hasta hace poco tiempo pensaba que eran producto del folklore nacional, de la cultura que compartimos en esta parte del mundo. De hecho, hay quien considera que Juan Bobo pertenece a la literatura infantil dominicana, y bajo este rótulo aparece en un blog el cuento “En una misa me rompieron la camisa” (https://infantojuvenildominicana.blogspot.com/2018/05/juan-bobo-en-una-misa-me-rompieron-la.html).


En relación a Pedro Animal no tengo ninguna documentación que acredite su procedencia, y es casi nada lo que conservo en la memoria. De alguna manera se me antoja que quizás, sólo quizás, podría tratarse de un duplicado criollo de Juan Bobo.
Por otra parte, lo poco que sé al respecto de Juan Bobo es que es de origen español, que son abundantes en España los relatos en que interviene este personaje, derivado de la literatura picaresca, y que se extendió más o menos por casi todo el continente americano y sobre todo en Puerto Rico y en Los Estados Unidos, donde echó las más profundas raíces.
En uno y otro país -dice en Wikipedia- “A lo largo de casi dos siglos, una colección de libros, canciones, adivinanzas y cuentos populares se han desarrollado a su alrededor. Se han escrito cientos de libros infantiles sobre Juan Bobo en inglés y español”.
Ahora bien, como suele suceder, nada surge de la nada. Juan Bobo “es parte de una tradición más amplia que abarca varias culturas del mundo. Muchos de los cuentos tienen puntos de trama casi idénticos en historias de India, China, Turquía y tradiciones en África y América del Norte”. (https://en.wikipedia.org/wiki/Juan_Bobo).
El cuento de Juan Bobo y el cura, que aparece a continuación, es de origen ecuatoriano y se supone que pertenece a una fuente oral, aunque la elaboración del lenguaje narrativo parece desmentir esto último.
Juan Bobo y el Cura
Fuente Oral: Marco Antonio
Rodríguez Zambrano,
Cantón Salitre, Guayas, Ecuador
Recopilación y Transcripción: Ángela Arboleda
Ésta es la historia de Juan Bobo y les va a demostrar que no siempre el más “vivo” sale ganando.
Resulta que Juan Bobo, un joven campesino que a duras penas había terminado la escuela, encontró trabajo con el sacerdote del pueblo, famoso por su inteligencia y carácter bromista.
Una tarde, el gordo sacerdote, cansado de la lentitud de su nuevo sacristán decidió empezar a tomarle el pelo.
Era domingo, después de misa y pensó que Juan bobo era el único que iba a aceptar quedarse a trabajar para servirle en la gran reunión que tendría con unos poderosos señores de la parroquia.
Por la tarde, cuando estaban conversando el cura llamó a Juan Bobo, que lento como siempre se presentó después de un largo rato diciendo:
-¿Qué desea, padrecito?
-Yo no soy padrecito -le contestó- yo me llamo Cruzdinero.
Todos rieron del comentario y Juan Bobo repitió: -Está bien, señor Cruzdinero-. Como la broma le empezó a gustar el sacerdote lo envió a que le arreglara el “potestate”, orden que el pobre Juan no sabía cómo cumplir. Conteniendo la risa, el cura le mostró que “potestate” era su santa cama. Luego le preguntó cómo se llamaba eso que llevaba puesto y el sacristán le contestó que pantalones. Muy serio el cura lo corrigió diciéndole que aquello no eran pantalones si no “garabitates”. La cara de Juan provocó la primera carcajada del grupo, que rió aún más cuando Juan repitió, tomándose los pantalones con las manos, “garabitates”.
Tanta gracia le causó que el cura continuó con la broma y esta vez le preguntó, cómo se llama eso que llevas en los pies. Eso sí sé, pensó Juan y contestó, ¡sandalias! Claro que no, fue la respuesta que obtuvo. ¿Cuáles sandalias? Eso se llama, “chirimires”, dijo el cura mientras mordía un pedazo de jamón tratando de aguantarse la risa.
Sus amigos se carcajeaban viendo cómo Juan se miraba sus viejas sandalias y repetía “chirimires”. No contentos con eso, le señalaron al confundido campesino a un gato. Eso es un gato aquí y en el recinto de al lado, respondió. Noooo, le contestaron, agregando que era un total ignorante. Eso se llama “paparasgate”. Repite, le ordenaron, y así lo hizo Juan bobo: “paparasgate”.
Así continuó la reunión entre risas y comida. Hasta que aburridos, volvieron a llamar a Juan Bobo, el sacristán, para pedirle que les traiga un poco de “clarancia”. Pobre Juan, tenía la cara de estar totalmente perdido. Entre risotadas todos le señalaran el agua que había en una batea…. ¿Ah!, dijo él, eso se llama agua. ¡No, estúpido! Le contestó, bastante enojado el cura… Repite, eso se llama “clarancia”. Sumiso, Juan, mientras les servía el agua, repitió, “clarancia”.
La cosa no quedó allí, le señalaron después el sembrío de cacao, insistiéndole que se llamaba “bitoque”. Lo mismo con el burro, que le dijeron era un “filitroque”. Los chorizos que se asaban sobre el fogón, le dijeron eran “filitraca”. Juan Bobo de lo más inocente repetía todos estos extraños nombres con que el burlón sacerdote bautizaba a las cosas con las que él trabajaba a diario.
Antes de caer dormido y totalmente borracho con el vino de la sacristía, el pesado bromista, le ordenó decir el nombre de aquello que cocinaba las carnes…¡ah, fuego!, gritó un poco cansado Juan. Con una última carcajada le hicieron repetir que aquello se llamaba”alumbrancia”. “Alumbrancia”, repitió Juan mientras el padrecito empezaba a roncar plácidamente.
El sol se estaba poniendo y todo parecía transcurrir en calma. Juan Bobo, el sacristán, sumiso y trabajador como era, estaba limpiando los destrozos de la fiesta, rezongando escoba en mano, cuando de pronto, vio cómo el gato al intentar robarse del fogón un chorizo le cayó una brasa sobre el cuerpo, prendiéndose de inmediato sus pelos. El animal corrió como alma que lleva el diablo y se metió por las matas de cacao y Juan Bobo, que dicen era bobo, pero sabía mucho del campo, se dio cuenta de lo que podía pasar con esa bolita de fuego en medio del monte. Así que se fue corriendo a despertar al cura y muy alarmado le dijo estas palabras:
-Levántate Cruzdinero, acostado en potestate, ponte los chirimires y también las garabitates que paparasgate le prendió alumbrancia y si no corre a traer clarancia se le quema el bitoque. Yo me voy en filitroque y me llevo la filitraca.
Juan Bobo agarró su burrito, todos los chorizos y carnes que quedaban y se fue de lo más contento por el camino real. Dicen que cuando el cura se dio cuenta de lo que pasaba, todita la casa parroquial se le había quemado y la risa y las ganas de burlarse del más débil se le fueron para siempre.
Cuentos y Tradiciones Orales del Ecuador, Eskeletra, 2006.



