viernes, 30 de noviembre de 2018

Siete al anochecer (13)

Pedro Conde Sturla

La bestia se repantigó en el confortable asiento trasero del Chevrolet Bel Air azul y le ordenó a Zacarías de la Cruz que enfilara para San Cristóbal. Acarició, sin proponérselo, casi inconscientemente, la culata de su fiel compañera. 

Era una Thompson. Un fusil o subfusil ametralladora, una de esas máquinas de matar diseñada o inventada por John Tagliaferro Thompson en 1919. El arma favorita de Al Capone, de los gánsteres de Chicago y los agentes federales  durante la gloriosa época de la prohibición en los Estados Unidos.

Una sonrisa de placer le  bañó el rostro. No era la habitual sonrisa de hiena que exhibía en público para atemorizar a la concurrencia y a veces sin darse cuenta. Ahora tenía una sonrisa beata, casi de santidad. La sonrisa del santo que esperaba su recompensa. En la casa de caoba de la Hacienda Fundación lo esperaba una muchachona sin estrenar.

Nunca supo en qué momento escuchó un estruendo que salió como quien dice de la nada, un sonido espantoso, un rechinar de vidrio, un alarido de metal que retumbó dentro del lujoso vehículo del año y sintió un fuego, un fuego intenso y agrio que penetraba en su cuerpo, un violento empujón y el fuego intenso y agrio...

Probablemente la muchachona se quedaría esperándolo esa noche.

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Los detractores del Jefe no le reconocen ni siquiera su valor personal y mucho menos aun sus grandes valores morales. Le llamaban Padre de Patria Nueva porque la había reconstruido como quien dice de arriba abajo, porque la rescató de manos de los invasores haitianos y norteamericanos. Le llamaban Benefactor de la Patria porque dedicó su vida a las mejores causas, le llamaban Benemérito porque se había hecho acreedor a todos los merecimientos y reconocimientos. Lo distinguieron con el título de Primer Maestro Dominicano por el sistema de enseñanza que implantó en el país. Si lo sabré yo, que fui maestra y fui su alumna, al igual que mis dos hermanas.

Cuando el querido Jefe fue a Estados Unidos a rescatar la independencia financiera de nuestro país, el presidente Roosevelt le dio la bienvenida con bombos y platillos, se reunió con él en su despacho, lo condecoró, lo trató como a uno de sus iguales, como lo que era

La misma iglesia Católica, la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana le concedió la Orden Hierosomilitana del Santo Sepulcro. El mismo papa, su Santidad Pío XII, lo recibió en audiencia y le otorgó la Gran Cruz de la Orden Piana cuando el querido Jefe viajó a la Ciudad del Vaticano en 1954 para firmar el Concordato.
Solo por mezquindad le negaron al final de su vida el título que más se merecía: Benefactor de la iglesia.

El Premio Nobel de la Paz también se lo negaron por mezquindad a pesar de haber sido postulado por figuras de relieve internacional. Del mismo modo inexplicable le negó España (la Madre Patria, la España de Franco, de su amigo el Caudillo), el título de marqués.

Pero no le hacían falta al Jefe títulos ni medallas para demostrar su valía. Lo dice Lucas en la Santa Biblia: “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca”.

Por sus hechos lo conocen todos. Murió como había vivido, como el Primer maestro dominicano, dando lecciones de vida hasta en la muerte. Por su valor sin límites se dio a conocer, sobre todo en la que fue la última noche de su vida.

Eso se llama valor, el valor qué demostraron el Jefe y un humilde chofer en la hora más crítica y oscura. Todo lo demás son falacias, calumnias de ingratos contra un hombre que lo entregó todo a su país.

Los que alguna vez lo acusaron de cobarde, palidecen ahora al oír mencionar sus gloriosas hazañas.

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30 DE MAYO 1961
El Chevrolet negro, con las luces apagadas, se acercó por detrás al Chevrolet azul y el motor rugió como una fiera. El disparo sonó igual que un cañón, produjo una enorme detonación que parecía de escopeta y durante un segundo ahogó el rugido de fiera del motor. Luego el conductor encendió las luces, aceleró y se emparejó con el carro del Jefe por la derecha, internándose por el paseo. Sus ocupantes dispararon con armas automáticas, con todo lo que tenían. El mayor Zacarías de la Cruz, el valiente y leal chofer, embistió con el auto suyo al de los agresores, tratando de sacarlo de la pista, pero el otro tenía un motor más potente y lo rebasó. Zacarías tuvo que pisar el freno para evitar una colisión.

El querido Jefe le dijo a Zacarías que estaba herido, ordenó que detuviera el vehículo y salieran a pelear. Zacarías le dijo que iba a tratar de evadirlos y regresar a la ciudad. El Jefe repitió la orden, le dijo que detuviera el auto y bajaran a pelear. En ese momento Zacarías intentó dar la vuelta, un giro desesperado, y le faltó poco para lograrlo. El auto quedó varado en la hierba, a un lado de  la carretera, en dirección contraria a la que venía.

Zacarías se volvió hacia atrás y vio cuando el valiente Jefe abría la puerta izquierda, la ropa tinta en sangre, posiblemente mal herido. El vehículo de los asaltantes estaba al frente, del lado opuesto, y el Jefe avanzó hacia ellos con decisión temeraria, disparando con su pequeño revólver 38 de cañón corto. Los traidores respondían con un nutrido fuego de armas largas. Zacarías también estaba herido y le echó manos a un  fusil M-1 y empezó a disparar. El Jefe seguía avanzando y disparando, evadiendo como por arte de magia la metralla enemiga. Zacarías lo vio, luchando todo el tiempo como una fiera enfierecida, hasta el momento en que se desplomó lentamente como un titán sobre el pavimento. 

Cuando el cargador del M-1 agota su escasa provisión de municiones, Zacarías toma una metralleta, una Luger de cañón corto, y continua disparando a conciencia, racionando las balas para sostener un combate que suponía que iba a ser largo. Uno de los asaltantes se acerca al cuerpo del Jefe, posiblemente con la intención de darle un tiro de gracia. Zacarías le dispara y lo hiere, ve cuando se retira y escucha sus gritos. Otro asaltante se acerca al caído y corre la misma suerte: Zacarías lo derriba de un plomazo y cree que está muerto, pero luego ve que se incorpora y vuelve atrás, corriendo cobardemente hacia su auto.

