jueves, 22 de noviembre de 2018

Sergio Forcadell: La derrota de Madrid y la Marca España

Pedro Conde Sturla
12 septiembre 2013

[Hoy tengo como invitado a un publicista catalán de pura cepa, casado con dominicana y castizamente aplatanado. Sergio Forcadell y Feliú. Lo conocí hace un millón de años en los predios de Publicitaria InterAmérica, junto al inolvidable Harold Priego y una dulce colombiana que se horrorizaba de nuestras ocurrencias e irreverencias, sobre todo de las óperas italianas que Harold memorizaba y cantaba o graznaba a voz en cuello sin entender el significado, desentonando, soltando gallos, maltratando sin piedad la lengua de Dante.
Alguna vez escribí sobre ellos en términos festivos, como acabo de hacer, evocando momentos felices de nuestra relación en la agencia publicitaria.
Ahora quiero hablar en serio –cosa que me cuesta trabajo porque soy un charlatán vocacional- y presentar al amigo Sergio como lo que de él se sabe a carta cabal: “Veterano publicista con 43 años de experiencia, presidente y director de estrategia de Forcadell Publicidad, agencia de servicios plenos creada en 1985. Es especialista en las áreas creatividad e implementación de estrategias de comunicación. Más de 30 años como profesor en las principales universidades del país.” Es decir, uno de los mejores publicistas del país, curtido además en el magisterio.
Pero también quiero presentarlo como el fino analista y escritor satírico que produce textos que siempre me hace llegar y rara vez tienen acogida en la prensa. Esta vez lo acojo yo en mi página, libertaria, sin pedir permiso, para mostrar el valor, la finura analítica de un productor de ideas que vale lo que pesa y pesa mucho. PCS)
La derrota de Madrid y la Marca España
Señores, es la tercera vez que la ciudad de Madrid intenta casarse con los Juegos Olímpicos y también la tercera vez que la dejan plantada en el altar con el vestido puesto y el moño hecho, cuando en un instante, un juez medio viejito, parco y lento, saca una cartulina con el nombre de otra capital, quedando así automáticamente eliminada. 
Y, de verdad, lo sentimos mucho por Madrid, una gran urbe que presentó una impecable candidatura, y que posee todas las condiciones para constituirse en sede olímpica, con una excelente infraestructura deportiva, buenas comunicaciones, capacidad organizativa y un ambiente único para pasarlo de maravilla durante el tiempo que transcurrirían los juegos. Creemos que Madrid se lo merecía y sobre todo, lo necesitaba, para volver a retomar un protagonismo internacional que desde hace algún tiempo ha venido perdiendo . 
Ahora, tras la derrota, como tantas veces ocurre en el ambiente deportivo, vienen las excusas, válidas, o podridas. Que si fue una trama para dar paso a París las próximas olimpiadas, que si el comité hizo esto, los turcos eso, los japoneses aquello, o los venusinos lo de más allá.
Pero nosotros creemos que la causa principal, aunque no única, de esta derrota ha sido el empeño del Gobierno, más necesitado de las olimpiadas que la misma Madrid para salir de la difícil situación en que se encuentra, por querer proyectar ante el mundo una imagen de la Marca España , muy diferente a lo que en la realidad es. 
Se quiere presentar a este país como fuerte, dinámico, pletórico, cuando desde el interior y exterior se le percibe en una profunda crisis, débil y problemático, por mucho que Rajoy y sus ministros quieran hacernos creer, con índices y estadísticas en mano, que la recuperación económica y laboral está a la vuelta de la esquina. 
Uno se pregunta cómo le van a dar las Olimpiadas a un país que la Unión Europea le ha tendido un rescate bancario (aunque lo hayan bautizado con otro nombre) de 50,000 millones de euros, según se dice en medios financieros, ya fracasado. 
Qué durante años mantiene ya 5 millones de para dos. Qué hay un millón de familias sin ingresos de ninguna especie. Con un serio aumento de la pobreza, de los recortes en educación, en sanidad y otras áreas sociales prioritarias. Qué tantos y tantos dirigentes políticos, de todo s los partidos, están implicados en severos y vergonzosos actos de corrupción. 
La Marca España
 ni siquiera proyecta una imagen unificada, pues el principal motor económico, Catalunya, quiere independizarse porque después trescientos años de unión forzada, no ha podido encajar en el estado español debido a la tradicional torpeza y miopía de su política, anclada aún en el siglo XIX. 
Eso sin contar algo tan importante como los dos pajes deportivos que se han presentado en los últimos tiempos que alcanzan a atletas ganadores y ganadoras de grandes competencias, médicos deportivos, y la sobre todo vista gorda que se ha hecho con ellos a través de fallos exculpatorios por parte de los organismos oficiales.
Y todo esto, en un mundo comunicado e interconectado se sabe y, en consecuencia, se percibe una Marca España,  inflada y florida que no encaja con su cruda realidad.
El Gobierno del PP, embarrado hasta el cuello, entre otros asuntos, con el escándalo de Bárcenas, ha querido salvarse primero, y de paso a su querida y maltrecha monarquía, con el respiro que podía otorgarle el balón de oxígeno que son las Olimpiadas, pero este tiro estratégico salió por la culata de la escopeta olímpica, y ahora debe soportar, además, el cubo de desprestigio y desmoralización que le ha caído en la cabeza. 
Estambul, capital de un país claramente emergente, con veinte millones de habitantes, situado a un puente de distancia entre dos culturas milenarias, con la posibilidad de avanzar con los Juegos a Turquía, en derechos de igualdad social y de género, y de influir en lo deportivo a las complicadas naciones que la rodean era, por hegemonía del deporte, mejor candidata. 
Y qué decir de Tokio, las Olimpiadas serán un tsunami de optimismo para paliar en parte la tragedia del tsunami marítimo que arrasó tantos pueblos y causó decenas de miles de muertos. Además. Japón es poderoso, tiene mucho dinero y recursos tecnológicos, así como una gran disciplina en lo económico, moral y humano que garantizan el cumplimiento de los objetivos propuestos. Tokio era mucho competidor, demasiado para Madrid en estos momentos. 
Este Gobierno del PP, debe aprender rápido una lección que le ha costado mucho dinero y esfuerzos a la comunidad de Madrid. Cifrar las mayores esperanzas en los Juegos, apostando más al continente del producto que al contenido, lo cual suele crear lo que en psicología denominan disonancia cognoscitiva, es decir, una gran diferencia entre lo que se ofrece y lo que se recibe, y que se traduce en una gran decepción.
Los productos, incluida la tan deteriorada Marca España, se venden más por lo qué son y lo qué ofrecen, que por sus envolturas, por muy bellas y atractivas que estas sean, como lo ha sido la bien elaborada y decorada presentación de la candidatura de Madrid. 
Y más aún cuando hay un Comité Olímpico Internacional, con un jurado de más de noventa miembros que los abre, huele, los compara, los manosea y los valora, hasta lo último. Meticulosos que son ellos. (Sergio Forcadell).
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El diluvio en Grecia (1-3)

Pedro Conde Sturla 
16 de mayo 20016

El diluvio en Grecia: Filemón y Baucis

Lo más inusual o extraordinario se da por sentado, como algo común y corriente, y cuando el lector muerde el anzuelo queda atrapado (o se deja atrapar) como una mosca en la telaraña.