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jueves, 25 de julio de 2019

IL FORTUNATO MORRISON

Pedro Conde Sturla
Mateo Morrison promovido a La academia de ciencias por sus valiosos aportes a la teoría de la oportunidad

Junto a Tony Raful ocupa un sitial  de honor el mítico Mateo Morrison (1947), otro gigante de las letras (y de las artes), el único en verdad que le hace sombra a Raful en materia de nombradía. No es para menos: el señor Mateo Morrison Fortunato (más bien fortunatissimo) es figura señera, señerísima, quizás el más típico representante de los poetas de choque. Sin duda es el que más se ajusta a su definición, el modelo por excelencia. Todo un personaje de antología en los hechos, no así en cuanto a su obra literaria. 
Su trayectoria intelectual y política empezaron allá por el año de 1965, fecha de su inscripción en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), y de su iniciación como militante de un sector dominante de la izquierda oportunista. Un hecho que, por cierto, se correspondía con el proyecto de la mediocridad que tomó el poder en la UASD en nombre de la revolución. Precisamente, gracias a sus vínculos con ese   sector de la izquierda y a su heroísmo verbal revolucionario, logró ingresar al área administrativa a través del Departamento de Difusión Artística y Cultural. De allí derivaría Morrison su capacidad de maniobra y su habilidad para salir indemne de situaciones críticas. Su impreparación académica, sin embargo, su pobre dedicación al estudio o simplemente a la lectura se convirtieron en trabas tan notorias que veinte años después no había podido concluir una “carrera” universitaria y tuvo que fabricarse un título al vapor durante una breve estadía en Venezuela,      consagrándose como especialista en administración cultural.  
   Revolución y cultura. Al margen de sus limitaciones trepó, pues, a posiciones claves dentro del mencionado Departamento hasta alcanzar, por fin, la dirección, al frente de la cual se eternizó en mandatos que hubieran dado envidia al propio Joaquín Balaguer.
Desde ese cargo, y en su condición de representante de los Organismos Académicos Comunes de la institución, formó parte, hasta el momento de su jubilación, del Consejo Universitario, es decir, el organismo de cogobierno de la UASD, y en alguna ocasión fue distinguido como empleado meritorio. Varias veces, en sesiones memorables, recayó sobre sus hombros la delicada tarea de motivar reconocimientos y agasajos a distinguidos visitantes, como el premio Nóbel Camilo José Cela, entre otros.
Por un proceso análogo de oportunidad y amiguismo llegó a la dirección del suplemento literario del vespertino La  Noticia, donde realizó su obra más característica como  promotor de sí mismo y de sus compañeros de la Joven    Poesía. En este mismo sentido también ha tenido, en el   
ejercicio de sus funciones, logros que no sería justo regatearle, comenzando por la creación del Taller literario César Vallejo. El Taller, fundado por Mateo Morrison y  dirigido por Mateo Morrison, funcionaba como una escuela de poetas y editaba un boletín en el que figuraba, a manera de lema o epígrafe una frase famosa de Mateo Morrison: “La  cultura debe servir al pueblo”, firmada por Mateo Morrison. Pero además, su hoja de servicios incluye un extenso currículo que certifica su participación en congresos, mesas redondas, cursillos, aparte de ciclos de charlas y conferencias más o menos imaginarias dictadas en el país y sobre todo en países extranjeros. Cuba, por ejemplo, Estados Unidos, España, Venezuela, Colombia y China Comunista han sido escenario de sus cátedras magistrales. 
En fin, aparte de otros éxitos y realizaciones que sería prolijo enumerar, durante los últimos años el hombre se ha mantenido afortunadamente a flote de gobierno en gobierno en las más altas instancias de la Secretaría de Estado de   
Cultura, dando lo mejor de sí en beneficio de las masas  populares. 
En cuanto a su producción literaria, no hay mucha tela por donde cortar. Esta es más bien rala y exigua, y prácticamente anodina. La apología más apasionada que se conoce es obra de Mateo Morrison, quien opina así de Mateo Morrison: “Sus textos han sido incluidos en más de 15 antologías en el país y en el exterior y sus poesías han sido base para 12 tesis en diversas universidades del país. Su producción poética ha sido fuente para grupos de poesía coreada y artistas que la han musicalizado, difundiéndola por todo el territorio nacional”.1
