domingo, 30 de mayo de 2021

Imaginario del 30 de nunca

Pedro Conde Sturla

La bestia había salido, como de costumbre, a pasear por el Malecón en compañía de sus fieles. Esa noche lo acompañaban, de acuerdo a informes dignos de crédito,   Miguel Ángel Báez Díaz, Arturo Espaillat, Rafael Paíno Pichardo, Jhonny Abbes García, Luis Rafael Trujilllo (Nene), Augusto Peignand Cestero, el general José René Román Fernández (Pupo), jefe de las Fuerzas Armadas, y su edecán militar, el coronel Marcos Jorge Moreno. Al grupo se uniría después Virgilio Álvarez Pina (alias Cucho). Un selecto grupo de sus mejores hombres, entre los que no faltaban matarifes, torturadores, aduladores, sicofantes…

Quizás no lo sabía (o quizás así lo quería), pero todos en su compañía se sentían cohibidos, temerosos, inseguros. Sus cambios de humor y sus rabietas eran cada vez más frecuentes y su desconfianza en esa época se acercaba al límite de la paranoia. Sospechaba sin duda que algunos de sus fieles más fieles, incluso algunos de los que lo acompañaban, comenzaban a ser infieles. Y lo peor, para la bestia, es que no estaba equivocada. Sus sospechas no eran infundadas. Junto a la bestia caminaban esa noche por lo menos dos conspiradores. La negra bestia de la muerte caminaba junto a la bestia esa noche y la bestia no lo sabía.

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Ahora lo estaban esperando en las sombras al sombrío y siniestro, ahora iba a pagar la bestia inmunda, a malpagar con unos minutos de terror lo que no podía pagar en el peor de los infiernos, si acaso hubiera infierno.

La estaban esperando a la fiera infernal conf más de treinta años de  retraso, pero sí que la esperaban y desesperaban y temblaban, con miedo, con angustia, con los corazones oprimidos por la ansiedad y el odio, la dilación, la espera, el sudor que corría a borbotones, la tensión que agarrotaba las manos y los sentidos, pero dispuestos a todo, finalmente dispuestos al todo por el todo.

Estaban sudando a mares, probablemente, a causa del calor que sentían por dentro, la caldera que estaba a punto de estallar, los nervios que parecían a punto de reventar, la tensión que trataban de disipar con aquellos movimientos compulsivos de las manos y los dedos que acariciaban los hierros.

La presión de todos esos días que se convirtieron en semanas y meses había ido en aumento y ahora llegaba a un punto culminante que era también un punto muerto. Ya no había vuelta atrás, quizás lo peor había pasado. ¿Cómo habían podido soportar durante tanto tiempo las dudas, las vacilaciones, el temor a ser descubiertos, a la delación por parte de sus propios compañeros, la zozobra cotidiana de aquella permanente incertidumbre? ¿Cómo habían podido eludir la vigilancia del temible Servicio de Inteligencia Militar, cómo se habían podido encubrir, disimular, frente a los ojos de sus potenciales enemigos y sobre todo de sus seres queridos, cómo habían podido mantener oculto a sus esposas, hijos, padres, hermanos y demás familiares los hilos de una trama que afectaría las vidas de inocentes y culpables?

Ya no había vuelta atrás. Pero lo peor no había pasado. El precio que ellos podían pagar lo habían calculado al milímetro. El que pagarían sus familiares era imponderable.

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La bestia se repantigó en el confortable asiento trasero del Chevrolet Bel Air azul y le ordenó a Zacarías de la Cruz que enfilara para San Cristóbal. Acarició, sin proponérselo, casi inconscientemente, la culata de su fiel compañera.

Era una Thompson. Un fusil o subfusil ametralladora, una de esas máquinas de matar diseñada o inventada por John Tagliaferro Thompson en 1919. El arma favorita de Al Capone, de los gánsteres de Chicago y los agentes federales  durante la gloriosa época de la prohibición en los Estados Unidos.

Una sonrisa de placer le  bañó el rostro. No era la habitual sonrisa de hiena que exhibía en público para atemorizar a la concurrencia y a veces sin darse cuenta. Ahora tenía una sonrisa beata, casi de santidad. La sonrisa del santo que esperaba su recompensa. En la casa de caoba de la Hacienda Fundación lo esperaba una muchachona de carnes firmes, muy firmes.

Nunca supo en qué momento escuchó un estruendo que salió como quien dice de la nada, un sonido espantoso, un rechinar de vidrio, un alarido de metal que retumbó dentro del lujoso vehículo del año y sintió un fuego, un fuego intenso y agrio que penetraba en su cuerpo, un violento empujón y el fuego intenso y agrio…

Probablemente la muchachona se quedaría esperándolo esa noche.

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El Chevrolet negro, con las luces apagadas, se acercó por detrás al Chevrolet azul y el motor rugió como una fiera. El disparo sonó igual que un cañón, produjo una enorme detonación que parecía de escopeta y durante un segundo ahogó el rugido de fiera del motor. Luego el conductor encendió las luces, aceleró y se emparejó con el carro del Jefe por la derecha, internándose por el paseo. Sus ocupantes dispararon con armas automáticas, con todo lo que tenían. El mayor Zacarías de la Cruz, el valiente y leal chofer de la bestia, dice que embistió con el auto suyo al de los agresores, tratando de sacarlo de la pista, pero el otro tenía un motor más potente y lo rebasó. Zacarías tuvo que pisar el freno para evitar una colisión.

Zacarías dice que el querido Jefe le dijo que estaba herido, ordenó que detuviera el vehículo y salieran a pelear. Zacarías le dijo que iba a tratar de evadirlos y regresar a la ciudad. El Jefe repitió la orden, le dijo que detuviera el auto y bajaran a pelear. En ese momento Zacarías intentó dar la vuelta, un giro desesperado, y le faltó poco para lograrlo. El auto quedó varado en la hierba, a un lado de  la carretera, en dirección contraria a la que venía.

Zacarías dice que se volvió hacia atrás y vio cuando el valiente Jefe abría la puerta izquierda, la ropa tinta en sangre, posiblemente mal herido. El vehículo de los asaltantes estaba al frente, del lado opuesto, y el Jefe avanzó hacia ellos con decisión temeraria, disparando con su pequeño revólver 38 de cañón corto. Los traidores respondían con un nutrido fuego de armas largas. Zacarías dice que también estaba herido y le echó manos a un  fusil M-1 y empezó a disparar. El Jefe seguía avanzando y disparando, evadiendo como por arte de magia la metralla enemiga. Zacarías lo vio, luchando todo el tiempo como una fiera enfierecida, hasta el momento en que se desplomó lentamente como un titán sobre el pavimento.

Cuando el cargador del M-1 agota su escasa provisión de municiones, Zacarías toma una metralleta, una Luger de cañón corto, y continua disparando a conciencia, racionando las balas para sostener un combate que suponía que iba a ser largo. Uno de los asaltantes se acerca al cuerpo del Jefe, posiblemente con la intención de darle un tiro de gracia. Zacarías le dispara y lo hiere, ve cuando se retira y escucha sus gritos. Otro asaltante se acerca al caído y corre la misma suerte: Zacarías lo derriba de un plomazo y cree que está muerto, pero luego ve que se incorpora y vuelve atrás, corriendo cobardemente hacia su auto.

La provisión de balas de la Luger también se agota. En ese momento, sólo en ese momento, Zacarías sale del auto, abre una puerta trasera y toma la poderosa ametralladora Thompson que el Jefe había dejado en el asiento, rastrilla el arma y se dispone a acabar con los taimados agresores. Entonces siente un impacto en la sien derecha y es lo último que recuerda. En el combate había recibido un balazo en cada pierna, uno en un tobillo, uno en un muslo, otro en el vientre, dos en el hombro derecho y finalmente uno en la sien derecha que le fracturó el parietal.

