viernes, 31 de enero de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (2)

Pedro Conde Sturla
31 enero, 2020
Edificio de la rectoría del Tecnológico de Monterrey y del Centro de Tecnología Avanzada para la Producción, CETEC, mejor conocido como El Servilletero. El Cerro de la silla, símbolo de Monterrey, al fondo. 

El problema de comunicación entre dominicanos y mejicanos era de doble vía. Los dominicanos no entendían el significado de ciertas expresiones mejicanas y los mejicanos a veces no entendían una palabra, una sola palabra de lo que decían los dominicanos. No es que no entendieran el significado, es que no entendían el sonido de las palabras, el modo aspirado y guillotinado del habla de los dominicanos, la forma hambrienta de comerse las palabras y decir, por ejemplo: “Tato no ta qui” en lugar de “Tato no está aquí”.

Uno de los estudiantes, llamado Caonabito, era particularmente difícil de entender, incluso entre los mismos dominicanos. La estructura de una oración en la gramática castellana consta de ocho elementos, si acaso no han agregado o quitado alguno, y reciben el nombre de sustantivo, verbo, adjetivo, pronombre, conjunciones, preposiciones, adverbio y articulo. Caonabito era la única persona que podía aglutinarlos todos, pronunciarlos o tratar de pronunciarlos en un solo golpe de voz. Los mejicanos tenían que ponerse trucha para hablar con él, poner mucha atención para desentrañar el sonido de sus palabras y captar el sentido. En general tenía que repetir dos o tres veces lo mismo para que el interlocutor pudiera, con más intuición que tímpano, adivinar su pensamiento. Los dominicanos dicen “qué” y dicen “cómo” cuando no entienden algo, pero los mejicanos dicen “mande” o “mande usted”, y cuando hablaban con Caonabito no cesaban de repetir “mande, mande, mande usted”.
Paradójicamente, la forma de hablar de los dominicanos tenía ocasionalmente un efecto colateral: le alborotaba el hormonamen a algunas chicas. Se engranujaban al escucharlos por primera vez y decían con emoción ¡qué padre hablan!, qué bonito hablan. También se sentían fascinadas por el pelo chino, el pelo crespo, rizado, el llamado pelo malo de los dominicanos, y se morían a veces de ganas de ponerles las manos en la cabeza y mesarles los cabellos.
Y los dominicanos, claro está, ya sabían que lo cortés no quita lo valiente y bajaban servilmente la cabeza, se dejaban mesar los cabellos, la recia crin, acariciar la pelambre, lo que usted quiera, señorita, hágale nomás que es usted dueña.
Ciertos gustos y ciertas cosas estaban, pues, como al revés en Monterrey, o resultaban simplemente curiosas, empezando por él gentilicio: el gentilicio de los habitantes de Monterrey no es monterreyano, como podría pensarse, sino regiomontano, como si estuviera exactamente invertido. En la aristocrática Plaza de la Purísima era costumbre que las muchachas pasearan en un sentido y los muchachos en otro. Las chicas serias no se montaban en taxi, viajaban sólo en camión, en autobús. Una novia seria no te dejaba montar en su automóvil. A la mamá le decían mi jefa, a la noviecita le decían mi vieja. El matrimonio civil precedía al matrimonio religioso que tenía lugar una o dos semanas después y mientras tanto los recién casados seguían viviendo en sus respectivas, casas, separados, vigilados, mantenidos a distancia hasta que la madre iglesia consagrara la unión.
Otra cosa curiosa, quizás la más curiosa y la más bonita de todas, es el concepto popular de raza, sobre todo entre los estudiantes de Monterrey y en la jerga del norte del país. Raza se llaman entre sí los amigos, los grupos de amigos con intereses comunes, independientemente del color, apariencia o procedencia, del origen étnico y las características raciales. Es una forma coloquial de decir hola y dar la bienvenida, decir qué tal, mi gente, saludar a un grupo de personas con las que tienes confianza. En estos términos era corriente invitar, por ejemplo, a unos cuates, a unos buenos amigos a tomar o echarse, por ejemplo unas cervezas: vamos a echarnos unas cheves con la raza en la Nevería Roma.
La nevería era otra cosa curiosa. Una nevería en México era una heladería, y en las heladerías y farmacias se vendía y tomaba cerveza. Cerveza con su correspondiente botana o picadera (gratis).
Al decir de un improvisado lingüista y bromista, en el proceso de adaptación y aprendizaje el vocabulario de los criollos no pudo conservar intacta su personalidad: se transformó, se desgreñó, generó una especie de gramática de términos sintéticos, ambivalentes, con ciertas características anfibias que vaya usted a saber que significan. El léxico de los regiomontanos se le parecía a los dominicanos recién llegados un arroz con mango. Pero a poco tiempo de su llegada hablaban un poco en una jerga mixta, cruzada, entre dominicana y mejicana.
Frente a las adversidades y dificultades aprendieron a ponerse trucha para que no se los llevara la chingada ni la fregada, ni la tiznada ni el tren y mucho menos la verga. Uno no podía achicopalarse, no podía acobardarse en México, había que hacerle frente a las cosas a lo macho, a lo mero macho, valientemente, en serio o valientemente. Había que dejar salir el enojo cuando fuera necesario y decirle a un imprudente me vale verga. Me importa como quien dice un carajo. 
Si no te importa nada —o menos que nada una cosa— también puedes decir me vale pedo, porque te importa un pedo, aunque los pedos pueden ser importantes, sobre todo cuando alguien se los tira en un lugar cerrado.
A los prepotentes había que decirles bájate de güevos, cabrón, bájate los humos, modérate, tranquilízate, no seas presuntuoso. Si alguien te dice un disparate le puedes decir no mames güey, que significa que su idea es como quien dice descabellada. Si alguien habla a lo pendejo es porque lo que dice no tiene fundamentos reales. Si algo te cae de madre es porque tienes constancia de que es cierto, pero caer de madre también puede significar que alguien te gusta, aunque en Cuba quiere decir lo contrario. Pero estar hasta la madre lo dices cuando estás encabronado, harto de cualquier cosa. Si alguien está haciendo algo mal hecho puedes decirle que así no sale ni a madrazos. Y también puedes decir o por lo menos pensar que el pendejo no sabe ni madres de lo que hace. El pendejo te podría contestar ¿y cómo chingados le hago? Y si te pide ayuda le puedes responder: ¡ya! Agárrate otro pendejo. También existe la posibilidad, aunque sea remota, de que pueda mandarte a chingar a tu madre.
Si alguna vez quieres presumir de algo, darte importancia, preguntas con desenfado ¿cómo la ves desde ai?, qué te parece, cómo te quedó el ojo, forastero.



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sábado, 18 de enero de 2020

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain: La pequeña Bessie (9)

Pedro Conde Sturla
17 enero, 2020
En el capitulo III de “La pequeña Bessie” se pone de manifiesto el interés y la preocupación, la fina sensibilidad de la niña en relación al arbitrario sistema de prohibiciones y castigos y la cantidad de sufrimiento que Dios impone a sus criaturas por las cosas malas que hacen:
—Mamá, si una persona con el nombre de Jones mata a una persona con el nombre de Smith solo por diversión, es un asesinato, ¿no es así, y Jones es un asesino?
—Sí, mi hija.
—¿Y Jones es culpable por eso?
—Sí, mi hija.
—¿Por qué mamá?
—¿Por qué? Porque Dios ha prohibido el homicidio en los Diez Mandamientos, y por lo tanto, quien mata a una persona comete un crimen y debe sufrir por ello.
—Pero mamá, ¿y si Jones tiene desde su nacimiento un temperamento tan
violento que no puede controlarse?
—Debe controlarse a sí mismo. Dios lo requiere.
—Pero él no hizo su temperamento, mamá, él nació con él, como el conejo y el tigre; y entonces, ¿por qué debería ser considerado responsable?
—Porque Dios dice que él es responsable y debe controlar su temperamento.
A la pequeña Bessie no la convence el razonamiento. Para ella se trata de un problema de ingeniería humana. Se pregunta si todo no podría haber sido diferente si se hubiese diseñado de otra manera a los seres vivientes, sobre todo a los humanos. Entiende que hay corregir los errores de diseño:
—Mamá, cuando Dios diseñó a Jones podría haberle dado el temperamento de un conejo, si hubiera querido, ¿no es así?
—Sí.
—¿Entonces Jones no mataría a nadie y no tendría que ser ahorcado?
—Cierto.
—Pero Dios decidió darle a Jones un temperamento que lo haría matar a Smith. ¿Por qué, entonces, no es Él responsable?
—Porque también le dio a Jones una Biblia. La Biblia le da a Jones una amplia advertencia de no cometer un asesinato; y si Jones lo comete, él solo es el responsable.
El argumento parece contundente, pero la pequeña y curiosa Bessie se queda pensando y más adelante le pregunta a la madre si Dios hizo también unos bichos tan asquerosos y destructivos como las moscas, responsables de la muerte de millones de seres vivientes, y con qué propósito. En su infinita sabiduría, la madre sabe que sí, que Dios hizo las moscas aunque no conoce el propósito, pero está convencida de que es un buen propósito. Entonces Bessie le pregunta:
—¿Dios les dio una Biblia a las moscas?
—Por supuesto que no.
—Tú has dicho que es la Biblia la que hace al hombre responsable. Si Dios no les facilitó una Biblia a las moscas para eludir la naturaleza que deliberadamente les concedió, entonces Dios sería responsable. Le dio a la mosca su naturaleza asesina y la envió sin el freno de una Biblia o cualquier otra restricción para cometer asesinatos al por mayor. Y así, por lo tanto, Dios es el mismo responsable. Dios es un asesino. El señor Hollister lo dice. El Sr. Hollister dice que Dios no puede hacer una ley moral para el hombre y otra para sí mismo.
En el capitulo IV el interés de Bessie se traslada a otro tema visceral: el de las vírgenes y la virginidad:
—Mamá , ¿qué es una virgen?
—Una señorita.
—Bueno, ¿qué es una señorita?
—Una niña o mujer que no está casada”.
—El tío Jonas dice que a veces una
virgen que ha tenido un hijo...
—¡Tonterías! Una virgen no puede tener un hijo.
—¿Por qué no puede ella, mamá?
—Bueno, hay razones por las que ella no puede.
—¿Qué razones, mamá?
—Fisiológicas. Tendría que dejar de ser virgen antes de poder tener el hijo.
—¿Qué quieres decir, mamá?
—Bueno, déjame ver. Es algo como esto: un judío no podía ser judío después de haberse convertido en cristiano; no podía ser cristiano y judío al mismo tiempo. Muy bien, una persona no podía ser madre y virgen al mismo tiempo.
—Por qué, mamá, Sally Brooks ha tenido un hijo y ella es virgen.
—¿En verdad?, ¿Quién dice eso?
—Ella misma lo dice.
—¡Oh, no me digas! ¿Hay otros testigos?
—Sí, en un sueño. Ella dice que la secretaria privada del gobernador se le apareció en un sueño y le dijo que iba a tener un hijo, y resultó ser así.
—No me extrañaría! ¿Y dijo que el gobernador era el responsable?
En el capítulo V, lo que había comenzado como un chisme local se traslada de nuevo al ámbito de la teología y las preguntas de Bessie se vuelven cada vez más impertinentes. Ahora se interesa por el misterio de la Virgen María. Dice que el Sr. Hollister afirma que “la Virgen María ya no es virgen, es una ex virgen”. La madre se escandaliza:
M.—¡Es falso! Oh, como ese malvado impío trata de socavar la santa creencia de una niña inocente con sus tontas
mentiras...
B.— Pero mamá, en serio, crees que sigue siendo virgen, una virgen real, ¿sabes?
M.— Ciertamente lo es; y nunca ha sido más que una virgen: ¡oh, la Adorable, la pura, la impecable, la intachable!
Bessie le dice que según el Sr. Hollister eso no es posible porque María tuvo cinco hijos después de la inmaculada concepción y que la virginidad de María no la compraría nadie a ningún precio en un mercado de valores.
La madre de Bessie se desespera, la pone de castigo. No sabe que hacer con ella. Pero la pequeña Bessie es incorregible. En el VI y ultimo capítulo volverá a escandalizar a su querida y ya impaciente madre con preguntas y razonamientos irreverentes:
—Mamá, ¿es Cristo Dios?
—Sí, mi hija.
—Mamá, ¿cómo puede ser él mismo y alguien más al mismo tiempo?
—No lo es, mi amor. Es como los gemelos siameses: dos personas, una nacida por delante de la otra, pero igual en autoridad, igual en poder.
—Ahora lo entiendo, mamá, y es bastante simple. Un gemelo tiene relaciones sexuales con su madre y se engendra a sí mismo y a su hermano; y luego tiene relaciones sexuales con su abuela y engendra a su madre...
El último tema por el que se interesa la pequeña Bessie concierne a la falta de originalidad de la Biblia y el comportamiento sexual de Dios, de todos los dioses. El Sr. Hollister —argumenta Bessie—, dice que todos los dioses hacen lo mismo y la madre le pregunta:
—¿De qué manera, querida?
—Ir por ahí desvirginando vírgenes. Él dice que nuestro Dios no inventó nada nuevo: todo era viejo y mohoso antes de que se lo apropiara. Dice que no ha dicho nada original, sino que copió su Biblia y su diluvio y su moral y todas sus ideas de dioses anteriores, que las obtuvieron a su vez de otros dioses más antiguos. Él dice que nunca hubo un dios que no haya nacido de una Virgen. El Sr. Hollister dice que ninguna virgen está segura donde está un dios... y me aconsejó que cerrara la puerta con llave todas las noches, porque... aunque solo tengo tres años y medio y estoy bastante a salvo de los hombres...
Esta vez la mamá de Bessie la mandó terminantemente a callar, le prohibió nueva vez que frecuentara al Sr. Hollister y le ordenó que se ocupara de otro asunto menos desagradable que la teología. Pero es posible que la pequeña Bessie la desobedeciera a la primera ocasión que se presentara.



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viernes, 17 de enero de 2020

Sombras nada más

Pedro Conde Sturla
Víctor Villegas y otros contertulios del Palacio de la Esquizofrenia 

Son como sombras sonámbulas que sueñan porque los sueños sueñan, colmena o avispero, muestrario de varia humanidad, columnas de seres y contornos imprecisos que entran y salen, ocupan las mesas, a veces todas las mesas de la Cafetería restaurante El Conde. El alucinante Palacio de la esquizofrenia en todo su esplendor. Allí concurren a granel, meditan o vegetan, discurren y se escurren el profesor emérito que dicta charlas magistrales y el alumno que aprende, el prócer y el apátrida, gobiernistas y oposicionistas igualmente fogosos, el filántropo y el misántropo, el aristócrata y el plebeyo, el abogado de oficio y el abogado sin oficio, el postor y el impostor, el filósofo, el historiador, el diplomático, el diputado, el doctor, el asistente del procurador, el revolucionario de profesión, el escritor, el trovador Rodríguez (un ingenio sin par), el cundango y la cundanga, el periodista, el publicista y su consorte, el cronista, el pintor –los infinitos 
pintores–, el escultor, el conocido caricaturista de humor negro y risa alegre con boca de chivo, el actor, el cineasta, el lambón, limpiasaco o tumbapolvo, como se dice entre nosotros, el advenedizo que quiere beber y fumar a cuenta ajena, el fisgón, el turista, el buscón y la buscona que se la buscan con los turistas, algún poeta maldito rumiando su desagravio y un montón increíble de malditos poetas, el crítico de arte de mala sangre, el crítico literario de mala leche, el crítico de cine de mala sombra, el policía que es un secreto a voces y un grupito de alcohólicos más o menos anónimos. El bardo insumiso ocupa ahora su lugar en una de las mesas del centro, acompañado de varios amigos. Como es un poco histriónico necesita el concurso del público y se lo gana fácilmente, hablando en voz muy alta y gesticulando ampliamente. En el hablar y en su persona destacan el lenguaje hiperbólico, la sonrisa desguarnecida (el vacío dental entre los caninos), la poesía a flor de piel, la oscuridad profunda de la piel, el pelo organizado en trencitas al estilo rastafari, que era el estilo húsar, y la simpatía a borbotones, definitivamente contagiosa. En este momento llega el patriarca Villegas y va a sentarse con su amigo el cronista. El patriarca Villegas viene, según dice, de un entierro y está feliz, acaba de enterrar su órgano favorito. Saluda al bardo hiperbólico, saluda a todos los que quedan a su alcance, saluda como quien dice a la muchedumbre que le devuelve el saludo, pide un café y le ofrece al cronista una cerveza. Todos saben que el cronista tiene talento para la bebida, pero esta noche no toma, se toma la noche libre y sólo toma notas para escribir su obra maestra, como dicen las malas lenguas, o quizás simplemente para fastidiar con sus comentarios en la prensa a los megalómanos del patio y a tarados que reciben premios literarios a fuerza de compadreo.Desde la mesa contigua, los integrantes de un círculo de poetas lo ojean con ojeriza, un poco de reojo y de relajo, chismorrean alegremente, discretamente, clandestinamente en voz baja para no herir susceptibilidades alcohólicas. Ninguno de ellos, casi ningún poeta, sin embargo, es abstemio. Aunque desprecien o finjan despreciar la bebida se embriagan de vanidad, viven la más infinita borrachera: El ego fermentado a tiempo completo. 
El crítico de mala sombra, embozado en su ego, entra como de costumbre sin mirar ni saludar a nadie y se instala en un rincón al fondo, echa un vistazo desencantado, un muy mirar torcido en derredor y llama a un mozo que no se da por aludido. Ninguno de los mozos le pone atención, con excepción de Abreu, que es gentil, educado, y modera todas sus impertinencias, pero Abreu está ocupado ahora y el crítico de mala sombra tendrá que esperar. Ha hecho de la vida un ejercicio de altanería y del insulto una costumbre. Sus rabietas consuetudinarias y el mal trato que dispensa a los que considera por debajo de su nivel social le granjean pocas simpatías y consecuencias insospechadas. Los mozos, en todas partes 
del mundo se vengan de los clientes fastidiosos haciendo caso omiso de sus reclamos en el mejor de los casos, y otras veces escupiendo en la comida y en la bebida, por no hablar de cosas peores.Los del círculo de poetas leen poemas e intercambian elogios, intercambian a veces tibias frases risueñas, palabras tipográficamente cordiales, juicios piadosos. Cada poema es mejor que el otro, a cada maravilla sucede otra maravilla. Reina la armonía, el mutuo bombo. De repente, en el momento más impensado, estalla un rugido de indignación, casi un escándalo, una conmoción. La lectura del último poema no concitó elogios que colmaran la vanidad del autor que ahora sufre un ataque de egolatría y se queja amargamente de incomprensión, de lo que considera una ofensa, una desconsideración, pura falta de sensibilidad, incluso capacidad intelectual para apreciar su obra. Alguien propone, salomónicamente, que vuelva a leer el poema, argumentando que quizás por lo novedoso del tema y la audacia de la forma no fue captada su esencia, su densidad metafísica, pero el autor se opone momentáneamente, dándose por ofendido. A ruegos, pidiendo excusas, sus contertulios lo ablandan, lo convencen al poco rato y el autor, un poco a regañadientes, vuelve a leer. Ahora todos los juicios vuelven a ser como la vida en rosa, oro molido, y la cordura reina de nuevo entre los vates.
El bardo insumiso los escucha con mal disimulado interés, sonriendo para sus adentros. Hombre de juicios lúcidos y claros, el bardo tiene ideas originales sobre literatura y arte y no comulga con mitos ni mitómanos, y mucho menos con ejemplares, con representantes tan típicos de “la raza irritable de los poetas”, como la definiera Horacio en sus Epístolas. Los versos que llegan a sus oídos le recuerdan los dólares provenientes del narcotráfico. Igual que los banqueros lavan dólares para que puedan circular decentemente, parecería que los poetas están lavando versos –piensa el bardo–, para hacerlos pasar por poesía. Al término de la lectura de otra obra maestra, aplaude cínicamente y cuando los poetas reparan en la atención que les dispensa, en el rostro del bardo se dibuja un gesto condescendiente que parece de aprobación y es pura sorna. Pero los poetas, los vates que estuvieron a punto de golpearse con bates, no entienden esas sutilezas y continúan atentos a su única preocupación, que es engordar el ego. El patriarca Villegas y el cronista, a cuya mesa se han integrado ya varios personajes del dominio público, incluyendo al trovador Rodríguez, no conceden mayor importancia a los berrinches y exaltaciones de los decidores de versos, y la conversación gira en torno al tema del tiempo y la nostalgia, la evocación de figuras queridísimas idas a tiento y a destiempo. En otra época Gómez Doorly frecuentaba diariamente el Palacio de la Esquizofrenia con la puntualidad de un reloj suizo. Podía uno verlo allí, encerrado metafóricamente en la mesa que le servía de despacho, leyendo y subrayando periódicos durante horas. Pudimos verlo, sí, hasta el que fue el último día de su existencia. A Gómez Doorly lo esperaba, en una de esas curvas del destino, la tragedia más insospechada. Murió de mala muerte, cosido a puñaladas,  en su hogar, a manos de un demente que era su hijo. Frank Beras, otro de los frecuentadores asiduos, venía en aquellos tiempos disfrazado de ciego, actuando como cieguito. De una escoba decrépita se ingenió un bastón, o más bien un cayado con el que mantenía a raya a los numerosos perros que lo asediaban en su vecindario. Con el cayado en la mano derecha, un sombrero calado y lentes oscuros representaba a la perfección el papel de invidente. El policía de tráfico lo ayudaba a cruzar las avenidas atestadas de vehículos, le cedían el asiento en las guaguas de transporte público, le cedían el turno cuando formaba fila en un banco y en general la gente le dispensaba un trato generoso. En ocasiones, sólo por divertirse, recababa limosna en dólares presentando el sombrero al paso de los turistas.Nada mas llegar al Palacio de la Esquizofrenia, que es una especie de corte de los milagros, como un barrio famoso del París de Francia de Víctor Hugo, recuperaba la visión, ocupaba una silla en una mesa cualquiera, entablaba conversación y compartía con sus numerosos amigos, pero siempre en un plan muy serio y reservado y con un dejo incurable de tristeza.
Al cieguito Beras le esperaba también un final trágico y lamentablemente previsible. Víctima de una depresión, tocó fondo un mal día en que la amargura de vivir se le hizo insoportable. En un gesto de aborrecimiento a sí mismo se martirizó el rostro con una navaja antes de degollarse. 
El publicista y su consorte, Macho y Marta, eran igualmente asiduos. Venían casi a diario y ocasionalmente más de una vez. Con ellos cualquier tertulia adquiría dimensiones surrealistas. Macho era una persona de ideas originalmente descabelladas, aunque brillantes a veces. Sus personajes favoritos eran Balaguer y Caamaño y nunca fue posible entender cómo conciliaba su admiración por el asesino de masas y el héroe asesinado. Al publicista y su consorte les aguardaba un destino metafísico, el misterio de la dimensión desconocida. Su infausta desaparición nos dejó a todos sumidos en la incertidumbre. 
A esta hora, en otro tiempo cercano, el profesor emérito ya estaría sentado al frente de la mesa presidencial y a su alrededor estarían congregándose los integrantes de la más gloriosa peña de la Ciudad Colonial. Pero el profesor emérito, Francisco Alberto Henríquez Vásquez, el célebre don Chito, cuerpo y alma de la gloriosa peña, se ausentó para siempre durante el fluir de estas páginas, y la peña está huérfana como sus descendientes, huérfana, sí, la calle El Conde que lo vio recorrer miles de veces el dichoso trayecto desde su residencia hasta el flamante Palacio de la Esquizofrenia.



01/01/2008

sábado, 11 de enero de 2020

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain: La pequeña Bessie (8)

Pedro Conde Sturla
10 enero, 2020
“La pequeña Bessie” forma parte de los llamados textos malditos que escribiera casi clandestinamente Mark Twain durante los últimos y amargos años de su vida. Textos blasfemos o por lo menos irreverentes, que no se dieron a conocer hasta mucho tiempo después de su muerte y que todavía hoy no gozan de la estimación de muchos lectores y editores. Textos que todavía sufren una especie de censura estructural y son como quien dice mantenidos en el banco del castigo, en un rincón oscuro y apartado de la vista de los curiosos, allí donde se conservan y preservan las vergüenzas familiares.

El hecho es que Mark Twain no fue -como se ha dicho y como se pretende hacernos creer-, un simple humorista, sino, entre otras cosas, un batallador incansable contra la intolerancia y el oscurantismo. En esa labor puso Mark Twain todo su empeño, un empeño humorístico diabólico si se quiere, endiabladamente humorístico.
Esa pequeña Bessie (alter ego de Mark Twain) libra con su candorosa irreverencia una especie de cruzada contra la irracionalidad de ciertas creencias religiosas que representan la peor forma de superchería. Bessie conversa a menudo con el irreverente señor Hollister, a pesar de que su madre se lo tiene prohibido, o quizás precisamente por ello, y el señor Hollister alimenta todas sus inquietudes. La enseña a pensar, a dudar, a desconfiar de todas las verdades reveladas.
La pequeña Bessie advierte, por ejemplo, la contradicción implícita en la creencia en un dios infinitamente bueno que comete acciones infinitamente aborrecibles. A su vez, la pequeña Bessie castiga a su buena y beata madre con preguntas y razonamientos que la sacan de quicio, la obligan a pensar y la horrorizan al mismo tiempo. Con ella se horroriza todo aquel que es beato y sincero. (El animal más peligroso del mundo, dijo alguien: un beato sincero).
Un gato —razona la pequeña Bessie—no tiene la culpa de ser gato. Su esencia es la gatunidad y la culpa de ser gato la tiene quien hizo el gato. El divino creador del gato, el diseñador del gato, no la madre del gato. El gato no tiene la culpa si mata y tortura un ratón. Tampoco tiene la culpa si se roba una longaniza, y la longaniza tampoco es culpable. Lo mismo aplica a la monstruosa criatura que inventó Frankenstein. El monstruo se sale de control, comete todo tipo de desmanes, pero no es culpable de nada. El culpable es Frankenstein que lo fabricó sin pedirle permiso y Frankenstein lo reconoce.
En cambio Dios no se responsabiliza por su obra. Al hombre y a la mujer los hizo malos en extremo y les exigió ser buenos, obedientes y buenos. Pero no responde por los defectos de fabricación. Los castiga por una mínima contravención, condena a toda la humanidad a causa de una manzana, la manzana de la discordia, maldice a todas las mujeres. Por si fuera poco, inunda el planeta, extermina a casi todos los seres vivientes. Además está casi siempre aburrido, rabioso, de mal humor, no se enamora ni tiene relaciones sexuales y cuando quiere tener un hijo elige a una mujer casada con un pobre viejo. Pero en ningún momento reconoce sus faltas, no reconoce —como dice la pequeña Bessie— que “es responsable, en cualquier caso, de todo lo que el hombre hace” y que “no puede ignorar el hecho”. No reconoce que “Solo hay un criminal, y no es el hombre”.
Por eso Bessie dice que nunca fabricaría un gato, a menos que supiera hacer un gato bueno.
La pequeña Bessie (1908)
Mark Twain
Capítulo 2
Creación del hombre
Mamá.—Hija desobediente, ¿te has estado reuniendo con ese irreverente Sr. Hollister de nuevo?
Bessie.— Bueno, mamá, él es interesante, a pesar de todo, aunque malicioso, y no puedo evitar amar a las personas interesantes. Aquí está la conversación que tuvimos:
Hollister.– Bessie, supongamos que debes tomar un poco de carne, huesos y piel, y hacer un gato con todo eso, y debes decirle al gato: No debes ser cruel con ninguna criatura, bajo pena de castigo y muerte. Y supongamos que el gato debe desobedecer, atrapar un ratón y torturarlo y matarlo. ¿Qué le harías al gato?
Bessie.— Nada.
H.— ¿Por qué?
B. —Porque sé lo que diría el gato. Él diría: Es mi naturaleza, no pude evitarlo; Yo no hice mi naturaleza, tú la hiciste. Y entonces eres responsable de lo que he hecho, yo no lo soy. No podría negar eso, Sr. Hollister.
H.—Es solo el caso de Frankenstein y su Monstruo nuevamente.
B.— ¿Qué es eso?
H.— Frankenstein tomó algo de carne, huesos y sangre e hizo de ellos un hombre; el hombre se escapó y comenzó a violar, robar y asesinar en todas partes, y Frankenstein estaba horrorizado y desesperado, y dijo: Lo hice, sin pedir su consentimiento, y eso me hace responsable de todos los delitos que cometa. Yo soy el criminal, él es inocente.
B.—Por supuesto que tenía razón.
H.—Yo lo juzgo así. Es el mismo caso de Dios y el hombre y tú y el gato otra vez.
B.—¿Cómo es eso?
H.—Dios hizo al hombre sin el consentimiento del hombre, y también hizo su naturaleza; lo hizo vicioso en lugar de angelical, y luego dijo: Sé angelical, o te castigaré y destruiré. Pero no importa, Dios es responsable, en cualquier caso, de todo lo que el hombre hace; No puede ignorar el hecho. Solo hay un criminal, y no es el hombre.
Mamá.— ¡Esto es atroz, es malvado, blasfemo, irreverente, horrible!
Bessie— Sí, pero es verdad. Por eso no voy a hacer un gato. Sólo lo haría si pudiera hacer un gato bueno.


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sábado, 4 de enero de 2020

El banquete de Trimalción

Pedro Conde Sturla
12 de octubre de 2015 

[Sólo dos libros y algunos fragmentos se han salvado de los veinte que componían “El Satiricón”, que se atribuye a Cayo o Tito Petronio Árbitro (o simplemente Petronio). Lo que queda es, sin embargo, suficiente para acreditarlo como uno de los textos más originales de la historia, la despiadada y risueña sátira del mundo romano en el primer siglo de nuestra era, durante el reinado de Nerón.
“Frente a las novelas griegas, ajenas a los acontecimientos políticos y sociales, ‘El Satiricón’ arremete contra los defectos de una sociedad opulenta y depravada que se basa en la hipocresía: la educación de los jóvenes en una retórica hueca y en las doctrinas de filósofos embaucadores y el contraste entre la miseria del pueblo llano frente a la frivolidad y el sibaritismo de los ricos”.
Es una obra considerada licenciosa, libertina, que muchas veces tuvo que circular clandestinamente a pesar de la admiración que le tributaban los más conspicuos hombres de letras y a pesar de ser modelo del más afinado latín de su época.
El banquete
“Petronio logra una perfecta correspondencia entre la conducta y el lenguaje de sus personajes y su nivel social y cultural. En su prosa fluida se alterna la lengua literaria con la lengua coloquial, el lenguaje soez con el técnico, todo ello con una extraordinaria riqueza de vocabulario, por lo cual ‘El Satiricón’ es un documento histórico y lingüístico de primer orden”.
El episodio más famoso, sin duda, es el que tiene como protagonista al célebre Trimalción, el bien llamado banquete de Trimalción, que desborda tanto refinamiento como vulgaridad.
Trimalción es un liberto, un nuevo ricachón ostentoso, descarado, prepotente, grosero, ramplón, el equivalente a nuestros políticos más desvergonzados, y en el banquete la extravagancia llega hasta los límites del absurdo con su glorificación del despilfarro que retrata la mentalidad de ciertos bípedos implumes que disfrutan de la fortuna mal habida o adquirida sin fatiga.
Trimalción, no obstante, tiene momentos de lucidez en los que toma conciencia del sentido de la vida y se eleva en su triste condición humana a nivel del filósofo que se desconsuela con la filosofía. Como cuando exclama, por ejemplo, ante una botella de vino de cien años:
“¡Oh, fatalidad! ¡Por consiguiente el vino vive más que el pobre hombre!
Mojémonos pues el gaznate. La vida es vino”.
PCS]
Petronio Árbitro: El banquete de Trimalción
CAPITULO 32
Estas magnificencias nos tenían deslumbrados. En ese momento apareció Trimalción. Se le transportaba al son de la música y fue depositado en medio de pequeñísimos cojines.
Lo imprevisto de la escena nos hizo soltar la carcajada, y no era para menos: su cráneo afeitado sobresalía de su palio escarlata. En sus hombros cargados con el vestido se había puesto una servilleta con laticlavia, llena de flecos que colgaban por todos lados. En el meñique de su izquierda tenía un gran anillo ligeramente dorado y, en la última falange del anular, otro más pequeño que, según se veía, era de oro macizo pero con una especie de estrellas de hierro engastadas. y como no le había parecido bastante exhibir todo este lujo, mostraba desnudo su brazo derecho para lucir un brazalete de oro y una pulsera de marfil abrochada con una placa de esmalte.
CAPITULO 33
Después de mondarse los dientes con un alfiler de plata, nos dirigió estas palabras:
-No me apetecía todavía, amigos míos, venir al triclinio pero lo he hecho para no incomodaros más con mi ausencia. Por vosotros me he abstenido de todas mis diversiones. Me permitiréis, empero, terminar la partida.
El siervo lo seguía con un tablero de terebinto y unos dados de cristal. Todo traslucía un refinamiento exquisito. En lugar de peones blancos y negros, tenía monedas de oro y plata. Al jugar soltaba todo el repertorio de groserías propias de tejedores.
Todavía no habíamos acabado las entradas cuando se nos sirvió un gran repositorio con una cesta encima. En ella había una gallina de madera con las alas desplegadas en torno como suelen hacerlo las cluecas. Luego se aproximaron dos esclavos y, al son de la música, se pusieron a rebuscar en la paja, y sacaron de abajo varios huevos de pavo real que fueron distribuidos a los comensales. Trimalción, contemplando esta escenificación, nos dijo:
-Amigos, he hecho incubar huevos de pavo real por una gallina y me temo, por Hércules, que ya estén empollados. Probemos, sin embargo, si todavía están sorbibles.
Recibimos unas cucharas que por lo menos pesaban media libra, y cascamos los huevos que estaban muy bien hechos de pasta. Casi arrojé mi porción pues creí que ya estaba formado el pollo, pero oí decir a una vieja comensal: -No sé qué delicia debe de haber aquí.
Continué, pues, descascarándolo con la mano y me encontré con un gordísimo papafigo arrebolado en salsa de yema de huevo y pimienta.
CAPITULO 34
Trimalción suspendió la partida y también se hizo servir todo lo antedicho. En voz alta nos autorizó a escanciar, si queríamos, más vino-miel.
De pronto a una señal de la orquesta, un coro de cantores retiró los platos de la entrada. En el ajetreo se cayó casualmente un azafate, y un esclavo lo recogió del suelo.
Al mirar esto, Trimalción ordenó castigar a puñetazos al muchacho y tirar otra vez al suelo el azafate. Apareció el analectario quien empezó a barrer con una escoba la vajilla de plata junto con todos los restos de comida.
Entraron después dos etíopes melenudos con unos pequeños odres, de los que se usan en el anfiteatro para esparcir arena, y vertieron vino en nuestras manos.
Agua, empero, nadie nos sirvió. Se felicitó por estos elegantes detalles al patrón, que respondió:
– Marte ama la igualdad.
Por esta razón he asignado a cada uno su mesa. Así este tropel de apestosos esclavos nos darán menos calor con su presencia.
Al punto nos trajeron unas ánforas de vidrio, cuidadosamente selladas con yeso, en cuyos cuellos estaba pegada esta etiqueta: “Falerno Opimiano de cien años.”
Mientras descifrábamos la escritura, Trimalción batiendo palmas exclamó:
– ¡Oh, fatalidad! ¡Por consiguiente el vino vive más que el pobre hombre!
Mojémonos pues el gaznate. La vida es vino. Os estoy sirviendo un legítimo Opimiano. Ayer ofrecí otro no tan bueno a pesar de que cenaban conmigo personas mucho más distinguidas.
Bebimos sin dejar de advertir todas estas demostraciones de buen gusto. En ese momento un esclavo trajo un esqueleto de plata fabricado de tal manera que, móviles, las articulaciones y vértebras se doblaban en todo sentido.
Trimalción lo arrojó varias veces sobre la mesa para que adoptase así diversas poses a causa de la movilidad de sus coyunturas.
Añadió: ¡Ay! ¡Miserables de nosotros! ¡Qué impotencia la del pobre hombre! Todos así seremos cuando el Orco nos recoja. Vivamos, pues, en tanto que existir con salud permitido nos sea.
CAPITULO 35
A esta lamentación siguió un plato no tan grande como esperábamos, pero tan original que provocó nuestra admiración. Era un repositorio redondo con los doce signos (del Zodíaco) dispuestos alrededor. Sobre Aries, garbanzos picudos.
Sobre Tauro, un trozo de buey. Sobre Géminis, criadillas y riñones. Sobre Cáncer, una corona. Sobre Leo, un higo de África. Sobre Virgo, una vulva de marrana virgen . Sobre Libra, una balanza con un pastel en un platillo, y un bizcocho en el otro. Sobre Escorpio, un pececillo de mar. Sobre Sagitario, un caracol. Sobre Capricornio, una langosta marina . Sobre Acuario, un ganso. Sobre Piscis, dos lisas. En el centro había un terrón, extraído con césped y todo, que sostenía un panal de abeja.
Un esclavo egipcio daba vueltas sirviéndonos el pan directamente de un anafre de plata. […] y el mismo también con horrorosa voz desgarró los aires con una canción del mimo del “Mercader de laserpicio”
Trimalción viendo el asco con que comíamos tan vulgares alimentos, dijo:
-¡Animo! Cenemos, que estos son los gajes de las cenas.
¿Considera usted que los gobiernos de Danilo Medina han sido los de mayor aplicación de consecuencias ante la corrupción?



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viernes, 3 de enero de 2020

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain: La pequeña Bessie (7)

Pedro Conde Sturla
3 enero, 2020
La pequeña Bessie es uno de los personajes más incómodos de Mark Twain. Su historia no fue publicada en vida del autor, y ni siquiera en vida de Clara, la única hija que lo sobrevivió. Apareció apenas en 1972, diez años después de la muerte de ésta, que no permitió su publicación mientras vivió, y a los sesenta y dos de la muerte de Twain.
La pequeña Bessie tenía apenas tres años en la descripción que hace de ella el autor. Y era, sin lugar a dudas, una buena niña, no era “superficial, ni frívola, sino más bien meditativa y reflexiva, y muy entregada a pensar en las razones de las cosas” y a tratar de armonizarlas en un contexto racional. Pero tenía un defecto incorregible. Era una niña preguntona. Incorregiblemente preguntona. Y además imprudente y decía cosas por las que mucha gente habría sufrido castigos terribles en otra época.

Lo que hace la precoz niña Bessie es poner en duda, o mas bien en ridículo, ciertos conceptos religiosos, y lograr que hasta su madre empiece a dudar, a desesperarse hasta el desmayo. Por lo que se verá en esta primera parte, Bessie es una niña que se merece que le restrieguen la boca con lejía y ají caribe. Por no hablar de la hoguera. Sus intenciones, sin  
embargo, son buenas. Ella sólo quiere cooperar con la divina providencia. Se advierte, sin embargo, encarecidamente, que lo que sigue a continuación es un coloquio urticante de humor negro, entre blasfemo y conmovedor, sarcástico, irreverente, que puede herir la susceptibilidad de los lectores sensibles. Exactamente, quizás, lo que se proponía el autor:
La pequeña Bessie (1908)
Mark Twain
Capítulo 1
(...)
Un día ella dijo:
-Mamá, ¿por qué hay tanto dolor, pena y sufrimiento? ¿Para qué sirve todo esto?
Era una pregunta fácil, y mamá no tuvo dificultades para responderla:
-Es para nuestro bien, hija mía. En su sabiduría y misericordia, el Señor nos envía estas aflicciones para disciplinarnos y mejorarnos.
-¿Es Él quien las envía?
-Sí.
-¿Las envía a todos, mamá?
-Sí, querida, todas ellas. Ninguna viene por accidente; Él solo las envía, y siempre por amor a nosotros y para hacernos
mejores.
-¡No es extraño!
-¿Extraño? Por qué, no, nunca lo había pensado de esa manera. Nunca antes había escuchado a nadie llamarlo extraño. Siempre me ha parecido natural y correcto, y sabio y muy amable y misericordioso.
-¿Quién lo pensó así, mamá? ¿Fuiste tú?
-Oh, no, niña, me lo enseñaron.
-¿Quién te enseñó eso, mamá?
-Realmente, no sé, no puedo recordar. Supongo que mi madre o el predicador. Pero es algo que todos saben.
-Bueno, de todos modos, parece extraño. ¿Él le dio el tifus a Billy Norris?
-Sí.
-¿Para qué?
-Para qué, para disciplinarlo y hacerlo bueno.
-Pero él murió, mamá, y eso no pudo hacerlo bueno.
-Bueno, entonces, supongo que fue por alguna otra razón.  Sabemos que fue una buena razón, sea lo que sea.
-¿Qué crees que fue, mamá?
-¡Oh, haces tantas preguntas! Creo que fue para disciplinar a sus padres.
-Bueno, entonces, no fue justo, mamá. ¿Por qué le quitarían la vida por su bien, cuando él no estaba haciendo nada?
-¡Oh, no sé! Solo sé que fue por una razón buena, sabia y misericordiosa.
-¿Qué razón, mamá?
-Creo, creo, bueno, fue un juicio; fue para castigarlos por algún pecado que habían cometido.
-Pero él fue el que fue castigado, mamá. ¿No es cierto?
-Ciertamente, ciertamente. Él no hace nada que no sea correcto, sabio y misericordioso. No puedes entender estas cosas ahora, querida, pero cuando seas grande las entenderás, y luego verás que son justas y sabias.
Después de una pausa:
-¿Hizo caer el techo sobre el extraño que intentaba salvar a la anciana paralítica del fuego, mamá?
-Sí, hija mía. ¡Espera! No me preguntes por qué, porque no lo sé. Solo sé que fue para disciplinar a alguien, o juzgar a alguien, o para mostrar su poder.
-Ese hombre borracho que clavó una horca en el bebé de la señora Welch cuando...
-No te preocupes por eso, no necesitas entrar en detalles; fue como para disciplinar al niño, eso es seguro, de todos modos.
-Mamá, el Sr. Burgess dijo en su sermón que miles de millones de pequeñas criaturas son enviadas para que nos den cólera, fiebre tifoidea, tétanos y más de mil otras enfermedades y... mamá, ¿las envía Él?
-Oh, ciertamente, niña, ciertamente. Por supuesto.
-¿Para qué?
-¡Oh, para disciplinarnos! ¿No te lo he dicho una y otra vez?
-¡Es terriblemente cruel, mamá! ¡Y tonto! Y si yo...
-¡Silencio, oh silencio! ¿Quieres traer el rayo?
-Sabes que el rayo vino la semana pasada, mamá, y golpeó la nueva iglesia y la quemó. ¿Fue para disciplinar a la iglesia?
(Cansada) -Oh, supongo que sí.
-Pero mató a un cerdo que no estaba haciendo nada. ¿Fue para disciplinar al cerdo, mamá?
-Querida hija, ¿no quieres salir a correr y jugar un rato? Si quieres...
-¡Mamá, sólo piensa! El Sr. Hollister dice que no hay ningún pájaro, pez, reptil o cualquier otro animal que no tenga un enemigo que la divina providencia no haya enviado para morderlo, perseguirlo, molestarlo y matarlo y chupar su sangre con el fin de disciplinarlo y hacerlo bueno y religioso. ¿Es verdad, madre? Porque si es verdad, ¿por qué se rió el Sr. Hollister?
-Porque Hollister es una persona desvergonzada, blasfema, y no quiero que escuches nada de lo que dice.
-Por qué, mamá, él es muy interesante, y creo que trata de ser bueno. Dice que las avispas atrapan arañas y las amontonan en sus nidos en el suelo -¡vivas, mamá!- y allí viven y sufren días y días y días, y las pequeñas avispas hambrientas muerden sus piernas y mastican sus barrigas todo el tiempo con el propósito de hacerlas buenas y religiosas y para que alaben a Dios por Sus infinitas misericordias. Creo que el Sr. Hollister es simplemente encantador, y muy amable, porque cuando le pregunté si trataría a una araña de esa manera, dijo que esperaba ser condenado si lo hacía; y luego él...
-¡Hija mía! ¡Oh, por el amor de Dios!
-Y mamá, dice que la araña está destinada a atrapar la mosca y a meterle sus colmillos en sus entrañas, y chupar y chupar y chupar su sangre, para disciplinarla y hacerla cristiana; y cada vez que la mosca bate sus alas, con el dolor y el sufrimiento que ello acarrea, se puede ver en el agradecido ojo de la araña que está loando al Dador de Todo Bien por... bueno, por la gracia salvadora que recibe, como él dice; y también, él...
-¡Oh, pero es que nunca te cansarás de parlotear! Mejor vete afuera a jugar.
-Mamá, él mismo dice que todos los problemas, dolores, miserias, las malditas enfermedades, horrores y sufrimientos nos son enviadas con misericordia y amabilidad para disciplinarnos; y dice que es el deber de cada padre y madre ayudar a la Divina Providencia en todos los sentidos; y dice que no pueden hacerlo simplemente regañando y propinando azotes, porque eso no dará resultados, es un método débil y no es bueno: el accionar de la Divina Providencia es el mejor, y es el deber de todos los padres y el deber de cada persona ayudar a disciplinar a todos los demás, lisiarlos y matarlos, hacerlos morir de hambre, de frío, contagiarles enfermedades y hacerlos cometer asesinatos, robos, deshonrarse y desgraciarse; y dice que el invento de la Divina Providencia para disciplinarnos a nosotros y a los animales es la más brillante idea del mundo, y que ni siquiera un idiota podría haber ideado algo más brillante. Mamá, el hermano Eddie necesita disciplina, de inmediato: y sé dónde puedes conseguirle la viruela, la rasquiña, la difteria y la necrosis, y enfermedades del corazón, y tuberculosis, y - ¡querida mamá, te has desmayado! ¡Correré a traer ayuda! Eso te sucede por quedarte en la ciudad con este calor.


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sábado, 28 de diciembre de 2019

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain: Consejos para niñas malas (6)

pedro Conde Sturla
27 diciembre, 2019
 ilustracion de Vladimir Radunsky para el libro Consejo para niñas pequeñas 
En uno de sus escritos más encantadores, el travieso y ocurrente Mark Twain aconsejaba sabiamente a las niñas pequeñas, y sobre todo a las niñas malas, que son la mayoría, algo que se me quedó grabado para siempre como lección de vida:
“Si en cualquier momento consideras adecuado castigar a tu hermano, no lo hagas con barro; nunca, bajo ninguna circunstancia, le eches barro, porque le ensuciarás la ropa. Es preferible rociarlo con un poco de agua hirviendo, puesto que así obtendrás los resultados deseados. Te asegurarás de que preste atención a las lecciones que tratas de inculcarle enseguida, y al mismo tiempo el agua caliente eliminará las impurezas de su persona y probablemente también de su piel, incluidos los granitos”.
De la misma manera, y por asociación de ideas, pienso que de esa lección se desprende otra no menos importante. Una que también aconsejaría sin lugar a dudas Mark Twain:
Si tu hermanito se ensucia de barro, lava la ropa con él adentro, preferiblemente en la lavadora, y plánchala después mientras la tiene puesta. Esto le servirá seguramente de escarmiento.
Otro consejo mucho más elaborado, que a muchas niñas parecerá maravilloso, tiene y no tiene que ver con cierta manera de relacionarse entre hermanos, pero sobre todo con la candidez, la ingenuidad propias de una cierta edad y de una forma (quizás autobiográfica) de apreciar la realidad y dejarse engañar en los negocios:
“En ningún caso debes quitarle a tu hermanito su chicle por la fuerza, es preferible engañarlo con la promesa de que le darás los primeros dos dólares y medio que encuentres flotando en el río sobre una piedra. Con la cándida y natural ingenuidad propia de esa edad, a él le parecerá una transacción absolutamente equitativa. Desde que el mundo es mundo, esta ficción eminentemente plausible ha engatusado al obtuso infante y lo ha llevado a la ruina y al desastre financiero”.
En cuanto a sus ideas didácticas, y en casi todo lo demás, Mark Twain era un hombre muy adelantado a su tiempo. La época y las circunstancias en que vivió les quedaban como quien dice chiquitas. Por eso solía decir: “Nunca permití que la escuela interfiriera con mi educación”. Mark twain se educó solo, en efecto, y lo que aprendió no se enseñaba en ningún centro educativo, ni en el hogar, y mucho menos en la iglesia. Se diría que aprendió desde pequeño a nadar contra la corriente. Lo que enseñó también era fuera de serie. Las cosas que decía estaban muchas veces reñidas con el llamado sentido común, reñidas con el conformismo, con la manera habitual de pensar, con las buenas costumbres.
Su modo de pensar no estaba, sin embargo, en contradicción con los valores familiares. La familia fue todo para él, la fuente de sus dichas y de sus mayores tragedias y sufrimientos. Por eso aconsejaba a las niñas, con morosa delectación, obedecer siempre a los mayores. Honrar en cualquier circunstancia padre y madre. Obedecer un poco, sólo un un poco, a su manera: por lo menos circunstancialmente:
“Si tu madre te pide que hagas algo, no está bien decirle que no. Es mejor y más conveniente darle a entender que harás lo que te ordena y, después, proceder con discreción según los dictados de tu sabio criterio”.
Mark Twain también aconsejaba a las niñas ser agradecidas con sus progenitores y sobre todo tolerantes. Tolerantes hasta un cierto punto. Es decir, otra vez a su manera y un poco circunstancialmente:
“Recuerda que debes sentirte agradecida a tus padres por el alimento que recibes y por el privilegio que te otorgan de quedarte en casa cuando finges estar enferma para no ir a la escuela. Por eso debes acatar sus pequeñas injusticias, complacer sus caprichitos y tolerar sus pequeñas manías mientras no te harten demasiado”.
Lo que Twain recomienda a las niñas en relación a su padres, vale también para los mayores. Honrar padre y madre significa igualmente respetar y querer a las personas de edad: “las niñas siempre demuestran su madurez, así que nunca debes sacar la lengua a los viejos, a menos que ellos lo hagan primero”.
En cuanto al respeto a los sufridos maestros recomienda algo parecido:
“Las niñas buenas no deben ponerle mala cara a sus maestras ante cualquier mínima afrenta. Sólo deben recurrirse a esta medida en circunstancias particularmente graves”.
Respecto a la honradez, también son irónicamente un poco ambiguas sus prédicas. Todo sigue siendo, en apariencia, circunstancial: una niña tiene que ser honrada, desde luego, parece decirnos Mark Twain, a menos que no sea necesario:
“Aunque sólo tengas una muñeca de trapo rellena de serrín, y una de tus amiguitas tenga la fortuna de poseer una de la porcelana más cara, debes tratarla con amabilidad. Y no debes intentar intercambiársela a toda costa, a menos que tu conciencia te lo permita y sepas que tienes ocasión de hacerlo”.
Estos sanos consejos, que en la época de Mark Twain se consideraron y se siguen considerados escandalosos, forman parte del libro “The 30,000 Dollar Bequest and Other Stories”, publicado en 1865. En esta escandalosa, deliciosa “serie de recomendaciones políticamente incorrectas, Twain invita a las niñas pequeñas a ignorar las restricciones impuestas por la sociedad y a pensar por sí mismas, dejando a un lado las expectativas de sus mayores de un modo inteligente y pícaro”. (1)
El humor irreverente y pícaro de Mark Twain va siempre más allá de lo que aparenta y su serie de consejos a las niñas “tuvo que suponer una pequeña revolución dentro de la literatura infantil de una época”. La literatura didáctica de entonces “se dirigía a un lector imaginario e ideal que siempre se debía ajustar a lo que leía en sus libros”. Pero Mark Twain “anima a la niñas a no obedecer las reglas impuestas por la sociedad, a utilizar nuevas estrategias “. (2)
Muchos opinan que estos textos tan irreverentemente didáticos constituyen “una serie de irrespetuosos consejos para niñas, que supusieron una nota discordante para la época, en cuestiones de literatura infantil (...) un libro cuyo tono, más que curioso para aquel tiempo resultó discordante. En él plasmó Mark Twain una serie de consejos dirigidos a las niñas que quisieran convertirse en rebeldes con o sin causa”. (3)
Por otra parte, hay quien considera que el texto es “un canto a la irreverencia y la rebeldía, y a la niña como pequeña genia adulta que ha de rebelarse ante las convenciones, las buenas maneras y las sagradas instituciones”. (4)
Para algunos, lo que pretendía el escritor era simplemente dar “consejos a las niñas que, como siempre ha sucedido en este mundo machista, padecían aún más restricciones que los niños”.(5)
El Mark Twain de los consejos para niñas y otros escritos es tan moderno o actual que puede considerarse en muchos sentidos un precursor de Mafalda o por lo menos de Quino, el “ humorista gráfico e historietista argentino” que inventó a Mafalda. Uno es tan pesimista como el otro. Y además, como se ha hecho notar:
“Las niñas pequeñas de Twain tienen una relación tormentosa con sus hermanitos y pueden llegar a ser insolentes con los ancianos (siempre y cuando éstos lo sean primero). En cierto modo, son un precedente de otra gran rebelde, Mafalda, que tanto hizo por quienes fuimos niñas pequeñas en el siglo”. (6)
En rigor, casi todo lo que se dice de Quino puede sorprendentemente decirse de Mark Twain:
“El humor de Quino es típicamente ácido e incluso cínico y ahonda con frecuencia en la miseria y el absurdo de la condición humana. Así, hace al lector enfrentarse a la burocracia, los errores de la autoridad, las instituciones inútiles o la estrechez de miras. Otro recurso típico es la reducción al absurdo de situaciones conocidas.
Este enfoque pesimista de la realidad no impide que sus historias estén llenas de ternura y muestren una simpatía por las víctimas de la vida (empleados, niños, amas de casa, pensionistas, oscuros artistas, etc), sin ocultar sus fallos y limitaciones. (7)
NOTAS:
(1) Consejos para niñas pequeñas, https://www.libreriapapeleriafranja.com/es/libro/consejos-para-ninas-pequenas_9910030032
(2) Consejos para niñas pequeñas, https://trafegandoronseis.blogspot.com/2014/08/consejos-para-ninas-pequenas.html
(3) El Universal - Cultura - Consejos para niñas irreverentes, https://archivo.eluniversal.com.mx/cultura/2014/mark-twain-literatura-infantil-990782.html
(4) Consejos irreverentes para niñas desobedientes https://www.sabinaurraca.com/RESENAS/SE-MALA-Consejos-para-ninas-pequenas-Mark-Twain
(5) https://educa2.info/2014/03/04/los-consejos-para-ninas-pequenas-de-mark-twain
(6) https://www.udllibros.com/html/utilidades/muestraFoto.
TEXTO ORIGINAL EN INGLÉS
Advice to Little Girls, Mark Twain 1867, https://people.freebsd.org/~keramida/advice-to-little-girls.pdf



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viernes, 20 de diciembre de 2019

Melodía inconclusa

Pedro Conde Sturla
21 diciembre, 2019
Recuerdo todavía su mano alada o el ala de su mano que me decía adiós desde la ventanilla del tren, un adiós para siempre. Lo que se llama siempre. El tren que se alejaba, su rostro que se perdía en la distancia (el rostro de ella, no el del tren), las lágrimas que se asomaban a sus ojos (a los ojos de ella, no del tren). Recuerdo la soledad que me embargaba en la atiborrada y a la vez desolada estación de Termini. Roma estaría vacía para mí en adelante durante los pocos meses que me quedaban. Habían bastado unos segundos, ni siquiera un minuto, para que se esfumara una relación de cinco años y el mundo parecía de pronto un lugar inhóspito y sombrío. Pensé en “Las hojas muertas”, en aquella canción que tanto se nos parecía, en Jacques Prévert que la escribió, en los años felices en que fuimos amigos y amantes (quiero decir ella y yo, no Jacques Prevert y yo). Pensé, desde luego, en la época en que la vida era más bella y el sol brillaba más que nunca, pensé en las hojas muertas que el viento se lleva a la noche fría del olvido o algo parecido, en los recuerdos y lamentos. Pensé necesariamente en Yves Montand y en Mireille Mathieu que tanto cantaron “Las hojas muertas” hasta que el mar borró en la playa las huellas de los amantes desunidos. Pensé en la novia aquella que tuve en Monterrey.

Pero nada de eso tenía que ver con nosotros. Habíamos sido felices e infelices casi sin vernos durante cinco años, ella en Cerdeña y yo en Roma, y de repente ahora nos habíamos separado para siempre, lo que se dice siempre. El más o menos siempre que dura la eternidad que no duramos. Ambos sabíamos, lo habíamos sabido desde el principio (o por lo menos desde aquella vez en que descendíamos los peldaños de Via Montecristallo) que no teníamos un futuro. Se lo dije. Recuerdo que se lo dije. Se lo dije, repito, torpemente y sin saber siquiera por qué mientras descendíamos aquellos bucólicos peldaños de Via Montecristallo. “Noi non abbiamo un futuro”. No tenemos un futuro. Pero ella me dijo que por qué tenía que poner un límite a una relación que apenas empezaba. “Perche hai di mettere” un limite”, dijo. Y yo me quedé callado. Debí decir que yo no tenía nada que ofrecerle, que apenas era un estudiante de letras en la Universidad de Roma. Debí ser más estúpido y decir (quizás porque sentía alguna especie de remordimiento anticipado) esas cosas que se dicen los amantes sin pensar para provocar inconscientemente una separación. O quizás, simplemente para curarse en salud.
Simplemente por miedo de esas heridas letales que a la larga se infligen los amantes sin querer o queriendo. El futuro, como se ha dicho tantas veces, es tan imprevisible como el pasado. Quizas también es cierto que “hay un porvenir para la nostalgia” como dijo una vez Enriquillo Sánchez. Quizás nada de esto parezca tener sentido.
Aparte de un futuro poco prometedor teníamos además pocas cosas en común, pero el amor es terco, empedernido, y a ella nada de eso parecía importarle. Decidimos entonces postergar el futuro. No recuerdo si juramos amarnos eternamente. “Eternamiente” amarnos como en la canción del incendiario Molotov. Pero fuimos amantes a pesar del futuro, nos amamos sin tregua, con largos intervalos, como sólo se aman los amantes que saben que su amor es pasajero, los amantes que saben que el final o la separación están a la vuelta de la esquina. Que el amor sólo es eterno mientras dura.
Pero ese amor tuvo siempre algo alegre y jubiloso, algo que se unía con la sangre y el alma, una especie de eterna finitud.
El día a que me refiero o que describo al inicio en la estación de Termini fue el de “Ne Me Quitte Pas” (no me dejes, no), la canción que escribió el llorón y sinvergüenza de Jacques Brel. Había que olvidar ahora los malentendidos, el tiempo perdido, las cosas que matan a veces a golpes de por qué, arrastrarse uno como un perro para que la una no dejara al otro. Reencender el fuego del volcán antiguo. No me dejes, no. No me dejes, no. No me dejes, no. Llorar inútilmente a mares.
Ninguna de esas cursilerías hicimos ni dijimos. Nos separamos simplemente en silencio y ella subió al tren. Recuerdo todavía su mano alada o el ala de su mano que me decía adiós desde la ventanilla, un adiós para siempre. Lo que se llama siempre. El tren que se alejaba, su rostro que se perdía en la distancia (el rostro de ella, no el del tren), las lágrimas que se asomaban a sus ojos (a los ojos de ella y no del tren).
Luego recordaría la noche aquella en que la conocí en la terraza del séptimo piso del apartamento de Niní, aquella Niní que jamás he vuelto a ver.
Nada más entrar la vi de espaldas (y no me refiero a Niní). Me llamó de inmediato la atención la negra cascada de cabellos que caía sobre sus hombros, los resplandecientes ojos verdes con que me miró al mirarme. Entonces me pregunté si por alguna razón inescrutable o inexplicable, si por algún giro de tuerca o vuelta del destino alguna vez en mi puta existencia tendría una novia como ella.
Fue la última vez que la vi por primera vez en mi vida.



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