Yo entonces trabajaba como creativo o copywriter en una agencia publicitaria en compañía de un dibujante y caricaturista, hoy famoso, y de un inventivo catalán de apellido paterno licencioso que no debo mencionar. Era época de elecciones como ahora y como casi siempre y los partidos políticos proliferaban como ratas. Un día, un prohombre del Partido Reformista, un fulano de los que mucho abundan en ese partido, patentizó un movimiento de apoyo y homenaje al caudillo de ese partido, que bautizó con el honroso nombre de “Lo que diga Balaguer”. La creación hacía honor al creador y al creado.
Yo andaba un poco aburrido en esos días y sólo por divertirme propuse a mis compañeros de trabajo una campaña para publicitar el glorioso movimiento. La idea contemplaba un logotipo con la imagen del prohombre en pelotas y en posición cuadrúpeda, con el trasero mirando hacia el público y el equipo colgante pintado de rojo, a manera de adorno de arbolito navideño. En el titular, tan glorioso como el movimiento que había fundado, debía leerse: YUCA, BATATA FULANlTO EN CUATRO PATAS. Abajo, a la derecha, aparecería una simbólica cajita de vaselina sin marca, como logotipo del movimiento, y más abajo, al calce: LO QUE DIGA BALAGUER. No sé por qué el dibujante y el catalán desestimaron la idea. De hecho se hicieron cruces como espantando al demonio. Yo, en cambio, entendía que el prohombre se hubiera sentido orgulloso al ver su imagen en cuatro patas en un afiche a todo color. Total, era esa la forma en que se ganaba la vida.
pcs, 12 de septiembre de 2007
(2)
La mayoría de los políticos del sistema empeña en el ejercicio de sus cargos la honra, si la tiene, y en ocasiones hasta el alma, por no hablar de la dignidad y el fondillo, que son casi lo mismo.
La especialidad de tumbapolvo o limpiasaco es obligatoria, al parecer, para desempeñar un puesto en el estado, sobre todo en época de elecciones. En apariencia, los funcionarios contraen, con el gobernante de turno una deuda que rebosa la gratitud y se transforma en idolatría.
Recientemente, mientras presenciaba en televisión el acto de inauguración de un acueducto, sufrí un ataque de vergüenza ajena al escuchar a una prominente figura del gobierno encumbrando al monarca constitucional de la res pública a las alturas celestiales.
Con su portentosa voz destemplada, desafinada -la típica voz de bacinilla-, el exaltado funcionario levantaba ambas manos a la altura de la cabeza para dramatizar un discurso ya de por sí dramático, y por momentos parecía perder no solamente el sentido de la mesura sino también el sentido de la cordura, amén de la compostura.
La gota rebosó la copa cuando el funcionario elevó literalmente la categoría del monarca a la dignidad de redentor. Lo proclamó redentor una vez y el monarca asintió complacido. Lo proclamaba redentor una vez y otra vez y el redentor asentía complacido.
Para quienes llevan la cuenta, redentor es más o menos como quien dice Jesucristo y hay que tener cuidado. Por unas libertades que me tomé con el Espíritu Santo en un escrito anterior, recibí, entre muchas burdas amenazas, una cruda reprimenda de un hipotético cardenal Tomasicchio, conminándome a rectificar, a enmendar mi “blasfemia”, so pena de excomunión, incluso de extremaunción.
Quizás el monarca redentor entienda que en el fondo la adulación es una forma de hipocresía y una falta de respeto. En el fondo el adulador no se respeta a sí mismo y la desmesura de la adulación irrespeta sobremanera al adulado.
Ahora bien, la vanidad no tiene sentido del humor. Un monarca envanecido, rodeado de políticos serviles, personas obsecuentes del género rebuznante, quizás se tome en serio el papel de redentor.
El riesgo implícito es que en la próximas elecciones podrían crucificarlo.
Desde la
más oscura noche de los tiempos, el ser humano ha sucumbido a la tentación de
explicar lo que no sabe o no entiende en términos mitológicos. Narraciones de
héroes, dedioses, fabulaciones sobre el origen del universo remiten a
este modo fantasioso de razonamiento. El origen de la historia primitiva es
siempreel mito, la religión es puro
mito y el ser humano sigue siendo un devoto de la mitológía.
No es,
pues, sorprendente que uno de los libros más influyentes en la historia de la
humanidad, el más difundido, sobado y resobado sea un compendio de mitología
judea-cristiana que conocemos con el nombre griego de Biblia,
la Santa Biblia,las Sagradas Escrituras o simplemente El libro, de inspiración
divina, por supuesto.
Nadie
toma en serio hoy en día la mitología sumeria, ni la egipcia, ni la griega, ni
la romana, y ni siquiera las antiguas religiones mistéricas orientales. Sin
embargo éstas constituyen la fuente original en la que abrevaron los escribas
de la Biblia, incorporando mitos y leyendas, códigos legales y modalidades de
cultos que habían sido pacientemente elaborados a lo largo de milenios por
otras culturas y civilizaciones.
