Para los fines de lugar aclaro que siento poca o ninguna simpatía por el régimen de Corea del norte, una monarquía, una aberración histórica, una dinastía comunista, una tiranía casi tan pesada como la que padecen los árabes sauditas o los palestinos bajo el yugo de Israel.
lunes, 17 de abril de 2017
domingo, 16 de abril de 2017
ÁNGELES Y DEMONIOS EN EL CÓDIGO DA VINCI
Pedro Conde
Sturla
29 de Julio de 2010
Hace unos años, en medio del fragor de una
discordia -que tenía como oponentes a la iglesia católica, de una parte, y de
la otra a Dan Brown y “El código Da
Vinci”-, me atreví a opinar sobre el tema en un diario digital y ahí
ardió Troya. Fui condenado metafóricamente a las llamas del infierno, a la
hoguera de las vanidades donde el fuego es fatuo y no quema, y la condena
eterna pesa todavía sobre mí.
Ya las aguas bajaron a su nivel, el best seller
de Dan Brown llegó a un punto muerto en cuanto a ventas y la Iglesia Católica sigue siendo la iglesia por excelencia, a pesar de las
críticas. La polémica sirvió, sin embargo, para despertar inquietudes
insospechadas, para que muchos se espabilaran y se deshollinaran el cerebro,
algo muy saludable para estimular una conciencia crítica
Por esa razón me he decidido a desempolvar,
corregir y ampliar este texto y proponerlo de nuevo a los lectores: Para
invitarlos a pensar, disentir, asentir o simplemente maldecir al autor.
“El Código Da Vinci”, de Dan Brown, es
una novela mediocre con una trama apasionante. Todo lo contrario de “El péndulo de Foucalt”, de Humberto Eco,
una novela brillante que trata un poco de los mismos temas pero con un
desarrollo lentísimo y pesadísimo, aunque no deja de ser sumamente ilustrativa.
De hecho, la obra anterior de Brown, “Ángeles
y demonios” (casi un preámbulo de “El
Código”), es un texto más realizado, más elaborado, con un argumento casi
igual de intrigante y con el mismo objetivo. Sociedades secretas depositarias de
un mensaje auténticamente cristiano en lucha contra una Santa Madre Iglesia
Católica que a lo largo de los siglos condenó a la tortura vesánica y a la hoguera
a millares de seres humanos en nombre de Cristo. Quien sale mal parado en “El Código Da Vinci” no es Jesucristo, es
el poder que ha deformado al personaje histórico, su conversión en mero
instrumento del poder, la falsificación de su mensaje y su conversión forzada
al paganismo.
Para un libre
pensador no anticristiano ni anticatólico, la obra de Dan Brown y sus cuarenta
millones de ejemplares vendidos representan un capítulo de lucha contra el
oscurantismo, una lucha que hay que saludar con entusiasmo, independientemente
de los intereses mercuriales que envuelve toda operación editorial a gran
escala. Su mayor mérito, quizás, es habernos puesto a pensar, a re pensar, en
una de las figuras más influyentes y deformadas de la humanidad.
Brown no es un
buen escritor pero no es un mal narrador y es sobre todo un erudito, un
curioso, hijo de un profesor de matemáticas y de una compositora de música
sacra. De aquí su pasión por la ciencia y la religión, las sociedades secretas
y la multitud de códigos enigmáticos con los cuales en cada capítulo sorprende,
deslumbra y mantiene en vilo al lector, entablando con éste un tremendo juego o
duelo de inteligencia que a veces se traduce en burla.
Uno de los
elementos más urticantes de la novela es la pregunta que el autor pone en boca
de uno de sus protagonistas. “¿Qué pasaría si la mayor verdad jamás revelada
fuese la más grande mentira?” ¿Qué pasaría si se supiese que la más grande
mentira fue el resultado de una burda manipulación llevada a cabo
principalmente por un emperador romano llamado Constantino, Constantino el Grande,
en el famoso Concilio de Nicea del año 325 d.C., que convirtió a Jesucristo en
un dios pagano?
El pueblo
hebreo no se destacó en la historia por sus grandes realizaciones materiales,
tecnológicas, científicas, es decir, no aportó nada a las matemáticas, a la
astronomía, a la agricultura, a la escritura, como hicieron por ejemplo los
egipcios, mesopotámicos y cananeos. Fue más bien una cultura insignificante. Los
hebreos pasaron del estado nómada pastoril a la civilización por vía de la
conquista y sólo durante el reino de Salomón construyeron, supuestamente, obras
de arquitectura memorables, de las cuales no se conservan huellas. Incluso la
existencia histórica de personajes como David y Salomón ha sido cuestionada
recientemente por los arqueólogos israelíes Israel Finkelstein (director del
Instituto de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv) y Neil Asher Silberman
(arqueólogo).
En el aspecto
político los hebreos sobresalieron por su incapacidad de vivir en paz entre
ellos mismos y con los pueblos vecinos. Ayer como hoy se destacaron por su intolerancia,
crueldad y fanatismo. Toda su gloria se debe a la literatura, a la historia, a
la fábula. Y todo eso gracias a la escritura fonética. Ningún otro pueblo sacó
tanto provecho de este maravilloso invento fenicio que consiste, según lo
definiera un poeta latino, en “pintar el sonido de las palabras”. La escritura
fonética, que los griegos convirtieron más tarde en alfabeto, añadiendo las
vocales, permitió al pueblo hebreo escribir sobre sí torrencialmente y
preservar su memoria e identidad a través de los siglos en un conjunto de
libros que llamamos “Biblia”, “el más
grande best seller de la humanidad”, como dice Dan Brown. Sólo “El Quijote” compite mediocremente con las “Sagradas Escrituras”, que contienen
como se sabe la palabra de Dios.
