viernes, 27 de noviembre de 2020

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (2)

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (2)

Jacinto, en cambio, eligió servir a Trujillo con la devoción y sumisión de un perrito, o quizás Trujillo lo eligió a él. A sus amigos idealistas, cuando lo importunaban con preguntas incómodas, Peynado solía decirles: "Hace mucho tiempo que yo enterré al Quijote".

Arturo Logroño y otros devotos cortesanos fueron probablemente los autores del discurso trascendental y patriótico que la bestia dirigió a la nación en enero de 1938 para anunciar el retiro de su candidatura a un tercer periodo. Era, como de costumbre, un discurso ornamental, florido, lacrimoso, emotivo, retórico y abstruso. Tal vez  incricitante. Trujillo lo pronunció, o más bien lo interpretó, con todo su patético histrionismo. No faltaron alusiones a la obra de Rabindranath Tagore, pasajes de inspirado misticismo, referencias a las grandes conquistas del pensamiento liberal y de la cultura democrática. Su "alejamiento del poder como rector de los negocios públicos" —dijo en tono probablemente lacrimoso, quizás también con lágrimas en los ojos, quizás con un sollozo ahogado—no debía y no debe de ninguna manera "provocar angustias ni zozobras en el ánimo de los hombres de orden, de paz y de trabajo; porque es una verdad indiscutible que las condiciones bonancibles en que se desenvuelven las actividades públicas y las actividades privadas de la complacida familia dominicana, ya no están expuestos a ser menoscabados por lamentables transgresiones al orden”.

Eso sí, la bestia dejó bien claramente establecido que hasta que siguiera latiendo su corazón no le faltaría a la patria ni su vigilancia ni sus servicios y que solo condicionalmente se apartaba de la vida y de la vía pública. Otro sería presidente en adelante, pero él seguiría presidiendo.

En consecuencia, solicitó al Partido Dominicano la nominación de Jacinto Peynado como candidato a la presidencia y la de Manuel de Jesús Troncoso de la Concha a la vicepresidencia. Para desempeñar esas funciones, o mejor dicho, para no desempeñarlas en absoluto, no había personas más idóneas.

Un coro de lamentaciones se hizo sentir entonces en todo el país. El querido Jefe no podía dejar sumidos en el abandono a sus infinitos seguidores, no podía dejar en la orfandad a todo el pueblo dominicano. Los más fieles cortesanos se rasgaban las vestiduras, cada uno pugnaba por lucir más apesadumbrado que el otro.

Las mujeres dejaron escuchar sus voces en una multitudinaria y aparentemente alegre  manifestación. Manifestaron su aprecio por el monarca con la misma intensidad que su inconformidad por el retiro de su candidatura. Le  rindieron pleitesía, homenajes de amor incondicional, homenajes florales. Las madres de los presos, supuestas o reales, portaban pancartas que derramaban bendiciones sobre la bestia, lo bendecían por haber liberado a sus hijos, por haber dejado limpias las cárceles. También había letreros donde podía leerse que los políticos y la política dominicana, al igual que Magdalena, habían sido redimidos por su amor (por el amor de Trujillo) del pecado. Ningún elogio, ninguna alabanza, por desproporcionada que fuese, parecía quedarle grande al perínclito. Ni siquiera compararlo con Jesucristo. En los medios oficiales, el clamor de todo el pueblo pedía su repostulación, pero todo fue inútil.Trujillo persistió en su “inquebrantable decisión de entregar el poder”.

El pueblo entonces cedió, los dirigentes del Partido Dominicano cedieron, con grandes muestras de pesar, a los deseos del querido Jefe. Una disciplinada convención, que tuvo lugar en febrero de 1938, dio como resultado la proclamación de Peynado y Troncoso como candidatos a las más altas magistraturas del estado. El triunfo, en las elecciones del 16 de mayo fue arrollador. No se contó un voto en contra y más de trescientos mil a favor.

Jacinto Peynado era miembro de una prominente familia en la que sobresalía su hermano Francisco, un prestigioso abogado que había servido a su país en circunstancias cruciales y con el cual no tenía muchas cosas en común. De él decía  Rufino Martínez que era “uno de los dominicanos mejor estructurados para las manifestaciones nobles de la vida”.

Jacinto, en cambio, eligió servir a Trujillo con la devoción y sumisión de un perrito, o quizás Trujillo lo eligió a él. A sus amigos idealistas, cuando lo importunaban con preguntas incómodas, solía decirles: "Hace mucho tiempo que yo enterré al Quijote". Nunca sirvió, en efecto, a un ideal, sólo vivió para servir a Trujillo. Él y su esposa Cusa, la difícil doña Cusa, crearon y popularizaron la frase "Con Dios y Trujillo", pusieron en el frente de la casa un letrero que decía "Con Dios y Trujillo", luego pusieron otro más grande con el mismo Dios y Trujillo. Dicen que doña Cusa, o quizás el mismo Peynado, querían en un principio invertir los términos, pero la idea fue desestimada por atrevida o irreverente.

El hecho es que el mismo Dios y Trujillo aparecerían luego en una placa de bronce con la efigie de Trujillo que se vendía como pan caliente a los empleados del gobierno y que se hizo mandatorio colgar en un algún lugar visible de muchos hogares, preferiblemente la sala o el comedor. La efigie de Trujillo, a la larga, terminó desplazando a Dios, como querían Peynado y doña Cusa.

A Jacinto Peynado también se le atribuye ser autor de la frase: "En esta casa manda el jefe". Vivía para adularlo y lo adulaba para vivir. Pero Trujillo nunca agradeció sus desvelos. Le pagaría a Peynado, como pagaba a muchos de sus más serviles servidores, con humillaciones, desplantes, desconsideraciones de todo tipo.

Peynado había sido —casi sin pena y sin gloria—presidente interino putativo cuando sustituyó a Rafael Estrella Ureña en 1930 y había sido vicepresidente putativo bajo el gobierno de Trujillo desde 1934 hasta 1938, pero su ascenso a la presidencia putativa de la República fue, desde el principio, equivalente a un trago amargo, muchos tragos amargos. algo penoso y vergonzoso. Trujillo se propuso maniatarlo políticamente, si acaso no lo estaba ya, cortarle por completo las alas, abolir hasta los elementos simbólicos o más bien decorativos del poder que representaba en sus manos la presidencia de la República. Se empeñó, sobre todo, en recordarle a cada momento que quien mandaba era él, el generalísimo Trujillo, como si alguien en su sano juicio pudiera olvidarlo, como si de un hombre tan inofensivo y pusilánime pudiera temer algo.

