viernes, 25 de marzo de 2022

Un monstruo llamado Bernardino

Pedro Conde Sturla

25 marzo, 2022

Félix Wenceslao Bernardino Evangelista, alias Buchilai. 

Al inicio de su fatídico gobierno, en la fatídica década de 1930, la bestia incorporó a su servicio a uno de los personajes más oscuros de la muy oscura era gloriosa, alguien que se destacó por su oscuridad entre los muchos tipejos oscuros del régimen tenebroso. No era un simple sicario, un verdugo, un torturador, un asesino vesánico, era un hombre instruido, tan malo como instruido, y respondía al nombre de Felix W. Bernardino. Orgullosamente Félix Wenceslao Bernardino Evangelista. Todo un Evangelista. Además le decían Buchilai, alias Buchilai o Buchilay.

Paradójicamente, en esos tempranos años de 1930, Bernardino había estudiado leyes como estudiante libre cuando estaba preso en la Fortaleza Ozama por haber dado muerte a un munícipe del Seibo llamado Amable Dalmasí, un miembro muy apreciado de una apreciada familia. Se había graduado, pues, de abogado en el sitio más impensado con un flamante título de la Universidad de Santo Domingo, pero el título lo utilizó, si acaso lo utilizó, mayormente como adorno en alguna pared de su casa. Las leyes sólo le interesaban para quebrantarlas y las quebrantó casi todas, al igual que los mandamientos de las tablas mosaicas, empezando por el sexto.

Bernardino también era músico, tocaba el piano y el clarinete, y aunque seguramente no se distinguía por su virtuosismo ni hizo carrera como músico, alguna vez se ganó la vida tocando decentemente en un prostíbulo de la zona este del río Ozama. Uno de esos lugares donde se armaban con cierta frecuencia balaceras y reyertas de pronóstico reservado.

La música lo llevó a Nueva York y en el momento más alto de su carrera musical llegó a tocar en una banda de cierta categoría. Pero la música, como la abogacía, tampoco era lo suyo.
Bernardino tenía inclinación para el mal en grado superlativo y al mal se dedicó en cuerpo y alma. Al servicio de la bestia y de sí mismo.

Dice Crassweller que era un hombre muy leído, muy inteligente y a la vez disoluto, inmoral, irresponsable. Era sin duda un tipo tétrico, retorcido, desalmado, escabroso, un hombre en el que predominaban la pasión animal y los bajos instintos. Y sobre todo violento. Era boxeador, era pendenciero, era abusador, alguien que se divertía vejando y maltratando a los más débiles, cometiendo por gusto cualquier tipo de atropello y sobre todo matando sin remordimiento. Era un perfecto sicópata, si es que por casualidad puede ser perfecto un sicópata.

Trujillo había trabajado en alguna ocasión con el padre y un tío de Bernardino en una plantación de caña del Distrito Nacional y Bernardino lo conocía o lo había visto varias veces desde que tenía once años. Trujillo dejó de trabajar con los Bernardino para convertirse en jefe de guardias campestres del central azucarero de Boca Chica y luego se enganchó a la guardia, al llamado Ejército Nacional que fundaron los yanquis durante la primera ocupación, pero mantuvo con la familia vínculos que se transmitirían a los hijos.

Desde la Fortaleza Ozama, donde guardaba prisión, Bernardino vio el cielo abierto cuando la bestia llegó al poder. A su debido tiempo le escribió una carta en la que presentaría sus credenciales y lo colmaba de elogios, le agradecía sin duda la oportunidad de haber podido estudiar, de graduarse de abogado en virtud del avanzado sistema carcelario que permitía la plena rehabilitación de los presos y su eventual y exitosa reincorporación a la sociedad. Ese fue el origen de una imperecedera relación.

Bernardino —como dice Crassweller— le prestaría a la bestia servicios inestimables, los de un criado eficiente y devoto en una extraordinaria variedad de funciones. Se desempeñó como diplomático, político y espía, trabajó en las Naciones Unidas, en turismo, y sobre todo como encargado de limpieza en sentido figurado, en el peor sentido figurado.

En el decenio de 1950 Bernardino fue cónsul en Nueva York, fue cónsul en La Habana y fue cónsul en Caracas, y durante todos esos consulados los enemigos de la bestia en el exterior fallecían como por encanto. Minervino era un maestro en el arte del sigilo y de seguro tenía vínculos con el crimen organizado. Bajo su atinada dirección desaparecieron o fueron ejecutados públicamente varios conocidos y rabiosos opositores.

Durante su fructífera estadía como cónsul en La Habana, el día 8 de diciembre de 1950 se produjo el secuestro y posterior asesinato y la desaparición de Mauricio Báez, el más grande dirigente sindical en la historia de la República Dominicana. Báez había sido el organizador de la huelga azucarera de 1946, la única que le hicieron a la bestia en su gobierno, y a raíz de la terrible represión que se desató había tenido que emprender la vía del exilio y en el exilio vivió hasta el día en que en su casa se presentaron unos agentes encubiertos y no volvió a saberse nada de él.

Otra de las víctimas de Bernardino (en colaboración con su hermana Minerva), fue el escritor Andrés Francisco Requena.
Bernardino era Cónsul General de la República Dominicana en Nueva York y el asesinato ocurrió en esa ciudad la noche del 2 de octubre de 1952 en la calle Madison del bajo Manhattan.

A Bernardino y su hermana Minerva también se le atribuyen participación en el secuestro y desaparición del escritor español Jesús de Galíndez Suárez, que tuvo lugar en su apartamento de la Quinta Avenida de Nueva York el 10 de octubre de 1956 y provocó un escándalo internacional.

Una de las grandes hazañas de Bernardino (esta vez en combinación con el luciferino Johnny Abbes García, jefe del Servicio de Inteligencia Militar de Trujillo), fue su participación en la trama para asesinar al presidente de Guatemala. Un asesinato que se realizó en la propia casa presidencial el 26 de julio de 1957 y que al parecer fue una venganza personal de la bestia por haberse negado el mandatario guatemalteco a concederle una distinción honorífica. La orden del Quetzal, que la bestia apetecía como un suculento bocado.

En la cúspide de su carrera, el nombre de Felix W Bernardino también sería asociado, junto al de Johnny Abbes, al atentado en el que estuvo a punto de perder la vida el presidente venezolano Rómulo Betancourt. El atentado, que se llevó a cabo el 24 de junio de1960 en la Avenida de Los Próceres, de Caracas, causó la muerte de un alto oficial y un estudiante, quemaduras en todo el cuerpo de primer y segundo grado a Betancourt, al ministro de defensa, a su esposa, al chofer del vehículo y otros más.
Betancourt quedó casi tuerto del ojo derecho y parcialmente sordo.

Las consecuencias, para el país y la bestia, fueron desastrosas. Esta vez la bestia se había extralimitado y perdería definitivamente el favor de sus amos.

