lunes, 30 de abril de 2018

EL ASALTO AL CIELO

Un relato de
Uno de esos días de abril

Pedro Conde Sturla


 

  
El asedio de la Fortaleza Ozama empezó en la mañana del miércoles 28 de abril y terminó el viernes 30 de abril en las tempranas horas de la tarde.


El coronel Lora Fernández, que había ganado fama en múltiples episodios de la resistencia en el puente Duarte, estaba al frente de la operación, con Claudio Caamaño como segundo al mando. Algunas tropas regulares de infantería y un grupo de hombres rana componían la principal fuerza de choque.

Esta vez el coronel Caamaño, cansado de deslealtades, traiciones y deserciones, se había reunido, horas antes, con los izquierdistas del Catorce de Junio que lo habían secundado en la batalla del puente Duarte, y había pedido la integración de toda las fuerzas de izquierda al combate, incluyendo al MPD y al PSD. Ya era otro Caamaño. El Caamaño que pedía la integración de todas las fuerzas a la lucha sin reparar en banderías políticas.
Caamaño informó a los catorcistas que en la Fortaleza Ozama había más de mil quinientas ametralladoras Cristóbal, fusiles Máuser y abundantes municiones, granadas de mano y lacrimógenas a granel, bazucas y unas treinta ametralladoras pesadas, algunas tan anticuadas que tenían que ser enfriadas por agua, conectadas a una manguera, y eran prácticamente obsoletas, pero no inservibles.

Caamaño sabía de lo que hablaba. A raíz del golpe de estado contra el gobierno de Juan Bosch, el 25 de septiembre de 1963, los estudiantes de la UASD, la Universidad Autónoma de Santo Domingo, nos declaramos en rebeldía y armamos una protesta multitudinaria.

Caamaño era el jefe de los cascos blancos de la fortaleza en esa época y nos atacó con sus fuerzas por los cuatro costados, pero sobre todo desde la entrada principal que da al Este. Nos castigó con sus cascos blancos durante un día y una noche con bombas lacrimógenas a las cuales respondíamos con pedradas e insultos, y eventualmente devolvíamos antes de que se activaran, cosa que no servía para nada, aparte de hacerlos rabiar. Los cascos blancos usaban máscaras antigás que, además de protegerlos, les daban un cierto aspecto repelente y monstruoso, casi como de criaturas extraterrestres.  

Luego cambiamos perversamente de táctica y empezamos a relanzar las bombas contra el hospital militar de las fuerzas armadas que quedaba a un costado de la puerta principal y provocamos un éxodo masivo de médicos, enfermeras y enfermos. Desde ese momento no se arrojaron más bombas en esa área, pero el acoso recrudeció en los demás puntos y había momentos en que el aire se tor-naba irrespirable y muchos se desmayaban, con riesgo de asfixia, y tenían que ser evacuados en ambulancias de la Cruz Roja.

La mejor manera de defenderse en el campus era tirarse al suelo, donde la densidad de los gases era menor, y protegerse ojos y nariz con un pañuelo empapado en agua y vinagre, que muy pocos tenían. Algunos se refugiaban desesperados en los baños para enjuagarse la cara en los lavamanos, y cuando el agua se puso escasa, no faltó quien se lavara con agua de los tanques de los inodoros y otros hasta con agua contaminada de las tazas, sin pensarlo dos veces, porque la necesidad, como se sabe, tiene cara de hereje. Muy hereje.

La persona que salió más lesionada de aquel lance, la que se llevó, sin duda, la peor parte fue la mamá de Caamaño. Durante horas, la respuesta masiva de los estudiantes a la agresión de los cascos blancos fue gritar una y otra vez a coro, ininterrumpidamente Caamaño, hijo de puta, una y otra vez Caamaño hijo de puta, hasta quedarnos afónicos, casi mudos y casi sordos, hijo de puta. Al día siguiente se retiraron las tropas de cascos blancos dirigidos por Caamaño hijo de puta y nos dejaron salir sin mayores consecuencias. 

El Caamaño que se reunió con los compañeros del Catorce de Junio para integrarlos al combate de la fortaleza no era el mismo de aquella vez. La mayoría de los compañeros del Catorce y del resto de la izquierda le habíamos voceado, maldecido, lanzado oprobios alguna vez, lo habíamos odiado todos casi tanto como él nos había aborrecido, y ahora lo reconocíamos por sus méritos como el comandante supremo de la insurrección. Los izquierdistas nos habíamos convertido en soldados del coronel Caamaño y combatiríamos al mando del coronel Juan María Lora Fernández en el asalto al cielo, la casi inexpugnable Fortaleza Ozama, La Fuerza, como se le había llamado en otra época. 

El coronel Juan María Lora Fernández, primo hermano de Rafael Fernández Domínguez, el fundador del movimiento constitucionalista, que estaba en el exilio junto a Bosch, era uno de los mejores soldados del estado mayor de Caamaño, quizás el mejor. Estaba dispuesto a no fracasar en la difícil empresa y no fracasaría, por más que pareciera imposible. Sus fuerzas disponían de un tanque AMX, ametralladoras pesadas y quizás algunos bazucas. Pero eso no era nada en relación a lo que teníamos al frente.

