sábado, 27 de junio de 2020

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (12): Un bosquejo de familia

Pedro Conde Sturla
26 junio, 2020
Mark Twain y su amigo en Quarry Farm, John T. Lewis. 

Uno de los personajes inolvidables de “Un bosquejo de familia” —si acaso no lo son todos—, es el negro George, aquel esclavo liberto que había ido a la casa de los Clemens “a limpiar unas ventanas y se quedó casi la mitad de una generación”. Mark Twain dice que “no había nada de común en él” y que era una persona muy apreciada y respetada en toda la comunidad de Hartford. George tenía habilidad para los negocios, era un exitoso apostador y también prestamista (entre muchas otras cosas), y logró hacerse modestamente rico hasta que se hizo rico sin modestia.

Durante un período en que los Clemens se establecieron en Europa, dejó el servicio doméstico y consiguió trabajo de camarero en un exclusivo Club. En realidad, más que camarero terminó siendo banquero o mejor dicho usurero (que viene siendo lo mismo), de acuerdo a lo que dice y parece celebrar Mark Twain:
“Había estado sirviendo como camarero varios años en el Union League Club, haciendo de banquero para los otros camareros, cuarenta en total, y de su propia raza. Les dejaba dinero al mes a un interés muy alto y como fianza se llevaba la prueba escrita en los cheques de sus futuros salarios donde se incluía la deuda y el interés.
También prestaba a hombres blancos de fuera sin otro tipo de fianza más que dos relojes de oro y diamantes. Tenía como un sombrero entero de estas baratijas en la caja fuerte del Club. Los tiempos que corrían eran tiempos de desesperación, el fracaso y la ruina estaban en todas partes, el dolor aparecía en cada rostro; yo no había visto nada igual en mi vida y no he vuelto a verlo desde entonces. Pero el arca de George flotaba serena sobre las aguas turbulentas, sus dientes blancos brillaban a través de su agradable sonrisa de antaño; era una persona próspera y feliz, casi la única así de establecida que conocí en Nueva York”.
En ese lugar trabajó hasta el día de su fallecimiento. Y la forma en que Mark Twain maneja este acontecimiento, asociando el dolor que le produce el deceso de George a la pérdida de su hija Susy, es sorprendente y reveladora. Es, sin duda, una muestra de la extraordinaria densidad humana del gran escritor:
“Estuvo sirviendo allí hasta su muerte en 1897, manteniendo fielmente una correspondencia con nuestra familia todo ese tiempo y devolviendo con intereses todo el cariño que los niños sentían por él. Susy dejó este mundo un año antes de que George muriera. Él estuvo cumpliendo sus deberes en el Club hasta la medianoche del 7 de mayo. Fue entonces cuando se empezó a quejar de un dolor en su corazón y se acostó. Lo encontraron muerto a la mañana siguiente. Nosotros vivíamos en Londres por aquel tiempo. Pronto me enteré de lo que había pasado, pero se lo oculté a la familia tanto tiempo como pude, teniendo en cuenta que la medianoche de la pérdida de Susy aún se cernía sobre ellos y habrían sido incapaces de soportar otra pena añadida. Sin embargo, a medida que fueron pasando los meses y no recibíamos ninguna carta de George en respuesta a las suyas, se empezaron a inquietar e iban a escribirle otra vez para preguntarle qué pasaba cuando yo no tuve más remedio que hablar”.
Otra de las historias entrañables del pequeño y jugoso libro de Twain concierne al tema de la educación de los sentimientos y el amor y respeto por los animales. De hecho, toca una fibra muy sensible que no deja indiferente a ninguna persona de concepto cuando se pronuncia contra la crueldad y el maltrato que sufren esos seres a los que hemos condenados históricamente a una especie de infierno. Es sobrecogedora la descripción de cómo apaga la vida y el canto de un ave tan inofensiva como inocente. Una que cantaba “desde la inocencia de su corazón. Es maravillosa su idea de una educación o pedagogía natural a la que contribuyen tanto los padres como los amigos, libros y maestros, sirvientes, visitantes, perros y gatos, amén de los múltiples sabores y sinsabores de la vida. Eso que llama “El incansable y sempiterno impacto de influencias externas en la construcción de la personalidad”... :
