sábado, 16 de febrero de 2019

Chapita (10)



Grupo guerrillero de Vicente Evangelista

Una mujer en la guerrilla, con revolver al cinto

La carta de solicitud de Chapita a la Guardia Nacional fue acogida favorablemente en pocos días, casi como si la hubieran estado esperando. Ciertas influencias, como las de Teódulo Pina Chevalier, del capitán James J. MacLean y posiblemente del capitán Fred Merkle no fueron insignificantes. Teódulo era su tío materno, el hermano de Plinio, y mantenía las mejores relaciones con las tropas del imperio y era sobre todo amigo de MacLean, mientras que Merkle, el fatídico Merkle, era amante o cliente asiduo de Nieves Luisa. Por esto último decía Ramón Alberto Ferreras que Trujillo se enganchó a la guardia gracias a las nalgas de su hermana. (Nieves Luisa en su mejor época). De cualquier manera, no cabe duda que Chapita era el tipo de hombre que los marines estaban buscando. Un tipo de moral plegadiza o simplemente inmoral, carente de escrúpulos, de empatía, dispuesto a jurar y a matar por la bandera de sus amos.

Chapita recibió su nombramiento como segundo teniente a  
fines de diciembre de 1918 y se juramentó en enero del 
siguiente año. En un registro de la Guardia Nacional aparece 
junto a un total de dieciséis segundo tenientes con el número 
quince. En el examen médico de rutina se hizo constar que su 
 estado de salud era satisfactorio, tenía cinco pies y siete 
pulgadas de altura y pesaba ciento veinteseis libras. Estos 
datos, en caso de ser ciertos, pondrían en evidencia que  
estaba bastante flaco.

La Guardia Nacional Dominicana tenía, entre otras cosas, la 

misión de colaborar con las tropas interventoras que 
perseguían en la región Este a los llamados gavilleros 
dominicanos que defendían su territorio con las armas en la 
mano. De modo que, persiguiendo patriotas y gente que 
luchaba por no morirse de hambre se ganó Chapita la  
confianza del imperio norteamericano.

Desde el principio, según los reportes oficiales, llamó la 

atención por “la corrección y limpieza de su uniforme y su 
persona, su bien templada disciplina”, por ser 
“extremadamente cuidadoso y correcto”. El mayor Watson, 
Thomas E. Watson, dijo que lo consideraba como “uno de los 
mejores oficiales en servicio. Casi todos los reportes hablaban
 de su eficiencia, eficiencia y obediencia al servicio de sus 
amos.

Entre 1920 y 1921, mientras Chapita estaba de servicio en el 
Seibo, tuvo lugar la intensificación de la lucha contra los gavilleros. A esa época -dice Crassweler- pertenece una serie de leyendas que se crearon para glorificar su figura egregia. El solo o con un grupo de valientes habría capturado toda una banda de rebeldes, habría penetrado en la jungla, en la oscuridad, enfrentado la muerte a cada paso mientras avanzaba. Finalmente arrestó y esposó o encadenó a todos los supuestos criminales. A nadie mató, a nadie hizo mal este hombre de tanto valor.
Crassweler considera que esos relatos no son, por supuesto, más que fantasías. Asegura que Chapita, en ese tiempo, era un oscuro segundo teniente y nunca ejerció el mando en ninguna actividad contra los gavilleros y que su rol en la campaña fue mínima.
Participó, eso sí, en cierta especie de operación militar por la que recibió felicitaciones del mayor Watson. Una de tantas operaciones consistentes en la destrucción o quema de bohíos (con los marines al mando) para infundir terror entre los campesinos que apoyaban o se creía que apoyaban a los gavilleros. Ese tipo de iniciativa terrorista era algo rutinario que se hacía por lo menos semanalmente y que tenía efectos contraproducentes porque motivaba a mayor número de hombres y también mujeres a sumarse a la guerrilla.
Las tropelías que tenían lugar iban más allá de lo que podría suponerse. El aislamiento de la zona y el difícil acceso a la misma impedía o dificultaba en grado extremo las labores de contrainsurgencia y al mismo tiempo permitía cometer con impunidad todo tipo de horrores. Lo que se estableció en el este del país fue -como dice Crassweller-, un reino de terror que recrudeció en los años de 1920 y 1921. Los marines del imperio, ahora auxiliados por la Guardia Nacional, se especializaban en abusos y crueldades, torturas de las clases más brutales, y hay razones de peso para suponer que Chapita no se mantuvo ni le iban a permitir mantenerse al margen.
Cientos de personas fueron vejadas, apresadas, asesinadas, martirizadas con hierros al rojo vivo, obligadas a beber agua hasta reventar, arrastradas por caballos desbocados, incluso descuartizadas, todo un baño de sangre en gran estilo. El historiador Roberto Cassá afirma que en muchas ocasiones los infantes de marina quemaron bohíos pertenecientes a gavilleros o a familiares de gavilleros con todo y gente adentro.
El hecho es que las noticias de las barbaries que se cometían se esparcieron por el país a través de radio bemba, el rumor público, y llegaron a conocimiento del congreso norteamericano y fueron también confirmadas por investigadores del congreso norteamericano.
La dotación militar, o parte de ella, fue objeto de una aspaventosa purga, una purga más o menos real o supuesta, y la persona que fue señalada como principal responsable, es decir, el principal chivo expiatorio, fue el capitán Fred Merkle, el ya mencionado amante o cliente asiduo de la mencionada Nieves Luisa. Merkle fue removido de su cargo, encerrado en la cárcel de Nigua y sometido a corte marcial en 1922.
Era tan evidentemente culpable y había cometido tantas atrocidades que sus compañeros decidieron ahorrarle el sufrimiento y evitar de paso un mayor escándalo, ventilando en un juicio sus incontables fechorías, y le proporcionaron un arma en su celda: una invitación a que se suicidara volándose los sesos. En una palabra, lo sacrificaron en aras del bien común, lavaron con su sangre la mancha en el supuesto honor de los marines. Alguien asegura que fue el primer suicida de la cárcel de Nigua, el primero de muchos que se suicidarían o serían suicidados en la oprobiosa cárcel de Nigua.
Mientras tanto, en las provincias de San Pedro de Macorís y el Seibo continuaron las expediciones punitivas de los marines y la Guardia Nacional contra los insurrectos y los pobladores locales, que sufrían los efectos colaterales. Muchos gavilleros (y un incierto número de marines), fueron muertos en combate o pasados por las armas, pero no fueron las armas las que determinaron el cese de la lucha (que había durado ya cinco o más años), sino las negociaciones y concesiones. Al final, en 1922, el gobierno de ocupación ofreció una amnistía general que formaba parte del Plan Hughes-Peynado, con el que se instauró un gobierno provisional y se puso fin a la primera (o segunda) intervención militar yanqui.
El legado de miedo y odio y un resentimiento visceral permanecieron iguales o intactos por mucho tiempo en la zona, hasta que la desmemoria y el olvido fueron haciendo su trabajo, borrando poco a poco el pasado.
Bibliografía:
Luis D. Santamaría, “Los ‘Gavilleros
del Este’, ejemplo de patriotismo”.
https://elnuevodiario.com.do/
los-gavilleros-del-este-ejemplo-de-patriotismo/
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictato.