Por lo demás, nadie o casi nadie arriesga un prólogo a favor de Morrison. Hasta Raful, el hiperbólico Tony Raful, es cauto en sus elogios y reconoce sus limitaciones: “Mateo Morrison se convierte en símbolo del trabajo cultural, conservando un nombre propio a pesar de las deficiencias tanto de publicación como de creación (...). Sus versos sencillos y  
coloquiales muestran a un creador auténtico que de haberse entregado con mayor devoción al oficio poético hubiese producido textos de mayor profundidad”.2
Mateo Morrison se infiltró en el campo de las letras con un folleto en colaboración con Andrés L. Mateo y Rafael Abreu Mejía: Poesía I (1969). Su peculiar talento literario se puso de manifiesto en Aniversario del dolor (1973), un libro de consignas revolucionarias enunciadas con versos de mala prosa, pero con un gran sentido de la oportunidad. Es la obra más representativa de su repertorio de poeta de choque. Durante mucho tiempo fue su caballo de batalla y contiene una de las zonas más auténticas de su poesía: “Yo soy un hombre criado por el lodo...”, dice Mateo Morrison en el poema “Identificación”. Téngase por cierto que en ningún otro texto alcanzará su definición mejor. 
Posteriormente su bibliografía se enriqueció con títulos que apuntan hacia un terreno menos conflictivo donde el panfleto político tiende a disolverse en el eros, sin ausentarse por 
completo. Visiones del amoroso ente (1991) recoge lo esencial de esta etapa de actualización del maestro Morrison. Así, el texto incluye algunas piezas irrenunciables del traspatio de “Aniversario del dolor” y dos colecciones de fragmentos íntimos: “De visiones del transeúnte” y “ Si la casa se llena de sombras”. 
El ciclo se cierra con un libro de apreciación poética inspirado en los lienzos de Dionisio Blanco: A propósito de imágenes (1991). La hermosa edición bilingüe le hace empero poca justicia al artista plástico, que no se merecía esos versos tomados, al parecer de un manual de instrucciones para colorear. Además, le falla la ortografía y la memoria al poeta en relación a la anécdota que refiere en el preámbulo, donde Stuchenko está por Evtuchenko y la redacción del episodio corresponde a un nivel de primaria. 
En Visiones del amoroso ente aparece un preámbulo igualmente lastimero, en cuyo momento más patético Morrison justifica su quehacer poético desde la posición del 
militante revolucionario que ha “asumido” y sigue “asumiendo una actitud de cuestionamiento raigal a esta sociedad y sus antivalores”.
En el mismo tenor hace derroche el sufrido intelectual de un  exceso de amor y de ternura poéticas, derroche verbal, derroche textual, ese derroche que satura tantos de sus poemas y que difícilmente se compadece con sus datos biográficos. El fantoche, como de costumbre, se jacta de lo que le falta.
A la inversa, un momento más significativo dentro de su obra es el que representa “Si la casa se llena de sombras”. Significativo, sí, porque carece de dobleces, carece de hipocresía en su carnal sinceridad. Sólo en el tema erótico se encuentra el poeta a sí mismo para su buena o mala suerte. Sólo el eros, según queda demostrado, no admite mascaradas en la obra de Morrison. Sorprende pues la liviandad de esos textos que remedan o quieren remedar la técnica oriental del haiku, textos limpios, relativamente limpios y sobre todo 
auténticos. Hay que admitir que esta zona sombría de la casa revela una cierta voluntad de superación. A ratos se sobrepone el autor a su condición de poeta de choque y el esfuerzo no deja de ser notable.  
En general, cada poema y cada palabra de Morrison enfrentan limitaciones expresivas que se hacen evidentes en la pobreza lexical, pobreza de recursos. Cada poema suyo habla de una puja que raramente se resuelve a su favor. Puja, en efecto, cada palabra con estreñimiento digno de mejores resultados. Pero los resultados a veces –sólo a veces- pueden ser extraordinarios. Algunas de esas palabras tienen magia, aunque sean pocas palabras. De dos palabras mágicas –revolución y cultura- ya se ha visto que ha vivido y ha vivido bien. Por arte de magia ha vivido. De revolución y cultura, cultura y revolución,  revolución y cultura, cultura y revolución. revolución y cultura, cultura y revolución. De pura ilusión y espejismo. Del virtuosismo propio de un mago de la palabra. Virtuoso de las letras... 