La deuda
con mesopotamia es inmensa. El génesis bíblico reproduce la cosmogónía
sumerica. El episodio del diluvio universal y el arca de Noè está calcado del
antiquísimo Poema de Gilgamesh. Sargón I, fundador del primer imperio de la
historia, fue salvado de las aguas muchos siglos antes que Moisés. La torre de
Babel corresponde a la descripción de templos o zigurats, edificios escalonados
hasta de siete pisos de altura destinados a observatorios, cuyas bases aún se
conservan en Irán e Iraq.El pacto más
antiguo de un pueblo con su dios aparece en un documento hitita. El código
babilónico de Hammurabi fue también incorporado parcialmente al libro de
libros. De la religión del predicador persa Zoroastro proviene "la
creencia en la libertad del hombre para escoger entre el bien y el mal y una resurrección
general de los muertos al final de los tiempos, seguida de un juicio final y de
un premio o un castigo eternos".
Jehová
es, como Zeus, un dios del trueno. Ambos fulminan a los mortales con rayos y
centellas y envían diluvios para castigar a los impíos. Ambos son vengativos,
iracundos, implacables en el ajuste de cuentas, sediento de sangre el primero
tanto como el segundo. Zeus es un vicioso, un erotómano y tramposo. Beve,
intriga y se emborracha como todos los dioses del Olimpo. Con tal de follarse
una virgen es capaz de convertirse en cisne, en sátiro, en lluvia de oro, en
toro. A Ganímedes -un varoncito- lo raptó transformándose en águila.
Jehová no
tiene vicios, no beve, no fuma, pero es incorregiblemente sicorrígido,
homobóbico, asexual. A Onán lo dejó ciego por interrumpir el coito. A los habitantes de
Sodoma y Gomorra los sepultó bajo las escombros de estas ciudades a causa de
sus inclinaciones sexuales. La única vez que se decidió a tener un hijo, eligió
una mujer casada, y en vez de aparearse normalmente, mandó al Espiritu Santo a
negociar un adulterio.
Particularmente
prefiero la mitología greco-romana a la judeo-cristiana, sin tomar en serio a
ninguna. El politeísmo permite un ejercicio democrático de la religión. El
monoteísmo conduce a la intolerancia.
Los
dioses, desde luego, no tienen vida propia. Están hechos a imagen y semejanza
de los seres humanos. Representan el papel que les asignamos como reguladores
del comportamiento social, al servicio del poder, como garantes de intereses de
clase. La perversidad que asoma en ellos no es más que un reflejo de la
nuestra.
El
buen ladrón
(1960),
novela de los años mozos de Marcio Veloz Maggiolo, años de
iniciación, destaca en la narrativa dominicana por su frescura y
constituye un punto de referencia obligatorio en la amplia
bibliografía del autor. Tan grata y enriquecedora es su lectura que
hasta un crítico perverso podría pecar por exceso en el elogio,
incurrir quizás en la desmesura. Un juicio impresionista se
justificaría en todo caso por la impresión que deja la obra. La
obra brilla, en efecto, por su delicado lirismo, la concisión, la
unidad, la felicidad de su expresión y la intensidad de la trama.
El
buen ladrón
es, en apariencia una novela bíblica que seduce y conmueve incluso a
un lector pagano como yo, literalmente pagano (marxista y trasnochado por más señas), que prefiere la
mitología greco-romana a la mitología judeo-cristiana, alguien más descreído que ateo o viceversa, o
quizás ambas cosas.
Confieso
que releí la novela con escepticismo, al cabo de varias décadas,
temiendo que la primera impresión se hubiese desvanecido, como
sucede a menudo con las películas de la infancia. Parte de su fama
se cimentaba un poco en la velada crítica a la tiranía de Trujillo
en vida de Trujillo, un hecho que habla más del valor de la trama
que del valor literario de la novela. Muchas obras de arte, quizás
la mayoría, no trascienden su época y mueren de inanición
lentamente en el tiempo. Pero la novela de Veloz Maggiolo resiste, no
tiene solamente importancia documental sino también artística. Vive
y sobrevive a su momento.
El
autor explica en su nota a la nueva edición de 1988, “Los años
del olvido”, lo que para él son las claves esenciales de lectura
de la obra: “Los romanos encarnaban la dictadura, la mujer que veía
al hijo destrozado no era otra que la madre de los tantos masacrados
por la Era, la guardia que buscaba al personaje principal no fue otra
que la de los servicios de inteligencia del régimen dictatorial…”
Esta
interpretación es muy poco convincente, en general. Lo que Maggiolo
expone son sus intenciones, no la realización de las mismas.
Evidentemente Veloz Maggiolo olvida o no conoce la máxima de Borges
en el sentido de que “el narrador es dueño de la fábula, no de la
moraleja”. Es propietario de todos los derechos de la obra, no de
la interpretación.
Las
palabras de Fernández Spencer en “Significado de la novela
actual”, se circunscriben por igual al sentido aparente, místico,
religioso y están sumamente alejadas del contexto.
¿Novela
bíblica? El
buen ladrón
es una historia de los tiempos de Cristo proyectada al presente, no
una novela bíblica. Pero la madre no parece representar como propone
Maggiolo a las madres de “los tantos masacrados por la Era”, como
tampoco a la madre de la novela de Gorki, la madre que a la muerte
del hijo asume sus ideales y se convierte en abanderada de su lucha.
