sábado, 28 de marzo de 2020

CORONACIÓN

Pedro Conde Sturla
28 marzo 2020
Albert Camus

Mario Vargas Llosa puede ser a veces vargaslítico y llosario, aparte de mariosaurio o vargasllosaurio, tal vez jurasicosario. Su gran talento literario y su fina inteligencia no le impiden cometer juicios políticos y literarios que se salen como decimos nosotros fuera del cajón. Recientemente le oímos o leímos decir que el coranivirus no existiría si China no fuera una dictadura. También lo escuchamos lamentarse de que una novela mediocre como "La peste", de Albert Camus, se haya puesto, al parecer, tan  inmerecidamente de moda en estos días. La novela se está imprimiendo, reimprimiendo y vendiendo, de hecho, como pan caliente y Vargas Llosa lo atribuye a méritos ajenos a su valor literario. Quizás a un simple equívoco, como dijo Borges respecto a la fama de la poesía de Federico García Lorca.
El menosprecio de esta obra de Camus, precisamente esta obra, por parte del famoso troglodita ilustrado, es algo que me duele en los timbales del alma, por no decir otra cosa.
"La peste" es una novela que, por su factura minimalista —típica del estilo de un escritor al que embarraron con el sambenito de existencialista—, no tiene desperdicio. Es un libro tan bien escrito, tan bien narrado, tan bien organizado, con tanta densidad de pensamiento, que sobrecoge a cada momento al lector sensible. Lo arrastra al abismo de la narración y lo hace partícipe de lo que en ella ocurre.
Cuenta, a escala local, un poco lo mismo que nos sucede a todos ahora a escala mundial. Despertamos de repente y comenzó la pesadilla. El mundo que conocíamos se derrumbó bajo nuestros pies y el futuro se enturbió, se puso color de hormiga, se  convirtió en incertidumbre. Ahora sólo existimos en presente. En un precario presente.
Como dijo el periodista Guadí Calvo, "fundamentalmente cada uno de nosotros ha pasado del cómodo sillón de espectador a una tensa espera en el patíbulo, en diferentes lugares de mundo".
Muchos lo habían anticipado con tiempo: "El planeta tierra ha activado su sistema inmunitario. Quiere desembarazarse del parásito humano". Sería poética la justicia si un virus transmitido por un animal nos hiciera pagar una mínima parte de la cuota de sufrimiento que hemos infligido en cientos, miles de años a tantas criaturas del aire, acuáticas y terrestres. El virus podría ser igualmente una respuesta al calentamiento global. Pero quizás somos víctima de una bomba maltusiana, un virus de laboratorio contra la población "sobrante, la población inútil". Una bomba que fácilmente podría salirse de control y crear una situación que desborde todos los recursos y provocar un cataclismo de proporciones apocalípticas.
El planeta, desde luego, está de plácemes. El planeta tierra canta de alegría. La atmósfera reverdece, los pájaros florecen, las aguas se esclarecen, los peces regresan a la laguna de Venecia, "los niveles de dióxido de nitrógeno, un gas tóxico que contamina el aire gravemente", se reducen notablemente.
Mientras tanto, el pánico y la peste se apoderan de la humanidad, igual que se apoderan, en la novela de Camus, de la ciudad de Orán.
Quizás, en ninguno de los escritos que he leído últimamente sobre el tema, se resume el drama de la peste con tanta intensidad como en el artículo que dejo a continuación en manos de los lectores. El mismo que aconsejaría leer a Vargas Llosa:

100 Años de… Albert Camus. En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio. 
Alberto di Franco
7 noviembre, 2013

Les quiero hoy regalar una de las moralejas de "La Peste" de Camus: la imposibilidad de creer en un Dios que hace sufrir a los niños quienes son, como todos sabemos, seres inocentes a los que no se puede culpar de pecado alguno.
En un capítulo de "La Peste" hay un momento que para mí es la cima de esta novela. Se describe la muerte del hijo del juez de Orán, víctima de la peste bubónica. Nuestro protagonista, el ateo Doctor Rieux, opina que: "el dolor inflingido a esos inocentes nunca ha dejado de parecerme lo que en verdad es, un escándalo". Ante el agónico sufrimiento del niño, alguien ruega: "Dios mío, salva a este niño". Sin embargo, el niño muere horriblemente. Paneloux, el sacerdote, comenta a Rieux: "Pero acaso debamos amar lo que no podemos comprender". Rieux le responde: "No, padre. Yo tengo otra idea del amor. Y rehusaré hasta la muerte amar esta creación donde los niños son torturados". Luego el cura le dice noséqué de la salvación del Hombre, a lo que Rieux replica:
"La salvación del hombre es una frase demasiado grande para mí. Y no voy tan lejos, es su salud lo que me interesa, ante todo"
Otro gran momento de nuestro héroe, que nunca se rinde en su lucha contra la peste que asola la ciudad de Orán, es cuando dice:
“ ... que si él creyese en un Dios Todopoderoso no se ocuparía de cuidar a los hombres y le dejaría a Dios ese cuidado. Pero que nadie en el mundo, ni siquiera Paneloux (el cura) que creía y cree, nadie cree en un Dios de este género, puesto que nadie se abandona enteramente, y que en esto por lo menos él, Rieux, creía estar en el camino de la verdad, luchando contra la creación tal como es”.
Está claro que el santo es Rieux, que no pierde nunca la fe, pero la fe en sus semejantes, en la vida, en encontrar un suero que cure la enfermedad y en sí mismo. El mal absoluto es la enfermedad y no un demonio con cuernos. Se combate con medicinas y no con oraciones.
En el otro lado está el padre Paneloux que arremete en sus sermones contra las gentes de Orán, culpándolas de la plaga que está diezmando la ciudad. Sus pecados, su alejamiento de Dios y similares abstractos conceptos, son los responsables del desastre. Lo que sea con tal de que Dios no cargue con el muerto: "Hermanos míos, habéis caído en desgracia; hermanos míos, lo habéis merecido". 
El doctor Rieux defiende al Hombre y el jesuita Paneloux defiende a Dios (que sigue sin hablarnos).
El padre Paneloux, tras ver la agonía de aquel niño de Orán, tenía la decencia de suicidarse tras comprobar que su Dios era totalmente ajeno al sufrimiento de un niño: "Hermanos míos, ha llegado el momento de creerlo todo o negarlo todo". Con su muerte libraba al mundo de una parte de la auténtica plaga de Orán y de muchas partes de nuestro planeta: los sacerdotes y los brujos. Los mismos que todavía hoy, no dejan a la gente morirse en paz.
El título del post no es mío. Es de Albert Camus y es parte de otra genialidad del doctor Rieux en esa obra maestra de la Literatura y el Pensamiento que es "La peste".
"yo quiero testimoniar a favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y la violencia que les ha sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio".

(100 Años de… Albert Camus. En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio. – Blogs de Culturamas

sábado, 21 de marzo de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (9)

Pedro Conde Sturla
20 marzo, 2020
Estudiantes dominicanos del Tecnológico de Monterrey. De izquierda a derecha, Ramón Campechano, Ramón Bonilla, Otto Cruz Peguero (+), Pedro Mejía, Francisco Villalba, Dinápoles Soto Bello. En cuclillas, Luis Fontana y Gumersindo Estévez.

