domingo, 31 de diciembre de 2017

El humo de los rostros

    
        Pedro Conde Sturla
                                                                                  
     No había, en principio, mucho en común, salvo unos viernes de cerveza en el colmado D’León, detrás del Hotel Continental. Cerveza y poesía -ya se sabe- con música para ver pasar a las muchachas. Ramón Tejera Rosas, el escurridizo, fue paradójicamente el factor aglutinante. La amorosa tertulia en torno a un poema suyo, dio sentido a aquellas tardes bohemias. ¿Que otra cosa podían hacer, juntos, dos poetas de mala leche y un critico de mala fama? Poetizar, criticar, cervecear y fumar.
     Poco a poco, en el humo de infinitos cigarrillos había ido tomando cuerpo la idea de “El humo de los rostros”: una publicación conjunta, partiendo del titulo y del poema de Ramón Tejera Rosas. Corría el año de 1989, los últimos meses de 1989.

       Desde ese entonces, e1 trío no volvió a integrarse.  Ramón  desapareció en su niebla de misterio, se refugió en  su celosa soledad. A veces llamaba, organizaba encuentros imaginarios y volvía a desaparecer. El colmado ya no está en el  mismo sitio y los viernes de bohemia detrás del Hotel Continental ya no existen.
     Salvo la felicidad de la poesía, de aquellas tardes solo quedó una idea, un proyecto que parecía natimuerto, y que plasmó al final de la manera sutil en que se plasman las cosas destinadas a realizarse en imágenes vaporosas, en “estatuas del humo de los rostros”: En un humilde folleto a tres voces, con portada de Alberto Arias y el título del  más hondo y más sentido poema de Tejera Rosas.
     Ramón Tejera Rosas, el querido amigo Cuco, nos abandonó recientemente, se fue para siempre sin avisar ni despedirse, pero dejó lo mejor de sí en esta orilla del mundo.

         EL HUMO DE LOS ROSTROS
         Residir otro día en tu cuerpo lejano / Como si no murieran los huesos cada instante / Tanto Lugar perdido que sueñan las palabras / Remotas tus promesas me buscan y  persisto
         Soy múltiples vacíos desde que me abandonas / Estas aguas tranquilas arrastran piedras tuyas / Piedras como de sangre sin pétalos ni nubes / Desoladas ardientes cual soles  olvidados
     Tengo días poblados de tus rostros / Oh rostros insondables que a mis huellas buscan / Mira Ramón conmigo entre los años / Tú sueles descubrirlos como a sombras  erguidas
         Han crecido contigo en gestos incesantes / Ramón el hombre que eres guarda un niño / Cantando soledades
     Oh ciudades en tus pasos gastadas / Oh mujeres yacentes en tu arcilla / Húmedas han quedado entre mi carne
         La soledad me crece si regresas / Si puedo caminar tus calles despobladas / En tu mano contigo interminables
         Déjame acompañarte para crecer cantando / Provengo de tu esencia transcurrida / Tú no sabes Ramón como las penas pueden / Contigo renacer llenas de espera
         Oh padre en mi aire desfalleces / Soy niño que revive cuando canta / Gracias a ti que moras sin espacio / Desde tus culpas vuelvo
         Quiero tus despedidas / Las furias descarnadas que recibes / Las palabras que muerdes cuando callas / Para decir conmigo
           Agua que se siembra es mi rocío / De estremecidas voces /Estremecidas oh de lluvias que se plasman / En estatuas del humo de los rostros.

           El emotivo poema de Ramón Tejera Rosas me inspiró,  años más tarde, un relato sobre los días finales de la tiranía de Trujillo, que dedico a su grata memoria:

     ESTA TARDE VI LLOVER
     Vagamente recuerdo haberte amado. Ahora que te escurres furtiva en la memoria recuerdo vagamente haberte amado, la espiral de tus trenzas amarillas, la sonrisa  distante y caprichosa, el negro de tus ojos, la chispa que ahora enciende la hoguera de nostalgia. La hoguera que esculpe, que dibuja, al decir de un poeta, el humo de tu rostro.
      Eran días de lluvia y de infortunio. En aquel tiempo de lluvia adolescente, la diminuta lumbre de las tardes florecía en tus trenzas como una dulce rosa enrevesada. En aquel tiempo, vagamente lluvioso, recuerdo que te amaba y recuerdo que amabas como yo los días de lluvia, esos días morosos y cordiales en que el leve contorno de las cosas adquiere una doble presencia en el perfil del agua y la atmósfera de la ciudad se siente densa, cargada de poesía.
     Había algo de magia en la ciudad lluviosa de aquellos días, un aura de misterio, la melancólica lluvia que caía suavemente sobre los mansos atardeceres de abril y finales de mayo, el contraste entre la pesarosa bruma y el encanto de los robles venezolanos de la Avenida Bolívar en flamante explosión de colores a veces malva y azulados a veces. 
     Después de mayo, en cambio, aquel incierto mayo, empezó a percibirse en ese ambiente bucólico, engañosamente apacible, un violento contraste con el toque casi siniestro, el aire reservado de ciertas residencias de lujo, ventanas caídas, puertas cerradas, casonas cerradas que parecían deshabitadas. Una densa impresión patibularia. El terror. Metáfora del terror que invadía los más íntimos espacios. El filo de un terror que cortaba como el hielo. Toque de queda y ley marcial. La cacería humana. La soldadesca del régimen agonizante tumbando puertas y  ventanas, arrestando opositores, torturando, realizando ejecuciones sumarias. El terror en lecho de muerte después de mayo.
     Parecía que el mundo hubiera enloquecido de repente y nos rechazaba de repente con una brutalidad que no habíamos anticipado. El fuego de metralla. El lúgubre movimiento nocturno de las fuerzas de seguridad del estado. El ladrido de los perros.
     De aquella época preservo una imagen trágica en el momento de nuestra despedida en el aeropuerto. Estás tú en esa imagen, tomada del brazo de tu madre, el brazo enlutado de tu madre. El luto de tu madre. El llanto de tu madre. Los grandes ojos rojos encendidos, glaciales y vacíos. Fue un simple adiós entre adolescentes al doblar de la infancia, uno de esos episodios que carecen,  aparentemente, de importancia y sin embargo se graban para siempre y vuelven una vez y otra vez en la vigilia y vuelven en el sueño una vez y otra vez.
     Volví a verte después, muchos años después, durante un breve retorno, cuando ya casi no éramos amigos y casi nos habíamos olvidado. El encuentro fue más bien un desencuentro. Los años y la vida y la distancia hacen cosas terribles como esa. El abismo del tiempo, muchas veces, convierte amigos y amantes en extraños. Se había apagado el eco de nuestras conversaciones y nuestro idilio platónico en la sala de tu casa de la calle Cervantes era cosa pasada, agua pasada. Nuestra relación estuvo siempre circunscrita a ese espacio que ahora estaba abandonado, ahora en venta.  El humo de tu rostro estaba como ausente en el humo difuso de otros rostros. Salvo cosas triviales, no teníamos nada que decirnos.
     Ya no eras la chica de las trenzas ni volverías a serlo. Se había dibujado en tu sonrisa una amargura aleve, y en tus ojos, negrísimos, se había consumido el brillo de otra época, la voz desencantada, tristísima la voz, la chispa que encendían tus palabras. Aparte de ciertos detalles, para quien no te hubiera conocido en tu vasto esplendor, lucías y relucías, pero no eras la misma. Te parecías un poco, lentamente a un otoño. Parecías levemente, dignamente marchita. 
     Algún giro de tuerca, un vuelco del destino te jugó una trastada, convirtió tu carita de rosa encendida en esa grave máscara de soledad, ungida de soledad. Quizás las huellas de un amor incurable.
