lunes, 25 de febrero de 2019

LA LITERATURA

Frecuentemente mis amigos se convierten en literatura y a veces, por esa misma causa, en enemigos. Pero se supone que yo soy el narrador y no el narrado, soy yo el que debe burlarse y no el burlado, sin embargo los amigos toman vida propia como personajes y a veces me salen malcriados, respondones y taimados. La soledad acompaña al escritor y es la mejor compañera del escritor, pero escribir no es un ejercicio de soledad, es un acto regocijante muchas veces y a veces muy doloroso, y es siempre una forma de compartir con amigos o conocidos reales o imaginarios, vivos o muertos. La literatura, como la vida, sirve sobre todo para vivirse y compartirse. 

PCS

LAS PALABRAS

Las palabras son para retorcerlas, para desdoblarlas y descalabrarlas y despalabrarlas, incluso para mamarlas, para sacarles el jugo, la quintaesencia. El escritor no obedece a las palabras, las palabras obedecen al escritor o no es escritor.

PCS

ACLARACIÓN

Yo no recibo órdenes de la RAE.
Por eso escribo como me sale de los melones

PCS

sábado, 23 de febrero de 2019

Chapita (11 de 11)

Chapita (11-11)

El trato deferente que los marines dispensaban a Chapita no se correspondía con el repudio que cosechaba socialmente en El Seibo durante los años en que se dedicó, o lo dedicaron, a combatir la insurgencia en la zona. El flamante uniforme de oficial que ahora vestía no deslumbraba a la población civil ni era objeto de admiración. Inspiraba por el contrario un hondo malestar y rechazo, igual que los desmanes y ultrajes de la soldadesca.
Chapita se encontraba en El Seibo en compañía de sus conmilitones José Alfonseca, César Lora, y Adriano Valdez, que habían entrado junto con él a la Guardia Nacional y ostentaban su mismo rango. Con el segundo de ellos mantenía una relación estrecha, según se dice, y el futuro les tenía reservado un reencuentro providencial.
En el Seibo, casualmente, Chapita probaría su suerte como advenedizo en la sociedad local y la suerte le fue adversa.
El hecho es que Chapita, que seguía casado formalmente con Aminta Ledesma (aunque ya en trámite de divorcio) se encaprichó o se enamoró de una joven con la cual planeaba un ventajoso matrimonio de conveniencia con el propósito de relacionarse, mezclarse -como dice Crassweler-con distinguidas familias de la provincia.
La familia que más le interesaba era la de Servando Morel, a la cual pertenecía la agraciada, la graciosa y dichosa criatura que se había hecho dueña de su corazón, la dulcinea Bienvenida Morel.
Chapita le ofreció matrimonio, según es de suponer, al cabo de ciertos galanteos, a la  Bienvenida hija de Servando y casi al mismo tiempo solicitó la membresía en el principal club de El Seibo. En el club le dieron bola negra sin compasión, lo rechazaron en varias votaciones consecutivas. Bienvenida Morel, por su parte, declinó el dudoso honor de ser su esposa y al parecer hizo bien, tomó la decisión correcta la gentil doncella, desairó al gentil caballero que esperaba su respuesta como el Quijote de Rubèn Darío, con la adarga al brazo, toda fantasía, y la lanza en ristre, toda corazón.
El teniente Chapita no era gracioso ni caía en gracia. Recibió un doble desplante, una doble humillación que nunca olvidaría, que hirió su ego y alimentó la caldera de sus odios y resentimientos.


Tropas de ocupación en la zona colonial de Santo Domingo.

