viernes, 29 de octubre de 2021

Los inmigrantes

Pedro Conde Sturla

29 octubre, 2021

Mis hermanas y yo —las hijas del conocido general Bonilla— no podíamos estar más contentas. El querido Jefe había vuelto a ocupar la presidencia de la República, que nunca debió abandonar, y permanecería en el cargo durante diez años inolvidables, entre 1942 y 1952. Hubiera podido retirarse después y disfrutar de su merecido reposo de guerrero, pero su sentido de responsabilidad y su amor a la patria iban más allá del deber cumplido, más allá de lo que nadie podía suponer. En consecuencia, para que el destino de la nación no volviera a torcer su rumbo, como lo había hecho tantas veces en nuestra historia, encauzó a su hermano Héctor por los senderos de la política y no descansó, no tuvo reposo hasta no verlo instalado, mediante elecciones libres, en la llamada silla de alfileres. La primera magistratura de la nación.

Nadie mejor que el generalísimo Héctor Bienvenido Trujillo Molina para sustituirlo. Un hermano y un hijo a la vez, su hijo hermano, el más cercano y afectuoso, el que más se identificaba con sus principios e ideales, con su titánica tarea de estadista.

Nada habría podido salir mejor. Un generalísimo en el poder y otro generalísimo gravitando como figura tutelar, ejerciendo su benéfica influencia, su autoridad moral para esquivar las jugarretas del azar, para evitar que el país volviera a ser víctima del azar. Para que el rumbo del país no se descarriara.

Al regreso del querido Jefe a la Presidencia, la nación empezó a encarrilarse casi de inmediato por la ruta del desarrollo. De la noche a la mañana surgieron fábricas de todo tipo en el sector industrial y agroindustrial. Fábricas de zapatos y fábricas de cemento, de alcohol, de pinturas, de baterías, incluso de armas para uso del Ejército, procesadoras de café y cacao, carne y leche, sal y aceite. Florecieron por igual las industrias textiles y manufactureras, las marmolerías, innumerables compañías dedicadas a la exportación e importación.

Hubo también un renacimiento y modernización de la construcción que dio origen a una nueva ciudad de sólidas edificaciones de bloques y cemento. Además, en el año de 1947 fue construido el monumental Palacio Nacional, un verdadero motivo de orgullo para todo el país y un motivo de asombro y hasta de envidia para el resto del mundo. El progreso se hacía sentir entre las grandes masas, que eran las que más se beneficiaban.

Más que una época de prosperidad, los años del querido Jefe en el poder fueron una época de felicidad. En su condición de estadista, puso siempre especial empeño en proyectar la imagen del país en los términos más favorables hacia el exterior. Se dedicó en cuerpo y alma a establecer tratados de amistad con naciones del lejano oriente, incluyendo a Japón y China, y hasta ofreció ayuda a Finlandia en su desigual contienda contra Rusia y se ofreció como mediador en el conflicto del Chaco, la guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay.

Algo a lo que el querido Jefe puso especial atención, y a lo que todos debemos estar agradecidos, fue al peligro haitiano. Conjurar el peligro haitiano y mejorar la raza, sobre todo en la frontera, fue su más grande anhelo. Fruto de esa preocupación, esos desvelos, fue la humanitaria naturaleza de la dichosa, la generosa iniciativa política de acoger en esta tierra a millares de europeos desplazados de sus tierras por la guerra civil española, la segunda guerra mundial y otras catástrofes.

A principios de los años cincuenta Ciudad Trujillo se convirtió en un hervidero de españoles y húngaros y ciudadanos de otras nacionalidades. Más tarde llegarían centenares de agricultores japoneses destinados, en su mayoría, a la zona fronteriza.

Los japoneses llegaron por primera vez a la deslumbrante Ciudad Trujillo el 26 de julio de 1956, a bordo del vapor Brazil Maru. Veintiocho familias, ciento ochenta y seis personas en total, que fueron trasladas casi de inmediato a Dajabón. Habían llegado a lo que ya se conocía internacionalmente como “El paraíso del Caribe” y se les había dotado con todas las comodidades. Una casa y trescientas tareas por familia, sesenta centavos diarios para cada miembro de cada familia, exoneración de impuestos gubernamentales a los artículos que los inmigrantes trajeran de Japón.

