lunes, 11 de diciembre de 2017

EL INFIERNO APETECIDO DE JULIO GONZÁLEZ HERRERA

   Pedro Conde Sturla

         Julio González Herrera (1902-1961) tuvo en común con Edgar Allan Poe una serie de rasgos biográficos en verdad poco comunes. Por ejemplo, el don de una inteligencia privilegiada y un talento natural para la literatura. También tuvieron en común la afición por la bebida, si se puede llamar así a una desenfrenada vocación autodestructiva que a ambos llevó por el camino de la degradación y el ridículo, e incluso a la muerte temprana en el caso de Poe. Igualmente común fue el final sin gloria y la existencia miserable, aún más miserable por tratarse de gente que destilaba tantas luces. Cierto es que derrocharon la juventud con la misma generosidad con que prodigaron el talento, y siempre resultó desproporcionado el contraste entre su entrega al arte y el abandono de sí mismos.

         Salvando las distancias, y el tiempo, estas vidas paralelas constituyen modelo de lo que Goethe solía llamar “afinidades electivas”, y son representativas de una cultura y una época. Poe, desde luego, fue un “genio universal”. Julio González Herrera fue un muchacho prodigio en su medio, bien dotado para la prosa pero limitado por las circunstancias.
         Es fama que la universidad le retuvo el título de abogado hasta que alcanzó la edad reglamentaria, que era de veintiún años, y en el interín se desempeñó como diplomático en Argentina. Ocupó otros cargos de cierta importancia en el gobierno de Horacio Vázquez y fue juez del Tribunal de Tierras al inicio de la era de Trujillo. Casó, tuvo un hijo y viajó por países de América representando a la República o dictando conferencias. Para entonces brillaba como periodista, jurista, escritor, poeta, ensayista.

         Su carrera, no cabe duda, aparentaba ser exitosa en ese momento. Sin embargo, a pesar de su talento literario de primer orden y su condición de niño mimado de la sociedad, apenas en la flor de la juventud se había dejado llevar a la perdición. En la época en que era juez del Tribunal de Tierras, se arrastraba de escándalo en escándalo. Finalmente tocó el fondo: comenzó a sufrir episodios de delirium tremens y en alguna ocasión se le soltó la lengua contra Trujillo o sus familiares. Como castigo, y a la vez como resguardo de su adicción al alcohol y la imprudencia, fue recluido, presumiblemente, en “la clínica”. Es decir, el pabellón de locos ricos y recomendados del manicomio “modelo” Padre Billini, sito en la comunidad de Nigua, casi al lado del leprocomio y junto a una finca de Trujillo. De manera que, sin mencionar el tratamiento, los internos corrían allí peligro por partida doble. Posteriormente, esta institución siquiátrica, eufemísticamente siquiátrica, fue trasladada al kilómetro 28 de la carretera Duarte, cerca del hospital de tuberculosos.
         Semejante experiencia, amarga como pocas, constituyó para Julio González Herrera el primer descenso al infierno. En los años sucesivos se convertiría en habitué de la institución.
         Al parecer eran los mismos familiares y amigos del escritor quienes, a falta de un centro especializado, lo encerraban en el manicomio con la esperanza de rehabilitarlo socialmente, alejándolo en lo posible de la bebida. Sin embargo, a fines de los años cincuenta se había convertido en un guiñapo, desprovisto de toda posible dignidad, y era frecuente encontrarlo en cualquier banco de la Ciudad Colonial durmiendo a pleno día la borrachera. Una foto degradante de aquellos años lo representa en toda su doliente y dolida humanidad. Aun así, esporádicamente, en algunos de sus escasos arranques de lucidez, se las ingeniaba para escribir artículos en que brillaba su gran talento.
         El fin llegó en 1961, a los cincuenta y nueve años de edad. Poe había muerto a los cuarenta en un hospital el 7 de octubre de 1849. Cuatro días antes lo habían hallado en condiciones lastimosas en una cuneta frente la puerta de una taberna. Se trata, sin duda, de lecciones terribles, de esas que sólo la vida sabe dar
         A pesar de los incidentes que entorpecieron su labor –o quizás gracias a ellos- la bibliografía de González Herrera sorprende por su abundancia. También llama la atención el hecho de que, al parecer, el autor se dedicaba por períodos a específicas áreas del quehacer intelectual, quemando o superando etapas, aunque nunca abandonó el cultivo de la poesía y la ficción. Su obra se organiza automáticamente de acuerdo al siguiente esquema: Poesía: Versos del carnaval (1937), En la ruta desolada (1943). Novela: Trementina, clerén y bongó (1943), La gloria llamó dos veces (1944), El mensaje de las abejas (1949). Historia: Pedro Santana, examen de una combatida historia (1951), Historia de las finanzas dominicanas (1951). Derecho: Ciencia jurídica dominicana-Derecho usual (1952). Política: Trujillo, genio político (1956), La predestinación de las cinco estrellas (¿?). Anécdotas: Cosas de locos (1959). Inéditas: Cocktail de emociones (cuentos, poesías, artículos), Cofresí (novela).
         Trementina, clerén y bongo, su novela más celebrada, es un reflejo de la historia dominicana en su literatura y constituye un manual de referencia para haitianistas, hatianófobos, haitianos y dominicanos.



