sábado, 30 de enero de 2021

Acuarela (3)

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Acuarela (3)

La alegría se disipaba en el rostro de mi madre y adquiría un grave aspecto de tristeza cuando pasábamos frente a la casa de una viuda a la que mucha gente negaba el saludo.

Pedro Conde Sturla
01-02-2021 00:03

Mamabuela me contó que las dos torres de la iglesia se cayeron a la una de la tarde y que a esa misma hora los habitantes del poblado de Matanzas vieron que el mar se retiraba.

Las niñas de la congregación Hijas de María y los niños del Apostolado del Sagrado Corazón de Jesús habían estado toda la mañana adorando a la Virgen y al Señor y habían salido a comer. Después comenzó a temblar la tierra y fue entonces que la iglesia se derrumbó. También se cayeron las pocas casas de mampostería que había en el pueblo. El griterío que se armó llegó probablemente a las puertas del cielo. La gente gritaba y siguió gritando durante horas por lo qué había pasado y sobre todo por lo que pudo haber pasado.

En Matanzas, a cuarenta y cuatro kilómetros de distancia, también tembló la tierra, pero no se cayó nada porque no había nada que pudiera caerse. Los pobladores vieron que el mar se retiraba y ellos hicieron lo mismo. Empezaron a correr en dirección contraria. Gritaban y corrían hacia lo alto, mientras el mar se retiraba despacito. Seguirían gritando cuando vieron desde lejos que el mar volvía de su retiro con el ímpetu de una bola de cañón y se tragaba sus frágiles viviendas. Lo único que se salvó fue la iglesia, quizás porque estaba asentada sobre pilares más firmes. El mar la arrancó, la removió, pero no pudo llevársela y la dejó sobre el parque, lo que había sido el parque, casi a manera de ofrenda.

Un día después llegó un camión cargado de vacacionistas demacrados, un grupo de familias del pueblo que había estado disfrutando de los encantos de la playa de Matanzas en el momento del desastre y todavía no se reponían del susto. Traían el miedo pintado en las caras, el hambre y el cansancio. Los huesos molidos al cabo de tantas horas por un difícil camino vecinal.

En cuanto a los habitantes de Matanzas, después de mucho llorar por la pérdida de sus hogares y sus bienes, fundarían en un lugar cercano otro poblado al que llamarían Matancitas. Pero la playa había dejado de existir.

En el caserón de madera de la familia se habló mucho sobre los sucesos de ese día, que permanecieron en la memoria colectiva como una mancha indeleble. Muchos reían, al recordarlo, y otros lloraban, pero nadie era indiferente.

Parque de San Francisco de Macorís, 1917

Las ruinas de la iglesia, que se hallaban a un costado del parque, ocupaban una cuadra entera y estuvieron durante años en el abandono. La gente esperaba que algún día serían removidas y se construiría otro templo. Cuando por fin lo hicieron el terreno se usó para ampliar el parque. El parque sería más grande, pero nunca volvería a ser tan bonito como en la época en que estaba sembrado de robles y conservaba su glorieta victoriana.

Los domingos y días de fiesta venía gente de diferentes sitios y el lugar se abarrotaba de campesinos y forasteros. En esos años y durante muchos años hubo una epidemia de inmigrantes y refugiados. Había españoles, catalanes, unos cuantos italianos y sobre todo árabes del Líbano, algunos de Siria. Otros serían palestinos a quienes los judíos habían despojado de sus tierras. A los tres últimos les llamaban turcos porque sus países habían estado dominados por los turcos y habían venido al país con pasaporte turco, y turcos serían durante mucho tiempo. Algunos, entre los más viejos, no aprendieron el idioma y terminaron olvidando el suyo.

Era gente afable y laboriosa que profesaba la religión católica maronita en su mayoría y se adaptó fácilmente a la irrealidad del paisaje cotidiano. Más de uno hizo fortuna o por lo menos dinero suficiente para vivir una vida sin sobresaltos, aparte del sobresalto de vivir.