Chapita demostraría  muchas veces que a pesar de la imagen de oficial y caballero que quería proyectar, seguía siendo el mismo abusador, atropellador de mujeres y violador, alguien que persistiría hasta el último día de su vida en su condición de ave rapaz, de gavilán pollero. En una ocasión (una de las  ocasiones de que se tiene noticia), mientras patrullaba en busca de guerrilleros, abusó varias veces de una muchacha y fue sometido ante una corte marcial en 1920. Las evidencias eran abrumadoras y habrían sido más que suficientes para condenarlo, pero Chapita era muy valioso para el imperio y, según se sabe, una junta de oficiales norteamericanos se negó a condenarlo.
Chapita era un hombre con suerte, después de todo, aunque no en el amor. En realidad, más que afortunado, era fortunatissimo, como dicen los italianos. Los yanquis habían creado la Guardia Nacional y crearían al poco tiempo una unidad de oficiales de élite para dirigirla cuando desocuparan el país. Para tal fin, en el mes de agosto de 1921 fundaron la Academia Militar de Haina y reclutaron a veintidós segundo tenientes para un curso o cursillo de cuatro meses. Chapita estaba casualmente entre ellos.
Crassweler explica que los rangos fueron anulados y todos se convirtieron en simples cadetes. La restitución o reconfirmación de esos mismos rangos dependería del desempeño académico. En diciembre, con un excelente récord de notas, Chapita recibió la suya y fue designado comandante de San Pedro de Macorís. Ahora era teniente segundo de verdad. A partir de este momento la carrera de Chapita iba a ser tan exitosa que a veces daría la impresión de que todas las circunstancias se conjuraban o conspiraban a su favor.
Así, en enero de 1922 el comandante del Departamento Norte de Santiago, nada más y nada menos que el ahora mayor César Lora, pidió que fuera asignado a su comando. Lora era su amigo, aquel con el que había confraternizado desde que entró a la guardia y durante su estadía en el Seibo. Además le tenía a Chapita, según el mismo decía, una absoluta confianza.
El  flamante segundo teniente Chapita fue entonces trasladado al Cibao y al poco tiempo, mientras se encontraba de servicio en San Francisco de Macorís, fue ascendido al rango de capitán sin pasar por el de primer teniente. Una distinción que ningún otro oficial recibió.
Esta promoción -dice Crassweller- ocurrió simultáneamente con la reorganización de la Guardia Nacional Dominicana que entonces se convirtió en Policía Nacional Dominicana. La policia que luego pasaría a ser Brigada Nacional y finalmente Ejercito Nacional.
Chapita fue trasladado a Santiago donde lo pusieron al mando de una compañía, como corresponde a un capitán. A poco tiempo de su llegada, un favorable reporte exaltaba de nuevo sus méritos y cualidades:  “Este oficial es muy eficiente, uno de los mejores oficiales dominicanos en el Departamento Norte”.
En 1823 realizó otro curso de unos cuatro meses, esta vez en la Escuela de Oficiales del Departamento Norte: estudios de administración, topografía, ingeniería de campaña, derecho y maniobras de compañías y batallones. Chapita no sólo le sacó provecho a los estudios, sino que dio inicio o reafirmó una valiosa amistad con el coronel Thomas Watson, que era unos de los instructores, y al poco tiempo fue nombrado inspector del Primer Distrito Militar.
Chapita ocupaba entonces una de las más altas posiciones en mando y uno de sus superiores era ese mayor César Lora que había pedido su traslado del Este al Norte, su gran amigo y canchanchán J. César Lora, a quien Chapita tanto tenía que agradecer y agradecía.
Lora era el oficial que los yanquis se proponían dejar al mando, el favorito de los ocupantes para tomar las riendas del poder militar cuando se produjera la desocupación del país, que ya era inminente. Pero en 1924 el mayor Lora murió de muerte innatural, de muerte que parecía casi providencial.
Según  dicen las malas lenguas, el mayor César Lora tenía un enredo con una mujer ajena, una casada infiel, y alguien lo chivateó. El marido era dentista y era teniente y una tarde o una noche en que se apagaron los faroles y se encendieron los grillos (como en el poema de Lorca), encontró al mayor bajo un puente, montando su potra de nácar sin bridas y sin estribos. Bajo un puente del río Yaque del Norte encontró el teniente al mayor Lora sobre su mujer, o quizás viceversa, y se cobró con sangre la afrenta. El suceso no fue una obra de la providencia, no tan providencial.
Chapita no tenía nada que ver con el incidente, a pesar de lo que puedan pensar los malpensados, se lo impedía su condición de oficial y caballero, su honor de cuatrero y violador y el agradecimiento que dispensaba al mayor Lora. El dentista se había cobrado una deuda de honor, al fin y al cabo, y Chapita no tenía, por razones de empatía, grandes motivos para  lamentar esa muerte, pero por lo mucho que tenía que ganar debió ponerse por lo menos contento o resignarse de buena gana ante el hecho consumado.
La naturaleza, como se sabe, odia el vacío y, diez días después de la ejecución de Lora,  Chapita había ocupado su lugar y se hizo con el rango de mayor.
Chapita, que era un furioso apasionado del  merengue, pudo escuchar al poco tiempo la pieza que refería la tragedia de su mentor y amigo en versos casi festivos:
“Debajo del puente Yaque / mataron al mayor Lora / por estarle enamorando / al teniente su señora.
Cuando las tropas invasoras dejaron el país
en 1924, el mayor Chapita ocupaba la tercera posición en el escalafón militar. Y ese mismo año, contrariando todos los pronósticos electorales, que favorecían a Francisco José Peynado, ganó Horacio Vásquez la elección a la Presidencia de la República.
Horacio tenía una simpatía o debilidad  enfermiza por Chapita y Chapita supo aprovecharla, y supo además maniobrar, con su innata astucia y falta de escrúpulos, para desplazar del mando a otros competidores como el capitán Ramón Saviñon y el coronel Buenaventura Cabral y Baéz. De esta manera allanó el camino, pudo quedarse sólo como candidado al máximo escalafón militar.
Al poco tiempo de su llegada al poder Horacio lo ascendió a teniente coronel, el 13 de agosto de1927 lo promovió a brigadier general y en 1928 a brigadier general y Jefe de Estado Mayor.
Fabricado militarmente como quien dice al vapor en apenas diez años, el brigadier Chapita muy pronto se haría dueño del país, se lo metería literalmente en un bolsillo.
(Siete al anochecer [24]).



Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle 
http://www.amazon.com/-/e/B01E60S6Z0
Chapita (11 de 11)
Pedro Conde Sturla
22 febrero, 2019




Tropas de ocupación en la ciudad colonial de Santo Domingo.

El trato deferente que los marines dispensaban a Chapita no se correspondía con el repudio que cosechaba socialmente en El Seibo durante los años en que se dedicó, o lo dedicaron, a combatir la insurgencia en la zona. El flamante uniforme de oficial que ahora vestía no deslumbraba a la población civil ni era objeto de admiración. Inspiraba por el contrario un hondo malestar y rechazo, igual que los desmanes y ultrajes de la soldadesca.


