sábado, 1 de agosto de 2020

Besos de fuego

Pedro Conde Sturla
03-08-2020 


A mi agradecida lectora y ex alumna        
Nadia Mirqueya Barinas Soñé


El beso, óleo de Gustav Klimt

En una fabulosa película de Giuseppe Tornatore —todo un poema fílmico titulado "Cinema paradiso"—, se cuenta la historia de un cine que es un poco la historia de un pueblo de Sicilia llamado Giancaldo. También es la historia del proyeccionista del cine, que se llama Alfredo, y la de un niño que se convertirá en su ayudante y cuyo nombre se pronuncia Totó, aunque en italiano no lleva acento y puede dar lugar a confusiones.

Durante años, Alfredo y Totó sufren en silencio la  intromisión de la censura eclesiástica, la muy personal censura del cura del pueblo, el padre Adelfio, que a golpes de tijera  elimina de las películas todas las partes pornográficas. Es decir, las escenas románticas donde los personajes de aquella época de insobornable castidad se daban besos con los labios bien apretados, como si en vez de besarse estuvieran apurando una copa de aceite de ricino. El público protestaba, por supuesto, durante la proyección de las películas cada vez que se producía un corte y rabiaba hasta más no poder, pero todo era inútil. La censura siguió ejerciendo durante años su labor de zapa, mutilando lo que muchas veces eran obras de arte, pero no quedaría impune para siempre. Cambiaron los tiempos y el cine fue reconstruido y cambió de dueño. Y cuando por primera vez se permitió ver una de esas escenas donde dos degenerados, dos seres condenados a la perdición se besuqueaban sin rubor, el público estalló de júbilo y el padre Adelfio estalló de indignación. Comprendió quizás oscuramente que todas las almas de sus feligreses estaban perdidas, irremediablemente perdidas. Juró que no volvería al cine a ver películas pornográficas o algo parecido.
Pero lo peor no había pasado todavía. Alfredo, el proyeccionista, había conservado las tiras de celuloide censuradas y las había unido en un rollo, un carrete bastante largo que dejó como legado a su amigo Totó. Allí estaban todos los besos mutilados, todo el horror de aquellos besos que escandalizaban al padre Adelfio, un carrusel de besos, una sinfonía de besuqueos, todo un sinfín de besos. Un suave rozar de labios. Nada de lengüetería, nada de lengüetazos ni salivería. Pero besos al fin. Imperdonablemente besos.
El tema de los besos es algo muy socorrido, todo un lugar común en la historia de la cultura. Hay un famoso tango, por ejemplo, que se llama "Besos de fuego" y es bastante incendiario. Hay una canción igualmente famosa llamada "Bésame mucho", un famoso óleo de  Gustav Klimt llamado "El beso" y así por el estilo. Incluso hay un personaje, todo un personaje de la obra 'Quíntuples", de Luis Rafael Sánchez, que además de ser enano se llama Besos de Fuego. Un enano llamado Besos de Fuego, qué ocurrencia.
Además, recientemente descubrí un blog titulado "Todos los besos", un "Blog de Raúl Amores Pérez, dedicado a mostrar un repertorio de besos descritos en la literatura (en verso, prosa), en la música, en la pintura, la fotografía, el cine, la escultura y los tratados del arte del amor". Ahí parece que están todos los besos del mundo, incluyendo uno del promiscuo José Ángel Buesa que habla de "besar la sombra de otra boca / en cada boca que se besa...".
Uno de mis favoritos es del desconocido José Martínez Jerez, un personaje que al parecer no existe a pesar de la fama acumulada por el poema "Flirt". Sólo se que es el autor de ese poema "perteneciente al libro "Antología de la reminiscencia", de Juan Aragón Osorio de fecha 1965 d.n.e." y sé que es un lindo poema, pleno de pensamientos sugestivos e imágenes ingeniosísimas ("un beso es una rosa que se exprime en los labios", "puede perderse un beso como se pierde un guante"):
"Es absurdo, señora, que os enojéis por eso, / yo os juro que no tiene tanta importancia un beso / para que perpetuéis esa ojera afligida / y creáis deshojada de pudor vuestra vida. / No exige el accidente represalias ni agravios: / un beso es una rosa que se exprime en los labios, / es como una palabra más grave y  expresiva, / es como una mirada más intensa y más viva, /pero que en el armónico mecanismo social, / sólo tiene un efímero valor sentimental, / y al  cabo de una charla distinguida y galante, / puede perderse un beso como se pierde un guante. / Es absurdo, señora, que os enojéis por eso. / No es grave la inquietante mordedura de un beso / y aunque inflame los labios (y el alma) su escozor, / ni se muere de pena, ni aún se enferma de amor. /Pero si fue el ultraje tan ruin y tan villano, / y tan grande la herida de aquel beso tan chico, / ¿por qué dejasteis presa vuestra mano en  mi mano / y sonreís ahora detrás del abanico?"
"Metamorfosis", de Luis Gonzaga Urbina, es otro de los poemas besucones que atesoro. Es, si se quiere,  un poema tonto que habla de un beso que sale volando. Pero la poesía florece o más bien surge como de un manantial, de la delicadeza con que el poeta hilvana sus pensamientos, en  el "voluble giro" que  el poeta imprime a la mano que huyó  "hasta el confín lejano", en "el beso que volaba tras la mano," y "rompiendo el aire, se volvió suspiro". Todo un dechado de orfebrería o ingeniería, de imaginería poética:
"Era un cautivo beso enamorado / de una mano de nieve, que tenía / la apariencia de un lirio desmayado / y el palpitar de un ave en la agonía. / Y sucedió que un día, / aquella mano suave / de palidez de cirio, / de languidez de lirio, / de palpitar de ave, / se acercó tanto a la prisión del beso, / que ya no pudo más el pobre preso / y se escapó; mas, con voluble giro, / huyó la mano hasta el confín lejano, / y el beso que volaba tras la mano, / rompiendo el aire, se volvió suspiro".
Gabriela Mistral también escribió magistrales poemas besucones. Escribió, por ejemplo, el grandioso poema "Besos", y quizás nadie como ella enseñó a besar con "besos que pronuncian por sí solos / la sentencia de amor condenatoria," con "besos que se dan con la mirada", con  "besos que se dan con la memoria". Son algunos de los versos más intensos y realistas de la literatura.
Sólo ella supo decir o se atrevió a decir":
"Yo te enseñé a besar: los besos fríos / son de impasible corazón de roca, / yo te enseñé a besar con besos míos / inventados por mí, para tu boca".


Empresario Hazoury advierte con acciones legales a directivos de Asonahores
 



COVID-19: Explican por qué ya no son necesarias pruebas diagnósticas
 






CNLCC: Próximas autoridades reculan con Punta Catalina
 










 














 

 

Besos de fuego

Pedro Conde Sturla
31 julio, 2020
A mi agradecida lectora y ex alumna
Nadia Mirqueya Barinas Soñé
En una fabulosa película de Giuseppe Tornatore —todo un poema fílmico titulado “Cinema paradiso”—, se cuenta la historia de un cine que es un poco la historia de un pueblo de Sicilia llamado Giancaldo. También es la historia del proyeccionista del cine, que se llama Alfredo, y la de un niño que se convertirá en su ayudante y cuyo nombre se pronuncia Totó, aunque en italiano no lleva acento y puede dar lugar a confusiones.

