sábado, 20 de julio de 2019

Malaparte (2 de 2)

Malaparte (2-2)

Casi todo o por lo menos gran parte de lo que se dice sobre Curzio Malaparte puede ser verdad o mentira, ya que la vida de este escritor es parcialmente una novela escrita por él mismo y se confunde algunas veces con su obra. Es, de hecho, parte substancial de su obra.
Muchos se preguntan si es cierto que se alistó en la Legión extranjera cuando era apenas un muchacho y si pasó en verdad cinco años confinado en la isla de Lipari, como afirma en sus escritos, o si fueron solamente cinco meses. Otros ponen en duda que conociera personalmente a Mao Tse Tung y que le hiciera una entrevista, y se inclinan a creer que fue un invento parecido al de André Malraux. Una mentira como la del también mitómano y famoso Malraux, quien le hizo una entrevista, que resultó ser imaginaria, a Mao Tse Tung.
Curzio  Malaparte
Lo cierto es que Malaparte estuvo en China y que al parecer logró, por mediación del mismo Mao, la liberación de unos católicos que languidecían o se pudrían en las cárceles y que poco después de este hecho se descubrió que estaba enfermo de muerte. La noticia repercute a nivel mundial y la forma en que se produce su traslado a Italia quizás no sea una fábula, pero adquiere tintes fabulosos. Se supone que fue transportado en el avión personal de Nikita Jrushchov, el primer ministro soviético. Una vez instalado en lo que sería su lecho de muerte, subió al pináculo de la fama, si acaso ya no lo estaba. Su habitación de la clínica de Roma se convirtió en una especie de Meca a la que acudieron en peregrinación los mas altos dirigentes de todas las confesiones religiosas y políticas, los más acreditados escritores, artistas, figuras públicas. Se dice o se supone que Malaparte mantenía la compostura y el optimismo. Estaba convencido o quería convencerse de que no moriría. Decía estar seguro de que Dios no sería tan estúpido para dejarlo morir.
Lo cierto es que participó como combatiente en la primera guerra mundial y como corresponsal y capitán del ejército italiano en la segunda, junto a los miles de soldados que Mussolini envió patrióticamente a combatir y congelarse en el frente oriental. Se afirma que fue el único corresponsal de guerra que acompañó a los nazis en la fatídica invasión a Yugoslavia, que dejó a Belgrado y otras ciudades en ruina. Lo que cuenta Malaparte de ese suceso en “Kaputt”,  con su aparente o real distanciamiento, es algo que hace hervir la sangre y pone los pelos de punta:
“Las autoridades nazis habían impuesto como ‘poglavnik’ (caudillo) de Croacia al sanguinario Ante Pavelic, aquel que presumía ante Himmler, el ministro alemán y máximo responsable de los campos de exterminio de los hebreos en la Europa conquistada, que, para él, la llamada ‘cuestión judía’ no existía: ‘los he eliminado a todos’.
‘“El pueblo croata, – afirmó Ante Pavelic -, desea ser gobernado con bondad y con justicia. Y yo estoy aquí para afianzar esa bondad y esa justicia».
“En tanto decía esto, yo observaba una cesta de mimbre puesta sobre el escritorio del despacho, a la izquierda del ‘poglavnik’. La servilleta que la cubría, algo levantada, permitía apreciar que estaba lleno de frutos de mar, al menos así me parecieron a mí, y hubiese afirmado que eran ostras sacadas de su valva, como las que a veces se hallan en exposición sobre grandes fuentes en las vidrieras de la Fortnum and Mason, de Piccadilly, en Londres. ¿Son ostras de Dalmacia?, inquirí al poglavnik. Pavelic levantó la servilleta y me enseñó aquellos frutos de mar, aquella masa gris y gelatinosa, contestándome con su habitual bonachona y cansina sonrisa: ‘Es un obsequio de mis fieles ustachi. Son veinte kilos de ojos humanos’ ¡Así es, veinte kilos de ojos de serbios!»
Malaparte era, por supuesto, un espectador privilegiado. Paseaba por los campos de muerte donde veía cadáveres de soldados congelados y utilizados como señales de tráfico, aspiraba el aroma de la descomposición de los cuerpos, contemplaba cabezas de caballos que emergían de un río helado en Finlandia o se sentaba -como bien se sabe y se ha dicho y repetido- con los bestiales asesinos de Hitler a la mesa, compartía con ellos la buena comida, la música más refinada y escuchaba de sus bocas las más nutritivas conversaciones sobre la matanza de judíos en el gueto de Varsovia.
En algunos pasajes, como ya se ha visto, Malaparte describe con descarnada frialdad y distanciamiento los hechos más atroces y parece no conmoverse ni mostrar simpatía por las víctimas. Pero en lo que respecta al espectáculo degradante de los niños de Nápoles que describe en “La piel”, el distanciamiento y cualquier asomo de pretendida objetividad cede el paso a un sentimiento de malestar o repugnancia que no lo deja ni deja indiferente a nadie:
“Jamás, en tantos siglos de miseria y de esclavitud, se habían visto en Nápoles cosas semejantes. Siempre, en Nápoles se había vendido de todo, pero nunca chiquillos. En Nápoles se había hecho comercio de todo, pero jamás de los chiquillos. En Nápoles no se habían vendido nunca chiquillos por las calles. En Nápoles los chiquillos eran sagrados. Son la única cosa sagrada que puede haber en Nápoles. El pueblo napolitano es un pueblo generoso, el más humano de todos los pueblos de la Tierra, el único pueblo de la Tierra que aun la familia más pobre, entre sus chiquillos, sus diez, sus doce chiquillos, cría un huérfano recogido en el Ospedale degli Innocenti; y era entre todos el más sagrado, el mejor vestido, el mejor alimentado, porque era il figlio della Madonna y trae fortuna a los demás chiquillos. Se podía decir todo de los napolitanos, todo, pero no que vendiesen a sus chiquillos por las calles.
“Y ahora, en la plazuela de la Cappella Vecchia, en el corazón de Nápoles, al pie de los nobles palacios de Monte di Dio, del Chiatamone, de la Piazza dei Martiri, al lado de la Sinagoga, los soldados marroquíes iban a comprar por muy poco dinero los chiquillos napolitanos”.
Bibliografía mínima:
Malaparte – Roma eterna
“La piel”, de Curzio Malaparte (1949). – líneas sobre arte
Curzio Malaparte o el lado incorrecto de nuestra historia | Democresía – Revista de actualidad, cultura y pensamiento
Curzio Malaparte, la perfección del zig-zag
Malaparte, el camaleón
“Malaparte se parecía mucho a Truman Capote”
¿Cree usted que el mensaje de Margarita Cedeño conducirá a la unidad de Danilo Medina y Leonel Fernández?



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Pedro Conde Sturla
19 julio, 2019

Curzio Malaparte.