        Ahora he vuelto a verte y ya no eres. Apenas treinta años y ya no eres ni serás para siempre. Ahora al verte así, perdida entre los sórdidos espacios de la muerte, pienso en días de abril, pienso en la lluvia, la memorable lluvia de aquella adolescencia, pienso en aquellos mansos atardeceres de abril, las veces que juramos que al caer de la tarde, como al caer de la vida, desde las ventanas de tu casa veríamos llover. (Al poeta y amigo Ramón Tejera Rosas, por “El humo de los rostros”).

pcs, santo domingo 23/01/20

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Dino Buzzati: el ingenio sombrío

            Pedro Conde Sturla
        
Un libro de relatos de Dino Buzzati (1906-1972), de cuyo título no logro acordarme, fue el primero o uno de los primeros que leí en italiano, allá por los años setenta. Me lo prestó mi breve amiga Carmela, y leyendo a Buzzati aprendí a leer italiano, buen italiano. A parlotear en esa lengua me enseñó un diccionario de cabellos largos, la hermana de Carmela.
Confieso que la lectura de la obra del singular escritor me estremeció, me entumeció los sentidos, me dejó como quien dice turulato, prácticamente knockout. Pocas veces me había enfrentado (enfrentado, sí) a un narrador tan pesimista, sombrío tétrico, melancólico, angustioso, gobernado por un sentido tan absurdo de la existencia, solitario, desesperanzado, vacío...Un engendro entre Kafka y Poe como sugiere Borges. (Nada extraño que sea uno de los favoritos de nuestro clandestino Fernando Vargas).
El mismo Borges lo celebra, y cómo, en el séptimo prólogo de su exquisita “Biblioteca personal”, con palabras que desbordan entusiasmo:
        “Dino Buzzati
         El Desierto De Los Tártaros
          Podemos conocer a los antiguos, podemos conocer a los clásicos, podemos conocer a los escritores del siglo XIX y a los del principio del nuestro, que ya declina. Harto más arduo es conocer a los contemporáneos. Son demasiados y el tiempo no ha revelado aún su anto-logía. Hay, sin embargo, nombres que las generaciones venideras no se resignarán a olvidar. Uno de ellos es, verosímilmente, el de Dino Buzzati. Buzzati nació en 1906 en la antigua ciudad de Belluno, cerca del Véneto y de la frontera con Austria. Fue periodista y se entregó después a la literatura fantástica. Su primer libro, ‘Bárnabo delle Montagne’, data de 1933; el último, ‘I miracoli di Val Morel’, de 1972, el año de su muerte. Su vasta obra, no pocas veces alegórica, exhala angustia y magia. El influjo de Poe y de la novela gótica ha sido declarado por él. Otros han hablado de Kafka. ¿Por qué no aceptar sin desmedro alguno de Buzzati, ambos ilustres magisterios?
          Este libro [‘El Desierto De Los Tártaros’], que es acaso su obra maestra y que ha inspirado un hermoso film de Valerio Zurlini, está regido por el método de la postergación indefinida y casi infinita, caro a los eleatas y a Kafka. El ámbito de las ficciones de Kafka es deliberadamente gris y mediocre y sabe a burocracia y a tedio. Tal no es el caso de esta obra. Hay una víspera, pero es la de una enorme batalla, temida y esperada. Dino Buzzati, en estas páginas, retrotrae la novela a la epopeya, que fue su manantial. El desierto es real y es simbólico.
         Está vacío y el héroe espera muchedumbres.
         J.L.B.”


         La interminable espera de lo que nunca vendrá, el arraigo-desarraigo, el odio-amor a una tierra, el sinsentido de una situación, “el misterio y la angustia de lo cotidiano o el absurdo e inexplicable destino humano”, todo lo que es patente en “El desierto de los tártaros” me recuerda de alguna manera “La novela de un Spahi” del olvidado y una vez famoso Pierre Loti. Sólo que Pierre Loti es menos amargo, menos apocalíptico.
         En la obra de Buzzati es difícil o imposible atisbar un rayo de esperanza, una nota de humor, ni siquiera humor negro. Predomina el absurdo, siempre o casi siempre el absurdo, como en su quizás más terrible relato, “El colombre”, la historia del hombre que huye de la felicidad pensando que huye de la desgracia:
“Navegar, navegar, ese era su único afán. Apenas ponía pie en cualquier puerto después de largas travesías, en seguida lo espoleaba la impaciencia por partir. Sabía que allá lo esperaba el colombre y que el colombre era sinónimo de perdición. Era inútil. Un impulso indomable lo arrastraba de un océano a otro sin descanso.

