viernes, 6 de diciembre de 2019

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (4)

Pedro Conde Sturla 
6 diciembre, 2019


Mark Twain. 
Una parte importante de la vida y la obra y las ideas políticas de Mark Twain quedó más o menos oculta o disimulada, o más bien censurada, y no fue conocida por sus contemporáneos. El mismo Twain escribió o dictó una especie de autobiografía bajo el acuerdo de que no fuera publicada hasta cien años después de su muerte. La intención de Mark Twain era no herir susceptibilidades y poder escribir con "una libertad que no podría tener de ninguna otra manera". Cuando la obra salió a la luz pública en 1910 tuvo un éxito arrollador. 

Una amable forma de censura fue la que ejerció su amante esposa, su consejera espiritual, que fue además su más íntima crítica literaria. Ella lo aconsejaba, a veces quizás lo amonestaba, pero las decisiones de dar o no dar algún escrito a la prensa se tomaban al parecer de común acuerdo. En cambio, después de la muerte de Mark Twain, sus herederos suprimieron ciertos textos de carácter religioso o mejor dicho antireligiosos, irreverentes, sacrílegos. Entre ellos "Cartas desde la Tierra", que no se conoció hasta1962, "El misterioso extranjero", que se publicó en 1916, y "La pequeña Bessie", que tuvo que esperar hasta 1972 para llegar a manos del público y darse a querer. En esta ultima obra Mark Twain pone un poco en ridículo el cristianismo y al terrible dios de la Biblia, pero es posible que Mark Twain sólo tuviera problema con el dios de las religiones oficiales, establecidas y no con su dios personal. No era siempre un creyente, pero no era siempre un descreído.Su hija Clara -la única de los cuatro hijos e hijas que tuvo con Olivia Langdon que no vio morir, aparte de ver morir a Olivia Langdon- "comentó que hacia el final de la vida su padre pensó mucho sobre el tema de la vida después de la muerte: 'A veces creía que la muerte lo acababa todo, pero la mayor parte del tiempo estaba seguro de una vida más allá"'. En opinión de Víctor Moreno, sin embargo, esto último responde, por parte de Clara, al "cristianísimo afán por poner en la cabeza de su progenitor lo que ella albergaba en su corazón".

Dice Víctor Moreno que fue precisamente Clara la que ejecutaría "la peor censura que sufriría la obra de Mark Twain".

"Tras la muerte del padre -dice Víctor Moreno-, Clara se dedicará a expurgar de su obra – ¡a él que tanto había denunciado la censura y la autocensura!-, aquellos pasajes que consideró irreligiosos o irreverentes. En este sentido, extraña que no quemara su obra entera, pues toda ella es un alegato irreverente y sarcástico contra la estupidez humana. (1)

Otro tipo de censura propiamente dicha la sufrió Mark Twain cuando trabajaba como periodista en el periódico "The californian" de San Francisco. Los editores no sólo se negaron a publicar unos artículos sobre la discriminación y abusos que sufrían los chinos y sobre la brutalidad policiaca en esa ciudad, sino que también lo echaron del trabajo. Sin trabajo y sin dinero, Mark Twain cayó en un estado depresivo que por poco lo conduce al suicidio. De hecho, según se afirma, llegó a ponerse una pistola en la sien.

La censura más arbitraria y probablemente frustrante y al mismo tiempo indignante fue la que le aplicaron a un breve texto, un luminoso relato, una "Oración de guerra", imbuida del más hondo y auténtico sentido humanista, que Mark Twain escribiera a propósito de la guerra filipino-estadounidense en1905. Esta vez no se trataba de censura religiosa, a pesar de las apariencias, sino de censura política. La más burda censura política.  Una oración de guerra que cualquier escritor hubiera deseado escribir.

Mark Twain se sentía asqueado por la intervención de los Estados Unidos en la guerra  de España contra sus últimas colonias con el propósito de adueñarse de todas, como en efecto hizo: Filipinas, Cuba, Puerto Rico, y escribió un relato pacifista que al igual que todos los grandes relatos pacifistas era en verdad incendiario, una "Oración de guerra" que es una oración de paz.

Mark Twain envió la oración a sus editores de "Harper's Bazaar" el 22 de marzo de 1905 y se la rechazaron. Le dijeron que no era apropiada para "una revista para mujeres". Mark Twain escribiría amargamente : "No creo que la oración se publique en mi tiempo. Solo a los muertos se les permite decir la verdad': 'Como el autor tenía un contrato en exclusiva con la editorial Harper & Brothers, que se negó a publicarlo por su carácter polémico en la época, Oración de guerra permaneció inédito hasta 1923".

Lo que sigue a continuación es la primera parte del relato, que no se entiende cabalmente sin la segunda, un relato que pertenece a un tipo de literatura que de alguna manera dignifica, enaltece   de muchas formas posibles la condición humana:





ORACION DE GUERRA
(primera parte)
Mark Twain


Fue una época de gran exaltación y emoción. El país se había levantado en armas, había empezado la guerra y en cada pecho ardía el fuego sagrado del patriotismo; se oía el redoble de los tambores y tocaban las bandas de música; tiraban cohetes y un montón de fuegos artificiales zumbaban y chisporroteaban. Allá abajo, a lo lejos, de las manos, tejados y balcones, ondeaba al sol una espesura de banderas brillantes. De día, por la ancha avenida, los jóvenes voluntarios desfilaban alegres y hermosos con sus uniformes; a su paso los orgullosos padres, madres, hermanas y enamoradas los vitoreaban con voces ahogadas por la emoción. De noche, en las concurridas reuniones se escuchaba con admiración la oratoria patriótica que agitaba lo más hondo de sus corazones, y que solía interrumpirse con una tempestad de aplausos, al tiempo que las lágrimas corrían por sus mejillas. En las iglesias los pastores predicaban devoción a la bandera y al país, y en favor de nuestra noble causa imploraban ayuda al dios de las batallas con una elocuencia tan efusiva y fervorosa que conmovía a todos los oyentes.
De hecho, era una época próspera y alegre, y los pocos espíritus temerarios que se aventuraban a desaprobar la guerra y a albergar alguna duda sobre su rectitud, enseguida reciban un castigo tan duro y severo que, para su propia seguridad, inmediatamente retrocedían espantados y no volvían a ofender en ese sentido.
Llegó el domingo por la mañana. Al da siguiente los batallones partirían hacia el frente; la iglesia estaba a rebosar. Y allí estaban los voluntarios, con sus rostros iluminados por visiones y sueños milicianos. El austero avance de tropas, el ímpetu incontenible, el ataque desenfrenado, los sables relucientes, la huida del enemigo, el tumulto, el humo envolvente, la búsqueda feroz y la rendición. Y luego, de regreso al hogar, los héroes condecorados, bienvenidos, venerados, inmersos en un mar de oro de gloria. Al lado de los voluntarios se sentaban sus seres queridos, orgullosos, contentos y envidiados por los vecinos y amigos que no tenían hijos o hermanos a quienes enviar al campo de honor, para vencer por la bandera o, caso contrario, sucumbir a la más noble de las muertes nobles. El servicio religioso continuó. Se leyó un capítulo del Antiguo Testamento sobre la guerra y se rezó la primera plegaria, seguida de un estallido del órgano que sacudió el edificio. Y de un impulso la congregación se levantó con brillo en los ojos y latidos en el corazón: ¡Dios Todopoderoso! ¡Tú que ordenas, el trueno es tu trompeta y el rayo tu espada!
Después vino la oración larga. Nadie recordaba algo semejante por lo apasionado de la súplica y lo conmovedor y bello de su lenguaje. En esencia, la oración pedía al Padre de todos nosotros, benigno y siempre misericordioso, que velara por nuestros nobles y jóvenes soldados y les proporcionara auxilio, consuelo y ánimo en el afán de su patriótica tarea; que los bendijera y protegiera con Su poderosa mano en la batalla; que los fortaleciera y les diera confianza para que fueran invencibles en el ataque sangriento; que les ayudara a aplastar al enemigo y les concediera, tanto a ellos como a su patria y su bandera, la gloria y el honor imperecederos.

(1) Víctor Moreno, "Mark Twain, lenitivo contra el confesionalismo",
https://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura---ocio/mark-twain-lenitivo-confesionalismo/20150331114747114290.html)




sábado, 30 de noviembre de 2019

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (3)

Pedro Conde Sturla
29 noviembre, 2019
Cuando murió su padre en 1847, Mark Twain apenas tenía once años y cursaba el quinto de primaria. En aquellas circunstancias no le quedó otro camino que abandonar la escuela y buscar trabajo: inscribirse en la universidad de la vida. Su primer empleo, como aprendiz de tipógrafo en un periodico local, lo puso en contacto definitivo con lo que sería el centro de gravedad de su existencia: el mundo de las letras, el mundo editorial en el cual ocuparía un lugar tan relevante.

Al tiempo que aprende un oficio empieza a escribir artículos, relatos, textos de humor, empieza después a viajar como impresor itinerante, a moverse de un sitio a otro (Nueva York, Filadelfia, San Luis, Cincinnati). Igual hará después durante el resto de su vida por toda la superficie del planeta. En esa época empieza además a frecuentar bibliotecas, a fabricarse una educación autodidacta. A los dieciocho años ya era conocido como colaborador de distintas publicaciones neoyorquinas.

Años más tarde se embarcó literalmente en una aventura que lo llevó a convertirse en piloto de un buque de vapor. Para lograrlo se tuvo que aprender de memoria el Mississipi, aprender al dedillo todo lo relativo al proceloso río, hacerse un mapa mental de puertos, embarcaderos, corrientes, meandros, remolinos, y distintas profundidades a lo largo y a lo ancho de un difícil trayecto de unos tres mil kilómetros. Al cabo de dos años de estudio, en1859, obtuvo la licencia de piloto fluvial. Consiguió, a su juicio, un cargo de mayor prestigio y autoridad que el de capitán del vapor y un sueldo casi astronómico de sesenta y cinco dólares mensuales. Pero el 12 de abril de 1861 estalló la terrible guerra de secesión y el tráfico de buques por el río se redujo a su mínima expresión. Ahí terminó su carrera.
Para peor, durante el período de estudio, había convencido a su hermano Henry (uno de los tres que había sobrevivido a la infancia), de que siguiera sus pasos y el hermano murió en  1858, cuando explotó la caldera del vapor en que trabajaba.
Su participación en la guerra civil fue breve y poco entusiasta, incluso poco documentada, aunque se supone que se unió en principio a un compañía de voluntarios que defendía la causa del Sur y se disolvió a las dos semanas de fundada. Otros dicen que simplemente desertó. Se fue con su hermano Orión a Nevada.
Durante el resto de la contienda se dedicó a viajar y conocer las vastas regiones del oeste del país, que permanecieron prácticamente al margen de conflicto, trabajó durante un tiempo como minero en Virginia City, un pequeño pueblo de Nevada.
Luego consiguió trabajo en un periódico del mismo pueblo y volvió a lo suyo, al periodismo y la literatura. Pero todavía no era verdaderamente un escritor ni se llamaba Mark Twain. Su nombre de nacimiento, con el que se había desempeñado hasta el momento era Samuel Clemens, pero el 3 de febrero de 1863 publicó en el dichoso periódico pueblerino, el “Territorial Enterprise”, un artículo con el seudónimo con que se haría mundialmente famoso. En adelante se llamaría Mark Twain, un nombre derivado de una típica expresión dialectal de los negros que trabajaban en los vapores del Mississipi para designar el calado necesario para poder navegar sin peligro: Marca Dos. Dos brazas de profundidad. Otros dicen que no, que el nombre viene de una especie de medida de la bebida que se permitía tomar.
Dos años más tarde, publicó en un semanario neoyorquino, un relato titulado “La célebre rana saltadora del distrito de Calaveras” y de repente saltó con todo y rana a la fama.
El por qué de tanto alboroto es algo que hoy día no se explica fácilmente. La historia es agradable, amable, entretenida, pero los méritos me parecen exagerados. Aquí dejo el texto en manos de los lectores para que juzguen:
La célebre rana saltadora del distrito de Calaveras (fragmento)
Pues bien: Smiley guardaba su rana en una pequeña jaula, y a veces la llevaba con él al campamento, para hacer apuestas. Cierto día, un individuo, extraño en nuestro campamento, lo encontró con su jaulita y le dijo: “¿Qué diablos es lo que puede usted llevar en esa jaula?”. Y Smiley contestó, haciéndose el indiferente: “Pudiera ser un loro, pudiera ser un canario; pero no es un loro ni un canario…, porque es una rana”.
El otro la tomó, la miró atentamente, la volvió a mirar en todos los sentidos, y luego dijo: “Pues sí, es una rana… ¿Y para qué sirve esto?” “Verá usted –dijo Smiley con soltura y despreocupación–, sirve, por lo menos, para una cosa, creo yo… salta más que ninguna otra rana del distrito de Calaveras”. El individuo volvió a tomar la jaula, y la examinó de nuevo con gran atención y durante largo rato, y luego se la devolvió a Smiley, diciéndole muy pausadamente: “Pues yo no le veo a esta rana nada de particular que no tenga cualquier otra rana.” “Quizás usted no lo vea –dijo Smiley–. Es posible que usted entienda de ranas y es posible que no entienda; a lo mejor tiene usted experiencia en ranas y a lo mejor no es usted sino lo que diríamos un aficionado. En cualquier caso, yo tengo mi opinión, y apostaré cuarenta dólares a que le gana a saltar a cualquier otra rana del distrito de Calaveras”.
El otro pensó un minuto, y luego dijo, con cierta pena: “Mire, en este lugar no soy más que un forastero, no tengo rana. Si tuviera una, apostaría”.
Entonces Smiley le dice: “Perfectamente, perfectamente; si quiere cuidar mi jaula por un instante, yo le buscaré una”.
El individuo tomó la jaulita, puso sus cuarenta dólares junto a los de Smiley y se sentó a esperar que este regresara.
Allí estuvo un buen tiempo, pensando y pensando para sus adentros, hasta que sacó la rana de la jaula, le abrió la boca de par en par, sacó una cuchara de té y atiborró a la rana de perdigones de codorniz…; la atiborró hasta que se le salían casi por la boca…; y la puso en el suelo. Durante ese tiempo, Smiley, que había ido a la charca, chapoteaba en el barro. Al fin, atrapó una rana, la llevó y se la dio al individuo, diciendo: “Ahora, si ya está listo, póngala al lado de Daniel, con las patas de adelante al nivel de las de Daniel, y yo daré la señal”. Entonces dice: “Uno, dos, tres, ¡ya!”. Y él y el forastero dan un golpecito por detrás a sus respectivas ranas. La nueva rana salta con gran agilidad, pero Daniel hace un esfuerzo y da un empujoncito hacia arriba, se encoge de hombros…, así… como un francés…, pero en vano. No pudo moverse; estaba tan bien asentada como una iglesia, y tan imposibilitada de moverse como si estuviera atornillada. Smiley estaba terriblemente sorprendido, y también enojado, pero, por supuesto, no podía sospechar lo que pasaba.
El individuo tomó el dinero y se fue. Pero cuando llegó al umbral de la puerta, hizo chasquear su pulgar, por encima del hombro, de esta manera, con aspecto insolente, y dijo con soberbia: “Pues, la verdad, no le veo a esta rana nada de particular que no tenga cualquier otra rana”.
Smiley quedó un buen rato, rascándose la cabeza, con los ojos clavados en Daniel. Al fin, se dijo: “¿Por qué diablos hizo esta rana como que quería escupir?… ¿No le pasará algo?… Desde luego, parece como inflamada”.
Entonces tomó a Daniel por la piel del cuello, la levantó, y exclamó: “¡Por vida de mis gatos, si no pesa lo menos cinco libras!”. La puso boca abajo, y la rana vomitó dos puñados de perdigones. Entonces, Smiley comprendió todo. Se volvió loco de rabia, y dejando a la rana, corrió tras el individuo, pero no pudo alcanzarlo. Y…
Al llegar a este punto, Simón Wheeler oyó que le llamaban desde el patio y salió para ver quién era. Al salir, se volvió hacia mí y me dijo: “Quédese donde está, forastero, y descanse a su gusto, que no tardo ni un segundo”.
Pero con permiso de ustedes, no creí que la historia del emprendedor vagabundo Jim Smiley pudiera proporcionarme muchos datos referentes al reverendo Leónidas W. Smiley, y me marché.



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viernes, 22 de noviembre de 2019

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (2)

Pedro Conde Sturls
22 noviembre, 2019
Mark Twain.

MarkTwain nació en 1835 en un poblado de Missouri llamado Florida, que en esa época tenía una población de un centenar de habitantes y hoy está deshabitado. Era un villorrio invisible, casi invisible -cuenta Mark Twain-, y su nacimiento contribuyó a elevar el indice demográfico en un uno por ciento. De esa hazaña, esa proeza que, según decía, muy pocos hombres de la historia habían realizado, se sentía o decía sentirse muy orgulloso.

Después, cuando apenas tenía cuatro años, fue a parar a un pueblo llamado Hannibal, un puerto, en el que no vivían mas de diez o quince mil personas, a orillas del poderoso Mississipi, el padre de las aguas. De ese puerto, esas aguas, que aparecen transfigurados bajo el nombre de San Petersburgo en algunas de sus novelas, preservaría unos vínculos entrañables que lo acompañarían toda la vida. En Hannibal empieza a descubrir el mundo, se familiariza con la esclavitud, la trata y el maltrato de los negros, que tendrá en su obras una importancia capital.
Asiste durante un tiempo y de mala gana a la escuela, se convence de que los estudios no lo van a llevar a ninguna
parte. De hecho, nunca permitiría que la escuela “interfiriera con (su) educación”.
La religión tampoco era lo suyo. De la iglesia calvinista, a la que iba desde pequeño, sólo conserva desagradables recuerdos que le inspiran frases desalentadoras: “Si Jesucristo estuviera aquí ahora, hay una cosa que no sería, cristiano”. En otra ocasión escribiría: “Un hombre es aceptado en la Iglesia por lo que cree y es expulsado por lo que sabe“.
Para peor, unos cuantos textos suyos forman parte de un escabroso libro titulado “La Biblia del ateo: una ilustre colección de pensamientos irreverentes”. Esta obra, de una mujer llamada Joan Konner, fue publicada por la Editorial Seix Barral en el año 2008 y contiene pensamientos muy peyorativos, sarcásticos en relación a las creencias religiosas.
Lo que dejó escrito Mark Twain sobre la Biblia, el dios de la Biblia y la misma Biblia no se presta de ninguna manera a equívocos ni a interpretaciones retorcidas, amañadas o complacientes:
“Nuestra Biblia nos revela el carácter de nuestro Dios con una exactitud minuciosa y sin remordimientos... Es quizás la biografía mas difamatoria que haya sido impresa nunca. Hace de Nerón un ángel de luz por contraste”.
La verdad es que, en este sentido, el juicio lapidario de Mark Taiwan sobre la religión parece competir con los de otros dos famosos personajes: Thomas Paine y Charles Darwin:
Thomas Paine, uno de los llamados padres fundadores de los Estados Unidos, afirmaba sin tapujos que “Siempre que leemos las historias obscenas, las orgías voluptuosas, las ejecuciones crueles, la venganza implacable que llenan mas de la mitad de las páginas de la Biblia, nos parece que sería mas lógico considerar ésta como la palabra de un demonio mas que la palabra de Dios. Es una historia de maldad que ha servido para corromper y embrutecer al género humano”. (De hecho, eso lo estamos viendo hoy en Bolivia y lo vimos en Brasil).
Charles Darwin, por otra parte, decía en tono reposado y a la vez lapidario que entre 1836 y 1839 “había comenzado a ver gradualmente que el Viejo Testamento, desde su manifiesta falsa historia del mundo, con su Torre de Babel, el arco iris de Señal, etc., etc., y de atribuirle a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no era mas de confiar que los libros sagrados hindúes o las creencias de cualquier bárbaro”.
Aparte de la atmósfera viciada que se respiraba en Hannibal (en aquel ambiente puritano, esclavista, probablemente insalubre), todo conspiraba en contra de una adecuada formación para cualquier muchacho con un mínimo de inquietudes intelectuales, incluso contra la salud física y mental de sus pobladores.
Mark Twain tuvo una infancia desgraciada, seguramente oscura y triste. De hecho, dolorosas pérdidas familiares marcaron el compás de sus primeros once años, al igual que marcarían los de su vejez. A los cuatro años Mark Twain perdió a una de sus hermanas, a los siete perdió a un hermano y para cerrar con broche de oro quedó huérfano de padre al cumplir once. En su edad madura vio morir a una de las hijas, otra fue víctima de la locura, su esposa quedó invalida, se consumió en una larga enfermedad que terminó de envenenar su vida.
La tragedia parecía abatirse y se abatía en estos últimos años con mayor saña sobre Mark Twain en la medida en que su carrera y su fama de escritor alcanzaban el cenit, mientras cosechaba más y más galardones literarios y se acrecentaba su fama y se ganaba cada vez más el corazón de sus lectores. En cierto momento eligió el color blanco como símbolo de luto y nunca volvió a usar ropa de otro color.
Esta no es o no parecer ser de ninguna manera la biografía de un humorista para quienes se toman el humor a la ligera. Sin embargo, para Mar Twain “el origen secreto del humor no es la alegría sino la tristeza”.
Mark Twain era un personaje adolorido, desencantado, pesimista, alguien que tenía muy poca fe en el ser humano, que decía las cosas mas dolorosas con un gran sentido del humor, con un toque de humor, un humor seco, como se ha definido, un humor cáustico que provoca risa en cualquier situación y corroe un poco todo lo que toca. Ese escritor, dotado de un inmenso talento literario, es presentado a menudo o casi siempre, mas bien enmascarado o travestido como un simple autor de amables libros de aventuras para niños y adultos. Es siempre el celebrado autor de “La célebre rana saltarina del distrito de Calaveras”, un delicioso relato superficial y ameno que no representa para el orden establecido mayor peligro, y en el cual se le ha encasillado, encorsetado. Se le ha querido inmovilizar en una especie de camisa de fuerza.
Pero las cosas son de otra manera. Mark Twain no es sólo el fundador de la literatura usamericana, es el más universal y más notable y el más grande genio literario que ha producido Estados Unidos, uno de los más grandes escritores satíricos que ha conocido la humanidad.
Mark Twain fue la conciencia crítica mas lúcida y terrible de la sociedad de su tiempo, el mas lúcido visionario, el escritor que expuso ante los ojos de sus contemporáneos las llagas purulentas del mundo en que vivían. El hombre que reveló que el sueño americano era para mucha gente una ingrata pesadilla. El pudo ver lo que otros no verían. Más de lo que vería o vio José Martí en las entrañas del monstruo.
“Toda la literatura moderna americana -escribió Ernest Hemingway en ‘Las verdes colinas de África’- procede de un libro de Mark Twain que se llama Huckleberry Finn... Es nuestro mejor libro. Todo lo que se ha escrito en América surge de él. Antes no había nada. Y nada que se le asemeje ha aparecido después”



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sábado, 16 de noviembre de 2019

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (1)

Pedro CondecSturla
15 noviembre, 2019



Mark Twain. 

De todos los escritores del mundo, quizá sea Mark Twain quien más se haya divertido contando lo que quería contar. Por eso el lector disfruta tanto con su implacable versión de la estupidez, la arrogancia, la ostentación y el disparate generalizado de la humanidad.» (Chicago Sun Times).

Dicen que Mark Twain decía que un banquero es un señor que te presta un paraguas en un día de sol y te lo quita en un día de lluvia.
Mark Twain era un irreverente que no sólo hablaba mal de los banqueros, sino también de la religión y de la Biblia en particular. Alguien que decía: “Cuando prohíben un libro mío en una biblioteca donde tienen la Biblia al alcance de cualquier joven indefenso, la ironía de la situación, en vez de irritarme, me divierte”. También decía que “La irreverencia es la campeona de la libertad, y su única defensa segura”.
Mark Twain tenía además una pésima opinión sobre los llamados seres humanos y de su propio país, era un  disociador y un poco ateo, un enemigo jurado del  colonialismo y el imperialismo, un lunático que decía que  “Dios creó la guerra para que los estadounidenses  aprendieran geografía” y que “la nueva bandera de los  
Estados Unidos debería ser con las rayas blancas pintadas 
de negro y las estrellas sustituidas por un cráneo y dos huesos  cruzados”. 
En general, se manifestó en sus escritos periodísticos como un antiimperialista radical, se pronunció a favor de las  revueltas contra el despotismo zarista en Rusia, expresó las  mayores simpatías por los chinos en la Guerra de los bóxers y dedicó críticas acerbas a la política imperial del monstruoso Leopoldo de Bélgica en el Congo.
Mark Twain se pronunció particularmente en contra de las aventuras militaristas y expansionistas de su país en Puerto Rico, Cuba y Filipinas, le llamaba asesinos uniformados a los marines que invadían y masacraban a los filipinos y hablaba en términos muy poco elogiosos del papel que desempeñaron en la guerra hispano estadounidense.
En opinión de Mark Twain, el presidente Theodore Roosevelt, uno de los grandes héroes de esa guerra, considerado por muchos como la más pura encarnación del patriotismo usamericano, no era más que un carnicero, un rufián, un acosador, un gobernante indigno.
Mark Twain era alguien que se oponía al envío de misioneros a África, que decía que había mucho que hacer en la propia casa evangelizando a los paganos que se dedicaban a linchar negros en el Sur. Por algo escribió un libro titulado “Los Estados Unidos del linchamiento”.
En muchos aspectos, este gran humorista, o mejor dicho, “el escritor satírico más grande que ha producido Estados Unidos”, era un personaje adolorido, desencantado, que sufrió grandes tragedias familiares durante toda su vida. Decía, entre otras cosas, que “de entre todas las criaturas los humanos son las más detestables, pues son las únicas criaturas que infligen dolor por entretenimiento, sabiendo que están causando dolor”. Decía o dicen que decía que “el hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir». Decía que “el hombre es la criatura que Dios hizo al final de una semana de trabajo, cuando ya estaba cansado”; decía que “el hombre es un experimento y que el tiempo demostrará si valía la pena. Decía que “el perro que recoges muerto de hambre y alimentas y haces próspero no te muerde. Esta es la principal diferencia que hay entre un perro y un hombre”. Decía y repetía: “A mi edad, cuando me presentan a alguien ya no me importa si es blanco, negro, católico, musulmán, judío,capitalista, comunista ... me basta y me sobra con que sea un ser humano. Peor cosa no podría ser”. Decía, con menos palabras: “Yo no pregunto de qué raza es un hombre, basta que sea un ser humano, nada puede ser nada peor”.
El humor y la risa eran su única tabla de salvación, su seña de identidad. El humor, la risa y el desconcierto que producen. Por eso dijo que la “raza humana en su pobreza tiene un arma incuestionablemente eficaz: la risa. El poder, el dinero, la persuasión, la súplica, la persecución, todas pueden intentar levantar un disparate colosal, empujarlo, atosigarlo un poco, debilitarlo, siglo tras siglo, pero solo la risa puede hacerlo estallar en pedazos y ráfagas de átomos. No hay nada que se resista al ataque de la risa”. No hay, sin embargo, nada superficial en el humor y la risa de Mark Twain. En su concepto, el humor no surge de lo trivial, sino del drama, de la gran comedia o tragedia humana.
Dicen que Mark Twain abrigaba dudas más o menos pasajeras o permanentes sobre la existencia de Dios y dicen que dijo o decía: “El paraíso lo prefiero por el clima; el infierno por la compañía”, y que “es mejor vivir fuera del Jardín del Edén con Eva que dentro de él sin ella”. No en vano escribió una diatriba llamada “Los escritos irreverentes” y otra titulada “Los diarios de Adan y Eva”. Entre esos textos sacrílegos y desaconsejables, hay unas escandalosas “Cartas de Satán” que no deben ser tomadas a la ligera. En ellas se resume un poco todo lo que aquí se ha dicho y demuestra fehacientemente que Mark Twain era de muchas maneras digno por lo menos de la hoguera o el paredón.
Las cartas de Satán
Carta1
Mark Twain
Este es un lugar extraño, un lugar extraordinario e interesante. En casa no hay nada que se le parezca. Las personas están todas locas y los demás animales también. La Tierra está loca, como la mismísima Naturaleza, que también lo está. El Humano es una curiosidad maravillosa. En el mejor de los casos, es una especie de ángel de grado inferior bañado en níquel; en el peor de los casos, es un ser inefable, inimaginable. Pero desde el principio hasta el final y siempre, es un sarcasmo. Sin embargo, ingenuamente y con toda sinceridad, se llama a sí mismo, «la obra más noble de Dios». Esto que digo es verdad. Y no es una idea nueva en él; sino que la repite desde tiempos inmemoriales, tanto que ha acabado por creérsela, sin que nadie en toda su raza sea capaz de reírse de ella.
Es más, si me permiten alargarme un poco, el humano se considera el animal preferido del Creador. Está convencido de que el Creador no sólo está orgulloso de él, sino que le quiere, que tiene pasión por él y que se pasa las noches en vela, rendido de admiración, sí, vigilándolo y manteniéndolo fuera de peligro.
Cuando reza, está convencido de que el Creador le escucha. ¿No es una idea pintoresca? Llena sus oraciones de halagos torpes, burdos y floridos, persuadido de que el Creador se sienta y ronronea de placer al oír tales extravagancias. No pasa un día sin que rece para pedir socorro, favores y protección, siempre con optimismo y confianza, aunque ninguno de sus ruegos haya recibido respuesta jamás. La afrenta diaria, la derrota constante, no le desaniman, pues sigue rezando como si nada. Hay algo casi hermoso en esta perseverancia. Pero permitan que me exceda algo más. ¡El humano cree que va a ir al cielo!
Al fin y al cabo, tiene unos maestros asalariados que se lo dicen. Como le dicen que hay un infierno de hogueras eternas al que irá si no cumple los Mandamientos. ¿Y qué son los Mandamientos? Pues toda una curiosidad. Ya hablaré de ellos más adelante.



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martes, 12 de noviembre de 2019

¿MORROBEL AL PODER?

Pedro Conde Sturla
20 de junio de 2007.




Políticos y politi castros




Una buena parte de la opinión pública más sensible de la isla de la fantasía se ha mostrado ingenuamente alarmada, más bien consternada, por el hecho de que Melesio Morrobel es candidato al poder, candidato a la presidencia de la República por un partido de Morrobeles.
Morrobel es uno de los muchos personajes que interpreta Freddy Beras Goyco, quizás su obra maestra. Morrobel representa a un político corrupto, si acaso no lo son todos, un político que no esconde su desvergüenza ni disimula sus ambiciones, no enmascara con palabras su idea del estado como botín: al poder se va a robar, a “resolver”. Morrobel no finge virtudes que no tiene, como aconseja Maquiavelo al Príncipe, Morrobel hace y dice lo que otros sólo hacen, no maneja un doble discurso, no tiene una doble moral. Morrobel es exactamente lo que dice ser, la encarnación pura y desnuda de la falta de principios, de ética y moral, la honesta encarnación de un corrupto. Lo único que lo distingue de sus secuaces, lo único que lo distingue de la mayoría de integrantes de esas asociaciones de malhechores llamadas partidos políticos es la descarnada sinceridad o mejor dicho el cinismo, simplemente el cinismo. La participación de Morrobel en la política vernácula sólo podría llamar a escándalo si la realidad no lo superara. El vulgarísimo Morrobel, como dice Pablo McKinney, “ha sido vulgarmente superado por la realidad política nacional”.
Morrobel no es una opción de poder, Morrobel está en el poder desde hace años. Es la expresión de un poder gangsteril que desde lo regional trasciende a lo nacional y se proyecta al plano internacional. Morrobel es un políticastro, exactamente un politicastro, vinculado a los viajes ilegales, al tráfico de drogas, a la mafia de los pasaportes, a los fraudes electorales de la era gloriosa de Balaguer, a la monumental estafa de la Hidro-Quebec, al Peme, al Plan Renove, al escándalo de la decoración del edifico de la Suprema Corte, a las colosales quiebras bancarias, a Don Quirino Ernesto Paulino Castillo. En resumen, a la depredación del patrimonio público, a lo imaginable e inimaginable.
Los Morrobeles pululan en el poder político y dominan el escenario desde siempre, nada tienen de novedosos. A varios Morrobeles les han quitado incluso la visa del imperio, que es como quitarles la patria, y la mayoría exhiben de forma indecorosa el plumaje de la fortuna ganada con el sudor de la frente de sus semejantes.
Si alguno de ellos causa malestar entre sus congéneres es porque se va de boca y confiesa sus malas artes, si el modo en que dispensa lo que no es suyo causa alarma, si el índice de rechazo es tan alto incluso entre sus compañeros de fechorías es porque se reconocen en él y se dan asco.



pcs, miércoles, 20 de junio de 2007.


sábado, 9 de noviembre de 2019

La hermandad de las bestias (10 de 10)

Pedro Conde Sturla
8 noviembre, 2019
Fausto Caamaño y Aníbal Trujillo. 


Los verdaderos enfrentamientos entre la bestia y Aníbal se produjeron en su finca de Mango Fresco, un latifundio que Aníbal había adquirido en los alrededores de Manoguayabo, a poca distancia de Ciudad Trujillo. La enorme propiedad no le había caído del cielo en las manos. La había conseguido, la había armado como un rompecabezas, pedazo a pedazo, con la sangre, el sudor y lágrimas ajenas, con los métodos expeditos que empleaban todos sus hermanos. Apropiándose primero de una parcela, incorporando luego tierras aledañas mediante el despojo, el asesinato, el terror que infundían en sus dueños por cualquier medio.