Casi todo o por lo menos gran parte de lo que se dice sobre Curzio Malaparte puede ser verdad o mentira, ya que la vida de este escritor es parcialmente una novela escrita por él mismo y de confunde algunas veces con su obra. Es, de hecho, parte substancial de su obra.
Muchos se preguntan si es cierto que se alistó en la Legión extranjera cuando era apenas un muchacho y si pasó en verdad cinco años confinado en la isla de Lipari, como afirma en sus escritos, o si fueron solamente cinco meses. Otros ponen en duda que conociera personalmente a Mao Tse Tung y que le hiciera una entrevista, y se inclinan a creer que fue un invento parecido al de André Malraux. Una mentira como la del también mitómano y famoso Malraux, quien le hizo una entrevista, que resultó ser imaginaria, a Mao Tse Tung.
Lo cierto es que Malaparte estuvo en China y que al parecer logró, por mediación del mismo Mao, la liberación de unos católicos que languidecían o se pudrían en las cárceles y que poco después de este hecho se descubrió que estaba enfermo de muerte. La noticia repercute a nivel mundial y la forma en que se produce su traslado a Italia quizás no sea una fábula, pero adquiere tintes fabulosos. Se supone que fue transportado en el avión personal de Nikita Jrushchov, el primer ministro soviético.
Una vez instalado en lo que sería su lecho de muerte, subió al pináculo de la fama, si acaso ya no lo estaba. Su habitación de la clínica de Roma se convirtió en una especie de Meca a la que acudieron en peregrinación los más altos dirigentes de todas las confesiones religiosas y políticas, los más acreditados escritores, artistas, figuras públicas. Se dice o se supone que Malaparte mantenía la compostura y el optimismo. Estaba convencido o quería convencerse de que no moriría. Decía estar seguro de que Dios no sería tan estúpido para dejarlo morir.
Lo cierto es que participó como combatiente en la primera guerra mundial y como corresponsal y capitán del ejército italiano en la segunda, junto a los miles de soldados que Mussolini envió patrióticamente a combatir y congelarse en el frente oriental. Se afirma que fue el único corresponsal de guerra que acompañó a los nazis en la fatídica invasión a Yugoslavia, que dejó a Belgrado y otras ciudades en ruina. Lo que cuenta Malaparte de ese suceso en “Kaputt”, con su aparente o real distanciamiento, es algo que hace hervir la sangre y pone los pelos de punta:
“Las autoridades nazis habían impuesto como ‘poglavnik’ (caudillo) de Croacia al sanguinario Ante Pavelic, aquel que presumía ante Himmler, el ministro alemán y máximo responsable de los campos de exterminio de los hebreos en la Europa conquistada, que, para él, la llamada ‘cuestión judía’ no existía: ‘los he eliminado a todos’.
‘“El pueblo croata, – afirmó Ante Pavelic -, desea ser gobernado con bondad y con justicia. Y yo estoy aquí para afianzar esa bondad y esa justicia”.
“En tanto decía esto, yo observaba una cesta de mimbre puesta sobre el escritorio del despacho, a la izquierda del ‘poglavnik’. La servilleta que la cubría, algo levantada, permitía apreciar que estaba lleno de frutos de mar, al menos así me parecieron a mí, y hubiese afirmado que eran ostras sacadas de su valva, como las que a veces se hallan en exposición sobre grandes fuentes en las vidrieras de la Fortnum and Mason, de Piccadilly, en Londres.
¿Son ostras de Dalmacia?, inquirí al poglavnik. Pavelic levantó la servilleta y me enseñó aquellos frutos de mar, aquella masa gris y gelatinosa, contestándome con su habitual bonachona y cansina sonrisa: ‘Es un obsequio de mis fieles ustachi. Son veinte kilos de ojos humanos’ ¡Así es, veinte kilos de ojos de serbios!”
Malaparte era, por supuesto, un espectador privilegiado. Paseaba por los campos de muerte donde veía cadáveres de soldados congelados y utilizados como señales de tráfico, aspiraba el aroma de la descomposición de los cuerpos, contemplaba cabezas de caballos que emergían de un río helado en Finlandia o se sentaba -como bien se sabe y se ha dicho y repetido- con los bestiales asesinos de Hitler a la mesa, compartía con ellos la buena comida, la música más refinada y escuchaba de sus bocas las más nutritivas conversaciones sobre la matanza de judíos en el gueto de Varsovia.
En algunos pasajes, como ya se ha visto, Malaparte describe con descarnada frialdad y distanciamiento los hechos más atroces y parece no conmoverse ni mostrar simpatía por las víctimas. Pero en lo que respecta al espectáculo degradante de los niños de Nápoles que describe en “La piel”, el distanciamiento y cualquier asomo de pretendida objetividad cede el paso a un sentimiento de malestar o repugnancia que no lo deja ni deja indiferente a nadie:
“Jamás, en tantos siglos de miseria y de esclavitud, se habían visto en Nápoles cosas semejantes. Siempre, en Nápoles se había vendido de todo, pero nunca chiquillos. En Nápoles se había hecho comercio de todo, pero jamás de los chiquillos. En Nápoles no se habían vendido nunca chiquillos por las calles. En Nápoles los chiquillos eran sagrados. Son la única cosa sagrada que puede haber en Nápoles. El pueblo napolitano es un pueblo generoso, el más humano de todos los pueblos de la Tierra, el único pueblo de la Tierra que aun la familia más pobre, entre sus chiquillos, sus diez, sus doce chiquillos, cría un huérfano recogido en el Ospedale degli Innocenti; y era entre todos el más sagrado, el mejor vestido, el mejor alimentado, porque era il figlio della Madonna y trae fortuna a los demás chiquillos. Se podía decir todo de los napolitanos, todo, pero no que vendiesen a sus chiquillos por las calles.
“Y ahora, en la plazuela de la Cappella Vecchia, en el corazón de Nápoles, al pie de los nobles palacios de Monte di Dio, del Chiatamone, de la Piazza dei Martiri, al lado de la Sinagoga, los soldados marroquíes iban a comprar por muy poco dinero los chiquillos napolitanos”.
Bibliografía mínima:
Malaparte – Roma eterna
https://www.republica.com/roma-eterna/2015/03/01/malaparte/
“La piel”, de Curzio Malaparte (1949). – líneas sobre arte
Curzio Malaparte o el lado incorrecto de nuestra historia | Democresía – Revista de actualidad, cultura y pensamiento
Curzio Malaparte, la perfección del zig-zag
http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/09/actualidad/1352481091_030338.html
Malaparte, el camaleón
https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20121116/malaparte-el-camaleon-2251093
“Malaparte se parecía mucho a Truman Capote”
http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/09/actualidad/1352475746_470818.html


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miércoles, 17 de julio de 2019

Francisco de Asís: Cántico de las criaturas


Pedro Conde Sturla
4 de octubre de 2012
Giotto: Sermón a los pájaros de Francisco de Asís