El asentamiento fue tan exitoso que los japoneses siguieron llegando en oleadas, hasta completar unas doscientas cuarenta y nueve familias compuestas por más de mil quinientos inmigrantes, que fueron ubicados en varios asentamientos a lo largo de la frontera con Haití, desde el extremo norte hasta el extremo sur de la isla, pero también en Constanza y Jarabacoa, en la misma Cordillera Central de la que nacen nuestros más importantes ríos. En poco tiempo el territorio nacional se poblaría de asentamientos agrícolas de japoneses, de numerosos españoles y húngaros que producirían prácticamente una revolución en la producción de alimentos.

Además, en su noble cruzada por mejorar la raza de los dominicanos, el querido Jefe trasladó a centenares de cibaeños blancos de los alrededores de Santiago —de sus lomas y montañas adyacentes— a la región de San Cristobal, donde la población era mayoritariamente de piel oscura.

El carácter solidario de la política exterior de la República a favor de los inmigrantes cosechaba aplausos en las más vastas regiones del globo, pero nadie estaba preparado para lo que sucedió en 1938 en la conferencia internacional que tuvo lugar en la ciudad francesa de Evian. Allí se reunieron del 6 al 15 de julio delegados de treinta y dos países para tratar de encontrar solución al drama o mejor dicho tragedia de los refugiados judíos alemanes. Todos los delegados se condolían, pero ningún país se mostraba dispuesto a aceptar refugiados. Cuando el delegado dominicano anunció la disposición del gobierno del país para acoger en las mejores condiciones a cien mil judíos, la audiencia recibió una especie de choque eléctrico. Era la más deslumbrante, generosa y sorprendente propuesta que jamás recibirían los judíos de cualquier país del mundo, una que dejó al mundo entero con la boca abierta y que consagró el singular carácter humanitario del gobernante que dio su nombre a la bien llamada Era de Trujillo.

Consagraría, asimismo, el carácter visionario del querido Jefe. La redistribución de los cibaeños blancos, la nueva sangre de los extranjeros españoles, húngaros, japoneses y los cien mil judíos diseminados por el territorio nacional habrían dado a la República una nueva y mejorada identidad racial. El Padre de la Patria Nueva se convertiría en el Padre de la Raza Nueva.

Lamentablemente, los judíos se mostraron ingratos o por lo menos indiferentes. Apenas unos tres mil se acogieron al ofrecimiento y no tuvieron motivos de arrepentirse. Fueron instalados en los predios de Sosúa en condiciones inmejorables. A cada uno le fueron entregadas trescientas tareas de tierra, casa, vacas, mulas y caballos.

(Historia criminal del trujillato [63])
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.
Inmigración Japonesa a la República Dominicana
http://www.discovernikkei.org/es/journal/2015/11/13/dominican-republic/.

La embriaguez


 




Vivir en una burbuja


 

La revolución de la edad de piedra


 

sábado, 23 de octubre de 2021

La bestia sigue a caballo (2 de 2)

Pedro Conde Sturla

22 octubre, 2021



Las elecciones del 16 de mayo de 1942 fueron precedidas por un gran despliegue de propaganda y movilizaciones de masa, por un aparente derrame de entusiasmo visceral en todo el país, una entrega aparentemente incondicional del pueblo dominicano a los encantos de la bestia. Prácticamente no había oposición, pero la contienda parecía reñida.
Como era de esperarse, la bestia ganó, efectivamente, como tenía que ganar. Ganó por abrumadora mayoría, casi por unanimidad, casi por aclamación, y con un total de 509,999 votos. Un triunfo limpio, avasallador, que no dejaba lugar ni para dudas.

Los más ilustrados cortesanos habían vaticinado el triunfo, desde luego. Nada tenía de raro que un candidato que se había ganado todos los corazones ganara también las elecciones. La bestia volvería a lucir sobre su pecho la banda presidencial que nunca debió haberse quitado, ocuparía la magistratura que le correspondía

Pero la bestia estaba impaciente. Había ganado las elecciones y aún tenía que esperar unos largos meses para tomar posesión del cargo y no se aguantaba las ganas. Faltaba mucho tiempo para la juramentación, que tendría lugar el 16 de agosto, y la bestia estaba impaciente. Para peor, la patria también estaba impaciente. Sus cortesanos estaban tan nerviosos como impacientes y se desvelaban tratando de encontrar una solución.
Hasta que finalmente intervino la providencia y se le encontró salida a un callejón que no parecía tenerla.

En realidad, la providencia había intervenido graciosamente, se había manifestado con tres semanas de antelación en su divina gracia desde la cámara de diputados que presidía en ese momento Manuel Arturo Peña Batlle.