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miércoles, 13 de febrero de 2019

BORGES Y EL ELOGIO DE LA SENCILLEZ

Pedro Conde Sturla
26 de febrero 209

Siempre he admirado en Borges el culto de la sencillez, el amor por la palabra limpia que encaja a la perfección en el contexto, la precisión y liviandad de la prosa, la fuerza o autoridad del decir, la erudición que abre camino al andar, sin apabullar al lector, la ingeniería verbal tan aparentemente simple y tan difícil de lograr, la escritura sin ripios ni desperdicios, escrituralmente esencial.Imagen relacionada
La literatura, en manos de Borges, es una cosa viva que se actualiza permanentemente. De los más antiguos y olvidados textos hace brotar las novedades que encierran, la modernidad del pensamiento o de la técnica que anticipan desde la noche de los tiempos. Recuérdese que, para Borges, “Toda novedad no es sino olvido”.
De Borges puede decirse lo mismo que él dice de Voltaire: “La felicidad de escribir nunca lo abandonó”. Y desde luego tampoco lo abandonó la felicidad de leer, la insaciable curiosidad que lo condujo a la “exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas”, como dice en el prologo de “Biblioteca personal”, una obra póstuma y además inconclusa. Setenta y cuatro reseñas de un total “de cien que habrían de constituir una colección cerrada escogida por él mismo”.
En esta obra brillan precisamente la agudeza, la concisión, el minimalismo que tanto caracterizan el estilo de Borges, un ideal de estilo que se insinúa una y otra vez en muchas páginas de esta “Bilioteca personal” que  con tanta alegría se deja leer.
Por ejemplo, refiriéndose también a Voltaire, Borges alude a su propio criterio del gusto, a su preferencia en materia estilística:
“Una de las vanidades del vulgo y de las academias es la incómoda posesión de un vocabulario copioso. En el siglo XVI, Rabelais estuvo a punto de imponer ese error estadístico; la mesura de Francia lo rechazó y prefirió la austera precisión a la profusión de palabras. El estilo de Voltaire es el más alto y límpido de su lengua y consta de palabras sencillas, cada una en su lugar.”
En relación a Kafka expresa un criterio semejante:
“El destino de Kafka fue transmutar las circunstancias y las agonías en fábulas. Redactó sórdidas pesadillas en un estilo límpido. No en vano era lector de las escrituras y devoto de Flaubert, de Goethe, de Swift.
De André Gide dice que “Siempre fue fiel (…) a la buena tradición de la claridad.”
Para Borges, “El hecho de que Wells fuera un genio no es menos admirable que el hecho de que siempre escribiera con modestia, a veces irónica.”
De “La prosa de Fray Luis” dice que “es, por lo común, de una serenidad ejemplar”.
De un curioso autor, Enoch A. Bennett, pondera “su estilo sereno, que pasa inadvertido como el cristal.”
En el capítulo dedicado a los relatos de Kipling escribe lo siguiente:
“George Moore dijo que Kipling era, después de Shakespeare, el único autor inglés que escribía con todo el diccionario. Sabía administrar sin pedantería esa profusión léxica. Cada línea ha sido sopesada y limada con lenta probidad.”
En la penúltima reseña elogia la calidad de la escritura comprensible:
            “Como David Hume, como Schopenhauer, William James fue un pensador y un escritor. Escribió con la claridad que requiere la buena educación; no fabricó dialectos incómodos, a la manera de Spinoza, de Kant o de la escolástica.”
            Esto es algo que deberían tener presente algunos críticos del patio que, en lugar de conceptos, manejan frases cohetes y teorías tautológicas omnicomprensivas de la literatura. Para Borges, ya se ha visto, las claves de un estilo bien templado remiten a palabras tan humildes como “mesura”, “austera precisión”, “alto y límpido”, “sencillas”, “claridad”, “modestia”, “serenidad”, “sereno”, “probidad”.
En el prólogo de “Biblioteca personal” Borges congrega, cita, en el más depurado decir borgiano, todos los motivos esenciales que alimentan su pasión, su insaciable apetito literario, su entrega incondicional al “placer del texto”, un placer que quiere comunicar, un placer que quiere, cómplicemente, contagiarnos.
Invito a los lectores a degustarlo, apreciarlo, saborearlo, paladearlo palabra por palabra. Luego traten de leer a Diógenes Céspedes en las páginas de Areíto.

Prólogo
A 1o largo del tiempo, nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir. Los textos de esa íntima biblioteca no son forzosamente famosos. La razón es clara. Los profesores, que son quienes dispensan la fama, se interesan menos en la belleza que en los vaivenes y en las fechas de la literatura y en el prolijo análisis de libros que se han escrito para ese análisis, no para el goce del lector.
La serie que prologo y que ya entreveo quiere dar ese goce. No elegiré los títulos en función de mis hábitos literarios, de una determinada tradición, de una determinada escuela, de tal país o de tal época. Que otros se  jacten de 1os libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer, dije alguna vez. No se si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector. Deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas. Se que la novela no es menos artificial que la alegoría o la ópera, pero incluiré novelas porque también ellas entraron en mi vida. Esta serie de libros heterogéneos es, lo repito, una biblioteca de preferencias.
María Kodama y yo hemos errado por el globo de la tierra y del agua. Hemos llegado a Texas y al Japón, a Ginebra, a Tebas, y, ahora, para juntar los textos que fueron esenciales para nosotros, recorreremos las galerías y los palacios de la memoria, como San Agustín escribió.
Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. La rosa es sin porqué, dijo Angelus Silesius; siglos después, Whistler declararía El arte sucede.
Ojalá seas el lector que este libro aguardaba.
J. L. B.

pcs, jueves, 26 de febrero de 2009

martes, 12 de febrero de 2019

Vance Packard: Los persuasores ocultos

Pedro Conde Sturla
9 de  febrero 2014

En el idioma del imperio, terroristas se les llama a las víctimas del terrorismo.