PCS , 1990.

EL HUMOR DEL MONARCA

         Pedro Conde Sturla
         lunes, 09 de julio de 2007

       El monarca constitucional de la isla de la fantasía tiene un extraño sentido del humor. En su discurso de toma de posesión, fustigó ante unas cámaras compuestas mayormente de corruptos el flagelo de la corrupción, el derroche de los recursos del estado, y se pronunció enérgicamente a favor de una política de austeridad que sacaría al país del caos, limitando la ilimitada compra de jeepetas y gastos superfluos. Castigó verbalmente la ineficiencia, las prácticas dolosas de funcionarios del saliente gobierno y sugirió de paso que no los perseguiría, pero tampoco obstruiría el curso de la justicia.


         Parecía que en aquella ocasión el monarca hablaba en serio, pero en realidad hablaba en broma, les gastaba una broma pesada a los miembros de la oposición -o mejor dicho de la competencia-, los ponía por un momento a sudar frío, muy frío.
         Pocas horas después el monarca nombró un gabinete en el que figuraban y figuran prominentes miembros de su primer mandato que tienen grandes cuentas pendientes en los tribunales, reos de la justicia que alguna vez incluso guardaron meses de prisión y estuvieron agarrados por el Peme.
         En el tren gubernamental nombró multitud de funcionarios supernumerarios, nombró en pocos días más empleados parásitos que los que había expurgado, creando botellas, botellones e incluso potes de la reconocida marca Bonetti.
         Hace un tiempo el monarca constitucional de la isla de la fantasía le dio un giro dramático al tema de la corrupción cuando anunció que buscaba la reelección para seguir combatiendo a la corrupción. Muchos temimos en ese momento que el monarca seguiría los pasos de Antonio Guzmán, pero el monarca no hablaba en serio, evidentemente, era un chiste, una de esas salidas propias de su extravagante sentido del humor y su carencia de pudor. Antonio Guzmán no tenía sentido del humor, pero tenía sentido del honor. Pagó con su vida la deshonra, la vergüenza ajena.
          En su más reciente alarde humorístico, el monarca constitucional “dispuso mediante decreto que en lo adelante el Departamento de Prevención de la Corrupción Administrativa se denominará Dirección Nacional de Persecución de la Corrupción Administrativa.
La función principal de la DPCA será manejar la investigación, persecución, presentación y sostenimiento de la acción penal pública en los casos o hechos que involucren, de cualquier forma, acciones de corrupción administrativa en la República Dominicana”.
         Cambiarle el nombre a un organismo inoperante para que siga siendo inoperante parecería una solución salomónica. Parecería sobre todo desfachatez, descaro, desvergüenza, cinismo, fuerza de cara, pero es sobre todo un chiste cruel, un chiste de mala leche, puro y burdo relajo, puro sentido de un humor retorcido, perverso, humor del malo.
         A lo mejor, sin embargo, quién sabe si la anunciada nueva voluntad política de perseguir a los corruptos, la flamante nueva sigla del departamento anticorrupción pueda surtir efectos letales. A lo mejor, quién sabe, algún corrupto muera eventualmente de un ataque de risa, jejeje.


pcs, lunes, 09 de julio de 2007
        

         

PUNTO DE VISTA

¿En qué se parece un caballo a una isla?

En qué los dos están rodeados de agua.

Porque el caballo que yo digo está en el río  

PUNTO DE VISTA



¿En qué se parece un mono a un elefante?

En que ninguno de los dos se puede subir a un árbol....