La madre del buen ladrón es amoral. Justifica al hijo en cuanto
ladrón porque la mantiene con el provente de sus fechorías, y lo
justifica en cuanto asesino, y justifica también a la hija en cuanto
prostituta. Con lo que no transige es con la prédica de Cristo.
El
hijo no muere por ser asesino y ladrón sino por responder y seguir
el llamado de Cristo. La moraleja de la fábula es tan simple que cae
por si sola de la mata. Ningún camino es tan peligroso como la
entrega a una causa noble, ningún camino es tan peligroso como la
búsqueda de un ideal.
La
alusión y la crítica a la tiranía de Trujillo son poco menos que
obvias en varios pasajes de la novela, que no es una novela inocente,
pero el texto no se reduce, no se limita al ámbito de Trujillo. Es
más bien una parábola una fábula, una alegoría, metáfora
siniestra del poder y sus implicaciones en el más amplio sentido de
la palabra. Por eso el libro vive hoy, por eso es “literatura viva
y no literatura muerta”.
Yo no recibo órdenes de la RAE. Por eso escribo como me sale de los melones El oficio consiste en ser tu mismo. El oficio consiste en encontrarte.
La imaginación poética es una forma de locura, una membrana entre la imaginación y la alucinación, y creo que la alucinación está más cerca de la poesía. La magia o destreza de un escritor consiste muchas veces en los giros inusitados que imprime al lenguaje, esos giros en qué las palabras se vuelven una sola cosa con el sentido que fundan.
Las palabras son para retorcerlas, para desdoblarlas y descalabrarlas y despalabrarlas, incluso para mamarlas, para sacarles el jugo, la quintaesencia. El escritor no obedece a las palabras, las palabras obedecen al escritor o no es escritor. La soledad acompaña al escritor y es la mejor compañera del escritor, pero escribir no es un ejercicio de soledad, es un acto regocijante muchas veces y a veces muy doloroso, y es siempre una forma de compartir con amigos o conocidos reales o imaginarios, vivos o muertos. La literatura, como la vida, sirve sobre todo para vivirse y compartirse
Fue el sábado en la mañana, en el momento en que me estaba levantando, cuando sentí por primera vez el suave soplo del viento frío en las piernas y en los pies. Venía de abajo de la cama y eso fue lo que me extrañó. Entonces levanté las piernas y vi que los pies subían al mismo tiempo y dejé de sentirlo. Volví a bajar las piernas y los pies al mismo tiempo y volví a sentirlo.
El soplo del viento frío luego se hizo audible cuál si fuera una música de fondo, un rumor apacible como el que acompaña el correr de los arroyos en el monte. Pero el apacible rumor me causó un desasosiego en lugar de apaciguarme.
Yo sé que a veces las cosas, ese tipo de cosas, empiezan a mudarse debajo de la cama y el lugar se convierte en escondite de criaturas extrañas y a veces malignas. Nada bueno puede vivir debajo de la cama, pero ¿un viento, un viento frío? Quien podría imaginarse un viento frío escondido debajo de la cama. ¿Que hacía allí? Preferí ignorarlo. No sería yo quien lo averiguara metiendo la cabeza en aquel lugar oscuro que parecía ser cómplice del espejo del armario de caoba. Desde que era pequeño, desde el día en que los zapatos se deslizaron debajo de la cama aprendí por amarga experiencia que ciertos seres y enseres se deben sacar de ese lugar con un palo de escoba con escoba y manteniendo los ojos cerrados si no se quiere correr el riesgo de ver lo que no debe verse o ser visto.
Con esas criaturas extrañas y a veces malignas se puede convivir si uno no las molesta, pero el viento frío empezó a adquirir un comportamiento díscolo y poco discreto. Daba vueltas todo el tiempo y arreciaba de vez en cuando y se salía y movía las cortinas y abría las puertas del armario. En una ocasión me pareció que estaba a punto de tumbar el espejo y empecé a preocuparme.
Una noche se produjo un concierto de ruidos tan terribles, o, mejor dicho, un desconcierto tan desafinado que no pude pegar un ojo. La cama se movía, se desplazó de su sitio y empezó a temblar, a sacudirse y a provocar en la pequeña habitación un desorden mayúsculo. Parecía que el viento frío y las otras criaturas extrañas pugnaban o se enfrentaban violentamente por el control o dominio del espacio, que era de por sí reducido antes de la llegada del viento frío.
Los altercados no sólo continuaron sino que fueron cada vez más aumentando. Yo estaba decidido a soportarlos, pero el ruido empezó a molestar a los vecinos y los vecinos empezaron a preguntarme por el origen de tanto escándalo a tan altas horas de la noche. Entonces los invitaba a pasar, les mostraba la habitación para ver si me ayudaban con su presencia a desalojar a los intrusos o desentrañar los misterios. Pero en presencia de extraños todo se apaciguaba.
El hecho es que miraban por todas partes en busca de lo que podía ser el origen del ruido, pero nunca debajo de la cama. Incluso se sentaban para ver si los los muelles del bastidor eran la causay revisaban todo y todo era, todo parecía inocente, una inocencia que provocaba mayores suspicacias. Pero nadie miraba debajo de la cama. Yo estaba dispuesto a todo, menos a mirar bajo la cama.
