Yo no podía creerlo. Cuando Harold Bloom me dijo que Tommaso Landolfi había escrito un cuento sobre la esposa que Gógol nunca tuvo (o que nadie sabía que tuvo), me quedé como quien dice un poco tumefacto o estupefacto. Yo no podía sencillamente creerlo. A Gógol le envenenaron el alma cuando era chiquito, la mamá le hizo un implante maligno de creencias religiosas, le dió a beber religión y leche en el mismo biberón. Gógol vivió desde entonces en el temor permanente de Dios y el diablo, entre dos miedos cervales. Además no le gustaban las mujeres y nunca se atrevió públicamente a que le gustaran los hombres, salvo un feliz período en Italia. Un desliz italiano, un amante clandestino, una pasión secreta que fue un secreto a voces.
Landolfi, o más bien Foma Paskalovich, la persona que le sirve de portavoz o alter ego, se muestra indeciso en principio. No quiere parecer indiscreto, irrespetar la memoria del gran escritor, revelando un secreto que todos ignoran y podría resultar vergonzoso. Advierte que de ninguna manera podemos juzgarlo porque nadie sabe, en fin de cuentas, a “qué superior y general utilidad responden los actos” de las “privilegiadas naturalezas”. Puede que hagan cosas parecidas a las de los comunes mortales y, sin embargo, las causas no son las mismas. Por algo —dice que dijo un gran hombre—, “Yo también hago pipí, pero por otras razones.”
Una de las cosas sorprendentes es que el nombre de la mujer de Gógol era Caracas, una ciudad que era y creo que sigue siendo la capital de Venezuela y que difícilmente Gógol visitara u oyera nombrar.
Aún más sorprendente es la manera en que la describe el mentado Foma Paskalovich:
“Si nos referimos a su forma media, Caracas era eso que se llama una mujer hermosa, bien formada y proporcionada en todas sus partes. Como ya se ha dicho, tenía en su justo lugar todos los más menudos atributos de su sexo. Particularmente dignos de mención eran sus órganos genitales (si es que este adjetivo puede tener sentido en este caso), que Gogol me permitió observar durante una memorable velada a la que me referiré más adelante”.
El párrafo anterior, tan desinhibido como impúdico, puede dejar pasmado y confundido al lector desprevenido. Y lo que sigue es todavía más escandaloso y además enigmático:
Los tan curiosos genitales “Eran el resultado de unos ingeniosos pliegues de la goma. Nada había quedado olvidado y varios ingenios, además de la presión del aire interior, hacían fácil su uso”.
Uno se queda turulato. ¡Era que Gógol permitía a su amigo Foma Paskalovich que manoseara a su mujer, que la pusiera al revés y al derecho y opinara descaradamente sobre sus partes íntimas? Y además, ¿de que “varios ingenios”, de que “pliegues de la goma” y de que “presión de aire interior está hablando?
Que no se sorprenda nadie por lo que aquí se ha dicho y lo que va a decir y se dirá más adelante, porque en realidad es algo que desafía la imaginación:
“La mujer de Nikolai Vasilievich —en dos palabras— no era una mujer ni un ser humano cualquiera, ni siquiera un ser viviente cualquiera, animal o planta (como alguno, por otra parte, insinuó); era, simplemente, una muñeca de goma. Sí, una muñeca inflable. Y ello puede explicar bien la perplejidad o, peor, la indignación de algunos biógrafos, también ellos amigos personales del Nuestro. Los cuales se lamentan no sólo de no haberla visto nunca aunque visitaran bastante asiduamente la casa de su gran marido, sino también de no haber jamás ‘ni siquiera oído su voz’. De lo cual infieren no sé qué oscuras, ignominiosas e incluso nefandas complicaciones. Pero no, señores, todo es siempre más simple de lo que se cree. Ustedes nunca oyeron su voz sencillamente porque ella no podía hablar. O, más exactamente, no podía hacerlo más que en determinadas condiciones, como veremos, y en todos los casos, menos en uno sólo, a solas con Nikolai Vasilievich. Pero dejémonos de inútiles y fáciles confutaciones, y vayamos a una descripción en lo posible exacta y completa del ser u objeto en cuestión”.
Lo que a continuación describe Foma Paskalovich es como un cuadro de Salvador Dalí, como uno de sus relojes que se derrite o el teléfono langosta:
“Así pues, la así llamada mujer de Gogol se presentaba como un vulgar globo de gruesa goma, desnudo en todas las estaciones y del color de la carne, o como se suele decir, color piel. Pero como las pieles femeninas no son todas del mismo color, precisaré que, en general, se trataba de una piel bastante clara y bruñida, como la de algunas morenas. Él, o ella, era, en efecto —está de más decirlo—, de sexo femenino. Pero conviene decir en seguida que también era grandemente mudable en sus atributos, pero sin llegar, como es obvio, a cambiar de sexo. Pero algunas veces, sí podía mostrarse flaca, casi sin pecho, de caderas estrechas, más semejante a un efebo que a una mujer. Otras se mostraba lozana en demasía, o por decirlo todo, gorda. Además, frecuentemente cambiaba el color de sus cabellos y de los otros pelos de su cuerpo, hicieran juego o no. Y también podía aparecer modificada en otros mínimos detalles, como la posición de los lunares, la viveza de las mucosas, etcétera, y hasta, en cierta medida, en el mismo color de su piel. De modo que, por último, podría uno preguntarse qué es lo que en realidad era y si, en verdad, se debería hablar de ella como de un personaje único. Pero, ya lo veremos, no es prudente insistir en este punto”.