[El “Cántico de las criaturas” de Francisco o San Francisco de Asís es una de las grandes creaciones del espíritu humano. Conmueve, por su exquisita factura, tanto a creyentes como a no creyentes. Seduce por lo que parecería ser una visión panteísta, sin duda naturalista, de la divinidad, por la aparentemente sencilla y casi milagrosa articulación de las ideas y su plena, feliz realización en pura poesía. “Pura, encendida rosa / émula de la llama”, para decirlo con palabras de Francisco de Rioja.
 De acuerdo a la opinión de François Chenique en su ensayo “Símbolos del Cántico de las criaturas”, éste “parece haber llamado la atención más a los estetas y los románticos que la de los ambientes practicantes algo molestos por el aspecto «naturista» o «naturalista» de este himno al Sol.  Nosotros, por el contrario, pensamos que el Cántico de las criaturas resume y codifica las etapas de una espiritualidad que se podría calificar de «cósmica», particularmente adaptada a nuestra época y cuya meditación asidua es apta para producir en el corazón del creyente numerosos y sabrosos frutos.” También el corazón del no creyente lo aprecia por razones éticas y estéticas.
El fundador de la orden religiosa de los franciscanos y la de santa Clara, no era un hombre de mucha formación intelectual, él mismo se consideraba un rústico, y creo que tenía razón (“Es un tópico bastante corriente presentar a Francisco como un juglar alegre, despreocupado, músico y bailarín”), pero era sin duda un hombre de muchas luces. Era esmirriado, pequeño, pero era sin duda un hombre de gran energía espiritual y el poema u oración lo escribió con palabras de pobre, quizás un poco a la manera de nuestro Domingo Moreno Jimenes, “franciscano del canto”, como le llamó Manuel del Cabral. Y con palabras de pobre, las de un hombre de poca educación, escribió una obra maestra manejando un limitado léxico, palabras que respondían a su mando, a una voluntad poética fuera de serie, como dóciles criaturas
“Esta bella oración de San Francisco es conocida por varios nombres: Cántico de las Criaturas, Alabanzas de las Criaturas e Himno de la Hermana Muerte. Fue escrito en romance umbro (la tierra del santo) y se lo considera el primer poema en la lengua italiana. Se lo celebró como ‘el más bello trozo de poesía religiosa después de los Evangelios’ y ‘la expresión más completa y lírica del alma y de la espiritualidad de Francisco". La fecha de su composición es el otoño de 1225, posiblemente en San Damián. La estrofa sobre el perdón la redactó con ocasión de una controversia entre el Podestá de Asís, primera autoridad de la ciudad, y el Obispo, reconciliándolos. Y la última, sobre la hermana muerte, la compuso en octubre de 1226.”
No es el canto de un fanático fundamentalista, es el canto de un auténtico cristiano que abraza en su infinito amor, ecuménico, universal, a todos “los hombres y los astros”, a “las criaturas y las plantas”.
“Francisco –dice un creyente- interpretó el silencioso canto que toda la creación le tributa a Dios, y la silenciosa melodía que Dios canta en la creación. Y lo hizo porque ocupaba el último lugar, y así pudo ser el primero. Porque era el más humilde de los siervos, y esto le permitió comprender como nadie la grandeza de su Señor.”
Y desde luego, esta opinión tiene todo mi respeto de no creyente solidario. PCS]


Cántico de las criaturas
Francisco de Asís


Altísimo, omnipotente, buen Señor, / tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición. / A ti solo, Altísimo, corresponden / y ningún hombre es digno de hacer de ti mención.
/ Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, / especialmente el señor hermano Sol, / el cual es día y por el cual nos alumbras. / Y él es bello y radiante con gran esplendor: / de ti, Altísimo, lleva significación. / Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas: / en el cielo las has formado luminosas, preciosas y bellas / Loado seas, mi Señor, por el hermano viento, / y por el aire, y el nublado, y el sereno, y todo tiempo, / por el cual a tus criaturas das sustento. / Loado seas, mi Señor, por la hermana agua, / la cual es muy útil, y humilde, y preciosa, y casta. / Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego, / por el cual alumbras la noche: / y él es bello, y alegre, y robusto, y fuerte. / Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra, / la cual nos sustenta y gobierna / y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas. / Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor / y soportan enfermedad y tribulación. / Bienaventurados aquellos que las sufren en paz, / pues por ti, Altísimo, coronados serán. / Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, / de la cual ningún hombre viviente puede escapar. / ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! /
Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en tu santísima voluntad, / pues la muerte segunda no les hará mal. / Load y bendecid a mi Señor / y dadle gracias y servidle con gran humildad.”


pcs, jueves 4 de octubre de 2012

viernes, 12 de julio de 2019

Malaparte

Malaparte

Es difícil encontrar un personaje mas veleidoso y contradictorio, más inestable y exhibicionista que Curzio Malaparte. El apellido inventado lo dice un poco todo. Malaparte es lo contrario de Bonaparte, un personaje al que admiraba, en cierto modo, si acaso admiraba a alguien, aparte de si mismo. Malaparte era italiano, de origen alemán, hijo de un padre al que odiaba. Su verdadero nombre era Kurt Erich Suckert.

Curzio Malaparte

Malaparte fue siempre una vedette, un personaje a la moda que ejerció varias oficios y abrazó todas las causas posibles en sus casi sesenta años de vida (1898-1957). Fue periodista, novelista, poeta, ensayista, dramaturgo, cineasta, diplomático. Era también un dandy, una persona extremadamente refinada en el vestir, eso que hoy se llamaría metrosexual. Amaba a los perros más que a las mujeres, aunque en general sólo se amaba a sí mismo, y cultivó con esmero el arte de la esgrima y de batirse en duelo por cualquier nadería. En muchos aspectos era un ser  despreciable, un narcisista, un mitómano, un payaso. Pero  era un hombre valiente. 

Malaparte era, además de escritor visceral, un hombre de acción, un aventurero. En 1914, cuando apenas tenía 16 años, escapó del colegio y se alistó en el ejército francés y tomó parte en la primera guerra o carnicería mundial, sufrió graves lesiones pulmonares por exposición a gases venenosos, alcanzó el grado de capitán y se hizo merecedor de varias condecoraciones al valor.
En 1920 debutó en política como fascista y en 1922 participó (o dijo que participó) en la famosa marcha sobre Roma, con la que Benito Mussolini se hizo dueño del poder en Italia. Se convierte en brillante periodista y un intelectual orgánico del régimen, un colaborador a toda prueba. Uno que no sólo acompaña a Mussolini y los camisas negras en la marcha sobre Roma, sino que también de alguna manera se involucra, en 1924, en el asesinato de Giacomo Matteotti, el líder socialista de la oposición.
Malaparte fue, sin duda, un intelectual y una vedette del fascismo, pero era también un tipo incómodo que se tomaba libertades que a otro no le hubieran permitido y que no dejaron de tener consecuencias.
Así, en 1931, tuvo la insana ocurrencia de publicar “Técnica del golpe de estado”, una obra maestra que habría dado  envidia a Maquiavelo y que según se dice era uno de los libros de cabecera de Ernesto Che Guevara. La obra contrapone la supuesta genialidad y carencia de escrúpulos de Trotski a una supuesta cobardía e ineptitud de Lenin. El mismo Lenin del cual se burla en incontables ocasiones. Un Lenin al que define como un vulgar agente al servicio del Káiser, que lo utilizó como caballo de Troya para sacar a Rusia de la contienda bélica.