*

Hasta que de pronto un día Stefano reparó en que se había hecho viejo, viejísimo; y ninguno de los que lo rodeaban sabía explicarse por qué, siendo rico como era, no dejaba por fin la azarosa vida del mar. Viejo, y amargamente infeliz, porque toda su existencia se había gastado en aquella especie de loca fuga a través de los mares para escapar de su enemigo. Pero para él siempre había sido más fuerte que la dicha de una vida holgada y tranquila la tentación del abismo.

Y una tarde, mientras su magnífica nave se hallaba fondeada frente al puerto donde había nacido, se sintió próximo a morir. Entonces llamó a su segundo oficial, en quien tenía mucha confianza, y le instó a que no se opusiera a lo que pensaba hacer. El otro se lo prometió por su honor.

Una vez seguro de esto, Stefano reveló al segundo oficial, que lo escuchaba turbado, la historia del colombre que durante casi cincuenta años lo había seguido sin cesar inútilmente.

-Me ha seguido de un confín a otro del mundo -dijo- con una fidelidad que ni el amigo más noble habría podido mostrar. Ahora me voy a morir. También él, ahora, estará terriblemente viejo y cansado. No puedo traicionarlo.

Dicho esto, se despidió, hizo arriar un bote y, después de hacer que le dieran un arpón, partió.

-Ahora voy a su encuentro -anunció-. Es justo que no lo defraude. Pero lucharé con las fuerzas que me quedan.

Con débiles golpes de remo se alejó del barco. Oficiales y marineros lo vieron desaparecer a lo lejos, sobre el plácido mar, envuelto en las sombras de la noche. En el cielo, como una hoz, lucía la luna.

No tuvo que esforzarse mucho. Súbitamente, el horrible hocico del colombre emergió al lado de la barca.

-Aquí me tienes por fin -dijo Stefano-. ¡Ahora es cosa nuestra!

Y, reuniendo sus últimas energías, levantó el arpón para lanzarlo.

-Ah -se quejó con voz suplicante el colombre-, qué largo camino hasta encontrarte. También yo estoy destrozado por la fatiga. Cuánto me has hecho nadar. Y tú huías, huías. Y nunca has comprendido nada.

-¿Por qué? -dijo Stefano picado en su orgullo. 

-Porque no te he seguido por todo el mundo para devorarte, como tú pensabas. El único encargo que me dio el rey del mar fue entregarte esto.

Y el escualo sacó la lengua, tendiendo al viejo capitán una esfera fosforescente.

Stefano la cogió entre los dedos y miró. Era una perla de tamaño desmesurado. Reconoció en ella la famosa Perla del Mar que procura a quien la posee fortuna, poder, amor y paz de espíritu. Pero ahora era ya demasiado tarde.

-Ay de mí -dijo meneando tristemente la cabeza-. Qué horrible malentendido. Lo único que he conseguido es desperdiciar mi existencia; y he arruinado la tuya.

-Adiós, hombre infeliz -respondió el colombre. Y se sumergió en las aguas negras para siempre.

*

Dos meses más tarde, empujado por la resaca, un bote arribó a una áspera escollera. Fue avistado por algunos pescadores que, movidos por la curiosidad, se acercaron. En el bote, todavía sentado, había un blanco esqueleto; y, entre sus dedos descarnados, sujetaba un pequeño guijarro redondo.

El colombre es un pez de grandes dimensiones, espantoso a la vista, sumamente raro. Dependiendo de los mares y de los pueblos que habitan las orillas, recibe también el nombre de kolomber, kahloubrha, kalonga, kalu-balu, chalung-gra. Curiosamente, los naturalistas desconocen su existencia. Hay quien sostiene que no existe.
Fin”
          Prácticamente al azar pueden escogerse los textos de Buzzati que responden a su sombría y tal vez justificada visión del mundo (“Algo había sucedido”, “Extraños nuevos amigos”, “La mujer con alas”, “Los siete mensajeros”, “¿Y si?”). Uno de los más ejemplares en este sentido es “Siete pisos” o “Siete plantas”,  la narración de un descenso surrealista a la nada.
          Pero incluso “Una muchacha que cae”, tan aparentemente inocente, no escapa al tétrico destino de los personajes de Buzzati:
      “Con despecho comprendió que una treintena de metros más abajo otra muchacha caía. Era sin dudas más bella que ella y llevaba un vestido de media tarde con mucha clase. Quién  sabe por qué, la otra descendía a una velocidad  muy  superior a la suya, hasta el punto que en pocos instantes la distanció y desapareció allá abajo, a pesar de los llamados de Marta. Sin duda iba a llegar a la fiesta antes que ella; tal vez era un  plan calculado de antemano para suplantarla.
 Luego Marta se dio cuenta de que ellas dos no eran las únicas que caían. A todo el largo de los flancos del rascacielos, otras mujeres jóvenes se deslizaban  en  el vacío, las caras tensas por la excitación del vuelo, agitando festivamente las manos como para decir: aquí estamos, aquí venimos, es nuestra hora, festéjennos, ¿no  es verdad  que el mundo es nuestro?
FIN