A veces uno se pone a pensar, simplemente a pensar en aquellos días de Monterrey (aquellos lejanos años de 1960) y las imágenes se agolpan en la memoria. Ahí está, por ejemplo, Campechano haciendo fila para felicitar a la nueva reina del Tecnológico y se puede anticipar con delectación el desenlace. Todos los dominicanos que estudiaron en ese entonces en el Tecnológico conocen al dedillo la historia.
Campechano se esmeraba en hablar bien para diferenciarse de sus paisanos, que se comían las palabras y no pronunciaban las eses. En las grandes ocasiones Campechano pronunciaba las eses, todas las eses, pero por falta de práctica pronunciaba las que llevaban y las que no llevaban las palabras. A veces decía que era estudiante de Esconomía y a veces le ponía eses hasta a las comas. Además usaba términos sofisticados de cuyo significado preciso no siempre estaba al tanto.
Aquella noche, mientras hacía fila para felicitar a la reina y dar inicio al baile, estaba inspirado en un episodio de historia patria: el de la independencia efímera de Nuñez de Cáceres. Aquella palabra, “efímera”, de la cual tenía una idea vaporosa, destilaba un encanto especial, le pareció la más apropiada para halagar a la reina y la halagó.
Dicen que se inclinó reverentemente, tal vez queriendo ocupar mas espacio que el que le correspondía, y con el pecho inflado de orgullo, con la mejor de todas las intenciones, le dijo respetuosamente:
—Señorita, que su reinado sea muy efímero.
La reina se quedaría pasmada, demudada, boquiabierta durante unos segundos, y Campechano saltó a la fama. Se hizo famoso de la noche a la mañana, se consagró definitivamente, se convirtió en un referente histórico del Tecnológico.
Otro de los personajes de aquellos años dorados que con más frecuencia acuden a la memoria, uno de los favoritos, es el llamado Minicuchi o más bien Minicucci. Con él y otro, llamado Gaspar, me inicié, durante el primer verano que pasé en Monterrey en la cacería de gringas. Los veranos de Monterrey eran veranos de gringas. El Tecnológico nunca estaba ocioso. En época de vacaciones muchos estudiantes regresaban a sus casas, los malos estudiantes reponían materias y los buenos se adelantaban, cursaban dos asignaturas, que era el equivalente de medio semestre. Y las gringas venían a estudiar. Venían docenas de gringuitas en flor a estudiar mejicano en Monterrey y las recibían con una fiesta, con un baile a todo dar. No es que fueran más bonitas que las regiomontanas, pero tenían fama de liberales, aunque no lo fueran, y eran sobre todo amistosas.
Entablaban amistad por recomendación de maestros y maestras con el propósito de progresar en el estudio del español, y los estudiantes del Tec nos prestábamos gustosamente, desinteresadamente a contribuir con tan noble propósito. Lo bueno, o quizás lo mejor de las gringas, es que no discriminaban.
Salían con cualquier cutáfaro, con cualquier palurdo o bicho implume con tal de que hablase español. Quizás por eso era fácil emparejarse con ellas, ir al cine, a bailar, a pasear, a conocer la naturaleza. Pero tales actividades extra curriculares no estaban exentas de peligro. Un día, o mejor dicho una noche, nos agarró la policía a Gaspar y a mi y a Minicuchi dando una clase de historia natural a nuestras respectivas gringas en el parque de la Colonia Roma y nos cayó a mordidas.
Recibir una mordida de un policía en nuestros predios no es algo que tiene sentido, pero en México la mordida es equivalente de soborno porque todos tenemos que comer.
La mordida más o menos decentemente establecida en esa época era de cinco pesos, cuando el peso mejicano estaba a doce y medio por dólar, y el dólar a un peso y diez centavos dominicanos. Menos de cincuenta cheles, cincuenta centavos dominicanos de la época. Algo irrisorio ridículo y sin embargo representativo para un policía mejicano que ganaba una miseria más miserable que el sueldo de un policía dominicano de aquel tiempo.
Los policías mejicanos nos detuvieron, pues, y nos cayeron a mordidas en el sentido mejicano de la palabra. Nos acusaron de exposición indecente, de falta al pudor y a la moral pública a pesar de que sólo estábamos ayudando a traducir unas palabras y nos amenazaron con amanecer en chirola, menos a las gringas, porque eran gringas.
Gaspar sacó entonces la cartera y pagó una mordida de cinco pesos mejicanos, que era lo único que tenía y yo hice lo mismo. Minicuchi abrió la suya donde por casualidad tenía diez pesos en billetes de a cinco y un policía les echó mano. Minicuchi le dijo déjame algo y el policía fue tan condescendiente que le dejó la mitad.
Con la misma gringa del parque de la Colonia Roma andaba Minicuchi unos días después entre las aulas del Tec, entre pupitres y sombras a eso de la media tarde, un domingo, divirtiéndose sanamente, hasta que un bedel los sorprendió, los alumbró con el foco. Advirtió de inmediato que una acción semejante podía ser penada con la expulsión, necesariamente con la expulsión. Pidió identificación, matrícula. Minicuchi era un hombretón, un tipo alto, casi interminable, y aún más quizás le debió haber parecido al bedel cuando lo tuvo enfrente. Minicuchi, además, estaba enojado. Le habían interrumpido un posible coito o por lo menos un largo besuqueo y la expresión de su rostro debía de ser impresionante. Para peor, parecía crecer a cada momento en cámara lenta, mientras se erguía pesadamente sobre sus cabales. No terminaba de crecer y crecer... Finalmente le apuntó al bedel con un dedo a la cara y le dijo bruscamente:
—Cómete un mojón.
El bedel se quedó de una pieza. Estaba aterrado y aliviado a la vez al ver a Minicuchi a punto de salir con su gringa al brazo. Pero en el último momento Minicuchi se volvió a mirarlo de nuevo con aire amenazante, le apuntó otra vez con el dedo índice a la cara y le dijo iracundo:
—Cómete dos mojones...
A partir de ese suceso, la palabra Minicuchi se convirtió entre los dominicanos de Monterrey en sinónimo de lo que Minicuchi le había dicho al bedel.



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viernes, 20 de marzo de 2020

Giovanni Boccaccio: El decamerón

Pedro Conde Sturla
24 octubre, 2015

“El Satiricón” de Petronio ha sido considerado como la obra más original de la antigüedad clásica (el período greco-romano), de la misma manera que “El decamerón” de Boccaccio (1313-1375) ha sido calificado como el libro más vivo de la literatura italiana. Ambas joyas fueron alguna vez menospreciadas o simplemente despreciadas, prohibidas o segregadas por la naturaleza de su contenido escandaloso, explícitamente sexual, explícitamente inmoral en apariencia. No son historias aptas, desde luego, para consumo de sicorrígidos y moralistas, para todos aquellos que no sean capaces de ver, bajo la superficie, el drama social que muchas veces ocultan las narraciones más picantes, la tragedia epocal que se disimula en episodios aparentemente banales.
“El satiricón” recrea en parte, con una mirada de burla y desprecio la atmósfera cortesana de la época de Nerón (aquel nefasto personaje que, sin embargo, no tocaba la lira ni la cítara ni estaba en Roma durante el incendio de Roma, sino en su pueblo natal, el mismo Nerón que socorrió generosamente a los damnificados, según Tácito).
“El Decamerón”, escrito entre 1350 y 1375, se inscribe en el escenario de uno de los más negros capítulos de la historia de la humanidad, el de la peste negra o bubónica que castigó a Florencia en 1348.
“La peste negra, peste bubónica o muerte negra fue la pandemia de peste más devastadora en la historia de la humanidad, afectó a Europa en el siglo XIV y alcanzó un punto máximo entre 1346 y 1361, matando a un tercio de la población continental; Diane Zahler va más allá y estima que la mortandad superó la mitad, quizás el 60% de los europeos o lo que es lo mismo, habrían muerto 50 de los 80 millones de habitantes europeos. Se estima que la misma fue causa de muerte de aproximadamente 50 a 75 millones de personas entre los primeros casos en Mongolia (1328) y los últimos en la Rusia Europea (1353). Afectó devastadoramente Europa, China, India, Medio Oriente y el Norte de África. No afectó el África subsahariana ni al continente Americano”.
Boccaccio no describe el fenómeno en términos estadísticos, lo hace con palabras que se desangran como las propias víctimas del contagio, que se pudren como las víctimas hasta convertirse en una masa pustulente, dolorosa, pestilente. Palabras que denotan el habitual sentido judeocristiano del pecado y del castigo divino:
“Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo. Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo empezó la pestífera buba a extenderse a cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente comenzó la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a otros menudas y abundantes”.
En el marco de esta horrible pandemia transcurren los relatos de “El decamerón” (literalmente “diez días”), una obra a la que adornan desde el Proemio las más nobles reflexiones y sentimientos de piedad y vocación de servicio:
“Humana cosa es tener compasión de los afligidos, y aunque a todos conviene sentirla, más propio es que la sientan aquellos que ya han tenido menester de consuelo y lo han encontrado en otros”.
La fina sensibilidad de Boccaccio se adelanta a su época al manifestar y otorgar abiertamente esa “compasión de los afligidos” a las mujeres, y a ellas también dedica el “útil consejo” de sus novelas o relatos. Boccaccio comprende perfectamente el drama de esos seres sometidos al doble yugo de la dictadura social y familiar, esos “viles e impuros” seres religiosamente despreciados por mandato bíblico:
“¿Y quién podrá negar que, por pequeño que sea, no convenga darlo mucho más a las amables mujeres que a los hombres? Ellas, dentro de los delicados pechos, temiendo y avergonzándose, tienen ocultas las amorosas llamas (que cuán mayor fuerza tienen que las manifiestas saben quienes lo han probado y lo prueban); y además, obligadas por los deseos, los gustos, los mandatos de los padres, de las madres, los hermanos y los maridos, pasan la mayor parte del tiempo confinadas en el pequeño circuito de sus alcobas, sentadas y ociosas, y queriendo y no queriendo en un punto, revuelven en sus cabezas diversos pensamientos que no es posible que todos sean alegres. Y si a causa de ellos, traída por algún fogoso deseo, les invade alguna tristeza, les es fuerza detenerse en ella con grave dolor si nuevas razones no la remueven, sin contar con que las mujeres son mucho menos fuertes que los hombres; lo que no sucede a los hombres enamorados, tal como podemos ver abiertamente nosotros.
Ellos, si les aflige alguna tristeza o pensamiento grave, tienen muchos medios de aliviarse o de olvidarlo porque, si lo quieren, nada les impide pasear, oír y ver muchas cosas, darse a la cetrería, cazar o pescar, jugar y mercadear, por los cuales modos todos encuentran la fuerza de recobrar el ánimo, o en parte o en todo, y removerlo del doloroso pensamiento al menos por algún espacio de tiempo; después del cual, de un modo o de otro, o sobreviene el consuelo o el dolor disminuye. Por consiguiente, para que al menos por mi parte se enmiende el pecado de la fortuna que, donde menos obligado era, tal como vemos en las delicadas mujeres, fue más avara de ayuda, en socorro y refugio de las que aman (porque a las otras les es bastante la aguja, el huso y la devanadera) entiendo contar cien novelas, o fábulas o parábolas o historias, como las queramos llamar, narradas en diez días, como manifiestamente aparecerá, por una honrada compañía de siete mujeres y tres jóvenes, en los pestilentes tiempos de la pasada mortandad, y algunas canciones cantadas a su gusto por las dichas señoras. En las cuales novelas se verán casos de amor placenteros y ásperos, así como otros azarosos acontecimientos sucedidos tanto en los modernos tiempos como en los antiguos; de los cuales, las ya dichas mujeres que los lean, a la par podrán tomar solaz en las cosas deleitosas mostradas y útil consejo, por lo que podrán conocer qué ha de ser huido e igualmente qué ha de ser seguido: cosas que sin que se les pase el dolor no creo que puedan suceder. Y si ello sucede, que quiera Dios que así sea, den gracias a Amor que, librándome de sus ligaduras, me ha concedido poder atender a sus placeres”.


