viernes, 22 de febrero de 2019

Apocalípticos y desintegrados

Pedro Conde Sturla

6 de octubre 2010

En el lejano año 1964 Umberto Eco dio a conocer un libro de ensayos sobre la cultura de masas que se convertiría en paradigma de las ciencias sociales y en uno de los más grandes éxitos de venta de la época, “Apocalípticos e integrados”.

Ese es el título de la obra que consolidó la fama de su autor,
un filósofo, un experto en semiótica, un erudito (“el hombre que lo sabía todo”), y que también se destacaría más adelante como novelista.
Lo que más llamó la atención fue el instrumental teórico con el que Eco emprendía el análisis de “la estructura del mal gusto”, el papel de televisión y de los medios audiovisales como instrumento cultural, la canción popular y sobre todo el de los personajes del mundo de los comics, tiras cómicas, paquitos, historietas ilustradas o como se les quiera llamar.
Que un hombre de tanta formación dispusiera de un bisturí crítico tan refinado como sus vastos conocimientos le permitían para diseccionar, por ejemplo, la figura de Superman parecía por lo menos desproporcionado, algo así como aplastar una mosca con un martillo.
Superman, sin embargo, constituye un fenómeno de masas desde 1938 y su presencia o mejor dicho su omnipresencia en series de radio, incontables programas de televisión, producciones y superproducciones cinematográficas, videojuegos e historietas ilustradas periódicas que se venden y revenden por cientos de millones ejerce una enorme, decisiva influencia a través de todo tipo de medio de comunicación a nivel mundial.
Y, como explica Humberto Eco, “no es cierto que los comics sean una diversión inocua que, hechos para los niños, puedan ser disfrutados por adultos, que en la sobremesa, sentados confortablemente en un sillón, consuman así sus evasiones sin daño y sin preocupaciones. La industria de la cultura de masas fabrica los comics a escala internacional y los difunde a todos niveles”: reproduce y manipula valores y creencias, modelos de comportamiento y pensamiento político, etc.
Supermán (la criatura que inventaron “el escritor estadounidense Jerry Siegel y el artista canadiense Joe Shuster en 1933” y que vendieron en 1938) no es un simple personaje de ficción, es una imagen simbólica de muy especial interés. El mito de Supermán, como explica Humberto Eco, gravita sobre múltiples aspectos de la sociedad:
“El héroe dotado con poderes superiores a los del hombre común es una constante de la imaginación popular, desde Hércules a Sigfrido, desde Orlando a Pantagruel y a Peter Pan.
A veces las virtudes del héroe se humanizan, y sus poderes, más que sobrenaturales, constituyen la más alta realización de un poder natural, la astucia, la rapidez, la habilidad bélica, o incluso la inteligencia silogística y el simple espíritu de observación, como en el caso de Sherlock Holmes.
Pero, en una sociedad particularmente nivelada, en la que las perturbaciones psicológicas, las frustraciones y los complejos de inferioridad están a la orden de día; en una sociedad industrial en la que el hombre se convierte en un número dentro del ámbito de una organización que decide por él; en la que la fuerza individual, si no se ejerce en una actividad deportiva, queda humillada ante la fuerza de la máquina que actúa por y para el hombre, y determina incluso los movimientos de éste; en una sociedad de está clase, el héroe positivo debe encarnar, además de todos los límites imaginables, las exigencias de potencia que el ciudadano vulgar alimenta y no puede satisfacer.
“Superman es el mito típico de esta clase de lectores: Superman no es un terrícola, sino que llegó a la Tierra, siendo niño, procedente del planeta Kriptón. Kriptón estaba a punto de ser destruido por una catástrofe cósmica, y su padre, docto científico, consiguió poner a salvo a su hijo confiándolo a un vehículo espacial.
Aunque crecido en la Tierra, Superman está dotado de poderes sobrehumanos. Su fuerza es prácticamente ilimitada, puede volar por el espacio a una velocidad parecida a la de la luz, y cuando viaja a velocidades superiores a ésta traspasa la barrera del tiempo y puede transferirse a otras épocas. Con una simple presión de la mano, puede elevar la temperatura del carbono hasta convertirlo en diamante; en pocos segundos, a velocidad supersónica, puede cortar todos los árboles de un bosque, serrar tablones de sus troncos, y construir un poblado o una nave; puede perforar montañas, levantar transatlánticos, destruir o construir diques; su vista de rayos X, le permite ver a través de cualquier cuerpo, a distancias prácticamente ilimitadas, y fundir con la mirada objetos de metal; su superoído, le coloca en situación ventajosísima para poder escuchar conversaciones, cual fuere el punto donde se celebran. Es hermoso, humilde, bondadoso y servicial. Dedica su vida a la lucha contra las fuerzas del mal, y la policía tiene en él un infatigable colaborador.
“No obstante, la imagen de Superman puede ser identificada por el lector. En realidad, Superman vive entre los hombres, bajo la carne mortal del periodista Clark Kent. Y bajo tal aspecto es un tipo aparentemente medroso, tímido, de inteligencia mediocre, un poco tonto, miope, enamorado de su matriarcal y atractiva colega Lois Lañe, que le desprecia y que, en cambio, está apasionadamente enamorada de Superman. Narrativamente, a doble identidad de Superman tiene una razón de ser, ya que permite articular de modo bastante variado las aventuras del héroe, los equívocos, los efectos teatrales, con cierto suspense de novela policíaca. Pero desde el punto de vista mitopoético, el hallazgo tiene mayor valor: en realidad, Clark Kent personifica, de forma perfectamente típica, al lector medio, asaltado por los complejos y despreciado por sus propios semejantes; a lo largo de un obvio proceso de identificación, cualquier funcionario de cualquier ciudad americana alimenta secretamente la esperanza de que un día, de los despojos de su actual personalidad, florecerá un superhombre capaz de recuperar años de mediocridad”.
Una variante más adulta y actual de Superman, no tan bondadosa, respetuosa y pasiva no es ajena a la carrera  presidencial en la que compiten un super hombre y una supermujer que se dicen dispuestos a mantener o recuperar la supremacía de cierto país en el mundo.
Ante esa perspectiva, quizás por eso es más apropiado que, en vez de apocalípticos e integrados, se hable hoy de apocalípticos y posibles desintegrados.