pcs, viernes, 24 de abril de 2015



El escudo rojo


Pedro Conde Sturla


En uno de episodios de “Momentos estelares de la humanidad” Stefan Zweig describe la batalla de Waterloo. Napoleón derrota al ejército prusiano, que se repliega hacia Bruselas donde lo espera Wellington, y manda al Mariscal Grouchy en seguimiento de las tropas “vencidas pero no aniquiladas” para que no se juntaran con las de Wellington, como en efecto lo hicieron. Grouchy persigue sin éxito a los prusianos, que se repliegan a marcha forzada. El estado mayor de Grouchy se rebela. Le dicen que hay que dejar la inútil persecución y acudir en defensa del Emperador en Waterloo, donde ya se escuchan los cañones. Pero Grouchy impone su autoridad. Dice que recibió órdenes del mismo Emperador de perseguir a los prusianos y no tiene contraórdenes. De modo que los prusianos llegaron primero a Waterloo y Napoleón perdió la batalla, su última batalla, gracias a la obediencia servil y a la falta de iniciativa personal de Grouchy. El Mariscal obediente a ciegas hundió a su Emperador:
            LA FALLA DE GROUCHY
Sin darse cuenta él mismo, Grouchy tiene en sus manos la suerte de Napoleón.
Cumpliendo las órdenes recibidas, partió al atardecer del 17 de junio y tras los prusianos en la dirección que creyó habrían seguido. La lluvia había cesado y, como si marcharan por tierras sin enemigos, los jóvenes soldados que hasta el día anterior no habían venteado la pólvora no ven aparecer por ninguna parte al adversario ni descubren la menor huella del ejército prusiano. De repente, mientras el mariscal toma un ligero refrigerio en una casa de campo, notan que el suelo se estremece bajo sus pies. Prestan atención, y llega hasta ellos un sordo, continuo y amortiguado rumor. Son cañones que disparan a una distancia de tres horas. Algunos oficiales se echan al suelo y pegan el oído en él como hacen los indios, para poder precisar la dirección del cañoneo. Su eco retumba apagado y lejano. Son las baterías de Saint-Jean, es el principio de Waterloo. Grouchy reúne a los oficiales en consejo.
Gérard, el jefe de su Estado Mayor, exclama con ardimiento:
—Il faut marcher au canon!
—Es preciso marchar en dirección al fuego de artillería.
Otro oficial apoya esa opinión gritando:
—¡Vamos por ellos inmediatamente!
Ninguno duda que el Emperador ha dado ya con los ingleses y que ha comenzado una dura batalla. Pero Grouchy está indeciso. Acostumbrado a obedecer, se atiene a las
instrucciones recibidas, a la orden imperial de perseguir a los prusianos en su retirada.
Gérard, ante el titubeo del mariscal, insiste con vehemencia:
—¡Vayamos por los cañones!
Y para los veinte oficiales, aquellas palabras suenan como una orden, como una
súplica. Pero Grouchy no está conforme con la sugerencia. Vuelve a decir terminantemente que él no puede dejar de cumplir su obligación mientras no llegue una contraorden del Emperador. Los oficiales se sienten decepcionados, escuchando en el expectante silencio el lejano retumbar de los fatídicos cañones. (Stefan Zweig, “Momentos estelares de la humanidad”).
            Cuando la derrota se ha consumado se produce un extraño episodio que Stefan Zweig relata con su habitual maestría y pone un punto de interrogación, de suspenso, a la ya de por sí intensa narración:
“Apenas el ataque inglés ha derribado a Napoleón, un desconocido va en una calesa por el camino de Bruselas y de allí al mar, donde un barco espera ya al viajero. Se dirige a Londres. El desconocido llega a la capital antes que los correos extraordinarios y consigue, gracias al total desconocimiento de la sensacional noticia, hacer saltar la Bolsa. Aquel hombre es Rotschild, que con esta hazaña genial funda un nuevo imperio, una nueva dinastía”.
¿Quién era ese hombre y en qué consistió su hazaña? No era simplemente Rotschild, era uno de los Rotschild. Un miembro de la más rica familia de banqueros que ha parido la humanidad. Y lo que hizo no tiene parragón. La guerra se libraría ahora en otro frente, el financiero, donde los generales no tienen cabida más que como peones:
“La historia de la familia Rothschild comienza con el señor Mayer Amstel Rothschild (1744-1812), un banquero alemán al que se le conoce como “El padre fundador de las finanzas internacionales”. Mayer Amstel nació en el ghetto judío de Frankfurt en el seno de una familia que se dedicaba al comercio y al cambio de divisas y monedasEn 1743, Amschel Moses Bauer, orfebre de profesión, que completaba sus ingresos ejerciendo de cambista, abrió una tienda de monedas en el gueto judío de Fráncfort del Meno en Alemania. Sobre la puerta de entrada de su casa, cuya planta baja quedaba reservada para el negocio y el resto para la familia, colgó un cartel en el que se representaba un águila romana en un escudo rojo. La tienda llegó a ser conocida como la tienda del «escudo rojo», rothschild en alemán; con el tiempo, esta palabra pasó a convertirse en su patronímico.
“Mayer Rothschild realizaba el pago de mercenarios y estuvo involucrado en el financiamiento de las guerras napoleónicas. Para principios del siglo XIX, Jacob era uno de los principales banqueros de Europa y tal era su fortuna que empezó a realizar sus propios préstamos internacionales.
“Pero la verdadera dinastía y el verdadero imperio de los Rothschild inició cuando Mayer Amstel colocó a sus cinco hijos en los cinco centros financieros más importantes de Europa: Amstel en Frankfurt, Solomon en Viena, Nathan en Londres, Calmann en Nápoles y Jakob en París. De hecho, su escudo de armas ostenta cinco flechas que simbolizan las cinco ramas de la dinastía. Para 1818, los cinco hermanos Rothschild ya tenían títulos nobiliarios hereditarios y eran dueños de un imperio que prácticamente controló el mundo financiero de aquellos días” (http://www.excelsior.com.mx/blog/culturapop/la-familia-mas-rica-y-mas-siniestra-del-mundo/1045121).
Uno de ellos, Nathan Mayer Rothschild, el que menciona Stefan Zweig, compró a Inglaterra, y la historia de cómo lo hizo no es un secreto:
N. ROTHSCHILD Y LA JUGADA MAESTRA DE WATERLOO (1815)
Concretamente uno de sus miembros, Nathan Mayer Rothschild (1777-1836) fue espectador privilegiado de la batalla.
Inmediatamente después de ser derrotado Napoleón, parece ser que Nathan M. utilizó un complejo sistema de palomas mensajeras que cubrió en pocas horas los 362 Km. de distancia que separan Waterloo-Londres.
Por ello, los Rothschild fueron los primeros londinenses en conocer la decisiva noticia que marcaría el inicio de la nueva Europa. Rápidamente sacaron partido de ello, pues vendieron compulsivamente sus Bonos del Estado Británico a precios dispares haciendo creer al resto del mercado que Inglaterra había perdido la trascendental batalla.
El resultado fue el hundimiento de la London Stock Exchange.
Sin embargo, y antes de que se descubriera la verdad, los Rothschild compraron de nuevo en secreto cantidades masivas de esos mismos Bonos del Estado a precios irrisorios. Al llegar la noticia de la victoria de Wellington, los precios se dispararon y los Rothschild obtuvieron un beneficio de £1.000.000 en un sólo día.
            Otra historia es la historia de cómo compraron gran parte del resto del mundo y se hicieron dueños, junto a otros banqueros, de la Reserva Federal de los Estados Unidos. Es decir el banco central de los Estados Unidos, “una entidad autónoma y privada.”