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sábado, 14 de marzo de 2020

¡PREMIO NACIONAL DE LITERATURA!

Ese premio no le habría significado ningún reconocimiento a la obra de Alexis Gómez Rosa. Es un premio desacreditado
que se reparte como dádiva a poetas y escritores del montón. Más que un premio es una vergüenza nacional. Un premio que tocó el fondo de la desvergüenza cuando fue otorgado al llamado poeta Mafeo Robinson. No es que Alexis no se mereciera el premio, es que el premio no se merecía a Alexis Gómez Rosa.

Memoria y desmemoria de Monterrey (8)

Pedro Conde Sturla
13 marzo, 2020


Caonabo Estrella, al centro, en compañía de estudiantes dominicanos del Tecnológico de Monterrey. Foto de 1965. 

Caonabito dominaba en grado superlativo el arte de dar cuerda o más bien de mofarse graciosamente de los demás, pero sin ofender ni herir los sentimientos. Sus burlas hacían reír muchas veces incluso a la personas de las cuales se  burlaba y provocaban risotadas cargadas de buena salud,  buenos auspicios. Era algo que hacía casi sin darse cuenta,  con una técnica impecable y un riguroso orden circular, en   
principio. Sus horas favoritas para dar inicio a una sesión de  cuerda colectiva eran las de la comida o de la cena.
Caonabito se sentaba al final de la mesa, en un extremo, se sumergía, literalmente, en la silla, adoptando una figura, un aire entre solemne y patriarcal, una altura moral, una actitud condescendiente, y siempre encontraba algo jocoso que decirle a la persona que estaba a su izquierda o derecha ( ¡Qué camisa tan chillona, manito, parece que fuera cantante!) y así sucesivamente hasta completar una primera vuelta. Luego escogía a sus víctimas al azar, de acuerdo a lo que llamara su atención o lo que pudiera ocurrírsele en ese momento.
A un mejicano que había sido seminarista (no confundir con el Fraile) le llamaba Campanita. Campanita le llamaba cuando entraba y Campanita cuando salía. Y Campanita siempre sonreía cuando Caonabito contaba la supuesta razón de su expulsión del seminario. Había fallado la prueba, la prueba de la Campanita. A todos los seminaristas les colgaban, cuando estaban a punto de tomar los hábitos, una campanita en cierta parte y los sacaban al patio de recreo cubiertos con una toalla. Entonces hacían desfilar frente a ellos a una hermosa chamacona en paños menores y si alguna campanita empezaba a sonar, el campanillero sufría en el acto la pena de expulsión.
Campanita y los demás se reían cuando Caonabito contaba el cuento o una de sus tantas variantes, porque Caonabito sazonaba la historia con nuevos ingredientes cada vez que la contaba. A veces, en lugar de una campanita, era un cencerro lo que colgaban en el equipo colgante de los seminaristas.
La única persona que era inmune a sus bromas y lo sacaba ocasionalmente de quicio era el Comandante. El Comandante asentía cuando Caonabito le dirigía la palabra en son de chanza. Se limitaba a asentir, mover la cabeza un poco de arriba hacia abajo, sin dejar de comer, y las palabras de Caonabito parecían rebotar como en una coraza.
En una ocasión, sin embargo, Caonabito logró desquitarse de la indiferencia del Comandante: echarle más bien, a traición, lo que de seguro sentiría como un cubo de agua fría. Fue algo incidental, que ocurrió por casualidad, en mi presencia. Yo había ido a cenar con el primo Alfonso a la pensión donde vivía Caonabito y lo invitamos al cine y para el cine salimos. Coincidencialmente, cuando bajábamos las escaleras, Caonabito vió al Comandante dándole hebra a una gata en el zaguán y dijo en voz alta ¡What chopita, Comanderman!
—Ni el primo Alfonso ni yo entendimos nada.
Y no se entendía nada. Era una manera de decir en jerga que el llamado Comandante se estaba besando con una mucama y que Caonabito lo había sorprendido infraganti, con las manos en las masas y amasando, hasta que sus palabras malsonantes rompieron el encanto. Entonces la muchacha dio un brinco y se escondió en la sombrita. El Comandante se haría el disimulado, el hombre invisible, esperaría a que pasáramos para continuar faenando o se marcharía frustrado, rumiando su mala rabia, maldiciendo contra Caonabito.
—¡Qué malo eres, güey! —le dije entonces al salir a la calle— ¿No te da pena?
—Pues sí, pero no me pude aguantar.
Algunas pocas pocas veces la situación se invertía y era Caonabito el que pagaba las que debía, o por lo menos parte de lo que se merecía. Eso ocurría en los raros días en que se sentía flojo o desganado y se sentaba a la mesa sin ánimo de hablar ni de hacer bromas. Era entonces cuando sus víctimas habituales se cobraban la venganza, se unían espontáneamente para darle a él la cuerda, una cuerda despiadada que le sacaba lagrimitas de vidrio. Pero eso ocurría pocas veces. Caonabito casi siempre rebosaba vitalidad y buen humor y no se enfermaba más que cuando quería.
En una de esas ocasiones, el primo Alfonso y yo pasamos por casualidad a visitarlo y lo encontramos tumbado en la cama, pero además estaba verde, extrañamente verde y aquejado con un más extraño dolor en las pelotas. Tenía, a decir verdad, un dolor tan grande en las pelotas que no podía con su alma a pesar de que el alma está bastante lejos de las pelotas. Le pregunté si por casualidad no le habían puesto a él también una campanita o un cencerro, como al ex seminarista del cual acostumbraba burlarse, pero no agradeció la ocurrencia.
Decidimos entonces que lo mejor era llevarlo al consultorio o dispensario médico del Tec y lo llevamos, casi como quien dice a rastras, agarrándolo cada uno firmemente por un brazo. No había muchos dominicanos a esa hora en El Consulado, al pie de la escalera de entrada al Edificio II, y pasamos desapercibidos. En el consultorio nos recibió un joven médico con una sonrisa de oreja a oreja y una simpática enfermera, que también sonreía sin causa aparente. Todo iba bien, parecía ir bien, hasta que hicieron pasar a Caonabito. Desde la sala de espera oímos primero voces de una conversación preliminar, algunas preguntas y respuestas, después Caonabito se bajaría los pantalones y se escuchó un golpe seco.
La enfermera salió con el rostro encendido de rubor. Le preguntamos si pasaba algo malo. Dijo que el médico se había echado bruscamente hacia atrás, se había dado un golpe en la cabeza, ella misma había estado a punto de desmayarse y ahora iba en busca de ayuda. El resto se lo pueden imaginar.
Caonabito —dijo más tarde el médico—, estaba padeciendo una orquitis, una inflamación testicular, y lo trataron con antibióticos, antiinflamatorios y analgésicos. Pero no fue la orquitis la que causó en el personal que lo atendió tanta conmoción.
Al poco tiempo, restablecido ya de sus dolencias, volvió a su rutina habitual: estudiar, bromear, y dejarse crecer el cabello. Caonabito, alias el Trípode, era una especie de Don Juan, un tipo presumido que atribuía su éxito con las mujeres a su abundante cabellera (sin mencionar su condición tripóidea). Algunos le preguntaban si se había muerto su barbero y otros decían que tenía el complejo de Sansón. El hecho es que era enemigo a muerte de las tijeras: “El tiempo no se hizo para gastarlo en pelarse”. No importa que cien veces al día le reprocharan su peludencia. Caonabito se mantenía firme en sus convicciones: “Ese es mi pegue, a las chamacas les encanta pasarme la mano por la cabeza”. “Yo soy un Beatle con pelo chino”.
Un mal día, para su desgracia, fue de visita a la casa de Los Patriotas en la Colonia Roma y Los Patriotas se indignaron. Lo acusaron de traición a la Patria, de exhibir impúdicamente en el peinado una moda foránea. Lo rodearon, le hablaron en tono retóricamente amenazante. Caonabito protestó, intentó romper el cerco. No fue fácil inmovilizarlo porque era bastante fuerte a pesar de sus reducidas dimensiones. Se requirió el concurso de todos Los Patriotas para dominarlo, pero finalmente lo lograron.
Lo trasquilaron a sangre fría, le calimocharon el pelo sin anestesia, le mutilaron la frondosa cabellera. De aquel lance Caonabito sólo preservó la dignidad y se vio obligado a hacerse una inmediata pelada al rape. Algo parecido a la historia de Sansón y Dalila, pero sin Dalila. Y sin filisteos ni patriotas muertos.