La bestia disfrutaba envileciendo a sus cortesanos, manteniendo con ellos una relación de acercamiento y distanciamiento, dispensando a capricho favores y castigos, dosificando el terror que inspiraba para envenenarles sin remedio el alma.

Dicen que a Balaguer en esa época le llamaba Pupú, cariñosamente Pupú. A Jacinto Peynado, alias Mozo, lo trataba como si lo fuera.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [50]

https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Rufino Martinez "Diccionario-biografico-historico-dominicano, 1821-1930".

Trujillo declinó seguir Presidencia en 1938 El Nacional (https://elnacional.com.do/trujillo-declino-seguir-presidencia-en-1938)


viernes, 20 de noviembre de 2020

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (1)

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (1)

La matanza haitiana tendría por lo menos una consecuencia amarga para la bestia. Le echó a perder, momentáneamente, el favor del imperio, y hasta el de Cordell Hull, en apariencia, y le echó a perder la reelección. El proyecto reeleccionista.

La matanza haitiana —la misma que los nazionalistas llaman "dominicanización" de la frontera y desearían repetir— fue uno de los más desenfrenados episodios de la llamada era de Trujillo, la más grande orgía de sangre, aunque no la única, que se produjo durante el régimen de la bestia.

Fue, sin duda, el hecho que más problemas le acarreó en la primera década  de su gobierno y el de más ingrata recordación. De no haber contado con la valiosa colaboración o complicidad del presidente de Haití, su lacayo Sténio Vincent,  quizás no hubiera permanecido en el poder, quizás habría podido disfrutar de los placeres de un dorado exilio o de una muerte temprana. Felizmente temprana.

A Vincent le costó el cargo, dos años después,  la manera pusilánime con que había encarado los acontecimientos, pero la bestia tenía incontables recursos y maniobró de manera expedita, poniendo o contribuyendo a poner en su lugar a Élie Lescot.

Élie Lescot no era un lacayo, era un arrastrado, era un servil a quien Trujillo tenía amarrado, como dice Crassweller, "con una soga de oro". Había sido embajador de Haití en la República Dominicana, pero al servicio de Trujillo (un poco al revés de lo que sucedía con cierto reciente embajador dominicano en la República de Haití). Además, Lescot había sido cómplice de todas las maniobras diversionistas: las muchas bombas de humo con que Trujillo trató de ocultar al mundo los escabrosos detalles de la "dominicanización" de la frontera. La atroz limpieza étnica. 

La llegada de Lescot al poder anunciaba, según el parecer del gobierno dominicano, "una nueva era de imperturbable cordialidad y fructífera colaboración en todos los campos de actividad" entre ambas naciones. En el trono de Haití había colocado la bestia a su más rastrero servidor, un incondicional a toda prueba.

Sin embargo, y a pesar de todos los pronósticos, la criada le salió respondona. Nada más llegar al poder, o por lo menos al poco tiempo, Élie Lescot se le viró a Trujillo. Descubrió que era nacionalista, sobre todo después de que Trujillo organizó un atentado para matarlo. Un frustrado atentado que contó con la participación de un comando compuesto por quince  haitianos. Las relaciones se pusieron tirantes. Se hablaba de una posible invasión de la República Dominicana a Haití.

Lescot llegó a prohibir a la prensa haitiana mencionar a Trujillo y a República Dominicana y se mantuvo un tiempo, de forma muy vacilante, en el poder, esquivando trampas y asechanzas. A la larga perdió el pleito y fue derrocado por una revuelta en la cual siempre se vio la mano larga de la bestia. Derrocado, sin dinero, posiblemente sin amigos, se exiliaría en Canadá. Allí se ganaría la vida durante un tiempo haciendo y vendiendo corbatas.

La matanza haitiana tendría por lo menos una consecuencia amarga para la bestia. Le echó a perder, momentáneamente, el favor del imperio, y hasta el de Cordell Hull, en apariencia, y le echó a perder la reelección. El proyecto reeleccionista.

Desde muchos meses antes de la matanza, la maquinaria reeleccionista se había puesto en movimiento y un ensordecedor clamor público se escuchaba por todo el país. A una sola voz, en pueblos y ciudades, se hacían manifestaciones populares, popularísimas, en las que oradores de barricada se desgañitaban pidiendo la reelección. La prensa y la radio (La Voz del Partido Dominicano) pedían la reelección, el pueblo unánime pedía al querido Jefe que continuara en el poder por otro periodo.

A la bestia se le ocurrió entonces (o quizás a alguna de las mentes maestras que dirigía la campaña) un ardid publicitario para aumentar, así fuera artificialmente, la intensidad de los reclamos y la popularidad del candidato.

De modo que, en el mismo mes en que se había consumado la matanza, el mes de octubre, la bestia pidió humildemente un permiso al honorable congreso para ausentarse del país y el congreso se lo negó. Responsablemente se lo negó. Trujillo hizo la petición, como dice Crassweller, sin mencionar ningún motivo ni destino y sé sentó a esperar la reacción, y todo salió a pedir de boca. Los gritos de alarma se escucharon por doquier. Las fuerzas vivas tronaron, demandaron que le fuera negada la aprobación de salir a un hombre imprescindible, de cuyos titánicos hombros pendía el destino de la nación. Un gobernante y un líder y casi un santo de altar cuya más breve ausencia podría provocar una catástrofe de proporciones incalculables y afectar irreversiblemente el progreso de la República. En consecuencia, ocho días después de haber recibido la petición, el congreso negó dignamente la aprobación. La bestia cedió entonces a la voluntad del pueblo y del congreso. Estaba satisfecho, mucho más que satisfecho. Todo aquel teatro había mostrado una vez más el amor que los dominicanos profesaban al querido Jefe. O por lo menos eso parecía ante los ojos del  demoníaco megalómano, el incurable mitómano. El hombre que nunca se cansó de escuchar su nombre, de escuchar las más hipócritas alabanzas durante toda su vida.

No obstante, en el mes de diciembre el  escándalo provocado por la matanza haitiana se había convertido ya en una creciente ola de indignación en el extranjero. Sus amigos  del imperio seguían enojados y el enojo no parecía disminuir.

El segundo periodo de gobierno de la bestia estaba llegando a su fin, y sin embargo —dadas las circunstancias—, no le pareció prudente seguir poniendo en riesgo su candidatura. Tendría que sacrificarse por la patria, hasta que las cosas se enfriaran. El país también se sacrificaría, por desgracia. Tendría que prescindir del imprescindible. El perínclito se tomaría unas vacaciones, se haría discretamente a un lado hasta que volviera a tomar directamente las riendas, pero no dejaría la patria en el abandono. Dejaría nominalmente la presidencia y vicepresidencia en manos de dos personajes singulares: Jacinto Bienvenido Peynado Peynado, alias Mozo, y Manuel de Jesús María Ulpiano Troncoso de la Concha.