El legado escrito
de los egipcios, mesopotámicos y un poco también el de los griegos languideció,
se perdió en parte en catástrofes como la quema de la Biblioteca de
Alejandría o simplemente, en algunos casos, se convirtió en lengua muerta y se
hizo incompresible, aunque a la vista de todos, como en Egipto. Casi dos
milenios después, en el siglo XVIII, los arqueólogos comenzaron a rescatar el
legado de la antigüedad, descifraron la escritura egipcia y sumeria, ampliaron el
conocimiento de la cultura griega e hitita, descubrieron bibliotecas enteras
preservadas en tabletas de barro cocido en Mesopotamia. Y sucedió lo
impensable. Poco a poco se descubrió que la palabra de Dios era un plagio. La
cultura hebrea, como todas las culturas, se había empapado de las culturas
circundantes y las había hecho suyas parcialmente. La mitología judeo cristiana
copiaba o se alimentaba copiosamente de otras fuentes mitológicas perfectamente
identificables. Los relatos del “Génesis”,
por ejemplo, remedan los mitos de la cosmogonía sumeria, y la descripción de la
bóveda celeste no difiere de la de los egipcios ni la de los caldeos. El
antiquísimo poema caldeo de Gilgamesh anticipa la búsqueda y la pérdida de la
inmortalidad por culpa de una serpiente y contiene un relato del diluvio
universal y la construcción de un arca que siglos más tarde le serviría de
modelo a Noé. El rey Hammurabi, tres siglos antes de Moisés, recibió las leyes
del código que lleva su nombre de manos del dios del sol, Shamash, que se le
presentó envuelto en llamas. Zaratustra, en el siglo V a.C., predicó una
religión en la que se menciona al final de los tiempos la resurrección de la
carne y un juicio final con su repartición de premios y castigos. La leyenda de
Buda, perteneciente al siglo IV a.C., habla de “un dios bajado del cielo,
nacido de una virgen de familia real, y muerto y resucitado para redimir al
género humano”.
Uno de los más
antiguos personajes nacido de un dios y una virgen es el ya mencionado
Gilgamesh, (2650 a .
C). Para fecundarle, Shamash llegó a ella convertido en rayos de sol. Algo
parecido sucedió con Perseo, a cuya madre Danae fecundó Zeus tomando la forma
de una lluvia de oro (seguramente un soborno). A Leda, la madre de Hércules,
aunque no era virgen, la sedujo el mismo Zeus tomando la forma de cisne. Orus, Confucio,
Buda, Krisna, LaoTsé y tantos otros tienen el mismo o parecido origen divino
virginal con el que los mitificó la posteridad. Rómulo, primer rey mitológico
de Roma a mediados del siglo VIII a.C., era -como su hermano gemelo- hijo de la
virgen vestal Rea Silvia, a la cual malogró el dios Marte en más de un sentido.
Los gemelos fueron arrojados y salvados de las aguas, como lo había sido Moisés
y con anterioridad a Moisés, Sargón II. En sus “Vidas paralelas”, Plutarco describe la muerte, la resurrección,
aparición y ascensión de Rómulo a la morada de los dioses. Con el dios
precristiano Mitras sucedió lo mismo.
El Espíritu
Santo, convertido en nube en presencia de la virgen María, encaja perfectamente
en el esquema de la cultura helenística predominante en esos días. Cristo es un
mito helénico, o mejor dicho, fue convertido al helenismo, convertido al
paganismo en el Concilio de Nicea que dio verdadero origen al catolicismo:
“Los discos
solares de los egipcios –dice un personaje de ‘El Código Da Vinci’- se convirtieron en las coronillas de los
santos católicos. Los pictogramas de Isis amamantando a su hijo Horus,
concebidos de manera milagrosa, fueron el modelo de nuestras modernas imágenes
de la Virgen María
amamantando al niño Jesús. Y prácticamente todos los elementos del ritual
católico, la mitra, el altar, la doxología y la comunión, el acto de ‘comerse a
Dios’, se tomaron de ritos mistéricos de anteriores religiones paganas.” En
general la figura de Cristo fue modelada de acuerdo al ritual pagano de los
dioses solares, y el día de su nacimiento se conmemora el 25 de diciembre.
Fecha dedicada al culto del Sol Invictus
en época de Constantino.
Un último dato
curioso es que el rostro de la colosal estatua de Zeus en Olimpia -obra de
Fidias-, fue tomado como modelo para realizar las primeras imágenes de
Jesucristo.
pcs,
jueves 29 de Julio de 2010
viernes, 3 de febrero de 2017
EL OTRO DUARTE
Este artículo, que aquí se reproduce con leves retoques, fue publicado originalmente en el número de mayo de 1976 de la revista Impacto Socialista, durante la celebración del Año de Duarte en el fatídico régimen de los 12 años. Lo he reproducido luego en varios medios y vuelvo a reproducirlo por la admiración que me produce el ilustre personaje y porque muchas cosas –sobre todo la retórica patriotera de los fariseos del gobierno- no han cambiado desde entonces.
En el año 1099, después de un asedio de varias semanas, los Cruzados tomaron por asalto la ciudad de Jerusalén y derramaron “torrentes de sangre en nombre del Dios del amor y de la paz, del cual se estaba conquistando la tumba.”, como dice Henry Perenne en su “Historia de Europa. Algo parecido ocurre hoy día en Santo Domingo, donde el llamado Año de Duarte está siendo celebrado a ritmo de despilfarro, mientras el entreguismo campea por sus fueros. El hecho es contraproducente porque Duarte ha sido la figura más desinteresada y honesta de nuestra historia, y mal podría glorificársele enajenando la patria y malgastando millones de pesos en obras no productivas, sobre todo cuando la economía atraviesa por una de las peores crisis de que se tenga memoria.
En ambos casos resulta evidente el contraste entre los motivos ideales del proyecto y los medios que se ponen en práctica para llevarlo a cabo. En ambos casos se trata de un contrasentido. Pero sólo de un contrasentido aparente, porque si observamos los hechos desde otra óptica, dejando aparte sus motivos ideales, descubriremos enseguida las verdaderas intenciones que se ocultan detrás de la retórica y el palabrerío oficiales. En el primer caso se trataba de conquistar un mercado (no simplemente de “rescatar la Tierra Santa de manos infieles”, sino de ocuparla militarmente, conquistarla, sojuzgarla). En el segundo caso se trata de exilar a Duarte de todo contexto humano, social e histórico, encerrándolo, acorralándolo en una especie de zona sagrada, inaccesible a limpiabotas y paleteros y otros seres inferiores.
