miércoles, 12 de agosto de 2020

BIBLIOGRAFÍA INFORMAL

Pedro Conde Sturla 


Pedro Conde Sturla (nacido en San Francisco de Macorís, República Dominicana,1945, en el apogeo de la tiranía de Rafael Leonidas Trujillo Molina), es escritor y maestro, publicista a regañadientes, profesor emérito de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, UASD, autor de textos de crítica e historia literaria y poesía a deshora, amén de narraciones del género satírico, una novela histórica, cuatro volúmenes de cuentos y relatos. 
En 1953 ingresa al Colegio de la Salle de la ciudad capital, Ciudad Trujillo, donde cursa el tercero de primaria. Al niño pueblerino no le sentará nada bien la experiencia en aquel ambiente doctrinario, autoritario, al que pagará tributo de rencor y determinará en gran parte su aversión a la religión y su radical anticlericalismo.
El ajusticiamiento del sátrapa en 1961 abre al país nuevos horizontes políticos y culturales y la ciudad de Santo Domingo recupera su histórico nombre. Dos años después, el prestigioso escritor Juan Bosch es elegido presidente de la República en las primeras elecciones libres celebradas en el país después de más de tres décadas de tiranía, y destituido al cabo siete meses de gobierno por un golpe de estado que contó con el auspicio de la embajada norteamericana.
En 1963, el mismo año de la elección y derrocamiento de Juan Bosch, ingresa a la universidad estatal y a la militancia política de izquierda en el Partido Socialista popular (PSP): el futuro Partido Comunista Dominicano (PCD).
En 1965 toma parte en la insurrección constitucionalista de abril, un movimiento cívico militar que pretendía reponer en el poder a Juan Bosch y se convirtió en guerra patria tras la intervención de fuerzas de ocupación yanquis. Su participación en la contienda, liderada  por el Coronel Caamaño, dejará en su biografía una honda y amarga huella que plasmará parcialmente en su única novela: Uno de esos días de abril(2012). 
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Si alguien le preguntara por su mayor título de orgullo, diría que fue  
escritor, que fue maestro, que alguna vez fue soldado del Coronel Caamaño. 
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Durante casi diez años, antes y después de publicar su primer libro -una Antología informal (1970) con la que se da a conocer y a odiar en el mundillo de las letras dominicanas-, vive fuera del país, estudia en Monterrey, Windsor, se gradúa de Doctor en letras en la Universidad de los estudios de Roma.
A su regreso en 1975 se dedica ocasionalmente a la publicidad y a partir de 1978 se consagra durante treinta años a la docencia como profesor de historia y literatura de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), de la cual se retira con la distinción de Profesor Meritísimo.

Durante un tiempo pública con ciertas limitaciones, debido a la censura estructural, en periódicos y revistas alternativos como “!Impacto Socialista!” y “Vetas”, y ocasionalmente en medios de prensa de México, Venezuela, Cuba y El Salvador.
En 1978 publica el ensayo Notas sobre el enriquillo, que le granjeó cierto reconocimiento, aunque circuló de manera casi clandestina.
En 1984 se da a conocer como narrador con un relato largo titulado Los cocodrilos, un engendro satírico, irreverente y despiadado de una cierta 
bohemia intelectual, a la cual pertenecía el propio autor, una especie de 
“ensayo” sobre poetas que incrementó su mala fama entre los escritores del  patio. 
En este libro, de muy contados lectores, bajo la mirada implacable de un crítico de mala leche, recrea el escenario de las venturas y desventuras de un grupo de poetas en viaje memorable a Puerto Rico, el discurrir de una tertulia pantagruélica en la que dominicanos y boricuas dan rienda suelta a la imaginación, al relajo, a la gula, a la afición etílico literaria. 

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LAS PALABRAS
El escritor no obedece a las palabras. Las palabras obedecen al escritor o no  es escritor.
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En el año 2004, quizás el más importante de su carrera, pública Los cuentos negros, una  colección de relatos en la que confirma su vocación de crítico punzante, incisivo, sardónico y vitriólico, todo un ajuste de cuenta entre el escritor y sus demonios.
Cuentos negros revertidos en humor negro. Visión satírica, entre risueña y amarga, de los aspectos más siniestros y podridos del poder. El poder en sus múltiples ramificaciones. El poder encarnado en el autoritarismo del estado 
seudo democrático, el estado delincuente y sus capítulos represivos. El poder encarnado en las ejecuciones sumarias, en la aplicación rutinaria de medidas que vulneran el derecho de gente, en la impunidad del crimen, la impunidad de la corrupción, el racismo ordinario. El poder manifiesto en el autoritarismo político y el autoritarismo eclesiástico, que se apoyan y se complementan: el poder que se expresa en los privilegios irritantes de la clase dirigente, en el boato y la vida disipada de los príncipes de la iglesia. 