Los matrimonios de conveniencia dieron origen a más grandes fortunas y dieron, sobre todo, mucho que hablar. A los hijos, nacidos y criados en el lugar, no les hacía gracia la conveniencia y empezaron a rebelarse más temprano que tarde. Aun así, muchachas jóvenes y bellas y amoratadas se vieron muchas veces frente al altar al lado de hombres viejos y desvencijados y ricos. Las arrastraban a la iglesia unas matronas decididas y robustas a fuerza de sanos consejos, de muchos sanos empujones, nalgadas y bofetadas o simplemente cargadas. Las inmolaban en el altar. Era lo que se llamaba una boda a la turca.

En aquella época mi madre me llevaba de vez en cuando a casa de las hermanas Vanderhorst cuando veníamos de vacaciones al caserón de madera. Quizás me llevó una sola vez pero la experiencia fue tan grata y tan intensa que se multiplicó en la memoria, se convirtió el pálido recuerdo en imágenes acristaladas que conservo mentalmente como en una especie de caleidoscopio.

Me gustaba ir porque la casa quedaba cerca del río, sobre el permanente rumor del río que siempre me producía una agradable sensación de bienestar, y porque me gustaba verlas haciendo canquiñas con su manos mágicas. Algo tenían de virtuosas las manos de esas mujeres simpáticas y cariñosas que transformaban el azúcar como si el azúcar les debiera obediencia y se doblegara a su voluntad. El azúcar en el caldero se fundía con un aroma delicioso, empezaba a cobrar cuerpo, a cobrar vida y cambiaba de color en un abrir y cerrar de ojos, se convertía en una deliciosa masa elástica que amasaban con tesón, casi con ternura. Lo mejor era cuando dividían esa masa en pedazos y los arrojaban sobre un clavo clavado a un poste de madera, lo trenzaban como se trenzan el pelo de una adolescente hasta que se convertía en una delgada y larga barra quebradiza, blanca roja y azul, que cortaban en pedazos. Lo mejor, en verdad, era cuando me brindaban uno de esos pedazos y le daban otros a mi madre para llevar.

El camino de regreso era tan largo como el camino de ida, pero en la ida caminábamos cuesta abajo y en la vuelta botábamos el bofe y llegábamos cansados, resoplando.

La alegría se disipaba en el rostro de mi madre y adquiría un grave aspecto de tristeza cuando pasábamos frente a la casa de una viuda a la que mucha gente negaba el saludo. Vivía a una cuadra del caserón de madera y pertenecía a una familia de apellido Perozo. Lo que quedaba de ella. Una viuda y una hija, un hijo que no tendría catorce años, otro menor y otro mayor. El minotauro había hecho matar al esposo y otros miembros de la misma familia, incluyendo a tres hermanos. La había casi exterminado. Y con saña, con infinita saña.

El segundo de los varones se llamaba José Luis Perozo Fermín y le decían Pichí y le decían el Perocito. Nadie podía anticipar entonces lo que le esperaba en una de esas curvas trágicas de la vida. El minotauro era implacable, se vengaba sistemáticamente de sus enemigos y desafectos, y designaba a sus familiares como enemigos y desafectos para seguir cobrando venganza. Aún así, daba trabajo imaginar que desataría su ira contra un adolescente que sólo tenía culpa de haber nacido. El mundo, en esa época, parecía a veces una pesadilla de la que no se podía despertar.

viernes, 22 de enero de 2021

Acuarela (2)

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Acuarela (2)

La fama de Ludovino lo precedía. Tenía modales de caballero, mucha finura en el hablar, y escogía a sus víctimas sin apasionamiento. Era alguien que mataba por matar, un cancerbero. Medio mundo conocía la historia de unos presos a los que había metido en sacos de yute y arrojados al mar.