Una noche se produjo una batahola infernal y tan ruidosa que los vecinos salieron a la calle y me exigieron ponerle fin al alboroto. Entonces volví a invitarlos, por enésima vez volví a invitarlos a entrar para que vieran o mejor dicho para que no vieran lo que sucedía, porque en cuanto entraron los vecinos se aplacó la batahola y el viento frío dejó de soplar. Sin embargo, era evidente que todos sospechaban de alguna manera que el culpable era yo y nadie más que yo. Para peor, en cuanto abandonaron la habitación, el viento frío apacible se convirtió en viento huracanado y el armario y el espejo y hasta el pobre gato y la cama conmigo arriba empezaron a dar vueltas.
Esa vez, los hastiados vecinos me dieron un ultimátum. Tenía que solucionar el problema o abandonar la habitación donde había vivido toda la vida. Yo estaba dispuesto a todo, como ya he sugerido, menos a irme de la casa y a mirar bajo la cama.
Extrañamente, después del ultimátum algo parecía que había comenzado a cambiar. El viento frío giraba día y noche y me congelaba las piernas y los pies al levantarme pero no se escuchaban ruidos de la pugna por el espacio vital. Parecía que el apacible viento frío había triunfado sobre las demás criaturas extrañas y a veces malignas. Tan sólo se escuchaba un leve soplo, un rumor leve de río subterráneo, y me invadió una ola de felicidad, de intensa paz espiritual, y un infinito sosiego se hizo dueño de mi ser. Ya podía vivir tranquilo escuchando el dulce soplo del viento frío, y una idea poco a poco empezó tomar forma en mi cabeza. Miraría, por fin, debajo de la cama, lo pensé una y mil veces. Me asomaría curiosamente. Nada podía pasarme ahora en el dominio gentil del viento frío que rondaba bajo la cama. Me prometí que miraría, hice de tripa corazón y decidí que finalmente miraría.
Esta noche, sin falta, o quizás cuando amanezca, cuando sienta en mis piernas el soplo del viento frío miraré…
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Pedro Conde Sturla
1 marzo, 2019
Fue el sábado en la mañana, en el momento en que me estaba levantando, cuando sentí por primera vez el suave soplo del viento frío en las piernas y en los pies. Venía de abajo de la cama y eso fue lo que me extrañó. Entonces levanté las piernas y vi que los pies subían al mismo tiempo y dejé de sentirlo. Volví a bajar las piernas y los pies al mismo tiempo y volví a sentirlo.
El soplo del viento frío luego se hizo audible cual si fuera una música de fondo, un rumor apacible como el que acompaña el correr de los arroyos en el monte. Pero el apacible rumor me causó un desasosiego en lugar de apaciguarme.
Yo sé que a veces las cosas, ese tipo de cosas, empiezan a mudarse debajo de la cama y el lugar se convierte en escondite de criaturas extrañas y a veces malignas. Nada bueno puede vivir debajo de la cama, pero ¿un viento, un viento frío? ¿Quién podría imaginarse un viento frío escondido debajo de la cama? ¿Qué hacía allí? Preferí ignorarlo. No sería yo quien lo averiguara metiendo la cabeza en aquel lugar oscuro que parecía ser cómplice del espejo del armario de caoba. Desde que era pequeño, desde el día en que los zapatos se deslizaron debajo de la cama aprendí por amarga experiencia que ciertos seres y enseres se deben sacar de ese lugar con un palo de escoba con escoba y manteniendo los ojos cerrados si no se quiere correr el riesgo de ver lo que no debe verse o ser visto.
Con esas criaturas extrañas y a veces malignas se puede convivir si uno no las molesta, pero el viento frío empezó a adquirir un comportamiento díscolo y poco discreto. Daba vueltas todo el tiempo y arreciaba de vez en cuando y se salía y movía las cortinas y abría las puertas del armario. En una ocasión me pareció que estaba a punto de tumbar el espejo y empecé a preocuparme.
Una noche se produjo un concierto de ruidos tan terribles, o, mejor dicho, un desconcierto tan desafinado que no pude pegar un ojo. La cama se movía, se desplazó de su sitio y empezó a temblar, a sacudirse y a provocar en la pequeña habitación un desorden mayúsculo. Parecía que el viento frío y las otras criaturas extrañas pugnaban o se enfrentaban violentamente por el control o dominio del espacio, que era de por sí reducido antes de la llegada del viento frío.
Los altercados no sólo continuaron sino que fueron cada vez más aumentando. Yo estaba decidido a soportarlos, pero el ruido empezó a molestar a los vecinos y los vecinos empezaron a preguntarme por el origen de tanto escándalo a tan altas horas de la noche. Entonces los invitaba a pasar, les mostraba la habitación para ver si me ayudaban con su presencia a desalojar a los intrusos o desentrañar los misterios. Pero en presencia de extraños todo se apaciguaba.
El hecho es que miraban por todas partes en busca de lo que podía ser el origen del ruido, pero nunca debajo de la cama. Incluso se sentaban para ver si los los muelles del bastidor eran la causa y revisaban todo y todo era, todo parecía inocente, una inocencia que provocaba mayores suspicacias. Pero nadie miraba debajo de la cama. Yo estaba dispuesto a todo, menos a mirar bajo la cama.