Cuando despertó, al cabo de un tiempo indeterminado, se sentó en una verja. El cadáver del querido Jefe y su Chevrolet Bel air azul ya no estaban. Zacarías recibió ayuda de unos campesinos. Alguien lo llevó a la ciudad y lo internó en el Marión, un hospital militar.

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Los del Chevrolet sudaban la gota gorda. Sudaban como caballos y sus razones tenían para sudar mientras esperaban que la bestia hiciera su aparición. Se habían estacionado casi a tiro de piedra frente al Coney Island de la Feria, la pomposa Feria de la Paz y confraternidad del mundo libre, y mantenían las luces apagadas, por supuesto. La conversación apagada, a veces cáustica, nerviosa.

Unos tres kilómetros más adelante, y quizás también sudando a mares, esperaban Tejera y Livio Cedeño en el Oldsmobile.

Roberto Pastoriza estaba solo en un Mercury. La camisa empapada de sudor.

Imbert quizás sudaba más que los otros, sudaba copiosamente y el sudor le corría seguramente por los mofletes, por las manos regordetas y quizás torpes. Estrella Sadhalá y Antonio de la Maza, junto al veterano teniente García, contenían de alguna manera la impaciencia, pero todos sudaban copiosamente y la maldita bestia no aparecía.

Imbert estaba al frente del volante. El sería el único sobreviviente del grupo de los conjurados que tomaron parte en el besticidio, él daría la versión oficial de los hechos, él crecería en su estatura heroica en cada versión de los hechos.

En la versión oficial de los hechos ocurrirían cosas que no se han podido desde luego comprobar y tampoco desmentir, en la versión oficial la bestia recibiría heridas que no recibió: la herida desgarrante que le destrozó el hombro en la refriega, la herida que no vieron y desmintieron los médicos que vieron el cadáver. 

El se arrastraría junto a los demás por el suelo hasta llegar a pocos metros de la bestia, él apuntaría con su revólver desde el suelo y dispararía dos veces, la bestia caería bajo el fuego de sus disparos certeros, una bala le daría en la barbilla, se caería de espaldas, moriría inmediatamente. No se movería más. Él lo hizo todo, casi todo.

Ocurrirían otras cosas heroicas e imposibles de comprobar. La bestia ordenaría detener el auto y bajarse a pelear. Se bajaría del auto, cuando ya estaba herido, enfrentaría a los conjurados, avanzaría hacia ellos disparando con su revólver 38, caería finalmente abatido, heroicamente abatido, mientras Zacarías vaciaba una ametralladora tras otra, sin darle tregua a sus oponentes.

¿No berreó la bestia como un chivo, no se ensució en los pantalones? ¿Lo dieron por muerto a Zacarías o se hizo el muerto, se escondió o salió huyendo? Los dos únicos sobrevivientes se apropiaron de la versión de los hechos y todo lo demás son conjeturas. Lo único que permanece claro es que a la bestia la ejecutaron esa noche. Todo lo demás pertenece al imaginario colectivo

sábado, 29 de mayo de 2021

Un juicio en la corte de los milagros

Pedro Conde Sturla

28 mayo, 2021

Víctor Hugo siempre tenía una mirada para los desposeídos, una manera de mostrar a sus coetáneos cómo vivía la mayoría de la gente, y en especial los menos afortunados. Se empecinaba muchas veces en hacernos ver el lado podrido de las cosas a las que la mayoría de la gente daba la espalda, las cosas que mucha gente ignoraba o pretendía ignorar.

Lo que se esconde detrás de la corte de los milagros, de ese cruel eufemismo, ese término tan cruelmente poético, es la tragedia social, el infierno en que se veía condenada a vivir una gran parte de la población. De hecho muchos habitantes de París y otras grandes ciudades vivían del milagro cotidiano en una especie de corte donde casi todo faltaba. La corte, o mejor dicho las innumerables cortes de los milagros, eran el resultado de la desigualdad, el precio que se pagaba por el empeoramiento de las condiciones de vida, el lugar adonde iban a parar los desalojados de las zonas rurales, los inválidos, los mutilados de guerras, de tantas guerras. El escenario de frecuentes levantamientos, revueltas que terminaban ahogadas en sangre.

“Como sucede en muchas otras ocasiones, la historia o aquellos que pretenden transmitirla se quedan en la superficie de los acontecimientos. La Corte de los Milagros, aquella en la que los ciegos veían y los tullidos caminaban, es el envoltorio de una circunstancia mucho más dura y desoladora, que nos habla de la situación en la que se encontraba gran parte de la población de París y Francia entre los siglos XVII y XIX. Una sociedad empobrecida, obligada a subsistir en barrios caóticos y probablemente sobrepoblados a través de la mendicidad, el latrocinio o la prostitución. Un término satírico para describir un hecho anecdótico, que ha subsistido a lo largo de la historia, y que, en el fondo, solo pretendía esconder aquello que sus congéneres no deseaban ver”.
(https://eloctavohistoriador.com/2019/09/19/sabias-que-37-la-corte-de-los-milagros/)

A esta corte de los milagros transformada en corte de justicia, “una taberna de ladrones, tan manchada de sangre como de vino” había sido arrastrado el aterrorizado Pierre Gringoire. La forma en que la describe Víctor Hugo, con una tinta sombría y un sentido muy negro del humor, de corrosivo humor social, recuerda de alguna manera que las cosas no han cambiado tanto desde entonces, que una corte de los milagros y una corte de justicia y una taberna ensangrentada y un prostíbulo son términos intercambiables:

“El espectáculo que se ofreció a sus ojos, cuando su desarrapada escolta le depositó por fin en el término de su carrera, no era muy a propósito para inspirarle ideas de poesía, ni aún de poesía de infierno; veía más que nunca la prosaica y brutal realidad de la taberna”.

Pierre Gringoire tiene razones para tener miedo, razones para temer lo peor:

“En derredor de una inmensa hoguera que ardía sobre una ancha losa redonda y que penetraba con sus llamas los enrojecidos pies de un trébedes vacío a la sazón, veíase por una parte y por otra algunas mesas cojas, colocadas a la casualidad, sin que el más ruin lacayo geómetra se hubiese dignado arreglar su paralelismo, o cuidar a lo menos que no se cortasen formando ángulos sobradamente inusitados. Relucían sobre aquellas mesas algunos jarros llenos de vino y de cerveza, alrededor de los cuales se agrupaban numerosas caras báquicas, purpurantes de fuego y de vino. Veíase aquí un hombre de enorme panza y de jovial semblante, que abrazaba sin rebozo a una ramera ancha y carnuda; allí un especie de perdona-vidas, un valentón, como se decía en caló, que desataba silbando las bandas de su supuesta herida, y sacaba a relucir su sana y vigorosa rodilla, fajada desde por la mañana con cien mil ligaduras; acullá preparaba un pordiosero con escrofularia y sangre de toro su pierna de Dios para el siguiente día. Dos mesas más abajo, un palmero con su traje completo de peregrino deletreaba la canción de Santo Dios, Santo inmortal, sin olvidar la salmodia ni el competente acento gangoso; aquí un joven hampón daba lección de epilepsia con un gitano viejo que le enseñaba el arte de echar espumarajos por la boca mascando un pedazo de jabón; más allá se desinflaba un hidrópico, haciendo taparse las narices a cuatro o cinco ladronas que se disputaban en la misma mesa un niño robado aquella noche”.