A partir de esa publicación, y al cabo de un periodo de aislamiento, el surgimiento de los medios digitales abre una brecha por la cual se cuela de inmediato y se  convierte en asiduo colaborador de Clave digital, cosa que le permite por primera vez el acceso a un público más amplio sin problemas de restricciones ni censura hasta su desaparición forzada en el 2010. Con este medio seguirá colaborando años más tarde a partir de su relativa resurrección con el nombre de Acento .com.

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EL ESCRITOR 
Alguna vez me han preguntado, me he preguntado yo mismo muchas veces cómo se convierte uno en escritor. Cómo se aprende el oficio.
Uno comienza juntando palabras con un trabajo enorme en mi caso, las pone unas al lado de otras y sobre otras, como si fueran bloques o ladrillos, como si fuera uno una especie de albañil.
Uno se pasa horas enteras para escribir una página y a veces muchos meses, muchos años para escribir un cuento o una novela.
Escribes durante días, durante meses, durante años, pero no eres escritor.
Disfrutas de la felicidad y el tormento de escribir, pero no eres escritor.  
Hasta que un día descubres una particular forma de decir las cosas que  puede ser tuya o no ser tuya, pero que sientes tuya. No sé si buena o mala, pero que sientes tuya.
El oficio consiste en ser tu mismo. El oficio consiste en encontrarte.     
Entonces uno se convierte, si acaso se   convierte, en escritor.
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En el año 2008, gracias a los buenos oficios oficios de Felix Garcia Castellanos, empieza a escribir una página semanal sobre temas literarios, históricos y culturales en El Caribe sin abandonar la plataforma digital. Inicia entonces el período más fecundo de una producción literaria en la que imprime su estampa más profunda como escritor satírico. En está época 
publica cientos de artículos históricos, políticos, literarios, cuentos y relatos y una novela corta por entrega (su mayor título de orgullo), en la que recoge parte de sus vivencias sobre la insurrección constitucionalista de abril de 1965. Esta obra, Uno de esos días de abril (2012), describe los principales episodios de la contienda y tiene como personaje de referencia a una mujer extraordinaria que constituye el eje de la narración: la cojonuda viuda Pichardo.
Los cuentos y relatos (que sigue publicando ocasionalmente en El Caribe y Acento.com), han sido recogidos hasta ahora en dos volúmenes: Monedas en la fuente ( 2016) y Ritos ancestrales ( 2017), dos colecciones de cuentos y relatos viscerales y una noveleta truculenta de humor negro, vitriólico, sobre un negro período de la vida política de un país en el mundo: Flaubert se fue a la guerra.

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IDEALAGANARIO

Yo no recibo órdenes de la RAE.
Por eso escribo como me sale de los melones

El oficio consiste en ser tu mismo. El oficio consiste en encontrarte.      

La imaginación poética es una forma de locura, una membrana entre la imaginación y la alucinación, y creo que la alucinación está más cerca de la poesía.


La magia o destreza de un escritor consiste muchas veces en los giros inusitados que imprime al lenguaje, esos giros en qué las palabras se vuelven una sola cosa con el sentido que fundan.  

Las palabras son para retorcerlas, para desdoblarlas y descalabrarlas y despalabrarlas, incluso para mamarlas, para sacarles el jugo, la quintaesencia. El escritor no obedece a las palabras, las palabras obedecen al escritor o no es escritor.


La soledad acompaña al escritor y es la mejor compañera del escritor, pero escribir no es un ejercicio de soledad, es un acto regocijante muchas veces y a veces muy doloroso, y es siempre una forma de compartir con amigos o conocidos reales o imaginarios, vivos o muertos. La literatura, como la vida, sirve sobre todo para vivirse y compartirse
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Bibliografía 

Antologías y ensayos literarios
Antología  informal (1970)
Notas sobre el Enriquillo (1978)
Poemas de una sola intención (estudio y recopilación de la obra de Ruben Suro (1978)
Problemas de historia (en colaboración con Felix Calvo, 1982)
Oficio de poeta (ensayo de interpretación de la obra de Roque Dalton, en la edición dominicana de Taberna y otros lugares  (1983)
El humo de los rostros (poemas, en colaboración, 1992),
La luz en el regreso (estudio y selección de la antología poética de Víctor Villegas, 1993)
El chivo de Vargas Llosa, una lectura política (2000)
Memorias del viento frío. Poesía de la guerra y la posguerra (2002)

