sábado, 27 de noviembre de 2021

El círculo del poder (2): El ascenso de Paulino

Pedro conde Sturla

26 noviembre, 2021

Anselmo Paulino Álvarez

La bestia tenía buen ojo para elegir a sus servidores, igual que para el ganado. Elegía con fino acierto a los mejores juristas, a los mejores administradores, a los peores asesinos. Supo elegir también o asociarse a hombres con capacidad empresarial que le ayudaron a crear y dirigir sus múltiples negocios. Uno de sus grandes asesores en materia económica, alguien que lo había conocido y tratado desde antes de llegar al poder y que sobreviviría a su caída, era José María Bonetti Burgos, alias Santanita. Se dice que tanto él como su hermano Ernesto fueron los que apadrinaron a la bestia, los que lo presentaron en sociedad cuando fue trasladado a la capital en 1924 y era todavía coronel de la policía.

Crassweller describe a Bonetti Burgos en términos casi elogiosos, como una persona de recia personalidad y sin los defectos de carácter que eran comunes a otros servidores. Llegó a ser diputado, secretario de Estado de la Presidencia, secretario personal de la bestia y más o menos frecuente compañero de viaje. Pero Bonetti Burgos —al decir de Crassweller— no tenía ambiciones políticas y si las tenía prefería disimularse. Era, sobre todo, un hombre de negocios, entregado a los negocios y preferentemente a los negocios. En calidad de hombre de negocios, asesor y asociado de la bestia logró, a diferencia de la mayoría, mantenerse en la cuerda floja del poder. Mantener estable o más o menos estable su productiva relación con la bestia durante todo su régimen.

Sin embargo, ningún otro servidor tuvo para la bestia la importancia casi desproporcionada que llegó a tener Anselmo Paulino Alvarez, sobre todo en materia económica. Nadie, en la corte de la bestia, llegó a acumular el poder y la influencia de Paulino ni a ejercer la prepotencia de la manera en que lo hizo.

Dicen que cuando Negro Trujillo era presidente de la República y le preguntaban y le pedían ciertas cosas, respondía un poco a la manera de Peynado, escurriendo el bulto. Decía que no sabía nada, que no podía hacer nada, que él sólo era presidente. Paulino, en cambio, hacía uso discrecional del poder, tenía iniciativa propia, ordenaba, resolvía, y quizá en algún momento se creyó equivocadamente imprescindible.

La influencia de Paulino sobre la bestia se tradujo en la creación y eficiente administración de un importante número de empresas y un ambicioso programa de expansión económica, desarrollo industrial y comercial que convirtió a la bestia en el dueño de casi todas las riquezas de país. Algunas de esas empresas eran monopolios y no se permitía la competencia, y cuando algo andaba mal y empezaban a dejar pérdidas se vendían jugosamente al Estado.

Paulino no se ocupaba solamente de economía y de los grandes asuntos del gobierno, podía viajar por órdenes de la bestia a Filipinas para comprar un ingenio azucarero y podía viajar por órdenes de Angelita (la hija mimada de la bestia) a comprarle ropa a Nueva York. Ningún asunto del Estado le era ajeno. Paulino fue el hombre en que la bestia delegó su confianza para zanjar a golpe de papeletas el conflicto diplomático que había surgido entre Santo Domingo y Haití a raíz de la matanza haitiana, y en 1941 fue negociador para la compra del National City Bank, que se convertiría en el Banco de Reservas de la República Dominicana. Era, pues, un servidor multifacético y un adicto al trabajo.

Anselmo Paulino representaba, de muchas maneras, el polo opuesto de Peña Batlle. Carecía de formación intelectual o militar y no parecía sentir ningún tipo de fobia o animadversión hacia los haitianos. Había nacido en Montecristi y se había criado en la frontera, en contacto permanente con los habitantes del otro lado, hablaba con fluidez el creol y se había casado con una haitiana llamada Andree, que le rendía culto a los luases tutelares del santoral vudú y tenía poderes. Paulino había perdido un ojo, le habían puesto uno de vidrio y le decían el tuerto, por supuesto, pero también le decían el ojo mágico y también tenía poderes o por lo menos se los atribuían, que viene siendo lo mismo en el imaginario popular. El hecho es que Anselmo Paulino lo veía todo, lo escuchaba todo y lo sabía todo. Mucha gente juraba que el influjo que ejercían él y su esposa sobre la bestia a través de los infalibles rituales mágicos del vudú había sido el factor determinante en los logros de sus grandes éxitos. De hecho, la misma bestia —según se comentaba— era un devoto de lua Candeló, un espíritu del fuego cuyo distintivo es el color rojo. Por eso la bestia exhibía con frecuencia un pañuelo de ese color en su vestimenta y recibía protección.

La carrera de Paulino no fue precisamente meteórica. Consiguió lo que consiguió en un lapso de veinte años, escalando posiciones, una tras otra, pero a un ritmo sostenido y demostrando extraordinarias habilidades en la solución de problemas políticos, económicos y diplomáticos. Su primer cargo en el gobierno —gracias a los buenos oficios de su padre, que era alcalde del Distrito Municipal de Restauración—, fue el de cónsul en Cabo Haitiano. Después sería embajador de Haiti y gobernador de la Provincia Libertador. En 1943 fue nombrado en el delicado cargo de comisionado especial en la frontera y finalmente, en 1947, empezó a formar parte del codiciado gabinete del gobierno como secretario de Interior y Policía.

En 1949 fue nombrado secretario de estado sin cartera, luego supervisor de la Policía Nacional y carreteras, luego inspector general del poder ejecutivo. También ostentó el rango más o menos honorario de general de brigada y estuvo en el congreso como representante de la provincia Libertador (Dajabón). Para esa época tenía 39 años y la vida le sonreía.

Sin embargo —como dice Crassweller— nada era tan simple, ni siquiera para Paulino, en la era de la bestia. Paulino, de repente, fue relegado a un puesto de menor importancia, como sucedía regularmente con casi todos los servidores del régimen.

Poco tiempo después, todos los cargos que le habían conferido en 1949 fueron confirmados y desde 1951 hasta 1954 ejerció —como dice Crassweller— el poder en nombre de La bestia hasta el punto de que su voz llegó a ser o confundirse con la voz de la propia bestia.

Paulino lo tenía todo en ese momento y de seguro sentía que el mundo estaba en sus manos, pero había perdido —como Macbeth— el derecho al sueño, aunque por razones diferentes. No era la conciencia lo que le impedía dormir o dormir tranquilo. La bestia podía llamarlo y lo llamaba a cualquier hora y lo presionaba constantemente. De tal suerte, Paulino había hecho instalar teléfonos hasta en el baño de su casa para poder responder a sus intempestivos reclamos, órdenes, solicitudes. Y se sobresaltaba de tal manera que una vez, mientras se duchaba, sonó el timbre y Paulino procedió con tal torpeza o nerviosismo que se rompió un diente al llevarse el auricular al oído.