El personaje que parecía más prominente era un mendigo que estaba sentado en “un tonel junto a la hoguera (...) como un rey sobre su trono”. Su nombre era Clopin Trouillefou, y con otros dos funcionarios de no menor importancia, presidía el juicio, No tenían bienes, desde luego, aparte de los harapos que los cubrían, pero se sentían revestidos de una gran dignidad y se otorgaban títulos pomposos que recuerdan que todos los títulos del mundo son igualmente pomposos y que la vanidad, no la esperanza, es lo último que se pierde si acaso alguna vez se pierde. Igualmente estaban provistos de un un cierto sentido de la ética y de las más firmes convicciones amorales.

“—¡Por las uñas del diablo! —interrumpió Clopin—, di tu nombre, canalla, y nada más. Escucha: estás delante de tres poderosos soberanos, yo, Clopin Trouillefou, rey de Tunia, sucesor del Gran Coesre, señor soberano del reino de la Germania; Matías Ungadi Spicali, duque de Egipto y de Bohemia, aquel viejo amarillo que está allá abajo con una almohadilla de fregar alrededor de la cabeza, y Guillermo Rousseau, emperador de Galilea, aquel gordo que no nos escucha, y que está requebrando a aquella tía.
“—Nosotros somos tus jueces: tú has entrado en el reino de la Hampa sin ser hampón, y has violado por consiguiente los fueros de nuestra ciudad; y serás castigado, a menos que seas capón, tuno o tumbón, es decir, en el caló de la gente honrada, ladrón, pordiosero o vagabundo. ¿Eres algo por este estilo? Justifícate; enumera tus cualidades.

"—Basta —repuso Trouillefou sin dejarle acabar—; vamos a ahorcarte. Cosa justa, ¡señora gente de bien! Como vuestra señoría trata a los suyos en la nuestra: la ley que hacéis a los truhanes, os la hacen los truhanes a vosotros; vuestra es la culpa si la ley es dura. Justo es que de vez en cuando se vea una cara de hombre honrado encima del collar de cáñamo; eso le honra. Ea, compadre, reparte alegremente tus guiñapos entre esas damiselas; ahora voy a hacerte ahorcar para divertir a los hampones, y luego les darás tu bolsa para echar un trago. Si tienes que hacer alguna momería, allá en el fregadero hay un famoso Dios Padre de piedra que hemos robado en la iglesia de Saint-Pierre-aus-Bœuís: cuatro minutos tienes para meterle tu alma por los hocicos”.




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sábado, 22 de mayo de 2021

This Afternoon I Saw the Rain

Translation, Short storyComment

This year marks the 60 anniversary of the assassination of Dominican dictator Rafael Leónidas Trujillo. It also marks the end of his brutal thirty-year regime (1930-1961). In commemoration of this important event, Esendom is publishing an English translation of a short story by Pedro Conde Sturla which he dedicated to the poet Ramón Tejera Rosas. The original in Spanish appears in the short story collection Los ritos ancestrales (2018). This short story also appeared in the online literary portal Letralia. This short story was translated with permission from the author.

The backdrop of “This Afternoon I Saw the Rain” (Esta tarde vi llover) is the Trujillio dictatorship itself. The short story takes its title from a popular bolero by Mexican lyricist Armando Manzanero. Like a bolero song, this allegorical snapshot of youth and everyday life under an oppressive regime fills the room with a slow-tempo melody. The music here is personal, open to interpretation. The story could easily be construed either as a meditation on teenage love, friendship and youthful mischief; or simply put, as a tender love letter full of heartbreak, nostalgia and good memories. 

 All throughout, rainfall plays a central role, a trope that pieces together the chronology of events as the past becomes a footnote of hurt and joy and at times, a meditation of the changing of the seasons. 

Read the short story in Spanish


Mochoxita/Esendom

This Afternoon I Saw the Rain by Pedro Conde Sturla

Translated by Amaury Rodriguez

I hardly remember having loved you. I hardly remember having loved you at all now that you carefully slip away from me now. That curling braided, yellow hair and the distant, whimsical smile. The black pupil in your eyes. That spark that lights the fire of nostalgia. The bonfire that sculpts and draws— and in the words of the poet— the smoke of your face.

Those were unfortunate rainy days. At that time of teenage rain, the dim light evenings bloomed in your braids like a sweet twisted rose. In those days, it hardly rained but I remember that I loved you, and I remember that, just like me, you loved rainy days; those delinquent and cordial days that in the smooth contour of things acquire a double presence in the water, and the air of the city feels dense, full of poetry.

In those days, there was an element of magic in the rainy city, a mysterious aura. The melancholic rain falling softly on the gentle April sunsets and the end of May. There was a contrast between the mournful mist, and the charm of the Venezuelan Oak trees in Bolivar Avenue, their colors brilliantly exploding in unison.

After May, there was, above all, in that bucolic and deceptively peaceful setting, a violent contrast with an almost sinister touch. The reserved air of certain luxury houses with shut windows, closed doors and large houses locked as though they were empty. There was a dense harrowing impression: The Terror. A metaphor: A metaphor of terror that pervaded the most intimate spaces. The sharp edge of a cold terror that cut like ice. Terror meant curfew, martial law and persecution. Terror. The soldiers of the dying regime knocking down doors and windows; arresting opponents, inflicting torture and carrying out summary executions. And after May, Terror laying on its deathbed.

And then it seemed like the world had suddenly gone mad, suddenly rejecting us with a brutality that we had not anticipated. There it was. The shrapnel and the gloomy night movement of state security forces…the barking of dogs.

From that time, I still preserve in my mind a tragic image of our farewell at the airport. In this image, your mother’s mourning arm is wrapping you. The mourning of your mother is wrapping you; your mother’s weep. Your big, red eyes. Glacial and empty eyes. Just a simple goodbye between teenagers. One of those episodes that, in all truth, mean nothing and yet, the mind records it for the future. And one day this image returns again and again when one is awake. And the image stays in one’s mind like a repeating loop during sleep.

Many years later, I went back to see you during a short trip when we almost were not friends. When we had almost forgotten one another. Our encounter turned out to be the opposite of a reunion. Sometimes, geographic distance and losing touch with one another— and even life itself— can lead to terrible things like this. Oftentimes, the abyss of time turns friends and lovers into strangers. By then, the echo of our platonic romance and our conversations in the living room of your house in Cervantes Street was an old memory. History. Our relationship was always confined to that abandoned space that is now for sale. The smoke in your face was as absent. We had nothing to say to one another except for trivial things.

You were no longer the girl with braids and you will never be again. I saw bitterness in your smile. Gone was the brightness of another era; the spark that ignited your words: I hear a disenchanted voice, a sad voice. Apart from some details, for someone who had not met you in your vast splendor, you looked the same. Not the same as before. More like autumn. Slightly faded. Fate was unkind to you and it turned your carmine-like face into a mask of loneliness, anointed with solitude. Perhaps these are the traces of an incurable love.

Now I'm back to see you again and you're not. Just thirty years have passed and you are not and will never be forever. Now that I see you so lost in the spaces of a sordid death, I think of those April days, I think of the rain; the memorable rain of our youth. I think of those meek April sunsets and all the times we swear that at sunset, just like the fall of life, we would see the rain falling from the windows of your house.

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Pedro Conde Sturla (b.1945, Dominican Republic).—Pedro Conde Sturla is a literary critic and short story writer. He is an emeritus professor of the Universidad Autónoma de Santo Domingo (Autonomous University of Santo Domingo) and a former member of the Partido Socialista Popular (Socialist People’s Party), forerunner to the Dominican Communist Party. A sharp social critic, Sturla combines elements of satire, comedy and tragedy and at times, the absurd in his work. Sturla explores themes of social conflict and conservative, ideological reproduction. He is the author of Antología informal (1970), Notas sobre el «Enriquillo» (1978), «El chivo» de Vargas Llosa: una lectura política (2000), Los Cocodrilos (1984) Los Cuentos negros (2004) and Uno de estos días de abril (2014), a short historical novel on the 1965 revolution in the Dominican Republic. His latest book is the short story collection Los ritos ancestrales (2018).