En el lejano año de 1957, un periodista e incisivo crítico social llamado Vance Packard (1914–1996) estremeció a la opinión pública norteamericana con un libro titulado “The Hidden Persuaders”, “Los persuasores ocultos”, que en Argentina fue traducido como “Las formas ocultas de la propaganda” y que a pesar del tiempo transcurrido y la campaña de descrédito a que ha sido sometido, tiene todavía vigencia y causa urticaria entre los estrategas del consumismo y el conformismo. Es decir, los medios de comunicación de masas y los publicistas.
“Este libro -dice Vance Packard- intenta explorar un campo nuevo, extraño y más bien exótico de la vida norteamericana. Trata de los esfuerzos que, en gran escala y a menudo con éxito impresionante, se realizan para canalizar nuestras decisiones en tanto que compradores, así como nuestros procesos mentales, mediante el uso de conocimientos extraídos de la psiquiatría y de las ciencias sociales. Los esfuerzos suelen aplicarse en un plano que escapa a nuestra conciencia, de modo tal que las incitaciones son frecuentemente y en cierto sentido ‘ocultas’, con lo que resulta que a muchos de nosotros se nos influye y se nos manipula en mayor medida de lo que nos damos cuenta, en lo que se refiere a las pautas de nuestra vida diaria.
Algunas manipulaciones ensayadas son sencillamente divertidas; otras, turbadoras, en especial si se las considera como anticipadoras de lo que se nos depara en escala más intensa y efectiva, pues equipos de hombres de ciencia han  
suministrado ya instrumentos pavorosos.”
(La manipulación por vía sexual es una de las técnicas más burdas y socorridas del reclamo publicitario. Nótese que en el metamensaje del anuncio de Burger King se alude desde la gráfica y desde el texto a la fellatio o felación).
Packard denuncia a un grupo de especialistas en comportamiento humano (sociólogos, analistas de tono de voz, segmentadores psicográficos psicolingüistas, neurofisiólogos, comunicadores subliminales, psicobiólogos, hipnotécnicos, acondicionadores operantes, especialistas psicométricos, especialistas en comprensión de mensajes) entre los que sentaron la base del “análisis motivacional del consumidor” y otras técnicas más sofisticadas “para manipular la expectación e inducir al deseo de compra” de productos innecesarios que obedece a lo que llama “ocho necesidades compulsivas que la publicidad promete realizar… El libro también explora técnicas de manipulación para promover políticos…y cuestiona su moralidad.” (http://en.wikipedia.org/wiki/Vance_Packard).
“Publicidad, propaganda, ingeniería social, se llame como se llame esta actividad no solo modificó nuestros hábitos de consumo sino también nuestros valores y mentalidad política…. El individuo se convertirá así en consumidor no solo de productos y servicios sino también de partidos y líderes políticos. Así el discurso ideológico queda desposeído de racionalidad y se transformará en eslogan.”
(http://www.meneame.net/story/formas-ocultas propaganda-the-hidden-persuaders-vance-packard)
Los persuasores ocultos, como se verá a continuación, inventaron la trampa del supermercado al cabo de años de investigación con cámaras disimuladas, entrevistas “inocentes” realizadas por sicólogos con los clientes y estudios de reacción ante colores y marcas y hasta la forma de pestañar de los consumidores.  Después de leer el siguiente capítulo del libro de Vance Packard, muchos quedarán asombrados, anonadados, por haber aprendido algo que no saben ni siquiera los dueños de supermercados nacionales, aunque, desde luego, inconscientemente lo ponen en práctica.
Hipnosis en el supermercado
Los investigadores de DuPont han descubierto que la compradora de mediados de este siglo no se molesta en hacer una lista o por lo menos en hacer una lista completa lo que necesita comprar. En efecto, menos de una compradora de cada cinco lleva una lista, pero de todas maneras las amas de casa siempre se las arreglan para llenar sus carritos hasta el tope, exclamando a menudo: “¡Por cierto, nunca me imaginé que compraría tanto!” ¿Por qué no necesita el ama de casa una lista? DuPónt da esta tajante respuesta: “¡Porque siete de cada diez compras se deciden dentro del negocio, en donde los clientes actúan según sus impulsos!”
(…)
James Vicary quiso averiguar la razón de tal incremento en las compras impulsivas. Sospechó que algo especial pasaba en la psicología de las mujeres que entraban al supermercado. Columbró que quizás sufrieran un aumento de la tensión al enfrentarse con tantas posibilidades, de modo que se veían obligadas a realizar las compras de prisa. La mejor manera de descubrir lo que pasaba dentro de la compradora sería utilizar un galvanómetro o detector de mentiras, lo cual era evidentemente poco práctico. Otro procedimiento casi tan ventajoso era usar una cámara cinematográfica oculta para registrar el promedio del parpadeo de las clientes mientras compraban. La rapidez del parpadeo es un índice bastante preciso de la tensión interna. Según el señor Vicary, la persona corriente parpadea normalmente alrededor de treinta y dos veces por minuto. Si se siente tensa parpadea con más frecuencia; bajo tensiones extremas llega a hacerlo hasta cincuenta o sesenta veces por minuto. En cambio, si su estado es de completa placidez, su parpadeo puede reducirse a veinte veces o menos aun.
Vicary instaló sus cámaras cinematográficas y comenzó a seguir a las damas a medida que entraban en las grandes tiendas. Los resultados lo dejaron perplejo, incluso a él. El parpadeo de las compradoras, en lugar de aumentar e indicar una tensión creciente, bajaba más y más, hasta llegar a un promedio anormal de catorce veces por minuto. Las damas habían caído en lo que Vicary llama un trance hipnagógico, es decir, habían llegado a la primera etapa de la hipnosis. Vicary dedujo que la principal razón de este trance era que en el supermercado, país de maravillas, están al alcance de la mano productos que en años anteriores sólo los reyes y reinas se daban el lujo de adquirir. La teoría de Vicary es la siguiente: ‘Justamente en esta generación, cualquiera puede ser rey o reina y pasearse por estos almacenes en donde los productos claman a gritos ‘cómprame, cómprame.”
Es interesante saber que muchas de dichas clientas estaban tan hipnotizadas que pasaban al lado de vecinas y viejas amistades sin notarlas o saludarlas. Algunas tenían la mirada un poco vidriosa. Estaban tan ensimismadas mientras recorrían el almacén recogiendo al azar artículos de los estantes que hasta tropezaban con cajas sin verlas y ni siquiera reparaban en la cámara que las filmaba, aunque en algunos casos su cara pasara a un pie y medio del lugar en donde estaba funcionando el murmurante motor. Cuando las amas de casa llenaban sus carritos se dirigían hacia la caja, el parpadeo comenzaba a aumentar hasta unas veinticinco veces por minuto. Luego, al oír el sonido de la caja registradora y la voz del cajero pidiendo el dinero, el parpadeo subía sobre lo normal, a unas cuarenta y cinco veces por minuto. En muchos casos sucedió que las mujeres no tenían suficiente dinero para pagar todas las lindas cosas que habían adquirido. Teniendo en cuenta esta fuente de impulsos adquisitivos que es el supermercado, los psicólogos se han asociado con los peritos en comercialización para convencer al ama de casa que compre productos que no necesita o que incluso puede no desear hasta que los ve, invitadores, en los estantes. Los sesenta millones de mujeres norteamericanas que hacen sus compras en los grandes almacenes todas las semanas reciben la “ayuda” para realizarlas de psicólogos y psiquíatras contratados por los comerciantes en productos alimenticios. El 18 de mayo de 1956, The New York Times publicó una notable entrevista con un joven llamado Gerald Stahl, vicepresidente ejecutivo de Package Designers Council, en la que éste afirmó: “Los psiquíatras dicen que la variedad de la provisión es tan grande que la gente necesita ayuda, para elegir, es decir, quieren dar con el paquete que los hipnotice y se les meta entre las manos.” Instó por lo tanto a los envasadores de alimentos a que hicieran más hipnotizantes los diseños de sus envases, de modo que el ama de casa alargue su mano y los elija entre sus muchos rivales. (Vance Packard, Las formas ocultas de la propaganda capítulo diez de la traducción de Martha Mercader de Sánchez-Albornoz para la editorial Sudamericana).
A Sergio y Alfonso, persuasores no ocultos.