Por absurdo que parezca, la relación entre Gógol y Caracas no era meramente física. Lo más increible, lo más impensable es que Gógol se enamoró perdidamente de esa mujer o de las muchas formas y tipos de mujer que podía ser. Una vulgar mujer de goma inflable que al parecer lo traicionó una o varias veces y que además le hizo otras cosas infames. Gógol la inflaba y la desinflaba a su antojo al principio, pero después los papeles se invirtieron y fue ella que la jugaba a su antojo con él:
“La razón de estos cambios estaba —según mis lectores ya habrán comprendido— nada más que en la voluntad de Nikolai Vasilievich, el cual la hinchaba más o menos, le cambiaba la peluca y otros vellos, la ungía con sus ungüentos y la retocaba de varias maneras a fin de obtener más o menos el tipo de mujer que le venía bien en ese día o en ese momento. Es más, a veces se divertía, siguiendo en ello la natural inclinación de su fantasía, en sacar de ella formas grotescas y monstruosas, porque está claro que, más allá de un cierto límite de capacidad, ella se deformaba y, así, también parecía deforme si se quedaba más acá de un determinado volumen. Pero Gógol se cansaba pronto de tales experimentos, a los que juzgaba ‘en el fondo poco respetuosos’ para con su mujer, a la que a su manera (manera imperscrutable para nosotros) quería. La quería: ¿Pero a cuál precisamente de estas encarnaciones? —nos preguntaremos. ¡Ay! Ya he dicho que la continuación de la presente narración acaso nos dé una respuesta, sea la que fuere. ¡Ay! ¿Cómo he podido afirmar hace un momento que la voluntad de Nikolai Vasilievich gobernaba a aquella mujer? En cierto sentido, sí, es verdad, pero también lo es que ella pronto se convirtió, además de en su esclava, en su tirana. Y aquí se abre el abismo, la sima del tártaro, si lo prefieren. Pero procedamos con orden”.
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Nunca se insistirá bastante en que una de las cosas que deslumbran al espectador —sí, el espectador— de la pelea entre Tom King y Sandel es la extraordinaria técnica cinematográfica del relato de Jack London, el carácter audiovisual y a veces táctil de una narración que en ocasiones permite sentir los golpes que reciben los contendientes, el cansancio que empieza poco a poco a invadir al más viejo.
Más importante aún es la descripción de la intensa carga de vida interior de Tom King, su inteligencia emocional, la lucidez con que enfrenta la situación.
La estrategia de púgil se basa en la economía de recursos, observa a su oponente con parsimonia, lo estudia, lo esquiva, trata de evitar la confrontación directa, mantiene “su deli berada lentitud, sin importarle el griterío de los jóvenes vehementes que querían verle pelear”, pero no puede evitar el ocasional “diluvio de golpes” que cae sobre él. Hace de tripas corazón. El que ataca lucha por la victoria, como diría Tzun Tzu en “El arte de la guerra”, pero el atacado lucha por sobrevivir, aunque también busca la victoria. Tom King logra asestar otro golpe contundente a la mandíbula de Sandel, pero el joven púgil se repone. La juventud se repone. El golpe que propinó también le hace daño a Tom King, a sus nudillos lesionados: “sabía que, para que pudieran resistir todo el combate, tenía que racionar los golpes prudentemente”.
Finalmente se lanza al ataque con todas las fuerzas que le quedan y pone en serios problemas a Sandel, pero al mismo tiempo empieza a sentir que el corazón se le sale por la boca:
“Sandel retrocedía dando traspiés, perseguido por King, que empezaba a sentir calambres en las piernas y cuyos nudillos co menzaban a resentirse. Sin embargo, siguió asestando sus terribles golpes, sin detenerse ante el dolor que cada uno de ellos producía en sus manos, en sus pobres manos, viejas y torturadas. Aunque en aquellos momentos no recibía ninguna réplica de su adversario, se debilitaba a toda prisa, de modo que pronto su estado igualaría al de Sandel. No fallaba un solo golpe, pero éstos ya no poseían la potencia de antes y cada uno de ellos suponía para un esfuerzo extraordinario. Sus piernas parecían de plomo y se arrastraban visiblemente por el ring. Los partidarios de San del lo advirtieron y empezaron a dirigir gritos de aliento al joven boxeador.
“Esto decidió a King a realizar un postrer esfuerzo y asestó dos golpes casi simultáneos: uno con la izquierda, dirigido al plexo solar y que resultó un poco alto, y otro con la derecha a la mandíbula. Estos golpes no fueron demasiado fuertes, pero Sandel estaba ya tan conmocionado, que cayó en la lona, donde quedó debatiéndose. El árbitro se inclinó sobre él y empezó a contarle al oído los segundos fatales. Si antes del décimo no se levantaba, habría perdido el combate. En la sala reinaba un silencio de muerte. Apenas se mantenía en pie sobre sus piernas temblorosas. Se había apoderado de él un mortal aturdimiento y, ante sus ojos, el mar de caras se movía y se balanceaba mientras a sus oídos llegaba, al parecer desde una distancia remotísima, la voz del árbitro que contaba los segundos. Pero conside raba el combate suyo. Era imposible que un hombre tan castigado pudiera levantarse.
“Solamente la juventud se podía levantar... Y Sandel se levantó. Al cuarto segundo, dio media vuelta, quedando de bruces, y buscó a tientas las cuerdas. Al séptimo segundo ya había con seguido incorporarse hasta quedar sobre una rodilla, y descansó un momento en esta postura, mientras su aturdida cabeza se bamboleaba sobre sus hombros. Cuando el árbitro gritó «¡nue ve!», Sandel se levantó del todo, adoptando la adecuada posición de guardia, cubriéndose la cara con el brazo izquierdo y el estómago con el derecho. Así defendía sus puntos vitales, mien tras avanzaba agachado hacia King, con la esperanza de agarrarse a él para ganar más tiempo”.
