viernes, 22 de noviembre de 2019

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (2)

Pedro Conde Sturls
22 noviembre, 2019
Mark Twain.

MarkTwain nació en 1835 en un poblado de Missouri llamado Florida, que en esa época tenía una población de un centenar de habitantes y hoy está deshabitado. Era un villorrio invisible, casi invisible -cuenta Mark Twain-, y su nacimiento contribuyó a elevar el indice demográfico en un uno por ciento. De esa hazaña, esa proeza que, según decía, muy pocos hombres de la historia habían realizado, se sentía o decía sentirse muy orgulloso.

Después, cuando apenas tenía cuatro años, fue a parar a un pueblo llamado Hannibal, un puerto, en el que no vivían mas de diez o quince mil personas, a orillas del poderoso Mississipi, el padre de las aguas. De ese puerto, esas aguas, que aparecen transfigurados bajo el nombre de San Petersburgo en algunas de sus novelas, preservaría unos vínculos entrañables que lo acompañarían toda la vida. En Hannibal empieza a descubrir el mundo, se familiariza con la esclavitud, la trata y el maltrato de los negros, que tendrá en su obras una importancia capital.
Asiste durante un tiempo y de mala gana a la escuela, se convence de que los estudios no lo van a llevar a ninguna
parte. De hecho, nunca permitiría que la escuela “interfiriera con (su) educación”.
La religión tampoco era lo suyo. De la iglesia calvinista, a la que iba desde pequeño, sólo conserva desagradables recuerdos que le inspiran frases desalentadoras: “Si Jesucristo estuviera aquí ahora, hay una cosa que no sería, cristiano”. En otra ocasión escribiría: “Un hombre es aceptado en la Iglesia por lo que cree y es expulsado por lo que sabe“.
Para peor, unos cuantos textos suyos forman parte de un escabroso libro titulado “La Biblia del ateo: una ilustre colección de pensamientos irreverentes”. Esta obra, de una mujer llamada Joan Konner, fue publicada por la Editorial Seix Barral en el año 2008 y contiene pensamientos muy peyorativos, sarcásticos en relación a las creencias religiosas.
Lo que dejó escrito Mark Twain sobre la Biblia, el dios de la Biblia y la misma Biblia no se presta de ninguna manera a equívocos ni a interpretaciones retorcidas, amañadas o complacientes:
“Nuestra Biblia nos revela el carácter de nuestro Dios con una exactitud minuciosa y sin remordimientos... Es quizás la biografía mas difamatoria que haya sido impresa nunca. Hace de Nerón un ángel de luz por contraste”.
La verdad es que, en este sentido, el juicio lapidario de Mark Taiwan sobre la religión parece competir con los de otros dos famosos personajes: Thomas Paine y Charles Darwin:
Thomas Paine, uno de los llamados padres fundadores de los Estados Unidos, afirmaba sin tapujos que “Siempre que leemos las historias obscenas, las orgías voluptuosas, las ejecuciones crueles, la venganza implacable que llenan mas de la mitad de las páginas de la Biblia, nos parece que sería mas lógico considerar ésta como la palabra de un demonio mas que la palabra de Dios. Es una historia de maldad que ha servido para corromper y embrutecer al género humano”. (De hecho, eso lo estamos viendo hoy en Bolivia y lo vimos en Brasil).
Charles Darwin, por otra parte, decía en tono reposado y a la vez lapidario que entre 1836 y 1839 “había comenzado a ver gradualmente que el Viejo Testamento, desde su manifiesta falsa historia del mundo, con su Torre de Babel, el arco iris de Señal, etc., etc., y de atribuirle a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no era mas de confiar que los libros sagrados hindúes o las creencias de cualquier bárbaro”.
Aparte de la atmósfera viciada que se respiraba en Hannibal (en aquel ambiente puritano, esclavista, probablemente insalubre), todo conspiraba en contra de una adecuada formación para cualquier muchacho con un mínimo de inquietudes intelectuales, incluso contra la salud física y mental de sus pobladores.
Mark Twain tuvo una infancia desgraciada, seguramente oscura y triste. De hecho, dolorosas pérdidas familiares marcaron el compás de sus primeros once años, al igual que marcarían los de su vejez. A los cuatro años Mark Twain perdió a una de sus hermanas, a los siete perdió a un hermano y para cerrar con broche de oro quedó huérfano de padre al cumplir once. En su edad madura vio morir a una de las hijas, otra fue víctima de la locura, su esposa quedó invalida, se consumió en una larga enfermedad que terminó de envenenar su vida.
La tragedia parecía abatirse y se abatía en estos últimos años con mayor saña sobre Mark Twain en la medida en que su carrera y su fama de escritor alcanzaban el cenit, mientras cosechaba más y más galardones literarios y se acrecentaba su fama y se ganaba cada vez más el corazón de sus lectores. En cierto momento eligió el color blanco como símbolo de luto y nunca volvió a usar ropa de otro color.
Esta no es o no parecer ser de ninguna manera la biografía de un humorista para quienes se toman el humor a la ligera. Sin embargo, para Mar Twain “el origen secreto del humor no es la alegría sino la tristeza”.
Mark Twain era un personaje adolorido, desencantado, pesimista, alguien que tenía muy poca fe en el ser humano, que decía las cosas mas dolorosas con un gran sentido del humor, con un toque de humor, un humor seco, como se ha definido, un humor cáustico que provoca risa en cualquier situación y corroe un poco todo lo que toca. Ese escritor, dotado de un inmenso talento literario, es presentado a menudo o casi siempre, mas bien enmascarado o travestido como un simple autor de amables libros de aventuras para niños y adultos. Es siempre el celebrado autor de “La célebre rana saltarina del distrito de Calaveras”, un delicioso relato superficial y ameno que no representa para el orden establecido mayor peligro, y en el cual se le ha encasillado, encorsetado. Se le ha querido inmovilizar en una especie de camisa de fuerza.
Pero las cosas son de otra manera. Mark Twain no es sólo el fundador de la literatura usamericana, es el más universal y más notable y el más grande genio literario que ha producido Estados Unidos, uno de los más grandes escritores satíricos que ha conocido la humanidad.
Mark Twain fue la conciencia crítica mas lúcida y terrible de la sociedad de su tiempo, el mas lúcido visionario, el escritor que expuso ante los ojos de sus contemporáneos las llagas purulentas del mundo en que vivían. El hombre que reveló que el sueño americano era para mucha gente una ingrata pesadilla. El pudo ver lo que otros no verían. Más de lo que vería o vio José Martí en las entrañas del monstruo.
“Toda la literatura moderna americana -escribió Ernest Hemingway en ‘Las verdes colinas de África’- procede de un libro de Mark Twain que se llama Huckleberry Finn... Es nuestro mejor libro. Todo lo que se ha escrito en América surge de él. Antes no había nada. Y nada que se le asemeje ha aparecido después”



