sábado, 31 de octubre de 2020

Visiones y alucinaciones de Omar al Jayyám (3)

Pedro Conde Sturla
30 octubre, 2020

Omar Jayyám fue un gran desconocido en el mundo occidental hasta el siglo XIX. Empezó a conocerse a partir de 1859, cuando se publicó en Inglaterra un libro en cuya portada unas palabras pomposas anunciaban lo que sería un gran descubrimiento: “Rubáiyát de Omar Khayyám, El astrónomo-poeta de Persia”. “Rubáiyát” fue el título que Edward FitzGerald le dio a su traducción, la primera traducción del idioma persa al inglés de una selección de poemas “atribuidos” a Omar Jayyám.   

viernes, 23 de octubre de 2020

Visiones y alucinaciones de Omar al Jayyám (2)

Pedro Conde Sturla
23 octubre, 2020

Las terribles palabras que le dice el cadí Abu Taher a Omar Jayyám sobre el peligro de expresar lo que siente, se repiten como un eco en su cabeza: “Si quieres conservar tus ojos, tus oídos y tu lengua, olvida que tienes ojos, oídos y lengua”.

En el mundo en que viven, el mundo que describe Amin Malouf en la novela “Samarcanda” —y en el mundo real de esa época y de muchas otras épocas—, está prohibido hablar.

Ahora, en la novela de Maalouf, “El cadí se calla, su silencio es hosco. No es de esos silencios que llaman a las palabras del otro, sino de los que retumban y llenan el espacio. Omar espera con la mirada baja, dejando escoger al cadí entre las palabras que se atropellan en su mente”.

“Pero Abu Taher respira profundamente y da a sus hombres una orden tajante. Se alejan.

En cuanto cierran la puerta se dirige hacia un rincón del diván, levanta un paño del tapiz y luego la tapa de un cofre de madera damasquinada. Saca de él un libro que ofrece a Omar con un gesto ceremonioso, verdad es que suavizado por una sonrisa protectora”.

Se trata de un volumen “grueso, áspero, repujado con dibujos en forma de semicírculo, bordes de las hojas irregulares, mellados. Pero cuando Jayyám lo abre, en esa inolvidable noche de verano, sólo contempla doscientas cincuenta y seis páginas en blanco, sin poemas aún, ni pinturas, ni comentarios en el margen, ni iluminaciones”.

Todo esto ocurre en la novela de Maalouf y puede haber sucedido en el mundo real o surrealista de Omar Jayyám. Lo que sigue pudo también haber sucedido y sucedió de alguna manera, pero la verdad no tiene mayor importancia. Es la poesía lo que ahora importa:

“Para ocultar su emoción, Abu Taher adopta un tono de charlatán.

“—Es kagez chino, el mejor papel que se ha obtenido jamás en los talleres de Samarcanda. Un judío del barrio de Maturid lo fabricó para mí según una antigua receta enteramente a base de morera blanca. Tócalo, es de la misma savia que la seda”.

El cadí contará a continuación algo terrible que estremece al lector. Una dolorosa revelación:

“Se aclara la garganta antes de explayarse:

“—Yo tenía un hermano diez años mayor que yo; tenía tu edad cuando murió, descuartizado, en la ciudad de Balj, por haber compuesto un poema que desagradó al soberano del momento. Se le acusó de incubar una herejía, no sé si sería verdad, pero yo le reprocho que se jugara la vida por un poema, un miserable poema apenas más largo que una cuarteta.

“Se le rompe la voz, que de nuevo se alza ahogada:

“—Guarda ese libro. Cada vez que un verso tome forma en tu mente y se acerque a tus labios intentando salir, reprímelo sin consideraciones, pero escríbelo en estas hojas que permanecerán en secreto. Y mientras escribas piensa en Abu Taher”.

“¿Sabía el cadí que con ese gesto, con esas palabras, daba origen a uno de los secretos mejor guardados de la historia de las letras? ¿Que pasarían ocho siglos antes de que el mundo descubriera la sublime poesía de Omar Jayyám, antes de que sus Ruba’iyyat fueran veneradas como una de las obras más originales de todos los tiempos, antes de que fuera al fin conocido el extraño destino del manuscrito de Samarcanda”.

Definitivamente, el ejercicio de la poesía es peligroso, siempre ha sido peligroso. Giordano Bruno terminó en la hoguera —después de ocho años de cárcel—, por haber escrito poemas exaltados a favor de la infinitud del universo y la teoría heliocéntrica, y a Federico García Lorca lo ejecutaron, según se dice, sobre todo por unos poemas en los que menciona despectivamente a la guardia civil. No se olvide, por otra parte, que en época reciente un ayatola condenó a muerte al escritor Salman Rushdie por el asunto de los versos satánicos.