“Como ya he indicado, la señora Clemens y yo, y la señorita Foote, la institutriz, éramos los educadores de los niños -unos particularmente conscientes e intencionados, con diferentes grados de eficacia y cada uno dentro de sus posibilidades. Y nuestra labor se veía reforzada por una multitud de involuntarios y accidentales formadores como, por ejemplo, sirvientes, amigos, visitantes, libros, perros, gatos, caballos, vacas, accidentes, viajes, alegrías, penas, mentiras, calumnias, oposiciones, persuasiones, seducciones del bien y del mal, traiciones y fidelidades. El incansable y sempiterno impacto de influencias externas en la construcción de la personalidad, que empiezan su enérgico asalto en la cuna y que solo pueden acabar en la tumba, se sumó a nuestros esfuerzos. Los libros, el hogar, el colegio y el púlpito pueden y deben encargarse de dirigir —es su limitada pero noble y poderosa tarea— mas los numerosos inconscientes educadores hacen el trabajo de verdad, y sobre ellos los responsables superintendentes no tienen mucha supervisión ni autoridad.
“La enseñanza consciente es buena y necesaria, y en cientos de ejemplos cumple su propósito, mientras que en cientos de otros fracasa, y si el objetivo se alcanza de alguna manera, es mediante algún otro agente o influencia.
Supongo que en una mayoría de casos los cambios se dan en nosotros sin que nos demos cuenta de ellos en el momento, y más adelante en la vida le damos el mérito de ellos si es que es mínimamente creíble, a mamá, al colegio o al púlpito. Pero sé de un caso en el que algo cambió dentro de mí por medio de una influencia externa -ahí donde la enseñanza había fallado—, y yo fui plenamente consciente de esta alteración cuando ocurrió. Y así pues, sé que el hecho de que en más de cincuenta y cinco años no haya lastimado gratuitamente a ninguna criatura muda no se debe a mi hogar, al colegio ni al púlpito, sino a una influencia externa momentánea.
Cuando yo era solo un niño, mi madre pedía clemencia para los peces y los pájaros e intentaba persuadirme de que les perdonara sus vidas, pero yo seguía matándolos sin inmutarme. Hasta que un día disparé a un pájaro que estaba posado en un enorme árbol y que, con su cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, entonaba una agradecida melodía desde la inocencia de su corazón.
El pobre se desplomó, aleteando con delicadeza hasta caer tieso y desolado a mis pies, su canción apagada y su inofensiva vida extinguida. Yo no tenía necesidad de matar a esa inocente criatura, la aniquilé por capricho y sentí entonces todo lo que un asesino siente: la tristeza y el remordimiento cuando el hecho le persigue hasta su casa y él desea que ojalá pudiera volver atrás y así limpiar otra vez sus manos y su alma de las impurezas de una sangre acusadora. Un apartado de mi educación, hasta ese entonces largamente trabajado sin obtener muchos frutos, se cerró por gracia de una única influencia externa y gratuita, y desde entonces ya pudimos quitar el letrero, esconder los libros y las amonestaciones para siempre.
“A cambio, yo les insistía a los niños en que no hirieran a los animales, y también les exhortaba a proteger a los más débiles de los más fuertes. Esta enseñanza fue un éxito —y no solo en espíritu, sino también en la práctica—. Cuando Clara era pequeña -tan pequeña como para llevar un zapato del tamaño de una prímula— un día de pronto golpeó con fuerza el suelo con ese mismo zapato, lo arrastró hacia sí como si fuera un rastrillo, y se inclinó para examinar los resultados. Nosotros la interrogamos y ella se explicó: ‘¡La malvada hormiga grande estaba intentando matar a la pequeñita!’. Cabe decir que ninguna de las dos sobrevivió la generosa intervención”.