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sábado, 16 de noviembre de 2019

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (1)

Pedro CondecSturla
15 noviembre, 2019



Mark Twain. 

De todos los escritores del mundo, quizá sea Mark Twain quien más se haya divertido contando lo que quería contar. Por eso el lector disfruta tanto con su implacable versión de la estupidez, la arrogancia, la ostentación y el disparate generalizado de la humanidad.» (Chicago Sun Times).

Dicen que Mark Twain decía que un banquero es un señor que te presta un paraguas en un día de sol y te lo quita en un día de lluvia.
Mark Twain era un irreverente que no sólo hablaba mal de los banqueros, sino también de la religión y de la Biblia en particular. Alguien que decía: “Cuando prohíben un libro mío en una biblioteca donde tienen la Biblia al alcance de cualquier joven indefenso, la ironía de la situación, en vez de irritarme, me divierte”. También decía que “La irreverencia es la campeona de la libertad, y su única defensa segura”.
Mark Twain tenía además una pésima opinión sobre los llamados seres humanos y de su propio país, era un  disociador y un poco ateo, un enemigo jurado del  colonialismo y el imperialismo, un lunático que decía que  “Dios creó la guerra para que los estadounidenses  aprendieran geografía” y que “la nueva bandera de los  
Estados Unidos debería ser con las rayas blancas pintadas 
de negro y las estrellas sustituidas por un cráneo y dos huesos  cruzados”. 
En general, se manifestó en sus escritos periodísticos como un antiimperialista radical, se pronunció a favor de las  revueltas contra el despotismo zarista en Rusia, expresó las  mayores simpatías por los chinos en la Guerra de los bóxers y dedicó críticas acerbas a la política imperial del monstruoso Leopoldo de Bélgica en el Congo.
Mark Twain se pronunció particularmente en contra de las aventuras militaristas y expansionistas de su país en Puerto Rico, Cuba y Filipinas, le llamaba asesinos uniformados a los marines que invadían y masacraban a los filipinos y hablaba en términos muy poco elogiosos del papel que desempeñaron en la guerra hispano estadounidense.
En opinión de Mark Twain, el presidente Theodore Roosevelt, uno de los grandes héroes de esa guerra, considerado por muchos como la más pura encarnación del patriotismo usamericano, no era más que un carnicero, un rufián, un acosador, un gobernante indigno.
Mark Twain era alguien que se oponía al envío de misioneros a África, que decía que había mucho que hacer en la propia casa evangelizando a los paganos que se dedicaban a linchar negros en el Sur. Por algo escribió un libro titulado “Los Estados Unidos del linchamiento”.
En muchos aspectos, este gran humorista, o mejor dicho, “el escritor satírico más grande que ha producido Estados Unidos”, era un personaje adolorido, desencantado, que sufrió grandes tragedias familiares durante toda su vida. Decía, entre otras cosas, que “de entre todas las criaturas los humanos son las más detestables, pues son las únicas criaturas que infligen dolor por entretenimiento, sabiendo que están causando dolor”. Decía o dicen que decía que “el hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir». Decía que “el hombre es la criatura que Dios hizo al final de una semana de trabajo, cuando ya estaba cansado”; decía que “el hombre es un experimento y que el tiempo demostrará si valía la pena. Decía que “el perro que recoges muerto de hambre y alimentas y haces próspero no te muerde. Esta es la principal diferencia que hay entre un perro y un hombre”. Decía y repetía: “A mi edad, cuando me presentan a alguien ya no me importa si es blanco, negro, católico, musulmán, judío,capitalista, comunista ... me basta y me sobra con que sea un ser humano. Peor cosa no podría ser”. Decía, con menos palabras: “Yo no pregunto de qué raza es un hombre, basta que sea un ser humano, nada puede ser nada peor”.
El humor y la risa eran su única tabla de salvación, su seña de identidad. El humor, la risa y el desconcierto que producen. Por eso dijo que la “raza humana en su pobreza tiene un arma incuestionablemente eficaz: la risa. El poder, el dinero, la persuasión, la súplica, la persecución, todas pueden intentar levantar un disparate colosal, empujarlo, atosigarlo un poco, debilitarlo, siglo tras siglo, pero solo la risa puede hacerlo estallar en pedazos y ráfagas de átomos. No hay nada que se resista al ataque de la risa”. No hay, sin embargo, nada superficial en el humor y la risa de Mark Twain. En su concepto, el humor no surge de lo trivial, sino del drama, de la gran comedia o tragedia humana.
Dicen que Mark Twain abrigaba dudas más o menos pasajeras o permanentes sobre la existencia de Dios y dicen que dijo o decía: “El paraíso lo prefiero por el clima; el infierno por la compañía”, y que “es mejor vivir fuera del Jardín del Edén con Eva que dentro de él sin ella”. No en vano escribió una diatriba llamada “Los escritos irreverentes” y otra titulada “Los diarios de Adan y Eva”. Entre esos textos sacrílegos y desaconsejables, hay unas escandalosas “Cartas de Satán” que no deben ser tomadas a la ligera. En ellas se resume un poco todo lo que aquí se ha dicho y demuestra fehacientemente que Mark Twain era de muchas maneras digno por lo menos de la hoguera o el paredón.
Las cartas de Satán
Carta1
Mark Twain
Este es un lugar extraño, un lugar extraordinario e interesante. En casa no hay nada que se le parezca. Las personas están todas locas y los demás animales también. La Tierra está loca, como la mismísima Naturaleza, que también lo está. El Humano es una curiosidad maravillosa. En el mejor de los casos, es una especie de ángel de grado inferior bañado en níquel; en el peor de los casos, es un ser inefable, inimaginable. Pero desde el principio hasta el final y siempre, es un sarcasmo. Sin embargo, ingenuamente y con toda sinceridad, se llama a sí mismo, «la obra más noble de Dios». Esto que digo es verdad. Y no es una idea nueva en él; sino que la repite desde tiempos inmemoriales, tanto que ha acabado por creérsela, sin que nadie en toda su raza sea capaz de reírse de ella.
Es más, si me permiten alargarme un poco, el humano se considera el animal preferido del Creador. Está convencido de que el Creador no sólo está orgulloso de él, sino que le quiere, que tiene pasión por él y que se pasa las noches en vela, rendido de admiración, sí, vigilándolo y manteniéndolo fuera de peligro.
Cuando reza, está convencido de que el Creador le escucha. ¿No es una idea pintoresca? Llena sus oraciones de halagos torpes, burdos y floridos, persuadido de que el Creador se sienta y ronronea de placer al oír tales extravagancias. No pasa un día sin que rece para pedir socorro, favores y protección, siempre con optimismo y confianza, aunque ninguno de sus ruegos haya recibido respuesta jamás. La afrenta diaria, la derrota constante, no le desaniman, pues sigue rezando como si nada. Hay algo casi hermoso en esta perseverancia. Pero permitan que me exceda algo más. ¡El humano cree que va a ir al cielo!
Al fin y al cabo, tiene unos maestros asalariados que se lo dicen. Como le dicen que hay un infierno de hogueras eternas al que irá si no cumple los Mandamientos. ¿Y qué son los Mandamientos? Pues toda una curiosidad. Ya hablaré de ellos más adelante.