En efecto, colocar la estatua y los restos de Duarte en aquel horrible mausoleo del mutilado Parque Independencia (en el mismo lugar ocupado anteriormente por la graciosa y espigada glorieta, importada de Europa), significa proponerlo desde arriba como figura sacra a la atención del pueblo. Es decir, como figura venerable pero a la vez inalcanzable, que no puede y no debe ser imitada so pena de sacrilegio. En definitiva, se lo propone como ídolo alienante y no como modelo a seguir (pura idolatría), porque de lo contrario podría resultar peligroso.
En realidad sucede un fenómeno interesante en el sentido de que el pensamiento duartiano –a pesar de toda la patriotería de moda- sólo puede ser asimilado superficialmente por el sistema. A causa de ello, la imagen de Duarte que propone el gobierno y, en general, la clase dirigente, es una imagen tendencial y tendenciosamente cultual. Es decir, objeto de culto, no de reflexión, de manera que no ofrezca posibilidad de aprendizaje histórico, revolucionario. En estas circunstancias no resulta extraño que hasta la Gulf and Western y la Falconbridge, dos compañías multinacionales, se hayan “patrióticamente” asociado a las festividades del año en curso.
Aislando a Duarte de ese modo, encumbrándolo en pedestales millonarios, su pensamiento se deposita muerto (al menos esa es la intención) y difícilmente constituye motivo de inspiración revolucionaria para las masas. El modelo de Duarte que sirve a la clase dirigente es de ese tipo. Un Duarte de inalcanzable e inimitable estatura heroica, fenómeno irrepetible, único, ante al cual sólo cabe una actitud acrítica y ahistórica de humilde reverencia (arrodillados si es posible). No es casual que toda la propaganda oficial tienda implícitamente y mañosamente a acentuar la diferencia entre Él y los comunes mortales.
Neutralizar el pensamiento político de Duarte o por lo menos la parte más subversiva de su mensaje (principalmente aquella relativa a traidores y vendepatrias) es el único modo de asimilarlo sin correr riesgos. De otro manera alguien podría darse cuenta de que cualquier semejanza o parecido con un Manolo y un Caamaño no es pura coincidencia. Es claro que no se trata únicamente de los monumentos que se erigen a la memoria del ilustre patricio y combatiente, sino de la idea particular que se nos quiere inculcar al respecto (veánse las obras de Balaguer y Troncoso, por ejemplo). Por lo demás, sería ingenuo esperar que las cosas sucedieran de otra manera. El culto de Martí, en Cuba, cobra vigor en el seno de un proceso revolucionario en el cual se aspiraba a realizar sus sueños, y que fue inspirado en gran parte en su mismo legado histórico. En Santo Domingo, por el contrario, el culto de Duarte prospera en un período en el que la clase dirigente se encuentra más alejada que nunca de sus ideales.
Para rescatar a Duarte del destierro a que lo ha condenado la clase dirigente –en todas las épocas- es necesario estudiar y dar a conocer su pensamiento vivo a partir de las fuentes originales: su propia obra. Lo importante es subvertir la idea que se nos quiere imponer del Padre de la Patria en los discursos oficiales. Es necesario cancelar la imagen estática y anémica del Duarte oficial: un Duarte que aparentemente no tiene contradicciones con los explotadores ni con las compañías extranjeras que saquean nuestras riquezas, ni con los grupos criollos de poder que han entregado el país y mantienen sumergido al pueblo en la miseria y en la ignorancia. El Duarte de carne y hueso –el creador de nuestra nacionalidad- fue un hombre de pluma y espada, hombre de valor, de intransigente e inquebrantable moral revolucionaria. Y fue, sin lugar a dudas, una personalidad extraordinaria, más no por eso única e irrepetible. Su espíritu no vive en las casas de los ricos ni en la de los funcionarios del gobierno, pero ha vivido siempre en las luchas de nuestros mejores combatientes por la independencia y la soberanía. Seguramente estuvo presente en las luchas del 1916-1924 contra los yanquis. Seguramente vivió y convivió con los combatientes de abril de 1965, durante todo el proceso insurreccional y aún después.
No se engañe nadie: ése es el verdadero Duarte, hombre de carne y hueso. En cambio, el Duarte místico, insustancial, apagado (tal como, por ejemplo, lo ha representado en teatro el inefable Iván García) ha sido construido y diseñado para consumo de turistas y patriotas de salón. Este Duarte divino, inmaterial y casto (casi una especie de Espíritu Santo) es un producto de biografías edulcorantes y vive sólo en la imaginación pobrísima de nuestra clase dirigente. El Duarte verdadero, el otro Duarte, cumple diariamente, heroicamente y anónimamente su itinerario histórico en el corazón del pueblo.
pcs, mayo de 1976
viernes, 29 de julio de 2016
LOS COCODRILOS
De venta en Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle
Bajo la mirada
implacable de un crítico de mala leche, asistimos en las páginas de este libro
al escenario de las venturas y desventuras de un grupo de poetas en viaje memorable
a Puerto Rico. Al discurrir de una tertulia pantagruélica en la que dominicanos
y boricuas dan rienda suelta a la imaginación, al relajo, a la gula, a la
afición etílico literaria.
Un libro que
fue dicho, antes de ser escrito, por el más prominente y ponzoñoso de sus
personajes –el célebre Federico.
Sátira irreverente y despiadada de una cierta
bohemia intelectual, a la cual pertenece el propio autor.
jueves, 28 de julio de 2016
LOS CUENTOS NEGROS
De venta en Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle

Cuentos negros revertidos en humor negro. Visión satírica, entre risueña y amarga, de los aspectos más siniestros y podridos del poder. El poder en sus múltiples ramificaciones. El poder encarnado en el autoritarismo del estado seudo democrático, el estado delincuente y sus capítulos represivos. El poder encarnado en las ejecuciones sumarias, en la aplicación rutinaria de medidas que vulneran el derecho de gente, en la impunidad del crimen, la impunidad de la corrupción, el racismo ordinario. El poder manifiesto en el autoritarismo político y el autoritarismo eclesiástico, que se apoyan y se complementan: el poder que se expresa en los privilegios irritantes de la clase dirigente, en el boato y la vida disipada de los príncipes de la iglesia.