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sábado, 20 de junio de 2020

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (11): Un bosquejo de familia

Pedro Conde Sturla 
19 junio, 2020
Casa de la familia de Mark Twain en Hartford
Es probable que Mark Twain empezara a escribir “Un bosquejo de familia” a raíz de la muerte de Susy, que era su hija mayor. Había fallecido, como se sabe, de meningitis a los 25 años y Mark Twain acusó el golpe. Era uno de esos golpes de los que habla Vallejo en “Los heraldos negros”:
“Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma... ¡Yo no sé!”
Sin embargo, “Un bosquejo de familia” es una obra extrañamente apacible. Lo que describe Mark Twain es la manera en que sus hijas van llenando su vida de luz, de contenido, de maravillosas horas felices. Parecería que se refugia, como quien dice, en la dicha de otro tiempo. Las mira jugar y crecer, las observa, las estudia, las educa con un método, un sistema desprovisto de autoritarismo. Las describe, minuciosamente, con un tono no exento de orgullo paterno, por supuesto. Y con un inusitado distanciamiento. Uno sabe que Mark Twain tenía el alma hecha jirones cuando escribió este relato, pero en ningún momento incurre en estridencias. El tono es siempre reposado, austero:
“Clara Langdon Clemens nació el 8 de junio de 1874, hecho que supuso una nueva influencia en el desarrollo de Susy.
Una madre y un padre no son más que dos —de hecho, para ser exactos, son uno y un décimo- y juegan su parte como educadores, pero en algunas cuestiones, otro tipo de educadores trabajan más que ellos, siendo su número mayor y más abundantes sus oportunidades -me refiero, claro, a los hermanos y sirvientes—. Susy era rubia, Clara, morena, y llegaron al mundo con temperamentos complementarios.
“Con el paso del tiempo, los ideales de cada una influyeron en los de la otra y sus personalidades se fueron adaptando y transformando, no en un alto grado, por supuesto, sino en matices.
“Las dos niñas tenían buenas cabezas, pero estas no estaban equipadas de la misma manera; Susy, cuando su alma reposaba, era reflexiva, soñadora y espiritual; Clara estaba alerta en todo momento, tenía iniciativa, era emprendedora, tenía los pies en la tierra, era ordenada y práctica.
“Alguien dijo que Susy estaba hecha de espíritu, Clara, en cambio, de materia —una generalización que las apariencias justificaban en aquel momento, pero que era injusta con Clara, como demostraron los años que habían de venir.
“En su tierna edad, Clara se las arregló para disimular algunos de los elementos más destacables de su persona.
Susy era sensible, asustadiza y cuando estaba en peligro, tímida; Clara no se amedrentaba, no era tímida y tenía cierto gusto por las aventuras arriesgadas. Susy poseía gran coraje moral, y lo mantuvo elevado a costa de ejercitarlo.
“Revisando el cuaderno en el que apuntábamos los comentarios y frases de las niñas, parecería que destacásemos las de Susy porque eran sabias, las de Clara porque eran robustas y pragmáticas, y las de Jean porque estaban construidas de una manera extrañamente peculiar”.
Mark Twain reconstruye de una manera lúcida y coherente, con multitud de sorprendentes detalles, el mundo en que vivió su adorada Susy. Un mundo en el que no era sólo el padre, era el amigo, el confidente, el compañero de juegos, a veces el tigre y el elefante que las niñas perseguían en una jungla de libros:
“Durante los primeros años de Susy y Clara, pasábamos nueve meses al año en la casa que nos hicimos en Hartford, Connecticut. Empezamos a construirla cuando nació Susy, en 1872, y la terminamos y entramos a vivir en ella el día en que Clara cumplía años en 1874.