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martes, 12 de noviembre de 2019

¿MORROBEL AL PODER?

Pedro Conde Sturla
20 de junio de 2007.




Políticos y politi castros




Una buena parte de la opinión pública más sensible de la isla de la fantasía se ha mostrado ingenuamente alarmada, más bien consternada, por el hecho de que Melesio Morrobel es candidato al poder, candidato a la presidencia de la República por un partido de Morrobeles.
Morrobel es uno de los muchos personajes que interpreta Freddy Beras Goyco, quizás su obra maestra. Morrobel representa a un político corrupto, si acaso no lo son todos, un político que no esconde su desvergüenza ni disimula sus ambiciones, no enmascara con palabras su idea del estado como botín: al poder se va a robar, a “resolver”. Morrobel no finge virtudes que no tiene, como aconseja Maquiavelo al Príncipe, Morrobel hace y dice lo que otros sólo hacen, no maneja un doble discurso, no tiene una doble moral. Morrobel es exactamente lo que dice ser, la encarnación pura y desnuda de la falta de principios, de ética y moral, la honesta encarnación de un corrupto. Lo único que lo distingue de sus secuaces, lo único que lo distingue de la mayoría de integrantes de esas asociaciones de malhechores llamadas partidos políticos es la descarnada sinceridad o mejor dicho el cinismo, simplemente el cinismo. La participación de Morrobel en la política vernácula sólo podría llamar a escándalo si la realidad no lo superara. El vulgarísimo Morrobel, como dice Pablo McKinney, “ha sido vulgarmente superado por la realidad política nacional”.
Morrobel no es una opción de poder, Morrobel está en el poder desde hace años. Es la expresión de un poder gangsteril que desde lo regional trasciende a lo nacional y se proyecta al plano internacional. Morrobel es un políticastro, exactamente un politicastro, vinculado a los viajes ilegales, al tráfico de drogas, a la mafia de los pasaportes, a los fraudes electorales de la era gloriosa de Balaguer, a la monumental estafa de la Hidro-Quebec, al Peme, al Plan Renove, al escándalo de la decoración del edifico de la Suprema Corte, a las colosales quiebras bancarias, a Don Quirino Ernesto Paulino Castillo. En resumen, a la depredación del patrimonio público, a lo imaginable e inimaginable.
Los Morrobeles pululan en el poder político y dominan el escenario desde siempre, nada tienen de novedosos. A varios Morrobeles les han quitado incluso la visa del imperio, que es como quitarles la patria, y la mayoría exhiben de forma indecorosa el plumaje de la fortuna ganada con el sudor de la frente de sus semejantes.
Si alguno de ellos causa malestar entre sus congéneres es porque se va de boca y confiesa sus malas artes, si el modo en que dispensa lo que no es suyo causa alarma, si el índice de rechazo es tan alto incluso entre sus compañeros de fechorías es porque se reconocen en él y se dan asco.



pcs, miércoles, 20 de junio de 2007.


sábado, 9 de noviembre de 2019

La hermandad de las bestias (10 de 10)

Pedro Conde Sturla
8 noviembre, 2019
Fausto Caamaño y Aníbal Trujillo. 


Los verdaderos enfrentamientos entre la bestia y Aníbal se produjeron en su finca de Mango Fresco, un latifundio que Aníbal había adquirido en los alrededores de Manoguayabo, a poca distancia de Ciudad Trujillo. La enorme propiedad no le había caído del cielo en las manos. La había conseguido, la había armado como un rompecabezas, pedazo a pedazo, con la sangre, el sudor y lágrimas ajenas, con los métodos expeditos que empleaban todos sus hermanos. Apropiándose primero de una parcela, incorporando luego tierras aledañas mediante el despojo, el asesinato, el terror que infundían en sus dueños por cualquier medio.