Libro negro sobre
fondo negro, pero también un libro de contrastes. Juego de luz y sombra entre
unos personajes abyectos y unos seres de excepción, idealistas que sólo viven
por la poesía la revolución y el amor, al margen precisamente del poder, en la
otra orilla.
miércoles, 27 de julio de 2016
De LOS CUENTOS NEGROS
De venta en Amazon
YO ADIVINO EL PARPADEO
EL IMPERATIVO gardeliano frustró mis aspiraciones: yo iba para cantante, quiero decir cantante de verdad, no un simple merenguero, ni siquiera baladista. Quiero decir cantante de abolengo, cantante de mucha vaselina y mucho pelo, con clase, con estilo,
con escuela, con misterio. Quiero decir cantante de voz aceitunada, melosa, perfumada: un decidor de tangos, por ejemplo.
Yo iba para famoso, sí señor, iba para estrella de variedad y para rico, iba para el cono sur, a Buenos Aires, querido. Ya me veía yo arrullando multitudes, sonsacando lágrimas a mares, rompiendo corazones.
mirarme de reojo sin perderme de vista un sólo instante.
(Los cuentos negros).
copa
vacía en la mano y una hermosa rosa roja colocada en el inverosímil florero de
la espalda, allí donde la espalda pierde el nombre. Colocada, para decirlo así
poéticamente con palabras que el inmortal Quevedo aprobaría, en el mismo trayecto del culo.
(Los cuentos negros).
MÁS CAFÉ, PORFAVOR,
INFINITAMENTE CAFÉ
EN SU despacho del Palacio de la Esquizofrenia —Cafetería Restaurante El
Conde por más señas— Gómez Doorly lee y subraya periódicos. Pide un café, otro
café. Vuelve a leer y subrayar periódicos, todos los periódicos (infinitamente
periódicos, diría Borges). Con caligrafía perfecta escribe comentarios y poemas
al margen, lee y subraya periódicos, recorta, ordena, clasifica, rectifica.
Pide un café. INFINITAMENTE CAFÉ
Ministro, pues, sin sueldo y sin cartera, al servicio de su propia
empresa de ideales románticos, Gómez Doorly administra cuantiosos recursos
oníricos. Entre la vigilia y el sueño, dirige la Fundación Cultural Cacibajagua,
un emporio en miniatura del cual depende la revista homónima, o viceversa. Al
frente de la fundación, Gómez Doorly se involucra en múltiples actividades.
Organiza encuentros artísticos y literarios, emite boletines de información,
promueve espacios culturales y participa en peñas y tertulias en las que se
debaten con carácter de seriedad los más espinosos temas. El tema de hoy, por
ejemplo, versaba sobre un artículo de Enrique Lengüemime, poeta tangencial de
la lengua, en el que éste demuestra con pelos y señales su valor mandinga.
Con singular destreza, Gómez Doorly se maneja en el área de las
relaciones públicas y en el terreno diplomático. De esta suerte, en su despacho
y sala de redacción del Palacio de la Esquizofrenia, el hombre concede
entrevistas, ofrece asesoría gratuita, firma autógrafos, firma convenios,
aunque no firma nunca un cheque, y asimismo recibe y agasaja a visitantes distinguidos,
distrayendo, apenas, su atención del asunto de los periódicos, que ocupa su más
valioso tiempo.
Llega, por ejemplo, el maestro Villegas sin anunciarse y sin cita previa
y lo recibe en la silla correspondiente a su alto linaje poético, donde le
brinda un trato magnánimo, que es lo único que brinda, y vuelve a leer y
subrayar periódicos. Llega Rafael Abréu Mejía y discuten sobre un proyecto
editorial y vuelve a los periódicos. Llega Díaz Carela y entablan una conversación
soterrada y vuelve, otra vez, a los periódicos. Llega Carlos Lebrón Saviñón y
poetizan, declaman, producen rumores que tienen que ver con la poesía y vuelve,
nueva vez, a la tarea de leer y subrayar periódicos. Pasa, en fin, por
coincidencia, Mariano Lebrón Saviñón y lo distingue con un saludo respetuoso. Abréu,
por favor, otro café. Y vuelve Gómez Doorly a los periódicos.
Pero si de repente Gómez Doorly se enfrasca en la escritura de un texto,
en un poema, y baja la cabeza y baja la mirada y baja la guardia y se encierra
como quien dice metafóricamente en su despacho, entonces ya no está para nadie,
no recibe. El ministro no está en este momento, no responde al teléfono ni atiende
reclamos. Simplemente no está aunque siga estando. Está fuera de la ciudad. El
lunes vuelve. El celular fuera de servicio, la limosina en el taller. Llámelo más
tarde, diría la secretaria. Simplemente no
está. Café no, por
ahora, ni siquiera café.
Sólo cuando el ministro se recupera del trance y vuelve a la realidad,
el despacho cobra vida de nuevo y queda abierto al público. Gómez Doorly gira
la cabeza como quien se pregunta qué ha sido del mundo mientras tanto y fija la
mirada en la taza vacía de café. Pide un café, la cuenta del café, ordena sus enseres
en la valija diplomática. Después se levanta el ministro, se despide de sus
colaboradores, sale al Conde, mira el reloj, el chofer como siempre retrasado. Se
irá en taxi esta vez, mejor a pie.
Cualquier parroquiano puede ocupar la mesa en este momento y la ocupa,
pero el despacho de Gómez Doorly está cerrado, definitivamente cerrado. La mesa
ahora es sólo mesa, hasta que el huésped habitual —huésped vital— vuelva
mañana. Imprima en
ella su magia.
(Los cuentos negros).