sábado, 20 de julio de 2019

Malaparte (2 de 2)

Malaparte (2-2)

Casi todo o por lo menos gran parte de lo que se dice sobre Curzio Malaparte puede ser verdad o mentira, ya que la vida de este escritor es parcialmente una novela escrita por él mismo y se confunde algunas veces con su obra. Es, de hecho, parte substancial de su obra.
Muchos se preguntan si es cierto que se alistó en la Legión extranjera cuando era apenas un muchacho y si pasó en verdad cinco años confinado en la isla de Lipari, como afirma en sus escritos, o si fueron solamente cinco meses. Otros ponen en duda que conociera personalmente a Mao Tse Tung y que le hiciera una entrevista, y se inclinan a creer que fue un invento parecido al de André Malraux. Una mentira como la del también mitómano y famoso Malraux, quien le hizo una entrevista, que resultó ser imaginaria, a Mao Tse Tung.
Curzio  Malaparte
Lo cierto es que Malaparte estuvo en China y que al parecer logró, por mediación del mismo Mao, la liberación de unos católicos que languidecían o se pudrían en las cárceles y que poco después de este hecho se descubrió que estaba enfermo de muerte. La noticia repercute a nivel mundial y la forma en que se produce su traslado a Italia quizás no sea una fábula, pero adquiere tintes fabulosos. Se supone que fue transportado en el avión personal de Nikita Jrushchov, el primer ministro soviético. Una vez instalado en lo que sería su lecho de muerte, subió al pináculo de la fama, si acaso ya no lo estaba. Su habitación de la clínica de Roma se convirtió en una especie de Meca a la que acudieron en peregrinación los mas altos dirigentes de todas las confesiones religiosas y políticas, los más acreditados escritores, artistas, figuras públicas. Se dice o se supone que Malaparte mantenía la compostura y el optimismo. Estaba convencido o quería convencerse de que no moriría. Decía estar seguro de que Dios no sería tan estúpido para dejarlo morir.
Lo cierto es que participó como combatiente en la primera guerra mundial y como corresponsal y capitán del ejército italiano en la segunda, junto a los miles de soldados que Mussolini envió patrióticamente a combatir y congelarse en el frente oriental. Se afirma que fue el único corresponsal de guerra que acompañó a los nazis en la fatídica invasión a Yugoslavia, que dejó a Belgrado y otras ciudades en ruina. Lo que cuenta Malaparte de ese suceso en “Kaputt”,  con su aparente o real distanciamiento, es algo que hace hervir la sangre y pone los pelos de punta:
“Las autoridades nazis habían impuesto como ‘poglavnik’ (caudillo) de Croacia al sanguinario Ante Pavelic, aquel que presumía ante Himmler, el ministro alemán y máximo responsable de los campos de exterminio de los hebreos en la Europa conquistada, que, para él, la llamada ‘cuestión judía’ no existía: ‘los he eliminado a todos’.
‘“El pueblo croata, – afirmó Ante Pavelic -, desea ser gobernado con bondad y con justicia. Y yo estoy aquí para afianzar esa bondad y esa justicia».
“En tanto decía esto, yo observaba una cesta de mimbre puesta sobre el escritorio del despacho, a la izquierda del ‘poglavnik’. La servilleta que la cubría, algo levantada, permitía apreciar que estaba lleno de frutos de mar, al menos así me parecieron a mí, y hubiese afirmado que eran ostras sacadas de su valva, como las que a veces se hallan en exposición sobre grandes fuentes en las vidrieras de la Fortnum and Mason, de Piccadilly, en Londres. ¿Son ostras de Dalmacia?, inquirí al poglavnik. Pavelic levantó la servilleta y me enseñó aquellos frutos de mar, aquella masa gris y gelatinosa, contestándome con su habitual bonachona y cansina sonrisa: ‘Es un obsequio de mis fieles ustachi. Son veinte kilos de ojos humanos’ ¡Así es, veinte kilos de ojos de serbios!»
Malaparte era, por supuesto, un espectador privilegiado. Paseaba por los campos de muerte donde veía cadáveres de soldados congelados y utilizados como señales de tráfico, aspiraba el aroma de la descomposición de los cuerpos, contemplaba cabezas de caballos que emergían de un río helado en Finlandia o se sentaba -como bien se sabe y se ha dicho y repetido- con los bestiales asesinos de Hitler a la mesa, compartía con ellos la buena comida, la música más refinada y escuchaba de sus bocas las más nutritivas conversaciones sobre la matanza de judíos en el gueto de Varsovia.
En algunos pasajes, como ya se ha visto, Malaparte describe con descarnada frialdad y distanciamiento los hechos más atroces y parece no conmoverse ni mostrar simpatía por las víctimas. Pero en lo que respecta al espectáculo degradante de los niños de Nápoles que describe en “La piel”, el distanciamiento y cualquier asomo de pretendida objetividad cede el paso a un sentimiento de malestar o repugnancia que no lo deja ni deja indiferente a nadie:
“Jamás, en tantos siglos de miseria y de esclavitud, se habían visto en Nápoles cosas semejantes. Siempre, en Nápoles se había vendido de todo, pero nunca chiquillos. En Nápoles se había hecho comercio de todo, pero jamás de los chiquillos. En Nápoles no se habían vendido nunca chiquillos por las calles. En Nápoles los chiquillos eran sagrados. Son la única cosa sagrada que puede haber en Nápoles. El pueblo napolitano es un pueblo generoso, el más humano de todos los pueblos de la Tierra, el único pueblo de la Tierra que aun la familia más pobre, entre sus chiquillos, sus diez, sus doce chiquillos, cría un huérfano recogido en el Ospedale degli Innocenti; y era entre todos el más sagrado, el mejor vestido, el mejor alimentado, porque era il figlio della Madonna y trae fortuna a los demás chiquillos. Se podía decir todo de los napolitanos, todo, pero no que vendiesen a sus chiquillos por las calles.
“Y ahora, en la plazuela de la Cappella Vecchia, en el corazón de Nápoles, al pie de los nobles palacios de Monte di Dio, del Chiatamone, de la Piazza dei Martiri, al lado de la Sinagoga, los soldados marroquíes iban a comprar por muy poco dinero los chiquillos napolitanos”.
Bibliografía mínima:
Malaparte – Roma eterna
“La piel”, de Curzio Malaparte (1949). – líneas sobre arte
Curzio Malaparte o el lado incorrecto de nuestra historia | Democresía – Revista de actualidad, cultura y pensamiento
Curzio Malaparte, la perfección del zig-zag
Malaparte, el camaleón
“Malaparte se parecía mucho a Truman Capote”
¿Cree usted que el mensaje de Margarita Cedeño conducirá a la unidad de Danilo Medina y Leonel Fernández?



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Pedro Conde Sturla
19 julio, 2019

Curzio Malaparte.