Pedro Conde Sturla25-01-2021 00:03

Todos los años, y a veces dos veces al año, el minotauro venía de visita al pueblo y el pueblo se ponía de fiesta por fuera y se ponía de luto por dentro. Su llegada nunca era anunciada públicamente, pero se podía presentir, se podía oler, se podía percibir en el nerviosismo y el miedo que invadía a los funcionarios civiles y militares con varios días de antelación. Ademas, en la iglesia comenzaba a entrar una brisa caliente, malsana, se apagaban los velones y se derretían los cirios y los feligreses se sentían incómodos. El cura párroco sospechaba de una presencia maligna.

Por lo demás, en cada rincón del pueblo se extremaba la limpieza, la recogida de basura y animales muertos, y se pintaban las escuelas y edificios públicos. Salvo el mercado, que era siempre un asco, el lugar quedaba oloroso y resplandeciente, en especial el local del Partido Dominicano.

Al igual que en otros pueblos del país, el minotauro se hospedaba junto a su escolta de guardias pretorianos en el local del Partido Dominicano, un edificio antipático y cuadrado de dos plantas por cuyo frente la gente evitaba pasar. Había otros iguales, aunque de diferentes tamaños, en las poblaciones más importantes. Y en cada uno había una maciza columnata a la entrada, un vestíbulo de generosas dimensiones, amplias oficinas, un salón de actos y algunas celdas enrejadas, primorosamente enrejadas.

Pero su aspecto era engañoso. En el segundo nivel, al que sólo unos pocos tenían acceso, había unas insospechadas habitaciones de lujo, una discreta suite con las indispensables comodidades para que el minotauro se sintiera a gusto. Allí pernoctaba, bebía, se emborrachaba, se alimentaba con las más tiernas doncellas, daba órdenes de vida y de muerte mientras todos a su alrededor temblaban como gelatina.

La llegada del minotauro despertaba siempre curiosidad porque la mayoría de la gente, en especial los más chicos, sólo lo conocían por fotos. Una fotografía, en particular, que se encontraba en los lugares públicos y con la que estaban familiarizados. Era una foto a color, los colores chillones de las fotos retocadas de esa época, con la imagen de un minotauro rozagante de mejillas rosadas, mejillas suaves y rosadas que invitaban al tacto, de piel tan suave como nalga de niña. Como la piel de un melocotón.

Mamabuela fue a verlo una vez porque no tenía nada que hacer, pero no se atrevió a acercarse. Desde lejos advirtió algo que nadie advertía. Sobre los hombros del minotauro sobrevolaba un pájaro malo que la llenó de terror. Instintivamente se hizo la señal de la cruz. Al regresar al caserón le dijo a todos sus familiares que no salieran a la calle ese día y nadie salió ese día.

La presencia del minotauro alteraba la rutina y la modorra provincial de los pobladores, las horas y los horarios de acostarse, de dormir y levantarse. Todo empezaba a girar a su alrededor. En una ocasión, sin que nadie pudiera explicárselo, las manecillas de los relojes empezaron a moverse en sentido contrario y no se detuvieron hasta las tres en punto de la madrugada. La hora del diablo.

Nada volvía a ser igual durante los días que pasaba en el lugar, engordando al ganado con su ojo de amo. Los empleados públicos y privados, los dirigentes políticos locales, los estudiantes de las escuelas primaria y secundaria, los campesinos y los obreros acudían voluntariamente o eran arreados como ganado en presencia del minotauro, que era como estar en presencia de un dios. Se les permitía verlo de cerca cuando inauguraba una obra o cuando simplemente caminaba en compañía de sus guardaespaldas y aduladores, y se les permitía aclamarlo, vitorearlo, aplaudirlo sin cesar.