Durante años, Alfredo y Totó sufren en silencio la intromisión de la censura eclesiástica, la muy personal censura del cura del pueblo, el padre Adelfio, que a golpes de tijera elimina de las películas todas las partes pornográficas. Es decir, las escenas románticas donde los personajes de aquella época de insobornable castidad se daban besos con los labios bien apretados, como si en vez de besarse estuvieran apurando una copa de aceite de ricino. El público protestaba, por supuesto, durante la proyección de las películas cada vez que se producía un corte y rabiaba hasta más no poder, pero todo era inútil. La censura siguió ejerciendo durante años su labor de zapa, mutilando lo que muchas veces eran obras de arte, pero no quedaría impune para siempre. Cambiaron los tiempos y el cine fue reconstruido y cambió de dueño. Y cuando por primera vez se permitió ver una de esas escenas donde dos degenerados, dos seres condenados a la perdición se besuqueaban sin rubor, el público estalló de júbilo y el padre Adelfio estalló de indignación.
Comprendió quizás oscuramente que todas las almas de sus feligreses estaban perdidas, irremediablemente perdidas. Juró que no volvería al cine a ver películas pornográficas o algo parecido.
Pero lo peor no había pasado todavía. Alfredo, el proyeccionista, había conservado las tiras de celuloide censuradas y las había unido en un rollo, un carrete bastante largo que dejó como legado a su amigo Totó. Allí estaban todos los besos mutilados, todo el horror de aquellos besos que escandalizaban al padre Adelfio, un carrusel de besos, una sinfonía de besuqueos, todo un sinfín de besos. Un suave rozar de labios. Nada de lengüetería, nada de lengüetazos ni salivería. Pero besos al fin. Imperdonablemente besos.
El tema de los besos es algo muy socorrido, todo un lugar común en la historia de la cultura. Hay un famoso tango, por ejemplo, que se llama “Besos de fuego” y es bastante incendiario. Hay una canción igualmente famosa llamada “Bésame mucho”, un famoso óleo de Gustav Klimt llamado “El beso” y así por el estilo. Incluso hay un personaje, todo un personaje de la obra ‘Quíntuples”, de Luis Rafael Sánchez, que además de ser enano se llama Besos de fuego. Un enano llamado Besos de fuego, qué ocurrencia.
Además, recientemente descubrí un blog titulado “Todos los besos”, un “Blog de Raúl Amores Pérez, dedicado a mostrar un repertorio de besos descritos en la literatura (en verso, prosa), en la música, en la pintura, la fotografía, el cine, la escultura y los tratados del arte del amor”. Ahí parece que están todos los besos del mundo, incluyendo uno del promiscuo José Ángel Buesa que habla de “besar la sombra de otra boca / en cada boca que se besa...”.
Uno de mis favoritos es del desconocido José Martínez Jerez, un personaje que al parecer no existe a pesar de la fama acumulada por el poema “Flirt”. Sólo sé que es el autor de ese poema “perteneciente al libro “Antología de la reminiscencia”, de Juan Aragón Osorio de fecha 1965 d.n.e.” y sé que es un lindo poema, pleno de pensamientos sugestivos e imágenes ingeniosísimas (“un beso es una rosa que se exprime en los labios”, “puede perderse un beso como se pierde un guante”):
“Es absurdo, señora, que os enojéis por eso, / yo os juro que no tiene tanta importancia un beso / para que perpetuéis esa ojera afligida / y creáis deshojada de pudor vuestra vida. / No exige el accidente represalias ni agravios: / un beso es una rosa que se exprime en los labios, / es como una palabra más grave y expresiva, / es como una mirada más intensa y más viva, /pero que en el armónico mecanismo social, / sólo tiene un efímero valor sentimental, / y al cabo de una charla distinguida y galante, / puede perderse un beso como se pierde un guante. / Es absurdo, señora, que os enojéis por eso. / No es grave la inquietante mordedura de un beso / y aunque inflame los labios (y el alma) su escozor, / ni se muere de pena, ni aún se enferma de amor. /Pero si fue el ultraje tan ruin y tan villano, / y tan grande la herida de aquel beso tan chico, / ¿por qué dejasteis presa vuestra mano en mi mano / y sonreís ahora detrás del abanico?”
“Metamorfosis”, de Luis Gonzaga Urbina, es otro de los poemas besucones que atesoro. Es, si se quiere, un poema tonto que habla de un beso que sale volando. Pero la poesía florece o más bien surge como de un manantial, de la delicadeza con que el poeta hilvana sus pensamientos, en el “voluble giro” que el poeta imprime a la mano que huyó “hasta el confín lejano”, en “el beso que volaba tras la mano,” y “rompiendo el aire, se volvió suspiro”. Todo un dechado de orfebrería o ingeniería, de imaginería poética:
“Era un cautivo beso enamorado / de una mano de nieve, que tenía / la apariencia de un lirio desmayado / y el palpitar de un ave en la agonía. / Y sucedió que un día, / aquella mano suave / de palidez de cirio, / de languidez de lirio, / de palpitar de ave, / se acercó tanto a la prisión del beso, / que ya no pudo más el pobre preso / y se escapó; mas, con voluble giro, / huyó la mano hasta el confín lejano, / y el beso que volaba tras la mano, / rompiendo el aire, se volvió suspiro”.
Gabriela Mistral también escribió magistrales poemas besucones. Escribió, por ejemplo, el grandioso poema “Besos”, y quizás nadie como ella enseñó a besar con “besos que pronuncian por sí solos / la sentencia de amor condenatoria,” con “besos que se dan con la mirada”, con “besos que se dan con la memoria”. Son algunos de los versos más intensos y realistas de la literatura.
Sólo ella supo decir o se atrevió a decir”:
“Yo te enseñé a besar: los besos fríos / son de impasible corazón de roca, / yo te enseñé a besar con besos míos / inventados por mí, para tu boca”.



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martes, 28 de julio de 2020

Ei señoi Cru

Pedro Conde Sturla
24 julio, 2020

Eugenio Cruz Almánzar. 

En realidad se llamaba Eugenio Cruz Almánzar, pero en San Francisco de Macorís se hablaba cibaeño, igual que en casi todos los pueblos del Cibao, y los estudiantes le decían señoi Cru. Ei señoi Cru, le decían, porque era el director de la escuela pública y merecía respeto y era querido y respetado. Bueno día, señoi Cru, buena taide, señoi Cru.
Además estaba casado con una tía mía que se llamaba Marielba o Maria Elba Sturla Ricchetti y era también tío mío y de todos mis hermanos y de mis primos y primas y primates de apellido Sturla. Sin embargo, los familiares y amigos no le decían señoi Cru. Le decían Gengo, Genguito, tío Genguito.