Casi todo o por lo menos gran parte de lo que se dice sobre Curzio Malaparte puede ser verdad o mentira, ya que la vida de este escritor es parcialmente una novela escrita por él mismo y de confunde algunas veces con su obra. Es, de hecho, parte substancial de su obra.
Muchos se preguntan si es cierto que se alistó en la Legión extranjera cuando era apenas un muchacho y si pasó en verdad cinco años confinado en la isla de Lipari, como afirma en sus escritos, o si fueron solamente cinco meses. Otros ponen en duda que conociera personalmente a Mao Tse Tung y que le hiciera una entrevista, y se inclinan a creer que fue un invento parecido al de André Malraux. Una mentira como la del también mitómano y famoso Malraux, quien le hizo una entrevista, que resultó ser imaginaria, a Mao Tse Tung.
Lo cierto es que Malaparte estuvo en China y que al parecer logró, por mediación del mismo Mao, la liberación de unos católicos que languidecían o se pudrían en las cárceles y que poco después de este hecho se descubrió que estaba enfermo de muerte. La noticia repercute a nivel mundial y la forma en que se produce su traslado a Italia quizás no sea una fábula, pero adquiere tintes fabulosos. Se supone que fue transportado en el avión personal de Nikita Jrushchov, el primer ministro soviético.
Una vez instalado en lo que sería su lecho de muerte, subió al pináculo de la fama, si acaso ya no lo estaba. Su habitación de la clínica de Roma se convirtió en una especie de Meca a la que acudieron en peregrinación los más altos dirigentes de todas las confesiones religiosas y políticas, los más acreditados escritores, artistas, figuras públicas. Se dice o se supone que Malaparte mantenía la compostura y el optimismo. Estaba convencido o quería convencerse de que no moriría. Decía estar seguro de que Dios no sería tan estúpido para dejarlo morir.
Lo cierto es que participó como combatiente en la primera guerra mundial y como corresponsal y capitán del ejército italiano en la segunda, junto a los miles de soldados que Mussolini envió patrióticamente a combatir y congelarse en el frente oriental. Se afirma que fue el único corresponsal de guerra que acompañó a los nazis en la fatídica invasión a Yugoslavia, que dejó a Belgrado y otras ciudades en ruina. Lo que cuenta Malaparte de ese suceso en “Kaputt”, con su aparente o real distanciamiento, es algo que hace hervir la sangre y pone los pelos de punta:
“Las autoridades nazis habían impuesto como ‘poglavnik’ (caudillo) de Croacia al sanguinario Ante Pavelic, aquel que presumía ante Himmler, el ministro alemán y máximo responsable de los campos de exterminio de los hebreos en la Europa conquistada, que, para él, la llamada ‘cuestión judía’ no existía: ‘los he eliminado a todos’.
‘“El pueblo croata, – afirmó Ante Pavelic -, desea ser gobernado con bondad y con justicia. Y yo estoy aquí para afianzar esa bondad y esa justicia”.
“En tanto decía esto, yo observaba una cesta de mimbre puesta sobre el escritorio del despacho, a la izquierda del ‘poglavnik’. La servilleta que la cubría, algo levantada, permitía apreciar que estaba lleno de frutos de mar, al menos así me parecieron a mí, y hubiese afirmado que eran ostras sacadas de su valva, como las que a veces se hallan en exposición sobre grandes fuentes en las vidrieras de la Fortnum and Mason, de Piccadilly, en Londres.
¿Son ostras de Dalmacia?, inquirí al poglavnik. Pavelic levantó la servilleta y me enseñó aquellos frutos de mar, aquella masa gris y gelatinosa, contestándome con su habitual bonachona y cansina sonrisa: ‘Es un obsequio de mis fieles ustachi. Son veinte kilos de ojos humanos’ ¡Así es, veinte kilos de ojos de serbios!”
Malaparte era, por supuesto, un espectador privilegiado. Paseaba por los campos de muerte donde veía cadáveres de soldados congelados y utilizados como señales de tráfico, aspiraba el aroma de la descomposición de los cuerpos, contemplaba cabezas de caballos que emergían de un río helado en Finlandia o se sentaba -como bien se sabe y se ha dicho y repetido- con los bestiales asesinos de Hitler a la mesa, compartía con ellos la buena comida, la música más refinada y escuchaba de sus bocas las más nutritivas conversaciones sobre la matanza de judíos en el gueto de Varsovia.
En algunos pasajes, como ya se ha visto, Malaparte describe con descarnada frialdad y distanciamiento los hechos más atroces y parece no conmoverse ni mostrar simpatía por las víctimas. Pero en lo que respecta al espectáculo degradante de los niños de Nápoles que describe en “La piel”, el distanciamiento y cualquier asomo de pretendida objetividad cede el paso a un sentimiento de malestar o repugnancia que no lo deja ni deja indiferente a nadie:
“Jamás, en tantos siglos de miseria y de esclavitud, se habían visto en Nápoles cosas semejantes. Siempre, en Nápoles se había vendido de todo, pero nunca chiquillos. En Nápoles se había hecho comercio de todo, pero jamás de los chiquillos. En Nápoles no se habían vendido nunca chiquillos por las calles. En Nápoles los chiquillos eran sagrados. Son la única cosa sagrada que puede haber en Nápoles. El pueblo napolitano es un pueblo generoso, el más humano de todos los pueblos de la Tierra, el único pueblo de la Tierra que aun la familia más pobre, entre sus chiquillos, sus diez, sus doce chiquillos, cría un huérfano recogido en el Ospedale degli Innocenti; y era entre todos el más sagrado, el mejor vestido, el mejor alimentado, porque era il figlio della Madonna y trae fortuna a los demás chiquillos. Se podía decir todo de los napolitanos, todo, pero no que vendiesen a sus chiquillos por las calles.
“Y ahora, en la plazuela de la Cappella Vecchia, en el corazón de Nápoles, al pie de los nobles palacios de Monte di Dio, del Chiatamone, de la Piazza dei Martiri, al lado de la Sinagoga, los soldados marroquíes iban a comprar por muy poco dinero los chiquillos napolitanos”.
Bibliografía mínima:
Malaparte – Roma eterna
https://www.republica.com/roma-eterna/2015/03/01/malaparte/
“La piel”, de Curzio Malaparte (1949). – líneas sobre arte
Curzio Malaparte o el lado incorrecto de nuestra historia | Democresía – Revista de actualidad, cultura y pensamiento
Curzio Malaparte, la perfección del zig-zag
http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/09/actualidad/1352481091_030338.html
Malaparte, el camaleón
https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20121116/malaparte-el-camaleon-2251093
“Malaparte se parecía mucho a Truman Capote”
http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/09/actualidad/1352475746_470818.html


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miércoles, 17 de julio de 2019

Francisco de Asís: Cántico de las criaturas


Pedro Conde Sturla
4 de octubre de 2012
Giotto: Sermón a los pájaros de Francisco de Asís

