domingo, 30 de septiembre de 2018

LA ÚLTIMA NOCHE QUE PASÉ CONTIGO

Pedro Conde Sturla
10 de diciembre de 2009










A Jeannette Miller no le gustan los boleros. Lo dice en el título de su libro: “A mi no me gustan los boleros” (igual, quizás, que a su promotora Ruth Herrera). El bolero le parece despreciablemente machista, machista leninista, a pesar de que en muchos boleros, más bien la mayoría, siempre hay un hombre muriéndose de amor por una mujer y a veces por “aquellos ojos verdes” de otro hombre, que es la cosa menos machista de este mundo. 

El bolero, al parecer, nunca se ha convertido en parte de su alma y lo lamento. No cree en lo que dijo más o menos Cabrera Infante: que en el bolero, en la música romántica se encuentra parte de la mejor poesía latinoamericana. Seguramente no cree que “somos en nuestra quimera doliente y querida dos hojas que el viento juntó en el otoño.” Nunca, quizás, ha sentido la caricia de la “Niebla del riachuelo”, la magia que a muchos nos invade y sobrecoge cuando escuchamos en ritmo de bolero una de las siete versiones del famoso tango:

“Turbios fondeaderos donde van a recalar / barcos que en los muelles para siempre han de quedar. / Sombras que se alargan en las noches del dolor, / náufragos del mundo que han perdido la ilusión. / Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar, / barcos carboneros que jamás han de zarpar; / turbio cementerio de las naves que, al morir, / sueñan, sin embargo, que hacia el mar han de partir.”

Hay que suponer que Jeannette Miller no aprecia esa especie de Biblia titulada “El Bolero. Visiones y perfiles de una pasión dominicana”, la misma que escribieron los evangelistas Marcio Veloz Maggiolo, Pedro Delgado Malagón y José del Castillo. Jeannette Miller no se siente atraída por esa pasión, jamás se ha dejado seducir por la religión del bolero. Es irreverente y atea, bolerísticamente hablando.

En cambio la brillante narradora cubana Mayra Montero, tan femenina y feminista como Jeannette Miller y Ruth Herrera, adora devoradoramente los boleros (“los boleros de antes, que no en balde han sido los boleros de siempre”). Sus personajes los bailan y los describen, los cantan y los mastican y los disfrutan sexualmente en un libro erótico maravilloso que quizás habría querido escribir Ligia Minaya: “La última noche que pasé contigo”.

Sin remilgos puritanos, uno de sus personajes define la utilidad del género:

“Boleros, sí señor, para brillar hebilla, para poder demostrarte que más no puedo amar. Boleros para cortarnos las venas y para hacernos polvo, y para todas esas cosas salvajes y calientes para las que servían los boleros.”

Con títulos de boleros y a ritmo de bolero, Mayra Montero cuenta una historia, muchas historias que ocurren durante un crucero por el Caribe. En el monólogo de Celia -otro de los personajes-, ésta define su filosofía de la vida que es la filosofía del bolero. Una filosofía que casi adquiere cuerpo doctrinal.

Mayra Montero escribe que da envidia, con un dominio admirable de la palabra, el ritmo y las agudezas verbales. Definitivamente hay mucho que aprender de ella sobre el arte del bolero y el arte de la escritura. Y además, quizás por coincidencia, el título casi perverso del capítulo en que Celia da rienda suelta a su monólogo, viene como anillo al dedo:


AMOR, QUÉ MALO ERES


       Antigua era un lugar extraño que cada cual interpretó a su modo. Al principio, Fernando sospechó que se trataba de una islita de plástico, porque en el mapa que nos dieron en el barco destacaban la localización de un Kentucky Fried Chicken, y él sacaba sus conclusiones así, un poco a la ligera. Pero Antigua ni era de plástico ni de ningún material que se le pareciera. Era de arcilla caliente, de vapores soñolientos, de una placidez cercana, muy cercana a la degradación. Los negros se tumbaban a la sombra para vender fritura y cocos de agua, las negras se abanicaban densamente, azorradas y quietas, los pechos casi al descubierto y los muslos chorreando de sudor. En Saint John's, la capital, los albañales corrían al descubierto y los niños jugaban a colocar banderitas en los mojones más largos, más gruesos, más evidentemente navegables. Todos hablaban con desgana, todos se cocinaban sin recato en ese caldo lánguido y definitivo.