Filemón y Baucis

Hay tantos diluvios como mitos, leyendas e historias del diluvio, la conocida historia del diluvio que es común a tantos pueblos y culturas en casi todos los continentes. Muchas sólo se relacionan superficialmente y otras son directamente dependientes de la original mesopotámica. En Grecia “La ira de los dioses (los dioses del Olimpo) también se abatió sobre la humanidad, debido a la conducta lujuriosa, deshonesta y egoísta de los hombres, provocando un diluvio universal”. Las huellas o el recuerdo del magno acontecimiento han perdurado en narraciones fantásticas como la de Filemón y Baucis y la de Deucalión y Pirra, que se remontan a tiempos muy remotos. En ambos casos el realismo mágico o la magia de los relatos conservan toda su ingenuidad y frescura, el don de atrapar a ciertos lectores en una narración ficticia que parece verdadera. 
Encantadoramente y aterradoramente verdadera. De hecho, una característica muy estudiada y documentada de las narraciones fantásticas es la presencia de un mecanismo de sustitución de lo verdadero por lo verosímil, por la apariencia de verdadero. Lo más inusual o extraordinario se da por sentado, como algo común y corriente, y cuando el lector muerde el anzuelo queda atrapado (o se deja atrapar) como una mosca en la telaraña.
Así, no es de extrañar que Zeus y su hijo Hermes, el mensajero de los dioses, desciendan del monte Olimpo y toquen la  puerta de una humilde casa de campesinos, “pidiendo abrigo y descanso”, ni que Filemón y Baucis se transformen en árboles y se confundan para siempre en amoroso abrazo.
La versión del mito de Filemón y Baucis que se reproduce a continuación (una entre muchas) ha sido tomada de un portal de mitología para niños y no deja de ser un poco edulcorada y sentimentalista pero preserva sin duda la integridad del maravilloso relato.

 FILEMÓN Y BAUCIS
(Una historia de amor)

Zeus y Hermes descendieron desde el monte Olimpo a la tierra para comprobar la hospitalidad de los habitantes de Frigia. Llamaron a mil puertas pidiendo abrigo y descanso pero todas permanecieron cerradas. La única casa que los acogió fue la de Filemón y Baucis, una pareja de pobres ancianos que vivían en una pequeña y humilde choza de las colinas.
El anciano Filemón les invitó a sentarse en un banco de madera sobre el que su esposa había colocado una manta. Baucis removió las brasas de la chimenea para reavivar el fuego, lo alimentó con hojarasca y cortezas secas, y con su débil soplo de anciana hizo renacer de nuevo las llamas. En un pequeño caldero preparó una humilde pero sabrosa comida para sus huéspedes con un repollo, que su esposo había recogido aquella misma tarde del huerto, y una loncha de lomo de cerdo ahumado, que tenían colgado de una viga. Ofrecieron a los viajeros una cubeta de madera de haya con agua tibia para que pudieran descansar y calentarse los pies.
Baucis limpió la mesa con verdes hojas de menta y sirvió aceitunas, verdes y negras, cerezas maceradas en vino, endibias, rábanos, cuajada, huevos y un buen vino. El guiso de repollo estaba exquisito y fue muy alabado por todos los comensales. Los postres consistieron en nueces, higos secos, dátiles, ciruelas, manzanas aromáticas, uvas y un reluciente panal de miel que colocaron en el centro de la mesa. La generosidad y hospitalidad de los dos ancianos les había hecho ofrecer a sus huéspedes todo lo que tenían y, siempre, mostrando un rostro afable y sonriente.
Filemón y Baucis observaron que la jarra de vino, que habían vaciado varias veces, se volvía a llenar sola. Se dieron cuenta que aquellos hombres eran, en realidad, dioses y les imploraron perdón por la escasa comida y la pobreza de su casa. Filemón se levantó a sacrificar el único ganso que tenían para ofrecérselo a los dioses. Los dos visitantes se quedaron mirando cómo los dos ancianos se dedicaban a perseguir al ganso, pero ni bien el animal se escondió precisamente detrás de ellos, el más viejo de los forasteros detuvo la persecución.
Entonces Zeus les dijo:
– Es verdad que somos dioses y vamos a castigar a todos los habitantes de esta comarca por su falta de hospitalidad. ¡Seguidnos hasta la cima del monte!
Cuando llegaron a la cumbre vieron que un enorme lago había sumergido toda la región ahogando a todos los habitantes de Frigia. Lo único que no se había cubierto por las aguas era su humilde choza.
Filemón y Baucis, asombrados por lo que estaban viendo, lloraban por sus vecinos y en aquel momento su vieja y pequeña cabaña se transformó en un hermoso templo.
Zeus les dijo:
– Pedidme lo que queráis.
Filemón habló brevemente con Baucis y expuso este deseo a los dioses:
– Puesto que hemos vivido juntos en esta tierra toda nuestra vida queremos seguir aquí como guardianes y sacerdotes de vuestro templo y también deseamos que la muerte nos lleve a los dos al mismo tiempo para que yo jamás pueda ver la tumba de mi esposa y ella no tenga que enterrarme a mí.
Y así juntos y felices vivieron muchos años más hasta que un día, ya muy viejos y achacosos, sentados en la escalinata del templo vio Baucis que le salían hojas a Filemón, y Filemón vio que a Baucis le ocurría lo mismo y mientras sus cuerpos se transformaban en troncos y las ramas crecían sobre sus cabezas se hablaban y se cruzaban palabras de despedida y cuando las hojas casi les impedían verse los dos pronunciaron al unísono la misma frase:
– Adiós, mi amor.
Y las ramas sellaron y ocultaron sus labios para siempre. Filemón se transformó en roble y Baucis en tilo. Desde entonces ambos permanecen unidos con las ramas entrelazadas.

El diluvio en Grecia: Deucalión y Pirra (1)

23 de mayo 20016

Zeus no aguanta más tanta impiedad y se reúne con el consejo de dioses mayores para someter a votación o por lo menos a discusión su muy sabia decisión de “arrancar la cepa de los hombres de raíz”, tal como se merecían y merecen. Triunfa la opinión del bando fundamentalista, pero algunos dioses protestan.


