viernes, 25 de febrero de 2022

El círculo del poder (12): La danza de los favoritos y la casa del cerro

Pedro Conde Sturla
25 febrero 2022
Mural de Vela Zanetti en el comedor privado de la Casa del Cerro

Había infinidad de maravillas en el Palacio del Cerro, un derroche de imaginación pantagruélica, escabrosa, una apetencia por los colores más estridentes, un desborde alucinante de extravagancias por todos los rincones.

De acuerdo a la detallada descripción de Crassweller, aparte de los cuatro Budas en bajorrelieve (un Buda de color rojo y verde en las cuatro esquinas de uno de los techos), aparecían dragones y espadas y colmillos de elefante entrecruzados. Pero lo peor era el piso, un fatídico piso brillante a manera de complemento, un brillante piso de mármol con incrustaciones que duplicaba la existencia del techo, toda la decrepitud del techo, dos veces techo, como si con una no bastara.

Los dormitorios eran de pesadilla, habitaciones espeluznantes —dice más o menos Crassweller—, que producían una sensación de inquietud e inducirían en los posibles huéspedes un sueño de penitencia.

Los baños —añade Crassweller—eran otra de las cosas notables que sorprendían al visitante. Un baño principal con vidrios negros, demoníacos vidrios negros de mal agüero, y también vidrios azules de un azul brillante, aparte de una horrible bañera empotrada, con mosaicos de color negro y dorado (¡mosaicos de color negro y dorado!) y además una pared revestida de cerámica con bizarros motivos. Un pez espada saltando detrás de otro, diseños de colores igualmente negros y dorados, toda una fijación con los colores negros y dorados entremezclados con colores grises, verdes y naranja. Un desconcertante concierto de colores chillones. Y para colmo de remate, unos herrajes vulgares enchapados en oro.

Lo peor de lo peor es que además el edificio estaba mal construido y se había tragado una fortuna. El ascensor, por ejemplo, se atascaba en el tercer piso a causa de una falla en la construcción del hueco o en la instalación, pero los costos ascendían a unos cinco millones de pesos, quizás más. Es muy probable que se ocultaron o trataron de ocultar o por lo menos disimular. Aunque parezca mentira, se hablaba de sobornos, sobrevaluaciones, manejos turbios, de cosas que supuestamente nadie se atrevía a hacer o hacía con mucho tiento bajo el régimen de la bestia. Lo impedían, en lo posible, sus inspectores que estaban presentes en todas las construcciones de obras públicas y privadas. A la bestia le encantaba robar, pero no le gustaba que le robaran lo que consideraba suyo y todo el país era suyo.

En la medida en que la obra avanzaba, y sobre todo cuando tocaba a su fin, aumentaba el número de cortesanos curiosos que acudían en peregrinación para husmear, para hacerse una idea, para ver y comprobar con sus propios ojos lo que por todos lados se decía: el rumor público que se extendía como una mancha de aceite sobre papel.Nada de lo que se hacía y se decía era, por cierto, ajeno a las intrigas de Paulino ni a su deseo de provocar la caída de Cucho Álvarez, uno de sus mejores enemigos íntimos.

Alguna gente comenzó a decir que era el edificio más feo del mundo, incluso lo rebautizaron con el nombre de Casa de orates. Se decía por lo bajo y por lo alto que semejante adefesio era indigno de la dignidad de la bestia, indigno de ser habitado por el querido jefe, por el benefactor de la patria. Ni siquiera un mural del afamado pintor español José Vela Zanetti (en lo que debía ser el comedor privado) se salvaba de los chismes y las críticas. El mural representaba una fiesta campesina, pero era muy poco festivo y nadie parecía estar divirtiéndose, según los peores comentarios.

Se dice, sin embargo (o lo dice específicamente Cucho Álvarez en sus memorias), que el arquitecto Garzón Bona había presentado a Trujillo y María Martínez, a solicitud del mismo Trujillo, varias propuestas de diseño para dar inicio al proyecto y que al cabo de unos meses la Martínez le dio su entusiasta aprobación a una que parecía un castillo, pero con modificaciones antojadizas que la Ilustre dama consideraba pertinentes y que desfiguraban en gran medida el proyecto de Gazón Bona.