Narrativa
Los cocodrilos, ensayo sobre poetas (1984) 
Los cuentos negros (2004)
Uno de esos días de abril (2012)
Monedas en la fuente (2016)
Ritos ancestrales (2017)


Juicios
Ángela Peña: LOS CUENTOS NEGROS DE CONDE 
Eva Taberne Alvarengue: REÍR PARA NO LLORAR
https://eltallerdeletras.blogspot.com/2018/06/eva-taberne-albarengue-reir-para-no.html
Jesús Martín: UN CÍNICO ADMIRABLE
https://eltallerdeletras.blogspot.com/2018/06/un-cinico-admirable.html
Leíla Roldán: LOS CUENTOS NEGROS DE PEDRO
Lauro Zavala: VOCES CON VIDA: Un encuentro polifónico
https://eltallerdeletras.blogspot.com/2018/06/voces-con-vida-un-encuentro-polifonico.html







MEDALAGANARIO



Yo no recibo órdenes de la RAE.
Por eso escribo como me sale de los melones


El oficio consiste en ser tu mismo. El oficio consiste en encontrarte.      

La imaginación poética es una forma de locura, una membrana entre la imaginación y la alucinación, y creo que la alucinación está más cerca de la poesía.


La magia o destreza de un escritor consiste muchas veces en los giros inusitados que imprime al lenguaje, esos giros en qué las palabras se vuelven una sola cosa con el sentido que fundan. 

Las palabras son para retorcerlas, para desdoblarlas y descalabrarlas y despalabrarlas, incluso para mamarlas, para sacarles el jugo, la quintaesencia. El escritor no obedece a las palabras, las palabras obedecen al escritor o no es escritor.


La soledad acompaña al escritor y es la mejor compañera del escritor, pero escribir no es un ejercicio de soledad, es un acto regocijante muchas veces y a veces muy doloroso, y es siempre una forma de compartir con amigos o conocidos reales o imaginarios, vivos o muertos. La literatura, como la vida, sirve sobre todo para vivirse y compartirse

INVITACIÓN A VISITAR Taller de Letras


sábado, 8 de agosto de 2020

La ciudad perdida

Pedro Conde Sturla
7 agosto, 2020
Puerta de entrada a la ciudad perdida. 

En la puerta de entrada me encontré con un señor muy elegante que me dirigió el saludo con cierta cortesía profesional, un señor anticuado con sombrero de paja, paraguas en mano, sonrisa fría, aliento funerario. El aliento y el rostro funerarios.