Durante su última visita causó, sin embargo, una ingrata impresión entre las estudiantes de secundaria. La mayoría estaba acostumbrada al minotauro rozagante de mejillas rosadas que aparecía en la foto, pero el que pasó frente a ellas a pocos metros de distancia no se le asemejaba. Llevaba una máscara, un Panqueque Max Factor, un maquillaje tan espeso como si se lo hubieran aplicado con una plana de albañil. El minotauro que pasó frente a ellas, con un ceñido frac, tampoco pudo permanecer mucho tiempo a la intemperie porque el maquillaje se reblandecía a vista de ojo en el candente sol del mediodía. No lo podían creer. No era creíble. Nada parecía real, bajo aquel cielo inclemente que de nadie se compadecía. Vivíamos en un escenario absurdo,  alucinante y distante como una pesadilla. Realmente lo era.

Aparte del minotauro, también venían al pueblo los circos y las compañías de teatro y de zarzuela varias veces al año. Una vez fui a un circo que no parecía circo. Era un circo de fenómenos, sin monos ni leones ni elefantes, ni trapecistas ni payasos. Algo deprimente. Había una mujer con la cabeza del tamaño de una naranja, había un gigante que se serruchaba el talón de un pie con un serrucho sin hacerse daño, había un traga espadas que se tragaba espadas lumínicas y se le veían todos los órganos del cuerpo. Había también una mujer que caminaba en cuatro patas, pero no me la dejaron ver.

Las compañías de teatro y de zarzuela venían muy seguido porque era la época de la guerra y los artistas se morían de hambre en Europa. Una vez, una compañía de teatro española emprendió una gira que duró un año por los más intrincados parajes del país. Presentaban una obra llamada El conde Danilo, que tuvo un éxito enorme. Ese año, a los niños que nacieron en esta tierra les pusieron por nombre Danilo. Una epidemia de Danilos.

Los circos y las compañías de teatro y de zarzuela iban y venían, pero el minotauro estaba siempre de alguna manera presente en cualquier parte. La radio y los periódicos lo mencionaban cada día. En las oficinas públicas, en las escuelas y el hospital, en la sala de muchas casas y otros sitios imaginables colgaba una foto del rozagante minotauro. Sus frases famosas ocupaban paredes enteras. Había bustos suyos ceñudos y severos en los lugares más impensados. La graciosa glorieta victoriana del parque había sido demolida y sustituida por una monumental estatua del minotauro. Donde quiera que fueras sentías la mirada del minotauro.

En la sala de la casa condal, la del abuelo catalán, sólo había fotos familiares. Hasta que en una ocasión se apareció el menor de los hijos con el rostro demudado y sudoroso. Traía un retrato enorme, en blanco y negro, un retrato recién salido de la imprenta, que olía a tinta fresca y lo colgó en la sala, en un lugar muy visible. Un retrato del minotauro en todo su esplendor.

La indignación del patriarca catalán no tardó en hacerse sentir. Estalló de ira. La ira de los justos. En esta casa no se le rinde culto a tiranos, yo me fui de España huyendo de la tiranía, no lo voy a permitir.

Pero esta vez haría una excepción. El hijo menor le explicó que habían nombrado un nuevo jefe de la policía. Cuando le dijo el nombre, que parecía un vomitivo, el patriarca palideció. El retrato del minotauro permaneció en su lugar.

La fama de Ludovino lo precedía. Tenía modales de caballero, mucha finura en el hablar, y escogía a sus víctimas sin apasionamiento. Era alguien que mataba por matar, un cancerbero. Medio mundo conocía la historia de unos presos a los que había metido en sacos de yute y arrojados al mar.

Matar era su vicio y su lisio, era su tarjeta de presentación. Para empezar, sólo para empezar, cada vez que lo nombraban en un cargo hacía matar a alguien.

Un día después de su llegada, un empleado del tribunal de tierra recientemente  ascendido apareció ahorcado y con el rostro desfigurado.

miércoles, 20 de enero de 2021

Gregorio Urbano Gilbert

Pedro Conde Sturla




Docenas de corresponsales y medios de prensa de muchos países cubrieron el evento que era un abierto desafío, casi una provocación, una imprudencia, pero teníamos que mostrarle al mundo que seguíamos vivos, coleando, en pie de guerra, y que teníamos el apoyo de multitudes que arriesgaban la vida para demostrarlo.

