viernes, 17 de julio de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (12)

Pedro Conde Sturla
17 julio, 2020
“Camiones trompudos” de transporte público en la Ave. Venustiano Carranza del Monterrey de los años sesenta

Si la memoria infiel no me traiciona, las cosas que estoy contando ocurrieron hace ya más de medio siglo, y si no me traiciona, por lo menos me está jugando sucio. Puede que no recuerde bien ni las cosas que pasaron ni las cosas que escribo. Reconozco también que me confundo, como le sucedía, por ejemplo, a Cervantes con el burro de Sancho Panza después que se lo robaron. Entiendo que Sancho Panza estaba arriba del burro y durmiendo, y se lo robaron deslizándolo por debajo de la montura, si acaso no fue esto lo qué ocurrió con Frontino, Brunello y Sacripante en aquel Orlando furioso o quizás en el Orlando enamorado. El hecho es que el burro, el noble rucio que montaba Sancho aparece y desaparece a capricho del autor. Pero nada de esto me ayuda a entender lo del carterista que me cayó a navajazos en Monterrey. Yo recuerdo la escena, me veo retrocediendo en plena calle con una cara de espanto de antología, mientras aquel miserable no se cansaba de abanicarme con la navaja, pero no entiendo la causa.

Yo, nada más llegar a Monterrey a fines de 1965, me hospedé en un hotel barato del centro y con un mapa en la mano me vine caminando a la Colonia Roma a saludar a a Carlitos, un amigo de la infancia que me ayudó a buscar pensión y organizarme, y me dio una introducción al paisaje urbano. En la pensión conocí a Gaspar y a dos chamacas dulcísimas —las hijas de la dueña—, con las que Gaspar y yo comenzamos a soñar plácidamente desde el primer día.
Yo venía de la guerra, venía de una derrota y una tragedia familiar, desorientado, confuso, y era estudiante de química por razones ajenas a mi vocación. La revuelta constitucionalista de abril de 1965 había provocado una nueva intervención armada del imperio norteamericano en el país, un enfrentamiento
desigual, una guerra de baja intensidad, como se dice en jerga militar. Combatientes mal equipados, por un lado y por otro lado un ejército que había utilizado profusamente el fuego de morteros, cañones, ametralladoras de alto calibre, y que ya había comenzado a cobrar venganza contra muchos de los que se habían atrevido a enfrentarlo militarmente.
Nunca imaginé que, después de cuatro meses en la trinchera a merced de los gringos, pocos días después de mi llegada a Monterrey, iba a estar a punto de dejar el pellejo a manos de un carterista que me agredió en un camión de trasporte, un autobús, una guagua, como decimos nosotros.
Con la debida exageración para imprimirle veracidad a este relato, tengo que aclarar que aquel dichoso camión estaba tan lleno que no cabía ni lugar a dudas, estaba viejo y mugroso y se desplazaba un poco de medio lado por una calle que estaba en peores condiciones. Había llovido recientemente y había agua y había lodo en el pavimento, que era de asfalto y de tierra un poco a partes iguales: algo muy típico de ciertos barrios de Monterrey. En ningún otro lugar he vuelto a ver calles como esas, asfaltadas de un solo lado.
De cualquier manera yo disfrutaba del viaje, que casi llegaba a su fin (cómodamente de pie y muy cerca de la salida delantera), en compañía de Gaspar y otros paisanos. En eso se escuchó una queja, una protesta de alguien que sintió que le agarraban posiblemente la cartera.
—¡Abusado! —le oí decir, sin entender el significado.
El conductor detuvo el vehículo y se quedó mirando un segundo por el espejo retrovisor, identificó al maleante y con una voz educada pero firme lo invitó a bajar, al tiempo que se abría la puerta delantera.
Era un tipo mestizo, chaparro, desafiante, con cara de perdonavidas, un arrogante, un matasiete y no pareció darse por aludido.
—¡Abusado! —dijo esta vez el conductor—: ¡O ahorita hablamos con la policía!
Esta vez el carterista entendió el mensaje y se fue abriendo paso entre la gente en dirección a la salida. Más bien la gente se le quitaba del medio y a mi me pareció prudente hacer lo mismo, pero algo no parece haberle gustado en mi figura o en mi cara y al pasar por mi lado me dio un codazo en la madre. Lo que significa en dominicano que me dio un coñazo durísimo o por lo menos ofensivo.
Lo peor de todo es que con el pasar de los años se me ha borrado un poco la película y ahora no recuerdo bien lo que pasó entre el codazo-coñazo y el momento en que aquel indeseable empezó a tirarme navajazos a izquierda y derecha.
Oscuramente presiento qué ocurrió algo parecido a lo siguiente: se me zafó sin querer una patada y el tipo fue a caer al lodo, fuera del autobús. Ahí hubiera terminado todo, por supuesto, si la puerta hubiera obedecido al conductor cuando intentó cerrarla, pero la maldita puerta se atoró. El mecanismo de la chingada puerta se trabó.
Entonces comencé a ver —como quien dice en cámara lenta—, que el tipo se metía la mano en la cintura, que sacaba y abría con destreza o pericia una navaja enorme, surrealista, que se me pareció a la de Cantinflas en el bombero atómico.
—¡Híjole! —dije para mis adentros pensando en mejicano.
En aquel autobús atestado de pasajeros yo no tenía mucha oportunidad de defenderme. Todo el mundo iba a recular, iban a comprimirse los de alante contra los de atrás en cuanto el carterista y su navaja entraran, y yo estaría al frente, con una mínima libertad de movimiento, a manera de escudo. De manera que hice probablemente lo único que podía hacer, dar un tremendo salto fuera del autobús mientras el carterista todavía se encontraba en el suelo, alejarme, coger una piedra, lo que encontrara a mano, pero el lodo entorpeció mis movimientos, el caído se incorporó, lo veo y lo recuerdo todavía queriendo acariciarme la cara o la barriga con la navaja.
Para peor, en algún momento escuché la voz de Gaspar que me decía:
—¡Pedro, deja esa vaina!
No sé lo que le respondí a Gaspar, si por casualidad le respondí algo, pero debo haberle mentado por lo menos la madre por telepatía. No estaba en mis manos dejar esa vaina sino evitar que el carterista me sacara la madre y el padrejón de un navajazo.
Para evitarlo, retrocedía a toda marcha, saltaba más bien hacia atrás al estilo canguro, si acaso los canguros saltan hacia atrás, pero el carterista tenía la ventaja y yo tenía todas la probabilidades de perder la partida.
La situación cambió de repente a mi favor cuando comenzaron a llover las piedras. Algunos de mis paisanos se habían bajado del camión (entre ellos el santo Fraile, que era pícher o cuarto bate del equipo de pelota dominicano en Monterrey), y casi de inmediato las piedras comenzaron a zumbar cerca de la cabeza del carterista. Fue la amenaza de las piedras lo que produjo el cambio en la actitud de aquel hombre. En cuanto se vio rodeado por unos cuates que lo amenazaban con piedras y peñones en las manos y que parecían tener muy buena puntería, el tipo entró en razón, se fue calmando, se retiró sin prisa, pero sin dejar de amenazar y blandir la cantinflesca navaja surrealista.
Me salvaron, en fin, en esa ocasión, unos amigos a los que apenas conocía y me salvó el beisbol, gracias a Dios. O quizás viceversa.



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viernes, 10 de julio de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (11)

Pedro Conde Sturla
10 julio, 2020
William Jerez, al centro, rodeado de estudiantes dominicanos del Tecnológico de Monterrey

Ya lo dije en el primer capítulo de esta serie y puede que lo vuelva a decir y no me importa. Dije que desde que llegaron aquí, a Monterrey, los dominicanos se hicieron notar. Nada más sufrir las primeras novatadas se organizaron en bolas de montoneros y novatearon a los veteranos. La mera verdad (afirman los habladores), los madrearon, los cubrieron de brea y plumas, los arrojaron en pleno invierno a la alberca, los guindaron imaginariamente por las pelotas. En consecuencia, todos o casi todos fueron llamados a capítulo, reprendidos severamente. Los miembros de la comisión disciplinaria recuerdan lo difícil que se hacía encontrar una fórmula para sancionar a tantos estudiantes de nuevo cuño. Al final dieron con una solución salomónica y se prohibieron las novatadas, algo típico de una institución que tiene por símbolo y mascota a un borrego.
Recuerdo que también dije —y ahora vuelvo a repetir— que los dominicanos que fueron a estudiar a Monterrey en los años de 1960 provenían de todos los estratos sociales, que formaban un grupo heterogéneo, que había jóvenes de veinte y otros de treinta años que no habían podido costearse los estudios universitarios, y que la beca les cambió radicalmente la vida.
Dije que uno de ellos, llamado William Jerez, era marino y era músico y saltó como quien dice del barco para convertirse en pocos años en ingeniero. Dejó de ser marino y se convirtió en ingeniero, pero nunca dejaría de ser músico.
Dicho de otra manera —que viene siendo más o menos la misma—, William Jerez había recibido la noticia de la beca a bordo de un barco mercantil. Era marino y seguiría siéndolo: marino, trompetista, pianista, músico, artista, y desde luego un poco loco por definición y un poco pobre, más bien pobre en el sentido literal de la palabra. Tenía una inteligencia despejada que, sin embargo, no le permitía otras realizaciones hasta el día en que recibió la beca que el gobierno de Juan Bosch (fundador sietemesino de la democracia dominicana después del ajusticiamiento de Trujillo) dispensaba a granel a estudiantes meritorios sin importar clase ni origen.
En Monterrey —como escribí en el relato Noche sin fondo—, William se adaptó como pez en el agua en todos los ambientes que había conocido, a pesar de que era desierto lo que rodeaba a la ciudad. Al poco tiempo de llegar ya había formado un grupo de música popular que tocaba en fiestas familiares, salones de baile y ciertos lugares non sanctos a ritmo de merengue y salsa y otros géneros musicales menos gastronómicos.
En 1965, durante los primeros meses de la segunda intervención armada del imperio del norte a Santo Domingo, los cheques de la beca dejaron de llegar y los casi cien becarios dominicanos en Monterrey (y otros muchos lugares) empezaron a pasarla mal.
Algunos recibieron ayuda de sus familiares o se ayudaron mutuamente o ambas cosas, y otros lograron vivir o sobrevivir de lo que García Márquez llamaba en sus tiempos heroicos de París “el milagro cotidiano”.
Casi todos, sin contar a William, se vieron en serios aprietos económicos. William se instaló bajo contrato con su conjunto musical en un centro nocturno de mala muerte, o mejor dicho de mala vida, y allí se pasaba la noche tocando la trompeta y estudiando, ganándose el sustento y cierta fama por su aplaudida interpretación de El manicero.
Todo este repetir de repeticiones, y lo que seguirá más adelante, tiene por objeto construir, diseñar un boceto de este ser multifacético, que interviene a cada momento en mis relatos, a veces contra mi voluntad, me hace perder el hilo, me desorienta, me obliga a cambiar de tema.
Recuerdo, por ejemplo, claramente, el día que William se apareció en el colmadón de los furufos, en medio del relato homónimo que estaba escribiendo o viviendo, y en presencia de Bonilla, de Barón y Gustavo, de Agustín y otros cuates, y no tuve más remedio que incorporarlo al guión.
Llegó con su acostumbrada bonhomía a flor de piel, saludando a boca de jarro y en voz alta.
Bonilla había hecho un brindis en ese momento, el típico brindis de Bonilla, dedicado a todos los miembros del grupo, con el brazo levantado a manera de antorcha y había dicho en tono solemne:
—Los quiero con carácter retroactivo...
En eso vio venir a William y volvió a levantar el vaso como una antorcha y la atmósfera se tornó incendiaria, incandescente, al tiempo que decía:
—A ti también te quiero con carácter y efecto retroactivo, un vaso y una silla para el ingeniero.
William estaba indignado y feliz como una pascua. Empezó a hablar mal del gobierno, de todos los gobiernos y los funcionarios de los gobiernos. William es un tipo expansivo,  habla hasta por los codos y con los codos, habla hasta por los ojos, habla por señas y por telegrafía. Gesticula de tal manera que a una cuadra de distancia puede uno saber de qué está hablando, sobre todo cuando habla de sexo. Y al poco rato, en efecto, se olvidó del gobierno y comenzó a hablar de sexo, del encuentro con una enfermera posiblemente imaginaria...
Comenzó a describir con las manos su anatomía, su cuerpo de guitarra, la acarició, la besó, emitió unos sonidos guturales y finalmente la desnudó a la enfermera imaginaria y la tendió sobre la mesa imaginariamente desnuda y se la empezó a comer por el ombligo como un pastel de cumpleaños, cometió relaciones imaginariamente sexuales y raudo como vino se marchó al improviso, hablando mal del gobierno, de todos los gobiernos.
Me parece recordar que William iba y venía siempre de prisa. Parecía sentirse incómodo si se quedaba mucho tiempo en algún lugar.
De la misma manera, siempre me pareció que William se sentía incómodo en las fiestas cuando no era él que tocaba. Por lo general bailaba un par de piezas, hablaba con amigos, tomaba un par de tragos, y poco a poco, de alguna manera discreta, se iba acercando a los músicos, entablaba amistad con ellos. Lo suyo era tocar, no bailar, y hasta que no lo conseguía merodeaba inquieto alrededor de la tarima donde actuaba el conjunto, y en el momento en que menos lo pensabas estallaba la trompeta, el inconfundible toque de trompeta de William Jerez y el manicero se va.
Muchos lo recuerdan en la noche sin fondo de tantas correrías, a bordo del flamante Ford Galaxie rojo descapotado, en el asiento trasero, mientras recibía en el rostro el golpe alado de la brisa fría y William sonreía bajo la luz cobriza de la Calzada Madero.
Bajo esa misma luz he querido zurcir estos retazos, esta repetición de repeticiones, para recordar con alegría a un viejo amigo que sólo con alegría merece ser recordado.
William con la trompeta en la mano, tarareando una melodía, manicero, el manicero se va. William acariciando la trompeta de maní, maní, maní el manicero se va. La noche sorda de Monterrey creciendo, el viento frío que comenzaba a apretar y la trompeta de William que empezaba a sonar. Maní, maní, eternamente maní, el manicero se va, eternamente maní y eternamente hasta siempre al querido amigo.




sábado, 4 de julio de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (10)

Pedro Conde Sturla
3 julio, 2020


Grupo de egresados del Tecnológico de Monterrey. Fuente externa

Ya sé que más o menos lo he dicho y repetido en estas notas, esta especie de diario sentimental y aguado, estas memorias dulces de la muy ilustre y chingona ciudad de Monterrey, pero lo cierto es que había un poco de todo entre los dominicanos que allí estudiaban en los gloriosos años de 1960. Había en verdad para elegir y digerir. Había bohemios y abstemios, había tarados y genios, había santos y santones y variedad de diablos y diablillos y diablejos. Un despelote de madre.
Recuerdo que había también un grupo muy pequeño de chicas apacibles, reservadas, conceptuosas y frondosas (taciturna una de ellas), a las que todos respetábamos y queríamos. Recuerdo vivamente a una hermosa pañameña que compartía con las dominicanas un apartamento de la Calle Palestina de la Colonia Roma: un destello de luz en la memoria. Recuerdo también que en ese grupo había otra luz, una llamada Luz y Carmen que parecía protagonista de una novela de Corín Tellado y que dio origen a una romántica leyenda. Recuerdo, además, a una diligente güera luminosa a la que todos llamaban la Güera. Recuerdo, desde luego, a la taciturna, que representaba una especie de equilibrio. La Norma a seguir.
Pero lo que más recuerdo o me gusta recordar es que entre los miembros de la raza había algunos tan enamoradizos que no respetaban ni las faldas de las montañas, eran inestables y resbaladizos, como suelen ser los estudiantes. Los amores de estudiantes que al decir de la canción (como ya he repetido algunas veces) flores de almendro son. Que hoy un juramento, que mañana una traición o que más nos dura una flor que un amor... En fin, lo que dice el oboe de Petite Fleur. Lo mismo que decía Antonio Prieto. Fugacidad del amar.
Había, en cambio, otros estudiantes que eran como el tequila reposado, que estaban ya casados, incluso con mejicanas, casados tan casados y tan serios que ni miraban a otras mujeres o las miraban de soslayo, con un ojo curioso y otro precavido.
Sufrían de monogamia, una enfermedad como cualquier otra, aunque muy poco contagiosa, por suerte. Nada más se dedicaban a ser fieles y honestos, a estudiar y cumplir deberes, a graduarse con honores, que para eso habían venido o los mandaron y para ellos era la mejor manera de divertirse. De que los hay los hay, dicen en México. Y uno de ellos era y sigue siendo Luis Arthur.
El día 4 de septiembre de 1963, Luis Arthur llegó aquí a esta ciudad que nunca había oído nombrar, Monterrey, Nuevo León, capital no declarada del norte de México, con una beca para estudiar ingeniería en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores, el TEC. Las clases habían empezado el día primero, así que todo en principio fue un dejar maletas en la residencia estudiantil, inscribirse, escoger materias, recibir la lista de libros, materiales didácticos, reglamentos escritos. Rigurosamente escritos.
El cambio sería brusco. Costumbres diferentes, comidas diferentes, casi siempre picantes. Clima de zona desértica, como un fuego cruzado, con calores de infierno en verano, frío y lluvioso en invierno, un invierno inconstante. Ya lo he dicho y repetido.
La disciplina, sin embargo, era constante, exámenes mensuales, exámenes de sorpresa, tareas diarias, constantes, horas de estudio constantes. Allí no había muchas segundas oportunidades. Si te quemabas o tronabas una materia podías repetirla el próximo semestre o en los cursos de verano, si tronabas de nuevo entrabas en la categoría de estudiante condicional. Si volvías a tronar, era el fin de tus días como estudiante del TEC.
¡De la patada, mano! Nada más diferente de lo que había conocido en la isla. Sin embargo, Monterrey fue para Luis una bendición, la bendición de su vida. No sólo realizó una carrera exitosa que le permitió una existencia honesta, sin aprehensiones económicas, sino que también conoció a su compañera, la que sería su esposa. La dulce y estoica Adela.
Originalmente había solicitado beca para Alemania, un país que admiraba. “Dios torció mi camino —escribió Luis en una ocasión— y en algo lo contrarió, pero Él sabía donde estaba mi felicidad y donde quedarían mis cenizas”. Había venido a Monterrey por cuatro años, pero se quedaría aquí casi toda la vida, a intervalos entre Santo Domingo y Monterrey, y se quedaría posiblemente toda la muerte.
De sus muchos años de matrimonio dijo una vez: “Aunque ya no nos ablandamos al primer hervor, tenemos buena salud y mejor ánimo, y le damos gracias a Dios por habernos conocido, haber podido compartir toda una vida y estar aún enamorados”.
Otra historia de amor de la que mucho se hablaba (la más tierna, quizás, y más extraña historia de amor, o mejor dicho de desamor, entre los estudiantes dominicanos de Monterrey), tuvo un desenlace a oscuras, en una noche sin luz.
Esa noche fatídica se produjo un apagón, que era cosa muy rara en Monterrey, y los macheteros de Los Grises interrumpieron a desgano los estudios, es decir, su ocupación favorita. Machetear, estudiar sin tregua para cumplir con las exigencias de los profesores del pinche TEC.
Uno de ellos, uno de los más brillantes entre todos los macheteros, estaba inconsolable, intranquilo, fuera de sí. La oscuridad no le daba sosiego, no le daba reposo. Le faltaba la luz más que el aliento. Alguien encendió unas velas para tratar de calmarlo y el resultado fue contraproducente. Él buscaba otra luz, una luz metafísica, pero nadie lo entendía, no parecía entenderlo.
El verdadero problema consistía en que el apagón eléctrico se había sumado a un apagón sentimental. Esa tarde se habían roto sus amores con la hermosa y amada luz de su vida (la única en esos momentos), y más que ruptura era una quiebra que lo había dejado en la insolvencia, desolado en extremo, casi como quien dice pobre de solemnidad. Desconcertado y desconcentrado.
A pesar de todo, intentó por un momento seguir estudiando, perseverar, sin éxito, en el difícil empeño, y sintió que los nervios se le crispaban. Abandonó entonces los libros, que de ninguna manera lograba leer en el temblor de la lumbre (la inquieta llama de las velas) y se paró frente a la ventana a rumiar su desamor, emitiendo quejidos como los de aquellos condenados al pasar por el Puente de los suspiros en Venecia.
El suyo era un sufrimiento por partida triple, un triple apagón. Un apagón eléctrico, un apagón amoroso y un apagón financiero porque el dinero de la beca había dejado de fluir hacía unos meses, desde la ocupación del país por tropas yanquis en el mes de abril de 1965.
Ahora él buscaba la luz por todas partes. Tenía hambre de luz, un luminoso antojo de luz para su alma. Pedía luz en voz alta. Y de repente le pareció ver una luz enfrente y preguntó a voz en cuello si había una luz enfrente. ¿Hay luz, acaso hay luz enfrente?
Dicen los más locuaces que los demás macheteros corrieron en su auxilio, pensando que el cofrade había perdido la chaveta, pero sólo clamaba por su amor a gritos, clamaba por su luz. La luz de enfrente, que anidaba en su corazón, que era la luz de sus ojos, luz de vida. Pero ninguno lo entendía. Dicen que alguien fue a su habitación a buscar un foco, una linterna, que el agraviado rechazó tajantemente. Dicen que otro fue a la cocina a buscar una lámpara de queroseno que también fue rechazada. Ninguno lo entendía. Pedía luz a gritos, pero rechazaba el foco y la lámpara de queroseno, y cuando la luz eléctrica volvió, al cabo de pocos minutos, siguió pidiendo luz y nadie podía entenderlo.
La familia que habitaba el apartamento del piso superior se estremecía al oírlo. Durante años se corrió la noticia, convertida en leyenda, de un estudiante dominicano tan aplicado que se desesperaba a gritos cuando un mínimo apagón o cualquier otro incidente interrumpía o afectaba su tarea.
Sin embargo, hay quien afirma que parte de lo que aquí se cuenta podría ser otra mentira o una calumnia o una simple exageración del narrador. De alguien que acostumbra escribir mentiras y hasta le pagan por eso.


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sábado, 27 de junio de 2020

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (12): Un bosquejo de familia

Pedro Conde Sturla
26 junio, 2020
Mark Twain y su amigo en Quarry Farm, John T. Lewis. 

Uno de los personajes inolvidables de “Un bosquejo de familia” —si acaso no lo son todos—, es el negro George, aquel esclavo liberto que había ido a la casa de los Clemens “a limpiar unas ventanas y se quedó casi la mitad de una generación”. Mark Twain dice que “no había nada de común en él” y que era una persona muy apreciada y respetada en toda la comunidad de Hartford. George tenía habilidad para los negocios, era un exitoso apostador y también prestamista (entre muchas otras cosas), y logró hacerse modestamente rico hasta que se hizo rico sin modestia.

Durante un período en que los Clemens se establecieron en Europa, dejó el servicio doméstico y consiguió trabajo de camarero en un exclusivo Club. En realidad, más que camarero terminó siendo banquero o mejor dicho usurero (que viene siendo lo mismo), de acuerdo a lo que dice y parece celebrar Mark Twain:
“Había estado sirviendo como camarero varios años en el Union League Club, haciendo de banquero para los otros camareros, cuarenta en total, y de su propia raza. Les dejaba dinero al mes a un interés muy alto y como fianza se llevaba la prueba escrita en los cheques de sus futuros salarios donde se incluía la deuda y el interés.
También prestaba a hombres blancos de fuera sin otro tipo de fianza más que dos relojes de oro y diamantes. Tenía como un sombrero entero de estas baratijas en la caja fuerte del Club. Los tiempos que corrían eran tiempos de desesperación, el fracaso y la ruina estaban en todas partes, el dolor aparecía en cada rostro; yo no había visto nada igual en mi vida y no he vuelto a verlo desde entonces. Pero el arca de George flotaba serena sobre las aguas turbulentas, sus dientes blancos brillaban a través de su agradable sonrisa de antaño; era una persona próspera y feliz, casi la única así de establecida que conocí en Nueva York”.
En ese lugar trabajó hasta el día de su fallecimiento. Y la forma en que Mark Twain maneja este acontecimiento, asociando el dolor que le produce el deceso de George a la pérdida de su hija Susy, es sorprendente y reveladora. Es, sin duda, una muestra de la extraordinaria densidad humana del gran escritor:
“Estuvo sirviendo allí hasta su muerte en 1897, manteniendo fielmente una correspondencia con nuestra familia todo ese tiempo y devolviendo con intereses todo el cariño que los niños sentían por él. Susy dejó este mundo un año antes de que George muriera. Él estuvo cumpliendo sus deberes en el Club hasta la medianoche del 7 de mayo. Fue entonces cuando se empezó a quejar de un dolor en su corazón y se acostó. Lo encontraron muerto a la mañana siguiente. Nosotros vivíamos en Londres por aquel tiempo. Pronto me enteré de lo que había pasado, pero se lo oculté a la familia tanto tiempo como pude, teniendo en cuenta que la medianoche de la pérdida de Susy aún se cernía sobre ellos y habrían sido incapaces de soportar otra pena añadida. Sin embargo, a medida que fueron pasando los meses y no recibíamos ninguna carta de George en respuesta a las suyas, se empezaron a inquietar e iban a escribirle otra vez para preguntarle qué pasaba cuando yo no tuve más remedio que hablar”.
Otra de las historias entrañables del pequeño y jugoso libro de Twain concierne al tema de la educación de los sentimientos y el amor y respeto por los animales. De hecho, toca una fibra muy sensible que no deja indiferente a ninguna persona de concepto cuando se pronuncia contra la crueldad y el maltrato que sufren esos seres a los que hemos condenados históricamente a una especie de infierno. Es sobrecogedora la descripción de cómo apaga la vida y el canto de un ave tan inofensiva como inocente. Una que cantaba “desde la inocencia de su corazón. Es maravillosa su idea de una educación o pedagogía natural a la que contribuyen tanto los padres como los amigos, libros y maestros, sirvientes, visitantes, perros y gatos, amén de los múltiples sabores y sinsabores de la vida. Eso que llama “El incansable y sempiterno impacto de influencias externas en la construcción de la personalidad”... :
“Como ya he indicado, la señora Clemens y yo, y la señorita Foote, la institutriz, éramos los educadores de los niños -unos particularmente conscientes e intencionados, con diferentes grados de eficacia y cada uno dentro de sus posibilidades. Y nuestra labor se veía reforzada por una multitud de involuntarios y accidentales formadores como, por ejemplo, sirvientes, amigos, visitantes, libros, perros, gatos, caballos, vacas, accidentes, viajes, alegrías, penas, mentiras, calumnias, oposiciones, persuasiones, seducciones del bien y del mal, traiciones y fidelidades. El incansable y sempiterno impacto de influencias externas en la construcción de la personalidad, que empiezan su enérgico asalto en la cuna y que solo pueden acabar en la tumba, se sumó a nuestros esfuerzos. Los libros, el hogar, el colegio y el púlpito pueden y deben encargarse de dirigir —es su limitada pero noble y poderosa tarea— mas los numerosos inconscientes educadores hacen el trabajo de verdad, y sobre ellos los responsables superintendentes no tienen mucha supervisión ni autoridad.
“La enseñanza consciente es buena y necesaria, y en cientos de ejemplos cumple su propósito, mientras que en cientos de otros fracasa, y si el objetivo se alcanza de alguna manera, es mediante algún otro agente o influencia.
Supongo que en una mayoría de casos los cambios se dan en nosotros sin que nos demos cuenta de ellos en el momento, y más adelante en la vida le damos el mérito de ellos si es que es mínimamente creíble, a mamá, al colegio o al púlpito. Pero sé de un caso en el que algo cambió dentro de mí por medio de una influencia externa -ahí donde la enseñanza había fallado—, y yo fui plenamente consciente de esta alteración cuando ocurrió. Y así pues, sé que el hecho de que en más de cincuenta y cinco años no haya lastimado gratuitamente a ninguna criatura muda no se debe a mi hogar, al colegio ni al púlpito, sino a una influencia externa momentánea.
Cuando yo era solo un niño, mi madre pedía clemencia para los peces y los pájaros e intentaba persuadirme de que les perdonara sus vidas, pero yo seguía matándolos sin inmutarme. Hasta que un día disparé a un pájaro que estaba posado en un enorme árbol y que, con su cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, entonaba una agradecida melodía desde la inocencia de su corazón.
El pobre se desplomó, aleteando con delicadeza hasta caer tieso y desolado a mis pies, su canción apagada y su inofensiva vida extinguida. Yo no tenía necesidad de matar a esa inocente criatura, la aniquilé por capricho y sentí entonces todo lo que un asesino siente: la tristeza y el remordimiento cuando el hecho le persigue hasta su casa y él desea que ojalá pudiera volver atrás y así limpiar otra vez sus manos y su alma de las impurezas de una sangre acusadora. Un apartado de mi educación, hasta ese entonces largamente trabajado sin obtener muchos frutos, se cerró por gracia de una única influencia externa y gratuita, y desde entonces ya pudimos quitar el letrero, esconder los libros y las amonestaciones para siempre.
“A cambio, yo les insistía a los niños en que no hirieran a los animales, y también les exhortaba a proteger a los más débiles de los más fuertes. Esta enseñanza fue un éxito —y no solo en espíritu, sino también en la práctica—. Cuando Clara era pequeña -tan pequeña como para llevar un zapato del tamaño de una prímula— un día de pronto golpeó con fuerza el suelo con ese mismo zapato, lo arrastró hacia sí como si fuera un rastrillo, y se inclinó para examinar los resultados. Nosotros la interrogamos y ella se explicó: ‘¡La malvada hormiga grande estaba intentando matar a la pequeñita!’. Cabe decir que ninguna de las dos sobrevivió la generosa intervención”.



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sábado, 20 de junio de 2020

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (11): Un bosquejo de familia

Pedro Conde Sturla 
19 junio, 2020
Casa de la familia de Mark Twain en Hartford
Es probable que Mark Twain empezara a escribir “Un bosquejo de familia” a raíz de la muerte de Susy, que era su hija mayor. Había fallecido, como se sabe, de meningitis a los 25 años y Mark Twain acusó el golpe. Era uno de esos golpes de los que habla Vallejo en “Los heraldos negros”:
“Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma... ¡Yo no sé!”
Sin embargo, “Un bosquejo de familia” es una obra extrañamente apacible. Lo que describe Mark Twain es la manera en que sus hijas van llenando su vida de luz, de contenido, de maravillosas horas felices. Parecería que se refugia, como quien dice, en la dicha de otro tiempo. Las mira jugar y crecer, las observa, las estudia, las educa con un método, un sistema desprovisto de autoritarismo. Las describe, minuciosamente, con un tono no exento de orgullo paterno, por supuesto. Y con un inusitado distanciamiento. Uno sabe que Mark Twain tenía el alma hecha jirones cuando escribió este relato, pero en ningún momento incurre en estridencias. El tono es siempre reposado, austero:
“Clara Langdon Clemens nació el 8 de junio de 1874, hecho que supuso una nueva influencia en el desarrollo de Susy.
Una madre y un padre no son más que dos —de hecho, para ser exactos, son uno y un décimo- y juegan su parte como educadores, pero en algunas cuestiones, otro tipo de educadores trabajan más que ellos, siendo su número mayor y más abundantes sus oportunidades -me refiero, claro, a los hermanos y sirvientes—. Susy era rubia, Clara, morena, y llegaron al mundo con temperamentos complementarios.
“Con el paso del tiempo, los ideales de cada una influyeron en los de la otra y sus personalidades se fueron adaptando y transformando, no en un alto grado, por supuesto, sino en matices.
“Las dos niñas tenían buenas cabezas, pero estas no estaban equipadas de la misma manera; Susy, cuando su alma reposaba, era reflexiva, soñadora y espiritual; Clara estaba alerta en todo momento, tenía iniciativa, era emprendedora, tenía los pies en la tierra, era ordenada y práctica.
“Alguien dijo que Susy estaba hecha de espíritu, Clara, en cambio, de materia —una generalización que las apariencias justificaban en aquel momento, pero que era injusta con Clara, como demostraron los años que habían de venir.
“En su tierna edad, Clara se las arregló para disimular algunos de los elementos más destacables de su persona.
Susy era sensible, asustadiza y cuando estaba en peligro, tímida; Clara no se amedrentaba, no era tímida y tenía cierto gusto por las aventuras arriesgadas. Susy poseía gran coraje moral, y lo mantuvo elevado a costa de ejercitarlo.
“Revisando el cuaderno en el que apuntábamos los comentarios y frases de las niñas, parecería que destacásemos las de Susy porque eran sabias, las de Clara porque eran robustas y pragmáticas, y las de Jean porque estaban construidas de una manera extrañamente peculiar”.
Mark Twain reconstruye de una manera lúcida y coherente, con multitud de sorprendentes detalles, el mundo en que vivió su adorada Susy. Un mundo en el que no era sólo el padre, era el amigo, el confidente, el compañero de juegos, a veces el tigre y el elefante que las niñas perseguían en una jungla de libros:
“Durante los primeros años de Susy y Clara, pasábamos nueve meses al año en la casa que nos hicimos en Hartford, Connecticut. Empezamos a construirla cuando nació Susy, en 1872, y la terminamos y entramos a vivir en ella el día en que Clara cumplía años en 1874.
“En esos días ya tan lejanos nos dedicábamos a la cacería, y la biblioteca era nuestro coto particular, nuestra “jungla” gracias al poder de la imaginación, y allí era donde dábamos caza al tigre y al león. Yo era el elefante, y llevaba a Susy o a Clara sobre mis espaldas-a veces incluso a las dos y ellas cargaban con las armas y disparaban a las presas”.
Como puede apreciarse, no hay sentimentalismo ni lagrimas fáciles. Sólo de vez en cuando el escritor se permite una queja, un lamento en sordina:
“George, el antaño esclavo de color, estaba con nosotros por entonces. En total estuvo dieciocho años a nuestro servicio y era tan bueno como negro de piel –un sirviente en términos de la profesión que ejercía, miembro de la familia si hacemos referencia al cariño y a la diversión–. Él era el león, también el tigre—; de hecho, preferiblemente el tigre, pues como león su rugir era demasiado robusto y estropeaba la caza porque asustaba a Susy.
“El elefante se ha marchado, al igual que una de las cazadoras; la otra ya descansa, y el tigre y los días de caza ya hace tiempo que pasaron”.
El bosquejo de familia es un gran fresco, un maravilloso cuadro en el que siempre están al centro Susy, Clara y Jean, las hijas de la familia Clemens Langdon. Pero no menos importancia tienen los demás personajes, toda una serie de fascinantes personajes que forman parte tanto del servicio como de la familia y desempeñan roles de singular importancia en la educación de las niñas. Una educación carente de prejuicios:
“Al principio teníamos con nosotros a Patrick McAleer, el chófer, que nos había servido desde el día de nuestra boda, el 2 de febrero de 1870. Se quedó veintidós años con la familia, se casó poco después de llegar, crío hasta a ocho niños bajo nuestro servicio y les dio una buena educación.
Rosa, la niñera, también formaba parte de nuestra casa en esos tempranos años y se quedó hasta doce primaveras.
Katy coincidió con ella y con George y Patrick. Nos acompañó a Europa dos veces y aquí sigue con nosotros en la actualidad. A la mayoría de nuestros viejos amigos estos nombres les resultarán familiares y se acordarán de sus portadores y, también, de que cada uno tenía una personalidad interesante y fuera de lo común.
No serían capaces de olvidarse de George, el hombre de color. Puedo extenderme un poco sobre su historia sin deshonestidad, debido a que ya no forma parte de este mundo ni le interesan las cosas con este relacionadas.
George fue un accidente. Vino a limpiar unas ventanas y se quedó casi la mitad de una generación. Nació esclavo de Maryland, la Proclamación lo libero, y como adolescente vio con sus propios ojos una buena parte de la Guerra Civil al servicio del general Devens”.
Algo digno de mención es el ambiente en que se movían, un ambiente multicultural, polifónico, todo un sorprendente mosaico cultural y racial en el que la armonía se mantenía en base a un difícil equilibrio que Mark Twain atribuye a las habilidades diplomáticas de George:
“No tenía precio, ya que sus amplios conocimientos y su buen carácter compensaban sus defectos. Ponía paz en la cocina, de hecho, la mantenía, ya que gracias a su buen juicio, espíritu justo y lengua apaciguadora, calmaba las disputas en ese lugar antes de que fueran a más. Los materiales para la guerra estaban ahí. Hubo un momento en el que teníamos un cocinero de color —presbiteriano—, George —metodista–, Rosa, la niñera alemana —luterana–, Katy, americano-irlandesa —católica romana—, Kosloffska, nodriza polaca-católica ortodoxa—, y Mary ‘la inglesa’, algo así como una inconformista–, aunque bajo la influencia benigna de George y debido a su capacidad diplomática, todos formaban una familia feliz y así permanecieron”.



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sábado, 13 de junio de 2020

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (10): Un bosquejo de familia

Pedro Conde Sturla
12 junio, 2020
La vida de Mark Twain parece en más de un sentido una broma pesada, una jugarreta del destino, una mala pasada. Sus padres procrearon siete hijos, de los cuales fallecieron tres a la más tierna edad. Apenas cuatro de ellos vivieron más allá de la infancia, como era común entonces. Mark Twain sería uno de los afortunados. Vivió hasta los setenta y cinco años una vida de infortunio: de grandes éxitos literarios y grandes infortunios.
Las desgracias familiares empezaron a ocurrir desde su más tierna edad. Su hermano Pleasant murió en 1829 cuando apenas tenía seis meses. Su hermana Margaret falleció en 1939 a los nueve, cuando él tenía tres años, y su hermano Benjamin a los diez en 1842, tres años después, cuando Twain tenía seis años. Su padre murió a los 48, en 1847 dejándolo huérfano a los once. Su hermano Henry murió en la explosión de una caldera en 1848 a los veinte años. Los sobrevivientes fueron su hermano Orion, que vivió hasta 1897 y su hermana Pamela que vivió hasta1904. Su madre, Jane Lampton Clemens, tuvo una larga vida: nació en 1803 y murió en 1890 a la edad de 87 años.
Mark Twain se casó en 1870 con Olivia Langdon, una mujer excepcional que fue el amor de su vida. Con ella tuvo un hijo y tres hijas y parecía que el hado le había dado una tregua, un espacio de tiempo para restañar sus heridas. Pero no fue así. La desgracia lo perseguía y lo perseguiría hasta el fin de sus vidas.
Uno tras otro, en el curso de su amarga existencia. vería morir a cuatro de esos cinco seres queridos. Su primogénito, Langdon Clemens, murió en 1872, posiblemente de difteria o pulmonía a los diez y nueve meses, y Mark Twain hizo una crisis terrible: siempre se sintió culpable por haberlo sacado a pasear en un día muy frío y al parecer poco abrigado.
Para peor, su hija Susy (Olivia Susan), que sufría desde pequeña crisis epilépticas, falleció de meningitis en 1896 a la edad de 25 años, mientras Mark Twain se encontraba en el extranjero en una gira de conferencias.
Su esposa Olivia también había sido enfermiza desde muy joven, había padecido de algún tipo de tuberculosis y tenía una salud quebradiza. Sus quebrantos, agravados por la pérdida de sus hijos y la depresión, se agudizaron a partir de 1903 y quedó al parecer inválida o muy limitada en sus movimientos a causa de espondoliosis, una “afección degenerativa de la columna vertebral”.
Los Clemens se trasladaron entonces a Italia, en busca de un mejor clima. Pero Olivia fallecería en Florencia en 1904 de un paro cardíaco. Mark Twain quedaría nuevamente devastado, pero todavía no se había saciado la fortuna, esa “fortuna, de su mal no harta” como decía Cervantes (1). A Mark Twain le faltaba todavía ver partir a su hija pequeña, la pequeña Jean, que murió en la nochebuena de 1909, y también a su gran amigo Henry Roger, a causa de un accidente cardiovascular. Ya no le quedaban fuerzas ni ganas de vivir. Cuatro meses después fue impactado por un infarto agudo de miocardio, el 21 de abril de 1910 en Redding (Connecticut). En cambio Clara, su hija mediana, vivió hasta 1962. Fue el único de sus seres más queridos al que no vió morir.
Twain escribió, vivió y padeció entre1835 y 1910, entre la llegada y el regreso del cometa Halley con el cual se sentía de alguna manera identificado. En1909, poco antes de morir, escribió:
“Vine al mundo con el cometa Halley en 1835. Vuelve de nuevo el próximo año, y espero marcharme con él. Será la mayor desilusión de mi vida si no me voy con el cometa Halley. El Todopoderoso ha dicho, sin duda: ‘Ahora están aquí estos dos fenómenos inexplicables; vinieron juntos, juntos deben partir’. ¡Ah! Lo espero con impaciencia”.
Su vida fue un largo, un quizás incesante desgarramiento existencial, una sucesión de trágicos eventos que dejaron huella en sus libros, en el pesimismo que destila gran parte de su obra, en su a veces macabro sentido del humor. Pero Mark Twain escribió un texto muy especial sobre su familia, “Un bosquejo de familia” que sorprende o deslumbra, o ambas cosas, por su fina textura, por la delicadeza y suavidad del pensamiento, por la aparente falta de resentimiento con que describe los más amargos capítulos de su vida. Mark Twain no le daba sentido al dolor, como hacen o pretenden hacer los cristianos, no lo consolaba la idea de otra vida que habría de venir. Era más bien estoico, alguien que a fuerza de sufrimiento se había construido una coraza que le permitía ejercer un dominio sobre sí mismo.
Detrás de cada palabra de “Un bosquejo de familia” está el hombre que sabe tomar distancia del pesar que lo embargaba sin dejar de traducir sus emociones. Sorprende la mesura, la parquedad de la expresión, el equilibrio emocional que refleja, por ejemplo, la descripción de la hija fallecida a destiempo. El dolor frío, contenido en el límite, por la muerte de la hija, por la hija reintegrada, como diría Moreno Jimenes.
Un bosquejo de familia
Mark Twain
Susy nació en Elmira, Nueva York, en casa de su abuela, la señora Olivia Langdon, el 19 de marzo de 1872, y después de probar y degustar la vida, junto con sus problemas y misterios, bajo diversas circunstancias y por lugares distintos, la misma casa fue testigo de cómo la llevamos al cementerio el 20 de agosto de 1896 a la edad de veinticinco años.
Tenía todo un repertorio de sentimientos, y estos eran de todo tipo y magnitud; y era tan volátil de niña, que a veces todos en su conjunto entraban en juego durante el corto transcurrir de un día. Estaba llena de vida, de actividad y de fuego. Sus horas de vigilia consistían en una apresurada procesión de entusiasmos que se diferenciaban los unos de los otros tanto en origen y aspecto como en temática. Alegría, tristeza, enfado y remordimiento; tormenta, luz, lluvia y oscuridad —allí estaban todos—: se presentaban en un instante y con la misma premura ya se habían marchado. Su aquiescencia era vehemente, su desaprobación, igualmente colérica, y las dos se desvanecían con rapidez. Sus lazos afectivos eran fuertes, y hacia algunas personas, el amor adquiría el carácter de la adoración.
Especialmente así era su actitud hacia su madre. En todas las cosas desprendía intensidad: y no estoy hablando de un mero brillo que emitiera calor, sino de un fuego incontenible. Su madre se las arreglaba para manejarla, pero cualquier otro que lo intentara estaba destinado al fracaso. La gobernaba por medio de las emociones y con mucho tacto, haciendo uso de una verdad libre de engaño o truco alguno, de una firmeza constante, y de un sentido de la justicia insobornable, que juntos nutrían la confianza de la muchacha.
Susy aprendió desde muy pequeña que había una persona que no le diría lo que no era y cuyas promesas, tanto de recompensa como de castigo, se mantendrían siempre de manera estricta; que había alguien a quien obedecer, pero cuyas órdenes no se impondrían nunca de forma ruda o con muestras de enfado.
Debido a su educación, Susy cumplía sus mandatos casi siempre de forma inmediata y voluntaria, y raramente con desgana. Respondía ya automáticamente a fuerza de hábito y apenas le suponía siquiera un esfuerzo. Desde muy temprana edad ella y su madre se hicieron amigas, compañeras, íntimas y confidentes y permanecieron así hasta el final.
(1)(http://www.dendramedica.es/revista/v10n2/Mark_Twain.pdf. l



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sábado, 6 de junio de 2020

El regreso de las naves (4 de 4)

Pedro Conde Sturla
5 junio, 2020
Quizás lo peor de todo, en relación a la expedición de Magallanes, es que a pesar de los tantos medios invertidos, los sacrificios y los numerosos muertos que costó, el descubrimiento del estrecho no sirvió nunca para nada. El estrecho era y sigue siendo una trampa mortal para todo tipo de embarcaciones, peligroso en extremo, y por demás inútil. Muchos barcos más se perderían, otros motines se producirían, flotas enteras quedarían destartaladas a causa de los vientos.
Un uso práctico le darían los pescadores de ballenas y sobre todo Francis Drake, que “lo utilizará, medio siglo más tarde, como escondrijo, para, desde allí, irrumpir en las colonias españolas de la costa occidental y saquear los barcos que llevan la plata”.
Prontamente quedó el glorioso descubrimiento del estrecho en el olvido, reducido a una mera curiosidad geográfica. Para peor, ni siquiera el descubrimiento de la Islas Molucas, las fabulosas islas de las especies, dio a España los beneficios que había de esperar. Magallanes había pagado por ellas con la vida y el emperador Carlos I las vendió a Portugal a precio de vaca muerta.
Capítulo 13
Los muertos no tienen razón (úlima parte)
Stefan Zweig
Circunstancia más trágica todavía: el mismo hecho a que Magallanes lo ha inmolado todo, incluso él mismo, resulta vano, al parecer. Magallanes quiso ganar, y ganó, las islas de las especias para España, poniendo su vida en la empresa, y he aquí que lo que él empezó como gesta heroica acaba en mísero mercado: por trescientos cincuenta mil ducados revende el emperador Carlos a Portugal las islas Molucas. El camino de Occidente que encontró Magallanes es poco frecuentado, el estrecho que él inauguró no reporta dinero ni ganancia alguna. Hasta después de su muerte persiguió la desdicha a quienes en Magallanes confiaron, pues casi todas las flotas españolas que quieren emular su arrojo de navegante naufragan en el estrecho de su nombre, y los españoles y los navegantes, temerosos, preferirán arrastrar sus cargamentos en largas caravanas por el estrecho de Panamá, antes que correr el riesgo de cruzar los sombríos fiordos de la Patagonia. Tan general se hace al fin la reputación de peligroso del estrecho de Magallanes -cuyo descubrimiento tan universalmente fue festejado-, que cayó en olvido dentro de la misma generación, convirtiéndose en un mito, como antes.
Treinta y ocho años después de la travesía de Magallanes, en el famoso poema La Araucana se manifiesta abiertamente que el estrecho de Magallanes ya no existe, que se ha hecho difícil de hallar e intransitable, ya sea porque un monte lo ataje o porque una isla se le interponga.
Esta secreta senda descubierta / quedó para nosotros escondida, / ora sea yerro de la altura cierta, / ora que alguna isleta remorida/ del tempestuoso mar y viento airado / encallando en la boca la ha cerrado.
Tan desechado queda, tan legendario se hace, que el osado pirata Francis Drake lo utilizará, medio siglo más tarde, como escondrijo, para, desde allí, irrumpir en las colonias españolas de la costa occidental y saquear los barcos que llevan la plata. Hasta entonces no vuelven a acordarse los españoles de la existencia del estrecho, y construyen a toda prisa una fortificación para impedir el paso a otros filibusteros. Pero la desdicha persigue a todos cuantos son seguidores de Magallanes. La flota que Sarmiento conduce al estrecho por encargo del Rey, naufraga; la fortaleza que ha construido se derrumba lastimosamente y el nombre “Puerto del Hambre” perpetúa los horrores sufridos por sus colonizadores. Unos pocos balleneros que van y vienen son los únicos barcos que frecuentan el estrecho de Magallanes, el que éste había soñado como la gran vía comercial de Europa a Oriente. Y cuando un día de otoño del año 1913 el presidente Wilson aprieta en Washington el botón eléctrico que abre las compuertas del canal de Panamá, y con ello une para siempre ambos océanos, el Atlántico y el Pacífico, queda el estrecho de Magallanes reducido a la inutilidad absoluta. Sellado su destino, desciende a la categoría de puro concepto histórico, de simple idea geográfica. No es ya el tan buscado paso la ruta de millares y millares de barcos, ni el más próximo y rápido camino de las Indias; ni es más rica España ni más poderosa Europa por su descubrimiento; hoy mismo, de todas las zonas del mundo habitables, las costas entre Patagonia y Tierra del Fuego cuentan como las más abandonadas y pobres de la tierra.
Pero, en la Historia nunca la utilidad práctica determina el valor moral de una conquista. Sólo enriquece a la Humanidad quien acrecienta el saber en lo que le rodea y eleva su capacidad creadora. En este sentido, la hazaña de Magallanes supera a todas las de su tiempo y significa para nosotros una gloria singular en medio de sus glorias: la de no haber inmolado, como ocurre la mayor parte de las veces, la vida de miles y centenares de miles por su idea, sino solamente la propia vida.
Por la gracia de tal heroísmo perdurará la proeza magnífica de esos cinco endebles y solitarios barcos que salieron para la guerra santa de la Humanidad contra lo ignoto; e inolvidable será también el nombre del primero que defendió la idea osada de la vuelta al mundo hasta la última de sus naves. Porque con la medida del circuito de nuestro planeta, perseguida en vano desde hacía mil años, la Humanidad adquiere una nueva idea de su capacidad, puesto que, en la magnitud del espacio ganado, se le revela, acrecentando su gozo y su valor, la propia grandeza. El hombre da lo mejor de sí con un ejemplo, y si hay un hecho que pruebe algo es el de Magallanes, que, contra todo olvido, traspasará los siglos para dar testimonio de que cuando una idea vuela con las alas del genio, cuando se lleva adelante denodadamente y con pasión, es más fuerte que todos los elementos de la Naturaleza; y que está destinado siempre al hombre único, a un individuo con su menguada vida fugaz, el poder convertir en realidad y en verdad perdurable lo que ha sido un deseo soñado durante las cien generaciones que le precedieron.
FIN l
(Stefan Zweig, “Magallanes, La aventura más audaz de la humanidad”), https://www.biblioteca.org.ar/libros/131355.pdf).



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sábado, 30 de mayo de 2020

El regreso de las naves (3)

29 mayo, 2020
Monumento a Silapulapu o Lapulapu en la ciudad filipina con su nombre. 

Pigafetta admiraba a Magallanes, aunque no tanto como Stefan Zweig. Había tenido con él ciertas dificultades durante la primera parte de la odisea, pero poco a poco se habían limado entre ambos las asperezas y terminaron estableciendo una buena relación. Durante el proceso que en España se siguió a los sobrevivientes de la nao Victoria y a los desertores de la San Antonio, empezó a darse cuenta que la justicia no favorecía a los partidarios de Magallanes y decidió mantener silencio. Se fue del lugar en cuanto pudo, asqueado quizás por el rumbo que tomaban las cosas, por las mentiras de los falsarios y aduladores que pretendían hacer de los méritos de Magallanes tabula rasa.
Respecto a Elcano también mantiene silencio. Pero es otro tipo de silencio. Un silencio elocuente, una anatema, quizás, contra el oportunista que ha suplantado al gran capitán. Un usurpador que se hizo con gloria y beneficios que no le correspondían:
“Ni una palabra —dice Stefan Zweig— dedicará a Elcano en su narración del regreso: escribe invariablemente: “navegamos”, “decidimos”, para denotar que Elcano no hizo ni más ni menos que los otros. Podía la corte recompensar a los que se lucraron con la casualidad, pero a Magallanes era debida la verdadera gloria, a él, que ya no puede verlo. Con una fidelidad impresionante se pone Pigafetta al lado del vencido, y sale con palabra persuasiva a favor del que ya no puede hablar.
“Espero -escribe Pigafetta en la dedicatoria de su libro al gran Maestre de Rodas- que la fama de un capitán valeroso como fue él, jamás se borrará de la memoria del mundo. Entre las otras muchas virtudes que le adornaban, sobresalía la de su firmeza, superior a la de los demás, hasta en medio de la mayor desgracia. Soportó el hambre con más paciencia que otro alguno. No había otro hombre en toda la tierra tan entendido en el conocimiento de los mapas y de la náutica. Y la verdad de esto se manifiesta en que llevó a cabo lo que antes nadie supo ni tuvo ánimo para llegar a descubrir.”
El Magallanes de Stefan Zweig es un personaje idealizado en extremo, casi un santo de altar. Parecería que la empresa a la que dedicó cuerpo y alma tenía un carácter mesiánico, espiritual, y no un propósito mercurial. No habían ido, al parecer, tras las inmensas riquezas de las islas de las especierías:
“La muerte es quien descifra el último secreto vital de una figura; hasta el postrer momento, en que su idea llega a feliz realización, no se manifiesta la íntima tragedia de aquel hombre solitario, a quien sólo fue lícito llevar la carga de su misión, sin que pudiera gozar del éxito final. Entre la masa de incontables millones, solamente a él lo escogió la suerte para tal proeza, al callado y taciturno, al encerrado en sí mismo, que estaba dispuesto, sin dejarse doblegar, a sacrificar a su idea todo cuanto en la tierra poseía, y su vida además. Lo eligió sólo para el trabajo, no para el goce, y una vez terminado aquél, lo despidió como a un jornalero, sin darle las gracias. Otros cosechan la gloria de su obra, otros echan la mano a la ganancia y disfrutan del festín; el destino fue exigente con ese recio soldado, como él lo había sido en todo y con todos. Solamente le otorga lo que él había anhelado con todas las fuerzas de su alma: encontrar el camino para dar la vuelta a la tierra, la parte más venturosa de su carrera. Lograr ver únicamente la corona de la victoria, tender la mano hacia ella, pero cuando intenta asegurarla sobre su frente, el destino dice: ‘¡Basta!’, y le abate la mano ansiosamente levantada”.
Hay veces en que parece que la admiración por el personaje se le va de la mano a Stefan Zweig, se desboca. Confunde —como tantos biógrafos e historiadores— la ambición y la codicia con el idealismo. Lo considera “un genio”. Su hazaña es la más grande jamás contada. Tanta admiración por el conquistador y el aventurero traduce al mismo tiempo, en algunas de las páginas menos felices de la obra, un sentimiento racista y colonialista, indigno del brillante escritor:
“¡Un genio que, cual Próspero, ha dominado a los elementos, venciendo todas las tempestades y sometiendo a los hombres, es vencido por un ridículo insecto humano llamado Silapulapu!”.
A pesar de todo, no deja de ser indignante, aleccionador, el relato que hace Stefan Zweig sobre la forma desvergonzada en que fue premiada la deslealtad de los hombres que abandonaron y calumniaron a Magallanes y la suerte que sufrieron aquellos que permanecieron fieles:
Capítulo 13
Los muertos no tienen razón (continuación)
Stefan Zweig
Esto es lo único que le fue concedido a Magallanes, el hecho, mas no su áurea sombra: el triunfo y la gloria temporal. Nada tan conmovedor, en este instante en que el propósito de su vida llega a realizarse, como la lectura de su testamento. Todo lo que, a punto de regresar, fue su anhelo, se lo niega la suerte. Nada le responde de lo que en aquella “capitulación” quiso legitimar como suyo y de los suyos. Ni una sola disposición -literalmente, ni una siquiera- de las que con tanta previsión y tino asentó en su última voluntad, se cumple, después de su heroico tránsito, con sus sucesores, y le es negado despiadadamente hasta el más puro y santo de sus deseos. Magallanes había precisado el sitio de su entierro en la catedral de Sevilla, y el cadáver se corrompe en una playa remota. Treinta misas dispuso que fueran rezadas sobre su tumba, y, en vez de esto, se oyen los aullidos triunfales de la horda de Silapulapu alrededor de su cuerpo mutilado ignominiosamente. Tres pobres debían recibir vestidos y comida el día de su entierro, y ni uno solo tendrá la comida, ni el par de zapatos, ni el vestido gris. Nadie será llamado -ni el más humilde mendigo- “para rezar por el bien de su alma”. Los reales de plata que destinaba a la Santa Cruz, y las limosnas para los presos, y los legados a los conventos y asilos, no serán satisfechos. -Porque nada ni nadie se presta al cumplimiento de sus últimas voluntades, y aun en el caso de que sus camaradas hubiesen trasladado su cuerpo al hogar, no hubieran encontrado en éste un maravedí para pagar la mortaja.
¿Pero no son ricos, al menos, los herederos de Magallanes? ¿No va a la sucesión, según el pacto, un quinto de todas las ganancias? ¿No es su viuda una de las señoras de más posición de Sevilla? ¿No son sus hijos, nietos y bisnietos, los Adelantados y Gobernadores hereditarios de las islas recién descubiertas? No; nadie hereda de Magallanes pues nadie de su sangre vive ya para exigir la herencia, durante aquellos tres años han muerto su esposa Beatriz y los dos hijos, todavía menores. Queda extinguida la descendencia de Magallanes. Ni hermano, ni sobrino, ningún consanguíneo vive para recoger su escudo. ¡Ni uno tan sólo! Fueron vanos los cuidados del hidalgo, del esposo y del padre, y baldío el piadoso deseo del creyente cristiano. Le sobrevive su suegro, Barbosa, pero ¡cómo debe maldecir el día en que aquel huésped sombrío, aquel “holandés errante” entró en su casa! Hizo suya a la hija, y esta hija ha muerto; se llevó a su hijo en la expedición, el único hijo que tenía, y no ha vuelto con los supervivientes. ¡Qué terrible atmósfera de desdichas en torno al hombre único! A quien fue su amigo y su apoyo lo ha arrastrado a su mismo destino siniestro, y quien en él confiaba lo ha pagado caro. A todos los que estaban con él y por él, les ha sorbido la felicidad, como un vampiro, en los azares de su acción: Faleiro, su asociado un tiempo, se ve preso al llegar a Portugal. Aranda, que le allanó el camino, envuelto en infamantes inquisiciones, pierde todo el dinero que por Magallanes había arriesgado. Enrique, a quien había prometido la libertad, vuelve a ser tratado como esclavo. Mesquita, su primo, es aherrojado tres veces por haberle sido fiel; Serrão y Barbosa le siguen en la muerte con pocos días de diferencia, como arrastrados por el mismo sino, y únicamente el que le ha sido contrario, Sebastián Elcano, se hace con toda la gloria y la ganancia de los que murieron fieles.
(Stefan Zweig, “Magallanes, La aventura más audaz de la humanidad”), https://www.biblioteca.org.ar/libros/131355.pdf). 



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viernes, 29 de mayo de 2020

ALICIA

(Un relato de Monedas en la fuente)
Pedro Conde Sturla



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Los padres ahora te reciben con esa fría cortesía que ha suplantado la confianza, el cariño casi familiar de otra época. Aceptan con la misma frialdad las sentidas condolencias, el pésame por la muerte de su hija y tú te alejas, te alejas simplemente de la fila que desfila para expresar con pálidas palabras, con efusión de abrazos un dolor que no sienten como tú, que nadie puede sentir como los padres. Esos padres que ahora no te quieren a su lado. Tú lo sabes, sabes que no te quieren a su lado y te pierdes entre la numerosa concurrencia, saludas a un conocido, no son muchos, aparte de la familia no son muchos y al hermano de Alicia, tu amigo de otro tiempo, no lo encuentras. No está en ese momento. ¿Por qué te fuiste sin avisar?, te hubiera preguntado. Nadie sabe cómo contrajo esa enfermedad.
Al fondo del salón, entre el incesante movimiento de la gente, los murmullos y las manifestaciones de pesar, alcanzas a ver el ataúd, los despojos de Alicia, te acercas y la miras, el rostro demacrado, te la quedas mirando fijamente, hipnotizado por la extraña fascinación de la muerte y empiezas poco a poco a recobrar el sentido de la realidad, o de la irrealidad pasada que confundes con la realidad presente, y la sigues mirando fijamente sin poder apartar los ojos de esa imagen, la imagen que ahora se funde en la pantalla de tus ojos, como en una vieja película, la imagen que da paso a otra Alicia, plena de mocedad, el rostro angelical de Alicia que miraba hacia el parque desde aquella terraza de la casa del segundo piso donde siempre te recibía con un beso.
Ahora lo recuerdas claramente, subes a la casa rodeada por esa gran terraza con vista al parque y los padres te reciben como a un hijo y el hermano te recibe como a un hermano y Alicia con un beso en el cachete. Eran novios o algo así, creían los padres, pero nunca pasaron de un beso en el cachete y un apretón de manos. Novios de mentirillas, de mucho hablar de cine y literatura. Sólo los padres y el hermano pensaban que aquella relación superficial tenía raíces más profundas y tuviste que pagar por ese equívoco cuando te fuiste sin avisar, sin despedirte de nadie, sin dar noticias de tu paradero durante años. Una ausencia injustificable, sin duda, que te rebajó para siempre en el afecto familiar.
Plena de mocedad, el rostro angelical, así era Alicia. No la marchita cera de un rostro demacrado por meses de sufrimiento que ahora miras, que no puedes dejar de mirar fijamente, todavía hipnotizado por la fascinación de la muerte, de una muerte que te toca tan de cerca en ese ambiente funerario tan parecido a un jolgorio, y piensas contra tu voluntad en cosas en que no quieres pensar, en cosas que no quieres recordar y recuerdas.
A veces Alicia no estaba cuando llegabas y te ponías a esperarla en la terraza, charlando con el hermano o leyendo un libro. Alicia solía salir frecuentemente a caminar, salía a trotar y regresaba al poco rato, ardiendo como una tea, a veces tiznado el rostro, rejuvenecida como en una fuente de la juventud: subía de dos en dos los escalones y te plantaba un beso en la mejilla y se iba a bañar.
Tú la idealizabas, tú la venerabas, tú pensabas en ella como algo inalcanzable, excepcional, un sueño irrealizable, algo intocable. Alicia era una criatura espiritual que vivía al margen de todas las cosas mundanas.
La última vez que fuiste a visitarla ella no estaba en la terraza. Alicia ya no estaba. Había salido a caminar, a trotar como de costumbre y tú bajaste, bajaste a comprar cigarrillos en el colmado de abajo, junto al taller de mecánica. La puerta entreabierta al fondo.
De repente empezaste bruscamente a sentir que la sangre se helaba en tus venas, te convertías en hielo, en estatua de hielo.
No podías creer lo que creíste cuando ibas a comprar cigarrillos y pasaste frente al taller de mecánica con la puerta entreabierta al fondo. Era la voz de Alicia, apenas perceptible para ti, apenas reconocible en medio del barullo, a través de una puerta entreabierta, inequívocamente la voz de Alicia en la parte trasera del taller de mecánica, aullidos de placer de una gata en calor, aullidos de placer de Alicia.
Te asomaste con discreción a la puerta entreabierta. Alicia casi desnuda, Alicia al revés y al derecho en manos de dos mecánicos tiznados y desnudos, Alicia como una gata loca gozando en cuatro patas con los mecánicos, Alicia pidiendo más, Alicia insaciablemente pidiendo más y los mecánicos complaciéndola hasta el cansancio. Alicia sobre una mesa gozando como una loca, dando gritos de loca complacida, ofreciéndose a mecánicos que la gozaban como un pedazo de carne, ofreciéndose como pura piltrafa gozosa a gente que la trataba como piltrafa.
Tú atontado, sin resuello, el semblante descolorido, sin poder creer lo que habías visto y oído, con el peso infamante de un dolor y una confusión sin límites. Tú subiendo las escaleras mecánicamente paso a paso y esperándola mientras te fumabas un cigarrillo. Al poco rato Alicia subiendo por la escalera de dos en dos los escalones, alegre como una pascua, tiznado el rostro, rejuvenecida como en una fuente de la juventud, plantándote como siempre un beso en la mejilla antes de irse a bañar.


01/04/2011