Durante muchos años, Manuel Arturo Peña Batlle había sido —como es sabido— un fiero opositor de la bestia, hasta que la bestia lo quebró —quebró su espíritu el miedo—, y lo redujo a la condición de cortesano, uno de sus más arrastrados cortesanos, pero la bestia nunca le perdonó sus años de oposicionista y lo sometió hasta el final de su vida a un régimen terrible de humillaciones y sobresaltos. Es posible que Peña Batlle tampoco se perdonara a sí mismo y terminara perdiendo —como algunos afirman— el equilibrio emocional y la cordura. El hecho es que en esa época detentaba y ostentaba la presidencia de la Cámara de Diputados y, anticipando de alguna manera el resultado de las elecciones, tuvo de repente una idea brillante, una feliz ocurrencia, una inspirada iniciativa que le permitiría al querido jefe y a toda nación dominicana colmar sus aspiraciones.

Lo que el visionario Peña Batlle había propuesto desde antes de las elecciones era tan simple como brillante, quizás incluso legal de alguna manera indefinible. Pero era además una cosa lógica... Dado el grado de consenso que se preveía que la bestia alcanzaría en las urnas, era imperativamente indispensable que ocupara de inmediato la presidencia y se obviara el intervalo, el innecesario intervalo que mediaba entre el 16 de mayo y el 16 de agosto.

Aparte de manipular o hacer picadillo las leyes, había que contar, por supuesto, con el consenso de presidente putativo de la nación, Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, pero el presidente se mostró de acuerdo inmediatamente, quizás incluso antes de que se lo propusieran, si acaso se lo propusieron.
Además, siguiendo su ejemplo, los dos partidos políticos que sustentaron la candidatura de la bestia, el Partido Dominicano y el Partido Trujillista, dieron asimismo su aprobación.

De hecho —según lo que cuenta Crassweller— Troncoso fue en cierta manera el artífice de la transición. Una transición que fue facilitada enormemente por su desprendimiento y gran idealismo y sobre todo por las ganas que de seguro tenía por quitarse del medio. A él le tocaría poner en marcha el sencillo mecanismo que de seguro formaba parte del proyecto que había concebido Peña Batlle para facilitar el supuesto cambio de mandos.

Según las leyes de la época, el cargo de Secretario de guerra, marina y aviación era el primero en la línea de sucesión a la presidencia, un cargo que, coincidencialmente, estaba en manos de Héctor Bienvenido Trujillo Molina, alias Negro, el hermano favorito, el consentido de la bestia. Pero Negro, por extraña casualidad, había renunciado al cargo el día anterior a las elecciones. Dos días más tarde, el presidente Troncoso tuvo la feliz ocurrencia de nombrar a la bestia en su lugar y poco tiempo más tarde presentó patrióticamente su renuncia. La bestia ocupó de inmediato la presidencia y de inmediato restituyó a su hermano mimado en el preciado cargo de Secretario de guerra, marina y aviación. Es decir, cambiaron un poco todas las cosas en el mejor estilo lampedusiano o gatopardiano para que todo siguiera igual que antes. O mejor dicho peor.

Troncoso abandonó, pues, la Presidencia con la frente en alto y no pudo contener la emoción cuando pasó por el Palacio Nacional a despedirse. Pronunció entonces unas palabras históricas que han quedado registradas en los anales de la más vergonzante adulonería. Dijo que nunca había visto ni volvería a ver un espectáculo tan democrático como el de esa transición de la bestia a la presidencia de la República. Era, en efecto —según sus propias palabras—, el más reconfortante espectáculo democrático que registraba su memoria. Pero Troncoso también pasaría a la historia como el presidente bajo cuyo gobierno el país le declaró la guerra a Japón después del ataque a Pearl Harbor.

Por lo demás, en las elecciones de 1942 se hizo realidad el sueño de las feministas trujillistas dominicanas: las mujeres adquirieron el derecho a voto, el derecho a votar por la bestia, desde luego, y votaron masivamente, unánimemente por la bestia. La rama feminista del Partido Dominicano se había fundado en 1940 y una de las más destacadas activistas respondía al nombre de Isabel Mayer, la gran amiga de la bestia, la prestigiosa Celestina en cuya casa de Montecristi la bestia anunció el inicio del corte, la matanza haitiana, una mujer de horca y cuchilla que se convertiría en la primera senadora dominicana. De hecho, su fama y prestigio sólo han sido parcialmente opacadas por las de Minerva Bernardino, la feroz hermana del monstruoso Felix W. Bernardino, la destacada diplomática, “el cerebro siniestro detrás del secuestro del catedrático de la Universidad de Columbia Manuel de Jesús Galíndez”.