La provisión de balas de la Luger también se agota. En ese momento, sólo en ese momento, Zacarías sale del auto, abre una puerta trasera y toma la poderosa ametralladora Thompson que el Jefe había dejado en el asiento, rastrilla el arma y se dispone a acabar con los taimados agresores. Entonces siente un impacto en la sien derecha y es lo último que recuerda. En el combate había recibido un balazo en cada pierna, uno en un tobillo, uno en un muslo, otro en el vientre, dos en el hombro derecho y finalmente uno en la sien derecha que le fracturó el parietal.

Cuando despertó, al cabo de un tiempo indeterminado, se sentó en una verja. El cadáver del querido Jefe y su Chevrolet Bel air azul ya no estaban. Zacarías recibió ayuda de unos campesinos. Alguien lo llevó a la ciudad y lo internó en el Marión, un hospital militar.


pcs, martes 18 sept. 2018



EL GALILEO DE BRECHT (1-4)

Pedro Conde Sturla
23 de noviembre 2015 /13 de diciembre 2015

Galileo

Unos años antes de que expusiera sus teorías, había ardido Giordano Bruno en la hoguera de Campo dei Fiori, en Roma, condenado por sus ideas teológicas y sus simpatías cosmológicas copernicanas.

[El Galileo Galilei del famoso drama de Bertold Brecht trata de enseñar a Andrea, el hijo de su ama de llaves, a observar las cosas en vez de verlas o mirarlas. El muchacho ve “que el Sol está al atardecer en un lugar muy distinto que a la mañana. No puede entonces estar inmóvil. ¡Nunca! ¡Jamás!”
-¿Así que tú ves? –replica Galileo- ¿Qué es lo que ves? No ves nada. Tú miras sin observar. Mirar no es observar.
Galileo sabe que el mundo de las apariencias es engañoso: Cuando se viaja en un carruaje parece que los árboles se mueven en dirección contraria, y cuando nos hacemos a la mar parece que es la orilla la que se aleja de la embarcación.
Galileo

“Durante dos mil años creyó la humanidad que el Sol y todos los astros del cielo daban vueltas a su alrededor. El Papa, los cardenales, los príncipes, los eruditos, capitanes, comerciantes, pescaderas y escolares creyeron estar sentados inmóviles…. Todo se mueve, mi amigo…”
Lo que Galileo está haciendo es jugar con fuego, rebatir creencias que sustentan el orden constituido, la ciencia, la religión, “los intereses creados”, el equilibrio de una sociedad basada, como todas las sociedades, en mentiras convencionales. Tolomeo está equivocado, nuestro sistema planetario no gira alrededor de la tierra, sino del sol, como propone Copérnico. Y la tierra no está fija. Vivimos y viajamos en una nave espacial.
Lo peor es que trata de meter sus ideas heréticas en la cabeza de un niño de once años, y la madre se queja, protesta con razón:
“- ¿Qué hace usted por Dios con mi hijo, señor Galilei? Usted lo trastorna tanto que pronto sostendrá que dos y dos son cinco. El pequeño confunde todo lo usted le dice. ¡Fíjese que ayer me demostró que la Tierra se mueve alrededor del Sol! Y además está seguro de que un señor llamado Quipérnico lo ha calculado todo…es usted quien le dice todos esos disparates! Luego los repite como un loro en la escuela y me vienen los señores del clero a protestar porque difunde esas cosas del diablo. ¡Vergüenza debía de darle, señor Galilei!!
En el primer risueño acto de la obra que muchos consideran el más grande testamento literario de Bertold Brecht, Galileo Galilei juega con fuego, literalmente con fuego. Unos años antes de que expusiera sus teorías, había ardido Giordano Bruno en la hoguera de Campo dei Fiori, en Roma, condenado por sus ideas teológicas y sus simpatías  cosmológicas copernicanas.
Galileo esta abriendo paso a la revolución científica y humanista que también protagonizan Bacon, Kepler, Descartes y tantos otros. Contribuye a la liberación de las taras  metafísicas que condicionan la investigación de la naturaleza, rechaza tajantemente el “principio de autoridad”. Abre paso, en fin, a la “emancipación de la mente humana” y emplea una clave diferente para entender el mundo:
“La filosofía está escrita en ese grandísimo libro que continuamente está abierto ante nuestros ojos (me refiero al universo), pero que no puede entenderse si primero no se aprende a entender la lengua y conocer los caracteres con los que está escrita. Está escrito en lenguaje matemático, y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es imposible entender humanamente una palabra; sin ellos sería enredarse vanamente por un oscuro laberinto. Galileo Galilei”. PCS].