(Historia criminal del trujillato [81])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Dictador Trujillo fue subalterno de la familia del influyente Félix W. Bernardino

(https://almomento.net/el-temible-felix-w/ de d

https://elnacional.com.do/dictador-trujillo-fue-subalterno-de-la-familia-del-influyente-felix-w-bernardino/)

Naya Despradel, “Félix W. Bernardino”, (https://www.elcaribe.com.do/gente/cultura/felix-bernardino-4/)

Sebastián del Pilar Sánchez, “El temible Felix W”,(https://almomento.net/el-temible-felix-w/)

Santiago Estrella Veloz, “FELIX BERNARDINO ( BUCHILAY ) Y SU HERMANA , MINERVA BERNARDINO”, Historia Dominicana en Gráficas, (https://es-la.facebook.com/historiadominicanaengraficas/posts/felix-bernardino-buchilay-y-su-hermana-minerva-bernardinopor-santiago-estrella-v/355646504633839/)




sábado, 12 de marzo de 2022

El encanto indiscreto de Manuel de Moya Alonso (1-2)

Pedro Conde Sturla

11 marzo, 2022




Anuncios publicitarios en que aparece un juvenil Manuel de Moya Alonso

Manuel de Moya Alonso era un tipo lindísimo, elegantísimo, refinadísimo, educadísimo, un play boy y un dandy, un hombre de mundo que se sabía mover en sociedad, y que además hablaba fluidamente inglés y era modelo profesional, modelo y maestro de danza en el Arthur Murray studios. Desde que la bestia oyó hablar de él lo quiso conocer y lo conoció, se conocieron, se reconocieron, y aquello fue como quien dice amor a primera vista. Amor a primera vista entre la bestia y un encantador de serpientes. Amor plausiblemente platónico a primera vista. O quizás no. Quizás fue un amor prohibido, un amor escondido: ambixesual , según lo que dice Almoina:

“Para lo ambisexual —jura Almoina—, el hombre de confianza de Trujillo es Manuel de Moya, que se desnuda ante su Jefe y juntos realizan las más indescriptibles combinaciones”.

Pero Almoina era un exagerado. No siempre se puede creer lo que dice. La verdad es que resulta demasiado cuesta arriba imaginarse a Trujillo y Manuel de Moya peleando espadas. Sin embargo, hasta el mismo Joaquin Balaguer afirma que la bestia sucumbió a los encantos de Manuel de Moya Alonso:

“Se trataba de una especie de Adonis que supo conquistar el corazón de Trujillo con su belleza varonil y con su limpia sonrisa”.
En realidad, por la manera en que lo describe, el que parece haber sucumbido fue Balaguer. Balaguer habla con palabras emocionadas de la gran simpatía que unió a la bestia con el adonis durante todos sus días. Insinúa que De Moya Alonzo fue para el tirano (y quizás para el mismo Balaguer) “como una flor exquisita nacida al borde de un lodazal”. Los seducía, sin duda (¿a Balaguer y a la bestia?) la sonrisa de Manuel, “la sonrisa que llevaba cosida a sus labios”. La dulcísima sonrisa de un hombre que “hizo todo el bien que pudo” y que “no le abandonó ni aun en las horas trágicas en que el régimen vaciló, golpeado por las invasiones de Constanza, Maimón y Estero Hondo y por la conmoción que produjo en el país el asesinato de las Hermanas Mirabal”.

Lo cierto, sin embargo, es que en el entorno palaciego había otros personajes (de cuyos nombres no quiero acordarme), que bailaban en privado para la bestia con ropa de mujer y hacían todo tipo de porquerías, pero la especialidad de Manuel de Moya era otra.

Dice Crassweller que los más connotados cortesanos, tanto civiles como militares, aparte de los rasgos distintivos de su personalidad tenían un talento, una especialidad en cierta área específica de competencia. Pero en Manuel de Moya, las cualidades personales eran su área de competencia. Su encantadora personalidad y magnetismo personal eran su especialidad. Su profesión era ser encantador. El tal De Moya se dedicaba, en efecto, a ser encantador a tiempo completo. A ser encantador y a encantar. Pero no sólo para su beneficio. De Moya era un tipo generoso, desprendido, esplendido en su magnificencia. Se dedicaba a fondo, lo que se dice a fondo, con todos los atractivos que describe Balaguer, con todos sus finos modales, con toda su refinada elegancia y educación sentimental, con su conocimiento de idiomas, con su belleza etérea y deletérea, con todos los dones con que lo había agraciado la naturaleza a conquistar o, más bien, a cosechar doncellas para la bestia, doncellas para el minotauro. Su verdadera vocación era la de alcahuete, de chulo o celestino, de proxeneta o maipiolo como decimos en esta tierra.

Hasta la aparición de Manuel de Moya Alonso en la escena política no había, por lo que dice Almoina, una proveedora de mujeres más eficaz, “conspicua y asidua” que Doña Isabel Mayer. La Mayer había sido premiada por sus buenos servicios con cargos de gobernadora de provincia y senadora. Por donde quiera que pasaba arrasaba con las muchachas más atractivas y con frecuencia se presentaba en la Casa de Caoba de la Hacienda Fundación con un atado de doncellas que la bestia pasaba y repasaba por las armas, hasta que se aburría de ellas. La Mayer no reclutaba únicamente entre la gente humilde, no la intimidaban las barreras de clase y era capaz de hostigar a muchachas de cualquier nivel social con el propósito de arrearlas al redil, al cubil de la bestia.

Con Isabel Mayer competía Fefita Sánchez de González y el mismo Cucho Álvarez Pina, de acuerdo con lo que dice Almoina. Fefita pertenecía a la rama femenina del Partido Dominicano que presidía Don Cucho y era especialista en organizar concursos de belleza que tenían gran resonancia en el país. Había premios y otros incentivos para la reina y las finalistas, pero el premio mayor, el premio que algunas incautas no imaginaban, era conocer a la bestia, el honor de acostarse con la bestia.

Muchos otros cortesanos, como La Julia y La Calderona, rivalizaban con la Mayer y la Fefita, pero ninguno estuvo jamás a la altura de Manuel de Moya, el celestino por antonomasia. Nunca hubo nadie más esforzado, más entregado, más consagrado que él a su tarea. Manuel de Moya parecía incapaz de enamorar a una mujer sin pensar en la bestia. De hecho, hubo ocasiones en que se lo sacaron en cara, en que le preguntaron si no le daba vergüenza enamorar a una mujer para otro hombre. Pero la vergüenza, así como el menor sentido de dignidad o decoro, era algo que Manuel Moya no tenía.

El hecho es que de una u otra manera, aparte de celestino compulsivo, Manuel de Moya era un mujeriego empedernido. Eran las mujeres y no la cundanguería lo que lo unía a la bestia. 
(Historia criminal del trujillato [78])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).
Joaquín Balaguer, “
Memorias de un cortesano de la era de Trujillo”


El encanto indiscreto de Manuel de Moya Alonso (2 de 2)

Trujillo conoció, probablemente, a Manuel de Moya Alonso durante su primer viaje a los Estados Unidos en 1939. El glorioso viaje y la gloriosa estadía en la que fue agasajado a cuerpo de rey. Agasajado, homenajeado y recibido por Franklin Delano Rooselvelt en la Casa Blanca. Invitado más bien a tomar el té de las cinco de la tarde en la Casa Blanca. Colmado de honores y reconocimientos apenas dos años después de la matanza haitiana, como si de un premio o un incentivo se tratase.

