viernes, 28 de julio de 2023

El cautiverio

Pedro Conde Sturla

28 julio, 2023

Prisioneros de Luperón junto a las numerosas armas que trajeron en el Catalina

Cinco de los siete fugitivos habían sido capturados con vida y dos habían escapado, provisionalmente escapado. Los primeros minutos del cautiverio fueron de incertidumbre. Estaban vivos, por alguna razón estaban vivos, quizás por él momento vivos, quizás mientras tanto vivos, pero los soldados podían estar esperando instrucciones o poniéndose de acuerdo para ejecutar una matanza en regla. Torturarlos y matarlos probablemente, en el estilo acostumbrado. Quizás ya tenían las órdenes, tal vez sólo se estaban divirtiendo, jugando con los juguetes nuevos.


Les habían ordenado a los prisioneros que se sentaran y se sentaron en el suelo. Todavía respiraban, eso sí, en espera de lo peor. Y lo peor estuvo a punto de suceder: Cómo y por que se salvaron no es fácil de entender.

«Cuando estuvimos sentados en el suelo nos rodearon no menos de cincuenta campesinos que gritaban a coro:”¡No los maten! ¡No los maten! ¡No los Maten! ¡No los maten!

»Era muy grato oír aquel conjunto de voces al que achacamos la conducta moderada de los soldados que armados de ametralladoras y fusiles dominaban la situación.

»De los soldados tengo presente a tres en mis recuerdos de esos momentos.

»El primero fue el que hizo la elección entre José Rolando, Miguelucho y yo y se decidió por el primero para darle el culatazo. ¿Con qué criterio lo eligió sobre todo después de haber estado más cerca de los otros dos? La opinión de Miguelucho, expresada, más tarde en la prisión, fue que creyó que José Rolando era norteamericano. Tal vez esa fue la razón, porque los rasgos físicos de nuestro compañero podrían llevar a esa confusión.

»Otro al que no puedo olvidar es a un raso que armado de una ametralladora se nos paró por delante y mientras rastrillaba el arma ordenó que nos pusiéramos en pie. Nos colocó uno al lado del otro y gritó a los campesinos que se encontraban detrás que desalojaran ese sitio. Al ver su actitud y las órdenes que había dado pensé que se trataba de un fusilamiento.

»La algarabía que formaron los campesinos al tiempo que corrían hizo que entrara en escena el tercer miembro del ejército que se hizo inolvidable para mí por su actitud en esos dramáticos momentos. Se trataba de un sargento de apellido Hernández que traía en sus manos las armas que nos habían pertenecido. Su calma e impasibilidad contrastaban enormemente con el nerviosismo del raso de la ametralladora. Con un gesto le ordenó que se estuviera tranquilo al tiempo que hizo una señal para que nos volviéramos a sentar. Así lo hicimos.

»Entre el instante de la intervención del sargento y el comienzo de los preparativos del soldado transcurrieron unos tres minutos. Durante ese lapso tuve por seguro que nos iban a fusilar. ¿Cuáles fueron mis emociones? ¿Qué pensamientos cruzaron por mi mente?

»De una cosa estoy seguro. Frente a la inminencia de lo irremediable no existe ni el valor ni la cobardía. Estoy seguro de que si el soldado tira el gatillo, como tenía la convicción de que lo haría, los testigos de aquel hecho hubieran dicho que todos morimos valientemente. Sin embargo ¿Hubiera sido un gesto de valor morir sin un grito de protesta? ¿Sin una expresión de rebeldía?» (1)

Tulio Arvelo se preguntaba en esos momentos si la calma que conservaban frente a lo que consideraban inevitable era de resignación o de esperanza. En el fondo todos esperaban que sólo se tratara de una de esas farsas que montaban tan a menudo los guardias de la bestia, un fusilamiento de mentirillas, una cruel tortura sicológica.

Se sorprendió a sí mismo en algún momento mirando el cielo que nunca le había parecido tan azul y luego se preguntaría por qué le había prestaba atención a ese detalle en aquellas circunstancias tan aciagas. En realidad se despedía de aquel cielo que nunca le había parecido tan luminoso, se despedía inconscientemente de la vida, del mundo que pensó se estaba acabando para él. De eso estuvo convencido cuando el guardia raso repitió su pantomima, si acaso era pantomima.