sábado, 16 de febrero de 2019

EL MERCADER DE MUJERES

Pedro Conde Sturla
25/06/2009

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Juan José Arreola es uno de mis autores favoritos, uno de esos que se leen y releen a través de los años sin que disminuya la capacidad de asombro ante la forma en que el genial escritor da rienda suelta a su imaginación con tanta facilidad y felicidad de expresión. En general, esa es la manera en que maneja y formula –en todos sus libros— los más extraños conceptos, frases ingeniosísimas y sorprendentes. Así, del maravilloso sapo dice en “Bestiario”: “Salta de vez en cuándo, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido; viéndolo bien, el sapo es todo corazón”.
De los dulces y apacibles osos afirma que “por más adultos y atléticos que sean, conservan algo de bebé: ninguna mujer se negaría a dar a luz un osito”.
El búho le merece toda una disquisición filosófica: “Antes de devorarlas, el búho digiere mentalmente a sus presas. Nunca se hace cargo de una rata entera si no se ha formado un previo concepto de cada una de sus partes. La actualidad del manjar que palpita en sus garras va haciéndose pasado en la conciencia y preludia la operación analítica de un lento devenir intestinal”.
Como dijo alguien. con mucho acierto, Arreola no tiene igual en el deporte del cuento por la manera en que practica el humor, la ironía, la sátira, el género parabólico que tan bien se le daba al rabí de Galilea. Uno de sus mejores o quizás el mejor de sus cuentos parabólicamente deportivos es la graciosa y terrible “Parábola del trueque”, que leemos en “Confabulario”. Un mercader pasa por un pueblo anunciando que cambia mujeres nuevas por mujeres viejas, y todos sus habitantes, con excepción del esposo de Sofía, aceptan el trueque pagando una diferencia. Pero Sofía no agradece la actitud del marido. Sabe que no se ha atrevido por cobardía y en el fondo lo desprecia, esa es la paradoja, no lo perdona por no haberla cambiado. Arreola hace un guiño en este relato simbólico a los hombres y a las mujeres, pero es difícil establecer si se burla de los primeros o de las segundas o de ambos.

Parábola del trueque

Al grito de «¡Cambio esposas viejas por nuevas!» el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.
Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.
Al ver la adquisición de su vecino, los hombres corrían desaforados en pos del traficante. Muchos quedaron arruinados. Sólo un recién casado pudo hacer cambio a la par. Su esposa estaba flamante y no desmerecía ante ninguna de las extranjeras. Pero no era tan rubia como ellas.
Yo me quedé temblando detrás de la ventana, al paso de un carro suntuoso. Recostada entre almohadones y cortinas, una mujer que parecía un leopardo me miró deslumbrante, como desde un bloque de topacio. Presa de aquel contagioso frenesí, estuve a punto de estrellarme contra los vidrios. Avergonzado, me aparté de la ventana y volví el rostro para mirar a Sofía.
Ella estaba tranquila, bordando sobre un nuevo mantel las iniciales de costumbre. Ajena al tumulto, ensartó la aguja con sus dedos seguros. Sólo yo que la conozco podía advertir su tenue, imperceptible palidez. Al final de la calle, el mercader lanzó por último la turbadora proclama: «¡Cambio esposas viejas por nuevas!». Pero yo me quedé con los pies clavados en el suelo, cerrando los oídos a la oportunidad definitiva. Afuera, el pueblo respiraba una atmósfera de escándalo.
Sofía y yo cenamos sin decir una palabra, incapaces de cualquier comentario.
-¿Por qué no me cambiaste por otra? -me dijo al fin, llevándose los platos.
No pude contestarle, y los dos caímos más hondo en el vacío. Nos acostamos temprano, pero no podíamos dormir. Separados y silenciosos, esa noche hicimos un papel de convidados de piedra.
Desde entonces vivimos en una pequeña isla desierta, rodeados por la felicidad tempestuosa. El pueblo parecía un gallinero infestado de pavos reales. Indolentes y voluptuosas, las mujeres pasaban todo el día echadas en la cama. Surgían al atardecer, resplandecientes a los rayos del sol, como sedosas banderas amarillas.
Ni un momento se separaban de ellas los maridos complacientes y sumisos. Obstinados en la miel, descuidaban su trabajo sin pensar en el día de mañana.
Yo pasé por tonto a los ojos del vecindario, y perdí los pocos amigos que tenía. Todos pensaron que quise darles una lección, poniendo el ejemplo absurdo de la fidelidad. Me señalaban con el dedo, riéndose, lanzándome pullas desde sus opulentas trincheras. Me pusieron sobrenombres obscenos, y yo acabé por sentirme como una especie de eunuco en aquel edén placentero.
Por su parte, Sofía se volvió cada vez más silenciosa y retraída. Se negaba a salir a la calle conmigo, para evitarme contrastes y comparaciones. Y lo que es peor, cumplía de mala gana con sus más estrictos deberes de casada. A decir verdad, los dos nos sentíamos apenados de unos amores tan modestamente conyugales.
Su aire de culpabilidad era lo que más me ofendía. Se sintió responsable de que yo no tuviera una mujer como las de otros. Se puso a pensar desde el primer momento que su humilde semblante de todos los días era incapaz de apartar la imagen de la tentación que yo llevaba en la cabeza. Ante la hermosura invasora, se batió en retirada hasta los últimos rincones del mudo resentimiento. Yo agoté en vano nuestras pequeñas economías, comprándole adornos, perfumes, alhajas y vestidos.
-¡No me tengas lástima!
Y volvía la espalda a todos los regalos. Si me esforzaba en mimarla, venía su respuesta entre lágrimas:
-¡Nunca te perdonaré que no me hayas cambiado!
Y me echaba la culpa de todo. Yo perdía la paciencia. Y recordando a la que parecía un leopardo, deseaba de todo corazón que volviera a pasar el mercader.
Pero un día las rubias comenzaron a oxidarse. La pequeña isla en que vivíamos recobró su calidad de oasis, rodeada por el desierto. Un desierto hostil, lleno de salvajes alaridos de descontento. Deslumbrados a primera vista, los hombres no pusieron realmente atención en las mujeres. Ni les echaron una buena mirada, ni se les ocurrió ensayar su metal. Lejos de ser nuevas, eran de segunda, de tercera, de sabe Dios cuántas manos... El mercader les hizo sencillamente algunas reparaciones indispensables, y les dio un baño de oro tan bajo y tan delgado, que no resistió la prueba de las primeras lluvias.
El primer hombre que notó algo extraño se hizo el desentendido, y el segundo también. Pero el tercero, que era farmacéutico, advirtió un día entre el aroma de su mujer, la característica emanación del sulfato de cobre. Procediendo con alarma a un examen minucioso, halló manchas oscuras en la superficie de la señora y puso el grito en el cielo.
Muy pronto aquellos lunares salieron a la cara de todas, como si entre las mujeres brotara una epidemia de herrumbre. Los maridos se ocultaron unos a otros las fallas de sus esposas, atormentándose en secreto con terribles sospechas acerca de su procedencia. Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había recibido una mujer falsificada.
El recién casado que se dejó llevar por la corriente del entusiasmo que despertaron los cambios, cayó en un profundo abatimiento. Obsesionado por el recuerdo de un cuerpo de blancura inequívoca, pronto dio muestras de extravío. Un día se puso a remover con ácidos corrosivos los restos de oro que había en el cuerpo de su esposa, y la dejó hecha una lástima, una verdadera momia.
Sofía y yo nos encontramos a merced de la envidia y del odio. Ante esa actitud general, creí conveniente tomar algunas precauciones. Pero a Sofía le costaba trabajo disimular su júbilo, y dio en salir a la calle con sus mejores atavíos, haciendo gala entre tanta desolación. Lejos de atribuir algún mérito a mi conducta, Sofía pensaba naturalmente que yo me había quedado con ella por cobarde, pero que no me faltaron las ganas de cambiarla.
Hoy salió del pueblo la expedición de los maridos engañados, que van en busca del mercader. Ha sido verdaderamente un triste espectáculo. Los hombres levantaban al cielo los puños, jurando venganza. Las mujeres iban de luto, lacias y desgreñadas, como plañideras leprosas. El único que se quedó es el famoso recién casado, por cuya razón se teme. Dando pruebas de un apego maniático, dice que ahora será fiel hasta que la muerte lo separe de la mujer ennegrecida, ésa que él mismo acabó de estropear a base de ácido sulfúrico.
Yo no sé la vida que me aguarda al lado de una Sofía quién sabe si necia o si prudente. Por lo pronto, le van a faltar admiradores. Ahora estamos en una isla verdadera, rodeada de soledad por todas partes. Antes de irse, los maridos declararon que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador. Y realmente, todos ponían al decirlo una cara de condenados.
Sofía no es tan morena como parece. A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va llenando de reflejos. Como si del sueño le salieran leves, dorados pensamientos de orgullo.

