martes, 14 de abril de 2020

MACHEPA



Alfredo Conde Pausas









MACHEPA
1 edición - publicado por primera vez en 1977
Santo Domingo, RD.
Portada: Asdrúbal Domínguez: Madre dolorosa

                     INTRODUCCIÓN

En "un país donde a la casualidad le llaman
Chepa", comencé a escribir este libro a fines de abril de 1965, un día después de la batalla del Puente Duarte. Y lo terminé en diciembre del mismo año.
En otro poema, titulado “La Epopeya de
Abril”, introduje a manera de prólogo, unas
“Palabras de Advertencia” que, en muchos
aspectos guardan estrecha relación con la
presente obra; mas, a pesar de que el contexto de esas palabras revela que fueron escritas para una obra diferente, he querido reproducirlas en ésta, en vista de que el juicio crítico que ellas contienen, es aplicable tanto a una como a otra de dichas obras.
Antes de transcribir el citado prólogo deseo
aclarar que, si se aplican los patrones convencionales con que los árbitros de la pluma juzgan las obras literarias —ciñéndose a las normas arcaicas o contemporáneas de su predilección—, no hay dudas de que este libro será calificado como un libro mal escrito desde el punto de vista literario. O sea que es un libro malo, para hablar sin eufemismos.
Pero, hablando también sin rodeos, yo debo
decir que lo peor de este libro está más allá de la crítica literaria y más allá de su literatura. 
Porque lo peor y más cruel y más amargo de
este libro, es que todo lo que en él se dice es
verdad. Relata hechos que han sucedido, que suceden y que sucederán. 
............................... 
Y esa dolorosa verdad es lo que verá en
primer término, al leer este libro, toda persona cuyo corazón rebose de piedad hacia los desheredados. Y que sin duda, será lo suficientemente generosa como para perdonar los deslices literarios de aquellos que escriben para decir verdades, con sobra de buena voluntad y escaso ingenio.
ADVERTENCIA  

Hay quienes creen en el arte por el arte,
desligado de todo fin práctico o utilitario. Otros piensan que, en principio, toda obra de arte lleva o debe llevar un mensaje a la presente y a las futuras generaciones. A lo mejor no existe obra de arte, verdaderamente tal, que no exprese, consciente o inconscientemente, ese
mensaje. Ya sea en forma velada o ya con toda claridad, según la época y las demás circunstancias en que fue concebida.
Ahora bien: las estrofas que siguen a este
prefacio no han sido escritas por amor al arte, al calor de la inspiración del artista. Han sido escritas por amor al pueblo, bajo el fuego de la indignación y la admiración que los sucesos que relato encendieron en mi espíritu; pero sin afectar la objetividad del cronista quo no aspira a dejar un legado de mentiras a las generaciones venideras.
Están pobremente escritas, para gentes pobres de dinero y de cultura. Y es que desde mi niñez, había observado que las masas analfabetas de nuestro pueblo aprendían de memoria las ideas expuestas en las décimas. Con décimas manifestaba el campesino sus sentimientos sobre el amor, el odio, la amistad, la religión, la política. La décima repetida o improvisada, generaba impulsos emocionales tan intensos
que, muchas veces, daban ocasión a tragedias.
Había observado también, que los escritos en prosa de periódicos, revistas y libros, así como las composiciones poéticas que no fueran décimas, dejaban escasas huellas en la mente de las pocas personas que las leían o a quienes eran leídas, en los barrios pobres y en los campos, con muy raras excepciones.
Con base en tales observaciones, llegué a la
conclusión de que la décima podía resultar un excelente medio de comunicación con las masas de nuestro pueblo. Y, en consecuencia, elegí una composición que tuviese, siquiera, una remota semejanza con la décima, para escribir la crónica de los acontecimientos, que aquí se narran, con la intención de contribuir a que
perdure en la memoria de las futuras generaciones, el recuerdo del derroche de heroísmo y sacrificios del pueblo dominicano, en las gloriosas jornadas de abril, de mayo, de junio, de julio y de agosto de 1965.
Como estas páginas están destinadas a las
clases humildes, no he querido sacrificar la
claridad de la idea a la perfección de la forma —aun dentro de mis limitadas facultades literarias. No será extraño, pues, que las personas cultas se sientan horrorizadas por lo mal paradas que salen ciertas reglas de la gramática.
E igualmente, por el mal trato que reciben la
poética y la métrica, a causa de la arbitraria
disposición de las estrofas, la irregular colocación de los acentos tónicos, el profuso empleo de verbos y adjetivos en la rima, la repetición y exceso de terminaciones consonantes y asonantes, que, juntos con el abuso de las transposiciones, tornan frecuentemente, el verso desmayado
y flojo: llegando hasta a traspasar, a veces, los lindes de lo barroco, en contra de mis deseos.
Con razón dirán, pues, esas personas de vasta cultura, que estos "versos" no son versos.



Con razón:
Se dirá que estos versos
no son versos;
porque son toscos y deformes
como un martillo muy viejo
o como un cincel con muchos años de uso.
Se dirá que son ásperos como una lima,
que tienen dientes como una segueta.

¡Es una pena!

Pero sucede
que con deslumbrantes joyas
no se cortan rejas,

ni con perfumadas flores
se rompen cadenas,
COMANDO DE LOS HIJOS
DE MACHEPA

Caminando lentamente,
cruzo el “Parque Independencia"
y me detengo en un punto
de la calle de "La Vega",
junto a varios milicianos,
cuya actitud vigilante
revela que están dispuestos
a enfrentarse al enemigo,
con sus anticuadas armas
y sus juveniles pechos.
Con unas rústicas letras
escritas sobre la tabla
que arrancaron de una caja,
un tosco letrero anuncia
que allí se asienta "El Comando
de los hijos de Machepa".
—¿Quién es Machepa? (Pregunto
a un sonriente miliciano,
con menos años que andrajos).
Y él, orgulloso, contesta:
—¡Todos los pobres del mundo
tienen por madre a Machepa!
Y señalando el letrero
con indice acusador,
para evitar más preguntas,
airadamente me explica:
—Solo jóvenes muy pobres
integran este Comando;
razón de ser de ese nombre
que ostentamos con orgullo.
No importa que la reacción
nos moteje con desprecio,
diciendo que somos todos
unos hijos de Machepa.
Pues no es crimen la pobreza:
¡el crimen es la traición!

Me asombró aquel miliciano
tan joven, tan mal vestido,
pero que hablaba tan bien
a pesar de sus harapos;
y entonces, por darle ánimo,
le dije: —pues yo no dudo,
que al progresar los gobiernos,
en no muy lejano día
ese mote se convierta,
de símbolo de desprecio,
en título de nobleza.

—Yo respeto su opinión
(respondióme el miliciano)
mas, esperando ese día
sufrimos burdos desprecios,
sufrimos crueles martirios;
comemos lo que aparece,
vestimos como se pueda,
¡Y aun aquí, como soldados,
en plena revolución
somos hijos de Machepa!

Que al Comando de los pobres
nunca llegan madres ricas
ni padres acomodados
que traigan buena comida,
que traigan frutas y dulces
y sabrosas golosinas...
y bultos de ropas limpias
para mudarse sus hijos:
¡que si viven, viven hartos,
y si mueren, mueren limpios!

No lo digo por envidia,
ni lo digo por despecho:
pelos no tiene mi lengua,
lo señalo como un hecho.
Pero también reconozco
que esos bravos camaradas,
acomodados o ricos,
dejan una buena vida
para luchar por nosotros,
pobres hijos de Machepa.

Y ese noble sacrificio,
cosa es que yo agradezco:
¡Dejar vida regalada,
morir por el bien de otros,
en forma tan espontánea
y ánimo tan generoso!
Se también que en los Comandos
donde hay muchos combatientes,
tanto pobres como ricos
se comparten los regalos,
se protegen mutuamente.

Pero es bueno que se sepa,
hablando entre compañeros,
que aun así, si se compara,
la vida siempre es más dura
para el hijo de Machepa.
Y no me tilden de ingrato
porque lo diga: que es cierto.
Mi lengua no tiene pelos,
ni debo guardar silencio.

***
Al hablar al miliciano,
yo pensé que mis palabras
eran agua de un riachuelo
que arrastraba la simiente
de la flor de la esperanza;
y él, como un fértil suelo
donde no llueve jamás;
que aun siendo tierra abonada
y lista para la siembra,
nunca vio correr el agua
por el cauce de un canal.

Mas, después que él expusiera
su juiciosa observación,
sin ocultar mi sorpresa,
me despedí y cabizbajo
hilvané tantas ideas
a lo largo del sendero,
que llegué a la conclusión
de que el joven combatiente,
a pesar de su miseria
y a pesar de sus andrajos:
era más sabio que yo.

El sabía por qué luchaba
y por qué arriesgaba su vida
no teniendo que perder.
Sabía que tenía razón,
porque sin aquella lucha
la vida del oprimido
seguiría eternamente
con su carga de injusticia,
tal como él la sufrió,
si no se lograba un cambio .
y que un cambio era imposible
sin una revolución.


MACHEPA

Yo conozco dos versiones
que pretenden explicar,
por qué causa, en ocasiones,
dicen al desheredado
(y él a sí mismo se dice)
que es un hijo de Machepa
La versión primera cuenta:
que una noche muy oscura,
en un angosto sendero
que como culebra cruza
el bosque, por la espesura;
una mujer sin amante,
sin familia y sin dinero
y también sin hermosura;
para su bien o su mal
topó con un caminante
en una forma casual.

Su perfil era en la noche,
apenas una silueta
que hacia ella se acercaba
caminando muy despacio,
el rostro vuelto hacia el bosque,
simulando indiferencia.
Mas, cuando ya estuvo cerca
con sus facciones borrosas
de niebla y oscuridad,
asiéndola de una mano,
él la requirió de amores
y le ofreció recompensa.

Con mucha dulzura luego,
mas sin soltarla un momento,
la mano acariciadora
recorrió todo su cuerpo,
con la ilusión del que piensa
que son, tal vez, las caricias
más persuasivas que el ruego.

****
La súbita acometida
de aquel galán imprevisto,
surgido como un fantasma
en la agreste soledad;
a quien nunca ella había visto,
ni en el resto de su vida,
otra vez lo vio jamás:
la dejó en ese momento
inerte como una estatua,
un instante nada más.

Pues reaccionando iracunda,
demostró, con sus palabras,
que ella no era cobarde
(ni mujer bien educada),
ya que le mentó su madre
y con palabras tan duras,
que parece inexplicable
que el hombre las aguantara,
y que no le diera golpes
ni profiriese amenazas,
cuando la brava mujer,
en su brega por soltarse,
hizo intento de morder
la mano que la agarraba
como una férrea tenaza.

***
Sin pensar en otra cosa
que en realizar su conquista,
más con maña que con fuerza,
evitó que lo mordiera;
que para él no hubo ofensa
de palabras ni de hechos;
pero persistió en su intento
renovando sus caricias,
y aumentando sus ofertas
con más empeño otra vez.

Y entonces ella, cediendo
de su caricia al halago
o quizás al interés
de obtener la recompensa,
o por temor, presintiendo
algún percance fatal,
si en lugar tan solitario
se negaba a su exigencia:
Le puso punto final
a su inútil resistencia;
y del bosque, en la espesura,
aquel encuentro casual
le dio vida a una criatura.

***
Así concibió a su hijo,
la mujer pobre y soltera
a quien los hombres rehuían,
no tanto por ser muy pobre,
sino porque era muy fea.

Y en la chocita más vieja
del más viejo de los barrios,
nació y creció en la miseria,
en medio de unos vecinos,
que al escarbar su pasado,
solían decir que aquel niño
había nacido de chepa;
es decir, que vino al mundo 
por pura casualidad.
Y por eso lo llamaban
el hijo de Mamá Chepa
(Machepa para abreviar).

Y hoy, por costumbre, se dice
que son hijos de Machepa,
todos los infelices
que nacen, viven y comen
por pura casualidad.
MACHEPA
II

Según la otra versión,
que comienza como un cuento,
esta vez era una viuda
muy pobre y trabajadora,
a quien dejara el difunto,
tras su breve matrimonio,
un hijito por herencia,
un anafe y una plancha.

Tan malo no era el demonio
que no dejara apellido;
y en efecto, dejó al niño
un apellido sonoro,
un apellido muy lindo;
pero no aplacaba el hambre
si al escasear el trabajo
el dinero se alejaba:
que en la plaza del mercado
no daban por él un plátano.

Se llamaba aquella viuda,
Josefa la planchadora,
a quien apodaban Chepa,
como a todas las Josefas
apodan en ese barrio;
y a pesar de su pobreza
era tenida por todos
como una de las más serias
mujeres del vecindario.

***

Cuando perdió su marido,
Chepa tuvo que fajarse
trabajando sin descanso,
para seguir adelante
en la crianza de su hijo:
el niño que, para ella,
era la luz de sus ojos.

Y planchando hasta agotarse,
plancha, plancha, que te plancha,
con el hijo siempre al lado,
como cosido a sus faldas;
talvez de puro cansancio,
no pudo ir a la Iglesia,
a bautizar al infante;
que los cuidados del niño
y la plancha y el anafe,
le robaban todo el día,
desde la aurora al crepúsculo;
y a veces, toda la noche
del crepúsculo a la aurora.

Y tal vez por eso mismo
—y además por ignorancia—
nunca fue a la oficialía
la desamparada madre,
a que le pusieran nombre
al hijo de sus entrañas.

Pero no fue indispensable
un sagrado sacramento,
complicadas ceremonias,
ni los trámites legales
para hallar unas palabras
que a la inocente criatura
pudieran servir de nombre.

Porque así como es corriente
que los perros y los gatos,
las ovejas y las cabras,
encuentran quien pone un nombre.
quien lo quita y quien lo cambia.

Si basta una voz del amo,
expresada con afecto,
para dar nombre a animales,
sin mediar más ceremonias
quo, quizás algunos mimos
o unos cuantos ademanes:

¡Para darle nombre a un niño,
basta y sobra una palabra
pronunciada con cariño
por los labios de su madre!

Y en la boca de la madre
de aquel pobre huerfanito,
la ternura rebosaba
cuando le decía: ¡Mi hijo!

¡Mi hijo! único nombre,
que en la humildad de su choza,
con inefable dulzura
la madre siempre le dijo.

A su vez, con esa gracia
peculiar de todo niño,
cuando comenzaba a hablar
el hijo, en sus balbuceos
nunca le dijo mamá
ni le dijo nunca Chepa;
para llamar a su madre,
contrayendo ambas palabras,
siempre le dijo “Machepa”.

Y pronto en el vecindario
dejaron de llamar Chepa
a la humilde planchadora:
la llamaron desde entonces
como la nombraba el hijo;
y al hijo nunca pudieron
llamarlo de otra manera,
sino el "hijo de Machepa".
P
Y el niño se hizo un muchacho,
y el muchacho se hizo un joven,
y el joven era nombrado
tan sólo con ese mote.
Y aunque el cura, años más ta;de,
cuando el joven fue a la Iglesia
a contraer matrimonio
lo bautizó poco antes,
con el nombre y apellidos
del padre que lo engendró,
sin omitir en las actas
ni la tilde de una letra:
no por eso los vecinos
le llamaron de otro modo
sino el "hijo de Machepa".
MACHEPA
III

Y sea de las dos cual sea
la verdadera versión,
el mote se volvió apodo
y el apodo se hizo nombre
y el nombre se hizo un concepto
de alcance tan general,
que si se dice de un hombre
que es un hijo de Machepa,
se quiere decir con eso
que es más pobre que una rata;
y están diciendo a la vez,
que su padre y que su madre
son tan pobres como él;
que tuvieron por escuela
la escuela de la miseria,
que carecen de prestigio,
que carecen de influencia;
que si bien tienen un nombre,
como pocos lo conocen,
ese nombre no se mienta,
ni se mienta su apellido ...
En fin, que es uno de aquéllos
para los cuales no existe
justicia en un tribunal;
pero muchísimo menos,
en la lucha por la vida,
frente a los poderosos,
habrá justicia social
mientras no se opere un cambio
en el orden existente,
que reparte el beneficio
que se obtiene del trabajo,
según la ley del más fuerte
y el favor del privilegio,
sin que jamás tome en cuenta
la humana necesidad
ni los valores del mérito.
¡Pero tu día llegará
inicua ley del embudo,
inicua ley del más fuerte,
de los que explotan los hombres
y los recursos del mundo,
sin preocuparles la suerte
que corra la humanidad! .

ODISEA EN LA CAPITAL

Cumpleaños feliz
En aquel remoto campo
donde habitaba Machepa,
el hijo cumplió veinte años
sin que nadie lo supiera.

No obstante ser buen muchacho,
honrado y trabajador,
le pagaban mucho menos
por ser hijo de Machepa.

Y todos lo procuraban
porque rendía mucho más,
además de conformarse
con más exiguo jornal.

Por esa doble ventaja
que le daba al hacendado
—y solamente por eso—,
su nombre fue popular.


Y tanto, que donde quiera,
se hizo costumbre el oír,
que Machepa por aquí,
que Machepa por allá...

Preguntando a todas horas
por el hijo de Machepa,
para ofrecerle un trabajo
mal pagado; nada más.

***

Si a la choza de Machepa
se acercaba un hacendado
y con imperio voceaba:
Machepa dile a tu hijo
que se asome por mi finca
y que repare la cerca:

Iba el muchacho corriendo
a realizar la tarea;
y de regreso a la choza,
con todo su amor ponía
lo poquito que ganaba,
en manos de su mamá.
También solía acontecer
que al cruzarse en el camino,
algún rico le dijera
¡mira el hijo de Machepa!
¿A dónde va ese haragán?
Mejor que vaya al potrero
para que pueda ayudar
a marcar unos becerros.

El tomaba aquel sarcasmo
como si fuera una orden
que era forzoso cumplir;
mas tan pronto terminaba,
con el salario en la mano
se marchaba sin tardanza,
para librarse de burlas,
para evitar el escarnio:

Pues era el hazmerreír
de los otros jornaleros,
al ver que sin una queja
y siempre con mucho ánimo,
él sudaba más que ellos,
y por más que trabajara
(por ser hijo de Machepa)
le pagaban mucho menos.

***

Mientras era sólo un niño,
no le dolían las injurias
ni le quemaba el desprecio.
El se reía de las burlas,
pero según fue creciendo
se hizo tan receptivo
como si fuera una copa
de transparente cristal.

Y como es bien sabido,
toda copa se rebosa
si echan vino por demás;
como también se hace añicos
si alguien la arroja al suelo
con mano torpe o brutal.

Y así fue, como una hermosa
tarde, ya anocheciendo;
cuando más él afanaba
subiendo por una loma,
para evitar que el ganado
del patrón se dispersara:
las bellas hijas del dueño
llegaron cual amazonas
en sus fogosos caballos.

Y al preguntar una de ellas
por el nombre de ese loco,
que así la vida arriesgaba
por unas vacas ajenas;
le respondió el capataz,
riéndose a carcajadas:
—Es el hijo de Machepa.
Un infeliz que no sabe,
sino sólo trabajar
para llevar lo que gana
al ranchito de su madre.

Pero que no se enamora
ni se divierte jamás,
no bebe ron y no baila,
ni asiste a ninguna fiesta,
ni tampoco tiene novia.
Porque, ¿quién se va a casar
con el hijo de Machepa?

***

No fue por curiosidad
que el buen hijo de Machepa
no se perdió una palabra
de la pregunta que hiciera
la deslumbrante amazona,
y la jocosa respuesta
del socarrón capataz.

Como no se habló en voz baja,
mientras iba por la loma
llegó todo a sus oídos.
Que a pesar de la distancia,
la voz del que habla en el valle,
bien se escucha en la montaña
porque siempre a las alturas
llega más claro el sonido.

Lo cierto es que un día después,
aquellos terratenientes
que lo solían explotar,
sin lograr una respuesta,
preguntaban impacientes:
—¿Y el Machepa? ¿Dónde está
ese hijo de Machepa
que no viene a trabajar?

Nadie lo supo. Pero él,
cansado de oírse llamar
"ese hijo de Machepa",
en la noche, muy callado,
sin despertar a su vieja,
en la frente le dio un beso
por si no la viera más.

Y escapando de su rancho,
tras caminar varias horas,
descubrió una carretera;
viendo un camión que parqueaba
con dos lucecitas rojas
y dos peones dormidos,
enfrente de una bodega.

El, sin decir nada a nadie,
aprovechó la ocasión,
y oyendo al chofer' roncar,
logró ocultarse debajo
de la lona que cubría
la carga de aquel camión,
que poco después partía
con rumbo a la Capital.
II
GUATEPEOR

Y a la Capital llegó
Machepa sin un centavo,
sin tener un solo amigo
a quien pedir un favor;
y como había llegado
con un hambre muy feroz,
tuvo que hacer, obligado,
lo mismo que hacía en el campo;
vender baratos sus brazos
y dar de ñapa el sudor.

Lavó carros,
lustró botas,
limpió patios,
barrió pisos
y todo eso
por un plato
de comida,
nada más.

(de las sobras
(de la mesa
(de los ricos,
(compartida
(con los perros
(y los gatos.)

Y si alguno que otro día
se ocupaba en un trabajo
que pagaban con dinero,
no le daban la comida.

Y fue peón:
cargó arena,
cargó bloques,
cargó piedras,
vació mezcla
de concreto.

Y ayudando a construir
los palacios de los ricos,
trabajaba noche y día
por tan mísero salario,
que acabándose el trabajo,
se acababa la comida.


Por creer que siendo un pobre
no era amigo del gobierno

Estuvo preso
muchas veces
y en su celda
estuvo enfermo
muchas veces.
Brutalmente
lo insultaron
muchas veces.
Ferozmente
lo golpetaron
¡tantas veces!

***

Pero de todas las pruebas
por que tuvo que pasar;
miseria y enfermedades,
la prisión y las injurias,
y hasta el golpeo brutal:
lo que más dolió a su alma,
fue haber sido descubierto
por antiguos conocidos
de los campos del Cibao;
que pasando por delante
de un palacio en construcción,
se quedaron boquiabiertos
al fijarse en un obrero,

tan débil como esforzado,
que casi se derrengaba
por subir hasta un andamio
con dos cubos de concreto,
tan llenos, que por el suelo
la mezcla desparramaban.

Y entre chistes y entre risas,
reconociendo quién era,
a gritos lo saludaron
con el nombre de su madre
y con el mismo desprecio
y las mismas carcajadas.

Y cuando el pobre muchacho,
ya con la espalda encorvada,
llegaba penosamente
a lo alto del andamio,
con un cubo de concreto
rebosando en cada mano,
le voceó un terrateniente,
con más rencor que desprecio:

—¡Mira el hijo de Machepa!
Si está aquí, en la Capital,
matándose como siempre,
pero "pa no ganai na".

  • —¡Y a ti que te parta un rayo!,
grito con ira el Machepa,
casi a punto de lanzar
el cubo desde el andamio,
como si pretendiera
en un rapto de locura,
hacerle tragar la lengua;
mas conteniéndose apenas,
sintió ganas de llorar.

Pensó que a pesar de todo,
era el nombre de su madre
¡la madre que él adoraba! ;
pero él lo quería borrar,
no porque se avergonzara
de ser hijo de Machepa,
ya que no sentía vergüenza,
sino orgullo, de su madre.

Mas, la gente era tan cruel
que siempre lo pronunciaba
con tan marcado desprecio
que ese nombre, para él,
era una ruin bofetada.

***

Y aunque era una bofetada
ese nombre para él,
también allí, desde entonces,
se hizo muy popular;

y a partir del incidente,
como ocurriera en el campo,
así ocurrió en la ciudad:
era frecuente el oír
que Machepa por aquí,
que Machepa por allá.

- ¿Dónde está ese condenado,
ese hijo de Machepa,
dónde está?

Así dice el millonario
en su lujoso chalet,
cuando el Machepa no llega
temprano a lavar el carro.
(Es domingo, muy temprano;
y ese día en su catrecito,
cuarenta grados de fiebre,
suda el Machepa temblando.)

Y otro domingo, en una
ostentosa residencia,
ruge el contrabandista:p
Por qué se dilata tanto
en desyerbar mi jardín
ese hijo ... de Machepa.
Quiero que pode, que barra
y recoja la basura.

El maldito no se apura,
y tengo que ir a la playa
con mis hijos. Mas no quiero
que se quede aquí el canalla,
por lo que pueda robar
si lo dejáramos solo.

(Y el Machepa trabajando
ex tenuado y muerto de hambre,
aún sin desayunar!)
III
TINIEBLAS

Pero un día, cayó enfermo.
No se podía levantar
el buen hijo de Machepa.
Nadie supo que tenía,
cuál era su enfermedad.

Talvez estaba cansado,
o no se sentía con ánimo
de seguir en la ciudad.
Y en regresar, derrotado,
al campo de sus amores,
no había ni que pensar.

Atribuyendo al encuentro
con antiguos conocidos,
el origen de su mal:
estaba tan confundido
que ya no sabía qué hacer,
maldiciendo a todas horas
aquel encuentro fatal.

Que antes de ser descubierto,
él vivía refugiado
en humilde anonimato;
liberado de las burlas,
las injurias y el escarnio,
con que amargaron su vida
las gentes de su lugar.

Y aunque explotado en el pueblo,
tal como antes, en el campo,
siempre aceptaba las duras
condiciones del trabajo,
las exigencias del dueño,
la avidez del capataz.
También la mala comida,
como el escaso jornal.

No feliz, mas resignado,
todo lo había soportado
sin un gesto de protesta
ni asomo de rebeldía,
porque sólo pretendía:
no escuchar ya más palabras
que hirieran su dignidad.

***
Mas, vejado en la ciudad,
como lo fuera en el campo
cuando vivía con su madre:
el infeliz campesino,
víctima de la injusticia,
(como tantos, por desgracia),
después de perder su incógnito
fue perdiendo sus cabales,
cada vez más deprimido.

Ser de nuevo conocido
como el hijo de Machepa;
oír de nuevo las burlas,
sufrir de nuevo el escarnio;
lo desesperaban tanto,
que podían empujarlo
cualquier momento al suicidio.

Y mientras guardaba cama,
le dominó la obsesión
de que el vivir clandestino,
que el exilio prometía,
en los populosos barrios,
era sólo un espejismo,
solamente una ilusión
de su torpe fantasía.

Luego en vano había emigrado
de su campo a la ciudad,
desamparando a su madre;
aquel ángel de virtud
a quien dejó condenado
a una triste soledad,
no obstante su senectud.

Y como el remordimiento
le taladra la conciencia
al que se siente culpable,
anidó en su pensamiento
el creerse castigado
por tan negra ingratitud.


IV
CLARIDAD

Presa de amargos recuerdos
que le roían el alma,
vivía él como hechizado,
probando apenas comida;
pero inevitablemente
sigue su curso la vida.
Y el retorno de la calma
a su perturbada mente,
deshaciendo aquel hechizo,
le trajo un rayo de luz.

Comprendió que no lo hizo
por espontánea actitud,
porque él amaba su campo
e idolatraba a su madre.
¡No era él, eran los amos!
los verdaderos culpables,
ya que ellos fueron, sin duda,
los que el sudor le robaron
y de su campo lo echaron,
al exponerlo a las burlas
de los otros jornaleros.

Pudo a la vez comprender
que sus pobres compañeros,
cuando se mofaban d'él,
no lo hacían por maldad,
sino en su justa defensa.
Que apelaban a las burlas
para que se diera cuenta
de que él era en realidad,
un zombí que utilizaban
como medio de extorsión,
astutamente los amos.

Un instrumento en sus manos
para exigir rendimiento
pagando menor jornal
a todos los jornaleros;
y poderlos transformar
en otros tantos zombies
como el hijo de Machepa
para servirles de ejemplo.

Y aquel ser inofensivo,
que en su niñez ni nunca
tuviera una discusión;
que no se peleara nunca,
que nunca pensó en pelear;
aquel ser bueno y sencillo,
que solamente aspiraba
a vivir con dignidad:
recordando su pasado,
sintió ganas de vengarse,
se ofreciera la ocasión.

Pues ya no estaba dispuesto
a aguantarle nada a nadie,
ni a ser sólo conocido
con el nombre de su madre;
ni tampoco a ser tratado
como objeto de irrisión.

Que ya, de aquí en adelante,
tendría que ser mentado
solamente por su nombre;
y juro, que al desgraciado
que se empeñara en llamarle
con el nombre de su madre:
aunque esgrimiera en sus manos
un pavoroso puñal,
le diría "últimamente",
fajándole como un hombre,
sin miedo a perder la vida
en algún lance fatal.
v
VÍSPERAS

Como echando leña al fuego,
la gente le hablaba mucho
sobre algo que iba a pasar;
pero no pasaba nada.
Y él con su poca sangre
hirviendo de indignación,
se impacientaba a menudo,
aunque de sobras sabía,
consciente de su impotencia,
que era forzoso esperar.

Y frenando su impaciencia,
esperaba y esperaba
aquello de que oía hablar.
Mientras tanto, siete días
por semana, se mataba
trabajando como un burro,
(como si fuera un zombi),
porque estaba maniatado,
no se sabe como cuántos,
por la cruel necesidad.

***

Y como no quería robar,
atesoraba esperanzas.
Y soñando y esperando,
se hizo rico en esperanzas:
(esperanzas
(nada más.

Y soñando y esperando,
se hizo pronto millonario;
(mas en sueños
(y esperanzas,
(nada más.
(Pero fuera
(de sus sueños,
(en la mente
(de los ricos
(de verdad:
(era un paria
(el jornalero;
(era un hijo
(de Machepa
(inada más!

(Sólo un hijo
(de Machepa:
(poco menos
(que un cocolo.

Y poco más que el haitiano
que se fuga del ingenio
donde cortaba la caña,
por no volver a su tierra
cuando termina la zafra.


VI
ABRIL

Y sucedió que un domingo
del glorioso mes de abril,
en aquel barrio tan lindo
donde el Machepa afanaba
por complacer a los ricos,
casi todos los domingos;
un doctor, con voz tonante,
clamaba encolerizado:
—¿Y ese hijo de Machepa,
dónde estará? Que ahora,
cuando más se necesita,
no viene a lavar el carro.

—¿Dónde estará ese maldito,
que no limpia mi jardín?
Gritaba un contrabandista
esa mañana de abril.

Y un comerciante extranjero,
que estaba allí, de visita,
tuvo el “valor” de decir:
—A ese hijo de Machepa,
que no quiere trabajar,
y a todos esos ladrones
que han tomado Ciudad Nueva:



Que los arrojen al mar,
para ver si se envenenan
de una vez los tiburones
y se limpia la ciudad!

***

Ese “honesto" comerciante
olvidaba, que en su tierra
él fue un hijo de Machepa,
que previendo que la guerra
habría pronto de estallar,
salió huyendo a este país,
en cuanto pudo evadir
el servicio militar.
Tan pobre cuando llegó,
que usaba para dormir
como cama el mostrador
de la tienda de un paisano
que sin piedad le exprimía
las gotas de su sudor,
a cambio de unos centavos
y una pésima comida.

Cuando en Europa, la guerra
sobrevino años después,
ya era rico el desgraciado
y era dueño de la tienda
sin saber nadie por qué.

Y aunque el bando de su agrado
resultara vencedor,
para colmo de su orgullo;
ese triunfo fue logrado
sin que expusiera su vida,
ni un pelo de su cabeza,
aquel “valiente” señor.

(Huelga decir que su tierra,
ni aun en sueños pisó
mientras duró aquella guerra;
ni que un peso de sus rentas
por su bando se jugó.)

***

El caso es que aquel domingo
de un glorioso mes de abril,
así se quejaban todos
los dueños de aquellos barrios.
Y al no volver al trabajo
ese domingo ni el otro,
hablando como un oráculo
afirmaba el comerciante,
de que hablamos hace poco:
—Ese hijo de Machepa
tiene cara de cobarde.
Seguro que sintió miedo
y habrá regresado al campo
corriendo, para esconderse
tras las faldas de su madre.

Pero en el campo, la vieja,
el regreso de su hijo
negaba con insistencia.
Y aunque nadie se lo dijo,
ella podría asegurar
que el pobre se fue a la guerra,
harto ya de oírse llamar
¡Ese hijo de ... de Machepa!

***

El Machepa se fue a la guerra;
se fue a la guerra a pelear

junto a los hijos
de otras Machepas;
y junto a muchos
que sin ser hijos
de alguna pobre
madre infeliz,
peleaban sólo
para que el pobre
vivir pudiera
con dignidad.

Mas la guerra terminó
hace casi cuatro meses
y aún al hijo de Machepa
nadie lo ha vuelto a ver,
ni se sabe dónde está
ese pobre combatiente,
hijo de madre humilde
y de la casualidad.

Se sabe sí, que en la guerra
combatió como un león
junto con sus compañeros
y, que a su lado murieron
muchos hijos de Machepa
y de otras que no lo son.

Y tanto tiempo ha pasado
sin que se sepa de él,
que está, según mi criterio,
en la cárcel hospedado;

O duerme en un cementerio,
si de otro sitio cualquiera,
en un rincón olvidado,
bajo la tierra no está
sembrado, como semilla
que un día germinará.

EPISTOLA A MACHEPA
Santo Domingo,
28 de abril de 1965.

Machepa

madre legendaria,
madre de todos los pobres
de espíritu o de dinero,
madre de humildes y de parias
y de los hombres sencillos.

Dirección: cualquier bohío
de un pueblo o de un campo
de Santo Domingo:

Machepa:

En este momento
en que tus hijos luchan,
la gloria de tus hijos te hace una dama;

pero después de esto,
tú tendrás que luchar
para seguir siendo dama,
para alcanzar dignidad,

Para que tus hijos no pasen hambre,
tú tendrás que luchar.

Machepa 

abre los ojos,
abre los ojos Machepa.
y mira a tu alrededor.
Y lucha por que tus hijos
no se dejen corromper,

Trata de que tus hijos
crezcan con ojos abiertos
Aconséjalos, acónsejalos
y, sobre todo, no consientas
que, si logran ascender,
se conviertan en verdugos
de otros hijos de Machepa.

Y si acaso lo es ya alguno:
lucha por que se arrepienta;
por que cesen sus maldades
y no se preste a hacer daño. 

Y que no sienta vergüenza
por dejar el mal camino:
que siga el camino recto,
teniendo siempre presente
que el derecho más sagrado
del hombre, os arrepentirse 
de todo mal que haya hecho.

Machepa:

Yo te digo todo esto
porque hay hombres poderosos;
que rellenanı sus bolsillos
con el rabo descarado
del trabajo de tus hijos,

Y en las manos de unos cuantos ignorantes
ponen pesos, pocos pesos
a la vez que ponen armas
muchas armas en sus manos.

Y así logran mantener en la miseria
a la inmensa mayoría
de los hijos de Machepa,
empleando para ello a sus hemanos.

Hasta pronto.

Posdata: En estos momentos
eres toda una dama;
y quiero que lo sigas siendo,
Además, quiero que sepas,
que tus hijos, en su lucha
reivindican el honor
de ser tus hijos,

Machepa.

Y aunque nubes tenebrosas,
que se ciernen
sobre el cielo de la Patria,
hoy lo eclipsan: Ten por cierto
que en un próximo futuro,
desde el sol de la verdad
—que alumbra más que el del cielo—
radiarán haces de luz
sobre el fúlgido cristal
del espejo de la historia,

reflejando en el nombre
de las madres,
las hazañas de sus hijos
y su gloria,

Y tu nombre, ¡pobre mártir!,
ese nombre que hoy en día
se pronuncia con desprecio:
será entonces un gran nombre,
será un nombre aristocrático.

Será un nombre aristocrático
y a la vez tan popular,
que aun en playas extranjeras,
en las tierras que se encuentran
más allá de nuestro mar,

harán gala de tu nombre,
sabe Dios, cuántas mujeres,
bautizadas al nacer
con el nombre de Machepa.

Y podrá decirse a un hombre,
que es un hijo de Machepa,

sin que el dicho implique injuria
ni haya intención de ofender.

***

Mas, para que los alumbre
ese sol de la verdad;
para alcanzar una meta,
desde la cual ellos logren
reivindicar el honor
de ser hijos de Machepa:
es necesario luchar,
iy hay que luchar! Machepa.

¡Hay que luchar!
COLOFÓN 
Esta primera edición de MACHEPA, 
de Alfredo Conde Pausas, 
se terminó de imprimir en 

Editora Taller, C. por A., en 1977, y consta de 1,000 (mil) ejemplares.

sábado, 4 de abril de 2020

Más pandemia es el hambre

Más pandemia es el hambre

Por Pedro Conde Sturla
Algo más que la pandemia del Coronavirus recorre el mundo: la pandemia del hambre, la carestía elemental de los medios de subsistencia.
El hambre que ignoramos, el hambre que parece no existir y no preocupa a los amos del mundo, la condición desesperante de los que nada tienen y nada tendrán, la multitud de pobres que, al decir de los indolentes y la gente sin conciencia, han existido siempre y siempre existirán.
Desde el principio de la encerrona que llamamos toque de queda, en respuesta al avance de la pandemia, empezó a incubarse en la mayoría de los hogares de nuestro país otra amenaza de proporciones más alarmantes: la carestía elemental de los medios de subsistencia, pero ahora exacerbada en grado extremo.
El encierro forzado, obligatorio, agrava el drama de los necesitados. Los privilegiados vivimos todavía (y no se sabe hasta cuándo) en medio de la abundancia, en casas donde no falta nada material y aun así se ha visto gente llorando por las redes, quejándose del aislamiento y la soledad. El drama de los más necesitados es al revés.
Están comprimidos en espacios miserables, reducidos, están hacinados, como quien dice unos encima de los otros en algunos lugares. A la angustia, el terror que produce la pandemia se suma el fantasma del hambre, la carestía de todo lo esencial para sobrevivir, desde la leche para el niño hasta el agua para beber en muchos casos. Sobre la gente pobre se cierne la amenaza del virus y la amenaza de muerte por hambre o desnutrición.
Frente a ese drama dantesco el gobierno manifiesta su indolencia, responde con payasadas. Todas las iniciativas del gobierno son payasadas. Reparte funditas de comida con la imagen de un candidato a la presidencia que es retarado mental, da limosna a los pobres.
No es capaz de articular lo que se necesita: un plan de emergencia para abastecer de alimentos a los barrios más necesitados. Alimentos, mascarillas, medicinas, centros de asistencia médica.
Más tarde que temprano los barrios pobres empezarán a convertirse en morideros, si acaso no han empezado ya. Pero los pobres no se dejarán morir pacíficamente. Ante la imposibilidad de procurarse alimentos saldrán a la calle a saquear y ya han salido.
El gobierno responderá, desde luego, con la guardia y la policía y se producirá una enorme matazón. Sin embargo, poco podrán la guardia y la policía contra un pueblo que terminará alzándose en masa en todos los rincones del país. El desbordamiento de un pueblo que se muere de hambre no será contenido por guardias ni policías cuyas familias padecen la misma calamidad y que quizás se sumen al saqueo. Comenzará quizás una guerra de todos contra todos.
Asistiremos al saqueo de almacenes y supermercados, colmadones, ventorrillos y pulperías,  empezará en algún momento el asedio de las casas de los vecinos pudientes, el saqueo de los barrios o urbanizaciones de clase media y clase alta y todo tipo de empresas y negocios... Se romperá tarde o temprano la cadena de suministro de provisiones y de repente todos comenzaremos a ser pobres. ¡Alguien lo duda? Eso podría pasar y pasará si el  gobierno no acaba de entender la situación. Una guerra avisada. Una especie de hecatombe zombie como la que vemos en televisión.



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Antonio Pigafetta: primer viaje alrededor del mundo

Pedro Conde Sturla
3 abril, 2020


Antonio Pigafetta.

Antonio Pigafetta -un explorador, geógrafo y cronista al servicio de la República de Venecia-, es uno de los más grandes mentirosos de la historia. Un mentiroso compulsivo, un fabulador, si se quiere, un hombre con una imaginación tan desbordada que todo lo que dice parece mentira. o por lo menos fantasioso. Para comprobarlo basta leer su famosa “Relación del primer viaje alrededor del mundo”.
García Márquez lo menciona en una pieza de antología, en esa obra maestra, vibrante y conmovedora, que fue su discurso de aceptación del Premio Nobel en1983. Y desde que lo menciona delata sus simpatías, se hace cómplice de las habladurías de ese Pigafetta que a su manera es uno de los fundadores del realismo mágico.
Así, enfundado en un liqui liqui (un traje típico de Venezuela), y con el más descarado ensarte de embustes en la boca se presentó García Márquez ante los estirados miembros de la Academia Sueca, que vestían de frac:
“Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara.
Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen”.
Antonio Pigafetta participó en la expedición que, al mando de Magallanes, dió por primera vez la vuelta al mundo, un viaje de circunnavegación que duró tres años, apenas tres añitos, y que Pigafetta describió e inventó con lujo de detalles en italiano: “Relazione del primo viaggio intorno al mondo”.
Edoardo Galeano describe el fin del viaje, con visos de alucinación, en una historia que forma parte de las gloriosas páginas de “Memoria del fuego”:
“El más largo viaje jamás contado.
“Nadie los creía vivos, pero llegaron anoche. Arrojaron el ancla y dispararon toda su artillería. No desembarcaron en seguida ni se dejaron ver. Al amanecer aparecieron sobre las piedras del muelle. Temblando y en andrajos, entraron en Sevilla con hachones encendidos en las manos. La multitud abrió paso, atónita, a esta procesión de esperpentos encabezada por Juan Sebastián de Elcano.
“Avanzaban tambaleándose, apoyándose los unos en los otros, de iglesia en iglesia, pagando promesas, siempre perseguidos por el gentío. Iban cantando.
“Habían partido hace tres años, río abajo, en cinco naves airosas que tomaron rumbo al oeste. Eran un montón de hombres a la ventura, venidos de todas partes, que se habían dado cita para buscar, juntos, el paso entre los océanos y la fortuna y la gloria. Eran todos fugitivos; se hicieron a la mar huyendo de la pobreza, del amor, de la cárcel o de la horca...
De los doscientos treinta y siete marineros y soldados que salieron de Sevilla hace tres años, han regresado dieciocho. Llegaron en una sola nave quejumbrosa, que tiene la quilla carcomida y hace agua por los cuatro costados. Los sobrevivientes. Estos muertos de hambre que acaban de dar la vuelta al mundo por primera vez”.
Otro memorable cronista y circunnavegador del mundo fue Sir Francis Drake, el para nosotros infame Francis Drake. El prestigioso corsario, al que Inglaterra confirió título de nobleza, no escribió una, sino dos relaciones sobre sus viajes, pero Drake era inglés y escribía en inglés y su obra carece del salero de la fantasiosa lengua italiana y del fogoso temperamento latino. Le falta la chispa y la gracia que nunca han tenido los ingleses.
Sólo Pigafetta era capaz de imaginar algo como lo que menciona García Márquez:
“Hemos visto aves de diferentes especies: algunas parecía que no tenían cola; otras no hacen nidos, porque carecen de patas; pero la hembra pone e incuba sus huevos sobre el lomo del macho en medio del mar. Hay otras que llaman cágasela, que viven de los excrementos de las otras aves y yo mismo vi a menudo a una de ellas perseguir a otra sin abandonarla jamás hasta que lanzase su estiércol, del que se apoderaba ávidamente. He visto también pescados que vuelan y otros reunidos en tan gran número que parecían formar un banco en el mar”.
En la descripción de los nativos de la Patagonia, la fértil imaginación de Pigafetta se agiganta, describe a unos seres que debían tener diez o doce pies de altura:
“Este hombre era tan alto que con la cabeza apenas le llegábamos a la cintura. Era bien formado, con el rostro ancho y teñido de rojo, con los ojos circulados de amarillo, y con dos manchas en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, que eran escasos, parecían blanqueados con algún polvo. Su vestido, o mejor, su capa, era de pieles cosidas entre sí, de un animal que abunda en el país, según tuvimos ocasión de verlo después. Este animal tiene la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de camello, las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita. Este hombre tenía también una especie de calzado hecho de la misma piel. Llevaba en la mano izquierda un arco corto y macizo, cuya cuerda, un poco más gruesa que la de un laúd, había sido fabricada de una tripa del mismo animal; y en la otra mano, flechas de caña, cortas, en uno de cuyos extremos tenían plumas, como las que nosotros usamos, y en el otro, en lugar de hierro, la punta de una piedra de chispa, matizada de blanco y negro. De la misma especie de pedernal fabrican utensilios cortantes para trabajar la madera”.
En cuanto a “Las mujeres —dice Pigafetta—no son tan grandes como los hombres, pero en cambio son más gruesas. Sus pechos colgantes tienen más de un pie de largo. Se pintan y visten de la misma manera que sus maridos, pero usan una piel delgada que les cubre sus partes naturales. Y aunque a nuestros ojos distaban enormemente de ser bellas, sin embargo sus maridos parecían muy celosos”.
En otro pasaje inverosímil de su crónica, Pigafetta habla de una isla muy remota en la que viven unas personas bajitas, tan bajitas de estatura que no alcanzan el medio metro, y con unas orejas tan largas que les llegan a los pies.
Que todo esto sea verdad o mentira no tiene la menor importancia. En los tiempos que corren nada mejor que una buena fábula para desintoxicar la mente, la mía y la de los posibles lectores. Si acaso lo he conseguido fantaseando sobre este tema, me siento más que complacido.




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sábado, 28 de marzo de 2020

CORONACIÓN

Pedro Conde Sturla
28 marzo 2020
Albert Camus

Mario Vargas Llosa puede ser a veces vargaslítico y llosario, aparte de mariosaurio o vargasllosaurio, tal vez jurasicosario. Su gran talento literario y su fina inteligencia no le impiden cometer juicios políticos y literarios que se salen como decimos nosotros fuera del cajón. Recientemente le oímos o leímos decir que el coranivirus no existiría si China no fuera una dictadura. También lo escuchamos lamentarse de que una novela mediocre como "La peste", de Albert Camus, se haya puesto, al parecer, tan  inmerecidamente de moda en estos días. La novela se está imprimiendo, reimprimiendo y vendiendo, de hecho, como pan caliente y Vargas Llosa lo atribuye a méritos ajenos a su valor literario. Quizás a un simple equívoco, como dijo Borges respecto a la fama de la poesía de Federico García Lorca.
El menosprecio de esta obra de Camus, precisamente esta obra, por parte del famoso troglodita ilustrado, es algo que me duele en los timbales del alma, por no decir otra cosa.
"La peste" es una novela que, por su factura minimalista —típica del estilo de un escritor al que embarraron con el sambenito de existencialista—, no tiene desperdicio. Es un libro tan bien escrito, tan bien narrado, tan bien organizado, con tanta densidad de pensamiento, que sobrecoge a cada momento al lector sensible. Lo arrastra al abismo de la narración y lo hace partícipe de lo que en ella ocurre.
Cuenta, a escala local, un poco lo mismo que nos sucede a todos ahora a escala mundial. Despertamos de repente y comenzó la pesadilla. El mundo que conocíamos se derrumbó bajo nuestros pies y el futuro se enturbió, se puso color de hormiga, se  convirtió en incertidumbre. Ahora sólo existimos en presente. En un precario presente.
Como dijo el periodista Guadí Calvo, "fundamentalmente cada uno de nosotros ha pasado del cómodo sillón de espectador a una tensa espera en el patíbulo, en diferentes lugares de mundo".
Muchos lo habían anticipado con tiempo: "El planeta tierra ha activado su sistema inmunitario. Quiere desembarazarse del parásito humano". Sería poética la justicia si un virus transmitido por un animal nos hiciera pagar una mínima parte de la cuota de sufrimiento que hemos infligido en cientos, miles de años a tantas criaturas del aire, acuáticas y terrestres. El virus podría ser igualmente una respuesta al calentamiento global. Pero quizás somos víctima de una bomba maltusiana, un virus de laboratorio contra la población "sobrante, la población inútil". Una bomba que fácilmente podría salirse de control y crear una situación que desborde todos los recursos y provocar un cataclismo de proporciones apocalípticas.
El planeta, desde luego, está de plácemes. El planeta tierra canta de alegría. La atmósfera reverdece, los pájaros florecen, las aguas se esclarecen, los peces regresan a la laguna de Venecia, "los niveles de dióxido de nitrógeno, un gas tóxico que contamina el aire gravemente", se reducen notablemente.
Mientras tanto, el pánico y la peste se apoderan de la humanidad, igual que se apoderan, en la novela de Camus, de la ciudad de Orán.
Quizás, en ninguno de los escritos que he leído últimamente sobre el tema, se resume el drama de la peste con tanta intensidad como en el artículo que dejo a continuación en manos de los lectores. El mismo que aconsejaría leer a Vargas Llosa:

100 Años de… Albert Camus. En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio. 
Alberto di Franco
7 noviembre, 2013

Les quiero hoy regalar una de las moralejas de "La Peste" de Camus: la imposibilidad de creer en un Dios que hace sufrir a los niños quienes son, como todos sabemos, seres inocentes a los que no se puede culpar de pecado alguno.
En un capítulo de "La Peste" hay un momento que para mí es la cima de esta novela. Se describe la muerte del hijo del juez de Orán, víctima de la peste bubónica. Nuestro protagonista, el ateo Doctor Rieux, opina que: "el dolor inflingido a esos inocentes nunca ha dejado de parecerme lo que en verdad es, un escándalo". Ante el agónico sufrimiento del niño, alguien ruega: "Dios mío, salva a este niño". Sin embargo, el niño muere horriblemente. Paneloux, el sacerdote, comenta a Rieux: "Pero acaso debamos amar lo que no podemos comprender". Rieux le responde: "No, padre. Yo tengo otra idea del amor. Y rehusaré hasta la muerte amar esta creación donde los niños son torturados". Luego el cura le dice noséqué de la salvación del Hombre, a lo que Rieux replica:
"La salvación del hombre es una frase demasiado grande para mí. Y no voy tan lejos, es su salud lo que me interesa, ante todo"
Otro gran momento de nuestro héroe, que nunca se rinde en su lucha contra la peste que asola la ciudad de Orán, es cuando dice:
“ ... que si él creyese en un Dios Todopoderoso no se ocuparía de cuidar a los hombres y le dejaría a Dios ese cuidado. Pero que nadie en el mundo, ni siquiera Paneloux (el cura) que creía y cree, nadie cree en un Dios de este género, puesto que nadie se abandona enteramente, y que en esto por lo menos él, Rieux, creía estar en el camino de la verdad, luchando contra la creación tal como es”.
Está claro que el santo es Rieux, que no pierde nunca la fe, pero la fe en sus semejantes, en la vida, en encontrar un suero que cure la enfermedad y en sí mismo. El mal absoluto es la enfermedad y no un demonio con cuernos. Se combate con medicinas y no con oraciones.
En el otro lado está el padre Paneloux que arremete en sus sermones contra las gentes de Orán, culpándolas de la plaga que está diezmando la ciudad. Sus pecados, su alejamiento de Dios y similares abstractos conceptos, son los responsables del desastre. Lo que sea con tal de que Dios no cargue con el muerto: "Hermanos míos, habéis caído en desgracia; hermanos míos, lo habéis merecido". 
El doctor Rieux defiende al Hombre y el jesuita Paneloux defiende a Dios (que sigue sin hablarnos).
El padre Paneloux, tras ver la agonía de aquel niño de Orán, tenía la decencia de suicidarse tras comprobar que su Dios era totalmente ajeno al sufrimiento de un niño: "Hermanos míos, ha llegado el momento de creerlo todo o negarlo todo". Con su muerte libraba al mundo de una parte de la auténtica plaga de Orán y de muchas partes de nuestro planeta: los sacerdotes y los brujos. Los mismos que todavía hoy, no dejan a la gente morirse en paz.
El título del post no es mío. Es de Albert Camus y es parte de otra genialidad del doctor Rieux en esa obra maestra de la Literatura y el Pensamiento que es "La peste".
"yo quiero testimoniar a favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y la violencia que les ha sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio".

(100 Años de… Albert Camus. En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio. – Blogs de Culturamas

sábado, 21 de marzo de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (9)

Pedro Conde Sturla
20 marzo, 2020
Estudiantes dominicanos del Tecnológico de Monterrey. De izquierda a derecha, Ramón Campechano, Ramón Bonilla, Otto Cruz Peguero (+), Pedro Mejía, Francisco Villalba, Dinápoles Soto Bello. En cuclillas, Luis Fontana y Gumersindo Estévez.

A veces uno se pone a pensar, simplemente a pensar en aquellos días de Monterrey (aquellos lejanos años de 1960) y las imágenes se agolpan en la memoria. Ahí está, por ejemplo, Campechano haciendo fila para felicitar a la nueva reina del Tecnológico y se puede anticipar con delectación el desenlace. Todos los dominicanos que estudiaron en ese entonces en el Tecnológico conocen al dedillo la historia.
Campechano se esmeraba en hablar bien para diferenciarse de sus paisanos, que se comían las palabras y no pronunciaban las eses. En las grandes ocasiones Campechano pronunciaba las eses, todas las eses, pero por falta de práctica pronunciaba las que llevaban y las que no llevaban las palabras. A veces decía que era estudiante de Esconomía y a veces le ponía eses hasta a las comas. Además usaba términos sofisticados de cuyo significado preciso no siempre estaba al tanto.
Aquella noche, mientras hacía fila para felicitar a la reina y dar inicio al baile, estaba inspirado en un episodio de historia patria: el de la independencia efímera de Nuñez de Cáceres. Aquella palabra, “efímera”, de la cual tenía una idea vaporosa, destilaba un encanto especial, le pareció la más apropiada para halagar a la reina y la halagó.
Dicen que se inclinó reverentemente, tal vez queriendo ocupar mas espacio que el que le correspondía, y con el pecho inflado de orgullo, con la mejor de todas las intenciones, le dijo respetuosamente:
—Señorita, que su reinado sea muy efímero.
La reina se quedaría pasmada, demudada, boquiabierta durante unos segundos, y Campechano saltó a la fama. Se hizo famoso de la noche a la mañana, se consagró definitivamente, se convirtió en un referente histórico del Tecnológico.
Otro de los personajes de aquellos años dorados que con más frecuencia acuden a la memoria, uno de los favoritos, es el llamado Minicuchi o más bien Minicucci. Con él y otro, llamado Gaspar, me inicié, durante el primer verano que pasé en Monterrey en la cacería de gringas. Los veranos de Monterrey eran veranos de gringas. El Tecnológico nunca estaba ocioso. En época de vacaciones muchos estudiantes regresaban a sus casas, los malos estudiantes reponían materias y los buenos se adelantaban, cursaban dos asignaturas, que era el equivalente de medio semestre. Y las gringas venían a estudiar. Venían docenas de gringuitas en flor a estudiar mejicano en Monterrey y las recibían con una fiesta, con un baile a todo dar. No es que fueran más bonitas que las regiomontanas, pero tenían fama de liberales, aunque no lo fueran, y eran sobre todo amistosas.
Entablaban amistad por recomendación de maestros y maestras con el propósito de progresar en el estudio del español, y los estudiantes del Tec nos prestábamos gustosamente, desinteresadamente a contribuir con tan noble propósito. Lo bueno, o quizás lo mejor de las gringas, es que no discriminaban.
Salían con cualquier cutáfaro, con cualquier palurdo o bicho implume con tal de que hablase español. Quizás por eso era fácil emparejarse con ellas, ir al cine, a bailar, a pasear, a conocer la naturaleza. Pero tales actividades extra curriculares no estaban exentas de peligro. Un día, o mejor dicho una noche, nos agarró la policía a Gaspar y a mi y a Minicuchi dando una clase de historia natural a nuestras respectivas gringas en el parque de la Colonia Roma y nos cayó a mordidas.
Recibir una mordida de un policía en nuestros predios no es algo que tiene sentido, pero en México la mordida es equivalente de soborno porque todos tenemos que comer.
La mordida más o menos decentemente establecida en esa época era de cinco pesos, cuando el peso mejicano estaba a doce y medio por dólar, y el dólar a un peso y diez centavos dominicanos. Menos de cincuenta cheles, cincuenta centavos dominicanos de la época. Algo irrisorio ridículo y sin embargo representativo para un policía mejicano que ganaba una miseria más miserable que el sueldo de un policía dominicano de aquel tiempo.
Los policías mejicanos nos detuvieron, pues, y nos cayeron a mordidas en el sentido mejicano de la palabra. Nos acusaron de exposición indecente, de falta al pudor y a la moral pública a pesar de que sólo estábamos ayudando a traducir unas palabras y nos amenazaron con amanecer en chirola, menos a las gringas, porque eran gringas.
Gaspar sacó entonces la cartera y pagó una mordida de cinco pesos mejicanos, que era lo único que tenía y yo hice lo mismo. Minicuchi abrió la suya donde por casualidad tenía diez pesos en billetes de a cinco y un policía les echó mano. Minicuchi le dijo déjame algo y el policía fue tan condescendiente que le dejó la mitad.
Con la misma gringa del parque de la Colonia Roma andaba Minicuchi unos días después entre las aulas del Tec, entre pupitres y sombras a eso de la media tarde, un domingo, divirtiéndose sanamente, hasta que un bedel los sorprendió, los alumbró con el foco. Advirtió de inmediato que una acción semejante podía ser penada con la expulsión, necesariamente con la expulsión. Pidió identificación, matrícula. Minicuchi era un hombretón, un tipo alto, casi interminable, y aún más quizás le debió haber parecido al bedel cuando lo tuvo enfrente. Minicuchi, además, estaba enojado. Le habían interrumpido un posible coito o por lo menos un largo besuqueo y la expresión de su rostro debía de ser impresionante. Para peor, parecía crecer a cada momento en cámara lenta, mientras se erguía pesadamente sobre sus cabales. No terminaba de crecer y crecer... Finalmente le apuntó al bedel con un dedo a la cara y le dijo bruscamente:
—Cómete un mojón.
El bedel se quedó de una pieza. Estaba aterrado y aliviado a la vez al ver a Minicuchi a punto de salir con su gringa al brazo. Pero en el último momento Minicuchi se volvió a mirarlo de nuevo con aire amenazante, le apuntó otra vez con el dedo índice a la cara y le dijo iracundo:
—Cómete dos mojones...
A partir de ese suceso, la palabra Minicuchi se convirtió entre los dominicanos de Monterrey en sinónimo de lo que Minicuchi le había dicho al bedel.



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viernes, 20 de marzo de 2020

Giovanni Boccaccio: El decamerón

Pedro Conde Sturla
24 octubre, 2015

“El Satiricón” de Petronio ha sido considerado como la obra más original de la antigüedad clásica (el período greco-romano), de la misma manera que “El decamerón” de Boccaccio (1313-1375) ha sido calificado como el libro más vivo de la literatura italiana. Ambas joyas fueron alguna vez menospreciadas o simplemente despreciadas, prohibidas o segregadas por la naturaleza de su contenido escandaloso, explícitamente sexual, explícitamente inmoral en apariencia. No son historias aptas, desde luego, para consumo de sicorrígidos y moralistas, para todos aquellos que no sean capaces de ver, bajo la superficie, el drama social que muchas veces ocultan las narraciones más picantes, la tragedia epocal que se disimula en episodios aparentemente banales.
“El satiricón” recrea en parte, con una mirada de burla y desprecio la atmósfera cortesana de la época de Nerón (aquel nefasto personaje que, sin embargo, no tocaba la lira ni la cítara ni estaba en Roma durante el incendio de Roma, sino en su pueblo natal, el mismo Nerón que socorrió generosamente a los damnificados, según Tácito).
“El Decamerón”, escrito entre 1350 y 1375, se inscribe en el escenario de uno de los más negros capítulos de la historia de la humanidad, el de la peste negra o bubónica que castigó a Florencia en 1348.
“La peste negra, peste bubónica o muerte negra fue la pandemia de peste más devastadora en la historia de la humanidad, afectó a Europa en el siglo XIV y alcanzó un punto máximo entre 1346 y 1361, matando a un tercio de la población continental; Diane Zahler va más allá y estima que la mortandad superó la mitad, quizás el 60% de los europeos o lo que es lo mismo, habrían muerto 50 de los 80 millones de habitantes europeos. Se estima que la misma fue causa de muerte de aproximadamente 50 a 75 millones de personas entre los primeros casos en Mongolia (1328) y los últimos en la Rusia Europea (1353). Afectó devastadoramente Europa, China, India, Medio Oriente y el Norte de África. No afectó el África subsahariana ni al continente Americano”.
Boccaccio no describe el fenómeno en términos estadísticos, lo hace con palabras que se desangran como las propias víctimas del contagio, que se pudren como las víctimas hasta convertirse en una masa pustulente, dolorosa, pestilente. Palabras que denotan el habitual sentido judeocristiano del pecado y del castigo divino:
“Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo. Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo empezó la pestífera buba a extenderse a cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente comenzó la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a otros menudas y abundantes”.
En el marco de esta horrible pandemia transcurren los relatos de “El decamerón” (literalmente “diez días”), una obra a la que adornan desde el Proemio las más nobles reflexiones y sentimientos de piedad y vocación de servicio:
“Humana cosa es tener compasión de los afligidos, y aunque a todos conviene sentirla, más propio es que la sientan aquellos que ya han tenido menester de consuelo y lo han encontrado en otros”.
La fina sensibilidad de Boccaccio se adelanta a su época al manifestar y otorgar abiertamente esa “compasión de los afligidos” a las mujeres, y a ellas también dedica el “útil consejo” de sus novelas o relatos. Boccaccio comprende perfectamente el drama de esos seres sometidos al doble yugo de la dictadura social y familiar, esos “viles e impuros” seres religiosamente despreciados por mandato bíblico:
“¿Y quién podrá negar que, por pequeño que sea, no convenga darlo mucho más a las amables mujeres que a los hombres? Ellas, dentro de los delicados pechos, temiendo y avergonzándose, tienen ocultas las amorosas llamas (que cuán mayor fuerza tienen que las manifiestas saben quienes lo han probado y lo prueban); y además, obligadas por los deseos, los gustos, los mandatos de los padres, de las madres, los hermanos y los maridos, pasan la mayor parte del tiempo confinadas en el pequeño circuito de sus alcobas, sentadas y ociosas, y queriendo y no queriendo en un punto, revuelven en sus cabezas diversos pensamientos que no es posible que todos sean alegres. Y si a causa de ellos, traída por algún fogoso deseo, les invade alguna tristeza, les es fuerza detenerse en ella con grave dolor si nuevas razones no la remueven, sin contar con que las mujeres son mucho menos fuertes que los hombres; lo que no sucede a los hombres enamorados, tal como podemos ver abiertamente nosotros.
Ellos, si les aflige alguna tristeza o pensamiento grave, tienen muchos medios de aliviarse o de olvidarlo porque, si lo quieren, nada les impide pasear, oír y ver muchas cosas, darse a la cetrería, cazar o pescar, jugar y mercadear, por los cuales modos todos encuentran la fuerza de recobrar el ánimo, o en parte o en todo, y removerlo del doloroso pensamiento al menos por algún espacio de tiempo; después del cual, de un modo o de otro, o sobreviene el consuelo o el dolor disminuye. Por consiguiente, para que al menos por mi parte se enmiende el pecado de la fortuna que, donde menos obligado era, tal como vemos en las delicadas mujeres, fue más avara de ayuda, en socorro y refugio de las que aman (porque a las otras les es bastante la aguja, el huso y la devanadera) entiendo contar cien novelas, o fábulas o parábolas o historias, como las queramos llamar, narradas en diez días, como manifiestamente aparecerá, por una honrada compañía de siete mujeres y tres jóvenes, en los pestilentes tiempos de la pasada mortandad, y algunas canciones cantadas a su gusto por las dichas señoras. En las cuales novelas se verán casos de amor placenteros y ásperos, así como otros azarosos acontecimientos sucedidos tanto en los modernos tiempos como en los antiguos; de los cuales, las ya dichas mujeres que los lean, a la par podrán tomar solaz en las cosas deleitosas mostradas y útil consejo, por lo que podrán conocer qué ha de ser huido e igualmente qué ha de ser seguido: cosas que sin que se les pase el dolor no creo que puedan suceder. Y si ello sucede, que quiera Dios que así sea, den gracias a Amor que, librándome de sus ligaduras, me ha concedido poder atender a sus placeres”.


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sábado, 14 de marzo de 2020

¡PREMIO NACIONAL DE LITERATURA!

Ese premio no le habría significado ningún reconocimiento a la obra de Alexis Gómez Rosa. Es un premio desacreditado
que se reparte como dádiva a poetas y escritores del montón. Más que un premio es una vergüenza nacional. Un premio que tocó el fondo de la desvergüenza cuando fue otorgado al llamado poeta Mafeo Robinson. No es que Alexis no se mereciera el premio, es que el premio no se merecía a Alexis Gómez Rosa.

Memoria y desmemoria de Monterrey (8)

Pedro Conde Sturla
13 marzo, 2020


Caonabo Estrella, al centro, en compañía de estudiantes dominicanos del Tecnológico de Monterrey. Foto de 1965. 

Caonabito dominaba en grado superlativo el arte de dar cuerda o más bien de mofarse graciosamente de los demás, pero sin ofender ni herir los sentimientos. Sus burlas hacían reír muchas veces incluso a la personas de las cuales se  burlaba y provocaban risotadas cargadas de buena salud,  buenos auspicios. Era algo que hacía casi sin darse cuenta,  con una técnica impecable y un riguroso orden circular, en   
principio. Sus horas favoritas para dar inicio a una sesión de  cuerda colectiva eran las de la comida o de la cena.
Caonabito se sentaba al final de la mesa, en un extremo, se sumergía, literalmente, en la silla, adoptando una figura, un aire entre solemne y patriarcal, una altura moral, una actitud condescendiente, y siempre encontraba algo jocoso que decirle a la persona que estaba a su izquierda o derecha ( ¡Qué camisa tan chillona, manito, parece que fuera cantante!) y así sucesivamente hasta completar una primera vuelta. Luego escogía a sus víctimas al azar, de acuerdo a lo que llamara su atención o lo que pudiera ocurrírsele en ese momento.
A un mejicano que había sido seminarista (no confundir con el Fraile) le llamaba Campanita. Campanita le llamaba cuando entraba y Campanita cuando salía. Y Campanita siempre sonreía cuando Caonabito contaba la supuesta razón de su expulsión del seminario. Había fallado la prueba, la prueba de la Campanita. A todos los seminaristas les colgaban, cuando estaban a punto de tomar los hábitos, una campanita en cierta parte y los sacaban al patio de recreo cubiertos con una toalla. Entonces hacían desfilar frente a ellos a una hermosa chamacona en paños menores y si alguna campanita empezaba a sonar, el campanillero sufría en el acto la pena de expulsión.
Campanita y los demás se reían cuando Caonabito contaba el cuento o una de sus tantas variantes, porque Caonabito sazonaba la historia con nuevos ingredientes cada vez que la contaba. A veces, en lugar de una campanita, era un cencerro lo que colgaban en el equipo colgante de los seminaristas.
La única persona que era inmune a sus bromas y lo sacaba ocasionalmente de quicio era el Comandante. El Comandante asentía cuando Caonabito le dirigía la palabra en son de chanza. Se limitaba a asentir, mover la cabeza un poco de arriba hacia abajo, sin dejar de comer, y las palabras de Caonabito parecían rebotar como en una coraza.
En una ocasión, sin embargo, Caonabito logró desquitarse de la indiferencia del Comandante: echarle más bien, a traición, lo que de seguro sentiría como un cubo de agua fría. Fue algo incidental, que ocurrió por casualidad, en mi presencia. Yo había ido a cenar con el primo Alfonso a la pensión donde vivía Caonabito y lo invitamos al cine y para el cine salimos. Coincidencialmente, cuando bajábamos las escaleras, Caonabito vió al Comandante dándole hebra a una gata en el zaguán y dijo en voz alta ¡What chopita, Comanderman!
—Ni el primo Alfonso ni yo entendimos nada.
Y no se entendía nada. Era una manera de decir en jerga que el llamado Comandante se estaba besando con una mucama y que Caonabito lo había sorprendido infraganti, con las manos en las masas y amasando, hasta que sus palabras malsonantes rompieron el encanto. Entonces la muchacha dio un brinco y se escondió en la sombrita. El Comandante se haría el disimulado, el hombre invisible, esperaría a que pasáramos para continuar faenando o se marcharía frustrado, rumiando su mala rabia, maldiciendo contra Caonabito.
—¡Qué malo eres, güey! —le dije entonces al salir a la calle— ¿No te da pena?
—Pues sí, pero no me pude aguantar.
Algunas pocas pocas veces la situación se invertía y era Caonabito el que pagaba las que debía, o por lo menos parte de lo que se merecía. Eso ocurría en los raros días en que se sentía flojo o desganado y se sentaba a la mesa sin ánimo de hablar ni de hacer bromas. Era entonces cuando sus víctimas habituales se cobraban la venganza, se unían espontáneamente para darle a él la cuerda, una cuerda despiadada que le sacaba lagrimitas de vidrio. Pero eso ocurría pocas veces. Caonabito casi siempre rebosaba vitalidad y buen humor y no se enfermaba más que cuando quería.
En una de esas ocasiones, el primo Alfonso y yo pasamos por casualidad a visitarlo y lo encontramos tumbado en la cama, pero además estaba verde, extrañamente verde y aquejado con un más extraño dolor en las pelotas. Tenía, a decir verdad, un dolor tan grande en las pelotas que no podía con su alma a pesar de que el alma está bastante lejos de las pelotas. Le pregunté si por casualidad no le habían puesto a él también una campanita o un cencerro, como al ex seminarista del cual acostumbraba burlarse, pero no agradeció la ocurrencia.
Decidimos entonces que lo mejor era llevarlo al consultorio o dispensario médico del Tec y lo llevamos, casi como quien dice a rastras, agarrándolo cada uno firmemente por un brazo. No había muchos dominicanos a esa hora en El Consulado, al pie de la escalera de entrada al Edificio II, y pasamos desapercibidos. En el consultorio nos recibió un joven médico con una sonrisa de oreja a oreja y una simpática enfermera, que también sonreía sin causa aparente. Todo iba bien, parecía ir bien, hasta que hicieron pasar a Caonabito. Desde la sala de espera oímos primero voces de una conversación preliminar, algunas preguntas y respuestas, después Caonabito se bajaría los pantalones y se escuchó un golpe seco.
La enfermera salió con el rostro encendido de rubor. Le preguntamos si pasaba algo malo. Dijo que el médico se había echado bruscamente hacia atrás, se había dado un golpe en la cabeza, ella misma había estado a punto de desmayarse y ahora iba en busca de ayuda. El resto se lo pueden imaginar.
Caonabito —dijo más tarde el médico—, estaba padeciendo una orquitis, una inflamación testicular, y lo trataron con antibióticos, antiinflamatorios y analgésicos. Pero no fue la orquitis la que causó en el personal que lo atendió tanta conmoción.
Al poco tiempo, restablecido ya de sus dolencias, volvió a su rutina habitual: estudiar, bromear, y dejarse crecer el cabello. Caonabito, alias el Trípode, era una especie de Don Juan, un tipo presumido que atribuía su éxito con las mujeres a su abundante cabellera (sin mencionar su condición tripóidea). Algunos le preguntaban si se había muerto su barbero y otros decían que tenía el complejo de Sansón. El hecho es que era enemigo a muerte de las tijeras: “El tiempo no se hizo para gastarlo en pelarse”. No importa que cien veces al día le reprocharan su peludencia. Caonabito se mantenía firme en sus convicciones: “Ese es mi pegue, a las chamacas les encanta pasarme la mano por la cabeza”. “Yo soy un Beatle con pelo chino”.
Un mal día, para su desgracia, fue de visita a la casa de Los Patriotas en la Colonia Roma y Los Patriotas se indignaron. Lo acusaron de traición a la Patria, de exhibir impúdicamente en el peinado una moda foránea. Lo rodearon, le hablaron en tono retóricamente amenazante. Caonabito protestó, intentó romper el cerco. No fue fácil inmovilizarlo porque era bastante fuerte a pesar de sus reducidas dimensiones. Se requirió el concurso de todos Los Patriotas para dominarlo, pero finalmente lo lograron.
Lo trasquilaron a sangre fría, le calimocharon el pelo sin anestesia, le mutilaron la frondosa cabellera. De aquel lance Caonabito sólo preservó la dignidad y se vio obligado a hacerse una inmediata pelada al rape. Algo parecido a la historia de Sansón y Dalila, pero sin Dalila. Y sin filisteos ni patriotas muertos.




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sábado, 7 de marzo de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (7)

Pedro Conde Sturla
6 marzo, 2020

Directorio de la revista Quisqueya fundada en Monterrey por Dinápoles Soto Bello. 
Era difícil encontrar entre los dominicanos de Monterrey alguien parecido a Juanín, un estudiante de economía que en realidad era estudiante de todo lo que estuviera a su alcance, un tipo especial, con una curiosidad y un afán de conocimiento insaciables, un enamorado de las ciencias políticas. Juanín era como una esponja, era una esponja, absorbía los conocimientos del medio que lo rodeaba como por contacto. Dicen que todo se lo aprendía sin darse cuenta, desde los nombres de las calles hasta los números de las casas. Pero esto puede ser una exageración.


Lo cierto es que no había otro personaje tan folclórico y arquetípico como él. No había otro igual, era único en su especie. Irrepetible, al igual que Dinápoles y Caonabito. En cambio los habitantes de la pecera, los llamados Jurones, se parecían un poco los unos a los otros. Felito y el Fraile se parecían y llegaron a ser cuñados. Alguien que se llamaba Hugo y otro que se llamaba Miguel Ángel se parecían.
Dicen que Juanín apareció una mañana en el Tec, justo el día de las inscripciones, sin haber tenido tiempo de buscar alojamiento. Llevaba una maleta al hombro, y por la maleta y por su indumentaria llamó de inmediato la atención. Vestía —según se afirma—con un pantalón rojo y una camisa amarilla. Una vestimenta llamativa que imprimía color y una notoria distinción a su imagen. Sus paisanos lo reconocieron de inmediato como uno de los suyos y le brindaron ayuda con el asunto de las inscripciones, el equipaje, el transporte, el alojamiento en una pensión de la Calle Palestina.
A poco tiempo de su llegada se había hecho dueño de un caudal asombroso de datos políticos y geográficos. Conocía las poblaciones y los nombres de las principales ciudades del mundo y de todos los gobernantes de todos los países, y de todos, absolutamente todos los presidentes de México desde Guadalupe Victoria en adelante, amén de los gobernadores de los treinta y dos estados, todas las fechas patrias los días de guardar. Sólo por divertirse (si acaso no es un mito, otra exageración convicta del narrador) recitaba de memoria y por orden alfabético los nombres y apellidos de los peloteros de grandes ligas y de los cuatro equipos de pelota dominicanos.
A su fama de erudito o memoriógrafo se le sumó fama de estrambótico en el vestir, una fama larga y justificada. Para ir a los bailes usaba el mismo pantalón de pana, el mismo saco sport de cuadros, la misma camisa blanca y una corbata a rayas que se ponía y se sacaba por la cabeza para perpetuar el nudo.
Muchos lo recuerdan todavía dando como quien dice charlas en la zona del campus del Tecnológico que los dominicanos llamaban El Consulado porque era el lugar donde se reunían en el poco tiempo libre.
Juanín adoptaba siempre una postura (su postura favorita al hablar o discursear) que consistía en abandonar el cuerpo a la inercia de la desgarbada longitud de su anatomía, y gesticulaba al mismo tiempo a la manera de los abogados sin empleo en la calle El Conde. Había que andarse con cuidado, pues era tan expresivo que cuando hablaba y gesticulaba podía sacarle un ojo a cualquiera.
Su manera de expresarse era siempre grandilocuente, y por lo regular se gastaba, frases y títulos de lujo, o bien graciosamente burlonas o despectivas, al saludar a sus amigos. ¡Qué dice el distinguido enciclopedista? ¡Cómo se siente el futuro presidente de la República?, !Qué opina el secretario general del buró de bebedores de cerveza de barril?
La base de sus símiles y metáforas políticas era invariablemente el gobierno haitiano. Todo era o podía ser más obscuro que el gobierno haitiano, más lejos que el gobierno haitiano, más feo o más difícil o más enrevesado, caótico, decadente o truculento que el gobierno haitiano.
Entre Juanín y Monterrey hubo una relación de desamor a primera vista. No fue ni siquiera amistosa. Juanín y Monterrey nunca se gustaron. Durante su breve estadía fue miembro honorario de Los Patriotas, el grupo que siempre se quejaba de la ciudad. Continuó sus estudios en Canadá y es probable que el frío le daría alguna vez razón de arrepentirse por haber abandonado Monterrey.
Alguien que compartía con Juanín y los Patriotas su antipatía por Monterrey, y que se destacaba al mismo tiempo por su privilegiada inteligencia era el llamado Rafuchi. Rafuchi era un personaje, todo un personaje simpático y alegre, que se hacía querer de inmediato por su carácter extrovertido y jovial. Nadie le igualaba haciendo chistes, unos chistes explosivos de apaga y vete, contados de una manera tan vehemente y graciosa que nos hacía ahogar de risa.
La llegada de Rafuchi al Tec fue todo un acontecimiento. Rafuchi, al igual que Juanín, no era parte de los becados, y nunca se sintió a gusto—como ya se dijo— con Monterrey ni el Tec, pero empató amistosamente con la mayoría de estudiantes y profesores.
Se dio, pues, a conocer por su modo de ser y su excelencia académica, por su inteligencia fuera de serie. Una inteligencia muy fuera de serie. Rafuchi era quizás el único que no tomaba apuntes en clase. Se mordisqueaba despiadadamente las uñas, lo que le quedaba de uñas, y entendía al vuelo las lecciones del profesor. A la salida del curso solía conversar con otros estudiantes que le pedían explicaciones. Siempre tenía tiempo para aclarar cosas que para ellos habían quedado a oscuras y a veces les decía, “Pero sí está todo clarito y además está en el libro”, pero para los demás todo quedaba muy oscuro.
Le preguntaban, a menudo, “Cómo le haces, mano, si ni siquiera tomas notas y lo entiendes todo”. Él decía que precisamente por tomar notas no entendían lo que decía el profe y que se fajaran con el libro, que era el mejor maestro, pero no convencía a nadie. Muchos no entendíamos el libro ni al profesor y ni siquiera los apuntes que tomábamos en clase. Algunos llegaron a pensar que el secreto de la inteligencia de Rafuchi tenía que ver con su costumbre de comerse las uñas y algunos comenzaron a comérselas, pero sin resultado aparente. Lo cierto es que, cuando se disponía, entre una explicación y un chiste muchas veces hacía comprender todo a sus condiscípulos. Algunos entonces exclamaban, “Me lleva ,a chingada, mira nomás que fácil”.
Sus estudios los terminaría finalmente en Roma, una ciudad que amó como sólo se puede amar a Roma. Los que lo conocieron y apreciaron mientras vivió recordarán ese modo suyo de ser tan explosivamente especial de contar chistes y explicar los secretos de la más intrincada matemática, la forma neurótica, obsesiva, con que se comía o se mordía despiadadamente las uñas.
Otro personaje notable, uno de los que vivía en la pensión del segundo piso de la Calle Palestina, junto a Juanín, el Comandante y algún otro que no recuerdo, era el llamado Caonabito. El célebre y celebrado Caonabito, alias el Trípode, una especie de Don Juan en miniatura del cual se ha dicho algo en estos escritos y se hablará con precaución más adelante.


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