FÁBULA DEL FABULADOR
LO DE MARQUESA es otra historia. Ahora Dato está en París de Francia. El
relato de cómo la sedujo y la llevó al orgasmo por teléfono es una suerte de
filigrana.
El Dato se acomoda, dirige
las antenas del recuerdo en dirección a la memoria feliz de aquel encuentro, se
prepara para darle largas a un relato y relata. Era la primera vez que cometía
adulterio por teléfono...
Pero la marquesa telefónicamente infiel era ninfómana, insaciable, una
mujer difícil de satisfacer, en pocas palabras. Difícil, incluso, hasta para un
hombre como él, dotado por supuesto con la potencia sexual de un fauno. De
manera que, después del primer asalto, cuando Dato daba por cumplida su misión,
creyendo haberla complacido a saciedad, la marquesa reaccionó como una gata en
calor, dando muestras de un renovado apetito. El apetito de quien ha probado
apenas un bocadillo, un simple aperitivo, y siente que el estómago se expande.
Tenía hambre, más hambre, y la comida era él. Ahora le tocaba a ella seducir al
seductor y lo sedujo, lo atrajo a la perdición
con cantos de sirena.
La marquesa era mujer de una belleza implacable y de tal modo experta en artes amatorias
que con el guiño apropiado era capaz de provocarle una erección a la estatua de
un santo.
Primero fue el chasquido en el auricular. Dato se estremeció. Con un
simple chasquido de la lengua le puso todos los pelos de punta, por no hablar
de otra cosa. Un miauguleo sensual crispó sus nervios, una jaculatoria obscena
lo sacó de casillas, perdió el control —a sus años— y allí lo estamos viendo en
su cama de hotel barato parisino, momentáneamente abandonado a la vergüenza de
la jaculación precoz, junto al teléfono.
Dato se empleó a fondo en el siguiente asalto con toda su mala leche, de
la cual más adelante le quedaría poca, y al cabo de un complicado preámbulo
erótico basado en técnicas orientales que no podía revelar, le acarició
fonéticamente el pubis (Dató, Dató,
mon amour). Casi rendida,
la marquesa ripostó con un nuevo chasquido, una vez y otra vez y otra vez. Pero
en esta ocasión Dato estaba pre venido —ya lo hemos visto— y le soltó un pasaje
del Cantar de los cantares en un latín tan licencioso y provocativo que le
alborotó gravemente el
hormonamen. (Dató, Dató, mon amour). Hubo una pausa, un silencio. Al otro lado
escuchó los gemidos de una diosa en agonía, arrastrando las eres en forma
proporcional a la intensidad del placer y dio por terminado el asunto. Pero
la marquesa se repuso
en breve y volvió a la carga con susurros y siseos, frases y fraseos parecidos
a cosas del demonio y en cuanto bajó la guardia (o mejor dicho: al revés) lo
ordeño sin piedad hasta que se puso azul, como hacía con todos sus amantes.
Azul pintado de azul.
Dato se aplicó de nuevo con la voz y el tacto, el tacto de la voz —su
único órgano sexual disponible en ese momento. Se aplicó con devoción, con
destreza
inaudita, soplándole
al oído unas palabras aladas de aquellas de las que habla Homero en La Ilíada . Halagó su inteligencia, su
vanidad —por supuesto— su belleza. Sutilmente la condujo a un estado de éxtasis
que era primero místico antes que sensual y la marquesa se desvaneció
dulcemente. Esta vez había tratado de ganársela y se la ganó espiritualmente,
apelando a sus sentimientos profundos y no a sus bajos instintos, hurgando
entre los pliegues preciosos del alma, no del sexo. En algún lugar había
encontrado a la marquesa virginal y casta, que era la que ahora le interesaba.
La marquesa, en efecto, dormía tranquila, con un sueño apacible al otro lado
del teléfono.
La experiencia del
diestro había triunfado sobre el instinto animal. Podía tomar su merecido
reposo de guerrero. Dormiría también, junto al teléfono
abierto, por si acaso.
Fue entonces cuando escuchó aquel jadeo de fiera enardecida que lo llenó
de terror. El asunto iba en serio, muy en serio. Ahora —pensó— le sacaría la
sangre,
porque otra cosa no le
quedaba. Ocurrió, sin embargo, lo que nadie habría podido imaginarse a esas
alturas. La marquesa se pronunció con una voz liviana, afrodisíaca, plena de
leche y miel bajo la lengua libidinosa de serpiente del paraíso, una voz en la
cual estaban
conjuradas todas las artes de Venus y las argucias del demonio. Dato acusó el
golpe —¡Misericordia, Señor, misericordia!— antes de verse arrastrado
al torbellino de un
orgasmo múltiple que le dejó el corazón en mangas de camisa.
(Los cuentos negros).
SU EMINENCIA Reverendísima
terminó de firmar unos papeles sobre el escritorio de caoba centenaria y ordenó
que hicieran entrar a la muchacha y la muchacha entró como quien dice envuelta
en una nube de velos vaporosos, flanqueada literalmente por una corte de
camareras solícitas, piadosas, que a su paso esparcían agua de rosas. Aquella
nube de velos vaporosos, que apenas la ceñía dulcemente, respondía a la más
leves ondulaciones de su anatomía, y en medio de esa corte de camareras
solícitas, piadosas,
parecía santa de altar
en procesión, mecida al viento. Las camareras solícitas, piadosas, se
cuadraron, se humillaron religiosamente en presencia del Príncipe aun más
piadoso y la presentaron un poco en actitud de ofrenda —la ofrenda de la
virgen— y un poco también a manera de trofeo, esperando por supuesto su aprobación.
Respetuosamente descorrieron la nube de velos vaporosos que cubría su cuerpo
impúber. La nube de velos vaporosos cayó al suelo sin vida, como un cuerpo sin
alma, y la muchacha infeliz quedó en pelotas, ruborizada un poco y sorprendida.
