jueves, 31 de mayo de 2018

UN TURCO LLAMADO MUSTAFÁ (1-4)

 Pedro Conde Sturla 
(1)
Cada año, a las 9:05 de la mañana del día 10 de noviembre, Turquía se paraliza y sus habitantes dedican un minuto de silencio a la memoria de Mustafá Kemal Atatürk. A esa hora y en ese día murió en 1938 -cuando apenas cumplía 57 años- uno de los grandes reformadores de la historia, el fundador y padre de la patria de la República turca.

Muchas cosas en este glorioso personaje son excepcionales, incluyendo su lugar de nacimiento: Salónica, la ciudad de los espíritus, como la define Mark Mazower en su obra homónima. Una ciudad que conserva el nombre de la hija del conquistador Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro, desde que la fundaran los griegos cuatro siglos antes de nuestra era:
“Salónica es una ciudad única en la historia del mundo. Conquistada por los turcos en 1430, dio acogida a los judíos expulsados de España en 1492 y se convirtió en lugar de convivencia de cristianos, musulmanes y judíos, donde comerciantes egipcios, esclavos ucranianos, bandidos albaneses y rabinos sefardíes se entendían en media docena de idiomas. Una ciudad tan famosa por sus palacios como por sus burdeles, donde abundaron los mesías, los mártires y los milagros. Hasta que el siglo XX acabó con esta vocación cosmopolita: la ciudad en que nacieron Kemal Ataturk y la revolución de los ‘jóvenes turcos’, vio cómo los griegos expulsaban a los musulmanes y cómo los nazis deportaban a los judíos a campos de concentración”. [i]
Algo también excepcional, o por lo menos poco ortodoxo, fue el hecho de que el padre de Mustafá, un oficial de aduana del Imperio otomano, contrariando los deseos de la madre lo sacara de la madraza, de la escuela coránica del barrio donde ya había comenzado sus estudios y lo hizo ingresar a una escuela laica privada, la escuela de Şemsi Efendi, que enseñaba conforme a un nuevo método. Eso permitiría al muchacho empezar a respirar en otro ambiente cultural.
De esta experiencia conservaría una imborrable memoria que, muchos años después (1922), describiría a un periodista:
“Lo primero que recuerdo de mi infancia es el ingreso a la escuela. Hubo una profunda lucha entre mi madre y mi padre con respecto a esto.
“Mi madre deseaba comenzar mi educación inscribiéndome en la escuela religiosa del barrio con cantos de los himnos religiosos apropiados. Pero mi padre, que trabajaba en la oficina de aduanas, estaba a favor de enviarme a la recién inaugurada escuela de Semsi Efendi y de obtener el nuevo tipo de educación. Al final, mi padre ingeniosamente encontró una solución.
“Primero, con la ceremonia habitual, entré en la escuela clerical. Por lo tanto, mi madre estaba satisfecha. Después de unos días, dejé la escuela clerical y pasé a la de Semsi Efendi. Poco después, mi padre murió”.[ii]
Incluso en una ciudad como Salónica, el ambiente de tolerancia era limitado y tanto Semsi Efendi como su escuela fueron objeto de agrias controversias, incluso ataques violentos por parte de elementos conservadores.
Efendi tenía reputación por la disciplina y el carácter militar que imprimía a la educación y a la relación con los estudiantes. De su breve estadía en su escuela preservaría Mustafá gratos recuerdos, como el de su primer día de clases, la voz de mando del maestro Efendi cuando ordenaba entrar a clases alineándo a los alumnos en doble fila, el “delicioso olor de las ramas de los pinos”, el maestro Efendi, de pie junto a la pizarra, con borrador y tiza en las manos, enseñando el alfabeto letra por letra, el recreo en el patio bajo estricta supervisión, las clases de gimnasia, los juegos en los que no se permitían pleitos ni el uso de malas palabras.
Pero el episodio que permaneció quizás más tercamente anclado a su memoria fue el de una turba de cuarenta o cincuenta fanáticos religiosos que entró a la escuela gritando, rompiendo sillas y pupitres, amenazando seguramente al maestro Efendi, pidiendo a gritos la condenación de su alma. ¡Qué delito tan grave había cometido?: “Efendi estaba -dice Mustafá- enseñando a los niños con el método de los infieles. Estaba permitiendo que los niños jugaran y practicaran gimnasia”.[iii]
Mustafá continuará su formación académica en la escuela militar de la ciudad donde demostrará un esmerado afán de pulcritud, disciplina, aplicación a los estudios, sobresale “por su elegancia y exquisitez de maneras, su atractivo físico y su viveza de inteligencia”, sobresale en química y matemáticas y en todo lo que se propone. Tanto así que un maestro, y sus propios condiscípulos, le aplican el nombre de Kemal (el perfecto). Ahora se llama Mustafá Kemal y algún día se llamará Mustafá Kemal Atatürk (padre de la patria).
Cuando se gradúa finalmente en la Escuela de Guerra de Estambul, es un hombre hecho y derecho, o más bien un poco torcido a la izquierda. Los estudios militares tenían ya como modelo el de las naciones occidentales de Europa y en cuanto ciencia militar se habían emancipado de la autoridad religiosa del Imperio otomano. En ese ambiente militaba parte de la elite intelectual y germinaba el descontento, las ideas subversivas, la percepción crítica del desastre que amenazaba al Imperio en la fase final de descomposición.
Mustafá Kemal “descubre” la literatura, estudia historia, se relaciona con las ideas de los ateos y disociadores de la época, con el travieso Voltaire, con el perverso Rousseau, el visionario Montesquieu, el extremista Diderot, Auguste Comte, Camille Desmoulins, las luminosas ideas de los enciclopedistas y del siglo de las luces, la revolución francesa. Y además se convierte en devoto admirador de Napoleone Bonaparte Ramolino. El célebre corso.
Como suele suceder y sucedió a Don Quijote, las muchas lecturas, el conocimiento, el mal hábito de pensar y criticar tuvieron un efecto devastador y el joven Mustafá Kemal se echó a perder. Algún día “decretaría la abolición del califato y de las órdenes religiosas y (…) la separación entre la Iglesia y el Estado,” y convertiría “a Turquía en la primera sociedad secularizada del mundo islámico”.[iv]



(2)