Una noche se produjo una batahola infernal y tan ruidosa que los vecinos salieron a la calle y me exigieron ponerle fin al alboroto. Entonces volví a invitarlos, por enésima vez volví a invitarlos a entrar para que vieran o mejor dicho para que no vieran lo que sucedía, porque en cuanto entraron los vecinos se aplacó la batahola y el viento frío dejó de soplar. Sin embargo, era evidente que todos sospechaban de alguna manera que el culpable era yo y nadie más que yo. Para peor, en cuanto abandonaron la habitación, el viento frío apacible se convirtió en viento huracanado y el armario y el espejo y hasta el pobre gato y la cama conmigo arriba empezaron a dar vueltas.
Esa vez, los hastiados vecinos me dieron un ultimátum. Tenía que solucionar el problema o abandonar la habitación donde había vivido toda la vida. Yo estaba dispuesto a todo, como ya he sugerido, menos a irme de la casa y a mirar bajo la cama.
Extrañamente, después del ultimátum algo parecía que había comenzado a cambiar. El viento frío giraba día y noche y me congelaba las piernas y los pies al levantarme pero no se escuchaban ruidos de la pugna por el espacio vital. Parecía que el apacible viento frío había triunfado sobre las demás criaturas extrañas y a veces malignas. Tan sólo se escuchaba un leve soplo, un rumor leve de río subterráneo, y me invadió una ola de felicidad, de intensa paz espiritual, y un infinito sosiego se hizo dueño de mi ser. Ya podía vivir tranquilo escuchando el dulce soplo del viento frío, y una idea poco a poco empezó tomar forma en mi cabeza. Miraría, por fin, debajo de la cama, lo pensé una y mil veces. Me asomaría curiosamente. Nada podía pasarme ahora en el dominio gentil del viento frío que rondaba bajo la cama. Me prometí que miraría, hice de tripa corazón y decidí que finalmente miraría.
Esta noche, sin falta, o quizás cuando amanezca, cuando sienta en mis piernas el soplo del viento frío miraré….
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Frecuentemente mis amigos se convierten en literatura y a veces, por esa misma causa, en enemigos. Pero se supone que yo soy el narrador y no el narrado, soy yo el que debe burlarse y no el burlado, sin embargo los amigos toman vida propia como personajes y a veces me salen malcriados, respondones y taimados. La soledad acompaña al escritor y es la mejor compañera del escritor, pero escribir no es un ejercicio de soledad, es un acto regocijante muchas veces y a veces muy doloroso, y es siempre una forma de compartir con amigos o conocidos reales o imaginarios, vivos o muertos. La literatura, como la vida, sirve sobre todo para vivirse y compartirse. PCS
Las palabras son para retorcerlas, para desdoblarlas y descalabrarlas y despalabrarlas, incluso para mamarlas, para sacarles el jugo, la quintaesencia. El escritor no obedece a las palabras, las palabras obedecen al escritor o no es escritor. PCS
El trato deferente que los marines dispensaban a Chapita no se correspondía con el repudio que cosechaba socialmente en El Seibo durante los años en que se dedicó, o lo dedicaron, a combatir la insurgencia en la zona. El flamante uniforme de oficial que ahora vestía no deslumbraba a la población civil ni era objeto de admiración. Inspiraba por el contrario un hondo malestar y rechazo, igual que los desmanes y ultrajes de la soldadesca.
Chapita se encontraba en El Seibo en compañía de sus conmilitones José Alfonseca, César Lora, y Adriano Valdez, que habían entrado junto con él a la Guardia Nacional y ostentaban su mismo rango. Con el segundo de ellos mantenía una relación estrecha, según se dice, y el futuro les tenía reservado un reencuentro providencial.
En el Seibo, casualmente, Chapita probaría su suerte como advenedizo en la sociedad local y la suerte le fue adversa.
El hecho es que Chapita, que seguía casado formalmente con Aminta Ledesma (aunque ya en trámite de divorcio) se encaprichó o se enamoró de una joven con la cual planeaba un ventajoso matrimonio de conveniencia con el propósito de relacionarse, mezclarse -como dice Crassweler-con distinguidas familias de la provincia.
La familia que más le interesaba era la de Servando Morel, a la cual pertenecía la agraciada, la graciosa y dichosa criatura que se había hecho dueña de su corazón, la dulcinea Bienvenida Morel.
Chapita le ofreció matrimonio, según es de suponer, al cabo de ciertos galanteos, a la Bienvenida hija de Servando y casi al mismo tiempo solicitó la membresía en el principal club de El Seibo. En el club le dieron bola negra sin compasión, lo rechazaron en varias votaciones consecutivas. Bienvenida Morel, por su parte, declinó el dudoso honor de ser su esposa y al parecer hizo bien, tomó la decisión correcta la gentil doncella, desairó al gentil caballero que esperaba su respuesta como el Quijote de Rubèn Darío, con la adarga al brazo, toda fantasía, y la lanza en ristre, toda corazón.