Lamentablemente el mejor momento había pasado. Pronto empezaría Tom King a vacilar “entre la derrota y la supervivencia”. Pelearía con el alma, más que con los puños: “Tan pronto como Sandel se levantó, King se le echó encima, pero los dos golpes que le envió tropezaron con los brazos pro tectores. Acto seguido, Sandel se aferró a él desesperadamente, mientras el árbitro se esforzaba por separarlo, ayudado por King. Éste sabía con cuánta rapidez se recobraba la juventud y, al mismo tiempo, estaba seguro de que Sandel sería suyo si podía evitar que se repusiera. Un enérgico directo lo liquidaría. Tenía a Sandel en su poder, no cabía duda. Él había llevado la iniciativa del combate, había demostrado mayor experiencia que su contrincante le llevaba ventaja de puntos. Sandel se desprendió del cuerpo de King, tambaleándose, vacilando entre la derrota y la supervivencia. Un buen golpe lo derribaría definitivamente, y, ante esta idea, Tom King, presa de súbita amargura, se acordó del bistec. ¡Ah, si lo hubiera tenido y contara con su fuerza para el golpe que iba a asestar! Concentró sus últimas energías en el golpe decisivo, pero éste no fue bastante fuerte ni bastante rápido. Sandel se tambaleó, pero no llegó a caer. Con paso vacilante, retrocedió hacia las cuerdas y se aferró a ellas. King, también tambaleándose, le siguió y, experimentando un dolor indescriptible, le asestó un nuevo golpe. Pero las fuerzas le habían abandonado. Únicamente le quedaba su inteligencia de luchador, turbia, oscurecida por el cansancio. Había dirigido el puño a la mandíbula, pero tropezó en el hombro. Su intención había sido darlo más alto, pero sus cansados músculos no le obedecieron. Y, por efecto del impacto, el propio Tom King retrocedió, dando traspiés. Poco faltó para que cayera. De nuevo lo intentó. Esta vez su directo ni siquiera alcanzó a Sandel. Era tal su debilidad, que cayó sobre el joven y se abrazó a su cuerpo, para no desplomarse definitivamente a sus pies.
“King ya no hizo nada por separarse. Había puesto toda la carne en el asador: ya no podía hacer más. La juventud se había impuesto. Incluso en aquel abrazo, notaba cómo Sandel iba recuperando sus fuerzas. Cuando el árbitro los separó, King vio claramente cómo se recobraba su joven adversario. Segundo a segundo, Sandel se iba mostrando más fuerte. Sus directos, débiles y vacilantes al principio, cobraron dureza y precisión. Los ofuscados ojos de Tom King vieron el guante que se acercaba a su mandíbula y se propuso protegerla alzando el brazo. Vio el peligro, deseó parar el golpe, pero el brazo le pesaba demasiado y no pudo: le pareció que tenía que levantar un quintal de plomo. El brazo no quería levantarse y él deseó con toda su alma levantarlo. El guante de Sandel ya le había llegado a la cara. Oyó un agudo chasquido semejante al de un chispazo eléctrico y el negro velo de la inconsciencia envolvió su mente.
“Cuando abrió de nuevo los ojos, se encontró sentado en su rincón y oyó el clamoreo del público, semejante al rumor del oleaje de la playa de Bondi. Alguien le oprimía una esponja empapada contra la base del cráneo, y Sid Sullivan le rociaba la cara y el pecho con agua fría. Le habían quitado ya los guantes y Sandel, inclinado sobre él, le estrechaba la mano. No sintió rencor alguno hacia el hombre que lo había dejado fuera de com bate, y le devolvió el apretón de manos tan cordialmente, que sus nudillos se resintieron. Luego Sandel se dirigió al centro del cuadrilátero, y el griterío del público se acalló para oírle decir que aceptaba el desafío de Young Pronto, y que proponía aumentar la apuesta a cien libras. King le contemplaba, indiferente, mientras sus segundos secaban el agua que corría a raudales por su cuerpo, le pasaban una esponja por la cara y lo preparaban para abandonar el cuadrilátero. King sentía hambre; no era aquélla la sensación de hambre ordinaria, sino una gran debilidad, una serie de palpitaciones en la boca del estómago que repercutían en todo su cuerpo. Se acordó del momento en que había tenido ante él a Sandel tambaleándose, al borde del knock-out. ¡Ah, si hubiese tenido aquel bistec en el cuerpo! Entonces nada habría salvado a Sandel. Le había faltado sólo esto para asestar el golpe decisivo con eficacia. Había perdido por culpa de aquel bistec”.
El verdadero ganador fue Jack London (el ganador de la narración), un autor a veces menospreciado que en su corta vida de aventurero y escritor demostró una y otra vez sus extraordinarias dotes de narrador. Dotes tan superiores a las de muchos clásicos de la gran literatura usamericana. Las mismas que le permitieron darle vida a un personaje tan introspectivo y de tan densa e intensa humanidad como Tom King y mantener al lector clavado en el relato. (Lea el texto completo en https://ciudadseva.com/texto/un-buen-bistec/).
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Una vez Jack London escribió un cuento, o más bien un relato, que es como una radiografía del alma de un boxeador llamado Tom King. Es la historia de un bistec que no pudo comprar (el bistec que da título a la obra) y de una pelea memorable en la que un púgil empeña el alma más que los puños. Un relato introspectivo, una apología de la derrota y de la dignidad a la vez. Historia de sueños rotos al límite de la perfección.
El añoso y veterano Tom King se enfrenta una noche, en la que será su última pelea, al vigoroso y juvenil Sandel. Tom King tiene tantos años como deudas y el carnicero se negó a fiarle un buen bistec, el bistec que le daría fuerzas para ganar la pelea. Con la harina que le prestó “la vecina del piso de enfrente”, su amante esposa le preparó un tentempié y cenaría frugalmente. Una cena que no alcanzó para los hijos ni para ella.
“Cuando se levantó de la mesa, le embargaba una inconfundible sensación de hambre. Él era el único que había cenado. Los dos niños estaban acostados en la habitación contigua. Los habían llevado a la cama antes que otros días para que el sueño no les dejara pensar en que se habían ido a dormir sin probar bocado. “La esposa de Tom King no había cenado tampoco. Se había sentado frente a él y lo observaba en silencio, con mirada solícita. Era una mujer de clase humilde, flaca y agotada por el trabajo, pero cuyas facciones conservaban restos de una antigua belleza”.
Tan mala era la situación económica que Tom King se ve precisado a caminar tres kilómetros para llegar al lugar de la pelea (por suerte, se le había acabado el tabaco y no pudo fumar su pipa). Sin embargo, antes de salir imprime un beso a su esposa. Un emblemático beso. Hay un refrán que dice que Dios aprieta, pero no ahorca. Por mala que sea la situación económica, Tom King es dueño de un invaluable tesoro. Su esposa, dos hijos, el amor que los une.