Pero lo importante es que era director de la escuela pública primaria El Salvador en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo XX. Yo estudiaba allí con los demás varones de la familia.
Las niñas asistían a la escuela Costa Rica, que tenía como directora a Chea Bergés, la madre del dramaturgo Rafael Añez Bergés, y para los mayores estaba la secundaria, la Escuela Normal Ercilia Pepín, cuyo director era Ángel Severo Cabral. En la actualidad, una escuela de San Francisco de Macorís y un premio al mérito magisterial se honran con el nombre de Eugenio Cruz Almánzar.
Yo era un privilegiado por partida doble. Aparte de ser sobrino dei Señoi Cru, vivía a un tiro de piedra de la escuela. De hecho sólo tenía que atravesar un solar para llegar, y en el recreo podía regresar a la casa, tomar agua, una merienda, y volver a tiempo para el reinicio de las clases. En general, por órdenes dei señoi Cru, mis primos Raulito, Wilfredo y yo teníamos que presentarnos o nos presentábamos voluntariamente en la Dirección al inicio del recreo. Entonces Ei señoi Cru se convertía en el muy cariñoso tío Genguito y nos daba un chele a cada uno, un valioso centavo de peso con el cual comprábamos gofio, hojaldre, frío frío o cualquier otra golosina. Al recordar el gusto, el placer con que ingeríamos esos preciados manjares (sin olvidar los durísimos roquetes del Santo Cerro) la piel se me eriza, se me pone de gallina, me engranujo de arriba abajo. El gofio es un polvo de maíz tostado y azucarado que se vendía en unos cucuruchos de papel, una hoja de papel, enrollada en forma cónica. En cuanto te lo ponías en la boca te hacías un tollo, te quedabas sin saliva, se te salía el polvo por la comisura de los labios. El mejor chiste era comer gofio y tratar de decir gofio al mismo tiempo. Las palabras no salían, pero el gofio sí.
Las hojaldres, también llamadas hojaldras, tenían un efecto similar. Se hacían con almidón de yuca o de guáyiga y eran duras por fuera y harinosas por dentro y resecaban completamente la boca, pero tenían un sabor exótico a nuez moscada y limón.
En cuanto al frío frío, el guayao —lo que ahora llaman yun yun—, creo que lo mejor que puede decirse es que era nuestra más saludable fuente de microbios, de los huevos de lombrices que casi todos teníamos en esa época. El frío frío se hacía y se hace a partir de un bloque de hielo expuesto a todas las fuentes posibles de contaminación. Hielo guayado o rallado, rociado con siropes de sabores artificiales o naturales de origen incierto, necesariamente contaminados. Creo que muchos le debemos la vida al guayao. A la muy variada clase de bichos con los cuales nos inmunizamos.
Casi todos, a la hora del recreo, éramos alegres consumidores de los parásitos que venían con el frío frío, y ei señoi Cru no era la excepción. Se comía un guayao religiosamente y a veces dos, pero tenía que estar atento, muy atento. Durante el recreo tendía a relajarse la disciplina y se producían encontronazos y peleas que ei señoi Cru no dejaba sin castigo.
Ei Señoi Cru era un tipo impresionante, con un vozarrón canónico que se escuchaba en todos los rincones, toda una masa de pan cuando no perdía la paciencia, pero si la perdía era mejor no estar muy cerca. Sin embargo, no era un tipo iracundo, imprimía muchas veces ciertos castigos corporales sin irritarse ni excederse. Aparte de la voz impresionante tenía un pito que pitaba durísimo (lo que se llama pito en Santo Domingo, no en Argentina), es decir, un silbato ensordecedor que usaba con cierta discreción. Cuando fui grande y nuestra relación familiar dio origen a una mayor confidencia, me habló de la importancia del pito en el desempeño de su labor como director de escuela. El pito era algo de lo que no podía abusar para que no le faltaran el respeto, el respeto al pito. En condiciones normales bastaba un pitazo para componer o recomponer el orden. Pero en casos extremos (como cuando se armaba, por ejemplo, una pelea y los estudiantes se arremolinaban como en una especie de gallera en torno a los combatientes y gritaban de alegría a voz en cuello), no era prudente usar el pito porque nadie lo iba a oír ni le habría hecho caso. Le habrían perdido el respeto a al pito, que era lo que más temía. En semejantes circunstancias, ei señoi Cru la emprendía a empujones y pescozones contra los mirones y a pescozones y empujones se abría paso hasta llegar hasta los contendientes, que se molían generalmente a golpes sin advertir que el temible señoi Cru estaba sobre ellos. Entonces los separaba y sólo entonces hacía sonar el pito, aquel dichoso pito que rompía los oídos. Hacía un llamado al orden que todos obedecían.
Alguna vez oí decir que en casos excepcionales (cuando algún contendiente echaba mano a un palo o una piedra o un arma punzante para dañar al adversario), ei señoi Cru empleaba un castigo drástico. Se valía de un vergajo (una verga de toro disecada que guardaba celosamente en un armario de la Dirección), y con ella golpeaba en privado al infractor con un golpe, un solo golpe en las nalgas o en el muslo. Un solo golpe que, según los entendidos, daba ganas de mearse.
En general, el castigo favorito que empleaba ei señoi Cru contra los estudiantes que se fajaban a los puños era más ocurrente y divertido, por lo menos para los espectadores. Una vez que sometía a los gladiadores a la obediencia, los agarraba por la oreja y lo que entonces llamábamos corbeja al mismo tiempo, es decir por la oreja y los pelos de la sien. Y una vez que agarraba no soltaba, jalaba duro hacia arriba, cada vez más duro en la medida en que se acercaban a la Dirección. Las víctimas de aquel castigo trataban inútilmente de sustraerse al dolor poniéndose en puntas de pie. Aquello parecía realmente lo que se denomina en ballet un arabesco, un “ponte de puntillas”, toda una pieza de danza clásica que provocaba un coro cruel de risotadas interminables.
Supongo que muchos consideran que semejante práctica es simplemente injustificable, quizás aborrecible. Yo estoy convencido de que ei señoi Cru recurría a este método contra quienes se lo merecían y todavía me causa risa recordar esos episodios. Lo confieso sin tapujos, todavía me causa una cruel risa interminable recordar aquellos estudiantes sujetos por la oreja y la corbeja y caminando en punta de pies como bailarines de ballet y meo culpa. Meo toda la culpa.


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lunes, 27 de julio de 2020

EL CAPITÁN MATATRISTES

(Un relato de Ritos ancestrales)
Pedro Conde Sturla

La noticia corrió como noticia, como reguero de noticia, como suelen correr las noticias. En cuanto atraparon a los ladrones, cuatro supuestos ladrones que habían puesto en zozobra a la laboriosa comunidad de Sánchez, los celosos agentes del orden (guardias y policías, entre los cuales algunos vestidos de civil), los encueraron en público, como era de rigor, los despojaron sin miramientos de sus ropas, los harapos más bien, y ahí mismo les dieron una tanda de palos, de culatazos y patadas, patadas y culatazos para que sirvieran de ejemplo y buen ejemplo al público que aplaudía, que presenciaba gozoso el espectáculo, especie de catarsis aristotélica para la mala leche.


Después los tiraron como piltrafa en una carreta para llevarlos a la cárcel de la fortaleza en las afueras del pueblo, donde llegaron casi vivos, milagrosamente vivos, brutalmente apaleados, pero como quien dice vivos. Menos coleando que vivos.

Al día siguiente, cuando el juez de instrucción designado para conocer el caso acudió al lugar con el propósito de cumplir puntualmente con su deber, después de mucho averiguar se encontró con que los presos no se encontraban, ya no estaban, habían dejado de estar. Advirtió asimismo que los garantes del orden uniformado respondían a sus preguntas con extrañeza, extrañeza y extrañitud, cuando no con palabras evasivas y desdeñosas, y entonces pidió que lo llevaran al despacho del comandante. Ni más ni menos que al despacho del comandante. El recio comandante de la fortaleza, un célebre matatristres de mal ganada fama.
–Capitán Pujals, ¿qué pasó con los presos, los supuestos ladrones? Nadie sabe decirme nada de ellos.
El capitán lo miró con disgusto, casi con desprecio.
–Los guindé, magistrado. Uno por uno. Fueron gentilmente ahorcados en su propia celda para evitar derramamiento de sangre.
–¿Pero cómo es posible, capitán? No lo puedo creer.Yo estoy aquí por órdenes de la fiscalía para instruir la sumaria.

El rostro del capitán se pobló de sombra. De repente era una sola sombra, una sola sombra larga.