“En esos días ya tan lejanos nos dedicábamos a la cacería, y la biblioteca era nuestro coto particular, nuestra “jungla” gracias al poder de la imaginación, y allí era donde dábamos caza al tigre y al león. Yo era el elefante, y llevaba a Susy o a Clara sobre mis espaldas-a veces incluso a las dos y ellas cargaban con las armas y disparaban a las presas”.
Como puede apreciarse, no hay sentimentalismo ni lagrimas fáciles. Sólo de vez en cuando el escritor se permite una queja, un lamento en sordina:
“George, el antaño esclavo de color, estaba con nosotros por entonces. En total estuvo dieciocho años a nuestro servicio y era tan bueno como negro de piel –un sirviente en términos de la profesión que ejercía, miembro de la familia si hacemos referencia al cariño y a la diversión–. Él era el león, también el tigre—; de hecho, preferiblemente el tigre, pues como león su rugir era demasiado robusto y estropeaba la caza porque asustaba a Susy.
“El elefante se ha marchado, al igual que una de las cazadoras; la otra ya descansa, y el tigre y los días de caza ya hace tiempo que pasaron”.
El bosquejo de familia es un gran fresco, un maravilloso cuadro en el que siempre están al centro Susy, Clara y Jean, las hijas de la familia Clemens Langdon. Pero no menos importancia tienen los demás personajes, toda una serie de fascinantes personajes que forman parte tanto del servicio como de la familia y desempeñan roles de singular importancia en la educación de las niñas. Una educación carente de prejuicios:
“Al principio teníamos con nosotros a Patrick McAleer, el chófer, que nos había servido desde el día de nuestra boda, el 2 de febrero de 1870. Se quedó veintidós años con la familia, se casó poco después de llegar, crío hasta a ocho niños bajo nuestro servicio y les dio una buena educación.
Rosa, la niñera, también formaba parte de nuestra casa en esos tempranos años y se quedó hasta doce primaveras.
Katy coincidió con ella y con George y Patrick. Nos acompañó a Europa dos veces y aquí sigue con nosotros en la actualidad. A la mayoría de nuestros viejos amigos estos nombres les resultarán familiares y se acordarán de sus portadores y, también, de que cada uno tenía una personalidad interesante y fuera de lo común.
No serían capaces de olvidarse de George, el hombre de color. Puedo extenderme un poco sobre su historia sin deshonestidad, debido a que ya no forma parte de este mundo ni le interesan las cosas con este relacionadas.
George fue un accidente. Vino a limpiar unas ventanas y se quedó casi la mitad de una generación. Nació esclavo de Maryland, la Proclamación lo libero, y como adolescente vio con sus propios ojos una buena parte de la Guerra Civil al servicio del general Devens”.
Algo digno de mención es el ambiente en que se movían, un ambiente multicultural, polifónico, todo un sorprendente mosaico cultural y racial en el que la armonía se mantenía en base a un difícil equilibrio que Mark Twain atribuye a las habilidades diplomáticas de George:
“No tenía precio, ya que sus amplios conocimientos y su buen carácter compensaban sus defectos. Ponía paz en la cocina, de hecho, la mantenía, ya que gracias a su buen juicio, espíritu justo y lengua apaciguadora, calmaba las disputas en ese lugar antes de que fueran a más. Los materiales para la guerra estaban ahí. Hubo un momento en el que teníamos un cocinero de color —presbiteriano—, George —metodista–, Rosa, la niñera alemana —luterana–, Katy, americano-irlandesa —católica romana—, Kosloffska, nodriza polaca-católica ortodoxa—, y Mary ‘la inglesa’, algo así como una inconformista–, aunque bajo la influencia benigna de George y debido a su capacidad diplomática, todos formaban una familia feliz y así permanecieron”.