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sábado, 9 de febrero de 2019

Chapita (10)


Acorazado de la Marina de Guerra de Estados Unidos en aguas territoriales de la República Dominicana, el 3 de mayo de 1916, día de desembarco de las tropas norteamericanas.
El empleo de guarda campestre traía aparejado un salario de treinta dólares mensuales y convertía al maleante, casi por arte de magia, en un agente del orden público, una combinación de vigilante y policía privado, toda una autoridad en el cerrado y estrecho mundo del central azucarero.
El guarda campestre, dice Crassweller, trabajaba doce horas al día todos los días de la semana y también de noche cuando era necesario. Llevaba uniforme de mezclilla azul (especie de tela de jeans o vaqueros) y una placa que representaba la ley, el orden. Era una figura familiar que aparecía en cualquier lugar a caballo, con un poncho o capote enrollado en la silla para el caso de que lloviera, lo cual era casi constante o por lo menos muy frecuente en esa época.
El trabajo de guarda campestre, según Crassweler, no era algo de mucho prestigio, aunque tampoco era objeto de desdén. Más bien infundía respeto o temor o ambas cosas, porque el guarda campestre era en general una persona deshonesta, carente de sensibilidad y escrúpulos, muchas veces un abusador, cuando no un vulgar matarife. Sin embargo, mucho debió contribuir esta posición a la afirmación o reafirmación del orgullo y autoestima de Chapita. Y sin lugar a dudas lo preparó para la siguiente y definitiva etapa de su vida: la carrera militar.
Como guarda campestre, dice Crassweler, Chapita desempeñaba múltiples funciones. Tenía que proteger el dinero de la paga que se distribuía semanalmente en los bateyes, prevenir y detener peleas que se producían con frecuencia en fiestas y galleras, mantener a raya a los agitadores que se infiltraban en los bateyes a predicar doctrinas foráneas. Mantener el orden, en general. El mantenimiento del régimen opresivo de cualquier central azucarero.
Todo parece indicar que el guarda campestre se beneficiaba de las ganancias que generaban las peleas de gallos y juegos de azar ( las llamadas rifas de aguante) y de seguro no era ajeno a ciertos tipos de negocios turbios como la extorsión o la usura. Chapita se convertiría entonces en esa figura tenebrosa que es posible imaginar, una figura lúgubre, a veces bajo la lluvia, con un capote que semejaba un traje de difunto, la tétrica silueta a caballo, armado hasta los dientes bajo el sol o la lluvia o al amparo de las sombras. Casi un señor de horca y cuchillo.
Pero Chapita sólo duraría un par de años en ese empleo. Los yanquis le conseguirían, o se lo conseguiría él mismo, otro mejor, uno que le duró toda la vida.
Los yanquis gobernaban entonces directamente el país. Habían desembarcado en Santo Domingo (igual que habían hecho en Haití) para convertirlo definitivamente en un enclave azucarero, pero con el pretexto siempre loable de establecer el orden y preservar las instituciones o restaurar la democracia. Luego, en el fatídico 29 de noviembre de 1916 (casi en el mismo período en que Chapita había conseguido su trabajo de guarda campestre), un capitán de navío llamado Harry Shepard Knapp emitió una proclama desde un buque llamado Olimpia. La proclama de Knapp desconocía, en nombre de su gobierno, a la República Dominicana como estado soberano y establecía un régimen militar de ocupación que duraría ocho años.
Los soldados del imperio procedieron de inmediato a disolver el ejército y a desarmar en la medida de lo posible a toda la población, crearon una especie de servicio de espionaje para vigilar a los opositores bajo un régimen de dictadura férrea que implicaba censura, amenazas, encarcelamientos, torturas y asesinatos.
Ocupar el país de los dominicanos fue un poco más fácil que someterlos. Se produjeron episodios de oposición y levantamientos y protestas en diferentes zonas. Pero fue en el este, en las provincias de San Pedro de Macorís y el Seibo, donde se le presentó al invasor la más enconada resistencia, una que corría pareja con la más feroz represión. En esas zonas, de muy difícil acceso, surgieron o se reavivaron numerosos focos de insurgencia que mantuvieron en jaque varios años a las tropas del imperio. En general los insurrectos recibían el mote despectivo de gavilleros, cuando no de ladrones o saqueadores, pero era muy heterogénea la composición de sus fuerzas. Había entre ellos verdaderos patriotas nacionalistas, bandas que habían hecho del pillaje una forma de vida, algún fanático religioso, y sobre todo campesinos que habían sufrido (igual que en otras partes del país) el despojo de sus tierras a manos de los capitalistas extranjeros vinculados al imparable desarrollo de la industria azucarera durante los primeros quince o veinte años del siglo.
El combate contra los gavilleros se llevó a cabo de una manera brutal, pero muy poco fue lo que pudieron hacer en principio las tropas del imperio.
Los insurrectos no presentaban un frente unido ni tenían, en general, un propósito político definido, aparte de la lucha por la supervivencia frente a los invasores. Además, actuaban sin coordinación entre ellos, en diferentes frentes guerrilleros y gozaban de amplio apoyo popular. Solían atacar y replegarse como quien dice a su antojo, asaltaban bateyes, ingenios y bodegas. Ocasionalmente incendiaban los inmensos plantíos de caña o chantajeaban a los administradores de los ingenios para que les pagaran a cambio de no hacerlo. Después se ocultaban en montañas y cuevas, en la espesura de un territorio densamente arbolado o quizás tupido de maleza punzante y de mosquitos, inhóspito y desconocido para las tropas del imperio.
Para enfrentar el problema y evitar que se generalizara en otras regiones del país, los altos mandos de las tropas de ocupación decidieron crear una guardia nacional y la crearon, una guardia nacional antinacional. Y así, oficialmente, Harry Shepard Knapp, el 7 de abril de 1917 emitió una orden ejecutiva, la número 27 del gobierno militar, que establecía la organización de un ejército de tropas cipayas llamado eufemísticamente Guardia Nacional Dominicana, pero comandada por oficiales norteamericanos. Tenía en principio unos ochocientos efectivos, un selecto grupo de personas de la peor ralea al servicio del imperio.
El reclutamiento de oficiales no fue tarea fácil, como dice Crassweler, porque los dominicanos con la requerida educación o formación eran renuentes a servir. De hecho, el repudio del pueblo contra la intervención era generalizado y una gran parte no disimulaba su hostilidad. En cambio, a Chapita y otros de su calaña les pareció ver el cielo abierto cuando se presentó la oportunidad de hacer carrera en esa guardia que llamaban nacional y se ofreció como voluntario.
La carta de solicitud que, con fecha 9 de diciembre de 1918 Chapita dirige al coronel C. F. Williams, comandante de la Guardia Nacional Dominicana, es todo un primor, algo que revela la candorosa hipocresía, el cinismo casi angelical de Chapita el grande.
Chapita solicita humildemente su ingreso, una humilde posición como oficial en la Guardia Nacional Dominicana. Pide excusas protocolares por molestarlo al Coronel Williams y afirma decorosamente que es un hombre al que no se le conocen vicios, que no fuma ni bebe y que no ha sido, sobre todo, de ninguna manera convicto, involucrado en ninguna corte por ningún tipo de delito.
Explica que en su ciudad nativa de San Cristóbal, a treinta kilómetros de distancia de esta ciudad de Santo Domingo, ha pertenecido y pertenece a la mejor sociedad, que tiene 27 años de edad y es casado. Un marido ejemplar seguramente.
Añade finalmente que en San Cristóbal y en la ciudad de Santo Domingo pueden dar testimonio de su conducta y buenas maneras Rafael A. Perdomo, Juez de instrucción de la primera jurisdicción, Eugenio A. Álvarez Álvarez, Secretario de la corte de primera instancia y el abogado Armando Rodríguez, consultor jurídico de la secretaría de estado de justicia.
Finalmente firma:
Sinceramente suyo 
Rafael L.Trujillo
El 18 de diciembre presenta otra carta, una de recomendación, escrita en papel timbrado, del gerente o administrador del Central Boca Chica, donde Chapita había trabajado como guarda campestre.
(Siete al anochecer [23])


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sábado, 2 de febrero de 2019

Chapita (8)

Chapita tenía dieciséis años en1907, apenas dieciséis años cumplidos. Es una fecha que marca un antes y un después en su vida. Fue entonces que decidió como quien dice sentar cabeza y dar por terminadas o suspendidas sus correrías juveniles en compañía de Virgilio Álvarez Pina.Sólo mucho tiempo después se convertiría en jefe de la sagrada familia, el jefe de la manada de la que se ha hablado tanto hasta aquí.