Chapita (10)



Grupo guerrillero de Vicente Evangelista

Una mujer en la guerrilla, con revolver al cinto

La carta de solicitud de Chapita a la Guardia Nacional fue acogida favorablemente en pocos días, casi como si la hubieran estado esperando. Ciertas influencias, como las de Teódulo Pina Chevalier, del capitán James J. MacLean y posiblemente del capitán Fred Merkle no fueron insignificantes. Teódulo era su tío materno, el hermano de Plinio, y mantenía las mejores relaciones con las tropas del imperio y era sobre todo amigo de MacLean, mientras que Merkle, el fatídico Merkle, era amante o cliente asiduo de Nieves Luisa. Por esto último decía Ramón Alberto Ferreras que Trujillo se enganchó a la guardia gracias a las nalgas de su hermana. (Nieves Luisa en su mejor época). De cualquier manera, no cabe duda que Chapita era el tipo de hombre que los marines estaban buscando. Un tipo de moral plegadiza o simplemente inmoral, carente de escrúpulos, de empatía, dispuesto a jurar y a matar por la bandera de sus amos.

Chapita recibió su nombramiento como segundo teniente a  
fines de diciembre de 1918 y se juramentó en enero del 
siguiente año. En un registro de la Guardia Nacional aparece 
junto a un total de dieciséis segundo tenientes con el número 
quince. En el examen médico de rutina se hizo constar que su 
 estado de salud era satisfactorio, tenía cinco pies y siete 
pulgadas de altura y pesaba ciento veinteseis libras. Estos 
datos, en caso de ser ciertos, pondrían en evidencia que  
estaba bastante flaco.

La Guardia Nacional Dominicana tenía, entre otras cosas, la 

misión de colaborar con las tropas interventoras que 
perseguían en la región Este a los llamados gavilleros 
dominicanos que defendían su territorio con las armas en la 
mano. De modo que, persiguiendo patriotas y gente que 
luchaba por no morirse de hambre se ganó Chapita la  
confianza del imperio norteamericano.

Desde el principio, según los reportes oficiales, llamó la 

atención por “la corrección y limpieza de su uniforme y su 
persona, su bien templada disciplina”, por ser 
“extremadamente cuidadoso y correcto”. El mayor Watson, 
Thomas E. Watson, dijo que lo consideraba como “uno de los 
mejores oficiales en servicio. Casi todos los reportes hablaban
 de su eficiencia, eficiencia y obediencia al servicio de sus 
amos.