(Historia criminal del trujillato [62])
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.




Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle 
http://www.amazon.com/-/e/B01E60S6Z0

sábado, 16 de octubre de 2021

La bestia sigue a caballo (1)

Pedro Conde Sturla

15 octubre, 2021


El día 15 de noviembre de 1940 quedó registrado en la historiografía trujilloniana como uno de los más grandes acontecimientos de la historia patria. En ese magna fecha se anunció la creación de un nuevo partido político que al parecer correspondía al más auténtico clamor de la nación dominicana: el Partido Trujillista.

En realidad era un apéndice del Partido Dominicano, una especie de círculo interior, un grupo de élite del que sólo formarían parte los auténticos trujillistas. Aquellos sobre cuya lealtad no había la menor sombra de duda. De hecho, el Partido Trujillista sería como un Monte Olimpo, un paraíso terrenal donde la bestia se rodearía de los más intachables cortesanos. Muchos se sentirían llamados, pero no todos serían elegidos.

Desde su fundación, en 1931, el Partido Dominicano celebraba con vehemencia la entereza de aquel prócer que había dicho: “Mis mejores amigos son los hombres de trabajo”. Ahora se sumaba al coro el nuevo Partido Trujillista. Un Partido Trujillista que pretendía ser un reducto moral donde se pretendía honrar la pretendida moral de la bestia. Un príncipe, un gobernante —como decía Maquiavelo— no tiene que tener virtudes, pero debe aparentar que las tiene. El acróstico de Rafael Leónidas Trujillo Molina ( Rectitud, Libertad, Trabajo y Moralidad) exaltaba, en efecto, un dechado de virtudes que la bestia no poseía y que además despreciaba y no le interesaba poseer. Era una oración cínica, en grado superlativo, que había sido escrita y se escribía en caracteres indelebles en paredes y fachadas de los edificios públicos y que se repetía diariamente en los medios de comunicación de todos los rincones del país. Una consigna machacona, oprobiosa.

Ahora bien, ser miembro del Partido Dominicano era obligatorio, pero ser miembro del Partido Trujillista era un privilegio.

Los miembros de la directiva del Partido Dominicano se contaron entre los primeros que solicitaron la admisión en el Partido Trujillista y fueron admitidos. Casi de inmediato se formó un tremendo avispero. Un enjambre de fogosos trujillistas se manifestó en los días siguientes a favor de incorporarse a la nueva organización y fueron incorporados. Ni los trujillistas sinceros ni los trujillistas de mala gana querían quedarse fuera, pero no fueron pocos los rechazados. Tenían que ganarse la admisión demostrando su lealtad al régimen de modo más fehaciente. En cambio Trujillo solicitó humildemente la aceptación y fue de inmediato aceptado y fue de inmediato nombrado, celebrado, elevado a la condición de jefe único de la organización.

Lo cierto es que la bestia parecía estar impaciente. No le hacía tanta gracia, quizás, ejercer el poder sin ostentar en todo momento el glorioso título de Presidente de la República, el signo del poder que le confería la más alta magistratura del Estado. Se estaba preparando para recuperar el valioso símbolo que había depositado en las manos de un gobernante de mentirilla.

Desde el nuevo Partido Trujillista y desde el viejo Partido Dominicano se lanzaría su candidatura en las elecciones de 1942 y el pueblo dominicano lo llevaría otra vez a la Presidencia de la República.

Como dice Crassweller, no se produjo ninguna diferencia en las boletas electorales del Partido Dominicano y el Partido Trujillista. El nombre de la bestia y los de los demás candidatos eran coincidencialmente los mismos.

Los líderes de ambos partidos, que eran también más o menos coincidencialmente los mismos, no ocultaban su complacencia ni ocultaban su impaciencia. Exultaban, nerviosos, ante la idea de ser los primeros en llevar a la bestia la grata noticia. Sorprenderlo quizás con la grata noticia.

La bestia no se sentiría sorprendida, pero se mostraría complacida cuando en febrero de 1942 recibió en la Estancia Fundación a un distinguido séquito de connotados dirigentes políticos que venían a decirle que había sido designado candidato a la presidencia por el Partido Dominicano y el Partido Trujillista.

Estaban todos vestidos o más bien enfundados en calurosos trajes de lana, de casimir inglés, con ajustados chalecos, con corbatas anudadas como sogas de ahorcar. Algunos de los más emperifollados vestían chaqué, una especie de frac, el traje de máxima etiqueta para eventos formales y ceremonias diurnas. El agobiante traje de pingüino.

