viernes, 27 de enero de 2023

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (12). La nave de la discordia

Pedro Conde Sturla

27 enero, 2023

Buques Fantasma y Aurora frente a Cayo Confites, 1947

En aquel islote devastado por el fuego amanecieron los frustrados expedicionarios aquel día memorable del 21 de septiembre de 1947. Uno de los tantos días memorables o inmemorables de Cayo Confites. Lo que tenían a su alrededor era un paisaje surrealista en el que todavía humeaban algunas brasas y yerbajos. A todos los embargaba un sentimiento de derrota y una rabia impotente entre pecho y espaldas.


Temprano, en la madrugada, el Estado Mayor tomó la decisión de redactar una orden que se entregaría personalmente de alguna manera a los desobedientes capitanes de los barcos. Lo malo es que carecían de un medio de transporte, no tenían ni un bote, ni siquiera un miserable bote. Sin embargo, por increíble que parezca, hubo quienes se ofrecieron de voluntarios para llevar la orden a nado. Apareció gente tan valiente o tan aburrida de la vida que estaba dispuesta a echarse al agua, a sortear los peligros de aquellas aguas plagadas de tiburones con tal de entregar la orden.

Por fortuna, allí estaba Pichirilo, Pichirilo Mejía, que aparte de valiente era inteligente. A Pichirilo se le ocurrió la idea tan elemental como brillante de usar, a manera de bote, uno de esos tanques mal lavados que originalmente se empleaban para almacenar petróleo y que en el campamento servían para almacenar el agua más o menos potable con sabor a rayos que bebían los expedicionarios. El mismo Pichirilo abordó el tanque y valiéndose de un remo improvisado o remando con las manos logró llegar no sin esfuerzo al buque Aurora, comandado por Virgilio Mainardi Reyna, uno de los tres hermanos Mainardi Reyna que formaban parte del ejército libertador.

Regresó al día siguiente, en un bote de remos y no en el tanque, pero con una noticia desalentadora. El comandante del buque Aurora se negaba a acatar las órdenes del Estado Mayor, alegando que tenía otras órdenes de Juancito Rodríguez, del comandante en jefe, órdenes de permanecer en su lugar hasta el momento de su regreso.

Así las cosas, Masferrer ordenó a Horacio Rodríguez (hijo de Juancito y jefe de despacho y mano derecha), que fuera en el bote que había traído Pichirilo a convencer a los testarudos comandantes de la perentoria necesidad de contravenir las órdenes del comandante en jefe, las órdenes de su padre, y acatar las de su estado mayor, convencerlos de la urgente necesidad de abandonar el cayo. Horacio logró persuadir al comandante del Fantasma y se supone que también al de la goleta Angelita, pero no al del Aurora. El Fantasma comenzó entonces a acercarse a la playa y el Aurora empezó a alejarse. Masferrer se había crecido y se había ensorberbecido en grado extremo y de inmediato se le metió en la cabeza que Horacio Rodríguez se había confabulado con Virgilio Mainardi, que lo había traicionado y que había que fusilarlo, provisionalmente, por lo menos fusilarlo. Ordenó entonces a sus matones que arrestaran a Horacio en cuanto desembarcara y lo que se produjo fue un incidente que pudo haber tenido terribles consecuencias. Horacio sacó su pistola y alguien le disparó una ráfaga que por pura suerte no dio en el blanco. Enseguida Horacio fue maniatado, atropellado, desconsiderado, encañonado y llevado en brazos por la fuerza al buque Fantasma. Hay que imaginar, por supuesto, lo que tal espectáculo de arbitrariedad produciría en el ánimo de los dominicanos, sobre todo, y en el de muchos otros cubanos. Esa vez la sangre estuvo más cerca que nunca de llegar al río, y el río iba ser bien caudaloso. Las relaciones entre los diferentes grupos de expedicionarios nunca habían sido buenas y la caldera de odios estaba a punto de estallar. Fue uno de los más difíciles y peligrosos incidentes que ocurrieron en Cayo Confites o que estuvieron a punto de ocurrir.