Todo iba bien hasta que la finca de Aníbal, que se expandía en una dirección, chocó con la de la bestia que se expandía en dirección contraria. El choque se convirtió en un nuevo motivo de fricción y dio lugar a unos oscuros episodios en los que corrió mucha sangre.
Lo que se cuenta, en relación a estos sucesos, parecería surrealista y no se asimila, no se digiere fácilmente. Es posible que en alguna ocasión Aníbal matara peones de la finca de la bestia y la bestia le pagara con la misma moneda. Es posible, pero además extraño, que los brutales excesos de Aníbal en Mango Fresco, las llamadas matanzas de Mango Fresco, le provocaran tanto disgusto a la bestia que decidiera por fin tomar medidas para ponerle freno a los desmanes de su demente hermano.
Lo de Mango Fresco es alucinante. Algo que permite conocer un poco la naturaleza del monstruo que se alojaba en la cabeza de Aníbal, el borroso límite que existía en su mente criminal entre realidad e imaginación, lo desquiciado que estaba.
Aníbal, según se dice, en uno de sus tantos raptos de locura, sintió una perentoria, inapelable sed de sangre y pidió sangre. Quería ver sangre, decía, inmediatamente sangre. Sangre quería y decía, o dicen por lo menos que decía. Y mientras lo decía y repetía hizo que sus hombres reunieran a un grupo de peones de su finca en un corral, volvió a decir que quería sangre y cargó contra los peones sable en mano, a lomo de su caballo, toda una carga de caballería ligera, y empezó a repartir tajos a destajo. La sangre brotaría a raudales, como de un extraño surtidor, y Aníbal la pudo ver, la pudo oler, la pudo palpar y saborear, mientras blandía el sable sobre las cabezas de aquellos infelices que gritarían de dolor y de terror seguramente.
En otra ocasión, según se dice, con la colaboración de su guardia pretoriana, daría un tratamiento similar a un grupo de campesinos a los que ordenó amarrar como andullos para que no pudieran ni siquiera intentar defenderse. Quería sangre, otra vez sangre, y con la colaboración de su guardia pretoriana los picó como quien dice en pedacitos
Se dice que esa vez la bestia envió una patrulla de soldados a la finca de Aníbal para averiguar lo que estaba pasando y la patrulla desapareció. Se dice que al poco tiempo la bestia se presentó en la finca y ordenó que ejecutaron a todos los asistentes civiles y militares que acompañaban a Aníbal. Se dice, en lo que parece otra versión de los acontecimientos, que la bestia envió al general Fausto Caamaño a imponer el orden en Mango Fresco, que le dio instrucciones de pasar por las armas a todos los militares al servicio de Aníbal, incluso al propio Aníbal.
Se dice que Fausto Caamaño cumplió el difícil mandamiento a medias, que hizo que le avisaran a Mamá Julia de lo que ocurría para que Mamá Julia avisara a Aníbal para que Aníbal espantara la mula y se pusiera a salvo como, en efecto, se puso. Después, sólo después, Fausto Caamaño se presentó en la finca y fusiló rutinariamente a todos los allegados civiles y militares de Aníbal. Un total de veintiocho o treinta personas. Algo que no le quitaba ni le quitaría el sueño a Fausto Caamaño.
Otros asesinatos y otras purgas parecidas tendrían lugar en Mango Fresco. Tal vez se trata de acontecimientos diferentes o de diferentes versiones de los mismos acontecimientos, que remiten, sin embargo a una misma espantosa realidad.
Muchos afirman que a raíz de los últimos y escandalosos hechos de sangre, Aníbal habría sido declarado interdicto, no apto para realizar trabajos productivos, y que había sido cancelado o simplemente alejado del ejército. Parecería que en sus últimos años había caído en un estado depresivo crónico que se agravó en grado extremo con la dolorosa pérdida de su rango y privilegios, de la cuota de poder que tenía asignada. Se sabe, a ciencia cierta que Aníbal fue sometido entonces a tratamiento psiquiátrico intensivo, que recibió en el país y el extranjero terapia electroconvulsiva, terapia de electrochoque. Se sabe que la terapia no resolvió el problema y que la condición de Aníbal se agravó. Se supone que finalmente, quizás porque tenía ganas de ver sangre de nuevo, se suicidó de un tiro en la sien en el baño de su casa.
A Crassweller, esta historieta le parece sospechosa, indigna de confianza en el mejor de los casos. La condición de Aníbal ciertamente empeoraba, pero también se incrementaba la animadversión que tenía o sentía por su hermano. Mucha gente lo oyó despotricando contra él, diciendo que quería matarlo y lo mataría. Lo hubiera matado si hubiera tenido esa oportunidad, y la bestia seguramente no estaba dispuesto a dársela.
Así estaban y seguirían estando las cosas por un tiempo. Aníbal vociferaba, despotricaba, amenazaba con matar a la bestia, lo desconsideraba, lo irrespetaba y no pasaba nada.
Nada pasaba, de hecho, hasta que por fin pasó. Hasta que el 2 de diciembre de 1948 se presentó en su casa de la calle Isabel la Católica esquina Padre Billini un grupo de oficiales a los que seguramente no había invitado. Entrarían, se acomodarían, hablarían o discutirían… Nadie lo sabe. Al poco tiempo se produjo en el baño, en uno de los baños, un disparo que sonó como un tiro de cañón. Los oficiales acudieron, encontraron a Aníbal muerto con la pistola en la mano, ¡qué tragedia, Dios mío, qué tragedia!, y acordaron y declararon que había cometido suicidio. ¡Qué tragedia! Los diarios se refirieron al hecho en términos de “trágico accidente” y aludieron por supuesto a su deficiente estado mental. Una tragedia.
Dice Crassweller que los detalles del suceso no fueron esclarecidos, que no se determinó con qué mano sostenía la pistola y que los que conocían a Aníbal lo creían incapaz de cometer suicidio y no se tragaron el cuento.
Ademas, la bestia ni siquiera asistió al funeral. Virgilio, Petán, Negro y Pipí tampoco estuvieron presentes.
(Historia criminal del trujillato [47).
BIBLIOGRAFÍA:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.
Dr. Lino Romero, “Trujillo, el hombre y su personalidad”
José C. novas, “Inventario moral # 2, Petán Trujillo y sus excesos’ (https://almomento.net/opinion-inventario-moral-2-petan-trujillo-y-sus-excesos/
Chichí De Jesús Reyes, “Trujillo ordenó al general Fausto Caamaño fusilar a su hermano Aníbal Julio”,