1(fragmento)
GALILEO GALILEI, MAESTRO DE MATEMÁTICAS EN PADUA, QUIERE
DEMOSTRAR LA VALIDEZ DEL NUEVO SISTEMA UNIVERSAL DE
COPÉRNICO. AÑO 1609.
El humilde gabinete de trabajo de Galilei en Padua. Es de mañana. Un muchacho, Andrea, hijo del ama de llaves, trae un vaso de leche y un bollo.
GALILEI (lavándose el pecho, resoplando, alegre). — Pon la leche sobre la mesa pero no cierres ningún libro.
ANDREA. — Mi madre dice que debemos pagar al lechero. Si no pronto hará un rodeo para no pasar por nuestra casa, señor Galilei.
GALILEI. — Se dice: describirá un círculo, Andrea.
ANDREA. — Como usted quiera, pero si no pagamos describirá un círculo en torno a
nosotros, señor Galilei.
GALILEI. — En cambio, si el alguacil señor Cambione se  dirige directamente a nuestra puerta, ¿qué distancia entre dos puntos elegirá?
ANDREA (sonríe). — La más corta.
GALILEI. — Bien. Tengo algo para ti. Mira atrás de las tablas astronómicas. (Andrea
levanta detrás de las tablas astronómicas un modelo de madera de gran tamaño del sistema de Ptolomeo.)
ANDREA. — ¿Qué es esto?
GALILEI. — Es un astrolabio. El aparato muestra cómo los astros se mueven alrededor
de la tierra, según la opinión de los viejos.
ANDREA — ¿Cómo?
GALILEI. — Investiguemos. Primero la descripción.
ANDREA. — En el medio hay una pequeña piedra.
GALILEI. — Es la Tierra.
ANDREA. — Alrededor de ella hay anillos, siempre uno sobre el otro.
GALILEI. — ¿Cuántos?
ANDREA. — Ocho.
GALILEI. — Son las esferas de cristal.
ANDREA. — A los anillos se han fijado bolillas.
GALILEI. — Son los astros.
ANDREA. — Y ahí hay cintas en las que se leen nombres.
GALILEI. — ¿Qué nombres?
ANDREA. — Nombres de estrellas.
GALILEI. — ¿Por ejemplo?
ANDREA. — La más baja de las bolillas es la Luna y encima de ella el Sol.
GALILEI. — Y ahora haz correr el sol.
ANDREA (mueve los anillos). — Es hermoso todo esto, pero nosotros estamos tan
encerrados…
GALILEI. — Sí. (Secándose.) Es lo que también yo sentí cuando vi el armatoste por
primera vez. Algunos lo sienten. (Le tira la toalla a Andrea para que le frote la espalda.) Muros, anillos e inmovilidad. Durante dos mil años creyó la humanidad que el Sol y todos  los astros del cielo daban vueltas a su alrededor. El Papa, los cardenales, los príncipes, los eruditos, capitanes, comerciantes, pescaderas y escolares creyeron estar sentados inmóviles en esa esfera de cristal. Todo se mueve, mi amigo…
ANDREA. — ¡Oh temprano albor del comenzar!
¡Oh soplo del viento
que viene de nuevas costas!
Pero beba su leche que ya comenzarán de nuevo las visitas.
GALILEI. — ¿Has comprendido al fin lo que te dije ayer?
ANDREA. — ¿Qué? ¿Lo del Quipérnico con sus vueltas?
GALILEI. — Sí.
ANDREA. — No. ¿Por qué se empeña en que yo lo comprenda? Es muy difícil y yo en
octubre apenas cumpliré once años.
GALILEI. — Por eso mismo quiero que lo comprendas. Para ello trabajo y compro los
libros en vez de pagar al lechero.
ANDREA. — Pero es que yo veo que el Sol está al atardecer en un lugar muy distinto que a la mañana. No puede entonces estar inmóvil. ¡Nunca! ¡Jamás!
GALILEI. — ¿Así que tú ves? ¿Qué es lo que ves? No ves nada. Tú miras sin observar.
Mirar no es observar. (Coloca el soporte con la palangana donde se ha lavado en el medio de la habitación). Aquí tienes el Sol. Siéntate. (Andrea se sienta en una silla. Galilei se para detrás de él.) ¿Dónde está el Sol, a la izquierda o a la derecha?
ANDREA. — A la izquierda.
GALILEI. — ¿Y cómo llegará a la derecha?
ANDREA. — Si usted lo lleva a la derecha, por supuesto.
GALILEI. — ¿Solamente así? (Carga la silla junto con Andrea y los traslada al otro lado de la palangana.) ¿Y ahora, dónde está el Sol?
ANDREA. — A la derecha.
GALILEI. — ¿Y se movió acaso el Sol?
ANDREA. — No.
GALILEI. — ¿Quién se movió?
ANDREA. — Yo. 
GALILEI (ruge). — ¡Mal! ¡Alcornoque! ¡La silla!
ANDREA. — ¡Pero yo con ella!
GALILEI. — Claro… la silla es la Tierra. Y tú estás encima.
SEÑORA SARTI (que ha entrado para tender la cama y ha estado mirando la escena). — ¿Qué hace usted por Dios con mi hijo, señor Galilei?
GALILEI. — Le enseño a mirar, Sarti.
SRA. SARTI. — ¿Cómo? ¿Arrastrándolo por el cuarto?…
Nota: El texto ha sido editado para fines de publicación en este medio.

Galileo entre lo sabios

El padre de la verdad es el tiempo y no la autoridad. ¡Nuestra ignorancia es infinita, disminuyamos de ella tan siquiera un milímetro cúbico! ¿Por qué ahora ese afán de aparecer sabios cuando podríamos ser un poco menos tontos?

Dice el Galileo Galilei de la obra de Bertold Brecht que el “El pensar es uno de los más grandes placeres de la raza humana… Sí, yo creo en la apacible impetuosidad de la razón sobre los hombres. No podrán resistir a ella durante mucho tiempo.”
Su amigo Sagredo le previene contra los peligros de la ingenuidad:
“Galilei, te veo tomar por el mal camino. Cuando el hombre vislumbra la verdad sobreviene la noche del infortunio y la hora de la ofuscación suena cuando ese hombre cree en la razón de las criaturas humanas. ¿De quién se dice que marcha con los ojos abiertos? Precisamente de aquel que camina hacia su perdición. ¿Cómo podrían dejar libre los poderosos a alguien que posee la verdad? ¿Aunque esa verdad sea dicha acerca de las más lejanas estrellas?… Cuando hace unos momentos te veía mirar por el anteojo y contemplar esos nuevos planetas, fue para mí como si te viera en medio de las llamaradas de la hoguera, y cuando dijiste que creías en las pruebas me pareció oler carne quemada.” 
Sagredo le pide que no abandone la tolerante y Serenísima República de Venecia  “para caer en las garras de príncipes y monjes con (su) anteojo en la mano.” Pero Galileo no le hace caso, marcha a Florencia donde se acoge al mecenazgo de los Medici. Ante ellos se doblega, en una misiva, en actitud servil (como la que mucho apreciaría mi docto amigo Avelinus):
“A las nuevas estrellas que he descubierto las bautizaré con el alto nombre de la estirpe de los Medici. Bien sé que a los dioses y héroes les ha bastado la elevación de sus nombres a lo alto para su eterna gloria, pero en este caso ocurrirá lo contrario, el nombre de los Medici asegurará a las estrellas que le lleven un inmortal recuerdo.”
En una memorable ocasión viaja a Roma para exponer sus teorías, y en la Sala del Colegio Romano “Altos representantes eclesiásticos, monjes y eruditos” lo reciben a carcajadas, se burlan en su cara de sus disparates:
UN PRELADO GORDO. —También lo creen, también lo creen. Sólo lo razonable no es creído. Que hay un diablo, eso sí que lo dudan. Pero que la tierra de vueltas como una bolilla en el sumidero, eso sí que es creído. ¡Sancta simplicitas!
UN MONJE (en chanza). —¡Me mareo, me mareo! ¡Se mueve demasiado rápido! Permítame que me apoye en usted, profesor. (Hace como si trastabillara y se tiene delante del erudito.)
EL ERUDITO (imitándolo). —Sí, la vieja tierra se ha emborrachado de nuevo. (Se apoya en otro.)
EL MONJE. —-¡Alto, alto! ¡Que nos caemos! ¡Alto!
UN SEGUNDO ERUDITO. —Venus está ya completamente torcida. Ahora le alcanzo a ver sólo la mitad del trasero. ¡Socorro! (Se forma una masa compacta de monjes que, entre risotadas, hacen como si se defendieran de caer al mar en un navío en tormenta.)
UN SEGUNDO MONJE. —¡Por lo menos que no caigamos en la luna! Hermanos: ahí parece que existen montañas con puntas muy afiladas.
EL PRIMER ERUDITO. —Apóyate en ellas con el pie. 