Porque el mono que yo digo está muerto.

sábado, 9 de diciembre de 2017

La yegua trotona (cuento)

Le aconsejo que no vaya por ese camino, magistrado, y mucho menos a estas horas. Le va a coger la noche y el agua. La mala noche. Es un camino difícil y pasan cosas raras. Tenga cuidado con la ciénaga y los derricaderos. Y tenga pendiente que si se mete en el arenal se lo traga con todo y montura.El magistrado tenía que estar temprano en el tribunal y salió de Samaná para Sánchez en la yegua trotona. Era la misma ruta que tomaba cuando viajaba a San Francisco (cinco o seis horas a caballo y otras tantas en tren). La yegua trotona se la conocía de memoria.
El caso que le ocupaba era particularmente extraño. Un pescador de la zona se había sentido mal cuando desyerbaba el conuco y al poco rato empezó a sentirse peor, mucho más que peor.
Primero lo atacó un dolor en la boca del estómago y después en el cuerpo y en el alma. Todo el cuerpo y el alma. El padrejón tenía que ser. Le dolía el cuerpo y el alma y apenas tenía resuello.
En esas condiciones atravesó la bahía en su cayuco y puso rumbo hacia Miches, más bien hacia la vivienda donde malvivía un curandero haitiano que tenía fama de milagrero, en los alrededores de Miches, casi como quien dice en los alrededores de un poblado despoblado que antes se llamaba El Jovero. Al lugar llegó casi muerto o casi vivo y no encontró señales del curandero, no había por el momento nadie ni cosa alguna en qué poder sentarse. Una vivienda era porque allí se vivía, se malvivía.
Apenas un bohío, apenas tablas de palma, techo de yaguas, piso de tierra y ceniza apisonadas. Y no había nadie, por el momento nadie. Y nada en que sentarse.
El milagrero y el milagro se hicieron esperar y al cabo de mucha espera el visitante empezaría a desesperarse. Decidió forzar la puerta de entrada y la forzó. Hacía un rato que la había forzado cuando llegó el curandero haitiano. Venía de trabajar, con la azada al hombro, y no le gustó lo que vio.
El intruso había violado la puerta de entrada, que no ofreció resistencia y la había dejado abierta, había sacado una silla, una de las mejores sillas y allí estaba sentado con aire de dueño de casa. El haitiano le echó lo que pareció una maldición en creole y el otro se la devolvió con una mirada de mala muerte.
El magistrado se sorprendió al escuchar la historia, pero cuando conoció a los personajes se negó a creerla. El pescador era un hombrecito flaco, chiquito, esmirriado, un rebejío que se había pasmado durante el desarrollo, cuerpo de niño con cara de viejo.
Todo lo contrario del curandero haitiano que casi lo doblaba en tamaño, en corpulencia, en vigor y que además estaba armado con un temible instrumento de labranza. Sin embargo, el hombrecito no tuvo mayores dificultades para arrebatarle la azada. Casi como quien dice jugando, jugando con un niño, se la quitó, lo tumbó, le hizo unos concienzudos cortes superficiales con la afilada hoja del instrumento desde la cabeza a los pies. En ese estado había llegado de alguna manera al hospital.
Por el momento está más vivo que muerto -magistrado-, pero el pronóstico es reservado.
Lo que pasó después es algo más sorprendente. El tal Hiciano, el agresor, se había recuperado como por encanto de sus dolencias, se había sanado solo o en contacto con el curandero. Vaya usted a saber.
Así que lo trancaron. Lo trancaron provisionalmente en una celda de la fortaleza en la que cabían cinco presos y había diez o doce, quizás más. Lo recibieron con alegría, como si fuera un juguete nuevo. En mala hora comenzaron a burlarse del hombrecito rebejío, a darle empujones, desconsiderarlo. Casi de inmediato se armó la pelotera. El tal Hiciano agarró una de las cubetas donde los reclusos hacen sus necesidades y comenzó a repartir cubetazos y mierdazos a trocha y moche.
Los guardias acudieron al oir los gritos y encontraron a los presos arrinconados, enmierdados, encaramados los unos sobre otros, y al tal Hiciano hecho una furia, poseído como quien dice por un demonio y repartiendo golpes de cubeta.
No fue fácil, sacarlo, magistrado, a culatazos limpio lo sacaron y lo metieron en solitaria. Pero los culatazos no parecían hacerle efecto, lo golpeaban sin misericordia y no se aplacaba su furia.
El cuento no termina ahí, magistrado. Desde que lo metieron en solitaria no dejó de dar gritos, gritaba de día y de noche y sacudía las rejas con tal fuerza que parecía capaz de desprenderla y la desprendió. Salió con ella al patio de la fortaleza una vez y tuvieron que meterlo en otra celda y encadenarlo, pero el maldito no deja de gritar, no come ni bebe, pero no deja de gritar. Nos tiene locos a todos. Ya están pensando en matarlo.
El magistrado no olvidaba esas palabras. Una sentencia de muerte. Por eso tenía tanto empeño en regresar. Interpondría de alguna manera sus buenos oficios para tratar que el caso no tuviera un desenlace fatal. Era evidente que el tal Hiciano no sobreviviría mucho tiempo en la cárcel y el magistrado había pensado en negociar un traslado al manicomio de Nigua, que se encontraba por cierto a poca distancia del leprocomio. Sólo en el manicomio de Nigua, bajo la dirección del Dr. Zaglul, podían garantizarle hasta cierto punto la vida. El mayor riesgo era que se contagiara de lepra.
No le faltaba mucho para llegar a Sánchez cuando lo agarró el temporal, o más bien un diluvio. Empezaron a caer rayos y centellas y todo se ponía intermitentemente más negro y más brillante. El resplandor lo deslumbraba y lo cegaba a la vez. Ya no podía verse ni las palmas de las manos.
A la yegua trotona no parecía afectarle, en principio, y continuaba por el camino que conocía de memoria, pero a un cierto punto empezó a ponerse nerviosa, insegura, aminoró la marcha, pese a que el magistrado la apremiaba con golpes de talón, perdió aparentemente el rumbo y se puso mañosa. El magistrado seguía apremiándola con golpes de talón, pero la bestia no respondía, respondía mal, de mala gana, y el magistrado seguía apremiándola con golpes de talón. De repente se detuvo y ya no quiso seguir. La golpeó entonces con la rienda en los flancos y la yegua trotona no se movió. Siempre había sido mansa, dócil, pero ahora había perdido sus buenos modales y no avanzaba ni se movía. Se había clavado a la tierra. No reaccionaba con golpes ni caricias.
El magistrado no tenía espuelas ni las habría usado en caso de tenerlas, pero de alguna manera tenía que reducir el animal a la obediencia. No podía permitirse el lujo de quedarse allí varado por quién sabe cuánto tiempo. Llevaba puesto un capote militar, una reliquia de la época de la intervención militar yanqui, pero ya estaba empapado hasta los huesos. Hecho una sopa. Y la yegua no se movía. La tozuda yegua no se movía. El temporal arreciaba, arreciaba con violencia el viento y todo se movía menos la bestia inmóvil.
La castigó bien fuerte de nuevo con la rienda y los talones, y la maldita bestia no se movió. No se movería. Pero esta vez relinchó como si estuviera protestando o más bien advirtiendo y el magistrado se conmovió, sintió pena, le acarició la crin. En ese momento un relámpago iluminó la escena y al magistrado se le pusieron todos los pelos de punta. Se le cayó el alma al suelo cuando por un momento pudo ver lo que tenían delante. Allí estaban parados -la bestia y el magistrado -, justo al borde de un barranco en el que se habrían roto en pedazos si la bendita yegua trotona hubiese dado un paso adelante.