(Historia criminal del trujillato [67])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
Crónica del presente — El Nacional

(https://elnacional.com.do/cronica-del-presente-190/ de

Reynaldo R. Espinal, , “Anselmo Paulino Álvarez: Ascenso y caída del principal valido de Trujillo” (2-2)

(https://acento.com.do/opinion/anselmo-paulino-alvarez-ascenso-y-caida-del-principal-valido-de-trujillo-1-2-2-9007765.html).



viernes, 26 de noviembre de 2021

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO (tercera parte)

(61-100)

Pedro Conde Sturla

Índice:
La bestia sigue a caballo (1)
La bestia sigue a caballo (2)
Los inmigrantes 
Meditaciones morales (1)
Meditaciones morales (2)
El círculo del poder (1)
El círculo del poder (2): El ascenso de Paulino
El círculo del poder (3): El ascenso de Paulino
El círculo del poder (4): El ascenso de Paulino
El círculo del poder (5): El derrumbe de Paulino
El círculo del poder (6): el derrumbe de Paulino
El círculo del poder (7): Vicisitudes y venturas de Paulino
El círculo del poder (8): La danza de los favoritos    
El círculo del poder (9): La danza de los favoritos
El círculo del poder (10): La danza de los favoritos 
El círculo del poder (11): la danza de los favoritos y la casa del cerro
El círculo del poder (12):La danza de los favoritos y la casa del cerro
El círculo del poder (13): La caída de Don Cucho y otros favoritos

La bestia sigue a caballo (1)

Pedro Conde Sturla

15 octubre, 2021


El día 15 de noviembre de 1940 quedó registrado en la historiografía trujilloniana como uno de los más grandes acontecimientos de la historia patria. En ese magna fecha se anunció la creación de un nuevo partido político que al parecer correspondía al más auténtico clamor de la nación dominicana: el Partido Trujillista.

En realidad era un apéndice del Partido Dominicano, una especie de círculo interior, un grupo de élite del que sólo formarían parte los auténticos trujillistas. Aquellos sobre cuya lealtad no había la menor sombra de duda. De hecho, el Partido Trujillista sería como un Monte Olimpo, un paraíso terrenal donde la bestia se rodearía de los más intachables cortesanos. Muchos se sentirían llamados, pero no todos serían elegidos.

Desde su fundación, en 1931, el Partido Dominicano celebraba con vehemencia la entereza de aquel prócer que había dicho: “Mis mejores amigos son los hombres de trabajo”. Ahora se sumaba al coro el nuevo Partido Trujillista. Un Partido Trujillista que pretendía ser un reducto moral donde se pretendía honrar la pretendida moral de la bestia. Un príncipe, un gobernante —como decía Maquiavelo— no tiene que tener virtudes, pero debe aparentar que las tiene. El acróstico de Rafael Leónidas Trujillo Molina ( Rectitud, Libertad, Trabajo y Moralidad) exaltaba, en efecto, un dechado de virtudes que la bestia no poseía y que además despreciaba y no le interesaba poseer. Era una oración cínica, en grado superlativo, que había sido escrita y se escribía en caracteres indelebles en paredes y fachadas de los edificios públicos y que se repetía diariamente en los medios de comunicación de todos los rincones del país. Una consigna machacona, oprobiosa.

Ahora bien, ser miembro del Partido Dominicano era obligatorio, pero ser miembro del Partido Trujillista era un privilegio.

Los miembros de la directiva del Partido Dominicano se contaron entre los primeros que solicitaron la admisión en el Partido Trujillista y fueron admitidos. Casi de inmediato se formó un tremendo avispero. Un enjambre de fogosos trujillistas se manifestó en los días siguientes a favor de incorporarse a la nueva organización y fueron incorporados. Ni los trujillistas sinceros ni los trujillistas de mala gana querían quedarse fuera, pero no fueron pocos los rechazados. Tenían que ganarse la admisión demostrando su lealtad al régimen de modo más fehaciente. En cambio Trujillo solicitó humildemente la aceptación y fue de inmediato aceptado y fue de inmediato nombrado, celebrado, elevado a la condición de jefe único de la organización.

Lo cierto es que la bestia parecía estar impaciente. No le hacía tanta gracia, quizás, ejercer el poder sin ostentar en todo momento el glorioso título de Presidente de la República, el signo del poder que le confería la más alta magistratura del Estado. Se estaba preparando para recuperar el valioso símbolo que había depositado en las manos de un gobernante de mentirilla.

Desde el nuevo Partido Trujillista y desde el viejo Partido Dominicano se lanzaría su candidatura en las elecciones de 1942 y el pueblo dominicano lo llevaría otra vez a la Presidencia de la República.

Como dice Crassweller, no se produjo ninguna diferencia en las boletas electorales del Partido Dominicano y el Partido Trujillista. El nombre de la bestia y los de los demás candidatos eran coincidencialmente los mismos.

Los líderes de ambos partidos, que eran también más o menos coincidencialmente los mismos, no ocultaban su complacencia ni ocultaban su impaciencia. Exultaban, nerviosos, ante la idea de ser los primeros en llevar a la bestia la grata noticia. Sorprenderlo quizás con la grata noticia.

La bestia no se sentiría sorprendida, pero se mostraría complacida cuando en febrero de 1942 recibió en la Estancia Fundación a un distinguido séquito de connotados dirigentes políticos que venían a decirle que había sido designado candidato a la presidencia por el Partido Dominicano y el Partido Trujillista.

Estaban todos vestidos o más bien enfundados en calurosos trajes de lana, de casimir inglés, con ajustados chalecos, con corbatas anudadas como sogas de ahorcar. Algunos de los más emperifollados vestían chaqué, una especie de frac, el traje de máxima etiqueta para eventos formales y ceremonias diurnas. El agobiante traje de pingüino.

La bestia, en cambio, vestía deportivamente un traje de montar y montaba un soberbio caballo, uno de los muchos que tenía. La bestia era un magnífico jinete. Montar caballo, violar mujeres, malograr doncellas era algo que había aprendido a la perfección desde su temprana juventud.

Los distinguidos dirigentes exhibían en presencia de la bestia una extraña dignidad (la dignidad o indignidad de los cortesanos) y la bestia exhibía una extraña indiferencia, una especie de desdén o de desprecio.

Al frente de la delegación estaban Porfirio Herrera, Paíno Pichardo, Cucho Álvarez Pina y otros encumbrados personajes, pero la bestia no les prestó mayor atención. Empezó a pavonearse en su caballo árabe pura sangre: un encabritado semental árabe de pura sangre, como dice Crassweller.

Mientras los delegados discurseaban, lo aclamaban, se deshacían en elogios y felicitaciones, la bestia exhibía su destreza a lomo del cuadrúpedo imponente, maniobraba con su consumada habilidad, lo espoleaba, le hacía tascar el freno, lo hacía recular, caracolear, encabritarse, lo obligaba a embestir y frenar de golpe. Le imponía su dominio. Lo sometía a la obediencia.