La Fortaleza Ozama, con su castillo de estilo medieval y su flamante Torre del Homenaje, un polvorín a distancia prudente, un aljibe monumental, una muralla baja y otra muralla alta, y alguna capilla de rigor para purificar los pecados, había sido construida en los primeros años del siglo XVI en el extremo suroeste de lo que sería la ciudad de Santo Domingo, enclavada sobre un arrecife que daba al río y el mar, y no mostraba el menor signo de vejez ni de cansancio.

En el año de 1797 se erigió el Portal de Carlos III, la actual puerta de entrada de la fortaleza, con madera de ébano verde africano, según se dice, una joya arquitectónica, flanqueada por espigadas columnas dóricas. Sobre la almenada y no tan alta muralla original que estaba al frente, levantaron otra muralla que hacía juego con la altura y el estilo del portal, varios metros de altura. Fueron las últimas obras de ingeniería militar que construyeron los españoles en Santo Domingo. 

Detrás del portal y sus gloriosos ornamentos arquitectónicos, hay una guarnecida, amplia terraza, recinto amurallado con espacio suficiente para emplazar, como en efecto se emplazaron, las más mortíferas armas de fuego.

Nadie hubiera sacado de la fortaleza a los cascos blancos si hubieran tenido voluntad de combatir.

Ante la Fortaleza Ozama no había prácticamente un resquicio, una sola rendija para parapetarse y atacar de frente, una cualquier protección o amparo para ocultarse o disimularse que no estuviera expuesto de alguna manera al fuego enemigo. 

Sobre la línea de defensa de la puerta de entrada, el magnífico Portal de Carlos III, que da a la calle Pellerano Alfau, (la antigua y señorial calle de los Nichos), los cascos blancos habían construido un nido de águilas, nido de buitres, emplazando bazucas y cañones ametralladoras que dominaban un reducido espacio estratégico y vital: una calle de una sola cuadra que termina en la parte trasera de la Catedral Primada, un espacio desolado, de unos cien metros de largo, entre fastuosas edificaciones coloniales, desprotegido en su totalidad, salvo por los bajos muros que circundan los jardines del ábside de la catedral. El portón de madera de La Fuerza era, paradójicamente el espacio más vulnerable, y la más artillada y perfecta trampa para los atacantes, una perfecta ratonera.

Desde las terrazas almenadas de la Torre del Homenaje, que duplican en altura a casi todas las edificaciones de los alrededores, sobresalían los cañones ametralladoras de calibre .30 y .50, todas las ametralladoras del mundo.

Los cascos blancos habían tomado también los techos de las viviendas contiguas a la fortaleza, como la Casa de Bastidas y allí habían instalado ametralladoras y habían infiltrado francotiradores en casas de la vecindad como primera línea de defensa.

A todo lo largo de la muralla frontal, que corre hasta la parte final de la calle Las Damas, había cascos blancos apostados con las mejores armas en la posición más ventajosa. Desde la parte sur, frente a las calles José Gabriel García y Hostos y desde la parte baja del malecón, no había posibilidad de enfrentarlos. 

El corredor de la calle Padre Billini estaba igualmente bajo el dominio de ametralladoras y bazucas emplazadas sobre las imponentes murallas, y cubrían todo el escenario a lo largo de la Ciudad Colonial hasta la última calle en esa ruta, la Palo Hincado, donde le habría costado trabajo a un mosquito atravesarla y salir vivo, porque los cascos blancos no ahorraban municiones y disparaban como posesos, una forma de demostrar su superioridad militar e intimidar a sus adversarios. 

Algunos combatientes se posicionaron en los techos de los palacetes de las calles cercanas, a prudente distan-cia frente a la fortaleza, y emplazaron ametralladoras en los pocos sitios disponibles, pero siempre en desventaja respecto a la artillería de la Torre del Homenaje, que los superaba en altura y en volumen de fuego. Era poco lo que podían hacer frente al infierno que desataban los cascos blancos sitiados en las elevadas terrazas almenadas de La Fuerza, y el acercamiento lateral estaba prohibido por el fuego de los francotiradores que disparaban desde los techos vecinos, de arriba abajo, cazando a los imprudentes como conejos, igual que harían después los francotiradores yanquis desde el edificio de Molinos Dominicanos, en la margen opuesta del río Ozama.

Una gran parte de los combatientes eran mirones, la mayoría de ellos sin armas y se refugiaban en las calles paralelas de los alrededores, sin intervenir en el conflicto más que como espectadores, confiando en que alguien cayera para tomar el fusil o esperando el desenlace para hacerse de un arma después de la toma de la fortaleza, si acaso se tomaba. La mayoría de los combatientes armados y sin experiencia tampoco asomaban las narices más allá de las esquinas que les daban protección y eventualmente disparaban una ráfaga ciega que no servía para nada. Era lo más que podía hacerse, y aun así a riesgo de perder la cabeza. 

Pero en general, los hombres rana, los soldados regulares y los catorcistas entrenados en el combate en Cuba, los pocos que habían logrado ubicarse en lugares estratégicos en los techos, en algunos patios y recovecos, detrás de algún portal, una ventana providencial con vista a la fortaleza empezaron a hacerle un daño terrible al enemigo. Ellos no desperdiciaban balas, disparaban un solo tiro cuando había algún blanco visible y se apartaban de inmediato del lugar para no ser ubicados. Poco a poco, las bajas que causaban los combatientes constitucionalistas empezaron a ser altas, sobre todo entre los artilleros, que eran las presas más codiciadas y la vez más vulnerables porque el poder de fuego de sus armas pesadas les daba una falsa sensación de seguridad y se exponían más de lo prudente en la acción. 