Los milagros de la corte

Pedro Conde Sturla

21 mayo, 2021

La Corte de los milagros

En el París renacentista, el que describe Víctor Hugo en Nuestra señora, no sólo había luz sino también mucha oscuridad y muchas cosas tenebrosas. En la ciudad de Roma uno puede leer por las calles una historia de dos mil setecientos y tantos años, pero el París del siglo XV era pura magia, una especie de conjuro donde se habían reunido todas las cosas bellas del mundo y algunas de las más apestosas. Había, en efecto, en algunos barrios de la ciudad luz, entre los más sórdidos espacios laberínticos de la inmensa urbe, mucha oscuridad y mucha mierda. El milagro en esos lugares era cotidiano. Nada más entrar, los ciegos veían, los tullidos volvían a caminar, las llagas y pústulas más horrendas desaparecían. Eran lugares donde malvivía —en comunión con la mugre y las ratas y los piojos y las pulgas, el crimen y la promiscuidad— lo más granado de la escoria social, el lumpen proletariado urbano. Es decir, mendigos y ladrones y asesinos a granel, prostitutas y bandoleros de toda clase, multitud de niños que aprendían desde la más tierna edad a “buscarse” la vida. Eran lugares temidos por la mayoría de la gente, pero también por las mismas autoridades. Allí no tenían vigencia las leyes y las normas por las que se regía la sociedad de la época. Tenían su propio gobierno, sus propios tribunales y reglamentos y la justicia era siempre expedita:

“Ya vimos las evidencias, / Se les ha encontrado inocentes, / es el peor crimen que hay. / ¡A la horca se van!”.

Al lugar le llamaban poéticamente Corte de los milagros, pero había más de uno, quizás unos doce en total en el París de esa época.

Un historiador francés llamado Henrí Sauval describe uno de ellos como “un gran callejón sin salida apestoso, fangoso, irregular y sin pavimentar” donde “todos vivían en gran libertinaje; nadie tenía fe ni ley, y el bautismo, el matrimonio y los sacramentos eran desconocidos”.

“Consiste en un lugar de gran tamaño y un gran callejón sin salida apestoso, fangoso e irregular, que no está pavimentado. Anteriormente se limitaba a las últimas extremidades de París. En la actualidad (bajo el reinado de Luis XIV), se encuentra en una de las zonas más pobres, sucias y remotas de la ciudad, entre la rue Montorgueil, el convento de Filles-Dieu y la calle Neuve-Saint-Sauveur, como en otro mundo. Para ir allí, a menudo es necesario desviarse por pequeñas calles traviesas, apestosas, desviadas; para entrar, hay que bajar una pendiente bastante larga, tortuosa, escarpada, desigual. Vi allí una casa de barro, medio enterrada, tambaleándose con la vejez y la decadencia, que no tiene cuatro puntas cuadradas, y donde, sin embargo, alberga a más de cincuenta hogares acusados de una infinidad de niños pequeños legítimos, naturales o robados. Me aseguraron que, en esta pequeña casa y en las otras, vivían más de quinientas familias grandes amontonadas. Por muy bueno que haya sido este tribunal, antes lo era mucho más. Por todos lados, estaba rodeado de casas bajas, hundidas, oscuras, deformadas, hechas de tierra y barro y todas llenas de pobres “.

A un sitio como ese había llegado Pierre Gringoire y en manos de esa gente, para su desgracia, había caído. Y Víctor Hugo lo describe mejor que nadie, con unos tintes sombríos salpicados de humor negro:

“— Por mi vida, repuso Gringoire, que veo a los ciegos que miran y á los cojos que corren; ¿pero dónde está el Salvador?
Respondiéronle todos con una carcajada siniestra.

“Tendió la vista en torno de si el malandante poeta. Hallábase en efecto en aquella terrible Corte de los Milagros, donde jamás un hombre honrado había penetrado á aquellas horas; círculo mágico donde los oficiales del Chatelet y los soldados del Prebostazgo que osaban aventurarse en él desaparecían como arena; patria de ladrones, verruga hedionda en el rostro de París; muladar de donde salía todas las mañanas, y á donde volvía todas las noches á podrirse el arroyo de vicios, mendicidad y holgazanería, que rebosa siempre por las calles de las capitales, monstruosa colmena á donde iban á parar todas las noches con su botín todos los zánganos del orden social; mentido hospital á donde el gitano, el fraile tuno, el estudiante perdido, los pillos de todas las naciones, españoles, italianos, alemanes de todas las religiones, judíos, cristianos, musulmanes, idólatras, plagados de llagas postizas, mendigos durante el día, se transformaban de noche en bandoleros; inmenso guardarropa, en fin, donde se desnudaban y vestían en aquella época, todos los actores del eterno drama que representan en las calles de París, el robo, la prostitución y el asesinato. Era aquel sitio una ancha plaza, irregular y muy mal empedrada como todas las de París en aquella época. Brillaban en ella de trecho en trecho algunas hogueras, en torno de las cuales hormigueaban extraños grupos que iban y venian y alborotaban. Oíanse agudas carcajadas, vagidos de chiquillos, gritos de mujeres. Las manos y las cabezas de aquella multitud, negras sobre el fondo luminoso, formaban mil diabólicos perfiles; de vez en cuando veíase pasar sobre el suelo en que temblaba la luz de las hogueras entre inmensas sombras indefinidas, un perro que parecía hombre, un hombre que parecía perro. Los límites de las razas y de las especies parecían confundirse en aquellos sitios como en un Pandemónium: hombres, mujeres, animales, edad, sexo, salud, enfermedades: todo era dote común á aquella gente; todo iba junto, mezclado, confundido, apiñado; cada cual participaba de todo.

“El vacilante y mezquino reflejo de las hogueras permitió á Gringoire distinguir, á pesar de su turbacion, alrededor de la inmensa plaza un asqueroso ceñidor de casucas viejas, cuyas fachadas sucias, descascaradas, desmirriadas, feas, con una ó dos ventanillas iluminadas cada una, le parecían en la sombra enormes cabezas de viejas formadas en círculo, monstruosas y acorchadas, que miraban el sábado guiñando los ojos.
“Parecía aquello un nuevo mundo, desconocido, inaudito, disforme, reptil, fantástico.

“Cada vez más sofocado, cogido por los tres pordioseros como por tres tenazas, atronado por una infinidad de caras que ladraban y berreaban en torno de él, recurría el pobre Gringoire a toda su presencia de ánimo para acordarse de si estaba en sábado. Pero todos sus esfuerzos eran inútiles; el hilo de su memoria y de sus pensamientos estaba roto, y dudando de todo, flotando entre lo que veía y lo que sentía, asentaba en su mente esta insoluble cuestión: - Si existo, ¿cómo puede ser eso? Si eso es, ¿cómo puede existir?
“Alzóse entonces un grito general
entre la chillona turba que le rodeaba,
“—¡Llevémosle al rey! ¡Llevémosle al rey!
“—¡Virgen santa! -murmuró Gringoire-; el rey de aquí debe ser un macho cabrío!”.




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sábado, 15 de mayo de 2021

En la corte de los milagros

En la corte de los milagros

Como lector yo también corría peligro. Podía sucederme lo que al tipo aquel de Continuidad de los parques, un relato de Cortázar en que el lector termina siendo víctima del personaje del relato que está leyendo.

Ilustración de Gustave Doré para Nuestra señora de París. 
 Ilustración de Gustave Doré para Nuestra señora de París. 

Una de las cosas por las que estoy en deuda, tanto con Víctor Hugo como con Balzac, pero sobre todo con Víctor Hugo, es por haberme permitido conocer uno de los lugares más escabrosos e interesantes y peligrosos del París del siglo XV y haber salido de ese lugar con vida, vivir para contarlo, aunque con el corazón en la boca.