lunes, 4 de diciembre de 2017

VOZ CLAMANDO EN EL ESTIÉRCOL

        Pedro Conde sturla
       17 de octubre de 2007

        Aquel domingo del 23 de diciembre del año 1511, desde el púlpito de algún templo de la ciudad de Santo Domingo, Fray Antonio de Montesinos lanzó a los cuatro vientos el célebre sermón de adviento, Ego vox clamantis in deserto (Yo soy la voz que clama en el desierto), en el que denunciaba sin tapujos los abusos que se cometían contra los nativos de la isla.
        En el momento en que enrostraba sus crímenes e iniquidades a una claque de feroces encomenderos -señores de horca y cuchilla-, el cojonudo dominico fundaba en esta parte del mundo el derecho de gente con palabras que aún resuenan a través de los siglos: "Decid, ¿con qué derecho...?"
        Fray Antonio o Antón de Montesinos hoy no estaría clamando "en la esterilidad del desierto de la conciencia de los españoles", sino en el estiércol, como me ha sugerido mi amigo y comentarista César Sánchez Beras.
        Los encomenderos de una época están ahora representados, en parte, por los "inversionistas" extranjeros, una oligarquía insaciable, banqueros que han llevado el país a la ruina, terratenientes que explotan sin misericordia a los trabajadores de la caña, empresarios del turismo que auspician un proceso de desnacionalización y nos van dejando, poco a poco sin vista al mar, y sobre todo tres grandes asociaciones de malhechores llamados partidos políticos.
        En el estercolero electoral las opciones se reducen a elegir entre el malo y el peor. Las tres opciones se reducen, mejor dicho, a una sola y conforman una especie de triángulo de las Bermudas, donde todo lo imaginable puede pasar. El estado como botín es la consigna. El saqueo de la cosa pública es el único proyecto perfectamente definido de nuestra clase política. Y mientras los políticos y oligarcas engordan sus arcas, en la medida en que la riqueza se concentra en menos manos, la pobreza, que Gandhi calificaba como la peor forma de violencia, se extiende como mancha de aceite y genera más violencia, amenazando la supervivencia del país.
        Los indios, hoy, somos nosotros, la mayoría del pueblo dominicano, y los haitianos.
        Decid, ¿con qué derecho?