Entre 1920 y 1921, mientras Chapita estaba de servicio en el 
Seibo, tuvo lugar la intensificación de la lucha contra los gavilleros. A esa época -dice Crassweler- pertenece una serie de leyendas que se crearon para glorificar su figura egregia. El solo o con un grupo de valientes habría capturado toda una banda de rebeldes, habría penetrado en la jungla, en la oscuridad, enfrentado la muerte a cada paso mientras avanzaba. Finalmente arrestó y esposó o encadenó a todos los supuestos criminales. A nadie mató, a nadie hizo mal este hombre de tanto valor.
Crassweler considera que esos relatos no son, por supuesto, más que fantasías. Asegura que Chapita, en ese tiempo, era un oscuro segundo teniente y nunca ejerció el mando en ninguna actividad contra los gavilleros y que su rol en la campaña fue mínima.
Participó, eso sí, en cierta especie de operación militar por la que recibió felicitaciones del mayor Watson. Una de tantas operaciones consistentes en la destrucción o quema de bohíos (con los marines al mando) para infundir terror entre los campesinos que apoyaban o se creía que apoyaban a los gavilleros. Ese tipo de iniciativa terrorista era algo rutinario que se hacía por lo menos semanalmente y que tenía efectos contraproducentes porque motivaba a mayor número de hombres y también mujeres a sumarse a la guerrilla.
Las tropelías que tenían lugar iban más allá de lo que podría suponerse. El aislamiento de la zona y el difícil acceso a la misma impedía o dificultaba en grado extremo las labores de contrainsurgencia y al mismo tiempo permitía cometer con impunidad todo tipo de horrores. Lo que se estableció en el este del país fue -como dice Crassweller-, un reino de terror que recrudeció en los años de 1920 y 1921. Los marines del imperio, ahora auxiliados por la Guardia Nacional, se especializaban en abusos y crueldades, torturas de las clases más brutales, y hay razones de peso para suponer que Chapita no se mantuvo ni le iban a permitir mantenerse al margen.
Cientos de personas fueron vejadas, apresadas, asesinadas, martirizadas con hierros al rojo vivo, obligadas a beber agua hasta reventar, arrastradas por caballos desbocados, incluso descuartizadas, todo un baño de sangre en gran estilo. El historiador Roberto Cassá afirma que en muchas ocasiones los infantes de marina quemaron bohíos pertenecientes a gavilleros o a familiares de gavilleros con todo y gente adentro.
El hecho es que las noticias de las barbaries que se cometían se esparcieron por el país a través de radio bemba, el rumor público, y llegaron a conocimiento del congreso norteamericano y fueron también confirmadas por investigadores del congreso norteamericano.
La dotación militar, o parte de ella, fue objeto de una aspaventosa purga, una purga más o menos real o supuesta, y la persona que fue señalada como principal responsable, es decir, el principal chivo expiatorio, fue el capitán Fred Merkle, el ya mencionado amante o cliente asiduo de la mencionada Nieves Luisa. Merkle fue removido de su cargo, encerrado en la cárcel de Nigua y sometido a corte marcial en 1922.
Era tan evidentemente culpable y había cometido tantas atrocidades que sus compañeros decidieron ahorrarle el sufrimiento y evitar de paso un mayor escándalo, ventilando en un juicio sus incontables fechorías, y le proporcionaron un arma en su celda: una invitación a que se suicidara volándose los sesos. En una palabra, lo sacrificaron en aras del bien común, lavaron con su sangre la mancha en el supuesto honor de los marines. Alguien asegura que fue el primer suicida de la cárcel de Nigua, el primero de muchos que se suicidarían o serían suicidados en la oprobiosa cárcel de Nigua.
Mientras tanto, en las provincias de San Pedro de Macorís y el Seibo continuaron las expediciones punitivas de los marines y la Guardia Nacional contra los insurrectos y los pobladores locales, que sufrían los efectos colaterales. Muchos gavilleros (y un incierto número de marines), fueron muertos en combate o pasados por las armas, pero no fueron las armas las que determinaron el cese de la lucha (que había durado ya cinco o más años), sino las negociaciones y concesiones. Al final, en 1922, el gobierno de ocupación ofreció una amnistía general que formaba parte del Plan Hughes-Peynado, con el que se instauró un gobierno provisional y se puso fin a la primera (o segunda) intervención militar yanqui.
El legado de miedo y odio y un resentimiento visceral permanecieron iguales o intactos por mucho tiempo en la zona, hasta que la desmemoria y el olvido fueron haciendo su trabajo, borrando poco a poco el pasado.
Bibliografía:
Luis D. Santamaría, “Los ‘Gavilleros
del Este’, ejemplo de patriotismo”.
https://elnuevodiario.com.do/
los-gavilleros-del-este-ejemplo-de-patriotismo/
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictato.



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miércoles, 13 de febrero de 2019

BORGES Y EL ELOGIO DE LA SENCILLEZ

Pedro Conde Sturla
26 de febrero 209

Siempre he admirado en Borges el culto de la sencillez, el amor por la palabra limpia que encaja a la perfección en el contexto, la precisión y liviandad de la prosa, la fuerza o autoridad del decir, la erudición que abre camino al andar, sin apabullar al lector, la ingeniería verbal tan aparentemente simple y tan difícil de lograr, la escritura sin ripios ni desperdicios, escrituralmente esencial.Imagen relacionada
La literatura, en manos de Borges, es una cosa viva que se actualiza permanentemente. De los más antiguos y olvidados textos hace brotar las novedades que encierran, la modernidad del pensamiento o de la técnica que anticipan desde la noche de los tiempos. Recuérdese que, para Borges, “Toda novedad no es sino olvido”.
De Borges puede decirse lo mismo que él dice de Voltaire: “La felicidad de escribir nunca lo abandonó”. Y desde luego tampoco lo abandonó la felicidad de leer, la insaciable curiosidad que lo condujo a la “exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas”, como dice en el prologo de “Biblioteca personal”, una obra póstuma y además inconclusa. Setenta y cuatro reseñas de un total “de cien que habrían de constituir una colección cerrada escogida por él mismo”.
En esta obra brillan precisamente la agudeza, la concisión, el minimalismo que tanto caracterizan el estilo de Borges, un ideal de estilo que se insinúa una y otra vez en muchas páginas de esta “Bilioteca personal” que  con tanta alegría se deja leer.
Por ejemplo, refiriéndose también a Voltaire, Borges alude a su propio criterio del gusto, a su preferencia en materia estilística:
“Una de las vanidades del vulgo y de las academias es la incómoda posesión de un vocabulario copioso. En el siglo XVI, Rabelais estuvo a punto de imponer ese error estadístico; la mesura de Francia lo rechazó y prefirió la austera precisión a la profusión de palabras. El estilo de Voltaire es el más alto y límpido de su lengua y consta de palabras sencillas, cada una en su lugar.”
En relación a Kafka expresa un criterio semejante:
“El destino de Kafka fue transmutar las circunstancias y las agonías en fábulas. Redactó sórdidas pesadillas en un estilo límpido. No en vano era lector de las escrituras y devoto de Flaubert, de Goethe, de Swift.
De André Gide dice que “Siempre fue fiel (…) a la buena tradición de la claridad.”
Para Borges, “El hecho de que Wells fuera un genio no es menos admirable que el hecho de que siempre escribiera con modestia, a veces irónica.”
De “La prosa de Fray Luis” dice que “es, por lo común, de una serenidad ejemplar”.
De un curioso autor, Enoch A. Bennett, pondera “su estilo sereno, que pasa inadvertido como el cristal.”
En el capítulo dedicado a los relatos de Kipling escribe lo siguiente:
“George Moore dijo que Kipling era, después de Shakespeare, el único autor inglés que escribía con todo el diccionario. Sabía administrar sin pedantería esa profusión léxica. Cada línea ha sido sopesada y limada con lenta probidad.”
En la penúltima reseña elogia la calidad de la escritura comprensible:
            “Como David Hume, como Schopenhauer, William James fue un pensador y un escritor. Escribió con la claridad que requiere la buena educación; no fabricó dialectos incómodos, a la manera de Spinoza, de Kant o de la escolástica.”
            Esto es algo que deberían tener presente algunos críticos del patio que, en lugar de conceptos, manejan frases cohetes y teorías tautológicas omnicomprensivas de la literatura. Para Borges, ya se ha visto, las claves de un estilo bien templado remiten a palabras tan humildes como “mesura”, “austera precisión”, “alto y límpido”, “sencillas”, “claridad”, “modestia”, “serenidad”, “sereno”, “probidad”.
En el prólogo de “Biblioteca personal” Borges congrega, cita, en el más depurado decir borgiano, todos los motivos esenciales que alimentan su pasión, su insaciable apetito literario, su entrega incondicional al “placer del texto”, un placer que quiere comunicar, un placer que quiere, cómplicemente, contagiarnos.
Invito a los lectores a degustarlo, apreciarlo, saborearlo, paladearlo palabra por palabra. Luego traten de leer a Diógenes Céspedes en las páginas de Areíto.