Curzio Malaparte

Mussolini tampoco sale bien parado ni se dio por satisfecho con  el papel que le fue asignado por Malaparte en el polémico texto, pero lo verdaderamente intolerable fueron los juicios sobre Hitler. Al pobre Hitler lo define Malaparte como un político fracasado, un mal imitador de Mussolini, y hasta ese momento, hasta el año 1931, parcialmente lo era. Lo peor es que también lo calificó de mujerzuela con los ovarios dañados o algo parecido.
Mussolini se ofendió, desde luego, tenía que ofenderse y prohibió el libro, Malaparte fue expulsado deshonrosamente del Partido Nacional Fascista y lo mandaron al exilio, un exilio más o menos dorado en la pequeña isla italiana de Lipari, al norte de Sicilia, donde recibía la visita de grandes intelectuales de la época. Allí estuvo desde 1933 hasta 1938, pero después de su liberación visitó varias veces la cárcel.
A pesar de su aversión a Hitler,  durante la segunda guerra mundial, justamente al comienzo de la ofensiva alemana contra Rusia, Malaparte fue enviado a cubrir las incidencias de la guerra como corresponsal  de el “Corriere de la Sera”. Muchos de los artículos que escribió fueron objeto de censura y regresaría con el rabo entre las piernas, acusado de haber mostrado admiración por el heroísmo de los combatientes eslavos y la misma Unión Soviética. De esa experiencia en el frente oriental, concretamente Ucrania, dejaría un amargo testimonio en la novela “Kaputt” (1944).
Lo que piensa el propio Malaparte de ese libro es digno de antología:
“Kaputt es un libro cruel. Su crueldad es la experiencia más extraordinaria que he logrado extraer del espectáculo de la Europa durante estos años de guerra. Con todo, entre los protagonistas de este libro, la guerra no es más que un personaje secundario. Podríamos decir que tiene valor tan sólo como pretexto, si los pretextos inevitables no pertenecieran al orden de la fatalidad. En Kaputt la guerra tiene importancia, pues, en tanto que fatalidad. No aparece de ninguna otra forma. Diría que no aparece como protagonista, sino como espectadora, en el mismo sentido en que es espectador un paisaje. La guerra es el paisaje objetivo de este libro.
“El protagonista principal es Kaputt, este monstruo alegre y cruel. Ninguna palabra si no la dura y casi misteriosa palabra alemana kaputt, que literalmente significa «roto, acabado, hecho añicos, malogrado», podría reflejar lo que somos, lo que Europa es hoy día: un montón de chatarra. Y vaya por delante que yo prefiero esta Europa kaputt a la Europa de ayer y a la de hace veinte, treinta años. Prefiero que esté todo por hacer a tener que aceptarlo todo como una herencia inmutable.
“Esperemos ahora que vengan tiempos realmente nuevos y que no escatimen en respeto y libertad hacia los escritores; porque la literatura italiana tiene necesidad de respeto tanto como de libertad. He dicho «esperemos», y no porque yo no crea en la libertad y en sus beneficios (permítaseme recordar que yo pertenezco al grupo de quienes han pagado con la cárcel y con la deportación a la isla de Lipari su libertad de espíritu y su contribución a la causa de la libertad), sino porque conozco, y es de dominio público, cuán difícil es en Italia, y en buena parte de Europa, la condición humana, y cuán peligrosa la condición de escritor”.
“Kaputt” es, desde luego, algo más que eso. Un pantano de horrores, un escenario sobrecogedor, demoníaco, dantesco, en el que, sin embargo, apenas se expone una muestra de la grotesca degeneración y crueldad de que son capaces los seres humanos de los países más civilizados, en especial los alemanes que representaban la punta del más elevado desarrollo tecnológico y cultural.
Después de la segunda guerra, Malaparte da un giro a la izquierda, coquetea con la social democracia y se instala con cierta holgura en el Partido Comunista Italiano con el beneplácito de sus principales dirigentes históricos. Es decir, regresa un poco como quien dice al pasado, pues al decir de Palmiro Togliatti, máximo líder del PCI, ciertos fascistas provenían del socialismo (incluso Mussolini si se quiere, el mismo Mussolini, por ejemplo, había sido prominente militante del Partido Socialista Italiano). En esta época Malaparte se inventa o da a conocer una glamorosa biografía sobre sus falsos orígenes proletarios y se radicaliza hasta convertirse al estalinismo y  posteriormente al maoísmo. En la etapa final de su vida pasará del protestantismo al catolicismo.


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Pedro Conde Sturla
12 julio, 2019







Curzio Malaparte

Es difícil encontrar un personaje mas veleidoso y contradictorio, más inestable y exhibicionista que Curzio Malaparte. El apellido inventado lo dice un poco todo. Malaparte es lo contrario de Bonaparte, un personaje al que admiraba, en cierto modo, si acaso admiraba a alguien, aparte de sí mismo. Malaparte era italiano, de origen alemán, hijo de un padre al que odiaba. Su verdadero nombre era Kurt Erich Suckert.