–El querido Jefe ha dado instrucciones precisas en lo que respecta a esos casos. ¿Acaso usted se opone a las órdenes sumarias del Generalísimo?
–De ninguna manera, capitán. De ninguna manera –recalcó el magistrado, empezando a sudar copiosamente en frío–. ¿Pero no le pasó por la mente que esos hombres podían ser inocentes?
La sombría sombra larga se acentuó en el rostro del capitán que ya estaba perdiendo la paciencia.
–Eran inocentes –dijo tajantemente.
–Excúseme, capitán, ¿cómo lo sabe usted, capitán?
–Hace un par de horas encontramos a los verdaderos culpables.
–¿Y qué hizo con ellos, capitán?
La cara del capitán Pujals se iluminó con una encantadora sonrisa de niño travieso. Parecía de repente otra persona y no lo era.
–¿Qué hizo con ellos, capitán?
El capitán volvió a sonreír con su sonrisa de niño.
–Los guindé también, magistrado. Los guindé piadosamente a todos. No se hable más del asunto.

19/04/200997


viernes, 24 de julio de 2020

Ei señoi Cru

Pedro Conde Sturla
24 julio, 2020
Eugenio Cruz Almánzar. 

En realidad se llamaba Eugenio Cruz Almánzar, pero en San Francisco de Macorís se hablaba cibaeño, igual que en casi todos los pueblos del Cibao, y los estudiantes le decían señoi Cru. Ei señoi Cru, le decían, porque era el director de la escuela pública y merecía respeto y era querido y respetado. Bueno día, señoi Cru, buena taide, señoi Cru.
Además estaba casado con una tía mía que se llamaba Marielba o Maria Elba Sturla Ricchetti y era también tío mío y de todos mis hermanos y de mis primos y primas y primates de apellido Sturla. Sin embargo, los familiares y amigos no le decían señoi Cru. Le decían Gengo, Genguito, tío Genguito.

Pero lo importante es que era director de la escuela pública primaria El Salvador en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo XX. Yo estudiaba allí con los demás varones de la familia.
Las niñas asistían a la escuela Costa Rica, que tenía como directora a Chea Bergés, la madre del dramaturgo Rafael Añez Bergés, y para los mayores estaba la secundaria, la Escuela Normal Ercilia Pepín, cuyo director era Ángel Severo Cabral. En la actualidad, una escuela de San Francisco de Macorís y un premio al mérito magisterial se honran con el nombre de Eugenio Cruz Almánzar.
Yo era un privilegiado por partida doble. Aparte de ser sobrino dei Señoi Cru, vivía a un tiro de piedra de la escuela. De hecho sólo tenía que atravesar un solar para llegar, y en el recreo podía regresar a la casa, tomar agua, una merienda, y volver a tiempo para el reinicio de las clases. En general, por órdenes dei señoi Cru, mis primos Raulito, Wilfredo y yo teníamos que presentarnos o nos presentábamos voluntariamente en la Dirección al inicio del recreo. Entonces Ei señoi Cru se convertía en el muy cariñoso tío Genguito y nos daba un chele a cada uno, un valioso centavo de peso con el cual comprábamos gofio, hojaldre, frío frío o cualquier otra golosina. Al recordar el gusto, el placer con que ingeríamos esos preciados manjares (sin olvidar los durísimos roquetes del Santo Cerro) la piel se me eriza, se me pone de gallina, me engranujo de arriba abajo. El gofio es un polvo de maíz tostado y azucarado que se vendía en unos cucuruchos de papel, una hoja de papel, enrollada en forma cónica. En cuanto te lo ponías en la boca te hacías un tollo, te quedabas sin saliva, se te salía el polvo por la comisura de los labios. El mejor chiste era comer gofio y tratar de decir gofio al mismo tiempo. Las palabras no salían, pero el gofio sí.
Las hojaldres, también llamadas hojaldras, tenían un efecto similar. Se hacían con almidón de yuca o de guáyiga y eran duras por fuera y harinosas por dentro y resecaban completamente la boca, pero tenían un sabor exótico a nuez moscada y limón.
En cuanto al frío frío, el guayao —lo que ahora llaman yun yun—, creo que lo mejor que puede decirse es que era nuestra más saludable fuente de microbios, de los huevos de lombrices que casi todos teníamos en esa época. El frío frío se hacía y se hace a partir de un bloque de hielo expuesto a todas las fuentes posibles de contaminación. Hielo guayado o rallado, rociado con siropes de sabores artificiales o naturales de origen incierto, necesariamente contaminados. Creo que muchos le debemos la vida al guayao. A la muy variada clase de bichos con los cuales nos inmunizamos.
Casi todos, a la hora del recreo, éramos alegres consumidores de los parásitos que venían con el frío frío, y ei señoi Cru no era la excepción. Se comía un guayao religiosamente y a veces dos, pero tenía que estar atento, muy atento. Durante el recreo tendía a relajarse la disciplina y se producían encontronazos y peleas que ei señoi Cru no dejaba sin castigo.
Ei Señoi Cru era un tipo impresionante, con un vozarrón canónico que se escuchaba en todos los rincones, toda una masa de pan cuando no perdía la paciencia, pero si la perdía era mejor no estar muy cerca. Sin embargo, no era un tipo iracundo, imprimía muchas veces ciertos castigos corporales sin irritarse ni excederse. Aparte de la voz impresionante tenía un pito que pitaba durísimo, un pito ensordecedor que usaba con cierta discreción. Cuando fui grande y nuestra relación familiar dio origen a una mayor confidencia, me habló de la importancia del pito en el desempeño de su labor como director de escuela. El pito era algo de lo que no podía abusar para que no le faltaran el respeto, el respeto al pito. En condiciones normales bastaba un pitazo para componer o recomponer el orden. Pero en casos extremos (como cuando se armaba, por ejemplo, una pelea y los estudiantes se arremolinaban como en una especie de gallera en torno a los combatientes y gritaban de alegría a voz en cuello), no era prudente usar el pito porque nadie lo iba a oír ni le habría hecho caso. Le habrían perdido el respeto a al pito, que era lo que más temía. En semejantes circunstancias, ei señoi Cru la emprendía a empujones y pescozones contra los mirones y a pescozones y empujones se abría paso hasta llegar hasta los contendientes, que se molían generalmente a golpes sin advertir que el temible señoi Cru estaba sobre ellos. Entonces los separaba y sólo entonces hacía sonar el pito, aquel dichoso pito que rompía los oídos. Hacía un llamado al orden que todos obedecían.
Alguna vez oí decir que en casos excepcionales (cuando algún contendiente echaba mano a un palo o una piedra o un arma punzante para dañar al adversario), ei señoi Cru empleaba un castigo drástico. Se valía de un vergajo (una verga de toro disecada que guardaba celosamente en un armario de la Dirección), y con ella golpeaba en privado al infractor con un golpe, un solo golpe en las nalgas o en el muslo. Un solo golpe que, según los entendidos, daba ganas de mearse.
En general, el castigo favorito que empleaba ei señoi Cru contra los estudiantes que se fajaban a los puños era más ocurrente y divertido, por lo menos para los espectadores. Una vez que sometía a los gladiadores a la obediencia, los agarraba por la oreja y lo que entonces llamábamos corbeja al mismo tiempo, es decir por la oreja y los pelos de la sien. Y una vez que agarraba no soltaba, jalaba duro hacia arriba, cada vez más duro en la medida en que se acercaban a la Dirección. Las víctimas de aquel castigo trataban inútilmente de sustraerse al dolor poniéndose en puntas de pie. Aquello parecía realmente lo que se denomina en ballet un arabesco, un “ponte de puntillas”, toda una pieza de danza clásica que provocaba un coro cruel de risotadas interminables.
Supongo que muchos consideran que semejante práctica es simplemente injustificable, quizás aborrecible. Yo estoy convencido de que ei señoi Cru recurría a este método contra quienes se lo merecían y todavía me causa risa recordar esos episodios. Lo confieso sin tapujos, todavía me causa una cruel risa interminable recordar aquellos estudiantes sujetos por la oreja y la corbeja y caminando en punta de pies como bailarines de ballet y meo culpa. Meo toda la culpa.