Uno se pregunta, entonces, ¡cómo es posible que Omar Jayyám sobreviviera en aquellos tiempos a su poesía? En las páginas del libro blanco que le obsequió (en la novela de Amin Maalouf) el cadí Abu Taher, escribiría Omar Jayyám sus “Rubaiyat”, un nombre que proviene “de una forma métrica (en singular, ‘rubai’), que puede traducirse laxamente como ‘cuarteto’” y que no pretendía ser el título de una obra.

Por lo que dice en los poemas de ese libro, Omar Jayyám era un hereje, posiblemente agnóstico, un descreído, un transgresor de las leyes del islam. El sistema de penas y castigos que promete la religión le parecía injusto y desproporcionado, y se entregaba con frecuencia al goce del vino, cantaba al goce del vino, predicaba el amor al vino, al divino vino que el islam prohíbe, ambiguamente, salvo en el paraíso:

“Escucha, musulmán, los días aptos / para beber sin herir tu conciencia: / martes, jueves, viernes, domingos,
sábados, / miércoles y lunes, ¡los demás, abstinencia!”
La forma en que Jayyám se definía a sí mismo, era, por lo demás, poco ortodoxa y daba pie a muchas dudas sobre su apego a las normas establecidas:

“¿Que yo del vino soy devoto ciego? / Y bien, lo soy. / ¿Que soy infiel, idólatra del fuego? / Y bien, lo soy”.

“Cada uno de mí en su idea fía; / mas yo, dueño de mí, tengo la mía: / Soy lo que soy”.

Omar Jayyám se empeñaba en vivir con intensidad cada instante. A la finitud de la vida oponía la alegría de vivir, la alegría elemental del vino, del amor, de la carne. Creía o temía que al final del camino de la vida lo esperaba la nada, pero el mulá decía que no: el experto en el Corán decía que no, que había un paraíso con vino y hurís a saciedad, vino y vírgenes a saciedad para los fieles. Omar entendía o interpretaba el mensaje a su manera. Omar simplemente se anticipaba:

“Si en el cielo hay hurís y vino, como dice el mulá, / nuestro premio en lo alto será beber y amar. / Yo comienzo a gozar y vaciar copas en vida, / disponiendo mi alma al placer de allí arriba”.

El amor al vino no le remuerde la conciencia. El poeta bebedor tiene, por el contrario, la conciencia más tranquila que la del mufti, el juez que juzga y condena a sus semejantes. Mejor el vino en la boca que la sangre en las manos:

“Yo bebo entre las flores, la conciencia tranquila, / y tú trabajas siempre, gran mufti de la villa; / tintas de rojo oscuro tenemos en las manos: / yo de sangre de cepa; tú, la de tus hermanos. / Entrégate al placer, oh mortal, sin recelos: / nadería es el mundo y nadería la vida / y nadería esa bóveda hecha de nueve cielos. / Amar y beber es cierto, ¡y lo demás mentira!”

Algunos versos, como se puede apreciar, son definitivamente burlones, irreverentes o sacrílegos, unos más que otros. Por decir cosas como las que decía Omar Jayyám todavía se puede ir a la cárcel en Turquía o perder la cabeza en Arabia Saudita:

“Dices que correrán ríos de vino, ¿Es el paraíso una taberna? Dices que todo fiel tendrá dos vírgenes, ¿Es el paraíso un burdel?”.




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sábado, 17 de octubre de 2020

Visiones y alucinaciones de Omar al Jayyám

Pedro Conde Sturla

16 octubre, 2020

En la la época de oro del islam vivió en Persia —la Persia medioeval—, un sabio que dejaría una profunda huella en la historia. Se llamaba Omar ibn Ibrahim al-Khayyami, y fue astrónomo y jurista, matemático y poeta, físico y metafísico, médico, libertino, bebedor y sibarita, entre otras muchas cosas. Pero sobre todo poeta. Bebedor y poeta. Es el mismo que conocemos como Omar Jayyám o Khayyám o simplemente Jayam. Un nombre que significa fabricante de tiendas, que era el oficio de su padre. 


Fabricante de tiendas fue tu padre, / y tú, Khayyám, ingrato al noble oficio, / tras no sé qué ignorado beneficio, / tiendas de ciencia te pusiste a hacer.

La Parca con sus fúnebres tijeras / cortó en pedazos tu telar flamante... / y luego, un baratero trashumante, / «Por lo que den» los hubo de vender.