Al final del acto se encaró por primera vez en serio con los nerviosos y acalorados miembros de la delegación. Sólo el caballo que montaba la bestia sudaba más que ellos.

Los miró, se miraron, se quedarían probablemente unos segundos en silencio. Luego, con su tenebrosa vocecita chillona, la bestia pronunció unas palabras que la historia recogería en letras mayúsculas, letras de tinta y plomo, letras de piedra y bronce que quedarían grabadas en la memoria de los siglos:

—Y seguiré a caballo...
Esa fue su manera de aceptar la candidatura que tan complacientemente le ofrecían y que celebró de inmediato con gran estruendo de fuegos artificiales que tenía reservados para la ocasión, el inicio más o menos oficial de la campaña. Una descomunal campaña de prensa y radio que se hizo eco de la frase que la bestia había pronunciado desde la altura heroica de su pura sangre árabe. Es posible que ni siquiera el Cid Campeador ni Alejandro el Conquistador hubieran sido tan celebrados en su época como lo fuera la bestia en esos días. Las fotos del intrépido jinete aparecían como por magia en todas partes. La frase de la bestia, la vanidad sin fondo de la bestia, las fotos de la bestia a lomo de briosos corceles pasarían a la historia.

(Historia criminal del trujillato [61])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

La bestia sigue a caballo (2 de 2)

Pedro Conde Sturla

22 octubre, 2021



Las elecciones del 16 de mayo de 1942 fueron precedidas por un gran despliegue de propaganda y movilizaciones de masa, por un aparente derrame de entusiasmo visceral en todo el país, una entrega aparentemente incondicional del pueblo dominicano a los encantos de la bestia. Prácticamente no había oposición, pero la contienda parecía reñida.
Como era de esperarse, la bestia ganó, efectivamente, como tenía que ganar. Ganó por abrumadora mayoría, casi por unanimidad, casi por aclamación, y con un total de 509,999 votos. Un triunfo limpio, avasallador, que no dejaba lugar ni para dudas.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO (61-69)

TERCERA PARTE 

Índice:
La bestia sigue a caballo (1)
La bestia sigue a caballo (2)
Los inmigrantes 
Meditaciones morales (1)
Meditaciones morales (2)
El círculo del poder (1)
El círculo del poder (2): El ascenso de Paulino
El círculo del poder (3): El ascenso de Paulino
El círculo del poder (4): El ascenso de Paulino

La bestia sigue a caballo (1)

Pedro Conde Sturla

15 octubre, 2021


El día 15 de noviembre de 1940 quedó registrado en la historiografía trujilloniana como uno de los más grandes acontecimientos de la historia patria. En ese magna fecha se anunció la creación de un nuevo partido político que al parecer correspondía al más auténtico clamor de la nación dominicana: el Partido Trujillista.

En realidad era un apéndice del Partido Dominicano, una especie de círculo interior, un grupo de élite del que sólo formarían parte los auténticos trujillistas. Aquellos sobre cuya lealtad no había la menor sombra de duda. De hecho, el Partido Trujillista sería como un Monte Olimpo, un paraíso terrenal donde la bestia se rodearía de los más intachables cortesanos. Muchos se sentirían llamados, pero no todos serían elegidos.

Desde su fundación, en 1931, el Partido Dominicano celebraba con vehemencia la entereza de aquel prócer que había dicho: “Mis mejores amigos son los hombres de trabajo”. Ahora se sumaba al coro el nuevo Partido Trujillista. Un Partido Trujillista que pretendía ser un reducto moral donde se pretendía honrar la pretendida moral de la bestia. Un príncipe, un gobernante —como decía Maquiavelo— no tiene que tener virtudes, pero debe aparentar que las tiene. El acróstico de Rafael Leónidas Trujillo Molina ( Rectitud, Libertad, Trabajo y Moralidad) exaltaba, en efecto, un dechado de virtudes que la bestia no poseía y que además despreciaba y no le interesaba poseer. Era una oración cínica, en grado superlativo, que había sido escrita y se escribía en caracteres indelebles en paredes y fachadas de los edificios públicos y que se repetía diariamente en los medios de comunicación de todos los rincones del país. Una consigna machacona, oprobiosa.

Ahora bien, ser miembro del Partido Dominicano era obligatorio, pero ser miembro del Partido Trujillista era un privilegio.

Los miembros de la directiva del Partido Dominicano se contaron entre los primeros que solicitaron la admisión en el Partido Trujillista y fueron admitidos. Casi de inmediato se formó un tremendo avispero. Un enjambre de fogosos trujillistas se manifestó en los días siguientes a favor de incorporarse a la nueva organización y fueron incorporados. Ni los trujillistas sinceros ni los trujillistas de mala gana querían quedarse fuera, pero no fueron pocos los rechazados. Tenían que ganarse la admisión demostrando su lealtad al régimen de modo más fehaciente. En cambio Trujillo solicitó humildemente la aceptación y fue de inmediato aceptado y fue de inmediato nombrado, celebrado, elevado a la condición de jefe único de la organización.

Lo cierto es que la bestia parecía estar impaciente. No le hacía tanta gracia, quizás, ejercer el poder sin ostentar en todo momento el glorioso título de Presidente de la República, el signo del poder que le confería la más alta magistratura del Estado. Se estaba preparando para recuperar el valioso símbolo que había depositado en las manos de un gobernante de mentirilla.

Desde el nuevo Partido Trujillista y desde el viejo Partido Dominicano se lanzaría su candidatura en las elecciones de 1942 y el pueblo dominicano lo llevaría otra vez a la Presidencia de la República.

Como dice Crassweller, no se produjo ninguna diferencia en las boletas electorales del Partido Dominicano y el Partido Trujillista. El nombre de la bestia y los de los demás candidatos eran coincidencialmente los mismos.

Los líderes de ambos partidos, que eran también más o menos coincidencialmente los mismos, no ocultaban su complacencia ni ocultaban su impaciencia. Exultaban, nerviosos, ante la idea de ser los primeros en llevar a la bestia la grata noticia. Sorprenderlo quizás con la grata noticia.

La bestia no se sentiría sorprendida, pero se mostraría complacida cuando en febrero de 1942 recibió en la Estancia Fundación a un distinguido séquito de connotados dirigentes políticos que venían a decirle que había sido designado candidato a la presidencia por el Partido Dominicano y el Partido Trujillista.

Estaban todos vestidos o más bien enfundados en calurosos trajes de lana, de casimir inglés, con ajustados chalecos, con corbatas anudadas como sogas de ahorcar. Algunos de los más emperifollados vestían chaqué, una especie de frac, el traje de máxima etiqueta para eventos formales y ceremonias diurnas. El agobiante traje de pingüino.

La bestia, en cambio, vestía deportivamente un traje de montar y montaba un soberbio caballo, uno de los muchos que tenía. La bestia era un magnífico jinete. Montar caballo, violar mujeres, malograr doncellas era algo que había aprendido a la perfección desde su temprana juventud.