En el recibidor presenté mis credenciales y me pareció que el encargado se echaba a reír, pero no le di mayor importancia y me dirigí hacia el lugar que me indicó: el escritorio de la recepcionista.
Le dije a la recepcionista que había venido por el anuncio del empleo en el periódico. Que estaba muy necesitado. Que trabajaría de sol a sol recogiendo y juntando cadáveres si era necesario. Pero no me hizo caso.
En el lugar había muchos letreros en italiano y una vocinglería terrible. Quizás por eso la recepcionista no me oyó la primera vez que le hablé y volví a decirle que había venido por el anuncio del empleo en el periódico. Que estaba muy necesitado. Que trabajaría de sol a sol recogiendo y juntando cadáveres si era necesario. Pero otra vez no me hizo caso.
Levanté la voz, no sin cierta altanería, y volví a decirle a la recepcionista que había venido por el anuncio del empleo en el periódico. Que estaba muy necesitado. Que trabajaría de sol a sol recogiendo y juntando cadáveres si era necesario...
Lo escuché la primera vez, señor, pero estaba procesando el mensaje para darle la respuesta correcta. Verá usted, esta no es una funeraria a pesar de las apariencias, es una agencia de viajes.
En cuanto escuché aquellas palabras me invadió el desencanto. Sólo el trabajo en una agencia publicitaria podía ser peor que el de una agencia de viajes, pero necesitaba un empleo. En esa época yo estaba en la mitad del camino de mi vida y Beatriz me había dejado solo y desamparado con cuatro niñas berrinchosas que no podrían valerse por sí solas hasta que no estuvieran en edad de robar o prostituirse.
Una agencia de viaje, repetí mecánicamente.
Una agencia de viajes para almas muertas. Usted estará encargado de recibirlas y distribuirlas y las dispondrá frente a sus respectivas puertas de salida. De lo demás se encargan del otro lado de las puertas. No intente averiguar lo que sucede.
Como si me hubiera adivinado el pensamiento, la recepcionista añadió a renglón seguido:
El sueldo es bajo y en principio no tendrá días libres ni vacaciones y ningún tipo de incentivos, pero el horario es flexible.
¡Sin días libres ni vacaciones!
Virgilio será su ayudante durante los primeros días.
¿Virgilio
Sentí que alguien respiraba a mis espaldas y me volví, nervioso. Virgilio me miraba con sus ojos marrones y sonreía con cierta mansedumbre.
Acompáñelo, Virgilio, enséñele lo que tiene que hacer y que empiece de
inmediato a trabajar.
¡Pero si yo no he dicho que acepto el empleo!
Demasiado tarde, señor, debe comenzar de inmediato.
Ni siquiera hemos hablado del estipendio.¿Cuanto se supone que voy a ganar?
El sueldo es prácticamente honorífico, señor. No perdamos tiempo. Acaba de llegar un nuevo paquete de almas muertas. Acompáñelo, Virgilio.
Justo en el momento en que pensaba protestar e voz alta y airada, Virgilio me agarró por el brazo con una fuerza inusitada y me condujo por un laberinto de pasillos y habitaciones a un extraño lugar. Allí se recibían y clasificaban las almas muertas en una cantidad tan grande que los empleados no daban a basto. Al final del recinto, a una distancia imprecisa, que parecía alargarse y acortarse a capricho, había tres puertas. Las dos de la izquierda eran de madera y no llamaban particularmente la atención, la tercera era imponente y parecía fabricada en acero incandescente.
Estas de aquí, dijo Virgilio, se deben depositar en el buzón de la puerta de la izquierda. Generalmente son pocas y muy ligeras. Estas otras son más abundantes, van al buzón de la puerta del medio. Las de este fardo van a la ciudad perdida, por la puerta grande de acero incandescente. No se acerque demasiado.
Desde que entré a aquel lugar había comenzado a sentir una cierta pesadez, un malestar indefinido. Ahora sentía como si el peso de una fuerza maligna empezara a gravitar sobre mis hombros y sentía miedo, una extraña desazón. Además, en algún momento volví a ver a lo lejos al señor de la puerta de entrada, el señor de rostro y aliento funerarios, y el corazón me dió un vuelco. Advertí, con asombro, que tenía una manera de moverse ágil, desenvuelta y ágil que desmentía su apariencia cadavérica, su condición de hombre muerto caminando.
¿Quién es esa persona?
El señor no es una persona, es una presencia. No está muerto ni vivo. A veces ni lo uno ni lo otro.
Creo que no lo entiendo.
Bueno, verá señor, estar muerto en este lugar es un condición transitoria y sobre todo aburrida.
¡Basta ya!, dije en tono imperativo, quiero irme inmediatamente de aquí.
No es posible, señor.
¡Cómo que no es posible? ¿Dónde está la salida?
No hay salida, señor.
¡Cómo que no hay salida? Exijo una explicación.
No existe una explicación. Todo lo que sucede aquí es inexplicable.
¡Pero se puede saber qué clase de lugar es este?
Nadie lo sabe señor, nadie lo ha sabido nunca en siglos y siglos de eternidad.



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sábado, 1 de agosto de 2020

Besos de fuego

Pedro Conde Sturla
03-08-2020 


A mi agradecida lectora y ex alumna        
Nadia Mirqueya Barinas Soñé


El beso, óleo de Gustav Klimt

En una fabulosa película de Giuseppe Tornatore —todo un poema fílmico titulado "Cinema paradiso"—, se cuenta la historia de un cine que es un poco la historia de un pueblo de Sicilia llamado Giancaldo. También es la historia del proyeccionista del cine, que se llama Alfredo, y la de un niño que se convertirá en su ayudante y cuyo nombre se pronuncia Totó, aunque en italiano no lleva acento y puede dar lugar a confusiones.