La Ciudad de Salónica, que había sido conquistada por los turcos en 1430, volvió a manos de los griegos en 1912 a raíz de la primera guerra balcánica. Allí, paradójicamente, habían nacido Mustafá Kemal y el movimiento de los Jóvenes turcos, financiado en parte por la población mayoritariamente judía de la ciudad. 
Salónica, la ciudad de los espíritus, era la única en su época donde los judíos constituían una mayoría, unos ochenta mil de un total de ciento veinte mil habitantes. Por eso también le llamaban entonces la Jerusalén de los Balcanes, y su destino sería trágico a manos de los nazis durante la segunda guerra mundial, aunque no tanto como el de la verdadera Jerusalén a manos de los cristianos de las cruzadas en 1099, cuando la liberaron de los musulmanes.Los cruzados pasaron a cuchillo o por la hoguera a toda la población, incluyendo hombres, mujeres y niños. Derramaron -como dice Henry Pirenne en su “Historia de Europa”- “torrentes de sangre en nombre del Dios del amor y de la paz, del cual se estaba conquistando la tumba”.
El imperio otomano o imperio turco, como se le quiera llamar, había surgido oficialmente en el año 1299 y debía su nombre a la dinastía fundada por Osman I. En el período de mayor expansión se extendía por tres continentes: la costa norte de África, el medio oriente y los Balcanes y otros territorios del sureste de Europa, y ocupaba un área de más de cinco millones de kilómetros cuadrados, tenía veinte y nueve provincias (un poco menos que la República Dominicana) y un montón de estados vasallos, incluyendo a Crimea. Era un estado multiétnico y multi confesional que respetó y protegió en lo esencial a las minorías y muy en especial a los judíos que los reyes católicos expulsaron de España, los sefarditas.
En la época de Mustafá Kemal el imperio se había reducido considerablemente a causa de las guerras con Rusia y el “estallido del nacionalismo balcánico, concretado en guerras de liberación” nacional y una inmensa ola de descontento popular. La violencia estatal contra ese descontento popular se materializó en la rebelión de los Jóvenes Turcos (con el llamado Enver Bey o Enver Pasha a la cabeza), los cuales presionaron al sultán para que aceptara una constitución y luego, en 1909, lo derrocaron y pusieron a su hermano.
De hecho, lo suplantaron, conservando las apariencias y desde entonces hasta 1818 el poder estuvo en sus manos como se describe a continuación:
“En julio de 1908, siendo (Mustafá Kemal) jefe de estado mayor de Sawqat, participó en el levantamiento del ejército de Macedonia que a punto estuvo de derrocar al sultán. La revuelta militar obligó a Abdül-Hamid II a poner en vigor la Constitución de 1876, lo que significaba de hecho la caída del régimen absolutista. El sultán siguió siendo líder religioso del Imperio, en cuanto que califa, pero el sultanato sólo conservó su apariencia nominal. Desde entonces hasta el fin de la Primera Guerra Mundial, los Jóvenes Turcos -liderados por dos oficiales, Cemal Bey y Enver Bey, y un funcionario, Talaat Bey- dirigieron el destino de Turquía. En 1909, al intentar un retroceso a la situación anterior, Abdül-Hamid fue depuesto y sustituido por su hermano, Mehmet V”.   [i]   
Mustafá Kemal simpatizaba hasta un cierto punto con el movimiento, aunque tenía también profundas diferencias y tomó distancia del poder político, se mantuvo en un segundo plano y se consagró astutamente a su carrera militar. Al parecer, en esos años se daba cuenta de que la vastedad y diversidad étnica y cultural del imperio otomano eran ya inmanejables y estaba interesado mayormente en mantener el territorio donde predominaba la población turca, específicamente la de Anatolia o Asia menor. Además, a su juicio la monarquía y el islamismo constituían una retranca histórica de la que había que deshacerse.
Entre los Jóvenes Turcos prevalecía en cambio la idea “de preservar la estructura imperialista otomana al tiempo que intentaban reformar sus estructuras políticas”. [ii] En consecuencia, no vacilaron en perpetrar la terrible represión contra los armenios, el llamado genocidio armenio, el primero del siglo XX, que costó la vida a más de un millón de personas.
Kemal no parece haber estado involucrado en el sangriento episodio, aunque algunas fuentes afirman lo contrario, pero evidentemente no veía con buenos ojos la causa separatista de los armenios en la frontera con su archienemigo ruso.
La alianza del desgastado imperio otomano con el imperio alemán y austrohúngaro contra Inglaterra, Francia y Rusia en la primera guerra mundial terminó siendo un desastre, pero era en el fondo una alianza natural. Hacía tiempo que estás naciones estaban, de hecho, en guerra no declarada contra el imperio otomano. Lo hostigaban continuamente, fomentaban los movimientos separatistas, ambicionaban el territorio en todo o en parte. En Egipto, que se había independizado en 1805, los ingleses se habían hecho dueños del canal de Suez, lo compraron compulsivamente con un jugoso préstamo proporcionado por los superbanqueros judíos de la casa Rothschild.
Durante la guerra, los Jóvenes Turcos sufrieron derrota tras derrota al tiempo que Mustafá Kemal acumulaba victoria tras victoria. Con anterioridad había librado una brillante campaña contra los invasores italianos en el territorio de lo que entonces recibía el nombre de Tripolitania y luego Libia. La Libia que el imperio usamericano y sus aliados convirtieron en confeti en años recientes. Luego se impuso a los británicos y franceses en Gallípoli, se cubrió literalmente de gloria al derrotarlos e impedirles el paso hacia el estrecho de los Dardanelos, salvar a Constantinopla y obligarlos a retirarse. En el frente oriental paró en seco a las tropas del ejército ruso, y en Siria y Palestina volvió a combatir y enseñarles un poco de humildad a los británicos. 


(3)

Mustafá Kemal estaba en Siria cuando el imperio otomano, derrotado por “las potencias vecinas y la implosión de los nacionalismos internos”[1], capituló en forma humillante ante la llamada Triple entente, de la cual se había separado Rusia a raíz de la revolución bolchevique. Esta pérdida se había compensado con la entrada de los Estados Unidos, que sería el mayor beneficiario de la contienda.
La firma del armisticio de Mudros el 30 de octubre de 1918, una rendición incondicional, puso al imperio de rodillas, lo obligó a desprenderse de todos sus territorios, a excepción de Anatolia o Asia menor (actual Turquía).
Mustafá Kemal estaba de acuerdo con la retirada de los territorios no turcos a condición de la preservación a cualquier costo de la tierra donde habitaba la mayoría de los suyos, pero ingleses y franceses también estaban interesados en desmembrar Asía Menor, los griegos soñaban con Estambul, la capital del antiguo imperio bizantino, y también con la idea de recuperar el país que ahora ocupaban en su mayoría los turcos. 
El tratado de paz de Sevres, firmado en 1920, endurecía los términos del armisticio de Mudros y contemplaba la creación de Kurdistán y de la Gran Armenia:
“Como consecuencia de las durísimas condiciones de paz impuestas al gobierno de Estambul, el ejército fue en gran parte desmovilizado, al tiempo que las tropas de las potencias aliadas ocupaban el territorio turco desde distintos frentes. Los británicos mantuvieron el control sobre la capital y sobre el propio sultán. Las imposiciones hechas en el armisticio de Mudros fueron ratificadas en el Tratado de Sèvres, por el cual el Imperio renunció a todos sus territorios no turcos (Macedonia, Siria, Palestina, Armenia y Arabia), además de a las islas del Dodecaneso y Rodas, cedidas a Grecia, que también recibió Anatolia occidental por un período de cinco años, tras el cual se revisaría el estatuto del territorio mediante plebiscito. El ejército turco fue evacuado de los estrechos, que quedaron bajo control aliado. El Imperio quedó así reducido a una estrecha franja en torno a Estambul y a Anatolia, sin Esmirna ni los territorios orientales, para los que los vencedores establecieron la creación de una república armenia independiente. Las capitulaciones incluían asimismo una serie de acuerdos comerciales y jurídicos muy ventajosos para las potencias aliadas, además de sustanciosas indemnizaciones de guerra”.[2]
Mientras el imperio otomano se hundía, la fama de Mustafá Kemal se acrecentaba. Era el hombre del momento y cuando regresó a Estambul fue recibido como un héroe, como lo que era. Al mismo tiempo, una ola de nacionalismo y furor popular se apoderaba del país y en Anatolia había tropas que permanecían acantonadas y se negaban a desmovilizarse. Alguien tuvo entonces la feliz ocurrencia de sugerirle u ordenarle al nuevo sultán que enviase a Mustafá Kemal a poner orden en la región y el tiro salió por la culata, uno de tantos. Mustafá Kemal impuso y puso -a sangre y fuego- el orden, otro tipo de orden.
Primero puso en orden su conciencia, se desentendió de las instrucciones recibidas y se dedicó a la formación de un movimiento nacionalista contra los invasores, aglutinó a los más diferentes sectores de la población con un programa político de carácter liberal, formó un ejército y se dispuso a la toma del poder. 
En 1920 puso orden político en toda la región, estableciendo un gobierno provisional que proclamó Ankara como la nueva capital del país en la región de Anatolia central, el centro medular de país. Una jugada maestra.
En 1921 puso el orden a los griegos, que habían invadido la región de Esmirna y desatado una represión feroz contra la población. A estos los derrotó, los puso en fuga y los expulsó del país tras un par de victorias aplastantes.
Mientras tanto, el sultán o los dueños del sultán habían puesto precio a su cabeza que adquirió un valor inconmensurable en la medida en que se consolidaba el movimiento nacionalista y Kemal obtenía victoria tras victoria en la lucha por independizar a la futura Turquía del dominio extranjero y de la monarquía otomana. 
Durante el proceso de unificación y reconquista, el pragmático Mustafá Kemal se deshizo por medios radicales de los radicales de izquierda que contaminaban y ponían a su juicio en peligro la causa nacionalista, Así, “Tras eliminar al fundador del Partido Comunista, Mustafá Suphi, ordenó la desarticulación del Ejército Verde de Edhem Cerkes, constituido a imagen y semejanza del Ejército Rojo soviético, y que ya había emprendido la revolución socialista en algunas regiones de Anatolia con la confiscación de tierras”.[3]
Sin embargo, Kemal mantuvo excelentes relaciones con los soviéticos, de los cuales recibió apoyo económico y militar. Pero el apoyo no fue gratis, sino “a cambio de la sustitución de la república armenia establecida por los aliados por una Armenia soviética y la cesión a la federación soviética del Azerbaiján”.[4]
Mustafá Kemal también puso orden en el frente diplomático y logró que Francia y otros países reconocieran el régimen. A los ingleses los puso en orden hablándoles en el idioma que mejor entendían y entienden, el de la fuerza armada, la fuerza bruta, la amenaza de involucrarlos en un nuevo conflicto bélico contra un pueblo en pie de lucha.
“Finalmente, Kemal forzó las negociaciones, que se concretaron en el Tratado de Lausana de 1923, por el que las potencias aliadas reconocieron la soberanía nacional del nuevo Estado de Turquía sobre los territorios de Esmirna, Tracia oriental y Anatolia. Además, se anularon en bloque las indemnizaciones de guerra. El 29 de octubre de 1923, Kemal pudo finalmente deponer al sultán y proclamar la República de Turquía”.
El genio de Mustafá Kemal había puesto a Turquía en el siglo XX. Toda una obra de arte, una perfecta ecuación de ciencia política.
[2] Ibid
[3] Ibid
[4] Ibid



MUSTAFÁ EL REFORMADOR



Mustafá Kemal enseñando el alfabeto latino en un parque. Fuente externa


Los ingleses y franceses habían prometido a los árabes durante la primera guerra mundial la creación de un estado nacional a condición de levantarse en armas contra el imperio turco otomano, del cual formaban parte, y los árabes se levantaron puntualmente confiando en que ambas naciones honrarían al final de la guerra sus palabras. 

martes, 29 de mayo de 2018

EL NOMBRE DE LAS COSAS

La magia o destreza de un escritor consiste muchas veces en los giros inusitados que imprime al lenguaje, esos giros en qué las palabras se vuelven una sola cosa con el sentido que fundan...
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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: EL NOMBRE EXACTO DE LAS COSAS

.“¡Inteligencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
… Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas…
¡Inteligencia, dame
el nombre exacto, y tuyo,
y suyo, y mío, de las cosas!.”
(Eternidades, 1918)
Comentario:
Este bello poema de Juan Ramón presenta un antiguo problema de la filosofía: la relación entre el lenguaje y la realidad. Frente al lenguaje cotidiano (mal llamado ‘natural’),  el poeta exige un (el) lenguaje que se corresponda exactamente con las cosas, ‘dame el nombre exacto de las cosas’, un lenguaje que no sea arbitrario y convencional, sino que guarde una relación natural con la realidad. Más aún, que la ‘palabra sea la cosa misma’. Este será el lenguaje digno de ser llamado verdaderamente ‘natural’, el lenguaje poético por excelencia. 
Este lenguaje ha de surgir del nivel más profundo de la conciencia: ‘que mi palabra sea …. creada por mi alma nuevamente’. Será un lenguaje de la inteligencia y universal: ‘¡Inteligencia, dame el nombre exacto, y tuyo, y suyo, y mío, de las cosas!.’, por tanto no afectado por las diferencias individuales, el espacio o el tiempo. El lenguaje convencional arbitrario no nos permite conocer directamente la realidad, es sólo un sistema sustitutivo que apunta hacia ella (en el mejor de los casos). Por el contrario, este lenguaje verdaderamente natural permitirá a todos conocer la realidad, subsanar el olvido (ignorancia) y restaurar nuestra conexión con la realidad: ‘Que por mí vayan todos los que no las conocen, a las cosas; que por mí vayan todos los que las olvidan, a las cosas; que por mí vayan todos los mismos que las aman, a las cosas’
Este tema tiene una larga historia en la filosofía, la teología y la ciencia. Se remonta ya a los orígenes de la tradición védica y su doctrina de los cuatro niveles del lenguaje, recogida luego en la escuela Vyakaran por Bhartrihari:
“Es la fuente suprema de la palabra, triple como Vaikharî, Madhyamâ y Pashyantî, y que se realiza a través de varios estadios”.
(Bhartrihari: Vâkyapadîya, I, 143).
Lenguaje, nivelesEl nivel más externo es la palabra hablada (vaikharî) donde el lenguaje se expresa como un impulso físico de sonido. Más sutil e interno es el nivel del pensamiento (madhyamâ), el lenguaje mental. En estos dos niveles el lenguaje es diferente de su referente y está basado en la distinción entre sonido y significado.
En el nivel más sutil del pensamiento, el punto de unión entre la conciencia pura y sus estados excitados, el sonido y el significado están unificados de modo natural, su correspondencia no es arbitraria. Este nivel se llama pashyantî. La fuente última del lenguaje es trascendental, parâ, la conciencia pura. Aquí lenguaje y realidad coinciden plenamente. Una ley de la naturaleza es conocida como un impulso de la conciencia y es ella misma su propio lenguaje. Este lenguaje universal es el lenguaje con el cual la conciencia pura se habla a sí misma y crea sus propios impulsos de sonido y de significado. Este es el origen del sánscrito védico, el lenguaje del Veda, el lenguaje de la naturaleza.
Platón dedica todo un diálogo, el Cratylo, a examinar la relación que existe entre el lenguaje y la realidad. El Cratylo se abre presentando dos posturas contrarias sobre la relación entre las cosas y las palabras: naturalismo (para cada objeto existe sólo un nombre correcto que expresa su naturaleza) y convencionalismo (la relación es arbitraria).
Platón afirma que la palabra debe expresar el verdadero ser  de las cosas mediante la voz.  El lenguaje es imitación, mímesis. Un nombre enuncia correctamente un objeto si imita su Forma, su esencia estable y duradera. Se remonta entonces al lenguaje primero y original, que dio por primera vez nombres a las cosas. La inteligencia que lo creó debía necesariamente conocer el verdadero ser de las cosas, las Formas. En este primer lenguaje las Formas eran los significados de las palabras: de los nombres y de los verbos. Las palabras tenían un significado completo, universal, inmutable, perfecto.
Las palabras no sólo tienen significado, sino además sonido. En este primer lenguaje los sonidos se correspondían con las Formas e imitaban su naturaleza. Existía una relación natural entre el nombre y lo designado, entre el sonido y  el significado. Era un lenguaje natural, no arbitrario, ni convencional. Puesto que los objetos son copias de las Formas, las palabras se corresponden con las cosas, los objetos son reflejos del sonido y del significado del lenguaje primordial. Era un lenguaje perfecto, invariable y universal. A partir de aquí sólo pudo degradarse para dar lugar a los múltiples lenguajes existentes.
Esta idea de un lenguaje original, universal, perfecto y trascendental reaparece en las especulaciones de los teólogos del renacimiento bajo la forma del ‘lenguaje adámico’, el lenguaje que hablaba Adán en el paraíso, cuando puso por primera vez nombres a los seres. La historia de la torre de Babel simboliza también la idea de un lenguaje único y universal anterior a la ‘confusión de lenguas’.
En la edad moderna esta idea toma cuerpo en Böehme y su ‘lenguaje de la naturaleza’ en el que las palabras se corresponden con las ‘signaturas’ de las cosas. Continúa en Descartes (carachterística universalis) y en Leibniz como la búsqueda de un lenguaje ordenado y universal en el que pudiera estar contenido todo el conocimiento verdadero. En el siglo XX se expresa en Frege, el primer Wittgenstein y en la lógica matemática como la aspiración de construir un lenguaje lógicamente perfecto, libre de las múltiples deficiencias del lenguaje ordinario. En Husserl con su doctrina de los significados universales accesibles a la intuición desde la conciencia pura. Y de la mano de Chomsky como una gramática de los universales lingüísticos, la estructura innata común a todos los lenguajes que hace posible su aprendizaje y entendimiento.
Didáctica:
Este texto literario es adecuado para introducir un gran variedad de cuestiones sobre el lenguaje: su relación con la conciencia, el conocimiento y la realidad, la relación signo-referente, las teorías sobre el significado, etc., dentro del bloque sobre ‘Conocimiento y realidad’ en la Filosofía de 1º. Permite también un tratamiento del tema del lenguaje en numerosos autores de la Historia de la Filosofía, especialmente los defensores de la concepción trascendental del lenguaje.. En Psicología puede usarse para introducir la concepción del lenguaje de Chomsky y la relación entre lenguaje, pensamiento y aprendizaje.
Preguntas para los alumnos:
1.- Compara la postura de Juan Ramón Jiménez con el ‘lenguaje de la naturaleza’ de Böehme. ¿Qué semejanzas hay entre ambos?
2.- Compara la postura de Juan Ramón Jiménez con la de Platón expuesta en el comentario y en su diálogo Cratylo.
3.- Compara la postura de Juan Ramón Jiménez sobre la relación entre el lenguaje ‘verdadero’ y la realidad con la de Wittgenstein.
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sábado, 26 de mayo de 2018

UN TURCO LLAMADO MUSTAFÁ (3 de 3)

Un turco llamado Mustafá (3-3)

Mustafá Kemal estaba en Siria cuando el imperio otomano, derrotado por “las potencias vecinas y la implosión de los nacionalismos internos”[1], capituló en forma humillante ante la llamada Triple entente, de la cual se había separado Rusia a raíz de la revolución bolchevique. Esta pérdida se había compensado con la entrada de los Estados Unidos, que sería el mayor beneficiario de la contienda.
La firma del armisticio de Mudros el 30 de octubre de 1918, una rendición incondicional, puso al imperio de rodillas, lo obligó a desprenderse de todos sus territorios, a excepción de Anatolia o Asia menor (actual Turquía).
Mustafá Kemal estaba de acuerdo con la retirada de los territorios no turcos a condición de la preservación a cualquier costo de la tierra donde habitaba la mayoría de los suyos, pero ingleses y franceses también estaban interesados en desmembrar Asía Menor, los griegos soñaban con Estambul, la capital del antiguo imperio bizantino, y también con la idea de recuperar el país que ahora ocupaban en su mayoría los turcos. 
El tratado de paz de Sevres, firmado en 1920, endurecía los términos del armisticio de Mudros y contemplaba la creación de Kurdistán y de la Gran Armenia:
“Como consecuencia de las durísimas condiciones de paz impuestas al gobierno de Estambul, el ejército fue en gran parte desmovilizado, al tiempo que las tropas de las potencias aliadas ocupaban el territorio turco desde distintos frentes. Los británicos mantuvieron el control sobre la capital y sobre el propio sultán. Las imposiciones hechas en el armisticio de Mudros fueron ratificadas en el Tratado de Sèvres, por el cual el Imperio renunció a todos sus territorios no turcos (Macedonia, Siria, Palestina, Armenia y Arabia), además de a las islas del Dodecaneso y Rodas, cedidas a Grecia, que también recibió Anatolia occidental por un período de cinco años, tras el cual se revisaría el estatuto del territorio mediante plebiscito. El ejército turco fue evacuado de los estrechos, que quedaron bajo control aliado. El Imperio quedó así reducido a una estrecha franja en torno a Estambul y a Anatolia, sin Esmirna ni los territorios orientales, para los que los vencedores establecieron la creación de una república armenia independiente. Las capitulaciones incluían asimismo una serie de acuerdos comerciales y jurídicos muy ventajosos para las potencias aliadas, además de sustanciosas indemnizaciones de guerra”.[2]
Mientras el imperio otomano se hundía, la fama de Mustafá Kemal se acrecentaba. Era el hombre del momento y cuando regresó a Estambul fue recibido como un héroe, como lo que era. Al mismo tiempo, una ola de nacionalismo y furor popular se apoderaba del país y en Anatolia había tropas que permanecían acantonadas y se negaban a desmovilizarse. Alguien tuvo entonces la feliz ocurrencia de sugerirle u ordenarle al nuevo sultán que enviase a Mustafá Kemal a poner orden en la región y el tiro salió por la culata, uno de tantos. Mustafá Kemal impuso y puso -a sangre y fuego- el orden, otro tipo de orden.
Primero puso en orden su conciencia, se desentendió de las instrucciones recibidas y se dedicó a la formación de un movimiento nacionalista contra los invasores, aglutinó a los más diferentes sectores de la población con un programa político de carácter liberal, formó un ejército y se dispuso a la toma del poder. 
En 1920 puso orden político en toda la región, estableciendo un gobierno provisional que proclamó Ankara como la nueva capital del país en la región de Anatolia central, el centro medular de país. Una jugada maestra.
En 1921 puso el orden a los griegos, que habían invadido la región de Esmirna y desatado una represión feroz contra la población. A estos los derrotó, los puso en fuga y los expulsó del país tras un par de victorias aplastantes.
Mientras tanto, el sultán o los dueños del sultán habían puesto precio a su cabeza que adquirió un valor inconmensurable en la medida en que se consolidaba el movimiento nacionalista y Kemal obtenía victoria tras victoria en la lucha por independizar a la futura Turquía del dominio extranjero y de la monarquía otomana. 
Durante el proceso de unificación y reconquista, el pragmático Mustafá Kemal se deshizo por medios radicales de los radicales de izquierda que contaminaban y ponían a su juicio en peligro la causa nacionalista, Así, “Tras eliminar al fundador del Partido Comunista, Mustafá Suphi, ordenó la desarticulación del Ejército Verde de Edhem Cerkes, constituido a imagen y semejanza del Ejército Rojo soviético, y que ya había emprendido la revolución socialista en algunas regiones de Anatolia con la confiscación de tierras”.[3]
Sin embargo, Kemal mantuvo excelentes relaciones con los soviéticos, de los cuales recibió apoyo económico y militar. Pero el apoyo no fue gratis, sino “a cambio de la sustitución de la república armenia establecida por los aliados por una Armenia soviética y la cesión a la federación soviética del Azerbaiján”.[4]
Mustafá Kemal también puso orden en el frente diplomático y logró que Francia y otros países reconocieran el régimen. A los ingleses los puso en orden hablándoles en el idioma que mejor entendían y entienden, el de la fuerza armada, la fuerza bruta, la amenaza de involucrarlos en un nuevo conflicto bélico contra un pueblo en pie de lucha.
“Finalmente, Kemal forzó las negociaciones, que se concretaron en el Tratado de Lausana de 1923, por el que las potencias aliadas reconocieron la soberanía nacional del nuevo Estado de Turquía sobre los territorios de Esmirna, Tracia oriental y Anatolia. Además, se anularon en bloque las indemnizaciones de guerra. El 29 de octubre de 1923, Kemal pudo finalmente deponer al sultán y proclamar la República de Turquía”.
El genio de Mustafá Kemal había puesto a Turquía en el siglo XX. Toda una obra de arte, una perfecta ecuación de ciencia política.
[2] Ibid
[3] Ibid
[4] Ibid



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Pedro Conde Sturla
26 mayo, 2018


Mustafá Kemal estaba en Siria cuando el imperio otomano, derrotado por “las potencias vecinas y la implosión de los nacionalismos internos”[1], capituló en forma humillante ante la llamada Triple entente, de la cual se había separado Rusia a raíz de la revolución bolchevique. Esta pérdida se había compensado con la entrada de los Estados Unidos, que sería el mayor beneficiario de la contienda.
La firma del armisticio de Mudros el 30 de octubre de 1918, una rendición incondicional, puso al imperio de rodillas, lo obligó a desprenderse de todos sus territorios, a excepción de Anatolia o Asia menor (actual Turquía).
Mustafá Kemal estaba de acuerdo con la retirada de los territorios no turcos a condición de la preservación a cualquier costo de la tierra donde habitaba la mayoría de los suyos, pero ingleses y franceses también estaban interesados en desmembrar Asía Menor, los griegos soñaban con Estambul, la capital del antiguo imperio bizantino, y también con la idea de recuperar el país que ahora ocupaban en su mayoría los turcos.  
El tratado de paz de Sevres, firmado en 1920, endurecía los términos del armisticio de Mudros y contemplaba la creación de Kurdistán y de la Gran Armenia:
“Como consecuencia de las durísimas condiciones de paz impuestas al gobierno de Estambul, el ejército fue en gran parte desmovilizado, al tiempo que las tropas de las potencias aliadas ocupaban el territorio turco desde distintos frentes. Los británicos mantuvieron el control sobre la capital y sobre el propio sultán. Las imposiciones hechas en el armisticio de Mudros fueron ratificadas en el Tratado de Sèvres, por el cual el Imperio renunció a todos sus territorios no turcos (Macedonia, Siria, Palestina, Armenia y Arabia), además de a las islas del Dodecaneso y Rodas, cedidas a Grecia, que también recibió Anatolia occidental por un período de cinco años, tras el cual se revisaría el estatuto del territorio mediante plebiscito. El ejército turco fue evacuado de los estrechos, que quedaron bajo control aliado. El Imperio quedó así reducido a una estrecha franja en torno a Estambul y a Anatolia, sin Esmirna ni los territorios orientales, para los que los vencedores establecieron la creación de una república armenia independiente. Las capitulaciones incluían asimismo una serie de acuerdos comerciales y jurídicos muy ventajosos para las potencias aliadas, además de sustanciosas indemnizaciones de guerra”.[2]
Mientras el imperio otomano se hundía, la fama de Mustafá Kemal se acrecentaba. Era el hombre del momento y cuando regresó a Estambul fue recibido como un héroe, como lo que era. Al mismo tiempo, una ola de nacionalismo y furor popular se apoderaba del país y en Anatolia había tropas que permanecían acantonadas y se negaban a desmovilizarse. Alguien tuvo entonces la feliz ocurrencia de sugerirle u ordenarle al nuevo sultán que enviase a Mustafá Kemal a poner orden en la región y el tiro salió por la culata, uno de tantos. Mustafá Kemal impuso y puso -a sangre y fuego- el orden, otro tipo de orden.
Primero puso en orden su conciencia, se desentendió de las instrucciones recibidas y se dedicó a la formación de un movimiento nacionalista contra los invasores, aglutinó a los más diferentes sectores de la población con un programa político de carácter liberal, formó un ejército y se dispuso a la toma del poder.  
En 1920 puso orden político en toda la región, estableciendo un gobierno provisional que proclamó Ankara como la nueva capital del país en la región de Anatolia central, el centro medular de país. Una jugada maestra.
En 1921 puso el orden a los griegos, que habían invadido la región de Esmirna y desatado una represión feroz contra la población. A estos los derrotó, los puso en fuga y los expulsó del país tras un par de victorias aplastantes.
Mientras tanto, el sultán o los dueños del sultán habían puesto precio a su cabeza que adquirió un valor inconmensurable en la medida en que se consolidaba el movimiento nacionalista y Kemal obtenía victoria tras victoria en la lucha por independizar a la futura Turquía del dominio extranjero y de la monarquía otomana. 
Durante el proceso de unificación y reconquista, el pragmático Mustafá Kemal se deshizo por medios radicales de los radicales de izquierda que contaminaban y ponían a su juicio en peligro la causa nacionalista, Así, “Tras eliminar al fundador del Partido Comunista, Mustafá Suphi, ordenó la desarticulación del Ejército Verde de Edhem Cerkes, constituido a imagen y semejanza del Ejército Rojo soviético, y que ya había emprendido la revolución socialista en algunas regiones de Anatolia con la confiscación de tierras”.[3]
Sin embargo, Kemal mantuvo excelentes relaciones con los soviéticos, de los cuales recibió apoyo económico y militar. Pero el apoyo no fue gratis, sino “a cambio de la sustitución de la república armenia establecida por los aliados por una Armenia soviética y la cesión a la federación soviética del Azerbaiján”.[4]
Mustafá Kemal también puso orden en el frente diplomático y logró que Francia y otros países reconocieran el régimen. A los ingleses los puso en orden hablándoles en el idioma que mejor entendían y entienden, el de la fuerza armada, la fuerza bruta, la amenaza de involucrarlos en un nuevo conflicto bélico contra un pueblo en pie de lucha. 
“Finalmente, Kemal forzó las negociaciones, que se concretaron en el Tratado de Lausana de 1923, por el que las potencias aliadas reconocieron la soberanía nacional del nuevo Estado de Turquía sobre los territorios de Esmirna, Tracia oriental y Anatolia. Además, se anularon en bloque las indemnizaciones de guerra. El 29 de octubre de 1923, Kemal pudo finalmente deponer al sultán y proclamar la República de Turquía”.

El genio de Mustafá Kemal había puesto a Turquía en el siglo XX. Toda una obra de arte, una perfecta ecuación de ciencia política.


martes, 22 de mayo de 2018

LA ESCUELA DEL ODIO

Estos niños no son palestinos y los entrenan en la escuela para odiar.

Los judíos enseñan a los palestinos a odiar a los judíos.
Son los mejores maestros y el sistema de enseñanza es el terror.

DEL LIBRO DE ZHUANGZI Y OTRAS SABIDURÍAS (1-4)

El libro de Zhuangzi

El maestro Zhuang o Chuang evidentemente no confiaba en las apariencias ni en las certidumbres propias de ignorantes y fanáticos.

Zhuangzi soñó una vez que era una mariposa que a su vez podía estar soñando que era Zhuangzi. Este famoso sueño que durante siglos ha deleitado y perturbado la mente de infinitos lectores, forma parte de un maravilloso conjunto de historias y anécdotas, de alegorías, parábolas y fábulas que se conoce como “Libro de Zhuangzi” o “Zhuangzi”  (también llamado Chuang Tzu, Chuang Tse, Zhuang Zhou y Chuang Chou para complicar las cosas). Algo que significa Maestro Zhuang, literalmente
El autor vivió alrededor del siglo IV a.C. y es poco lo que se sabe de su vida, pero “sea cual fuere su inescrutable origen”, lo cierto es que la importancia de su legado es imponderable. “El académico de Asia Oriental y traductor del “Zhuangzi”, Burton Watson, ha notado que ‘Quien quiera que haya sido Zhuang Zhou, los escritos atribuidos a él portan la estampa de una mente brillante y original”.

Se considera que el “Libro de Zhuangzi” es “una de las más grandes obras literarias en toda la historia de China”, “una obra maestra de habilidad tanto literaria como filosófica que ha influenciado significativamente a otros escritores, poetas, artistas y filósofos chinos por más de 2000 años, desde la dinastía Han hasta el presente”, y es generalmente “ponderado como el más importante de todos los escritos del taoísmo”. La escuela filosófica que tiene como principio el Yin Yang.
En opinión de los entendidos abundan en sus páginas los ejemplos de “la naturaleza despreocupada del ideal del sabio taoísta, y los relatos son muy a menudo humorísticos e irreverentes”, “fragmentos dispersos de depurada sabiduría que fueron configurando, a lo largo del tiempo, una obra canónica”.
“Mientras otros filósofos escribieron sobre deberes morales y personales, Zhuangzi promovió el deambular sin preocupaciones y volverse uno con “el Camino” (el Tao o Dao) al seguir a la naturaleza. Sus temas principales son espontaneidad en acción y libertad del mundo humano. Las fábulas y anécdotas en el texto intentan ilustrar la falsedad de las distinciones humanas entre bueno y malo, grande y pequeño, vida y muerte, y humano y naturaleza”.
El maestro Zhuang o Chuang evidentemente no confiaba en las apariencias ni en las certidumbres propias de ignorantes y fanáticos. Un sabio no puede saber ni siquiera lo que no sabe. No puede estar seguro ni siquiera de su ignorancia. Todo es relativo:
“El señor Diente Roto preguntó a Wang Ni:
Usted conoce cuáles son las cosas que se consideran correctas, no es cierto?
-Como podría saberlo? -contestó Wang Ni.
-Bueno, al menos sabe qué es lo que no sabe, ¿no?
-¿Cómo podría saberlo? -respondio Wang Ni.
-¿O sea que no sabe nada de nada?
-¿Cómo podría saberlo? Pero así es, intentaré explicárselo.
Si digo que lo sé, como puedo saber que no sé lo que digo que sé? Y si digo que no lo sé, ¿hasta qué punto puedo
saber que lo que digo que no se lo sé? Déjeme preguntarle:
Cuando la gente duerme con el cuerpo mojado, coge una pulmonía y muere, ¿pero le ocurre lo mismo al pez? Si intentáramos vivir en un árbol siempre tendríamos miedo, pero ¿le ocurre lo mismo a un mono? De los tres, quién sabe cuál es el lugar correcto para vivir? La gente come la carne de animales que se alimentan de heno y cereales.
Los ciervos comen hierba. Los ciempiés creen que la serpiente tiene un sabor dulce. Los búhos y cuervos comen ratas. De los cuatro, ¿quién sabe cuál es el sabor correcto?
Los monos se aparean con monos, los ciervos con ciervos y los peces con peces. Todos los hombres consideran a Mao Ch’iang y a la Dama Li bellezas eternas, pero cuando los peces las ven, se sumergen rápidamente hacia el fondo; cuando los pájaros las ven, echan a volar; y cuando los ciervos las ven, salen corriendo. De los cuatro, ¿quién sabe cuál es la belleza correcta aquí bajo el cielo? A mi modo de ver, las líneas de la compasión y la rectitud, y los caminos de lo correcto y lo incorrecto, están tan enredados y anudados que me resulta imposible diferenciarlos”.
El sabio Zhuangzi siempre duda, siempre deja un espacio para la reflexión y la duda, desconfía de las apariencias, desconfía de los sentidos, encuentra siempre un pelo en la sopa. Zhuanzi no predica, quiere enseñar a pensar. Es un crítico mordaz, burlón, libertario, punzante, travieso, elusivo, enigmático muchas veces. Pone patas arriba la concepción del mundo. “Sus enseñanzas son semejantes al curso caprichoso de un agua que se extiende…”, “lleva los argumentos a la absurdidad para demostrar las limitaciones del conocimiento humano y el mundo racional”:
“¿Cómo puedo saber que esta vida no es una pura ilusión?
¿Cómo puedo saber que la muerte no es como un joven exiliado que no puede volver a casa? La bella Dama Li era hija de un caballero poco importante de Ai. Cuando al principio Chin se la llevó con él, ella empapó de lágrimas toda la parte delantera de su túnica. Pero una vez llegó al palacio, compartió la cama del emperador y se dio un festín con sus cebadas terneras, se arrepintió de sus lágrimas. ¿Como sé que los muertos no se arrepienten de haberse aferrado tan ignominiosamente a la vida? Aquel que sueña estar bebiendo el vino del placer, quizá se despierte al amanecer llorando. Aquel que suena sollozar, quizá se levante al alba para salir a cazar. Mientras soñaban, ignoraban que estaban soñando. O puede que en medio de sus sueños hayan intentado encontrar un presagio en ellos.
Al despertar saben que han estado soñando. Ahora bien, quizá haya un Gran Despertar, tras el cual sepamos que todo esto no ha sido más que un Gran Sueño. Los necios piensan que ahora están despiertos y que lo han descubierto por si solos, a escondidas, que esa es la realidad. Uno es un noble; otro, un pastor…! ¡Oh, que listos!
Tu maestro Kung y tu estáis soñando. Y las palabras que os estoy diciendo también son un sueño. Todo ello se llama el Lastimoso Engaño. De aquí a diez mil años, te encontrarás con un gran sabio que podrá desentrañar este misterio para ti. O quizá lo encuentres esta mañana. O puede que esta tarde.
Supón que tú y yo nos enzarzamos en una discusión. Si tú ganas y yo no, significa que tú tienes la razón y yo estoy equivocado? O si al revés, si gano yo, ¿significa que tengo yo la razón y tú estás equivocado? Si uno de nosotros tiene razón, está el otro equivocado? ¿Tenemos razón ambos o estamos los dos equivocados? No podemos ponernos de acuerdo. Y nadie más ha oído aun los argumentos. ¿Quien puede aclarárnoslo? Si elegimos a alguien que piense como tú, estará de acuerdo contigo; si elegimos a alguien que piense como yo, estará de acuerdo conmigo. Si elegimos a alguien que no está de acuerdo con ninguno de los dos, sin duda no nos gustará su solución. No podrá aclarárnoslo. Y alguien que esté de acuerdo con los dos tampoco servirá de nada. Si ni tú ni yo logramos ponernos de acuerdo, ¿debemos esperar oír todavía otra opinión de nuestro entorno?”.
El relato más conocido y manoseado del “Zhuangzi”, el sueño de la mariposa, el sueño en que el maestro Zhuang es una mariposa que a su vez podía estar soñando que era Zhuang pone en entredicho la diferencia entre estar soñando o durmiendo, que al parecer es “una falsa dicotomía”. En realidad, lo que propone es un enigma que trastorna el sentido de la realidad y que a través de los tiempos ha servido de inspiración a multitud de obras literarias y elucubraciones filosóficas:
“Cierto día, Chuang Tzu se quedó dormido y soñó que era una mariposa que revoloteaba muy contento por ahí. Y la mariposa no sabía que era Chuang Tzu que soñaba. Luego despertó y volvió a ser el de siempre, pero ahora no sabía si era un hombre que soñaba que era una mariposa o una mariposa que soñaba que era un hombre”.



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La utilidad de lo unútil

Borges decía que “toda novedad no es sino olvido”. Otra manera de decir lo mismo es que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Parece, en definitiva, que todo ha sido escrito y olvidado, aunque también parece que a Borges se le olvidaban aposta ciertas cosas. El mundo de las ideas es en gran parte una repetición de repeticiones como se puede comprobar al leer los clásicos y, sobre todo, los clásicos chinos anteriores a nuestra era.
Durante más de dos mil años en China prevalecieron dos grandes corrientes filosóficas, confucionismo y taoísmo. Confucio y Mencio, por un lado, Lao Tse y Zhuangzi por otro. Es algo que luce muy ajeno a nuestra realidad, cosa con la que no tenemos en apariencia nada en común. Sin embargo, basta leer un breve resumen de las ideas de estos pensadores para ejercitar nuestra capacidad de asombro y de gozo ante la frescura y modernidad que traducen sus escritos:
“Zigong preguntó: “¿hay alguna frase que pueda servirme hasta el fin de la vida?’. Confucio dijo: ‘El perdón de los demás. Lo que no quieras que te hagan a ti no se lo hagas tú a los otros.”’
Abundan los temas recurrentes en una y otra doctrina, las mismas preocupaciones existenciales que hoy día nos agobian.
“El objetivo último de las obras confucionistas es la mejora moral y política. La sabiduría que predican no es una sabiduría especulativa que se pierda en disputas metafísicas o teológicas, sino que es una sabiduría ético-práctica. El hombre vulgar busca una felicidad inmediata y material en el placer, el poder, el lujo… el hombre que se tenga por superior no debe rechazar los placeres al modo de un anacoreta, pero sí postergarlos por actividades que le permitan adquirir una felicidad diferente a la que busca cualquier patán o los animales irracionales”. (http://www.lasangredelleonverde.com/el-confucianismo-en-las-analectas-y-el-libro-de-mencio/).
Confucio era un conservador, tenía en general una opinión inmejorable sobre los gobernantes, a los que había sin embargo que educar o reeducar en el arte del buen gobierno. Creía en el poder de la virtud, en la fuerza del ejemplo:
“El hombre que posee las virtudes humanitarias en su más alto grado, al querer afirmarse él mismo, afirma a los demás y, al querer ensancharse él mismo, ensancha a los demás.”
Para Mencio los ciudadanos eran más importantes que los gobernantes, era un ultraizquierdista que propuso una teoría de socialismo agrario primitivo, sostenía la necesidad de deponer e incluso borrar del mapa a los tiranos y que no existía guerra justa:
“Mencio dijo: “Hay hombres que dicen: “Soy magnífico en la disposición de las tropas, soy excelente en la batalla”. Estos son grandes criminales. Un soberano que ama la benevolencia no tiene enemigos bajo el cielo.”
Una diferencia y afinidad parecida existe entre Lao Tse y Zhuangzi, también llamado Chuang Tse o Chuang Tzu. Zhuangzi era “un sabio modesto y burlón”, coetáneo de Mencio, seguidor de Lao Tse hasta un cierto punto y crítico de Confucio y su escuela. Contra ambos “dirigió los más agudos ataques (…) en un estilo lleno de donaire, de irrisión y de irresistible sarcasmo, pero, al mismo tiempo, de una extremada belleza expresiva”.
“La moral de Chuang Tse es una moral idealista, evasiva. Recomienda la flexibilidad, el abandono, la confianza total en la naturaleza. Confucio explica la duración del Imperio; Chuang Tse explica la poesía y el humor chino. Uno ha salvado al Estado; el otro ha hecho perdurar la lozanía. Uno encarna el orden; el otro la fantasía”.
“Chuang Tse deseaba sencillamente hacerse olvidar y desconocer; fundirse en la naturaleza y en lo que le rodea, como esos insectos que se vuelven semejantes a la rama muerta o a la hoja verde en la que se refugian”. (http://www.concienciasinfronteras.com/PAGINAS/CONCIENCIA/chuangtsemariposa.html).
Lao Tse (si acaso existió) es el autor o supuesto autor de un libro titulado “Tao Te Ching, tratado sobre la Virtud del Tao”. A Zhuang Zi o Chuang Tse se le atribuye en parte una obra que lleva su nombre:
“Si bien esta última es bastante más voluminosa que la de su padre doctrinario, quizás no es sino debido al desarrollo literario del que carece el epigramático ‘Tao Te Ching’. No obstante, abundan en Chuang Tse los mismos temas recurrentes sobre los cuales machacó tres siglos antes que él Lao Tse: la preservación de la vida siguiendo al Tao; la simplicidad y la quietud; la fuerza de la debilidad; la no-violencia; la sabiduría de parecer tonto”. La utilidad de lo inútil.(http://www.concienciasinfronteras.com/PAGINAS/CONCIENCIA/chuangtsemariposa.html).
Para los pragmáticos, el valor de una cosa lo determina su utilidad práctica en términos de beneficios preferiblemente económicos (algo que deja muy malparada a la poesía, a la filosofía, a la novela y casi todas las disciplinas humanistas). El maestro Zhuang, en cambio, se rebela desde la remota antigüedad contra ese criterio. Explica de manera muy convincente la utilidad de ciertas cosas inútiles:
Acerca de la “inutilidad” de la sabiduría, Chuang Tse dijo: “Hay un gran árbol; su tronco es tan grueso que sería muy difícil cortarlo. Ahí sigue al borde del camino. Los carpinteros que pasan por allí ni se dignan mirarle, pero muchos viajeros se cobijan bajo su enorme sombra. Así es el Sabio: de tan grande deviene en inútil, pero muchos se cobijan bajo sus palabras. ¿Por qué, entonces, va a ser perjudicial y malo no servir para nada?”