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sábado, 7 de marzo de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (7)

Pedro Conde Sturla
6 marzo, 2020

Directorio de la revista Quisqueya fundada en Monterrey por Dinápoles Soto Bello. 
Era difícil encontrar entre los dominicanos de Monterrey alguien parecido a Juanín, un estudiante de economía que en realidad era estudiante de todo lo que estuviera a su alcance, un tipo especial, con una curiosidad y un afán de conocimiento insaciables, un enamorado de las ciencias políticas. Juanín era como una esponja, era una esponja, absorbía los conocimientos del medio que lo rodeaba como por contacto. Dicen que todo se lo aprendía sin darse cuenta, desde los nombres de las calles hasta los números de las casas. Pero esto puede ser una exageración.


Lo cierto es que no había otro personaje tan folclórico y arquetípico como él. No había otro igual, era único en su especie. Irrepetible, al igual que Dinápoles y Caonabito. En cambio los habitantes de la pecera, los llamados Jurones, se parecían un poco los unos a los otros. Felito y el Fraile se parecían y llegaron a ser cuñados. Alguien que se llamaba Hugo y otro que se llamaba Miguel Ángel se parecían.
Dicen que Juanín apareció una mañana en el Tec, justo el día de las inscripciones, sin haber tenido tiempo de buscar alojamiento. Llevaba una maleta al hombro, y por la maleta y por su indumentaria llamó de inmediato la atención. Vestía —según se afirma—con un pantalón rojo y una camisa amarilla. Una vestimenta llamativa que imprimía color y una notoria distinción a su imagen. Sus paisanos lo reconocieron de inmediato como uno de los suyos y le brindaron ayuda con el asunto de las inscripciones, el equipaje, el transporte, el alojamiento en una pensión de la Calle Palestina.
A poco tiempo de su llegada se había hecho dueño de un caudal asombroso de datos políticos y geográficos. Conocía las poblaciones y los nombres de las principales ciudades del mundo y de todos los gobernantes de todos los países, y de todos, absolutamente todos los presidentes de México desde Guadalupe Victoria en adelante, amén de los gobernadores de los treinta y dos estados, todas las fechas patrias los días de guardar. Sólo por divertirse (si acaso no es un mito, otra exageración convicta del narrador) recitaba de memoria y por orden alfabético los nombres y apellidos de los peloteros de grandes ligas y de los cuatro equipos de pelota dominicanos.
A su fama de erudito o memoriógrafo se le sumó fama de estrambótico en el vestir, una fama larga y justificada. Para ir a los bailes usaba el mismo pantalón de pana, el mismo saco sport de cuadros, la misma camisa blanca y una corbata a rayas que se ponía y se sacaba por la cabeza para perpetuar el nudo.
Muchos lo recuerdan todavía dando como quien dice charlas en la zona del campus del Tecnológico que los dominicanos llamaban El Consulado porque era el lugar donde se reunían en el poco tiempo libre.
Juanín adoptaba siempre una postura (su postura favorita al hablar o discursear) que consistía en abandonar el cuerpo a la inercia de la desgarbada longitud de su anatomía, y gesticulaba al mismo tiempo a la manera de los abogados sin empleo en la calle El Conde. Había que andarse con cuidado, pues era tan expresivo que cuando hablaba y gesticulaba podía sacarle un ojo a cualquiera.
Su manera de expresarse era siempre grandilocuente, y por lo regular se gastaba, frases y títulos de lujo, o bien graciosamente burlonas o despectivas, al saludar a sus amigos. ¡Qué dice el distinguido enciclopedista? ¡Cómo se siente el futuro presidente de la República?, !Qué opina el secretario general del buró de bebedores de cerveza de barril?
La base de sus símiles y metáforas políticas era invariablemente el gobierno haitiano. Todo era o podía ser más obscuro que el gobierno haitiano, más lejos que el gobierno haitiano, más feo o más difícil o más enrevesado, caótico, decadente o truculento que el gobierno haitiano.
Entre Juanín y Monterrey hubo una relación de desamor a primera vista. No fue ni siquiera amistosa. Juanín y Monterrey nunca se gustaron. Durante su breve estadía fue miembro honorario de Los Patriotas, el grupo que siempre se quejaba de la ciudad. Continuó sus estudios en Canadá y es probable que el frío le daría alguna vez razón de arrepentirse por haber abandonado Monterrey.
Alguien que compartía con Juanín y los Patriotas su antipatía por Monterrey, y que se destacaba al mismo tiempo por su privilegiada inteligencia era el llamado Rafuchi. Rafuchi era un personaje, todo un personaje simpático y alegre, que se hacía querer de inmediato por su carácter extrovertido y jovial. Nadie le igualaba haciendo chistes, unos chistes explosivos de apaga y vete, contados de una manera tan vehemente y graciosa que nos hacía ahogar de risa.
La llegada de Rafuchi al Tec fue todo un acontecimiento. Rafuchi, al igual que Juanín, no era parte de los becados, y nunca se sintió a gusto—como ya se dijo— con Monterrey ni el Tec, pero empató amistosamente con la mayoría de estudiantes y profesores.
Se dio, pues, a conocer por su modo de ser y su excelencia académica, por su inteligencia fuera de serie. Una inteligencia muy fuera de serie. Rafuchi era quizás el único que no tomaba apuntes en clase. Se mordisqueaba despiadadamente las uñas, lo que le quedaba de uñas, y entendía al vuelo las lecciones del profesor. A la salida del curso solía conversar con otros estudiantes que le pedían explicaciones. Siempre tenía tiempo para aclarar cosas que para ellos habían quedado a oscuras y a veces les decía, “Pero sí está todo clarito y además está en el libro”, pero para los demás todo quedaba muy oscuro.
Le preguntaban, a menudo, “Cómo le haces, mano, si ni siquiera tomas notas y lo entiendes todo”. Él decía que precisamente por tomar notas no entendían lo que decía el profe y que se fajaran con el libro, que era el mejor maestro, pero no convencía a nadie. Muchos no entendíamos el libro ni al profesor y ni siquiera los apuntes que tomábamos en clase. Algunos llegaron a pensar que el secreto de la inteligencia de Rafuchi tenía que ver con su costumbre de comerse las uñas y algunos comenzaron a comérselas, pero sin resultado aparente. Lo cierto es que, cuando se disponía, entre una explicación y un chiste muchas veces hacía comprender todo a sus condiscípulos. Algunos entonces exclamaban, “Me lleva ,a chingada, mira nomás que fácil”.
Sus estudios los terminaría finalmente en Roma, una ciudad que amó como sólo se puede amar a Roma. Los que lo conocieron y apreciaron mientras vivió recordarán ese modo suyo de ser tan explosivamente especial de contar chistes y explicar los secretos de la más intrincada matemática, la forma neurótica, obsesiva, con que se comía o se mordía despiadadamente las uñas.
Otro personaje notable, uno de los que vivía en la pensión del segundo piso de la Calle Palestina, junto a Juanín, el Comandante y algún otro que no recuerdo, era el llamado Caonabito. El célebre y celebrado Caonabito, alias el Trípode, una especie de Don Juan en miniatura del cual se ha dicho algo en estos escritos y se hablará con precaución más adelante.


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jueves, 5 de marzo de 2020

ABRIL

Alfredo Conde Pausas


ABRIL 
PARA QUE NADIE LO OLVIDE

I

No importa que el infortunio
le arrebate la victoria:
¡Qué noble y grande es la vida
del que se enfrenta a la muerte
para conquistar la gloria!
No importa que viva o muera,
que esté libre o que esté preso,
o que en el destierro viva
por azares de la suerte:
que aunque trueque el hado adverso
en derrota, la victoria:
¡Es noble y grande la vida
del que se enfrenta a la muerte
para conquistar la gloria!