pcs 6/7/17

sábado, 30 de diciembre de 2017

Confesiones melancólicas y poéticas

Pedro Conde Sturla

Juan José Arreola, a manera de presentación, escribió en uno de sus libros una “confesión melancólica” que he siempre valorado como una pieza de ingeniería literaria que define el oficio de escritor y el oficio de lector:
“Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka”.
Yo confieso que, al margen de mis creencias he sido un enamorado y visitador asiduo de iglesias y catedrales.  Admiro sinceramente la pintura y la escultura religiosa moderna, y entre mis favoritas se cuentan La Piedad, de Miguel Ángel  y el Orgasmo de Santa Teresa, de Bernimi. Amo como Arreola el lenguaje, aunque no sobre todas las cosas, y aprecio, al margen de mis creencias, ciertas zonas de la poesía religiosa, como se puede notar en mi entrega anterior sobre El Cántico de las criaturas de Francisco de Asís.
Hoy vuelvo sobre el tema con dos poemas muy afines a la religiosidad del “pequeñuelo”, uno de San Juan de la Cruz, Noche oscura, y otro de nuestro Emilio A. Morel, San francisco de Asís entre los pájaros.
Sobre el primero (en un artículo titulado “San Juan de la Cruz y César Vallejo, grandes poetas universales”) dice Manuel Piquera:
“Noche oscura, de San Juan de la Cruz (1542- 1591), uno de los poemas más bellos  de la literatura universal, nos conduce a una experiencia de contemplación del misterio del sufrimiento humano, de su naturaleza  paradojal: la noche oscura me guiaba más cierta que la luz del mediodía”.
“Como  en  el  poema  de  César  Vallejo (Voy a hablar de la esperanza),  Juan  de  la  Cruz  nos  revela  el gran arte poético que la humanidad ha creado, la mayor lucidez de que es capaz la especie humana en la Tierra y el universo. El pensador poético, tal como nos  lo manifestó Walter Benjamin, permite mirar lejos, como un Amadeus de la lengua de La Mancha.”
Parece un poema erótico y no deja de serlo en el fondo, pero en la opinión de un religioso no tiene nada que ver con eso ni con la interpretación que propone Manuel Piquera:
“‘Noche oscura del alma’, junto con Cántico espiritual y Llama de amor viva constituyen las tres obras poéticas más importante de la poesía mística española, en la que se nos muestra la ascensión del alma, hasta su unión con Dios”.
Noche oscura
1. En una noche oscura, / con ansias, en amores inflamada
/ ¡oh dichosa ventura!, / salí sin ser notada / estando ya mi casa sosegada.
2. A oscuras y segura, / por la secreta escala disfrazada, / ¡Oh dichosa ventura!, / a oscuras y en celada, / estando ya mi casa sosegada.
3. En la noche dichosa / en secreto, que nadie me veía, / ni yo miraba cosa, / sin otra luz y guía /sino la que en el corazón ardía.
4. Aquésta me guiaba / más cierto que la luz del mediodía, / adonde me esperaba / quien yo bien me sabía, / en parte donde nadie parecía.
5. ¡Oh noche que guiaste! / ¡Oh noche amable más que la alborada! / ¡Oh noche que juntaste / Amado con amada, / amada en el Amado transformada!
6. En mi pecho florido / que entero para él sólo se guardaba, / 
allí quedó dormido,  / y yo le regalaba, / y el ventalle de cedros aire daba.
7. El aire de la almena, /cuando yo sus cabellos esparcía, / con su mano serena / en mi cuello hería / y todos mis sentidos suspendía.
8. Quedéme y olvidéme, / el rostro recliné sobre el Amado, / cesó todo y dejéme, / dejando mi cuidado /entre las azucenas olvidado. 
El poema de Emilio A. Morel (1884-1958), uno de los mejores de la literatura dominicana, es cristalino, transparente, y se destaca (como dice en la Enciclopedia virtual dominicana) por su “tersura lírica, la simplicidad de un dibujo renacentista apenas sombreado por el lápiz”, por la  “precisión del trazo” y sobre todo, a mi juicio, por la grandiosa y puntual recreación de la naturaleza del personaje. Emilio A. Morel parecería meterse en el sayo, en la piel, en la cabeza del pequeño gigante de Asís.
Es un texto alegre, regocijante, un himno a la bondad, a la solidaridad, a la piedad, con un continuo flujo de imágenes que deslumbran por su sencillez y humanidad. Un texto precisamente franciscano.
San francisco de Asís entre los pájaros
I
San Francisco de Asís erraba un día / por remotos parajes, / preguntando / a cuanto ser veía / si lo acosaba el hambre, si quería / pan del pan qua su mano iba dejando / a la miseria cruda y sin abrigo: / pan de resignación y pan de trigo. / San Francisco de Asís buscaba un día / vidas atormentadas / por el dolor, cuando en el seno agreste / y hojoso de la Umbría / encontró la piedad de sus miradas / a un ruiseñor que estaba en la agonía. / -Hermano Ruiseñor…  -exclamó el Santo, / con los brazos en cruz-  hermano mío, / dime si tu quebranto / lo concibió la voluntad del cielo, / o si fue la del suelo / para secar las fuentes de tu canto. / El ruiseñor no contestó. / La suave / bondad del Santo se inclinó hacia al ave / para decirle:  -Hermano, / ven a mi soledad hasta que vuelva
/ la salud a tus carnes; / allí no encontrarás florida selva / ni paraje florido, / sino el crudo rigor de los veranos:  / más, para darte la ilusión de un nido / fresco y amable, te daré mis manos. / Y San Francisco se llevó consigo / al ruiseñor enfermo. Y fue tan dulce / el amoroso abrigo, / y tan hijo del cielo / el infinito celo / que el ave halló en el corazón del Santo, / que a poco tiempo levantaron juntos, / una oración el uno: el otro un canto.
II
Enfermo y solo, lejos de la gente, / que ignoraba su mal, pensaba el Santo / en que ya la Implacable / rondaba ansiosamente / la tosca celda en que la limpia fuente / de su misericordia inagotable / cantaba el bien, tan armoniosamente. / Y dijo al ruiseñor: -Mi buen hermano, / muy pronto a mi me faltará el aliento, / y a ti la débil mano / que te busca el sustento; / vuélvete, pues, al bosque y que te ayude / la mano diestra del humano Viento. / Y asi dijo los otros  / pájaros: -Vuestro nido / os espera, / volved a vuestros prados; / y si encontráis que ha sido destrozado  / vuestro hogar venturoso, come he sido / yo para con vosotros, / sed vosotros / con el que hubiere roto vuestro nido. / ¿No sabéis que se encuentra / la hermana Muerte en el umbral, queriendo / que mi conformidad le diga: entra? / Y gimió el desconsuelo / del ruiseñor: -¡Oh, déjame a tu lado / Para verte cruzar / transfigurado, / los caminos del cielo! / La turba alada dijo / entonces: -¡Falta  / que nos enseñes la virtud más alta, /la de morir sonriendo! / Y cuando hablaron todos de tal suerte, / San Francisco de Asís sonrío diciendo: / -Entrad, hermana Muerte…
pcs, jueves 11 de octubre de 2012