El titán Prometeo era un dios rebelde, de esos que nunca faltan en toda mitología que se respete. Por lo que dice Hesiodo en su Teogonía sabemos que, cuando casi todo estaba creado, modeló con barro, con arcilla “una criatura a imagen de los dioses” e hizo que la divina Atenea le infundiera vida. Inventó, en definitiva, entre los griegos, esa plaga que llamamos seres humanos y para que no pasaran frío y pudieran cocinar sus alimentos robó para ellos el fuego del carro de Apolo, dios del sol, y pagó por cierto muy cara su osadía.
Zeus hizo que lo encadenaran a una roca y lo sometió a un suplicio que debía ser eterno. Un águila le devoraba el hígado o las entrañas que le volvían a nacer cada noche y que el águila volvía a devorar, hasta que un día Hércules (hijo adulterino y consentido de Zeus) mató al pajarraco de un flechazo y liberó al titán a cambio de cierta información.
Un hijo o descendiente de Prometeo llamado Deucalión, también se salvó milagrosamente de la cólera de Zeus por mediación de su ilustre progenitor, posiblemente en una época en que éste no había caído todavía en desgracia. Deucalión, junto a su esposa Pirra, protagonizan una conocida versión del  diluvio, la misma que lleva sus nombres. Al igual que Utnapishtim en Mesopotamia y Filemón y Baucis en la misma Grecia, Deucalión y Pirra sobreviven a la catástrofe en una embarcación, aunque no fueron los únicos sobrevivientes. Fue un hecho afortunado, providencial, que redundaría en beneficio de la ciencia, de la filosofía y de las artes. Deucalión y Pirra, según la leyenda, son los padres de un cierto Hélen, el héroe que dio origen a las tribus de los helenos, que se asentaron en un territorio que llamaron y se sigue llamando Hélade. En cambio los romanos los llamaron griegos y al territorio Grecia.
Pero Prometeo es en gran parte culpable por haber desatado la ira de Zeus no sólo contra sí mismo, sino contra todos los seres vivientes, y la salvación de su hijo y de la esposa de éste constituye un favoritismo inexcusable. El fuego y las enseñanzas que puso en manos de los vulgares mortales los habían ensoberbecido. Los dioses eran irrespetados, la crueldad, la malicia, la traición, la violencia, la lujuria campeaban por sus fueros.

Prometeo
Zeus no aguanta más tanta impiedad y se reúne con el consejo de dioses mayores para someter a votación o por lo menos a discusión su muy sabia decisión de “arrancar la cepa de los hombres de raíz”, tal como se merecían y merecen. Triunfa la opinión del bando fundamentalista, pero algunos dioses protestan. Los hombres “llevan incienso a los altares, los honran, inflan sus divinos egos, con ellos y ellas se divierten”. ¿Quién podría sustituirlos? Por esta razón las súplicas de prometeo por su hijo y su compañera no caen en saco roto. A Deucalión y Pirra se les dará oportunamente aviso de la catástrofe que se avecina, y muy puntuales instrucciones.
He aquí una primera parte de la historia:

Deucalón y Pirra

Cuando habitaba sobre la tierra la humana generación de bronce, Zeus, el soberano de los mundos, a cuyos oídos habían llegado malos rumores de sus crímenes, resolvió recorrer la tierra bajo figura de persona humana. En todas partes, sin embargo, encontró que la verdad dejaba pequeño al rumor. Un atardecer, cuando ya el crepúsculo cedía el paso a la noche, entró en la mansión inhóspita del rey de Arcadia, Licaon, famoso por su ferocidad. Realizó varios prodigios para dar a entender que llegaba un dios y la multitud se hincó de rodillas ante él; pero Licaon se burló de aquellas plegarias piadosas. “¡ Ya veremos —dijo— si es un mortal o un dios!”, y resolvió en lo íntimo de su corazón dar muerte inesperada al huésped a media noche, mientras estuviese sumido en el sueño. Antes, sin embargo, sacrificó a un desdichado que le enviara como rehén el pueblo de los molosos, coció sus miembros aun palpitantes en agua hirviente o los asó al fuego y los sirvió para cena a la mesa del forastero. Zeus, que todo lo había penetrado, levantóse airado del convite y envió sobre el palacio del impío la llama vengadora. El Rey, consternado, huyó al campo abierto; el primer grito de dolor que exhaló fue un aullido, sus ropajes se convirtieron en vello, sus brazos en patas y quedó transformado en un lobo ávido de sangre.
Volvió Zeus al Olimpo y, habiendo celebrado consejo con los dioses, resolvió aniquilar aquella desalmada raza humana. Disponíase a esparcir el rayo por todos los países, pero le retuvo el temor a que se inflamase el éter y que el fuego prendiese en el eje del Universo. Dejando el rayo que le forjaran los cíclopes, decidió enviar a toda la superficie de la tierra lluvias torrenciales y destruir a los mortales bajo los aguaceros caídos del cielo. Inmediatamente fueron encerrados en las cavernas de Éolo, Bóreas y todos los vientos que ahuyentan las nubes, y sólo se dio salida al Austro, el cual se precipitó a la Tierra cargado de lluvia. Negro como la pez era su rostro pavoroso, cargadas de nubarrones sus barbas, el agua fluyendo de sus albos cabellos, oculta la frente tras un manto de niebla y con la lluvia manándole del pecho. Asióse a los cielos y sujetando con la mano las nubes suspendidas en vastas extensiones, comenzó a exprimirlas. Retumbó el trueno; un denso diluvio se desplomó del cielo; dobláronse los sembrados bajo la tempestad impetuosa. Desvanecióse la esperanza del campesino que veía perdida su penosa labor de todo el año. Poseidón, hermano de Zeus, acudió también en su ayuda en aquella obra de destrucción y, reuniendo a todos los ríos, díjoles: “¡Que vuestra corriente rompa todo freno, lanzaos sobre las casas, derribad los diques!”. Y ellos cumplieron su orden, y el propio Poseidón abrió con su tridente el seno de la tierra, dando, con la conmoción, vía libre a las olas.
De este modo, los ríos desencadenados invadieron los campos, inundaron los sembrados, arrancaron alamedas y se llevaron templos y casas. Si emergía un palacio, pronto el agua llegaba a su techumbre y las torres más altas se perdían en el remolino. Muy pronto no pudo distinguirse el mar de la tierra: todo era océano, océano sin orillas. Los hombres trataban de salvarse como podían; uno trepaba a la más elevada montaña, otro se refugiaba en un bote, bogando por encima de su hundida granja o de las colinas de sus viñedos, cuya superficie rozaba con su quilla. Extenuábanse los peces entre el ramaje de los bosques; el ligero jabalí huía ante la invasión de las aguas. Pueblos enteros eran arrasados por la oleada, y los que ésta perdonaba sucumbían a la muerte horrible del hambre en las cumbres de los páramos estériles.



El diluvio en Grecia: Deucalión y Pirra (2 de 2)

30 de mayo 20016

La raza humana no contradice este su origen, pues es una raza dura y apta para el trabajo. Cada instante de su existencia le recuerda el tronco de donde procede.