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sábado, 13 de junio de 2020

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (10): Un bosquejo de familia

Pedro Conde Sturla
12 junio, 2020
La vida de Mark Twain parece en más de un sentido una broma pesada, una jugarreta del destino, una mala pasada. Sus padres procrearon siete hijos, de los cuales fallecieron tres a la más tierna edad. Apenas cuatro de ellos vivieron más allá de la infancia, como era común entonces. Mark Twain sería uno de los afortunados. Vivió hasta los setenta y cinco años una vida de infortunio: de grandes éxitos literarios y grandes infortunios.
Las desgracias familiares empezaron a ocurrir desde su más tierna edad. Su hermano Pleasant murió en 1829 cuando apenas tenía seis meses. Su hermana Margaret falleció en 1939 a los nueve, cuando él tenía tres años, y su hermano Benjamin a los diez en 1842, tres años después, cuando Twain tenía seis años. Su padre murió a los 48, en 1847 dejándolo huérfano a los once. Su hermano Henry murió en la explosión de una caldera en 1848 a los veinte años. Los sobrevivientes fueron su hermano Orion, que vivió hasta 1897 y su hermana Pamela que vivió hasta1904. Su madre, Jane Lampton Clemens, tuvo una larga vida: nació en 1803 y murió en 1890 a la edad de 87 años.
Mark Twain se casó en 1870 con Olivia Langdon, una mujer excepcional que fue el amor de su vida. Con ella tuvo un hijo y tres hijas y parecía que el hado le había dado una tregua, un espacio de tiempo para restañar sus heridas. Pero no fue así. La desgracia lo perseguía y lo perseguiría hasta el fin de sus vidas.
Uno tras otro, en el curso de su amarga existencia. vería morir a cuatro de esos cinco seres queridos. Su primogénito, Langdon Clemens, murió en 1872, posiblemente de difteria o pulmonía a los diez y nueve meses, y Mark Twain hizo una crisis terrible: siempre se sintió culpable por haberlo sacado a pasear en un día muy frío y al parecer poco abrigado.
Para peor, su hija Susy (Olivia Susan), que sufría desde pequeña crisis epilépticas, falleció de meningitis en 1896 a la edad de 25 años, mientras Mark Twain se encontraba en el extranjero en una gira de conferencias.
Su esposa Olivia también había sido enfermiza desde muy joven, había padecido de algún tipo de tuberculosis y tenía una salud quebradiza. Sus quebrantos, agravados por la pérdida de sus hijos y la depresión, se agudizaron a partir de 1903 y quedó al parecer inválida o muy limitada en sus movimientos a causa de espondoliosis, una “afección degenerativa de la columna vertebral”.
Los Clemens se trasladaron entonces a Italia, en busca de un mejor clima. Pero Olivia fallecería en Florencia en 1904 de un paro cardíaco. Mark Twain quedaría nuevamente devastado, pero todavía no se había saciado la fortuna, esa “fortuna, de su mal no harta” como decía Cervantes (1). A Mark Twain le faltaba todavía ver partir a su hija pequeña, la pequeña Jean, que murió en la nochebuena de 1909, y también a su gran amigo Henry Roger, a causa de un accidente cardiovascular. Ya no le quedaban fuerzas ni ganas de vivir. Cuatro meses después fue impactado por un infarto agudo de miocardio, el 21 de abril de 1910 en Redding (Connecticut). En cambio Clara, su hija mediana, vivió hasta 1962. Fue el único de sus seres más queridos al que no vió morir.
Twain escribió, vivió y padeció entre1835 y 1910, entre la llegada y el regreso del cometa Halley con el cual se sentía de alguna manera identificado. En1909, poco antes de morir, escribió:
“Vine al mundo con el cometa Halley en 1835. Vuelve de nuevo el próximo año, y espero marcharme con él. Será la mayor desilusión de mi vida si no me voy con el cometa Halley. El Todopoderoso ha dicho, sin duda: ‘Ahora están aquí estos dos fenómenos inexplicables; vinieron juntos, juntos deben partir’. ¡Ah! Lo espero con impaciencia”.