pcs, miércoles, 17 de octubre de 2007 

domingo, 3 de diciembre de 2017

UN SERMÓN AL VIENTO

            Pedro Conde Sturla
24 de diciembre de 2007.

No tengo, con el Señor Jesús, relaciones muy estrechas, a pesar de que admiro sinceramente su rebeldía y valentía y el mensaje de amor y paz que florecía y florece en su labios. Y aunque lo traté personalmente desde chiquito, desde que yo era niño y él un niño Jesús, Jesús bambino, nunca he sido bendecido con el don de la fe y no me cuento entre los amigos que conocen su número de teléfono, juegan con él monopolio, beben vino en su nombre y predican en su nombre desde el templo y viven del templo.

No celebro su natalicio en este mes porque entiendo que nació más o menos en un día indeterminado de primavera u otoño. El 24 de diciembre era una fecha y una fiesta pagana dedicada al Sol Invicto, el dios Apolo, un dios y un culto del Imperio Romano, y fue probablemente un emperador romano, Constantino, quien decidió hacerlo nacer por segunda vez el 24 de diciembre para conveniencia del Imperio y de ladrones, comerciantes y banqueros que son un poco la misma cosa. 

He aquí, sin embargo, mi estimado Señor, que a pesar de inexactitudes e incongruencias, de vez en cuando y sólo de vez en cuando, un acólito se agarra a lo esencial de tu prédica en vez de ejercer de mercachifle en tu nombre, toma en serio tu sacrificio y tus palabras y habla por tu boca y de su boca sale la verdad, la inmensa verdad como a través de la zarza ardiente y es tu voz la que habla y la que dice.
Hace ya 476 luminosos domingos que un curita de mierda, un dominico que vivía en la miseria en una choza, más allá de los muros de la Ciudad Colonial, confabulado con otros hermanos gloriosamente dominicos se apersonó con mala leche a uno de los templos de la casi ciudad de Santo Domingo y castigó de mala manera a los esclavistas de indios. El padre las casas describe el acontecimiento:
 “Llegado el domingo y la hora de predicar, subió al púlpito el susodicho padre fray Antón Montesino, y tomó por tema y fundamento de su sermón, que ya llevaba escrito y firmado por los demás: Ego vox clamantis in deserto. Hecha su introducción y dicho algo de lo que tocaba a la materia del tiempo del Adviento, comenzó a encarecer la esterilidad del desierto de las conciencias de los españoles de esta isla y la ceguera en que vivían; con cuánto peligro andaban de su condenación, no advirtiendo los pecados gravísimos en que con tanta insensibilidad estaban continuamente zambullidos y en ellos morían. Luego torna sobre su tema, diciendo así: ‘Para dároslos a conocer me he subido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto de esta isla, y por tanto, conviene que con atención, no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual voz os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás pensasteis oír’. 
    Esta voz encareció por buen rato con palabras muy punitivas y terribles, que les hacía estremecer las carnes y que les parecía que ya estaban en el divino juicio. La voz, pues, en gran manera, en universal encarecida, les declaró cuál era o qué contenía en sí aquella voz: ‘Esta voz, dijo él, que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine, y conozcan a su Dios y creador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen almas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto, que en el estado [en] que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo’. Finalmente de tal manera se explicó la voz que antes tanto había encarecido, que los dejó atónitos, a muchos como fuera de sentido, a otros más empedernidos y algunos algo compungidos, pero a ninguno, por lo que yo después entendí, convertido. Concluido su sermón, bájase del púlpito con la cabeza no muy baja, porque no era hombre que quisiese mostrar temor, así como no lo tenía, si se daba mucho por desagradar los oyentes, haciendo y diciendo lo que, según Dios, le parecía convenir; con su compañero se va a su casa pajiza, donde, por ventura, no tenían qué comer, sino caldo de berzas sin aceite, como algunas veces les acaecía. Salido él, queda la iglesia llena de murmullo, que, según yo creo, apenas dejaron acabar la misa”.
Muchas cosas no han cambiado desde entonces. La esclavitud del indio exterminado dio paso a la esclavitud de los negros y al sometimiento del pueblo dominicano a la esclavitud de la miseria. Pero la voz que clamaba en el desierto, que era tu voz, sigue pregonando al viento el nacimiento del derecho de gente en esta parte del mundo.
Desde un maravilloso monumento enclavado en el puerto de la ciudad primada de Europa en el nuevo mundo, homenaje y ofrenda del hermano pueblo mejicano a dominicos y dominicanos –símbolo por excelencia de Santo Domingo-, fray Antón de Montesinos clama y sigue clamando desde el desierto por el derecho de gente, se enfrenta con tu verbo frente a frente a a fariseos, malandrines, sicofantes, esclavistas e imperialistas.
Che Señor, como diría un argentino, qué cojones.