Jayyám tuvo la fortuna de nacer en Nishapur, en el lejano 1048, y se dice que falleció a los ochenta y pico de años, en el 1131. Toda una proeza en esa época. Nishapur, una rica región agrícola, pertenece a lo que hoy es Irán y estaba situada en la zona de influencia de la ruta de la seda, la ruta del comercio entre China y el Mediterráneo, y era la capital del reino selyúcida. En esa época Europa estaba en tinieblas y la tierra natal de Jayyám era un faro de luz, el centro del más intenso tráfico de mercancías y viajeros procedentes de los más variados rincones de la tierra. Disfrutaba, pues, de gran prosperidad, y sus famosas escuelas y centros de enseñanza permitían a los privilegiados el acceso a la más elevada formación académica, científica, la más refinada cultura. Pero era también la sede de un régimen teocrático, tiránico por definición, donde el pensamiento estaba regulado al detalle por la religión y la política. Regulado por la sharia, la ley islámica surgida del Corán. Nada permitía, en consecuencia, anticipar el surgimiento de un hombre con la extraordinaria mentalidad libertaria, sacrílega e incluso provocadora de Omar Jayyám. Un liberal, un visionario, un alucinado.

Jayyám era un científico que ejerció, quizás clandestinamente, la poesía como ciencia.

Con la poesía quería desentrañar el misterio del universo o por lo menos el sentido de la vida.

Ese es, por lo menos, el Omar Jayyám de la novela “Samarcanda”, la evanescente y mágica novela que Amin Maalouf publicara en 1988. Pero no hay razón para pensar que podía ser diferente. En el escenario fastuoso de esa ciudad, a la que Edgar Allan Poe llamó “reina de la tierra”, Omar Jayyán diáloga en la novela de Amin Maalouf con el cadí Abu Taher, la máxima autoridad del lugar. El diálogo gira en torno al quehacer científico de Kayyán y a la poesía, los atrevidos cuartetos o rubaiyat que ocasionalmente escribe:

“—Tengo que pedirte un favor.
“—Eres tú quien me colma de favores.
“—iLo admito! -concede rápidamente Abu Taher-. Digamos que quisiera algo a cambio.
Han llegado ante el pórtico de su residencia y le invita a proseguir su conversación en torno a una mesa bien surtida.
“—He concebido un proyecto para ti, un proyecto de libro. Olvidemos un momento tus ruba’iyyat. Para mí eso sólo son los inevitables caprichos del talento. Los campos donde verdaderamente destacas son la medicina, la astrología, las matemáticas, la física, la metafísica. ¿Estoy en un error si digo que desde la muerte de Ibn Sina nadie los conoce mejor que tú?
Jayyám no dice ni una palabra. Abu Taher prosigue:

“–Es en esos campos del conocimiento donde espero de ti el libro último y ese libro quiero que me lo dediques.
–No pienso que haya un libro último en esos campos y precisamente por eso hasta el presente me he contentado con leer y aprender, sin escribir nada yo mismo.
“—iExplícate!
“—Consideremos a los antiguos, los griegos, los indios y los musulmanes que me han precedido. Ellos han escrito profusamente sobre todas esas disciplinas. Si repito lo que han dicho, mi trabajo es superfluo; si les contradigo, como constantemente estoy tentado de hacer, otros vendrán después de mí para contradecirme. ¿Qué quedará mañana de los escritos de los sabios? Solamente las críticas hacia aquellos que les han precedido. Se recuerda lo que destruyeron de la teoría de los otros, pero lo que desarrollan ellos mismos será indefectiblemente destruido, ridiculizado incluso, por aquellos que vengan después. Ésta es la ley de la ciencia; la poesía no conoce semejante ley, no niega jamás aquello que la ha precedido y lo que la sigue jamás la niega, atraviesa los siglos con toda tranquilidad. Por eso escribo mis ruba’iyyat.¿Sabes lo que me fascina de las ciencias? Que encuentro en ellas la suprema poesía: con las matemáticas, el vértigo embriagador de los números; con la astronomía, el enigmático susurro del universo”.

Al cadí no le gusta lo que escucha, el ejercicio de la poesía es improductivo y puede ser peligroso. Era y sigue siendo peligroso, pero Omar Kayyán no parece dispuesto a renunciar a la poesía. Ante la aprensión “de Abu Taher, Omar se excita e insiste:

“—No soy de aquellos cuya fe sólo es terror al juicio, cuya oración sólo es prosternación.
¿Mi forma de rezar? Contemplo una rosa, cuento las estrellas, me deslumbra la belleza de la creación, la perfección de su orden, el hombre, la obra más bella del Creador, su cerebro sediento de sabiduría, su corazón sediento de amor, sus sentidos, todos sus sentidos, despiertos o satisfechos.