Julieta, que nos acompañaba en el paseo, se apoyaba del brazo de Fernando, porque el calor, según ella, le provocaba vértigo. Desde La noche anterior -les permití bailar un par de piezas-, la había notado muy apegada a mi marido. No quiero decir que Fernando alentara todo esto, al menos no en mi presencia, pero era tan obvio que ella estaba falta de varón, la vi tan determinada a cometer cualquier Locura, que antes de que terminara el baile tuve que inventarme una jaqueca y arrastrar a Fernando al camarote. El me siguió a regañadientes, la música estaba en su apogeo, aquella orquesta no había tocado nada que no fueran boleros y en el salón flotaba un aire de nostalgia, como si le estuviéramos diciendo adiós a algo, no sabíamos bien a qué.

En el fondo, a mi también me habría gustado quedarme. A estas alturas de mi vida, con una hija recién casada, un matrimonio deshecho que duraría ya para siempre, y la cabeza totalmente vacía de proyectos, debía reconocer que toda mi existencia había girado en torno al bolero, no a uno en particular, sino a muchos, decenas de ellos; y los hombres que más me habían querido, los dos únicos hombres con quienes me había acostado, tenían una afición casi enfermiza par aquella música. Parecía casualidad, pero no lo era. Fue preciso que viniera en este crucero y que contrataran a esta orquesta en Charlotte Amalie para que me diera cuenta de todo eso, de que la gente viene a1 mundo predestinada a sostenerse en cosas intangibles, en olores que recurren, en un color que siempre vuelve, en una música, como es mi caso, que aparece, y desaparece en los momentos culminantes, unas melodías que mentalmente van y vienen para avisar que terminó una etapa y va a empezar la otra. Fernando hablaba de una filosofía del bolero, una manera de ver el mundo, de sufrir con cierta elegancia, de renunciar con esta dignidad; Agustín Conejo no lo podía expresar de esta manera, pero en sus palabras me decía más o menos lo mismo. El bolero lo ayudaba a pensar, lo animaba a decidirse, lo obligaba a ser quien era. Hubo una época en que a mí también me ayudó a pensar, me refiero a esa época en que uno reflexiona sobre su propio cuerpo y trata de verse por dentro y por fuera, trata de averiguar como le están viendo a uno los demás. Yo era muy joven y ya andaba de novia de Fernando, que venía a visitarme por las noches y me traía bombones. Cuando él se iba, corría a mi cuarto para poner e1 disco de Gatica (Lucho siempre fue mi predilecto), me desnudaba en la oscuridad y me tumbaba en la cama. Entonces comenzaba a tocarme. No era exactamente que me masturbara, no era así, tan burdo, la expresión exacta era «reconocerme», me tanteaba las sienes, me acariciaba las mejillas y me buscaba los pómulos, el hueso de la quijada, los anillos de la traquea. De ahí en adelante, el camino se bifurcaba: colocaba el índice de mi mano izquierda sobre la punta de mi pezón derecho y viceversa, la voz de Gatica era como un mugido armónico ordenándole al reloj que no marcara las horas, proclamando que su playa estaba vestida de amargura, rogándome, sí, rogándome que le regalara esa noche y le retrasara la muerte ... Yo ponía una mano encima de la otra y con las dos me oprimía el sexo, empujaba hacia abajo, como si tratara de vaciarlo, todo a su tiempo, todo en su ritmo natural que era naturalmente el ritmo del bolero. Gatica cantaba con la boca llena, cariño como el nuestro era un castigo, y yo me castigaba, me pellizcaba los labios –los de abajo-, me arañaba los muslos, gemía su nombre, Lucho, Luchito, Luchote, él estaba en la gloria de mi intimidad, en lo más íntimo, lo más salvaje, olvidando decir que me amaba, ¿me amaba?, quien no amara no dijera nunca que vivó jamás.



pcs, jueves, 10 de diciembre de 2009







 
 
 




viernes, 28 de septiembre de 2018

Siete al anochecer (4)






Cipriano Bencosme. 


19 de noviembre1930
(primera parte)

El general Cipriano Bencosme sobresale hasta cierto punto en la historia dominicana como un defensor de causas perdidas.


En 1911, a raíz del alevoso asesinato de su amigo y presidente Ramón Cáceres en los alrededores de Güibia, incursiona por primera vez en la lucha armada: toma parte en la llamada guerra o Revolución de los Quiquises, apoyando a Horacio Vázquez y Desiderio Arias contra los Victoria, que se habían establecido en el poder (aprovechando el vacío dejado por Cáceres) y pretendían de seguro quedarse por tiempo indefinido.

Durante este episodio a Bencosme le fue mal, peor que mal. Los partidarios de los Victoria o Quiquises le quemaron la casa y un hijo pequeño se esfumó y lo dieron por muerto, hasta qué apareció al cabo de un año en brazos de la niñera que se había escondido todo ese tiempo prudentemente.

La sangrienta contienda se decidió a favor de los intereses del imperio que intervino directamente para ponerle fin mediante presiones económicas y militares. Estas dieron origen a una Comisión Pacificadora que eligió como presidente al oportunista y servil Arzobispo Nouel en 1912 por un periodo de dos años que no llegó a cumplir.

Bencosme no escarmentó y, otra vez en alianza con el general Desiderio Arias y Horacio Vázquez, del cual era incondicional, se levantó contra el arzobispo presidente, pero las fuerzas de los insurrectos fueron sitiadas y tuvieron que capitular.

Un año más tarde acompañaría a Horacio Vásquez en un nuevo levantamiento, esta vez contra el gobierno de José Bordas Valdez, pero con Desiderio Arias en contra (la llamada Revolución del ferrocarril), y fueron otra vez derrotados, aunque algún tiempo después lograron echar a Bordas del poder, lo que dio paso a un gobierno provisional de Ramón Báez, seguido por otro de Juan Isidro Jiménez y luego por otro de ocho años impuesto por las cañoneras del fatídico imperio del norte.

Con la misma entereza y el mismo valor que había demostrado toda su vida, protestó Bencosme contra las tropas yanquis que ocuparon el país entre 1916 y 1924, y llegó incluso a confabularse con un grupo de patriotas para llevar a cabo unas acciones que no llegarían a materializarse. Cipriano  Bencosme sería traicionado, delatado, apresado e incluso maltratado en prisión por la soldadesca interventora. 

Se dedicó después o, mejor dicho, volvió a dedicarse a las labores del campo que eran su medio de vida. Bencosme, oriundo de Moca, era un rico terrateniente que se había casado con una prima más terrateniente que él y se convirtió en uno de los principales hacendados del país. Llegó a poseer un emporio agrícola de miles de tareas en el que según se afirma, con cierta exageración, trabajaban más de quinientas personas. 

Dice Rufino Martinez que era un hombre espléndido que no le negaba protección o asilo en sus tierras a ningún perseguido, un hombre pródigo que a nadie negaba los frutos de la tierra que necesitaran.

Ahora bien, cuando no estaba sembrando o participando en levantamientos militares, Cipriano Bencosme se dedicaba a hacer muchachos. Su apetito sexual incurable lo llevó a tener una inmensa prole de veintisiete descendientes directos con diez mujeres.


Cuando las tropas del imperio abandonaron el país, si acaso alguna vez lo han hecho, cuando pareció restablecerse la soberanía nacional -un espejismo-, se realizaron elecciones y su  cancachán Horacio Vázquez se convirtió en presidente y él en diputado. Pero Bencosme subió sin hambre al poder y se desempeñó, según se dice, con ecuanimidad.

Renacieron viejas esperanzas y se fortaleció la fe en el progreso. Pero todo era una ficción, pura apariencia. El reloj de la historia marchaba de nuevo hacia atrás. 

Después de cuatro años de gobierno corrupto como pocos, Horacio Vázquez descubrió que un solo periodo en la presidencia era muy corto para llevar a cabo su magna obra de gobierno y decidió prolongar su estadía en el poder con un par de años más, una extensión de dos años posiblemente renovable. Luego trataría de reelegirse y se armaría la pelotera.

Era la oportunidad que la bestia esperaba agazapada, la compuerta que abrió las aguas del pandemonio.

Horacio confiaba ingenuamente en la bestia, lo había ascendido a teniente Coronel, a brigadier, a general de brigada, lo había convertido en el hombre fuerte más fuerte del país. Cuando Rafael Estrella Ureña abandonó las filas del gobierno para organizar -contra los propósitos reeleccionistas de Horacio- un movimiento de desobediencia cívico militar que estremeció el Cibao, éste acudió a la bestia para que le sacara las castañas del fuego. Pero la bestia y Estrella estaban confabulados. Coludidos.

Estrella Ureña había apoyado a Horacio en las elecciones de 1924 y había sido nombrado en el ministerio de Justicia e instrucción pública hasta que las veleidades continuistas de Horacio lo llevaron a conspirar con Trujillo, que era Jefe de las fuerzas armadas, su hombre de confianza.

Horacio Vázquez trató entonces de detener el golpe de Trujillo y Estrella Ureña nombrando a última hora a Sergio Bencosme, hijo de Cipriano, como Secretario de Defensa, un cargo que ya resultaba ser poco menos que honorífico

Una vez derrocado Horacio, Estrella Ureña ocupó la presidencia provisional y organizó unas elecciones para mantenerse más o menos legítimamente en el cargo. Estrella tal vez creía haber utilizado a Trujillo, pero era todo lo contrario. En las elecciones de 1930 iría como candidato a la vicepresidencia y Trujillo a la presidencia, y ganarían por una abrumadora mayoría de fraudes condimentados con una buena dosis de represión y terror. 

Las relaciones entre ambos mandatarios se deterioraron de forma tan violenta que Estrella Ureña se vio obligado a viajar fuera del país en 1932 y anunció desde Cuba su renuncia por supuestos motivos de salud.

Se desempeñó luego como juez de la Suprema corte de justicia, hasta que un día se vió obligado a someterse a una operación quirúrgica de la que no sobrevivió, probablemente por consejo de Trujillo a los médicos.

Cipriano Bencosme -ya se dijo- era incondicional de Horacio Vázquez, lo acompañó en todos sus levantamientos, con él estuvo en las buenas y en las malas, estuvo con él cuando se le ocurrió extender en dos años el periodo de gobierno y lo secundó en la aventura de la fracasada reelección, en todas las circunstancias le brindó, en fin, un apoyo sin fisuras. Lo seguiría hasta la última consecuencia, hasta que la muerte los separó. La muerte de Bencosme. 

Bibliografía:




Federico D. Marco Didiez, “Los primeros crímenes de Trujillo”,

Jorge Zorrilla Ozuna, “Cipriano Bencosme ”, http://hoy.com.do/cipriano-bencosme-2/

Rufino Martínez, “Diccionario biográfico-histórico dominicano, 1821-1930”



jueves, 27 de septiembre de 2018

El silencio

PEDRO CONDE STURLA 

Nadie como él perseveró en la gracia de la palabra humilde, nadie como él se aproximó a la religión, a la santidad de la poesía. Por eso fue Domingo, el Domingo dos veces de la isla. No lunes, no martes, ni siquiera jueves, Domingo Moreno Jimenes. El escribió La fiesta del árbol en momentos en que las tropas yanquis, presentes ayer como ahora, perpetraron la mutilación de la Ceiba de Colón.
 “El silencio es más grande que todas las diatribas humanas/ permite no obstante que mi voz lo interrumpa…” Ahora se consuma otra vez el crimen verde. Dos filas de caucho memorables corrían parejas por el patio de la casa de Rodrigo de Bastidas en la Ciudad Colonial y aquello era una fiesta para los ojos y el espíritu. Ordenes superiores decretaron su muerte y extirpadas fueron de raíz. En el gobierno de un presidente agrario o por lo menos agropecuario, con un poeta al frente de la Secretaría de Cultura y un historiador de fuste al frente de Recursos Naturales se lleva a cabo el desastre. ¿Quién responde? De seguro no hay ningún responsable, solamente irresponsables. Responden las palabras de Marguerite Yourcenar que me envía mi amigo, el ingeniero Bonilla, dolorido por el suceso:
“Algunos pájaros son llamas…
¿Hay algo más bello que esa estatua de suplicante que hizo Rodin y que representa a un hombre rezando que tiende los brazos y se estira a la manera de un árbol? Con toda seguridad, el árbol reza a la luz divina.
Las raíces hincadas en el suelo, las ramas que protegen los juegos de la ardilla, el nido y los cantos de los pájaros, la sombra otorgada a las bestias y a los hombres, la copa en pleno cielo. ¿Conoces una manera de existir más sabia y más benéfica?
Y de ahí el sobresalto de rebeldía en presencia del leñador y el espanto, mil veces mayor, ante la sierra mecánica.Derribar y matar lo que no puede huir”.
¡Qué hermosa y triste la metáfora de un árbol que no puede huir!
¡Qué triste la sierra en manos del poeta y el historiador.

lunes, 24 de septiembre de 2018

EL HISTORIADOR ROBERTO CASSÁ EXPONE SUS CONSIDERACIONES SOBRE LA INMIGRACIÓN HAITIANA



YULENDYS JORGE





Grupos empresariales y los gestores de la corrupción contribuyen al envilecimiento de la sociedad dominicana, con el tráfico ilegal de haitianos.


§                                                         Este país no aguanta una sociedad binacional.
§                                                         Los ciudadanos haitianos en el país tienen que definirse si son haitianos o son dominicanos.
§                                                         los hijos de haitianos que nacieron en este país deben ser plenamente reconocidos en igualdad de condición con cualquier otro dominicano. Nacieron aquí. Por derecho son dominicanos.
 El doctor Cassá sostiene que la migración haitiana hacia República Dominicana es un problema mayor hoy día, porque se ha perdido el control. “Antes era una migración, y no digo que eso fuera bueno, en función de necesidades precisas; eso se dio hasta el gobierno de Antonio Guzmán y quizá se extendió un poco durante el de Jorge Blanco. De ahí en adelante, entró en otra faceta. Aunque no estoy muy seguro de ese proceso de cómo se terminaron los convenios de braceros anuales donde todavía el Estado tenía un cierto control sobre la frontera”.
“Hoy día, la corrupción lo ha permeado todo”. El destacado historiador dominicano sostiene que no hay convenios y el gobierno haitiano es irresponsable en términos de cualquier tipo de compromiso; “no lo quieren asumir, pero además, no pueden”.
Lo que sí ha asumido el Estado haitiano es la jefatura de la campaña internacional, junto a otros sectores como intelectuales, organizaciones no gubernamentales, así como grupos de presión en los Estados Unidos y en otros países. “Hay una campaña internacional que cuestiona casi a priori cualquier decisión que tome el Estado dominicano para regular la situación”, insiste Cassá.
“En los haitianos hay un problema emocional sumamente grave de igualar la percepción de todos los dominicanos como racistas, como explotadores; es decir, todos los dominicanos somos casi nazistas sin distinción. Eso es el sentir de muchos publicistas haitianos que proyectan imágenes en el resto del mundo”.
El historiador destaca que “los trabajadores haitianos son el sector más pobre y explotado de la sociedad dominicana, pero, al mismo tiempo, la situación de ellos en las últimas décadas ha ido experimentando mejorías. No reconocer eso”, dice, “como hacen los publicistas haitianos, es una mezquindad y una irresponsabilidad moral. Y yo no digo que se haya llegado ni mucho menos a lo deseable, pero la situación no es la de hace 30 años; eso es categórico. Yo he tratado con ellos y tengo conocimiento de cómo viven los trabajadores haitianos; no es que me lo cuentan”.
Sobre la política migratoria
“El Estado dominicano -al margen de presiones- tiene que establecer su propia política migratoria, de acuerdo a conceptos de la equidad, de la justicia y de la defensa de los intereses del país. Esto incluye, a mi modo de ver: detener la migración desordenada, reducir la migración a su mínima expresión”, dice.
Cassá enfatiza: “en un país, donde hay un desempleo, aproximadamente de 25%, tasa aproximada que tiene la sociedad dominicana, lo cual es algo terrible; en los jóvenes llega a casi 50%, no hay derecho de que los grupos empresariales y los gestores de la corrupción, porque es la corrupción lo que pauta todo este problema del tráfico de haitiano y la forma en que lo dejan entrar; no hay derecho a que estos señores que se enriquecen a costa del trabajo de los haitianos contribuyan al empobrecimiento de los trabajadores dominicanos y de la población dominicana en general, sobre la base de que cogen comisiones, hacen una serie de negocios de truculencias y someten a los haitianos a abusos, lo cual es indiscutible. Es una situación desgraciada, que no debe seguir porque está contribuyendo al envilecimiento de la sociedad dominicana, lo cual debe ser una demanda de la misma sociedad”.
“Hay que vencer intereses. Nosotros nos encontramos con hechos de que todos los que venden helados en las calles en triciclos son haitianos, todos los que venden cocos, todos los que venden frutas, en unos triciclos que están en las esquinas son haitianos. Hay que preguntarse por qué no hay un dominicano en esos grupos de personas, evidentemente les pagan mucho menos. Yo no sé quiénes son los dueños de esas cadenas, pero hay hoteles extranjeros en el Este donde no hay un solo dominicano. No, eso no se puede permitir. Esta comunidad tiene que proteger ante todo a los dominicanos, no en desmedro de los haitianos pero sí favorecer los nacidos aquí, incluyendo los hijos de haitianos, sostiene Cassá.
Sobre la sentencia del Tribunal Constitucional (TC/0123/13)
“Yo discrepo de todas las interpretaciones que hay a partir del dictamen del Tribunal Constitucional: nacieron aquí y esta sociedad tiene que asumir las consecuencias de esto, aunque fueran producto de un desorden, de una explotación social, y de todo lo que sabemos, pero nacieron aquí, y esta sociedad está obligada a protegerlos e integrarlos en igualdad de condiciones con todos los restantes dominicanos”, acentúa el doctor Cassá.
A juicio del historiador luego de “detenido el tráfico ilegal, lograda la minimización de los trabajadores haitianos, entonces, se debe proceder a un reconocimiento de derechos morales. Los haitianos que tengan un tiempo deben ser reconocido aquí en una residencia estable en plena legalidad con sus relaciones contractuales con los patronos o con quien sea. Plena legalidad y pleno reconocimiento de igualdad de condiciones respecto a la población dominicana”.
“El imperativo moral que tiene esta sociedad es acabar con esa situación ignominiosa de gente que son objeto de abusos. No es el infierno que cuentan, porque también hay un mito sobre esto, pero indudablemente eso no es moralmente aceptable. Y, desde luego, los hijos de haitianos que nacieron en este país deben ser plenamente reconocidos en igualdad de condición con cualquier otro dominicano. Nacieron aquí. Por derecho son dominicanos”, expone Cassá.
Guetto
“Sería ignominioso para esta sociedad pretender establecer un “guetto” sobre la base del principio del jus sanguinis que crearía entonces una porción inferior de personas nacidas en el país sin derechos ciudadanos. Eso sería horrible, eso no es lo justo. Lo justo es integrarlos, hacerlos partícipes de los problemas de la nación dominicana y que ellos mismos definan su estatus legal y nacional: si prefieren ser haitianos pueden ser residentes haitianos aquí, ese es su problema”, explica el historiador, a la vez que advierte que a partir de esa decisión el gobierno haitiano tiene que asumir también sus consecuencias.
¿Dominicanos o haitianos?
“El gobierno haitiano tiene un discurso esquizofrénico. Ellos reclaman que este país tiene que reconocer la ciudadanía dominicana a los hijos de haitianos, pero los protegen desde su discurso como si fueran haitianos. Entonces, defínanse, son haitianos o son dominicanos. Entonces si son dominicanos, ese es un problema que no atañe al gobierno de Haití, sería un problema exclusivo de la comunidad dominicana”.
Cassá plantea que esta discusión hay que sacarla del entorno internacional y asumirla la sociedad dominicana. “Es algo que nosotros los dominicanos estamos obligados a solucionar: cómo integrar a esa población producto del desorden de la explotación, de la corrupción que se ha formado con vistas a editar, a crear, a mi juicio y esto es fundamental, la creación binacional”.
“Este país no aguanta una sociedad binacional. No la aguanta por razones históricas, a mi juicio, pero en segundo lugar porque tenemos un Estado enemigo que usaría la condición nacional de una minoría haitiana para hacer daño a la comunidad dominicana”, argumenta.
Los ciudadanos haitianos en el país tienen que definirse si son haitianos o son dominicanos. “Si son dominicanos si se registran como dominicanos, sean que nacieron aquí, o que se les otorga la nacionalidad tienen que tener fidelidad a la nación dominicana. Eso es una discusión que hay que llevar en el interior de nuestro país. Si eso no se acepta, tenemos un nuevo reto; un nuevo problema: una comunidad nacional interna hostil al resto de la comunidad dominicana”, expresa.
Roberto Cassá expone que “si los haitianos en el país se constituyen en una minoría nacional hostil al resto de los dominicanos, hay que enfrentarlo y buscarle soluciones democráticas. En ningún caso, a mi juicio, la solución estribaría en el reconocimiento de constitucional de derechos específicos de una minoría nacional. Yo me opongo. Al igual que subrayo que hay que darle los derechos de todo ciudadanos en igualdad de condiciones absolutas y proceder a integrarlos, mediante los mecanismos de acceso a la educación, servicios sociales… todo lo que deba hacerse de una manera ordenada, humana, social, democrática”.
“Ahora, si vamos a tener una minoría nacional organizada con apoyo externo hostil entonces estamos en vísperas de una balcanización, de un problema muy grave, al grado de que hoy día ya hay publicistas haitianos que están planteando crear un tercer país que agrupe a las supuestas mayorías haitianas en las provincias fronterizas. Eso ya se está escribiendo en Haití. Este país no puede aceptar eso, porque sería el inicio de su desmembración”, recalca.
“El mérito del Tribunal Constitucional es haber abierto el problema, a pesar de que la respuesta no fue la adecuada, y el gobierno, yo tengo que reconocer, está tratando de dar pasos adecuados por lo menos en la formulación, aunque los resultados, vemos son muy limitados”, dicho esto, el historiador considera que no hay que derrotarse, sino trabajar en que haya una “agenda política” para detener la migración.
En la entrevista concedida a Retina, el doctor Cassá manifestó que “el gobierno está tratando de dar pasos, y eso es auspicioso, pero esto ya no es un problema de gobierno, es un problema de comunidad nacional”.
 