La bestia, en cambio, vestía deportivamente un traje de montar y montaba un soberbio caballo, uno de los muchos que tenía. La bestia era un magnífico jinete. Montar caballo, violar mujeres, malograr doncellas era algo que había aprendido a la perfección desde su temprana juventud.

Los distinguidos dirigentes exhibían en presencia de la bestia una extraña dignidad (la dignidad o indignidad de los cortesanos) y la bestia exhibía una extraña indiferencia, una especie de desdén o de desprecio.

Al frente de la delegación estaban Porfirio Herrera, Paíno Pichardo, Cucho Álvarez Pina y otros encumbrados personajes, pero la bestia no les prestó mayor atención. Empezó a pavonearse en su caballo árabe pura sangre: un encabritado semental árabe de pura sangre, como dice Crassweller.

Mientras los delegados discurseaban, lo aclamaban, se deshacían en elogios y felicitaciones, la bestia exhibía su destreza a lomo del cuadrúpedo imponente, maniobraba con su consumada habilidad, lo espoleaba, le hacía tascar el freno, lo hacía recular, caracolear, encabritarse, lo obligaba a embestir y frenar de golpe. Le imponía su dominio. Lo sometía a la obediencia.

Al final del acto se encaró por primera vez en serio con los nerviosos y acalorados miembros de la delegación. Sólo el caballo que montaba la bestia sudaba más que ellos.

Los miró, se miraron, se quedarían probablemente unos segundos en silencio. Luego, con su tenebrosa vocecita chillona, la bestia pronunció unas palabras que la historia recogería en letras mayúsculas, letras de tinta y plomo, letras de piedra y bronce que quedarían grabadas en la memoria de los siglos:

—Y seguiré a caballo...
Esa fue su manera de aceptar la candidatura que tan complacientemente le ofrecían y que celebró de inmediato con gran estruendo de fuegos artificiales que tenía reservados para la ocasión, el inicio más o menos oficial de la campaña. Una descomunal campaña de prensa y radio que se hizo eco de la frase que la bestia había pronunciado desde la altura heroica de su pura sangre árabe. Es posible que ni siquiera el Cid Campeador ni Alejandro el Conquistador hubieran sido tan celebrados en su época como lo fuera la bestia en esos días. Las fotos del intrépido jinete aparecían como por magia en todas partes. La frase de la bestia, la vanidad sin fondo de la bestia, las fotos de la bestia a lomo de briosos corceles pasarían a la historia.




Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle 
http://www.amazon.com/-/e/B01E60S6Z0

sábado, 9 de octubre de 2021

La excepción y la regla (5 de 5)

Pedro Conde Sturla
8 octubre, 2021

El comerciante mató al changador de un balazo y el asunto está ahora en manos de la ley. Esa ley que —al decir de Anatole France—, “en su magnífica ecuanimidad, prohibe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”.


Para peor, la ley está en manos de los jueces y “Muchos jueces —al decir de Bertolt Brecht— son absolutamente incorruptibles; nadie puede inducirles a hacer justicia”.

Cuando se declara abierta la sesión, la sala del tribunal se reviste de dignidad, la acostumbraba dignidad ficticia que reina en los tribunales, y desde el primer momento uno empieza a sospechar que los jueces van a condenar al muerto, al guía o a la viuda del muerto:

JUEZ (AL COMERCIANTE): ¿Usted mató a ese hombre?
COMERCIANTE: Sí, me atacó de improviso.
JUEZ ¿De qué manera?
COMERCIANTE: Quiso matarme a traición, con una piedra.
JUEZ: ¿Conoce algún motivo para ese ataque?
COMERCIANTE: No.
JUEZ: Escúcheme, no trate de aparecer más cándido de lo que es. Así no llegará a nada, hombre. Si, tal como usted mismo lo dice, trató al coolí con guante blanco, ¿cómo explicar el odio del coolí contra usted? Solamente si puede explicar ese odio, se justificará que haya obrado en defensa propia. Piense un poco.
***
Es evidente que el juez suplanta el papel del abogado defensor. Se trata de establecer que el cargador tenía motivos para matar al comerciante y que el comerciante tenía temor de que lo mataran. No faltaba más, el cargador, o el cadáver del cargador, está siendo víctima de la justicia de clase que lo condena a priori. Y sin embargo, ingenuamente, el guía cree tener “la prueba de su inocencia en el bolsillo” y la viuda del cargador espera con mayor ingenuidad “una indemnización”.
JUEZ: ¿Encontraron la piedra con que el coolí lo amenazó?
GUÍA II: Ese hombre (SEÑALA AL GUÍA I) la sacó de la mano del muerto. (EL GUÍA MUESTRA LA CANTIMPLORA.)
JUEZ: ¿Es esa la piedra? ¿La reconoce?
COMERCIANTE: Sí, es esa.
GUÍA: A ver qué tiene que ver esto con una piedra. (VIERTE EL AGUA)
JUEZ II: Es una cantimplora, no una piedra. Quería darle agua.
JUEZ III: Es evidente que no tenía intención de matarlo.
JUEZ: Esto no puede ser verdad. (AL COMERCIANTE.) ¡Sugieren que él le estaba ofreciendo de beber!
COMERCIANTE: Debió ser una
piedra.
JUEZ: No, no fue ninguna piedra. Usted mismo ve que es una cantimplora.
COMERCIANTE: Pero yo no podía suponer que era una botella de agua. No había razón alguna para que ese hombre me diera de beber. Yo no era amigo suyo.