“Con los ojos pensativos, el cadí se levanta, va a sentarse al lado de Jayyám y apoya sobre su hombro una mano paternal. Los guardias intercambian miradas de asombro.

“—Escucha, joven amigo, el Altísimo te ha dado lo más valioso que un hijo de Adán puede obtener, la inteligencia, el arte de la palabra, la salud, la belleza, el deseo de saber, de gozar de la existencia, la admiración de los hombres y, lo sospecho, los suspiros de las mujeres. Espero que no te haya privado de la prudencia, la prudencia del silencio, sin la cual nada de todo eso puede apreciarse ni conservarse.

“—¿Tendré que esperar a ser viejo para expresar lo que pienso?
“—El día en que puedas expresar todo lo que piensas, los descendientes de tus descendientes habrán tenido tiempo de envejecer. Estamos en la edad del secreto y del miedo, debes tener dos caras y mostrar una de ellas a la multitud y la otra a ti mismo y a tu Creador. Si quieres conservar tus ojos, tus oídos y tu lengua, olvida que tienes ojos, oídos y lengua”.




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domingo, 11 de octubre de 2020

MÁXIMO GORKI: EL RELOJ

Pedro Conde Sturla



Máximo Gorki (1868-1936) pobló mi adolescencia de paisajes tristísimos, de páginas amargas que siempre he agradecido. En esas páginas, la terrible injusticia y el más terrible clima de la Madre Rusia conspiran contra los seres humanos en la búsqueda elemental de la elemental subsistencia. Máximo Gorki me enseñó a ver el mundo de otra manera, me hizo diferente, lo hizo con generaciones de lectores en la época en que era un escritor de culto. Nos enseñó a mirar con ojos no inocentes.

Esos paisajes tristes y fríos, esas páginas amargas son un lugar común en casi toda la literatura rusa que conozco, la más amada y admirada y trágica literatura que conozco, quizás la más auténtica y sin dudas la más sombría de todas las literaturas. La única que sólo proyecta luces a través de sus sombras.

Ahora pienso en Gogol y en su libro “Las almas muertas”, un libro que intentó quemar y quemó en parte (un poco igual a lo que pretendería Kavka). De hecho quemó el final y lo dejó “inconcluso” por amor al fuego. Pienso ahora en lo que dijo un crítico y amigo de Gogol en relación a esa obra: “Dios mío, qué triste es nuestra Rusia.” Pienso en Dostoiesvski y Tolstói, en sus novelas monumentales y en la inmensa desolación que representan. La narrativa rusa tiene como ninguna profundas raíces en un dolor nacional, en la lucha plurisecular de un pueblo digno de mejor suerte contra la opresión. Nada o poco es festivo en las obras de la gran narrativa rusa. Menos aún en las obras de Máximo Gorki. El mismo Gorki que a la larga sería una de las tantas víctimas de Stalin.

Máximo Gorki es el seudónimo de Alexéi Maxímovich Péshkov. Gorki, no en balde, significa amargura o sufrimiento. En uno de los peores momentos de su vida intentó suicidarse con un disparo al corazón. Pero Gorki tenía, por suerte, mala puntería. El disparo atravesó un pulmón y vivió para contarlo, vivió para contar las grandes tragedias, las grandes luchas del pueblo ruso, vivió para exaltar los ideales que animaban a esas luchas. Gorki, antes que Nicolai Ostrovsky en su famosa novela, mostró la forma en que “se templó el acero”.

“La imagen que hoy tenemos de Máximo Gorki como hombre de su época es sobre todo la de alguien atrapado entre la rebeldía ante una triste realidad que conoció y sufrió en su propia piel y unas relaciones complicadas con el poder dictatorial al que la revolución en la que había puesto sus esperanzas estaba dando lugar. Este carácter de puente entre dos mundos es tal vez lo que mejor sintetiza su vida. Por lo que respecta a su obra, ésta permanece entre nosotros sobre todo por el retrato que su enorme talento de narrador le permitió dibujar de los años que precedieron a la revolución de Octubre, un retrato que refleja todo el dolor y también la esperanza de aquel tiempo. El impulso descarnado e indagador de su prosa, que evidencia siempre un compromiso con la transformación de la realidad, sigue mostrándosenos hoy como una contribución original y brillante a la gran literatura que el mundo necesita”. (http://www.jesusaller.com).