Durante el acelerado proceso de construcción, y bajo la estricta supervisión de María Martínez, Gazón Bona se reunió con ella en incontables ocasiones y de cada reunión salían nuevos cambios, modificaciones, ampliaciones, todo tipo de distorsiones.

Tanto María Martínez como la bestia visitaban con cierta regularidad la obra e incluso ordenaban cambios de los que el arquitecto se enteraba cuando ya se habían llevado a cabo.

Al parecer Cucho Álvarez, que era él responsable de la construcción, y el arquitecto Gazón Bona se limitaron a obedecer, a aceptar las “sugerencias” que impartía la esposa de la bestia y que volvieron a la larga irreconocible la propuesta original.

La doña y la bestia, pero sobre todo la doña, parecían, pues, estar satisfechos con la ejecución del proyecto. Pero un día, después de una visita en compañía de varias selectas amigas, cambió repentinamente de opinión. Las damas que la acompañaban no escatimaron burlas, críticas, intercambiaron risitas, denostaron el mal gusto, la decoración sobrecargada.

La doña se quejó entonces con su marido y el marido visitó el lugar que ya había visitado varías veces, pero en compañía del intrigante Anselmo Paulino, que estaba a punto de convertirse en el primer favorito.

Trujillo y su séquito —guiados por Don Cucho— recorrieron la edificación que ya estaba prácticamente terminada y las críticas de Trujillo no se hicieron esperar. En la habitación principal notó con disgusto que había un exceso de puertas, sin que Don Cucho se atreviera decirle que las puertas se habían puesto de acuerdo a las instrucciones recibidas de parte suya o de María Martínez. En algún momento se detuvo la bestia frente al mural de la fiesta campesina de Vela Zanetti y dijo que lo que parecía era un velorio. Nadie lucía contento en aquel mural, la mayoría de la gente estaba aburrida.

Cuando estaban a punto de salir, la bestia le preguntó a Paulino qué le parecía semejante disparate, el edificio en conjunto, y Paulino dijo que le parecía una verdadera casa de orates. Una casa de locos.

Tanto derroche de extravagancias era insultante, era una afrenta, no congeniaba, según los entendidos, con el carácter,  con el supuesto estilo o carácter espartano que le atribuían a la bestia, y la pundonorosa y noble bestia rechazó de plano la obra que nunca fue amueblada ni habitada por él.

Poco tiempo después Don Cucho recibió un nombramiento envenenado. Lo nombraron diputado en el mes de mayo de 1950, lo relevaron del cargo de Presidente del Partido Dominicano y lo nombraron diputado. Pero en agosto le retiraron el cargo de diputado, lo dejaron en el limbo, sin pito y sin flauta.

(Historia criminal del trujillato [77])

Nota: En la entrega anterior de esta serie apareció una información errada sobre la formación profesional de Henry Gazón Bona, del cual se dijo “que al parecer era autodidacta”, un “arquitecto práctico”. Por el contrario, Henry Gazón Bona había estudiado en Francia y tenía una sólida formación. Gazón Bona fue el diseñador de los locales del Partido Dominicano, del Monumento a la Paz de Trujillo en Santiago, del Matadero Industrial de Ciudad Trujillo, del Mercado Modelo de la Avenida Mella, de la Casa Vapor, que fue su residencia en Gascue....