viernes, 21 de septiembre de 2018

Siete al anochecer (3)

https://acento.com.do/2018/opinion/8607900-siete-al-anochecer-3/






Antiguo parque Colón. 

27 de noviembre 1930
La historia de los Larancuent, del valor suicida de Alberto Larancuent Ramírez y varios de sus hijos es algo que causa admiración y parte el alma.

Alberto Larancuent había estado preso por oponerse a la farsa electoral que culminó con el triunfo de Trujillo el 16 de mayo de 1930 y la juramentación de Trujillo y Estrella Ureña el 16 de agosto del mismo año.
Lo soltaron para darle muerte, para dar un ejemplo, otro de muchos ejemplos a los opositores. El hecho ocurrió un mes después de la toma de posesión y apenas unos meses después del escandaloso asesinato de Virgilio Martínez Reyna, cuando todavía la bestia no se había juramentado. Muchos otros crímenes no figuran en los libros de contabilidad de la historia, pero la bestia chorreaba sangre por ojos, boca y nariz desde los inicios de su carrera de cuatrero, guarda campestre, asaltante, violador de menores y sobre desde que se puso al servicio de las tropas de ocupación del imperio en la llamada Guardia Nacional.    
Al temerario Alberto Larancuent lo balearon, le cayeron a     
balazos en público, como para que la gente viera que el brazo  de la bestia no tenía pudor ni reparos. Un siniestro personaje lo baleó a traición, por la espalda, mientras conversaba de noche con amigos en el parque Colón, y el primer disparo lo alcanzó en la nuca.
Alberto Larancuent escucharía el disparo, sentiría un dolor confuso, un hierro al rojo vivo a flor de piel, y se sorprendería quizás en el primer momento, antes de entender que la muerte lo buscaba y lo encontraba.
Larancuent se volvió con el rostro descompuesto: ¿Habrá tenido en ese momento un arrebato de furia, uno de esos que impulsan a luchar como las fieras cuando se sienten heridas de muerte? Quizás invadido por la rabia cometió la imprudencia de hacerle frente y sin armas a su verdugo que volvía a disparar y le dio en la mano, según se dice. Lo más probable es que Larancuent intentaría escabullir el bulto mientras el agresor se le acercaba disparando a mansalva. El alevoso vaciaría el revólver, lo dejó hecho un colador. Solo su alma, su lucidez y su entereza estaban intactas.
Me han cosido a balazos, dicen que dijo, y lo habían cosido literalmente a balazos. Los cirujanos del hospital Padre Billini encontraron en los intestinos diez perforaciones, otra en el pubis, dos en la vejiga, otra en los órganos genitales, amén de las del cuello y la mano.
Lucharon inútilmente durante horas tratando de salvarle la vida que, gracias a su increíble resistencia y fortaleza, conservó hasta la tarde del día siguiente. El entierro tuvo lugar en La Romana.
Pero la historia no termina aquí.
A su hijo Alberto lo asesinarían muchos años después, en 1948, en el mismo pueblo de La Romana. Su hijo Ramón apareció muerto al poco tiempo sobre los rieles de un ingenio azucarero. Su hijo César Federico pereció junto a la mayoría de los héroes de la repatriación armada del 14 de junio de 1959.
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Al automóvil del Jefe no le cabían más tiros, desgraciados. En ningún momento se les apretó el alma, lo masacraron al Jefe sin compasión, lo cocinaron a balazos, lo acribillaron, lo hirieron de muerte y le pasaron el carro por encima, lo remataron y después lo metieron en el baúl. Al chofer lo dieron por muerto y lo abandonaron, le dieron balazos de vicio, pero no lo martirizaron como al Jefe. No lo metieron en el baúl sin saber si estaba difunto. No se lo merecía el querido Jefe…
l l l
Los del Chevrolet sudaban la gota gorda. Sudaban como caballos y sus razones tenían para sudar mientras esperaban que la bestia hiciera su aparición. Se habían estacionado casi a tiro de piedra frente al Coney Island de la Feria, la pomposa Feria de la Paz y confraternidad del mundo libre, y mantenían las luces apagadas, por supuesto. La conversación apagada, a veces cáustica, nerviosa.
Unos tres kilómetros más adelante, y quizás también sudando a mares, esperaban Tejera y Livio Cedeño en el Oldsmobile.
Roberto Pastoriza estaba solo en un Mercury. La camisa empapada de sudor.
Imbert quizás sudaba más que los otros, sudaba copiosamente y el sudor le corría seguramente por los mofletes, por las manos regordetas y quizás torpes. Estrella Sadhalá y Antonio de la Maza, junto al veterano teniente García, contenían de alguna manera la impaciencia, pero todos sudaban copiosamente y la maldita bestia no aparecía.
Imbert estaba al frente del volante. El sería el único sobreviviente del grupo, él daría la versión oficial de los hechos, él crecería en su estatura heroica en cada versión de los hechos.
En la versión oficial de los hechos ocurrirían cosas que no se han podido desde luego comprobar y tampoco desmentir, en la versión oficial la bestia recibiría heridas que no recibió: la herida desgarrante que le destrozó el hombro en la refriega, la herida que no vieron y desmintieron los médicos que vieron el cadáver.
El se arrastraría junto a los demás por el suelo hasta llegar a pocos metros de la bestia, él apuntaría con su revólver desde el suelo y dispararía dos veces, la bestia caería bajo el fuego de sus disparos certeros, una bala le daría en la barbilla, se caería de espaldas, moriría inmediatamente. No se movería más.
Del otro lado, en la versión de Zacarías de la Cruz (el valiente y leal chofer de la bestia), ocurrirían otras cosas heroicas e imposibles de comprobar. La bestia le ordenaría detener el auto y bajarse a pelear. Se bajaría del auto, cuando ya estaba herido, enfrentaría a los conjurados, avanzaría hacia ellos disparando con su revólver 38, caería finalmente abatido, heroicamente abatido, mientras Zacarías vaciaba una ametralladora tras otra, sin darle tregua a sus oponentes.
¿No berrió la bestia como un chivo, no se ensució en los pantalones? ¿Lo dieron por muerto a Zacarías o se hizo el muerto, se escondió o salió huyendo?
Lo único que que permanece claro es que a la bestia la ejecutaron esa noche. Todo lo demás pertenece al imaginario colectivo.
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Bibliografía:
Federico D. Marco Didiez, Los primeros crímenes de Trujillo,
http://unojotacuatro.blogspot.com/2011/11/los-primeros-crimenes-de-trujillo.html



Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle 
http://www.amazon.com/-/e/B01E60S6Z0

jueves, 20 de septiembre de 2018

LECCIONES PARA BANQUEROS Y OTROS ASPIRANTES A LADRONES

(Fuente externa)

Unos ladrones entraron a un banco gritando:
"Que nadie se mueva, el dinero no es de ustedes, su vida en cambio les pertenece".

Todos en el banco, en silencio y lentamente se tiraron al piso.
A esto se llama: *CONCEPTOS PARA CAMBIAR MENTALIDADES*
Cambia la manera convencional de pensar en el mundo.


En eso, una mujer se acostó provocativamente en uno de los escritorios, pero un ladrón le gritó:
"Por favor, compórtese, se trata de un robo, no de una violación"
Esto se llama: *SER PROFESIONAL*
Enfócate en lo que estás especializado en hacer. 

Mientras los ladrones escapaban, el ladrón más joven (con 3 semestres de economía) le dijo al ladrón viejo (que apenas terminó la primaria): 
"Oye viejo, contemos cuánto nos llevamos".
El ladrón viejo, evidentemente enojado, le replicó: 
"No seas estúpido, es mucho dinero para contarlo, esperemos a que en las noticias nos digan cuánto perdió el banco".
A esto se llama: *EXPERIENCIA*
La experiencia es más importante que un papel de una institución académica.

Una vez que se fueron los ladrones el gerente del banco le dijo al supervisor que llamara de inmediato a la policía.
El supervisor le dijo: 
"Un momento, antes consideremos los 15 millones de pesos que nos faltan del desfalco del mes pasado y lo reportamos como si los ladrones también se los hubieran llevado
El Gerente dijo:
"Correcto".
A esto se llama: *GERENCIA ESTRATÉGICA*.
Sacar ventaja de una situación desfavorable.

Al día siguiente en las noticias de la televisión se reportó que se habían robado 100 millones del banco pero los ladrones solo pudieron contar 20 millones.
Los ladrones, muy enojados reflexionaron:
"Arriesgamos nuestras vidas por miserables 20 millones de pesos mientras el gerente del banco se robó 80 millones en un parpadeo".
Por lo visto conviene más estudiar y conocer el sistema que ser un vulgar ladrón. Esto es:
*EL CONOCIMIENTO ES TAN VALIOSO COMO EL ORO*.

El gerente del banco, feliz y sonriente, se sintió satisfecho ya que sus pérdidas fueron cubiertas por el robo.
A esto se llama: *APROVECHAR LAS OPORTUNIDADES*

Moraleja :

"DALE UN ARMA A UN LADRON  Y PODRÁ ROBAR UN BANCO.
DALE EL PAÍS A UN BANDIDO DE CUELLO BLANCO Y  SE ROBARA TODO EL PAIS