En el conjunto de la obra literaria de Gorki,“El reloj” es un texto fuera de serie, es un texto apacible, aparentemente apacible, que se inscribe, sin embargo, en ese “impulso descarnado e indagador de su prosa, que evidencia siempre un compromiso con la transformación de la realidad.” Es el texto de un idealista, uno de esos seres “inútiles” -como los mejores seres humanos que he conocido-, uno que no renuncia a la utopía, a lo que puede ser, “incluso al sueño de lo que puede ser”. Es un autorretrato, una invitación a la búsqueda de la felicidad a través de la lucha, de “la voluntad de hacer el bien”, de “avanzar siempre” como “objetivo de la vida”. Es uno de esos textos “que el mundo necesita”. La oración de un ateo que quiere creer en Dios.





EL RELOJ


I-Tic tac, tic, tac. En la noche, en medio del silencio y la soledad, resulta impresionante escuchar la elocuencia impasible del reloj: los golpes son monótonos y matemáticamente iguales, miden perpetuamente la misma cosa: el movimiento incesante de la vida. La oscuridad y el suelo envuelven la Tierra. Todo se calla, sólo los relojes marcan, fríos y sonoros, la huída de los segundos. Sobre el cuadrante, la aguja camina, y, sin retorno, la vida reduce segundo a segundo de una ínfima parcela del tiempo otorgado a cada uno de nosotros, un segundo que jamás volverá. De dónde vienen los segundos y adónde van: misterio. Hay otras muchas cuestiones sin respuesta, cuestiones más importantes todavía, y de cuya solución depende nuestra felicidad. Cómo vivir, cómo saberse indispensable en la vida, cómo no perder toda fe y todo deseo, cómo hacer para que ningún segundo pase sin que haya conmovido el alma y el corazón. ¿Responderá el reloj preguntas? ¿Qué dirá el reloj a estas preguntas? ¿Qué dirá, con su movimiento que no tiene fin?


III-Tic tac, tic, tac. En el movimiento incesante del reloj no hay punto fijo. ¿A qué llamamos presente? Después de un segundo nace otro que empuja al primero en el abismo de lo desconocido. ¡Tic, tac! Y ustedes son felices y he aquí que se derrama en su corazón el veneno del dolor, el cual puede permanecer allí para toda la vida, sino se esfuerza en llenar cada segundo de algo nuevo y vivo. El sufrimiento seduce, pero es un privilegio peligroso; generalmente no buscamos otro derecho que la dignidad humana. El sufrimiento está en todas partes. Nos alcanza tan fácilmente que casi no llama la atención a la gente. No vale la pena buscar el sufrimiento. Mejor llenarse el alma de preocupaciones más originales, más preciosas… El sufrimiento es un valor en crisis… La vida es más completa y más interesante cuando el hombre lucha contra aquello que le impide vivir. En la lucha, las horas fastidiosas y angustiantes pasan rápidas, desapercibidas.


V- Tic tac, tic tac. Si usted calculara su importancia según el movimiento infinito del reloj, terminaría aplastado por la conciencia de su propia nulidad… Cuando la naturaleza ha privado al hombre de la facultad de andar en cuatro patas, le ha dado en compensación el cargar una cruz: ¡El Ideal! Y, desde entonces, tiende inconsciente, instintivamente hacia lo mejor. Haga realidad este impulso, enseñe a la gente a comprender que la verdadera felicidad consiste solamente en la voluntad de hacer el Bien. La única cosa que puede hacerle pronunciar una queja es la compasión, la limosna de los pobres de espíritu. Todos los hombres son igualmente desgraciados, pero aquél que se queja de su desgracia es todavía más miserable. Son aquellos sedientos de atraer sobre ellos la atención de los otros, los que son menos dignos. Avanzar siempre es el objetivo de la vida. Que este avance sea siempre un esfuerzo que nos procure horas de pura belleza. (Fuente Post: Gorki, Máximo. En Prisión. Buenos Aires. Nuevo Siglo. 1995).


pcs, viernes, 17 de julio de 2009







sábado, 10 de octubre de 2020

Vida marital de Gógol y otras indiscreciones (3 de 3)

Pedro Conde Sturla
9 octubre, 2020
Nikolai Gógol .

Alguien dijo una vez que no hay daño parecido al que se pueden infligir dos amantes, y esto es particularmente cierto en el caso de Gógol y Caracas, su difícil mujer de goma inflable. Gógol no dejaba de amarla por que la enfermedad del amor es obstinada y a veces simplemente incurable, pero al mismo tiempo se le hacía insoportable. Caracas se ponía vieja, se abandonaba a “placeres solitarios a pesar de su expresa prohibición” y lo  engañaba con otro, quizás con otros.