El diluvio en Grecia fue una operación planificada al milímetro y no fue obra de un solo dios. Contó, por lo menos con la participación de Zeus y su hermano Poseidón, dios de las aguas, y hay un detalle que no deja de ser sorprendente. Zeus procede de un modo artesanal (“Asióse a los cielos y sujetando con la mano las nubes suspendidas en vastas extensiones, comenzó a exprimirlas”). En cambio Poseidón emplea sus poderes a fondo, sin ensuciarse o mojarse las manos, y simplemente ordena a ríos y aguas marinas arrasarlo todo. Todo freno, toda casa, todo dique.
En medio de la catástrofe, un angustioso lamento resulta particularmente conmovedor, ¡sobresalta de alguna manera las divinas conciencias?:
“…dobláronse los sembrados bajo la tempestad impetuosa. Desvanecióse la esperanza del campesino que veía perdida su penosa labor de todo el año”.
Otra cosa notable es que el diluvio griego que tiene como protagonistas a Filemón y Baucis es apenas comarcal, pero el de Deucalión y Pirra tiene proporciones mayúsculas, aunque no necesariamente universales (la palabra ‘universal’ en sí misma es desproporcionada, arbitraria, una de tantas). Los animales, por otra parte, no tienen cabida en las pequeñas embarcaciones de los diluvios griegos.
Además, como se explica en la versión de Ovidio, cuando las aguas vuelven o comienzan a volver a su nivel, Deucalión y Pirra manifiestan preocupaciones de orden ético, existencial. Los llamados seres humanos habían  desaparecido y era necesario repoblar la tierra, pero ellos no sabían fabricar muchachos a la manera de prometeo, amasando barro e infundiéndole un soplo de vida. Tampoco estaban en edad de procrear a la manera clásica. Al parecer, “la humanidad está irremisiblemente condenada a su desaparición”:
“Se miran aterrados, sus flácidos miembros poco valen ya para las tareas del amor y si aún fueran capaces de hacerlo toda su prole sería incestuosa a partir de sus nietos (como la de Adan y Eva, pcs). Con altas oraciones claman al ahora apacible cielo, suplican para que continúe la humanidad”.
Deucalión y pirra
Los dioses, en su infinita sabiduría, todo lo tenían previsto y el problema se resuelve a pedradas, como hacían  los azuanos en una época, a pedrada limpia, como se verá a continuación en la última parte de esta fascinante leyenda.

Una elevada montaña proyectaba aún dos peladas cumbres por encima de las aguas en la tierra de Fócida: era el Parnaso. En ella refugióse Deucalión, hijo de Prometeo, a quien éste advirtiera a tiempo y que se había construido una balsa; iba con él su esposa Pirra. No se había hallado ningún hombre ni mujer que superasen a esta pareja en probidad y temor de los dioses. Y he aquí que cuando Zeus, contemplando desde el cielo el mundo sumergido en las aguas quietas, vio que de tantos millares y millares no quedaba sino una única pareja humana, ambos puros, ambos piadosos adoradores de la divinidad, envió a Bóreas, dispersó las negras nubes y le mandó que disipara la niebla; volvió a mostrar al cielo la tierra, y la tierra al cielo. También Poseidón, príncipe de los mares, deponiendo el tridente aquietó las olas. El océano volvió a tener orillas, los ríos tornaron a sus cauces; los bosques sacaron de las honduras las copas de sus árboles cubiertos de limo, siguieron las colinas; ensanchóse de nuevo la llanura y otra vez, por fin, apareció la tierra. Deucalión miró a su alrededor. El país se hallaba devastado y sumido en sepulcral silencio. Ante aquel espectáculo, las lágrimas rodaron por sus mejillas, y dirigiéndose a su esposa Pirra, le dijo: “Amada, compañera única de mi vida, por muy lejos que mire, en cualquier dirección que vuelva los ojos, no descubro una sola alma viviente. Nosotros dos, unidos, constituímos la población de la Tierra, todos los demás moradores han sucumbido bajo el diluvio. Pero tampoco nuestras vidas están del todo seguras. Cada nube que diviso me llena aún de pavor. Y aun suponiendo que todo peligro haya pasado, ¿qué vamos a hacer, solos, en la Tierra abandonada? ¡Ah, si mi padre Prometeo me hubiese enseñado el arte de formar criaturas humanas e infundir un espíritu a la moldeada arcilla!”. Así dijo, y la desamparada pareja prorrumpió en llanto; después hincaron las rodillas ante un altar medio derruido de la diosa Temis y comenzaron a suplicar a los dioses celestiales: “Dinos, ¡oh Diosa!, por qué medio regeneraremos a nuestra raza exterminada. ¡Ayuda a volver a la vida al mundo fenecido!”.
“Dejad mi altar —resonó la voz de la diosa—, cubrid con un velo vuestras cabezas, desceñíos los cinturones y arrojad detrás de vosotros los huesos de vuestra madre”.
Durante un buen espacio permanecieron ambos atónitos ante la enigmática sentencia divina. Pirra fue la primera en romper el silencio: “¡Perdóname, diosa excelsa —dijo—, si, aun temblando, no te obedezco y no quiero agraviar la sombra de mi madre dispersando sus huesos!”. Pero por el alma de Deucalión pasó como un rayo de luz y así tranquilizó a su esposa con afables palabras: “Si mi sagacidad no me engaña, el mandato de los dioses no entraña impiedad ninguna. Nuestra gran madre es la Tierra, sus huesos son las piedras, y éstas son, Pirra, las que debemos arrojar tras de nosotros”.
Con todo siguieron ambos durante mucho tiempo desconfiando de aquella interpretación; pero, ¿qué perderemos en probarlo?, pensaron al fin. Alejáronse, pues, veláronse las cabezas, desciñéronse los vestidos y arrojaron, como se les ordenara, las piedras tras de sí. Entonces se produjo un gran milagro: la piedra comenzó a perder su dureza y fragilidad, volvióse flexible, creció, tomó cuerpo; aparecieron en ella formas humanas, aunque imprecisas todavía, pues más bien parecían figuras toscas o el primer esbozo tallado por el artista en el bloque de mármol. Todo lo que había de húmedo y terreo en el mineral trocóse en la carne del cuerpo; lo rígido y firme se convirtió en huesos; las vetas de la piedra quedaron siendo arterias y venas. De este modo, las piedras arrojadas por el hombre adquirieron en breve, con la ayuda de los dioses, la forma humana masculina, mientras las que arrojara la mujer adoptaban la forma femenina.
(El resto de los animales, con sus diversas especies, los produjo la tierra por sí misma, cuando la humedad que conservaba se calentó con el fuego del sol y el cieno y las húmedas charcas se hincharon por el calor).
La raza humana no contradice este su origen, pues es una raza dura y apta para el trabajo. Cada instante de su existencia le recuerda el tronco de donde procede.

Notas: En otra versión menos poética el final no es tan feliz:

"Más, como es obvio, el mal no se extinguió por completo del mundo, como de buena ley hubiese debido acaecer, sino que sobrevivió a lomos de aquellos que habíamos dejado escalando las más escarpadas cimas. Algunos de ellos, al igual que Deucalión y Pirra, se habían salvado del diluvio. Y es que así eran los dioses griegos, que, a diferencia de otras religiones, tenían debilidades y fallos humanos. Y así sobrevivió en la humanidad la raíz del mal".