Dice Juan Bosch que «Vimos que iba a desatarse una guerra entre dominicanos y cubanos, lo cual hubiera sucedido sin ninguna duda en caso de que hubiera muerto José Horacio Rodríguez, no porque era el hijo de don Juan sino porque era un hombre de muchas condiciones buenas y muy valiente según lo demostró en esa ocasión […] Como los cubanos eran más que los dominicanos, nuestro destino era morir en ese cayo y después que nos mataran nos deshonrarían para poder explicar por qué nos habían muerto, pero afortunadamente la cosa no pasó de un largo momento de tensión que de milagro no desembocó en una matanza». (1)

El asunto se resolvió, pues, de alguna manera y entonces se procedió a enviar en el buque Fantasma a un grupo de hombres bien armados a perseguir al Aurora. Pocas horas después le darían alcance. A punta de ametralladoras, obligarían a su capitán a regresar con la nave al cayo, al incendiado Cayo Confites.
Los expedicionarios recuperaron su entusiasmo y empezaron frenéticamente a embarcarse en horas de la tarde, y al llegar la noche estaban listos para zarpar y zarparon con el buque Aurora a la cabeza, la goleta Angelita al centro y el llamado Fantasma en la cola.

En cambio el Berta brillaba por su ausencia. Unos días antes —como dijo en su relato Tulio H. Arvelo—, miembros de la Marina de Guerra cubana habían capturado el buque, el navío que viajaba entre el cayo y tierra firme para aprovisionar a los expedicionarios y que en una ocasión los había salvado del hambre y la sed. En él se encontraban, además de Tulio H. Arvelo, un pequeño grupo de hombres que fueron los primeros en ir a dar a la cárcel. La misma cárcel a donde irían a parar en los días siguientes una parte de los mil y tantos miembros del ejército de liberación que ahora se preparaban para zarpar, para emprender un azaroso viaje, tan azaroso como la estadía en el cayo, un viaje de pesadilla que los conduciría al fracaso. De fracaso en fracaso.


(Historia criminal del trujillato [118])

Notas:

  1. Citado por Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p. 285

Bibliografía:

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart. Instituto de Historia de Cuba, “La expedición de Cayo Confites, Su escenario hemisferico”

(https://www.institutomora.edu.mx/amec/XVIII_Congreso/JORGE%20RENATO.pdf)Robert D.

Los servicios de inteligencia de Trujillo y Cayo Confites

Bernardo Vega (https://catalogo.academiadominicanahistoria.org.do/opac-tmpl/files/ppcodice/Clio-2020-200-033-049.pdf)

Expedición de Cayo Confites                    

(https://www.ecured.cu/Expedici%C3%B3n_de_Cayo_Confites)

Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”.

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”



viernes, 20 de enero de 2023

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (11). El gran incendio

Pedro Conde Sturla 

20 enero, 2023


La masacre de Orfila desató de inmediato —tal y como lo describeTulio H. Arvelo— una guerra entre bandas rivales y una ola de persecuciones, registros y allanamientos que contaron con el visto bueno del general Genovevo Pérez Dámera, que se había convertido de repente en el hombre fuerte del país, y que fueron ejecutados por tropas del ejército. El operativo militar culminó el día 20 de septiembre con el allanamiento y registro de la finca América y el hallazgo de un sorprendente arsenal. La finca América era propiedad de José Alemán, uno de los funcionarios más encumbrados y corruptos del muy corrupto gobierno de Grau San Martín, el increíblemente rico ministro de educación, quizás el más firme aliado del movimiento de liberación. En esa propiedad encontraron suficientes armas para realizar una invasión y realizar varias guerras, todas las armas necesarias para el equipamiento de los buques y aviones que utilizaría el ejército expedicionario, bombas y proyectiles de varios tipos, ametralladores ligeras y pesadas, rifles, pistolas, revólveres,granadas, morteros y bazucas, municiones a granel, variados artefactos, un extraordinario surtido de pertrechos militares. Todo aquel valioso e indispensable material fue confiscado por la policía y se necesitaron trece camiones para transportarlo. (1)

A raíz de ese descubrimiento, que se sumaba a la agorera Masacre de Orfila, el mismo día 20 de septiembre Juancito Rodríguez fue llamado con urgencia a La Habana por el presidente Ramón Grau San Martín. Antes de partir, puso a
Manuel Calderón al mando del Estado Mayor y cometió el penoso error de poner a Rolando Masferrer al cargo del campamento. Además dejó unas instrucciones precisas. Los mandos militares debían esperar su regreso y el resultado de su reunión con el presidente cubano y cuando volviera se tomarían decisiones. Pero las cosas resultarían de otra manera.