Son muchos los que dicen y repiten (incluyendo a Balaguer) que la bestia mostró interés en conocer a Manuel de Moya cuando vio unos anuncios con su gallarda efigie, haciéndole promoción a la pasta de dientes Colgate. Afirma Balaguer, con palabras temblorosas por la emoción, que a la bestia “le llamó la atención la elegancia y la apostura del sujeto” y que cuando supo que era dominicano y miembro de una familia ilustre se redobló su interés, hizo que lo invitaran a venir a su presencia, que le hicieran una de esas invitaciones que no se pueden rechazar y que Manuel de Moya nunca habría rechazado.

Quizás se encontraron por primera vez en la guarida neoyorquina de la bestia, en el lujoso Hotel Carlyle, y de ese encuentro nació la simpatía que siempre se tuvieron y la cordialidad con que se trataron hasta “la tragedia del 30 de mayo”, como dice Malaguer. Joaquín Amparo Maldaguer Ricardo.

Lo cierto es que a Trujillo le informaron que aparte de modelo y maestro de danza, aparte de ser dominicano y de abolengo, el joven Manuel de Moya era un playboy y un dandy que conocía muchísimas mujeres, que vivía rodeado de bellas mujeres y que podría facilitarle el acceso a bellas mujeres. Desde el momento en que se conocieron, el adonis y la bestia congeniaron y, más que congeniar, intimaron.

Dice Crassweller que De Moya era un tipo buenmozo, complaciente, obsequioso y que la bestia estableció con él lazos de amistad tan profundos como su naturaleza se lo podía permitir. De hecho, lo admitió en una especie de “inusual intimidad”, lo convirtió en su protegido y le tomó un aprecio, un cariño casi paternal.

En su larga estadía en los Estados Unidos De Moya había adquirido o perfeccionado el buen manejo del inglés y disfrutaba de cierto éxito en el frívolo mundo de las vanidades. Incluso llegó a tomar parte, una parte insignificante, en una obra en Broadway, y en 1939, durante la primera visita de la bestia a los Estados Unidos, trabajaba como guía en el edificio de la General Motors de la Feria Mundial de Nueva York. Trujillo lo convertiría en hombre de estado y en su más confiable proveedor de mujeres.

Manuel de Moya le proveía mujeres en abundancia, y al parecer era muy refinado y selectivo en su oficio, pero también demostró ser un hombre útil, que se desempeñaba hábilmente en otros menesteres. Aunque no era un hombre formado ni interesado en asuntos políticos, era un diplomático natural. Cuando fue nombrado embajador en los Estados Unidos supo mantener las mejores relaciones, repartiendo su tiempo entre las ciudades de Washington y Nueva York, y se sabía mover con habilidad en los intrincados círculos superficialmente amables de aquel mundo frívolo y engañoso a la vez, en el cual se sentía como un pez en el agua.

En principio —dice Crassweller— el cargo de embajador no requería de mayor experiencia o conocimiento técnico sino más bien de contactos y relaciones y de los medios para ejercer influencia. Pero todo eso estaba cambiando. Trujillo estaba creando un complejo entramado político a base de mucho dinero, un mecanismo de presión, un eficiente lobby en el que figuraba un amplio círculo de congresistas y funcionarios del gobierno de los Estados Unidos que respondían a sus intereses. Cada vez más, los políticos que figuraban en la nómina de la bestia tenían que darle frente a las feroces críticas que se hacían contra su régimen y el inexistente estado de los derechos humanos en el país. En la medida en que la bestia se descontrolaba, se producían asesinatos e incluso raptos de distinguidas personalidades en la misma ciudad de Nueva York y era cada vez más difícil y mucho más costoso asumir su defensa. En ese mundo tenebroso de intrigas y ocultamientos, compra de conciencias y sobornos, Manuel de Moya no se mostró incompetente, resultó ser —a juicio de Crassweller—un representante muy apropiado.

Aparte de su cargo no oficial, el de celestino personal de la bestia, Manuel de Moya fue, a partir de 1943, Diputado al Congreso Nacional, Ayudante Civil del Presidente de la República, Ministro Consejero de la Embajada en Washington, director general de Obras Públicas, Secretario de Agricultura, Gobernador del Distrito de Santo Domingo, coronel honorario, diputado al Congreso, general del Ejército, Embajador en Washington (entre 1953 y 1954), Secretario de Estado sin Cartera, secretario de Agricultura y Recursos Hidráulicos, embajador en Washington (1957), Secretario sin Cartera.

Curiosamente, en algunos lugares públicos de Ciudad Trujillo había, por cierto, algunos afiches y anuncios publicitarios con la efigie de Moya Alonso que serían prudentemente retirados para no deslucir su carrera cuando fue nombrado diputado en 1943.

Con Manuel de Moya, por lo que se sabe, no tuvo la bestia ningún tipo de contratiempo ni parece haberlo sometido nunca a las típicas vejaciones que imponía rutinariamente a casi todos sus cortesanos. El cariño casi paternal que le profesaba fue en aumento, hasta el punto de demostrar en público la más sincera preocupación cuando se quebrantaba su salud.

Dice Balaguer, en sus memorias de cortesano, que “Cualquier quebranto de De Moya Alonzo, por ligero que fuera perturbaba a Trujillo como si se tratara de uno de sus hijos.Emilio García Godoy (le) refirió que una vez halló al dictador enternecido hasta las lágrimas, mientras recibía informes de uno de los facultativos personales. Creyendo que se trataba de alguna enfermedad de Ramfis, interrogó al medico y supo por labios de éste, que se trataba de un quebranto que parecía iniciarse sospechosamente en el organismo de De Moya Alonzo”.

Balaguer derrama, sobre el infortunio de Manuel de Moya Alonso, palabras tan tiernas como emocionadas, tan superficialmente tiernas y desconsoladas que hasta parecerían sinceras, si no fueran hipócritas. Al final, sin embargo, esas palabras sugieren un lamento en sordina, un lamento sincero, un dolor no resignado por la perdida belleza del fascinante adonis.

“Cuando se le descubrió a De Moya Alonzo un tumor debajo de la lengua, Trujillo lo envió a los Estados Unidos y durante varios días vivió pendiente del teléfono en espera del resultado de las pruebas correspondientes. Trujillo murió sin conocer la verdad. La tragedia del 30 de mayo le ahorró el dolor, de ver con sus propios ojos , los estragos hechos por la cirugía en el cuello y en parte del rostro del único tal vez de sus colaboradores a quien quiso con el afecto entrañable”.

(Historia criminal del trujillato [78])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).