EL DILUVIO EN MESOPOTAMIA (1-2)

Pedro Conde Sturla
2 de mayo/ 9 de mayo 2016

El diluvio en Mesopotamia

Durante un día sopló la tormenta, del sur, / cada vez más rauda, sumergiendo a las montañas, / alcanzando a todos como una batalla. / Nadie podía ver a su compañero, / ni desde el cielo ser reconocida la gente. / Los dioses estaban asustados por el diluvio /

El primer diluvio ocurrió en Mesopotamia (en el “Poema de Gilgamesh”), ocurrió en la India (en las “Escrituras védicas”), ocurrió en la Biblia (el más famoso y grande de todos), ocurrió en la mitología griega (en el mito de Deucalión y Pirra), y ocurrió también en el Nuevo Mundo, en las mitologías americanas de los chibchas o muiscas, de los mapuches, mayas, mexicas, incas, guaraníes y tainos…Incluso una tradición del pueblo de Isla de Pascua, situada en medio del Pacifico, “dice que sus ancestros llegaron al lugar escapando de la inundación de un mítico continente o isla llamada Hiva”.
El diluvio mesopotámico es un capítulo de “El poema de Gilgamesh”, posiblemente el texto literario más antiguo que se conoce, y la leyenda en que se basa es aún más antigua. “Ahí comenzó todo”, dijo Borges. El hecho es que Gilgamesh, al cabo de muchas aventuras y desventuras, conoce a Utnapishstim, el único hombre que había sobrevivido al diluvio, y de su boca escucha el relato del espantoso acontecimiento y las causas que le dieron origen. Los dioses no desatan el diluvio a causa de la maldad, el mal comportamiento de los humanos, sino principalmente, por la insoportable algarabía:
“El país era tan ruidoso como un toro que bramaba. / Los dioses vivían agitados y sin paz, con los disturbios ensordecedores…”
Mandaron primero una plaga y después una sequía terrible  para provocar una hambruna y reducir la creciente población, pero la población siguió creciendo y haciendo ruido y así también la ira de los dioses. Entonces decidieron desatar las aguas sobre el mundo para que todos perecieran ahogados. (Algunos de ellos se horrorizarán y arrepentirán de haber tomado esa decisión. Los dioses, en Mesopotamia, podían ser compasivos).

Diluvio en Mesopotamia

Utnapishtim vivía en la ciudad de Shurrupak, donde servía al dios Ea y éste le avisó en el sueño del cataclismo que se acercaba y le dijo que construyera una nave y que metiera en ella una pareja de cada especie. Durante siete noches hubo una gran tempestad y el mundo se cubrió de agua. La nave tocó tierra en la cima del monte Nisir. Para verificar la extensión del diluvio, Utnapishtim soltó una paloma, luego una golondrina y luego un cuervo. Este último no regresó. Utnapishtim supuso entonces que había encontrado dónde posarse y que las aguas estaban bajando. En agradecimiento, encendió una hoguera e hizo sacrificios a los dioses. Enlil, el dios que había provocado el diluvio, se encolerizó al oler el humo, pero el dulce Ea intercedió por Utnapishtim y Enlil lo convirtió a él y su esposa en inmortales. Ambos son los antecesores de la humanidad…

Tablilla XI.
(Texto asirio)

“Voy a revelarte, Gilgamesh, algo que se ha mantenido oculto, / un secreto de los dioses voy a contarte: / Shuruppak, una ciudad que tú conoces / y que se extiende a orillas del Éufrates, / era una ciudad antigua, como sus dioses, / cuando éstos decidieron desatar el diluvio. / Estaba allí Anu, el padre de los dioses, / el valiente Enlil, su consejero, / Ninurta, su heraldo, / Ennuge, cuidador de los regadíos. / y también estaba presente Ninigiku-Ea, / que dice a la choza de caña: / ‘¡Choza! ¡Choza! ¡Tabique! ¡Tabique! / ¡Choza, escucha! ¡Tabique, presta atención! / ¡Hombre de Shuruppak, hijo de Ubartutu, / derriba esta casa y construye una nave, / abandona las riquezas y busca la vida, / desprecia toda propiedad y mantén viva el alma! / Reúne en la nave la semilla de toda cosa viviente. / Que las dimensiones de la nave que has de construir / queden bien establecidas: / su longitud ha de ser igual que su anchura; / como a Apsu, dale un techo.’ / Comprendí y dije a Ea, mi señor: / ‘Será una honra para mí, ¡oh señor!, / ejecutar lo que has ordenado, / ¿pero qué diré a la ciudad, al pueblo, a los ancianos?’ / Ea abrió la boca y me contestó, / a mí, su humilde servidor: / ‘Les dirás lo siguiente: / He sabido que Enlil es mi enemigo, / y así no puedo vivir en nuestra ciudad / ni pisar el territorio de Enlil. / Por lo tanto, acudiré a las aguas profundas / para vivir con mi señor Ea. / Pero él os dará la abundancia: / los más escogidos pájaros, los más raros peces, / la tierra con sus ricas cosechas. / Quien, al crepúsculo, gobierna los cereales, / os mandará aludes de trigo.’ / Los pequeños se encargaron de acarrear betún, / mientras los mayores trajeron todo lo que era necesario. / Al quinto día, levantó el armazón, / cuyo fondo era de un acre. / Diez docenas de codos de altura tenía cada uno de sus lados, / diez docenas de codos cada lado de la cuadrada cubierta. / Di forma a sus dos costados y los uní. / De seis cubiertas doté a la nave, / que quedó dividida en siete partes. / Dividí su planta en nueve partes. /
Examiné las pértigas y me procuré abastecimientos. / Seis cargas de betún vertí en el horno, / y vertí en él también tres cargas de asfalto, / tres cargas de aceite trajeron en cestos los acarreadores, / además de la carga que consumieron los calafateadores / y de las dos que estibó el batelero. / Sacrifiqué bueyes para la gente / y degollé corderos cada día. / Mosto, vino rojo, y aceite y vino blanco / di a los trabajadores, así como agua del río, / para que celebraran el día del Año Nuevo. / Al séptimo quedó terminada la nave. / La botadura fue muy difícil, / porque se tuvieron que sacar las planchas de abajo y de arriba, / hasta que los dos tercios de la nave entraron en el agua. / Todo cuanto yo tenía fue subido a bordo. / Todo cuanto yo tenía de plata fue subido a bordo. / Todo cuanto yo tenía de oro fue subido a bordo. / Todo cuanto yo tenía de criaturas vivas fue subido a bordo. / Toda mi familia y parientes fueron subidos a bordo. / Los animales del campo, las bestias salvajes del campo / y todos los artesanos, dispuse que subieran a bordo. / Shamash había fijado la hora para mí: / ‘Cuando el que gobierna el tiempo nocturno / desate un gran aguacero, / sube a bordo y cierra la escotilla.’ / Observé el estado del tiempo / y vi que amenazaba tormenta. / Subí a la nave, y cerré la principal escotilla / y Puzur-Amurri, el batelero, / cerró las otras y tomó el mando. / Cuando apuntó el alba, / una negra nube cubría el horizonte. / Dentro de ella Adad tronaba, / mientras Shallat y Hanish iban delante, / corriendo como heraldos por lomas y llanos. / Erraga arrancaba las estacas de los diques / y Ninurta precipitaba las aguas. / Los anunnaki levantaban las antorchas / e incendiaban la tierra con sus llamas. / A causa de Adad, la consternación llegaba al cielo, / porque todo lo que había sido luz era negrura. / La vasta tierra era sacudida como una olla. /
Durante un día sopló la tormenta, del sur, / cada vez más rauda, sumergiendo a las montañas, / alcanzando a todos como una batalla. / Nadie podía ver a su compañero, / ni desde el cielo ser reconocida la gente. / Los dioses estaban asustados por el diluvio / y, temblando, regresaron al cielo de Anu. / Los dioses, como perros acobardados, / se habían agachado junto a la muralla. / Ishtar gritaba como una mujer en trance de parto; / la amante de los dioses, de dulce voz, ahora gritaba: / ‘¡Ay! Los antiguos días se han convertido en barro, / porque hablé malignamente en la asamblea de los dioses. / ¡Cómo pude hablar malignamente en la asamblea de los dioses, / aconsejando la lucha para la destrucción de mi gente, / cuando yo misma parí a mi pueblo, / que es semejante a los pececillos del mar!’ / Los anunnaki lloraban por ella, / los dioses, llenos de humildad, sollozaban sentados, / apretando los labios …