pcs, 24 de diciembre de 2007.

sábado, 2 de diciembre de 2017

EL BUFÓN DEL REY

Pedro Conde Sturla
7 de febrero de 2007
 En muchas de las antiguas cortes de la realeza europea medraba un personaje que por mandato real y por mandato divino -casi la misma cosa en esos tiempos- se movía entre el soberano y los cortesanos haciendo burlas y bromas y chistes pesados. A veces bromas y chistes pesados por encargo que les costaban a los cortesanos el cargo o la cabeza. Todas las cabezas. Era el bufón del rey.
 Otros no eran bufones sino especies de mascotas que hacían reír por su deformidad, creyéndose graciosas, como en el deslumbrante relato de Oscar Wilde:
La mascota favorita de la princesa era feliz riendo y haciendo reír, hasta que un día, deambulando por un pasillo palaciego, vio una criatura monstruosa que avanzaba hacia ella amenazante. Cada paso que daba la acercaba, inexplicablemente al monstruo, y cuando al final del pasillo vio que el monstruo replicaba sus movimientos, sin saber que estaba de pie frente a un objeto llamado espejo, se reconoció de alguna manera y se le paró el corazón. La princesa del cuento prohibió que en lo adelante sus mascotas tuvieran corazón y así se hizo.
En la instancia suprema de la corte de la monarquía presidencialista del estado delincuente, bufones y mascotas moralmente deformes no hacen reír ni se ríen de los cortesanos sino del pueblo. Están supuestos a aplicar la ley y la aplican sin misericordia si uno es prieto y pobre y si el imperio ordena una extradición. Si los acusados pertenecen a la corte de saqueadores del estado y están involucrados, por ejemplo, en el plan Rerrobe, y aunque estén agarrados por el Peme, involucrados en el asunto de los Tucanos, Odebrecht o la Puta Catalina, entonces la ley se aplica delicadamente. O mejor dicho no se aplica.
Bufones y mascotas se verán quizás un día en el espejo de su deformidad, pero no hay peligro de que mueran de infarto. En su condición de bufones o mascotas moralmente deformes no tienen corazón, como ordenó la princesa, y ni el menor asomo de conciencia o dignidad.