Habló mucha gente en la manifestación, habló Caamaño, varios compañeros del Catorce, funcionarios del gobierno, y recuerdo en especial –de un modo particularmente vivo– 
que habló también un personaje con aura de leyenda, casi desconocido, un casi olvidado símbolo nacional, la encarnación del honor patrio. Había nacido en 1898 y se llamaba Gregorio Urbano Gilbert.
En 1916, durante la primera intervención armada del imperio, ya era un muchacho de recia determinación, del tipo que se juega la vida a una sola carta, y sintió la sangre hervir cuando se enteró del desembarco de tropas norteamericanas en el puerto de San Pedro de Macorís. En ese momento tomó la decisión más trascendental de su vida.
Con un pequeño revolver y unas cuantas municiones se presentó en el muelle, estudió brevemente la situación, y se acercó a un grupo de oficiales que desembarcaban alegremente.
Alegres y arrogantes desembarcaban hasta que vieron a aquel muchacho solitario que los encañonaba con tan firme determinación, gritando palabras que no entendían y disparando con tan buena puntería, tumbándoles la alegría y la arrogancia, matando a un oficial, hiriendo a tres, provocando un desorden, un pánico mayúsculo, una desbandada tan aparatosa que le permitió escapar a la carrera, salir vivo sin un solo rasguño.
Después de mucho aventurar, en 1928 se integró a las guerrillas de César Augusto Sandino que combatían contra los norteamericanos en Nicaragua. Se distinguió en la refriega con grado de capitán y fue miembro del mando superior del ejército sandinista. En una memorable foto, aparece junto al estado mayor del bien llamado general de hombres libres. César Augusto Sandino.
Aquel 14 de junio estaba allí, en la tribuna, armado y decidido a continuar su lucha. A los sesenta y siete años, Gregorio Urbano Gilbert había regresado a las filas. Es uno de los más bragados y afortunados de nuestros héroes. 
Ese es el tamaño del personaje, un héroe antiimperialista cuya memoria hoy pretende agraviar un gobierno entreguista.

Uno de esos días de abril
La debacle
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viernes, 15 de enero de 2021

Acuarela (1)

Acuarela

El baño y la letrina siempre estaban ocupados y casi todo el tiempo había filas larguísimas de gente a medio vestir o vestida con batas desaliñadas, envuelta en toallas y otras indumentarias, y con jabón de cuaba y papel de periódico en la mano.

El pueblo es ahora en mis recuerdos una bruma delgada y apacible, es un bosquejo borroso, es un paisaje frágil de espumosa niebla que a fuerza de tanta desmemoria no tiene casi nombre ni contorno, unas calles trazadas a cordel, muy pocas calles, un parque bucólico y frondoso como solían ser los parques pueblerinos, retretas los domingos y días de fiesta.

En derredor del parque había un rumboso club de baile y un club de damiselas, un restaurante chino, una casa condal donde vivía un conde catalán, un llamado palacio del ayuntamiento, el lúgubre cuartel de la policía y un deslumbrante cine. El cine Carmelita y su letrero lumínico que parecía una cosa del otro mundo, con millones de luces parpadeantes que zumbaban con un zumbido que atraía a la gente indecisa (como los cantos de sirena de la Sabana de San Diego) cuando la película iba a comenzar.

En algún otro lugar había un mercado sucio y maloliente donde mataban los cerdos y las gallinas y los chivos en presencia de los compradores, había una escuela pública, una fortaleza inexpugnable sobre un barranco que daba al río, más arroyo que río, un montón de guaguas que iban todo el día y toda la noche hacia la capital y Julia Molina, las gallinas y  los chivos amarrados por las patas y colgando de las ventanas, los chivos muriéndose en vida con una extraña resignación, a veces berreando sin cesar y sin que nadie les pusiera caso, un régimen de terror. Eso recuerdo.