Entre los hombres del campamento de Cayo Confites había cundido la alarma y habían empezado a temer lo peor. Dice Ángel Miolán que «Frente al posible estallido de la unidad interna», o en previsión de un ataque de barcos de la marina cubana «que parecían listos para desembarcar»(2), los expedicionarios habían empezado incluso a cavar trincheras.

Por lo demás, las noticias que se escuchaban en la radio ponían los pelos de punta. Muy pronto se supo que el Hotel Sevilla, donde el movimiento tenía sus oficinas, había sido allanado y que Manolo Castro, uno de los más connotados dirigentes, había sido detenido o estaba siendo buscado y que los experimentados pilotos gringos que estarían al frente de los bombarderos se habían esfumado. Muy pronto los expedicionarios de Cayo Confites llegaron a la conclusión de que la ira de todos los elementos volvería a caer sobre el cayo, que probablemente el cayo estaba a punto de ser cañoneado e invadido… Muy pronto llegaron a la conclusión de que tenían que salir del cayo.

Tras varias reuniones, y en franco desacato de las órdenes impartidas por Juancito Rodríguez, los jefes militares tomaron la decisión de partir hacia Haití.

En un principio, cuando el movimiento contaba con todos sus cuantiosos recursos materiales y humanos, Juan Bosch —en su papel de principal estratega— se había mostrado partidario de realizar el principal desembarco de la expedición en Santo Domingo con el apoyo de bombarderos y cañoneras y abundante fuego de ametralladora pesadas. Al joven Fidel Castro, en cambio, no le gustaba la idea de enfrentarse directamente con el ejército de la bestia, que tenía marina y aviación y muchos miles de hombres armados y entrenados por los yanquis, 
y se mostraba partidario de la guerra irregular, la guerra de guerrilla. Ahora, cualquiera de esas posibilidades estaba descartada. La nueva estrategia propuesta igualmente por Juan Bosch consistía en desembarcar en la costa norte de Haití, entrar al país por la frontera, proclamar un gobierno revolucionario, pedir el reconocimiento de Cuba, Venezuela y otros países.

El plan fue aprobado por unanimidad y de inmediato empezaron los preparativos para la partida. Por fin la partida, la anhelada partida. Todos se pusieron de común acuerdo en movimiento, ordenaron sus enseres, sus escasas pertenencias, sus muchos armamentos. Se despidieron del cayo, el maldito cayo. Se pronunciaron arengas emotivas, discursos patrióticos, frases triunfales.Finalmente procedieron a vengarse. Le pegaron fuego al cayo, a todo lo que podía arder en el  maldito cayo, empezando por las chabolas y los bohíos.

El cayo cogió candela por todos los poros, se incendió como una tea, se incendió como un cayo, como un incordio fatídico, iluminando los rostros satisfechos de los expedicionarios en las sombras de la noche, disipando las sombras de la última noche en el cayo. Todo lo que podía quemarse se quemó. Ya no había marcha atrás.

«A semejanza de las legendarias naves de Hernán Cortés, el cayo en llamas simbolizaba la decisión de los expedicionarios de partir hacia su destino, sin opción de regreso. “Confites [escribió José Luis Wangüemert] lucía como una inmensa antorcha de libertad”». (3)

Ahora sólo faltaba abordar las embarcaciones, que se encontraban extrañamente a una prudente distancia del lugar. Se les había dado aviso a los capitanes de que se acercaran a la playa y los barcos no se acercaban. El cayo ardía y el fuego poco a poco se consumía, los precarios refugios que habían dado albergue a los expedicionarios ya no existían, todos los hombres ardían con el cayo de impaciencia, pero los barcos no se acercaban y los hombres empezaban a desesperarse. Ahora estaban a la intemperie, con el cielo y las nubes como cobija. Pero los barcos no se acercaban. Le hacían señales a los tripulantes y los tripulantes no respondían.

Masferrer maldecía, injuriaba, rabiaba, amenazaba inútilmente, la cólera lo consumía. Sólo unos pocos sabían que, al momento de su partida, el muy previsor jefe de la expedición, el general Juancito Rodríguez, había dado órdenes terminantes a los capitanes de las naves de que no se movieran del lugar, que nadie saliera del cayo sin su autorización.