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sábado, 2 de noviembre de 2019

La hermandad de las bestias (9 de 10)

Pedro Conde Sturla
1 noviembre, 2019



Aníbal Trujillo en dos etapas de su vida

Quizás alguna vez Aníbal Trujillo oyó hablar de Julio César o Napoleón y quiso ser emperador. Era, en este sentido, el más idealista de la familia, el que tenía, sin duda, más grandes aspiraciones. Quería ser emperador desde pequeño. No se conformaba con menos. Algo en su interior le decía que podía ser emperador y logró convertirse en emperador varias veces. Mentalmente emperador.
Lo que más lo ilusionaba o motivaba, lo que en verdad deslumbraba o enternecía, lo hacía feliz como un niño, era que en su condición de emperador podía dar rienda suelta a sus instintos elementales y derramar sangre a raudales. De hecho, cuando en su mente enfermiza, enfebrecida, realizaba su fantasía, cuando se convertía ocasionalmente en emperador siempre se le antojaba derramar sangre a raudales, derramar sangre por gusto, por el placer de ver   sangre y oler sangre. Quizás también bañarse literalmente en sangre. Era un sicópata, un esquizofrénico. Un homicida 
vocacional, como todos sus hermanos. Un criminal   
instintivo. La diferencia, sin embargo, es que ese instinto, el  instinto criminal, vivía en Aníbal Trujillo como quien dice a  flor de piel. Un poco más a flor de piel que en los demás y  se manifestaba espontáneamente de forma teatral.  
De ser cierto lo que se dice, los arrebatos de locura de  Aníbal empezaron a producirse a una edad temprana. 
Andaba por las calles desde pequeño diciendo que era Julio César o la reencarnación de Julio César y se proclamaba 
emperador, emperador del Caribe.
En cuanto a lo demás, tenía que ser de alguna manera igual 
a sus hermanos, un resentido, un tipo sin principios, un 
amoral, un inescrupuloso que no le hacía asco a ningún 
medio para conseguir lo que deseaba. Intrigas, robos, 
homicidios, prostitución, violaciones y borracheras, 
bandidaje, cárcel, habituales tropezones con la justicia 
componen los ingredientes de lo que fue su vida. Su formula existencial. No obstante, dice Crassweller que no era un tipo desagradable personalmente o, quizás, mejor dicho, 
superficialmente.
Lo cierto es que con él, durante los años de 1930, con Petán y Virgilio tuvo la bestia problemas serios. De hecho, con él 
siguió teniendo problemas hasta el año de su muerte en 
1948, hasta que él mismo se quitó o lo quitaron de en 
medio.
Aníbal tuvo incontables hijos con mujeres de las se 
apoderaba a voluntad, hijos naturales que nunca le 
importarían y de los que nunca se ocuparía. Estuvo casado 
brevemente con una hija de Jacinto Peynado de la cual se 
divorciaría en 1936, algo que no le hizo gracia a Trujillo, pero 
que de seguro proporcionó a Jacinto Peynado un gran alivio 
y contento. Con ella tuvo Aníbal un varón que heredó su 
locura, un loco manso que murió atropellado por un auto en 
1999.
El desequilibrio de Aníbal era evidente hasta en su manera 
de conducir. Aníbal era un conductor temerario,  manejaba 
de manera irresponsable, como lo que era, con un total desprecio por las consecuencias de sus acciones al volante. En 1931, durante el curso de sólo un mes, destruyó tres automóviles asegurados por la Maryland Casualty Company y sus representantes pegaron el grito al cielo y posiblemente hicieron llegar alguna queja a la bestia.
Trujillo -según lo que dice Crassweller-, había tratado a su modo, el único que conocía, de corregir la indisciplina de Aníbal, moderar su excedente de energía vital sometiéndolo a todos los rigores de la vida castrense, dándole cargos de mayor peso y responsabilidad en los que su conducta estaba sujeta a estricta supervisión.
El correctivo fue algo parecido en realidad a un premio. Lo fue subiendo de rango hasta que Aníbal alcanzó a ser general, Jefe de estado mayor de las fuerzas armadas. En 1936, nombró a su hermano Negro, su hombre de confianza, como coronel y jefe asistente de personal bajo su mando, quizás con la esperanza de que éste pudiera influir positivamente. Pero los problemas no hicieron más que agravarse. Aníbal irrespetaba a su todopoderoso hermano, era el único que lo hacía, lo criticaba públicamente, cuestionaba sus órdenes, se insubordinaba, y hasta se dice que un día se presentó iracundo en el Palacio con malas intenciones, a pedirle cuentas por algún agravio real o imaginario. Se dice incluso que Trujillo evitó el encuentro para no tener que hacerlo matar.
Al parecer, Aníbal solía vestir de una manera llamativa. Usaba una capa muy vistosa, una capa de emperador, parecida a la que usaba su hermano en ciertas ocasiones. Una capa chillona con colorines con la cual se sentía menos general que emperador. Se tramutaba de hecho en emperador, se proclamaba emperador, la viva reencarnación de Julio César. Ordenaba terminantemente a sus soldados que lo reconocieran como emperador, quizás que se reconocieran ellos mismos como legionarios al servicio del emperador. Cuando no tenía soldados a su disposición reclutaba a los peones de su finca, los ascendía de su miserable condición a la de milites, miembros de una selecta milicia a los cuales ponía nombres ilustres, a los cuales los elevaba a veces provisionalmente a la más alta dignidad.
Aníbal ascendía, pues,  a las vertiginosas cumbres de la gloria militar e imperial en la misma medida en que su cordura se desvanecía completamente. Sólo pudo ser general y emperador hasta que la incompetencia, su conducta cada vez más díscola y errática, su permanente desequilibrio emocional forzaron su destitución.
(Historia criminal del trujillato [46]).
BIBLIOGRAFÍA:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.
Dr. Lino Romero, “Trujillo, el hombre y su personalidad”
José C. novas, “Inventario moral # 2, Petán Trujillo y sus excesos’ (https://almomento.net/opinion-inventario-moral-2-petan-trujillo-y-sus-excesos/
Chichí De Jesús Reyes, “Trujillo ordenó al general Fausto Caamaño fusilar a su hermano Aníbal Julio”,
https://elnacional.com.do/trujillo-ordeno-al-general-fausto-caamano-fusilar-a-su-hermano-anibal-julio/ .