Prólogo
A 1o largo del tiempo, nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir. Los textos de esa íntima biblioteca no son forzosamente famosos. La razón es clara. Los profesores, que son quienes dispensan la fama, se interesan menos en la belleza que en los vaivenes y en las fechas de la literatura y en el prolijo análisis de libros que se han escrito para ese análisis, no para el goce del lector.
La serie que prologo y que ya entreveo quiere dar ese goce. No elegiré los títulos en función de mis hábitos literarios, de una determinada tradición, de una determinada escuela, de tal país o de tal época. Que otros se  jacten de 1os libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer, dije alguna vez. No se si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector. Deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas. Se que la novela no es menos artificial que la alegoría o la ópera, pero incluiré novelas porque también ellas entraron en mi vida. Esta serie de libros heterogéneos es, lo repito, una biblioteca de preferencias.
María Kodama y yo hemos errado por el globo de la tierra y del agua. Hemos llegado a Texas y al Japón, a Ginebra, a Tebas, y, ahora, para juntar los textos que fueron esenciales para nosotros, recorreremos las galerías y los palacios de la memoria, como San Agustín escribió.
Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. La rosa es sin porqué, dijo Angelus Silesius; siglos después, Whistler declararía El arte sucede.
Ojalá seas el lector que este libro aguardaba.
J. L. B.

pcs, jueves, 26 de febrero de 2009

martes, 12 de febrero de 2019

Vance Packard: Los persuasores ocultos

Pedro Conde Sturla
9 de  febrero 2014

En el idioma del imperio, terroristas se les llama a las víctimas del terrorismo.

En el lejano año de 1957, un periodista e incisivo crítico social llamado Vance Packard (1914–1996) estremeció a la opinión pública norteamericana con un libro titulado “The Hidden Persuaders”, “Los persuasores ocultos”, que en Argentina fue traducido como “Las formas ocultas de la propaganda” y que a pesar del tiempo transcurrido y la campaña de descrédito a que ha sido sometido, tiene todavía vigencia y causa urticaria entre los estrategas del consumismo y el conformismo. Es decir, los medios de comunicación de masas y los publicistas.
“Este libro -dice Vance Packard- intenta explorar un campo nuevo, extraño y más bien exótico de la vida norteamericana. Trata de los esfuerzos que, en gran escala y a menudo con éxito impresionante, se realizan para canalizar nuestras decisiones en tanto que compradores, así como nuestros procesos mentales, mediante el uso de conocimientos extraídos de la psiquiatría y de las ciencias sociales. Los esfuerzos suelen aplicarse en un plano que escapa a nuestra conciencia, de modo tal que las incitaciones son frecuentemente y en cierto sentido ‘ocultas’, con lo que resulta que a muchos de nosotros se nos influye y se nos manipula en mayor medida de lo que nos damos cuenta, en lo que se refiere a las pautas de nuestra vida diaria.
Algunas manipulaciones ensayadas son sencillamente divertidas; otras, turbadoras, en especial si se las considera como anticipadoras de lo que se nos depara en escala más intensa y efectiva, pues equipos de hombres de ciencia han  
suministrado ya instrumentos pavorosos.”
(La manipulación por vía sexual es una de las técnicas más burdas y socorridas del reclamo publicitario. Nótese que en el metamensaje del anuncio de Burger King se alude desde la gráfica y desde el texto a la fellatio o felación).
Packard denuncia a un grupo de especialistas en comportamiento humano (sociólogos, analistas de tono de voz, segmentadores psicográficos psicolingüistas, neurofisiólogos, comunicadores subliminales, psicobiólogos, hipnotécnicos, acondicionadores operantes, especialistas psicométricos, especialistas en comprensión de mensajes) entre los que sentaron la base del “análisis motivacional del consumidor” y otras técnicas más sofisticadas “para manipular la expectación e inducir al deseo de compra” de productos innecesarios que obedece a lo que llama “ocho necesidades compulsivas que la publicidad promete realizar… El libro también explora técnicas de manipulación para promover políticos…y cuestiona su moralidad.” (http://en.wikipedia.org/wiki/Vance_Packard).
“Publicidad, propaganda, ingeniería social, se llame como se llame esta actividad no solo modificó nuestros hábitos de consumo sino también nuestros valores y mentalidad política…. El individuo se convertirá así en consumidor no solo de productos y servicios sino también de partidos y líderes políticos. Así el discurso ideológico queda desposeído de racionalidad y se transformará en eslogan.”
(http://www.meneame.net/story/formas-ocultas propaganda-the-hidden-persuaders-vance-packard)
Los persuasores ocultos, como se verá a continuación, inventaron la trampa del supermercado al cabo de años de investigación con cámaras disimuladas, entrevistas “inocentes” realizadas por sicólogos con los clientes y estudios de reacción ante colores y marcas y hasta la forma de pestañar de los consumidores.  Después de leer el siguiente capítulo del libro de Vance Packard, muchos quedarán asombrados, anonadados, por haber aprendido algo que no saben ni siquiera los dueños de supermercados nacionales, aunque, desde luego, inconscientemente lo ponen en práctica.