[El “Cántico de las criaturas” de Francisco o San Francisco de Asís es una de las grandes creaciones del espíritu humano. Conmueve, por su exquisita factura, tanto a creyentes como a no creyentes. Seduce por lo que parecería ser una visión panteísta, sin duda naturalista, de la divinidad, por la aparentemente sencilla y casi milagrosa articulación de las ideas y su plena, feliz realización en pura poesía. “Pura, encendida rosa / émula de la llama”, para decirlo con palabras de Francisco de Rioja.
 De acuerdo a la opinión de François Chenique en su ensayo “Símbolos del Cántico de las criaturas”, éste “parece haber llamado la atención más a los estetas y los románticos que la de los ambientes practicantes algo molestos por el aspecto «naturista» o «naturalista» de este himno al Sol.  Nosotros, por el contrario, pensamos que el Cántico de las criaturas resume y codifica las etapas de una espiritualidad que se podría calificar de «cósmica», particularmente adaptada a nuestra época y cuya meditación asidua es apta para producir en el corazón del creyente numerosos y sabrosos frutos.” También el corazón del no creyente lo aprecia por razones éticas y estéticas.
El fundador de la orden religiosa de los franciscanos y la de santa Clara, no era un hombre de mucha formación intelectual, él mismo se consideraba un rústico, y creo que tenía razón (“Es un tópico bastante corriente presentar a Francisco como un juglar alegre, despreocupado, músico y bailarín”), pero era sin duda un hombre de muchas luces. Era esmirriado, pequeño, pero era sin duda un hombre de gran energía espiritual y el poema u oración lo escribió con palabras de pobre, quizás un poco a la manera de nuestro Domingo Moreno Jimenes, “franciscano del canto”, como le llamó Manuel del Cabral. Y con palabras de pobre, las de un hombre de poca educación, escribió una obra maestra manejando un limitado léxico, palabras que respondían a su mando, a una voluntad poética fuera de serie, como dóciles criaturas
“Esta bella oración de San Francisco es conocida por varios nombres: Cántico de las Criaturas, Alabanzas de las Criaturas e Himno de la Hermana Muerte. Fue escrito en romance umbro (la tierra del santo) y se lo considera el primer poema en la lengua italiana. Se lo celebró como ‘el más bello trozo de poesía religiosa después de los Evangelios’ y ‘la expresión más completa y lírica del alma y de la espiritualidad de Francisco". La fecha de su composición es el otoño de 1225, posiblemente en San Damián. La estrofa sobre el perdón la redactó con ocasión de una controversia entre el Podestá de Asís, primera autoridad de la ciudad, y el Obispo, reconciliándolos. Y la última, sobre la hermana muerte, la compuso en octubre de 1226.”
No es el canto de un fanático fundamentalista, es el canto de un auténtico cristiano que abraza en su infinito amor, ecuménico, universal, a todos “los hombres y los astros”, a “las criaturas y las plantas”.
“Francisco –dice un creyente- interpretó el silencioso canto que toda la creación le tributa a Dios, y la silenciosa melodía que Dios canta en la creación. Y lo hizo porque ocupaba el último lugar, y así pudo ser el primero. Porque era el más humilde de los siervos, y esto le permitió comprender como nadie la grandeza de su Señor.”
Y desde luego, esta opinión tiene todo mi respeto de no creyente solidario. PCS]


Cántico de las criaturas
Francisco de Asís


Altísimo, omnipotente, buen Señor, / tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición. / A ti solo, Altísimo, corresponden / y ningún hombre es digno de hacer de ti mención.
/ Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, / especialmente el señor hermano Sol, / el cual es día y por el cual nos alumbras. / Y él es bello y radiante con gran esplendor: / de ti, Altísimo, lleva significación. / Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas: / en el cielo las has formado luminosas, preciosas y bellas / Loado seas, mi Señor, por el hermano viento, / y por el aire, y el nublado, y el sereno, y todo tiempo, / por el cual a tus criaturas das sustento. / Loado seas, mi Señor, por la hermana agua, / la cual es muy útil, y humilde, y preciosa, y casta. / Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego, / por el cual alumbras la noche: / y él es bello, y alegre, y robusto, y fuerte. / Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra, / la cual nos sustenta y gobierna / y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas. / Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor / y soportan enfermedad y tribulación. / Bienaventurados aquellos que las sufren en paz, / pues por ti, Altísimo, coronados serán. / Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, / de la cual ningún hombre viviente puede escapar. / ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! /
Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en tu santísima voluntad, / pues la muerte segunda no les hará mal. / Load y bendecid a mi Señor / y dadle gracias y servidle con gran humildad.”


pcs, jueves 4 de octubre de 2012

viernes, 12 de julio de 2019

Malaparte

Malaparte

Es difícil encontrar un personaje mas veleidoso y contradictorio, más inestable y exhibicionista que Curzio Malaparte. El apellido inventado lo dice un poco todo. Malaparte es lo contrario de Bonaparte, un personaje al que admiraba, en cierto modo, si acaso admiraba a alguien, aparte de si mismo. Malaparte era italiano, de origen alemán, hijo de un padre al que odiaba. Su verdadero nombre era Kurt Erich Suckert.

Curzio Malaparte

Malaparte fue siempre una vedette, un personaje a la moda que ejerció varias oficios y abrazó todas las causas posibles en sus casi sesenta años de vida (1898-1957). Fue periodista, novelista, poeta, ensayista, dramaturgo, cineasta, diplomático. Era también un dandy, una persona extremadamente refinada en el vestir, eso que hoy se llamaría metrosexual. Amaba a los perros más que a las mujeres, aunque en general sólo se amaba a sí mismo, y cultivó con esmero el arte de la esgrima y de batirse en duelo por cualquier nadería. En muchos aspectos era un ser  despreciable, un narcisista, un mitómano, un payaso. Pero  era un hombre valiente. 

Malaparte era, además de escritor visceral, un hombre de acción, un aventurero. En 1914, cuando apenas tenía 16 años, escapó del colegio y se alistó en el ejército francés y tomó parte en la primera guerra o carnicería mundial, sufrió graves lesiones pulmonares por exposición a gases venenosos, alcanzó el grado de capitán y se hizo merecedor de varias condecoraciones al valor.
En 1920 debutó en política como fascista y en 1922 participó (o dijo que participó) en la famosa marcha sobre Roma, con la que Benito Mussolini se hizo dueño del poder en Italia. Se convierte en brillante periodista y un intelectual orgánico del régimen, un colaborador a toda prueba. Uno que no sólo acompaña a Mussolini y los camisas negras en la marcha sobre Roma, sino que también de alguna manera se involucra, en 1924, en el asesinato de Giacomo Matteotti, el líder socialista de la oposición.
Malaparte fue, sin duda, un intelectual y una vedette del fascismo, pero era también un tipo incómodo que se tomaba libertades que a otro no le hubieran permitido y que no dejaron de tener consecuencias.
Así, en 1931, tuvo la insana ocurrencia de publicar “Técnica del golpe de estado”, una obra maestra que habría dado  envidia a Maquiavelo y que según se dice era uno de los libros de cabecera de Ernesto Che Guevara. La obra contrapone la supuesta genialidad y carencia de escrúpulos de Trotski a una supuesta cobardía e ineptitud de Lenin. El mismo Lenin del cual se burla en incontables ocasiones. Un Lenin al que define como un vulgar agente al servicio del Káiser, que lo utilizó como caballo de Troya para sacar a Rusia de la contienda bélica.