Chapita se encontraba en El Seibo en compañía de sus conmilitones José Alfonseca, César Lora, y Adriano Valdez, que habían entrado junto con él a la Guardia Nacional y ostentaban su mismo rango. Con el segundo de ellos mantenía una relación estrecha, según se sabe, y el futuro les tenía reservado un reencuentro providencial.
En el Seibo, casualmente, Chapita probaría su suerte como 
advenedizo en la sociedad local y la suerte le fue adversa.
El hecho es que Chapita, que seguía casado formalmente con 
Aminta Ledesma (aunque ya en trámite de divorcio) se encaprichó o se enamoró de una joven con la cual planeaba 
un ventajoso matrimonio de conveniencia con el propósito de relacionarse, mezclarse -como dice Crassweler-con distinguidas familias de la provincia.
La familia que más le interesaba era la de Servando Morel, a la cual pertenecía la agraciada, la graciosa y dichosa criatura que se había hecho dueña de su corazón, la dulcinea Bienvenida Morel.
Chapita le ofreció matrimonio, según es de suponer, al cabo de ciertos galanteos, a la Bienvenida hija de Servando y casi al mismo tiempo solicitó la membresía en el principal club de El Seibo. En el club le dieron bola negra sin compasión, lo rechazaron en varias votaciones consecutivas. Bienvenida Morel, por su parte, declinó el dudoso honor de ser su esposa y al parecer hizo bien, tomó la decisión correcta la gentil doncella, desairó al gentil caballero que esperaba su respuesta como el Quijote de Rubén Darío, con la adarga al brazo, toda fantasía, y la lanza en ristre, toda corazón.
El teniente Chapita no era gracioso ni caía en gracia. Recibió un doble 
desplante, una doble humillación que nunca olvidaría, que hirió su ego y 
alimentó la caldera de sus odios y resentimientos.
Chapita demostraría muchas veces que a pesar de la imagen de oficial y caballero que quería proyectar, seguía siendo el mismo abusador, atropellador de mujeres y violador, alguien que persistiría hasta el último día de su vida en su condición de ave rapaz, de gavilán pollero. En una ocasión (una de las ocasiones de que se tiene noticia), mientras patrullaba en busca de guerrilleros, abusó varias veces de una muchacha y fue sometido ante una Corte Marcial en 1920. Las evidencias eran abrumadoras y habrían sido más que suficientes para condenarlo, pero Chapita era muy valioso para el imperio y, según se sabe, una junta de oficiales norteamericanos se negó a condenarlo.
Chapita era un hombre con suerte, después de todo, aunque no en el amor. En realidad, más que afortunado, era fortunatissimo, como dicen los italianos. Los yanquis habían creado la Guardia Nacional y crearían al poco tiempo una unidad de oficiales de élite para dirigirla cuando desocuparan el país. Para tal fin, en el mes de agosto de 1921 fundaron la Academia 
Militar de Haina y reclutaron a veintidós segundo tenientes para un curso o
 cursillo de cuatro meses. Chapita estaba casualmente entre ellos.

Crassweler explica que los rangos fueron anulados y todos se convirtieron en simples cadetes. La restitución o reconfirmación de esos mismos rangos dependería del desempeño académico. En diciembre, con un excelente récord de notas, Chapita recibió la suya y fue designado comandante de San Pedro de Macorís. Ahora era teniente segundo de verdad. A partir de este momento la carrera de Chapita iba a ser tan exitosa que a veces daría la impresión de que todas las circunstancias se conjuraban o conspiraban a su favor.
Así, en enero de 1922 el comandante del Departamento Norte de Santiago, nada más y nada menos que el ahora mayor César Lora, pidió que fuera asignado a su comando. Lora era su amigo, aquel con el que había confraternizado desde que entró a la guardia y durante su estadía en el Seibo. Además le tenía a Chapita, según él mismo decía, una absoluta confianza.
El flamante segundo teniente Chapita fue entonces trasladado al Cibao y al poco tiempo, mientras se encontraba de servicio en San Francisco de 
Macorís, fue ascendido al rango de capitán sin pasar por el de primer teniente. Una distinción que ningún otro oficial recibió.
Esta promoción -dice Crassweller- ocurrió simultáneamente con la reorganización de la Guardia Nacional Dominicana que entonces se convirtió en Policía Nacional Dominicana. La misma que luego pasaría a ser Brigada Nacional y finalmente Ejercito Nacional.
Chapita fue trasladado a Santiago donde lo pusieron al mando de una compañía, como corresponde a un capitán. A poco tiempo de su llegada un favorable reporte exaltaba de nuevo sus méritos y cualidades: “Este oficial es muy eficiente, uno de los mejores oficiales dominicanos en el Departamento Norte”.
En 1823 realizó otro curso de unos cuatro meses, esta vez en la Escuela de Oficiales del Departamento Norte: estudios de administración, topografía, ingeniería de campaña, derecho y maniobras de compañías y batallones. Chapita no sólo le sacó provecho a los estudios, sino que dio inicio o reafirmó una valiosa amistad con el coronel Thomas Watson, que era uno de los instructores, y al poco tiempo fue nombrado inspector del 
Primer Distrito Militar.
Chapita ocupaba entonces una de las más altas posiciones en mando y uno de sus superiores era ese mayor César Lora que había pedido su traslado del Este al Norte, su gran amigo y canchanchán J. César Lora, a quien Chapita tanto tenía que agradecer y agradecía.
Lora era el oficial que los yanquis se proponían dejar al mando, el favorito de los ocupantes para tomar las riendas del poder militar cuando se produjera la desocupación del país, que ya era inminente. Pero en 1924 el mayor Lora murió de muerte innatural, de muerte que parecía casi providencial.
Según dicen las malas lenguas, el mayor César Lora tenía un enredo con una mujer ajena, una casada infiel, y alguien lo chivateó. El marido era dentista y era teniente y una tarde o una noche en que se apagaron los faroles y se encendieron los grillos (como en el poema de Lorca), encontró al mayor bajo un puente, montando su potra de nácar sin bridas y sin estribos. Bajo un puente del río Yaque del Norte encontró el teniente al mayor Lora sobre su mujer, o quizás viceversa, y se cobró con sangre la 
afrenta. El suceso no fue una obra de la providencia, no tan providencial.
Chapita no tenía nada que ver con el incidente, a pesar de lo que puedan pensar los malpensados, se lo impedía su condición de oficial y caballero, su honor de cuatrero y violador y el agradecimiento que dispensaba al mayor Lora. El dentista se había cobrado una deuda de honor, al fin y al cabo, y Chapita no tenía, por razones de empatía, grandes motivos para lamentar esa muerte, pero por lo mucho que tenía que ganar debió ponerse por lo menos contento o resignarse de buena gana ante el hecho consumado.
La naturaleza, como se sabe, odia el vacío y, diez días después de la ejecución de Lora, Chapita había ocupado su lugar y se hizo con el rango de mayor.
Chapita, que era un furioso apasionado del merengue, pudo escuchar al poco tiempo la pieza que refería la tragedia de su mentor y amigo en versos casi festivos:
“Debajo del puente Yaque / mataron al mayor Lora / por estarle enamorando / al teniente su señora”.
Cuando las tropas invasoras dejaron el país en 1924, el mayor Chapita ocupaba la tercera posición en el escalafón militar. Y ese mismo año, contrariando todos los pronósticos electorales, que favorecían a Francisco José Peynado, ganó Horacio Vásquez la elección a la Presidencia de la República.
Horacio tenía una simpatía o debilidad enfermiza por Chapita y Chapita supo aprovecharla, maniobrando con su innata astucia y falta de escrúpulos para desplazar del mando a otros competidores como el capitán Ramón Saviñón y el coronel Buenaventura Cabral y Baéz. De esta manera allanó el camino, pudo quedarse solo como candidado al máximo escalafón militar.
Al poco tiempo de su llegada al poder Horacio lo ascendió a teniente coronel, el 13 de agosto de 1927 lo promovió a brigadier general y en 1928 a brigadier general y Jefe de Estado Mayor.
Fabricado militarmente como quien dice al vapor en apenas diez años, el brigadier Chapita muy pronto se haría dueño del país, se lo metería literalmente en un bolsillo.
(Siete al anochecer [24]).



Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle 
http://www.amazon.com/-/e/B01E60S6Z0

viernes, 22 de febrero de 2019

Apocalípticos y desintegrados

Pedro Conde Sturla

6 de octubre 2010

En el lejano año 1964 Umberto Eco dio a conocer un libro de ensayos sobre la cultura de masas que se convertiría en paradigma de las ciencias sociales y en uno de los más grandes éxitos de venta de la época, “Apocalípticos e integrados”.

Ese es el título de la obra que consolidó la fama de su autor,
un filósofo, un experto en semiótica, un erudito (“el hombre que lo sabía todo”), y que también se destacaría más adelante como novelista.
Lo que más llamó la atención fue el instrumental teórico con el que Eco emprendía el análisis de “la estructura del mal gusto”, el papel de televisión y de los medios audiovisales como instrumento cultural, la canción popular y sobre todo el de los personajes del mundo de los comics, tiras cómicas, paquitos, historietas ilustradas o como se les quiera llamar.
Que un hombre de tanta formación dispusiera de un bisturí crítico tan refinado como sus vastos conocimientos le permitían para diseccionar, por ejemplo, la figura de Superman parecía por lo menos desproporcionado, algo así como aplastar una mosca con un martillo.
Superman, sin embargo, constituye un fenómeno de masas desde 1938 y su presencia o mejor dicho su omnipresencia en series de radio, incontables programas de televisión, producciones y superproducciones cinematográficas, videojuegos e historietas ilustradas periódicas que se venden y revenden por cientos de millones ejerce una enorme, decisiva influencia a través de todo tipo de medio de comunicación a nivel mundial.
Y, como explica Humberto Eco, “no es cierto que los comics sean una diversión inocua que, hechos para los niños, puedan ser disfrutados por adultos, que en la sobremesa, sentados confortablemente en un sillón, consuman así sus evasiones sin daño y sin preocupaciones. La industria de la cultura de masas fabrica los comics a escala internacional y los difunde a todos niveles”: reproduce y manipula valores y creencias, modelos de comportamiento y pensamiento político, etc.
Supermán (la criatura que inventaron “el escritor estadounidense Jerry Siegel y el artista canadiense Joe Shuster en 1933” y que vendieron en 1938) no es un simple personaje de ficción, es una imagen simbólica de muy especial interés. El mito de Supermán, como explica Humberto Eco, gravita sobre múltiples aspectos de la sociedad:
“El héroe dotado con poderes superiores a los del hombre común es una constante de la imaginación popular, desde Hércules a Sigfrido, desde Orlando a Pantagruel y a Peter Pan.
A veces las virtudes del héroe se humanizan, y sus poderes, más que sobrenaturales, constituyen la más alta realización de un poder natural, la astucia, la rapidez, la habilidad bélica, o incluso la inteligencia silogística y el simple espíritu de observación, como en el caso de Sherlock Holmes.
Pero, en una sociedad particularmente nivelada, en la que las perturbaciones psicológicas, las frustraciones y los complejos de inferioridad están a la orden de día; en una sociedad industrial en la que el hombre se convierte en un número dentro del ámbito de una organización que decide por él; en la que la fuerza individual, si no se ejerce en una actividad deportiva, queda humillada ante la fuerza de la máquina que actúa por y para el hombre, y determina incluso los movimientos de éste; en una sociedad de está clase, el héroe positivo debe encarnar, además de todos los límites imaginables, las exigencias de potencia que el ciudadano vulgar alimenta y no puede satisfacer.
“Superman es el mito típico de esta clase de lectores: Superman no es un terrícola, sino que llegó a la Tierra, siendo niño, procedente del planeta Kriptón. Kriptón estaba a punto de ser destruido por una catástrofe cósmica, y su padre, docto científico, consiguió poner a salvo a su hijo confiándolo a un vehículo espacial.
Aunque crecido en la Tierra, Superman está dotado de poderes sobrehumanos. Su fuerza es prácticamente ilimitada, puede volar por el espacio a una velocidad parecida a la de la luz, y cuando viaja a velocidades superiores a ésta traspasa la barrera del tiempo y puede transferirse a otras épocas. Con una simple presión de la mano, puede elevar la temperatura del carbono hasta convertirlo en diamante; en pocos segundos, a velocidad supersónica, puede cortar todos los árboles de un bosque, serrar tablones de sus troncos, y construir un poblado o una nave; puede perforar montañas, levantar transatlánticos, destruir o construir diques; su vista de rayos X, le permite ver a través de cualquier cuerpo, a distancias prácticamente ilimitadas, y fundir con la mirada objetos de metal; su superoído, le coloca en situación ventajosísima para poder escuchar conversaciones, cual fuere el punto donde se celebran. Es hermoso, humilde, bondadoso y servicial. Dedica su vida a la lucha contra las fuerzas del mal, y la policía tiene en él un infatigable colaborador.
“No obstante, la imagen de Superman puede ser identificada por el lector. En realidad, Superman vive entre los hombres, bajo la carne mortal del periodista Clark Kent. Y bajo tal aspecto es un tipo aparentemente medroso, tímido, de inteligencia mediocre, un poco tonto, miope, enamorado de su matriarcal y atractiva colega Lois Lañe, que le desprecia y que, en cambio, está apasionadamente enamorada de Superman. Narrativamente, a doble identidad de Superman tiene una razón de ser, ya que permite articular de modo bastante variado las aventuras del héroe, los equívocos, los efectos teatrales, con cierto suspense de novela policíaca. Pero desde el punto de vista mitopoético, el hallazgo tiene mayor valor: en realidad, Clark Kent personifica, de forma perfectamente típica, al lector medio, asaltado por los complejos y despreciado por sus propios semejantes; a lo largo de un obvio proceso de identificación, cualquier funcionario de cualquier ciudad americana alimenta secretamente la esperanza de que un día, de los despojos de su actual personalidad, florecerá un superhombre capaz de recuperar años de mediocridad”.
Una variante más adulta y actual de Superman, no tan bondadosa, respetuosa y pasiva no es ajena a la carrera  presidencial en la que compiten un super hombre y una supermujer que se dicen dispuestos a mantener o recuperar la supremacía de cierto país en el mundo.
Ante esa perspectiva, quizás por eso es más apropiado que, en vez de apocalípticos e integrados, se hable hoy de apocalípticos y posibles desintegrados.