Malaparte fue siempre una vedette, un personaje a la moda que ejerció varias oficios y abrazó todas las causas posibles en sus casi sesenta años de vida (1898-1957). Fue periodista, novelista, poeta, ensayista, dramaturgo, cineasta, diplomático. Era también un dandy, una persona    extremadamente refinada en el vestir, eso que hoy se llamaría metrosexual. Amaba a los perros más que a las mujeres,   aunque en general sólo se amaba a sí mismo, y cultivó con esmero el arte de la esgrima y de batirse en duelo por   
cualquier nadería. En muchos aspectos era un ser 
despreciable, un narcisista, un mitómano, un payaso. Pero 
era un hombre valiente. 
Malaparte era, además de escritor visceral, un hombre de 
acción, un aventurero. En 1914, cuando apenas tenía 16 años, 
escapó del colegio y se alistó en el ejército francés y tomó 
parte en la primera guerra o carnicería mundial, sufrió graves lesiones pulmonares por exposición a gases venenosos, 
alcanzó el grado de capitán y se hizo merecedor de varias 
condecoraciones al valor. 
En 1920 debutó en política como socialista y participó en 1922, o dijo que participó, en la famosa marcha sobre Roma , con la que Benito Mussolini se hizo dueño del poder en Italia. Se convierte en brillante periodista y un intelectual orgánico del régimen, un colaborador a toda prueba. Uno que no sólo acompaña a Mussolini y los camisas negras en la marcha sobre Roma, sino que también de alguna manera se involucra, en 1924, en el asesinato de Giacomo Matteotti, el líder socialista de la oposición.
Malaparte fue, sin duda, un intelectual y una vedette del fascismo, pero era también un tipo incómodo que se tomaba libertades que a otro no le hubieran permitido y que no dejaron de tener consecuencias.
Así, en 1931, tuvo la insana ocurrencia de publicar “Técnicas del golpe de estado”, una obra maestra que habría dado envidia a Maquiavelo y que según se dice era uno de los libros de cabecera de Ernesto Che Guevara. La obra contrapone la supuesta genialidad y carencia de escrúpulos de Trotski a una supuesta cobardía e ineptitud de Lenin. El mismo Lenin del cual se burla en incontables ocasiones. Un Lenin al que  define como un vulgar agente al servicio del Káiser, que lo utilizó como caballo deTroya para sacar a Rusia de la  contienda bélica.  
Mussolini tampoco sale bien parado ni se dio por satisfecho  con el papel que le fue asignado por Malaparte en el polémico texto, pero lo verdaderamente intolerable fueron los juicios sobre Hitler. Al pobre Hitler lo define Malaparte como un político fracasado, un mal imitador de Musolini, y hasta ese momento, hasta el año 1931, parcialmente lo era. Lo peor es que también lo calificó de mujerzuela con los ovarios dañados o algo parecido.
Mussolini se ofendió, desde luego, tenía que ofenderse y prohibió el libro, Malaparte fue expulsado deshonrosamente del Partido Nacional Fascista y lo mandaron al exilio, un exilio más o menos dorado en la pequeña isla italiana de Lipari, al norte de Sicilia, donde recibía la visita de grandes intelectuales de la época. Allí estuvo, al parecer, desde 1933 hasta 1938, aunque muchos afirman que sólo pasó cinco meses. Después de su liberación visitaría varias veces la cárcel.
A pesar de su aversión a Hitler, durante la segunda guerra mundial, justamente al comienzo de la ofensiva alemana contra Rusia, Malaparte fue enviado a cubrir las incidencias de la guerra como corresponsal del “Corriere de la Sera”. Muchos de los artículos que escribió fueron objeto de censura y regresaría con el rabo entre las piernas, acusado de haber mostrado admiración por el heroísmo de los combatientes eslavos y la misma Unión Soviética. De esa experiencia en el frente oriental, concretamente Ucrania, dejaría un amargo testimonio en la novela “Kaputt” (1944).
Lo que piensa el propio Malaparte de ese libro es digno de antología:
“Kaputt es un libro cruel. Su crueldad es la experiencia más extraordinaria que he logrado extraer del espectáculo de la Europa durante estos años de guerra. Con todo, entre los protagonistas de este libro, la guerra no es más que un personaje secundario. Podríamos decir que tiene valor tan sólo como pretexto, si los pretextos inevitables no pertenecieran al orden de la fatalidad. En Kaputt la guerra tiene importancia, pues, en tanto que fatalidad. No aparece de ninguna otra forma. Diría que no aparece como protagonista, sino como espectadora, en el mismo sentido en que es espectador un paisaje. La guerra es el paisaje objetivo de este libro.
“El protagonista principal es Kaputt, este monstruo alegre y cruel. Ninguna palabra si no la dura y casi misteriosa palabra alemana kaputt, que literalmente significa «roto, acabado, hecho añicos, malogrado», podría reflejar lo que somos, lo que Europa es hoy día: un montón de chatarra. Y vaya por delante que yo prefiero esta Europa kaputt a la Europa de ayer y a la de hace veinte, treinta años. Prefiero que esté todo por hacer a tener que aceptarlo todo como una herencia inmutable.
“Esperemos ahora que vengan tiempos realmente nuevos y que no escatimen en respeto y libertad hacia los escritores; porque la literatura italiana tiene necesidad de respeto tanto como de libertad. He dicho «esperemos», y no porque yo no crea en la libertad y en sus beneficios (permítaseme recordar que yo pertenezco al grupo de quienes han pagado con la cárcel y con la deportación a la isla de Lipari su libertad de espíritu y su contribución a la causa de la libertad), sino porque conozco, y es de dominio público, cuán difícil es en Italia, y en buena parte de Europa, la condición humana, y cuán peligrosa la condición de escritor”.
“Kaputt” es, desde luego, algo más que eso. Un pantano de horrores, un escenario sobrecogedor, demoníaco, dantesco, en el que, sin embargo, apenas se expone una muestra de la grotesca degeneración y crueldad de que son capaces los seres humanos de los países más civilizados, en especial los alemanes que representaban la punta del más elevado desarrollo tecnológico y cultural.

Después de la segunda guerra, Malaparte da un giro a la izquierda, coquetea con la social democracia y se instala con cierta holgura en el Partido Comunista Italiano con el beneplácito de sus principales dirigentes históricos. Es decir, regresa un poco como quien al pasado, pues al decir de Palmiro Togliatti, máximo líder del PCI, ciertos fascistas provenían del socialismo (incluso Mussolini, si se quiere, el mismo Mussolini, por ejemplo, había sido prominente militante del Partido Socialista Italiano). En esta época Malaparte se inventa o da a conocer una glamorosa biografía sobre sus falsos orígenes proletarios y se radicaliza hasta convertirse al estalinismo y  posteriormente al maoísmo. En la etapa final de su vida pasará del protestantismo al catolicismo.