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La tregua de Navidad

Pedro Conse Sturla
16 febrero, 2013

Este es un documento que tenía planeado publicar durante el último diciembre, en la fecha más próxima posible a la Navidad, pero el ácido viejúrico me jugó una trastada y  se me perdió de vista hasta el día de hoy, cuando he vuelto a encontrarlo por casualidad, y a releerlo, por supuesto, con la misma emoción. Ocurrió en una Navidad, en medio de la horrenda primera guerra mundial, la Gran Guerra, a la cual siguió la pandemia de gripe llamada española que causó más muertes que la guerra. 
Y
El documento remite al episodio de un grupo de soldados (atrincherados casi frente a frente y matándose unos con otros), que decretaron una tregua, un alto el fuego (sin permiso del alto mando, desde luego) y celebraron la Navidad en los más preciosos términos cristianos, intercambiando regalos, cantando villancicos en inglés y alemán, leyendo poemas bíblicos, fundiéndose en un abrazo ecuménico, universal en la noche más gloriosa de la cristiandad.
Leyendo el documento, pienso en Bertolt Brecht, un marxista que creía que el hombre no sería malo si la maldad no fuera negocio. Casi me atrevo a suscribir, pero sin mucho convencimiento lo que dice Albert Camus en “La peste”: “A saber, que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. 
Lamentablemente vivo en un mundo podrido, de senadores y diputados podridos, de funcionarios podridos, de expresidentes podridos, de una justicia podrida, de gente podrida que empobrece al pueblo dominicano con su podredumbre. De gente que saqueando el patrimonio nacional y entregando riquezas a los depredadores extranjeros reducen al pueblo dominicano a la infinita miseria y mucho me da trabajo creer en Brecht y en Camus. Creo, eso sí, que ocasionalmente, ese bípedo parlante,  inmisericorde, insaciable que llamamos ser humano es capaz de elevarse a grados de dignidad y nobleza sin par. Creo, desde luego, en el ejemplo de una jauría de soldados enviados a la masacre que en una Navidad se convirtieron en seres extraordinarios y auténticos cristianos en el peor escenario posible de imaginar. 

Tregua de Navidad
Se conoce como Tregua de Navidad a un breve alto el fuego no oficial que ocurrió entre el Imperio Alemán y las tropas británicas estacionadas en el frente occidental de la Primera Guerra Mundial durante la navidad de 1914. La tregua comenzó en la víspera de la Navidad, el 24 de diciembre de 1914 cuando las tropas alemanas comenzaron a decorar sus trincheras, luego continuaron con su celebración cantando villancicos, específicamente Stille Nacht (Noche de paz). Las tropas británicas en las trincheras al otro lado respondieron entonces con villancicos en inglés.
Ambos lados continuaron el intercambio gritando saludos de Navidad los unos a los otros. Pronto ya había llamadas a visitas en la tierra de nadie, donde pequeños regalos fueron intercambiados: whisky, cigarrillos, etc. La artillería en esa región permaneció silenciosa esa noche. La tregua también permitió que los caídos recientes fueran recuperados desde detrás de las líneas y enterrados. Se condujeron ceremonias de entierro con soldados de ambos lados del conflicto llorando las pérdidas juntos y ofreciéndose su respeto. En un entierro en la Tierra de nadie, soldados británicos y alemanes se reunieron para leer un fragmento del Salmo 23:
“El Señor es mi pastor, nada me falta. Sobre pastos verdes me hace reposar, por aguas tranquilas me conduce. El Señor me da nueva fuerza, me consuela, me hace perseverar. Me lleva por el buen camino, por el amor de su nombre. Aunque camine por un valle oscuro no temeré mal alguno porque Él está conmigo.” 
La tregua se propagó hacia otras áreas, y hay muchas historias algunas quizá apócrifas de partidos de fútbol entre las fuerzas enemigas. Hay cartas que confirman que el resultado de uno de esos juegos fue 3 a 2 a favor de Alemania.
En muchos sectores la tregua sólo duró esa noche, pero en algunas áreas duró hasta el año nuevo, e incluso hasta el mes de febrero.
La tregua ocurrió a pesar de la oposición de los niveles superiores de los ejércitos. Anteriormente un pedido hecho por el papa Benedicto XV de una tregua entre las partes en guerra había sido desoído.
Los comandantes británicos John French y Sir Horace Smith-Dorrien juraron que una tregua así nunca volvería a permitirse (sin embargo ambos habían dejado el mando antes de la Navidad de 1915). En los años subsiguientes se ordenaron bombardeos de artillería en la víspera de la festividad para asegurarse de que no hubiera más reblandecimientos en medio del combate. Asimismo las tropas eran rotadas por varios sectores del frente para evitar que se familiaricen demasiado con el enemigo. A pesar de esas medidas hubo encuentros amigables entre soldados, pero en una escala mucho menor que la de los encuentros del año anterior.
Durante la Pascua de 1916 ocurrió una tregua similar pero en el Frente oriental.
Durante los dos años siguientes a la estabilización de las líneas del Frente Occidental, se produjeron otras situaciones de armisticio informal (armisticio no impuesto por el Alto Mando), en ambos bandos. Según los testimonios, los comandantes británicos recién llegados al frente se asombraban al ver tanto a los británicos como los alemanes exponiéndose sobre la línea de trinchera, dentro del alcance de las armas enemigas.
Con frecuencia, la artillería se disparaba sobre sitios concretos, en momentos determinados, para evitar bajas enemigas, en ambos bandos. En alguna ocasión, se intercambiaron disparos después de que un mortero mal situado golpease a las líneas británicas, tras lo cual un soldado alemán pidió disculpas a los británicos, parándose así el intercambio de disparos entre ambas trincheras.
En 1999, el grupo llamado “Khaki Chums” (oficialmente: The Association for Military Remembrance) visitó una región de Flandes y recreó la Tregua de Navidad. Vivían como habían vivido los soldados británicos de la I Guerra Mundial, sin comodidades modernas.
La tregua se llevó a la pantalla en la película francesa de 2005 Joyeux Noel (Feliz Navidad). (La película fue nominada al Oscar en la categoría de “Mejor Película de lengua extranjera” en su 78ª edición.) La Tregua de Navidad fue también retratada en la película de Richard Attenborough Oh What a Lovely War.
Se han escrito libros sobre la Tregua de Navidad, incluyendo la obra de Stanley Weintraub Silent Night: The Story of the World War I Christmas Truce, en el que relata este suceso del que él mismo fue testigo.
La tregua fue también recordada en el vídeo de Paul McCartney Pipes of Peace (1983).
En el episodio final de Blackadder Goes Forth, los protagonistas discuten sucesos del pasado que les llevaron a su situación actual, incluyendo la Tregua de Navidad. El Capitán Blackadder añadió cínicamente que “Ambos bandos avanzaron más lejos en una visita a la trinchera enemiga durante la tregua de Navidad de lo que lo hicieron en los dos años y medio de guerra siguientes.”
De la tregua de Navidad se ha dicho que fue el último vestigio del siglo XIX: el último momento en el que, en la guerra, ambos bandos se tratarían mutuamente con respeto, Cuando se saludasen unos a otros con amabilidad demostrando que  -a pesar de los hechos horribles que habían sucedido -aún eran respetuosos soldados.
En 1990, el grupo británico The Farm grabó una canción que habla de este suceso: All Together Now, la cual se ha convertido en un himno futbolístico.
El 21 de noviembre de 2005, el último veterano de guerra aliado superviviente de la tregua, Alfred Anderson, murió en Newtyle, Escocia, a los 109 años.