Durante años, Alfredo y Totó sufren en silencio la  intromisión de la censura eclesiástica, la muy personal censura del cura del pueblo, el padre Adelfio, que a golpes de tijera  elimina de las películas todas las partes pornográficas. Es decir, las escenas románticas donde los personajes de aquella época de insobornable castidad se daban besos con los labios bien apretados, como si en vez de besarse estuvieran apurando una copa de aceite de ricino. El público protestaba, por supuesto, durante la proyección de las películas cada vez que se producía un corte y rabiaba hasta más no poder, pero todo era inútil. La censura siguió ejerciendo durante años su labor de zapa, mutilando lo que muchas veces eran obras de arte, pero no quedaría impune para siempre. Cambiaron los tiempos y el cine fue reconstruido y cambió de dueño. Y cuando por primera vez se permitió ver una de esas escenas donde dos degenerados, dos seres condenados a la perdición se besuqueaban sin rubor, el público estalló de júbilo y el padre Adelfio estalló de indignación. Comprendió quizás oscuramente que todas las almas de sus feligreses estaban perdidas, irremediablemente perdidas. Juró que no volvería al cine a ver películas pornográficas o algo parecido.
Pero lo peor no había pasado todavía. Alfredo, el proyeccionista, había conservado las tiras de celuloide censuradas y las había unido en un rollo, un carrete bastante largo que dejó como legado a su amigo Totó. Allí estaban todos los besos mutilados, todo el horror de aquellos besos que escandalizaban al padre Adelfio, un carrusel de besos, una sinfonía de besuqueos, todo un sinfín de besos. Un suave rozar de labios. Nada de lengüetería, nada de lengüetazos ni salivería. Pero besos al fin. Imperdonablemente besos.
El tema de los besos es algo muy socorrido, todo un lugar común en la historia de la cultura. Hay un famoso tango, por ejemplo, que se llama "Besos de fuego" y es bastante incendiario. Hay una canción igualmente famosa llamada "Bésame mucho", un famoso óleo de  Gustav Klimt llamado "El beso" y así por el estilo. Incluso hay un personaje, todo un personaje de la obra 'Quíntuples", de Luis Rafael Sánchez, que además de ser enano se llama Besos de Fuego. Un enano llamado Besos de Fuego, qué ocurrencia.
Además, recientemente descubrí un blog titulado "Todos los besos", un "Blog de Raúl Amores Pérez, dedicado a mostrar un repertorio de besos descritos en la literatura (en verso, prosa), en la música, en la pintura, la fotografía, el cine, la escultura y los tratados del arte del amor". Ahí parece que están todos los besos del mundo, incluyendo uno del promiscuo José Ángel Buesa que habla de "besar la sombra de otra boca / en cada boca que se besa...".
Uno de mis favoritos es del desconocido José Martínez Jerez, un personaje que al parecer no existe a pesar de la fama acumulada por el poema "Flirt". Sólo se que es el autor de ese poema "perteneciente al libro "Antología de la reminiscencia", de Juan Aragón Osorio de fecha 1965 d.n.e." y sé que es un lindo poema, pleno de pensamientos sugestivos e imágenes ingeniosísimas ("un beso es una rosa que se exprime en los labios", "puede perderse un beso como se pierde un guante"):
"Es absurdo, señora, que os enojéis por eso, / yo os juro que no tiene tanta importancia un beso / para que perpetuéis esa ojera afligida / y creáis deshojada de pudor vuestra vida. / No exige el accidente represalias ni agravios: / un beso es una rosa que se exprime en los labios, / es como una palabra más grave y  expresiva, / es como una mirada más intensa y más viva, /pero que en el armónico mecanismo social, / sólo tiene un efímero valor sentimental, / y al  cabo de una charla distinguida y galante, / puede perderse un beso como se pierde un guante. / Es absurdo, señora, que os enojéis por eso. / No es grave la inquietante mordedura de un beso / y aunque inflame los labios (y el alma) su escozor, / ni se muere de pena, ni aún se enferma de amor. /Pero si fue el ultraje tan ruin y tan villano, / y tan grande la herida de aquel beso tan chico, / ¿por qué dejasteis presa vuestra mano en  mi mano / y sonreís ahora detrás del abanico?"
"Metamorfosis", de Luis Gonzaga Urbina, es otro de los poemas besucones que atesoro. Es, si se quiere,  un poema tonto que habla de un beso que sale volando. Pero la poesía florece o más bien surge como de un manantial, de la delicadeza con que el poeta hilvana sus pensamientos, en  el "voluble giro" que  el poeta imprime a la mano que huyó  "hasta el confín lejano", en "el beso que volaba tras la mano," y "rompiendo el aire, se volvió suspiro". Todo un dechado de orfebrería o ingeniería, de imaginería poética:
"Era un cautivo beso enamorado / de una mano de nieve, que tenía / la apariencia de un lirio desmayado / y el palpitar de un ave en la agonía. / Y sucedió que un día, / aquella mano suave / de palidez de cirio, / de languidez de lirio, / de palpitar de ave, / se acercó tanto a la prisión del beso, / que ya no pudo más el pobre preso / y se escapó; mas, con voluble giro, / huyó la mano hasta el confín lejano, / y el beso que volaba tras la mano, / rompiendo el aire, se volvió suspiro".
Gabriela Mistral también escribió magistrales poemas besucones. Escribió, por ejemplo, el grandioso poema "Besos", y quizás nadie como ella enseñó a besar con "besos que pronuncian por sí solos / la sentencia de amor condenatoria," con "besos que se dan con la mirada", con  "besos que se dan con la memoria". Son algunos de los versos más intensos y realistas de la literatura.
Sólo ella supo decir o se atrevió a decir":
"Yo te enseñé a besar: los besos fríos / son de impasible corazón de roca, / yo te enseñé a besar con besos míos / inventados por mí, para tu boca".