Su vida fue un largo, un quizás incesante desgarramiento existencial, una sucesión de trágicos eventos que dejaron huella en sus libros, en el pesimismo que destila gran parte de su obra, en su a veces macabro sentido del humor. Pero Mark Twain escribió un texto muy especial sobre su familia, “Un bosquejo de familia” que sorprende o deslumbra, o ambas cosas, por su fina textura, por la delicadeza y suavidad del pensamiento, por la aparente falta de resentimiento con que describe los más amargos capítulos de su vida. Mark Twain no le daba sentido al dolor, como hacen o pretenden hacer los cristianos, no lo consolaba la idea de otra vida que habría de venir. Era más bien estoico, alguien que a fuerza de sufrimiento se había construido una coraza que le permitía ejercer un dominio sobre sí mismo.
Detrás de cada palabra de “Un bosquejo de familia” está el hombre que sabe tomar distancia del pesar que lo embargaba sin dejar de traducir sus emociones. Sorprende la mesura, la parquedad de la expresión, el equilibrio emocional que refleja, por ejemplo, la descripción de la hija fallecida a destiempo. El dolor frío, contenido en el límite, por la muerte de la hija, por la hija reintegrada, como diría Moreno Jimenes.
Un bosquejo de familia
Mark Twain
Susy nació en Elmira, Nueva York, en casa de su abuela, la señora Olivia Langdon, el 19 de marzo de 1872, y después de probar y degustar la vida, junto con sus problemas y misterios, bajo diversas circunstancias y por lugares distintos, la misma casa fue testigo de cómo la llevamos al cementerio el 20 de agosto de 1896 a la edad de veinticinco años.
Tenía todo un repertorio de sentimientos, y estos eran de todo tipo y magnitud; y era tan volátil de niña, que a veces todos en su conjunto entraban en juego durante el corto transcurrir de un día. Estaba llena de vida, de actividad y de fuego. Sus horas de vigilia consistían en una apresurada procesión de entusiasmos que se diferenciaban los unos de los otros tanto en origen y aspecto como en temática. Alegría, tristeza, enfado y remordimiento; tormenta, luz, lluvia y oscuridad —allí estaban todos—: se presentaban en un instante y con la misma premura ya se habían marchado. Su aquiescencia era vehemente, su desaprobación, igualmente colérica, y las dos se desvanecían con rapidez. Sus lazos afectivos eran fuertes, y hacia algunas personas, el amor adquiría el carácter de la adoración.
Especialmente así era su actitud hacia su madre. En todas las cosas desprendía intensidad: y no estoy hablando de un mero brillo que emitiera calor, sino de un fuego incontenible. Su madre se las arreglaba para manejarla, pero cualquier otro que lo intentara estaba destinado al fracaso. La gobernaba por medio de las emociones y con mucho tacto, haciendo uso de una verdad libre de engaño o truco alguno, de una firmeza constante, y de un sentido de la justicia insobornable, que juntos nutrían la confianza de la muchacha.
Susy aprendió desde muy pequeña que había una persona que no le diría lo que no era y cuyas promesas, tanto de recompensa como de castigo, se mantendrían siempre de manera estricta; que había alguien a quien obedecer, pero cuyas órdenes no se impondrían nunca de forma ruda o con muestras de enfado.
Debido a su educación, Susy cumplía sus mandatos casi siempre de forma inmediata y voluntaria, y raramente con desgana. Respondía ya automáticamente a fuerza de hábito y apenas le suponía siquiera un esfuerzo. Desde muy temprana edad ella y su madre se hicieron amigas, compañeras, íntimas y confidentes y permanecieron así hasta el final.
(1)(http://www.dendramedica.es/revista/v10n2/Mark_Twain.pdf. l