Estatua Giordano Bruno en Plaza Campo dei Fiori
EL PRIMER MONJE. —¡Y no mires para abajo! ¡Ay, que sufro de vértigos!
EL PRELADO GORDO (intencionadamente, en dirección a Galilei). — ¡Imposible! ¡Patrañas en el Colegio Romano! (Grandes risotadas. Por una puerta trasera entran dos astrónomos del Colegio. Se hace silencio.)
            Lo peor es que, cuando no se burlan de Galileo, los sabios del Colegio Romano sugieren cosas macabras:
EL CARDENAL MUY VIEJO (a Galilei). —¿Así que es usted? Pues mire, yo ya no veo muy bien, pero sí puedo decirle que usted se parece muchísimo a esa persona que condenamos en su tiempo a la hoguera. ¿Cómo se llamaba?
            La taimada alusión a Giordano Bruno no es casual. Galileo proclama que el “cielo”, como lo concebía Tolomeo “ha muerto”, rechaza la doctrina científica de Aristóteles, “enloda a aristóteles”, que es uno de los puntales de la fe, de la doctrina de la fe católica. Se atreve a decir, dice y repite que  la tierra gira alrededor del sol y no al revés.  El sol no se mueve y  no se puede parar pero la Biblia dice lo contrario. ¡Ay carijo!
UN MONJE MUY DELGADO (se adelanta con una Biblia abierta en la mano y señala fanáticamente un fragmento con el dedo).— ¿Qué es lo que dicen las Sagradas Escrituras? “Sol no te muevas de encima de Gabaón ni tú Luna de encima del valle de Ayalón.” ¿Cómo puede detenerse el Sol si no se mueve en absoluto, como sostienen esos herejes? ¿Mienten acaso las Sagradas Escrituras?
EL CARDENAL MUY VIEJO (rechazándolo, a Galilei). Usted quiere degradar a la tierra, a pesar de que viva sobre ella y que de ella todo lo recibe. ¡Usted ensucia su propio nido! ¡Ah, pero no lo consentiré! (Deja a un lado al monje y comienza a pasearse con orgullo.) Yo no soy un ser cualquiera que habita un astro cualquiera que da vueltas por algún tiempo. Yo camino sobre la tierra firme, con pasos seguros. Ella está inmóvil, ella es el centro del Todo y yo estoy en su centro y el ojo del Creador reposa en mí, solamente en mí, giran, sujetas en ocho esferas de cristal, las estrellas fijas y el poderoso Sol que ha sido creado para iluminar a mí alrededor. Y también a mí, para que Dios me vea. Así viene a parar todo sobre mí, visible e irrefutable, sobre el hombre, el esfuerzo divino, la criatura en el medio, la viva imagen de Dios, imperecedera y… (Se des-ploma.)
EL MONJE. —¡La patria del género humano convertida en una estrella errante! Al hombre, animal, planta y toda la demás naturaleza los meten en un carro y al carro lo hacen dar vueltas en un cielo vacío. Para ellos no hay más ni cielo ni tierra. La Tierra no existe porque sólo es un astro del cielo y tampoco el cielo porque está formado por muchas tierras. No hay más diferencia entre arriba y abajo entre lo eterno y lo perecedero.
Muchos se preguntan “¿Adónde iremos a parar?
Con “ese tubo del diablo” (el telescopio) “nos van a destruir todo el firmamento.”
Galileo pretende, al parecer, destruir toda la belleza y la  poesía de la creación, “esa armonía”.


EL FILÓSOFO. —El universo del divino Aristóteles con sus esferas de místicos sonidos y sus cristalinas bóvedas y los giros circulares de sus cuerpos celestes y el ángulo inclinado de la trayectoria solar y los misterios de las tablas de los satélites y la exuberancia de estrellas del catálogo del hemisferio austral y la inspirada construcción del globo celestial, es un edificio de tal orden y belleza que bien deberíamos recapacitar antes de destruir esa armonía.
Galileo, definitivamente “y sin ninguna duda es un enemigo de la naturaleza humana y como tal debe ser tratado. El hombre es la corona de la creación, eso lo sabe cualquier niño. La criatura más sublime y bienamada del Señor. ¿Cómo puede colocar él esa maravilla, ese magnífico esfuerzo en un asteroide minúsculo, apartado y que dispara continuamente? ¿Acaso él mismo mandaría a su propio hijo así, a un lugar cualquiera? ¿Cómo puede existir gente tan perversa que tenga fe en estos esclavos de sus tablas numéricas? ¿Qué criatura del Señor puede tolerar una cosa así?”
El principio de autoridad, en boca del Filósofo, sale a relucir  para invalidar científicamente las teorías del hereje Galileo:
EL FILÓSOFO (importante). —Si aquí se procura enlodar la autoridad de Aristóteles reconocida no sólo por todas las ciencias de la antigüedad sino también por los Santos Padres de la Iglesia, debo entonces advertir que considero inútil toda continuación de la disputa. Rechazo toda discusión impertinente. ¡Ni una palabra más!
Pero el hereje impertinente  no se calla:
GALILEI. —El padre de la verdad es el tiempo y no la autoridad. ¡Nuestra ignorancia es infinita, disminuyamos de ella tan siquiera un milímetro cúbico! ¿Por qué ahora ese afán de aparecer sabios cuando podríamos ser un poco menos tontos? He tenido la inconcebible felicidad de recibir un instrumento con el cual se puede observar una puntita del universo, algo, no mucho. ¡Utilícenlo!
El tozudo Galileo está cortando leña para su hoguera.