Peynado era uno de sus más leales y serviles servidores. En el frente de su casa había un letrero de gran tamaño que rezaba "Dios y Trujillo". Lo habían puesto, de común acuerdo, él y su esposa, su amante y arrogante esposa Cusa, tan firme en sus afectos, en su lealtad a toda prueba. Casi tan devota a Peynado como a Trujillo.

De tal manera, la patria seguiría providencialente en las seguras manos de Dios. Seguiría con Dios y con la inestimable ayuda que Trujillo le prestaría. Seguiría con Dios y con Trujillo o con Trujillo y Dios y con Peynado, que era lo mismo, casimente lo mismo.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [49]

https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”

lunes, 16 de noviembre de 2020

SOY CREYENTE



MALAGUER



EL ESCRITOR

Alguna vez me han preguntado, me he preguntado yo mismo muchas veces cómo se convierte uno en escritor. Cómo se aprende el oficio.


Uno comienza juntando palabras con un trabajo enorme en mi caso, las pone unas al lado de otras y sobre otras, como si fueran bloques o ladrillos, como si fuera uno una especie de albañil. 
Uno se pasa horas enteras para escribir una página y a veces muchos meses, muchos años para escribir un cuento o una novela.
Escribes durante días, durante meses, durante  años, pero no eres escritor. 

Disfrutas de la felicidad y el tormento de escribir, pero no eres escritor.   
Hasta que un día descubres una particular forma de decir las cosas que puede ser tuya o no ser tuya, pero que sientes tuya. No sé si buena o mala, pero que sientes tuya.
El oficio consiste en ser tu mismo. El oficio consiste en encontrarte.      
Entonces uno se convierte, si acaso se   convierte, en escritor. 


SER ESCRITOR


 

HACERSE AL AMAR



 

TRES COSAS


 

HACERSE AL AMAR

 


TRES COSAS...

 



viernes, 13 de noviembre de 2020

Noticias de la frontera

Pedro Conde Sturla

16-11-2020 00:03

La primera noticia sobre la matanza haitiana, la llamada masacre del perejil, llegó a las páginas de "The New York Times" con casi tres semanas de atraso. Apareció en la página 17mel día 21 de octubre del fatídico año de 1937, en un reducido espacio de apenas tres pulgadas, una delgada columna de tres pulgadas. En realidad, más que de una noticia se hablaba de un rumor, de un incidente en la frontera domínico-haitiana, unos cuantos muertos, unos cuantos heridos. Nada del otro mundo.

La matanza, después de todo, no había afectado los intereses de las inversionistas extranjeros. Ningún haitiano, de los muchos que trabajaban en los ingenios azucareros, había sido sacrificado ni molestado. Se había pagado el merecido tributo de respeto al dios dinero, solamente las vidas de unos cuantos miles de seres humanos habían sido tronchadas.

A Trujillo, por supuesto, esas muertes no le quitaban el sueño, de lo contrario no habría pegado un solo ojo en su vida. A él le había divertido el episodio, lo había descrito gráficamente, imitando con el brazo el movimiento de un  machete cortando cabezas. Lo había descrito fonéticamente y sonriente,  imitando con un lúgubre y ocurrente cha cha cha el sonido de los machetes al cortar pescuezos haitianos y domínico-haitianos. Dicen que dijo: "Mientras yo estaba negociando, allá afuera estaban haciendo cha cha cha". Los haitianos bailando el cha cha del horror. El horror, el horror, el corazón de las tinieblas de las que habla el maestro Conrad.

Crassweller se sobrecoge, con razón, al describir la naturaleza helada, satánica, demoníaca, luciferina o dantesca del personaje, la frigidez de espíritu de aquel hombre capaz de pronunciar tan despiadada sentencia. Una sentencia tan despiadadamente repulsiva. La grotesca imagen, la música retorcida de una danza infernal, el macabro cha cha cha que anidaba en la mente de aquel monstruo. La mente de la bestia.

Trujillo mantenía en esa época las mejores relaciones con Haití, cuyo presidente era Sténio Vincent. Con éste se  había reunido  un año antes,  en 1936, para ratificar los términos de un tratado fronterizo en el que se perdió por negligencia o torpeza una porción nada desdeñable del territorio nacional. La firma del tratado, que contribuía supuestamente a la pacificación de la frontera, infló de tal manera el ego de Trujillo que lo movió a postularse o hacerse postular, junto a Vincent, como candidato al Nobel de la paz.

Vincent se encontraba, pues,  tan a gusto con Trujillo que no quiso, en principio, darse por enterado de la matanza y poner en riesgo el apoyo material y financiero con el que la bestia contribuía a mantenerlo en el poder y que no dejó de fluir —quizás con un mayor caudal—, en esos días. 

La primera iniciativa diplomática del gobierno haitiano fue una discreta nota elaborada con la más fina cortesía, una comunicación que Crassweller considera como un milagro de moderación. La delicada nota pedía cortésmente que se abriera una investigación, pero al mismo tiempo concedía al gobierno dominicano el crédito de la duda. Se ponía graciosamente en duda la participación del gobierno en ciertos hechos de sangre y se pedía gentilmente por rutina, sólo por rutina, establecer la veracidad de los hechos. Unos días después ambos gobiernos firmaron un grotesco documento que no se hizo público y que forma parte de la historia universal de la infamia. Se anuncia la solicitada y cordial investigación, se ponen de relieve las inmejorables relaciones y la armonía reinantes entre Santo Domingo y Haití y entre Trujillo y Vincent, se reducen a su mínima expresión y a su mínima importancia  los recientes incidentes fronterizos, los reportes de muertos y heridos, los vagamente muertos o heridos, no la matanza de un número mal estimado de veinte mil seres humanos. Lo importante es la armonía que reina entre ambos pueblos, la armonía que debe mantenerse, la labor patriótica y a la vez humanista  de los gloriosos estadistas que conducen los destinos de ambas naciones con tan alto espíritu de moral y de justicia. Se pide para ellos el aplauso del mundo. El papel lo aguanta todo.