El diluvio en Mesopotamia (2 de 2)

En una de las dos versiones del diluvio bíblico hay algo ligeramente parecido, cierta muestra de arrepentimiento por parte del sumo hacedor, pero nada tan democrático como las encendidas discusiones entre dioses

En el tembloroso poema del diluvio, que en los albores de la civilización se escribió en Mesopotamia en tabletas de barro, Utnapishtim o Ut-Napishtim describe con tintas fuertes la magnitud del violento episodio, un episodio tan violento y devastador que, como se vio en la pasada entrega, arrancó gritos de conmiseración y dolor a los propios dioses. Las aguas finalmente lo cubren todo y la desolación es infinita, pero poco a poco deja de llover y empiezan los picos de las altas montañas a emerger, parece que se anuncia el principio del fin, o por lo menos el fin del principio:
Durante seis días y seis noches / sopló el viento del diluvio, /
la tormenta del sur barrió la tierra. / Al séptimo día, / la tempestad comenzó a ceder, / como un ejército en la batalla. / El mar se calmó, la tormenta amainó, / la inundación cesó. / Observé el tiempo: reinaba la calma / y la humanidad se había cambiado en barro. / El paisaje aparecía liso como un techo. / Abrí una escotilla, y la luz cayó sobre mi rostro. / Me incliné, reverente, senteme y lloré. / Las lágrimas resbalaban por mis mejillas. / Busqué con la mirada la línea de la costa / en la expansión de las aguas. / En cada una de las catorce regiones / emergía una montaña.
         A la vista de esas montañas, emerge la esperanza en el pecho de Utnapishtim, baja la intensidad del drama, el paisaje poético se suaviza, se produce una calma, un alivio. Mediante el recurso de la reiteración, que se emplea más de una vez en el poema, da la impresión de que Utnapishtim quiere confirmar que sus sentidos no lo engañan:
La nave se detuvo en el monte Nisir. / El monte Nisir retuvo firmemente a la nave, / sin dejar que se moviera. / Un día, dos días el monte Nisir retuvo firmemente a la nave, / sin dejar que se moviera. / Tres días, cuatro días el monte Nisir retuvo firmemente a la nave, / sin dejar que se moviera. / Cinco días, seis días el monte Nisir retuvo firmemente a la nave, / sin dejar que se moviera.
Utnapishtim suelta pájaros a partir del sexto día para cerciorarse de que el nivel de las agua seguía bajando y la tierra volvía a ser habitable. La paloma y la golondrina regresaron. Cuando un cuervo no regresó dejó en libertad a todos los animales que había en la enorme embarcación y ofreció, en acción de gracias, un sacrificio en el que no se menciona la sangre (“siete hogueras para incienso”, “caña, cedro y mirto”). Aun así los dioses -dice Utnapishtim con cierta irreverencia-, al percibir “el aroma” (…) “acudieron como una nube de moscas”. La “gran diosa Ishtar” da muestras de mayor irreverencia o por lo menos de falta de respeto cuando propone que el poderoso Enlil (“dios del cielo, del viento, las tempestades y la respiración”) no tome parte en el sacrificio por haber abierto las compuertas del cielo para exterminar a los ruidosos habitantes de la tierra:
Cuando llegó el sexto día, / solté una paloma. / La paloma emprendió el vuelo, pero regresó: / no había encontrado donde posarse. / Entonces solté una golondrina. / La golondrina emprendió el vuelo, pero regresó: / no había encontrado lugar donde posarse. / Entonces solté un cuervo. / El cuervo emprendió el vuelo, vio la mengua de las aguas, / corrió, resbaló, croó y no regresó. / Entonces hice que todo saliera, hacia los cuatro vientos, / ofrecí un sacrificio, en la cumbre de la montaña, / preparé siete hogueras para incienso. / En su base amontoné caña, cedro y mirto. / Los dioses percibieron el aroma / y acudieron como una nube de moscas, / rodearon al sacrificador. / Cuando la gran diosa Ishtar llegó, / hizo tintinear sus ricas joyas, obra de Anu, y dijo: / ‘¡Oh dioses que estáis reunidos aquí!: / tan cierto como que nunca me olvido de este collar de lapislázuli, / jamás me olvidaré de estos últimos días! / Que los dioses tomen parte en el sacrificio, / pero que Enlil se mantenga aparte, / porque, irreflexivamente, desencadenó el diluvio / y lanzó a mi pueblo a la destrucción’.
Enlil se pone furioso cuando llega y descubre que alguien había sobrevivido a sus designios y que además estaba celebrando en compañía de otros dioses. Un dios chivato denuncia a Ea, el protector de Utnapishtim, lo señala como culpable por haber desobedecido órdenes superiores, pero Ea no se arredra, no se amilana ni almidona y, al igual que la criada respondona, se convierte de acusado en acusador y le hace ver a Enlil lo caro que le ha salido al mundo su rabieta, el fatídico diluvio. Y otra vez, el recurso poético de la reiteración vuelve a demostrar su eficacia: A Enlil se le bajan los humos, se aplaca, bendice a Utnapishtim y colorín colorado. El diluvio mesopótámico tiene un final feliz, al menos para Utnapishtim:
Cuando Enlil llegó / y vio la nave / enfurecióse contra los dioses del cielo. / ‘¿Ha escapado algún alma humana? / ¡Ningún hombre ha sobrevivido a la destrucción!’ / Ninurta abrió la boca y dijo / ‘¿Quién, excepto Ea, puede formar planes? / Sólo Ea lo sabe todo’. / Ea abrió la boca y dijo al valiente Enlil: / ‘¡Oh tú, héroe, tú, el más sabio de los dioses! / ¿cómo pudiste, sin razón, desatar el diluvio? / ¡Al pecador castígalo por su pecado / y al transgresor por su transgresión! / Sin embargo, sé indulgente, / para que él no sea aniquilado; / sé paciente, para que no sea desalojado. / En vez de desatar el diluvio, / mejor hubiera sido que un león mermara a la humanidad. / En vez de desatar el diluvio, / mejor hubiera sido que un lobo mermara a la humanidad. / En vez de desatar el diluvio, / mejor hubiera sido que el hambre mermara a la humanidad. / En vez de desatar el diluvio, / mejor hubiera sido que la pestilencia mermara a la humanidad. / No fui yo quien descubrió el secreto de los grandes dioses. / Dejé que el sabio Ut-Napishtim tuviera un sueño / y penetrara el secreto de los dioses. / Ahora reflexiona sobre lo que debes hacer con él’. / Oído esto, Enlil subió a la nave, / donde me tomó de la mano; / luego tomó de la mano a mi esposa / e hizo que se arrodillara a mi lado. / Colocándose entre ambos, tocó nuestras frentes y nos bendijo: / ‘Hasta ahora, Ut-Napishtim, sólo has sido humano; / pero desde este momento, tú y tu esposa, seréis como dioses. / ¡Irás a vivir lejos, en la desembocadura de los ríos!’ / Tras lo cual, me llevó a vivir lejos, / en la desembocadura de los ríos.
En una de las dos versiones del diluvio bíblico hay algo ligeramente parecido, cierta muestra de arrepentimiento por parte del sumo hacedor, pero nada tan democrático como las encendidas discusiones entre dioses, el  coro de lamentaciones, las muestras de empatía y compasión y, sobre todo, las acusaciones que unos a otros se lanzan. En muchas religiones politeístas los dioses sienten y disienten. El monoteísmo es autoritario.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