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
El “cuchipaineo” de Hipólito y Danilo, las obras públicas y la JCE
https://prensalibrenagua.blogspot.com/2016/10/el-cuchipaineo-de-hipolito-y-danilo-las.html

José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).
El libro de Don Cucho Álvarez
(https://hoy.com.do/el-libro-de-don-cucho-alvarez/)

El palacio que Trujillo no quiso
Evelin Germán | 6 septiembre, 2014

El palacio que Trujillo no quiso

La Casa de Caoba y el Castillo del Cerro
Marcos Rodríguez | 11 agosto, 2018

La Casa de Caoba y el Castillo del Cerro

Arquitecto Bienvenido Pantaleón Hernández.
LA CASA QUE TRUJILLO NUNCA HABITO....
Virgilio Álvarez Pina
La Era de Trujillo, narraciones de Don Cucho”.

sábado, 19 de febrero de 2022

El círculo del poder (11): La danza de los favoritos y la casa del cerro

Pedro Conde Sturla
19 febrero, 2022

Parece que alguna vez Don Cucho Álvarez tuvo una revelación o por lo menos una anunciación, una visión idílica. Vio en sueños o en su imaginación algo que se le pareció a un paraíso en la tierra, o mejor dicho en un cerro. Un cerro que todo el mundo llamaba cerro. En ese lugar se construiría una mansión, un prodigio arquitectónico que deslumbraría a los visitantes por los siglos de los siglos y convertiría a su propietario, a su querido jefe, en el más feliz de los mortales.

San Cristobal era la cuna del jefe, la cuna del Benefactor de la Patria, y el benefactor pasaba en el lugar más tiempo que en ninguna otra parte y no le faltaban casas ni le faltaban fincas. Prácticamente todos los predios de su infancia los había convertido en fincas y en ingenios azucareros. En San Cristobal tenía la Hacienda Fundación, tenía la Hacienda María, tenía el Central Río Haina, tenía la fastuosa Casa de Caoba, tenía la casa de playa de Najayo, a la que llamaban Casa de Marfil, tenía la de Hacienda María, a la que le decían Casa Blanca y otras más. Aun así, el glorioso Partido Dominicano, bajo la dirección de Don Cucho Álvarez Pina y otros alcahuetes, tomó espontáneamente (aunque quizás también por insinuación de la bestia) la decisión de honrar con una nueva honra —una mansión palaciega—, al hombre más honrado de esta tierra.

El hecho es que lo que sería llamado y mal llamado Castillo del Cerro, el adefesio del cerro, se financió generosamente con fondos del Partido Dominicano y además fue construido en un terreno escogido por Virgilio Álvarez Pina en un lugar privilegiado, una colina ventilada, peinada por frescas brisas, con una vista maravillosa. Desde ahí se contemplaban todos los alrededores, el querido jefe tendría al alcance de sus ojos vastísimo paisajes, todos pertenecerían a sus dominios, San Cristobal y Ciudad Trujillo quedaban a sus pies. Con un poquito de imaginación y esfuerzo se podría ver hasta el fin del mundo.

Hasta ahí todo estuvo bien. La ubicación del lugar no podía ser más acertada, todos los cortesanos se felicitaron, la visión idílica de Don Cucho empezaba a hacerse realidad. Ahora lo que hacía falta era un ingeniero o un arquitecto —o un ingeniero-arquitecto como los de antes— y la elección, en principio, pareció afortunada. Designaron a un ingeniero-arquitecto de origen francés, llamado Henry Gazón Bona, que había estudiado en Francia y tenía una sólida formación y que además era guardia, un mayor del llamado Ejército Nacional. Gazón estaba pegado como un chicle al gobierno y había sido favorecido con varios contratos para diseñar o construir importantes obras. Gazón Bona fue el diseñador de los locales del Partido Dominicano, del Monumento a la  paz de Trujillo en Santiago, del  Matadero industrial de Ciudad Trujillo, del Mercado Modelo de la Avenida Mella, de la Casa Vapor, que fue su residencia en Gascue...