Pero a pesar de los esfuerzos por evitar la mala prensa, la verdad terminó abriéndose paso, o por lo menos parte de la verdad. Se abrió, sí, confusamente paso, a trompicones, como quien dice a cuenta gotas, y el escándalo estalló finalmente y muchos se horrorizaron. Hasta los mejores padrinos del sátrapa en la capital del imperio se horrorizaron o fingieron horrorizarse. Hasta su gran protector, su gran amigo Cordell Hull, el flamante Secretario de Estado de los Estados Unidos, el hombre al que le otorgarían el premio Nobel de la Paz en 1945, el que tanto lo alababa y lo quería fingió desvergonzadamente horrorizarse.

Sténio Vincent no pudo esta vez resistir la presión, la indignación de la opinión que ya era pública en su país y en el extranjero. Se vió entonces precisado a solicitar, contra su voluntad, la intervención de México, Estados Unidos y Cuba para mediar en el conflicto y  esclarecer todos los hechos. Algo que suele llamarse en forma eufemística "una exhaustiva investigación",  de esas que no conducen a ningún resultado. Trujillo protestó, movió las piezas del ajedrez político que se jugaba en Washington, los diputados y senadores que servían a sus intereses por un inmódico precio.

Mientras algunos representantes pedían severas sanciones para la República Dominicana, Cordell Hull, que estaba inconsolable, propuso que se llegara a un acuerdo entre la república haitiana y la dominicana. Con un candor digno de mejor causa, dijo sentirse perturbado, abrumado por los hechos que se le imputaban al gobierno de un hombre del cual se honraba en ser su amigo, el amigo leal al que nunca dejaba de demostrar su admiración y respecto, un hombre al que siempre había considerado como uno de los grandes estadistas de América, del cual era uno de sus grandes admiradores y defensores y del cual recibía seguramente  de vez en cuando espléndidas muestras de agradecimiento. Nadie como Cordell Hull podía sentirse tan decepcionado por las atrocidades que se le imputaban a su protegido ni tan deseoso de contribuir al esclarecimiento de los hechos.

Total, que la investigación se convirtió en una negociación entre Santo Domingo y Haití (con la providencial intervención del nuncio papal), se convirtió a la larga en una supuesta indemnización, en un acuerdo de pago firmado por ambas naciones. Se acordó la suma de setecientos cincuenta mil pesos en un plazo de cinco años para compensar a los familiares de los trabajadores muertos. El primer desembolso fue de doscientos cincuenta mil pesos y los quinientos mil restantes fueron reducidos luego por supuesto mutuo acuerdo a doscientos setenta y cinco mil. La mayor parte del dinero fue a parar, desde luego, a las manos de "servidores" públicos corruptos, a políticos y militares y toda clase de crápulas. Lo más indignante es el precio que se pagó o, mejor dicho, el precio que no se pagó, a manera de compensación, por cada haitiano muerto. A dos centavos por cabeza —de acuerdo a la más generosa estimación— salieron los muertos, quizás menos. Dos centavos que los familiares nunca vieron.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [48](https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html)

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.

El día que Trujillo cedió parte del territorio a su aliado haitiano

(https://www.diariolibre.com/revista/el-dia-que-trujillo-cedio-parte-del-territorio-a-su-aliado-haitiano-FF8777502).

Trujillo le regaló La Miel a Haití | Hoy Digital (https://hoy.com.do/trujillo-le-regalo-la-miel-a-haiti/)

sábado, 7 de noviembre de 2020

Visiones y alucinaciones de Omar al Jayyám (1-4)



 Visiones y alucinaciones 

de Omar al Jayyám (1)


Pedro Conde Sturla

16 octubre, 2020


En la la época de oro del islam vivió en Persia —la Persia medioeval—, un sabio que dejaría una profunda huella en la historia. Se llamaba Omar ibn Ibrahim al-Khayyami, y fue astrónomo y jurista, matemático y poeta, físico y metafísico, médico, libertino, bebedor y sibarita, entre otras muchas cosas. Pero sobre todo poeta. Bebedor y poeta. Es el mismo que conocemos como Omar Jayyám o Khayyám o simplemente Jayam. Un nombre que significa fabricante de tiendas, que era el oficio de su padre.

Fabricante de tiendas fue tu padre, / y tú, Khayyám, ingrato al noble oficio, / tras no sé qué ignorado beneficio, / tiendas de ciencia te pusiste a hacer.


La Parca con sus fúnebres tijeras / cortó en pedazos tu telar flamante... / y luego, un baratero trashumante, / «Por lo que den» los hubo de vender.

Jayyám tuvo la fortuna de nacer en Nishapur, en el lejano 1048, y se dice que falleció a los ochenta y pico de años, en el 1131. Toda una proeza en esa época. Nishapur, una rica región agrícola, pertenece a lo que hoy es Irán y estaba situada en la zona de influencia de la ruta de la seda, la ruta del comercio entre China y el Mediterráneo, y era la capital del reino selyúcida. En esa época Europa estaba en tinieblas y la tierra natal de Jayyám era un faro de luz, el centro del más intenso tráfico de mercancías y viajeros procedentes de los más variados rincones de la tierra. Disfrutaba, pues, de gran prosperidad, y sus famosas escuelas y centros de enseñanza permitían a los privilegiados el acceso a la más elevada formación académica, científica, la más refinada cultura. Pero era también la sede de un régimen teocrático, tiránico por definición, donde el pensamiento estaba regulado al detalle por la religión y la política. Regulado por la sharia, la ley islámica surgida del Corán. Nada permitía, en consecuencia, anticipar el surgimiento de un hombre con la extraordinaria mentalidad libertaria, sacrílega e incluso provocadora de Omar Jayyám. Un liberal, un visionario, un alucinado.

Jayyám era un científico que ejerció, quizás clandestinamente, la poesía como ciencia. Con la poesía quería desentrañar el misterio del universo o por lo menos el sentido de la vida.Ese es, por lo menos, el Omar Jayyám de la novela “Samarcanda”, la evanescente y mágica novela que Amin Maalouf publicara en 1988. Pero no hay razón para pensar que podía ser diferente. En el escenario fastuoso de esa ciudad, a la que Edgar Allan Poe llamó “reina de la tierra”, Omar Jayyán diáloga en la novela de Amin Maalouf con el cadí Abu Taher, la máxima autoridad del lugar. El diálogo gira en torno al quehacer científico de Kayyán y a la poesía, los atrevidos cuartetos o rubaiyat que ocasionalmente escribe:

“—Tengo que pedirte un favor.
“—Eres tú quien me colma de favores.
“—iLo admito! -concede rápidamente Abu Taher-. Digamos que quisiera algo a cambio.
Han llegado ante el pórtico de su residencia y le invita a proseguir su conversación en torno a una mesa bien surtida.
“—He concebido un proyecto para ti, un proyecto de libro. Olvidemos un momento tus ruba’iyyat. Para mí eso sólo son los inevitables caprichos del talento. Los campos donde verdaderamente destacas son la medicina, la astrología, las matemáticas, la física, la metafísica. ¿Estoy en un error si digo que desde la muerte de Ibn Sina nadie los conoce mejor que tú?
Jayyám no dice ni una palabra. Abu Taher prosigue:

“–Es en esos campos del conocimiento donde espero de ti el libro último y ese libro quiero que me lo dediques.
–No pienso que haya un libro último en esos campos y precisamente por eso hasta el presente me he contentado con leer y aprender, sin escribir nada yo mismo.
“—iExplícate!
“—Consideremos a los antiguos, los griegos, los indios y los musulmanes que me han precedido. Ellos han escrito profusamente sobre todas esas disciplinas. Si repito lo que han dicho, mi trabajo es superfluo; si les contradigo, como constantemente estoy tentado de hacer, otros vendrán después de mí para contradecirme. ¿Qué quedará mañana de los escritos de los sabios? Solamente las críticas hacia aquellos que les han precedido. Se recuerda lo que destruyeron de la teoría de los otros, pero lo que desarrollan ellos mismos será indefectiblemente destruido, ridiculizado incluso, por aquellos que vengan después. Ésta es la ley de la ciencia; la poesía no conoce semejante ley, no niega jamás aquello que la ha precedido y lo que la sigue jamás la niega, atraviesa los siglos con toda tranquilidad. Por eso escribo mis ruba’iyyat.¿Sabes lo que me fascina de las ciencias? Que encuentro en ellas la suprema poesía: con las matemáticas, el vértigo embriagador de los números; con la astronomía, el enigmático susurro del universo”.

Al cadí no le gusta lo que escucha, el ejercicio de la poesía es improductivo y puede ser peligroso. Era y sigue siendo peligroso, pero Omar Kayyán no parece dispuesto a renunciar a la poesía. Ante la aprensión “de Abu Taher, Omar se excita e insiste:

“—No soy de aquellos cuya fe sólo es terror al juicio, cuya oración sólo es prosternación.
¿Mi forma de rezar? Contemplo una rosa, cuento las estrellas, me deslumbra la belleza de la creación, la perfección de su orden, el hombre, la obra más bella del Creador, su cerebro sediento de sabiduría, su corazón sediento de amor, sus sentidos, todos sus sentidos, despiertos o satisfechos.

“Con los ojos pensativos, el cadí se levanta, va a sentarse al lado de Jayyám y apoya sobre su hombro una mano paternal. Los guardias intercambian miradas de asombro.

“—Escucha, joven amigo, el Altísimo te ha dado lo más valioso que un hijo de Adán puede obtener, la inteligencia, el arte de la palabra, la salud, la belleza, el deseo de saber, de gozar de la existencia, la admiración de los hombres y, lo sospecho, los suspiros de las mujeres. Espero que no te haya privado de la prudencia, la prudencia del silencio, sin la cual nada de todo eso puede apreciarse ni conservarse.

“—¿Tendré que esperar a ser viejo para expresar lo que pienso?
“—El día en que puedas expresar todo lo que piensas, los descendientes de tus descendientes habrán tenido tiempo de envejecer. Estamos en la edad del secreto y del miedo, debes tener dos caras y mostrar una de ellas a la multitud y la otra a ti mismo y a tu Creador. Si quieres conservar tus ojos, tus oídos y tu lengua, olvida que tienes ojos, oídos y lengua”.


Visiones y alucinaciones 

de Omar al Jayyám (2)


Pedro Conde Sturla

23 octubre, 2020


Las terribles palabras que le dice el cadí Abu Taher a Omar Jayyám sobre el peligro de expresar lo que siente, se repiten como un eco en su cabeza: “Si quieres conservar tus ojos, tus oídos y tu lengua, olvida que tienes ojos, oídos y lengua”.


En el mundo en que viven, el mundo que describe Amin Malouf en la novela “Samarcanda” —y en el mundo real de esa época y de muchas otras épocas—, está prohibido hablar.



Ahora, en la novela de Maalouf, “El cadí se calla, su silencio es hosco. No es de esos silencios que llaman a las palabras del otro, sino de los que retumban y llenan el espacio. Omar espera con la mirada baja, dejando escoger al cadí entre las palabras que se atropellan en su mente”.

“Pero Abu Taher respira profundamente y da a sus hombres una orden tajante. Se alejan.

En cuanto cierran la puerta se dirige hacia un rincón del diván, levanta un paño del tapiz y luego la tapa de un cofre de madera damasquinada. Saca de él un libro que ofrece a Omar con un gesto ceremonioso, verdad es que suavizado por una sonrisa protectora”.

Se trata de un volumen “grueso, áspero, repujado con dibujos en forma de semicírculo, bordes de las hojas irregulares, mellados. Pero cuando Jayyám lo abre, en esa inolvidable noche de verano, sólo contempla doscientas cincuenta y seis páginas en blanco, sin poemas aún, ni pinturas, ni comentarios en el margen, ni iluminaciones”.

Todo esto ocurre en la novela de Maalouf y puede haber sucedido en el mundo real o surrealista de Omar Jayyám. Lo que sigue pudo también haber sucedido y sucedió de alguna manera, pero la verdad no tiene mayor importancia. Es la poesía lo que ahora importa:

“Para ocultar su emoción, Abu Taher adopta un tono de charlatán.

“—Es kagez chino, el mejor papel que se ha obtenido jamás en los talleres de Samarcanda. Un judío del barrio de Maturid lo fabricó para mí según una antigua receta enteramente a base de morera blanca. Tócalo, es de la misma savia que la seda”.

El cadí contará a continuación algo terrible que estremece al lector. Una dolorosa revelación:

“Se aclara la garganta antes de explayarse:

“—Yo tenía un hermano diez años mayor que yo; tenía tu edad cuando murió, descuartizado, en la ciudad de Balj, por haber compuesto un poema que desagradó al soberano del momento. Se le acusó de incubar una herejía, no sé si sería verdad, pero yo le reprocho que se jugara la vida por un poema, un miserable poema apenas más largo que una cuarteta.

“Se le rompe la voz, que de nuevo se alza ahogada:

“—Guarda ese libro. Cada vez que un verso tome forma en tu mente y se acerque a tus labios intentando salir, reprímelo sin consideraciones, pero escríbelo en estas hojas que permanecerán en secreto. Y mientras escribas piensa en Abu Taher”.