NOTA:

HELIOCENTRISMO
La hipótesis heliocéntrica durmió hasta Copérnico. Uno de los responsables de esta catalepsia fue Aristóteles, que con su inmensa autoridad policial impidió cualquier alzamiento contra el régimen establecido. Schopenhauer y Bertrand Russell afirman que este filósofo constituyó una calamidad pública que duró veinte siglos. Muchos se enojan arguyendo que fue un gran genio. No veo la contradicción: solamente un gran genio puede constituir una gran calamidad. Si Aristóteles hubiese sido un mediocre no habría sido capaz de impedir durante dos mil años el advenimiento de la nueva física. Los genios promueven grandes adelantos en el pensamiento humano; pero, cuando les da por estar equivocados, son capaces de frenarlo durante varios siglos. (Ernesto Sabato, “Uno y el universo”)


Y sin embargo se mueve 

El papa se opone en todo lo que puede oponerse a que su amigo sea sometido a los rigores del tratamiento inquisitorial para que se desdiga de sus disparatadas, absurdas y herejes teorías.

Las noticias no son buenas para el Galileo de la obra de Bertolt Brecht. En 1616 el Colegio Romano, Instituto de Investigaciones del Vaticano, había confirmado sus descubrimientos, pero el 5 de marzo del mismo año la santa inquisición pone la teoría de Copérnico en el Index o índice de los libros prohibidos.
“Su Eminencia, el Cardenal Belarmino, (advierte) al señor Galilei: ‘El Santo Oficio ha decidido anoche que la teoría de Copérnico, por la cual el Sol sería centro del Universo e inmóvil y la Tierra, en cambio, no conformaría ese centro y estaría en movimiento, es disparatada, absurda y hereje en la fe. He recibido la misión de prevenirle a usted para que abandone esas opiniones”.

 La inquisición
Durante ocho años Galileo calla, se ve obligado a callar, y a Virginia, su única hija, no le han permitido casarse hasta que no pase el “período de prueba”. (De hecho no se casará nunca, terminará su vida en un convento y las cartas que desde allí escribió a su padre darán origen “a una inusual biografía que se lee como una novela”, una apasionante novela: “La hija de Galileo”, de Dava Sobel).
Poco tiempo después se produce un acontecimiento favorable: El cardenal Barberini, amigo de Galileo y con fama de hombre tolerante e ilustrado, accede al solio papal, y Galileo aprovecha las circunstancias para continuar sus estudios. 
“EN EL DECENIO SIGUIENTE, LAS TEORÍAS DE GALILEI SE DIFUNDEN EN EL PUEBLO. PANFLETISTAS Y CANTORES DE BALADAS RECOGEN LAS NUEVAS IDEAS POR TODOS LADOS. EN EL CARNAVAL DE 1632, MUCHAS CIUDADES ELIGEN A LA ASTRONOMÍA COMO MOTIVO PARA LAS COMPARSAS DE SUS GREMIOS.”
Como dice EL INQUISIDOR, “El triturador de la Biblia”, “El miserable sabe bien lo que hace cuando publica sus trabajos de astronomía en el idioma de las pescaderas y de los comerciantes de lana y no en latín.”
“Uno se podría preguntar: ¿por qué tanto interés repentino en una ciencia tan apartada como es la astronomía? ¿No es indiferente acaso cómo giran esas esferas? Pero en toda Italia no hay ninguno, hasta el último palafrenero, que no hable —por el mal ejemplo dado por ese florentino— de las fases de Venus, y al mismo tiempo no deje de pensar en tantas de esas cosas que se les señalan como indiscutibles en escuelas y otros lugares y que tan incómodas son. ¿Qué pasaría si todos esos débiles a la carne e inclinados a cualquier exceso creyesen sólo en la propia razón que ese loco define como la única instancia?”
Luego pasó lo que tenía que pasar:
“1633: EL FAMOSO INVESTIGADOR RECIBE ORDEN DE  LA INQUISICIÓN DE TRASLADARSE A ROMA.”
UN ALTO FUNCIONARIO (baja la escalera). —Señor Galilei, tengo la misión de llevar a su conocimiento que la corte florentina no está más en condiciones de oponerse al deseo de la Santa Inquisición de interrogarlo, en Roma. El coche de la Santa Inquisición lo espera, señor Galilei.”
El papa se opone en todo lo que puede oponerse a que su amigo sea sometido a los rigores del tratamiento inquisitorial para que se desdiga de sus disparatadas, absurdas y herejes teorías.
EL PAPA. —Lo máximo es mostrarle los instrumentos (es decir los pavorosos instrumentos de tortura, pcs).
EL INQUISIDOR. —Eso bastará, Vuestra Santidad. El señor Galilei entiende de instrumentos.
El resultado no se deja esperar:

La inquisición
“22 DE JUNIO DE 1633: GALILEO GALILEI REVOCA ANTE LA INQUISICIÓN SU TEORÍA DEL MOVIMIENTO DE LA TIERRA.”
UNA VOZ. —“Yo, Galileo Galilei, maestro de matemáticas y de física en Florencia, abjuro solemnemente lo que he enseñado, que el Sol es el centro del mundo y está inmóvil en su lugar, y que la Tierra no es centro y no está inmóvil. Yo  abjuro, maldigo y abomino con honrado corazón y con fe no fingida todos esos errores y herejías así como también todo otro error u opinión que se opongan a la Santa Iglesia.”
“1633-1642. GALILEO GALILEI VIVE HASTA SU MUERTE EN UNA CASA DE CAMPO EN LAS CERCANÍAS DE FLORENCIA, COMO PRISIONERO DE LA INQUISICIÓN.”
GALILEI. —Por mi arrepentimiento tan profundo me he ganado el beneplácito de mis superiores en tal forma que hasta se me han permitido estudios científicos de limitada importancia bajo control del clero.
ANDREA. —En efecto, también llegó a nuestros oídos que la Iglesia está contenta con usted. Su total sumisión ha dado buenos resultados. Se asegura que las autoridades han comprobado con satisfacción que desde que usted se sometió no se ha publicado en toda Italia ninguna obra con nuevas teorías.
GALILEI (mirándolo de reojo). —Por desgracia hay países que se substraen a la vigilancia de la Iglesia. Me temo que las teorías condenadas puedan seguir siendo estudiadas allá.
ANDREA. —También allá tuvo lugar un retroceso
GALILEI. —He terminado los “Discorsi”.
ANDREA. —¿”Los Discursos en torno a dos nuevas ciencias: mecánica y leyes de gravitación”? ¿Aquí?
GALILEI. —Oh, sí, me dan papel y pluma. Mis superiores no son tontos. Ellos saben que los vicios arraigados no se pueden quitar de hoy a mañana. Me protegen de consecuencias desagradables guardando página por página.
ANDREA. —¡Dios mío!
GALILEI. —¿Decías algo?
ANDREA. —¡Lo hacen arar en el mar! Le dan pluma y papel para que se tranquilice. ¿Cómo pudo escribir teniendo sus escritos ese destino?
GALILEI. —Oh, yo soy un esclavo de mis costumbres.
ANDREA. —¡Los “Discorsi” en manos de esos! ¡Y Amsterdam, Londres y Praga se mueren de sed por ellos!
La tierra seguirá moviéndose y, sin embargo, el Galileo de Brecht se siente mal consigo mismo. El discurso de Galileo al  final de la obra de Brecht pone el acento sobre la responsabilidad del científico, que el Galileo de Brecht considera haber traicionado…Concretamente Bertolt Brecht se propuso establecer la responsabilidad o irresponsabilidad de científicos como los que se prestaron a la fabricación de la bomba atómica.
El Galileo de Brecht (o la última de las tres versiones) ha sido justamente calificado como una “obra antiatómica.”
Mi docto y tolemaico amigo Avelinus se revolcará al leer esto de indignación  en su catre.

Galileo y la bomba atómica

Todo lo anterior tiene que ver con un asunto que para Bertolt Brecht constituía una grave preocupación, la responsabilidad del científico o del técnico, el peligro que representa el uso inmoral de la ciencia y la técnica.

Dice Pérez-Reverte en ese dignísimo panfleto antibélico titulado “Territorio comanche”, que lo más eficaz en las guerras “es que el enemigo tenga, más que muertos, muchos heridos graves, mutilados y cosas así”. (Algo que también sabían los dominicanos cuando les hacían la guerra de guerrillas a los españoles durante la Restauración ).
Los muertos simplemente están muertos y basta enterrarlos, pero los heridos “requieren esfuerzos de evacuación, cura y hospitales, complican la logística del adversario y le revientan la organización y la moral.” Mejor “es hacerle muchos cojos y mancos y tetrapléjicos…”