Sin embargo, a pesar de su fama y prestigio, la designación de Gazón Bona convertiría la visión idílica de Cucho Álvarez en pesadilla

Dice Crassweller que aparte de la elección del sitio todo lo demás fue un desastre, empezando por la fachada. El diseño tal vez pretendía imitar de alguna manera la proa de una nave que desde el cerro parecería estar a punto de navegar por los aires, de ahí la pretenciosa forma redondeada en un lado y algunas ventanas semejantes a claraboyas. Una nave de guerra, en todo caso, con profusión de estrellas, una abrumadora y vulgar profusión de las cinco estrellas indicativas del rango de almirante o general grabados en bajo relieve en los muros exteriores y en los trabajos de herrería. Una nave tan pesada que parece encallada, una mole desprovista de toda gracia arquitectónica, cuatro niveles con enormes ventanales curvos en el lado redondeado y ventanas excesivamente pequeñas y mal ubicadas y distribuidas en el otro.

Líneas de diseño torpe en conjunto. Todo resulta ser un poco descomunal y masivo, pesado en grado extremo, quizás abrumador y amenazante, algo sencillamente feo pero no alarmante. Uno de tantos adefesios. En cambio en el interior, o mejor dicho en los interiores de los diferentes niveles el mal gusto era de antología. Uno de los salones pretende, quizás el salón principal, ser una réplica de los salones del Palacio Nacional. La decoración pretende ser barroca y a veces clásica y a veces de estilo oriental, el peor barroco posible, con abrumadoras masas de oscuridad, madera mal tallada en intrincadas y absurdas formas, treinta habitaciones de tamaño desproporcionado, unas muy grandes y otras muy pequeñas, ocho salones de juego y fiesta, quince o veinte baños, columnas de mármol de color rojo, verde o amarillo, paredes y techos abarrotados con diseños en lo que Crassweller define como un frenesí decorativo: “diseños dorados serpenteantes que fluyen en bajorrelieve, sobre fondos de rojo, amarillo, verde o azul, que dejan espacio para más bajorrelieves de cestas de flores o cupidos presumiblemente clásicos”.

En cada salón, cada nivel, los techos tienen un motivo diferente y hay lugar un poco para todo tipo de cosa curiosa, incluyendo un Buda en las cuatro esquinas, pero también hay techos con forma de pagodas. Además, junto al comedor o uno de los comedores hay una sala de fumadores de estilo Chino que se antojaría ser una sala de fumadores de hachis.

Todo era rosado y verde, marrón y rojo vino en el llamado palacio del cerro: una pesadilla de colores y motivos aberrantes. 
(Historia criminal del trujillato [76])

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
El “cuchipaineo” de Hipólito y Danilo, las obras públicas y la JCE
https://prensalibrenagua.blogspot.com/2016/10/el-cuchipaineo-de-hipolito-y-danilo-las.html

José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/
JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).
El libro de Don Cucho Álvarez
(https://hoy.com.do/el-libro-de-don-cucho-alvarez/)

El palacio que Trujillo no quiso
Evelin Germán | 6 septiembre, 2014
https://www.elcaribe.com.do/sin-categoria/palacio-que-trujillo-quiso/ La Casa de Caoba y el Castillo del Cerro Marcos Rodríguez | 11 agosto, 2018




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lunes, 14 de febrero de 2022

Me pregunto

Me pregunto con aprensión cuándo ocurrirá la próxima explosión del acorazado Maine, el próximo ataque a Pearl Harbor, el próximo incidente del Golfo de Tonkin, la próxima limpieza étnica, el próximo descubrimiento de armas de destrucción masiva, el próximo 11 de septiembre, el próximo atentado de falsa bandera que le permita al imperio fabricar otro pretexto para desatar, ahora contra Rusia, una nueva guerra que podría ser  la última.