JUEZ: Usted reconoce, con razón, que el coolí debía odiarlo. Al matarlo, por lo tanto, ha asesinado usted a un inocente, pero sólo porque no sabía que era inofensivo. A veces le ocurre lo mismo a nuestra policía. Tiran contra una masa de tranquilos manifestantes, sólo porque no pueden imaginar cómo esa gente no los baja del caballo y los lincha. Esos policías, en realidad, tiran sólo por miedo. Pero tener miedo es una muestra de que razonan bien. Por lo que usted declara, no pudo pensar que el coolí fuese una excepción.

COMERCIANTE: Sí, hay que atenerse a la regla y no a la excepción
JUEZ (CANTA):
La regla es: ojo por ojo, diente por diente. /Tonto es quien pretende una excepción. / El hombre cuerdo nunca puede esperar / que su enemigo le ofrezca bebida.
***
El guía también canta otra canción sobre la excepción y la regla:
GUÍA (CANTA):
En el sistema que hemos creado / ser humanitario es una excepción. / Quien es humano sufre las consecuencias. / Teme a quien te parezca amistoso. / No dejes que nadie se acerque a ayudarte. /Si a tu lado hay un hombre sediento, cierra pronto los ojos, tápate los oídos. / Si a tu lado alguien jadea, / no te acerques cuando te implora ayuda. / ¡Ay de aquel que se deja arrastrar! /
Das de beber a un hombre / y el que bebe es un lobo.
***
Los miembros del tribunal se retiran a deliberar, pero se trata de un mero formalismo, la sentencia ya está escrita. La víctima es necesariamente el culpable. En las palabras del juez queda claro que la justicia no es igual para todos. La gente de clase baja no puede pretender justicia frente a la gente de clase alta. El sistema lo prohíbe:

JUEZ: ... el tribunal considera suficientemente probado que el coolí no se acercó a su patrón con una piedra en la mano, sino con una cantimplora. Pero aun tomando en cuenta este hecho, resulta más admisible que el coolí quisiera matarlo con la cantimplora que darle de beber. El changador pertenecía a una clase de hombres que tiene motivos verdaderos para sentirse en situación de desventaja. Para gente como él es lógico y nada más que lógico querer defenderse contra un reparto injusto del agua. Más aún, hasta puede parecerle justo a esta clase de gente, según su mentalidad limitada y unilateral, basada únicamente en la realidad, vengarse de su torturador. Cuando llegue el día de ajustar cuentas, sólo ellos podrán ganar. El comerciante no pertenece a la clase a que pertenecía el changador, Por tenía que ponerse en guardia. El comerciante no podía esperar un acto de camaradería por parte del changador, tan mal tratado, según él mismo lo declaró. Su razón le decía que estaba amenazado al extremo. Por fuerza debía preocuparse en una región totalmente despoblada. La falta de policía y de tribunales le daba a su empleado la posibilidad de sacarle su parte de agua con violencia. Por lo tanto, el acusado obró justificadamente en defensa propia, y tanto da que haya sido amenazado realmente o que sólo se creyera amenazado. Teniendo en cuenta las circunstancias expuestas, debió sentirse amenazado. Por ello, se exime de culpa y cargo al acusado, y no se hace lugar al pedido de la mujer del muerto.