“Lo que parece ser cierto —dice Foma Paskalovich— es que en los últimos tiempos Caracas, vieja o no, se había convertido en una criatura ácida o, franciscanamente, irritable, hipócrita y llena de manías religiosas”.

Gógol estaba perdiendo sin lugar a dudas la razón y finalmente, un día, tocó fondo, se arrojó “como un torbellino sobre Caracas” y empezó a inflarla despiadadamente.

“Ella empezó a deformarse y pronto fue una apariencia monstruosa, pero hasta entonces no daba señales de alarma, ya que estaba acostumbrada a aquellas bromas. Pero cuando empezó a sentirse llena de modo intolerable o, acaso, comprendió las intenciones de Nikolai Vasilievich Gógol, asumió —diría yo— una expresión entre estúpida y temerosa, incluso suplicante, sin perder, no obstante, su aire desdeñoso. Tenía miedo, casi suplicaba, pero aún no creía, no podía creer, en su próxima suerte ni en tanta audacia en su marido”.

Lo que tenía que suceder terminó sucediendo:

“De repente, estalló, por así decir, toda de una vez. O sea, que no fue una zona de su piel la que cedió, sino toda la superficie de la misma a la vez. Y se esparció por el aire. Los trozos cayeron más o menos lentamente según su tamaño, que, en cualquier caso, era mínimo. Recuerdo claramente un trozo de mejilla con una parte de la boca colgando de la esquina de la repisa de la chimenea; y más allá un jirón de un pecho con su punta. Nikolai Vasilievich se miraba como ido. Luego se recuperó, y presa de nueva furia, se dedicó a recoger con todo cuidado aquellos pobres pingajos que habían sido la bruñida piel de Caracas y toda ella”.
Luego, muy concienzudamente, Gógol recogió sus restos mortales y los arrojó al fuego.

“En efecto, como todos los rusos, Nikolai Vasilievich tenía la pasión de arrojar cosas importantes al fuego”.

Pero lo peor no había pasado todavía. Una terrible revelación sobrecogería el alma de Foma Paskalovich, testigo privilegiado de la tragedia. Caracas no era la única víctima de la furia incontrolada dé Gógol:

“—¡Foma Paskalovich —gritaba—, Foma Paskalovich, prométeme que no mirarás, golubcik, lo que voy a hacer!
“No sé bien lo que le respondí ni si intenté calmarlo de algún modo. Pero él insistía. Tuve que prometerle, como a un niño, que me volvería de cara a la pared y que esperaría su permiso para darme la vuelta. Entonces la puerta se abrió con estruendo y Nikolai Vasilievich entró precipitadamente en la habitación y corrió hacia la chimenea.

“Al llegar aquí debo confesar mi debilidad, por otra parte justificable, consideradas las extraordinarias circunstancias en que me hallaba. Yo me volví antes de que Nikolai Vasilievich me diera su permiso, fue más fuerte que yo. Me volví apenas a tiempo para ver que llevaba algo en brazos, algo que en seguida arrojó con todo lo demás al fuego, que ahora llameaba alto. Por otra parte, habiéndose apoderado irresistiblemente de mí el deseo de ver hasta el punto de vencer en mí cualquier otro sentimiento, me lancé hacia la chimenea. Pero Nikolai Vasilievich se puso delante de mí y me rechazó con el pecho, con una fuerza de la que no le creía capaz. Mientras tanto, el objeto ardía con una gran humareda. Cuando dio señales de que se calmaba sólo pude ver un montón de ceniza muda.

“La verdad es que si quería ver era, sobre todo, porque ya había entrevisto. Sólo había entrevisto; sin embargo, tal vez, no debería atreverme a seguir con mi relato ni introducir un dudoso elemento en esta verídica narración. Pero un testimonio no se completa si el testigo no refiere también lo que le es conocido sin absoluta certeza. Resumiendo, aquella cosa era un niño. No un niño de carne y hueso, claro, sino algo más bien como un fantoche o un muñeco de goma. Algo, en fin, que por su apariencia se diría que era el hijo de Caracas. ¿Es que yo también caí en delirio? No sabría decir hasta qué punto. Pero, en cualquier caso, eso es lo que vi, confusamente, pero con mis propios ojos. ¿Y a qué sentimiento he obedecido ahora cuando, al referir el regreso de Nikolai Vasilievich a la habitación, me callé que murmuraba para sí: “¡Él también, él también!?”