La rabieta de Masferrer al enterarse de la ingrata noticia no hizo más que empeorar. No atendía a razones, blasfemaba probablemente como un diablo, amenazaba con ejecuciones sumarias. Pero los barcos no se movían de su sitio. Los expedicionarios se habían puesto sus uniformes, se habían calentado al calor de las llamas y muy pronto comenzarían a enfriarse, a perder el entusiasmo que durante los preparativos los embargaba. Parecía que las penurias no iban a terminar nunca, parecía que siempre estaban empezando. Ahora estaban varados y desamparados en un cayo pelado, en una balsa de piedra y arena que navegaba hacia su perdición. 

(Historia criminal del trujillato [117])

Notas:
Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p. 274
Citado por Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p. 268
Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p. 283.
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart. Instituto de Historia de Cuba, “La expedición de Cayo Confites, Su escenario hemisferico”
(https://www.institutomora.edu.mx/amec/XVIII_Congreso/JORGE%20RENATO.pdf)Robert D.
Los servicios de inteligencia de Trujillo y Cayo Confites
Bernardo Vega (https://catalogo.academiadominicanahistoria.org.do/opac-tmpl/files/ppcodice/Clio-2020-200-033-049.pdf)
Expedición de Cayo Confites
(https://www.ecured.cu/Expedici%C3%B3n_de_Cayo_Confites)
Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”.
Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”


viernes, 13 de enero de 2023

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (10). El fin de la aventura

Pedro Conde Sturla


Genovevo Pérez Damera, Jefe del estado mayor del ejercito de Cuba. 

La expedición de Cayo Confites, a pesar de todos los problemas que confrontaba, no fracasaría a causa de sus conflictos internos sino por culpa de una nefasta confluencia de factores externos. El imperio y la bestia, cada uno por su lado, conspiraban desde el principio contra el movimiento, movían todos los hilos, los infinitos recursos de que disponían para malograrlo, provocar un aborto, la disolución del mas grande y mejor equipado y entrenado ejército que alguna vez se organizó contra el régimen de la bestia, y terminaron saliéndose con la suya.

Por otro lado, el apoyo que brindaba el gobierno de Ramón Grau San Martín a la expedición se sustentaba sobre una base inestable, precaria. Dentro del mismo gobierno había una feroz lucha interna entre diferentes facciones y altos funcionarios civiles y militares. No todas las instituciones del estado apoyaban el proyecto libertario y algunas lo adversaban abiertamente. Las fuerzas armadas, y muy en especial la marina de guerra, mantuvieron en el mejor de los casos una actitud ambigua. Pero el más grande y solapado enemigo era un mantecoso general de trescientas libras de peso que respondía al nombre de Genovevo Pérez Dámera. Era el jefe de estado mayor del ejército cubano y no solo respondía al nombre, sino también a la voz del amo y a la voz del dinero.

En el gobierno de Grau San Martín, que no era un modelo de probidad, los bandos políticos rivales —fuerzas oscuras, políticos pandilleros y pandilleros políticos que se disputaban a balazos una mayor tajada del poder— se movían con exceso de libertad y cometían actos terroristas y  se mataban entre sí.

La más glamorosa de todas las carnicerías protagonizada por políticos gansteriles y mafiosos que se llevó a cabo en el gobierno de Grau fue la masacre de Orfila. Ocurrió el 15 de septiembre de 1947, en La Habana, y fue aparentemente una especie de ajuste de cuenta entre dos bandas armadas que contaban hasta cierto punto con apoyo del gobierno.

Se trata de un episodio que Tulio H. Arvelo describe puntualmente en su libro, con su habitual economía de recursos, y al que considera desde el título el inicio del acabose de la expedición de Cayo Confites, “EL COMIENZO DEL FIN”:

«Un mediodía teníamos sintonizada la radio. Suspendieron la música y comenzaron a dar noticias de última hora. Sonaba un clarín y el locutor decía: ¡ULTIMA HORA! ¡ULTIMA HORA! y anunciaba a seguidas que se había desatado un tiroteo en el reparto Orfila de Marianao. Se trataba del enfrentamiento de dos bandos políticos rivales que habían sido armados por el presidente Grau San Martín. Miembros de uno de los grupos habían rodeado la casa donde almorzaban algunos de los principales líderes del otro. Los dirigentes de dichas facciones eran, por los sitiadores, el comandante Mario Salabarría y por los sitiados el comandante Emilio Tró quien con otros compañeros visitaba la casa del comandante Morín Dopico» (1)

Lo peor de todo es que el inoportuno tiroteo se convirtió en un factor casi determinante del fracaso de Cayo Confites:

«Este suceso del reparto Orfila tuvo una repercusión decisiva en el destino de los hombres de Cayo Confite.