Hipnosis en el supermercado
Los investigadores de DuPont han descubierto que la compradora de mediados de este siglo no se molesta en hacer una lista o por lo menos en hacer una lista completa lo que necesita comprar. En efecto, menos de una compradora de cada cinco lleva una lista, pero de todas maneras las amas de casa siempre se las arreglan para llenar sus carritos hasta el tope, exclamando a menudo: “¡Por cierto, nunca me imaginé que compraría tanto!” ¿Por qué no necesita el ama de casa una lista? DuPónt da esta tajante respuesta: “¡Porque siete de cada diez compras se deciden dentro del negocio, en donde los clientes actúan según sus impulsos!”
(…)
James Vicary quiso averiguar la razón de tal incremento en las compras impulsivas. Sospechó que algo especial pasaba en la psicología de las mujeres que entraban al supermercado. Columbró que quizás sufrieran un aumento de la tensión al enfrentarse con tantas posibilidades, de modo que se veían obligadas a realizar las compras de prisa. La mejor manera de descubrir lo que pasaba dentro de la compradora sería utilizar un galvanómetro o detector de mentiras, lo cual era evidentemente poco práctico. Otro procedimiento casi tan ventajoso era usar una cámara cinematográfica oculta para registrar el promedio del parpadeo de las clientes mientras compraban. La rapidez del parpadeo es un índice bastante preciso de la tensión interna. Según el señor Vicary, la persona corriente parpadea normalmente alrededor de treinta y dos veces por minuto. Si se siente tensa parpadea con más frecuencia; bajo tensiones extremas llega a hacerlo hasta cincuenta o sesenta veces por minuto. En cambio, si su estado es de completa placidez, su parpadeo puede reducirse a veinte veces o menos aun.
Vicary instaló sus cámaras cinematográficas y comenzó a seguir a las damas a medida que entraban en las grandes tiendas. Los resultados lo dejaron perplejo, incluso a él. El parpadeo de las compradoras, en lugar de aumentar e indicar una tensión creciente, bajaba más y más, hasta llegar a un promedio anormal de catorce veces por minuto. Las damas habían caído en lo que Vicary llama un trance hipnagógico, es decir, habían llegado a la primera etapa de la hipnosis. Vicary dedujo que la principal razón de este trance era que en el supermercado, país de maravillas, están al alcance de la mano productos que en años anteriores sólo los reyes y reinas se daban el lujo de adquirir. La teoría de Vicary es la siguiente: ‘Justamente en esta generación, cualquiera puede ser rey o reina y pasearse por estos almacenes en donde los productos claman a gritos ‘cómprame, cómprame.”
Es interesante saber que muchas de dichas clientas estaban tan hipnotizadas que pasaban al lado de vecinas y viejas amistades sin notarlas o saludarlas. Algunas tenían la mirada un poco vidriosa. Estaban tan ensimismadas mientras recorrían el almacén recogiendo al azar artículos de los estantes que hasta tropezaban con cajas sin verlas y ni siquiera reparaban en la cámara que las filmaba, aunque en algunos casos su cara pasara a un pie y medio del lugar en donde estaba funcionando el murmurante motor. Cuando las amas de casa llenaban sus carritos se dirigían hacia la caja, el parpadeo comenzaba a aumentar hasta unas veinticinco veces por minuto. Luego, al oír el sonido de la caja registradora y la voz del cajero pidiendo el dinero, el parpadeo subía sobre lo normal, a unas cuarenta y cinco veces por minuto. En muchos casos sucedió que las mujeres no tenían suficiente dinero para pagar todas las lindas cosas que habían adquirido. Teniendo en cuenta esta fuente de impulsos adquisitivos que es el supermercado, los psicólogos se han asociado con los peritos en comercialización para convencer al ama de casa que compre productos que no necesita o que incluso puede no desear hasta que los ve, invitadores, en los estantes. Los sesenta millones de mujeres norteamericanas que hacen sus compras en los grandes almacenes todas las semanas reciben la “ayuda” para realizarlas de psicólogos y psiquíatras contratados por los comerciantes en productos alimenticios. El 18 de mayo de 1956, The New York Times publicó una notable entrevista con un joven llamado Gerald Stahl, vicepresidente ejecutivo de Package Designers Council, en la que éste afirmó: “Los psiquíatras dicen que la variedad de la provisión es tan grande que la gente necesita ayuda, para elegir, es decir, quieren dar con el paquete que los hipnotice y se les meta entre las manos.” Instó por lo tanto a los envasadores de alimentos a que hicieran más hipnotizantes los diseños de sus envases, de modo que el ama de casa alargue su mano y los elija entre sus muchos rivales. (Vance Packard, Las formas ocultas de la propaganda capítulo diez de la traducción de Martha Mercader de Sánchez-Albornoz para la editorial Sudamericana).
A Sergio y Alfonso, persuasores no ocultos.