“¿Sabía el cadí que con ese gesto, con esas palabras, daba origen a uno de los secretos mejor guardados de la historia de las letras? ¿Que pasarían ocho siglos antes de que el mundo descubriera la sublime poesía de Omar Jayyám, antes de que sus Ruba’iyyat fueran veneradas como una de las obras más originales de todos los tiempos, antes de que fuera al fin conocido el extraño destino del manuscrito de Samarcanda”.

Definitivamente, el ejercicio de la poesía es peligroso, siempre ha sido peligroso. Giordano Bruno terminó en la hoguera —después de ocho años de cárcel—, por haber escrito poemas exaltados a favor de la infinitud del universo y la teoría heliocéntrica, y a Federico García Lorca lo ejecutaron, según se dice, sobre todo por unos poemas en los que menciona despectivamente a la guardia civil. No se olvide, por otra parte, que en época reciente un ayatola condenó a muerte al escritor Salman Rushdie por el asunto de los versos satánicos.

Uno se pregunta, entonces, ¡cómo es posible que Omar Jayyám sobreviviera en aquellos tiempos a su poesía? En las páginas del libro blanco que le obsequió (en la novela de Amin Maalouf) el cadí Abu Taher, escribiría Omar Jayyám sus “Rubaiyat”, un nombre que proviene “de una forma métrica (en singular, ‘rubai’), que puede traducirse laxamente como ‘cuarteto’” y que no pretendía ser el título de una obra.

Por lo que dice en los poemas de ese libro, Omar Jayyám era un hereje, posiblemente agnóstico, un descreído, un transgresor de las leyes del islam. El sistema de penas y castigos que promete la religión le parecía injusto y desproporcionado, y se entregaba con frecuencia al goce del vino, cantaba al goce del vino, predicaba el amor al vino, al divino vino que el islam prohíbe, ambiguamente, salvo en el paraíso:

“Escucha, musulmán, los días aptos / para beber sin herir tu conciencia: / martes, jueves, viernes, domingos,
sábados, / miércoles y lunes, ¡los demás, abstinencia!”
La forma en que Jayyám se definía a sí mismo, era, por lo demás, poco ortodoxa y daba pie a muchas dudas sobre su apego a las normas establecidas:

“¿Que yo del vino soy devoto ciego? / Y bien, lo soy. / ¿Que soy infiel, idólatra del fuego? / Y bien, lo soy”.

“Cada uno de mí en su idea fía; / mas yo, dueño de mí, tengo la mía: / Soy lo que soy”.

Omar Jayyám se empeñaba en vivir con intensidad cada instante. A la finitud de la vida oponía la alegría de vivir, la alegría elemental del vino, del amor, de la carne. Creía o temía que al final del camino de la vida lo esperaba la nada, pero el mulá decía que no: el experto en el Corán decía que no, que había un paraíso con vino y hurís a saciedad, vino y vírgenes a saciedad para los fieles. Omar entendía o interpretaba el mensaje a su manera. Omar simplemente se anticipaba:

“Si en el cielo hay hurís y vino, como dice el mulá, / nuestro premio en lo alto será beber y amar. / Yo comienzo a gozar y vaciar copas en vida, / disponiendo mi alma al placer de allí arriba”.

El amor al vino no le remuerde la conciencia. El poeta bebedor tiene, por el contrario, la conciencia más tranquila que la del mufti, el juez que juzga y condena a sus semejantes. Mejor el vino en la boca que la sangre en las manos:

“Yo bebo entre las flores, la conciencia tranquila, / y tú trabajas siempre, gran mufti de la villa; / tintas de rojo oscuro tenemos en las manos: / yo de sangre de cepa; tú, la de tus hermanos. / Entrégate al placer, oh mortal, sin recelos: / nadería es el mundo y nadería la vida / y nadería esa bóveda hecha de nueve cielos. / Amar y beber es cierto, ¡y lo demás mentira!”

Algunos versos, como se puede apreciar, son definitivamente burlones, irreverentes o sacrílegos, unos más que otros. Por decir cosas como las que decía Omar Jayyám todavía se puede ir a la cárcel en Turquía o perder la cabeza en Arabia Saudita:

“Dices que correrán ríos de vino, ¿Es el paraíso una taberna? Dices que todo fiel tendrá dos vírgenes, ¿Es el paraíso un burdel?”.


Visiones y alucinaciones 

de Omar al Jayyám (3)


Pedro Conde Sturla

30 octubre, 2020


Omar Jayyám fue un gran desconocido en el mundo occidental hasta el siglo XIX. Empezó a conocerse a partir de 1859, cuando se publicó en Inglaterra un libro en cuya portada unas palabras pomposas anunciaban lo que sería un gran descubrimiento: “Rubáiyát de Omar Khayyám, El astrónomo-poeta de Persia”. “Rubáiyát” fue el título que Edward FitzGerald le dio a su traducción, la primera traducción del idioma persa al inglés de una selección de poemas “atribuidos” a Omar Jayyám.  

Atribuidos, solamente atribuidos, de procedencia incierta, no  comprobada.


Omar Jayyám, en cambio, fue siempre conocido y reconocido y admirado en Asia occidental y central, reconocido en las vastas regiones de Oriente como científico, como astrónomo y matemático, aunque no como poeta. O por lo menos no tanto como poeta. Su mayor fama de poeta vino del extranjero. Durante muchos siglos no fue poeta en su tierra.
Sus conocimientos eran sin duda vastos, enciclopédicos y su curiosidad infinita:

“Omar Jayyam (o Khayyám) es uno de los intelectuales más prominentes de los siglos XI-XII. Su figura sobresale entre la abundante cosecha que el Islam produjo durante el renacimiento cultural del final del periodo califal abbasí, en Bagdad. Entre su producción científica destacan sus aportaciones astronómicas, especialmente la corrección del sistema del calendario (el calendario Jalali, Yalalí, o Yalaledín, con un error de un día cada 3770 años, precursor del actual calendario persa) similar a la reforma gregoriana que se impuso en Occidente entre el siglo XVI y XVII, y sus tablas astronómicas; y los desarrollos matemáticos, incluyendo la geometría, en la que fue un precursor de la geometría no euclídea, y el álgebra. En filosofía, como seguidor aventajado de Avicena, impulsó decididamente la difusión de Aristóteles y la reinterpretación del Islam bajo el marco de la filosofía peripatética. (http://www.madrimasd.org/blogs/astrofisica/)”. Además, en la ciudad de Isfahán fundó y dirigió un observatorio, que se convirtió en un famoso centro de investigación. Como dato curioso, a él debemos que la incógnita de las ecuaciones se llame x.