Al cabo de largas horas de combate, sobre las líneas de defensa de La Fuerza había bazucas y ametralladoras abandonadas, y no aparecían voluntarios para hacerse cargo de ellas. Para peor, algunas ráfagas de metralla habían castigado a los cascos blancos parapetados en las terrazas privilegiadas de la Torre del Homenaje y al primer golpe abandonaron cobardemente sus posiciones. El volumen de fuego había cesado considerablemente, y esto permitía escuchar con mayor claridad el lúgubre contraste entre el sonido de la ráfaga de metralla disparada al azar y el solitario sonido de un solo golpe de fusil, el golpe seco de una bala certera que disparaba un combatiente constitucionalista y causaba una baja.

Al anochecer cesaron las hostilidades y se hizo un silencio espeso como una niebla, un silencio de mal augurio, que se cumplió puntualmente. Desde hacía rato había empezado a esparcirse un rumor, un rumor maligno, al que en principio no le dimos mucho crédito, pero era cierto. Unos cuantos cientos de marinos norteamericanos estaban desembarcando en el puerto de Haina desde las cinco o seis de la tarde. Era el primero de muchos desembarcos, pero la noticia no iba a tumbarnos el ánimo ni a socavar el espíritu combativo.

Durante el segundo día de combate ya era evidente que los cascos blancos estaban vencidos, atemorizados ante las maniobras militares cada vez más audaces que desplegaban los sitiadores, presionando sin cesar sobre la plaza. Y lo que más temor infundía era la presencia del tanque, que hasta el momento no había entrado realmemente en acción. 

El comandante del tanque AMX, un hombre sin nombre o poco conocido, prácticamente anónimo, un héroe fuera de serie, el que manejaba la mejor arma posible para reducir a los cascos blancos, movía su pieza como en un tablero de ajedrez, con extrema prudencia, ocultándola, disimulándola para no perderla a golpes de bazuca, jugando a la defensa siciliana en una calle donde estaba expuesto, muy cercanamente expuesto a su destrucción. Un par de veces disparó contra el frente de la fortaleza insinuando apenas el cañón desde una esquina de la calle Pellerano Alfau y retrocedió enseguida para preservar el arma con gran inteligencia. Los disparos no fueron muy efectivos pero llenaron de terror a los sitiados. 

Los cascos blancos combatieron más o menos dignamente durante un tiempo prudente, pero fueron cayendo víctimas de abatimiento, del infinito miedo que los derrumbó moralmente, y el miedo los venció.

El último día, cuando la resistencia y el volumen de artillería de los cascos blancos estaban flaqueando a vista de ojos, dos cabrones pilotos de San Isidro hicieron un vuelo rasante y ametrallaron la fortaleza para “motivarlos” a seguir peleando, y dejaron un saldo irrepetible de muertos y un caos en el mando.

En ese momento privilegiado, el tercer día de combate, el comandante del tanque AMX, salió de su refugio y marchó de frente contra la puerta de la fortaleza a toda marcha por la calle Pellerano Alfau, apoyado por infantería armada y suicidas sin armas. Tantos eran los nervios como la inexperiencia y mala puntería, que a fuerza de cañonazos abrió un hueco en la muralla, justo al lado derecho del portal, pero el portal de madera quedó intacto a pesar de su tamaño monumental. Aun así, el hueco fue providencial. El fuego de infantería eliminó lo poco que quedaba de la resistencia sobre el portal. Pocos minutos después se abrían de par en par las puertas de la fortaleza y el tanque y la infantería realizaron una entrada triunfal.
Detrás del tanque venían masas irredentas armadas y desarmadas y lo que ocurrió después fue un pandemónium. Se produjeron balaceras terribles cuerpo a cuerpo, pero en general los cascos blancos estaban más interesados en rendirse que en pelear y se rindieron finalmente a los soldados regulares y hombres rana, salvo excepciones. Entre muchos de ellos se produjeron episodios de histeria, de incontrolable terror, pero no tardaron mucho en apaciguarse y entregarse como angelitos que nunca habían hecho nada para merecer la muerte. 
NOTA: Mi sincero agradecimiento a Hamlet Hermann y Fidelio Despradel –protagonistas y testigos de excepción de estos hechos– por los valiosos datos que me proporcionaron sus libros (Francis Caamaño y Abril) para escribir este relato, cuyo verdadero autor es el pueblo dominicano.