viernes, 29 de diciembre de 2017

La comedia trágica


Pedro Conde Sturla

 
La “Tragicomedia de Calisto y Melibea” es más trágica que cómica y sobre todo más enjundiosa. Enjundia literaria y filosófica. Ninguno de los personajes principales sobrevive a la trama que urdió quienquiera que haya sido el autor de la obra. Quizás el mismo que muchos identifican con el Bachiller en leyes Fernando de Rojas, un judío converso, probablemente un criptojudío, un marrano, alguien que profesaba en secreto el judaísmo.
El hecho es que Calisto, un joven perteneciente a la nobleza, necesariamente bello, ingenioso, vanidoso y engreído como todos los nobles, entra en el huerto de la paterna casa de Melibea en busca de un halcón y en cuanto la vio se le olvidó seguramente el halcón y se prendó de su belleza y se puso de baboso a cortejarla. Muy mala fue la impresión que le causó a Melibea la lastimosa escena. La casta diva rechazó en el acto y con ira todas sus galantes proposiciones y lo conminó a abandonar el lugar con el rabo entre las piernas como se podrá ver o leer a continuación:
CALISTO.- En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.
MELIBEA.- ¿En qué, Calisto?
CALISTO.- En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase y hacer a mí, inmérito, tanta merced que verte alcanzase y en tan conveniente lugar que mi secreto dolor manifestarte pudiese. Sin duda incomparablemente es mayor tal galardón que el servicio, sacrificio, devoción y obras pías que por este lugar alcanzar tengo yo a Dios ofrecido, ni otro poder mi voluntad humana puede cumplir. ¿Quién vio en esta vida cuerpo glorificado de ningún hombre como ahora el mío? Por cierto los gloriosos santos, que se deleitan en la visión divina, no gozan más que yo ahora en el acatamiento tuyo. Más ¡oh triste!, que en esto diferimos: que ellos puramente se glorifican sin temor de caer de tal bienaventuranza y yo me alegro con recelo del esquivo tormento que tu ausencia me ha de causar.
MELIBEA.- ¿Por gran premio tienes esto, Calisto?
CALISTO.- Téngolo por tanto en verdad que, si Dios me diese en el cielo la silla sobre sus santos, no lo tendría por tanta felicidad.
MELIBEA.- Pues aun más igual galardón te daré yo, si perseveras.
CALISTO.- ¡Oh bienaventuradas orejas mías, que indignamente tan gran palabra habéis oído!
MELIBEA.- Mas desaventuradas de que me acabes de oír, porque la paga será tan fiera cual merece tu loco atrevimiento. Y el intento de tus palabras, Calisto, ha sido de ingenio de tal hombre como tú. ¿Haber de salir para se perder en la virtud de tal mujer como yo? ¡Vete! ¡Vete de ahí, torpe! Que no puede mi paciencia tolerar que haya subido en corazón humano conmigo el ilícito amor comunicar su deleite.
CALISTO.- Iré como aquel contra quien solamente la adversa fortuna pone su estudio con odio cruel.
Calisto es, además de noble y rico, obstinado, de esos que no aceptan un no por respuesta, y cuando está casi a punto de dejarse morir de amor, su criado Sempronio le aconseja valerse de los buenos servicios de una conocida alcahueta llamada Celestina.
La alcahueta, después de un primer fracaso, realiza un diabólico conjuro para hacer que Melibea se enamore de Calisto:
CELESTINA.- Pues sube presto al sobrado alto de la solana y baja acá el bote del aceite serpentino que hallarás colgado del pedazo de la soga que traje del campo la otra noche, cuando llovía y hacía oscuro. Y abre el arca de los lizos, y hacia la mano derecha hallarás un papel escrito con sangre de murciélago, debajo de aquel ala de drago a que sacamos ayer las uñas. Mira no derrames el agua de mayo que me trajeron a confeccionar.
ELICIA.- Madre, no está donde dices; jamás te acuerdas a cosa que guardas.
CELESTINA.- No me castigues, por Dios, a mi vejez. No me maltrates, Elicia. No enfinjas porque está aquí Sempronio ni te ensoberbezcas, que más me quiere a mí por consejera que a ti por amiga, aunque tú le ames mucho. Entra en la cámara de los ungüentos, y en la pelleja del gato negro, donde te mandé meter los ojos de la loba, le hallarás, y baja la sangre del cabrón y unas poquitas de las barbas que tú le cortaste.
ELICIA.- Toma, madre, veslo aquí; yo me subo, y Sempronio, arriba.
CELESTINA.- Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad infernal, emperador de la Corte dañada, capitán soberbio de los condenados ángeles, señor de los sulfúreos fuegos, que los hirvientes étnicos montes manan, gobernador y veedor de los tormentos y atormentadores de las pecadoras ánimas, regidor de las tres Furias, Tesífone, Megera y Aleto, administrador de todas las cosas negras del reino de Estigia y Dite, con todas sus lagunas y sombras infernales, y litigioso Caos, mantenedor de las volantes harpías, con toda la otra compañía de espantables y pavorosas hidras. Yo, Celestina, tu más conocida cliéntula, te conjuro por la virtud y fuerza de estas bermejas letras; por la sangre de aquella nocturna ave con que están escritas; por la gravedad de aquestos nombres y signos que en este papel se contienen; por la áspera ponzoña de las víboras de que este aceite fue hecho, con el cual unto este hilado. Vengas sin tardanza a obedecer mi voluntad y en ello te envuelvas y con ello estés sin un momento te partir, hasta que Melibea, con aparejada oportunidad que haya, lo compre, y con ello de tal manera quede enredada que, cuanto más lo mirare, tanto más su corazón se ablande a conceder mi petición. Y se le abras, y lastimes del crudo y fuerte amor de Calisto, tanto que, despedida toda honestidad, se descubra a mí y me galardone mis pasos y mensaje. Y esto hecho, pide y demanda de mí a tu voluntad. Si no lo haces con presto movimiento, tendrasme por capital enemiga; heriré con luz tus cárceles tristes y oscuras; acusaré cruelmente tus continuas mentiras; apremiaré con mis ásperas palabras tu horrible nombre. Y otra y otra vez te conjuro. Así confiando en mi mucho poder, me parto para allá con mi hilado, donde creo te llevo ya envuelto.
El conjuro surte efecto, como era de esperar. Melibea se enamora y se entrega a Calisto, pero el enredo tendrá graves consecuencias. Conste que lo había advertido el autor al inicio cuando define el propósito de la obra:
“La comedia o tragicomedia de Calisto y Melibea, compuesta en reprehensión de los locos enamorados que, vencidos en su desordenado apetito, a sus amigas llaman y dicen ser su dios. Así mismo hecha en aviso de los engaños de las alcahuetas y malos y lisonjeros sirvientes”.
Celestina es la primera víctima de la trágica comedia, víctima de la codicia de los dos criados de Calisto. Los criados son detenidos y ejecutados. Calisto se rompe el alma cuando desciende por una escalera de soga, después de un breve encuentro con su amada Melibea, y Melibea se suicida lanzándose al vacío desde una torre. Pero nada de eso tiene importancia, es accesorio. Colateral. Algo que puede pasarle a cualquiera.


jueves, 28 de diciembre de 2017

ACUSE DE RECIBO Y MEA CULPA

Me han pedido por email que acuse recibo de un texto crítico del delfín negro Juan Freddy Armando y aquí acuso. Y por la tardanza meo culpa.

Acuso recibo, todos los recibos recibidos. Por email y por Facebook.

El texto crítico del delfín negro Juan Freddy Armando está a la altura de la poesía y del poeta, exactamente a la misma altura del poeta y su poesía. Definitivamente a la altura de la poesía y del poeta

Casimente igual a la altura de los textos criticos que cometieron con anterioridad Plinio Chaín y José Mármol.

Congratulaciones.