La bomba atómica
“La bala retozona del 5.56 –dice Pérez-Reverte-, esa misma que hace zigzag y en vez de salir por aquí sale por allá o hace estallar el hígado, se comporta así porque un brillante ingeniero, hombre pacífico donde los haya, quizá cató1ico practicante, aficionado a Mozart y a la jardinería, pasó muchas horas estudiando el asunto. Tal vez hasta le dio nombre -Bala Louise, Pequeña Eusebia- porque el día que se le ocurrió el invento era el cumpleaños de su mujer, o su hija. Después, una vez terminados los planos, con la conciencia tranquila y la satisfacción del deber cumplido, el asesino de manos limpias apagó la luz en la mesa de proyectos y se fue a Disneylandia con la familia.”
Todo lo anterior tiene que ver con un asunto que para Bertolt Brecht constituía una grave preocupación, la responsabilidad del científico o del técnico, el peligro que representa el uso inmoral de la ciencia y la técnica. Sobre todo después de las bombas atómicas que se arrojaron graciosamente sobre Japón.
“La bomba atómica –dijo Bertolt Brecht- sólo ha impresionado a la gente simple como algo terrible”, pero es aún peor: “Este supertorpedo ha apagado el repique de las campanas de la victoria… La bomba atómica ha convertido realmente las relaciones entre sociedad y ciencia en un problema de vida o muerte”. Brecht, “Como Einstein, se ha dado cuenta de algo que no todos veían: se ha ganado la guerra, pero no la paz.”
El Galileo de Brecht, con su “panza de buda y socráticamente feo” como el Charles Laughton que lo representó, reflexiona amargamente sobre este tema en el monólogo final:
GALILEI. En las horas libres de que dispongo, y que son muchas, he recapacitado sobre mi caso. He meditado sobre cómo me juzgará el mundo de la ciencia del que no me considero más como miembro. Hasta un comerciante en lanas, además de comprar barato y vender caro, debe tener la preocupación de que el comercio con lanas no sufra tropiezos. El cultivo de la ciencia me parece que requiere especial valentía en este caso. La ciencia comercia con el saber, con un saber ganado por la duda. Proporcionar saber sobre todo y para todos, eso es lo que pretende, y hacer de cada uno un desconfiado. Ahora bien, la mayoría de la población es mantenida en un vaho nacarado de supersticiones y viejas palabras por sus príncipes, sus hacendados, sus clérigos, que sólo desean esconder sus propias maquinaciones. La miseria de la mayoría es vieja como la montaña y desde el pulpito y la cátedra se manifiesta que esa miseria es indestructible como la montaña. Nuestro nuevo arte de la duda encantó a la gran masa. Nos arrancó el telescopio de las manos y lo enfocó contra sus torturadores. Estos hombres egoístas y brutales, que aprovecharon ávidamente para sí los frutos de la ciencia, notaron al mismo tiempo que la fría mirada de la ciencia se dirigía hacia esa miseria milenaria pero artificial que podía ser terminantemente anulada, si se los anulaba a ellos. Nos cubrieron de amenazas y sobornos, irresistibles para las almas débiles. ¿Pero acaso podíamos negarnos a la masa y seguir siendo científicos al mismo tiempo? Los movimientos de los astros son ahora fáciles de comprender, pero lo que no pueden calcular los pueblos son los movimientos de sus señores. La lucha por la mensurabilidad del cielo se ha ganado por medio de la duda; mientras que las madres romanas, por la fe, pierden todos los días la disputa por la leche. A la ciencia le interesan las dos luchas. Una humanidad tambaleante en ese milenario vaho nacarado, demasiado ignorante para desplegar sus propias fuerzas no será capaz de desplegar las fuerzas de la naturaleza que vosotros descubrís. ¿Para qué trabajáis? Mi opinión es que el único fin de la ciencia debe ser aliviar las fatigas de la existencia humana. Si los hombres de ciencia, atemorizados por los déspotas, se conforman solamente con acumular saber por el saber
mismo, se corre el peligro de que la ciencia sea mutilada y que vuestras máquinas sólo signifiquen nuevas calamidades. Así vayáis descubriendo con el tiempo todo lo que hay que descubrir, vuestro progreso sólo será un alejamiento progresivo de la humanidad. El abismo entre vosotros y ella puede llegar a ser tan grande que vuestras exclamaciones de júbilo por un invento cualquiera recibirán como eco un aterrador griterío universal. Yo, como hombre de ciencia tuve una oportunidad excepcional: en mi época la astronomía llegó a los mercados. Bajo esas circunstancias únicas, la firmeza de un hombre hubiera provocado grandes conmociones. Si yo hubiese resistido, los estudiosos de las ciencias naturales habrían podido desarrollar algo así como el juramento de Hipócrates de los médicos, la solemne promesa de utilizar su ciencia sólo en beneficio de la humanidad. En cambio ahora, como están las cosas, lo máximo que se puede esperar es una generación de enanos inventores que puedan ser alquilados para todos los usos. Además estoy convencido que yo nunca estuve en grave peligro. Durante algunos años fui tan fuerte como la autoridad. Y entregué mi saber a los poderosos para que lo utilizaran, para que no lo utilizaran para que se abusaran de él, es decir, para que le dieran el uso que más sirviera a sus fines. Yo traicioné a mi profesión. Un hombre que hace lo que yo hice no puede ser tolerado en las filas de las ciencias.
Como dice Francisco Fernández Buey en un inapreciable artículo (“Brecht: sobre Galileo y la responsabilidad del científico”):  “Haciendo pensar a Galileo sobre su propio caso, y muy probablemente llevando en la cabeza el ejemplo del viejo Einstein, quien, con Leo Szilard, empujó a las autoridades norteamericanas a fabricar la bomba atómica para protestar luego por su utilización sobre las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki y por la carrera armamentista, Brecht rechaza el progresismo ingenuo, advierte de las complicaciones de la vieja función prometeica de la ciencia, llama la atención sobre su función social presente y futura…”
El mismo Fernández Buey considera que  “en estos diálogos” de la obra “está el testamento ético-político de Brecht, su punto de vista maduro acerca de las relaciones entre ciencia y ética en la modernidad.”
Alguien la definió en italiano como un “Dramma implicitamente antiatomico.”
En opinión de otro alguien “No tenemos (en la obra) un héroe, como es de esperar, sino un conflicto fundamental entre verdad y dogma, entre la retractación y la vida.”

La dama de azufre y la violetera

Pedro Conde Sturla1
3 de abril 2013

Olía a azufre, por endemoniada, igual que aquel tarado que fue presidente nominal de los Estados Unidos. El mismo al que Chávez comparó con el diablo, faltándole respeto al diablo, que es un pobre diablo.
Tenía cara de pájaro y era un pájaro malo. Era imperialista, era troglodita, era sádica, era pinochetista, era parafascista, odiaba al aguerrido pueblo irlandés, odiaba a los pobres, odiaba a los sindicatos y el estado de
Margaret Thatcher
bienestar, y en consecuencia,  promovió con éxito la desigualdad social como política de estado.
Era, en el fondo una especie de calvinista que “Elevó a categoría el egoísmo privado, estableciendo la riqueza como medida de virtud” (Francisco G. Basterra,El País ,12 abr 2013). Y quizás también como señal  de predestinación divina.
Era arbitraria, era intolerante y era intolerable. Y lo era a tal punto el punto que del poder fue sacada, humillantemente, por sus propios compañeros de partido.
No irá al infierno, sin embargo, todavía no han podido habilitar un espacio seguro para ella.
Sarita Montiel
¡Qué encantadora en cambio era la otra! Aquella Violetera del último cuplé, la de fumando espero, tan divinamente monumental, tan teutónica o sos pechosa, como dicen los argentinos.
Amor maternal inspiraba.
Por esas cualidades, amor maternal inspiraba en la época de su plenitud. Puro amor maternal y no otra cosa.¿Acaso no soñábamos todos -como dulces criaturas inocentes-, ser amamantados maternalmente por ella?




LAS METAMORFOSIS DE OVIDIO

Pedro Conde Sturla
25 de abril 2016

En cambio, para escapar de la persecución de Apolo, la pobre y casta Dafne, invoca a los dioses y “de repente, su piel se convirtió en corteza de árbol, su cabello en hojas y sus brazos en ramas.

La mitología griega es de una riqueza incomparable y la abundancia y variedad de criaturas divinas, semidioses, héroes humanos, brujas, monstruos y demonios constituye una especie de laberinto donde es difícil orientarse. Por añadidura, muchos eventos, muchos personajes se repiten en diferentes versiones y el número crece y crece en modo exponencial. Entre los griegos, el afamado Hesíodo (que nació probablemente en la segunda mitad del siglo VIII a.C) fue quizás el primero en tratar de poner orden en la maraña de historias que habían circulado durante siglos en forma oral, asentándolas por escrito en su celebrada “Teogonía”. (Del mismo modo, durante cuatrocientos años circularon de boca en boca las narraciones sobre la guerra de Troya y las aventuras de Ulises, antes de ser escritas por un poeta o escuela de poetas que designamos convencionalmente con el nombre de Homero).
Entre los romanos, dos de los principales recopiladores son Ovidio y el incierto Apolodoro, el discutido autor de la “Biblioteca mitológica”.
Ovidio es uno de los más importantes recopiladores de mitología clásica grecorromana. Vivió y escribió en la época de Augusto, entre la segunda mitad del siglo I a. C y la primera del I d. C., y sus relaciones con este emperador en un cierto período se agriaron y el poeta tuvo que tomar el camino vitalicio del exilio, un frío exilio en lo que es hoy ñRumania, pero su obra fue más afortunada, al menos en lo que respecta a “Las metamorfosis”. Esta epopeya didáctica en quince tomos describe la historia del mundo a través de una cadena de transformaciones o  metamorfosis que culmina con la conversión de Julio César en dios y se conserva en su casi total integridad. Fue, además, durante siglos una de las más leídas y de mayor influencia en las artes.
“De Ovidio y sus Metamorfosis son deudores, en el transcurso de los siglos, no sólo la literatura, y en especial la poesía, sino todas las manifestaciones artísticas (pintura, música…) que han querido ocuparse del tema del amor y del cambio en la vida del hombre”.