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sábado, 26 de octubre de 2019

La hermandad de las bestias (8)

Pedro Conde Sturla
25 octubre, 2019
Negro Trujillo era el hermano favorito de la bestia, el menor de todos, el servil y complaciente Negro, el único en el que la bestia depositó hasta cierto punto, si acaso depositó, su confianza.
Dicen que era un tipo opaco, blandengue y apagado, relativamente apacible, que carecía de las pintorescas cualidades perversas que eran tan evidentes y chocantes en sus hermanos. Alguien que superficialmente podía parecer buena persona y no lo era. Cometió crímenes, quizás en menor medida que sus hermanos, con cierta moderación aparente, sólo aparente. Crímenes de bajo perfil que pasaron desapercibidos durante la era gloriosa.

Crassweller insinúa que era un tipo sin personalidad, o con una personalidad débil, más bien ajena, alguien que se daba a conocer por un flácido, fofo, blandengue apretón de manos, por su devoción por la bestia, por la inveterada costumbre que desde la infancia había adquirido de obedecerla y seguirla como un perrito faldero, por su admiración incondicional. Alguien, en fin, que sólo demostraba iniciativa propia cuando se trataba de tierra, mujeres y dinero.
Era el menos agraciado y más oscuro de la familia, y por su color le pusieron Negro sus padres y hermanos probablemente. Pero ninguno fue más afortunado que él. De Negro podía decirse exactamente lo que dice el refrán: que más vale caer en gracia que ser gracioso.
La bestia era diecisiete años mayor que negro y prácticamente lo había adoptado, lo había protegido desde pequeño, le brindó apoyo en la secundaria y durante su breve estadía en la universidad como estudiante de odontología. Pero otra oportunidad más lucrativa lo esperaba en las filas del ejército.
Apenas tenía veintidós años cuando la bestia llegó al poder y desde entonces todo fue viento en popa para él. Su carrera militar fue poco menos que vertiginosa o más bien meteórica, ascendió como un rayo y no se detuvo hasta llegar a la cumbre, hasta obtener los más altos cargos y galardones en el orden cívico y castrense. Era capitán en 1931, era coronel coronel en 1936.
Ya en 1942 ocupaba el cargo de Secretario de Guerra, de Marina y Aviación y en 1951 fue presidente interino de la nación. Pero lo mejor faltaba por llegar. Así, en 1952 fue elegido con el cien por ciento de los votos como presidente de la República, un cargo que ocupará en condición de títere hasta 1960 durante dos períodos, siendo sustituido en la etapa final de la tiranía por el guabinoso Dr. Joaquin Balaguer, el tristemente célebre o celebérrimo Dr. Malaguer. El más guabinoso y taimado, el más aparentemente dócil y sumiso cortesano de la era gloriosa. El mismo Malaguer que tomaría las riendas del poder para dirigir el país hacia la democracia y extirpar supuestamente el trujillismo. Aquel Joaquín Malaguer que se convertiría pocos años después en heredero de la bestia, que se entronizaría en el poder con el apoyo de nuevas tropas de ocupación, que se perpetuaría en el poder mediante elecciones fraudulentas y terrorismo de estado durante doce años y que volvería al poder durante un periodo de gracias de diez años.
La bestia consentía tanto a Negro, a su hermanito menor, que además de la presidencia le otorgó el título de generalísimo y le permitió usar un uniforme bordado con hilos de oros y un bicornio emplumado tan ridículo como el suyo.
Negro le agradecía sinceramente a la bestia todo lo que había hecho por él. Reconoció por escrito que era la criatura de su afecto, el objeto de su amorosa protección y que debía comportarse con él como un devoto servidor porque era esencia de su sangre y de su alma. Había entendido desde un principio -como dice Crassweller- que su primer deber como militar era la lealtad incondicional, no actuar ni pensar por cuenta propia.
Mover la cola en presencia de su jefe y protector, obedecerlo ciegamente. Mirarlo todo con los ojos de su hermano, convertirse en sus ojos.
Pero la ascensión al trono presidencial de Negro Trujillo fue una farsa, una cesión simbólica del poder, meramente simbólica. Durante la investidura se le mantuvo a soga corta y no se le permitió pronunciar discurso alguno ni mucho protagonismo. A la bestia, que asumiría el cargo de Jefe de las fuerzas armadas de la República, se le rindieron los máximos honores y llegó primero que Negro al palacio. Seguiría asistiendo todos los días a su despacho, trabajando como de costumbre, ejerciendo el poder delante y detrás del trono.
Negro se dedicó a lo que le gustaba, a la vida regalada: firmar de vez en cuando documentos oficiales, asistir a ocasionales ceremonias, fingir de la mejor manera posible que era presidente, perseguir mujeres, coleccionar zapatos y dinero que guardaba en las cajas de zapatos, acumular una inmensa fortuna en dólares y bienes raíces. Un cuantioso caudal que incluía una enorme finca, un latifundio de miles de tareas que se extendía por la rivera del río Haina, formando un semicírculo a un costado de la ciudad.
El deporte favorito de Negro y de todos los Trujillo era conquistar mujeres, conquistarlas a las buenas y generalmente a las malas, conquistarlas a la fuerza, con dinero o con ofertas que no podían rechazar. Negro era de hecho, un mujeriego empedernido, un adicto al sexo que permaneció soltero hasta el año de 1959, cuando por fin se permitió o le permitieron casarse con Alma McLaughlin, su prometida desde 1937.
A pesar de su carencia de atractivos físicos, Negro pretendía ser un seductor irresistible, un exitoso don Juan, todo un tenorio. Difícilmente no sucumbía una mujer al encanto de su uniforme, de su alto rango, de su apellido ilustre o del miedo que inspiraban. Eso lo definía, más bien, como un vulgar depredador, violador, un indiscreto que se jactaba en voz alta de sus habilidades amatorias y que tenía marcada preferencia por las mujeres casadas. Sobre todo las mujeres de sus subalternos, a los cuales disfrutaba humillando, igual que hacia su protector y amado hermano.
Su mundo se derrumbó un 30 de mayo cuando la bestia sucumbió, en palabras de Balaguer, “al soplo de una ráfaga aleve”. Dice Crassweller que Negro estaba presente, devastado, cuando el cuerpo fue llevado al Palacio nacional y que, durante el velatorio se le notaba abatido, profundamente adolorido, de una manera consecuente con una vida de servilismo. Que estaba como aturdido, inmóvil, parado como si fuera una estatua. No era desde luego para menos. Su mundo había llegado a su fin.
Después de partir hacia un exilio en el que vivió hasta los noventa y cuatro años, los crímenes de bajo perfil que se le atribuían y que habían pasado desapercibidos durante la era gloriosa, dejarían pasmada a la opinión pública cuando sus muertos empezaran a salir a flote y se descubriera que en sus fincas tenía cementerios privados. Furnias donde convivían osamentas de vacas y caballos con osamentas de peones, de oficiales, de guardias que estaban a su servicio y cayeron en desgracia, quizás de propietarios de tierras que se resistieron a cedérselas, de enemigos del régimen y suyos, de infelices que estuvieron en el lugar y el momento equivocados, de gente con la que alguien se divirtió jugando al tiro al blanco..
(Historia criminal del trujillato [45].
BIBLIOGRAFÍA:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.
Dr. Lino Romero, “Trujillo, el hombre y su personalidad” .