pcs, miércoles 7 de febrero de 2007

viernes, 1 de diciembre de 2017

GALIPOTES

Pedro Conde Sturla

Tenían días buscándolo después que mató al general y se dio a la fuga, pero no le habían visto ni la sombra. Treinta uniformes detrás de un fugitivo al que todos habían visto en algún lugar y no aparecía en parte alguna. Días y noches buscándolo sin descanso, sin comer, sin dormir, sin resuello, sin fuerzas, con las patas hinchadas y adoloridas.
La orden era apremiante, había sido apremiante y apremiadora, aquí no vuelvan sin él, pero el fugitivo sabía esconderse, sabía estar y no estar. Entre esas lomas podía estar en cualquier sitio y no estar en ninguno. Y a lo peor se escondía a simple vista.
Aparte de cansada y hambrienta, la tropa estaba nerviosa. Todos estaban nerviosos. Habían peinado la zona, habían tumbado puertas y ventanas a culatazos, habían tumbado dientes para hacer que la gente hablara. Hasta en las letrinas habían buscado y no le habían visto ni la huella al fugitivo. Los lugareños estaban aterrados. ¿Dónde podía haberse metido?
A lo peor se esconde a simple vista. El hombre tiene poderes.
A mi no me venga con ese cuento.
Hay cuentos que no son cuentos, mi comandante.
¿Cómo el del abogado de Pimentel que tenía una crianza de ciguapas?
Si al fugitivo le hicieron un ensalmo está protegido y si es un galipote tiene poderes y no hay quien pueda con él.
Déjese de pendejadas y organice la tropa para que descanse. Y que nadie se quite las botas, que después no les entran.
El galipote se vuelve guaraguao y se vuelve chivo, como ese que está pasando, se vuelve piedra y se vuelve tocón como ese mismo donde usted puso la gorra ahora mismo. Un tocón de caoba o lo que sea. Y no hay quien pueda con él.
Si, ya lo sé, y también se vuelve perro, pero no muerde como las ciguapas. Es más malo que el diablo y no le hacen efecto las oraciones ni le entran los tiros de ametralladora. Deja que lo encontremos.
Dicen que no tiene sombra ni tiene alma. Que les chupa la sangre a los niños, como las culebras. Qué está fuera de la ley de Dios.
Y también le gusta espantar a la gente, hacer maldades, extraviar a los caminantes, derricarlos por los barrancos. Y enamorar mujeres ajenas.
Eso yo no lo sé, comandante, pero un tío mío vio uno y le dio un ataque de ferecía. Estuvo a un tris de morirse.
El comandante era un hombre instruido y conocía de memoria aquellas historias. Había honrado el uniforme desde la época del corte, la gran masacre de haitianos (hombres mujeres y niños, por orden del ilustre Jefe), y había pasado por las armas a muchos de ellos. Había estado como quien dice toda la vida oyendo hablar de brujos que curaban enfermedades incurables con ensalmos, oraciones y resguardos o le causaban la muerte a un semejante echándole un guanguá, una muerte lenta y dolorosa.
Un brujo poderoso podía convertirse en galipote y el galipote podía convertirse en muchas cosas, igual que el zángano, el zancú, que camina dando zancadas y de una sola zancada puede cruzar un río. También puede hacerse invisible. Pero el zancú es inofensivo, sólo es travieso y cuando se hace invisible es para asustar a los niños.
Los brujos más ambiciosos pactan con el maligno a cambio de su alma o la vida y el alma de sus hijos y sobrinos, y engendran un bacá, una criatura demoníaca que multiplica sus poderes, los hace ricos, multiplica sus riquezas, los protege, los cura en salud.
En Pimentel -durante una conferencia del Dr. Mora Serrano- el comandante había oído hablar del mal de ojos, cabañuelas, amarradores de agua, de la mágica y primera agua de mayo, de ciguapas, marimantas, nimitas y biembienes, y de la pesadilla con una mano agujereada y otra llena de tesoros que puede hacerte rico…
El comandante se las sabía todas. Eran supercherías, puras supercherías, supersticiones de dominicanos y haitianos ignorantes. Creencias que conocía y despreciaba y en las cuales toda la tropa creía
Ahora, después de un merecido descanso, la tropa de uniformados tenía que ponerse en marcha y el comandante dio la orden de ponerse en marcha y todos se pusieron en marcha.
Hay que encontrar al fugitivo, y si no lo encontramos lo fabricamos. Necesitamos un culpable con carácter de urgencia o por lo menos un sospechoso.
Después de un breve andar, alguien se percató de que el comandante había olvidado la gorra y preguntó, mi comandante, si se la voy a buscar. Al comandante no le gustaba que le pusieran la mano a su gorra y dijo que no y volvió sobre sus pasos a buscar la gorra.
Regresó al poco rato con la gorra pues, pero ya no era el mismo. Traía el semblante blanco, mortecino, los pelos engrifados, la piel engranujada, transfigurado el rostro.
Parecía haber visto una aparición y la vio. O mejor dicho había, presenciada una desaparición. Había encontrado la gorra el comandante, en el mismo lugar en que la había dejado, exactamente en el mismo lugar donde también habría debido encontrar el tocón de madera de caoba donde había puesto la gorra. El fatídico tocón de caoba que debía estar y  no estaba. 


pcs, miércoles 29 de noviembre de 2017

jueves, 30 de noviembre de 2017

LA NOVICIA REBELDE

Un relato del libro Monedas en la fuente
De venta en:
http://www.amazon.com/-/e/B01E60S6Z0