Joaquín Balaguer “Memorias de un cortesano de la era de Trujillo”

NAYA DESPRADEL E HIBRAIN SOSA (Ma­nuel de Mo­ya Alon­zo (https://www.pressreader.com/ )






sábado, 5 de marzo de 2022

El círculo del poder (10): La danza de los favoritos

Pedro Conde Sturla

11 febrero, 2022

Virgilio Álvarez Pina —solemnemente Don Cucho— empezó su carrera al servicio de la bestia en la misma época que Paíno Pichardo, pero con anterioridad había sido un fiero y breve oposicionista y con mayor anterioridad había sido uno de los mejores o el mejor amigo de infancia de la bestia. Era el mismo Cucho que alguna vez había sido un ferviente y leal partidario de Horacio Vázquez, alguien que —según cuenta Crassweler—, le llevaba el desayuno a la cama y que había sido candidato a Senador por el Partido Nacional de Horacio Vázquez en las elecciones de 1930. Se trataba, en esencia del mismo Cucho que, al igual que otros, le había advertido en su debido momento a Horacio Vásquez que Trujillo estaba conspirando y que le aconsejó destituirlo, el consejo de varios colaboradores y de un Cucho Álvarez que ya le temía a su amigo de infancia y que por cierto dio lugar a un celebre episodio en la Fortaleza Ozama, una especie de desencuentro en el que Horacio no dejó de darse cuenta de que era más un prisionero que un Presidente en presencia del brigadier Trujillo.

La amistad de Virgilio y la bestia había comenzado en San Cristobal desde cuando la bestia tenía siete años. Se dice que eran parientes lejanos, aunque más bien parecería que Cucho era pariente de Plinio y Teódulo Pina Chevalier, los tíos maternos de la bestia, hijos de la segunda unión de Luisa Ercina o Erciná Chevalier, que era a vez la madre de la futura excelsa matrona y era la abuela materna de Trujillo, una consagrada y respetada maestra de origen haitiano.

La bestia mantuvo con sus tíos las mejores relaciones, pero su amistad con Virgilio (o lo que la amistad podía significar para la bestia) fue algo más trascendente. Virgilio solía ir de vacaciones a San Cristobal y con el tiempo se volvieron inseparables. Peinaban la zona en busca de aventuras, montaban caballos de palo, se entregaban al goce de los baños de río. Diariamente disfrutaban de la mejor diversión que ofrecían a los niños aquellos parajes, los baños de mar y río, aparte de cualquier diablura que se les ocurriera eventualmente.

La muy temprana amistad del futuro Don Cucho con la bestia no siempre lo mantuvo a salvo de sus intemperancias. Su militancia en el Partido Nacional y el célebre consejo que le diera a Horacio Vázquez no quedaron impunes, sufrió persecución y cárcel.

El miedo y la cárcel, y los muchos consejos que le dieron sus amigos en su etapa de oposicionista, hicieron que Cucho Álvarez se ablandara, se enterneciera, perdonara a la bestia por la traición, por el golpe de Estado que le había dado a Horacio y a solicitud de la misma bestia, según se dice, entró a su servicio en los tempranos años treinta. Desde entonces, y durante toda la era gloriosa, estuvo sometido al mismo régimen de premios y castigos que la bestia dispensaba a todos sus servidores. Con sus altas y sus bajas, conoció períodos de bonanza y otros más y menos tormentosos, períodos de bonanza y periodos de desgracia. Vivió, como todos los demás, en el saludable temor del jefe, y en los años finales fue su más fiel consejero. Uña y carne. Uña y mugre. Tuvo además la suerte de sobrevivirlo, de estar presente para ver su cadáver convertido en colador, en una masa sangrienta y mugrosa. Vivió para contarlo, como decía García Márquez, y lo contó todo un poco a su manera en un libro de anécdotas desangeladas, un libro cortesano, guabinoso, taimado, condescendiente.

Durante los años cuarenta, tanto Cucho Álvarez como Paíno Pichardo fueron agraciados y desgraciados con cargos y descargos, y a la larga llegaron a convertirse en la pareja de políticos más notoria del país. El llamado cuchipaineo, la mancuerna formada por Cucho y Paíno, estuvo en su mejor momento. Don Cucho retuvo el puesto de Presidente del Partido Dominicano durante cinco años, la segunda posición política más influyente del país, la del favorito número uno, y además recibió el título de general honorario en 1948. Paíno también había vuelto a ascender y hasta Peña Batlle había salido del exilio haitiano y había sido nombrado en un cargo honorífico de relumbrón. De manera que todo parecía marchar sobre ruedas, y sin embargo, al final de la década se produjo lo que Crassweller llama un eclipse mayor para Don Cucho y Paíno. Ambos fueron nombrados en cargos donde apenas permanecieron un mes. Nombrados y luego renombrados e intercambiados en cargos de poca relevancia y durante muy poco tiempo. En lugar de penas y castigos recibían castigos sobre castigos. Para Paíno empezaba su tercera y más larga caída, su más brusco descenso, y su amigo Cucho Álvarez corrió la misma suerte, lo acompañó en su misma desgracia. La carrera política de uno y otro entraba en un largo período de sequía que duró unos cinco o seis años. Años sin empleos, sin remuneración, alejados por completo del favor de la bestia.

La peor parte le tocó a Don Cucho, que tuvo que refugiarse durante casi todo ese tiempo en su finca y que sólo por milagro conservó su libertad.

La ingrata suerte de estos personajes coincidía, y no por casualidad, con el ascenso de Paulino Álvarez, el nuevo favorito. Paulino había contribuido desde luego a serrucharles el palo, y mientras Paulino estuviera en el poder ninguno de los dos levantaría cabeza, pero Don Cucho había contribuido espontáneamente a su caída con una metida de pata monumental que tuvo que ver con la construcción de famosa casa o Castillo del cerro. La mansión ideal que Don Cucho había concebido para halagar a su querido jefe, el adefesio monumental, la monumental barrabasada arquitectónica, la apología del mal gusto llamado Castillo del cerro del que Trujillo nunca quiso saber y donde no pasó o no durmió un sólo día de su vida.
(Historia criminal del trujillato [75])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

El “cuchipaineo” de Hipólito y Danilo, las obras públicas y la JCE
https://prensalibrenagua.blogspot.com/2016/10/el-cuchipaineo-de-hipolito-y-danilo-las.html

José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).

El libro de Don Cucho Álvarez

(https://hoy.com.do/el-libro-de-don-cucho-alvarez/). l


El círculo del poder (11): La danza de los favoritos y la casa del cerro

Pedro Conde Sturla
19 febrero, 2022

Parece que alguna vez Don Cucho Álvarez tuvo una revelación o por lo menos una anunciación, una visión idílica. Vio en sueños o en su imaginación algo que se le pareció a un paraíso en la tierra, o mejor dicho en un cerro. Un cerro que todo el mundo llamaba cerro. En ese lugar se construiría una mansión, un prodigio arquitectónico que deslumbraría a los visitantes por los siglos de los siglos y convertiría a su propietario, a su querido jefe, en el más feliz de los mortales.