Apollo & Daphne


La primera transformación en el poema de Ovidio es la del caos en cosmo, la creación del mundo, un tema apasionante que es común a casi todas las culturas:
  “Invocación
   “Me lleva el ánimo a decir las mutadas formas / a nuevos cuerpos: dioses, estas empresas mías –pues vosotros los mutasteis–  / aspirad, y, desde el primer origen del cosmos / hasta mis tiempos, perpetuo desarrollad mi poema.
“El origen del mundo
  “Antes del mar y de las tierras y, el que lo cubre todo, el cielo, / uno solo era de la naturaleza el rostro en todo el orbe, / al que dijeron Caos, ruda y desordenada mole / y no otra cosa sino peso inerte, y, acumuladas en él, / unas discordes simientes de cosas no bien unidas. / Ningún Titán todavía al mundo ofrecía luces, / ni nuevos, en creciendo, reiteraba sus cuernos Febe, / ni en su circunfuso aire estaba suspendida la tierra, / por los pesos equilibrada suyos, ni sus brazos por el largo / margen de las tierras había extendido Anfitrite, / y por donde había tierra, allí también ponto y aire: / así, era inestable la tierra, innadable la onda, / de luz carente el aire: ninguno su forma mantenía, / y estorbaba a los otros cada uno, porque en un cuerpo sol / lo frío pugnaba con lo caliente, lo humedecido con lo seco, / lo mullido con lo duro, lo sin peso con lo que tenía peso. / Tal lid un dios y una mejor naturaleza dirimió, / pues del cielo las tierras, y de las tierras escindió las ondas, / y el fluente cielo segregó del aire espeso”.
Las transformaciones o metamorfosis componen la sustancia de esta maravillosa obra que nos lleva de uno a otro personaje en forma descarnada. Muchos atribuyen el exilio de Ovidio en las orillas del Mar negro al carácter erótico de su poesía, que no es apta, por cierto, para menores.
Zeus se transforma en cisne para seducir a Leda y esta pone dos huevos de los que nacen hijos del dios seductor y de su esposo legítimo. Zeus se transforma en lluvia de oro (¿un soborno?) para seducir a la doncella Dánae que estaba encerrada en una torre. Zeus se transformó en toro para seducir y llevarse a la princesa egipcia Europa. Zeus tomó el aspecto del marido de Alcmena “y se unió con ella en una noche que duró setenta y dos horas, tiempo durante el cual no salió el sol”. (De la unión nació Hercules). Zeus se transforma en Sátiro para seducir a Antíope. Zeus se transforma en nube para poseer a Io. Zeus adoptó la forma de Artemisa, se convirtió en mujer, para seducir a Calisto e hicieron el amor como mujeres, cosa que a Calisto le gustó, pero luego Zeus se convirtió en macho y la violó. Zeus no respetaba faldas ni pantalones, en caso de que los hubiera en esa época:
“El apetito sexual de Zeus es insaciable, y no le basta con poseer a las diosas y ninfas que se le cruzan por los palacios del Olimpo; su mirada va más lejos, su búsqueda se dirige a la tierra donde indefensas doncellas o incluso fieles esposas desconocen el peligro que les acecha, y tras un acto de amor no buscado contribuyen a acrecentar la descendencia divina.
“Y es que en múltiples ocasiones el corazón de Zeus fue alcanzado por las ardientes flechas de Amor, hasta el punto que su majestuoso porte se transformó en figuras de lo más dispares para seducir a sus amantes mortales. Llegando más lejos, hasta el púber rostro del pastor Ganimedes provocó un ardiente deseo en el hijo de Crono, que llevó también aparejada su consiguiente transformación”.
Zeus, en efecto, se convirtió en águila para raptar al hermoso príncipe troyano Ganímedes, al cual le dio varios usos y  convirtió después en copero de los dioses en el Olimpo. Fue, dice Apolodoro, la primera criatura que tuvo relaciones con otra de su misma especie, pero Venus Afrodita no se le quedaba atrás, era ninfómana y bisexual como Zeus y se enamoraba como una gata en calor.
En cambio, para escapar de la persecución de Apolo, la pobre y casta Dafne, invoca a los dioses y “de repente, su piel se convirtió en corteza de árbol, su cabello en hojas y sus brazos en ramas. Dejó de correr ya que sus pies se enraizaron en la tierra”. Se transformó en árbol.
No podía faltar, desde luego, un episodio dedicado a la  creación del hombre según Ovidio. Un episodio memorable, sin duda, que destaca por su mágica ternura y una cierta ingenuidad:
“Un ser más noble y más inteligente, hecho para dominar sobre todos los otros, faltaba aún a esta gran obra. El hombre nació: ya sea que el arquitecto supremo lo hubiese animado con un soplo divino, ya sea que la tierra conservase todavía, en su seno, algunas de las partes más puras del éter del cual acababa de ser separada, y el hijo de Japeto (Prometeo), empapando esta semilla fecunda, hubiese formado al hombre a imagen de los dioses, árbitros del universo; el hombre, distinto de los otros animales cuya cabeza se inclina hacia la tierra, puede contemplar los astros y fijar sus miradas sublimes en los cielos. Así la materia, antes informe y estéril, tomó la figura del hombre, hasta entonces desconocida en el universo”.