El teniente Chapita no era gracioso ni caía en gracia. Recibió un doble desplante, una doble humillación que nunca olvidaría, que hirió su ego y alimentó la caldera de sus odios y resentimientos.
Tropas de ocupación en la zona colonial de Santo Domingo.
Chapita demostraría muchas veces que a pesar de la imagen de oficial y caballero que quería proyectar, seguía siendo el mismo abusador, atropellador de mujeres y violador, alguien que persistiría hasta el último día de su vida en su condición de ave rapaz, de gavilán pollero. En una ocasión (una de las ocasiones de que se tiene noticia), mientras patrullaba en busca de guerrilleros, abusó varias veces de una muchacha y fue sometido ante una corte marcial en 1920. Las evidencias eran abrumadoras y habrían sido más que suficientes para condenarlo, pero Chapita era muy valioso para el imperio y, según se sabe, una junta de oficiales norteamericanos se negó a condenarlo.
Chapita era un hombre con suerte, después de todo, aunque no en el amor. En realidad, más que afortunado, era fortunatissimo, como dicen los italianos. Los yanquis habían creado la Guardia Nacional y crearían al poco tiempo una unidad de oficiales de élite para dirigirla cuando desocuparan el país. Para tal fin, en el mes de agosto de 1921 fundaron la Academia Militar de Haina y reclutaron a veintidós segundo tenientes para un curso o cursillo de cuatro meses. Chapita estaba casualmente entre ellos.
Crassweler explica que los rangos fueron anulados y todos se convirtieron en simples cadetes. La restitución o reconfirmación de esos mismos rangos dependería del desempeño académico. En diciembre, con un excelente récord de notas, Chapita recibió la suya y fue designado comandante de San Pedro de Macorís. Ahora era teniente segundo de verdad. A partir de este momento la carrera de Chapita iba a ser tan exitosa que a veces daría la impresión de que todas las circunstancias se conjuraban o conspiraban a su favor.
Así, en enero de 1922 el comandante del Departamento Norte de Santiago, nada más y nada menos que el ahora mayor César Lora, pidió que fuera asignado a su comando. Lora era su amigo, aquel con el que había confraternizado desde que entró a la guardia y durante su estadía en el Seibo. Además le tenía a Chapita, según el mismo decía, una absoluta confianza.
El flamante segundo teniente Chapita fue entonces trasladado al Cibao y al poco tiempo, mientras se encontraba de servicio en San Francisco de Macorís, fue ascendido al rango de capitán sin pasar por el de primer teniente. Una distinción que ningún otro oficial recibió.
Esta promoción -dice Crassweller- ocurrió simultáneamente con la reorganización de la Guardia Nacional Dominicana que entonces se convirtió en Policía Nacional Dominicana. La policia que luego pasaría a ser Brigada Nacional y finalmente Ejercito Nacional.
Chapita fue trasladado a Santiago donde lo pusieron al mando de una compañía, como corresponde a un capitán. A poco tiempo de su llegada, un favorable reporte exaltaba de nuevo sus méritos y cualidades: “Este oficial es muy eficiente, uno de los mejores oficiales dominicanos en el Departamento Norte”.
En 1823 realizó otro curso de unos cuatro meses, esta vez en la Escuela de Oficiales del Departamento Norte: estudios de administración, topografía, ingeniería de campaña, derecho y maniobras de compañías y batallones. Chapita no sólo le sacó provecho a los estudios, sino que dio inicio o reafirmó una valiosa amistad con el coronel Thomas Watson, que era unos de los instructores, y al poco tiempo fue nombrado inspector del Primer Distrito Militar.
Chapita ocupaba entonces una de las más altas posiciones en mando y uno de sus superiores era ese mayor César Lora que había pedido su traslado del Este al Norte, su gran amigo y canchanchán J. César Lora, a quien Chapita tanto tenía que agradecer y agradecía.
Lora era el oficial que los yanquis se proponían dejar al mando, el favorito de los ocupantes para tomar las riendas del poder militar cuando se produjera la desocupación del país, que ya era inminente. Pero en 1924 el mayor Lora murió de muerte innatural, de muerte que parecía casi providencial.
Según dicen las malas lenguas, el mayor César Lora tenía un enredo con una mujer ajena, una casada infiel, y alguien lo chivateó. El marido era dentista y era teniente y una tarde o una noche en que se apagaron los faroles y se encendieron los grillos (como en el poema de Lorca), encontró al mayor bajo un puente, montando su potra de nácar sin bridas y sin estribos. Bajo un puente del río Yaque del Norte encontró el teniente al mayor Lora sobre su mujer, o quizás viceversa, y se cobró con sangre la afrenta. El suceso no fue una obra de la providencia, no tan providencial.
Chapita no tenía nada que ver con el incidente, a pesar de lo que puedan pensar los malpensados, se lo impedía su condición de oficial y caballero, su honor de cuatrero y violador y el agradecimiento que dispensaba al mayor Lora. El dentista se había cobrado una deuda de honor, al fin y al cabo, y Chapita no tenía, por razones de empatía, grandes motivos para lamentar esa muerte, pero por lo mucho que tenía que ganar debió ponerse por lo menos contento o resignarse de buena gana ante el hecho consumado.