II

De la carne, por la herida,
sólo la sangre se vierte,
pero es mentira la muerte
de aquel que cae como un héroe,
porque cobra nueva vida
el que por su Patria muere,

y una nueva sangre adquiere,
sangre del alma: ¡LA GLORIA!,
y esa si que no se pierde,
pues téngase en la memoria,
para que nadie lo olvide:
cada página en LA HISTORIA,
con esa sangre se escribe.

III

Si noble es la vida y grande
de aquel que pasa a la historia!
y que en sus páginas vive,
no es menos grande la gloria
del que la historia escribe
con la tinta de su sangre,
aunque la historia lo olvide,
aunque se ignore su nombre
y aunque se ignore la hazaña
del que murió como un hombre,
en tierra propia o extraña:
y aunque nadie sepa dónde
sus huesos blancos están,
o en qué valle, en qué montaña.
se inmoló como un titán
por el mundo del mañana.

IV

Del mártir y el inocente
la sangre que se derrama:
¡Esa, tampoco se pierde!
correrá como un torrente
al tintero de la historia.
Y téngase en la memoria,
lo que ya dije y reitero

para que nadie lo olvide:
que en dicho libro se escribe
con tinta de ese tintero.

La batalla del puente duarte

I

Duarte honrado

Sobre un río al que le dieron
los indios, por nombre Ozama,
cruza un puente que se llama
como el héroe en quien creyeron,
los que Duarte le pusieron
para perpetuar su fama;
y con gesto tan hermoso,
al Padre humilde y glorioso,
de la Patria, honrar quisieron.

II

Duarte olvidado

Del puente bajo la sombra.
el Ozama está dormido;
duerme Duarte en el olvido
puesto que ya ni se nombra;
y al mundo nada le asombra
ver al pueblo sometido,
en medio de gran tristeza,
a esclavitud, como antaño,
pues aguantó tantos años
sin levantar la cabeza.

III

Despertar

No lejos del fiero mar,
donde el majestuoso Ozama
su turbio caudal derrama;
donde el sol, con su brillar,
el bello horizonte inflama;
frente al sitio donde el río
por el puente está cruzado,
el pueblo se ha congregado
con espíritu bravío,
y en gallardo desafío
al Triunvirato malvado,
quiere mandarlo al infierno
y restaurar el gobierno
que en elecciones se ha dado.

IV

Llegada de Caamaño

Caamaño llega y con el
sus valientes camaradas;
del pueblo y su coronel,
frente al enemigo cruel,
está pues la suerte echada;
mas la suerte desgraciada!,
dispuso que en esa tarde
saliera el Cefa a atacar.
San Isidro está que arde
como si fuera una tea,
y con sus fuerzas blindadas,
con la aviación y la armada,
piensa que es fácil tarea
la rebelión aplastar.

V

Vacilación 

En armas, si no en valor,
la diferencia era mucha
para enfrentarse a esa lucha
sin sentir algún temor;
Desafiando el poderio
de barcos, tanques y aviones
y por eso ante el rumor
de que el enemigo avanza
con sus tres puntas de lanza
por tierra, cielos y mar,
muchos dejan el lugar
perdida toda esperanza

VI

Desaliento

De la Patria una bandera
abandonada en el suelo,
produce tal desconsuelo
que parece una quimera
el pretenderlo siquiera,
que a un ejército aguerrido
pueda enfrentársele un pueblo
mal armado y peor nutrido.


VII

Resurrección

Todo parece perdido
y ya cunde el desaliento,
pero en el mismo momento
en que asoma el enemigo,
alza el pueblo de repente
con audacia su estandarte;
y en memoria de ese Duarte
cuyo nombre lleva el puente,
hincha su pecho valiente
iy del puente hace un baluarte.

VIII

Heroísmo y victoria

Desafiando el poderío 
de barcos, tanques y aviones
ganó gloria en mil acciones
el valiente pueblo mío.
¡Con qué coraje y que brio,
con qué pujanza y valor,
su libertad y su honor
defendió el pueblo indignado
y aunque hambriento y mal armado
venció al golpista traidor!

IX

Día de la infamia

Mas si pudo, días después,
con una fuerza monstruosa,
la nación más poderosa,
del mundo de hoy, tal vez,
con increible doblez
el patrio suelo violar
por tierra, cielos y mar:
EL PUEBLO DOMINICANO,
sin jactancia, sin alarde,
mas con valor sobrehumano,
pudo al mundo demostrar
que no es un pueblo cobarde.

х

Genocidio

Por cuarenta mil soldados
y el bombardeo horroroso,
feroz e indiscriminado,
no pudo ser conquistado
un pueblo tan valeroso,
tan cruelmente masacrado.
Y aunque herido el corazón
de aquel pueblo, parecía
un mártir en agonía:
no inspiraba compasión,
porque sólo de escuchar
la palabra rendición,
el mártir se convertía
al instante en un león
listo a morir o a matar.

XI

Reto al destino

Así, peleando tenaz
en la desigual porfía,
nadie, ni en su agonía,
pensó en rendirse jamás.
Y un sólo clamor se escucha
de pechos dominicanos,
si en el fragor de la lucha
la rendición le propone
el enemigo falaz:
que del barrio más lejano
hasta la Puerta del Conde,
la voz del pueblo responde
con furor: ¡NI UN PASO ATRAS!




Misión de paz

En grandes barcos de guerra,
a playas dominicanas,
llegan marinos del Norte
en "noble" misión de Paz;
mas, tan pronto desembarcan,
comienzan a masacrar.

Según sus declaraciones
vinieron a salvar vidas:
lo raro es que no dijeran
que vinieron a rezar.

Pero no rezan a Cristo,
sino a Marte o a Moloch;
puesto que para ese Dios,
sus templos son portaviones,
los tanques son sus altares,
los aviones son sus ángeles,
su religión es matar.

Fuego de ametralladoras
y rugido de cañones,
son las "dulces" oraciones
que reza con gran unción
su arzobispo, el general
que comulga con las bombas,
que son las sagradas hostias
con que celebra las misas
de la "hermosa" religión
que nos vino a predicar.

Barbarie

En el nuevo diccionario
de los crueles invasores,
"ablandar" es cañonear
civiles y militares;
niños, jóvenes, ancianos
y mujeres por igual.

Los barrios residenciales
son su blanco preferido,
son su objetivo especial.
Con tal que la gente sufra,
con tal que la gente muera,
cualquier blanco es su objetivo,
(si es una iglesia, ¡no importa!)
la cuestión es ablandar.

Y aún sostienen con cinismo
que su misión no es la guerra,
que su misión es la paz.
Misión de paz, cuyo objeto
es impedir por la fuerza
que el legítimo gobierno
que los gringos derrotaron,
al poder vuelva de nuevo.

Es por eso que procuran
destruir a sangre y fuego
las milicias que defienden
aquel valiente y honesto
gobierno que el pueblo quiere.

Realizan tales horrores,
con meditada crueldad,
para que asuma el poder
una junta de traidores,
un dócil gobierno títere,
que pretenden imponer
para explotar el país
con toda tranquilidad.
Siendo tal su hipocresía,
que quieren esos señores
que la rendición se haga,
dando todos los honores
a los títeres de marras
y no a la fuerza extranjera;
pues con habitual descaro
repiten que no es en guerra,
que están en misión de paz.

A veces sus emisarios
se acercan a los patriotas
y conciertan una tregua,
fijando lugar y fecha
para iniciar el diálogo
que abra camino a la paz.
Los emisarios, no obstante,
no vuelven el día fijado,
prefieren que los cañones
hagan tronar su elocuencia,
persuadiendo un poco más.

Y a pesar de la masacre
no logran "ablandar” nada,
sino cuerpos de mujeres
y de niños y de ancianos,
cuando estallan las granadas
que los cuerpos despedazan,
sembrando entre los escombros
cadáveres mutilados.

Ante ese cruel espectáculo,
esa muestra de barbarie,
esa guerra tan inicua,
ese incalificable
asalto no provocado
de un país tan grande
a un país tan pequeño;
de una nación tan rica
a una nación tan pobre,
de una potencia tan fuerte
a un pueblo tan indefenso:
¡El alma de ese pueblo
siente horror, mas no se abate;
se indigna, mas cobra fuerzas
para seguir el combate!

Testimonio

De esas tropas tan funestas
(que llaman “Fuerzas de Paz").
las víctimas fueron tantas
en esas noches siniestras,
que el recordarlas espanta.
(Sirva el botón para muestra
de lo que pasa en Vietnam).
Ante tal monstruosidad
enmudece la garganta,
llora el alma sensitiva
y la pluma se detiene
en manos del escritor
cuando describir pretende,
en forma fiel y objetiva,
¡tan negro cuadro de horror!