Los distinguidos dirigentes exhibían en presencia de la bestia una extraña dignidad (la dignidad o indignidad de los cortesanos) y la bestia exhibía una extraña indiferencia, una especie de desdén o de desprecio.

Al frente de la delegación estaban Porfirio Herrera, Paíno Pichardo, Cucho Álvarez Pina y otros encumbrados personajes, pero la bestia no les prestó mayor atención. Empezó a pavonearse en su caballo árabe pura sangre: un encabritado semental árabe de pura sangre, como dice Crassweller.

Mientras los delegados discurseaban, lo aclamaban, se deshacían en elogios y felicitaciones, la bestia exhibía su destreza a lomo del cuadrúpedo imponente, maniobraba con su consumada habilidad, lo espoleaba, le hacía tascar el freno, lo hacía recular, caracolear, encabritarse, lo obligaba a embestir y frenar de golpe. Le imponía su dominio. Lo sometía a la obediencia.

Al final del acto se encaró por primera vez en serio con los nerviosos y acalorados miembros de la delegación. Sólo el caballo que montaba la bestia sudaba más que ellos.

Los miró, se miraron, se quedarían probablemente unos segundos en silencio. Luego, con su tenebrosa vocecita chillona, la bestia pronunció unas palabras que la historia recogería en letras mayúsculas, letras de tinta y plomo, letras de piedra y bronce que quedarían grabadas en la memoria de los siglos:

—Y seguiré a caballo...
Esa fue su manera de aceptar la candidatura que tan complacientemente le ofrecían y que celebró de inmediato con gran estruendo de fuegos artificiales que tenía reservados para la ocasión, el inicio más o menos oficial de la campaña. Una descomunal campaña de prensa y radio que se hizo eco de la frase que la bestia había pronunciado desde la altura heroica de su pura sangre árabe. Es posible que ni siquiera el Cid Campeador ni Alejandro el Conquistador hubieran sido tan celebrados en su época como lo fuera la bestia en esos días. Las fotos del intrépido jinete aparecían como por magia en todas partes. La frase de la bestia, la vanidad sin fondo de la bestia, las fotos de la bestia a lomo de briosos corceles pasarían a la historia.

(Historia criminal del trujillato [61])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

La bestia sigue a caballo (2 de 2)

Pedro Conde Sturla

22 octubre, 2021



Las elecciones del 16 de mayo de 1942 fueron precedidas por un gran despliegue de propaganda y movilizaciones de masa, por un aparente derrame de entusiasmo visceral en todo el país, una entrega aparentemente incondicional del pueblo dominicano a los encantos de la bestia. Prácticamente no había oposición, pero la contienda parecía reñida.
Como era de esperarse, la bestia ganó, efectivamente, como tenía que ganar. Ganó por abrumadora mayoría, casi por unanimidad, casi por aclamación, y con un total de 509,999 votos. Un triunfo limpio, avasallador, que no dejaba lugar ni para dudas.

sábado, 20 de noviembre de 2021

El círculo del poder (1)

Pedro Conde Sturla

19 noviembre, 2021



BODA TRUJILLO / MACLAUGHLIN ; 1959
Boda  de  Hector  Bienvenido  Trujillo  ( Negro )      " Presidente de la República " y  Alma McLaughlin.
A la izquierda Rafael Leónidas Trujillo , padrino del enlace matrimonial.
Palacio Nacional de la Republica.
Ciudad Trujillo , República Dominicana.
12 de diciembre 1959, 
Fuente : Life Magazine / Hank Walker .
IMÁGENES DE NUESTRA HISTORIA.

NOTA.
De izq. a derecha Rafael L. Trujillo M. a su lado el niño podría ser Ramoncito Berges Ruiz nieto de Japonesa Trujillo M. de Ruiz, al fondo Felix W. Bernardino y a su lado Luis Ruiz Trujillo, Alma Maclaughlin Simo y Hector B. Trujillo Molina y de perfil el hermano mayor Virgilio Trujillo Molina en el Salon de Embajadores del Palacio Nacional.
Cristobal Perez Siragusa / EPD.

Tomado de IMÁGENES DE  NUESTRA HISTORIA


La tercera reelección de la bestia como presidente de la República Dominicana —en el gracioso año de 1942— coincidió en gran parte con la segunda guerra mundial y con un período de bonanza económica, sobre todo para la bestia y su familia. La constitución había sido revisada y modificada y el período presidencial había sido extendido de cuatro a cinco años. Además, el cargo de vicepresidente fue abolido, se ampliaron discrecionalmente los poderes del mandatario para declarar el estado de emergencia y su querido hermano Negro ostentaba el cargo militar más importante, el de secretario de guerra, de marina y de aviación y de cualquier otra cosa que hiciera falta.

La situación era, como quien dice, inmejorable en aquella época de oro. La bestia infundía cada día más respeto y cada vez mas pavor, incluso entre sus más fieles cortesanos. La relación con sus servidores, a excepción de unos pocos, continuaba y continuaría siendo la misma. Un permanente tira y jala. Una política de atracción y rechazo, de premios y castigos. Los mantenía, como de costumbre, en un permanente estado de incertidumbre, una permanente disputa entre ellos mismos, en permanente disputa por el favor que les dispensaba. Una eterna zozobra. Con razón o sin ella decía Virgilio Díaz Ordoñez que “un cargo público era un suspiro entre dos sirenazos”.

Con algunos de sus allegados —como el coronel Charles McLaughlin, que se convertiría en suegro de su hermano negro—, mantuvo una relación especial. McLaughlin fue, de hecho uno de los consejeros y asociados más valiosos que jamás tuvo la bestia. El coronel había venido al país como sargento con las tropas de ocupación de 1916 y se había aplatanado. Se fue y volvió, la bestia lo premió con un cargo de coronel en las fuerzas armadas y la suerte lo premió con una distinguida esposa criolla de origen inglés: Zaida Simó Clark. Una de sus hijas, la muy agraciada Alma McLaughlin, se hizo famosa por su largo e intenso noviazgo de veintidós años con Negro Trujillo.

El tórrido romance había iniciado en el año de 1937 y durante el tiempo que duró, Negro Trujillo dio muestras de una constancia amorosa fuera de serie. Todas las noches, casi todas las noches, Negro acudía impecablemente vestido y posiblemente con un ramillete de flores en las manos a la mansión McLaughlin-Simó de la calle Doctor Delgado a profesar su amor imperecedero por la dulce Alma. Habían querido casarse en los mismos días en que se conocieron, pero la boda se posponía año tras año. La impedía el amor filial, la devoción de Negro a su anciana madre, las expresas órdenes del generalísimo... Por su condición de hijo menor, Negro Trujillo tenía el sagrado deber de vivir junto a su madre y cuidar amorosamente de ella: la llamada Excelsa Matrona Julia Molina de Trujillo. Mientras tanto, para matar el tiempo, Negro se entretenía y consolaba con las esposas de sus oficiales y con cualquier mujer que se le pusiera al alcance de la mano.