Empresario Hazoury advierte con acciones legales a directivos de Asonahores
 



COVID-19: Explican por qué ya no son necesarias pruebas diagnósticas
 






CNLCC: Próximas autoridades reculan con Punta Catalina
 










 














 

 

Besos de fuego

Pedro Conde Sturla
31 julio, 2020
A mi agradecida lectora y ex alumna
Nadia Mirqueya Barinas Soñé
En una fabulosa película de Giuseppe Tornatore —todo un poema fílmico titulado “Cinema paradiso”—, se cuenta la historia de un cine que es un poco la historia de un pueblo de Sicilia llamado Giancaldo. También es la historia del proyeccionista del cine, que se llama Alfredo, y la de un niño que se convertirá en su ayudante y cuyo nombre se pronuncia Totó, aunque en italiano no lleva acento y puede dar lugar a confusiones.

Durante años, Alfredo y Totó sufren en silencio la intromisión de la censura eclesiástica, la muy personal censura del cura del pueblo, el padre Adelfio, que a golpes de tijera elimina de las películas todas las partes pornográficas. Es decir, las escenas románticas donde los personajes de aquella época de insobornable castidad se daban besos con los labios bien apretados, como si en vez de besarse estuvieran apurando una copa de aceite de ricino. El público protestaba, por supuesto, durante la proyección de las películas cada vez que se producía un corte y rabiaba hasta más no poder, pero todo era inútil. La censura siguió ejerciendo durante años su labor de zapa, mutilando lo que muchas veces eran obras de arte, pero no quedaría impune para siempre. Cambiaron los tiempos y el cine fue reconstruido y cambió de dueño. Y cuando por primera vez se permitió ver una de esas escenas donde dos degenerados, dos seres condenados a la perdición se besuqueaban sin rubor, el público estalló de júbilo y el padre Adelfio estalló de indignación.
Comprendió quizás oscuramente que todas las almas de sus feligreses estaban perdidas, irremediablemente perdidas. Juró que no volvería al cine a ver películas pornográficas o algo parecido.
Pero lo peor no había pasado todavía. Alfredo, el proyeccionista, había conservado las tiras de celuloide censuradas y las había unido en un rollo, un carrete bastante largo que dejó como legado a su amigo Totó. Allí estaban todos los besos mutilados, todo el horror de aquellos besos que escandalizaban al padre Adelfio, un carrusel de besos, una sinfonía de besuqueos, todo un sinfín de besos. Un suave rozar de labios. Nada de lengüetería, nada de lengüetazos ni salivería. Pero besos al fin. Imperdonablemente besos.
El tema de los besos es algo muy socorrido, todo un lugar común en la historia de la cultura. Hay un famoso tango, por ejemplo, que se llama “Besos de fuego” y es bastante incendiario. Hay una canción igualmente famosa llamada “Bésame mucho”, un famoso óleo de Gustav Klimt llamado “El beso” y así por el estilo. Incluso hay un personaje, todo un personaje de la obra ‘Quíntuples”, de Luis Rafael Sánchez, que además de ser enano se llama Besos de fuego. Un enano llamado Besos de fuego, qué ocurrencia.