sábado, 16 de febrero de 2019

EL MERCADER DE MUJERES

Pedro Conde Sturla
25/06/2009

Resultado de imagen para arreola parabola del trueque


Juan José Arreola es uno de mis autores favoritos, uno de esos que se leen y releen a través de los años sin que disminuya la capacidad de asombro ante la forma en que el genial escritor da rienda suelta a su imaginación con tanta facilidad y felicidad de expresión. En general, esa es la manera en que maneja y formula –en todos sus libros— los más extraños conceptos, frases ingeniosísimas y sorprendentes. Así, del maravilloso sapo dice en “Bestiario”: “Salta de vez en cuándo, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido; viéndolo bien, el sapo es todo corazón”.
De los dulces y apacibles osos afirma que “por más adultos y atléticos que sean, conservan algo de bebé: ninguna mujer se negaría a dar a luz un osito”.
El búho le merece toda una disquisición filosófica: “Antes de devorarlas, el búho digiere mentalmente a sus presas. Nunca se hace cargo de una rata entera si no se ha formado un previo concepto de cada una de sus partes. La actualidad del manjar que palpita en sus garras va haciéndose pasado en la conciencia y preludia la operación analítica de un lento devenir intestinal”.
Como dijo alguien. con mucho acierto, Arreola no tiene igual en el deporte del cuento por la manera en que practica el humor, la ironía, la sátira, el género parabólico que tan bien se le daba al rabí de Galilea. Uno de sus mejores o quizás el mejor de sus cuentos parabólicamente deportivos es la graciosa y terrible “Parábola del trueque”, que leemos en “Confabulario”. Un mercader pasa por un pueblo anunciando que cambia mujeres nuevas por mujeres viejas, y todos sus habitantes, con excepción del esposo de Sofía, aceptan el trueque pagando una diferencia. Pero Sofía no agradece la actitud del marido. Sabe que no se ha atrevido por cobardía y en el fondo lo desprecia, esa es la paradoja, no lo perdona por no haberla cambiado. Arreola hace un guiño en este relato simbólico a los hombres y a las mujeres, pero es difícil establecer si se burla de los primeros o de las segundas o de ambos.