En cambio los ojos del Príncipe piadoso cobraron otra vida. Sus pupilas se
dilataron, por no hablar de otra cosa, y agradeció infinitamente al Señor por
aquel regalo del cielo. Era una campesinita preciosa, deliciosa, blanquita,
delgadita, bañadita, desnudita —de las que se cosechan todavía en los cerros de
Gurabo—, con unas teticas largas y afiladas como puntas de lanza, piernas
torneadas como quien dice a mano por el mucho subir y bajar lomas y unas
nalguitas tímidas, puyonas, un poco cohibidas y esmirriadas, que parecían de
juguete, nalguitas de fantasía, como le agradaban a su Eminencia, que era parco
en sus gustos. Alabado sea el Señor.
Bueno, en honor a la verdad, aquel espécimen, aquel magnífico ejemplar
montuno de la sierra, campesinita blanca y desnudista y virgen, intocada, no
era
un obsequio del Señor,
directamente al menos, ni tampoco del cielo, sin descartar por supuesto la
intervención, la voluntad divina, porque por algo estaba allí, en presencia del
siervo de Cristo. Provenía más bien de sus fieles de la Diócesis de Santiago
—mano
de Dios en cualquier
caso— y sobre todo de la fidelidad condicional del obispo, al cual tendría que
pagar su peso en whisky. Cuatro o cinco cajas por lo menos de las muchas
docenas que le enviaban en Navidad. Whisky Pinch, por lo menos, de doce años. El
obispo era puntilloso en esa materia y tenía un paladar refinado. Su amor a
Cristo era casi tan grande como su amor al whisky.
Sin apartar los ojos de su presa, el Príncipe Piadoso la devoraba
intensamente —boccato di cardinale a no
dudar. La imaginaba Salomé, sin Herodes, tendida en su blanquitud en una cama,
sobre una sábana negra, quizás roja, y en su interior tocaban a gloria todas
las campanas del pecado, el sexo alegre bajo la sotana. Pero lo que sus ojos
apreciaban lo despreciaba su fino olfato, su finísimo olfato de gourmet
consumado, hecho a las exquisitas mesas del Vaticano donde tantas veces había
desayunado y conversado con el Papa en perfecto itañol, sin mencionar cenas y
banquetes. Un aleteo leve en las ventanas nasales denunciaba su desaprobación o
disgusto. Huele a pobre.
(Los cuentos negros).
miércoles, 20 de julio de 2016
UNO DE ESOS DÍAS DE ABRIL
De venta en Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle
La
viuda Pichardo era una de las mujeres más cojonudas que he conocido. Tenía que
serlo desde el momento en que se atrevió a parir ocho varones, ocho machos en
fila, uno tras otro, en busca de la hembrita que no vino. Tenía que serlo desde
que se atrevió a quedarse viuda, jovencita, viuda y sola al frente de la
prole. La inmensa prole en cierne.
Vivía
allí, en el caserón republicano de la Santomé 48, donde todavía viven y vivirán
de alguna manera los Pichardo: una amplia sala abarrotada de muebles de caoba,
vitrinas abarrotadas de libros de derecho, armarios abarrotados de
cachivaches, un espacio discreto a manera de oficina, un pasillo con piano, un
corredor con balaustrada que comunica por afuera las habitaciones contiguas de
paredes ciegas. Al frente, un patiecito español, con fuente y pecera y malas
yerbas, un comedor al fondo, al lado de la cocina, y más al fondo otro patio y
la carbonera en desuso todavía más al fondo y, de repente, en dirección
opuesta, una empinada escalera de hierro que daba al techo, y un perro
prieto, cínico y apático que por allí subía y bajaba como en un número de
circo.
Aparte del mobiliario y las habitaciones
igualmente repletas de cachivaches, la casa de la viuda -nuestro lugar preferido
de encuentro- estaba siempre invadida por multitud de gente. Junto a los hijos
pululaban los parientes de los hijos multiplicados por los amigos de los hijos,
los compañeros de los hijos, las novias de los hijos y de los compañeros de los
hijos. La casa de la viuda –convertida en comando de la viuda– era un lugar
surrealista semejante a un andén, una estación de tren o de aeropuerto,
recinto militar donde muchos entraban y salían frecuentemente armados y a
deshora en aquellos días de la guerra.
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domingo, 10 de julio de 2016
MONEDAS EN LA FUENTE
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Parecería, Palma, que al correr de la vida –al paso de las horas, los días, los decenios–, tu imagen se alimenta de esa informe, esa leve y aleve materia que es el tiempo. Te veo allí sentada, aún te veo, sentada casualmente, platicando sonriente con Ennio aquella tarde, en un abril remoto que casi ya no ocupa lugar en la memoria.
Era la vieja Roma, eran los años jóvenes –mis años de estudiante– los cines de segunda, los sueños de primera, los amoríos fugaces, los paseos nocturnos por el Pincio, las parejas de amantes a la luz de la luna.
Era la época de la guerra ominosa de Vietnam y las protestas masivas de estudiantes y obreros, eran los meses finales de mi estadía romana, Hemingway y Pavese, la tesis que escribía sobre el primero. Era el grupo de amigos y amigas que los años y la distancia se han tragado y era Palma Ferrante en la casa de Ennio y era la Niña Veras –mi paisana–, que compartió conmigo lo de Palma.
sábado, 9 de julio de 2016
De MONEDAS EN LA FUENTE
VAGAMENTE recuerdo haberte amado. Ahora que
te escurres furtiva en la memoria recuerdo vagamente haberte amado, la espiral
de tus trenzas amarillas, la sonrisa distante y caprichosa, el negro de tus
ojos, la chispa que ahora enciende la hoguera de nostalgia. La hoguera que
esculpe, que dibuja, al decir de un poeta, el humo de tu rostro.
Eran días de lluvia y de infortunio. En aquel
tiempo de lluvia adolescente, la diminuta lumbre de las tardes florecía en tus
trenzas como una dulce rosa enrevesada. En aquel tiempo, vagamente lluvioso,
recuerdo que te amaba y recuerdo que amabas como yo los días de lluvia, esos
días morosos y cordiales en que el leve contorno de las cosas adquiere una
doble presencia en el perfil del agua y la atmósfera de la ciudad se siente
densa, cargada de poesía.