sábado, 6 de julio de 2019

Responso por un poeta descuartizado

Responso por un poeta descuartizado

Todavía recuerdo la impresión que me causó este poema, “Responso por un poeta descuartizado”, de Efraín Huerta, cuando lo leí por primera vez en la década de 1960, al poco tiempo de haber sido publicado. Un tiempo viejo en el que casi ninguno de los que están leyendo esto había nacido.
El autor tenía una manera de decir cosas alucinantes que me hacían alucinar, y pensé que quizás era algo subjetivo, que me pasaba solamente a mi. Entonces le envié el poema a Norberto James y Norberto me devolvió la misma alucinación.
En esa época no sabía que así deben morir los poetas: “maldiciendo, blasfemando, mentando madres”. Esas son cosas que dirían Clodomiro Moquete y Camilo José Cela, pero nunca Rubén Darío, a quien está dedicado el poema. O mejor dicho, a quien Efraín Huerta construye y deconstruye en el texto
En principio me pareció estar en presencia de un río desbordado y lo estaba. Me desbordaba un discurrir frenético de imágenes verbales. Cada verso me reservaba una sorpresa, un hallazgo, un deslumbramiento. Efraín Huerta evoca y convoca a Rubén Darío desde el poquito de infierno que ambos tenían en común. Desde su mismo infierno lo evoca y lo revoca y lo retoca, lo inventa y desinventa un poco a su manera desde una sintaxis desbocada que produce una poesía indómita, selvática, espumosa, estridente, vociferante, altoparlantemente bulliciosa, esperpéntica y festiva. Una sintaxis arrolladora, que desafía todas las leyes de la poesía y no se detiene ante nada y parece que todo lo puede. Todo lo expresa Efraín Huerta con la convicción de un orate, la fuerza de un poseso, con un chorro de palabras, un aluvión de versos que produce en el lector, sobre todo si es mejicano, el síndrome del desmadre. Algo quizás similar a un desgualetamiento palegórico.
El “Responso por un poeta descuartizado” se me asemeja a un himno o una especie de réquiem, a una marcha fúnebre como quien dice a ritmo de salsa o mambo, alegremente fúnebre. Es la celebración del poeta, celebración y escarnio de Ruben Darío y celebración del arte de la poesía, del “poeta que todo lo amó”, que “cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el suave crucifijo, / el Cristo de marfil que otro poeta agónico le regalara / —Amado Nervo—”. Celebración universal, en fin, de la tutelar “sombra de recinto de todos los poetas vivos, / de todos los poetas agonizantes, / de todos los poetas”.
Quizás el mejor testamento de un Efraín Huerta que, “más que un poeta marginal ha sido, desde hace tiempo, un poeta marginado”.
Responso por un poeta descuartizado
Efraín Huerta
Claro está que murió —como deben morir los poetas, /
maldiciendo, blasfemando, mentando madres, /
viendo apariciones, cobijado por las pesadillas. /
Claro que así murió y su muerte resuena en las malditas /
habitaciones donde perros, orgías, vino griego, prostitutas /
francesas, donceles y príncipes se rinden / y le besan los benditos pies; / porque todo en él era bendito como el mármol de La Piedad / y el agua de los lagos, el agua de los ríos y los ríos de alcohol / bebidos a pleno pulmón, / así deben beber los poetas: Hasta lo infinito, hasta la negra /noche y las agrias albas / y las ceremonias civiles y las plumas heridas del artículo / a que te obligan, / la crónica que nunca hubieras querido escribir / y los poemas rubíes, los poemas diamantes, / los poemas huesolabrado, los poemas / floridos, los poemas toros, los poemas posesión, los poemas / rubenes, los poemas danos, los poemas madres, / los poemas padres, tus poemas…
xxx
Y así le besaban los pies, la planta del pie que recorrió / los cielos y tropezó mil y un infiernos / al sonido siringa de los ángeles locos y los demonios / trasegando absintio / (El chorro de agua de Verlaine estaba mudo), ante el azoro / y la soberbia estupidez de los cónsules y los dictadores, / la chirlería envidiosa y la espesa idiotez de las gallinas / municipales. / Maldiciendo, claro, porque en la agonía estaba en su derecho / y porque qué jodidos (¡Jure, jodido!, / dijo Rubén al niño triste que oyó su testamento), ¿por qué / no morir de alcoholes de todo el mundo si todo el mundo es / alcohol y la llama lírica es la mirada de un niño con la cara / de un lirio? / Resollaba y gemía como un coloso crisoelefantino / hecho de luces y tiniebla, pulido por el aire de los Andes, / la neblina de los puertos, el ahogo de Nueva York, / la palabra española, el duelo de Machado, Europa / sin su pan. / Rugía impuramente como deben rugir todos los poetas / que mueren (¡Qué horror, mi cuerpo /
destrozado!) / y los médicos: Aquí hay pus, aquí hay pus —y nunca / le hallaron nada sino dolor en la piel / limpios los riñones heroicos, limpio el hígado, limpio / y soberbio el corazón / y limpiamente formidable el cerebro que nunca se detuvo, / como un sol escarlata, como un sol de esmeraldas, como / la mansión de los dioses, como el penacho de un / emperador azteca, de un emperador inca, de un guerrero / taíno; / cerebro de un amante embriagado a la orilla de un dulcísimo / cuerpo, ay, de mieles y nardos / (su peso: mil ochocientos cincuenta gramos: tonelaje de poeta / divino, anchura de navio), / el cerebro donde estallaron los veintiún cañonazos / de la fortaleza de Acosasco / y que luego…
xxx
Claramente, turbiamente hablando, hubo necesidad / de destrozarlo, enteramente destazarlo como a una fiera / selvática, como al toro americano / porque fue mucho hombre, mucho poeta, mucho vida, / muchísimo universo / necesariamente sus vísceras tenían que ser universales, / polvo a los cuatro vientos, circunvoluciones repletas / de piedad, henchidas de amor y de ternura. / Aquí el hígado y allá los riñones. / ¡Dame el corazón de Rubén! Y el cerebro peleado, de garra / en garra como un puñado de perlas. / Aquel cerebro (¡salud!) que contó hechicerías y fue sacado / a la luz antes del alba; / y por él disputaron y por él hubo sangre en las calles / y la policía dijo, chilló, bramó: / ¡A la cárcel! Y el cerebro de Rubén Darío —mil ochocientos / cincuenta gramos— fue a dar a la cárcel / y fue el primer cerebro encarcelado, el primer cerebro entre / rejas, el primer cerebro en una celda, / la primera rosa blanca encarcelada, el primer cisne degollado.
xxx
Lo veo y no lo creo: ardido por esa leña verde, / por esa agonía de pirámide arrasada, / el poeta que todo lo amó / cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el suave crucifijo, / el Cristo de marfil que otro poeta agónico le regalara / —Amado Nervo— / y me parece oír cómo los dientes le quemaban y de qué / manera se mordía la lengua y la piel se le ponía violácea / nada más porque empezaba a morir, / nada más porque empezaba a santificarnos con su muerte y / su delirio, sus blasfemias, sus maldiciones, su testamento, / y nada más porque su cerebro tuvo que andar de garra / en mano y de mano en garra / hasta parecer el ala de un ángel, / la solar sonrisa de un efebo, / la sombra de recinto de todos los poetas vivos, / de todos los poetas agonizantes, / de todos los poetas.
19 de enero de 1967
Poemas de Efraín Huerta
La Jornada: Efraín Huerta: entre la bala y la flor,


Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle 
http://www.amazon.com/-/e/B01E60S6Z0

Pedro Conde Sturla
5 julio, 2019
Todavía recuerdo la impresión que me causó este poema, “Responso por un poeta descuartizado”, de Efraín Huerta, cuando lo leí por primera vez en la década de 1960, al poco tiempo de haber sido publicado. Un tiempo viejo en el que casi ninguno de los que están leyendo esto había nacido.
El autor tenía una manera de decir cosas alucinantes que me hacían alucinar, y pensé que quizás era algo subjetivo, que me pasaba solamente a mí. Entonces le envié el poema a Norberto James y Norberto me devolvió la misma alucinación.
En esa época no sabía que así deben morir los poetas: “maldiciendo, blasfemando, mentando madres”. Esas son  cosas que dirían Clodomiro Moquete y Camilo José Cela, pero nunca Rubén Darío, a quien está dedicado el poema. O mejor dicho, a quien Efraín Huerta construye y deconstruye en el texto.



En principio me pareció estar en presencia de un río desbordado y lo estaba. Me desbordaba un discurrrir frenético de imágenes verbales. Cada verso me reservaba una sorpresa, un hallazgo, un deslumbramiento. Efraín Huerta evóca y convoca a Rubén Darío desde el poquito de infierno que ambos tenían en común. Desde su mismo infierno lo evoca y lo revoca y lo retoca, lo inventa y desinventa un poco a su manera desde una sintaxis desbocada que produce una poesía indómita, selvática, espumosa, estridente, vociferante, altoparlantemente bulliciosa, esperpéntica y festiva. Una   
sintaxis arrolladora, que desafía todas las leyes de la poesía y no se detiene ante nada y parece que todo lo puede. Todo lo expresa Efraín Huerta con la convicción de un orate, la fuerza de un poseso, con un chorro de palabras, un aluvión de versos que produce en el lector, sobre todo si es mejicano, el síndrome del desmadre. Algo quizás similar a un desgualetamiento palegórico.
El “Responso por un poeta descuartizado” se me asemeja a un himno o una especie de réquiem, a una marcha fúnebre como quien dice a ritmo de salsa o mambo, alegremente fúnebre. Es la celebración del poeta, celebración y escarnio de Rubén Darío y celebración del arte de la poesía, del “poeta que todo lo amó”, que “cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el suave crucifijo, / el Cristo de marfil que otro poeta agónico le regalara / —Amado Nervo—”. Celebración universal, en fin, de la tutelar “sombra de recinto de todos los poetas vivos, / de todos los poetas agonizantes, / de todos los poetas”.
Quizás el mejor testamento de un Efraín Huerta que, “más que un poeta marginal ha sido, desde hace tiempo, un poeta marginado”.