Ahora, como dije, es más que pueblo un paisaje, un delgado paisaje que apenas puedo definir en el temblor de las palabras, una borrosa acuarela, un espejismo, un paraje desvaído en una vana geografía que hoy no alcanzo a determinar, quizás a medio camino entre Comala y Macondo.

Recuerdo, sí, que toda la tierra entonces estaba sumergida entre bosques de cacao y café a la sombra de amapolas florecientes, plantaciones interminables de plátanos y guineos, inmensos arrozales, vacas rumiando a la sombra del samán, el prado de samanes interminables en la finca de los Aguayo.

Había también un río que serpenteaba por los montes, que se convertía en hondonada a su paso por el pueblo, que a veces no era río sino arroyo y a veces un torrente desbordado. Recuerdo la poza de los Vanderhorst, donde se bañaba tanta gente, y un extraño lugar en las afueras llamado Rabo de Chivo y otro llamado el Hoyo de Lala. Pero a la Sabana de San Diego nunca fui. Allí vivían mujeres de costumbres exóticas. Sirenas que atraían a los hombres y muchachos a la perdición.

Lo demás es un recodo de querencias familiares en el laberinto de la memoria, entre las infinitas curvas de la vida y la mirada inocente de una infancia remota. Allí está, por ejemplo, la espigada residencia de los abuelos paternos, esta la casa de los juguetes mágicos de la familia Moreno Martínez, y más que nada está el caserón de madera de la familia materna, el patio enorme, la mata de mangos  mameyitos, las aguas cristalinas de una cuneta que atravesaba el patio y moría en la letrina, las jicoteas que caminaban indolentes por la cocina. Pero sobre todo la habitación de Mamabuela, los besos de Mamabuela, los santos de la habitación de Mamabuela que se cambiaban de lugar, la velas y velones siempre encendidos. El marinero ahogado que se paseaba por todas las habitaciones con su uniforme de marinero genovés.

Nada había sido fácil desde la muerte del padre. El padre de familia era contable y había muerto a destiempo. Se murió de repente antes del día 25 y su empleador, que era el hombre más rico del pueblo, le descontó del salario de treinta pesos los días que faltaban para cobrar. Dejaba tres hijos y tres hijas en la orfandad, dejaba a la esposa viuda con una carga superior a sus fuerzas.

El mayor de los varones se había graduado de médico y se había echado encima casi toda la carga familiar, con ayuda de sus hermanos y hermanas. Las mujeres hacían dulces que sus hermanos salían a vender, lavaban ropa, reparaban prendas de vestir, hacían de tripas corazón y de una u otra forma llegaba la comida a la mesa. Las cosas mejorarían a la larga y entonces comenzaron a llegar los primos y las primas.

Muchos de ellos venían frecuentemente de visita o se habían quedado a vivir. Un pequeño ejército de parientes más o menos cercanos y algún otro que nadie conocía y que quizás no era pariente. Un infiltrado.

A veces eran tantos que en algunas camas tenían que dormir atravesados de cinco en cinco, cuidando de que los pies ni las cabezas tocaran el suelo para que los ratones no les comieran los dedos o los cabellos.

El baño y la letrina siempre estaban ocupados y casi todo el tiempo había filas larguísimas de gente a medio vestir o vestida con batas desaliñadas, envuelta en toallas y otras indumentarias, y con jabón de cuaba y papel de periódico en la mano. Para peor, durante la noche no podían salir al patio después de la hora de las ánimas y tenían que usar bacinillas, pero las bacinillas tampoco daban a basto para tantas personas, y cuando se llenaban había que arrojar los desperdicios por las ventanas o conservarlos en algún recipiente hasta el día siguiente.