«Al poco rato de estar sentados y en una espera cuyo motivo desconocíamos, se presentó de nuevo el soldado de la ametralladora e intentó repetir la escena anterior. Volvió a ordenar que nos pusiéramos en pie y que los campesinos desalojaran el espacio colocado detrás de nosotros. Cuando nos disponíamos a obedecer, el sargento volvió a intervenir; pero esta vez con energía en la voz dijo al nervioso soldado: “Estese tranquilo Castillo y no moleste más a esos hombres”» (2)

La llegada providencial de la primera autoridad civil puso fin al estado de incertidumbre en que se encontraban los prisioneros. Se trataba del síndico de Luperón que llegó al lugar pavoneándose, jactándose de que la noche anterior el querido jefe, la misma bestia en persona, había estado en el pueblo. Eran palabras de orgullo por haber tenido el honor y seguramente el pavor de haber estado en presencia del perínclito. La bestia lo habría mirado y saludado o a lo peor ni siquiera habría reparado en él, pero su presencia lo había inundado y se sentía feliz y realizado. Se sentía iluminado, casi en estado de gracia, como si hubiera asistido a una revelación. A Tulio Arvelo le pareció que agradecía en el fondo de su alma a los prisioneros por haber propiciado el maravilloso encuentro. En todo momento se mostró cordial y contento. Parecía considerarlos menos como prisioneros que como benefactores. Mostraba una actitud receptiva, condescendiente, incluso reconfortante para los prisioneros. Se sentía eufórico. Dejaba leer su complacencia como un libro abierto. Su extrema disponibilidad y amabilidad.

«Creo que esa actitud receptiva del síndico fue lo que movió a Horacio a decirle: “Dígale a Trujillo que yo quiero hablar con él”.

»Esas palabras fueron pronunciadas en un tono que impresionó a las autoridades tanto civiles como militares. De tal manera que desde ese momento el trato que recibimos podría calificarse hasta de cordial. El servilismo que imperaba frente al tirano era de tal naturaleza que aquellos infelices servidores del régimen no se atrevieron en lo adelante a maltratar ni siquiera de palabra a personas que era seguro que tendrían el privilegio de ser recibidas y oídas por el propio dictador.

»Es indiscutible que cualquiera que hubiera sido la intención de Horacio al hacer esa solicitud, su efecto fue de gran beneficio dentro de nuestra precaria situación.

»Después de la llegada del síndico y de otros funcionarios comenzó nuestro traslado hacia el poblado de Luperón» (3)

(Historia criminal del trujillato [134])

Notas: 

  1. (1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, pos. 193,194 
  2. (2) Ibid., p. 195
  3. (3) Ibid., p.196


viernes, 14 de julio de 2023

La captura

Pedro Conde Sturla 

14 julio, 2023

Los cincos expedicionarios de Luperón capturados con vida. De izquierda a derecha: Horacio Julio Ornes Coiscou, Tulio Hostilio Arvelo Delgado, José Rolando Martínez Bonilla, Miguel Ángel Feliú Arzeno y José Félix Córdoba Boniche (nicaragüense)

Durante un par de días estuvieron caminando en dirección a la frontera haitiana, o al menos eso creían. Más tarde descubrirían que la marcha hacia el oeste había sido más bien errática, que caminaban en círculos y en zigzag. Cuando cayeron finalmente en manos de los soldados de la bestia sólo estaban a cuatro horas de Luperón. Ese fue el tiempo que les tomaría, en calidad de prisioneros, el viaje de regreso.


En esos dos días hicieron hasta lo imposible por mantenerse ocultos. Los cuidados que había que dispensar al comandante enfermo (que de vez en cuando sufría desmayos a causa de la fiebre) y los inconvenientes para transportarlo en la improvisada camilla dificultaban la marcha y obligaban a extremar las precauciones. Para peor, las fuentes de agua escaseaban y la comida no aparecía por ninguna parte. Una de las pocas cosas que comieron, o quizás la única, fue una guanábana que contribuyó milagrosamente a la recuperación del enfermo.