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sábado, 12 de febrero de 2022

El círculo del poder (10): La danza de los favoritos

Pedro Conde Sturla

11 febrero, 2022

Virgilio Álvarez Pina —solemnemente Don Cucho— empezó su carrera al servicio de la bestia en la misma época que Paíno Pichardo, pero con anterioridad había sido un fiero y breve oposicionista y con mayor anterioridad había sido uno de los mejores o el mejor amigo de infancia de la bestia. Era el mismo Cucho que alguna vez había sido un ferviente y leal partidario de Horacio Vázquez, alguien que —según cuenta Crassweler—, le llevaba el desayuno a la cama y que había sido candidato a Senador por el Partido Nacional de Horacio Vázquez en las elecciones de 1930. Se trataba, en esencia del mismo Cucho que, al igual que otros, le había advertido en su debido momento a Horacio Vásquez que Trujillo estaba conspirando y que le aconsejó destituirlo, el consejo de varios colaboradores y de un Cucho Álvarez que ya le temía a su amigo de infancia y que por cierto dio lugar a un celebre episodio en la Fortaleza Ozama, una especie de desencuentro en el que Horacio no dejó de darse cuenta de que era más un prisionero que un Presidente en presencia del brigadier Trujillo.

La amistad de Virgilio y la bestia había comenzado en San Cristobal desde cuando la bestia tenía siete años. Se dice que eran parientes lejanos, aunque más bien parecería que Cucho era pariente de Plinio y Teódulo Pina Chevalier, los tíos maternos de la bestia, hijos de la segunda unión de Luisa Ercina o Erciná Chevalier, que era a vez la madre de la futura excelsa matrona y era la abuela materna de Trujillo, una consagrada y respetada maestra de origen haitiano.

La bestia mantuvo con sus tíos las mejores relaciones, pero su amistad con Virgilio (o lo que la amistad podía significar para la bestia) fue algo más trascendente. Virgilio solía ir de vacaciones a San Cristobal y con el tiempo se volvieron inseparables. Peinaban la zona en busca de aventuras, montaban caballos de palo, se entregaban al goce de los baños de río. Diariamente disfrutaban de la mejor diversión que ofrecían a los niños aquellos parajes, los baños de mar y río, aparte de cualquier diablura que se les ocurriera eventualmente.

La muy temprana amistad del futuro Don Cucho con la bestia no siempre lo mantuvo a salvo de sus intemperancias. Su militancia en el Partido Nacional y el célebre consejo que le diera a Horacio Vázquez no quedaron impunes, sufrió persecución y cárcel.

El miedo y la cárcel, y los muchos consejos que le dieron sus amigos en su etapa de oposicionista, hicieron que Cucho Álvarez se ablandara, se enterneciera, perdonara a la bestia por la traición, por el golpe de Estado que le había dado a Horacio y a solicitud de la misma bestia, según se dice, entró a su servicio en los tempranos años treinta. Desde entonces, y durante toda la era gloriosa, estuvo sometido al mismo régimen de premios y castigos que la bestia dispensaba a todos sus servidores. Con sus altas y sus bajas, conoció períodos de bonanza y otros más y menos tormentosos, períodos de bonanza y periodos de desgracia. Vivió, como todos los demás, en el saludable temor del jefe, y en los años finales fue su más fiel consejero. Uña y carne. Uña y mugre. Tuvo además la suerte de sobrevivirlo, de estar presente para ver su cadáver convertido en colador, en una masa sangrienta y mugrosa. Vivió para contarlo, como decía García Márquez, y lo contó todo un poco a su manera en un libro de anécdotas desangeladas, un libro cortesano, guabinoso, taimado, condescendiente.

Durante los años cuarenta, tanto Cucho Álvarez como Paíno Pichardo fueron agraciados y desgraciados con cargos y descargos, y a la larga llegaron a convertirse en la pareja de políticos más notoria del país. El llamado cuchipaineo, la mancuerna formada por Cucho y Paíno, estuvo en su mejor momento. Don Cucho retuvo el puesto de Presidente del Partido Dominicano durante cinco años, la segunda posición política más influyente del país, la del favorito número uno, y además recibió el título de general honorario en 1948. Paíno también había vuelto a ascender y hasta Peña Batlle había salido del exilio haitiano y había sido nombrado en un cargo honorífico de relumbrón. De manera que todo parecía marchar sobre ruedas, y sin embargo, al final de la década se produjo lo que Crassweller llama un eclipse mayor para Don Cucho y Paíno. Ambos fueron nombrados en cargos donde apenas permanecieron un mes. Nombrados y luego renombrados e intercambiados en cargos de poca relevancia y durante muy poco tiempo. En lugar de penas y castigos recibían castigos sobre castigos. Para Paíno empezaba su tercera y más larga caída, su más brusco descenso, y su amigo Cucho Álvarez corrió la misma suerte, lo acompañó en su misma desgracia. La carrera política de uno y otro entraba en un largo período de sequía que duró unos cinco o seis años. Años sin empleos, sin remuneración, alejados por completo del favor de la bestia.

La peor parte le tocó a Don Cucho, que tuvo que refugiarse durante casi todo ese tiempo en su finca y que sólo por milagro conservó su libertad.

La ingrata suerte de estos personajes coincidía, y no por casualidad, con el ascenso de Paulino Álvarez, el nuevo favorito. Paulino había contribuido desde luego a serrucharles el palo, y mientras Paulino estuviera en el poder ninguno de los dos levantaría cabeza, pero Don Cucho había contribuido espontáneamente a su caída con una metida de pata monumental que tuvo que ver con la construcción de famosa casa o Castillo del cerro. La mansión ideal que Don Cucho había concebido para halagar a su querido jefe, el adefesio monumental, la monumental barrabasada arquitectónica, la apología del mal gusto llamado Castillo del cerro del que Trujillo nunca quiso saber y donde no pasó o no durmió un sólo día de su vida.
(Historia criminal del trujillato [75])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

El “cuchipaineo” de Hipólito y Danilo, las obras públicas y la JCE
https://prensalibrenagua.blogspot.com/2016/10/el-cuchipaineo-de-hipolito-y-danilo-las.html

José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).

El libro de Don Cucho Álvarez

(https://hoy.com.do/el-libro-de-don-cucho-alvarez/). l




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sábado, 5 de febrero de 2022

El círculo del poder (9): La danza de los favoritos

Pedro Conde Sturla

4 febrero, 2022

Los llamados tres golpes de la era de Trujillo

Entre 1938 y 1944 —como Presidente del Comité Central del Partido Dominicano— Paíno Pichardo se convirtió en la mano derecha de la bestia, el favorito indiscutible de la bestia. Durante ese período tuvo en sus manos la poderosa maquinaria del partido más poderoso del país, el único del país. Un partido que estaba presente en todos los rincones, que llegaría a tener en su mejor momento una cifra millonaria de afiliados y docenas de juntas provinciales, comunales y municipales. Un partido omnipresente en el paisaje urbano y rural.

Algunas de las funciones más importantes que desempeñaban los miembros del Partido Dominicano consistían en promover el culto a la personalidad de la bestia, promover elecciones y reelecciones a favor de la bestia, organizar actos a favor de la bestia, hacer cualquier tipo de propaganda a favor de la bestia, organizar desfiles en honor a la bestia, publicidad a favor de la bestia, exaltar a la bestia, adular a la bestia, adorar sin misericordia a la bestia por sobre todas las cosas. Pero asimismo, el Partido Dominicano era parte del mecanismo de represión, vigilancia, espionaje, parte del mecanismo de regulación del consenso social, parte de la maquinaria de coerción y terror de la bestial tiranía.

Para la realización de sus importantes labores recibía la contribución involuntaria del diez por ciento de los sueldos de los empleados públicos. Además, ser miembro del Partido Dominicano no era una opción, era una obligación. Para los dominicanos mayores de edad era indispensable tener siempre a mano la “palmita” (el carnet de miembro del Partido Dominicano con la foto de Trujillo y una palma), al igual que la cédula personal de identidad y otro carnet del servicio militar obligatorio. Eran los llamados tres golpes, que la guardia pedía en cualquier esquina, con los que atosigaba sobre todo a los habitantes de pueblos pequeños y de las zonas rurales. La falta de estos documentos acarreaba penas de prisión que constituían un lucrativo negocio.