Curzio Malaparte

Mussolini tampoco sale bien parado ni se dio por satisfecho con  el papel que le fue asignado por Malaparte en el polémico texto, pero lo verdaderamente intolerable fueron los juicios sobre Hitler. Al pobre Hitler lo define Malaparte como un político fracasado, un mal imitador de Mussolini, y hasta ese momento, hasta el año 1931, parcialmente lo era. Lo peor es que también lo calificó de mujerzuela con los ovarios dañados o algo parecido.
Mussolini se ofendió, desde luego, tenía que ofenderse y prohibió el libro, Malaparte fue expulsado deshonrosamente del Partido Nacional Fascista y lo mandaron al exilio, un exilio más o menos dorado en la pequeña isla italiana de Lipari, al norte de Sicilia, donde recibía la visita de grandes intelectuales de la época. Allí estuvo desde 1933 hasta 1938, pero después de su liberación visitó varias veces la cárcel.
A pesar de su aversión a Hitler,  durante la segunda guerra mundial, justamente al comienzo de la ofensiva alemana contra Rusia, Malaparte fue enviado a cubrir las incidencias de la guerra como corresponsal  de el “Corriere de la Sera”. Muchos de los artículos que escribió fueron objeto de censura y regresaría con el rabo entre las piernas, acusado de haber mostrado admiración por el heroísmo de los combatientes eslavos y la misma Unión Soviética. De esa experiencia en el frente oriental, concretamente Ucrania, dejaría un amargo testimonio en la novela “Kaputt” (1944).
Lo que piensa el propio Malaparte de ese libro es digno de antología:
“Kaputt es un libro cruel. Su crueldad es la experiencia más extraordinaria que he logrado extraer del espectáculo de la Europa durante estos años de guerra. Con todo, entre los protagonistas de este libro, la guerra no es más que un personaje secundario. Podríamos decir que tiene valor tan sólo como pretexto, si los pretextos inevitables no pertenecieran al orden de la fatalidad. En Kaputt la guerra tiene importancia, pues, en tanto que fatalidad. No aparece de ninguna otra forma. Diría que no aparece como protagonista, sino como espectadora, en el mismo sentido en que es espectador un paisaje. La guerra es el paisaje objetivo de este libro.
“El protagonista principal es Kaputt, este monstruo alegre y cruel. Ninguna palabra si no la dura y casi misteriosa palabra alemana kaputt, que literalmente significa «roto, acabado, hecho añicos, malogrado», podría reflejar lo que somos, lo que Europa es hoy día: un montón de chatarra. Y vaya por delante que yo prefiero esta Europa kaputt a la Europa de ayer y a la de hace veinte, treinta años. Prefiero que esté todo por hacer a tener que aceptarlo todo como una herencia inmutable.
“Esperemos ahora que vengan tiempos realmente nuevos y que no escatimen en respeto y libertad hacia los escritores; porque la literatura italiana tiene necesidad de respeto tanto como de libertad. He dicho «esperemos», y no porque yo no crea en la libertad y en sus beneficios (permítaseme recordar que yo pertenezco al grupo de quienes han pagado con la cárcel y con la deportación a la isla de Lipari su libertad de espíritu y su contribución a la causa de la libertad), sino porque conozco, y es de dominio público, cuán difícil es en Italia, y en buena parte de Europa, la condición humana, y cuán peligrosa la condición de escritor”.
“Kaputt” es, desde luego, algo más que eso. Un pantano de horrores, un escenario sobrecogedor, demoníaco, dantesco, en el que, sin embargo, apenas se expone una muestra de la grotesca degeneración y crueldad de que son capaces los seres humanos de los países más civilizados, en especial los alemanes que representaban la punta del más elevado desarrollo tecnológico y cultural.
Después de la segunda guerra, Malaparte da un giro a la izquierda, coquetea con la social democracia y se instala con cierta holgura en el Partido Comunista Italiano con el beneplácito de sus principales dirigentes históricos. Es decir, regresa un poco como quien dice al pasado, pues al decir de Palmiro Togliatti, máximo líder del PCI, ciertos fascistas provenían del socialismo (incluso Mussolini si se quiere, el mismo Mussolini, por ejemplo, había sido prominente militante del Partido Socialista Italiano). En esta época Malaparte se inventa o da a conocer una glamorosa biografía sobre sus falsos orígenes proletarios y se radicaliza hasta convertirse al estalinismo y  posteriormente al maoísmo. En la etapa final de su vida pasará del protestantismo al catolicismo.


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Pedro Conde Sturla
12 julio, 2019







Curzio Malaparte

Es difícil encontrar un personaje mas veleidoso y contradictorio, más inestable y exhibicionista que Curzio Malaparte. El apellido inventado lo dice un poco todo. Malaparte es lo contrario de Bonaparte, un personaje al que admiraba, en cierto modo, si acaso admiraba a alguien, aparte de sí mismo. Malaparte era italiano, de origen alemán, hijo de un padre al que odiaba. Su verdadero nombre era Kurt Erich Suckert.