San Cristobal era la cuna del jefe, la cuna del Benefactor de la Patria, y el benefactor pasaba en el lugar más tiempo que en ninguna otra parte y no le faltaban casas ni le faltaban fincas. Prácticamente todos los predios de su infancia los había convertido en fincas y en ingenios azucareros. En San Cristobal tenía la Hacienda Fundación, tenía la Hacienda María, tenía el Central Río Haina, tenía la fastuosa Casa de Caoba, tenía la casa de playa de Najayo, a la que llamaban Casa de Marfil, tenía la de Hacienda María, a la que le decían Casa Blanca y otras más. Aun así, el glorioso Partido Dominicano, bajo la dirección de Don Cucho Álvarez Pina y otros alcahuetes, tomó espontáneamente (aunque quizás también por insinuación de la bestia) la decisión de honrar con una nueva honra —una mansión palaciega—, al hombre más honrado de esta tierra.

El hecho es que lo que sería llamado y mal llamado Castillo del Cerro, el adefesio del cerro, se financió generosamente con fondos del Partido Dominicano y además fue construido en un terreno escogido por Virgilio Álvarez Pina en un lugar privilegiado, una colina ventilada, peinada por frescas brisas, con una vista maravillosa. Desde ahí se contemplaban todos los alrededores, el querido jefe tendría al alcance de sus ojos vastísimo paisajes, todos pertenecerían a sus dominios, San Cristobal y Ciudad Trujillo quedaban a sus pies. Con un poquito de imaginación y esfuerzo se podría ver hasta el fin del mundo.

Hasta ahí todo estuvo bien. La ubicación del lugar no podía ser más acertada, todos los cortesanos se felicitaron, la visión idílica de Don Cucho empezaba a hacerse realidad. Ahora lo que hacía falta era un ingeniero o un arquitecto —o un ingeniero-arquitecto como los de antes— y la elección, en principio, pareció afortunada. Designaron a un ingeniero-arquitecto de origen francés, llamado Henry Gazón Bona, que había estudiado en Francia y tenía una sólida formación y que además era guardia, un mayor del llamado Ejército Nacional. Gazón estaba pegado como un chicle al gobierno y había sido favorecido con varios contratos para diseñar o construir importantes obras. Gazón Bona fue el diseñador de los locales del Partido Dominicano, del Monumento a la  paz de Trujillo en Santiago, del  Matadero industrial de Ciudad Trujillo, del Mercado Modelo de la Avenida Mella, de la Casa Vapor, que fue su residencia en Gascue...

Sin embargo, a pesar de su fama y prestigio, la designación de Gazón Bona convertiría la visión idílica de Cucho Álvarez en pesadilla

Dice Crassweller que aparte de la elección del sitio todo lo demás fue un desastre, empezando por la fachada. El diseño tal vez pretendía imitar de alguna manera la proa de una nave que desde el cerro parecería estar a punto de navegar por los aires, de ahí la pretenciosa forma redondeada en un lado y algunas ventanas semejantes a claraboyas. Una nave de guerra, en todo caso, con profusión de estrellas, una abrumadora y vulgar profusión de las cinco estrellas indicativas del rango de almirante o general grabados en bajo relieve en los muros exteriores y en los trabajos de herrería. Una nave tan pesada que parece encallada, una mole desprovista de toda gracia arquitectónica, cuatro niveles con enormes ventanales curvos en el lado redondeado y ventanas excesivamente pequeñas y mal ubicadas y distribuidas en el otro.

Líneas de diseño torpe en conjunto. Todo resulta ser un poco descomunal y masivo, pesado en grado extremo, quizás abrumador y amenazante, algo sencillamente feo pero no alarmante. Uno de tantos adefesios. En cambio en el interior, o mejor dicho en los interiores de los diferentes niveles el mal gusto era de antología. Uno de los salones pretende, quizás el salón principal, ser una réplica de los salones del Palacio Nacional. La decoración pretende ser barroca y a veces clásica y a veces de estilo oriental, el peor barroco posible, con abrumadoras masas de oscuridad, madera mal tallada en intrincadas y absurdas formas, treinta habitaciones de tamaño desproporcionado, unas muy grandes y otras muy pequeñas, ocho salones de juego y fiesta, quince o veinte baños, columnas de mármol de color rojo, verde o amarillo, paredes y techos abarrotados con diseños en lo que Crassweller define como un frenesí decorativo: “diseños dorados serpenteantes que fluyen en bajorrelieve, sobre fondos de rojo, amarillo, verde o azul, que dejan espacio para más bajorrelieves de cestas de flores o cupidos presumiblemente clásicos”.

En cada salón, cada nivel, los techos tienen un motivo diferente y hay lugar un poco para todo tipo de cosa curiosa, incluyendo un Buda en las cuatro esquinas, pero también hay techos con forma de pagodas. Además, junto al comedor o uno de los comedores hay una sala de fumadores de estilo Chino que se antojaría ser una sala de fumadores de hachis.

Todo era rosado y verde, marrón y rojo vino en el llamado palacio del cerro: una pesadilla de colores y motivos aberrantes. 
(Historia criminal del trujillato [76])

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
El “cuchipaineo” de Hipólito y Danilo, las obras públicas y la JCE
https://prensalibrenagua.blogspot.com/2016/10/el-cuchipaineo-de-hipolito-y-danilo-las.html

José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/
JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).
El libro de Don Cucho Álvarez
(https://hoy.com.do/el-libro-de-don-cucho-alvarez/)

El palacio que Trujillo no quiso
Evelin Germán | 6 septiembre, 2014
https://www.elcaribe.com.do/sin-categoria/palacio-que-trujillo-quiso/ La Casa de Caoba y el Castillo del Cerro Marcos Rodríguez | 11 agosto, 2018



El círculo del poder (12): La danza de los favoritos y la casa del cerro

Pedro Conde Sturla
25 febrero 2022
Mural de Vela Zanetti en el comedor privado de la Casa del Cerro

Había infinidad de maravillas en el Palacio del Cerro, un derroche de imaginación pantagruélica, escabrosa, una apetencia por los colores más estridentes, un desborde alucinante de extravagancias por todos los rincones.

De acuerdo a la detallada descripción de Crassweller, aparte de los cuatro Budas en bajorrelieve (un Buda de color rojo y verde en las cuatro esquinas de uno de los techos), aparecían dragones y espadas y colmillos de elefante entrecruzados. Pero lo peor era el piso, un fatídico piso brillante a manera de complemento, un brillante piso de mármol con incrustaciones que duplicaba la existencia del techo, toda la decrepitud del techo, dos veces techo, como si con una no bastara.

Los dormitorios eran de pesadilla, habitaciones espeluznantes —dice más o menos Crassweller—, que producían una sensación de inquietud e inducirían en los posibles huéspedes un sueño de penitencia.