La naturaleza, como se sabe, odia el vacío y, diez días después de la ejecución de Lora, Chapita había ocupado su lugar y se hizo con el rango de mayor.
Chapita, que era un furioso apasionado del merengue, pudo escuchar al poco tiempo la pieza que refería la tragedia de su mentor y amigo en versos casi festivos:
“Debajo del puente Yaque / mataron al mayor Lora / por estarle enamorando / al teniente su señora.
Cuando las tropas invasoras dejaron el país
en 1924, el mayor Chapita ocupaba la tercera posición en el escalafón militar. Y ese mismo año, contrariando todos los pronósticos electorales, que favorecían a Francisco José Peynado, ganó Horacio Vásquez la elección a la Presidencia de la República.
Horacio tenía una simpatía o debilidad enfermiza por Chapita y Chapita supo aprovecharla, y supo además maniobrar, con su innata astucia y falta de escrúpulos, para desplazar del mando a otros competidores como el capitán Ramón Saviñon y el coronel Buenaventura Cabral y Baéz. De esta manera allanó el camino, pudo quedarse sólo como candidado al máximo escalafón militar.
Al poco tiempo de su llegada al poder Horacio lo ascendió a teniente coronel, el 13 de agosto de1927 lo promovió a brigadier general y en 1928 a brigadier general y Jefe de Estado Mayor.
Fabricado militarmente como quien dice al vapor en apenas diez años, el brigadier Chapita muy pronto se haría dueño del país, se lo metería literalmente en un bolsillo.
(Siete al anochecer [24]).
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Chapita (11 de 11)
Pedro Conde Sturla
22 febrero, 2019
Tropas de ocupación en la ciudad colonial de Santo Domingo.
El trato deferente que los marines dispensaban a Chapita no se correspondía con el repudio que cosechaba socialmente en El Seibo durante los años en que se dedicó, o lo dedicaron, a combatir la insurgencia en la zona. El flamante uniforme de oficial que ahora vestía no deslumbraba a la población civil ni era objeto de admiración. Inspiraba por el contrario un hondo malestar y rechazo, igual que los desmanes y ultrajes de la soldadesca.
Chapita se encontraba en El Seibo en compañía de sus conmilitones José Alfonseca, César Lora, y Adriano Valdez, que habían entrado junto con él a la Guardia Nacional y ostentaban su mismo rango. Con el segundo de ellos mantenía una relación estrecha, según se sabe, y el futuro les tenía reservado un reencuentro providencial.
En el Seibo, casualmente, Chapita probaría su suerte como advenedizo en la sociedad local y la suerte le fue adversa.
El hecho es que Chapita, que seguía casado formalmente con Aminta Ledesma (aunque ya en trámite de divorcio) se encaprichó o se enamoró de una joven con la cual planeaba un ventajoso matrimonio de conveniencia con el propósito de relacionarse, mezclarse -como dice Crassweler-con distinguidas familias de la provincia.
La familia que más le interesaba era la de Servando Morel, a la cual pertenecía la agraciada, la graciosa y dichosa criatura que se había hecho dueña de su corazón, la dulcinea Bienvenida Morel. Chapita le ofreció matrimonio, según es de suponer, al cabo de ciertos galanteos, a la Bienvenida hija de Servando y casi al mismo tiempo solicitó la membresía en el principal club de El Seibo. En el club le dieron bola negra sin compasión, lo rechazaron en varias votaciones consecutivas. Bienvenida Morel, por su parte, declinó el dudoso honor de ser su esposa y al parecer hizo bien, tomó la decisión correcta la gentil doncella, desairó al gentil caballero que esperaba su respuesta como el Quijote de Rubén Darío, con la adarga al brazo, toda fantasía, y la lanza en ristre, toda corazón.
El teniente Chapita no era gracioso ni caía en gracia. Recibió un doble
desplante, una doble humillación que nunca olvidaría, que hirió su ego y
alimentó la caldera de sus odios y resentimientos. Chapita demostraría muchas veces que a pesar de la imagen de oficial y caballero que quería proyectar, seguía siendo el mismo abusador, atropellador de mujeres y violador, alguien que persistiría hasta el último día de su vida en su condición de ave rapaz, de gavilán pollero. En una ocasión (una de las ocasiones de que se tiene noticia), mientras patrullaba en busca de guerrilleros, abusó varias veces de una muchacha y fue sometido ante una Corte Marcial en 1920. Las evidencias eran abrumadoras y habrían sido más que suficientes para condenarlo, pero Chapita era muy valioso para el imperio y, según se sabe, una junta de oficiales norteamericanos se negó a condenarlo.
Chapita era un hombre con suerte, después de todo, aunque no en el amor. En realidad, más que afortunado, era fortunatissimo, como dicen los italianos. Los yanquis habían creado la Guardia Nacional y crearían al poco tiempo una unidad de oficiales de élite para dirigirla cuando desocuparan el país. Para tal fin, en el mes de agosto de 1921 fundaron la Academia
Militar de Haina y reclutaron a veintidós segundo tenientes para un curso o
cursillo de cuatro meses. Chapita estaba casualmente entre ellos.