Fue algo casual, no planificado, que me tomó de sorpresa y me llenó de espanto. Yo había asistido, invitado por Víctor Hugo, a la Gran Sala del Palacio de Justicia durante la Fiesta de los locos a la presentación de una obra de Pierre Gringoire que fue del completo desagrado del público y quizás hasta del mismo autor.

En cambio la coronación de Quasimodo como Rey de los los locos fue todo un éxito. El caso es que Pierre Gringoire, que en la novela de Víctor Hugo es un poeta y filósofo y dramaturgo un poco menos que mediocre, salió del lugar con el moco para abajo, deprimido, triste, y empezó a deambular por París. En algún lugar se encuentra con la bella gitana Esmeralda, bailando cerca de una fogata, y cae de inmediato bajo su hechizo. Pierde como quien dice la razón y empieza a seguirla, pero la tarea no resulta fácil. La gitana se disimula, se escabulle entre los pliegues de la noche por unos intrincados callejones que conoce de memoria. Yo los seguía a los dos, página tras página, de derecha a izquierda, y empezaba a no gustarme la cosa. Página tras página me iba poniendo más nervioso y tenía razón para estarlo. Como lector yo también corría peligro. Podía sucederme lo que al tipo aquel de Continuidad de los parques, un relato de Cortázar en que el lector termina siendo víctima del personaje del relato que está leyendo.

Gringoire encontró a la gitana en el momento en que dos malvivientes intentaban raptarla y en cuanto quiso intervenir lo pusieron fuera de combate. Cuando se despertó veía estrellitas, se sentía desorientado y desamparado. Y lo peor de todo es que no estaba solo.

Se encontraba en un sucio callejón “desempedrado”, “fangoso”, en el que de “trecho en trecho (...) “rastreaban no sé qué masas vagas é informes”.

Una de esas cosas “no era ni más ni menos que un miserable lisiado sin piernas, que andaba sobre ambas manos, como una zancuda herida que no tiene mas que dos patas. Cuando pasó por junto á aquella especie de araña con semblante humano, alzó el pordiosero hacia él una voz lamentable.—¡La buena mancha, siñor! ¡la buona mancia!”.

El pordiosero le pedía o exigía limosna en italiano y Gringoire no entendió una palabra y lo mandó al diablo.

Más adelante encontró a otro pordiosero, “un tal tullido, cojo y manco á la vez, y tan manco y tan cojo que el complicado sistema de muletas y piernas de madera que le sostenían, hacíale parecerse á un maderámen puesto en movimiento”.

Aquel desgraciado “le saludó al paso colocando su sombrero al nivel de la barba de Gringoire, como una bacia de afeitar, y gritándole en los oídos:—Señor caballero, para comprar un pedazo de pan”.

Esta vez le pedían limosna en español y Gringoire tampoco entendió. “Quiso apretar el paso; pero por tercera vez un informe objeto se le puso delante. Aquel objeto, ó más bien aquel individuo, era un ciego, un cieguecito pequeñito, de cara hebrea y barbuda, que remando en el espacio con un palo y llevado a remolque por un perrazo, le dijo con acento húngaro: ¡facitate caritatem!”.

El pordiosero hablaba “una lengua cristiana”, pero Gringoire “volvió las espaldas al ciego y prosiguió su camino” y de repente ocurrió un milagro:

“...el ciego apretó el paso detrás de él, y fue la diablura mayor, que también el tullido y el lisiado sin piernas sobrevinieron cada cual por su lado con gran premura y ruido de voces y muletas. Y luego todos tres tropezando unos con otros detrás del pobre Gringoire, empezaron á cantarle su canción:

“— ¡Caritatem! -cantaba el ciego.

“— ¡La buona mancia! -cantaba el hombre—araña.

“Y el cojo levantaba la frase musical repitiendo:— ¡un pedazo de pan!

“Gringoire se tapó las orejas:— ¡Oh torre de Babel! exclamó”.

Sin saber qué hacer, el desgraciado Gringoire se echó a correr y de inmediato ocurrió otro milagro:

“El ciego, el cojo y el lisiado sin piernas corrieron también. Y a medida que iba internándose en la calle, nuevos lisiados, ciegos y cojos pululaban en torno de él”, lo asediaban “mancos y tuertos y leprosos con sus llagas”, que salían de sus casas, “ de los respiraderos, de los sótanos, aullando, chillando, ladrando (...) cayendo y levantando, arrastrándose hacia la luz y hundidos en el lodo, como babosas después de la lluvia”.

¡Donde diablos nos habíamos metido.Gringoire no lo sabía, ni yo tampoco. “El ciego, el cojo y el lisiado sin piernas” corrían más rápido que él.

“Gringoire, acosado por sus tres perseguidores, y sin saber en qué diablos pararía todo aquello, iba sofocado en medio de todos, costeando los cojos, saltando por cima de los que iban á rastras, hundidos los pies en aquel hormiguero de avechuchos, como cierto capitán ingles que se metió en un rebaño de cangrejos.

“Ocurrióle entonces la idea de volver atrás, pero ya era tarde: toda aquella legión se había cerrado detrás de él, y sus tres mendigos no le soltaban. Continuó pues su camino impelido a la par por aquel irresistible torrente, por el miedo y por un vértigo que le hacia ver todo aquello como un horrible ensueño.

“Llegó por fin á la extremidad de la calle, la cual desembocaba en una inmensa plaza, donde oscilaban mil luces confusas entre la vaga niebla de la noche. Entró en ella Gringoire, esperando sustraerse con la celeridad de sus piernas á los tres espectros inválidos, que le tenían asido por el cogote.

“— ¿Adónde vas, hombre? gritó el cojo arrojando las muletas y corriendo tras de él con las dos mejores piernas que trazaron jamás un paso geométrico en el suelo de París.

“Y el que andaba á rastras, ora derecho sobre sus pies, ceñía á Gringoire en torno del cuello los trapos y tablas sobre que se arrastraba, y el ciego le miraba de hito en hito con ojos reventones.

“— ¿Dónde estoy? dijo el poeta estupefacto.

“— En la corte de los milagros, respondió un cuarto espectro que acababa de agregarse á los demás”






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sábado, 8 de mayo de 2021

La señora de París

La señora de París

La melancolía de aquel desgraciado se hizo incurable y total como su deformidad.

Iglesia de Notre Dame

Recuerdo que una vez era París y los paseos a la orilla del perezoso Sena, recuerdo que el río serpenteaba entre multitud de palacios de fantasía y que la gente caminaba embelesada como en un cuento de hadas, que los puentes se alineaban como en una especie de espejismo y que en el campanario de la iglesia de Notre Dame se asomaba todavía el jorobado Quasimodo y que Quasimodo se deslizaba por la soga del campanario “como una gota de agua sobre un vidrio”, y que los muros que amurallan a París convierten a París “en una ciudad murmurante”. Recuerdo, sobre todo, París a vista de pájaro, el París que podía verse desde “la espesa muralla de campanarios” de la maravillosa edificación. El que describió Víctor Hugo:

“Cuando, después de haber subido a tientas durante mucho tiempo por la tenebrosa espiral que atraviesa perpendicularmente la espesa muralla de campanarios, se desembocaba por fin en una de las dos plataformas inundadas de luz y de aire, el cuadro que por todas partes se extendía bajo los ojos era bellísimo; era un espectáculo sui generis del que sólo pueden hacerse una idea aquellos lectores que hayan tenido la fortuna de ver una villa gótica entera, completa, homogénea como todavía existen algunas en Nuremberg, en Baviera, Vitoria, en España, o incluso algunas muestras más reducidas, siempre que estén bien conservadas, como Vitré en Bretaña o Nordhausen en Prusia.