Mamabuela, en cambio, tenía una bacinilla de mármol de Carrara para ella sola, una bacinilla de lujo con motivos ornamentales que sólo usaba en ocasiones especiales, las pocas veces al año en que tenía que aliviar el cuerpo. Pero lo que brotaba de su desmirriada anatomía era una hojarasca pajiza que se convertía casi de inmediato en polvo en contacto con el aire, una substancia etérea que Mamabuela limpiaba con un plumero y se disipaba con un extraño olor a santidad al más leve soplo de la brisa. Después volvía a colocar la bacinilla en su lugar de honor, entre las filas de velones encendidos y santos de su altar, y no la utilizaba para otra cosa. La única vez que orinó en el pesado y preciado recipiente, el mármol se manchó y cogió un olor pegajoso a difuntos, y Mamabuela tuvo que pasarse varias horas frotándolo con jabón y con lejía para devolverle su virginidad marmórea.

Como no estaba dispuesta a hacer fila para ir a la letrina, adquirió la costumbre de  depositar las aguas menores en la cuneta de aguas cristalinas, y lo hacía a la vista de todos, sin que nadie se diera cuenta en principio. El truco consistía en hacerse la disimulada, pararse sobre la cuneta con las piernas abiertas para que el pesado faldón ganara amplitud y orinar discretamente de pie. Cuando terminaba sacudía las caderas con la misma pretendida discreción y regresaba muy oronda a la habitación, que se encontraba al final del pasillo que daba al patio, una especie de anexo adosado al caserón. Eso sí, desde que llegaba la noche se encerraba con sus santos y sus muertos, y cualquier tipo de necesidad la postergaba hasta la salida del sol.

A la hora de comer también se producían congestiones de tráfico. Se sentaban, por turnos, por los menos catorce personas a la mesa y los que no cabían se llevaban sus platos al patio y se acomodaban a la sombra del mameyito.

Una vez, la muchacha de servicio recién llegada preguntó si el marinero no iba a comer con los demás. Le dijeron que no. Sólo estaba de paso y no comía. Era el difunto esposo de Mamabuela, el que se había ahogado en las aguas de Liguria muchos años atrás. La muchacha pensó que era una pena. Tan buenmozo y simpático. Y además parlanchín. Se lo encontraba siempre cerca de la cocina, pero no entendía lo que decía.

sábado, 9 de enero de 2021

Las vacaciones del sátrapa (3 de 3)

Las vacaciones del sátrapa (3 de 3)

Las clases serían suspendidas y los estudiantes acudirían a recibir al padre de la patria. Sus cortesanos lo recibirían con todos los bombos y todos los platillos. Por si fuera poco, sus aliados imperiales le habían proporcionado a la bestia como escolta un poderoso destructor de la marina norteamericana, un acorazado intrépido, como el del poema de Pedro Mir.

Después de su breve estadía parisina, la bestia se embarcó con sus familiares y su comitiva en una gira por el Mediterráneo y visitó algunas ciudades del sur de Francia y de su amada España, la putativa madre patria española. Pero España en esos momentos estaba sufriendo la resaca de la guerra civil, con toda la secuela de horrores imaginables, y apenas se notó su presencia. Muy diferente serían el reconocimiento y los honores que se le tributarían en su visita triunfal de 1952 a ese mismo país. El generalísimo Franco lo recibiría personalmente, se darían en público un abrazo de oso que pareció excesivo para la frágil contextura del Caudillo, desfilarían por las calles de Madrid, los diarios y noticieros hablarían de la rancia estirpe hispánica que denotaban los nombres y apellidos del ilustre visitante. Pasearía, la bestia, su sonrisa de hiena por todos los escenarios. Hizo, desde luego, el ridículo luciendo en todo momento el bicornio emplumado del que todos se burlarían en voz baja.

A principios de septiembre las vacaciones tuvieron un final inesperado. Estalló la guerra, la anunciada y muy prevista guerra. La segunda gran carnicería mundial que en menos de seis años convertiría gran parte de Europa en una humeante hoguera.