«No fue sino hasta la media tarde cuando logramos encontrar un poco de agua en una cañada casi seca.
»Después que Horacio comió parte de la guanábana y tomó agua mejoró bastante y aunque la fiebre no desapareció del todo pudo ponerse en pie y caminar ayudado por uno de nosotros. De esa manera la marcha se hizo más fácil y pudimos avanzar con más celeridad». (1)

Dice Tulio Arvelo que la segunda noche durmieron como troncos en lo alto de un cerro, cobijados por frondosos algarrobos, y que fueron despertados por una algarabía de cotorras, apetitosas cotorras que en una situación más propicia les habrían servido de alimento.

Las cotorras también atrajeron la atención de un grupo de campesinos que les venían pisando los talones. Uno de ellos, sólo uno, traía una escopeta.

Los fugitivos ocultaron las armas en una frazada y acordaron identificarse como agrimensores y los campesinos fingieron creérselo.

«Los primeros en dar la cara fueron Gugú y José Rolando. Por previo acuerdo tomado entre todos con la celeridad que el caso requería nos identificamos como un grupo de agrimensores. Los campesinos no dieron muestras de ninguna suspicacia. Se creó una falsa situación en la que tanto ellos como nosotros sabíamos cual era la verdad…» (2)

No serían más de doce campesinos y ninguno mostraba señales de hostilidad. Campesinos afables con los que se amigaron o fingieron amigarse de inmediato, intercambiaron saludos, charlaron, los siguieron hasta unos bohíos. Lo mejor de todo fue que les brindaron café y empezaron a preparar lo que hubiera sido una suculenta comida. Pero poco a poco fueron llegando otros, aumentando el número de afables campesinos armados con cuchillos y machetes. Muy pronto estuvieron superados en número y rodeados.

La comida olía bien, pero los “agrimensores” también se olían una trampa y decidieron marcharse, con dolor en el alma y el estómago, marcharse contra sus deseos y el hambre que los atenazaba:

«¿De quién fue la idea de marcharnos de aquel sitio? Nunca lo supe. Más tarde en la prisión Miguelucho hizo el siguiente comentario:

«“Si nos hubiéramos quedado en ese bohío se hubieran salvado Gugú y Calderón”. El caso es que resolvimos irnos y así lo hicimos saber a los campesinos quienes no pusieron ningún reparo a nuestra decisión. Por el contrario, la aceptaron de inmediato y uno de ellos, de nombre Juaniquito se brindó para servirnos de guía. Luego supimos que ese gesto le costó la vida.

»Con Juaniquito a la cabeza abandonamos aquel lugar sin haber probado los alimentos que nos preparaban y cuyo aroma hacía rato llegaba a mi olfato.

»Como siempre caminamos en fila india. Después de nuestro improvisado guía iba Gugú quien por el quebranto de Horacio se había convertido en líder del grupo». (3)

Es probable que la comida no haya sido más que un pretexto para ganar tiempo y esperar la llegada de los guardias de la bestia, o quizás alguien había decidido por su propia cuenta dar la voz de alarma y los guardias se pusieron en movimiento. Al cabo de apenas media hora de marcha hicieron acto de presencia.

Salieron como quien dice de ninguna parte con fusiles y ametralladoras en las manos y cuando los fugitivos vinieron a darse cuenta ya los tenían encima, repartiendo culatazos y disparando. Por lo menos a José Rolando Martínez Bonilla le dieron un culatazo en la cara y no supo más de sí.

Junto con los guardias llegaron campesinos enarbolando machetes y cuchillos de tamaño premonitorio, posiblemente afilados como hojas de afeitar, y se armó un pandemonio, un corredero, un gritadero, una balacera.