Tom era un típico boxeador y había conocido mejores tiempos. Tiempos de gloria o fama efímeras, y de dinero que se le escurrió entre las manos. El único oficio que conocía era el de los puños, aparte de ayudante de albañilería, y ya no tenía tiempo de aprender otro.
“Bastaba verle la cara a Tom King para comprender cuál era su profesión. Aquel rostro era el típico del boxeador, del hombre que ha pasado muchos años en el cuadrilátero y que, a causa de ello, ha desarrollado y subrayado en sus facciones los rasgos característicos del animal de lucha. Era una fisonomía que intimi daba, y para que ninguno de aquellos rasgos pasara inadvertido iba perfectamente rasurado”.
A pesar de las apariencias era un tipo noble y de buen temperamento. Un alma noble en un cuerpo de gorila: “Cuando estaba en el cuadrilátero, pegaba con intención de hacer daño, de lesionar, de destruir; pero no había animosidad en sus golpes: era una simple cuestión de intereses. El público acudía y pagaba para ver cómo dos hombres se vapu leaban hasta que uno de ellos quedaba inconsciente. El vencedor se quedaba con la parte del león de la bolsa”.
La pelea comienza y Tom King se enfrenta al brioso y exhibicionista Sandel con un juego de inteligencia en el que todos sus movimientos están calculados, reducidos a un mínimo. Sandel salta y se mueve como una ardilla, ataca sin cesar a su oponente. Tom King se enroca, a la manera del armadillo. Espera pacientemente. La paciencia es la mejor arma del veterano. “Sandel atacaba, retrocedía, estaba aquí y allá, en todas partes. Con pies ligeros y corazón vehemente, deslumbrante con su carne blanca y sus potentes músculos, tejía un ataque maravilloso, saltando y deslizándose como una ardilla, eslabonando mil movimientos ofensivos, todos ellos encaminados a la destrucción de Tom King, del hombre que se alzaba entre él y la fortuna. Y King soportaba pacientemente el chaparrón. Conocía su oficio y sabía cómo era la juventud, ahora que la había perdido. Se dijo que tenía que esperar a que su oponente fuese perdiendo fogosidad, y sonrió para sus adentros mientras se agachaba para parar un fuerte directo con la base del cráneo. Era una argucia innoble, pero correcta, según el reglamento del pugilismo”.
La descripción del combate es tan vívida que permite al lector asistir al escenario en primera fila. Hace posible ver, casi literalmente, a los púgiles en acción. Se escucha el sonido de la campana, el bramido del público y sobre todo el fragor de la lucha interior que sostiene Tom King, la lucidez con que enfrenta la situación, la forma en que por momentos se crece y revierte el pugilato a su favor. Tom King combate por dinero, combate por dignidad, combate por la familia que lo espera en su hogar. La suya será una historia como aquellas que narraba Hemingway. La del vencedor vencido:
“Cuando, al terminar el asalto, fue a sentarse en su rincón para descansar, se recostó con las piernas extendidas y apoyó los brazos en el ángulo recto que formaban las cuerdas. Entonces su pecho y su abdomen empezaron a subir y a bajar en profundas aspiraciones, mientras le acariciaban el rostro el aire de las toa llas con que le abanicaban sus segundos.
“Con los ojos cerrados, Tom King escuchaba el clamoreo del público.
“—¿Por qué no luchas, Tom? —le gritaron— ¿Es que tienes miedo? “—Le pesan los músculos —oyó que comentaba un espectador de primera fila—. No puede moverse con más rapidez. ¡Dos libras contra una a favor de Sandel!
“Sonó la campana y los dos púgiles abandonaron sus rincones. Sandel recorrió tres cuartas partes del cuadrilátero, ansioso de reanudar la contienda. King apenas se apartó de su rincón. Esto formaba parte de su plan de ahorro de fuerzas. No había podido entrenarse como era debido, no había comido lo suficiente, y el menor movimiento innecesario tenía su importancia. Además, había que tener en cuenta que había recorrido a pie más de tres kilómetros antes de subir al ring. Aquel asalto fue una repetición del primero: Sandel atacaba en tromba y el público, indignado, abucheaba a King al ver que no combatía. Aparte algunas fintas y varios golpes lentos e ineficaces, se limitaba a mantener una guardia cerrada, parar golpes y agarrarse al adversario. Sandel deseaba acelerar el ritmo del combate, y King, hombre de experiencia, se negaba a secundarlo. En su rostro deformado por los golpes había una melancólica sonrisa, y Tom seguía economizando fuerzas celosamente, como sólo puede hacerlo un boxeador maduro. Sandel era joven y derrochaba sus energías con la prodigalidad propia de su juventud.
“El tercer asalto comenzó como los anteriores. Sandel llevaba la iniciativa y castigaba duramente a su adversario. Pero, aún no había transcurrido medio minuto, el joven, excesivamente confiado, se olvidó de cubrirse, y los ojos de King centellearon a la vez que su brazo derecho se lanzaba como un rayo hacia adelante. Fue su primer golpe de verdad: un gancho reforzado, no sólo por el hábil movimiento del brazo, sino por el peso de todo el cuerpo. El león adormecido acababa de lanzar un imprevisto zarpazo. Sandel, tocado en un lado de la mandíbula, cayó como un buey abatido por el matarife. El público se quedó pasmado: algunos aplaudieron tímidamente, mientras por toda la sala corrían mur mullos de admiración. ¡Caramba, caramba! King no tenía los músculos tan embotados como se creía, sino que era capaz de asestar verdaderos mazazos”.