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domingo, 20 de octubre de 2019

LA CRÍTICA LITERARIA FUNDAMENTALISTA

         Pedro Conde Sturla
         25 septiembre 2009

A Diógenes Céspedes le cabe la gloria de ser el fundador de la crítica literaria fundamentalista en nuestro país. La única teoría o poética omnicomprensiva (y por lo tanto infalible) del fenómeno literario es la suya, la teoría del ritmo que calca de la interesante propuesta de Meschonnic y calca mal, reduciéndola al absurdo, a un discurso tautológico, repetitivo asaz.

 
  
Diógenes es el depositario de la verdad absoluta, es el elegido de los dioses, es el primero y el único. En materia de legislación estética todos los demás están equivocados.  
En ocasiones, cuando me impongo por obligación leerlo a manera de castigo o penitencia, me parece escuchar aquella cantilena o cantinela con la que me atormentaron en el cuarto de primaria los abominables Hermanos de la Salle: La única religión verdadera es la religión católica, apostólica y romana. No hay salvación fuera de la iglesia, no hay salvación fuera de la iglesia católica. Tampoco parece haber salvación al margen de la teoría del ritmo. Diógenes Céspedes –esa extraña invención de Morel– es la criatura más parecida a un predicador.
Si no fuera crítico literario podría ser pastor evangélico, y de hecho lo es un poco mentalmente. Recita la teoría del ritmo de la misma manera que recitaría con más provecho la Biblia, condenando a los infieles que no le rinden culto a sus  creencias. Todo el que no está con él, está contra él. Todo  aquel que no baila la teoría del ritmo se inscribe en el culto de la metafísica del signo, una herejía.
Cuando se dirige a la fauna intelectual, entre la que me incluyo, lo hace con frases despectivas, con motes en latines, como decía Lilís, con la autoridad del maestro consagrado que parece hablar a través de la zarza ardiente. La de alguien que sólo ha tomado lecciones de modestia apártate. Y además sin derecho a replica porque en el medio en que escribe y pontifica, en “Aireíto” casi no le dan espacio a los replicantes. 
A un abigarrado grupo de escritores que simplemente ha disentido de sus juicios, lo define como “rabiza literaria”. Esa rabiza es gente light –dice Diógenes Céspedes– gente que lee y escribe literatura light. Tiene razón. Lo de Diógenes no es light, es puro tabaco negro y generalmente infumable. El rabizo no se percata de que más de una de esas rabizas lo supera intelectualmente y sobre todo en el buen uso de la pluma, que no es precisamente su fuerte.
Las críticas a sus críticas, para peor, no las soporta    porque es un humorista sin sentido del humor, uno de esos que acusan muy mal el golpe cuando se lo devuelven, aunque se lo devuelvan con altura. Por eso cedo ahora la palabra al amigo Odalís G. Pérez para que pueda ejercer en esta página –de rabiza a rabizo– el justo derecho a réplica que, en el medio en que publica el criticón, le niegan o le publican a retazos.