LA FORTALEZA

Un relato de
Uno de esos días de abril
Pedro Conde Sturla
 
Fuerte El invencible
Media hora después de los sucesos de la calle Espaillat, el Gallego y los demás integrantes del comando del PSP bajaron desde la azotea de una casa vecina al patio de la viuda para esconder las armas en la carbonera del fondo y salir en procura de otras armas que tenían a buen recaudo.
Con admiración y respeto, y en estricto silencio, vimos al Gallego demorar en el trámite, casi aposta, metiendo en sacos y cubriendo con carbón tras carbón las preciosas metralletas Cristóbal de doble gatillo que envidiábamos con los ojos. No era difícil adivinar nuestras intenciones y el Gallego era adivino.
Al terminar la operación de encubrimiento, el Gallego nos encaró con mala cara, su cara habitual en esos casos, nos advirtió que de ninguna manera habláramos de esas armas, que de ninguna manera les pusiéramos las manos. Estaban destinadas a compañeros que habían hecho entrenamiento militar en cuba y no a carajetes universitarios que podían matarse entre sí por falta de experiencia. La orden era terminante: ¡Qué nadie, en su sano juicio, se atreva a desobedecer! Pero el juicio nuestro no era muy sano.
Al día siguiente, miércoles 28 de abril, cuando el Gallego volvió a buscar las armas a la carbonera sólo encontró carbón, como era de esperar, y le dio un encojonamiento, una rabieta de madre, pero a la larga tuvo que aceptar el hecho cumplido, aunque no sin haber defecado, metafóricamente, en las once mil vírgenes y todas las putas que nos parieron.
Ese día, en horas de la mañana, se había iniciado el asalto a la Fortaleza Ozama y los carajetes universitarios habíamos tomado las armas de la carbonera y habíamos formado un comando en la azotea de la panadería de Quico al mando de Valentín Giró, un ex marino, hijo del poeta homónimo, y nos habíamos fogueado por primera vez en el combate acosando a cascos blancos que escapaban de la fortaleza por la parte trasera y se rendían, salvo excepciones, al primer disparo, entregando las armas. Ya no éramos carajetes universitarios, sino combatientes que en la refriega habíamos capturado enemigos y nos habíamos hecho dueños de más armas que las que habíamos robado al Gallego, todo un botín.
        El Gallego no volvería a empatarse con las Cristóbal de la carbonera y tampoco le harían falta. Cuando volví a verlo portaba una Thompson que pesaba más que él y luego la cambió por un fusil M1 que se adecuaba mejor a su delgada, casi frágil anatomía, y a su vozarrón de mando.
Mientras tanto, comenzaron a llegar a la zona compañeros procedentes de diferentes pueblos del país, quizás treinta o cuarenta en total. El PSP era un partido de cuadros y sus miembros cabían holgadamente en cualquier salón de clases, pero la azotea de la panadería de Quico no era el lugar ideal para operar un comando con tal número de integrantes, y nos trasladamos a la casa del compañero Buenaventura Johnson, una amplia y sólida edificación de tres niveles en la calle Espaillat, que reunía todos los requisitos para establecer un cuartel general. Sin embargo, en ese lugar no duraríamos muchos días y la partida sería precipitada.
Los miembros de la comisión militar nos organizaron en varios grupos destinados a cumplir distintas tareas con ellos al frente. Unos se sumarían al ataque frontal que llevaban a cabo los militares constitucionalistas y miembros del Catorce contra la Fortaleza Ozama, y otros continuarían hostigando a los cascos blancos fugitivos, cuyo número era cada vez mayor.
El 29 de abril, en horas de la mañana, salí en una patrulla comandada por Lisandro Macarrulla (uno de los compañeros con mejor entrenamiento militar, según se decía), para interceptar a cascos blancos que se escapaban hacia el norte por el puerto, con el propósito de sumarse, quizás, a las tropas del CEFA, si lograban pasar el puente. Algunos cruzaron a nado el río en su desesperación, incluyendo al comandante de la fortaleza, pero muchos de los que lo intentaron perecieron en el trayecto.
Tomando por la calle de Las Mercedes desembocamos en la romántica calle Las Damas, la calle de la fortaleza, donde las balas zumbaban como mosquitos. Con saltos de canguro la atravesamos sin consecuencia y nos resguardamos a un costado de la muy antigua Capilla de los Remedios, al lado del viejísimo y siempre puntual reloj de sol.
Desde ese lugar, y a esa altura y distancia, se dominaban todos los movimientos del puerto, pero no era mucho lo que podíamos hacer para frenar la huida de los cascos blancos y apropiarnos de las armas, que era el principal objetivo.
Un solitario guardia constitucionalista, armado con un Máuser, salió como de la nada y se acercó a conversar con el comandante Macarrulla, a compartir una información que resultaría muy valiosa, y al poco rato nos hicieron señas de que los siguiéramos. Nos infiltramos, entonces, a través de unos vericuetos, en unas polvorientas y amplísimas oficinas del gobierno repletas de papeles desde el piso hasta el techo: La otrora señorial casa de la familia Dávila, la dueña de la Capilla de los Remedios en época de la colonia.
El guardia descerrajó de un tiro el candado de una respetable puerta de hierro y nos condujo hacia abajo por una ruta que al parecer conocía de memoria, hasta un recinto amurallado con cañones coloniales que todavía surgían amenazantes desde las troneras. Luego supe que se trataba del fuerte que llaman El Invencible. Era el lugar ideal para enfrentar a los cascos blancos en fuga.
Diez minutos más tarde, Lisandro Macarrulla y el solitario guardia consticionalista, que al parecer tenían ojos más afilados que los nuestros, divisaron una larga hilera de cascos blancos sin uniformes y sin cascos, pero con armas cortas y largas, y en número muy superior al nuestro, según nos informó Macarrulla.
Sin embargo, nuestra posición en el fuerte El Invencible era inmejorable y eso nos daba ventaja.