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[Lo de hoy es un regalo de Marcos Taveras, un texto sobre el más genial escritor de la literatura norteamericana y quizás el más problemático intelectual de esa cultura. Hemingway dijo: "La literatura estadounidense nace con Twain. No había nada antes. No ha habido nada igual de bueno después". El juicio de Hemingway es sin lugar a dudas tremendista. Antes y junto a Mark Twain estaban Washington Irving, Nathaniel Hawthorne, Edgar Allan Poe, Herman Melville, Walt Whitman, Emily Dickinson, Henry James y otros, pero Whitman y Twain inventaron a mi juicio la literatura típicamente norteamericana. Por eso en forma más acertada William Faulkner llamó a Twain el padre de la literatura norteamericana o mejor dicho usamericana
Lo que pocas veces ha existido en la cultura norteamericana desde la época de Twain es el pensamiento crítico con el que ese personaje se opuso a una sociedad brutal y se anticipó a los tiempos venideros en sus escritos con exquisito sarcasmo, denunciando el advenimiento de la intolerancia que iba a sustituir las ideas liberales y democráticas de los fundadores de la nación. Arquímedes es un pretexto para castigar a una sociedad de clase de explotadores que preludia el predominio del complejo militar industrial en alianza con los banqueros. Lo mismo que previó Jeffersson y tanto temía Eisenhower. PCS].
Dadme un punto de apoyo", dijo Arquímedes, "y moveré el mundo". La fanfarronada era muy segura, porque él sabía muy bien que no había punto de apoyo, y nunca lo habría. Pero suponga que él hubiese movido la Tierra; ¿Y qué? ¿En qué hubiese beneficiado eso a nadie? El trabajo nunca habría cubierto gastos, mucho menos hubiese dejado dividendos, así que, ¿De qué servía hablar de ello? Por lo que los astrónomos nos cuentan, debo entender que la tierra ya se mueve bastante rápidamente, y, si hubiese algunos chiflados que estuviesen insatisfechos con su marcha, para lo que a mí me importa, bien pueden empujarla ellos mismos; yo no movería un dedo ni suscribiría un solo penique para apoyar nada parecido.
Por qué un compañero como Arquímedes debería ser considerado un genio, es algo que nunca he podido comprender. Jamás he sabido que hiciese una fortuna, ni que hiciese algo de lo que valiese la pena hablar. Respecto a ese último contrato que emprendió, era la peor chapucería que yo haya conocido; el asumió la tarea de mantener a los Romanos fuera de Siracusa; Intentó una treta tras otra, pero ellos entraron de todos modos, y cuando le tocó enfrentarlos limpiamente, también en eso se quedó corto; un simple soldado, de una manera muy empresarial, acabó con todas sus pretensiones.
Es evidente que era un hombre sobrevaluado. Tenía el hábito de armar un gran escándalo por sus tornillos y palancas, pero su conocimiento de la mecánica era realmente muy limitado. Yo mismo no me considero un genio, pero conozco una fuerza mecánica más poderosa que cualquier cosa que hubiese soñado el jactancioso ingeniero de Siracusa. Es la fuerza del monopolio de la tierra; Es un tornillo y una palanca, todo en uno; desatornillará hasta el último penique de los bolsillos de un hombre, y torcerá todo sobre la tierra para servir a su propia voluntad despótica. Dadme la propiedad privada de toda la tierra, y yo ¿moveré la tierra? No; pero haré más que eso. Me encargaré de hacer esclavos a todos los seres humanos sobre su faz. No esclavos encadenados exactamente, pero esclavos de todos modos. Qué idiota sería encadenarlos. Tendría que darles sales y cenas cuando se enfermasen, y darles latigazos para que trabajen cuando haraganean.
No, no es suficiente. Con el sistema que propongo, los muy tontos se imaginarían que son libres. Yo obtendría resultados óptimos, y no tendría ninguna responsabilidad. Ellos cultivarían el suelo; cavarían hacia las entrañas de la tierra en busca de sus tesoros ocultos; construirían ciudades, ferrocarriles y telégrafos; sus navíos surcarían los océanos; trabajarían y trabajarían, inventarían e idearían; sus almacenes estarían llenos, sus mercados repletos, y: Lo hermoso de todo el asunto sería que todo cuanto hiciesen me pertenecería.
Funcionaría de la siguiente manera, como verá: Siendo yo el propietario de toda la tierra, ellos tendrían que pagarme renta, por supuesto. No sería razonable que esperasen que yo les permita utilizar la tierra por nada. No soy un hombre insensible, y al fijar el valor de la renta sería muy liberal con ellos. De hecho, les permitiría que ellos mismos lo fijasen. ¿Qué podría ser más justo? He aquí un lote de tierra, digamos, una granja o una zona residencial, o cualquier otra cosa - si tan solo hubiese un hombre que la quisiese, pues claro que no me va a ofrecer mucho, pero si el terreno realmente valiese algo, no es probable que se produzca tal circunstancia. Por el contrario, habría un número considerable de individuos que la querrían, y que empezarían a pujar y pujar, uno contra el otro, con el fin de obtenerla. Yo aceptaría la oferta más alta - ¿Qué podría ser más justo? Cada aumento de población, cada extensión del comercio, cada avance en las artes y las ciencias aumentaría el valor de la tierra, como todos sabemos, y la competencia que naturalmente surgiría, continuaría haciendo subir las rentas, tanto así, que en muchos casos a los inquilinos les quedaría muy poco o nada para sí mismos.
En este caso, cierto número de los que pasan tiempos difíciles buscarían un préstamo, y a aquellos que no la pasan tan mal, por supuesto, se les ocurriría que, si tan solo tuviesen más capital, podrían extender sus operaciones, y así hacer sus negocios más provechosos. Aquí entro yo de nuevo. El hombre que todos necesitan; un benefactor habitual de mi especie, siempre presto a ayudarles. Con la enorme renta que cobro, puedo proveerles de fondos, hasta donde pueda yo obtener seguridad; no podrían esperar que yo hiciese más que eso, y en cuestión de intereses sería igualmente generoso.