pcs



ALERTA. Viaje alrededor de la poesía de Mateo Morrison

Publicado el: 24 diciembre, 2017



Me propongo aquí tratar sobre los versos de este bardo de la generación de post-guerra, ganador del Premio Nacional de Literatura 2010. Ensayista, cuentista, novelista, articulista, gestor cultural, pero sobre todo poeta. Caballero a carta cabal a la manera inglesa. Andar de pelotero retirado, habla tímida de obrero, ojos de buena gente y manos siempre prestas a dar la palmada estimulante al joven aspirante a escritor que se le acerque.
Cuando recién surge la “aurora de rosáceos dedos”(Homero) o “se fatiga la luz” (Borges) al declinar la tarde, marchan sus libras y amplia cintura, conducidas por sus piernas de viejo caminante en ejercicios de salud, pasa frente a mi casa y saluda desde la distancia.
Voz ronca, como si acabara de despertar de un sueño, y quizás sea así: de un sueño poético. Ojos negros y grandes. Nariz ancha y pequeña, adherida al rostro redondo como una media nuez. Labios carnosos, cuello breve, manos de cortos dedos. Piel de raza negra inglesa, dirían los tórtolos que llamamos cocolos que de las islas que vinieron como su padre jamaiquino trayendo el guavaverry, dumpling con bacalao, béisbol y el teatro danzante de los guloyas.
Mateo Constantino Morrison Fortunato nació el 14 de abril del “año de gracia” (Ezra Pound) 47 del siglo XX. Hijo de Efigenia, una sencilla mujer dominicana que amaba nuestro folclor, y Herbert Cleveland, un viejo profesor de inglés y francés que daba clases –narraTony Raful- en el mismo patio donde Mateo tomaba y repartía el maná de la poesía universal y nacional con otros futuros vates.
Nació en Villa Duarte (antiguo Ensanche Pajarito, donde se fundó originalmente la ciudad de Santo Domingo, primada de América), al Este de la capital dominicana, y tres meses después, la familia se traslada a la casa número 19 de la calle Carretera Mella, kilometro 5 y medio, sector Cruz de Mendoza.
Morrison, “una idea cultural en constante movimiento’’ según José Mármol, ha dictado innumerables conferencias, ponencias en seminarios, talleres; y participado en encuentros literarios y coloquios, en su país y el extranjero. Ha escrito numerosos libros traducidos en parte a varias lenguas, que dansólido sustento a su personalidad literaria.
SEIS SEÑALES DISTINTIVAS DE SU POESÍA
Primera: Coloquial y sencilla. Basada en el hablar simple del hombre y la mujer del pueblo, cumple con el agudo aserto del intelectual francés André Maurois, cuando afirma que los grandes escritores “demuestran que con palabras de todo el mundo saben construir un estilo’’.
Segunda: Profunda y precisa. Son piezas exactas, estructuradas a la manera del profesional que trabaja pacientemente con bloques, cemento, arena, varillas, vigas y travesaños hasta darnos el hermoso edificio; el conjunto poético armonioso. Así va diseñando el poema, hasta lograr seducir al lector con su edificio verbal en versos cortos e ideas hondas.
Tercera: Comprometida ética y socialmente. Ha dicho Camilo José Cela que la buena literatura siempre está al servicio de algo que trascienda la palabra. Porque ella, per se no es válida sino como vehículo que conduce a la idea. Y esta sólo adquiere sentido cuando trasciende el mero hecho de producir placer comunicacional, la belleza de una historia o situación. La gran obra poética, con capacidad para permanecer por encima de lenguas, culturas y siglos únicamente puede lograrse cuando esos cuatro elementos -palabra, idea, belleza y creatividad- sirven como instrumentos para transformar valores, remover culpas o pasiones, sueños y propósitos en el sujeto receptáculo de la obra.
Así, en nuestro poeta siempre hay un norte ético, moral, una visión de la sociedad y sus luchas de clases, razas, por alcanzar conquistas para la humanidad. Muestra de ese modo lo que aprendió de Vallejo, Neruda, Whitman, Moreno Jimenes, Mir, Carmen Natalia Martínez, Mieses Burgos, Hérnández Franco y otros grandes que sin descuidar la excelsitud lírica fueron capaces de hacernos ver las espaldas física y espiritualmente desangradas de los pueblos expoliados por los aviesos hombres que los vilipendian y roban su presente y futuro; hacernos oír y sufrir, sin perder placer estético, las cadenas y cadenazos al esclavo, el hambre aleve o el disparo criminal por manos de la perfidia.
DEL METAFORISMO ESPAÑOL AL VERSO DRAMÁTICO ANGLOAMERICANO
Cuarta: De herencia inglesa y norteamericana. Acogiendo el teorema del genio Jorge Luis Borges de que “no nos debemos a una sola tradición; afortunadamente podemos aspirar a todas’’, nuestro vate rompe el esquema poético habitual en español, cuyo valor se mide en función de la cantidad y calidad de los tropos.
Dramático y estremecedor, hace acopio de la economía de palabras y fuerza expresiva en imágenes que vienen de la portentosa tradición inglesa que probablemente asimiló de su padre, quien puso en sus manos a Milton, Shelley, Byron, Coleridge, Blake, Donne, Keats.
El autor apuesta a los estupores que provoca el retrato descarnado y doloroso de una niña que expone su cuerpo a los disparos represivos -Amelia Ricart Calventi-, o esclavos cuya sangre corre en rojinegros cuajarones desde 1492 hasta nuestros días –Aniversario del Dolor- emulando también a los escritores norteamericanos cuya poesía, directa y descarnada, en muchos casos no contiene tropos o adornos retóricos, o apenas si los sugiere –Emily Dickinson, Edgar Lee Masters, Charles Bukowski, William Carlos Williams, Robert Frost, Allens Ginsberg-, porque su gran metáfora está en el estremecimiento de los crudos cuadros emocionales con que nos traslada casi en vivo al territorio mental de la ignominia o felicidad, únicas e imborrables, cuya vivencia nos transmiten sus versos.
TRATAMIENTO DE LA MUJER EN MORRISON
Quinta:Diversas visiones de la mujer. A)La expresión del amor romántico, sencillo y dulce, lindando con formas sentimentales,comedidas y un realismo sublime. B) Indignado ante la mujer golpeada por el machismo, transmite al lector su dolor y conmoción. C) Enfoque de un erotismo tan sobrio y apasionado al mismo tiempo que semeja un rito sagrado, de adoración espiritual y material. Penetra en esas excelsas imágenes e instantes en que la mujer es el templo donde el hombre ora con sus manos, reza con besos y eleva la plegaria del placer de cuerpos envueltos y revueltos subiendo a los montes del amor, adorando a esa diosa que es la mujer amada.
Sexta: Combina protesta y erotism oen una misma pieza. Realiza el experimento verbal de comunicar su inconformidad ante las injusticias mezclada con momentos de matiz erótico. Lo encontramos en su libro Dorothy Dandridge, sobre la destacadísima cantante y actriz norteamericana del mismo nombre, aludiendo a su atractiva belleza y al brutal racismo que sufrió. También en su reciente libro Tormenta de un silencio se notan esta y otras señales de estilo mencionadas.
Los invito a degustar la poesía de Mateo Morrison.