“Aquel París de hace trescientos cincuenta años, el París del siglo XV, era ya una ciudad gigante. “Generalmente, los parisinos nos equivocamos con frecuencia acerca del terreno que desde entonces creemos haber ganado. París, desde Luis XI, apenas si ha crecido en poco más de una tercera parte; claro que también ha perdido en belleza lo que ha ganado en amplitud. París ha nacido, como se sabe, en esa vieja isla de la Cité, que tiene forma de cuna, siendo sus orillas su primera muralla y el Sena su primer foso”.

Pues sí, en ese lugar nació París y allí me encontré por primera vez con Víctor Hugo. El me llevó de la mano a conocer a Esmeralda y a Quasimodo, me condujo a tientas al interior del templo, a través de la frágil oscuridad donde conviven columnas de varios estilos arquitectónicos y me enseñó a leer su arquitectura: “Es, por así decirlo, una vasta sinfonía de piedra; obra colosal de un hombre y de un pueblo; una y varia a la vez, como las Ilíadas y los Romanceros de los que es hermana; realización prodigiosa de la colaboración de todas las fuerzas de una época en donde se perciben en cada piedra, de cien formas distintas, la fantasía del obrero, dirigida por el genio del artista; una especie de creación humana, poderosa y profunda como la creación divina, a la que, se diría, ha robado el doble carácter de múltiple y de eterno”.

Aparte del templo, la belleza de la gitana Esmeralda me sedujo y caí, al igual que otros, rendido a su pies. Nada, sin embargo, me impresionó tanto como la figura del monstruoso Quasimodo, la bestia que sirve de contrapunto a la bella gitana. Además, Quasimodo y Notre Dame son un poco la misma cosa:

“...existía una especie de armonía misteriosa preexistente ya entre Quasimodo y aquel edificio. Cuando, desde muy niño aún, se arrastraba torpemente y con mucho miedo bajo las tinieblas de sus bóvedas, se asemejaba, con su cara humana y su constitución animal, al reptil natural de aquellas losas húmedas y oscuras sobre las que la sombra de los capiteles románicos proyectaba formas extrañas”.

En verdad, hay pocos personajes tan impresionantes como el jorobado de Notre Dame en la historia de la literatura que conozco, y pocos autores que sean capaces de dibujarlo con tanta finura de escabrosos detalles, “penetrar en el alma de Quasimodo a través de esa corteza espesa y dura (...), sondar las profundidades de aquel organismo contrahecho, (...) mirar con una antorcha tras esos órganos sin transparencia, explorar el interior tenebroso de aquella criatura opaca, iluminar sus rincones oscuros, sus callejones absurdos...”

Una de las cosas que le agradezco a Víctor Hugo es haberme permitido presenciar las acrobacias vertiginosas de Quasimodo y “el acoplamiento singular, simétrico, inmediato, consustancial, casi de un hombre y un edificio”, y la forma en que “se había familiarizado con la catedral en una cohabitación tan íntima y tan prolongada...”.

Por lo que me explicó Víctor Hugo con su manera romántica de decir las cosas, “aquella morada le era propia; no había recoveco que Quasimodo no conociera, ni altura que no hubiera escalado y más de una vez había trepado por varios pisos de la fachada agarrándose tan sólo a las asperezas, a los salientes de las esculturas. Las torres, por cuya superficie exterior se le veía trepar como un lagarto que se desliza por un muro, aquellas dos gigantes gemelas, tan altas, tan amenazadoras, tan temibles, no le provocaban ni vértigo, ni aturdimiento, ni estremecimiento alguno; se diría incluso, al ver la facilidad con la que escalaba, al ver la suavidad con la que a ellas se agarraba, que las tenía amaestradas. A fuerza de trepar, de saltar, de lanzarse por entre los huecos abismales de la gigantesca catedral, se había convertido en cierto modo en mono o en gacela como los niños calabreses que aprenden a nadar antes de andar y que juegan ya, desde muy niños, con el mar”.

Sobre Quasimodo se habían abatido al parecer todas las desgracias. Lo poco que tenía lo iba perdiendo, sólo ganaba en deformidad. Y lo peor de todo es que en la medida en que se deformaba su cuerpo también se deformaba su espíritu. Era cada vez más un monstruo. Cuando el sonido de las campanas que amaba sobre todas las cosas lo dejó sordo se sumergió en la oscuridad del silencio para siempre, lo aisló completamente del mundo. ¿Conservaría Quasimodo algún destello de humanidad? Quizás un mero vestigio de humana gentileza:

“Además daba la impresión de que no sólo era su cuerpo el que se había amoldado a la catedral, sino también su espíritu, pero resultaría muy difícil determinar en qué estado se encontraba aquella alma, qué pliegues había adquirido, qué forma había adoptado bajo aquella envoltura nudosa, en aquella vida salvaje, pues Quasimodo había nacido ya tuerto, jorobado y cojo y fue, gracias a una gran dedicación y a una inmensa paciencia, como Claude Frollo consiguió enseñarle a hablar. Pero una grave fatalidad iba unida al pobre niño abandonado: campañero de Nuestra Señora a los catorce años, un nuevo defecto vino a completar su perfección; las campanas le habían roto el tímpano y se había quedado sordo y así la única puerta de comunicación con el mundo que le había sido concedida por la naturaleza se le había cerrado bruscamente para siempre; y al cerrarse, se interceptó el único rayo de luz y de alegría que habría podido aún iluminar el alma de Quasimodo. Su alma se abismó en una noche profunda y la melancolía de aquel desgraciado se hizo incurable y total como su deformidad. Hay que decir también que su sordera le hizo, de alguna manera, mudo, pues, para no ser causa de burla en los demás, tan pronto como se vio sordo se sumió decididamente en un silencio que no rompía apenas, salvo alguna vez, cuando se encontraba solo. Ató voluntariamente aquella lengua que tantos esfuerzos había supuesto a Claude Frollo el desatar. Esto suponía que, cuando la necesidad le obligaba a hablar, su lengua se encontrara entumecida, torpe, como una puerta con los goznes oxidados”.

lunes, 3 de mayo de 2021

La agencia (1-7) Serie completa

A manera de introducción 

Yo entonces trabajaba como creativo o copywriter en una agencia publicitaria en compañía de un dibujante y caricaturista, hoy famoso, y de un inventivo catalán de apellido paterno licencioso que no debo mencionar. Era época de elecciones como ahora y como casi siempre y los partidos políticos proliferaban como ratas. Un día, un prohombre del Partido Reformista, un fulano de los que mucho abundan en ese partido, patentizó un movimiento de 
apoyo y homenaje al caudillo de ese partido, que bautizó con 
el honroso nombre de “Lo que  diga Balaguer”. La creación hacía honor al creador y al creado.  
Yo andaba un poco aburrido en esos días y sólo por divertirme propuse a mis compañeros de trabajo una campaña para publicitar el glorioso movimiento. La idea contemplaba un  logotipo con la imagen del prohombre en pelotas y en posición cuadrúpeda, con el trasero mirando hacia el público y el equipo colgante pintado de rojo, a manera de adorno de arbolito navideño. En el titular, tan glorioso como el movimiento que había fundado, debía leerse: YUCA, BATATA FULANlTO EN CUATRO PATAS. Abajo, a la derecha, aparecería una simbólica cajita de vaselina sin marca, como logotipo del movimiento, y más abajo, al calce: LO QUE DIGA BALAGUER. No sé por qué el dibujante y el catalán desestimaron la idea. De hecho se hicieron cruces como espantando al demonio. Yo, en cambio, entendía que el 
prohombre se hubiera sentido orgulloso al ver su imagen en cuatro patas en un  afiche a todo color. Total, era esa la forma en que se ganaba la vida.

pcs, 12 de septiembre de 2007
https://acento.com.do/opinion/la-agencia-8923068.html

La agencia

Tres genios de la publicidad y no pueden con una campañita. ¡Qué desperdicio de dinero!