Lo peor de todo es que el truculento relato de Tommaso Landolfi sobre la mujer de Gógol, con todo lo que tiene de fantástico o fantasioso, guarda mucha semejanza con la pesadilla en que se convirtió la vida del gran escritor, especialmente durante los últimos días de vida. No lo torturaba una muñeca inflable sino los demonios y creencias que le habían metido en la cabeza desde su más temprana infancia. Un grupo de amigos místicos y sobre todo el fatídico pope Matvéi konstantinosvki (un sacerdote cristiano del rito ortodoxo griego), lo amenazaba con todos los fuegos del infierno a menos que no renunciara a la literatura y a la amistad de amigos entrañables como Alexander Pushkin. En un rapto de locura, Gógol quemó la segunda parte de Las almas muertas y cae de inmediato en un estado de apatía, una depresión que alarma a los médicos.

Lo peor de todo es que el truculento relato de Tommaso Landolfi sobre la mujer de Gógol, con todo lo que tiene de fantástico o fantasioso, guarda mucha semejanza con la pesadilla en que se convirtió la vida del gran escritor, especialmente durante los últimos días de vida. No lo torturaba una muñeca inflable sino los demonios y creencias que le habían metido en la cabeza desde su más temprana infancia. Un grupo de fanáticos religiosos y sobre todo el fatídico pope Matvéi konstantinosvki (un sacerdote cristiano del rito ortodoxo griego), lo amenazaba con todos los fuegos del infierno a menos que no renunciara a la literatura y a la amistad de personas entrañables como Alexander Pushkin. En un rapto de locura, Gógol quema la segunda parte de “Las almas muertas” y cae de inmediato en un estado de apatía, una depresión que alarma a los médicos.

El golpe de gracia no se lo dieron los demonios sino esos médicos endemoniados, un consejo de médicos que le diagnosticó gastroenteritis y lo sometió a una serie tratamientos que convirtieron sus últimos días en una pesadilla.

Para escapar a la solicitud, a la fina atención de sus fantasmas y verdugos, Gógol dejaría entonces de comer, se dejaría morir de hambre, literalmente morir de hambre.




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sábado, 3 de octubre de 2020

Vida marital de Gógol y otras indiscreciones (2)

Pedro Conde Sturla
2 octubre, 2020

Tommaso Landolfi

La mujer de Gógol —o mejor dicho, la mujer del relato de Tommaso Landolfi que describe su alter ego Foma Paskalovich—, era una especie de obra de arte, aunque tenía en verdad un genio endemoniado y siempre se burlaba de él, lo maltrataba con su indiferencia y terminaría llevándolo al abismo de la desesperación. 
A pesar de ser una muñeca inflable —como explica Foma Paskalovich con lujo de detalles–, Caracas tenía todas las cosas y cosuchas en su sitio. El esqueleto, la caja torácica, un tejido más o menos adiposo, una barriguita de lo más sexy, una “estupenda fila de dientecitos que ornaba su boca” y unos “ojos oscuros” que podían cambiar de color. Además, se inflaba, curiosamente, por el ano y se desinflaba por la boca. Algo muy conveniente —y esto también lo ha dicho Foma Paskalovich— es que podía cambiar de apariencia. Podía ser una gorda sexy, por la que Gógol mostraba en ocasiones un apetito insaciable, o una esquelética modelo de pasarela. Podía ser blanca y rubia, podía ser morena. Y eventualmente hablaba. Sí, eventualmente hablaba. Al menos según lo que cuenta Foma Paskalovich:

“La primera —digo— y última vez que oí hablar a Caracas fue en una cierta velada rigurosamente íntima, pasada en la habitación donde la mujer —perdóneseme el verbo— vivía. Habitación cerrada para todos, decorada más o menos a lo oriental, sin ventanas y situada en el lugar más impenetrable de la casa. No ignoraba que ella hablase, pero Gogol nunca había querido aclararme las circunstancias especiales en que lo hacía. Allí dentro estábamos, por supuesto, sólo nosotros dos, o tres. Nikolai Vasilievich y yo bebíamos vodka y discutíamos sobre la novela de Butkov. Recuerdo que, saliéndose algo del tema, él iba defendiendo la necesidad de radicales reformas de la ley de sucesión. Casi la habíamos olvidado, cuando dijo de sopetón con una voz extremadamente ronca y sumisa, como Venus en el Toro:
“—Quiero hacer cacá.