Cuando por fin se casaron (el 12 de diciembre de 1959) él era presidente putativo, tenía 51 años y ella 38, la Excelsa Matrona tenía 93 y la era gloriosa tocaba a su fin.

Dicen las buenas y malas lenguas que Negro y Alma se enteraron de la fecha de su matrimonio por un anuncio que salió en un periódico una semana antes de la ceremonia. La bestia les había dado su bendición y su permiso para casarse, aunque no les dio permiso ni para fijar la fecha del glorioso enlace matrimonial.

En la boda (celebrada en el Salón de Embajadores del nuevo Palacio Nacional)se congregaron mil seiscientos invitados, la crema y nata de la alta suciedad. Todos los hombres llevaban una impecable corbata blanca y trajes formales de la más estricta formalidad. El testigo del novio, el llamado best man o mejor hombre, fue por supuesto el generalísimo, la misma bestia en persona. Según las crónicas de la época, Alma desfiló bajo un arco de espadas y Negro la recibió en el altar con su habitual galantería. Un espectáculo deslumbrante, que pondría roja de envidia a Maria Martínez de Trujillo. Negro era presidente y Alma sería primera dama, igual que ella y la matrona excelsa.

El flamante suegro de Negro Trujillo se había convertido para esa época en uno de los más estrechos asociados de la bestia y del mismo Negro Trujillo. No era un simple hombre de paja, un testaferro, era un consejero (o mejor dicho un consigliere), un militar con libertad de movimiento que de seguro mantenía las mejores conexiones con el imperio, casi una línea directa. Las relaciones entre McLaughlin y la bestia eran muy especiales y no estaban probablemente sujetas, por lo menos hasta un cierto punto, a sus vaivenes temperamentales.

Crassweller lo define como un asistente y un confidente, un oficial que se mantuvo activo en lo que respecta a cuestiones militares y que le prestó en este sentido a la bestia servicios inestimables. Fue además un habitual compañero de viaje, un miembro prominente de su corte personal, del llamado círculo interior que rodea a todas las personas con poder.

Pero Charles McLaughlin era además y sobre todo un marine, el arquetipo del marine que la bestia admiraba y quería ser, alguien que le traía el placer de la nostalgia —como dice Crassweller—, sus días de entrenamiento en un campamento militar. Sus años de entrenamiento en un campamento militar de la Guardia Nacional formada por el gobierno de ocupación yanqui. La bendita y dichosa ocupación yanqui a la cual se lo debía todo.

Paradójicamente Charles Mclaughlin llegó a ser, entre muchas otras cosas, presidente administrador de la Compañía Dominicana de Aviación (CDA), “la línea bandera nacional”. Allí trabajaba como piloto un personaje llamado Lorenzo Berry, alias Wimpy, que había venido al país a servir a la bestia (contrabandeando aviones de guerra) y terminó formando parte del complot que se orquestó para darle muerte. Tenía un supermercado —el único de la capital— en la Avenida Bolívar casi esq. Pasteur, que se convirtió en un importante punto de encuentro de los conspiradores: El Supermercado Wimpys —con aire acondicionado central— del suntuoso barrio de Gascue.

(Historia criminal del trujillato [66])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
Cómo los Trujillo entraron en la bibliografía literaria dominicana
Franklin Gutiérrez
(https://issuu.com/uprhumacao/docs/cuadrivium/s/11211459)
DOMINICAN REPUBLIC: Presidential Wedding
(http://content.time.com/time/subscriber/article/0,33009,865135,00.html)
Juan Ventura, “El cuadragésimo quinto presidente RD: general Héctor Bienvenido Trujillo Molina”.
(https://acento.com.do/opinion/cuadragesimo-quinto-presidente-rd-general-hector-bienvenido-trujillo-molina-8461928.html)
Fernando Infante. La Era de Trujillo. Cronología histórica. 1930—1961, tomo II.
Santo Domingo, Editora Collado, 2007, página 750.



viernes, 12 de noviembre de 2021

Meditaciones morales (2 de 2)

Pedro Conde Sturla

12 noviembre, 2021

“Meditaciones morales” (el libro de la españolita como todos le decían porque era blanca y bonita), se convirtió en un best seller, un verdadero éxito de venta. Las numerosas ediciones se sucedían unas tras otras sin que el interés del público diera señales de desfallecer. No sólo los intelectuales, sino también los empleados públicos mostraban un interés inusitado. Era el libro de moda, el que nadie quería quedarse sin leer, el libro que todos compraban y todos llegaron a tener, el libro con el que muchos se paseaban orgullosamente bajo el brazo. El libro del que todos hablaban. De hecho, los comentarios y reseñas que aparecían en los periódicos ocupaban páginas y más páginas, y la radio también se hacía eco del fenómeno.

Por su gran acogida, aparte de sus valores éticos y estéticos, no pasó mucho sin que fuera incorporado como libro de texto del bachillerato. Era la obra que mis hermanas y yo —las hijas del general Bonilla—, poníamos a leer a los estudiantes en las clases de moral y cívica y de lectura comprensiva en la Escuela Normal de Varones Presidente Trujillo y en el Instituto de Señoritas Salomé Ureña, las dos mejores escuelas del país.

En las brillantes páginas de “Meditaciones morales” desfilaban los nombres de los pensadores más ilustres, docenas de fragmentos escogidos de las obras de Séneca, Cicerón, Kempis, Lamartine, Emilio Zola y Juan Luis Vives, José Enrique Rodó, Isaac Gondin y tantos otros.

Con ellos se medía María Martínez en un continuo conversar profundo sobre filosofía, pedagogía, política, religión, todo lo relacionado con la moral, la generosidad, la pureza de alma y de corazón. María Martinez podía ser sublime, pero sin desdeñar los espinosos temas: la ira y la mentira, la traición, la maldad y otras bajas pasiones que alentaba a evitar.

No sólo la cultura de la fina dama era sorprendente, sino también el brillo de su prosa, pero sobre todo el hecho de que la altura de sus reflexiones se mantenía siempre al nivel de los autores que citaba, cuando no los opacaba ventajosamente.

Su pasmosa erudición nunca fue un lujo con el que se adornaba su personalidad, sino un instrumento de transformación. Todo lo puso esta dama al servicio de su pueblo. Ella, la que sería madre de dos hijos y una hija ejemplares (Ramfis, Angelita y Radhamés), se desvivió por inculcar a todos los hijos de todas las madres los valores con que crió a los suyos propios:

“¡Eduquemos, pues, a nuestros hijos, de manera que nos enorgullezcamos mañana de haber modelado sus almas a semejanza de Dios!

La paz de la conciencia es don divino porque nos prepara el camino de la dicha y nos acerca más al triunfo señalado por nuestro destino.

¡No hay buena ni mala suerte!... Las luchas, el buen proceder, la constancia o perseverancia, voluntad y alma diáfana, eso es todo en la vida; porque Dios nos creó iguales a todos y puso en todos su amor al lanzarnos a la vida. Unos escogimos un sendero; otros, otro y así triunfamos o fracasamos para luego decir: “mi mala suerte o mi buena suerte”.