Yo no los vi, no recuerdo haber visto a los cascos blancos. Lisandro nos ordenó bajar la cabeza y nadie los vio, salvo Lisandro y el guardia.
Lisandro esperó a que se alejaran un poco para tenerlos de espalda y no de frente, sacó el cuerpo y gritó ¡alto!, muy alto, y los conminó a rendirse. Los cascos blancos tenían miedo y tenían prisa, una combinación peligrosa.
Algunos soltaron las armas y echaron a correr, pero otros respondieron con ráfagas de ametralladora, cosa que era de esperar, y de inmediato Lisandro se agachó detrás de un cañón colonial, bajo un diluvio de balas, y comenzó a disparar casi a ciegas, igual que hicimos nosotros y el solitario guardia. Disparar a ciegas, por encima de la muralla arriesgando sólo las manos y no la cabeza, como nos había instruido encarecidamente el comandante Macarrulla.
El tiroteo duró pocos minutos porque los cascos blancos estaban más empeñados en huir que en combatir y cuando nos dimos cuenta ya habían desaparecido. En el lugar dejaron unas cuantas Cristóbal y algunos Máuser y ni una mancha de sangre. El intercambio de disparos había sido incruento, pero no infructuoso.
Más peligroso fue regresar al comando de Buenaventura Johnson, trotando todo el tiempo en formación compacta, como ordenó Macarrulla, para evitar el asalto de cantidad de gente que reclamaba y estaba dispuesta a quitarnos por la fuerza las armas que habíamos obtenido, gente a la que arrollábamos puntualmente sobre la marcha, sin romper filas, gracias a la firme determinación del comandante, que iba al frente, repartiendo culatazos cuando era necesario.
Lisandro Macarulla era un hombre hecho y derecho, de unos treinta años quizás, casado y con hijos, y ejerció sobre nosotros, muchachos de apenas veinte años cumplidos, una autoridad más paternal que militar, y manifestó en todo momento gran preocupación por nuestra seguridad. Lo había conocido el día anterior, en el episodio de la carbonera, junto al inolvidable Getulio de León, ya que ambos formaban parte del comando que participó en el ametrallamiento de la perrera de la Espaillat
Nuestra relación no duró más que la breve y extraña expedición contra los cascos blancos que nunca vi, pero nos unió para siempre, a pesar de que nunca volvimos a encontrarnos. Su joven esposa vino en la tarde al comando de Buenaventura, pasaron la noche juntos y al amanecer partieron con rumbo para nosotros desconocido.
De eso me enteraría con sorpresa al cabo de un tiempo, porque otras cosas ocupaban entonces mi atención, múltiples cosas, y el sábado, 30 de abril, volví a vivir otra experiencia extraña, casi surrealista. Casi, por poco, la última de mi vida.
Edmundo García, un personaje irrepetible, único en su especie, regresó de los alrededores de la fortaleza con la noticia de que en el extremo sur del puerto, casi en la desembocadura del río, había una embarcación abandonada y llena de armas, y no tuvo que hacerse de rogar para que una media docena de entusiastas partiéramos de inmediato con él a la aventura, aunque ninguno estaba seguro de que la información fuera cierta.
La embarcación, un pequeño yate, estaba en territorio de nadie, demasiado cerca de la parte trasera de la fortaleza y demasiado expuesta a los nidos de ametralladoras de la base naval, en la ribera opuesta del Ozama, en Sans Souci, y además tenía sueltas las amarras y se encontraba a un metro del muelle, como quien dice a la deriva.
Por fortuna, había por todas partes contenedores, vehículos y cajas con mercancía que nos servían de refugio, pero para llegar al objetivo teníamos que atravesar un descampado. Aún así, persistimos en el empeño y tras una breve carrera para tomar impulso saltamos a bordo de la nave.
Había muchas armas, en verdad, y los compañeros más diligentes me aventajaron en la acción, las tomaron y salieron a la carrera, pero yo me quedé rezagado. En un camarote encontré una funda con una pistola Colt 45 y varias granadas de fragmentación francesa, las típicas piñas amarillas y una Cristóbal, y en el mismo momento sentí que unas balas roncadoras perforaban el casco de la embarcación.
Salí despavorido, con la funda en la mano izquierda y la Cristóbal en la derecha y vi que la embarcación estaba ahora más lejos de lo prudente para saltar al muelle, pero salté, de cualquier manera, impulsado por la fuerza de la desesperación que me invadía y casi de puro milagro alcancé la orilla, atravesé a grandes zancadas el descampado y me puse a salvo detrás de unas cajas, pero en el salto dejé caer la funda con la Colt y las granadas.
Allí pasé varias horas en solitario, escuchando el pesado tableteo de las ametralladoras y el zumbido de las balas que reventaban contra la pared del fondo. No podía moverme y no pensaba moverme, desde luego, hasta que ocurrió un hecho inesperado. Una manada de cascos blancos en fuga avanzaba al galope, en estampida, y todos avanzaban hacia mí.
Ahora estaba entre el fuego y la sartén y sólo había una cosa que hacer. Corrí como un demonio, como un poseso, como una bicicleta, bajo el fuego de metralla, en dirección al malecón y quince minutos más tarde, sin aliento, sin resuello, regresé al comando de Buenaventura, donde ya nadie me esperaba vivo.
Era la segunda gran carrera que daba y no sería la última. Casi siempre, en esos días, me recuerdo corriendo y casi siempre en dirección contraria al combate, combatiendo de espaldas.
En el ínterin, la Fortaleza Ozama había sido tomada a sangre, a fuego, a puros cojones, y yo me había perdido el magno evento.
Una semana después de la proclama en que José Francisco Peña Gómez llamaba al pueblo a insurrección, los constitucionalistas habían obtenido su última victoria. La última victoria de la revolución de aquel abril. La Fortaleza Ozama, símbolo de opresión durante siglos, había caído para constituirse en símbolo de rebeldía y libertad y en la radio constitucionalista se escuchan las notas gloriosas de La Marsellesa.