LOS ACTORES:
Así termina la historia de un viaje. / Lo han oído y presenciado. / Han visto lo habitual, / Lo que constantemente se repite. / Y sin embargo les rogamos: / Consideren extraño lo que no lo es. / Tomen por inexplicable lo habitual. /Siéntanse perplejos ante lo cotidiano / Traten de hallar un remedio frente al abuso / pero no olviden que la regla es el abuso.
FIN
***
En este mundo podrido, el bien no triunfa más que excepcionalmente sobre el mal. El triunfo del bien sobre el mal, del amor sobre el odio, de la bondad sobre la maldad es excepcional. Casi todo lo que intentan hacernos creer es una mentira. La historia que aprendemos es una permanente celebración del crimen como hazaña y la codicia como virtud. Lo que parece ser regla en realidad es la excepción y la excepción es la regla... Pero nada —dice Bertolt Brecht—, absolutamente nada debe parecer imposible de cambiar.




Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle 
http://www.amazon.com/-/e/B01E60S6Z0

sábado, 2 de octubre de 2021

La excepción y la regla (4)

Pedro Conde Sturla
1 octubre, 2021

En algún momento, cuando el comerciante despidió al guía y le pidió al tabernero que explicara al cargador cómo llegar a Urga, el guía manifestó una grave preocupación: le había parecido que el cargador no había entendido realmente la explicación porque había tardado muy poco para comprender. Lo peor es que sus temores estaban justificados. Muy pronto el cargador y el comerciante estarán perdidos en medio del desierto y la situación empezará a deteriorarse, se tornará poco a poco desesperante.

VII
EL REPARTO DEL AGUA
COMERCIANTE: ¿Por qué te has
detenido?
COOLI: Patrón, la carretera ha terminado.
COMERCIANTE: ¿Y qué?
COOLI: Patrón, si me pegas, no lo
hagas en el brazo lastimado. No conozco el camino de aquí en adelante.
COMERCIANTE: Pero si el hombre del puesto de Han te lo explicó.
COOLI: Sí patrón.
COMERCIANTE: Cuando te pregunté si lo habías comprendido, me dijiste que sí.
COOLI: Sí, patrón.
COMERCIANTE: ¿Y no lo habías comprendido?
COOLI: No, patrón.
COMERCIANTE: Entonces, ¿por qué dijiste que sí?
COOLI: Tenía miedo de que me
echases. Sólo sé que no debemos perder de vista los pozos de agua.
COMERCIANTE: Entonces, síguelos.
COOLI: Es que no sé dónde están.
COMERCIANTE: Sigue andando. Y no trates de burlarte de mí. Sé muy bien que has pasado por aquí otras veces.
(SIGUEN CAMINANDO).
COOLI: ¿Pero no sería mejor esperar a los que vienen detrás?
COMERCIANTE: No. (SIGUEN
CAMINANDO.)

***
La condición del guía, con un brazo roto y una carga cada vez más pesada, se agrava en la misma medida en que se acrecientan la desconfianza y los malos tratos que recibe del comerciante. Para el comerciante sólo es importante llegar primero aunque tenga que reventar a su bestia de carga. El cargador quiere llegar a su destino, pero ha extraviado el camino:
COMERCIANTE: ¿Quieres decirme adónde vas? Estamos yendo hacia el norte. El este es por allá. (EL COOLI SIGUE EN ESA DIRECCIÓN.) ¡Alto! ¿Qué te ocurre? (EL COOLI SE DETIENE, PERO EVITA LA MIRADA DEL COMERCIANTE.) ¿Por qué no me miras a los ojos?
COOLI: Creía que el este estaba allí.
COMERCIANTE: ¿Qué te has creído, pillo? Ya te voy a mostrar cómo se guía a la gente. (LE PEGA) ¿Sabes ahora dónde queda el este?
COOLI (GRITANDO) ¡En el brazo, no!
COMERCIANTE: ¿Dónde está el este?
COOLI: ¡Ahí!
COMERCIANTE: (FURIOSO) ¿Ahí? ¡Pero tú ibas hacia allá!
COOLI: No, patrón.
COMERCIANTE: ¿Me vas a decir que no ibas hacia allá? (LE PEGA).
COOLI: Sí, patrón.
COMERCIANTE: ¿Dónde están los pozos de agua? (EL COOLI CALLA. EL COMERCIANTE, APARENTEMENTE TRANQUILO.) Acabas de decir que sabías dónde se encontraban los pozos. ¿Lo sabes? (EL COOLI CALLA. EL COMERCIANTE LE PEGA.) ¿Lo sabes?
COOLI: Sí.
COMERCIANTE (LE PEGA) ¿Lo
sabes? COOLI: No.