Mas, al juicio de la historia.
la pluma que lo denuncie
no hará falta, ni palabras
que en el silencio se pierden
a poco de pronunciadas;
porque al través de su lente,
la cámara fotográfica
que, como objeto sin alma,
es insensible al horror,
con verídicas imágenes
proveerá para el mañana
el testimonio mejor.

Después de un bombardeo

Son las doce de la noche,
suenan doce campanadas;
ha cesado el bombardeo
y a reinar vuelve la calma.
Es la hora veinticuatro,
final de toda jornada;
ya no se escucha un disparo,
todo es calma, sólo calma.
(Con la aguja del reloj
le llegó la muerte al día,
y esa hora veinticuatro
a todos llega en la vida.)
Calma, calma, todo es calma;
si no, mirad ese niño
que murió mientras soñaba
arropadito en su cuna,
y acribillándole a tiros,
el reloj de su existencia
¡ay cuánto le adelantaron!
Fue su hora veinticuatro
y apenas tenía dos años...

Calma, calma, todo es calma,
todo es calma para el niño
que murió mientras soñaba
y también para ese anciano
en antorcha convertido
por una bomba incendiaria.
en el barrio de San Carlos.
(Era ya un octagenario,
y en el final de su vida,
¡cuán poco, las manecillas
del reloj le adelantaron!)

Y en calma está lo que queda
de aquella joven encinta,
en cuyo vientre estalló
potente obús de mortero...
(y ese sí que adelantó
la hora de la partida
a la joven madre en cierne
y al hijo que no nació.)

Y no muy lejos de allí,
con el cuerpo traspasado
por un casco de metralla,
otra madre se durmió
con un hijo en sus entrañas
y varios en derredor.
(Ella también quedó en calma,
pues nunca más despertó.)

durante el bombardeo

En el potro del tormento,
el corazón de las madres
sufre, pero no se ablanda;
rezan mucho, mucho lloran.
sufren de angustias mortales,
pero no le dicen nada
al hijo de sus entrañas.

Aunque no quieren que muera,
no le dicen que se rinda
ni que deponga las armas,
porque con ellas defiende,
poniendo en riesgo la vida,
la libertad de su patria.

Y el corazón de los padres,
contra aquel que bombardea,
se siente henchido de rabia;
no quiere que el hijo muera
y siente angustias mortales,
pero tampoco se ablanda
y tampoco dice nada
al hijo de sus entrañas,
al que valiente defiende
a la patria con sus armas.

Que el padre y la madre saben
que esos hijos son patriotas
y que el deber les obliga
a defender a su patria,
aunque les cueste la vida.
Y todo lo que aquí digo,
no lo digo por hablar;
lo digo porque lo siento,
que yo tengo cuatro hijos
y están todos allí dentro;
con los hijos de Machepa,
metidos dentro del cerco.

Ablandamiento

Son las doce de otra noche;
en el viejo campanario
suenan doce campanadas;
ha cesado la matanza,
ya no se escuchan disparos
y a reinar vuelve la calma.
Las tropas que masacraron
la población indefensa,
regresan a sus cuarteles
sin lograr que los rebeldes
hayan depuesto sus armas.

Que en vano esos criminales,
con una frialdad que indigna,
otra noche han cañoneado
durante agónicas horas
los barrios residenciales,
para forzar las milicias
patriotas, a que se rindan
a las hordas invasoras.

¡Acción de extrema barbarie!
Derrame inútil de sangre,
aunque a esa “táctica", el gringo,
"ablandamiento" la llame.
Operación rutinaria
que ha fracasado esta noche,
ique fracasará mañana!
pues mientras esos malvados,
ya de vuelta a sus cuarteles,
duermen en cómodas camas,
los bravos hijos del pueblo,
al rigor de la intemperie,
redoblan su vigilancia.

PARENTESIS
.
El 29 de agosto de 1965, el gobierno
americano anunció su aceptación del
convenio que ponía fin a la guerra.
Pero, sorpresivamente, en la prima noche 
de ese día las "Fuerzas de Paz"
atacaron la ciudad sitiada, siendo
rechazadas por los dominicanos, y empujados en algunos puntos más allá
de las líneas del cerco. Consciente
el Coronel Caamaño del alcance que
podría atribuirse a tales sucesos,
se traslado a los lugares de mayor
peligro y logro que sus tropas volvieran 
a sus puestos, con órdenes de
no contestar el fuego enemigo, a meno que este avanzara contra ellos.
No obstante "las fuerzas de paz"
mantuvieron el más feroz cañoneo, como aparente preliminar del ataque a
la ciudad. En vano, Bunker, el "Pato
Macho del mangoneo", pidió insistentemente a sus comandantes que hicieran
cesar el bombardeo. Ellos no le hicieron caso y los cañones tronaron
hasta pasada la medianoche, cuando el
Pentágono ordenó que se le pusiera
fin. Se dice que ese diplomático, interesado en que no se hiciera fracasar "su obra pacificadora", despertó algunos colegas del Departamento de Estado con el fin de que gestionaran la orden de cese el fuego. También se ha dicho que la razón del bárbaro e innecesario ataque, fue que al general de las tropas yanquis no le interesaba la "hazaña diplomática" de su paisano que lo dejaba a el en la penumbra: sino un sonado triunfo militar: LA TOMA
DE LA HEROICA CIUDAD A SANGRE Y FUEGO para presentarla al mundo como un hecho consumado, provocado por los rebeldes. En eso estaba de acuerdo con los
traidores líderes de la reacción criolla, empeñados en que su gobierno títere no fuera sustituido por el gobierno
provisional que debía allanar el camino a las elecciones. Pero la diplomacia del Pato se impuso.Y quizás salvo la ciudad de su total destrucción, Y salvo muchas vidas talvez. De patriotas y de invasores. Porque la moral
de los héroes que combatían tras los
restos de las viejas murallas los hubiera llevado a pelear hasta que sus
cadáveres fuera sepultados por las
ruinas.Eso y no más es lo que hubieran podido tomar los invasores: sólo ruinas. Y cierro este paréntesis para transcribir a continuación la crónica de ese día infausto y
glorioso a la vez,

 

El 29 de agosto de 1965

I

Hoy veintinueve de agosto
la mañana fue tranquila
y en la tarde no hubo nada;
la noche, con negro manto,
cubre la ciudad sitiada.

Y al amparo de la tregua
descansa el pueblo confiado,
creyendo que la promesa
de paz que anuncia la radio,
presagia el fin de la guerra.

La aurora de un nuevo día,
sin lanzamiento de bombas,
sin disparos ni explosiones...
mas, la reacción no dormía,
y apenas reinan las sombras
el trueno de los cañones
pregona su felonía.

Por doquier silban las balas
con su trágico mensaje
y un diluvio de granadas,
con perfidia de salvajes,
lanzan las cipayas tropas:

Fuerzas, de paz mal llamadas,
que los serviles tiranos
de cuatro pueblos cautivos,
en hora triste y aciaga,
al amo yanqui brindaron
para sojuzgar amigos,
para asesinar hermanos...

II

Contra la gente indefensa
el vil lacayo se ensaña;
derriba postes y alambres
y a los hospitales deja
sin luz para los heridos,
que en tinieblas se desangran
sin exhalar un quejido;
y prosiguiendo su infamia,
el torpe y cruel enemigo
mata jóvenes y ancianos,
mata mujeres y niños;
al pueblo martirizando,
con más saña que una fiera,
para rendir la ciudad;
que en su sadica quimera
piensa el verdugo extranjero
que extremando la crueldad,
el pueblo, lleno de miedo,
a los pies se irá a postrar
de un enemigo tan fiero.
Pero vano es el alarde
de la criminal empresa,
porque el pueblo sólo quiere
la muerte o la libertad:
y pasada la sorpresa,
con varonil entereza
un solo grito profiere:
¡A LAS ARMAS, A PELEAR!

III

Y a pelear acuden todos,
todos los hijos del pueblo,
tan bravos y decididos
que van sin armas algunos,
de corazón tan entero
que usan las del enemigo
o los dientes y los puños
si no cae un compañero.

Ahí viene Montes Arache
jefe de los hombres rana
y de oír sólo su hombre
el enemigo se espanta.

Cual un moderno centauro
mitad yipe, mitad hombre
galopa en potro de acero
con las pezuñas de caucho.

El bizarro coronel
cuya fama se agiganta
cuando se cuentan de él
su valor y sus hazañas,
ametralladora en mano
contra el enemigo avanza
al frente de los comandos 
legión de heróicos muchachos
y delante y a sus flancos
come una punta de lanza
Con él van los hombres rana,
¡aquellos hombre tan machos!

IV

Tras ocultos parapetos
y espinosas alambradas
se protege el enemigo
que no cesa de hacer fuego
Creyendo estar al abrigo
Del ataque de los ranas.

Y a esos fuertes parapetos 
y espinosas alambradas
desde donde el enemigo
no ha cesado de hacer fuego
se acercan los hombres rana
sin largar un solo tiro.