La bestia era de convicciones pacifistas cuando se trataba de poner en riesgo su propio pellejo y optó por emprender de inmediato el viaje de regreso. Y regresó, por cierto, en un carguero, un enorme buque que no le ofrecía el lujo del yate Ramfis, pero  sí mayor seguridad y rapidez. Poco más de una semana duró el viaje que tenía como destino a la misma ciudad de Nueva York donde había sido tan bien tratado. De hecho, sus amigos en las altas instancias del poder imperial lo recibieron más o menos con la misma cordialidad que la primera vez. Lo invitaron a Chicago a conocer las grandes industrias, lo invitaron a Washington donde se entrevistó con su cofrade Cordell Hull, aprovechó para hacerse un chequeo médico en una prestigiosa clinica, y se encontró en Miami con un antiguo aliado que había emprendido la ruta del exilio. Un hombre amargado y roto y empobrecido, como lo define Crassweller, el hombre que en gran parte había contribuido a llevarlo al poder: Rafael Estrella Ureña. La bestia no agradecía favores, pero se compadeció, en apariencia, de la situación por la que atravesaba Estrella Ureña o quizás simplemente vió una oportunidad de infligirle nuevas humillaciones y desplantes, y lo invitó a regresar a país. El iluso Estrella Ureña aceptó la propuesta y la bestia lo trajo en yate, a él y a su hermano, como si fuera un botín de guerra para mostrar a sus amigos y enemigos. Después lo nombró en un cargo, después lo metió preso, después lo volvió a nombrar. Finalmente lo hizo morir, según se dice, durante una operación quirúrgica rutinaria. La bestia era implacable con sus enemigos, y sobre todo con los que habían sido o fingido ser sus amigos.

Estancia Ramfis, hoy sede del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Dominicana.

El regreso de la bestia al país, después de sus merecidas vacaciones, había sido planificado como una marcha triunfal, como si se tratara del regreso de un general victorioso y cubierto de gloria en el campo de batalla. Una especie de apoteosis. Para tal efecto se había dictado una ley que proclamaba el 30 de octubre, el día establecido para la llegada del perínclito, como fiesta nacional. Los empleados públicos contribuyeron generosamente con un diez por ciento de sus salarios a sufragar los gastos del magno evento. Ciudad Trujillo se cubrió de gala, con banderas y guirnaldas y floridos arcos de triunfo por doquier. Las clases serían suspendidas y los estudiantes acudirían a recibir al padre de la patria. Sus cortesanos lo recibirían con todos los bombos y todos los platillos. Por si fuera poco, sus aliados imperiales le habían proporcionado a la bestia como escolta un poderoso destructor de la marina norteamericana, un acorazado intrépido, como el del poema de Pedro Mir.

Algo, sin embargo, salió mal. La bestia regresó un día antes de lo que se había anunciado y regresó de mal humor, más bien de pésimo humor, y se encerró en la Estancia Ramfis, una de sus tantas residencias. No se conoce con exactitud el motivo de su enojo, pero algo tuvo que ver el hecho de que se enterara de que alguno de sus fieles servidores se había atrevido a meterse en su propio bolsillo cierta suma de dinero destinada a financiar los muchos actos de celebración de su regreso. Alguien se había atrevido a robarle a la bestia y el robo, desde luego, no quedaría impune. Rodarían cabezas, por supuesto. Literalmente cabezas.

Para peor, unos meses después, la bestia recibiría un desaire involuntario por parte de la persona de la que menos lo esperaba. El presidente Peynado se murió sin pedírselo, se murió sin su consentimiento. Peynado nunca se alteraba o parecía alterarse, se lo impedía al parecer su peculiar sangre de maco, su extraña sangre fría. Pero es posible que a la larga el cargo contribuyera a acortarle la vida. Abandonó el puesto, tal vez contra su voluntad a mitad del periodo presidencial. Su salud se había deteriorado a causa de la diabetes y antes de morir tuvo que sufrir la amputación de una pierna, pero es posible que ya tuviera amputada el alma. Con su muerte le hizo, eso sí, el único desplante de su vida a Trujillo. Murió el 7 de marzo de 1940, al parecer amargado, afectado por la depresión. Pero una vez que murió, la bestia le rindió todos los honores de estado que correspondían a un gran estadista.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [54]

https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator