jueves, 5 de marzo de 2020

ABRIL

Alfredo Conde Pausas


ABRIL 
PARA QUE NADIE LO OLVIDE

I

No importa que el infortunio
le arrebate la victoria:
¡Qué noble y grande es la vida
del que se enfrenta a la muerte
para conquistar la gloria!
No importa que viva o muera,
que esté libre o que esté preso,
o que en el destierro viva
por azares de la suerte:
que aunque trueque el hado adverso
en derrota, la victoria:
¡Es noble y grande la vida
del que se enfrenta a la muerte
para conquistar la gloria!



II

De la carne, por la herida,
sólo la sangre se vierte,
pero es mentira la muerte
de aquel que cae como un héroe,
porque cobra nueva vida
el que por su Patria muere,

y una nueva sangre adquiere,
sangre del alma: ¡LA GLORIA!,
y esa si que no se pierde,
pues téngase en la memoria,
para que nadie lo olvide:
cada página en LA HISTORIA,
con esa sangre se escribe.

III

Si noble es la vida y grande
de aquel que pasa a la historia!
y que en sus páginas vive,
no es menos grande la gloria
del que la historia escribe
con la tinta de su sangre,
aunque la historia lo olvide,
aunque se ignore su nombre
y aunque se ignore la hazaña
del que murió como un hombre,
en tierra propia o extraña:
y aunque nadie sepa dónde
sus huesos blancos están,
o en qué valle, en qué montaña.
se inmoló como un titán
por el mundo del mañana.

IV

Del mártir y el inocente
la sangre que se derrama:
¡Esa, tampoco se pierde!
correrá como un torrente
al tintero de la historia.
Y téngase en la memoria,
lo que ya dije y reitero

para que nadie lo olvide:
que en dicho libro se escribe
con tinta de ese tintero.

La batalla del puente duarte

I

Duarte honrado

Sobre un río al que le dieron
los indios, por nombre Ozama,
cruza un puente que se llama
como el héroe en quien creyeron,
los que Duarte le pusieron
para perpetuar su fama;
y con gesto tan hermoso,
al Padre humilde y glorioso,
de la Patria, honrar quisieron.

II

Duarte olvidado

Del puente bajo la sombra.
el Ozama está dormido;
duerme Duarte en el olvido
puesto que ya ni se nombra;
y al mundo nada le asombra
ver al pueblo sometido,
en medio de gran tristeza,
a esclavitud, como antaño,
pues aguantó tantos años
sin levantar la cabeza.

III

Despertar

No lejos del fiero mar,
donde el majestuoso Ozama
su turbio caudal derrama;
donde el sol, con su brillar,
el bello horizonte inflama;
frente al sitio donde el río
por el puente está cruzado,
el pueblo se ha congregado
con espíritu bravío,
y en gallardo desafío
al Triunvirato malvado,
quiere mandarlo al infierno
y restaurar el gobierno
que en elecciones se ha dado.

IV

Llegada de Caamaño

Caamaño llega y con el
sus valientes camaradas;
del pueblo y su coronel,
frente al enemigo cruel,
está pues la suerte echada;
mas la suerte desgraciada!,
dispuso que en esa tarde
saliera el Cefa a atacar.
San Isidro está que arde
como si fuera una tea,
y con sus fuerzas blindadas,
con la aviación y la armada,
piensa que es fácil tarea
la rebelión aplastar.

V

Vacilación 

En armas, si no en valor,
la diferencia era mucha
para enfrentarse a esa lucha
sin sentir algún temor;
Desafiando el poderio
de barcos, tanques y aviones
y por eso ante el rumor
de que el enemigo avanza
con sus tres puntas de lanza
por tierra, cielos y mar,
muchos dejan el lugar
perdida toda esperanza

VI

Desaliento

De la Patria una bandera
abandonada en el suelo,
produce tal desconsuelo
que parece una quimera
el pretenderlo siquiera,
que a un ejército aguerrido
pueda enfrentársele un pueblo
mal armado y peor nutrido.


VII

Resurrección

Todo parece perdido
y ya cunde el desaliento,
pero en el mismo momento
en que asoma el enemigo,
alza el pueblo de repente
con audacia su estandarte;
y en memoria de ese Duarte
cuyo nombre lleva el puente,
hincha su pecho valiente
iy del puente hace un baluarte.

VIII

Heroísmo y victoria

Desafiando el poderío 
de barcos, tanques y aviones
ganó gloria en mil acciones
el valiente pueblo mío.
¡Con qué coraje y que brio,
con qué pujanza y valor,
su libertad y su honor
defendió el pueblo indignado
y aunque hambriento y mal armado
venció al golpista traidor!

IX

Día de la infamia

Mas si pudo, días después,
con una fuerza monstruosa,
la nación más poderosa,
del mundo de hoy, tal vez,
con increible doblez
el patrio suelo violar
por tierra, cielos y mar:
EL PUEBLO DOMINICANO,
sin jactancia, sin alarde,
mas con valor sobrehumano,
pudo al mundo demostrar
que no es un pueblo cobarde.

х

Genocidio

Por cuarenta mil soldados
y el bombardeo horroroso,
feroz e indiscriminado,
no pudo ser conquistado
un pueblo tan valeroso,
tan cruelmente masacrado.
Y aunque herido el corazón
de aquel pueblo, parecía
un mártir en agonía:
no inspiraba compasión,
porque sólo de escuchar
la palabra rendición,
el mártir se convertía
al instante en un león
listo a morir o a matar.

XI

Reto al destino

Así, peleando tenaz
en la desigual porfía,
nadie, ni en su agonía,
pensó en rendirse jamás.
Y un sólo clamor se escucha
de pechos dominicanos,
si en el fragor de la lucha
la rendición le propone
el enemigo falaz:
que del barrio más lejano
hasta la Puerta del Conde,
la voz del pueblo responde
con furor: ¡NI UN PASO ATRAS!




Misión de paz

En grandes barcos de guerra,
a playas dominicanas,
llegan marinos del Norte
en "noble" misión de Paz;
mas, tan pronto desembarcan,
comienzan a masacrar.

Según sus declaraciones
vinieron a salvar vidas:
lo raro es que no dijeran
que vinieron a rezar.

Pero no rezan a Cristo,
sino a Marte o a Moloch;
puesto que para ese Dios,
sus templos son portaviones,
los tanques son sus altares,
los aviones son sus ángeles,
su religión es matar.

Fuego de ametralladoras
y rugido de cañones,
son las "dulces" oraciones
que reza con gran unción
su arzobispo, el general
que comulga con las bombas,
que son las sagradas hostias
con que celebra las misas
de la "hermosa" religión
que nos vino a predicar.

Barbarie

En el nuevo diccionario
de los crueles invasores,
"ablandar" es cañonear
civiles y militares;
niños, jóvenes, ancianos
y mujeres por igual.

Los barrios residenciales
son su blanco preferido,
son su objetivo especial.
Con tal que la gente sufra,
con tal que la gente muera,
cualquier blanco es su objetivo,
(si es una iglesia, ¡no importa!)
la cuestión es ablandar.

Y aún sostienen con cinismo
que su misión no es la guerra,
que su misión es la paz.
Misión de paz, cuyo objeto
es impedir por la fuerza
que el legítimo gobierno
que los gringos derrotaron,
al poder vuelva de nuevo.

Es por eso que procuran
destruir a sangre y fuego
las milicias que defienden
aquel valiente y honesto
gobierno que el pueblo quiere.

Realizan tales horrores,
con meditada crueldad,
para que asuma el poder
una junta de traidores,
un dócil gobierno títere,
que pretenden imponer
para explotar el país
con toda tranquilidad.
Siendo tal su hipocresía,
que quieren esos señores
que la rendición se haga,
dando todos los honores
a los títeres de marras
y no a la fuerza extranjera;
pues con habitual descaro
repiten que no es en guerra,
que están en misión de paz.

A veces sus emisarios
se acercan a los patriotas
y conciertan una tregua,
fijando lugar y fecha
para iniciar el diálogo
que abra camino a la paz.
Los emisarios, no obstante,
no vuelven el día fijado,
prefieren que los cañones
hagan tronar su elocuencia,
persuadiendo un poco más.

Y a pesar de la masacre
no logran "ablandar” nada,
sino cuerpos de mujeres
y de niños y de ancianos,
cuando estallan las granadas
que los cuerpos despedazan,
sembrando entre los escombros
cadáveres mutilados.

Ante ese cruel espectáculo,
esa muestra de barbarie,
esa guerra tan inicua,
ese incalificable
asalto no provocado
de un país tan grande
a un país tan pequeño;
de una nación tan rica
a una nación tan pobre,
de una potencia tan fuerte
a un pueblo tan indefenso:
¡El alma de ese pueblo
siente horror, mas no se abate;
se indigna, mas cobra fuerzas
para seguir el combate!

Testimonio

De esas tropas tan funestas
(que llaman “Fuerzas de Paz").
las víctimas fueron tantas
en esas noches siniestras,
que el recordarlas espanta.
(Sirva el botón para muestra
de lo que pasa en Vietnam).
Ante tal monstruosidad
enmudece la garganta,
llora el alma sensitiva
y la pluma se detiene
en manos del escritor
cuando describir pretende,
en forma fiel y objetiva,
¡tan negro cuadro de horror!

Mas, al juicio de la historia.
la pluma que lo denuncie
no hará falta, ni palabras
que en el silencio se pierden
a poco de pronunciadas;
porque al través de su lente,
la cámara fotográfica
que, como objeto sin alma,
es insensible al horror,
con verídicas imágenes
proveerá para el mañana
el testimonio mejor.

Después de un bombardeo

Son las doce de la noche,
suenan doce campanadas;
ha cesado el bombardeo
y a reinar vuelve la calma.
Es la hora veinticuatro,
final de toda jornada;
ya no se escucha un disparo,
todo es calma, sólo calma.
(Con la aguja del reloj
le llegó la muerte al día,
y esa hora veinticuatro
a todos llega en la vida.)
Calma, calma, todo es calma;
si no, mirad ese niño
que murió mientras soñaba
arropadito en su cuna,
y acribillándole a tiros,
el reloj de su existencia
¡ay cuánto le adelantaron!
Fue su hora veinticuatro
y apenas tenía dos años...

Calma, calma, todo es calma,
todo es calma para el niño
que murió mientras soñaba
y también para ese anciano
en antorcha convertido
por una bomba incendiaria.
en el barrio de San Carlos.
(Era ya un octagenario,
y en el final de su vida,
¡cuán poco, las manecillas
del reloj le adelantaron!)

Y en calma está lo que queda
de aquella joven encinta,
en cuyo vientre estalló
potente obús de mortero...
(y ese sí que adelantó
la hora de la partida
a la joven madre en cierne
y al hijo que no nació.)

Y no muy lejos de allí,
con el cuerpo traspasado
por un casco de metralla,
otra madre se durmió
con un hijo en sus entrañas
y varios en derredor.
(Ella también quedó en calma,
pues nunca más despertó.)

durante el bombardeo

En el potro del tormento,
el corazón de las madres
sufre, pero no se ablanda;
rezan mucho, mucho lloran.
sufren de angustias mortales,
pero no le dicen nada
al hijo de sus entrañas.

Aunque no quieren que muera,
no le dicen que se rinda
ni que deponga las armas,
porque con ellas defiende,
poniendo en riesgo la vida,
la libertad de su patria.

Y el corazón de los padres,
contra aquel que bombardea,
se siente henchido de rabia;
no quiere que el hijo muera
y siente angustias mortales,
pero tampoco se ablanda
y tampoco dice nada
al hijo de sus entrañas,
al que valiente defiende
a la patria con sus armas.

Que el padre y la madre saben
que esos hijos son patriotas
y que el deber les obliga
a defender a su patria,
aunque les cueste la vida.
Y todo lo que aquí digo,
no lo digo por hablar;
lo digo porque lo siento,
que yo tengo cuatro hijos
y están todos allí dentro;
con los hijos de Machepa,
metidos dentro del cerco.

Ablandamiento

Son las doce de otra noche;
en el viejo campanario
suenan doce campanadas;
ha cesado la matanza,
ya no se escuchan disparos
y a reinar vuelve la calma.
Las tropas que masacraron
la población indefensa,
regresan a sus cuarteles
sin lograr que los rebeldes
hayan depuesto sus armas.

Que en vano esos criminales,
con una frialdad que indigna,
otra noche han cañoneado
durante agónicas horas
los barrios residenciales,
para forzar las milicias
patriotas, a que se rindan
a las hordas invasoras.

¡Acción de extrema barbarie!
Derrame inútil de sangre,
aunque a esa “táctica", el gringo,
"ablandamiento" la llame.
Operación rutinaria
que ha fracasado esta noche,
ique fracasará mañana!
pues mientras esos malvados,
ya de vuelta a sus cuarteles,
duermen en cómodas camas,
los bravos hijos del pueblo,
al rigor de la intemperie,
redoblan su vigilancia.

PARENTESIS
.
El 29 de agosto de 1965, el gobierno
americano anunció su aceptación del
convenio que ponía fin a la guerra.
Pero, sorpresivamente, en la prima noche 
de ese día las "Fuerzas de Paz"
atacaron la ciudad sitiada, siendo
rechazadas por los dominicanos, y empujados en algunos puntos más allá
de las líneas del cerco. Consciente
el Coronel Caamaño del alcance que
podría atribuirse a tales sucesos,
se traslado a los lugares de mayor
peligro y logro que sus tropas volvieran 
a sus puestos, con órdenes de
no contestar el fuego enemigo, a meno que este avanzara contra ellos.
No obstante "las fuerzas de paz"
mantuvieron el más feroz cañoneo, como aparente preliminar del ataque a
la ciudad. En vano, Bunker, el "Pato
Macho del mangoneo", pidió insistentemente a sus comandantes que hicieran
cesar el bombardeo. Ellos no le hicieron caso y los cañones tronaron
hasta pasada la medianoche, cuando el
Pentágono ordenó que se le pusiera
fin. Se dice que ese diplomático, interesado en que no se hiciera fracasar "su obra pacificadora", despertó algunos colegas del Departamento de Estado con el fin de que gestionaran la orden de cese el fuego. También se ha dicho que la razón del bárbaro e innecesario ataque, fue que al general de las tropas yanquis no le interesaba la "hazaña diplomática" de su paisano que lo dejaba a el en la penumbra: sino un sonado triunfo militar: LA TOMA
DE LA HEROICA CIUDAD A SANGRE Y FUEGO para presentarla al mundo como un hecho consumado, provocado por los rebeldes. En eso estaba de acuerdo con los
traidores líderes de la reacción criolla, empeñados en que su gobierno títere no fuera sustituido por el gobierno
provisional que debía allanar el camino a las elecciones. Pero la diplomacia del Pato se impuso.Y quizás salvo la ciudad de su total destrucción, Y salvo muchas vidas talvez. De patriotas y de invasores. Porque la moral
de los héroes que combatían tras los
restos de las viejas murallas los hubiera llevado a pelear hasta que sus
cadáveres fuera sepultados por las
ruinas.Eso y no más es lo que hubieran podido tomar los invasores: sólo ruinas. Y cierro este paréntesis para transcribir a continuación la crónica de ese día infausto y
glorioso a la vez,

 

El 29 de agosto de 1965

I

Hoy veintinueve de agosto
la mañana fue tranquila
y en la tarde no hubo nada;
la noche, con negro manto,
cubre la ciudad sitiada.

Y al amparo de la tregua
descansa el pueblo confiado,
creyendo que la promesa
de paz que anuncia la radio,
presagia el fin de la guerra.

La aurora de un nuevo día,
sin lanzamiento de bombas,
sin disparos ni explosiones...
mas, la reacción no dormía,
y apenas reinan las sombras
el trueno de los cañones
pregona su felonía.

Por doquier silban las balas
con su trágico mensaje
y un diluvio de granadas,
con perfidia de salvajes,
lanzan las cipayas tropas:

Fuerzas, de paz mal llamadas,
que los serviles tiranos
de cuatro pueblos cautivos,
en hora triste y aciaga,
al amo yanqui brindaron
para sojuzgar amigos,
para asesinar hermanos...

II

Contra la gente indefensa
el vil lacayo se ensaña;
derriba postes y alambres
y a los hospitales deja
sin luz para los heridos,
que en tinieblas se desangran
sin exhalar un quejido;
y prosiguiendo su infamia,
el torpe y cruel enemigo
mata jóvenes y ancianos,
mata mujeres y niños;
al pueblo martirizando,
con más saña que una fiera,
para rendir la ciudad;
que en su sadica quimera
piensa el verdugo extranjero
que extremando la crueldad,
el pueblo, lleno de miedo,
a los pies se irá a postrar
de un enemigo tan fiero.
Pero vano es el alarde
de la criminal empresa,
porque el pueblo sólo quiere
la muerte o la libertad:
y pasada la sorpresa,
con varonil entereza
un solo grito profiere:
¡A LAS ARMAS, A PELEAR!

III

Y a pelear acuden todos,
todos los hijos del pueblo,
tan bravos y decididos
que van sin armas algunos,
de corazón tan entero
que usan las del enemigo
o los dientes y los puños
si no cae un compañero.

Ahí viene Montes Arache
jefe de los hombres rana
y de oír sólo su hombre
el enemigo se espanta.

Cual un moderno centauro
mitad yipe, mitad hombre
galopa en potro de acero
con las pezuñas de caucho.

El bizarro coronel
cuya fama se agiganta
cuando se cuentan de él
su valor y sus hazañas,
ametralladora en mano
contra el enemigo avanza
al frente de los comandos 
legión de heróicos muchachos
y delante y a sus flancos
come una punta de lanza
Con él van los hombres rana,
¡aquellos hombre tan machos!

IV

Tras ocultos parapetos
y espinosas alambradas
se protege el enemigo
que no cesa de hacer fuego
Creyendo estar al abrigo
Del ataque de los ranas.

Y a esos fuertes parapetos 
y espinosas alambradas
desde donde el enemigo
no ha cesado de hacer fuego
se acercan los hombres rana
sin largar un solo tiro.

Respetando la consigna
de no malgastar cartuchos,
en silencio se deslizan
a lo largo de los muros,
como soldados fantasmas,
como una tropa de mudos.

¡Mas qué huracán se desata,
de plomo, fuego y coraje,
contra la horda cipaya,
tan pronto Montes Arache
dando el pecho a la metralla
se arroja audaz al ataque!

V

Tras el bravo coronel,
como aplastante avalancha,
cargan Ranas y Comandos,
que buscando la revancha
piden guerra sin cuartel
para vengar sus hermanos.

Mas los crueles mercenarios,
valientes sólo con niños,
huyen buscando el amparo
de los mayorales yanquis,
que en lugar muy protegido,
acechan a los patriotas,
con sus cañones y tanques
dispuestos al genocidio.

Sin cejar, los milicianos,
con su juvenil arrojo,
cruzan la línea cipaya
y heróicamente salvando
parapetos y alambradas,
por doquiera se dispersan
persiguiendo al enemigo
con incontenible rabia;
y así como corre el galgo
cuando persigue la liebre
sin conciencia del peligro,
esos jóvenes tan bravos
corren teniendo a su frente
la inmensidad de un abismo.
VI

Pero afortunadamaente,
hay un héroe que se siente
responsable de la vida
de esos hombres tan valientes
que defienden a su Patria
con valor casi suicida:
ES CAAMAÑO, EL PRESIDENTE,
cuya visión le revela
que la indómita QUISQUEYA
sanará de sus heridas,
SERA LIBRE Y SOBERANA
y habrá JUSTICIA SOCIAL
en su próximo mañana,
si se logra preservar
DE ESOS JOVENES LA VIDA.

El sabe que los recursos
del Pentágono son muchos;
que el mundo sólo nos brinda
su fe, su apoyo moral,
y su amable simpatía...
más nada con que pelear
y que en su codicia impía
el yanqui busca un pretexto
para poder aplastar
sin miramiento y respeto,
a todo pueblo pequeño
que exija su libertad,
y con varonil empeño
de muerte en bélico reto
se tire al monte a luchar.

VII

Por eso Caamaño avanza
con su séquito valiente
en las oscuras tinieblas,
sin más luz que la esperanza
de apaciguar a su gente
que, con razón, indignada
al ver la sangre inocente
de su pueblo derramada,
hasta saciar su venganza
quiere seguir combatiendo.

Al reventar las granadas,
con su pavoroso estruendo
le advierten que está cruzando
la antesala del infierno;
pero él sigue, desafiando
el fulgor de la metralla,
¡tan sereno, tan altivo,
con tal desprecio a la muerte!
que para el bravo caudillo
y los que en cada batalla
con él comparten su suerte:
ESA NOCHE TENEBROSA,
DE ALGODON ERAN LAS BALAS,
LAS GRANADAS ERAN ROSAS
Y ERA MENTIRA ¡LA MUERTE!

Y en medio de la hecatombe,
pese al infernal estruendo,
con voz recia, voz de hombre
que está acostumbrado al mando,
ordena que cese el fuego
y que a sus líneas retornen
todos los que están luchando,
ciegos de amor, por su pueblo.

VIII

Por respeto y disciplina
a ese jefe, tan prudente
cual valeroso a la vez,
regresan los combatientes
que, deponiendo obedientes
el furor que los domina,
van a reunirse con él.

¡Con qué orgullo y con qué pena!
Él los contempla al llegar.
Sus vidas, de gloria llenas
y de peligros están:
PORQUE ODIAN LAS CADENAS
Y ADORAN LA LIBERTAD.

La generación podrida,
sólo atenta a su interés,
por la Patria no hará nada;
mas, estos héroes, la vida,
en la ocasión necesaria,
ofrendarán otra vez.

Por tanto el deber le impone,
ya que la paz se avecina,
el velar por esos jóvenes,
pues que salvarles la vida,
en tan graves condiciones:
ES SALVAR LA PATRIA MISMA.

IX

Por su natural nobleza
Caamaño no se imagina
que en la paz que se concierta
muchos héroes morirán
al recibir por la espalda
la puñalada asesina,
en el hogar la granada,
o a la vuelta de una esquina
el tiro en la oscuridad.

Pero una voz agorera
dice que existe una agencia
más allá de la frontera,
que trama un siniestro plan.
cuya ejecución contempla
la puñalada trapera,
el tiro en la noche oscura
y la horrenda quemadura
de la bomba de napalm.

Mas la perfidia extranjera
con su despiadado plan,
su puñalada trapera
y su bomba de napalm,
no podrá, de ningún modo,
su cruel designio alcanzar:
que es hacer que mueran todos
y con la Patria acabar;
YA QUE POR MUCHOS QUE MUERAN,
SON MÁS LOS QUE VIVIRÁN...

y esos bravos milicianos,
como Caamaño previera
con profética visión,
pasarán de mano en mano
a cada generación,
LA ANTORCHA DEL PATRIOTISMO
Y UN MENSAJE DE CIVISMO,
DE AMOR POR EL SER HUMANO,
DE FE EN LA REVOLUCION.






HUERFANOS DE LA GLORIA,
SUEÑOS,
REALIDAD





Dedicatoria:
A esos héroes ignorados,
que de nadie en la memoria,
de sus hechos ya olvidados,
el recuerdo vivirá...
A esos que hacen la historia
sin presentirlo quizás.

Huérfanos de la gloria

Yo menciono pocos héroes
por sus nombres. Sólo aquellos
que son así como un símbolo
que a los demás representan.
¡Mas cuántos, muertos o vivos,
de los que aquí no se mientan,
son tan grandes como ellos!

Y puesto que es imposible
mencionarlos, por ser tantos;
recuerdo el nombre de algunos
y a todos voy recordando
como si los viera juntos.

Y por mi mente desfilan
unos, cubiertos de fama,
cuyos voceros pregonan
su heroísmo y sus proezas;
y otros, desnudos de gloria,
a quienes nadie recuerda,
a quienes nadie menciona.
A muchos, yo los conozco;
algunos, son mis amigos;
imas cuántos no tienen rostro,
no tienen nombre siquiera,
ni figuran en los libros!
Y aunque todos fueron muertos
por el amor de su tierra
¡de nadie son conocidos!

Huérfanos son de la Gloria,
que al igual que muchos niños
que al nacer, son tan fatales
que a su madre nunca vieron
junto al borde de su cuna:
esos héroes no supieron
que la Gloria fue su madre.

Sueños

Al pensar con qué injusticia
la gloria está repartida,
ese pensamiento vuelca
tanta amargura en el alma
que el pesimismo me invade;
y me digo: ¡eso no importa!
Ya dice el Ecclesiastés
que todo en la vida es nada;
que la vida sólo es
"vanidad de vanidades".

Y entonces, entristecido,
cierro los ojos y duermo;
pero el mismo pensamiento
me agobia, también dormido,
y en la ilucidez del sueño
héroe tras héroe contemplo,
como quien pasa revista
con los ojos del recuerdo,
con la mirada hacia dentro.

Y mientras así discurre
el capricho de mis sueños,
como por arte de magia
se multiplican los héroes.
Con mucha sorpresa advierto
que a la vez que eso sucede
se van borrando sus rostros
y cuánto crece mi asombro
su número va creciendo,
se borra el rostro de todos,
ya no conozco a ninguno
y en las nieblas de mi mente
dejan de ser individuos
para convertirse en pueblo.

Un pueblo de no sé dónde,
un pueblo de no sé cuándo;
que yo no puedo ubicar
en la historia ni en los mapas,
porque habita un nuevo mundo
desprovisto de fronteras;
que es sin duda el mismo pueblo
que pobló antiguas naciones
y hoy puebla toda la tierra.

Pueblo de todos los tiempos:
del pasado y del presente;
proyectado hacia el futuro
para integrar un mundo
sin fronteras materiales
que separen las naciones,
sin fronteras ideales
que separen a los hombres.

000

De repente, se produce
un extraño movimiento
en la inmensa muchedumbre,
cuando un hombre, cuyo rostro
no percibo, se me acerca
y me dice gravemente:
-Nunca el bien se ejerce en vano;
como el árbol, en sus frutos,
vive el bueno eternamente.
Abandona el pesimismo
y disipa tu tristeza,
porque al héroe no le importa
que la fama no se hubiere
desposado con su nombre.

Ni ensalzadas sus proezas
hubieran sido jamás.
¡Quién se inmola heróicamente
por la causa de los pueblos,
en la gloria de sus obras
vivirá!

Realidad

¿Despierto o sigo soñando?
La tristeza ya no siento
después de tanto soñar
nebulosos pensamientos.

Y realidad o ficción,
tan raro es mi despertar
que no sé, si en la ocasión,
estoy soñando al pensar
que el sueño fue una lección.

Sublime lección, que enseña
que un hombre, aunque sea un héroe,
es sólo un granito apenas,
y más que un grano de arena
valen las playas del mar.

Y ese ejemplo tan sencillo,
de lógica evaluación,
es el mismo que revela
esta suprema verdad:
¡mucho más que un individuo
importa la humanidad!

La miliciana

Entre las bravas mujeres
que comparten los quehaceres
.de esta guerra desigual,
resalta una miliciana
que se impone a la atención,
por su apostura marcial,
su disciplina espartana
y su noble corazón.

Con unos ojos muy verdes,
con una tez casi negra,
nariz y boca de blanca.
rizada la cabellera
y un talle más cimbreante
y esbelto que una palmera,
a los hombres vuelve locos
esta mujer de mi tierra.

Su madre, mulata criolla,
y el padre, de Andalucía,
son razones que a la fuerza
explican por qué en la hija,
ardor y gracia se mezclan
en incesante porfía
para darle tanta vida
a esa Venus de canela.

Es de admirar con qué garbo
luce el marcial uniforme
la bella estatua morena;
y si unida a los Comandos
visita las posiciones
de avanzados centinelas,
derrocha gracia llevando
el fusil en bandolera.

Como siempre se la ve
deslumbrante en su uniforme
y aunque del frente retorne
limpia va impecablemente
de la cabeza a los pies:
al verla pasar altiva,
La murmura alguna gente
diciendo que solo es
figura decorativa.

Pero en materia de amor
la lengua de la calumnia,
aunque todo lo envenena
con su perdido aguijón,
no le enrostra falta alguna,
porque no hay mujer tan buena
como esa virgen morena
de la gran Revolución.

Ella prodiga miradas
y sonrisas a granel,
quitando un poco de hiel
del cáliz del camarada
que entre combate y cuartel
vive una vida amargada;
pero nadie la vió dar
un sí o un beso, jamás.

Y al rechazar los galanes
con singular donosura,
aunque no daba esperanzas,
manaban tanta dulzura
su voz y sus ademanes,
que a nadie, las calabazas,
le causaban amargura.

Se preguntaba curiosa
la gente a su alrededor,
por qué se niega al amor
siendo tan joven y hermosa?
Pero ella, pudorosa,
no daba contestación;
porque, para sí, decía
nadie meterse debía
en ajeno corazón.

Mas, sucedió que una tarde,
muy borracho un vagabundo,
haciendo cómico alarde
delante de todo el mundo,
intentó en forma grosera
la casta virgen besar,
logrando solo rodar
de un empujón por la acera.

Y al ponerse en pie el tenorio
disimulando su inquina,
dijo a manera de burla,
"queridísimo auditorio:
esa tiene lindas plumas,
pero aunque nadie lo crea,
no es realmente una gallina,
sino un gallo de pelea".

Cuando terminó el borracho
no hubo chistes, no hubo risas;
todos fingieron no oírlo,
todos guardaron silencio;
sobre el malvado cayeron
las miradas del desprecio:
y aunque nadie dijo nada,
puede darse por seguro
que allí muriera aquel necio,
si la indignación matara.

Ruborosa la doncella,
sintiéndose avergonzada,
clavó su vista en el suelo
y el lugar abandonó
sin decir una palabra;
pero ya sola en su alcoba
con amargo desconsuelo
¡cuánto esa tarde lloró!

Con puñal de hielo herida
en medio del corazón,
en lo hondo de su pecho
sentía frío y tal dolor
que el sueño huyó de sus ojos.
y ya casi amanecía
cuando en brazos de una anciana
que la vino a consolar,
desahogándose con ella,
el misterio de su alma
ocultar no pudo más;
y en medio de su aflicción,
entre sollozos y lágrimas,
una historia le contó,
que así refiere la anciana
con su temblorosa voz:

En el tiempo que estudiaba
tenía la joven un novio
que era su adoración;
y el novio la idolatraba
con todo su corazón.

A pesar de lo improviso
como aquello sucedió,
era todo un paraíso
la vida para ellos dos...
ella estaba recibiendo
lecciones de medicina
cuando él en el aula entró,
y al verla creyó estar viendo
alguna imagen divina
y no una hermosa mujer;
mientras que ella a su vez,
enamoróse al instante
de aquel joven estudiante,
que de su pueblo natal,
también para hacerse médico
llegaba a la Capital.

El era un joven muy serio
y ella todo alegría;
y al ser él muy blanco y rubio,
y ella de oscura piel,
el pueblo al verlos decía:
se unió la noche y el día,
el pan se endulzó con miel;
que en verdad parecía él,
con sus ojazos azules,
un día claro y sin nubes,
un hermoso día de gala;
y en verdad parecía ella,
con su pelo de azabache
y sus ojos de esmeralda,
una noche con estrellas,
pero no cualquiera noche,
sino la noche más bella
de las noches estrelladas.

El novio tenía ideales
que ella no comprendía;
y entre besos dijo un día,
ebria de felicidad:
- la política es infierno,
políticos y gobiernos,
todos, todos, son iguales
en cuanto a rapacidad.
Lo demás es tontería.
Para mí todos son buenos
pues no me hieren sus males.

Creyó al instante advertir
en el rostro del amado,
tan grave preocupación,
que se apresuró a decir
en tono apesadumbrado:
-amor de mi corazón,
acaso te he lastimado?
Perdona si te ofendí.
- Vida mía! dijo, él,
Cómo ofenderme tú a mí?
Yo pensaba en algo triste,
pero tú no me ofendiste
¡mi panalito de miel!

A pesar de esas protestas,
la mala suerte dispuso
que se quedara inconcluso
aquel romance ideal;
que a pararse ante las rejas
a la hora del amor,
tras la miel de su panel,
desde esa noche fatal
el novio nunca volvió.
Y aquellas dulces caricias,
que de apretones de manos
y de besos, no pasaron,
como aquellas locas risas,
para siempre se acabaron.

Ella casi enloqueció;
y al creerse despreciada
se sintió tan humillada
que hasta al novio aborreció.
De su alcoba no salía,
pues la pobre pretendía,
en su cruel desilusión,
poder borrar enclaustrada,
el recuerdo de ese amor.

Mas, supo un año después,
que de su novio, envidioso
un tutumpote asqueroso
al que ella había desdeñado,
para vengarse la afrenta
denunció el novio a un "calié”
que aquella noche, esposado,
se lo llevó a la “cuarenta,
donde murió torturado,
pensando en ella talvez.

Cuán grande fue su agonía!
Al intenso sufrimiento
que la agobiaba, se unía
un mortal remordimiento
porque no supo entender
del novio los ideales;
y para colmo de males
haber perdido la fe
en sus nobles sentimientos.
Y al no poder resistir
aquella pena tan fuerte,
ya no quería vivir
y a Dios le pedía la muerte
con gran desesperación;
mas quiere la ley suprema,
que discurriendo las horas,
quede al final vencedora
la juventud, de la pena,
si retoña la ilusión.

Que aunque el alma esté amargada,
reverdece el sentimiento
cuando un noble pensamiento
teje su nido en el alma.

Y como entonces fue cuando
ocurrió la intervención,
al ver a su pueblo hambriento,
heróicamente luchando
por la enseña nacional:
ello fue como un fanal
que alumbró su corazón
con la luz del ideal
que a su amado hizo sufrir.
Y pidiéndole perdón
a la memoria del muerto,
juró que habría de morir
reemplazándolo en su puesto
en la lucha contra el mal.

Y es por eso que ella viste
el militar uniforme
de los soldados del pueblo;
y entre sus varias misiones,
ella alegra al que está triste
y ella cura al que está enfermo
en los momentos de tregua.
Y aunque venga abajo el mundo.
ella le brinda consuelo
a aquel que cae moribundo
en medio de la pelea.

Mas si le asalta el recuerdo
del novio que ya no existe,
desprecia todo peligro
buscando un blanco certero
para descargar su rifle
contra el odiado enemigo.

Cuando la niña acabó
esta historia de contar,
miró su faz hechicera
la anciana, y le preguntó:
-Cuándo termine la guerra,
dime, qué harás, hija mía?
Ya tú debes olvidar,
eres joven todavía,
tienes mucho que gozar...
y lo pasado, pasó.

Quedó la joven pensando,
y poco tiempo después,
con una voz muy pausada
a la anciana respondió:
-Mientras sigan gobernando
yanquis y genocidas,
tutumpotes y caliés,
no quiero gozar de nada,
ni tengo aprecio a la vida.
Cuando termine la guerra,
si no se triunfa esta vez,
treparé a la cordillera;
que si he de vivir uncida
al yugo como una res,
prefiero ser guerrillera
¡PARA MORIRME DE PIES!






COLOFÓN 
Esta primera edición de ABRIL, 
de Alfredo Conde Pausas, 
se terminó de imprimir en 
Editora Taller, C. por A., 
en el mes de abril de 1978, y consta de 1,000 (mil) ejemplares.

lunes, 2 de marzo de 2020

EL BARRIL DE AMONTILLADO

Pedro Conde Sturla




































 [Hay pocos relatos tan intensamente crueles, tan despiadadamente morbosos, tan atraídos obsesivamente por el afán de venganza como “El barril de amontillado” de Edgar Allan Poe (1809-1849), uno de los grandes genios de la literatura.
Es el fruto de aquella inteligencia y fantasía analíticas que dieron justa fama a Poe. Inteligencia y fantasía analíticas que éste poseía en grado ciertamente excepcional, hasta el punto de que cuando era redactor del Graham’s Magazine desafió “al mundo entero” a mandarle un criptograma (documento escrito en clave) que él no pudiera descifrar.
Además, en una ocasión intuyó y reveló al público el final sorpresivo de una novela de Charles Dickens que se estaba publicando por entregas y arruinó, por supuesto el suspenso, el aura de misterio. Desde Inglaterra Dickens se lamentó diciendo: “Este hombre debe ser un demonio”.
“El barril de amontillado” no es sólo el relato de una venganza sino toda una tesis sobre la venganza, el arte de la venganza que debe quedar impune para que sea venganza. Atrapa al lector desde la primera línea y atrapa al italiano Fortunato (¡Afortunado!) en un laberinto de incertidumbre que conduce al peor de los martirios, no sin ofrecerle una y otra vez la salida providencial que Fortunato no acepta.
Edgar Allan Poe planificaba sus escritos con la meticulosidad de un científico, tanto así que el famoso relato policiaco “El escarabajo de oro” es pura ciencia literaria. Toda una teoría sobre el complicado arte de descifrar criptogramas.
Si tomamos en serio lo que dice en “Filosofía de la composición” sobre su poema “El cuervo” parecería que el proceso creativo obedece a un plan preconcebido en el que los más mínimos detalles han sido calculados al milímetro, con una lógica tan rígida que no deja espacio a la inspiración ni a la espontaneidad, pero en realidad Poe no hace más que burlarse de los cánones establecidos.
De cualquier manera, la trama de “El barril de amontillado” obedece a un rigor de cálculo inflexible. El vengador anónimo conduce al desafortunado Fortunato “a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega” y juega con él al tenebroso juego del gato y el ratón, ofreciéndole -como se dijo en la primera entrega-, una y otra vez la salida providencial que Fortunato no acepta. La capacidad de Poe para redoblar la intensidad de la peripecia con aquella meticulosidad y frialdad pone los pelos de punta. PCS].

Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)


El barril de amontillado
(“The Cask of Amontillado”, 1846)
Originalmente publicado in Godey’s Lady’s Book (noviembre 1846)
      Había yo soportado hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me hacía objeto, pero cuando se atrevió a insultarme juré que me vengaría. Vosotros, sin embargo, que conocéis harto bien mi alma, no pensaréis que proferí amenaza alguna. Me vengaría a la larga; esto quedaba definitivamente decidido, pero, por lo mismo que era definitivo, excluía toda idea de riesgo. No sólo debía castigar, sino castigar con impunidad. No se repara un agravio cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco es reparado si el vengador no es capaz de mostrarse como tal a quien lo ha ofendido.
       Téngase en cuenta que ni mediante hechos ni palabras había yo dado motivo a Fortunato para dudar de mi buena disposición. Tal como me lo había propuesto, seguí sonriente ante él, sin que se diera cuenta de que mi sonrisa procedía, ahora, de la idea de su inmolación.
       Un punto débil tenía este Fortunato, aunque en otros sentidos era hombre de respetar y aun de temer. Enorgullecíase de ser un connaisseur en materia de vinos. Pocos italianos poseen la capacidad del verdadero virtuoso. En su mayor parte, el entusiasmo que fingen se adapta al momento y a la oportunidad, a fin de engañar a los millonarios ingleses y austriacos. En pintura y en alhajas Fortunato era un impostor, como todos sus compatriotas; pero en lo referente a vinos añejos procedía con sinceridad. No era yo diferente de él en este sentido; experto en vendimias italianas, compraba con largueza todos los vinos que podía.
       Anochecía ya, una tarde en que la semana de carnaval llegaba a su locura más extrema, cuando encontré a mi amigo. Acercóseme con excesiva cordialidad, pues había estado bebiendo en demasía. Disfrazado de bufón, llevaba un ajustado traje a rayas y lucía en la cabeza el cónico gorro de cascabeles. Me sentí tan contento al verle, que me pareció que no terminaría nunca de estrechar su mano.
       —Mi querido Fortunato —le dije—, ¡qué suerte haberte encontrado! ¡Qué buen semblante tienes! Figúrate que acabo de recibir un barril de vino que pasa por amontillado, pero tengo mis dudas.
       —¿Cómo? —exclamó Fortunato—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y a mitad de carnaval…!
       —Tengo mis dudas —insistí—, pero he sido lo bastante tonto como para pagar su precio sin consultarte antes. No pude dar contigo y tenía miedo de echar a perder un buen negocio.
       —¡Amontillado!
       —Tengo mis dudas.
       —¡Amontillado!
       —Y quiero salir de ellas.
       —¡Amontillado!
       —Como estás ocupado, me voy a buscar a Lucresi. Si hay alguien con sentido crítico, es él. Me dirá que…
       —Lucresi es incapaz de distinguir entre amontillado y jerez.
       —Y sin embargo no faltan tontos que afirman que su gusto es comparable al tuyo.
       —¡Ven! ¡Vamos!
       —¿Adónde?
       —A tu bodega.
       —No, amigo mío. No quiero aprovecharme de tu bondad. Noto que estás ocupado, y Lucresi…
       —No tengo nada que hacer; vamos.
       —No, amigo mío. No se trata de tus ocupaciones, pero veo que tienes un fuerte catarro. Las criptas son terriblemente húmedas y están cubiertas de salitre.
       —Vamos lo mismo. Este catarro no es nada. ¡Amontillado! Te has dejado engañar. En cuanto a Lucresi, es incapaz de distinguir entre jerez y amontillado.
       Mientras decía esto, Fortunato me tomó del brazo. Yo me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome una roquelaure, dejé que me llevara apresuradamente a mi palazzo.
       No encontramos sirvientes en mi morada; habíanse escapado para festejar alegremente el carnaval. Como les había dicho que no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes expresas de no moverse de casa, estaba bien seguro de que todos ellos se habían marchado de inmediato apenas les hube vuelto la espalda.
       Saqué dos antorchas de sus anillas y, entregando una a Fortunato, le conduje a través de múltiples habitaciones hasta la arcada que daba acceso a las criptas. Descendimos una larga escalera de caracol, mientras yo recomendaba a mi amigo que bajara con precaución. Llegamos por fin al fondo y pisamos juntos el húmedo suelo de las catacumbas de los Montresors.
       Mi amigo caminaba tambaleándose, y al moverse tintinearon los cascabeles de su gorro.
       —El barril —dijo.
       —Está más delante —contesté—, pero observa las blancas telarañas que brillan en las paredes de estas cavernas.
       Se volvió hacía mí y me miró en los ojos con veladas pupilas, que destilaban el flujo de su embriaguez.
       —¿Salitre? —preguntó, después de un momento.
       —Salitre —repuse—. ¿Desde cuándo tienes esa tos?
       El violento acceso impidió a mi pobre amigo contestarme durante varios minutos.
       —No es nada —dijo por fin.
       —Vamos —declaré con decisión—. Volvámonos; tu salud es preciosa. Eres rico, respetado, admirado, querido; eres feliz como en un tiempo lo fui yo. Tu desaparición sería lamentada, cosa que no ocurriría en mi caso. Volvamos, pues, de lo contrario, te enfermarás y no quiero tener esa responsabilidad. Además está Lucresi, que…
       —¡Basta! —dijo Fortunato—. Esta tos no es nada y no me matará. No voy a morir de un acceso de tos.
       —Ciertamente que no —repuse—. No quería alarmarte innecesariamente. Un trago de este Medoc nos protegerá de la humedad.
       Rompí el cuello de una botella que había extraído de una larga hilera de la misma clase colocada en el suelo.
       —Bebe —agregué, presentándole el vino.
       Mirándome de soslayo, alzó la botella hasta sus labios. Detúvose y me hizo un gesto familiar, mientras tintineaban sus cascabeles.
       —Brindo —dijo— por los enterrados que reposan en torno de nosotros.
       —Y yo brindo por que tengas una larga vida.
       Otra vez me tomó del brazo y seguimos adelante.
       —Estas criptas son enormes —observó Fortunato.
       —Los Montresors —repliqué— fueron una distinguida y numerosa familia.
       —He olvidado vuestras armas.
       —Un gran pie humano de oro en campo de azur; el pie aplasta una serpiente rampante, cuyas garras se hunden en el talón.
       —¿Y el lema?
       —Nemo me impune lacessit.
       —¡Muy bien! —dijo Fortunato.
       Chispeaba el vino en sus ojos y tintineaban los cascabeles. El Medoc había estimulado también mi fantasía. Dejamos atrás largos muros formados por esqueletos apilados, entre los cuales aparecían también barriles y pipas, hasta llegar a la parte más recóndita de las catacumbas. Me detuve otra vez, atreviéndome ahora a tomar del brazo a Fortunato por encima del codo.
       —¡Mira cómo el salitre va en aumento! —dije—. Abunda como el moho en las criptas. Estamos debajo del lecho del río. Las gotas de humedad caen entre los huesos… Ven, volvámonos antes de que sea demasiado tarde. La tos…
       —No es nada —dijo Fortunato—. Sigamos adelante, pero bebamos antes otro trago de Medoc.
       Rompí el cuello de un frasco de De Grâve y se lo alcancé. Vaciolo de un trago y sus ojos se llenaron de una luz salvaje. Riéndose, lanzó la botella hacia arriba, gesticulando en una forma que no entendí.
       Lo miré, sorprendido. Repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
       —¿No comprendes?
       —No —repuse.
       —Entonces no eres de la hermandad.
       —¿Cómo?
       —No eres un masón.
       —¡Oh, sí! —exclamé—. ¡Sí lo soy!
       —¿Tú, un masón? ¡Imposible!
       —Un masón —insistí.
       —Haz un signo —dijo él—. Un signo.
       —Mira —repuse, extrayendo de entre los pliegues de mi roquelaure una pala de albañil.
       —Te estás burlando —exclamó Fortunato, retrocediendo algunos pasos—. Pero vamos a ver ese amontillado.
       —Puesto que lo quieres —dije, guardando el utensilio y ofreciendo otra vez mi brazo a Fortunato, que se apoyó pesadamente. Continuamos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos bajo una hilera de arcos muy bajos, descendimos, seguimos adelante y, luego de bajar otra vez, llegamos a una profunda cripta, donde el aire estaba tan viciado que nuestras antorchas dejaron de llamear y apenas alumbraban.
       En el extremo más alejado de la cripta se veía otra menos espaciosa. Contra sus paredes se habían apilado restos humanos que subían hasta la bóveda, como puede verse en las grandes catacumbas de París. Tres lados de esa cripta interior aparecían ornamentados de esta manera. En el cuarto, los huesos se habían desplomado y yacían dispersos en el suelo, formando en una parte un amontonamiento bastante grande. Dentro del muro así expuesto por la caída de los huesos, vimos otra cripta o nicho interior, cuya profundidad sería de unos cuatro pies, mientras su ancho era de tres y su alto de seis o siete. Parecía haber sido construida sin ningún propósito especial, ya que sólo constituía el intervalo entre dos de los colosales soportes del techo de las catacumbas, y formaba su parte posterior la pared, de sólido granito, que las limitaba.
       Fue inútil que Fortunato, alzando su mortecina antorcha, tratara de ver en lo hondo del nicho. La débil luz no permitía adivinar dónde terminaba.
       —Continúa —dije—. Allí está el amontillado. En cuanto a Lucresi…
       —Es un ignorante —interrumpió mi amigo, mientras avanzaba tambaleándose y yo le seguía pegado a sus talones. En un instante llegó al fondo del nicho y, al ver que la roca interrumpía su marcha, se detuvo como atontado. Un segundo más tarde quedaba encadenado al granito. Había en la roca dos argollas de hierro, separadas horizontalmente por unos dos pies. De una de ellas colgaba una cadena corta; de la otra, un candado. Pasándole la cadena alrededor de la cintura, me bastaron apenas unos segundos para aherrojarlo. Demasiado estupefacto estaba para resistirse. Extraje la llave y salí del nicho.
       —Pasa tu mano por la pared —dije— y sentirás el salitre. Te aseguro que hay mucha humedad. Una vez más, te imploro que volvamos. ¿No quieres? Pues entonces, tendré que dejarte. Pero antes he de ofrecerte todos mis servicios.
       —¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que no había vuelto aún de su estupefacción.
       —Es cierto —repliqué—. El amontillado.
       Mientras decía esas palabras, fui hasta el montón de huesos de que ya he hablado. Echándolos a un lado, puse en descubierto una cantidad de bloques de piedra y de mortero. Con estos materiales y con ayuda de mi pala de albañil comencé vigorosamente a cerrar la entrada del nicho.
       Apenas había colocado la primera hilera de mampostería, advertí que la embriaguez de Fortunato se había disipado en buena parte. La primera indicación nació de un quejido profundo que venía de lo hondo del nicho. No era el grito de un borracho. Siguió un largo y obstinado silencio. Puse la segunda hilera, la tercera y la cuarta; entonces oí la furiosa vibración de la cadena. El ruido duró varios minutos, durante los cuales, y para poder escucharlo con más comodidad, interrumpí mi labor y me senté sobre los huesos. Cuando, por fin, cesó el resonar de la cadena, tomé de nuevo mi pala y terminé sin interrupción la quinta, la sexta y la séptima hilera. La pared me llegaba ahora hasta el pecho. Detúveme nuevamente y, alzando la antorcha sobre la mampostería, proyecté sus débiles rayos sobre la figura allí encerrada.
       Una sucesión de agudos y penetrantes alaridos, brotando súbitamente de la garganta de aquella forma encadenada, me hicieron retroceder con violencia. Vacilé un instante y temblé. Desenvainando mi espada, me puse a tantear con ella el interior del nicho, pero me bastó una rápida reflexión para tranquilizarme. Apoyé la mano sobre la sólida muralla de la catacumba y me sentí satisfecho. Volví a acercarme al nicho y contesté con mis alaridos a aquel que clamaba. Fui su eco, lo ayudé, lo sobrepujé en volumen y en fuerza. Sí, así lo hice, y sus gritos acabaron por cesar.
       Ya era medianoche y mi tarea llegaba a su término. Había completado la octava, la novena y la décima hilera. Terminé una parte de la undécima y última; sólo quedaba por colocar y fijar una sola piedra. Luché con su peso y la coloqué parcialmente en posición. Pero entonces brotó desde el nicho una risa apagada que hizo erizar mis cabellos. La sucedió una voz lamentable, en la que me costó reconocer la del noble Fortunato.
       —¡Ja, ja… ja, ja! ¡Una excelente broma, por cierto… una excelente broma…! ¡Cómo vamos a reírnos en el palazzo… ja, ja… mientras bebamos… ja, ja!
       —¡El amontillado! —dije.
       —¡Ja, ja…! ¡Sí… el amontillado…! Pero… ¿no se está haciendo tarde? ¿No nos estarán esperando en el palazzo… mi esposa y los demás? ¡Vámonos!
       —Sí —dije—. Vámonos.
       —¡Por el amor de Dios, Montresor!
       —Sí —dije—. Por el amor de Dios.
       Esperé en vano la respuesta a mis palabras. Me impacienté y llamé en voz alta:
       —¡Fortunato!
       Silencio. Llamé otra vez.
       —¡Fortunato!
       No hubo respuesta. Pasé una antorcha por la abertura y la dejé caer dentro. Sólo me fue devuelto un tintinear de cascabeles. Sentí que una náusea me envolvía; su causa era la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Puse la última piedra en su sitio y la fijé con el mortero. Contra la nueva mampostería volví a alzar la antigua pila de huesos. Durante medio siglo, ningún mortal los ha perturbado. ¡Requiescat in pace!



domingo, 1 de marzo de 2020

PEPE RODRÍGUEZ Y EL CÓDIGO DA VINCI

Pedro Conde Sturla
11 de julio 2006


Pepe Rodríguez es un erudito español con nombre de bodeguero. Tiene un sitio Web que parece una trinchera y en cierto modo lo es, porque Rodríguez vive atrincherado, un poco a la defensiva pero sobre todo a la ofensiva, en permanente lucha contra la intolerancia religiosa. La Web de Pepe Rodríguez ha recibido hasta la fecha casi tres millones y medio de visitas. Hay una dirección a la que se le puede escribir y a veces responde.
De acuerdo con la información disponible, “Pepe Rodríguez está considerado como uno de los mejores expertos en problemática sectaria y sus libros y artículos sobre sectas, adicciones, crítica de la religión o desarrollo de los mitos, entre otros, son una referencia obligada para todos los interesados en estas cuestiones.”
Su bibliografía incluye títulos como Adicción a sectas y Pederastia en la Iglesia católica (“¡¡¡Un libro que la Iglesia ordenó silenciar en los medios de comunicación!!!”).
De mayor importancia es el excelente ensayo Dios nació mujer (La invención del concepto de Dios y la sumisión de la mujer: dos historias paralelas).
Resulta ciertamente sorprendente comprobar con Pepe Rodríguez “que el concepto masculino de ‘Dios’, que hoy domina en todas las religiones, no es más que una transformación relativamente reciente del primer concepto de deidad creadora/controladora que, tal como demuestran miles de hallazgos arqueológicos, fue, obviamente, ¡femenina!”. Desde unos 30,000 años a.C. hasta el inicio de la civilización en el cuarto milenio a. C. la humanidad adoró a deidades femeninas. Las diosas no tenían figuras de modelos anoréxicas de pasarelas, por supuesto. Eran regordetas, barrigonas, nalgudonas y teutónicas, diosas de la fertilidad como la famosísima Venus de Willendorf. “El golpe de estado del dios contra la diosa” fue también el golpe de estado contra la mujer, el punto de partida de su sometimiento.
En el mismo sentido crítico, desacralizador, se orienta Mentiras fundamentales de la Iglesia católica (“Un análisis de las graves contradicciones de la Biblia y de cómo se ha manipulado ésta en beneficio de la Iglesia. Es uno de los ensayos más vendidos en España y Latinoamérica”).
Pepe Rodríguez seguramente no ha leído El Código Da Vinci, pero es probable que Dan Brown tenga conocimiento de la obra del primero, hasta el punto de que algunas expresiones en las que alude, por ejemplo, a “la falta de originalidad del cristianismo” parecen citas textuales. En ocasiones el libro de Brown parece supeditado a un guión original de Rodríguez. Lo innegable, en cualquier caso, es que Dan Brown ha tenido acceso a la amplísima bibliografía sobre el tema y quizás las coincidencias no sean más que meros datos históricos. Sin embargo, lo que Dan Brown -el novelista-, explica en relación al Concilio de Nicea del año 325 d.C. y la manipulación del cristianismo, no sólo se queda corto sino que carece del rigor que le imprime el investigador, el ensayista. Es decir que la realidad, como de costumbre, supera a la imaginación, a la literatura.
Pepe Rodríguez afirma, entre otras cosas, que en la Biblia se demuestra que “Jesús jamás instituyó –ni quiso hacerlo- ninguna nueva religión o Iglesia, ni cristiana ni, menos aún, católica”. Niega que hubiese sido ejecutado a los 33 años de edad sino después de los 40, y que tuvo al menos siete hermanos carnales. Más adelante dice que “Jesús prohibió explícitamente el clero profesional…y la Iglesia católica hizo del sacerdote un asalariado” y del papa un ser infalible y de la mujer un paria (nunca una paria como se diría en jerga feminista). “Jesús, en los Evangelios, preconizó la igualdad de derechos de la mujer, pero la Iglesia católica se convirtió en apóstol de su marginación social y religiosa.” Del mismo modo, el piadosísimo emperador Constantino –que “degolló a su propio hijo, estranguló a su esposa y asesinó a su suegro y a su cuñado”- se convirtió en padre o padrote del catolicismo a raíz del Concilio de Nicea, que culminó con “el embargo del aparato eclesiástico por parte del Estado.” El paganísimo estado imperial romano.
Fue en el Concilio de Nicea que se seleccionaron los cuatro evangelios actuales “de entre un conjunto de alrededor de sesenta evangelios diferentes. Los textos no escogidos fueron rechazados por apócrifos por la iglesia y condenados al olvido” a pesar de que algunos eran más antiguos que los canónicos oficiales que hoy se veneran, y se atribuían a las plumas de apóstoles y otras figuras importantes y conocidas.
“El modus operandi para distinguir a los textos verdaderos de los falsos fue, según la tradición, el de ‘elección milagrosa’. Así, se han conservado cuatro versiones para justificar la preferencia por los cuatro libros canónicos:1) después de que los obispos rezaran mucho, los cuatro textos volaron por sí solos hasta posarse sobre un altar; 2) se colocaron todos los evangelios en competición sobre el altar y los apócrifos cayeron al suelo mientras que los canónicos no se movieron; 3) elegidos los cuatro se pusieron sobre el altar y se conminó a Dios a que si había una sola palabra falsa en ellos cayeran al suelo, cosa que no sucedió con ninguno; y 4) penetró en el recinto de Nicea el Espíritu santo, en forma de paloma, y posándose en el hombro de cada obispo les susurró qué evangelios eran los auténticos y cuales los apócrifos (está tradición evidenciaría, además, que una parte notable de los obispos presentes en el concilio eran sordos o muy descreídos, puesto que hubo una gran oposición a la elección –por votación mayoritaria que no unánime- de los cuatro textos canónicos actuales).”
En fin, “Para la historia –dice Pepe Rodríguez- quedó el recuerdo vergonzoso de un concilio, el de Nicea, en el que una caterva de obispos cobardes y vendidos a la voluntad arbitraria del emperador Constantino dejaron que éste definiera e impusiera algunos de los dogmas más fundamentales de la Iglesia católica, como son el de la consustancialidad entre Padre e Hijo y el credo trinitario. Constituido en teólogo por la gracia de sí mismo, Constantino diseñó a su antojo lo que los católicos deberían creer por siempre acerca de la persona de Jesús. El Credo que rezan todos los católicos, por tanto, no procede de la inspiración con la que el Espíritu Santo iluminó a los prelados conciliares sino de la nada santa coacción que ejerció el brutal emperador romano sobre hombres que Jesús hubiese despreciado. El ejemplo del nazareno dando la vida por sus ideas debía parecerles una ingenuidad detestable a unos obispos que no dudaron en ahogar su fe y conciencia con tal de seguir llenándose la panza”.


Martes, 11 de Julio de 2006.



sábado, 29 de febrero de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (6)

Pedro Conde Sturla
28 febrero, 2020

Estudiantes dominicanos del Tecnológico de Monterrey. De izquierda a derecha: Emilio Castro Kunhardt, ¡?, Dinápoles de Jesús Soto Bello, Manuel Pérez Vázquez (el Fraile), Gustavo Alba Sánchez, ¡Carlos Dalmau?.
Dinápoles era y sigue siendo un personaje fuera de serie, único en su especie. El día que nació se rompió el molde y ya no hacen gente como él. Un auténtico cristiano, un inmejorable ser humano, que inspira cariño y ternura como un osito de peluche, un excelente matemático con una vena lírica y traviesa, un cordero de Dios que no quita los pecados del mundo (y que además los comete o cometía de vez en cuando). Un cordero que compartía un apartamento con tres lobos nada feroces, pero igualmente traviesos.
Las bromas eran, pues, habituales en aquel apartamento del Edificio Montemayor, pero la que le hicieron a Dinápoles hizo historia porque el tiro salió por la culata. Los que fueron por lana, la lana del ovejuno Dinápoles, salieron metafóricamente trasquilados.
La versión de Gil Mejía coincide con la de Dinápoles casi por completo, pero difiere en algunos aspectos y tiene un mayor lujo de detalle.Todo comenzó con una de tantas apuestas un sábado por la noche, mientras estaban reunidos para cenar. 
—Aquella apuesta —cuenta Gil Mejía—la hicimos Dinápoles, 
Michael, Gustavo y yo una noche: el que primero se acostara perdía y el siguiente sábado tenía que pagarle a todos los demás una noche de cine, cena, cervezas, transporte y todo lo que viniera como consecuencia de las cervezas.
Hasta ese punto todo era legal y parejo, pero como Dinápoles era generalmente el que más aguantaba estudiando y el último en dormirse, los demás se confabularon en su contra. Gil Mejía se cura en salud y atribuye la iniciativa a Michael y Gustavo:
Michael era un conspirador impenitente —dice Gil Mejía— y Gustavo también. Pero además, por las venas de Gustavo corre a raudales sangre española que –según Gil Mejía— no es cosa buena. El hecho es que ambos plantearon que la persona a la que debían doblegar era Dinápoles y lo invitaron a Gil Mejía a unirse a una conspiración, una trampa, un ardid para hacerlo caer y poder irse todos a dormir temprano. Gil Mejía cuenta que se unió gustoso a la conspiración y que participó alevosamente en la compra de un fuerte somnífero en la farmacia Benavides o en la San Rafael. Lo disolvieron en un plato de Corn Flakes, invitaron a Dinápoles a darse un banquete para “coger fuerzas” y Dinapoles cayó en la trampa. Al poco rato cambió de lugar, salió de su cuarto y se sentó en la mesa del comedor. Fue al baño y metió la cabeza en el chorro del lavamanos, no se explicaba lo que estaba sucediendo, pero tampoco sospechaba nada. En lugar de estudiar, se puso a hacer un reporte de laboratorio. El tiempo seguía pasando y Dinápoles no caía. A eso de las 2:30 Gil Mejía ya no podía con su cuerpo y organizó un plan alterno. De alguna manera calculó que a Gustavo no podría engatusarlo y escogió a Michael como víctima.
—Lo llamé —dice Gil Mejía— para que viera algo desde el balcón (etapa a), luego lo acompañé a su cuarto a conversar y me senté en su silla, así él tendría que sentarse en su cama (etapa b), luego se recostó un poco (etapa c), después dejé de hablar por un rato (etapa d) y al poco rato ya tenía a mi presa en brazos de Morfeo. Dinápoles, Gustavo y yo levantamos un acta de la caída de Michael. Cuando le conté a Dinápoles lo que le habíamos hecho, se rió muchísimo, pero tampoco podía hacer otra cosa, ni siquiera protestar porque no tenía fuerzas para hacerlo. Michael pagó la apuesta, pero no tuvo que gastar mucho pues nos portamos bien la noche que salimos y volvimos temprano a la casa.
Unos años años después, Gil Mejía regresaría de Monterrey a Santo Domingo coronado de gloria académica, con un flamante título de ingeniero y en compañía de una flamante esposa y dos preciosos niños... Pero eran todos ajenos. Ni la esposa ni los hijos eran suyos. Pertenecían a otro egresado del Tec a quien llamaban el Fraile. Gil Mejía cuenta esa historia en sus escritos y advierte que se trata de una “joya personal”, una anécdota que, aparte de su familia, pocas personas conocen.
Al Fraile le decían así porque había pasado unos años en el seminario y hubiera podido llegar a ser papa o por lo menos cardenal, pero desistió del empeño, colgó los hábitos (aunque no necesariamente todos) y se fue con una beca a estudiar ingeniería a Monterrey, donde se destacó como excelente estudiante. También tuvo la suerte de conocer a una hermosa güera mejicana, parecida a Renée Zellweger, con la que se casó y sigue casado. Recuerdo que tomé unas fotos a su primer hijo, cuando era un bebé de pocas palabras y ni siquiera me dirigió el saludo.
Cuando nació el segundo hijo —según cuenta Gil Mejía en sus escritos— el Fraile había regresado al país y tenía compromisos de trabajo, pero se las arregló para estar en Monterrey por unos días y asistir al nacimiento de la criatura. Unos meses después, cuando la madre y y sus hijos se preparaban para venir a Santo Domingo, ocurrió algo providencial. El viaje coincidía con el retorno triunfal de Gil Mejía, y desde luego, de inmediato le pidieron que por favor los acompañara y asistiera durante el vuelo al país. Gil Mejía aceptó, por supuesto, y estaba por demás encantado.
El aeropuerto de Santo Domingo era en esa época un cuchitril y los pasajeros descendían del avión a la pista y tenían que caminar hacia la terminal bajo el sol o la lluvia. En la terminal había unas grandes vidrieras desde donde se podía observar todos los detalles del desembarco y allí esperaba, con gran alborozo y contento, la familia de Gil Mejía. La esposa del Fraile cargaba a su bebé en los brazos y Gil Mejía, a su lado, llevaba de la mano a un niño de dos años. Es posible que la familia de Gil Mejía pegara entonces un doble grito de júbilo. Volvía graduado, con una linda esposa y dos niños preciosos. Todo se aclararía después de pasar por los engorrosos trámites de aduana, pero la alegría siguió siendo la misma. Casi la misma. Los familiares de Gil Mejía dispensaron todo tipo de gentilezas a la joven mujer y los niños y les brindaron alojamiento en su propia casa durante unas horas, hasta que el Fraile vino a buscarlos desde Santiago, rebosando felicidad por todos los poros.
Poco tiempo después Gil Mejía conseguiría trabajo en la UASD, la universidad estatal, al igual que Dinápoles y otros. Allí se aplicó en cuerpo y alma, como sólo él podía hacerlo, a organizar o fundar el Centro de Cómputos, a imponer un orden y disciplina que en poco tiempo comenzaron a dar frutos, pero también a despertar envidias y recelos. El llamado Partido Comunista de la República Dominicana, el infame PACOREDO (el mismo en el que militó Danilo Medina) lo acusó de ser agente de la CIA o de la AID y eso fue el principio del fin. Gil Mejía se enfrentó a las calumnias con valentía, y con apoyo de Hamlet Hermann, pero al poco tiempo se vió precisado, junto a otros de los mejores egresados del Tec, a emigrar a la Universidad Católica Madre y Maestra...


Amazon.com: Pedro Conde Sturla: Books, Biography, Blog, Audiobooks, Kindle 
http://www.amazon.com/-/e/B01E60S6Z0