Además, recientemente descubrí un blog titulado “Todos los besos”, un “Blog de Raúl Amores Pérez, dedicado a mostrar un repertorio de besos descritos en la literatura (en verso, prosa), en la música, en la pintura, la fotografía, el cine, la escultura y los tratados del arte del amor”. Ahí parece que están todos los besos del mundo, incluyendo uno del promiscuo José Ángel Buesa que habla de “besar la sombra de otra boca / en cada boca que se besa...”.
Uno de mis favoritos es del desconocido José Martínez Jerez, un personaje que al parecer no existe a pesar de la fama acumulada por el poema “Flirt”. Sólo sé que es el autor de ese poema “perteneciente al libro “Antología de la reminiscencia”, de Juan Aragón Osorio de fecha 1965 d.n.e.” y sé que es un lindo poema, pleno de pensamientos sugestivos e imágenes ingeniosísimas (“un beso es una rosa que se exprime en los labios”, “puede perderse un beso como se pierde un guante”):
“Es absurdo, señora, que os enojéis por eso, / yo os juro que no tiene tanta importancia un beso / para que perpetuéis esa ojera afligida / y creáis deshojada de pudor vuestra vida. / No exige el accidente represalias ni agravios: / un beso es una rosa que se exprime en los labios, / es como una palabra más grave y expresiva, / es como una mirada más intensa y más viva, /pero que en el armónico mecanismo social, / sólo tiene un efímero valor sentimental, / y al cabo de una charla distinguida y galante, / puede perderse un beso como se pierde un guante. / Es absurdo, señora, que os enojéis por eso. / No es grave la inquietante mordedura de un beso / y aunque inflame los labios (y el alma) su escozor, / ni se muere de pena, ni aún se enferma de amor. /Pero si fue el ultraje tan ruin y tan villano, / y tan grande la herida de aquel beso tan chico, / ¿por qué dejasteis presa vuestra mano en mi mano / y sonreís ahora detrás del abanico?”
“Metamorfosis”, de Luis Gonzaga Urbina, es otro de los poemas besucones que atesoro. Es, si se quiere, un poema tonto que habla de un beso que sale volando. Pero la poesía florece o más bien surge como de un manantial, de la delicadeza con que el poeta hilvana sus pensamientos, en el “voluble giro” que el poeta imprime a la mano que huyó “hasta el confín lejano”, en “el beso que volaba tras la mano,” y “rompiendo el aire, se volvió suspiro”. Todo un dechado de orfebrería o ingeniería, de imaginería poética:
“Era un cautivo beso enamorado / de una mano de nieve, que tenía / la apariencia de un lirio desmayado / y el palpitar de un ave en la agonía. / Y sucedió que un día, / aquella mano suave / de palidez de cirio, / de languidez de lirio, / de palpitar de ave, / se acercó tanto a la prisión del beso, / que ya no pudo más el pobre preso / y se escapó; mas, con voluble giro, / huyó la mano hasta el confín lejano, / y el beso que volaba tras la mano, / rompiendo el aire, se volvió suspiro”.
Gabriela Mistral también escribió magistrales poemas besucones. Escribió, por ejemplo, el grandioso poema “Besos”, y quizás nadie como ella enseñó a besar con “besos que pronuncian por sí solos / la sentencia de amor condenatoria,” con “besos que se dan con la mirada”, con “besos que se dan con la memoria”. Son algunos de los versos más intensos y realistas de la literatura.
Sólo ella supo decir o se atrevió a decir”:
“Yo te enseñé a besar: los besos fríos / son de impasible corazón de roca, / yo te enseñé a besar con besos míos / inventados por mí, para tu boca”.