Respetando la consigna
de no malgastar cartuchos,
en silencio se deslizan
a lo largo de los muros,
como soldados fantasmas,
como una tropa de mudos.

¡Mas qué huracán se desata,
de plomo, fuego y coraje,
contra la horda cipaya,
tan pronto Montes Arache
dando el pecho a la metralla
se arroja audaz al ataque!

V

Tras el bravo coronel,
como aplastante avalancha,
cargan Ranas y Comandos,
que buscando la revancha
piden guerra sin cuartel
para vengar sus hermanos.

Mas los crueles mercenarios,
valientes sólo con niños,
huyen buscando el amparo
de los mayorales yanquis,
que en lugar muy protegido,
acechan a los patriotas,
con sus cañones y tanques
dispuestos al genocidio.

Sin cejar, los milicianos,
con su juvenil arrojo,
cruzan la línea cipaya
y heróicamente salvando
parapetos y alambradas,
por doquiera se dispersan
persiguiendo al enemigo
con incontenible rabia;
y así como corre el galgo
cuando persigue la liebre
sin conciencia del peligro,
esos jóvenes tan bravos
corren teniendo a su frente
la inmensidad de un abismo.
VI

Pero afortunadamaente,
hay un héroe que se siente
responsable de la vida
de esos hombres tan valientes
que defienden a su Patria
con valor casi suicida:
ES CAAMAÑO, EL PRESIDENTE,
cuya visión le revela
que la indómita QUISQUEYA
sanará de sus heridas,
SERA LIBRE Y SOBERANA
y habrá JUSTICIA SOCIAL
en su próximo mañana,
si se logra preservar
DE ESOS JOVENES LA VIDA.

El sabe que los recursos
del Pentágono son muchos;
que el mundo sólo nos brinda
su fe, su apoyo moral,
y su amable simpatía...
más nada con que pelear
y que en su codicia impía
el yanqui busca un pretexto
para poder aplastar
sin miramiento y respeto,
a todo pueblo pequeño
que exija su libertad,
y con varonil empeño
de muerte en bélico reto
se tire al monte a luchar.

VII

Por eso Caamaño avanza
con su séquito valiente
en las oscuras tinieblas,
sin más luz que la esperanza
de apaciguar a su gente
que, con razón, indignada
al ver la sangre inocente
de su pueblo derramada,
hasta saciar su venganza
quiere seguir combatiendo.

Al reventar las granadas,
con su pavoroso estruendo
le advierten que está cruzando
la antesala del infierno;
pero él sigue, desafiando
el fulgor de la metralla,
¡tan sereno, tan altivo,
con tal desprecio a la muerte!
que para el bravo caudillo
y los que en cada batalla
con él comparten su suerte:
ESA NOCHE TENEBROSA,
DE ALGODON ERAN LAS BALAS,
LAS GRANADAS ERAN ROSAS
Y ERA MENTIRA ¡LA MUERTE!

Y en medio de la hecatombe,
pese al infernal estruendo,
con voz recia, voz de hombre
que está acostumbrado al mando,
ordena que cese el fuego
y que a sus líneas retornen
todos los que están luchando,
ciegos de amor, por su pueblo.

VIII

Por respeto y disciplina
a ese jefe, tan prudente
cual valeroso a la vez,
regresan los combatientes
que, deponiendo obedientes
el furor que los domina,
van a reunirse con él.

¡Con qué orgullo y con qué pena!
Él los contempla al llegar.
Sus vidas, de gloria llenas
y de peligros están:
PORQUE ODIAN LAS CADENAS
Y ADORAN LA LIBERTAD.

La generación podrida,
sólo atenta a su interés,
por la Patria no hará nada;
mas, estos héroes, la vida,
en la ocasión necesaria,
ofrendarán otra vez.

Por tanto el deber le impone,
ya que la paz se avecina,
el velar por esos jóvenes,
pues que salvarles la vida,
en tan graves condiciones:
ES SALVAR LA PATRIA MISMA.

IX

Por su natural nobleza
Caamaño no se imagina
que en la paz que se concierta
muchos héroes morirán
al recibir por la espalda
la puñalada asesina,
en el hogar la granada,
o a la vuelta de una esquina
el tiro en la oscuridad.

Pero una voz agorera
dice que existe una agencia
más allá de la frontera,
que trama un siniestro plan.
cuya ejecución contempla
la puñalada trapera,
el tiro en la noche oscura
y la horrenda quemadura
de la bomba de napalm.

Mas la perfidia extranjera
con su despiadado plan,
su puñalada trapera
y su bomba de napalm,
no podrá, de ningún modo,
su cruel designio alcanzar:
que es hacer que mueran todos
y con la Patria acabar;
YA QUE POR MUCHOS QUE MUERAN,
SON MÁS LOS QUE VIVIRÁN...

y esos bravos milicianos,
como Caamaño previera
con profética visión,
pasarán de mano en mano
a cada generación,
LA ANTORCHA DEL PATRIOTISMO
Y UN MENSAJE DE CIVISMO,
DE AMOR POR EL SER HUMANO,
DE FE EN LA REVOLUCION.






HUERFANOS DE LA GLORIA,
SUEÑOS,
REALIDAD





Dedicatoria:
A esos héroes ignorados,
que de nadie en la memoria,
de sus hechos ya olvidados,
el recuerdo vivirá...
A esos que hacen la historia
sin presentirlo quizás.

Huérfanos de la gloria

Yo menciono pocos héroes
por sus nombres. Sólo aquellos
que son así como un símbolo
que a los demás representan.
¡Mas cuántos, muertos o vivos,
de los que aquí no se mientan,
son tan grandes como ellos!

Y puesto que es imposible
mencionarlos, por ser tantos;
recuerdo el nombre de algunos
y a todos voy recordando
como si los viera juntos.

Y por mi mente desfilan
unos, cubiertos de fama,
cuyos voceros pregonan
su heroísmo y sus proezas;
y otros, desnudos de gloria,
a quienes nadie recuerda,
a quienes nadie menciona.
A muchos, yo los conozco;
algunos, son mis amigos;
imas cuántos no tienen rostro,
no tienen nombre siquiera,
ni figuran en los libros!
Y aunque todos fueron muertos
por el amor de su tierra
¡de nadie son conocidos!

Huérfanos son de la Gloria,
que al igual que muchos niños
que al nacer, son tan fatales
que a su madre nunca vieron
junto al borde de su cuna:
esos héroes no supieron
que la Gloria fue su madre.

Sueños

Al pensar con qué injusticia
la gloria está repartida,
ese pensamiento vuelca
tanta amargura en el alma
que el pesimismo me invade;
y me digo: ¡eso no importa!
Ya dice el Ecclesiastés
que todo en la vida es nada;
que la vida sólo es
"vanidad de vanidades".

Y entonces, entristecido,
cierro los ojos y duermo;
pero el mismo pensamiento
me agobia, también dormido,
y en la ilucidez del sueño
héroe tras héroe contemplo,
como quien pasa revista
con los ojos del recuerdo,
con la mirada hacia dentro.

Y mientras así discurre
el capricho de mis sueños,
como por arte de magia
se multiplican los héroes.
Con mucha sorpresa advierto
que a la vez que eso sucede
se van borrando sus rostros
y cuánto crece mi asombro
su número va creciendo,
se borra el rostro de todos,
ya no conozco a ninguno
y en las nieblas de mi mente
dejan de ser individuos
para convertirse en pueblo.

Un pueblo de no sé dónde,
un pueblo de no sé cuándo;
que yo no puedo ubicar
en la historia ni en los mapas,
porque habita un nuevo mundo
desprovisto de fronteras;
que es sin duda el mismo pueblo
que pobló antiguas naciones
y hoy puebla toda la tierra.

Pueblo de todos los tiempos:
del pasado y del presente;
proyectado hacia el futuro
para integrar un mundo
sin fronteras materiales
que separen las naciones,
sin fronteras ideales
que separen a los hombres.

000

De repente, se produce
un extraño movimiento
en la inmensa muchedumbre,
cuando un hombre, cuyo rostro
no percibo, se me acerca
y me dice gravemente:
-Nunca el bien se ejerce en vano;
como el árbol, en sus frutos,
vive el bueno eternamente.
Abandona el pesimismo
y disipa tu tristeza,
porque al héroe no le importa
que la fama no se hubiere
desposado con su nombre.

Ni ensalzadas sus proezas
hubieran sido jamás.
¡Quién se inmola heróicamente
por la causa de los pueblos,
en la gloria de sus obras
vivirá!

Realidad

¿Despierto o sigo soñando?
La tristeza ya no siento
después de tanto soñar
nebulosos pensamientos.

Y realidad o ficción,
tan raro es mi despertar
que no sé, si en la ocasión,
estoy soñando al pensar
que el sueño fue una lección.