***
El brutal desenlace no tardará en producirse. Mientras más sumiso y humilde se muestra el cargador, más altanero y despótico y desconfiado se muestra el comerciante. El cargador adopta la sumisión como norma de conducta y la sumisión le costará la vida. Un simple acto de bondad, de desprendimiento, una excepción que contradice todas las reglas, le costará la vida al sumiso y servil y atemorizado cargador:

COMERCIANTE: Dame tu cantimplora (EL COOLI SE LA ENTREGA.) Podría considerar que ahora toda el agua me corresponde a mí porque tú me has guiado mal. Pero no lo hago. Bebe tu trago, y andando. (CONSIGO MISMO.) Perdí el control. No debí castigarlo en esa forma. (SIGUEN LA MARCHA.)
COMERCIANTE: Ya estuvimos aquí. Mira las huellas.

COOLI: Si es así, no hemos podido alejarnos mucho del camino.
COMERCIANTE: Arma la carpa. Tu cantimplora está vacía. La mía también. (EL COMERCIANTE SE SIENTA, MIENTRAS EL COOLI ARMA LA CARPA. EL COMERCIANTE BEBE DE SU CANTIMPLORA A ESCONDIDAS. CONSIGO MISMO:) No debe darse cuenta de que aún tengo para beber, de lo contrario, con que sólo le quede una chispa de razón en la cabeza, me va a matar. Si se acerca le pego un tiro. (SACA SU REVÓLVER Y LO APOYA SOBRE LAS RODILLAS.) Si por lo menos pudiéramos llegar al pozo por donde acabamos de pasar... Tengo la garganta reseca. ¿Cuánto tiempo puede un hombre soportar la sed?

COOLI: Tengo que darle la cantimplora que me facilitó el guía. De lo contrario cuando nos encuentren, si yo estoy con vida y él medio muerto de sed, me procesarán.

TOMA LA CANTIMPLORA Y SE DIRIGE HACIA EL COMERCIANTE. ESTE LO ADVIERTE DE PRONTO Y NO SABE SI EL COOLI LO HA VISTO BEBER O NO. PERO EL COOLI NO LO VIO BEBER. SIN DECIR NADA, QUIERE ALCANZARLE LA CANTIMPLORA. EL COMERCIANTE, CREYENDO QUE SE TRATA DE UNA PIEDRA GRANDE CON LA CUAL EL COOLI PRETENDE ASESINARLO, GRITA CON FUERZA:
COMERCIANTE: ¡Suelta esa piedra! (Y CUANDO EL COOLI, SIN ENTENDER, SIGUE CON LA MANO EXTENDIDA PARA ALCANZARLE LA CANTIMPLORA, EL COMERCIANTE LO MATA DE UN TIRO.) Tenía razón. Te lo buscaste, animal.
***
¿Es natural que el comerciante reaccionara de esa manera? Nada bueno podía esperarse de una persona a la que había vejado, maltratado, humillado. Lo natural,entonces, es que el cargador hubiese tratado de matarlo. Al cargador lo mataron porque infringió una regla. Eso es lo natural, tan natural como la violencia, la explotación, la represión, la guerra, el orden a que estamos sometidos. Eso es lo natural o por lo menos lo habitual, lo que siempre ocurre.

Por eso Brecht pretende que aprendamos a desconfiar “del acto más trivial y en apariencia sencillo”. Pretende que examinemos, “sobre todo, lo que parezca habitual”. Suplica expresamente que no aceptemos “lo habitual como una cosa natural”, que no tomemos como natural algo por el hecho de que ocurra constantemente”. Aceptar lo habitual como natural es una invitación a no hacer nada, una invitación al conformismo, a convertirnos en seres indiferentes. Lo natural es lo inmutable. Lo que Brecht nos invita a cambiar, a subvertir.

“...Bertolt Brecht dijo alguna vez que cuando algo nos parece lo más evidente del mundo no hacemos ningún esfuerzo por entenderlo, afirmación que nos invita a observar el comportamiento humano a que estamos acostumbrados, las reglas que hemos creado, los ordenamientos a los que respondemos sin preguntarnos, nos arenga de un modo imperativo y radical, con una extraordinaria necesidad de estimularnos a entender y subvertir lo inexplicable e incomprensible de aquello que consideramos natural. Esta cita propone la desconfianza, la creatividad, la reflexión, la mirada recelosa que permita abrir una brecha a ese mundo estático, a las ideas grabadas en nuestras mentes como en una piedra... sólo hay que observar...” (1).
__________________________________
(1) Gloria María Bertello Manfredi, Sujetos sin arquitectura, https://www.tdx.cat/bitstream/handle/10803/50999/gmbm1de1.pdf;sequence=.