A pesar de sus múltiples y filantrópicas ocupaciones como Primera Dama, María Martinez de Trujillo encontró tiempo para escribir y publicar otro libro que tuvo un éxito tan clamoroso como el primero y quizás más desde el punto de vista estrictamente literario. Era una obra de género más ligero en apariencia, una obra de teatro que tocaba sin embargo unos de los grandes temas de todos los tiempos, el de la amistad y la traición, la deslealtad y la envidia en un contexto universal: la simulación de los sentimientos. Su título es casualmente “Falsa amistad”, publicado en 1939, un ensayo escénico en dos actos y seis cuadros que no tiene nada que envidiarle a los más excelsos escritores satíricos, a las obras de los grandes dramaturgos de la Grecia Clásica.

La deliciosa comedia fue llevada a la escena con un enorme éxito de público por la famosa compañía teatral española María Montoya y presentada en los mejores escenarios del país. Nadie, prácticamente nadie, se quedó sin verla

El juicio del lúcido intelectual Juan Bautista Lamarche sobre esta joya de pura orfebrería literaria es de antología. Si “Meditaciones morales” representaba un hito en la historia del pensamiento filosófico y moralizador criollo, “Falsa amistad” anunciaba “el renacer del teatro dominicano”, los más auspiciosos “Signos de la nueva era”.

Junto a Lamarche, otros muchos hombres de letras exaltaron la trascendencia, el valor de la obra de la distinguida primera dama, su proyección al ámbito internacional, y organizaron de la manera más espontánea un movimiento para promover su candidatura al Premio Nobel de literatura de 1955. Una distinción similar habían recibido el querido Jefe y el Dr. Stenio Vincent, el presidente de Haití, en1936, al haber sido candidatos al Nobel de la Paz por la firma del tratado que zanjó el problema de la cuestión fronteriza.

Sin embargo, desde el momento en que las obras de Doña María Martinez de Trujillo aparecieron en el escenario nacional y empezaron a cosechar triunfos tras triunfos, las lenguas de los envidiosos empezaron a salivar todo tipo de calumnias. Al árbol que da frutos todos le tiran piedras.

Como de costumbre, la envidia, la envidia que todos saben que se esconde en el corazón humano como una víbora en su agujero, la envidia que al decir de Quevedo es tan flaca y amarilla porque muerde y no come, la envidia que le impide al envidioso tener un corazón tranquilo y que le impide ser feliz y envidioso a la vez, la envidia que como decía J. K. Rowling engendra rencor y el rencor que genera mentiras se cebaron, se ensañaron encarnizadamente contra la obra y el honor de la familia Trujillo Martínez.

Los más cobardes detractores esparcieron desde el principio un rumor maligno. José Almoina Mateos, un exiliado gallego que el querido Jefe había recibido en el país con los brazos abiertos —preceptor de su hijo Ramfis Trujillo y confidente de la misma María Martínez—, habría sido el autor, el muy remunerado y supuesto autor de las obras que se le atribuían a ella. Aún más indignante era el rumor, la acusación indigna de que el ilustre escritor mexicano José Vasconcelos había cobrado una millonada por escribir el prólogo de “Meditaciones morales” y que el intachable Dr. Joaquín Balaguer habría sido el encargado de negociar el precio y canalizar el pago.

La campaña de infamias no parecía tener límites. El más retorcido argumento que pudieron inventarse para denigrar o tratar de denigrar a la Primera Dama pretendía identificar en las iniciales del libro “Falsa amistad” el nombre del verdadero autor. “Fue Almoina” el autor y no María Martínez, decían sus detractores.

El más perverso de todos los rumores, quizás la más baja y pervertida insinuación, la más maligna invención tenía que ver con el argumento de “Falsa amistad”. María Martínez, al parecer, habría querido castigar, zaherir la inconducta de una supuesta amiga, la intachable esposa de un intachable funcionario que se acostaba o coqueteaba con el querido Jefe.

Los detractores del querido Jefe pretendían y todavía pretenden hacernos creer que tanto él como su dilecto hermano Héctor se refocilaban con las esposas de los funcionarios civiles y militares, e incluso con las hijas y las hermanas, y que algunos eran tan atentos, tan amables y tan serviciales que al querido Jefe se las ofrecían o prestaban de buena gana.

“Honi soit qui mal y pense”, dice en el escudo de armas del Reino Unido. Vergüenza sea para quien mal piense, para todos los que tienen el pensamiento sucio o mejor dicho podrido.

(Historia criminal del trujillato [65])
Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Cómo los Trujillo entraron en la bibliografía literaria dominicana

Franklin Gutiérrez

(https://issuu.com/uprhumacao/docs/cuadrivium/s/11211459)







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sábado, 6 de noviembre de 2021

51, 52 y 53

Pedro Conde Sturla

18 enero, 2017


En el pase de lista de aquel segundo teórico de la Escuela Normal de Varones Presidente Trujillo, los números 51, 52 y 53 correspondían a Federico Jovine Bermúdez, al autor de estas notas y a Miguel Guerrero, el mismo que escribe en las páginas de opinión de El Caribe todos los días y fiestas de guardar. El orden numérico era tan estricto que a cada alumno se le asignaba un pupitre en base al mismo, empezando por la primera hilera, y muchos de nosotros no nos conocíamos y no nos conocimos más que por el número, algo tan impersonal como el uniforme de caqui sin el cual no podíamos ni siquiera asomarnos a la puerta de entrada.

Los apellidos de las maestras más conocidas, o mejor dicho la forma en que se pronunciaban, tenían una cierta resonancia marcial por el respeto que inspiraban: la Chupani, la Ramón, La Ubiera, la Cardona (la Amada Ligia Melo). El maestro más popular, una especie de muchacho grande, era Modesto Medrano Monción, el célebre Guayabita, un memoriógrafo que conocía al dedillo casi todos los poemas clásicos de la literatura dominicana y pretendía obligarnos a aprenderlos. A muchos de nosotros nos inició en el amor por las letras.

La disciplina del plantel, severa por necesidad, estaba a cabo de los hermanos Negro y Virgilio Travieso, dos personajes que sabían ejercer su autoridad sin abusar ni hacerse odiar. Algunas de las ocurrencias de Virgilio hacían honor al apellido, como cuando expulsaba a un estudiante revoltoso, diciéndole, “toma mis iniciales por tres días” (VT).
Miguel Guerrero, el 53, era un antitrujillista furibundo, imprudente, y creo que ya había tenido una experiencia carcelaria a pesar de su corta edad. 

Federico Jovine –un muchacho delgado y sin barba en esa época– era igualmente desafecto al régimen y también imprudente.

Paradójicamente, en el curso había un par de estudiantes de apellido Trujillo, pero eran inofensivos, incluso víctimas. Eran hijos de Aníbal, el hermano que el Generalísimo había hecho asesinar.