«Después de este sangriento hecho se desató una persecución en La Habana y en toda Cuba contra los grupos políticos rivales. Entre las medidas que se tomaron estuvo el registro de la finca "América" perteneciente al senador Manuel Alemán. Allí estaban depositados todos los armamentos que se suponía iban a ser utilizados por los aviones que acompañarían a la expedición de Cayo Confite y también algunas de las armas especiales como bazucas, bombas, etc., las que fueron incautadas por la Policía. (…) Después que había pasado el tiroteo, a eso de las 4:30 de la tarde, estaba leyendo sentado en una de las cubiertas cuando al llegar una lancha de la Marina de Guerra Cubana que se pegó al barco, varios marinos armados de ametralladoras nos abordaron. Uno de ellos, amigo mío por las veces que había estado a bordo, me encañonó por las costillas y dijo: "Bueno, vamos preso, que ya se acabó esta aventura"» (2)

En efecto, la gran aventura de Cayo Confites había llegado o estaba apunto de llegar a su fin. El mismo Tulio no lo podía creer hasta que lo convencieron a punta de ametralladora:

»Mi primera impresión fue que se trataba de una broma. Por eso ni siquiera le hice caso y seguí la lectura. Pero el empujón que me dio con el cañón de la ametralladora por entre las costillas me hizo comprender que aquel marinero otrora tan cordial y afectuoso hablaba en serio».(3)


El famoso tiroteo del reparto Orfila duró varias horas y tuvo un desenlace tan  sangriento que conmocionó de mala manera a la población. Lo extraño del caso es que el presidente Grau San Martín se negó a intervenir, o más bien se negó incluso a recibir a las personas que acudieron al palacio a pedirle que interviniera. La noticia trascendió de inmediato y llegó a oídos del voluminoso Genovevo Pérez Dámera, que se encontraba en ese momento en Washington, en la capital del imperio, adonde había viajado discretamente con fines inconfesables. Fue él quien, desde Washington, envió tanques y camiones y vehículos blindados y numerosas tropas del ejército para ponerle fin a la contienda.

Una mujer encinta fue ametrallada y varios notorios personajes fueron ejecutados después de rendirse. Hubo un total de seis muertos y ocho heridos. Varias personalidades, y la opinión pública en general, señalaron a Grau San Martín como responsable y hasta lo acusaron de haber planificado el hecho o por lo menos de haber permanecido indiferente para propiciar el enfrentamiento de partidarios incómodos y librarse de algunos de ellos. De la matanza de Orfila saldría Grau San Martín debilitado y desprestigiado y se debilitaría por igual el apoyo que brindaba a los expedicionarios de Cayo Confites.

En cambio Pérez Dámera resurgiría  fortalecido y envanecido, y asumió de inmediato una serie de iniciativas y un papel protagónico que al decir de Humberto Vázquez García alarmó a varios dirigentes políticos por el peligro que representaba. (4) 


Pérez Damera ya se había vendido a Trujillo, y a muy buen precio además, aunque no tanto como lo que podía valer su peso en oro, y se había plegado naturalmente a los dictados del imperio. De varios asesores y altos funcionarios con los que se había reunido en más de una ocasión había recibido indicaciones o sanos consejos, instrucciones para poner las cosas en orden en la atribulada nación caribeña. No se podía permitir la existencia de bandas terroristas, no se podía permitir tanto desorden, no se podía permitir la existencia de un ejército como el de Cayo Confites,  integrado por una mayoría de cubanos cuyo verdadero objetivo era tumbar el gobierno de Grau San Martín y que en cualquier momento podía escapar al control de las autoridades. La matanza de Orfila sería el pretexto, la excusa perfecta para desmantelar al ejército expedicionario.


(Historia criminal del trujillato [110])

Notas:

  1. Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”, p. 81
  2. Ibid, p. 82
  3. Ibid, p. 83
  4. Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, págs. 264


Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart. Instituto de Historia de Cuba, “La expedición de Cayo Confites, Su escenario hemisferico”

(https://www.institutomora.edu.mx/amec/XVIII_Congreso/JORGE%20RENATO.pdf)Robert D.