Responso por un poeta descuartizado
Efraín Huerta

Claro está que murió —como deben morir los poetas,  /maldiciendo, blasfemando, mentando madres, / viendo apariciones, cobijado por las pesadillas. / Claro que así murió y su muerte resuena en las malditas / habitaciones donde perros, orgías, vino griego, prostitutas / francesas, donceles y príncipes se rinden / y le besan los benditos pies; / porque todo en él era bendito como el mármol de La Piedad / y el agua de los lagos, el agua de los ríos y los ríos de alcohol / bebidos a pleno pulmón, / así deben beber los poetas: Hasta lo infinito, hasta la negra /noche y las agrias albas / y las ceremonias civiles y las plumas heridas del artículo / a que te obligan, / la crónica que nunca hubieras querido escribir / y los poemas rubíes, los poemas diamantes, / los poemas huesolabrado, los poemas / floridos, los poemas toros, los poemas posesión, los poemas / rubenes, los poemas danos, los poemas madres, / los poemas padres, tus poemas…

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Y así le besaban los pies, la planta del pie que recorrió / los cielos y tropezó mil y un infiernos / al sonido siringa de los ángeles locos y los demonios / trasegando absintio / (El chorro de agua de Verlaine estaba mudo), ante el azoro / y la soberbia estupidez de los cónsules y los dictadores, / la chirlería envidiosa y la espesa idiotez de las gallinas /  municipales. / Maldiciendo, claro, porque en la agonía estaba en su derecho / y porque qué jodidos (¡Jure, jodido!, / dijo Rubén al niño triste que oyó su testamento), ¿por qué / no morir de alcoholes de todo el mundo si todo el mundo es / alcohol y la llama lírica es la mirada de un niño con la cara / de un lirio? / Resollaba y gemía como un coloso crisoelefantino / hecho de luces y tiniebla, pulido por el aire de los Andes, / la neblina de los puertos, el ahogo de Nueva York, / la palabra española, el duelo de Machado, Europa / sin su pan. / Rugía impuramente como deben rugir todos los poetas / que mueren (¡Qué horror, mi cuerpo / destrozado!) / y los médicos: Aquí hay pus, aquí hay pus —y nunca / le hallaron nada sino dolor en la piel / limpios los riñones heroicos, limpio el hígado, limpio / y soberbio el corazón / y limpiamente formidable el cerebro que nunca se detuvo, / como un sol escarlata, como un sol de esmeraldas, como / la mansión de los dioses, como el penacho de un / emperador azteca, de un emperador inca, de un guerrero / taíno; / cerebro de un amante embriagado a la orilla de un dulcísimo / cuerpo, ay, de mieles y nardos / (su peso: mil  ochocientos cincuenta gramos: tonelaje de poeta / divino, anchura de navio), / el cerebro donde estallaron los veintiún cañonazos / de la fortaleza de Acosasco / y que luego…

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Claramente, turbiamente hablando, hubo necesidad / de destrozarlo, enteramente destazarlo como a una fiera / selvática, como al toro americano / porque fue mucho hombre, mucho poeta, mucho vida, / muchísimo universo / necesariamente sus vísceras tenían que ser universales, / polvo a los cuatro vientos, circunvoluciones repletas / de piedad, henchidas de amor y de ternura. / Aquí el hígado y allá los riñones. / ¡Dame el corazón de Rubén! Y el cerebro peleado, de garra / en garra como un puñado de perlas. / Aquel cerebro (¡salud!) que contó hechicerías y fue sacado / a la luz antes del alba; / y por él disputaron y por él hubo sangre en las calles / y la policía dijo, chilló, bramó: / ¡A la cárcel! Y el cerebro de Rubén Darío —mil ochocientos / cincuenta gramos— fue a dar a la cárcel / y fue el primer cerebro encarcelado, el primer cerebro entre / rejas, el primer cerebro
en una celda, / la primera rosa blanca
encarcelada, el primer cisne degollado.

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Lo veo y no lo creo: ardido por esa leña verde, / por esa agonía de pirámide arrasada, / el poeta que todo lo amó / cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el suave crucifijo, / el Cristo de marfil que otro poeta agónico le regalara / —Amado Nervo— / y me parece oír cómo los dientes le quemaban y de qué / manera se mordía la lengua y la piel se le ponía violácea / nada más porque empezaba a morir, / nada más porque empezaba a santificarnos con su muerte y / su delirio, sus blasfemias, sus maldiciones, su testamento, / y nada más porque su cerebro tuvo que andar de garra / en mano y de mano en garra / hasta parecer el ala de un ángel, / la solar sonrisa de un efebo, / la sombra de recinto de todos los poetas vivos, / de todos los poetas agonizantes, / de todos los poetas.

Poemas de Efraín Huerta
http://www.los-poetas.com/c/huerta1.htm#DECLARACI%C3%93N%20DE%20ODIO

La Jornada: Efraín Huerta: entre la bala y la flor,
https://www.jornada.com.mx/2014/06/18/opinion/a03a1cul.

sábado, 29 de junio de 2019

LA MASACRE

El cha cha cha comenzó oficialmente en octubre del año 1937. La noche del 2 de octubre de 1937. De noche tenía que ser, al amparo de las sombras. Cha cha cha. Y luego durante días cha cha cha. Trujillo mismo anunció el inicio de la matanza y le pondría el nombre. Cha cha cha.

Cha cha cha -dijo más o menos la bestia en una ocasión- era el sonido de los machetes picando carne humana. Cha cha cha era el sonido de los machetes decapitando haitianos, troceando mujeres y niños, el filo de los machetes buscando el corazón de jóvenes y ancianos, partiendo cabezas por la mitad, cercenando brazos o manos. Cha cha era el sonido de la sangre. Los alaridos de la sangre. El rítmico temblor de los machetes.

Trujillo hizo el anuncio en tono macabro, con su habitual vocecita destemplada. Estaba como quien dice de fiesta en Montecristi, en la casa de Isabel Mayer precisamente. La casa de su amiga incondicional Isabel Mayer, su cortesana favorita. La intrigante Isabel Mayer, la informante, la delatora, la senadora, la celestina carente de principios que le procuraba muchachas vírgenes, intactas. La tenebrosa Isabel Mayer.

En casa de Isabel Mayer pronunció la bestia un violento discurso, una pieza oratoria demencial: La presencia de haitianos ya no sería tolerada. Por el tono de voz no resultaba difícil entender el mensaje. No serían tolerados los haitianos. Pero tampoco serían echados del país. Se quedarían aquí, prudentemente muertos.

Todo había sido minuciosamente calculado y la matanza había empezado en la frontera el 28 de septiembre y se detuvo a fines de la primera semana de octubre, si acaso se detuvo.

Parecía, en principio, o quiso parecer, una poblada, una reacción espontánea de los dominicanos contra los haitianos con los que habían convivido pacíficamente, pero la guardia había sido instruida con antelación. El más nimio detalle de la matanza había sido previsto, calculado al milímetro, planificado y coordinado estrictamente como una operación militar. No se usarían armas de fuego, se usarían machetes para no gastar balas, para que no pareciera cosa de los guardias y la policía, para mantener la discreción, el silencio, el sigilo. Para no incurrir en gastos excesivos. La matanza nunca fue el  resultado de un arrebato de furia de la  bestia. Fue el producto del cálculo, el frío calcular de una mente criminal. Luciferina.

El corte, como se le llamó perversamente, la zafra o cosecha de haitianos, no afectó a los picadores de caña, a los esclavos  asalariados que trabajaban en los ingenios azucareros. Respetó la vida de los trabajadores para no perjudicar los intereses de sus amos. Pero se extendió por varias zonas del país, incluyendo Santiago y Samaná, por no hablar de Montecristi y la frontera, donde se cometieron las peores atrocidades.