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sábado, 9 de febrero de 2019

Chapita (10)


Acorazado de la Marina de Guerra de Estados Unidos en aguas territoriales de la República Dominicana, el 3 de mayo de 1916, día de desembarco de las tropas norteamericanas.
El empleo de guarda campestre traía aparejado un salario de treinta dólares mensuales y convertía al maleante, casi por arte de magia, en un agente del orden público, una combinación de vigilante y policía privado, toda una autoridad en el cerrado y estrecho mundo del central azucarero.
El guarda campestre, dice Crassweller, trabajaba doce horas al día todos los días de la semana y también de noche cuando era necesario. Llevaba uniforme de mezclilla azul (especie de tela de jeans o vaqueros) y una placa que representaba la ley, el orden. Era una figura familiar que aparecía en cualquier lugar a caballo, con un poncho o capote enrollado en la silla para el caso de que lloviera, lo cual era casi constante o por lo menos muy frecuente en esa época.
El trabajo de guarda campestre, según Crassweler, no era algo de mucho prestigio, aunque tampoco era objeto de desdén. Más bien infundía respeto o temor o ambas cosas, porque el guarda campestre era en general una persona deshonesta, carente de sensibilidad y escrúpulos, muchas veces un abusador, cuando no un vulgar matarife. Sin embargo, mucho debió contribuir esta posición a la afirmación o reafirmación del orgullo y autoestima de Chapita. Y sin lugar a dudas lo preparó para la siguiente y definitiva etapa de su vida: la carrera militar.
Como guarda campestre, dice Crassweler, Chapita desempeñaba múltiples funciones. Tenía que proteger el dinero de la paga que se distribuía semanalmente en los bateyes, prevenir y detener peleas que se producían con frecuencia en fiestas y galleras, mantener a raya a los agitadores que se infiltraban en los bateyes a predicar doctrinas foráneas. Mantener el orden, en general. El mantenimiento del régimen opresivo de cualquier central azucarero.
Todo parece indicar que el guarda campestre se beneficiaba de las ganancias que generaban las peleas de gallos y juegos de azar ( las llamadas rifas de aguante) y de seguro no era ajeno a ciertos tipos de negocios turbios como la extorsión o la usura. Chapita se convertiría entonces en esa figura tenebrosa que es posible imaginar, una figura lúgubre, a veces bajo la lluvia, con un capote que semejaba un traje de difunto, la tétrica silueta a caballo, armado hasta los dientes bajo el sol o la lluvia o al amparo de las sombras. Casi un señor de horca y cuchillo.
Pero Chapita sólo duraría un par de años en ese empleo. Los yanquis le conseguirían, o se lo conseguiría él mismo, otro mejor, uno que le duró toda la vida.
Los yanquis gobernaban entonces directamente el país. Habían desembarcado en Santo Domingo (igual que habían hecho en Haití) para convertirlo definitivamente en un enclave azucarero, pero con el pretexto siempre loable de establecer el orden y preservar las instituciones o restaurar la democracia. Luego, en el fatídico 29 de noviembre de 1916 (casi en el mismo período en que Chapita había conseguido su trabajo de guarda campestre), un capitán de navío llamado Harry Shepard Knapp emitió una proclama desde un buque llamado Olimpia. La proclama de Knapp desconocía, en nombre de su gobierno, a la República Dominicana como estado soberano y establecía un régimen militar de ocupación que duraría ocho años.
Los soldados del imperio procedieron de inmediato a disolver el ejército y a desarmar en la medida de lo posible a toda la población, crearon una especie de servicio de espionaje para vigilar a los opositores bajo un régimen de dictadura férrea que implicaba censura, amenazas, encarcelamientos, torturas y asesinatos.
Ocupar el país de los dominicanos fue un poco más fácil que someterlos. Se produjeron episodios de oposición y levantamientos y protestas en diferentes zonas. Pero fue en el este, en las provincias de San Pedro de Macorís y el Seibo, donde se le presentó al invasor la más enconada resistencia, una que corría pareja con la más feroz represión. En esas zonas, de muy difícil acceso, surgieron o se reavivaron numerosos focos de insurgencia que mantuvieron en jaque varios años a las tropas del imperio. En general los insurrectos recibían el mote despectivo de gavilleros, cuando no de ladrones o saqueadores, pero era muy heterogénea la composición de sus fuerzas. Había entre ellos verdaderos patriotas nacionalistas, bandas que habían hecho del pillaje una forma de vida, algún fanático religioso, y sobre todo campesinos que habían sufrido (igual que en otras partes del país) el despojo de sus tierras a manos de los capitalistas extranjeros vinculados al imparable desarrollo de la industria azucarera durante los primeros quince o veinte años del siglo.
El combate contra los gavilleros se llevó a cabo de una manera brutal, pero muy poco fue lo que pudieron hacer en principio las tropas del imperio.
Los insurrectos no presentaban un frente unido ni tenían, en general, un propósito político definido, aparte de la lucha por la supervivencia frente a los invasores. Además, actuaban sin coordinación entre ellos, en diferentes frentes guerrilleros y gozaban de amplio apoyo popular. Solían atacar y replegarse como quien dice a su antojo, asaltaban bateyes, ingenios y bodegas. Ocasionalmente incendiaban los inmensos plantíos de caña o chantajeaban a los administradores de los ingenios para que les pagaran a cambio de no hacerlo. Después se ocultaban en montañas y cuevas, en la espesura de un territorio densamente arbolado o quizás tupido de maleza punzante y de mosquitos, inhóspito y desconocido para las tropas del imperio.
Para enfrentar el problema y evitar que se generalizara en otras regiones del país, los altos mandos de las tropas de ocupación decidieron crear una guardia nacional y la crearon, una guardia nacional antinacional. Y así, oficialmente, Harry Shepard Knapp, el 7 de abril de 1917 emitió una orden ejecutiva, la número 27 del gobierno militar, que establecía la organización de un ejército de tropas cipayas llamado eufemísticamente Guardia Nacional Dominicana, pero comandada por oficiales norteamericanos. Tenía en principio unos ochocientos efectivos, un selecto grupo de personas de la peor ralea al servicio del imperio.
El reclutamiento de oficiales no fue tarea fácil, como dice Crassweler, porque los dominicanos con la requerida educación o formación eran renuentes a servir. De hecho, el repudio del pueblo contra la intervención era generalizado y una gran parte no disimulaba su hostilidad. En cambio, a Chapita y otros de su calaña les pareció ver el cielo abierto cuando se presentó la oportunidad de hacer carrera en esa guardia que llamaban nacional y se ofreció como voluntario.
La carta de solicitud que, con fecha 9 de diciembre de 1918 Chapita dirige al coronel C. F. Williams, comandante de la Guardia Nacional Dominicana, es todo un primor, algo que revela la candorosa hipocresía, el cinismo casi angelical de Chapita el grande.
Chapita solicita humildemente su ingreso, una humilde posición como oficial en la Guardia Nacional Dominicana. Pide excusas protocolares por molestarlo al Coronel Williams y afirma decorosamente que es un hombre al que no se le conocen vicios, que no fuma ni bebe y que no ha sido, sobre todo, de ninguna manera convicto, involucrado en ninguna corte por ningún tipo de delito.
Explica que en su ciudad nativa de San Cristóbal, a treinta kilómetros de distancia de esta ciudad de Santo Domingo, ha pertenecido y pertenece a la mejor sociedad, que tiene 27 años de edad y es casado. Un marido ejemplar seguramente.
Añade finalmente que en San Cristóbal y en la ciudad de Santo Domingo pueden dar testimonio de su conducta y buenas maneras Rafael A. Perdomo, Juez de instrucción de la primera jurisdicción, Eugenio A. Álvarez Álvarez, Secretario de la corte de primera instancia y el abogado Armando Rodríguez, consultor jurídico de la secretaría de estado de justicia.
Finalmente firma:
Sinceramente suyo 
Rafael L.Trujillo
El 18 de diciembre presenta otra carta, una de recomendación, escrita en papel timbrado, del gerente o administrador del Central Boca Chica, donde Chapita había trabajado como guarda campestre.
(Siete al anochecer [23])


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sábado, 2 de febrero de 2019

Chapita (8)

Chapita tenía dieciséis años en1907, apenas dieciséis años cumplidos. Es una fecha que marca un antes y un después en su vida. Fue entonces que decidió como quien dice sentar cabeza y dar por terminadas o suspendidas sus correrías juveniles en compañía de Virgilio Álvarez Pina.Sólo mucho tiempo después se convertiría en jefe de la sagrada familia, el jefe de la manada de la que se ha hablado tanto hasta aquí.