Les permitiría fijar la tasa de interés exactamente de la misma forma en que fijaron la renta. Los tendría agarrados por el cuello, y si no llegasen a pagarme, sería la cosa más sencilla del mundo vender sus bienes para compensarme. Puede que se lamenten de su suerte, pero los negocios son los negocios. Debieron haber trabajado más duro y ser más productivos. Cualquier inconveniencia que sufriesen, sería su problema, no el mío. ¡Qué gloriosos momentos pasaría! Renta e interés, interés y renta, y sin ningún límite para ninguno, excepto la capacidad de los trabajadores para pagar. Las rentas subirían y subirían, y ellos continuarían empeñando e hipotecando; y así irían cayendo, uno tras otro; sería el deporte más entretenido jamás visto. Así, con la sencilla palanca del monopolio de la tierra, no solo el mismísimo globo terráqueo, sino todo cuanto hay sobre el mismo, acabaría por pertenecerme. Sería rey y señor de todo, y el resto de la humanidad serían mis más fieles esclavos.
No necesita decirse que sería inconsistente con mi dignidad asociarme con el común denominador de la humanidad; no será muy político de mi parte decirlo, pero, de hecho, no solo odio el trabajo, sino que también odio a aquellos que trabajan, y no desearía tener a sus apestosas humanidades cerca de mí a ningún precio. Muy por encima de la despreciable horda, me sentaría en mi trono, rodeado de un círculo de devotos adoradores. Elegiría solo a quienes mi corazón deseara para ser mis compañeros. Les condecoraría con medallas y cachivaches para espolear su vanidad; considerarían un honor besar mi guante, y le rendirían homenaje a la mismísima silla en la que me siento. Los valientes morirían por mí, los piadosos rezarían por mí, y las jóvenes más hermosas se desvivirían por complacerme. Para la apropiada administración de los asuntos públicos establecería un parlamento, y para la preservación de la ley y el orden tendría soldados y policías, todos los cuales habrán jurado servirme fielmente; no recibirían mucha paga, pero su elevado sentido del deber sería garantía suficiente de que cumplirían los términos de su contrato.
Fuera del encantador círculo de mi sociedad, habría otros, luchando por ganarse mis favores; y detrás de estos habría otros distintos que estarían siempre luchando por ascender a los rangos de aquellos enfrente de éstos;, y así sucesivamente, cada vez más atrás y más abajo, hasta llegar a los rangos inferiores de los trabajadores, eternamente trabajando y eternamente luchando tan solo para vivir, con el infierno de la pobreza eternamente amenazando con engullirlos.
¡Qué hermoso arreglo - la ambición jalonándoles por delante, la necesidad y el miedo empujándoles por detrás! En los intereses conflictivos que estarían involucrados, en la competencia despiadada que prevalecería, en la enemistad que se engendraría entre los hombres, entre marido y mujer, padre e hijo, yo, por supuesto, no tomaría partido. Habría mentiras y trampas, maltratos de los patronos, deshonestidad de los sirvientes, huelgas y protestas, asaltos e intimidación, riñas familiares y disputas interminables; pero todo esto no sería mi problema. En la serena atmósfera de mi paraíso terrenal, estaría a salvo de todo mal. Me deleitaría con los más deliciosos manjares, y paladearía vinos de la mejor cosecha; mis jardines tendrían las terrazas más magníficas y las más bellas arboledas. Caminaría entre el exuberante follaje de los árboles, las fragantes flores, el canto de las aves, el chorrear de las fuentes, y el chapoteo de aguas tranquilas. Mi palacio tendría muros de alabastro y cúpulas de cristal, habría muebles de la más exquisita artesanía, alfombras y cortinas de los más ricos tejidos y las más finas texturas, pinturas y esculturas que fuesen milagros del arte, jarrones de oro y plata, las gemas más puras brillando en sus montajes, las voluptuosas notas de la música más dulce, el perfume de las rosas, los sillones más suaves, una horda de lacayos que vienen y van según mi capricho, y una perfecta galaxia de belleza para estimular el deseo, y administrar a mi placer. Así pasaría las horas felices, mientras a lo largo del mundo se consideraría un signo de respetabilidad el imitar mis virtudes, y en todas partes se cantarían himnos en mi honor.
Arquímedes nunca soñó nada como eso. Sin embargo, con la tierra como mi punto de apoyo y su propiedad privada como mi palanca, todo eso es posible. Si se dijese que la gente acabaría por detectar el fraude, y que con rápida venganza nos arrojarían a mí y a mis parásitos adoradores a la perdición, yo les respondo, "Nada de eso, la gente es más buena que el pan, y lo soportarían como si fuesen de ladrillo - y apelo a los hechos de hoy para que sean mis testigos. (Mark Twain)
Emilio Castro Kundhardt y Félix García Castellanos abonando con tierra dominicana el Árbol de la fraternidad del instituto Tecnologico de Monterrey
(El autor agradece a Naya Despradel por las valiosas informaciones que hicieron posible la realización de este trabajo).
Pienso que Emilio Castro Kundhardt no olvidaría nunca aquella infausta ocasión en que el general Alcántara se apareció en su celda y se quedó mirándolo, posiblemente mirándolo, mientras Emilio yacía —abatido y sin fuerzas—, junto a otros compañeros de infortunio en un rincón. Abatido y sin fuerzas, quizás más bien exhausto, desnudo y apaleado, apretujado en los estrechos límites de una fétida mazmorra donde se mezclaban seguramente el olor de la sangre con el olor de los orines y las materias fecales y el dolor de los gritos. Los espantosos gritos de los condenados. Los presos torturados.
El tenebroso general Alcántara, José María Alcántara (el guaraguao Alcántara, como le decían los dominicanos o malfiní Alcantará como le llamaban los haitianos en creol), había ganado fama de asesino y torturador al frente de El Sisal de Azua, una especie de campo de concentración y trabajos forzados de la gloriosa era de Trujillo. En realidad había ganado fama de torturador y asesino en todos y cada uno de los pueblos en que había estado de servicio como militar, tanto en el Este como en el Suroeste, y sobre todo en Nagua. Pero fue en la frontera donde se superó a sí mismo, en el pueblo o poblado de Pedro Santana. Allí, durante la matanza haitiana de 1937, asesinó hombres, mujeres y niños sin compasión, incontables haitianos y dominico-haitianos sin compasión. Los sometía a suplicio, los mataba o los hacía matar a balazos o los ahorcaba en una ceiba o un monte que los haitianos bautizaron con su nombre.