«De pronto —cuenta Tulio Arvelo—los acontecimientos comenzaron a desarrollarse con precipitación.
»Por mi espalda sentí gente que venía corriendo y cuando miré ví a un soldado que se acercaba armado de una ametralladora en el preciso instante en que comenzaba a disparar. Instintivamente me tiré al suelo y ví que José Rolando hacía lo mismo mientras colocaba el bulto sobre la tierra. Alcancé a ver a Miguelucho que también yacía acostado; pero a los demás no podía verlos porque me lo impedía un desnivel del terreno. El guardia de la ametralladora me pasó por el lado siempre disparando y también desapareció de mi vista al llegar a la pequeña hondonada que formaba el desnivel que me ocultaba a Horacio y a los demás compañeros. Sin darme cuenta por donde habían llegado, todo el espacio a mi alrededor se lleno de campesinos y de algunos soldados armados. Vi venir a uno con un rifle agarrado en posición de golpear con la culata, miró a Miguelucho, siguió hacía mi, me lanzó una rápida mirada y luego se dirigió hacia el sitio en que estaba José Rolando y le descargó un fuerte culatazo en un lado de la cara. José Rolando no emitió el más leve quejido y se desplomó sin sentido. Al ver esa acción pensé que yo sería el próximo; pero detrás del soldado había llegado un campesino casi un anciano, quien se me tiró encima esgrimiendo un largo cuchillo y me cubrió con su cuerpo mientras me decía al oído: “no se apure, que yo soy su garantía”.

»En el primer momento no aquilaté lo que aquello significaba. Sólo sé que desde el suelo y a través de los brazos de mi protector ví que el soldado se alejaba de mi lado. Todo había sucedido en tan corto tiempo que no había podido reflexionar acerca de la nueva situación. Una vez que el soldado se alejó y que el viejo campesino se me quitó de encima me entró la preocupación de que tal vez los compañeros que habían quedado fuera de mi radio visual hubieran sido muertos por el soldado que disparaba con la ametralladora. Por eso sentí un relativo alivio cuando ya sentado en el suelo al lado de Miguelucho y de José Rolando que ya había recobrado el sentido, vi que traían a Horacio y a Córdova Boniche y los sentaron a mi lado. De inmediato pregunté por los que faltaban. Gugú y Calderón habían logrado huir porque como los primeros tiros sonaron por la retaguardia y ellos iban muy alante pudieron correr y escabullirse por entre unos matorrales. Luego supe que Córdova Boniche intentó hacer lo mismo; pero se enredó con unos bejucos, y al caer al suelo el guía Juaniquito se le había ido encima con un colín en la mano y no le había permitido escapar. Muy lejos estaba el muchacho nicaraguense de pensar en esos momentos que con esa acción se le había salvado la vida.

»Habíamos sido hechos prisioneros en la mañana del 22 de junio, o sea, más o menos cincuenta horas después de nuestro desembarco. Se cerraba un ciclo más y se abría otro pleno de nuevas interrogantes.». (4)


(Historia criminal del trujillato [133])

Notas: 

  1. (1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 186
  2. (2) Ibid., p. 189
  3. (3) Ibid., p. 190
  4. (4) Ibid., págs. 192, 193





viernes, 7 de julio de 2023

La fuga hacia ninguna parte (2 de 2)

Pedro Conde Sturla 

7 julio, 2023


A la frontera con Haití nunca llegarían. Se pasaron la noche caminando, descansaron un rato al amanecer y se dirigieron hacia el oeste. Tenían cuarenta y ocho horas sin comer ni dormir y el agua de las cantimploras, de las dos únicas cantimploras, se agotó rápidamente y empezaron a sentir las punzadas de la sed. El cansancio, el hambre, el calor y la falta de sueño, pero sobre todo la sed.

A pesar de todo, y en aquellas adversas circunstancias, todavía mantenían un cierto bizarro sentido del humor

“Nadie se quejaba del hambre, en cambio a cada momento algunos manifestaban la mortificación que les producía la falta de agua. En una ocasión le dije a Miguelucho que daría cualquier cosa por beber algo y el rápidamente se volvió y me dijo:

“Pues abre la boca que aquí tengo una cosa para tí”, al tiempo que hacía el gesto peculiar de quien va a orinar. Aquello produjo una risotada general. A pesar de lo crítico de nuestra situación todavía nos quedaban ánimos para reír». (1)

El humor era prácticamente lo único que les quedaba a los desesperanzados fugitivos. Sabían que los estaban buscando y que no tardarían en encontrarlos. De hecho en toda la comarca se había dado la voz de alerta y los cancerberos de la bestia se habían desplegado en zafarrancho de combate, se había dado órdenes a los campesinos de dar aviso al primer avistamiento y no prestarles ningún tipo de ayuda. 