domingo, 29 de abril de 2018

LOS VENCEDORES

Un relato de 
Uno de esos días de abril
Pedro Conde Sturla
 
Freddy Beras Goyco junto a soldados constitucionalistas
El veterano capitán Illio Capozzi, instructor de los hombres rana, advirtió que la larga columna de tanques e infantería del CEFA, hostigada por las masas y un puñado de soldados, había avanzado más de lo prudente por la Avenida Amado García Guerrero y era en extremo vulnerable, y recomendó a Caamaño romperla en varios puntos, dividirla en tantas partes como fuera posible, y luego aislarlas, quebrarlas, desarticularlas de tal manera que perdieran contacto con las posibles comunicaciones de mando o no pudieran cumplirlas y se convirtieran en presa fácil. Era la voz de la experiencia.
Inferior en rango, el condotiero italiano superaba a todos sus.  superiores del momento en lo concerniente a formación militar y experiencia en combate. Capozzi conocía a fondo el “arte” de la guerra y era un guerrero nato. Era el verdadero estratega. Y Caamaño se dejaba aconsejar.
         Las fuerzas de los constitucionalistas se reorganizaron entonces en tres unidades y fragmentaron en tres partes la columna del CEFA con ataques de comandos integrados por pequeños contingentes de militares y centenares de civiles mal armados y desarmados. La maniobra fue dirigida principalmente por el coronel Caamaño, el coronel Montes Arache y sus hombres rana, y el coronel Fabio Chestaro. Todos se destacaron por su valentía, pero el despliegue de temeridad y habilidad que los hombres rana realizaron en el combate, con aquellas volteretas de circo con las que cruzaban las calles sin dejar de disparar y avanzando sin cesar contra el enemigo, dejaron a quienes los vieron mudos de asombro,    admiración y asombro. Los hombres rana se convirtieron, de hecho, en uno de los factores decisivos de la batalla del puente.
Igualmente decisiva –inesperada, sorpresiva, casi providencial– fue la incorporación de un grupo de marinos que tenían ametralladoras y juegos pesados y le hicieron a las hordas del CEFA un daño irreparable. Habían desembarcado subrepticiamente a última hora en el puerto de Santo Domingo, y sin hacerse notar, con la mayor celeridad y discreción se colocaron a un costado, al otro flanco de la columna de blindados y la castigaron duramente con fuego de metralla de calibre .30 y .50. El comandante de los tanques del CEFA (un conocido perro de presa) tenía parte del cuerpo fuera de la torreta y cayó herido. Perdería un ojo y salvaría milagrosamente la vida. Pero su batalla no tenía salvación. Indudablemente fueron los providenciales marinos de  última hora quienes le pusieron la tapa al pomo y dieron inicio a la etapa final de la contienda.
 Sin embargo, nada de eso se sabía entonces en la Ciudad Colonial y no lo sabíamos nosotros en la casa de la viuda Pichardo. Tampoco sabíamos, casi nadie sabía que un comando armado del PSP con el Gallego a la cabeza, otro comando con algunos hombres rana y un comando catorcista habían tomado las azoteas de las zonas aledañas a la casa de la viuda y tenían armas largas, muy largas. Entre los miembros del Catorce, había un combatiente en luna de miel, Amín Abel Hasbún, uno de los personajes más extraordinarios que he conocido. Amín destilaba simpatía, inteligencia y valor a flor de piel, y era uno de los más renombrados dirigentes estudiantiles de la universidad en ese momento. Se había casado recientemente y estaba con su esposa en el hotel Montaña de Jarabacoa, pasando la luna de miel. Nada más enterarse del inicio de la guerra, regresó para integrarse a la primera línea de combate, como lo haría siempre durante su corta vida. Desde esa línea de combate les esperaba a los cascos blancos de la perrera que avanzaba por la calle Padre Billini –disparando a mansalva–, una suerte muy negra.
El primer disparo alcanzó en la frente al conductor y eso fue todo para él. Al oficial lo hirieron en el pecho y trató desesperadamente de escapar, no tuvo tiempo, quedó enganchado en la puerta, con la espalda reducida a un colador. Luego la perrera aminoró su errática marcha y se detuvo por inercia, exactamente en el cruce de la calle Espaillat con Padre Billiini. La tropa, en la parte trasera, seguía disparando sin cesar, pero está vez le devolvían el fuego. Era un fuego cruzado, desde lo alto de cuatro esquinas, y era un fuego maldito. 
        El grupo de refugiados que nos encontrábamos en la casa de la viuda, apenas a una cuadra del lugar de los he-chos, pensábamos que se seguía llevando a cabo una masacre de civiles, pero era una masacre de cascos blancos.
       Algo que llamó entonces nuestra atención fue que al empezar el tiroteo en la calle Espaillat, callaron por encanto las metralletas y fusiles de las demás perreras. Los comandantes nunca anticiparon una respuesta armada y mucho menos organizada desde la altura de azoteas inexpugnables, y se dejaron ganar por el pánico. Poco después alcanzamos a escuchar el ruido de unos motores forzados hasta el límite, a plena marcha, y el clarísimo ulular de unas sirenas. Era el ruido de los motores de las perreras vergonzosamente en fuga, con las sirenas aullando en señal de que abrieran las puertas de la fortaleza para permitir la precipitada entrada, una estampida.
       Luego se produjo un silencio ensordecedor que duró varios minutos y luego un estallido, un griterío de júbilo. Salimos a la calle y nos unimos a otra gente que salía como nosotros de sus resguardos, que celebraba sin saber a ciencia cierta lo que celebraba. El furgón policial estaba rodeado de curiosos y ya se nos habían adelantado en el saqueo de las armas. Un soldado muy joven, con una leve herida en la frente, volteó de una patada al oficial que había quedado enganchado en la puerta y lo arrojó al pavimento. En la parte trasera sólo quedaba un casco blanco vivo, al cual nadie prestaba atención y tampoco se la merecía. Aquello era un reguero de muertos sin apelación, un muerterío.  
       Llamé a Nicolás Pichardo para que me ayudara a transportar al herido, y en el trámite se nos sumó Teobaldo Rodríguez, un militante catorcista, noble y fornido, que tendría una destacada participación en la contienda. En el momento en que lo cargamos, un surtidor de sangre que escapaba de una de sus venas me manchó copiosamente la camisa. Fue mi bautismo de sangre. Taponé la herida haciéndole presión con un dedo y lo llevamos de prisa al Hospital Padre Billini, situado frente a la casa de la viuda y lo dejamos en manos de los médicos. En el trayecto gritaba como un niño, ay, comunitas, por favor, no me maten. Era difícil explicarle que los constitucionalistas no eran, en su inmensa mayoría, comunistas, y que los pocos comunistas no éramos monstruos de dos cabezas como le habían enseñado en la academia policial y que lo llevábamos al hospital para que lo curaran, de modo que el desgraciado seguía gritando, implorando, comunitas, por favor no me maten. Cuando volví a verlo en el Padre Billini estaba junto a su mujer y dos hijos y me dio un abrazo. Durante varios días anduve con la misma camisa, durmiendo en azoteas, sin bañarme ni asearme, sucio, hediondo, manchado de sangre. Era sangre de casco blanco vivo, pero era sangre. Mejor suya que mía.
         En el momento en que culminaba la escaramuza de la calle Espaillat, la batalla del puente Duarte tocaba a su fin. Desde la parte alta de la ciudad provenía un rumor emocionado, voces y más voces anunciaban lo increíble, la extraordinaria noticia. Al cabo de unas horas de sangriento combate las hordas de San Isidro se batían en retirada, dejando tanques y otras armas en mano de los constitucio-nalistas. Lo imposible se había realizado en una de la más heroicas jornadas de la historia nacional. Un puñado de soldados y el pueblo de Santo Domingo habían infligido una  derrota humillante a fuerzas combinadas de la aviación, la guardia, la marina y la policía en la más grande batalla jamás librada en suelo dominicano. Una sola voz se escuchaba por doquiera, la voz de la victoria, dulce y amarga a la vez. Fue el mayor momento de júbilo, de júbilo y de sangre.