El hecho es que en 1907, gracias a la mediación de su tío Plinio Pina, consigue empleo como telegrafista. Durante tres años serviría, en efecto, en las oficinas de telégrafo de San Cristóbal, Baní y Santo Domingo donde ganaba la astronómica suma de veinticinco dólares mensuales. Nada despreciable para la época. Pero el puesto no colmaba sus aspiraciones ni el trabajo honrado como, ya se sabe, era su meta.
Poco tiempo después de tan amarga experiencia laboral, Chapita se involucraba en falsificación de cheques y se le consideraba sospechoso de haberle metido mano a un dinero en una oficina postal. Por el primer delito -dice Crassweller- fue condenado por un juez de San Pedro de Macorís, pero de alguna manera se libró de la cárcel.
Al término de su carrera de telegrafista y falsificador de cheques empieza lo que Crassweler denomina el período oscuro de su vida, aproximadamente seis años, entre 1910 y 1916.
Se supone que en ese tiempo hizo un poco de todo tipo de cosas malas, cometió todas las bellaquerías, se convirtió, junto a Petán, en el azote de los ganaderos en los alrededores de Santo Domingo y posiblemente en las provincias cañeras del Seibo y San Pedro de Macorís. Se convirtió, en resumen, en un delincuente profesional. Se supone o se sabe que en algún momento se hizo miembro de una pandilla de asaltantes y se supone que en los tribunales se acumularían acusaciones en su contra, pero no existe documentación al respecto. No hay documentos históricos y muy pocas referencias sobre esta parte de su vida. Es un periodo cuya documentación fue deliberadamente destruida en incendios provocados por los interesados para hacer desaparecer expedientes contra la familia.
Algo que sí se sabe a ciencia cierta es que cada día se iba haciendo de mayor fama como azote de todas las mujeres que se ponían a su alcance. Una de sus primeras víctimas fue Aminta Ledesma, a quien conoció en 1913 y con quien contrajo matrimonio. Siempre se dijo que su familia lo despreciaba cordialmente y sólo accedió a la unión porque la muchacha estaba en cinta. Deshonrada y en Cinta.
Con ella tuvo una hija llamada Julia Génova y otra llamada Flor de Oro. Crassweler cuenta que La primera murió al cabo de un año, no sin que el padre hiciera esfuerzos desesperados por llevarla a un médico, tratando de salvarla. Cosa que le impidió un temporal, la crecida de ríos que interrumpieron las comunicaciones y el transporte. Esa pérdida de la que fue su primera hija lo afectó sensiblemente.
Con la segunda tuvo muchas veces relaciones conflictivas y se decía que la hizo salir del país para no tener noticias de los frecuentes escándalos en que se veía envuelta o comprometida. Flor de Oro estuvo casada con el cantante Lope Balaguer después de haber caído en las garras de Porfirio Rubirosa, o viceversa, y por fortuna no tuvo hijos con él ni con ninguno de sus ocho maridos ni con ninguno de sus incontables amantes.
Por esa misma época -cuenta Crassweler- empiezan a manifestarse las primeras inquietudes políticas de Chapita.
Aparece firmado con su nombre, en el Listín Diario, un documento concerniente a una figura pública y hace campaña a favor de Horacio Vásquez. Lo motiva el oportunismo del trepador social, no el idealismo. En su caso, y en la mayoría de los casos, la política es una extensión, una variante, una rama de la delincuencia, una forma de ascender por la escalera social o perecer en el intento.
A Chapita le fue mal en principio. Participó en un levantamiento contra el presidente Juan Isidro Jimenes en 1915, una de las tantas montoneras que se levantaron y fueron aplastadas ese mismo año, y se vio obligado a huir y a esconderse. Después de un tiempo salió de su escondrijo y se presentó en condiciones piadosas ante el Ministro de justicia, que era Jacinto Peynado y pidió perdón humildemente.
El episodio, que Crassweler relata, resulta a la vez extraño y sorprendente. Todas las fuentes conocidas describen a Chapita como un tipo limpio, aseado, atildado, acicalado, preocupado en grado extremo desde la infancia o adolescencia por la apariencia, esmerado en el vestir. Incluso cuando era pobre las pocas ropas que tenía estaban siempre en excelente condición. Su gran amistad con su tío Plinio Pina -dice Crassweller- sólo se alteraba, así fuera discretamente, cuando Chapita se apropiaba de sus corbatas.
El hombre que se presentó ante Jacinto Peynado a pedir perdón para poder regresar a su casa estaba vestido de harapos y en deplorable condición, había perdido muchos dientes a causa de desnutrición, golpes u otras causas, y estaba sumido en un total abandono y parecía además un tipo insignificante.
Peynado lo miró tal vez con pena y desprecio, quizás con indiferencia y ordenó que lo dejaran en libertad, pero antes de que se fuera le preguntó casualmente su nombre y la respuesta fue:
“Rafael Leonidas Trujillo, de San Cristobal”.
Después de tan bochornosa, tan degradante y poco rentable aventura, Chapita no volvería a tomar parte o participar en ningún movimiento político como peón de la montonera. Lo dirigiría desde lo más alto cuando la ocasión fuera propicia. Y mientras tanto volvió a las andadas, se dedicó nuevamente a actividades criminales, a su vida de maleante, si acaso alguna vez dejó de hacerlo. Así, en 1916 se hizo miembro junior -como dice Crassweler- de una copiosa pandilla de rufianes que años más tarde usaría para llegar al poder. Uno de los miembros más distinguidos o conspicuos era Miguel Ángel Paulino, un matarife vesánico, uno de esos demonios siempre sedientos de sangre que con el tiempo formarían parte de la élite de asesinos luciferinos de la era gloriosa, junto a Josè Estrella, Boy Frapier, Emilio Ludovino Fernández, Fausto Caamaño, Felix W. Bernardino, José María (el Guaraguao) Alcántara, Federico Fiallo, Arturo (Navajita) Espaillat, Jhonny Abbes García, Alicinio Peña Rivera y tantos otros torturadores y asesinos de menor y mayor cuantía.
La pandilla, conocida como La 44, se dedicaba al robo de bodegas de las que abastecían los bateyes, soborno, extorsión, chantaje, robo de ganado, asaltos a mano armada, asesinatos por encargo.
El negocio no parecía ir muy bien o comportaba riesgos que Chapita no estaba dispuesto a correr. El hecho es que, por alguna razón, posiblemente ajena a su voluntad, a finales de año, el 1916, buscó empleo en un ingenio, un central azucarero, y durante una zafra trabajó en el pesaje de la caña, un tarea muy ingrata o por lo menos aburrida en la que debió sentirse poco a gusto. Su buena estrella comenzó a brillar cuando lo nombraron guarda campestre, una combinación de vigilante y policía privado. Ahora Chapita andaría a caballo y vestiría de uniforme, llevaría en el pecho una placa, una chapa o chapita de metal, símbolo de autoridad, y portaría un tremendo revólver al cinto. Ahora sí, por fin, Chapita se sentía más o menos en sus aguas. Tenía veinticinco años y una ambición desmedida y un inmenso caudal de mala leche del que se alimentaban todos sus perversos proyectos.
(Siete al anochecer [22])
Bibliografía
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.