Hay quien sostiene que Omar Jayyám, extrañamente, nunca escribió poesía y otros dicen que se le atribuye más poesía que la que realmente escribió, poemas que nunca escribió. Todo esto puede ser cierto y puede tener valor históricamente, pero no cambia nada desde el punto poético. La poesía de Omar Jayyám y la que se le atribuye a Omar Jayyám existen poéticamente. Existió Omar Jayyám y existe la poesía que se le atribuye. Igualmente existe la poesía que atribuimos convencionalmente a Homero aunque Homero no haya existido.

De cualquier manera, a nadie debería sorprender que un hombre tan erudito y con tanta amplitud de miras e intereses culturales dedicase su tiempo a la literatura y produjese una cosecha tan fecunda en el ámbito de la poesía, que compartía con amor por la filosofía. (1)

Aparentemente Jayyám se dedicó con más ahínco al ejercicio de las letras al final de su carrera, cuando perdió el favor de los poderosos que lo protegían, cuando se retiró o lo retiraron de su labor científica y se vio obligado abandonar el observatorio astronómico que había dirigido durante dieciocho años y regresar a Nishapur, su ciudad natal, donde se dedicó a la enseñanza. En esa época empezó a ser acosado por musulmanes fundamentalistas y viajó a la Meca (el viaje de peregrinación que todo musulmán debe hacer una vez en la vida), quizás con el propósito de aplacar a sus críticos.

Las poesías que se le acreditan —y qué tal vez circularon clandestinamente, leídas posiblemente entre amigos—, desmienten, sin embargo, cualquier tipo de apego a la ortodoxia. Religiones y dioses, en algunos de sus versos, sólo le parecen pretexto para eternizar la feroz carnicería a la que los seres humanos se entregan a través de la historia:

“La tierra es un mosaico de dioses y creencias, / de clérigos, profetas, sacros libros y textos: / impiedad, fe, pecado, son sólo los pretextos / que los hombres invocan al luchar como fieras”.

Tampoco es muy ortodoxa su idea de un dios que arroja a lo hombres a la nada:

“He aquí la única verdad. Somos los peones de la misteriosa partida de ajedrez que juega Alá. Él nos mueve, nos detiene, vuelve a empujarnos, y al final nos arroja, uno a uno, a la caja de la nada”.

Su idea de un Dios que juega ajedrez con el universo se vuelve más atrevida cuando sugiere que Dios también puede ser víctima del ajedrez:
“La vida es un tablero de ajedrez, / de noches y días, / donde Dios con los hombres como piezas juega, / mueve aquí y allí, /da jaque mate y mata”.

“Y pieza por pieza vuelve a ponerlos en la caja /pues hay un destino para la pieza, / para el jugador / y para Dios”.

Nótese que esta es un poco la idea de un “Dios detrás de Dios” que fascinaba a Borges y le inspiró estos versos:

“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. /¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza /de polvo y tiempo y sueño y agonías?”
La visión del paraíso de Omar Jayyám, por otra parte, no despierta, en ocasiones, mucho entusiasmo:

“Cielo es sólo visión del Deseo cumplido / y el Infierno la sombra de un alma de ansia presa, / lanzada a esta tiniebla donde, apenas surgido, / el hombre ha de quedar en polvo convertido”.

Su poesía puede ser de vez en cuando insolente, irrespetuosa más que irreverente. Pone a Dios y al hombre en el mismo plano, lo somete a juicio, le niega autoridad para condenar a los seres humanos:

“En escuelas e iglesias, buscando la verdad, / hablé con jeques, santos, filósofos y sabios, / escuché las sentencias surgidas de sus labios / y salí por la puerta que utilicé al entrar. / ¿Podemos vivir sin pecar, oh infelices mortales? / ¿qué corazón está limpio de maldad o malicia? / Mas si Dios me castiga a causa de mis males / tan malo como yo será el Dios que castiga”.

Para el poeta sibarita y hedonista, no hay placer en una vida sin pecado, y el castigo del pecado rebajaría a Dios a la altura de los hombres:

“Dime ¿qué hombre no ha transgredido / jamás tu Ley? / Dime ¿qué placer tiene una / vida sin pecado? / Si castigas con el mal el / mal que te he hecho, / Dime ¿cuál es la / diferencia entre Tú y yo?”

En uno de sus textos más atrevidos, Omar Jayyám expresa un deseo luminoso al que se oponen tanto los musulmanes como los cristianos ortodoxos: la idea de un dios que no condena a nadie, que salva a todos, incluyendo a los pecadores. Sobre todo, quizás, a los pecadores:

“Mulá: no reces por mí. Dios da su don / sin que se lo pidan, y el velo de perdón / y su misericordia, inmensos como el mar, / cubrirán, sin mirarlos, los pecados de Omar”.

Por predicar cosas cómo estas, por andar diciendo que Dios era todo bondad y que encontraría una manera de salvar a todos sus pobres hijos, el bondadoso padre Peter fue suspendido de sus funciones por el obispo en una novela de Mark Twain. Dios no salva a nadie, dicen los entendidos, sólo te da la oportunidad de salvarte a ti mismo. Pero quizás los entendidos y quizás el mismo Dios están equivocados. Quizás el otro “Dios detrás de Dios” mete de vez en cuando su mano.


Nota: 

(1) Para muchos es el gran poeta persa (más que Hafez o Saadi) pero en vida fue conocido, sobre todo, como un hombre sabio, gran matemático y astrónomo. Aunque sus Rubayatas datan de finales del siglo XI, el primer manuscrito que las conserva es del XIII, y sólo alcanzaron su primera edición impresa en 1836 y en Calcuta...

Parece, así, que bajo el nombre de Jayyam entraron también al tema poetas distintos, por lo que urgía devolver a Jayyam (el apellido significa "fabricante de tiendas") lo suyo. Tras infinitas polémicas no conclusas, fue uno de los grandes prosistas persas del siglo XX, Sadeq Hedayat (1903-1951) quien purgó lo antiguo y se acercó a la edición que hoy se tiene por definitiva: no más de 178 cuartetas. 