La Chupani, que era maestra de gramática, también era maestra de trujillismo y nos hacía leer en clase las obras de doña María Martínez de Trujillo, “Meditaciones morales” y “Falsa amistad”. Las obras las había escrito por encargo un exiliado español, Almoina, que al parecer quiso identificarse en el segundo título. Todos sabíamos que de alguna manera “Falsa amistad” quería decir “Fue Almoina”. 

En una memorable ocasión, la Chupani nos puso de tarea una composición sobre María Martínez en la que Federico se aplicó, en mala hora, poniendo a prueba todo su talento. Leída correctamente, la composición era un himno de alabanza a la Primera Dama, pero si se saltaban ciertos signos de puntuación, cambiaba completamente el sentido y se convertía en diatriba. Cuando la Chupani escuchó a Federico leyendo el texto con aquel vozarrón de hombre que tenía desde niño, empezó a palidecer y le ordenó callar y sentarse. 

El suceso dio mucho que hablar, por debajo, y hubo comentarios y señalamientos porque nadie dudaba que el 52 y el 53 eran cómplices del 51, y en algún momento temimos que los informes llegaran a oídos del director, Mena Valerio. Pero los rumores aminoraron porque el engendro de Federico era impecable desde el punto de vista de la ortodoxia gramatical y la Chupani se hizo la tonta y mantuvo la discreción y, afortunadamente, las cosas no pasaron de ahí.

Durante una semana no sufrimos de estreñimiento.

Pedro Conde Sturla Martes 28 de marzo de 2006.




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Meditaciones morales (1)

Pedro Conde Sturla

5 noviembre, 2021


En aquellos años felices en que el país se convertía en la Meca de miles de refugiados, no sólo repuntó la economía, no fue sólo una época de progreso material sino también espiritual, cultural, intelectual, literario. Una verdadera especie de renacimiento. La literatura y las artes plásticas florecieron como nunca habían florecido en el país. Los poetas cantaban a Trujillo, las poetisas cantaban a Trujillo, los estudiantes dedicaban sus tesis a Trujillo. Todos querían a Trujillo. Todos se turnaban para mostrar su lealtad y su amor a Trujillo.

Uno de los poetas que con más acierto recogió el sentimiento de desamparo que embargaba a los capitaleños cuando, por cualquier motivo, el querido Jefe faltaba a su cotidiano paseo vespertino por el malecón, escribió alguna vez estas palabras desconsoladamente poéticas que nos hacían vibrar de pura emoción:

“Qué tristes son, que solas, las tardes sin Trujillo.”

Mis hermanas y yo —las hijas del conocido general Bonilla—  nunca olvidaríamos esa época. Quizás la más gloriosa de la bien llamada era gloriosa. Muchos autores dominicanos alcanzaron entonces fama internacional, pero la figura más prominente de las letras dominicanas era mujer. Respondía al nombre de María Martínez. María Martínez de Trujillo, la amada esposa del querido Jefe, que hubiera sido también un fino escritor si se hubiese dispuesto a serlo y en cierta manera lo fue. De hecho, en el año de gracia de 1937 el querido Jefe dio a conocer un portentoso libro que llevaba su firma. Era un respetable volumen de 329 páginas, de esos que se paran solos, al decir de un prestigioso poeta contemporáneo. Tenía por título “Reajuste de la deuda externa” y desde el título anunciaba su importancia capital. Se trataba de un informe exquisitamente detallado y en el mejor estilo literario sobre asuntos jurídicos y legales. Un libro de pasmosa erudición que mostraba además el conocimiento del querido Jefe en torno a los más variados asuntos, incluyendo historia, economía, estadística. La obra colosal de un coloso, de un genio que concitó la envidia de muchos especialistas.

Sin embargo, y en honor a la verdad, desde el punto de vista literario las obras de María Martinez de Trujillo opacaban a las de todos sus contemporáneos.

Lo cierto es que cuando Doña María Martínez de Trujillo, nuestra venerada primera dama, empezó a escribir sus primeros ensayos nos dejó a todos con la boca abierta. La ilustre primera dama era una mujer culta, aficionada a la lectura y de una moral intachable, por supuesto, pero nada hacía sospechar que tenía semejante talento literario y tanto dominio de la filosofía. Semana tras semanas comenzaron de repente a aparecer en el prestigioso vespertino “La Nación” sus memorables y amenos escritos con el título de “Meditaciones morales”. Era cada uno mejor que el otro y concitaron de inmediato la más espontánea admiración. La primera dama se conocía al dedillo a los grandes pensadores clásicos y en cada entrega entablaba con alguno de ellos una especie de diálogo crítico. Nada humano le era ajeno, ningún conocimiento escapaba a su dominio. Disertaba magistralmente sobre uno u otro tema. El éxito fue tan abrumador que la primera dama se vio prácticamente compelida a recoger sus ensayos en un volumen que sería publicado en 1948 y que la lanzaría a la fama continental. Tanto así que sería prontamente traducido al inglés en 1954 por la editora newyorquina Caribbean Library con el título de “Moral Meditations”. Una soberbia traducción de René Rasforter.

Además, el doctor Joaquín Balaguer —que era un ferviente admirador de María Martinez y a la sazón ocupaba el cargo de embajador en México—, desde que tuvo conocimiento del proyecto puso especial empeño en darlo a conocer a sus muchos amigos y conocidos escritores. Uno de ellos, el célebre José Vasconcelos, quedó virtualmente deslumbrado y se ofreció humildemente a escribir un prólogo que sería como el engarce de una piedra preciosa. Un prólogo que lo dice todo. Pero no es María Martinez la que se honra, sino el propio Vasconcelos. En rigor, es mucho más lo que dice de él que de la autora del libro.

PRÓLOGO

Continuando una noble tradición literaria de su país, la señora María Martínez de Trujillo presenta en estas páginas de “MEDITACIONES MORALES” fuerte y sana doctrina para uso de las madres dominicanas. Desde luego es obvio que será benéfica esa doctrina también para todas las madres del continente hispánico. Suele la madre cuidar con esmero la ropa, el abrigo y los alimentos del pequeñuelo; pero hay pocas madres capaces de prestar atención eficaz al ser de espíritu que en cada niño aparece y aguarda desamparado la guía de sus ancestros. El cuidado moral del niño se cumple entonces inspirándole el amor de la conducta recta, el conocimiento de los principios que norman la vida de la conciencia.

Doña María Martínez de Trujillo pone de su cosecha buenos y claros consejos para cada una de las circunstancias de la conducta y en seguida, con tino singular, reafirma sus apreciaciones en textos escogidos de la obra de las más grandes mentalidades contemporáneas. Eça de Queiroz en su aspecto poco conocido de moralista, Pi Margall, Ricardo León, Zola, Francisco de Castro, Constancio C. Vigil, el gran moralista uruguayo; Cicerón y autores infantiles menos famosos desfilan por el texto de la autora, dándole prestancia. El lector, por otra parte, se sorprende al descubrir el (!con- ciones?) de la señora de Trujillo con los textos ilustres que comenta.