A pesar de su buen desempeño al frente del Partido Domicano, Paíno sufrió una abrupta e inesperada caída en 1945, cayó de golpe, cayó de mala manera a causa de una intriga que a juicio de Crassweller fue orquestada por Peña Batlle, quien era secretario de Estado de Relaciones Exteriores y por Vicente Sánchez Lustrino, director del vespertino La Nación. Paíno fue destituido de su alta posición y de su alta remuneración como presidente del Partido Dominicano y reposicionado en un cargo menor, pero no tardaría en volver a la gracia del poder con un flamante nombramiento de Secretario de Estado de la Presidencia en 1946, y en el enfrentamiento con Peña Batlle y Sánchez Lustrino se saldría con la suya. Mientras tanto, su amigo y canchanchán, su compinche Cucho Álvarez Pina pasó a ocupar su lugar como presidente del Partido Dominicano.

Dice Crassweller que poco tiempo después de la destitución de Paíno, Peña Batlle y Sánchez Lustrino fueron asignados a cargos en el extranjero y que cuando regresaron fueron recibidos por una ingrata sorpresa. De hecho, para Sánchez Lustrino resultó ser la más amarga de las sorpresas. Por iniciativa de Paíno, se había puesto en marcha una investigación sobre el manejo de las finanzas de La Nación, las finanzas del periódico que Sánchez Lustrino dirigía. Para peor, Sánchez Lustrino sufría de una afección cardíaca —tenía corazón, después de todo—y durante el proceso fue sometido a fuertes emociones. Por un momento logró salir airoso. Fue descargado, pero el trámite había sido superior a sus fuerzas. El corazón también se le descargó y dejaría de latir al cabo de una semana.

Peña Batlle recibiría otro tipo de sorpresa, que también le supo amarga, pero no fue una sorpresa letal, aunque pudo haber sido. Muy pronto se vería sometido a la máxima humillación, a un castigo tan denigrante como no se había soñado en sus peores sueños. Peña Batlle —todos lo sabían—, era un antihaitiano furioso, un antihaitiano enfermizo, patológicamente antihaitiano. Alguien que sufría —según dice Crassweller— de violentas pulsiones o tensiones emocionales, tensiones incontrolables que se desataban en cuanto le mencionaban algo que tuviera que ver con Haití o con las creencias religiosas haitianas o con los animales y dioses del panteón haitiano. La palabra culebra (y las culebras mismas), le producían un problema especial, una incurable repulsión. Todo lo que tenía que ver con Haití lo sacaba de quicio... Y he aquí que, de repente, el día que menos pensaba, a finales de 1946, le llegó un nombramiento y no cualquier nombramiento. El de Embajador en Haití. Dicen que Peña Batlle no lo podía creer y quizás nunca lo creyó, pero la bestia lo nombró, lo conminó, lo obligó a aceptar el nombramiento de Embajador en Haití, y Peña Batlle tuvo que desempeñar de alguna manera el cargo de Embajador en Haití, aunque no por mucho tiempo.

Paíno disfrutaría su venganza, por supuesto, y su regreso a la cúspide del poder. Disfrutó por lo menos durante un año. En el mes de junio de 1947 cayó de nuevo en caída libre, cayó hasta fondo, como dice Crassweller, hasta la humilde condición de Inspector de embajadas y legaciones. Pero Paíno era un tipo pragmático, acomodaticio. Un cargo en el Gobierno era siempre un cargo y era mejor que nada, ya volvería a subir y volvería a bajar

Paíno subiría y caería, en efecto, y volvería a subir y a caer, pero se mantendría en el favor de la bestia hasta el final. Alguna vez sería, entre muchas otras cosas, presidente del Consejo Administrativo de Ciudad Trujillo, y cuando ajusticiaron a la bestia el día 30 de mayo de 1961 era senador da la República.
(Historia criminal del trujillato [74])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

El “cuchipaineo” de Hipólito y Danilo, las obras públicas y la JCE
https://prensalibrenagua.blogspot.com/2016/10/el-cuchipaineo-de-hipolito-y-danilo-las.html

José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).




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