Malaparte fue siempre una vedette, un personaje a la moda que ejerció varias oficios y abrazó todas las causas posibles en sus casi sesenta años de vida (1898-1957). Fue periodista, novelista, poeta, ensayista, dramaturgo, cineasta, diplomático. Era también un dandy, una persona    extremadamente refinada en el vestir, eso que hoy se llamaría metrosexual. Amaba a los perros más que a las mujeres,   aunque en general sólo se amaba a sí mismo, y cultivó con esmero el arte de la esgrima y de batirse en duelo por   
cualquier nadería. En muchos aspectos era un ser 
despreciable, un narcisista, un mitómano, un payaso. Pero 
era un hombre valiente. 
Malaparte era, además de escritor visceral, un hombre de 
acción, un aventurero. En 1914, cuando apenas tenía 16 años, 
escapó del colegio y se alistó en el ejército francés y tomó 
parte en la primera guerra o carnicería mundial, sufrió graves lesiones pulmonares por exposición a gases venenosos, 
alcanzó el grado de capitán y se hizo merecedor de varias 
condecoraciones al valor. 
En 1920 debutó en política como socialista y participó en 1922, o dijo que participó, en la famosa marcha sobre Roma , con la que Benito Mussolini se hizo dueño del poder en Italia. Se convierte en brillante periodista y un intelectual orgánico del régimen, un colaborador a toda prueba. Uno que no sólo acompaña a Mussolini y los camisas negras en la marcha sobre Roma, sino que también de alguna manera se involucra, en 1924, en el asesinato de Giacomo Matteotti, el líder socialista de la oposición.
Malaparte fue, sin duda, un intelectual y una vedette del fascismo, pero era también un tipo incómodo que se tomaba libertades que a otro no le hubieran permitido y que no dejaron de tener consecuencias.
Así, en 1931, tuvo la insana ocurrencia de publicar “Técnicas del golpe de estado”, una obra maestra que habría dado envidia a Maquiavelo y que según se dice era uno de los libros de cabecera de Ernesto Che Guevara. La obra contrapone la supuesta genialidad y carencia de escrúpulos de Trotski a una supuesta cobardía e ineptitud de Lenin. El mismo Lenin del cual se burla en incontables ocasiones. Un Lenin al que  define como un vulgar agente al servicio del Káiser, que lo utilizó como caballo deTroya para sacar a Rusia de la  contienda bélica.  
Mussolini tampoco sale bien parado ni se dio por satisfecho  con el papel que le fue asignado por Malaparte en el polémico texto, pero lo verdaderamente intolerable fueron los juicios sobre Hitler. Al pobre Hitler lo define Malaparte como un político fracasado, un mal imitador de Musolini, y hasta ese momento, hasta el año 1931, parcialmente lo era. Lo peor es que también lo calificó de mujerzuela con los ovarios dañados o algo parecido.
Mussolini se ofendió, desde luego, tenía que ofenderse y prohibió el libro, Malaparte fue expulsado deshonrosamente del Partido Nacional Fascista y lo mandaron al exilio, un exilio más o menos dorado en la pequeña isla italiana de Lipari, al norte de Sicilia, donde recibía la visita de grandes intelectuales de la época. Allí estuvo, al parecer, desde 1933 hasta 1938, aunque muchos afirman que sólo pasó cinco meses. Después de su liberación visitaría varias veces la cárcel.
A pesar de su aversión a Hitler, durante la segunda guerra mundial, justamente al comienzo de la ofensiva alemana contra Rusia, Malaparte fue enviado a cubrir las incidencias de la guerra como corresponsal del “Corriere de la Sera”. Muchos de los artículos que escribió fueron objeto de censura y regresaría con el rabo entre las piernas, acusado de haber mostrado admiración por el heroísmo de los combatientes eslavos y la misma Unión Soviética. De esa experiencia en el frente oriental, concretamente Ucrania, dejaría un amargo testimonio en la novela “Kaputt” (1944).
Lo que piensa el propio Malaparte de ese libro es digno de antología:
“Kaputt es un libro cruel. Su crueldad es la experiencia más extraordinaria que he logrado extraer del espectáculo de la Europa durante estos años de guerra. Con todo, entre los protagonistas de este libro, la guerra no es más que un personaje secundario. Podríamos decir que tiene valor tan sólo como pretexto, si los pretextos inevitables no pertenecieran al orden de la fatalidad. En Kaputt la guerra tiene importancia, pues, en tanto que fatalidad. No aparece de ninguna otra forma. Diría que no aparece como protagonista, sino como espectadora, en el mismo sentido en que es espectador un paisaje. La guerra es el paisaje objetivo de este libro.
“El protagonista principal es Kaputt, este monstruo alegre y cruel. Ninguna palabra si no la dura y casi misteriosa palabra alemana kaputt, que literalmente significa «roto, acabado, hecho añicos, malogrado», podría reflejar lo que somos, lo que Europa es hoy día: un montón de chatarra. Y vaya por delante que yo prefiero esta Europa kaputt a la Europa de ayer y a la de hace veinte, treinta años. Prefiero que esté todo por hacer a tener que aceptarlo todo como una herencia inmutable.
“Esperemos ahora que vengan tiempos realmente nuevos y que no escatimen en respeto y libertad hacia los escritores; porque la literatura italiana tiene necesidad de respeto tanto como de libertad. He dicho «esperemos», y no porque yo no crea en la libertad y en sus beneficios (permítaseme recordar que yo pertenezco al grupo de quienes han pagado con la cárcel y con la deportación a la isla de Lipari su libertad de espíritu y su contribución a la causa de la libertad), sino porque conozco, y es de dominio público, cuán difícil es en Italia, y en buena parte de Europa, la condición humana, y cuán peligrosa la condición de escritor”.
“Kaputt” es, desde luego, algo más que eso. Un pantano de horrores, un escenario sobrecogedor, demoníaco, dantesco, en el que, sin embargo, apenas se expone una muestra de la grotesca degeneración y crueldad de que son capaces los seres humanos de los países más civilizados, en especial los alemanes que representaban la punta del más elevado desarrollo tecnológico y cultural.

Después de la segunda guerra, Malaparte da un giro a la izquierda, coquetea con la social democracia y se instala con cierta holgura en el Partido Comunista Italiano con el beneplácito de sus principales dirigentes históricos. Es decir, regresa un poco como quien al pasado, pues al decir de Palmiro Togliatti, máximo líder del PCI, ciertos fascistas provenían del socialismo (incluso Mussolini, si se quiere, el mismo Mussolini, por ejemplo, había sido prominente militante del Partido Socialista Italiano). En esta época Malaparte se inventa o da a conocer una glamorosa biografía sobre sus falsos orígenes proletarios y se radicaliza hasta convertirse al estalinismo y  posteriormente al maoísmo. En la etapa final de su vida pasará del protestantismo al catolicismo.