Había algo de magia en la ciudad lluviosa de
aquellos días, un aura de misterio, la melancólica lluvia que caía suavemente
sobre los mansos atardeceres de abril y finales de mayo, el contraste entre la
pesarosa bruma y el encanto de los robles venezolanos de la Avenida Bolívar en
flamante explosión de colores a veces malva y azulados a veces.
Después de mayo, en
cambio, aquel incierto mayo, se percibía, sobre todo, empezó a percibirse en
ese ambiente bucólico, engañosamente apacible, un aura de violencia, el aura
casi siniestra, el aire reservado de ciertas residencias de lujo, ventanas
caídas, puertas cerradas, casonas cerradas que parecían deshabitadas. Una densa
impresión patibularia. El terror. Metáfora del terror que invadía los más
íntimos espacios. El filo de un terror que cortaba como el hielo. Toque de
queda y ley marcial. La cacería humana. La soldadesca del régimen agonizante
tumbando puertas y ventanas, arrestando opositores, torturando, realizando
ejecuciones sumarias. El terror en lecho de muerte después de mayo.
(Monedas en la fuente)
La novicia rebelde
La primera y única vez que sor Ángela de la
Cruz tuvo la desdicha, la ingrata y trágica experiencia de toparse frente a
frente con un hombre desnudo, lo que se dice desnudo –en su plena y total
desnudación–, se le antojó que era el demonio por el cuerno que portaba entre
las piernas. El Callejón de los curas estaba a oscuras, pero la oscuridad no
disimulaba aquella impúdica figura de jardinero que se bañaba con manguera a la
luz de la luna en el jardín de la casa curial con puertas abiertas de par en
par. Sor Ángela de la Cruz, la novicia Ángela de la Cruz, beatífica y castísima
de nacimiento, huyó despavorida hacia el convento de Santa Clara, en las
cercanías del palacio del Príncipe, y se acogió al amparo de las monjas de
clausura.
Al cabo de un delirio que duró varias
semanas, y con la bendición de la santa madre Alejandra –la madre priora–,
pidió ser confinada a una celda de la que no saldría hasta el fin de sus días,
consagrada todo el tiempo a la meditación,
la oración, el castigo corporal, la mortificación de los sentidos en todos los
sentidos, incluyendo el sentido común. Sin embargo, a pesar del rigor con que
se aplicaba al ejercicio de sus devociones, nunca pudo escapar de aquella
imagen, aquella fatídica visión de hombre desnudo que de repente irrumpía
–persiguiéndola con una manguera– en sus sueños más risueños.
(Monedas en la fuente)
Alicia
Los padres ahora te reciben con esa fría
cortesía que ha suplantado la confianza, el cariño casi familiar de otra época.
Aceptan con la misma frialdad las sentidas condolencias, el pésame por la
muerte de su hija y tú te alejas, te alejas simplemente de la fila que desfila
para expresar con pálidas palabras, con efusión de abrazos un dolor que no
sienten como tú, que nadie puede sentir como los padres. Esos padres que ahora
no te quieren a su lado. Tú lo sabes, sabes que no te quieren a su lado y te
pierdes entre la numerosa concurrencia, saludas a un conocido, no son muchos,
aparte de la familia no son muchos y al hermano de Alicia, tu amigo de otro
tiempo, no lo encuentras. No está en ese momento. ¿Por qué te fuiste sin
avisar?, te hubiera preguntado. Nadie sabe cómo contrajo esa enfermedad.
Al fondo del salón, entre el incesante
movimiento de la gente, los murmullos y las manifestaciones de pesar, alcanzas
a ver el ataúd, los despojos de Alicia, te acercas y la miras, el rostro
demacrado, te la quedas
fijamente, hipnotizado
por la extraña fascinación de la muerte y empiezas poco a poco a recobrar el
sentido de la realidad, o de la irrealidad pasada que confundes con la realidad
presente, y la sigues mirando fijamente sin poder apartar los ojos de esa
imagen, la imagen que ahora se funde en la pantalla de tus ojos, como en una
vieja película, la imagen que da paso a otra Alicia, plena de mocedad, el
rostro angelical de Alicia que miraba hacia el parque desde aquella terraza de
la casa del segundo piso donde siempre te recibía con un beso.
(Monedas en la fuente)
JENNY
La
marimacho abrió la puerta sin sonreír ni saludar. Emitió sólo un gruñido de
disgusto y se echó a un lado para dejar pasar al pariente y al intruso, y de
inmediato desapareció por uno de los recovecos del palacete. Riverita le dijo
a Carlos que se sentara, que lo esperara un minuto, sólo un minuto, mientras
subía a saludar a la tía. Los hechos se habían sucedido de tal manera que Carlos no había logrado sobreponerse al
primer estupor. Apenas alcanzaba a entender –y no con mucha lucidez– que se
encontraba en la casa de Jenny. La casa de Jenny.
Estaba aturdido, literalmente ajeno a su
realidad, aunque también estaba fascinado. E1 lujo de la mansión, inmersa toda
en una cálida penumbra, era impresionante. En cada rincón, cada detalle, se
acentuaba el dominio de las sombras. Pero desde la terraza contigua a la
antesala y del jardín al fondo penetraba un halo tierno de luz –copo de luz–
que engendraba, por contraste, vibraciones inauditas.
En el espejo, en el agua difunta del
espejo que lo miraba desde la pared de enfrente, el mobiliario de madera
preciosa, la cristalería finísima y las pinturas de Giudicelli y Vela Zanetti
parecían levitar y levitaban en una atmósfera de ingravidez.
Era un escenario irreal, aparentemente
incontaminado. Allí nada enturbiaba la majestad del silencio, salvo los
latidos de un corazón que podía ser el suyo.”
Cuando se recuperó de la
impresión, Carlos aprovechó la ausencia de Riverita para dar una mirada de
reconocimiento en busca de Jenny. Obviamente la sala y la antesala estaban
desiertas, el comedor estaba desierto y en el jardín, al fondo, el jardinero
idiota podaba la grama. Las Rimas de Bécquer sobre el piano de cola.