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sábado, 26 de enero de 2019

Chapita (7)

26 enero, 2019



Nieves Luisa Trujillo Molina.

La impoluta Nieves Luisa era la estrella de la familia Trujillo, quizás la primera que alcanzó notoriedad fuera del país. Se dio a conocer especialmente en Cuba donde ejerció con mayor éxito su profesión. La profesión de Silveria Valdez, su abuela paterna. Almoina dice en su execrable libelo que era cantonera en La Habana, es decir, prostituta callejera:
“Mujer en sus años juveniles de muy gentil donaire, había conocido los hoteles equívocos de La Habana en su totalidad. Quiere decirse que había estado en la capital cubana dedicada a vida ‘non santa’”.

Cosas impeorables dice de esta señora Pedro Andrés Pérez Cabral en su obra “El ladrón de San Cristóbal”, escrita casi con el mismo espíritu crítico, el mismo afán demoledor de la de José Almoina. A Nieves Luisa Trujillo Molina -dice Pérez Cabral- “en su juventud se le conocía como ‘la Trujillito’, por su vocación protagónica cuando se entusiasmaba en los prostíbulos”.
Lo que es peor, dice un testigo de cargo, es que se destacó en su carrera de mujer pública en uno de los más sórdidos lupanares del Este. De modo que “Cuando en enero de 1920 se procesó a Trujillo en San Pedro de Macorís por el estupro de una niña en Los Llanos, Nieves Luisa era popular en La Arena, zona de tolerancia de prostitutas en esa población. Que todavía existe”.
Salomón Sanz, un cercano colaborador del régimen, cuenta que las noticias del degradante espectáculo que protagonizaba Nieves Luisa en el fastuoso escenario de “La Arena” y la vida desorganizada que le habían dado tanta fama avergonzaban al mismo Chapita. Esa mujer, su propia hermana, mancillaba sin duda el honor de su familia, hería su sentido del pudor, su puntilloso pundonor, y siempre fue para él, según se dice, un problema agobiante, un estigma social, algo tan humillante como la falsa, seguramente falsa o supuesta acusación de estupro que lo persiguió durante muchos años.
Por suerte la Nieves Luisa se fue o le aconsejaron que se fuera a Cuba en los años veinte en busca de nuevos horizontes y allí alcanzó el estrellato, la consagración definitiva.
De ella y sus hermanas habla con ciertos detalles Crassweller y nada de lo que dice parece tener desperdicio. Pone el punto en las llagas, exactamente en las llagas y con la pus que destilan elabora cuatro perfiles: cuatro miniaturas en claroscuro dignas de Goya o de Rembrant.
Dice Crassweller (en traducción libre o libérrima) que las cuatro hermanas eran personas fuera de lo común, que Marina y Japonesa eran hogareñas y que se enriquecieron junto a sus esposos haciendo negocios que se beneficiaban de sus relaciones con el gobierno.
Marina, que era la mayor de los Trujillo Molina, gozaba de la protección de Chapita, según cuenta Crassweller, hasta el grado de que le permitía de vez en cuando, venderle al gobierno, a precios muy inflados, las casas que construía y que de seguro habían sido financiadas generosamente con dinero del mismo gobierno.
Julieta era la hermana extraña, incluso, en apariencia, recatada. Dice Crassweller que nunca abandonaba su hogar, nunca se mezclaba en la vida pública, era casi una extraña para la familia.
En cambio, su esposo, Ramón Saviñón Lluberes, era hiperactivo socialmente. Saviñón era rico de nacimiento y aumentó inmensamente su fortuna al obtener la concesión de la lotería del gobierno, la Lotería Nacional, una empresa rentable que dejaba legalmente unos dos millones de pesos al año, sin incluir otros beneficios provenientes de turbios manejos con billetes que no se vendían y luego aparecían entre los ganadores.
En cuanto a la famosa, Nieves Luisa, la cuarta hermana, dice Crassweller que aparte de diabética era muy similar a sus hermanos en carácter, inquieta, deshonesta y corrupta. Ella, afirma el indiscreto Crassweller, era la más inmoral de todos.
Más adelante habla de algo a lo que ya se ha aludido: que se mudó a Cuba, que durante muchos años vivió en ese país, que demostró ciertos talentos ejecutivos y operativos, de los que Crasweller no da detalles ni explicaciones, y que se involucró al menos en dieciséis relaciones sexuales ilícitas de las que Crasweller tampoco da detalles ni explicaciones.
Lo que aparentemente hizo fue combinar la prostitución con la especulación en bienes raíces, vendiendo bienes inmuebles a precios altos después de desalojar a los propietarios mediante influencias políticas obtenidas en base a su innegable talento vaginal.
La historia que, sobre este mismo personaje, cuenta el Dr. Lino A. Romero en su libro “Trujillo: el hombre y su personalidad”, difiere en ciertos matices de forma y fondo con lo que se ha dicho hasta aquí. El prestigioso siquiatra considera que “Nieves Luisa fue la contraparte femenina de su hermano” y que “fue una mujer inteligente, dinámica, emprendedora y con muy buen sentido del humor”, aunque igualmente “afectada por un trastorno antisocial de personalidad”.
El Dr. Romero no menciona a “La Arena” de San Pedro de Macorís como escenario de sus andanzas prostibularias, sino a “La Casa Blanca” de la ciudad capital. Es decir, una “Casa Blanca” que, a juzgar por el nombre y ubicación, debía tener cierto nivel de clase. Un viejo puertorriqueño llamado Don Juan era el dueño o gerente del centro de diversión y de vicio y tenía que ser bien conocido y frecuentado, ya que se encontraba en la calle Estrelleta, al lado del Cementerio Municipal. “Nieves Luisa -dice el Dr. Romero- era una mujer atractiva, arrebatadoramente coqueta. Según dicen los que la conocieron, gustaba muchísimo y era prácticamente La estrella” del lugar y “una de las próstitutas más famosas de Santo Domingo”. La causa de su partida a Cuba fue una sarna “que se le presentó”. Viajaría entonces por motivos de salud y se perdería de vista hasta que Chapita llegó al poder.
En La Habana cosecharía muchos éxitos durante los fabulosos años veinte. Cultivó excelentes relaciones con oficiales del ejército y conocidos emprendedores y hombres de negocios con los que se involucraba como meretriz y empresaria de bienes raíces.
Quizás a esto se refiera Crassweller cuando habla de sus talentos ejecutivos y operativos y de sus relaciones sexuales ilícitas.
A su regreso al país tuvo amantes a granel, continuó con su vida licenciosa, pero ya no volvería a ejercer la prostitución, como no fuera por amor al arte.
Chapita de alguna manera la metió en cintura, le puso un alto a su anarquía uterina mediante el sagrado vínculo del matrimonio, si acaso se lo puso. El hecho es que la casó con el militar Manuel de Jesús Castillo h., alias Lolo. Y cuando Lolo se murió la casaron con el hermano. Éste logró sobrevivir mucho más tiempo a la unión y con mejor fortuna, pues llegó a ser jefe de la aviación. Además Nieves Luisa, que no tenía hijos, adoptó a Nene Trujillo, el hijo póstumo de Pepito, y se convirtió en buena madre.
Hasta la llegada de Flor de Oro y una sobrina de Flor de Oro que aspira a excelsa matrona, no nacerían mujeres tan fogosas en la sagrada familia. Tan notorios o notables eran los excesos de Nieves Luisa, que hasta un hombre tan refinado y culto y taimado como Joaquín Balaguer se refiere a ella alguna vez en sus memorias de cortesano como “la oveja negra” de la familia.
También dice que era atractiva físicamente o por lo menos la más atractiva de las hermanas. Quizás se sentía atraído por ella.
Al leer estas líneas cualquiera tiembla al pensar en el engendro que hubiera salido de un encate, un cruce o cruzamiento entre Balaguer y Nieves Luisa.
(Siete al anochecer [21])
Bibliografía:
Dr. Lino A. Romero, “Trujillo: el hombre y su personalidad”
José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).
Pedro Andrés Pérez Cabral, El ladrón de San Cristóbal. Caracas, s.p.i., 1946
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator



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La cárcel y el cementerio

Pedro Conde Sturla

Mucha gente piensa todavía que a Trujillo hay que agradecerle por su política de obras públicas, el sistema de educación y salud, las buenas escuelas y hospitales, el  bienestar y progreso acumulado en tres décadas de orden.
Eso sucede cuando se pierde de vista lo esencial y se presta atención a lo circunstancial o accesorio, a lo que “depende de una cosa principal o está agregado a ella”.
Lo que se debe a Trujillo es la creación de una cárcel cementerio, un cementerio carcelario, un régimen de horror e iniquidades perfectamente organizado en el cual el orden y el progreso forman parte del mecanismo de represión y la parte visible es solo una fachada, una mazmorra con fachada de relumbrón.
Eso es lo hay que agradecer o aborrecer

sábado, 19 de enero de 2019

Chapita (6 )

18 enero, 2019

Antiguo faro casi centenario sobre el fuerte o fortín San José. Estuvo en pie hasta finales de los años de 1950. 

En comparación con Petán Trujillo, su hermano Héctor Bienvenido, alias Negro, parece haber sido un hombre decente, el más decentemente indecente de los Trujillo.
Alguna vez fue Secretario de Guerra y Marina y sucesor de Chapita en caso de muerte. Era de alguna manera su hermano favorito, o por lo menos con el que mejor se llevaba, y el único que, aparte de él, ostentaba el título de generalísimo, amén de que fue también presidente de la República
Negro Trujillo mantenía un perfil relativamente bajo o mejor dicho discreto y tuvo una novia o marinovia formal llamada Alma McLauglinh Simó, con la cual contraería matrimonio en edad avanzada. La agraciada era hija de quien Almoina define como el indigno coronel Charles McLaughlin, uno que llegó al país durante la ocupación norteamericana y se quedó viviendo en calidad de consejero militar, traductor, socio empresarial de Trujillo y seguramente espía del imperio.
Negro Trujillo estuvo casado con Alma McLauglinh Simó hasta el fin de sus largos días, a la edad de 94 años, en la ciudad de Miami. En su testamento hizo constar que no tuvo ni un solo hijo y que su fortuna se la dejaba a ella y a dos sobrinas de ella. Muchas cosas podían inducir a pensar equivocadamente que era un compañero fiel y afectuoso. Pero en sus años mozos y no tan mozos, más que un marido infiel era un depredador al que, según Almoina, se le escapaban muy pocas mujeres, generalmente jóvenes y atractivas. Cuando se cansaba de ellas las colocaba generosamente en algún puesto en el gobierno, en el Hotel Jaragua, en empresas particulares. Pero Negro Trujillo tenía además un gusto morboso por las esposas de ciertos oficiales de alto rango, aunque no fueran agraciadas, y de sus relaciones descaradas con algunas de ellas se hablaba mucho entre los cortesanos de la era gloriosa.
Por lo demás -dice el implacable Almoina- el Negro no desaprovechaba ningún medio deshonesto de enriquecerse, algo que era común a toda la familia, y al parecer sentía por la sangre, el derramamiento de sangre, el mismo amor que sus hermanos. Pocos meses después de abandonar el país en 1961, junto a casi toda su parentela (a causa del ajusticiamiento providencial de Chapita), se encontró en algunas de sus fincas uno o varios cementerios sin cruces.
Otros hermanos de Chapita, como Virgilio y Pipí Trujillo, no eran menos despreciables, pero eran mucho más rastreros. Almoina dice que en un concurso de sinvergüenzas era Virgilio quien se llevaba el primer premio. Virgilio tenía un cargo diplomático en París cuando se derrumbó el frente republicano y miles de españoles salieron al exilio. Virgilio acudió generosamente en auxilio de muchos que buscaban con afán salir hacia las playas americanas y se entendió con ellos en términos de mercachifle.
Dice Almoina que recibió alhajas y oro en cantidad muy apreciable y cien dólares por cada refugiado que la República Dominicana aceptase. En consecuencia pasaron a Santo Domingo más de cinco mil españoles y Chapita se sintió contento porque quería blanquear el país, pero al mismo tiempo paró las orejas y exigió cuentas porque se trataba de un negocio y era un negocio redondo, jugosamente redondo. Virgilio rindió cuentas, pero las cuentas no cuadraron y el enojo de Chapita fue de mayor cuantía, proporcional al descuadre de la cuenta. Chapita procedió a destituir a su hermano.
Añade Almoina que en el asunto anduvo, como agente de Virgilio, Porfirio Rubirosa, a quien llama “el asesino Porfirio Rubirosa”, y que la operación fue tan turbia que para que se cumpliese el informal contrato de inmigración los exilados tuvieron que aportar nuevas cuotas al sustituto de Virgilio. Esto significa que Chapita y sus familiares no sólo eran ladrones sino que se robaban entre ellos.
En cuanto a Pipí Trujillo (Amable Romeo Trujillo Molina), lo primero que hay que decir es que era un poco lo que su apodo indica o implica: Un tíguere bimbín, como se dice en buen dominicano, un pillo de siete suelas, un arrastrado, un truhán, un pelafustán, un tipo de la más baja ralea, si acaso no lo eran todos sus hermanos.
De Pipí Trujillo se decía (entre muchas otras cosas de las que ninguna era halagüeña), que tenía por costumbre o por deporte chocar como al descuido los automóviles de personas que parecieran pudientes. Salía entonces como quien dice a inspeccionar el daño, se mostraba afligido, molesto, desencantado, entregaba finalmente la llave de su vehículo al agraciado dueño del vehículo que había chocado y exigía con una petición perentoria que se lo cambiara por uno nuevo. (Algo parecido a lo que hacían algunos de los generales de Balaguer durante el fatídico régimen de Los doce años).
Quizás una de las cosas peores que hizo Pipí (con consentimiento de Chapita por supuesto) fue desmantelar un gracioso, un espigado faro casi centenario que se erguía en el antiguo fuerte de San José y que vendió miserablemente como chatarra. Toda una obra de arte, un monumento de gran valor histórico desmembrado pieza por pieza, montado en grandes camiones, llevado al matadero, condenado a la fundición.
En general, Pipí se dedicaba, según dice Almoina eufemísticamente, a la trata de blancas. Se dedicaba a la extorsión, a cobrar peaje a las prostitutas. En realidad parecería que Almoina exagera o miente o simplemente calumnia cuando afirma lo que afirma del Amable y Romeo Pipí Trujillo Molina. ¿Quién lo creería?:
“Pipí no es un polluelo, es un padrote que monopoliza la trata de blancas. Este retoño del gran cuatrero dedica sus actividades a cobrar a dólar por día y mujera todas las que venden sus gracias, sea en las casas de lenocinio, sea en sus domicilios privados.
Nadie puede ejercer en Ciudad Trujillo la prostitución si no entrega un dólar a Pipí. Es un monopolio que su hermano el déspota le concedió. Para que no se escape sin pagar, ninguna mujer que ponga venal su cuerpo, Pipí recorre, con sus esbirros, los lupanares, casas de citas, cabaretuchos, etc., noche a noche”.
Por coincidencia, a ese mismo oficio de tinieblas, el de la prostitución, se dedicaba muy profesionalmente en sus mejores años su hermana Nieves Luisa, pero no es probable que Pipí le hubiera cobrado peaje.