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viernes, 17 de julio de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (12)

Pedro Conde Sturla
17 julio, 2020
“Camiones trompudos” de transporte público en la Ave. Venustiano Carranza del Monterrey de los años sesenta

Si la memoria infiel no me traiciona, las cosas que estoy contando ocurrieron hace ya más de medio siglo, y si no me traiciona, por lo menos me está jugando sucio. Puede que no recuerde bien ni las cosas que pasaron ni las cosas que escribo. Reconozco también que me confundo, como le sucedía, por ejemplo, a Cervantes con el burro de Sancho Panza después que se lo robaron. Entiendo que Sancho Panza estaba arriba del burro y durmiendo, y se lo robaron deslizándolo por debajo de la montura, si acaso no fue esto lo qué ocurrió con Frontino, Brunello y Sacripante en aquel Orlando furioso o quizás en el Orlando enamorado. El hecho es que el burro, el noble rucio que montaba Sancho aparece y desaparece a capricho del autor. Pero nada de esto me ayuda a entender lo del carterista que me cayó a navajazos en Monterrey. Yo recuerdo la escena, me veo retrocediendo en plena calle con una cara de espanto de antología, mientras aquel miserable no se cansaba de abanicarme con la navaja, pero no entiendo la causa.

Yo, nada más llegar a Monterrey a fines de 1965, me hospedé en un hotel barato del centro y con un mapa en la mano me vine caminando a la Colonia Roma a saludar a a Carlitos, un amigo de la infancia que me ayudó a buscar pensión y organizarme, y me dio una introducción al paisaje urbano. En la pensión conocí a Gaspar y a dos chamacas dulcísimas —las hijas de la dueña—, con las que Gaspar y yo comenzamos a soñar plácidamente desde el primer día.
Yo venía de la guerra, venía de una derrota y una tragedia familiar, desorientado, confuso, y era estudiante de química por razones ajenas a mi vocación. La revuelta constitucionalista de abril de 1965 había provocado una nueva intervención armada del imperio norteamericano en el país, un enfrentamiento
desigual, una guerra de baja intensidad, como se dice en jerga militar. Combatientes mal equipados, por un lado y por otro lado un ejército que había utilizado profusamente el fuego de morteros, cañones, ametralladoras de alto calibre, y que ya había comenzado a cobrar venganza contra muchos de los que se habían atrevido a enfrentarlo militarmente.
Nunca imaginé que, después de cuatro meses en la trinchera a merced de los gringos, pocos días después de mi llegada a Monterrey, iba a estar a punto de dejar el pellejo a manos de un carterista que me agredió en un camión de trasporte, un autobús, una guagua, como decimos nosotros.
Con la debida exageración para imprimirle veracidad a este relato, tengo que aclarar que aquel dichoso camión estaba tan lleno que no cabía ni lugar a dudas, estaba viejo y mugroso y se desplazaba un poco de medio lado por una calle que estaba en peores condiciones. Había llovido recientemente y había agua y había lodo en el pavimento, que era de asfalto y de tierra un poco a partes iguales: algo muy típico de ciertos barrios de Monterrey. En ningún otro lugar he vuelto a ver calles como esas, asfaltadas de un solo lado.
De cualquier manera yo disfrutaba del viaje, que casi llegaba a su fin (cómodamente de pie y muy cerca de la salida delantera), en compañía de Gaspar y otros paisanos. En eso se escuchó una queja, una protesta de alguien que sintió que le agarraban posiblemente la cartera.
—¡Abusado! —le oí decir, sin entender el significado.
El conductor detuvo el vehículo y se quedó mirando un segundo por el espejo retrovisor, identificó al maleante y con una voz educada pero firme lo invitó a bajar, al tiempo que se abría la puerta delantera.
Era un tipo mestizo, chaparro, desafiante, con cara de perdonavidas, un arrogante, un matasiete y no pareció darse por aludido.
—¡Abusado! —dijo esta vez el conductor—: ¡O ahorita hablamos con la policía!
Esta vez el carterista entendió el mensaje y se fue abriendo paso entre la gente en dirección a la salida. Más bien la gente se le quitaba del medio y a mi me pareció prudente hacer lo mismo, pero algo no parece haberle gustado en mi figura o en mi cara y al pasar por mi lado me dio un codazo en la madre. Lo que significa en dominicano que me dio un coñazo durísimo o por lo menos ofensivo.
Lo peor de todo es que con el pasar de los años se me ha borrado un poco la película y ahora no recuerdo bien lo que pasó entre el codazo-coñazo y el momento en que aquel indeseable empezó a tirarme navajazos a izquierda y derecha.
Oscuramente presiento qué ocurrió algo parecido a lo siguiente: se me zafó sin querer una patada y el tipo fue a caer al lodo, fuera del autobús. Ahí hubiera terminado todo, por supuesto, si la puerta hubiera obedecido al conductor cuando intentó cerrarla, pero la maldita puerta se atoró. El mecanismo de la chingada puerta se trabó.
Entonces comencé a ver —como quien dice en cámara lenta—, que el tipo se metía la mano en la cintura, que sacaba y abría con destreza o pericia una navaja enorme, surrealista, que se me pareció a la de Cantinflas en el bombero atómico.
—¡Híjole! —dije para mis adentros pensando en mejicano.
En aquel autobús atestado de pasajeros yo no tenía mucha oportunidad de defenderme. Todo el mundo iba a recular, iban a comprimirse los de alante contra los de atrás en cuanto el carterista y su navaja entraran, y yo estaría al frente, con una mínima libertad de movimiento, a manera de escudo. De manera que hice probablemente lo único que podía hacer, dar un tremendo salto fuera del autobús mientras el carterista todavía se encontraba en el suelo, alejarme, coger una piedra, lo que encontrara a mano, pero el lodo entorpeció mis movimientos, el caído se incorporó, lo veo y lo recuerdo todavía queriendo acariciarme la cara o la barriga con la navaja.
Para peor, en algún momento escuché la voz de Gaspar que me decía:
—¡Pedro, deja esa vaina!
No sé lo que le respondí a Gaspar, si por casualidad le respondí algo, pero debo haberle mentado por lo menos la madre por telepatía. No estaba en mis manos dejar esa vaina sino evitar que el carterista me sacara la madre y el padrejón de un navajazo.
Para evitarlo, retrocedía a toda marcha, saltaba más bien hacia atrás al estilo canguro, si acaso los canguros saltan hacia atrás, pero el carterista tenía la ventaja y yo tenía todas la probabilidades de perder la partida.
La situación cambió de repente a mi favor cuando comenzaron a llover las piedras. Algunos de mis paisanos se habían bajado del camión (entre ellos el santo Fraile, que era pícher o cuarto bate del equipo de pelota dominicano en Monterrey), y casi de inmediato las piedras comenzaron a zumbar cerca de la cabeza del carterista. Fue la amenaza de las piedras lo que produjo el cambio en la actitud de aquel hombre. En cuanto se vio rodeado por unos cuates que lo amenazaban con piedras y peñones en las manos y que parecían tener muy buena puntería, el tipo entró en razón, se fue calmando, se retiró sin prisa, pero sin dejar de amenazar y blandir la cantinflesca navaja surrealista.
Me salvaron, en fin, en esa ocasión, unos amigos a los que apenas conocía y me salvó el beisbol, gracias a Dios. O quizás viceversa.