SOBRE DEBATES LITERARIOS Y CULTURALES DE NUESTROS DIAS
Odalís G. Pérez

    Un debate literario y cultural debe tener un perfil crítico, teórico y educativo, instruido también por una memoria cultural en movimiento, constituida por un trabajo ligado a la formación de un sujeto social que participe de esa experiencia, así como de un campo expandido de realidades, prácticas ideológicas, discursivas y contextualizadas. El elemento que se propone como debate se convierte en una cardinal de aclaración, justificación y motivación, teórico-crítica tendente a elucidar los términos, visiones y puntos del debate.
     Pero en el caso de la obra de Aída Trujillo, en la cual ha salido a colación el género denominado novela en relación a los conocidos “Premios nacionales de literatura y música” que, como sabemos, ha producido objeciones, oposiciones, disensiones, a propósito de las decisiones del jurado responsable de premiación (2008) en el renglón ya mencionado, el universo de discusión no ha rebasado la línea del bizantinismo que se quiere imponer como defensa y en sus objetivos no ha cumplido más que con su ya conocida penuria epistemológica y dislates definicionales.
     La concepción que se tiene de una problemática literaria en el país ha sido atravesada por un desconocimiento de generalidades y especificidades al momento de evaluar un producto literario o verbal. Tanto los “atacantes” como los “atacados”, los “criticones” como los “creadores”, padecen del mismo mal: la ceguera, la precariedad teórica y filosófica.
     Un recurso literario es, muchas veces, un cuerpo marcado por una ideología dominante. Sus bases constituyen un uso, un pretexto, un obstáculo, una justificación para discriminar, eliminar, favorecer, obligar, motivar y desmotivar, como parte de una concepción de poder vigente en un momento sociocultural determinado, pero además como línea estratégica de influencia, clientelismo y política de una determinada cardinal de interpretación.
     En los últimos debates literarios, los llamados críticos y “contrincantes” se desgastan en explicar nociones a todas luces insuficientes, falsificas en su pretendida explicación, manipuladas en sus contextos de uso y singularidad. Las falacias, equívocos conceptuales, deformaciones nocionales y telarañas epistémicas, se particularizan en la opacidad cognoscitiva, en el embrollo definicional y sobre todo en un pésimo y desnivelado registro de escritura y análisis.
     En efecto, se quiere hablar a nombre de una razón no razonable, de una doctrina pseudoacadémica y de un “catecismo doctrinario” al explicar fenómenos que se resisten a ser clasificados por un crítico desprestigiado debido a su concepción monovocálica, monológica y unidireccional. Se quiere aclarar la función, escritura y particularidad de un género que, como la novela, el ensayo, la poesía, la novela, sugieren variantes, estilemas ideológicos, textemas, usos enunciativos complementarios y narrativos.
     Lo que encierra un debate como el actual escapa a la literatura misma. Tras conformarse una impresión que involucra la personalidad traumática del “crítico”, percibimos una información borrosa, anómala, inconsistente, que nada tiene que ver con estudios literarios, teoría crítica, textología, ciencia de la literatura, etc.
      Pero aún más, la misma ideología de la representación que surge en el “debate” pierde poco a poco su trazado cuando el espacio de conocimiento y productividad denominado literatura se convierte en una “querella” de analistas teóricamente armados y afectados por alguna tendencia, estereotipo ideológico o dirección de la historia o la crítica literaria de nuestros días.
    Ciertamente, nos preguntamos ¿para qué sirve la crítica literaria? ¿Cómo debe orientarse un debate literario donde el lector quiere saber, obtener informaciones veraces sobre una determinada problemática, teórica o creacional? ¿Debe poseer el participante un estatuto epistemológico objetivo o subjetivo?
    Se trata de una conjunción axiológica. En el momento en que el debate se convierte en provocación, tergiversación conceptual, trampa nocional y degeneración tendenciosa, ocurre lo que hasta ahora está sucediendo: un columnista del suplemento “Areíto” ha quedado solo, repitiendo lo mismo ad nauseam, impartiendo malas lecciones de lo que debe ser el análisis propiamente literario, corrigiendo sintaxis y él mismo cometiendo errores elementales de expresión; acusando a críticos y estudiosos que no están necesariamente activos en ese debate debido a la poca garantía de publicación de sus respuestas al “columnista” del suplemento “Areíto”, que en su condición de colaborador fijo puede asediar a cualquiera que disienta de sus ya conocidos y recalentados “juicios literarios”.
     Así pues, la práctica más notoria del columnista es la clasificatoria, legisladora, autoritaria, desfundamentada, desatinada y desajustada que conocemos debido a su constante presencia en ese suplemento.
     Las pruebas están en lo publicado en los últimos dos años de “Areíto”: los lectores han sido prácticamente arropados, invadidos, obligados a tragarse la enorme masa textual repetitiva, doctrinaria, malediciente de un “juez”, de un informador que dice conocer “todas las teorías literarias al dedillo” y que ha llegado a la “genial” conclusión de que la aportada por él es la que “resuelve” el problema de la literatura, la lengua, el ritmo, el Estado, el poder… y todo tipo de problemática sobre el lenguaje, la literatura y la “metafísica del signo”.
     Bajo un perfil intelectual insostenible por lo repetidor y vocinglero resulta ingrato entrar a un debate donde el juez ya ha construido una “casa” de dos plantas en un suplemento, y que además posee una “tribuna” cuya función debe ser acogedora de ideas diversas sobre un fenómeno cultural o literario. Insistimos que cuando se critica un producto premiado -sea este novela, ensayo, poesía u otro- que ha conmovido, molestado o exaltado a cierta comunidad política interesada, prejuiciada o provocada por un autor, dicha crítica debe instruir y no mentir o ensañarse con el escritor, la editorial o los pensadores que no están involucrados en los resultados de una premiación que, por demás, reproduce la ideología, el sistema cultural dominante.
      Ahora bien, la posición de una “querella” de modernos pide información y tratamiento crítico de la misma, sin que ésta deba sugerir o tener como base una teoría del lenguaje, una teoría del ritmo o una teoría del poder, para luego transformar la vida, la literatura y el sujeto. Todas estas “pantomimas” ideológicas y pseudocríticas no producen más que hilaridad a los especialistas. Sin embargo, a los estudiosos, comparatistas, teóricos e historiadores de la producción textual y de las ideas literarias les producen agrura, rechazo, resistencia, máxime si se les quiere imponer ideas desfundamentadas y sin respaldo heurístico o metodológico en el que un pequeño y senil “patrocinador” y poseedor de una “tribuna” en un suplemento cultural sacraliza a un maestro (recientemente fallecido), al que ha saqueado, tergiversado, repetido y endeudado, por mor de su autoridad, en un espacio donde el alumno también le ha indispuesto, falsificado, agrietado, “vendido” como horizonte de expectativas, y finalmente, endiosado como solución a todos los problemas literarios, filosóficos y culturales de nuestra tradición.
     ¿Crítica radical? ¿Valoración real? ¿Debate o resentimiento social? La historia de los errores institucionales y jurisdiccionales ha constituido la tragedia y la paradoja de nuestra cultura. (Odalís G. Pérez).