En nuestro ambiente literario tan escaso de literatura infantil que no sea producto de traducciones, el libro de la señora Trujillo contribuye a llenar ese vacío y está llamado a perdurar como lectura escolar de la más firme calidad.

Su moral es valiente, no niega, proclama la necesidad que toda moral tiene de ser cristiana para ser valiosa y fecunda; y moral sin laicismo es la única que merece pasar a manos de los niños. La alta posición social de la autora en su patria, añade autoridad a sus juicios; pero el libro vale de por sí, para todo el que lo lea sin preguntar la posición de quien lo escribe.

Aparece además en tiempo muy oportuno, puesto que una de las exigencias del momento presente es que la mujer intervenga en la vida pública y no precisamente para actuar en ella, pero sí para defender, dentro de la política, los intereses del hogar. El hombre abandona pronto la casa; la índole de sus tareas lo llevan a menudo, tan lejos, que la infancia se le vuelve un dulce sueño y nada más. Cuando le llega la hora de formar hogar propio el hombre cree cumplir si da atención económica y cariño, pero absorbido como está por las luchas de afuera, tiende a olvidar los deberes de mentor de los hijos. En cambio la mujer, más reconcentrada en la vida privada, tiene siempre delante la imagen del hogar ideal y la visión de los riesgos que lo amenazan desde el exterior.

El error del feminismo consistió en movilizar a la mujer para llevarla a competir con el hombre. aun en terrenos en que todas las ventajas estaban en su contra. El esfuerzo resultó infructuoso y dejó rencor y disgusto en hombres y mujeres. El feminismo moderno es muy distinto: no quiere mujeres como hombres, sino mujeres cabales. Y puesto que, tan mal lo hemos hecho los hombres, en las últimas décadas, por lo que hace a la administración de los asuntos públicos, es natural que la mujer sienta la obligación de venir a salvar lo que nosotros estamos dejando perecer: la riqueza de sentimientos del niño, riqueza de cuyo aprovechamiento dependen la paz y el futuro del mundo.

La mujer, en su gran mayoría, ha sabido mantenerse limpia y extraña a las corrupciones del tiempo, y se presenta ahora a las urnas, no precisamente para disputar el cargo de representante o de jefe, sino para exigir que sean bien escogidos los representantes y los jefes. La mujer como autora, y este es el caso de la señora de Trujillo, ya no se presenta incitando pasiones que no han menester de estímulo, sino recordando al niño y al hombre las exigencias del patriotismo, que tienen por base la intención y la fuerza de almas educadas en la austeridad y la rectitud. Gracias al esfuerzo de estas almas de selección, la sociedad no acaba, deshecha en la guerra sin cuartel, o hundida en las viciosas sensualidades de la decadencia.
José Vasconcelos.

(Historia criminal del trujillato [64])

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Cómo los Trujillo entraron en la bibliografía literaria dominicana

Franklin Gutiérrez

(https://issuu.com/uprhumacao/docs/cuadrivium/s/11211459)


miércoles, 3 de noviembre de 2021

Fragmento autobiográfico del dios de la Biblia

Ahora bien, esas batallas no eran “profanas”, aventuras de vagabundos sanguinarios, salteadores de caminos ni bandidos de la estepa, como los llama una crónica contemporánea de Tell-el-Amarna, sino obra de “un reino sacerdotal y nación santa” (Ex. 19, 6), de pastores de carácter puro, en los que “ardía el Espíritu divino” (Noth), a las órdenes de “caudillos carismáticos” (Würthwein). A la cabeza de todos ellos combatía Yahvé, el que no perdona a nadie su castigo, cuya nariz exhala humo y cuya boca escupe “fuego devorador”, el que “arroja llamas”, hace llover azufre, envía serpientes encendidas y la peste, el “Señor de los Ejércitos”, de las “huestes de Israel”, el “guerrero justo”, el “héroe terrible”, el “dios terrible”, el “dios celoso, que castiga en los hijos la maldad de los padres hasta la tercera y la cuarta generación de los que le aborrecen”. Cierto que alguna vez Yahvé “usa de misericordia” y realiza acciones “salvíficas”. Pero si alguna vez se preocupa por los paganos, ello sólo sucede en la medida que “los gentiles eran judíos en potencia” (Fairweather). Por lo demás, de él sólo emanan “tribulaciones”, “destrucción”, no poca “ruina súbita”, por ser “para los habitantes de toda la tierra”. Cuando hace acto de presencia, el mundo tiembla, se estremecen las montañas y los enemigos caen como moscas. La regla de oro para el trato con una ciudad enemiga: “Cuando gracias a Yahvé, tu Señor, haya caído en tus manos, pasarás por la espada a todos los hombres que en ella habiten, y serán tuyas las mujeres y los niños así como las bestias y todo cuanto hubiere en ella”. Evidentemente, tan misericordioso trato sólo está reservado a los enemigos lejanos; a los más próximos: “Ni uno solo debe quedar con vida”. Pero ese Dios, obsesionado por su absolutismo como ningún otro en toda la historia de las religiones, y de una crueldad asimismo inigualada, es el mismo Dios de la historia del cristianismo. Todavía hoy pretende que la humanidad crea en él, que le rece, que entregue la vida por él. Es un Dios tan singularmente sanguinario que “absorbió lo demoníaco”. Porque, “siendo él mismo el demonio más poderoso, no necesitó Israel demonios de ninguna otra especie” (Volz). Es un Dios que hierve de celos y de afán de venganza, que no admite ninguna tolerancia, que prohíbe del modo más estricto las demás creencias e incluso el trato con los infieles, los goyim, por antonomasia calificados de rasha, gente sin dios. Contra éstos reclama “espadas bien afiladas” para ejercer el “exterminio”..., “por sus errores, ¡aleluya!”. “Cuando el Señor Dios tuyo te introdujere en la tierra que vas a poseer, y destruyere a tu vista muchas naciones [...] has de acabar con ellas sin dejar alma viviente. No contraerás amistad con ellas, ni las tendrás lástima; no emparentarás con las tales, dando tus hijas a sus hijos, ni tomando sus hijas para tus hijos [...]. Exterminarás todos los pueblos que tu Señor Dios pondrá en tus manos. No se apiaden de ellos tus ojos.” Nada complace tanto a ese Dios como la venganza y la ruina. Se embriaga de sangre. Desde el “asentamiento”, los libros históricos del Antiguo Testamento “no son sino larga crónica de matanzas siempre renovadas, sin motivo y sin misericordia” (Brock): “Ved cómo Yo soy el solo y único Dios, y cómo no hay otro fuera de Mí [...]. Vivo Yo para siempre, que si aguzaré mi espada y la hiciere como el rayo, y empuñaré mi mano la justicia, tomaré venganza de mis enemigos [...]. Embriagaré de sangre suya mis saetas, de la sangre de los muertos y de los prisioneros, que a manera de esclavos van con la cabeza rapada; en sus propias carnes cebarse ha mi espada”.


Deschner, Karlheinz - Historia Criminal Del Cristianismo