HAROLD Y KOLDO: VIVENCIAS Y TRIBULACIONES


Pedro Conde Sturla

14 de marzo 2006

Koldo


Harold y Koldo tienen muchas cosas en común, aparte de que son amigos y se hacen llamar uno por el nombre de pila y el otro por un apodo (no voy a decir “un alias” para evitarme problemas jurídicos, aunque también lo de “pila” se puede prestar a equívocos). Uno es más distraído, más despistado que el otro, y ambos están dotados de una personalidad fuera de serie, de humor chispeante y una retahíla de nombres que da gusto. Alguna gente no sabe que el célebre columnista vasco de El Nacional –dije vasco- se llama en realidad Juan Carlos Campos Ilurdoz y Sagaceta. El autor de la tira cómica de Diario Libre se firma ocasionalmente Harold Priego García-Godoy II. Tienen más nombres que un piloto de Iberia, nombres de aristócratas pobres, que es la cosa más triste del mundo según Borges. Otra cosa en común es que sus cabezas tienen precio, igual que mucho aprecio. De España han pedido varias veces la del colmunista –dije colmunista- y los judíos la del tiracómico. Hipólito Mejía gustosamente se las habría arrancado.
Por algún tiempo estos personajes fueron sometidos a una camisa de fuerza, una especie de censura que de seguro no ha cesado del todo todavía, porque la libertad de prensa como el mercado libre tiene dueños y ellos no son ni siquiera accionistas.

A Harold Priego lo conocí en los predios de Publicitaria InterAmérica, donde trabajamos varios años en compañía de personajes memorables como el cubano Orestes Martínez y un conocido publicista catalán de apellido sicalíptico. Recuerdo que cantaba óperas en italiano, siempre a voz en cuello y desentonando, soltando gallos y maltratando sin piedad la lengua de Dante. Cuando no estaba cantando declamaba, que era peor, hacía chistes, se burlaba, se carcajeaba. En realidad no se callaba nunca, salvo cuando dormía la siesta. Harold inventó una manera de dormir la siesta en forma peculiar. Dormía en su sillón de trabajo, plácidamente, por cierto, descansando la cabeza sobre un rollo de papel higiénico apoyado en el hombro. Aparte de eso, ya se destacaba como un excelente dibujante publicitario. Algunas reuniones con empresarios de las cuentas que manejábamos terminaban a veces en risotadas cuando Harold dejaba como quien dice al descuido las caricaturas que hacía de los más encopetados personajes que allí se encontraban.

A Koldo lo conocí y lo traté brevemente en otra agencia de publicidad de la que es mejor no acordarse, y en compañía de personajes igualmente memorables. Koldo era el asistente de creatividad y el tiempo libre lo dedicaba a escribir sainetes sobre la dama de las camelias (parte atrás) o sobre la verdadera historia del descubrimiento. De su despacho salían con frecuencia ruidos extraños, pues Koldo se inspiraba para escribir en música de Vivaldi que escuchaba con audífonos y acompañaba con solos de batería. En una ocasión los sonidos se tornaron tan alarmantes que acudimos en grupo a ver lo que sucedía y al abrir la puerta vimos a Koldo, la expresión ligeramente desencajada por la sorpresa, audífonos bien colocados y un par de bolígrafos en la mano con los que sacaba frenéticamente sonido a un extraño cenicero metálico.

El humor y las ocurrencias de Harold y Koldo seguirán dando frutos sin duda y es posible que algún día se embarquen o ya estén embarcados en un proyecto común del que oí hablar en una ocasión. De seguro alguna gente seguirá pidiendo sus cabezas, pero mientras sólo sean las cabezas qué más da.