“Pegué un salto creyendo haber oído mal y la miré. Estaba sentada sobre un montón de cojines contra la pared y aquel día era una tierna beldad rubia metidita en carnes. Me pareció que su rostro había adquirido una expresión entre maligna y astuta, entre pueril y burlona. En cuanto a Gógol, enrojeció violentamente y saltó sobre ella metiéndole dos dedos en la boca. En seguida empezó a adelgazar y, podría decirse así, a ponerse pálida; volvió a recuperar aquel aire atónito y extraviado que le era propio hasta reducirse al final a no más que una piel floja montada en un somero batidor de huesos. Es más, como tenía (por intuibles razones de comodidad de uso) la espina dorsal extraordinariamente flexible, se dobló casi en dos y se quedó mirándonos desde aquella abyección suya durante el resto de la velada desde el suelo al que había caído”.

En honor a la verdad hay que decir que Gógol no era del todo fiel, que no la amaba solamente a ella, sino a todas las ellas que Caracas podía ser. La inflaba y la desinflaba a capricho, cambiaba su apariencia, se refocilaba con “todas aquellas morenas, aquellas rubias, aquellas castañas, aquellas pelirrojas, aquellas mujeres gordas o flacas, adustas, níveas o ambarinas” en que Caracas podía convertirse. La amaba a veces, durante un cierto período, apasionadamente, y cuando se aburría se buscaba otra entre las miles de Caracas que podían existir o modelar con sus manos, inflándola o desinflándola.

Cuenta Foma Paskalovich que “durante los primeros tiempos de su vida en común parecía que las cosas iban bien para la ‘pareja’. Nikolai Vasilievich Gógol entonces parecía contento con Caracas y dormía con ella regularmente en la misma cama, cosa que, por otra parte, siguió haciendo hasta el final, afirmando con tímida sonrisa que no había compañera más tranquila y menos importuna que ella, de lo que, sin embargo, pronto tuve razones para dudar, a juzgar, sobre todo, por el estado en que a veces lo encontraba cuando se despertaba. Pero al cabo de unos años sus relaciones se embrollaron extrañamente”.

No sería justo atribuir toda la culpa de lo que sucedería más adelante a la bella Caracas y presentar a Gógol como un santo de altar. Los hombres pueden ser crueles en exceso con sus compañeras sentimentales. Las cambian por la secretaria o la querida, por una modelo más joven, las humillan y las dejan destrozadas y al cuidado de los hijos en el momento más impensado y ejercen sobre ellas una brutalidad que debía destinarse sólo al peor enemigo. Gógol quizás no era de este tipo de persona, pero indudablemente la hizo objeto por lo menos de crueldad mental. La traicionaba, como se ha visto, con todos sus otros yo, todas sus formas posibles. Era potencialmente un adúltero. Sin embargo, nada hubiera permitido anticipar una respuesta, quizás más bien una venganza, una lección tan terrible y humillante como la que recibió de la sumisa y dulce Caracas.
Una lección que aplica a todos esos maridos ingenuos y maltratadores para los que las mujeres no son más que un simple pelele. Una especie de muñeco de goma inflable:

“Bueno — explica Foma Paskalovich—, pues parece que la mujer empezó por entonces a manifestar veleidades de independencia o, por así decir, de autonomía. Nikolai Vasilievich Gógol tenía la extraña impresión de que ella iba adquiriendo una propia, si bien indescifrable, personalidad distinta de la suya y de que se le iba, por así decir, de las manos.

“Caracas enfermó de un mal vergonzoso o, por lo menos, enfermó Gógol, el cual, sin embargo, nunca tuvo contactos con otras mujeres. Cómo pudo ocurrir aquello o de dónde proviniese la sucia enfermedad es algo que ni siquiera intento averiguar y sólo sé que aquello ocurrió. Y que mi infeliz y gran amigo me decía a veces:

“—Ya ves, Foma Paskalovich, cuál era el meollo de Caracas: ¡Ella es el espíritu de la sífilis! —mientras otras veces se acusaba absurdamente a sí mismo (él siempre fue proclive a la autoacusación).

“Este caso fue, además de todo, una auténtica catástrofe por lo que se refiere a las relaciones, ya tan oscuras, entre los cónyuges y a los contradictorios sentimientos de Nikolai Vasilievich Gógol, el cual, además, se veía sometido a curas continuadas y dolorosas (las de la época), ya que la situación se había agravado por el hecho de que la enfermedad no parecía, obviamente, curable en la mujer. Añado, además, que Gógol se hizo ilusiones durante un cierto tiempo, hinchando y deshinchando a su mujer y atribuyéndole los más variados aspectos, de lograr una mujer inmune al contagio, pero tuvo que desistir sin obtener ningún resultado”.




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