     Cuando regresamos a la casa, Nicolás Pichardo Vicioso se sentó al piano y tocó La internacional. La viuda Pichardo –doña Carmela Vicioso viuda Pichardo–, entró a su habitación y se cambió el vestido de ramos y flores por su uniforme blanco de trabajo.






LOS VENCIDOS

Un relato de
Uno de esos días de abril
Pedro Conde Sturla
Carmela Vicioso viuda Pichardo

Pedro Conde Sturla


Al empezar la batalla del puente Duarte me encontraba a una distancia prudente o más bien imprudente del lugar, con una cuadrilla de compañeros del PSP, haciendo lo que  sabíamos hacer, agitando, pintando letreros, coreando consignas.

Desde el lugar en que estábamos no podíamos ver la multitud, pero cuando los aviones bajaron en picada y desataron el pandemónium, su vómito de bombas y me-tralla, el horror nos partió el alma, se nos quebró como un vidrio, se nos enfrió el valor.

Caían bombas y más bombas y el ronco rugir de las ametralladoras apenas se escuchaba. Lo del palacio había sido solamente un ensayo, ahora parecía que se abría no una puerta sino todas las compuertas del infierno.

Parecía el fin del mundo y para mucha gente lo era. El generalito Wessin y Wessin, sus pupilos del CEFA –el llamado Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas– y los pilotos de San Isidro confirmaban su vocación de genocidas.

  En ese momento tomamos una decisión de vida o muerte, una decisión salomónica. Nos mandamos con el rabo entre las piernas hacia la casa de la viuda en la Ciudad Colonial, pero allí la situación no era mejor.