Parábola del trueque

Al grito de «¡Cambio esposas viejas por nuevas!» el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.
Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.
Al ver la adquisición de su vecino, los hombres corrían desaforados en pos del traficante. Muchos quedaron arruinados. Sólo un recién casado pudo hacer cambio a la par. Su esposa estaba flamante y no desmerecía ante ninguna de las extranjeras. Pero no era tan rubia como ellas.
Yo me quedé temblando detrás de la ventana, al paso de un carro suntuoso. Recostada entre almohadones y cortinas, una mujer que parecía un leopardo me miró deslumbrante, como desde un bloque de topacio. Presa de aquel contagioso frenesí, estuve a punto de estrellarme contra los vidrios. Avergonzado, me aparté de la ventana y volví el rostro para mirar a Sofía.
Ella estaba tranquila, bordando sobre un nuevo mantel las iniciales de costumbre. Ajena al tumulto, ensartó la aguja con sus dedos seguros. Sólo yo que la conozco podía advertir su tenue, imperceptible palidez. Al final de la calle, el mercader lanzó por último la turbadora proclama: «¡Cambio esposas viejas por nuevas!». Pero yo me quedé con los pies clavados en el suelo, cerrando los oídos a la oportunidad definitiva. Afuera, el pueblo respiraba una atmósfera de escándalo.
Sofía y yo cenamos sin decir una palabra, incapaces de cualquier comentario.
-¿Por qué no me cambiaste por otra? -me dijo al fin, llevándose los platos.
No pude contestarle, y los dos caímos más hondo en el vacío. Nos acostamos temprano, pero no podíamos dormir. Separados y silenciosos, esa noche hicimos un papel de convidados de piedra.
Desde entonces vivimos en una pequeña isla desierta, rodeados por la felicidad tempestuosa. El pueblo parecía un gallinero infestado de pavos reales. Indolentes y voluptuosas, las mujeres pasaban todo el día echadas en la cama. Surgían al atardecer, resplandecientes a los rayos del sol, como sedosas banderas amarillas.
Ni un momento se separaban de ellas los maridos complacientes y sumisos. Obstinados en la miel, descuidaban su trabajo sin pensar en el día de mañana.
Yo pasé por tonto a los ojos del vecindario, y perdí los pocos amigos que tenía. Todos pensaron que quise darles una lección, poniendo el ejemplo absurdo de la fidelidad. Me señalaban con el dedo, riéndose, lanzándome pullas desde sus opulentas trincheras. Me pusieron sobrenombres obscenos, y yo acabé por sentirme como una especie de eunuco en aquel edén placentero.
Por su parte, Sofía se volvió cada vez más silenciosa y retraída. Se negaba a salir a la calle conmigo, para evitarme contrastes y comparaciones. Y lo que es peor, cumplía de mala gana con sus más estrictos deberes de casada. A decir verdad, los dos nos sentíamos apenados de unos amores tan modestamente conyugales.
Su aire de culpabilidad era lo que más me ofendía. Se sintió responsable de que yo no tuviera una mujer como las de otros. Se puso a pensar desde el primer momento que su humilde semblante de todos los días era incapaz de apartar la imagen de la tentación que yo llevaba en la cabeza. Ante la hermosura invasora, se batió en retirada hasta los últimos rincones del mudo resentimiento. Yo agoté en vano nuestras pequeñas economías, comprándole adornos, perfumes, alhajas y vestidos.
-¡No me tengas lástima!
Y volvía la espalda a todos los regalos. Si me esforzaba en mimarla, venía su respuesta entre lágrimas:
-¡Nunca te perdonaré que no me hayas cambiado!
Y me echaba la culpa de todo. Yo perdía la paciencia. Y recordando a la que parecía un leopardo, deseaba de todo corazón que volviera a pasar el mercader.
Pero un día las rubias comenzaron a oxidarse. La pequeña isla en que vivíamos recobró su calidad de oasis, rodeada por el desierto. Un desierto hostil, lleno de salvajes alaridos de descontento. Deslumbrados a primera vista, los hombres no pusieron realmente atención en las mujeres. Ni les echaron una buena mirada, ni se les ocurrió ensayar su metal. Lejos de ser nuevas, eran de segunda, de tercera, de sabe Dios cuántas manos... El mercader les hizo sencillamente algunas reparaciones indispensables, y les dio un baño de oro tan bajo y tan delgado, que no resistió la prueba de las primeras lluvias.
El primer hombre que notó algo extraño se hizo el desentendido, y el segundo también. Pero el tercero, que era farmacéutico, advirtió un día entre el aroma de su mujer, la característica emanación del sulfato de cobre. Procediendo con alarma a un examen minucioso, halló manchas oscuras en la superficie de la señora y puso el grito en el cielo.
Muy pronto aquellos lunares salieron a la cara de todas, como si entre las mujeres brotara una epidemia de herrumbre. Los maridos se ocultaron unos a otros las fallas de sus esposas, atormentándose en secreto con terribles sospechas acerca de su procedencia. Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había recibido una mujer falsificada.
El recién casado que se dejó llevar por la corriente del entusiasmo que despertaron los cambios, cayó en un profundo abatimiento. Obsesionado por el recuerdo de un cuerpo de blancura inequívoca, pronto dio muestras de extravío. Un día se puso a remover con ácidos corrosivos los restos de oro que había en el cuerpo de su esposa, y la dejó hecha una lástima, una verdadera momia.
Sofía y yo nos encontramos a merced de la envidia y del odio. Ante esa actitud general, creí conveniente tomar algunas precauciones. Pero a Sofía le costaba trabajo disimular su júbilo, y dio en salir a la calle con sus mejores atavíos, haciendo gala entre tanta desolación. Lejos de atribuir algún mérito a mi conducta, Sofía pensaba naturalmente que yo me había quedado con ella por cobarde, pero que no me faltaron las ganas de cambiarla.
Hoy salió del pueblo la expedición de los maridos engañados, que van en busca del mercader. Ha sido verdaderamente un triste espectáculo. Los hombres levantaban al cielo los puños, jurando venganza. Las mujeres iban de luto, lacias y desgreñadas, como plañideras leprosas. El único que se quedó es el famoso recién casado, por cuya razón se teme. Dando pruebas de un apego maniático, dice que ahora será fiel hasta que la muerte lo separe de la mujer ennegrecida, ésa que él mismo acabó de estropear a base de ácido sulfúrico.
Yo no sé la vida que me aguarda al lado de una Sofía quién sabe si necia o si prudente. Por lo pronto, le van a faltar admiradores. Ahora estamos en una isla verdadera, rodeada de soledad por todas partes. Antes de irse, los maridos declararon que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador. Y realmente, todos ponían al decirlo una cara de condenados.
Sofía no es tan morena como parece. A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va llenando de reflejos. Como si del sueño le salieran leves, dorados pensamientos de orgullo.

Chapita (10)



Grupo guerrillero de Vicente Evangelista

Una mujer en la guerrilla, con revolver al cinto

La carta de solicitud de Chapita a la Guardia Nacional fue acogida favorablemente en pocos días, casi como si la hubieran estado esperando. Ciertas influencias, como las de Teódulo Pina Chevalier, del capitán James J. MacLean y posiblemente del capitán Fred Merkle no fueron insignificantes. Teódulo era su tío materno, el hermano de Plinio, y mantenía las mejores relaciones con las tropas del imperio y era sobre todo amigo de MacLean, mientras que Merkle, el fatídico Merkle, era amante o cliente asiduo de Nieves Luisa. Por esto último decía Ramón Alberto Ferreras que Trujillo se enganchó a la guardia gracias a las nalgas de su hermana. (Nieves Luisa en su mejor época). De cualquier manera, no cabe duda que Chapita era el tipo de hombre que los marines estaban buscando. Un tipo de moral plegadiza o simplemente inmoral, carente de escrúpulos, de empatía, dispuesto a jurar y a matar por la bandera de sus amos.