</strong>
Harold Priego en compañía de dibujantes publicitarios 

El catalán dijo que eran las once y media y no habíamos vendido ni una escoba. Eso quería decir —por lo menos en catalán—, que el negocio andaba mal. Y en términos publicitarios significaba que no habíamos parido ni una idea. La agencia publicitaria para la que trabajábamos se había comprometido a presentar para ese mismo día una campaña a uno de sus principales clientes y no habíamos vendido ni una escoba.

El catalán se había aflojado el nudo de la corbata, que era su manera de desabotonarse la sesera y estimular la creatividad, pero no le dio resultado. Al cabo de un tiempo se quitó la corbata y se quitó también los zapatos y se puso la corbata en la cabeza, alrededor de la cabeza, con el nudo en la frente. Finalmente colocó ambas patotas sobre el escritorio y se reclinó plácidamente en su flamante sillón ejecutivo. Era un recurso extremo al que sólo acudía en casos graves, cuando la urgencia y la sequía de ideas lo ameritaba. Ya eran las once y media y no habíamos vendido ni una escoba

La creativa colombiana lo miraba con una mirada ambigua, entre aterrorizada y divertida. El licenciado presidente tenía poco sentido del humor: en cualquier momento podía hacer una de sus intempestivas visitas sorpresa y la escena no le habría parecido divertida, pero al catalán le daba tres pitos y mi me daba lo mismo que al catalán.

Era un catalán aplatanado de apellido sicalíptico. O mejor dicho, uno de esos apellidos que la gente malpensada tendía a retorcer por instinto y a convertir en algo pecaminoso, opuesto al mandato bíblico. Había llegado al país en plan de aventura, con el propósito de seguir viaje hacia Colombia o Brasil, internarse y perderse durante años en la inmensa jungla Amazónica, pero no pasó de Santo Domingo, sucumbió de inmediato al paisaje doméstico y se dedicó a la publicidad, a lo que sabía hacer desde antes de nacer. Se enamoró, se casó, se convirtió en padre, un padre de familia ejemplar que nunca colgaría los hábitos. Se dominicanizó, en fin de cuentas, se aplatanó, pero sin perder un ápice de su esencia catalana y su bizarro sentido del humor.

Allí estaba con sus patotas sobre el escritorio, exhibiendo una media de un color y otra de otro y en eso entró el licenciado Biglietti, que se quedó mirándolo estumefacto.

—¿Cómo va la campaña? —preguntó al cabo de un momento de indecisión.

Le dije que eran las once y media y no habíamos vendido ni una escoba.

El licenciado Biglietti sólo entendía el sentido literal de las cosas, cuando lo entendía, y paseó la vista por el departamento de creatividad buscando seguramente una escoba o algo que se le pareciera y luego me miró sorprendido. ¿De que escoba le estaba hablando?

La colombiana le dio o trató de darle una explicación en términos elementales, pero sólo consiguió que al licenciado se le confundieran más las ideas. No entendía que tenían que ver las escobas con la campaña publicitaria que teníamos pendiente y optó por marcharse casi enseguida. Pero dos minutos después sonó el teléfono del catalán. El licenciado presidente quería saber cómo iba la campaña y cuál era el problema que teníamos con las escobas en el departamento. El catalán mintió con toda la desfachatez de que era capaz y dijo que todo andaba viento en popa, y que en cuanto a las escobas ya habían barrido todo el piso y que sólo faltaba pasarle la aspiradora.

En ese momento entró Harold Priego, en representación del departamento de arte, y se echó a reír sin motivo aparente. De hecho, había intuido que el catalán le estaba metiendo un cuento a alguien y le pareció divertido.

En el departamento de arte estaban esperando la campaña para darle forma gráfica y todos estaban impacientes. Mientras más tarde empezaran, más tarde terminarían y esa noche tendrían y tendríamos probablemente que amanecer en la agencia.

—En que está la campaña —preguntó con su acostumbrada voz de trueno.

—La campaña no está —respondió el catalán—, simplemente no está.

Harold no dijo nada, se volvió para salir por donde había entrado, pero en el último momento preguntó que era lo que estaba pasando en el departamento con una escoba.

—Que son las once y media y todavía no hemos podido vender una escoba —dijo la colombiana con una media sonrisa dibujada en el rostro.

Harold se quedó perplejo y frunció el ceño. Entendió de inmediato que le estaban tomando el pelo y no quiso darse por aludido. Respondió con una frase sarcástica, una de sus típicas expresiones descarnadas y rudas.

—Tres genios de la publicidad y no pueden con una campañita. ¡Qué desperdicio de dinero!

En cuanto salió comenzó a cantar el brindis de La traviata, que se sabía un poco de memoria. Su estruendosa voz desentonada rompía los tímpanos, y los miembros del departamento de arte empezaron a protestar. Susy Gadea, la dibujante peruana, lo mandó por favor a callar, pero Harold no hizo caso y cuando acabó con el brindis de La traviata pasó a berrinchar el aria de El barbero de Sevilla. No entendía nada de lo que decía, pero lo decía con cierta corrección.

A mitad del concierto operístico la puerta del departamento de creatividad se abrió a todo lo ancho y apareció en el umbral la figura estatuaria del ejecutivo jumbo de la compañía, ejecutivo de cuentas o ejecutivo de cuentos, como le llamaba Harold a los ejecutivos.

El Jumbo era un tipo enorme, que alguna vez había sido un prospecto de las grandes ligas del béisbol, un tipo manso, apacible, pero del cual era prudente no estar muy cerca cuando perdía la paciencia.

De inmediato preguntó por la campaña y el asunto de las escobas y todos nos echamos a reír. Al Jumbo no le hizo gracia. Estaba preocupado por el retraso y dijo que le dolía la cabeza. El catalán le dijo que eso le pasaba por haber estado pensando más de un minuto seguido y el Jumbo lo miró torcido.

—Ustedes creen que son los únicos que piensan en esta compañía, pero tienen dos días tratando de armar una campaña y no dan pie con bola. ¿Qué es lo qué pasa?

—El problema es que no pasa nada —dijo la colombiana—, no se nos ocurre nada.

—Entonces —propuso el Jumbo— por qué no nos reunimos en el salón de conferencia.

—Eso sería peor —respondimos casi al unísono.

El tipo de reuniones que proponía el Jumbo tenía por propósito desatar lo que en publicidad se llama una tormenta de cerebros, pero la tormenta degeneraba casi siempre en una charla insulsa donde todos hablaban y nadie se escuchaba. Una pérdida de tiempo.

—Eso sería peor —repetimos casi al unísono.

El Jumbo tomó asiento y se quedó callado un largo rato. Dijo, apesadumbrado, que tendría que llamar al cliente, posponer la presentación de campaña, quedar mal. El catalán le dijo que todavía había tiempo, que sólo necesitábamos un slogan, un buen slogan, y después todo lo demás vendría por añadidura.

El Jumbo pareció convencido y decidió darnos el crédito de la duda, un poco de tiempo al tiempo. Después se incorporó lentamente y dio primero un paso, luego un segundo paso. Su enorme envergadura le impedía incorporarse súbitamente, necesitaba un par de metros para erguirse completamente, una especie de carreteo.

Se despidió en la puerta con una sonrisa amplia que equivalía a un voto de confianza y agachó la cabeza al salir para no golpearse con el dintel.