Todo iba bien hasta que la finca de Aníbal, que se expandía en una dirección, chocó con la de la bestia que se expandía en dirección contraria. El choque se convirtió en un nuevo motivo de fricción y dio lugar a unos oscuros episodios en los que corrió mucha sangre.
Lo que se cuenta, en relación a estos sucesos, parecería surrealista y no se asimila, no se digiere fácilmente. Es posible que en alguna ocasión Aníbal matara peones de la finca de la bestia y la bestia le pagara con la misma moneda. Es posible, pero además extraño, que los brutales excesos de Aníbal en Mango Fresco, las llamadas matanzas de Mango Fresco, le provocaran tanto disgusto a la bestia que decidiera por fin tomar medidas para ponerle freno a los desmanes de su demente hermano.
Lo de Mango Fresco es alucinante. Algo que permite conocer un poco la naturaleza del monstruo que se alojaba en la cabeza de Aníbal, el borroso límite que existía en su mente criminal entre realidad e imaginación, lo desquiciado que estaba.
Aníbal, según se dice, en uno de sus tantos raptos de locura, sintió una perentoria, inapelable sed de sangre y pidió sangre. Quería ver sangre, decía, inmediatamente sangre. Sangre quería y decía, o dicen por lo menos que decía. Y mientras lo decía y repetía hizo que sus hombres reunieran a un grupo de peones de su finca en un corral, volvió a decir que quería sangre y cargó contra los peones sable en mano, a lomo de su caballo, toda una carga de caballería ligera, y empezó a repartir tajos a destajo. La sangre brotaría a raudales, como de un extraño surtidor, y Aníbal la pudo ver, la pudo oler, la pudo palpar y saborear, mientras blandía el sable sobre las cabezas de aquellos infelices que gritarían de dolor y de terror seguramente.
En otra ocasión, según se dice, con la colaboración de su guardia pretoriana, daría un tratamiento similar a un grupo de campesinos a los que ordenó amarrar como andullos para que no pudieran ni siquiera intentar defenderse. Quería sangre, otra vez sangre, y con la colaboración de su guardia pretoriana los picó como quien dice en pedacitos
Se dice que esa vez la bestia envió una patrulla de soldados a la finca de Aníbal para averiguar lo que estaba pasando y la patrulla desapareció. Se dice que al poco tiempo la bestia se presentó en la finca y ordenó que ejecutaron a todos los asistentes civiles y militares que acompañaban a Aníbal. Se dice, en lo que parece otra versión de los acontecimientos, que la bestia envió al general Fausto Caamaño a imponer el orden en Mango Fresco, que le dio instrucciones de pasar por las armas a todos los militares al servicio de Aníbal, incluso al propio Aníbal.
Se dice que Fausto Caamaño cumplió el difícil mandamiento a medias, que hizo que le avisaran a Mamá Julia de lo que ocurría para que Mamá Julia avisara a Aníbal para que Aníbal espantara la mula y se pusiera a salvo como, en efecto, se puso. Después, sólo después, Fausto Caamaño se presentó en la finca y fusiló rutinariamente a todos los allegados civiles y militares de Aníbal. Un total de veintiocho o treinta personas. Algo que no le quitaba ni le quitaría el sueño a Fausto Caamaño.
Otros asesinatos y otras purgas parecidas tendrían lugar en Mango Fresco. Tal vez se trata de acontecimientos diferentes o de diferentes versiones de los mismos acontecimientos, que remiten, sin embargo a una misma espantosa realidad.
Muchos afirman que a raíz de los últimos y escandalosos hechos de sangre, Aníbal habría sido declarado interdicto, no apto para realizar trabajos productivos, y que había sido cancelado o simplemente alejado del ejército. Parecería que en sus últimos años había caído en un estado depresivo crónico que se agravó en grado extremo con la dolorosa pérdida de su rango y privilegios, de la cuota de poder que tenía asignada. Se sabe, a ciencia cierta que Aníbal fue sometido entonces a tratamiento psiquiátrico intensivo, que recibió en el país y el extranjero terapia electroconvulsiva, terapia de electrochoque. Se sabe que la terapia no resolvió el problema y que la condición de Aníbal se agravó. Se supone que finalmente, quizás porque tenía ganas de ver sangre de nuevo, se suicidó de un tiro en la sien en el baño de su casa.
A Crassweller, esta historieta le parece sospechosa, indigna de confianza en el mejor de los casos. La condición de Aníbal ciertamente empeoraba, pero también se incrementaba la animadversión que tenía o sentía por su hermano. Mucha gente lo oyó despotricando contra él, diciendo que quería matarlo y lo mataría. Lo hubiera matado si hubiera tenido esa oportunidad, y la bestia seguramente no estaba dispuesto a dársela.
Así estaban y seguirían estando las cosas por un tiempo. Aníbal vociferaba, despotricaba, amenazaba con matar a la bestia, lo desconsideraba, lo irrespetaba y no pasaba nada.
Nada pasaba, de hecho, hasta que por fin pasó. Hasta que el 2 de diciembre de 1948 se presentó en su casa de la calle Isabel la Católica esquina Padre Billini un grupo de oficiales a los que seguramente no había invitado. Entrarían, se acomodarían, hablarían o discutirían… Nadie lo sabe. Al poco tiempo se produjo en el baño, en uno de los baños, un disparo que sonó como un tiro de cañón. Los oficiales acudieron, encontraron a Aníbal muerto con la pistola en la mano, ¡qué tragedia, Dios mío, qué tragedia!, y acordaron y declararon que había cometido suicidio. ¡Qué tragedia! Los diarios se refirieron al hecho en términos de “trágico accidente” y aludieron por supuesto a su deficiente estado mental. Una tragedia.
Dice Crassweller que los detalles del suceso no fueron esclarecidos, que no se determinó con qué mano sostenía la pistola y que los que conocían a Aníbal lo creían incapaz de cometer suicidio y no se tragaron el cuento.
Ademas, la bestia ni siquiera asistió al funeral. Virgilio, Petán, Negro y Pipí tampoco estuvieron presentes.
(Historia criminal del trujillato [47).
BIBLIOGRAFÍA:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.
Dr. Lino Romero, “Trujillo, el hombre y su personalidad”
José C. novas, “Inventario moral # 2, Petán Trujillo y sus excesos’ (https://almomento.net/opinion-inventario-moral-2-petan-trujillo-y-sus-excesos/
Chichí De Jesús Reyes, “Trujillo ordenó al general Fausto Caamaño fusilar a su hermano Aníbal Julio”,



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sábado, 2 de noviembre de 2019

La hermandad de las bestias (9 de 10)

Pedro Conde Sturla
1 noviembre, 2019



Aníbal Trujillo en dos etapas de su vida

Quizás alguna vez Aníbal Trujillo oyó hablar de Julio César o Napoleón y quiso ser emperador. Era, en este sentido, el más idealista de la familia, el que tenía, sin duda, más grandes aspiraciones. Quería ser emperador desde pequeño. No se conformaba con menos. Algo en su interior le decía que podía ser emperador y logró convertirse en emperador varias veces. Mentalmente emperador.
Lo que más lo ilusionaba o motivaba, lo que en verdad deslumbraba o enternecía, lo hacía feliz como un niño, era que en su condición de emperador podía dar rienda suelta a sus instintos elementales y derramar sangre a raudales. De hecho, cuando en su mente enfermiza, enfebrecida, realizaba su fantasía, cuando se convertía ocasionalmente en emperador siempre se le antojaba derramar sangre a raudales, derramar sangre por gusto, por el placer de ver   sangre y oler sangre. Quizás también bañarse literalmente en sangre. Era un sicópata, un esquizofrénico. Un homicida 
vocacional, como todos sus hermanos. Un criminal   
instintivo. La diferencia, sin embargo, es que ese instinto, el  instinto criminal, vivía en Aníbal Trujillo como quien dice a  flor de piel. Un poco más a flor de piel que en los demás y  se manifestaba espontáneamente de forma teatral.  
De ser cierto lo que se dice, los arrebatos de locura de  Aníbal empezaron a producirse a una edad temprana. 
Andaba por las calles desde pequeño diciendo que era Julio César o la reencarnación de Julio César y se proclamaba 
emperador, emperador del Caribe.
En cuanto a lo demás, tenía que ser de alguna manera igual 
a sus hermanos, un resentido, un tipo sin principios, un 
amoral, un inescrupuloso que no le hacía asco a ningún 
medio para conseguir lo que deseaba. Intrigas, robos, 
homicidios, prostitución, violaciones y borracheras, 
bandidaje, cárcel, habituales tropezones con la justicia 
componen los ingredientes de lo que fue su vida. Su formula existencial. No obstante, dice Crassweller que no era un tipo desagradable personalmente o, quizás, mejor dicho, 
superficialmente.
Lo cierto es que con él, durante los años de 1930, con Petán y Virgilio tuvo la bestia problemas serios. De hecho, con él 
siguió teniendo problemas hasta el año de su muerte en 
1948, hasta que él mismo se quitó o lo quitaron de en 
medio.
Aníbal tuvo incontables hijos con mujeres de las se 
apoderaba a voluntad, hijos naturales que nunca le 
importarían y de los que nunca se ocuparía. Estuvo casado 
brevemente con una hija de Jacinto Peynado de la cual se 
divorciaría en 1936, algo que no le hizo gracia a Trujillo, pero 
que de seguro proporcionó a Jacinto Peynado un gran alivio 
y contento. Con ella tuvo Aníbal un varón que heredó su 
locura, un loco manso que murió atropellado por un auto en 
1999.
El desequilibrio de Aníbal era evidente hasta en su manera 
de conducir. Aníbal era un conductor temerario,  manejaba 
de manera irresponsable, como lo que era, con un total desprecio por las consecuencias de sus acciones al volante. En 1931, durante el curso de sólo un mes, destruyó tres automóviles asegurados por la Maryland Casualty Company y sus representantes pegaron el grito al cielo y posiblemente hicieron llegar alguna queja a la bestia.
Trujillo -según lo que dice Crassweller-, había tratado a su modo, el único que conocía, de corregir la indisciplina de Aníbal, moderar su excedente de energía vital sometiéndolo a todos los rigores de la vida castrense, dándole cargos de mayor peso y responsabilidad en los que su conducta estaba sujeta a estricta supervisión.
El correctivo fue algo parecido en realidad a un premio. Lo fue subiendo de rango hasta que Aníbal alcanzó a ser general, Jefe de estado mayor de las fuerzas armadas. En 1936, nombró a su hermano Negro, su hombre de confianza, como coronel y jefe asistente de personal bajo su mando, quizás con la esperanza de que éste pudiera influir positivamente. Pero los problemas no hicieron más que agravarse. Aníbal irrespetaba a su todopoderoso hermano, era el único que lo hacía, lo criticaba públicamente, cuestionaba sus órdenes, se insubordinaba, y hasta se dice que un día se presentó iracundo en el Palacio con malas intenciones, a pedirle cuentas por algún agravio real o imaginario. Se dice incluso que Trujillo evitó el encuentro para no tener que hacerlo matar.
Al parecer, Aníbal solía vestir de una manera llamativa. Usaba una capa muy vistosa, una capa de emperador, parecida a la que usaba su hermano en ciertas ocasiones. Una capa chillona con colorines con la cual se sentía menos general que emperador. Se tramutaba de hecho en emperador, se proclamaba emperador, la viva reencarnación de Julio César. Ordenaba terminantemente a sus soldados que lo reconocieran como emperador, quizás que se reconocieran ellos mismos como legionarios al servicio del emperador. Cuando no tenía soldados a su disposición reclutaba a los peones de su finca, los ascendía de su miserable condición a la de milites, miembros de una selecta milicia a los cuales ponía nombres ilustres, a los cuales los elevaba a veces provisionalmente a la más alta dignidad.
Aníbal ascendía, pues,  a las vertiginosas cumbres de la gloria militar e imperial en la misma medida en que su cordura se desvanecía completamente. Sólo pudo ser general y emperador hasta que la incompetencia, su conducta cada vez más díscola y errática, su permanente desequilibrio emocional forzaron su destitución.
(Historia criminal del trujillato [46]).
BIBLIOGRAFÍA:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.
Dr. Lino Romero, “Trujillo, el hombre y su personalidad”
José C. novas, “Inventario moral # 2, Petán Trujillo y sus excesos’ (https://almomento.net/opinion-inventario-moral-2-petan-trujillo-y-sus-excesos/
Chichí De Jesús Reyes, “Trujillo ordenó al general Fausto Caamaño fusilar a su hermano Aníbal Julio”,
https://elnacional.com.do/trujillo-ordeno-al-general-fausto-caamano-fusilar-a-su-hermano-anibal-julio/ .



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