Chapita recibió su nombramiento como segundo teniente a  
fines de diciembre de 1918 y se juramentó en enero del 
siguiente año. En un registro de la Guardia Nacional aparece 
junto a un total de dieciséis segundo tenientes con el número 
quince. En el examen médico de rutina se hizo constar que su 
 estado de salud era satisfactorio, tenía cinco pies y siete 
pulgadas de altura y pesaba ciento veinteseis libras. Estos 
datos, en caso de ser ciertos, pondrían en evidencia que  
estaba bastante flaco.

La Guardia Nacional Dominicana tenía, entre otras cosas, la 

misión de colaborar con las tropas interventoras que 
perseguían en la región Este a los llamados gavilleros 
dominicanos que defendían su territorio con las armas en la 
mano. De modo que, persiguiendo patriotas y gente que 
luchaba por no morirse de hambre se ganó Chapita la  
confianza del imperio norteamericano.

Desde el principio, según los reportes oficiales, llamó la 

atención por “la corrección y limpieza de su uniforme y su 
persona, su bien templada disciplina”, por ser 
“extremadamente cuidadoso y correcto”. El mayor Watson, 
Thomas E. Watson, dijo que lo consideraba como “uno de los 
mejores oficiales en servicio. Casi todos los reportes hablaban
 de su eficiencia, eficiencia y obediencia al servicio de sus 
amos.

Entre 1920 y 1921, mientras Chapita estaba de servicio en el 
Seibo, tuvo lugar la intensificación de la lucha contra los gavilleros. A esa época -dice Crassweler- pertenece una serie de leyendas que se crearon para glorificar su figura egregia. El solo o con un grupo de valientes habría capturado toda una banda de rebeldes, habría penetrado en la jungla, en la oscuridad, enfrentado la muerte a cada paso mientras avanzaba. Finalmente arrestó y esposó o encadenó a todos los supuestos criminales. A nadie mató, a nadie hizo mal este hombre de tanto valor.
Crassweler considera que esos relatos no son, por supuesto, más que fantasías. Asegura que Chapita, en ese tiempo, era un oscuro segundo teniente y nunca ejerció el mando en ninguna actividad contra los gavilleros y que su rol en la campaña fue mínima.
Participó, eso sí, en cierta especie de operación militar por la que recibió felicitaciones del mayor Watson. Una de tantas operaciones consistentes en la destrucción o quema de bohíos (con los marines al mando) para infundir terror entre los campesinos que apoyaban o se creía que apoyaban a los gavilleros. Ese tipo de iniciativa terrorista era algo rutinario que se hacía por lo menos semanalmente y que tenía efectos contraproducentes porque motivaba a mayor número de hombres y también mujeres a sumarse a la guerrilla.
Las tropelías que tenían lugar iban más allá de lo que podría suponerse. El aislamiento de la zona y el difícil acceso a la misma impedía o dificultaba en grado extremo las labores de contrainsurgencia y al mismo tiempo permitía cometer con impunidad todo tipo de horrores. Lo que se estableció en el este del país fue -como dice Crassweller-, un reino de terror que recrudeció en los años de 1920 y 1921. Los marines del imperio, ahora auxiliados por la Guardia Nacional, se especializaban en abusos y crueldades, torturas de las clases más brutales, y hay razones de peso para suponer que Chapita no se mantuvo ni le iban a permitir mantenerse al margen.
Cientos de personas fueron vejadas, apresadas, asesinadas, martirizadas con hierros al rojo vivo, obligadas a beber agua hasta reventar, arrastradas por caballos desbocados, incluso descuartizadas, todo un baño de sangre en gran estilo. El historiador Roberto Cassá afirma que en muchas ocasiones los infantes de marina quemaron bohíos pertenecientes a gavilleros o a familiares de gavilleros con todo y gente adentro.
El hecho es que las noticias de las barbaries que se cometían se esparcieron por el país a través de radio bemba, el rumor público, y llegaron a conocimiento del congreso norteamericano y fueron también confirmadas por investigadores del congreso norteamericano.
La dotación militar, o parte de ella, fue objeto de una aspaventosa purga, una purga más o menos real o supuesta, y la persona que fue señalada como principal responsable, es decir, el principal chivo expiatorio, fue el capitán Fred Merkle, el ya mencionado amante o cliente asiduo de la mencionada Nieves Luisa. Merkle fue removido de su cargo, encerrado en la cárcel de Nigua y sometido a corte marcial en 1922.
Era tan evidentemente culpable y había cometido tantas atrocidades que sus compañeros decidieron ahorrarle el sufrimiento y evitar de paso un mayor escándalo, ventilando en un juicio sus incontables fechorías, y le proporcionaron un arma en su celda: una invitación a que se suicidara volándose los sesos. En una palabra, lo sacrificaron en aras del bien común, lavaron con su sangre la mancha en el supuesto honor de los marines. Alguien asegura que fue el primer suicida de la cárcel de Nigua, el primero de muchos que se suicidarían o serían suicidados en la oprobiosa cárcel de Nigua.
Mientras tanto, en las provincias de San Pedro de Macorís y el Seibo continuaron las expediciones punitivas de los marines y la Guardia Nacional contra los insurrectos y los pobladores locales, que sufrían los efectos colaterales. Muchos gavilleros (y un incierto número de marines), fueron muertos en combate o pasados por las armas, pero no fueron las armas las que determinaron el cese de la lucha (que había durado ya cinco o más años), sino las negociaciones y concesiones. Al final, en 1922, el gobierno de ocupación ofreció una amnistía general que formaba parte del Plan Hughes-Peynado, con el que se instauró un gobierno provisional y se puso fin a la primera (o segunda) intervención militar yanqui.
El legado de miedo y odio y un resentimiento visceral permanecieron iguales o intactos por mucho tiempo en la zona, hasta que la desmemoria y el olvido fueron haciendo su trabajo, borrando poco a poco el pasado.
Bibliografía:
Luis D. Santamaría, “Los ‘Gavilleros
del Este’, ejemplo de patriotismo”.
https://elnuevodiario.com.do/
los-gavilleros-del-este-ejemplo-de-patriotismo/
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictato.



Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle 
http://www.amazon.com/-/e/B01E60S6Z0

miércoles, 13 de febrero de 2019

BORGES Y EL ELOGIO DE LA SENCILLEZ

Pedro Conde Sturla
26 de febrero 209

Siempre he admirado en Borges el culto de la sencillez, el amor por la palabra limpia que encaja a la perfección en el contexto, la precisión y liviandad de la prosa, la fuerza o autoridad del decir, la erudición que abre camino al andar, sin apabullar al lector, la ingeniería verbal tan aparentemente simple y tan difícil de lograr, la escritura sin ripios ni desperdicios, escrituralmente esencial.Imagen relacionada
La literatura, en manos de Borges, es una cosa viva que se actualiza permanentemente. De los más antiguos y olvidados textos hace brotar las novedades que encierran, la modernidad del pensamiento o de la técnica que anticipan desde la noche de los tiempos. Recuérdese que, para Borges, “Toda novedad no es sino olvido”.
De Borges puede decirse lo mismo que él dice de Voltaire: “La felicidad de escribir nunca lo abandonó”. Y desde luego tampoco lo abandonó la felicidad de leer, la insaciable curiosidad que lo condujo a la “exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas”, como dice en el prologo de “Biblioteca personal”, una obra póstuma y además inconclusa. Setenta y cuatro reseñas de un total “de cien que habrían de constituir una colección cerrada escogida por él mismo”.
En esta obra brillan precisamente la agudeza, la concisión, el minimalismo que tanto caracterizan el estilo de Borges, un ideal de estilo que se insinúa una y otra vez en muchas páginas de esta “Bilioteca personal” que  con tanta alegría se deja leer.
Por ejemplo, refiriéndose también a Voltaire, Borges alude a su propio criterio del gusto, a su preferencia en materia estilística:
“Una de las vanidades del vulgo y de las academias es la incómoda posesión de un vocabulario copioso. En el siglo XVI, Rabelais estuvo a punto de imponer ese error estadístico; la mesura de Francia lo rechazó y prefirió la austera precisión a la profusión de palabras. El estilo de Voltaire es el más alto y límpido de su lengua y consta de palabras sencillas, cada una en su lugar.”
En relación a Kafka expresa un criterio semejante:
“El destino de Kafka fue transmutar las circunstancias y las agonías en fábulas. Redactó sórdidas pesadillas en un estilo límpido. No en vano era lector de las escrituras y devoto de Flaubert, de Goethe, de Swift.
De André Gide dice que “Siempre fue fiel (…) a la buena tradición de la claridad.”
Para Borges, “El hecho de que Wells fuera un genio no es menos admirable que el hecho de que siempre escribiera con modestia, a veces irónica.”
De “La prosa de Fray Luis” dice que “es, por lo común, de una serenidad ejemplar”.
De un curioso autor, Enoch A. Bennett, pondera “su estilo sereno, que pasa inadvertido como el cristal.”
En el capítulo dedicado a los relatos de Kipling escribe lo siguiente:
“George Moore dijo que Kipling era, después de Shakespeare, el único autor inglés que escribía con todo el diccionario. Sabía administrar sin pedantería esa profusión léxica. Cada línea ha sido sopesada y limada con lenta probidad.”
En la penúltima reseña elogia la calidad de la escritura comprensible:
            “Como David Hume, como Schopenhauer, William James fue un pensador y un escritor. Escribió con la claridad que requiere la buena educación; no fabricó dialectos incómodos, a la manera de Spinoza, de Kant o de la escolástica.”
            Esto es algo que deberían tener presente algunos críticos del patio que, en lugar de conceptos, manejan frases cohetes y teorías tautológicas omnicomprensivas de la literatura. Para Borges, ya se ha visto, las claves de un estilo bien templado remiten a palabras tan humildes como “mesura”, “austera precisión”, “alto y límpido”, “sencillas”, “claridad”, “modestia”, “serenidad”, “sereno”, “probidad”.
En el prólogo de “Biblioteca personal” Borges congrega, cita, en el más depurado decir borgiano, todos los motivos esenciales que alimentan su pasión, su insaciable apetito literario, su entrega incondicional al “placer del texto”, un placer que quiere comunicar, un placer que quiere, cómplicemente, contagiarnos.
Invito a los lectores a degustarlo, apreciarlo, saborearlo, paladearlo palabra por palabra. Luego traten de leer a Diógenes Céspedes en las páginas de Areíto.

Prólogo
A 1o largo del tiempo, nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir. Los textos de esa íntima biblioteca no son forzosamente famosos. La razón es clara. Los profesores, que son quienes dispensan la fama, se interesan menos en la belleza que en los vaivenes y en las fechas de la literatura y en el prolijo análisis de libros que se han escrito para ese análisis, no para el goce del lector.
La serie que prologo y que ya entreveo quiere dar ese goce. No elegiré los títulos en función de mis hábitos literarios, de una determinada tradición, de una determinada escuela, de tal país o de tal época. Que otros se  jacten de 1os libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer, dije alguna vez. No se si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector. Deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas. Se que la novela no es menos artificial que la alegoría o la ópera, pero incluiré novelas porque también ellas entraron en mi vida. Esta serie de libros heterogéneos es, lo repito, una biblioteca de preferencias.
María Kodama y yo hemos errado por el globo de la tierra y del agua. Hemos llegado a Texas y al Japón, a Ginebra, a Tebas, y, ahora, para juntar los textos que fueron esenciales para nosotros, recorreremos las galerías y los palacios de la memoria, como San Agustín escribió.
Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. La rosa es sin porqué, dijo Angelus Silesius; siglos después, Whistler declararía El arte sucede.
Ojalá seas el lector que este libro aguardaba.
J. L. B.

pcs, jueves, 26 de febrero de 2009