Crassweler explica que los rangos fueron anulados y todos se convirtieron en simples cadetes. La restitución o reconfirmación de esos mismos rangos dependería del desempeño académico. En diciembre, con un excelente récord de notas, Chapita recibió la suya y fue designado comandante de San Pedro de Macorís. Ahora era teniente segundo de verdad. A partir de este momento la carrera de Chapita iba a ser tan exitosa que a veces daría la impresión de que todas las circunstancias se conjuraban o conspiraban a su favor.
Así, en enero de 1922 el comandante del Departamento Norte de Santiago, nada más y nada menos que el ahora mayor César Lora, pidió que fuera asignado a su comando. Lora era su amigo, aquel con el que había confraternizado desde que entró a la guardia y durante su estadía en el Seibo. Además le tenía a Chapita, según él mismo decía, una absoluta confianza.
El flamante segundo teniente Chapita fue entonces trasladado al Cibao y al poco tiempo, mientras se encontraba de servicio en San Francisco de
Macorís, fue ascendido al rango de capitán sin pasar por el de primer teniente. Una distinción que ningún otro oficial recibió.
Esta promoción -dice Crassweller- ocurrió simultáneamente con la reorganización de la Guardia Nacional Dominicana que entonces se convirtió en Policía Nacional Dominicana. La misma que luego pasaría a ser Brigada Nacional y finalmente Ejercito Nacional.
Chapita fue trasladado a Santiago donde lo pusieron al mando de una compañía, como corresponde a un capitán. A poco tiempo de su llegada un favorable reporte exaltaba de nuevo sus méritos y cualidades: “Este oficial es muy eficiente, uno de los mejores oficiales dominicanos en el Departamento Norte”.
En 1823 realizó otro curso de unos cuatro meses, esta vez en la Escuela de Oficiales del Departamento Norte: estudios de administración, topografía, ingeniería de campaña, derecho y maniobras de compañías y batallones. Chapita no sólo le sacó provecho a los estudios, sino que dio inicio o reafirmó una valiosa amistad con el coronel Thomas Watson, que era uno de los instructores, y al poco tiempo fue nombrado inspector del
Primer Distrito Militar.
Chapita ocupaba entonces una de las más altas posiciones en mando y uno de sus superiores era ese mayor César Lora que había pedido su traslado del Este al Norte, su gran amigo y canchanchán J. César Lora, a quien Chapita tanto tenía que agradecer y agradecía.
Lora era el oficial que los yanquis se proponían dejar al mando, el favorito de los ocupantes para tomar las riendas del poder militar cuando se produjera la desocupación del país, que ya era inminente. Pero en 1924 el mayor Lora murió de muerte innatural, de muerte que parecía casi providencial.
Según dicen las malas lenguas, el mayor César Lora tenía un enredo con una mujer ajena, una casada infiel, y alguien lo chivateó. El marido era dentista y era teniente y una tarde o una noche en que se apagaron los faroles y se encendieron los grillos (como en el poema de Lorca), encontró al mayor bajo un puente, montando su potra de nácar sin bridas y sin estribos. Bajo un puente del río Yaque del Norte encontró el teniente al mayor Lora sobre su mujer, o quizás viceversa, y se cobró con sangre la
afrenta. El suceso no fue una obra de la providencia, no tan providencial.
Chapita no tenía nada que ver con el incidente, a pesar de lo que puedan pensar los malpensados, se lo impedía su condición de oficial y caballero, su honor de cuatrero y violador y el agradecimiento que dispensaba al mayor Lora. El dentista se había cobrado una deuda de honor, al fin y al cabo, y Chapita no tenía, por razones de empatía, grandes motivos para lamentar esa muerte, pero por lo mucho que tenía que ganar debió ponerse por lo menos contento o resignarse de buena gana ante el hecho consumado.
La naturaleza, como se sabe, odia el vacío y, diez días después de la ejecución de Lora, Chapita había ocupado su lugar y se hizo con el rango de mayor.
Chapita, que era un furioso apasionado del merengue, pudo escuchar al poco tiempo la pieza que refería la tragedia de su mentor y amigo en versos casi festivos:
“Debajo del puente Yaque / mataron al mayor Lora / por estarle enamorando / al teniente su señora”.
Cuando las tropas invasoras dejaron el país en 1924, el mayor Chapita ocupaba la tercera posición en el escalafón militar. Y ese mismo año, contrariando todos los pronósticos electorales, que favorecían a Francisco José Peynado, ganó Horacio Vásquez la elección a la Presidencia de la República.
Horacio tenía una simpatía o debilidad enfermiza por Chapita y Chapita supo aprovecharla, maniobrando con su innata astucia y falta de escrúpulos para desplazar del mando a otros competidores como el capitán Ramón Saviñón y el coronel Buenaventura Cabral y Baéz. De esta manera allanó el camino, pudo quedarse solo como candidado al máximo escalafón militar.
Al poco tiempo de su llegada al poder Horacio lo ascendió a teniente coronel, el 13 de agosto de 1927 lo promovió a brigadier general y en 1928 a brigadier general y Jefe de Estado Mayor.
Fabricado militarmente como quien dice al vapor en apenas diez años, el brigadier Chapita muy pronto se haría dueño del país, se lo metería literalmente en un bolsillo.
(Siete al anochecer [24]).
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