Sublime lección, que enseña
que un hombre, aunque sea un héroe,
es sólo un granito apenas,
y más que un grano de arena
valen las playas del mar.

Y ese ejemplo tan sencillo,
de lógica evaluación,
es el mismo que revela
esta suprema verdad:
¡mucho más que un individuo
importa la humanidad!

La miliciana

Entre las bravas mujeres
que comparten los quehaceres
.de esta guerra desigual,
resalta una miliciana
que se impone a la atención,
por su apostura marcial,
su disciplina espartana
y su noble corazón.

Con unos ojos muy verdes,
con una tez casi negra,
nariz y boca de blanca.
rizada la cabellera
y un talle más cimbreante
y esbelto que una palmera,
a los hombres vuelve locos
esta mujer de mi tierra.

Su madre, mulata criolla,
y el padre, de Andalucía,
son razones que a la fuerza
explican por qué en la hija,
ardor y gracia se mezclan
en incesante porfía
para darle tanta vida
a esa Venus de canela.

Es de admirar con qué garbo
luce el marcial uniforme
la bella estatua morena;
y si unida a los Comandos
visita las posiciones
de avanzados centinelas,
derrocha gracia llevando
el fusil en bandolera.

Como siempre se la ve
deslumbrante en su uniforme
y aunque del frente retorne
limpia va impecablemente
de la cabeza a los pies:
al verla pasar altiva,
La murmura alguna gente
diciendo que solo es
figura decorativa.

Pero en materia de amor
la lengua de la calumnia,
aunque todo lo envenena
con su perdido aguijón,
no le enrostra falta alguna,
porque no hay mujer tan buena
como esa virgen morena
de la gran Revolución.

Ella prodiga miradas
y sonrisas a granel,
quitando un poco de hiel
del cáliz del camarada
que entre combate y cuartel
vive una vida amargada;
pero nadie la vió dar
un sí o un beso, jamás.

Y al rechazar los galanes
con singular donosura,
aunque no daba esperanzas,
manaban tanta dulzura
su voz y sus ademanes,
que a nadie, las calabazas,
le causaban amargura.

Se preguntaba curiosa
la gente a su alrededor,
por qué se niega al amor
siendo tan joven y hermosa?
Pero ella, pudorosa,
no daba contestación;
porque, para sí, decía
nadie meterse debía
en ajeno corazón.

Mas, sucedió que una tarde,
muy borracho un vagabundo,
haciendo cómico alarde
delante de todo el mundo,
intentó en forma grosera
la casta virgen besar,
logrando solo rodar
de un empujón por la acera.

Y al ponerse en pie el tenorio
disimulando su inquina,
dijo a manera de burla,
"queridísimo auditorio:
esa tiene lindas plumas,
pero aunque nadie lo crea,
no es realmente una gallina,
sino un gallo de pelea".

Cuando terminó el borracho
no hubo chistes, no hubo risas;
todos fingieron no oírlo,
todos guardaron silencio;
sobre el malvado cayeron
las miradas del desprecio:
y aunque nadie dijo nada,
puede darse por seguro
que allí muriera aquel necio,
si la indignación matara.

Ruborosa la doncella,
sintiéndose avergonzada,
clavó su vista en el suelo
y el lugar abandonó
sin decir una palabra;
pero ya sola en su alcoba
con amargo desconsuelo
¡cuánto esa tarde lloró!

Con puñal de hielo herida
en medio del corazón,
en lo hondo de su pecho
sentía frío y tal dolor
que el sueño huyó de sus ojos.
y ya casi amanecía
cuando en brazos de una anciana
que la vino a consolar,
desahogándose con ella,
el misterio de su alma
ocultar no pudo más;
y en medio de su aflicción,
entre sollozos y lágrimas,
una historia le contó,
que así refiere la anciana
con su temblorosa voz:

En el tiempo que estudiaba
tenía la joven un novio
que era su adoración;
y el novio la idolatraba
con todo su corazón.

A pesar de lo improviso
como aquello sucedió,
era todo un paraíso
la vida para ellos dos...
ella estaba recibiendo
lecciones de medicina
cuando él en el aula entró,
y al verla creyó estar viendo
alguna imagen divina
y no una hermosa mujer;
mientras que ella a su vez,
enamoróse al instante
de aquel joven estudiante,
que de su pueblo natal,
también para hacerse médico
llegaba a la Capital.

El era un joven muy serio
y ella todo alegría;
y al ser él muy blanco y rubio,
y ella de oscura piel,
el pueblo al verlos decía:
se unió la noche y el día,
el pan se endulzó con miel;
que en verdad parecía él,
con sus ojazos azules,
un día claro y sin nubes,
un hermoso día de gala;
y en verdad parecía ella,
con su pelo de azabache
y sus ojos de esmeralda,
una noche con estrellas,
pero no cualquiera noche,
sino la noche más bella
de las noches estrelladas.

El novio tenía ideales
que ella no comprendía;
y entre besos dijo un día,
ebria de felicidad:
- la política es infierno,
políticos y gobiernos,
todos, todos, son iguales
en cuanto a rapacidad.
Lo demás es tontería.
Para mí todos son buenos
pues no me hieren sus males.

Creyó al instante advertir
en el rostro del amado,
tan grave preocupación,
que se apresuró a decir
en tono apesadumbrado:
-amor de mi corazón,
acaso te he lastimado?
Perdona si te ofendí.
- Vida mía! dijo, él,
Cómo ofenderme tú a mí?
Yo pensaba en algo triste,
pero tú no me ofendiste
¡mi panalito de miel!

A pesar de esas protestas,
la mala suerte dispuso
que se quedara inconcluso
aquel romance ideal;
que a pararse ante las rejas
a la hora del amor,
tras la miel de su panel,
desde esa noche fatal
el novio nunca volvió.
Y aquellas dulces caricias,
que de apretones de manos
y de besos, no pasaron,
como aquellas locas risas,
para siempre se acabaron.

Ella casi enloqueció;
y al creerse despreciada
se sintió tan humillada
que hasta al novio aborreció.
De su alcoba no salía,
pues la pobre pretendía,
en su cruel desilusión,
poder borrar enclaustrada,
el recuerdo de ese amor.

Mas, supo un año después,
que de su novio, envidioso
un tutumpote asqueroso
al que ella había desdeñado,
para vengarse la afrenta
denunció el novio a un "calié”
que aquella noche, esposado,
se lo llevó a la “cuarenta,
donde murió torturado,
pensando en ella talvez.

Cuán grande fue su agonía!
Al intenso sufrimiento
que la agobiaba, se unía
un mortal remordimiento
porque no supo entender
del novio los ideales;
y para colmo de males
haber perdido la fe
en sus nobles sentimientos.
Y al no poder resistir
aquella pena tan fuerte,
ya no quería vivir
y a Dios le pedía la muerte
con gran desesperación;
mas quiere la ley suprema,
que discurriendo las horas,
quede al final vencedora
la juventud, de la pena,
si retoña la ilusión.

Que aunque el alma esté amargada,
reverdece el sentimiento
cuando un noble pensamiento
teje su nido en el alma.

Y como entonces fue cuando
ocurrió la intervención,
al ver a su pueblo hambriento,
heróicamente luchando
por la enseña nacional:
ello fue como un fanal
que alumbró su corazón
con la luz del ideal
que a su amado hizo sufrir.
Y pidiéndole perdón
a la memoria del muerto,
juró que habría de morir
reemplazándolo en su puesto
en la lucha contra el mal.

Y es por eso que ella viste
el militar uniforme
de los soldados del pueblo;
y entre sus varias misiones,
ella alegra al que está triste
y ella cura al que está enfermo
en los momentos de tregua.
Y aunque venga abajo el mundo.
ella le brinda consuelo
a aquel que cae moribundo
en medio de la pelea.

Mas si le asalta el recuerdo
del novio que ya no existe,
desprecia todo peligro
buscando un blanco certero
para descargar su rifle
contra el odiado enemigo.

Cuando la niña acabó
esta historia de contar,
miró su faz hechicera
la anciana, y le preguntó:
-Cuándo termine la guerra,
dime, qué harás, hija mía?
Ya tú debes olvidar,
eres joven todavía,
tienes mucho que gozar...
y lo pasado, pasó.

Quedó la joven pensando,
y poco tiempo después,
con una voz muy pausada
a la anciana respondió:
-Mientras sigan gobernando
yanquis y genocidas,
tutumpotes y caliés,
no quiero gozar de nada,
ni tengo aprecio a la vida.
Cuando termine la guerra,
si no se triunfa esta vez,
treparé a la cordillera;
que si he de vivir uncida
al yugo como una res,
prefiero ser guerrillera
¡PARA MORIRME DE PIES!






COLOFÓN 
Esta primera edición de ABRIL, 
de Alfredo Conde Pausas, 
se terminó de imprimir en 
Editora Taller, C. por A., 
en el mes de abril de 1978, y consta de 1,000 (mil) ejemplares.