VIVENCIAS Y TRIBULACIONES DE HAROLD Y KOLDO


 04 de septiembre de 2009
Harold


Hace unos años publiqué en Clave digital un artículo sobre Harold y Koldo que ahora he vuelto a visitar con el propósito de desempolvarlo, remodelarlo, ampliarlo y actualizarlo en base a nuevos datos sobre la biografía de estos ilustres y lustrosos personajes.
Harold y Koldo tienen muchas cosas en común, aparte de que son amigos y uno se hace llamar por un nombre adoptado y el otro por el nombre de pila, aunque lo de “pila” se puede prestar a equívocos en nuestro lenguaje insular. No se sabe cuál de los dos es más distraído, más despistado que el otro, pero ambos han sido agraciados con una personalidad fuera de serie, humor chispeante y una retahíla de nombres que da gusto. De hecho tienen más nombres que un piloto de Iberia, nombres de aristócratas pobres (“la cosa más triste del mundo”). Alguna gente no sabe que Koldo, el célebre ex colmunista vasco de El Nacional –dije vasco, no español- se llama en realidad Juan Carlos Campos Sagaseta de Ilúrdoz, mientras que el autor de la tira cómica de Diario Libre, el tiracómico, se firma ocasionalmente Harold Priego García-Godoy II. 
A Harold Priego lo conocí en los predios de Publicitaria InterAmérica, donde trabajamos varios años en compañía de personajes memorables como el difunto cubano Orestes Martínez y un conocido publicista catalán de apellido sicalíptico. Recuerdo que cantaba óperas en italiano, siempre a voz en cuello y desentonando, soltando gallos y maltratando sin piedad la lengua de Dante. Cuando no estaba cantando declamaba, que era peor, hacía chistes, se burlaba, se carcajeaba. En realidad no se callaba nunca, salvo cuando dormía la siesta. Harold inventó una manera peculiar de dormir la siesta, valiéndose de un objeto destinado a otro uso. Dormía en su sillón de trabajo, plácidamente, por cierto, descansando la cabeza sobre un rollo de papel higiénico apoyado en el hombro. 
Aparte de eso, ya se destacaba como un excelente dibujante publicitario y empezaba a perfilarse como caricaturista. Algunas reuniones con empresarios de las cuentas que manejábamos terminaban a veces en risotadas cuando Harold dejaba como quien dice al descuido las caricaturas de encopetados personajes. De un conocido oligarca hizo una en la que aparecía como un vampiro y no tuvo problemas porque el oligarca se reconoció en la caricatura y se la llevó a su casa para ponerla en un marco con sus mechones blancos de origen italiano. Recuerdo que también caricaturizaba a sus compañeros de trabajo. De Añez Bergés y un elefante que le hacía travesuras con la trompa produjo una serie memorable que se perdió para siempre. A Papacho Leiba Bonetti y a Orestes Martínez –el presidente de Publicitaria InterAmérica- los presentó más de una vez en el papel de Batman y Robín. El cubano Orestes Martínez era la encarnación de la honradez y el buen humor y siempre apreció el talento de Harold. Me consta que atesoró esos trabajos y quizás en algún lugar la familia los conserve. 
A Harold Priego, por cierto, le debo una caricatura de cuerpo entero en la salgo mejor que en todas la fotos que me he tomado. Mercader, en cambio, no tuvo piedad y me retrató como el Pedro Quijote avejentado y arrugado que aparece en esta página. Pero no me quejo. Peor se muestra a sí mismo con expresión demoníaca 666 y peor representa al cardenal con la cola de diablo que se merece.
El sentido del humor de Harold se manifestaba y se manifiesta de varias maneras, a veces suavemente y a veces vitriólicamente. Un día lo vimos en compañía de una persona mayor que se le parecía. Cuando alguien le preguntó si era su padre respondió lacónicamente: “Yo creo”. A un empleado de sexualidad incierta solía castigarlo preguntándole si nunca se le había desmayado un hombre atrás. A una secretaria con figura de modelo le dijo que sus vestidos eran muy bonitos pero que todos tenían nalgas chatas.
En cierta ocasión, uno de los integrantes del departamento de arte se enredó fieramente en una relación amorosa con una ejecutiva de cuenta y de cuentos que lo engañaba, por lo menos, con Vicente y otros veinte. En el fondo era una muchacha de buen corazón, una muchacha “graciosa que a todos daba la misma rosa”, como en la canción de Fabrizio De Andrè, y su infidelidad e inconstancia eran un secreto a voces. Pero el amor es ciego, como se sabe, o en este caso sordo. Cuando el enamorado se enteró por fin de la traición o traiciones de su bien amada, entró a mi despacho llorando lágrimas de rabia y se desahogó pegándole un puñetazo a la puerta, que era de playwood o madera contrachapada como se dice finamente, y le causó una notable avería. Para reparar el daño y evitar consecuencias, Harold cubrió el hueco con un afiche de la Sociedad Industrial Dominicana y se olvidó el asunto. 
Algún tiempo después, curado ya de la terrible enfermedad del amor, el dibujante volvió a mi despacho con cualquier pretexto, quitó el afiche de la puerta para contemplar su obra y dijo con un timbre de orgullo:
-La verdad es que le di un golpe fuerte. 
Harold lo miró de soslayo y no pudo contener la risa al tiempo que decía:
-Suerte que le diste con el puño, porque si le hubieras dado con los cuernos la habrías pasado de lado a lado.

***
A Koldo lo conocí y lo traté brevemente en otra agencia de publicidad de la que es mejor no acordarse, y en compañía de personajes igualmente memorables. Koldo era el asistente de creatividad y el tiempo libre lo dedicaba a escribir suculentas sátiras como Dios creó a la mujer, la dama de las camelias (parte atrás) o la verdadera historia del descubrimiento. De su despacho salían con frecuencia ruidos extraños, pues Koldo se inspiraba para escribir en música de Vivaldi que escuchaba con audífonos y acompañaba con solos de batería. En una ocasión los sonidos se tornaron tan alarmantes que acudimos en grupo a ver lo que sucedía y al abrir la puerta vimos a Koldo, la expresión ligeramente desencajada por la sorpresa, audífonos bien colocados y un par de bolígrafos en la mano con los que sacaba frenéticamente sonido a un extraño cenicero metálico.
Koldo se destacaría en breve como teatrista o teatrantre, escribiendo y representando sus propias obras en los más variados escenarios, haciendo de tripas corazón para lograr sobrevivir en un medio que nunca le permitió la bonanza económica. Se destacaría también en el periódico El Nacional con su columna Cronopiando, que desde el principio llamó la atención y causó ronchas en la epidermis sensible de la diplomacia española y ciertos círculos del poder. La presión contra el colmunista de El Nacional en realidad no cesó en ningún momento, hasta que finalmente lo reventaron. Lo borraron de El Nacional con sica de gato porque no cabía en el nuevo diseño del diario según la marrerística explicación oficial. Borraron a Koldo del nuevo diseño con una justificación descabellada porque ni siquiera necesita que lo peinen. Algunos todavía se esfuerzan en querer borrar incluso la memoria de su columna de este país que también es el suyo, borrar incluso hasta su memoria. Por eso de vez en cuando le regalamos un espacio como este para que pueda asomarse a la cotidiana amanecida de Santo Domingo y sus alrededores. 
La singular manera en que este querido personaje llamado Koldo hace frente a la vida y a sus bromas pesadas, su filosofía existencial y su humor frecuentemente negro se pone de manifiesto una vez más en un texto que envió recientemente a un grupo de amigos. Koldo se burla de sus desventuras, se mofa de sus dolencias y siempre encuentra ocasión para reírse de sí mismo y hacerle un guiño al amor, a la amistad, a la esperanza. He aquí a Koldo de cuerpo entero. Bueno, casi entero:
“Yo sé que hay quienes se van de vacaciones. Yo -espero que sólo por este año-, en vez de vacaciones he estado yéndome de hospitales. La última vez hace trece días en que estando solo en casa, comiendo arroz, me atraganté, no encontraba el aire, me levanté a por un vaso de agua y ya con él en la mano perdí el conocimiento y me desplomé. Cuando me desperté en el suelo, minutos más tarde, con el vaso hecho añicos a mí alrededor y el agua encima, estaba mareado, con un fuerte dolor de cabeza y me zumbaba el oído. Llamé a Emergencias y más tarde me trasladaron en ambulancia al hospital de Zumárraga y de allí al de San Sebastián donde estuve una semana. Resulta que tenía la cabeza rota (encima de la oreja izquierda) lo que había provocado un derrame y tres hematomas al otro lado. Entre resonancias y escaners, persistía el dolor de cabeza en sesión continua y para más inri la hernia se sumaba al coro obsequiándome con los peores días de mi vida. Hace cuatro días me mandaron a casa con la encomienda de estar en reposo absoluto todo el mes y volver cuando me llamen del hospital para seguir haciendo más escaners y comprobar como evoluciono. Por suerte, Urra ha conseguido, en complicidad con el gerente de su trabajo, cogerse tres semanas de baja para poder quedarse en casa y ocuparse de Itxaso y Haizea, de las que os mando fotos.
”La buena noticia es que si bien me he roto la cabeza no se me ha roto ninguna idea, especialmente las buenas, y ningún sentimiento de esos hermosos que uno conserva con respecto a esos seres humanos que ayudan a vivir y entre los que os cuento.
”La verdad es que ahora mismo hasta me duelen las gafas (los lentes) cuando me pongo a escribir, pero sé que como dicen en Dominicana ‘más alante hay vida’ y en eso estoy.”

pcs, viernes, 04 de septiembre de 2009