Familias enteras habían sido evacuadas de sus bohíos y los hombres habían sido concentrados y organizados para tomar parte en la persecución, en la cacería de humanos. Varias veces los fugitivos los habían divisado desde lejos y habían escurrido el bulto, pero temían que en cualquier momento se produjera un encuentro, o mejor dicho un desencuentro fatal y recelaban hasta de sus sombras. Sobre todo de la ominosa sombra de la bestia.

“Como es natural –dice Tulio Arvelo- uno de los motivos que más ocupaban mi mente en aquellas primeras horas de la fuga a través del monte era el de nuestro destino inmediato. Tenía la sensación de que ninguno de nosotros sabía a ciencia cierta lo que haríamos en el minuto siguiente.

“Después que abandonamos el Catalina en nuestro ánimo nunca hubo un propósito definido como no fuera el de caminar hacia el Oeste porque casi inconscientemente pensábamos que si llegábamos a cruzar la frontera escaparíamos de las garras de Trujillo. Y ni siquiera esa meta adquiría verdaderos perfiles, por lo menos de una manera clara”. (2)

Por suerte, el mismo bromista Miguelucho anunciaría un poco más adelante el hallazgo de una fuente de agua. Agua de un arroyo sucio que les pareció el manjar más delicioso del mundo, el agua sucia y preciosa en la que se refrescaron y renovaron.

“El agua que había encontrado Miguelucho provenía de un pequeño arroyo de contenido no muy limpio; pero que a nosotros nos pareció el más puro y cristalino del mundo.

“Antes de tomar agua y meter la cabeza por completo en el arroyo me detuve un instante a contemplar a los compañeros que habían llegado antes a su cauce. La sensación de alivio que experimenté aunque duró poco, me hizo olvidar momentáneamente lo grave de la situación en que nos hallábamos. Fue como si nuestro único objetivo fuera el encontrar agua. Estoy seguro de que todos sentimos la misma sensación. Esto así por el gran regocijo que nos invadió. De momento olvidamos las precauciones que nos habíamos impuesto entre las que se encontraba en primer término el guardar el mayor silencio posible. Llenamos las dos cantimploras y reiniciamos la marcha rumbo a Occidente». (3)

La fiesta del agua, sin embargo, el regocijo y la vitalidad que habían adquirido por obra y gracias de la bendita agua, no duró mucho tiempo. Al cabo de media hora el comandante Horacio Ornes estuvo a punto de desplomarse, aunque no a causa de lo que había ingerido. Se sintió mal o se sintió peor de lo que posiblemente había venido sintiéndose y se vió obligado a tumbarse bajo un árbol. Manuel Calderón, el estudiante de medicina que hacía las veces de médico, sólo tendría que tocarlo para descubrir que estaba caliente como un fogón, tenía una fiebre muy alta y dijo no podía seguir caminando
“Nos detuvimos y luego de deliberar decidimos construir una especie de camilla con una de las frazadas y unos palos que cortó Gugú con el único instrumento cortante que teníamos.

“Este incidente hizo aminorar nuestra capacidad de acción puesto que debíamos cargar a nuestro compañero, lo que hicimos por turno. Así estuvimos caminando toda la tarde. Mientras tanto casi toda el agua se la había bebido Horacio puesto que la fiebre aumentaba su sed. Durante todo ese día no ingerimos ningún alimento». (4)

Esa noche, según cuenta Tulio Arvelo, a pesar del cansancio durmió mal, atormentado por un sueño de pesadillas en el que siempre aparecía el Catalina en llamas, escuchaba una vez y otra vez la horrenda explosión del Catalina, lo atormentaban y aturdían las voces agónicas de los compañeros que perecían en su interior.

“Desperté muy temprano; pero como algunos compañeros todavía dormían, me quedé tirado de espaldas en el suelo y di riendas sueltas a mis pensamientos. A pesar del tiempo transcurrido todavía me acuerdo de ellos porque fueron muchas las veces que los comenté con Miguelucho durante los ocho largos meses que pasamos en las cárceles de Trujillo”. (5)

(Historia criminal del trujillato [132]) 

Notas: 

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 182

(2) Ibid., p. 184

(3) Ibid., p. 183

(4) Ibid.

(5) Ibid., p.184