Para empezar, la flamante Marina de Guerra, que se había declarado neutral al inicio del conflicto, se sumó a la causa de los genocidas y varias de sus naves (destructores y fragatas) se alinearon frente al malecón para castigar a cañonazos a los constitucionalistas que quedaban en el palacio, que no eran muchos.

Tan mal se manejaban con la artillería que pocos proyectiles dieron en el blanco y sólo atinaron a destrozar viviendas de los alrededores y a matar niños y amas de casas.

Para peor, la más importante fuerza militar de la ciudad de San Cristóbal, el traicionero batallón Mella, también se integró al bando de San Isidro. Un contingente de alrededor de mil guardias bien armados y bien apertrechados, marchaba ahora desde el oeste hacia la capital.

Lo peor de lo peor –aunque era más que previsible–, fue el bestial viraje de los cascos blancos.

Los feroces cascos blancos de la policía, a bordo de las perreras antimotines, habían mantenido una neutralidad cómplice, más bien ambigua. Se desplazaban amenazantes, lentamente, por esas calles, en sus funestos vehículos cerrados –furgones policiales a manera de carros fúnebres–, con un conductor y un oficial al frente, doce tripulantes en la parte trasera y varias mirillas por flanco y al frente para disparar desde todos los lados.

Apenas un día antes, durante el curso de una manifestación en el Parque Independencia, uno de los nuestros se había trenzado en una lucha cuerpo a cuerpo con un teniente que había salido al mando de su tropa a responder insultos y pretendía imponer el orden disparando contra los manifestantes vociferantes. Al cabo de un breve forcejeo, le arrebató la carabina y le dio muerte y puso en fuga a los subalternos con unos disparos al aire.

Ahora la situación había cambiado brutalmente. Los comandantes de las unidades de cascos blancos habían recibido las apetecidas órdenes de abrir fuego sin contemplación, fuego contra todos, sin importar quienes se encontraran en el camino.

Se movilizaron entonces –envalentonados por el ataque de las tropas de Wessin y Wessin sobre el puente Duarte–, sin pérdida de tiempo, sin dudar un segundo, en dirección este, de oeste a este, por calles paralelas, ametrallando gente a mansalva con el propósito de empujar a los sobrevivientes hacia la Fortaleza Ozama, donde sus conmilitones los recibirían a balazos.

Al mismo tiempo, la radio de San Isidro, la voz de las gloriosas fuerzas armadas (que había surgido como de la nada desde el ataque del CEFA), anunciaba terroríficamente, una vez y otra vez, el inicio de la Operación Limpieza, quedarse todos en sus casas, no resistir. La limpieza de las tropas wessinistas iba a disponer de insurrectos militares, perredeístas y comunistas sin discriminación.
La mayoría de los miembros de la juventud universitaria del PSP había estado alguna vez en prisión y estábamos fichados y sabíamos a que atenernos. Nos mirábamos unos a otros con las caras largas, afiladas y cobardes.

En principio, habíamos tenido en contra a la guardia y los tanques y la aviación de San Isidro, y ahora se sumaban la marina, los gorilas de San Cristóbal, los cascos blancos de la policía y la voz de las gloriosas fuerzas armadas. Ni el mar era una opción para los que sabían nadar, aunque muy pocos sabían nadar. El ruido de metralla era estremecedor y nos dábamos por perdidos. La viuda Pichardo, mientras tanto, caminaba entre nosotros con su andar desenfadado y su colorido vestido de ramos y flores.











EL VIOLINISTA

Pedro Conde Sturla



Una noche aparentemente apacible me encontraba, como tantas otras veces, zambullido entre sacos de arena en una trinchera de la calle Santomé, casi frente al comando San Lázaro, en compañía de amigos muy queridos, compañeros de armas y de alma. Recuerdo, en particular, al lumpen Melendito y al lumpen Marinito (así nos llamábamos cariñosamente), a José Amado Camilo y a Cocolo Canova (un seudónimo). También recuerdo que fue una  noche lírica. Para vencer el tedio, el aburrimiento, Cocolo empuñó el Mauser por la culata, lo apoyó sobre el hombro izquierdo como si fuera el arco de un violín  y comenzó a interpretar El lago de los cisnes. De modo que allí estábamos, deleitándonos con la prodigiosa interpretación de la música de Tchaikovsky (cualquiera sea la forma en que se pronuncie) y de repente un mortero, una granada de mortero nos dio una sacudida monumental, sacudió toda la zona. Había hecho impacto a una distancia imprudente, posiblemente sobre un techo de zinc, y luego cayó otra y cayó otra en diferentes lugares, se escuchó el tableteo de las pesadas ametralladoras del imperio, un par de cañonazos, luego la débil respuesta de nuestra artillería en la periferia de la zona constitucionalista. Los combatientes que dormían se despertaron con las armas en las manos, empezaron a salir del comando San Lázaro, de todos los comandos, uno tras otro, en una sucesión que parecía interminable. El espectáculo era de alguna manera alucinante. Siempre me llamó la atención ver tanta gente con tanta disposición para el combate en tan desiguales condiciones.
Media hora más tarde, cuando todo había por el momento terminado, salimos de la trinchera, hicimos un recorrido por los alrededores en busca de muertos o heridos. Al regresar al refugio nos dimos cuenta de que el Máuser, el arco del violín del violinista imaginario, estaba tirado en el suelo, pero el violinista había desaparecido.