Los servicios de inteligencia de Trujillo y Cayo Confites

Bernardo Vega (https://catalogo.academiadominicanahistoria.org.do/opac-tmpl/files/ppcodice/Clio-2020-200-033-049.pdf)

Expedición de Cayo Confites                    

(https://www.ecured.cu/Expedici%C3%B3n_de_Cayo_Confites)

Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”.

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”





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viernes, 6 de enero de 2023

Juancito Rodríguez y la expedición de Cayo Confites (9). La furia de todos los vientos

Pedro Conde Sturla

 Ramón Emilio Mejía del Castillo, alias Pichirilo, en compañía de Fidel y el Che


Muchas cosas andaban mal en Cayo Confites, y cuando nadie pensaba que podían ir peor comenzaron a agravarse, hicieron crisis, o más bien implosionaron.


El aprovisionamiento de agua y comida fue siempre difícil y precario y mantenía a los hombres en permanente estado de ansiedad. La convivencia con las moscas y los mosquitos y las epidemias era insoportable, casi tan mala como la convivencia armada entre gente de tan diversa mentalidad, educación y procedencia. En el cayo había idealistas dispuestos a darlo todo y había  bandas de ladrones dispuestos a robarte el alma y que obligaban a muchos legionarios a andar con sus efectos personales a cuesta. Había oportunistas, aventureros y tramposos, gente de bien en su mayoría y gente de mal que todo lo corrompía. Reinaba entre ellos la desconfianza, la desconfianza y hostilidad entre dominicanos y dominicanos, entre dominicanos y cubanos y sobre todo entre cubanos y cubanos. Las riñas y altercados y los insultos eran frecuentes. Hasta en el estado mayor se discutía con acritud por cualquier cosa. Es posible que ni siquiera hubieran llegado nunca a un acuerdo sobre el lugar en que efectuarían el desembarco.


El más purulento y podrido foco de descomposición moral y de tensión y provocación y la mayor amenaza a la convivencia y la disciplina provenía de los hombres de Masferrer, los matones de Masferrer. De ese mismo Masferrer que parecía cada día más haber sido enviado al cayo por los enemigos.


Los hombres de Masferrer se entretenían a menudo lanzando objetos e insultos contra los  miembros del batallón Guiteras mientras estos descansaban. Jugaban un poco con fuego porque se trataba del batallón mejor equipado y disciplinado, integrado además por auténticos revolucionarios, bajo el mando de un teniente coronel, llamado  Eufemio Fernández, que no era un improvisado. Fernández tenía formación militar, era un tipo aplomado, sereno, profesional,

que infundía respeto e inspiraba simpatía.



En la disciplina de los hombres del batallón Guiteras y la entereza de su comandante confiaban quizás los hombres de Masferrer para atreverse a provocarlos sin temor a una respuesta o represalia. Hasta que un día se rebosó la copa. Esa vez Fernández y Masferrer discutieron  agriamente  cuando Fernández le llamó la atención sobre el comportamiento de sus hombres y Masferrer se retiró taimadamente. Pero las provocaciones no cesaron. Sólo la sangre fría, la serenidad y entereza de Eufemio Fernández evitaron a la larga lo que pudo haber sido un enfrentamiento armado que hubiera puesto punto final a la aventura de Cayo Confites. (1)

Con justa razón Ángel Miolán se quejaría amargamente de que “No solo las epidemias, en constante crecimiento sino también la desintegración interna, generada por los intereses antagónicos de todo tipo, lo mismo que la anarquía, fruto de la desesperación, daban la impresión de que en cualquier momento la expedición desembocaría en un fracaso total”. (2)

Lo cierto es que, a esas alturas, probablemente lo único que los expedicionarios tenían en común era el deseo de abandonar el cayo, largarse del fatídico Cayo Confites. Un nuevo elemento, esta vez atmosférico, les daría muy pronto otro motivo aún más apremiante para desear marcharse.

Dicen que la noche es más oscura cuando va a amanecer, pero hay veces en que cuando la noche está más oscura se pone todavía más oscura y cuando parece que todo está perdido se pierde efectivamente todo. Los muy sufridos hombres de Cayo Confites creían que habían tocado fondo, que habían llegado al fondo del abismo, pero el abismo no tenía fondo, y ni siquiera sospechaban lo que se les venía encima, literalmente encima. La furia de todos los vientos, de todos los elementos, parecía haberse conjurado contra los expedicionarios.

Una brisas agoreras empezaron a hacerse sentir, ráfagas violentas de viento perturbado azotaron el islote, repentinos chubascos y olas encrespadas empezaron a causar preocupación. Las noticias que se captaban por la radio eran más que inquietantes. Se hablaba, por desgracia, de una perturbación atmosférica. Muy pronto sabrían que se trataba de un ciclón. Si en algunas ocasiones habían padecido sed y hambre, los expedicionarios ahora correrían peligro de morir ahogados, de ser arropados y arrastrados por las olas mar afuera o reventados contra los arrecifes. 

Según las informaciones que escucharon en la radio toda la región estaba amenazada. El cayo estaba como se sabe a ras de mar y los expedicionarios morirían en el diluvio o serían lanzados al aire por los vientos pues en el casi pelado cayo no había protección. Nada resistiría un choque frontal con el meteoro que se acercaba.

Por fortuna el ciclón no golpeó directamente el cayo, pero los efectos colaterales se hicieron sentir y con fuerza. En un primer momento se pensó en sacar a  Juancito Rodríguez, pero el mal tiempo arreció de repente y ya no hubo nada que hacer. Dice Humberto Vázquez García que durante tres días y tres noches los expedicionarios fueron azotados por aguaceros huracanados que los calaron hasta los huesos. Tres días y tres noches sin dormir, tres días y tres noches sin sosiego, tiritando  de frío y temiendo lo peor, dándose a veces por muertos, encomendándose a Dios y a las once mil vírgenes. El mar estuvo a punto de inundar el cayo, de penetrar por la parte más baja y cortarlo en dos. El pánico llegó a cundir en las filas. Sobrevivir no parecía una opción.

Pero faltaba todavía un ingrediente para empeorar las cosas. El buque Aurora se había quedado varado o mejor dicho incrustado en un banco de arena y las olas lo sacudían como a un muñeco. No era algo que debía tener mayor importancia en esos momentos de no ser porque el buque estaba cargado de dinamita y en cualquier momento podía reventar. Se ordenó entonces a los hombres que se movilizaran a uno de los extremos del cayo, lo más lejos posible de la corta distancia a la que se encontraba el barco.

 

Alguien tuvo entonces la iniciativa —la más feliz de todas las iniciativas de ese día—, de  recurrir a los buenos servicios de quien parecía ser el el más diestro y más valiente de todos los marinos que integraban la expedición. Se llamaba Ramón Emilio Mejía del Castillo, alias Pichirilo, el muchas veces heroico dominicano que apodaban Pichirilo, el mismo Pichirilo que sería héroe de Cayo Confites, timonel del Gramma, héroe de la revolución cubana, héroe de la insurrección de abril de 1965…


El hecho es que Pichirilo y otros marinos tuvieron el temerario valor de subir de alguna manera a bordo del inestable y potencialmente explosivo Aurora y al cabo de una lucha de cuatro horas lograron desencallar y salvar la nave y evitar que se produjera la temida explosión. Una proeza que fue aplaudida por todos los expedicionarios. El heroico marino sería designado capitán del Aurora. 


Ese mismo día Pichirilo también salvó la Goleta Angelita, cuyas amarras se rompieron y estuvo a un tris de irse a pique.


Después se supo que el ciclón se alejaba del cayo y se dirigía hacia La Florida. (3)




(Historia criminal del trujillato [110])

Notas:

  1. Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, págs. 204, 205.
  2. Citado por Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p.  205.
  3. Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, págs. 251-252


Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.


Dr. Jorge Renato Ibarra Guitart. Instituto de Historia de Cuba, “La expedición de Cayo Confites, Su escenario hemisferico”

(https://www.institutomora.edu.mx/amec/XVIII_Congreso/JORGE%20RENATO.pdf)Robert D.


Los servicios de inteligencia de Trujillo y Cayo Confites

Bernardo Vega (https://catalogo.academiadominicanahistoria.org.do/opac-tmpl/files/ppcodice/Clio-2020-200-033-049.pdf)


Expedición de Cayo Confites                    

(https://www.ecured.cu/Expedici%C3%B3n_de_Cayo_Confites)

Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón . Memorias de un expedicionario”.


Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”





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