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sábado, 6 de junio de 2020

El regreso de las naves (4 de 4)

Pedro Conde Sturla
5 junio, 2020
Quizás lo peor de todo, en relación a la expedición de Magallanes, es que a pesar de los tantos medios invertidos, los sacrificios y los numerosos muertos que costó, el descubrimiento del estrecho no sirvió nunca para nada. El estrecho era y sigue siendo una trampa mortal para todo tipo de embarcaciones, peligroso en extremo, y por demás inútil. Muchos barcos más se perderían, otros motines se producirían, flotas enteras quedarían destartaladas a causa de los vientos.
Un uso práctico le darían los pescadores de ballenas y sobre todo Francis Drake, que “lo utilizará, medio siglo más tarde, como escondrijo, para, desde allí, irrumpir en las colonias españolas de la costa occidental y saquear los barcos que llevan la plata”.
Prontamente quedó el glorioso descubrimiento del estrecho en el olvido, reducido a una mera curiosidad geográfica. Para peor, ni siquiera el descubrimiento de la Islas Molucas, las fabulosas islas de las especies, dio a España los beneficios que había de esperar. Magallanes había pagado por ellas con la vida y el emperador Carlos I las vendió a Portugal a precio de vaca muerta.
Capítulo 13
Los muertos no tienen razón (úlima parte)
Stefan Zweig
Circunstancia más trágica todavía: el mismo hecho a que Magallanes lo ha inmolado todo, incluso él mismo, resulta vano, al parecer. Magallanes quiso ganar, y ganó, las islas de las especias para España, poniendo su vida en la empresa, y he aquí que lo que él empezó como gesta heroica acaba en mísero mercado: por trescientos cincuenta mil ducados revende el emperador Carlos a Portugal las islas Molucas. El camino de Occidente que encontró Magallanes es poco frecuentado, el estrecho que él inauguró no reporta dinero ni ganancia alguna. Hasta después de su muerte persiguió la desdicha a quienes en Magallanes confiaron, pues casi todas las flotas españolas que quieren emular su arrojo de navegante naufragan en el estrecho de su nombre, y los españoles y los navegantes, temerosos, preferirán arrastrar sus cargamentos en largas caravanas por el estrecho de Panamá, antes que correr el riesgo de cruzar los sombríos fiordos de la Patagonia. Tan general se hace al fin la reputación de peligroso del estrecho de Magallanes -cuyo descubrimiento tan universalmente fue festejado-, que cayó en olvido dentro de la misma generación, convirtiéndose en un mito, como antes.
Treinta y ocho años después de la travesía de Magallanes, en el famoso poema La Araucana se manifiesta abiertamente que el estrecho de Magallanes ya no existe, que se ha hecho difícil de hallar e intransitable, ya sea porque un monte lo ataje o porque una isla se le interponga.
Esta secreta senda descubierta / quedó para nosotros escondida, / ora sea yerro de la altura cierta, / ora que alguna isleta remorida/ del tempestuoso mar y viento airado / encallando en la boca la ha cerrado.
Tan desechado queda, tan legendario se hace, que el osado pirata Francis Drake lo utilizará, medio siglo más tarde, como escondrijo, para, desde allí, irrumpir en las colonias españolas de la costa occidental y saquear los barcos que llevan la plata. Hasta entonces no vuelven a acordarse los españoles de la existencia del estrecho, y construyen a toda prisa una fortificación para impedir el paso a otros filibusteros. Pero la desdicha persigue a todos cuantos son seguidores de Magallanes. La flota que Sarmiento conduce al estrecho por encargo del Rey, naufraga; la fortaleza que ha construido se derrumba lastimosamente y el nombre “Puerto del Hambre” perpetúa los horrores sufridos por sus colonizadores. Unos pocos balleneros que van y vienen son los únicos barcos que frecuentan el estrecho de Magallanes, el que éste había soñado como la gran vía comercial de Europa a Oriente. Y cuando un día de otoño del año 1913 el presidente Wilson aprieta en Washington el botón eléctrico que abre las compuertas del canal de Panamá, y con ello une para siempre ambos océanos, el Atlántico y el Pacífico, queda el estrecho de Magallanes reducido a la inutilidad absoluta. Sellado su destino, desciende a la categoría de puro concepto histórico, de simple idea geográfica. No es ya el tan buscado paso la ruta de millares y millares de barcos, ni el más próximo y rápido camino de las Indias; ni es más rica España ni más poderosa Europa por su descubrimiento; hoy mismo, de todas las zonas del mundo habitables, las costas entre Patagonia y Tierra del Fuego cuentan como las más abandonadas y pobres de la tierra.
Pero, en la Historia nunca la utilidad práctica determina el valor moral de una conquista. Sólo enriquece a la Humanidad quien acrecienta el saber en lo que le rodea y eleva su capacidad creadora. En este sentido, la hazaña de Magallanes supera a todas las de su tiempo y significa para nosotros una gloria singular en medio de sus glorias: la de no haber inmolado, como ocurre la mayor parte de las veces, la vida de miles y centenares de miles por su idea, sino solamente la propia vida.
Por la gracia de tal heroísmo perdurará la proeza magnífica de esos cinco endebles y solitarios barcos que salieron para la guerra santa de la Humanidad contra lo ignoto; e inolvidable será también el nombre del primero que defendió la idea osada de la vuelta al mundo hasta la última de sus naves. Porque con la medida del circuito de nuestro planeta, perseguida en vano desde hacía mil años, la Humanidad adquiere una nueva idea de su capacidad, puesto que, en la magnitud del espacio ganado, se le revela, acrecentando su gozo y su valor, la propia grandeza. El hombre da lo mejor de sí con un ejemplo, y si hay un hecho que pruebe algo es el de Magallanes, que, contra todo olvido, traspasará los siglos para dar testimonio de que cuando una idea vuela con las alas del genio, cuando se lleva adelante denodadamente y con pasión, es más fuerte que todos los elementos de la Naturaleza; y que está destinado siempre al hombre único, a un individuo con su menguada vida fugaz, el poder convertir en realidad y en verdad perdurable lo que ha sido un deseo soñado durante las cien generaciones que le precedieron.
FIN l
(Stefan Zweig, “Magallanes, La aventura más audaz de la humanidad”), https://www.biblioteca.org.ar/libros/131355.pdf).



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