Los baños —añade Crassweller—eran otra de las cosas notables que sorprendían al visitante. Un baño principal con vidrios negros, demoníacos vidrios negros de mal agüero, y también vidrios azules de un azul brillante, aparte de una horrible bañera empotrada, con mosaicos de color negro y dorado (¡mosaicos de color negro y dorado!) y además una pared revestida de cerámica con bizarros motivos. Un pez espada saltando detrás de otro, diseños de colores igualmente negros y dorados, toda una fijación con los colores negros y dorados entremezclados con colores grises, verdes y naranja. Un desconcertante concierto de colores chillones. Y para colmo de remate, unos herrajes vulgares enchapados en oro.

Lo peor de lo peor es que además el edificio estaba mal construido y se había tragado una fortuna. El ascensor, por ejemplo, se atascaba en el tercer piso a causa de una falla en la construcción del hueco o en la instalación, pero los costos ascendían a unos cinco millones de pesos, quizás más. Es muy probable que se ocultaron o trataron de ocultar o por lo menos disimular. Aunque parezca mentira, se hablaba de sobornos, sobrevaluaciones, manejos turbios, de cosas que supuestamente nadie se atrevía a hacer o hacía con mucho tiento bajo el régimen de la bestia. Lo impedían, en lo posible, sus inspectores que estaban presentes en todas las construcciones de obras públicas y privadas. A la bestia le encantaba robar, pero no le gustaba que le robaran lo que consideraba suyo y todo el país era suyo.

En la medida en que la obra avanzaba, y sobre todo cuando tocaba a su fin, aumentaba el número de cortesanos curiosos que acudían en peregrinación para husmear, para hacerse una idea, para ver y comprobar con sus propios ojos lo que por todos lados se decía: el rumor público que se extendía como una mancha de aceite sobre papel.Nada de lo que se hacía y se decía era, por cierto, ajeno a las intrigas de Paulino ni a su deseo de provocar la caída de Cucho Álvarez, uno de sus mejores enemigos íntimos.

Alguna gente comenzó a decir que era el edificio más feo del mundo, incluso lo rebautizaron con el nombre de Casa de orates. Se decía por lo bajo y por lo alto que semejante adefesio era indigno de la dignidad de la bestia, indigno de ser habitado por el querido jefe, por el benefactor de la patria. Ni siquiera un mural del afamado pintor español José Vela Zanetti (en lo que debía ser el comedor privado) se salvaba de los chismes y las críticas. El mural representaba una fiesta campesina, pero era muy poco festivo y nadie parecía estar divirtiéndose, según los peores comentarios.

Se dice, sin embargo (o lo dice específicamente Cucho Álvarez en sus memorias), que el arquitecto Garzón Bona había presentado a Trujillo y María Martínez, a solicitud del mismo Trujillo, varias propuestas de diseño para dar inicio al proyecto y que al cabo de unos meses la Martínez le dio su entusiasta aprobación a una que parecía un castillo, pero con modificaciones antojadizas que la Ilustre dama consideraba pertinentes y que desfiguraban en gran medida el proyecto de Gazón Bona.

Durante el acelerado proceso de construcción, y bajo la estricta supervisión de María Martínez, Gazón Bona se reunió con ella en incontables ocasiones y de cada reunión salían nuevos cambios, modificaciones, ampliaciones, todo tipo de distorsiones.

Tanto María Martínez como la bestia visitaban con cierta regularidad la obra e incluso ordenaban cambios de los que el arquitecto se enteraba cuando ya se habían llevado a cabo.

Al parecer Cucho Álvarez, que era él responsable de la construcción, y el arquitecto Gazón Bona se limitaron a obedecer, a aceptar las “sugerencias” que impartía la esposa de la bestia y que volvieron a la larga irreconocible la propuesta original.

La doña y la bestia, pero sobre todo la doña, parecían, pues, estar satisfechos con la ejecución del proyecto. Pero un día, después de una visita en compañía de varias selectas amigas, cambió repentinamente de opinión. Las damas que la acompañaban no escatimaron burlas, críticas, intercambiaron risitas, denostaron el mal gusto, la decoración sobrecargada.

La doña se quejó entonces con su marido y el marido visitó el lugar que ya había visitado varías veces, pero en compañía del intrigante Anselmo Paulino, que estaba a punto de convertirse en el primer favorito.

Trujillo y su séquito —guiados por Don Cucho— recorrieron la edificación que ya estaba prácticamente terminada y las críticas de Trujillo no se hicieron esperar. En la habitación principal notó con disgusto que había un exceso de puertas, sin que Don Cucho se atreviera decirle que las puertas se habían puesto de acuerdo a las instrucciones recibidas de parte suya o de María Martínez. En algún momento se detuvo la bestia frente al mural de la fiesta campesina de Vela Zanetti y dijo que lo que parecía era un velorio. Nadie lucía contento en aquel mural, la mayoría de la gente estaba aburrida.

Cuando estaban a punto de salir, la bestia le preguntó a Paulino qué le parecía semejante disparate, el edificio en conjunto, y Paulino dijo que le parecía una verdadera casa de orates. Una casa de locos.

Tanto derroche de extravagancias era insultante, era una afrenta, no congeniaba, según los entendidos, con el carácter,  con el supuesto estilo o carácter espartano que le atribuían a la bestia, y la pundonorosa y noble bestia rechazó de plano la obra que nunca fue amueblada ni habitada por él.

Poco tiempo después Don Cucho recibió un nombramiento envenenado. Lo nombraron diputado en el mes de mayo de 1950, lo relevaron del cargo de Presidente del Partido Dominicano y lo nombraron diputado. Pero en agosto le retiraron el cargo de diputado, lo dejaron en el limbo, sin pito y sin flauta.

(Historia criminal del trujillato [77])

Nota: En la entrega anterior de esta serie apareció una información errada sobre la formación profesional de Henry Gazón Bona, del cual se dijo “que al parecer era autodidacta”, un “arquitecto práctico”. Por el contrario, Henry Gazón Bona había estudiado en Francia y tenía una sólida formación. Gazón Bona fue el diseñador de los locales del Partido Dominicano, del Monumento a la Paz de Trujillo en Santiago, del Matadero Industrial de Ciudad Trujillo, del Mercado Modelo de la Avenida Mella, de la Casa Vapor, que fue su residencia en Gascue....

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
El “cuchipaineo” de Hipólito y Danilo, las obras públicas y la JCE
https://prensalibrenagua.blogspot.com/2016/10/el-cuchipaineo-de-hipolito-y-danilo-las.html

José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).
El libro de Don Cucho Álvarez
(https://hoy.com.do/el-libro-de-don-cucho-alvarez/)

El palacio que Trujillo no quiso
Evelin Germán | 6 septiembre, 2014

El palacio que Trujillo no quiso

La Casa de Caoba y el Castillo del Cerro
Marcos Rodríguez | 11 agosto, 2018

La Casa de Caoba y el Castillo del Cerro

Arquitecto Bienvenido Pantaleón Hernández.
LA CASA QUE TRUJILLO NUNCA HABITO....
Virgilio Álvarez Pina
La Era de Trujillo, narraciones de Don Cucho

El círculo del poder (13): La caída de Don Cucho y otros favoritos

Pedro Conde Sturla

4 marzo, 2022

La caída de Cucho Álvarez fue estrepitosa. Cayó de la presidencia del Partido Dominicano a la humilde condición de diputado, y de diputado pasó a ser desempleado, le retiraron el rango de general honorario y desde luego todos sus privilegios.