Sólo en Santiago y sus alrededores -según lo que cuenta Crassweller- fueron apresados unos doscientos haitianos. Había entre ellos mujeres, hombres, niños y niñas, muchachos, ancianos, neonatos y no natos, y fueron llevados como reses a un patio rodeado por edificaciones del gobierno. Allí se procedió sistemáticamente, metódicamente, concienzudamente a decapitarlos o ejecutarlos de cualquier otra manera a golpe de machete para que parecieran, si acaso podían parecer, víctimas de la ira popular, del odio de los dominicanos a los nacionales haitianos.

En Montecristi, con la agradecida colaboración de Isabel Mayer, la cosecha de haitianos fue igualmente buena o quizás más abundante, pero con ellos se procedió de otra manera. Fueron arreados hacia el puerto a punta de fusil y arrojados a las aguas a fuerza de culatazos y bayoneta. Ahogados sin misericordia por guardias que tenían el corazón podrido o ejecutaban órdenes por miedo. Quizás el mismo miedo que veían en los ojos de sus víctimas.

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-¡Pero mi capitán, son solo niños!

-Y las órdenes son órdenes: hombres, mujeres, niños, niñas.

-Algunos apenas caminan, míreles los ojitos, mi capitán, y ni siquiera entienden, algunos me sonríen.

-Si los deja crecer se convierten en adultos y se propaga otra vez la plaga. No les mire los ojos. Lléveselos adonde se le dijo y resuelva.

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En Dajabón y sus alrededores, a la orilla del fronterizo río Masacre, se produjo quizás la peor matanza, el más horrible picadillo. Cientos o miles de haitianos perecieron, fueron exterminados con machetes, pero también se les disparaba a los que huían, tratando de cruzar el rio hacia Haití cuando la noticia de la matanza provocó una estampida entre los que lograron escapar a las redadas, al cerco militar que se estrechaba día por día.

En la frontera y sus alrededores todo comenzó a oler a sangre y a podrido. El río estaba tinto en sangre y olía a sangre putrefacta. Por sus aguas boyaban los cadáveres o se apilaban en ambas orillas con su fétido aliento de muerte. Dicen los pocos testigos oculares que aparecían cuerpos mutilados y descompuestos en todos los rincones, en caminos vecinales, en las calles solitarias de los poblados, en cualquier hondonada. La sangre se mezclaba con el  polvo, dejaba un rastro de espanto entre lomas y cañadas, goteaba de los cuerpos apiñados como basura para tirar al basurero. Durante mucho tiempo, en los alrededores de Montecristi, aparecerían huesos humanos en las pocilgas.

Dicen que el guaraguao Alcántara, uno de los más terribles asesinos al servicio de la bestia, era uno de los que andaba por esas lomas haciendo de las suyas, matando y torturando haitianos por diversión a troche y moche. El guaraguao Alcántara, le decían los dominicanos. Malfiní Alcantará, le decían los haitianos en voz baja. Unos y otros le temían por igual.

En el ambiente de terror y anarquía de esos días, cualquiera podía caer por equivocación en manos de los guardias. Nadie, y sobre todo aquellos de piel más oscura, estaba realmente a salvo. No siempre había una línea clara de demarcación entre dominicanos y haitianos. Distinguir, a veces, entre unos y otros se prestaba a confusión y la confusión se aclaraba obligando a los prisioneros a decir la palabra perejil, de difícil y característica pronunciación para los haitianos. Si no había duda, eran ejecutados. En caso de dudas, también podían ser ejecutados. Numerosos dominico-haitianos corrieron esa suerte.

Muchas familias escondieron y protegieron a sus criados o conocidos, incluso a los fugitivos, otras los  entregaron a las autoridades.  Isabel Mayer cedió a la guardia gustosamente los numerosos haitianos que tenía como sirvientes. El célebre capitán Bisonó ejecutó personalmente, en su propio hogar, a su anciano cocinero haitiano, uno que había servido durante años a su familia.

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-A un grupo de muchachos, niños y niñas, les dijeron que los iban a llevar al río a bañar y los llevaron. Al río Dajabón los llevaron. Al Dajabón, al Masacre. A bañarse en el río de sangre.

-Con los bebés haitianos los guardias jugaban un juego muy bonito. Se los arrebataban a las madres y los lanzaban hacia arriba, muy arriba, y los ensartaban en las bayonetas y reían.

-Los que no pudieron escapar ya ni lo intentan. Parece que se entregaron a la muerte, abandonaron las ganas de vivir. Lo más impresionante es esa mirada triste y mansa. Resignada. Se dejan agarrar y conducir en fila india sin ofrecer resistencia. Están como sin vida, sin voluntad,  como si fueran zombis. El capitán les dice que levanten el ala y la levantan, levantan el brazo izquierdo  mecánicamente y se dejan meter la bayoneta por el sobaco hasta alcanzar el corazón y ahí se acaba. Ya ni siquiera gritan. Parece que ya no sienten ni padecen. Están como hipnotizados, quizás paralizados mas bien por el terror.

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Dice Crassweller que, en aquellas terribles horas, muchos  enfrentaron su destino con la estoica o cansada resignación de los bueyes. Largas filas de hombres, mujeres, niños, serenos o pasmados vieron venir la muerte con una fortaleza increíble y a la vez silenciosa. Vieron cómo eran decapitados uno tras otro. Uno tras otro. En rápida sucesión uno tras otro.

Dicen que en las zonas de conflicto mucha gente no se atrevía ni a salir de sus casas, pero en el resto del país no se sabía nada, sólo llegaron rumores de la masacre del perejil durante los primeros días. Luego ni siquiera rumores, a pesar del rio de sangre derramada.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [47](https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html)

BIBLIOGRAFÍA:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”

jueves, 27 de junio de 2019

PREDICACIÓN EGOCÉNTRICA O POR FAVOR MODESTIA APÁRTATE



Pedro Conde Sturla

Uno que vino y se fue, un nuevo descubridor. Vino con el ego hinchado a colonizar la literatura dominicana (colon-izar, sí) y se hizo dueño y señor. 
Con un poetómetro en una mano y un escritómetro en otra determinó quién era mejor escritor o poeta, estableció que todo lo que se escribe sobre la insurrección de abril o Trujillo es obsoleto (un poco al estilo de Miguel D. Menos), amenazó, en fin, con proyectar la literatura dominicana a otros horizontes con la fuerza de su prestigio y sus grandes éxitos en los Estados Unidos. 
Ya se rindió, se declaró vencido por la incomprensión. Ahora ejercerá su pontificio desde esa especie de meca o de La Meca que es la ciudad de Miami. Lo acompañan en sus sentimientos algunos seguidores más inflados que él. Inflado uno de ellos con resonancias bíblicas. 
Por lo que puede verse en algunas de sus notas, la modestia no es su fuerte y ni siquiera el sentido del pudor. 
Helo aquí sorprendido en pleno ejercicio de la pedantería, el ejercicio permanente de la pedantería, la megalomanía que se pone en evidencia en los comentarios que acompañan esta foto y que no puede desmentir.
Ego, ti assolvo.