Ese fue el hombre que se apareció un día o una noche en la celda de Emilio. Ahora, en estos momentos, en algún momento de su estadía en el infierno, Emilio vio que el general Alcántara se encontraba en la puerta de la celda, mirándolo fijamente, y era más que evidente que no venía a hacerle una visita de cortesía. Lo miraría con odio, con infinito odio. Se tomaría su tiempo para sacar la pistola, la rastrilló, le apuntó, le disparó, quizás a la cabeza...
Emilio y su hermano Luis José, alias Cuqui, habían sido inquietos políticamente desde siempre. Una inquietud que llevaban un poco en la sangre, herencia familiar. El padre de ambos, Rafael Octavio, también había estado preso por su oposición al régimen junto a Papito Sánchez Sanlley y Amiro Pérez Mera. Pero quizás el mayor sembrador de inquietudes con el que tuvieron contacto Emilio y su hermano fue el sacerdote Daniel Cruz Inoa, que dirigía la ACC, Acción Clero Cultural (entre cuyos fundadores se encontraban Fafa Taveras y Leandro Guzmán).
Por su cercanía e influencia, el sacerdote fue un factor determinante para que los hermanos se integraron al movimiento clandestino de lucha contra el tirano desde que se crearon las primeras células. Las mismas que fueron multiplicándose poco a poco y luego se fusionaron y dieron origen al Movimiento 14 de Junio.
Antes de que se produjera la consolidación de las células clandestinas que había en el país, durante el mes de enero de 1960, se realizaron incontables reuniones preparatorias en Salcedo y Mao. Con la precaución que el caso ameritaba (y el peligro que conllevaba) muchas de esas reuniones se celebraron en la casa de los Castro Kunhardt, en Santiago.
El movimiento se había constituido y construido tras la derrota de la gloriosa repatriación armada de 1959. El sacrificio, el valor, el martirio que habían sufrido los expedicionarios, inspiraba a los integrantes Del Movimiento 14 de junio y estaban dispuestos todo. El objetivo común era liquidar el régimen de Trujillo, liquidar a Trujillo, que ya estaba por cumplir treinta años en el poder, y se planteaba abiertamente la lucha armada. Al parecer había alguna relación con la revolución cubana y alguna vez corrieron rumores de que la ACC en algún momento estuvo esperando armas de ese país, con las cuales propiciarían guerrillas urbanas. En realidad, se estaba hablando de insurrección.
Cuando los servicios secretos del régimen “develaron el complot” y desmantelaron la organización, muchos se quedaron asombrados por las ramificaciones que tenía en todo el país. Se descubrió, con asombro, que algunos militantes eran miembros de connotadas familias de trujillistas y superaban en número lo que podía esperarse.
Emilio tenía 18 años cuando fue hecho prisionero en enero de 1960, pero su hermano Cuqui evadió la prisión, ocultándose prudentemente.
Estuvo preso y mal preso en el centro de tortura conocido como La 40, estuvo preso en el 9 (el centro de tortura del kilómetro 9 de la Carretera Mella), estuvo otra vez en La 40 y finalmente en la cárcel de La Victoria. Allí permaneció hasta junio de 1960, cuando juzgaron a muchos de los complotados que habían sobrevivido y los dejaron libres. Muchos serían reapresados y asesinados.
Emilio Bernabé Castro Kunhardt aparece, por cierto, en una lúgubre fotografía del libro “Complot develado” (“Génesis y evolución del movimiento conspirativo-celular ‘14 de junio’ contra el gobierno dominicano, descubierto por el ‘SIM’ en enero de 1960”). Una lúgubre foto con su correspondiente prontuario “delictivo” y vistiendo una de las tres camisas que se usaron para todos los presos. Fue una publicación del gobierno de Trujillo para desacreditar a los integrantes del movimiento con todo tipo de insultos, y le atribuyeron calumniosamente la autoría a Rafael Valera Benítez, uno de los conjurados. Pero la vulgar calumnia nunca prosperó.
A la brillante pluma de Valera Benítez se debe una espeluznante descripción del ambiente carcelario de La 40:
“La noche que yo llegué al centro de tortura, aquello parecía la obra de alguna alucinación dantesca. En todo el patio de la prisión y en sus diversas dependencias se torturaba del más diverso modo en medio de un frenesí bestial en el que aparecían entremezclados esbirros y hombres desnudos y esposados dando alaridos y revolcándose como gallinas decapitadas.
“Cuando alguien perdía el conocimiento, como consecuencia de las pelas aplicadas en un cuadrilátero denominado El Coliseo, por dos o tres esbirros a la vez, sobre el cuerpo despellejado, sanguinolento y en carme viva del cautivo, era derramada una lata de agua de sal o se le sentaba en La Silla para reanimarlo con descargas eléctricas”.
De acuerdo con informaciones proporcionadas por Amaury Dargam, que compartió celda con Emilio y otros en La 40, el espacio en que estaban confinados había sido diseñado para unas tres personas, pero metían siete u ocho. Cuenta Amaury que los mantenían desnudos, y que por supuesto, los azotaban, los golpeaban con palos y látigos, y que una de las torturas mentales era que los llevaban a la silla eléctrica, los amarraban, los interrogaban, pero no les pasaban corriente. Era una forma de forzarlos a hablar.
A Emilio lo torturaron con chuchos y palos, y con las pelas que propinaban en el cuadrilátero denominado El Coliseo.
Nada, sin embargo, según lo que cuenta su hermano Cuqui, fue peor para Emilio que aquella infausta ocasión en que el demoníaco general Alcántara se apareció en su celda, rastrilló la pistola, le apuntó y le disparó.
Emilio le contó que el tiempo se detuvo...que no sabía el tiempo que había transcurrido, hasta que se dio cuenta de que no estaba herido..., que le habían disparado con bala de salva..., le dijo que ese fue el día que perdió el miedo a morir..., su peor tortura..., mucho peor que los golpes y la picana eléctrica...
Después de su amarga experiencia carcelaria y el ajusticiamiento de Trujillo, Emilio militó brevemente en la Unión Cívica Nacional, antes de abandonar la política para siempre.