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viernes, 10 de julio de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (11)

Pedro Conde Sturla
10 julio, 2020
William Jerez, al centro, rodeado de estudiantes dominicanos del Tecnológico de Monterrey

Ya lo dije en el primer capítulo de esta serie y puede que lo vuelva a decir y no me importa. Dije que desde que llegaron aquí, a Monterrey, los dominicanos se hicieron notar. Nada más sufrir las primeras novatadas se organizaron en bolas de montoneros y novatearon a los veteranos. La mera verdad (afirman los habladores), los madrearon, los cubrieron de brea y plumas, los arrojaron en pleno invierno a la alberca, los guindaron imaginariamente por las pelotas. En consecuencia, todos o casi todos fueron llamados a capítulo, reprendidos severamente. Los miembros de la comisión disciplinaria recuerdan lo difícil que se hacía encontrar una fórmula para sancionar a tantos estudiantes de nuevo cuño. Al final dieron con una solución salomónica y se prohibieron las novatadas, algo típico de una institución que tiene por símbolo y mascota a un borrego.
Recuerdo que también dije —y ahora vuelvo a repetir— que los dominicanos que fueron a estudiar a Monterrey en los años de 1960 provenían de todos los estratos sociales, que formaban un grupo heterogéneo, que había jóvenes de veinte y otros de treinta años que no habían podido costearse los estudios universitarios, y que la beca les cambió radicalmente la vida.
Dije que uno de ellos, llamado William Jerez, era marino y era músico y saltó como quien dice del barco para convertirse en pocos años en ingeniero. Dejó de ser marino y se convirtió en ingeniero, pero nunca dejaría de ser músico.
Dicho de otra manera —que viene siendo más o menos la misma—, William Jerez había recibido la noticia de la beca a bordo de un barco mercantil. Era marino y seguiría siéndolo: marino, trompetista, pianista, músico, artista, y desde luego un poco loco por definición y un poco pobre, más bien pobre en el sentido literal de la palabra. Tenía una inteligencia despejada que, sin embargo, no le permitía otras realizaciones hasta el día en que recibió la beca que el gobierno de Juan Bosch (fundador sietemesino de la democracia dominicana después del ajusticiamiento de Trujillo) dispensaba a granel a estudiantes meritorios sin importar clase ni origen.
En Monterrey —como escribí en el relato Noche sin fondo—, William se adaptó como pez en el agua en todos los ambientes que había conocido, a pesar de que era desierto lo que rodeaba a la ciudad. Al poco tiempo de llegar ya había formado un grupo de música popular que tocaba en fiestas familiares, salones de baile y ciertos lugares non sanctos a ritmo de merengue y salsa y otros géneros musicales menos gastronómicos.
En 1965, durante los primeros meses de la segunda intervención armada del imperio del norte a Santo Domingo, los cheques de la beca dejaron de llegar y los casi cien becarios dominicanos en Monterrey (y otros muchos lugares) empezaron a pasarla mal.
Algunos recibieron ayuda de sus familiares o se ayudaron mutuamente o ambas cosas, y otros lograron vivir o sobrevivir de lo que García Márquez llamaba en sus tiempos heroicos de París “el milagro cotidiano”.
Casi todos, sin contar a William, se vieron en serios aprietos económicos. William se instaló bajo contrato con su conjunto musical en un centro nocturno de mala muerte, o mejor dicho de mala vida, y allí se pasaba la noche tocando la trompeta y estudiando, ganándose el sustento y cierta fama por su aplaudida interpretación de El manicero.
Todo este repetir de repeticiones, y lo que seguirá más adelante, tiene por objeto construir, diseñar un boceto de este ser multifacético, que interviene a cada momento en mis relatos, a veces contra mi voluntad, me hace perder el hilo, me desorienta, me obliga a cambiar de tema.
Recuerdo, por ejemplo, claramente, el día que William se apareció en el colmadón de los furufos, en medio del relato homónimo que estaba escribiendo o viviendo, y en presencia de Bonilla, de Barón y Gustavo, de Agustín y otros cuates, y no tuve más remedio que incorporarlo al guión.
Llegó con su acostumbrada bonhomía a flor de piel, saludando a boca de jarro y en voz alta.
Bonilla había hecho un brindis en ese momento, el típico brindis de Bonilla, dedicado a todos los miembros del grupo, con el brazo levantado a manera de antorcha y había dicho en tono solemne:
—Los quiero con carácter retroactivo...
En eso vio venir a William y volvió a levantar el vaso como una antorcha y la atmósfera se tornó incendiaria, incandescente, al tiempo que decía:
—A ti también te quiero con carácter y efecto retroactivo, un vaso y una silla para el ingeniero.
William estaba indignado y feliz como una pascua. Empezó a hablar mal del gobierno, de todos los gobiernos y los funcionarios de los gobiernos. William es un tipo expansivo,  habla hasta por los codos y con los codos, habla hasta por los ojos, habla por señas y por telegrafía. Gesticula de tal manera que a una cuadra de distancia puede uno saber de qué está hablando, sobre todo cuando habla de sexo. Y al poco rato, en efecto, se olvidó del gobierno y comenzó a hablar de sexo, del encuentro con una enfermera posiblemente imaginaria...
Comenzó a describir con las manos su anatomía, su cuerpo de guitarra, la acarició, la besó, emitió unos sonidos guturales y finalmente la desnudó a la enfermera imaginaria y la tendió sobre la mesa imaginariamente desnuda y se la empezó a comer por el ombligo como un pastel de cumpleaños, cometió relaciones imaginariamente sexuales y raudo como vino se marchó al improviso, hablando mal del gobierno, de todos los gobiernos.
Me parece recordar que William iba y venía siempre de prisa. Parecía sentirse incómodo si se quedaba mucho tiempo en algún lugar.
De la misma manera, siempre me pareció que William se sentía incómodo en las fiestas cuando no era él que tocaba. Por lo general bailaba un par de piezas, hablaba con amigos, tomaba un par de tragos, y poco a poco, de alguna manera discreta, se iba acercando a los músicos, entablaba amistad con ellos. Lo suyo era tocar, no bailar, y hasta que no lo conseguía merodeaba inquieto alrededor de la tarima donde actuaba el conjunto, y en el momento en que menos lo pensabas estallaba la trompeta, el inconfundible toque de trompeta de William Jerez y el manicero se va.
Muchos lo recuerdan en la noche sin fondo de tantas correrías, a bordo del flamante Ford Galaxie rojo descapotado, en el asiento trasero, mientras recibía en el rostro el golpe alado de la brisa fría y William sonreía bajo la luz cobriza de la Calzada Madero.
Bajo esa misma luz he querido zurcir estos retazos, esta repetición de repeticiones, para recordar con alegría a un viejo amigo que sólo con alegría merece ser recordado.
William con la trompeta en la mano, tarareando una melodía, manicero, el manicero se va. William acariciando la trompeta de maní, maní, maní el manicero se va. La noche sorda de Monterrey creciendo, el viento frío que comenzaba a apretar y la trompeta de William que empezaba a sonar. Maní, maní, eternamente maní, el manicero se va, eternamente maní y eternamente hasta siempre al querido amigo.




sábado, 4 de julio de 2020

Memoria y desmemoria de Monterrey (10)