Pedro Conde Sturla

La primera y única vez que sor Ángela de la Cruz tuvo la desdicha, la ingrata y trágica experiencia de toparse frente a frente con un hombre desnudo, lo que se dice desnudo -en su plena y total desnudación-, se le antojó que era el demonio por el cuerno que portaba entre las piernas. El Callejón de los curas estaba a oscuras, pero la oscuridad no disimulaba aquella   impúdica figura de jardinero que se bañaba con manguera a   la luz de la luna en el jardín de la casa curial con puertas   abiertas de par en par. Sor Ángela de la Cruz, la novicia Ángela de la Cruz, beatífica y castísima de nacimiento, huyó despavorida hacia el convento de Santa Clara, en las cercanías del palacio del Príncipe, y se acogió al amparo de las monjas de clausura.
Al cabo de un delirio que duró varias semanas, y con la bendición de la santa madre Alejandra -la madre priora-, pidió ser confinada a una celda de la que no saldría hasta el fin de sus días, consagrada todo el tiempo a la meditación, la oración, el castigo corporal, la mortificación de los sentidos en todos los sentidos, incluyendo el sentido común. Sin embargo, a pesar del rigor con que se aplicaba al ejercicio de sus devociones, nunca pudo escapar de aquella imagen, aquella fatídica visión de hombre desnudo que de repente irrumpía -persiguiéndola con una manguera- en sus sueños más risueños.
Una noche, en la peor de sus pesadillas, no pudo resistir más, y en un acceso de locura se rasgó las vestiduras, se rasgó la piel de los pechos abundantes y se arrancó los ojos con las uñas.
La pérdida de la vista no hizo, por desgracia, más que agudizar su sensibilidad, afinar en grado extremo los mismos sentidos que en vano había tratado de aplacar, y ahora aquel demonio de hombre desnudo y con manguera, que seguía persiguiéndola por igual en la vigilia y en el sueño, también se le manifestaba en el sonido de los pasos: Todos los pasos de hombres que pasaban por la calle aledaña le sonaban a pasos de hombre desnudo y con manguera. El demonio se le manifestaba ahora en el suplicio del tacto de tal modo que, al tocar el rosario y las imágenes sacras y el libro de devociones, palpaba a un hombre desnudo y con manguera. En los pocos alimentos que tomaba, en el agua inodora e incolora, percibía  el sabor de hombre desnudo y con manguera. El aire que respiraba tenía olor a hombre desnudo y con manguera. Sólo a veces, a manera de compensación casi divina, un amigable soplo de turistas nocturnos fumando marihuana llenaba los rincones de su alma, derramaba bendiciones que invocaban a un extraño sosiego y, por momentos, le parecía levitar y levitaba.
Pero cuando su vecino el Príncipe, el Gatopardo criollo salía de correrías, desde su limosina blindada con las ventanillas cerradas le llegaba el aliento del perfume de París de Francia que no enmascaraba el olor a hombre  y se arrojaba contra las paredes y llegaba en su desesperación al paroxismo. El olor a hombre la volvía loca, literalmente loca, y seguía persiguiéndola en la figura del demonio desnudo con manguera.
Ella trataba de escapar, siempre escapaba, pero en su último sueño, fatalmente, el desnudo que la perseguía noche y día la atrapó, manguera en mano, la inmovilizó sobre el duro lecho de monja de clausura y, para su sorpresa, apenas suavemente, dulcemente, con aquella manguera que siempre había aborrecido, se insinuó entre los bordes gloriosos de su secreta piel. En un acto de resignación, inmóvil, indefensa, ¡hágase señor tu voluntad!, se entregó a lo inevitable, y el demonio desnudo realizó el milagro tan secretamente temido, más bien apetecido.
Al amanecer de un nuevo día, el mármol de la muerte modelaba en su rostro un gesto de intensa placidez, inmensa paz, incruenta beatitud. El drama corporal, el caudaloso océano que se había derramado en su interior, descendía ahora en cascada, en multitud de oleadas en los pliegues desnudos del vestido, un poco a la manera de una escultura de Bernini. La mano sobre el corazón que había redoblado como un tambor de hojalata, la curva de sus labios desdibujada en un rictus de pecaminosa felicidad en el gran momento de un éxtasis infinito, hablaban de una santidad a toda prueba, como si un ángel travieso la hubiese castigado con infinitas flechas, mil puñales de agravio, mil puñales de gratitud, mil puñales de gozo para la gloria que ahora se merecía hasta el fin de los tiempos.

pcs, jueves, 11 de diciembre de 2007.


De venta en