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https://acento.com.do/2017/opinion/8488633-el-peligro-de-ser-util/

El peligro de ser útil

Dice Zhuangzi que “la inteligencia del mono y la habilidad del perro para cazar ratones les granjean sus cadenas”. Se pregunta “¿Por qué, entonces, va a ser perjudicial y malo no servir para nada?” De hecho, Zhuangzi parece advertir sobre el peligro de ser útil, aunque quizás no en sentido general, quizás se refiere al peligro de ser útil en determinadas circunstancias. La belleza de una mujer puede acarrear su perdición, la fortaleza física de un siervo lo convierte en candidato ideal para el reclutamiento militar. En uno de los más celebrados cuentos mágicos chinos, la fama de un pintor paisajista lo conduce al palacio real y pierde su libertad, hasta que finalmente escapa, adentrándose en uno de los paisajes que pintaba por un sendero infinito.
Cuando alguien le dice a Chuangzi que sus palabras son “nudosas e inútiles!”, que “¡No sirven a nadie!”, éste se echa a reír. Es evidente que “Todo el mundo sabe lo útil que es ser útil; pero nadie parece saber lo útil que es ser inútil”. Nadie como él explica el peligro de ser útil y la utilidad de “una virtud inútil”:
“El distrito Chingshih del estado de Sung constituye un hábitat perfecto para las catalpas, los cipreses y las moreras.
Pero cuando sus troncos alcanzan un palmo o dos de perímetro, los lugareños los cortan para hacer perchas para los monos. Cuando llegan a los tres o cuatro palmos, los talan para elaborar bellas parhileras. Los supervivientes que llegan a los siete u ocho palmos, son abatidos para fabricar los plafones de los ataúdes de la nobleza y la gente rica. Por consiguiente, nunca viven todos los días y años destinados, sino que perecen prematuramente bajo el hacha. Ésa es la desgracia que sufren por su valor material.
Los bueyes con manchas blancas, los cerdos con el hocico respingón y los hombres con hemorroides no son ofrecidos en el Río de los Sacrificios. Todos los sacerdotes lo saben y las consideran ‘criaturas desafortunadas’. Sin embargo, el Verdadero Espíritu las llama ‘las grandes afortunadas’. 
“El hombre llamado Árbol Inútil tiene el mentón en el ombligo, los hombros encorvados por encima de la cabeza y el hueso del pescuezo apuntando al cielo. Los cinco órganos principales en la parte alta y los fémures contra las costillas. Cose y lava ropa para ganarse la vida, y al aventar de nuevo la barcia saca suficientes cereales para alimentar a diez personas. En la época de alistarse a filas, puede pasear su lisiado cuerpo ociosamente, y cuando la comunidad se reúne para trabajar en el campo, como está incluido entre los enfermos crónicos, nunca tiene que participar. Cuando se distribuye el grano que el estado regala, recibe tres medidas llenas y diez haces de leña. Su forma es inútil, por cierto, pero basta para sus necesidades. Sin duda vivirá todos los años de su vida. Si es así para él, ¡cuánto más lo será para quienes poseen una virtud inútil!”
Muchas cosas quizás sólo pretenden ser inútiles como el árbol no maderable, por ejemplo, pero no por eso dejan en secreto de ser útiles. A la sombra de sus ramas gigantescas se congregan los hombres como en un templo:
“-Si se esfuerza tanto por ser inútil, ¿por qué se ha convertido   en un templo?
“-Es un secreto (…) Sólo está fingiendo, así lo protege también la gente que no aprecia lo inútil. Si no representara un templo, quizá lo habrían abatido y partido. De ese modo es distinto de los demás árboles”.
Así es el árbol inútil del relato de Chuangzi:
“Un carpintero llamado Piedra viajó a Ch’i. Al llegar a Ch’u-yuan, vio un gran castaño que la aldea usaba como templo. Era tan enorme que su sombra podía cobijar a miles de bueyes, su tronco medía cien palmos de ancho, era alto como una montaña y sus ramas más bajas estaban a unos veinticinco metros del suelo. Más de una docena de ellas eran tan grandes que podían haberse vaciado para construir botes. Los visitantes se apiñaban a su alrededor como si fuera la plaza del mercado. Piedra, el carpintero, apenas lo miró y continuó su camino sin dignarse siquiera a volver la cabeza. Pero sus aprendices no pudieron evitar quedar boquiabiertos ante él y tuvieron después que correr para alcanzar a su maestro. Uno de ellos le dijo:
“-Desde que cogimos las hachas para seguirte, maestro, nunca hemos visto una madera tan hermosa. ¡Pero tú ni siquiera te has detenido a mirarla! Has seguido tu camino. ¿Cómo puede ser?
“-¡Ya basta! —gritó Piedra—. No quiero oír hablar de ella. Esa madera es basura. Si construís un bote con ella, se hundirá. Si hacéis ataúdes, se pudrirán antes de tiempo.
Para fabricar utensilios, es demasiado quebradiza. Para hacer una verja o una puerta, exuda demasiada savia. Haced un pilar con ella, y atraerá a los gusanos. Su madera no sirve para nada. No puede usarse. Por eso el árbol es tan viejo. Cuando el carpintero regresó a su casa, el fabuloso árbol se le apareció en sueños diciendo:
“-¿Me has comparado con árboles cultivados, con el espino, el peral, el naranjo, con todos los arbustos y árboles que dan fruto? Cuando los frutos están maduros se los
roban, descortezan el tronco y, en general, los maltratan rompiendo las grandes ramas mientras que por las pequeñas gotea la savia a causa de las heridas. Tienen una maravillosa habilidad para transformar su utilidad en una miserable existencia. Y cuando el hilo de sus días y años se agota, son talados y arrancados por pobres diablos. Así ocurre con todas las cosas del mundo. Por eso me esfuerzo en aprender el arte de la inutilidad. Aunque por poco haya acabado conmigo, ahora ya lo domino y me resulta muy útil. Si hubiera sido de alguna utilidad, ¿crees que habría tenido alguna oportunidad de haber crecido tanto? Tanto tú como yo somos objetos. ¿A qué viene enjuiciarme? Tú también eres un hombre destinado a morir. Pero ¿eso te convierte en pura basura? ¿Por qué me has llamado basura?”
Chuangzi dice y repite:
“Siéntate al pie del árbol y domina el arte del no hacer. Vaga libre y tranquilamente bajo él por el mundo de los sueños. Olvídate del hacha, nada puede dañarlo porque para nada sirve. ¿Dónde está el problema?”
Parecería que Chuangzi o Chuang Tse está escribiendo una “oda a la vagancia”, a la “descansada vida” que celebraría Fray Luis de León tantos siglos más tarde.
A juicio de Irving Yucheng Lo “El mensaje de libertad e inconformismo de Chuang Tse libera la mente china y proporciona un saludable antídoto contra la ética y los valores sociales de los seguidores de Confucio (…)  Chuang Tse se inspiraba en un vasto tesoro de mitos, leyendas c historia sin registrar de la antigua China, y también en un conocimiento enciclopédico de lo que podría considerarse la ‘historia natural innatural’ para tejer, en forma de parábolas y debates anecdóticos, la visión de un escéptico y místico, en un mundo lleno de constantes y peligrosas elecciones morales”.
Confucio “encarna el orden” y Chuangzi “la fantasía”, cuando no la anarquía. Por eso las palabras contra Confucio, el gran maestro de maestros chino, son duras, abundantes, reiterativas y repercuten a través de los siglos con la rara virtud de la clarividencia:
“¡Oh, deja, deja de atraer a la gente con el poder de tu virtud! Señalar el Camino en el polvo es peligroso, tan peligroso como dirigir a la gente. ¡La luz es falsa! Mi forma de actuar no atrae daño alguno. Mis senderos son sinuosos, pero no lastiman mis pies. El árbol de la montaña es su propio enemigo, su madera aviva su propio fuego. El árbol de la canela al ser comestible es derribado.
El árbol de la laca al ser rentable es mutilado. Todo el mundo sabe lo útil que es ser útil; pero nadie parece saber lo útil que es ser inútil”.