Las cosas empezaron a ponerse color de hormiga para Don Cucho apenas unos días después de la visita de Trujillo y Paulino a la Casa del Cerro, cuando la prensa abrió fuego contra él y Gazón Bona en particular, pero también contra el español Vela Zanetti, que sólo tenía culpa de no saber pintar merengues. Lo que se armó contra Don Cucho y Gazón Bona fue una pelotera monumental. Una primera filípica, titulada “Casa de Orates en El Cerro”, apareció en la primera página del diario El Caribe, y en los días siguientes desde el Foro publico los plumíferos más abyectos empezaron a vomitar improperios, se produjo una andanada, un aluvión de improperios, de frases injuriosa a granel, todo tipo de insultos, una antología de denuestos, dicterios, vituperios... ataques desalmados contra la moral y el buen nombre de Cucho y Gazón

Salieron a relucir los desaciertos arquitectónicos reales e imaginarios del pretencioso Castillo del Cerro, la pobreza creativa del plano, el derroche y los turbios manejos que tuvieron lugar durante la construcción. Se dijo que ni la bestia ni la María Martínez vieron jamás el diseño ni conocieron de su existencia, que el dinero se había dilapidado graciosamente a manos llenas y que para lo único que podía servir la decrépita edificación era para poner un manicomio.

La deshonra del honorable Don Cucho Virgilio Álvarez Pina tocó fondo. La cosa más gentil que decían de él los medios de comunicación es que era un ladrón y un loco.

Para peor, mucho de lo que se decía parecía ser cierto y Don Cucho tuvo que marcharse al exilio, un pesaroso exilio, el exilio interior en alguna propiedad seguramente confortable y lujosa, un exilio que le pareció “un largo calvario, con reclusión doméstica voluntaria”, desde 1950 hasta 1954. Adoptó, entonces, durante esos años, un bajo perfil, el perfil que le permitía conservar el pellejo. Pero no estaba solo en su desgracia. Lo acompañó en su caída, no en su exilio, aunque por razones diferentes, su amigo Paíno Pichardo. El cuchipaineo, la mancuerna de Cucho y Paíno, permanecería en receso durante la mayor parte del reinado de Anselmo Paulino.

El español José Vela Zanetti, el muralista oficial del régimen, cayó también de la gracia del jefe y fue relegado durante un tiempo, apartado de las esferas oficiales por complicidad en la comisión del adefesio del cerro, pero no sufrió, no fue víctima de mayores consecuencias.

A Garzón Bona le fue mucho peor que a Don Cucho. Dicen que la bestia le dio en principio veinticuatro horas para salir del país, pero la verdad es que prefirió, como era su costumbre, desconsiderarlo, humillarlo, a pesar de su fama y gloria, a pesar de haber sido el diseñador del Monumento a La Paz de Trujillo que se levantó en la ciudad de Santiago de los Caballeros, a pesar de su dedicación, a pesar de su innegable contribución y su entrega total como arquitecto a su magna obra de gobierno durante más de veinte años.

A Gazón lo difamaron por todos los medios, naturalmente, como era de rigor, y también lo acusaron o levantaron sobre él de alguna manera la sospecha de malversación de fondos en la construcción del engendro del cerro. Lo amenazaron de muerte, lo amenazaron con meterlo en prisión, convirtieron su vida y la de su familia en una pesadilla y tuvo que irse al exilio, el verdadero exilio en el extranjero, no el exilio dorado que padeció Cucho Álvarez. Lo peor de todo es que se vio obligado a dejar a sus mujer y a sus hijos en el país durante lo que de seguro fue el más angustioso período de su existencia. Finalmente lo acusaron de desertor, de abandonar las filas del glorioso ejército en el cual ostentaba el rango de mayor más o menos honorífico.

A juicio de Crassweller, la principal razón de la caída de Cucho Álvarez y Paíno fueron las intrigas y la ascensión atropelladora de Anselmo Paulino Álvarez. Paulino se jactaba en voz alta de que la bestia le había pedido que tratara como un hermano a Cucho Álvarez, como un amigo fraterno, y Paulino lo complació de una forma tan peculiar que al cabo de un año había destruido (provisionalmente) su carrera. En esa misma época también se llevó de paso a Paíno Pichardo y logró apartar, por cierto tiempo, a Manuel de Moya Alonso, un personaje singular a quien la bestia apreciaba de una manera igualmente singular. El muy querido Manuel de Moya Alonso.

Por fortuna, y como dice el refrán, no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. El reinado de Paulino, entre 1951 y 1954, llegó a su fin de una manera imprevista y mucho más estrepitosa que la de Cucho Álvarez.

Al poco tiempo, Paíno Pichardo regresó a la cumbre, recuperó las perdidas gracias del poder y fue de nuevo nombrado Presidente del Partido Dominicano.

Álvarez Pina regresó al círculo íntimo de la bestia donde permaneció hasta el fin de la era. Bajo su nefasta influencia harían carrera varios de sus descendientes, empezando por Virgilio Álvarez Sánchez, un personaje oscuro que parecía sacado de una película del cine negro. Crassweller lo describe como un tipo corpulento y de modales muy poco refinados, que se destacaba, por su impopularidad, por intrigante, por su notoria incapacidad y por el cigarrillo que a todas horas pendía de sus labios.

Dicen las malas lenguas que cuando por fin Don Cucho volvió a encontrarse con la bestia, después del plácido exilio, la bestia se mostró alegre y jovial, le dijo a boca de jarro en son de broma o de sarcasmo, “Pero carajo, Cucho, ¡dónde te habías metido?”.

(Historia criminal del trujillato [78])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

El “cuchipaineo” de Hipólito y Danilo, las obras públicas y la JCE
https://prensalibrenagua.blogspot.com/2016/10/el-cuchipaineo-de-hipolito-y-danilo-las.html

José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).

El libro de Don Cucho Álvarez

(https://hoy.com.do/el-libro-de-don-cucho-alvarez/)

El palacio que Trujillo no quiso

Evelin Germán | 6 septiembre, 2014

El palacio que Trujillo no quiso

La Casa de Caoba y el Castillo del Cerro

Marcos Rodríguez | 11 agosto, 2018

La Casa de Caoba y el Castillo del Cerro

LA CASA QUE TRUJILLO NUNCA HABITO....

Casa del Cerro

El Castillo del Cerro o “ Casa de Orates”

La Residencia que Trujillo nunca habitó, motivo de la desgracia de varios de sus más estrechos colaboradores.