Antiguo faro casi centenario sobre el fuerte o fortín San José. Estuvo en pie hasta finales de los años de 1950.

(Siete al anochecer [19])
Bibliografía:
José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).


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viernes, 11 de enero de 2019

Chapita (5 )



José Arismendy “Petán” Trujillo Molina

Diatriba tras diatriba se acumula en el injurioso y jugoso capítulo que José Almoina dedica a la gloriosa estirpe de los Trujillo Molina. Algo que sería indignante si el lector no sospechara que todo o casi todo lo que se dice es verdad o por lo menos merecido. El que queda peor parado de la familia, si acaso alguno queda, es el abominable Petán o Patán Trujillo, un personaje repulsivo que parece haber sido hecho a mano por el más inescrupuloso creador. Un dechado de maldad, el arquetipo del bravucón y cobarde, un engendro, un personaje retorcido y perverso. Un trujillito.
Dice Almoina que la biografía del feroz José Arismendy Petán se resume en una serie de asesinatos, violaciones y sobre todo estupros, y que cuando la impotencia lo convirtió en eunuco abusaba de las muchachitas desflorandolas con los dedos.
En Bonao estableció Petán lo que Almoina llama un bajalato, un territorio gobernado por un Bajá o Pachá. “A este megalómano -dice Almoina-, le había hecho su hermano Rafael a más de Mayor del Ejército, árbitro de las tierras de Bonao y explotador de la finca Rancho Grande”.
En Bonao, Provincia Monseñor Nouel en honor a un ferviente colaborador de Chapita, se hizo el petánico patán nombrar hijo adoptivo, rey o señor feudal, dueño de vidas y haciendas y empezó a cometer, según dice Almoina, todo tipo de crímenes para apoderarse de tierras y doncellas. A los peones de sus fincas, a los que pagaba una miseria, los enganchaba a la guardia sin que ellos lo supieran y se embolsillaba discretamente el salario, que triplicaba lo que recibían. En Bonao lo odiaban cordialmente, pero era un hombre valiente que repartía bofetadas a diestra y siniestra con el respaldo de sus guardaespaldas, un temerario que sólo se paseaba o se paseaba sólo en compañía de su celosa escolta.
No puede olvidarse que Petán fue el fundador de la emisora radial La Voz del Yuna, que luego se llamó La Voz Dominicana y fue trasladada de Bonao a la capital por órdenes de Chapita. Años más tarde, en 1952, se convirtió en el primer canal de televisión del país y uno de los primeros de América Latina.
La contratación de artistas latinoamericanos de mucho relieve convirtió la semana aniversaria de esa Voz Dominicana en uno de los eventos culturales más glamorosos de la era gloriosa. En éste se concentraba durante siete días la apasionada atención de los televidentes y muy especialmente la de Ramfis Trujillo, el impenitente lujurioso y violador que en más de una ocasión intentó meterle mano a más de una de las graciosas vedettes extranjeras.
Aparte de sus inquietudes artísticas y su gran debilidad por los caballos y vacas ajenas, Petán sentía un gran amor por la agricultura. Por eso Chapita le concedió el monopolio de frutos menores, la exportación y comercio de huevos, granos, guineos, aves, etc. En consecuencia, la venta de los productos, que con anterioridad constituían un libre mercado, se canalizó a través de grandes almacenes.
El miserable Petán -si es cierto lo que dice Almoina en su libelo- muy luego distribuyó por el campo dominicano destacamentos del Ejército, que obligaban a los campesinos a entregarles los productos de su trabajo a precios irrisorios. Hizo más; intervino en los muelles de los puertos para que sin su autorización no pudiera salir del país un solo racimo de plátanos. Quedó así, por el doble sistema de coacción directa o de intervención coactiva, todo el sistema en sus manos. En adelante no se consumirían frutos menores sin pasar por las manos de Petán. Él los mandaba a comprar directamente, a precios caprichosos, y el campesino no tenía otro remedio que vender. Este monopolio se amplió con el de la exportación de huevos y aves. La cosa se llevó al extremo de que el campesino que salía a la carretera y no entregaba sus productos a los esbirros de Petán, aparecía muerto, modo de sembrar el terror en la comarca”.
En otra época menos afortunada, esto hay que reconocerlo, Petán arriesgaba el pellejo para ganarse la vida y en incontables ocasiones -ya se ha dicho- cayó preso y mal preso. Un testimonio cristiano y casi conmovedor de las penurias por las que tuvo que pasar José Arismendy me ha sido proporcionado recientemente desde Miami por el apreciado amigo Tiberio Castellanos.
Tiberio vió en una ocasión que nunca se borraría de su memoria cuando a Petán lo llevaban preso por robo de ganado en el tren que venía de Sánchez hacia San Francisco de Macorís. El tren tardaba una eternidad en el trayecto, casi un día completo, y se detenía en Pimentel, un pueblo que originalmente se había llamado Partido de Cuaba y alguna vez se había llamado Barbero, gracias a un célebre personaje.
En Pimentel demoraba el tren otra eternidad. Allí -dice Tiberio Castellanos- la locomotora “bebía” agua de un gran tanque frente a su casa. Tiberio recuerda todavía claramente que Manuel Mora (que tenía el cargo de Síndico, Gobernador o algo parecido), subió a la portentosa y resoplante máquina a ver al preso y mandó que le trajeran comida y agua.
Dice Tiberio que la gente decía que Petán nunca olvidó esa atención.
(Siete al anochecer [19])
José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).



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