El hecho es que en 1907, gracias a la mediación de su tío Plinio Pina, consigue empleo como telegrafista. Durante tres años serviría, en efecto, en las oficinas de telégrafo de San Cristóbal, Baní y Santo Domingo donde ganaba la astronómica suma de veinticinco dólares mensuales. Nada despreciable para la época. Pero el puesto no colmaba sus aspiraciones ni el trabajo honrado como, ya se sabe, era su meta.
Poco tiempo después de tan amarga experiencia laboral, Chapita se involucraba en falsificación de cheques y se le consideraba sospechoso de haberle metido mano a un dinero en una oficina postal. Por el primer delito -dice Crassweller- fue condenado por un juez de San Pedro de Macorís, pero de alguna manera se libró de la cárcel.
Al término de su carrera de telegrafista y falsificador de cheques empieza lo que Crassweler denomina el período oscuro de su vida, aproximadamente seis años, entre 1910 y 1916.
Se supone que en ese tiempo hizo un poco de todo tipo de cosas malas, cometió todas las bellaquerías, se convirtió, junto a Petán, en el azote de los ganaderos en los alrededores de Santo Domingo y posiblemente en las provincias cañeras del Seibo y San Pedro de Macorís. Se convirtió, en resumen, en un delincuente profesional. Se supone o se sabe que en algún momento se hizo miembro de una pandilla de asaltantes y se supone que en los tribunales se acumularían acusaciones en su contra, pero no existe documentación al respecto. No hay documentos históricos y muy pocas referencias sobre esta parte de su vida. Es un periodo cuya documentación fue deliberadamente destruida en incendios provocados por los interesados para hacer desaparecer expedientes contra la familia.
Algo que sí se sabe a ciencia cierta es que cada día se iba haciendo de mayor fama como azote de todas las mujeres que se ponían a su alcance. Una de sus primeras víctimas fue Aminta Ledesma, a quien conoció en 1913 y con quien contrajo matrimonio. Siempre se dijo que su familia lo despreciaba cordialmente y sólo accedió a la unión porque la muchacha estaba en cinta. Deshonrada y en Cinta.
Con ella tuvo una hija llamada Julia Génova y otra llamada Flor de Oro. Crassweler cuenta que La primera murió al cabo de un año, no sin que el padre hiciera esfuerzos desesperados por llevarla a un médico, tratando de salvarla. Cosa que le impidió un temporal, la crecida de ríos que interrumpieron las comunicaciones y el transporte. Esa pérdida de la que fue su primera hija lo afectó sensiblemente.
Con la segunda tuvo muchas veces relaciones conflictivas y se decía que la hizo salir del país para no tener noticias de los frecuentes escándalos en que se veía envuelta o comprometida. Flor de Oro estuvo casada con el cantante Lope Balaguer después de haber caído en las garras de Porfirio Rubirosa, o viceversa, y por fortuna no tuvo hijos con él ni con ninguno de sus ocho maridos ni con ninguno de sus incontables amantes.
Por esa misma época -cuenta Crassweler- empiezan a manifestarse las primeras inquietudes políticas de Chapita.
Aparece firmado con su nombre, en el Listín Diario, un documento concerniente a una figura pública y hace campaña a favor de Horacio Vásquez. Lo motiva el oportunismo del trepador social, no el idealismo. En su caso, y en la mayoría de los casos, la política es una extensión, una variante, una rama de la delincuencia, una forma de ascender por la escalera social o perecer en el intento.
A Chapita le fue mal en principio. Participó en un levantamiento contra el presidente Juan Isidro Jimenes en 1915, una de las tantas montoneras que se levantaron y fueron aplastadas ese mismo año, y se vio obligado a huir y a esconderse. Después de un tiempo salió de su escondrijo y se presentó en condiciones piadosas ante el Ministro de justicia, que era Jacinto Peynado y pidió perdón humildemente.
El episodio, que Crassweler relata, resulta a la vez extraño y sorprendente. Todas las fuentes conocidas describen a Chapita como un tipo limpio, aseado, atildado, acicalado, preocupado en grado extremo desde la infancia o adolescencia por la apariencia, esmerado en el vestir. Incluso cuando era pobre las pocas ropas que tenía estaban siempre en excelente condición. Su gran amistad con su tío Plinio Pina -dice Crassweller- sólo se alteraba, así fuera discretamente, cuando Chapita se apropiaba de sus corbatas.
El hombre que se presentó ante Jacinto Peynado a pedir perdón para poder regresar a su casa estaba vestido de harapos y en deplorable condición, había perdido muchos dientes a causa de desnutrición, golpes u otras causas, y estaba sumido en un total abandono y parecía además un tipo insignificante.
Peynado lo miró tal vez con pena y desprecio, quizás con indiferencia y ordenó que lo dejaran en libertad, pero antes de que se fuera le preguntó casualmente su nombre y la respuesta fue:
“Rafael Leonidas Trujillo, de San Cristobal”.
Después de tan bochornosa, tan degradante y poco rentable aventura, Chapita no volvería a tomar parte o participar en ningún movimiento político como peón de la montonera. Lo dirigiría desde lo más alto cuando la ocasión fuera propicia. Y mientras tanto volvió a las andadas, se dedicó nuevamente a actividades criminales, a su vida de maleante, si acaso alguna vez dejó de hacerlo. Así, en 1916 se hizo miembro junior -como dice Crassweler- de una copiosa pandilla de rufianes que años más tarde usaría para llegar al poder. Uno de los miembros más distinguidos o conspicuos era Miguel Ángel Paulino, un matarife vesánico, uno de esos demonios siempre sedientos de sangre que con el tiempo formarían parte de la élite de asesinos luciferinos de la era gloriosa, junto a Josè Estrella, Boy Frapier, Emilio Ludovino Fernández, Fausto Caamaño, Felix W. Bernardino, José María (el Guaraguao) Alcántara, Federico Fiallo, Arturo (Navajita) Espaillat, Jhonny Abbes García, Alicinio Peña Rivera y tantos otros torturadores y asesinos de menor y mayor cuantía.
La pandilla, conocida como La 44, se dedicaba al robo de bodegas de las que abastecían los bateyes, soborno, extorsión, chantaje, robo de ganado, asaltos a mano armada, asesinatos por encargo.
El negocio no parecía ir muy bien o comportaba riesgos que Chapita no estaba dispuesto a correr. El hecho es que, por alguna razón, posiblemente ajena a su voluntad, a finales de año, el 1916, buscó empleo en un ingenio, un central azucarero, y durante una zafra trabajó en el pesaje de la caña, un tarea muy ingrata o por lo menos aburrida en la que debió sentirse poco a gusto. Su buena estrella comenzó a brillar cuando lo nombraron guarda campestre, una combinación de vigilante y policía privado. Ahora Chapita andaría a caballo y vestiría de uniforme, llevaría en el pecho una placa, una chapa o chapita de metal, símbolo de autoridad, y portaría un tremendo revólver al cinto. Ahora sí, por fin, Chapita se sentía más o menos en sus aguas. Tenía veinticinco años y una ambición desmedida y un inmenso caudal de mala leche del que se alimentaban todos sus perversos proyectos.
(Siete al anochecer [22])
Bibliografía
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.



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