Por: Arquitecto Bienvenido Pantaleón Hernández

El círculo del poder (13): La caída de Don Cucho y otros favoritos

Pedro Conde Sturla

4 marzo, 2022

La caída de Cucho Álvarez fue estrepitosa. Cayó de la presidencia del Partido Dominicano a la humilde condición de diputado, y de diputado pasó a ser desempleado, le retiraron el rango de general honorario y desde luego todos sus privilegios.

Las cosas empezaron a ponerse color de hormiga para Don Cucho apenas unos días después de la visita de Trujillo y Paulino a la Casa del Cerro, cuando la prensa abrió fuego contra él y Gazón Bona en particular, pero también contra el español Vela Zanetti, que sólo tenía culpa de no saber pintar merengues. Lo que se armó contra Don Cucho y Gazón Bona fue una pelotera monumental. Una primera filípica, titulada “Casa de Orates en El Cerro”, apareció en la primera página del diario El Caribe, y en los días siguientes desde el Foro publico los plumíferos más abyectos empezaron a vomitar improperios, se produjo una andanada, un aluvión de improperios, de frases injuriosa a granel, todo tipo de insultos, una antología de denuestos, dicterios, vituperios... ataques desalmados contra la moral y el buen nombre de Cucho y Gazón

Salieron a relucir los desaciertos arquitectónicos reales e imaginarios del pretencioso Castillo del Cerro, la pobreza creativa del plano, el derroche y los turbios manejos que tuvieron lugar durante la construcción. Se dijo que ni la bestia ni la María Martínez vieron jamás el diseño ni conocieron de su existencia, que el dinero se había dilapidado graciosamente a manos llenas y que para lo único que podía servir la decrépita edificación era para poner un manicomio.

La deshonra del honorable Don Cucho Virgilio Álvarez Pina tocó fondo. La cosa más gentil que decían de él los medios de comunicación es que era un ladrón y un loco.

Para peor, mucho de lo que se decía parecía ser cierto y Don Cucho tuvo que marcharse al exilio, un pesaroso exilio, el exilio interior en alguna propiedad seguramente confortable y lujosa, un exilio que le pareció “un largo calvario, con reclusión doméstica voluntaria”, desde 1950 hasta 1954. Adoptó, entonces, durante esos años, un bajo perfil, el perfil que le permitía conservar el pellejo. Pero no estaba solo en su desgracia. Lo acompañó en su caída, no en su exilio, aunque por razones diferentes, su amigo Paíno Pichardo. El cuchipaineo, la mancuerna de Cucho y Paíno, permanecería en receso durante la mayor parte del reinado de Anselmo Paulino.

El español José Vela Zanetti, el muralista oficial del régimen, cayó también de la gracia del jefe y fue relegado durante un tiempo, apartado de las esferas oficiales por complicidad en la comisión del adefesio del cerro, pero no sufrió, no fue víctima de mayores consecuencias.

A Garzón Bona le fue mucho peor que a Don Cucho. Dicen que la bestia le dio en principio veinticuatro horas para salir del país, pero la verdad es que prefirió, como era su costumbre, desconsiderarlo, humillarlo, a pesar de su fama y gloria, a pesar de haber sido el diseñador del Monumento a La Paz de Trujillo que se levantó en la ciudad de Santiago de los Caballeros, a pesar de su dedicación, a pesar de su innegable contribución y su entrega total como arquitecto a su magna obra de gobierno durante más de veinte años.

A Gazón lo difamaron por todos los medios, naturalmente, como era de rigor, y también lo acusaron o levantaron sobre él de alguna manera la sospecha de malversación de fondos en la construcción del engendro del cerro. Lo amenazaron de muerte, lo amenazaron con meterlo en prisión, convirtieron su vida y la de su familia en una pesadilla y tuvo que irse al exilio, el verdadero exilio en el extranjero, no el exilio dorado que padeció Cucho Álvarez. Lo peor de todo es que se vio obligado a dejar a sus mujer y a sus hijos en el país durante lo que de seguro fue el más angustioso período de su existencia. Finalmente lo acusaron de desertor, de abandonar las filas del glorioso ejército en el cual ostentaba el rango de mayor más o menos honorífico.

A juicio de Crassweller, la principal razón de la caída de Cucho Álvarez y Paíno fueron las intrigas y la ascensión atropelladora de Anselmo Paulino Álvarez. Paulino se jactaba en voz alta de que la bestia le había pedido que tratara como un hermano a Cucho Álvarez, como un amigo fraterno, y Paulino lo complació de una forma tan peculiar que al cabo de un año había destruido (provisionalmente) su carrera. En esa misma época también se llevó de paso a Paíno Pichardo y logró apartar, por cierto tiempo, a Manuel de Moya Alonso, un personaje singular a quien la bestia apreciaba de una manera igualmente singular. El muy querido Manuel de Moya Alonso.

Por fortuna, y como dice el refrán, no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. El reinado de Paulino, entre 1951 y 1954, llegó a su fin de una manera imprevista y mucho más estrepitosa que la de Cucho Álvarez.

Al poco tiempo, Paíno Pichardo regresó a la cumbre, recuperó las perdidas gracias del poder y fue de nuevo nombrado Presidente del Partido Dominicano.

Álvarez Pina regresó al círculo íntimo de la bestia donde permaneció hasta el fin de la era. Bajo su nefasta influencia harían carrera varios de sus descendientes, empezando por Virgilio Álvarez Sánchez, un personaje oscuro que parecía sacado de una película del cine negro. Crassweller lo describe como un tipo corpulento y de modales muy poco refinados, que se destacaba, por su impopularidad, por intrigante, por su notoria incapacidad y por el cigarrillo que a todas horas pendía de sus labios.

Dicen las malas lenguas que cuando por fin Don Cucho volvió a encontrarse con la bestia, después del plácido exilio, la bestia se mostró alegre y jovial, le dijo a boca de jarro en son de broma o de sarcasmo, “Pero carajo, Cucho, ¡dónde te habías metido?”.

(Historia criminal del trujillato [78])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

El “cuchipaineo” de Hipólito y Danilo, las obras públicas y la JCE
https://prensalibrenagua.blogspot.com/2016/10/el-cuchipaineo-de-hipolito-y-danilo-las.html

José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).

El libro de Don Cucho Álvarez

(https://hoy.com.do/el-libro-de-don-cucho-alvarez/)

El palacio que Trujillo no quiso

Evelin Germán | 6 septiembre, 2014

El palacio que Trujillo no quiso

La Casa de Caoba y el Castillo del Cerro

Marcos Rodríguez | 11 agosto, 2018

La Casa de Caoba y el Castillo del Cerro

LA CASA QUE TRUJILLO NUNCA HABITO....

Casa del Cerro

El Castillo del Cerro o “ Casa de Orates”

La Residencia que Trujillo nunca habitó, motivo de la desgracia de varios de sus más estrechos colaboradores.

Por: Arquitecto Bienvenido Pantaleón Hernández.