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La dicha perfecta

Seis siglos antes de nuestra era, Heráclito afirmaba “que el fundamento de todo está en el cambio incesante (…), todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa”. Todo cambia. “En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”. Por eso “uno no se puede bañar dos veces en el mismo río”. Incluso, un extremista llamado Crátilo “proclamó que no se podía hacer ni una sola vez”.
        Seis siglos antes que Heráclito, en “El libro de las mutaciones”, los chinos sostenían y sostienen que “el principio del cambio y la relación dialéctica entre los opuestos rigen el universo”. El cambio es, de hecho, “la única realidad existente”. La mutación, el cambio, es lo único permanente.
        En “El libro de Zhuang Zi” aparece con frecuencia la idea de la mutación asociada con la muerte y la aceptación de la misma en términos filosóficos:
“Cuando Lao Tse murió, Chin Shih asistió al velatorio.

Osho o Bhagwan Shri Rashnish
Lanzó tres fuertes alaridos y salió de la estancia. Uno de los
discípulos le dijo:
“-Usted no es amigo de nuestro maestro, ¿no?
“-Desde luego —respondió.
“-¿Entonces cómo puede condolerse de ese modo?
“-Esa es mi forma de hacerlo —contestó Chin Shih—.
“-Al principio pensaba que tú eras uno de sus discípulos, pero ahora veo que no. Cuando vine a condolerme, encontré a unos ancianos llorando por él como si fuera su propio hijo y hombres jóvenes sollozando como si fuera sumadre. ¿Qué es lo que ha reunido a estas personas? Sin duda tienen palabras que decir y lágrimas que verter que nadie les ha pedido. Pero esta conducta sólo es huir de la verdadera naturaleza, dar la espalda a la realidad. Antaño esto era llamado ‘esconderse de las lecciones de la naturaleza’. El maestro vino al mundo sabiendo que era el momento. Al abandonarlo, también lo siguió. Se ha ido en su debido momento, cuando se suponía que debía irse.
Aquí no hay lugar para la alegría ni el dolor. Antaño esto era llamado ‘estar libre de ataduras’. ¡Mira! No es necesario encenderlo más. El fuego arde ahora intensamente. Ya no se extinguirá jamás”.
La misma amarga recriminación contra los plañideros figura en el capítulo titulado “La dicha perfecta”. Esta vez la mutación, la gran mutación, la muerte, afecta a la esposa de Zhuang Zi o Chuang Tse, pero el sabio se cura las heridas del alma con una buena dosis de optimismo filosófico:
“La esposa de Chuang Tse murió, y cuando Hui Tzu llegó para ofrecerle sus condolencias encontró a Chuang Tse agachado, golpeando una olla como si fuera un tambor y cantando.
“Hui Tzu dijo:
“-Has vivido con esta mujer, habéis criado a vuestros hijos y envejecido juntos. ¡No llorar su muerte ya me parece mal! Pero ¿tocar el tambor y cantar no lo encuentras
excesivo?
“-No —contestó Chuang Tse—. Así es como son las cosas. Al morir ella, ¿cómo podría yo no haber sentido pesar? Pero he pensado en ello con mayor detenimiento y he comprendido que antes de que ella naciera, no tenía vida. No sólo no la tenía, sino que carecía de forma. No sólo carecía de forma, sino que ni tan sólo tenía chi. Pero en alguna parte del vasto e imperceptible mundo hubo un cambio y ella adquirió el chi, después éste cambió y ella adquirió una forma; después ésta cambió y ella obtuvo la vida. Ahora ha habido otro cambio y ella está muerta. Es como el mutuo ciclo de las Cuatro Estaciones. Ahora mi esposa descansa silenciosamente en la Gran Cámara. Sí tuviera que correr tras ella llorando sería sin duda demostrar que no comprendo lo que está predestinado. Así que he dejado de hacerlo”.
Una de las más ingeniosas y truculentas variaciones sobre el tema la protagonizan el Tío Un Solo Pie y el Tío Tullido cuando se dirigen a rendir tributo a un difunto. El uno advierte al otro que “La vida es un préstamo y los vivos somos los prestatarios”. La muerte es un amanecer. “La muerte amanecerá una vez haya transcurrido esta noche”. ¿La noche de la vida?:
“El Tío Un Solo Pie y el Tío Tullido se dirigieron al Túmulo Funerario del Oscuro Señor, situado en los agrestes parajes de Kun-lun, el lugar donde el Emperador Amarillo solía descansar. De pronto, al Tío Tullido le salió en el codo izquierdo un furúnculo del tamaño de un sauce. Movió un poco los pies y lo miró aparentemente disgustado.
“¿No lo odias cuando sale? —dijo el Tío Un Solo Pie.
“-¡En absoluto! ¿Por qué habría de odiarlo? —contestó el Tío Tullido—. La vida es un préstamo y los vivos somos los prestatarios. La vida es un montón de basura. La
muerte amanecerá una vez haya transcurrido esta noche.
Tú y yo hemos venido aquí para meditar sobre el cambio.
A mí me acaba de llegar en este lugar. ¿Por qué tendría ello que disgustarme?”
Quizás nadie ha expresado la idea del cambio, la idea de lo inevitable, de manera tan poética y delicada como un pensador, un místico, un filósofo espiritual y gurú contemporáneo de la India llamado Osho o más bien Bhagwan Shri Rashnish. Lo conozco sólo de referencia y lo admiro sobre todo por su estilo literario y su casi convincente vehemencia: 
CAMBIO
“El sufrimiento llega porque no permitimos que suceda el cambio. Nos aferramos, queremos que las cosas sean estáticas. Si amas a una mujer, la quieres también para mañana, de la misma forma en que ella es tuya hoy. Así es como surge el sufrimiento. Nadie puede estar seguro del momento siguiente, ¿Qué decir sobre mañana?
“Un hombre consciente sabe que la vida está cambiando constantemente. La vida es cambio. Sólo hay una cosa permanente y es el cambio. A excepción del cambio, todo lo demás cambia. Aceptar esta naturaleza de vida, aceptar esta existencia cambiante con todas sus estaciones y estados de ánimo, este constante fluir que nunca se detiene por un momento, es ser dichoso. Entonces nadie puede perturbar tu felicidad. Es tu anhelo de permanencia lo que crea problemas para ti. Si deseas vivir en una vida sin cambios, estás pidiendo lo imposible.
“Un hombre consciente se vuelve lo suficientemente valiente para aceptar el fenómeno del cambio. En esa misma aceptación está la dicha. Entonces nunca estás frustrado”.
Nota: Mi amigo Avelinus, un personaje alérgico al tema de la gran mutación (su majestad la muerte como la llamó Domingo Moreno Jimenes), diría que todo esto es simple filosofía, consolación por la filosofía de la que hablaba Boecio en el siglo V de nuestra era. Sabias y bellas y tristes palabras que nos alertan de que no debemos aferrarnos a nada. Sirven de consuelo, pero no curan el espanto que menciona Rubén Darío en el poema “Lo fatal”.
La filosofía entretiene, sí, pero en realidad no cura.
La inmortalidad, diría y dice mi amigo Avelinus, es la única opción conveniente.




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