(Luis Antonio de Villena, "Al lado de Omar Jayyam"

https://www.elmundo.es/cultura/2014/09/10/541015c422601d09348b4571.html)


Visiones y alucinaciones 

de Omar al Jayyám (4 de 4)



Pedro Conde Sturla


6 noviembre, 2020



Omar Jayyám cantaba a los goces del vino y de la carne, invitaba a veces a desentenderse de las preocupaciones existenciales y entregarse como quien dice a la dolce vita, pero no era un poeta superficial ni frívolo. Hay mucha densidad de pensamiento en sus poemas, hondura filosófica, ideas que plasmaba, como se ha dicho y repetido, “con un magistral poder de síntesis”. Era un intelectual escéptico, atormentado, amargado por la incertidumbre de la existencia, agobiado sin duda por la fugacidad del tiempo. Omar Jayyám era posiblemente un agnóstico —o más bien ateo—, alguien que traducía en sus poemas la creencia en un universo sin Dios o en un Dios indiferente al sufrimiento, al destino humano, a gritos, oraciones y reclamos. Un universo “ciego y sordo y vacío”, un universo sin Dios al que todo lo humano le es ajeno:


“Cuando hayamos cruzado tú y yo el negro velo, / ¡Oh! el mundo impasible continuará su ronda; / nuestra venida y vuelta le darán tal recelo / como al mar si le arrojas un guijarro del suelo”.

El consuelo para Jayyám, aparte de la ciencia, es la copa y la filosofía, siempre la copa. La filosofía, la poesía, copa en mano:

“Ven a llenar mi copa, y en primaveral anhelo, / echa de ti ese manto de contrición y dudas; / El ave-tiempo apenas tiene luz para el vuelo, / y -¡mira! ya sus alas está tendiendo al cielo”.

Al final del camino lo espera sólo el polvo, la nada sin canciones, sin vino, sin canto, la eternamente nada:

“¡Oh, sí! apresuremos nuestro humano trajín, / antes que suene la hora de bajar hacia el polvo: / ¡Polvo al polvo y debajo yacer del polvo ruin, / sin vino, sin canciones, sin cantar y... sin fin!”

El amor lo redime sin embargo, lo puede redimir, le da sentido a la existencia y quizás a la inexistencia:

“Si sembraste en tu corazón la rosa del Amor, tu vida no fue inútil. O si intentaste escuchar la voz de Dios, o si alzaste tu copa sonriendo de placer, tu vida no fue inútil”.

Pero el amor, para Jayyám, debe ser abrazador tormentoso, nada de paños tibios. Puro fuego:

“El amor que no arrasa no es amor. / ¿Brinda acaso un tizón el calor de una hoguera? / Día y noche, toda su vida entera, / el verdadero amante se consume / entre el dolor y el placer”.

Tal vez ninguno de los versos de Jayyám sean tan inquietantes y estremecedores como aquellos en que alude al barro y al alfarero, al ánfora simbólica, al tránsito fugaz de la existencia, a la arcilla o al polvo que fuimos, que somos y seremos, al polvo elemental de las cosas, al polvo del que venimos —en el amplio y equívoco sentido de la palabra— y al polvo que seremos. Es el polvo enamorado al que cantaría Quevedo varios siglos después. El polvo o barro de la vida, del ser y del no ser:

“Y recuerdo que un día mi paso se detuvo /por ver un alfarero que batía su barro: / Y el barro en frase tímida su frenesí contuvo: / —¡Suave, hermano, mi forma también tu forma tuvo!”

Del cuarteto o rubai, la forma expresiva que cultivaba Omar Jayyám, ha dicho le escritora y traductora Clara Janés:

“Muy próximo por su brevedad al haiku, por un lado, y al epigrama, por otro, como éste da pie al enunciado de conceptos lapidarios tan rotundos, en el caso de Omar Jayyam, que el lector siente que es toda una concepción de la vida, con sus premisas, desarrollo y conclusión, lo que encierran los cuatro versos que tiene delante”.

Lo vemos ante nuestros ojos, aquí y ahora, cuando en la inmensa poesía de Omar Jayyám se funden los graves motivos existenciales con los placeres del amor y el vino, la desolación y el hedonismo, el escepticismo y la amargura. Todos los motivos de la gran poesía de Jayyám. Otra vez el ánfora que fuimos y seremos, el jarro que llevamos a la boca y al espíritu:

“Esta exhumada ánfora de arcilla / fue en su tiempo lo que yo soy ahora: / Un amante no amado, mas que adora, /y de fe y de pasión es maravilla”.

“Y estas dos asas de su cuello erguido / que al libador ofrécense, anhelante, / fueron los brazos de un feliz amante... / Y así quedó, y el vaso fue cocido...”

La misma magia se repite en muchos otros poemas y nos deslumbra por la forma de conjugar con tanta sabiduría los motivos de la vida y la no vida con un símbolo tan refrescante, tan gozosamente fresco y necrológico a la vez. Tan refrescantemente necrológico.

“Leer a Jayyam —dice Luis Antonio de Villenas— es siempre singular y sabroso, con el jarro de vino cuyo barro seremos y un carpe diem más tenaz o duro que el horaciano” (1). Un carpe diem etílico, una perenne invitación a vivir el momento, una invitación vinícola filosófica a vivir todo lo que tiene la vida de vivible y bebible:

“Hoy ella vió del alfarero mago / de vasos la magnífica teoría, / de toda forma y toda edad, y había / en todos ellos un misterio vago.

“Su emoción al sentir, dijo el artista: / —«Todos fuimos arcilla y éstos fueron /reyes, poetas y amantes que murieron /legando al sutil polvo su conquista».

“«EI Espíritu, el vino de la tierra, busca en cada vasija al propio dueño, queriendo ansioso revivir su ensueño al contacto del vaso que lo encierra».

“«Mira, toma esta copa, ya palpita / al verte aproximar; no espere en vano / el beso de tu boca o de tu mano, / que un muerto amor por renacer se agita».

“Y al acercar su labio, con su aliento / cobró vida el Espíritu dormido; / una palabra murmuró a su oído, / y eran su misma voz, su mismo acento.

“¡Ay! y el viejo Khayyám, un vivo muerto, / canta el milagro de aquel muerto vivo, / y se marcha en silencio, pensativo, / a contar sus tristezas al Desierto”.

“Las Rubayat de Jayyam —ha dicho Antonio J. Durán— comparten con sus demostraciones matemáticas el sabor de lo ineludible, de lo que por pura lógica llegará a ser. Las rubayat son austeras, desnudas de retórica, y plasman con inapelable rotundidad la soledad del ser humano. Sus versos son simbólicos y transmiten la sabiduría antigua con sencillez y voluptuosidad, a menudo con un irresistible hechizo o entre una aureola de misterio, y son estimados como uno de los más brillantes tributos del genio persa a la literatura universal” (2).

Notas: 
(1)https://www.elmundo.es/cultura/2014/09/10/541015c422601d09348b4571.html
(2) Rubayat de Omar Jayyam – Blog del Instituto de Matemáticas de la Universidad de Sevilla, https://institucional.us.es/blogimus/2016/12/vino-matematicas-e-islam-por-omar-jayyam-y-abu-ben-utba/.