Partiría, al cabo de un tiempo y ciertas vicisitudes en Venezuela, con una beca, rumbo al Instituto Tecnológico de Monterrey, donde se graduó de ingeniero electro-mecánico, carrera que no existía en nuestro país, y se convirtió en uno de los primeros dominicanos que obtuvo ese título. Además, tuvo un desempeño académico brillante. Junto a Miguel Gil Mejía fue uno de los pocos que calificó para impartir clases en el Tecnológico cuando eran ya estudiantes de término.
En Monterrey contraería matrimonio con la mexicana Carolina Fuentes, su maravillosa compañera de toda la vida. Tuvo un primer hijo al que llamó Ernesto, y tuvo otro al que llamó Hugo, en honor de su pariente Hugo Kunhardt, uno de los valientes que vino en la Invasión de Luperón de 1949 y que murió calcinado en el hidroavión Catalina, inmisericordemente bombardeado por la Aviación Militar Dominicana. También tuvo una hija a la que llamó Dafne en tributo a su querida madre.
Durante algunos años trabajó en Santiago de los Caballeros como profesor de la Universidad Madre y Maestra, trabajó en Colombia, pero finalmente se estableció en Monterrey. Allí ocupó cargos de importancia en la prestigiosa empresa Grupo Alfa, pionera en el establecimiento de industrias, y luego pasó a Cementos Mexicanos, Cemex.
Al cabo de una feliz, fructífera y larga unión matrimonial la muerte puso fin a sus días en la misma ciudad de Monterrey el 24 de agosto de 2020.
En palabras breves y esenciales, Emilio Castro Kunhardt fue, a carta cabal, una persona distinguida que honró en todo momento su profesión y sus principios, un hombre de incontables méritos, gran nobleza y valor a toda prueba. Gloria y paz a sus restos.
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Sentí en el alma que Sergio Vargas tomara a mi madre en su sucia boca; y pensé en la suya, que debe ser tan santa como la mía. Durante un mes el silvador Sergio Vargas se la paso mentandome la madre en todos los medios de comunicación de este país, y yo le respondi con el breve pensamiento que está entrecomillado más arriba. Desechando ese desagradablemomento, publico con motivo del dia de las madres del proximo domingo este desagravio a la persona que más amé y amaré en la vida.
UNA IDEA DE LA MUJER, MI MADRE Y YO
Los seres humanos no fijan su orgullo, su valor o su actitud en un acto voluntario, en cierta forma lo que decide es su infancia. Mi madre se llamó Guadalupe Martinez Bello, y llegó a la capital llena de historias campesinas tejidas desde la mirada femenina que veía a un padre participar de las luchas manigüeras de finales del siglo diecinueve y principios del veinte. Venía del Cibao, y en esos ojos, que siguen siendo para mí los ojos más hermosos, había siempre el ademán inconcluso de un hecho heroico que protagonizaba mi abuelo. La plenitud es todavía la suma de experiencia de que un hombre y una mujer son capaces, y yo no encuentro la mía si no es refugiándome en esos ojos, oyendo aquella voz tímida que hablaba de la novela “Genoveva de Bravantes”, y el infortunio de su existencia al lado de Siegfried de Tréveris, el malvado esposo que la martirizó. Y la oigo maldecir, mientras leía un trozo de la novela en el cual aparecía Genoveva de Bravantes desnuda, envuelta en su larga cabellera negra. Quizá por ello la imagen de la mujer que preservo, y con la que vivo y actúo, irradia poder y vigor. Mi madre era viuda, yo ni siquiera conocí a mi padre, y de esa circunstancia he sacado mi fantasmagoría más íntima, porque a mí alrededor era una mujer el único ser indispensable en el universo. Siempre a punto de flaquear, mirando la vida como un sacerdocio, perdida en los lazos de un soliloquio inexplicable y triste, atribulada por la reproducción de la vida material y la pobreza, todos los días enfrentaba la dura tarea de levantar a sus hijos. Murió a los cincuenta y dos años, y yo soy ahora más viejo que mi mamá, y si regresara a la vida podría sentármela en las piernas y darle consejos. La veo a través de la distancia que impone la muerte, ante su fragilidad aparente; no puedo dejar de interrogarme ¿de dónde podía sacar el mandato de vivir? ¿Cómo ese ser tan débil atravesaba nuestro valle de lágrimas y aún sonreía? Es por eso que siempre he dudado de ese lugar común que llama “sexo débil” al femenino, porque para mí la condición de mujer, desde el punto de vista social, es más comprometida y fuerte que la del hombre. Una crítica norteamericana amiga decía que en mis novelas las mujeres tenían siempre un aire heroico, pero esa heroicidad, que ciertamente aparece, está anclada en la vida cotidiana. La heroicidad femenina es forzosamente verdadera, no hay que inventar nada, no hay enredarla en actos bélicos o en campañas políticas, está tejida minuto a minuto en el transcurrir del día, y sólo leyendo la práctica que dimana del papel de la mujer en la vida social se puede comprobar. Y hay más: una mujer encarna ese papel coexistiendo entre el mundo maravilloso y el mundo real, y siendo, además, múltiple. Y sí, también sublime el mundo de la mujer. Heroico y mágico. Y no porque uno se vaya a chamuscar en los velos transparentes en que está envuelta, sino porque más arduo que ése fulgor no hay otra llama. La maternidad es mágica, mágico es el sentido de la existencia que convierte a un ser aparentemente débil en un manto de protección, y es mágico, finalmente, esos breves momentos de eternidad en los cuales la idea del amor funda en la mujer su propia estatua. Soy ya casi viejo, tengo derecho al inventario. Mi madre es una idea de la mujer, se empina sobre el olvido, falsea y pervierte el presente que me martiriza, y hace trizas el breve y trágico espacio de la amargura. Hacia esos ojos, que siguen siendo para mí los más hermosos, es donde me dirijo cuando me pierdo en la maraña del existir. Soy casi viejo, ¡Oh, Dios! Mis lectores comprenderán…