El catalán se puso serio, bien serio, dijo que teníamos que desabrocharnos el cerebro y ponerle punto final a esta vaina y los ojos de la colombiana se iluminaron. Estaba a punto de decir algo cuando se abrió de nuevo la puerta y apareció Ramoncito Lara. Era uno de los mensajeros internos y traía en la mano derecha un escobillón que entregó de inmediato a la colombiana. Luego dijo con cierto aire solemne:

—El licenciado Biglietti me dijo que trajera esa escoba al departamento de crastividá..


https://acento.com.do/opinion/la-agencia-2-8925593.html


La agencia (2)

Los ojos de la colombiana se iluminaron, porque comprendió que el catalán había dado inconscientemente en el clavo.

Harold Priego

Al catalán se le cayó la mandíbula sobre el escritorio cuando vio el escobillón que había enviado el licenciado Biglietti. La colombiana, que estaba a punto de decir algo, se quedó con la palabra en la boca y estuvo a punto de tragársela, pero yo me quedé como quien dice frizado, en estado catatónico.

sábado, 1 de mayo de 2021

La agencia (7 de 7)




Harold Priego


La agencia (7 de 7)

Ya yo tengo trabajo, lo que yo quiero es robar sin tener que trabajar, como hacen los políticos.

Otra vez eran las once y media y no habíamos vendido ni una escoba. Eso quería decir -como explicaba el creativo catalán- que el negocio andaba mal. Y en términos publicitarios significaba que no habíamos parido ni una idea.

Teníamos un enorme cúmulo de trabajo y no sabíamos qué hacer. La nariz del creativo catalán estaba de capa caída y eso sólo podía significar que el horno no estaba para bollos. El catalán no estaba de humor. Su cabeza catalana, que era generalmente un hervidero de ideas, se encontraba en estado de hibernación y eso lo hacía sentirse inútil, completamente inútil y de mal humor.

Si alguien le hubiera preguntado que estaba haciendo en ese momento habría respondido que estaba defecando, mentalmente defecando, aunque con otra palabra.

El catalán tenía una nariz móvil, retráctil, podía oler una campaña a kilómetros de distancia cuando se le paraba la nariz, pero la nariz estaba ahora en un punto muerto y atravesábamos por una sequía de ideas, no habíamos vendido ni una escoba.

En ese momento se oyó la voz de Harold en el departamento de arte, del cual nos separaba sólo una puerta. Pero aunque hubiéramos estados separados por un grueso tabique la conversación se habría escuchado igualmente y todos se habrían dado cuenta de lo que se hablaba, porque la discreción no era el fuerte de Harold. Se trataba, por lo que pudimos entender, de una llamada confidencial o que pretendía ser confidencial. Una señora, cuyo nombre pronunció Harold en voz alta y que todos conocíamos como dueña de una gran  agencia publicitaria, lo llamaba para ofrecerle aparentemente un trabajo mejor remunerado. Pero Harold no mostraba mayor interés y al final le daría una respuesta medio en serio y en broma que la dejaría probablemente turulata, desconcertada:

—Ya yo tengo trabajo, lo que yo quiero es robar sin tener que trabajar, como hacen los políticos.

No sé qué habrá dicho o pensado su interlocutora al otro lado del teléfono, pero la  conversación se interrumpió de inmediato y Harold soltó una de sus típicas carcajadas.

Ninguna otra cosa digna de mencionarse volvió a ocurrir ese día hasta las cuatro o cinco de la tarde, cuando ya era casi hora de marcharnos. Recuerdo que nos sentíamos aburridos y frustrados y estábamos recogiendo los bates cuando llegó la noticia. El cliente de Sanadol quería que le presentáramos la campaña esa noche a las siete. Los deseos del cliente eran, por supuesto, órdenes y apenas teníamos una o dos horas para prepararnos.

Para peor, se trataba de una presentación de gala en el salón de recepciones de un hotel de lujo situado en un piso alto de una de esas horribles torres modernas, al cual se accedía través de una pasarela de pesadilla. En la época de Nerón arrojaban los cristianos a los leones,  y a nosotros —se me ocurrió pensar en voz alta— nos arrojarían al vacío si la campaña no era del agrado del cliente, que tenía un cierto parecido con Nerón.

El cliente o representante del cliente era un gringo que había venido al país a impartir unos cursos de mercadeo a los vendedores de la firma que producía Sanadol y a supervisar la campaña. En las reuniones que habíamos sostenido nuestras miradas se habían encontrado y no nos gustábamos. El gringo me tenía ojeriza y yo era alérgico a los gringos. Fumaba cigarrillos Montecarlo desde la época en que unos publicistas habían creado la primera campaña publicitaria nacionalista para un cigarrillo dominicano: "No permita que intervengan en su fumada".  El gringo me tenía ojeriza y yo le tenía tirria.

Llegamos al lugar con la puntualidad de un reloj suizo, a las siete de la noche, nos invitaron a sentar en unas de esas incómodas sillitas plegadizas de metal, y nos hicieron esperar hasta pasadas las nueve.

Allí todo estaba organizado como en  una especie de escuelita. Una legión de famélicos vendedores de los más variados rincones del país había sido convocada para recibir un curso intensivo de entrenamiento que había comenzado en horas de la mañana y la jornada había sido agotadora. Los legionarios empezaban a parecerse a zombis y las cosas empeoraron cuando se iniciaron los preparativos para la instalación de unas mesas y la parafernalia de un espléndido buffet. El olor de la rica comida invadió el ambiente y los legionarios empezaron a dar muestras de desesperación. Yo llegué a temer que se produciría un levantamiento o una especie de estampida y que no íbamos a tener oportunidad de presentar la campaña. Un expositor detrás de otro dictaba una aburrida charla y los legionarios empezaban a mirarlos con odio. Odio y hambre.

Cuando el curso llegó a su fin, los legionarios estaban agotados, cayéndose a pedazos, pero todavía tenían que tragarse la presentación de la campaña.

Por alguna razón desconocida, el licenciado presidente decidió que yo, precisamente yo, iba a ser el presentador y confieso que sentí como si me hubieran arrojado a los lobos. La atmósfera era tensa. Me enfrentaba a un posible linchamiento y cuando miré la cara del licenciado presidente me pareció que sonreía con una sonrisa malévola. Entonces decidí cortar por lo sano, saltarme todos los ámbulos y preámbulos, ir directamente al grano. Expliqué que para idear una buena  campaña los creativos publicitarios debían conocer a fondo el producto y para conocerlo debían comprobar lo que prometía el producto. Teníamos, por ejemplo, la información de que el producto quitaba el dolor de cabeza y sobre todo la resaca y le pedimos a un ejecutivo que se proporcionara una resaca con fuerte dolor de cabeza y el producto le quitó la resaca y el dolor de cabeza. Teníamos también la información de que el producto curaba los síntomas del resfriado y le pedimos a un ejecutivo que se resfriara y el producto le curó los síntomas. Lamentablemente, dije más adelante, de algún lado recibimos la información de que el producto servía como anticonceptivo y lo probamos como anticonceptivo y ahora teníamos una secretaría en cinta y no sabíamos quién era el padre.

Después transcurrió un segundo, el segundo más largo de mi vida, un segundo en el que pude ver el rostro horrorizado del licenciado presidente y la horrible cara del gringo que me miraba con inquina. Había metido la pata y pensé que nada me salvaría hasta que escuché una explosión de risas, las risas de los legionarios que se liberaban de las tensiones acumuladas durante tantas horas de cautiverio. Entonces rieron los demás, incluyendo al gringo y al licenciado presidente. Entonces terminé de presentar la campaña con las más breves palabras que encontré y recibí nutridos aplausos. Entonces también me permití, sin estar autorizado, invitar a los legionarios a disfrutar del espléndido buffet y allí fue Troya. Se produjo un levantamiento, una insurrección general y todos se lanzaron sobre la comida.

La campaña fue aprobada felizmente, después de ciertas críticas, pero el licenciado presidente no me dirigió la palabra durante varios días y en el departamento de creatividad vendimos muchas escobas, todas las escobas del mundo