Pedro Conde Sturla
3 julio, 2020


Grupo de egresados del Tecnológico de Monterrey. Fuente externa

Ya sé que más o menos lo he dicho y repetido en estas notas, esta especie de diario sentimental y aguado, estas memorias dulces de la muy ilustre y chingona ciudad de Monterrey, pero lo cierto es que había un poco de todo entre los dominicanos que allí estudiaban en los gloriosos años de 1960. Había en verdad para elegir y digerir. Había bohemios y abstemios, había tarados y genios, había santos y santones y variedad de diablos y diablillos y diablejos. Un despelote de madre.
Recuerdo que había también un grupo muy pequeño de chicas apacibles, reservadas, conceptuosas y frondosas (taciturna una de ellas), a las que todos respetábamos y queríamos. Recuerdo vivamente a una hermosa pañameña que compartía con las dominicanas un apartamento de la Calle Palestina de la Colonia Roma: un destello de luz en la memoria. Recuerdo también que en ese grupo había otra luz, una llamada Luz y Carmen que parecía protagonista de una novela de Corín Tellado y que dio origen a una romántica leyenda. Recuerdo, además, a una diligente güera luminosa a la que todos llamaban la Güera. Recuerdo, desde luego, a la taciturna, que representaba una especie de equilibrio. La Norma a seguir.
Pero lo que más recuerdo o me gusta recordar es que entre los miembros de la raza había algunos tan enamoradizos que no respetaban ni las faldas de las montañas, eran inestables y resbaladizos, como suelen ser los estudiantes. Los amores de estudiantes que al decir de la canción (como ya he repetido algunas veces) flores de almendro son. Que hoy un juramento, que mañana una traición o que más nos dura una flor que un amor... En fin, lo que dice el oboe de Petite Fleur. Lo mismo que decía Antonio Prieto. Fugacidad del amar.
Había, en cambio, otros estudiantes que eran como el tequila reposado, que estaban ya casados, incluso con mejicanas, casados tan casados y tan serios que ni miraban a otras mujeres o las miraban de soslayo, con un ojo curioso y otro precavido.
Sufrían de monogamia, una enfermedad como cualquier otra, aunque muy poco contagiosa, por suerte. Nada más se dedicaban a ser fieles y honestos, a estudiar y cumplir deberes, a graduarse con honores, que para eso habían venido o los mandaron y para ellos era la mejor manera de divertirse. De que los hay los hay, dicen en México. Y uno de ellos era y sigue siendo Luis Arthur.
El día 4 de septiembre de 1963, Luis Arthur llegó aquí a esta ciudad que nunca había oído nombrar, Monterrey, Nuevo León, capital no declarada del norte de México, con una beca para estudiar ingeniería en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores, el TEC. Las clases habían empezado el día primero, así que todo en principio fue un dejar maletas en la residencia estudiantil, inscribirse, escoger materias, recibir la lista de libros, materiales didácticos, reglamentos escritos. Rigurosamente escritos.
El cambio sería brusco. Costumbres diferentes, comidas diferentes, casi siempre picantes. Clima de zona desértica, como un fuego cruzado, con calores de infierno en verano, frío y lluvioso en invierno, un invierno inconstante. Ya lo he dicho y repetido.
La disciplina, sin embargo, era constante, exámenes mensuales, exámenes de sorpresa, tareas diarias, constantes, horas de estudio constantes. Allí no había muchas segundas oportunidades. Si te quemabas o tronabas una materia podías repetirla el próximo semestre o en los cursos de verano, si tronabas de nuevo entrabas en la categoría de estudiante condicional. Si volvías a tronar, era el fin de tus días como estudiante del TEC.
¡De la patada, mano! Nada más diferente de lo que había conocido en la isla. Sin embargo, Monterrey fue para Luis una bendición, la bendición de su vida. No sólo realizó una carrera exitosa que le permitió una existencia honesta, sin aprehensiones económicas, sino que también conoció a su compañera, la que sería su esposa. La dulce y estoica Adela.
Originalmente había solicitado beca para Alemania, un país que admiraba. “Dios torció mi camino —escribió Luis en una ocasión— y en algo lo contrarió, pero Él sabía donde estaba mi felicidad y donde quedarían mis cenizas”. Había venido a Monterrey por cuatro años, pero se quedaría aquí casi toda la vida, a intervalos entre Santo Domingo y Monterrey, y se quedaría posiblemente toda la muerte.
De sus muchos años de matrimonio dijo una vez: “Aunque ya no nos ablandamos al primer hervor, tenemos buena salud y mejor ánimo, y le damos gracias a Dios por habernos conocido, haber podido compartir toda una vida y estar aún enamorados”.
Otra historia de amor de la que mucho se hablaba (la más tierna, quizás, y más extraña historia de amor, o mejor dicho de desamor, entre los estudiantes dominicanos de Monterrey), tuvo un desenlace a oscuras, en una noche sin luz.
Esa noche fatídica se produjo un apagón, que era cosa muy rara en Monterrey, y los macheteros de Los Grises interrumpieron a desgano los estudios, es decir, su ocupación favorita. Machetear, estudiar sin tregua para cumplir con las exigencias de los profesores del pinche TEC.
Uno de ellos, uno de los más brillantes entre todos los macheteros, estaba inconsolable, intranquilo, fuera de sí. La oscuridad no le daba sosiego, no le daba reposo. Le faltaba la luz más que el aliento. Alguien encendió unas velas para tratar de calmarlo y el resultado fue contraproducente. Él buscaba otra luz, una luz metafísica, pero nadie lo entendía, no parecía entenderlo.
El verdadero problema consistía en que el apagón eléctrico se había sumado a un apagón sentimental. Esa tarde se habían roto sus amores con la hermosa y amada luz de su vida (la única en esos momentos), y más que ruptura era una quiebra que lo había dejado en la insolvencia, desolado en extremo, casi como quien dice pobre de solemnidad. Desconcertado y desconcentrado.
A pesar de todo, intentó por un momento seguir estudiando, perseverar, sin éxito, en el difícil empeño, y sintió que los nervios se le crispaban. Abandonó entonces los libros, que de ninguna manera lograba leer en el temblor de la lumbre (la inquieta llama de las velas) y se paró frente a la ventana a rumiar su desamor, emitiendo quejidos como los de aquellos condenados al pasar por el Puente de los suspiros en Venecia.
El suyo era un sufrimiento por partida triple, un triple apagón. Un apagón eléctrico, un apagón amoroso y un apagón financiero porque el dinero de la beca había dejado de fluir hacía unos meses, desde la ocupación del país por tropas yanquis en el mes de abril de 1965.
Ahora él buscaba la luz por todas partes. Tenía hambre de luz, un luminoso antojo de luz para su alma. Pedía luz en voz alta. Y de repente le pareció ver una luz enfrente y preguntó a voz en cuello si había una luz enfrente. ¿Hay luz, acaso hay luz enfrente?
Dicen los más locuaces que los demás macheteros corrieron en su auxilio, pensando que el cofrade había perdido la chaveta, pero sólo clamaba por su amor a gritos, clamaba por su luz. La luz de enfrente, que anidaba en su corazón, que era la luz de sus ojos, luz de vida. Pero ninguno lo entendía. Dicen que alguien fue a su habitación a buscar un foco, una linterna, que el agraviado rechazó tajantemente. Dicen que otro fue a la cocina a buscar una lámpara de queroseno que también fue rechazada. Ninguno lo entendía. Pedía luz a gritos, pero rechazaba el foco y la lámpara de queroseno, y cuando la luz eléctrica volvió, al cabo de pocos minutos, siguió pidiendo luz y nadie podía entenderlo.
La familia que habitaba el apartamento del piso superior se estremecía al oírlo. Durante años se corrió la noticia, convertida en leyenda, de un estudiante dominicano tan aplicado que se desesperaba a gritos cuando un mínimo apagón o cualquier otro incidente interrumpía o afectaba su tarea.
Sin embargo, hay quien afirma que parte de lo que aquí se cuenta podría ser otra mentira o una calumnia o una simple exageración del narrador. De alguien que acostumbra escribir mentiras y hasta le pagan por eso.


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