Jenny por ninguna parte. Quizás arriba con la tía. En
la terraza quizás, pero la terraza no se veía desde la sala y decidió
aventurarse hacia la antesala con el pretexto de admirar unos dibujos y
fisgonear, de paso, a través de la ventana. Jenny por ninguna parte, Pasaba el
minuto acordado con Riverita y Riverita no bajaba, pero podía bajar en
cualquier momento y sorprenderlo curioseando en casa ajena, invadiendo la
privacidad, traicionando su confianza y sin haber visto a Jenny, que era peor.
Pero tenía que verla. Definitivamente, sí, tenía que verla. Segundo tras
segundo su obstinación crecía. Claro que tenía que verla, definitivamente
verla. Una y otra vez, ansiosamente, repasaba con la mirada los lugares que
estaban a su alcance y Jenny por ninguna parte.
(Monedas en la fuente)
EL
VIAJE
La segunda y última noche de diluvio en Venecia,
para no desperdiciar la estadía, y mientras las olas arreciaban y subía el
nivel de las aguas, salimos con el propósito de escuchar música y cenar. En
aquel paisaje desangelado de la Plaza de San Marcos los pocos turistas
caminábamos sobre las improvisadas pasarelas para no mojarnos hasta las
pantorrillas. Había un solo lugar abierto donde un conjunto de música ruso
tocaba melodías clásicas italianas y allí nos instalamos en condición de
refugiados. En lo que se descomponía el tiempo comimos y cantamos felizmente.
Más que ninguno, la Timonela del Gran Timonel
le ponía buena cara al mal tiempo y estaba eufórica, inspirada. La esposa del
Gran Timonel quería bailar sobre las olas del mar, pedía un paseo tormentoso en
góndola con gondoleros cantando canciones venecianas, un imposible paseo en
góndola, y no había quien la hiciera cambiar de opinión.
–¿Con este tiempo señora?
En principio, la escuchábamos por deferencia.
Ella se erguía como la heroína de una novela romántica y pedía un paseo en
góndola con tanto apremio, tanta vehemencia, como si en ello le fuera la vida,
lo cual era más que posible. Pero lo peor fue que al final, motivados por la
intensidad de su deseo, nos contagiamos con la magia de su entusiasmo y
accedimos a dar el paseo en góndola, a pesar de que el Gran Timonel fruncía las
cejas en señal de desaprobación. ¡Todos
en góndola!, dijimos, aunque desde luego no apareció ningún gondolero
suficientemente temerario, pero en el establecimiento, por si acaso, nos
pidieron discretamente que pagáramos la cuenta antes de emprender cualquier
aventura.
góndola con dos turistas
rubias, un tal Giuseppe Aliscano, no había regresado todavía. La góndola regresaría
intempestivamente al poco tiempo, de costado y maltrecha, haciendo un chirrido
fúnebre que nos erizó de pavor. La góndola de Aliscano, arrastrada por la
corriente, se detuvo en medio de la Plaza de San Marcos con las turistas
rubias desnudas y moribundas y el Aliscano muerto, enredado sus pies entre unas
cuerdas, e igualmente desnudo. De alguna manera, en el breve lapso de la
desgracia las bandas de gitanas y rumanas habían tenido tiempo para despojarlos
de sus ropas y prendas. La gente del local donde festejábamos nos aconsejaron
de inmediato regresar al hotel. Esa noche arreció la tormenta y las olas
golpeaban las ventanas del segundo nivel de nuestro hotel de lujo. El Filósofo
amaneció mojado hasta los tuétanos.
Además, según las
noticias del día siguiente, una gitana sin documentos, pequeñita y blandengue
como una muñeca de trapo, se había ahogado en el Gran Canal.
(Monedas en la fuente)
RITOS ANCESTRALES
Flaubert encontraba pájaros rotos en la ventana, tristes pájaros
rotos muriéndose al azar. Pájaros como quien dice chuecos, diezmados en la paz
de una memoria que acaso felizmente no tuvieron, tristes pájaros rotos,
apestosos, simplicios, desplumados, borrachos, evacuantes – todos a la vez
lastimeros y flacos, redondos y podridos.
En principio había sido un hecho
insólito, aislado,
esporádico, incidental, pero luego fue tornándose
frecuente con más frecuencia, agravándose con inaudita frecuencia. De la
ventana del balcón los pájaros pasaron a morirse a la sala, de la sala a la
antesala, de la antesala al comedor de lujo, del comedor de lujo al comedor de la
terraza, de la terraza a la cocina y de la cocina a las habitaciones (incluyendo
la de los huéspedes), y de aquí al cuarto de servicio y al área de lavado, al
depósito de carbón y al zaguán. Finalmente coparon la biblioteca, el salón de
música y la sala de los muertos, y ahora Flaubert vivía fastidiado por el
estropicio de plumas y el olor a carne chamusquina en todos los rincones,
cuando no manchas de sangre en las paredes y disparos provenientes del recinto
militar contiguo. Discusiones y disparos,
aullidos y disparos, ladridos de los perros a la luna –a
la luna pálida– y otra vez disparos y disparos y disparos. ¿No se podía pedir
un poco de cordura?
En el mejor de los casos, los
disparos provenientes del recinto militar contiguo aplastaban a los pájaros
contra las paredes exteriores y allí terminaba todo, salvo que la pintura y la
madera se deterioraban por obvias razones de lógica aristotélica. Peor si en su
vuelo final los pájaros caían a los pies de Flaubert y se quedaban mirándolo
con tiernos, desamparados ojillos pajariles moribundos. Peor si caían sobre el
piano durante las prácticas de piano y defecaban, aleteaban, se sacudían sobre
sus papeles de música como si retozaran en el juego de la muerte. Peor que peor
si se metían a morir al desván por los huecos del cielo raso o en los
intersticios de las paredes, porque nada era peor que el olor de la descomposición
de los cuerpos atrapados en las paredes de aquel inmenso caserón de madera
–inmenso, sí–, edificado con apego al más espurio
estilo victoriano.
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