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martes, 28 de julio de 2020

Ei señoi Cru

Pedro Conde Sturla
24 julio, 2020

Eugenio Cruz Almánzar. 

En realidad se llamaba Eugenio Cruz Almánzar, pero en San Francisco de Macorís se hablaba cibaeño, igual que en casi todos los pueblos del Cibao, y los estudiantes le decían señoi Cru. Ei señoi Cru, le decían, porque era el director de la escuela pública y merecía respeto y era querido y respetado. Bueno día, señoi Cru, buena taide, señoi Cru.
Además estaba casado con una tía mía que se llamaba Marielba o Maria Elba Sturla Ricchetti y era también tío mío y de todos mis hermanos y de mis primos y primas y primates de apellido Sturla. Sin embargo, los familiares y amigos no le decían señoi Cru. Le decían Gengo, Genguito, tío Genguito.

Pero lo importante es que era director de la escuela pública primaria El Salvador en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo XX. Yo estudiaba allí con los demás varones de la familia.
Las niñas asistían a la escuela Costa Rica, que tenía como directora a Chea Bergés, la madre del dramaturgo Rafael Añez Bergés, y para los mayores estaba la secundaria, la Escuela Normal Ercilia Pepín, cuyo director era Ángel Severo Cabral. En la actualidad, una escuela de San Francisco de Macorís y un premio al mérito magisterial se honran con el nombre de Eugenio Cruz Almánzar.
Yo era un privilegiado por partida doble. Aparte de ser sobrino dei Señoi Cru, vivía a un tiro de piedra de la escuela. De hecho sólo tenía que atravesar un solar para llegar, y en el recreo podía regresar a la casa, tomar agua, una merienda, y volver a tiempo para el reinicio de las clases. En general, por órdenes dei señoi Cru, mis primos Raulito, Wilfredo y yo teníamos que presentarnos o nos presentábamos voluntariamente en la Dirección al inicio del recreo. Entonces Ei señoi Cru se convertía en el muy cariñoso tío Genguito y nos daba un chele a cada uno, un valioso centavo de peso con el cual comprábamos gofio, hojaldre, frío frío o cualquier otra golosina. Al recordar el gusto, el placer con que ingeríamos esos preciados manjares (sin olvidar los durísimos roquetes del Santo Cerro) la piel se me eriza, se me pone de gallina, me engranujo de arriba abajo. El gofio es un polvo de maíz tostado y azucarado que se vendía en unos cucuruchos de papel, una hoja de papel, enrollada en forma cónica. En cuanto te lo ponías en la boca te hacías un tollo, te quedabas sin saliva, se te salía el polvo por la comisura de los labios. El mejor chiste era comer gofio y tratar de decir gofio al mismo tiempo. Las palabras no salían, pero el gofio sí.
Las hojaldres, también llamadas hojaldras, tenían un efecto similar. Se hacían con almidón de yuca o de guáyiga y eran duras por fuera y harinosas por dentro y resecaban completamente la boca, pero tenían un sabor exótico a nuez moscada y limón.
En cuanto al frío frío, el guayao —lo que ahora llaman yun yun—, creo que lo mejor que puede decirse es que era nuestra más saludable fuente de microbios, de los huevos de lombrices que casi todos teníamos en esa época. El frío frío se hacía y se hace a partir de un bloque de hielo expuesto a todas las fuentes posibles de contaminación. Hielo guayado o rallado, rociado con siropes de sabores artificiales o naturales de origen incierto, necesariamente contaminados. Creo que muchos le debemos la vida al guayao. A la muy variada clase de bichos con los cuales nos inmunizamos.
Casi todos, a la hora del recreo, éramos alegres consumidores de los parásitos que venían con el frío frío, y ei señoi Cru no era la excepción. Se comía un guayao religiosamente y a veces dos, pero tenía que estar atento, muy atento. Durante el recreo tendía a relajarse la disciplina y se producían encontronazos y peleas que ei señoi Cru no dejaba sin castigo.
Ei Señoi Cru era un tipo impresionante, con un vozarrón canónico que se escuchaba en todos los rincones, toda una masa de pan cuando no perdía la paciencia, pero si la perdía era mejor no estar muy cerca. Sin embargo, no era un tipo iracundo, imprimía muchas veces ciertos castigos corporales sin irritarse ni excederse. Aparte de la voz impresionante tenía un pito que pitaba durísimo (lo que se llama pito en Santo Domingo, no en Argentina), es decir, un silbato ensordecedor que usaba con cierta discreción. Cuando fui grande y nuestra relación familiar dio origen a una mayor confidencia, me habló de la importancia del pito en el desempeño de su labor como director de escuela. El pito era algo de lo que no podía abusar para que no le faltaran el respeto, el respeto al pito. En condiciones normales bastaba un pitazo para componer o recomponer el orden. Pero en casos extremos (como cuando se armaba, por ejemplo, una pelea y los estudiantes se arremolinaban como en una especie de gallera en torno a los combatientes y gritaban de alegría a voz en cuello), no era prudente usar el pito porque nadie lo iba a oír ni le habría hecho caso. Le habrían perdido el respeto a al pito, que era lo que más temía. En semejantes circunstancias, ei señoi Cru la emprendía a empujones y pescozones contra los mirones y a pescozones y empujones se abría paso hasta llegar hasta los contendientes, que se molían generalmente a golpes sin advertir que el temible señoi Cru estaba sobre ellos. Entonces los separaba y sólo entonces hacía sonar el pito, aquel dichoso pito que rompía los oídos. Hacía un llamado al orden que todos obedecían.
Alguna vez oí decir que en casos excepcionales (cuando algún contendiente echaba mano a un palo o una piedra o un arma punzante para dañar al adversario), ei señoi Cru empleaba un castigo drástico. Se valía de un vergajo (una verga de toro disecada que guardaba celosamente en un armario de la Dirección), y con ella golpeaba en privado al infractor con un golpe, un solo golpe en las nalgas o en el muslo. Un solo golpe que, según los entendidos, daba ganas de mearse.
En general, el castigo favorito que empleaba ei señoi Cru contra los estudiantes que se fajaban a los puños era más ocurrente y divertido, por lo menos para los espectadores. Una vez que sometía a los gladiadores a la obediencia, los agarraba por la oreja y lo que entonces llamábamos corbeja al mismo tiempo, es decir por la oreja y los pelos de la sien. Y una vez que agarraba no soltaba, jalaba duro hacia arriba, cada vez más duro en la medida en que se acercaban a la Dirección. Las víctimas de aquel castigo trataban inútilmente de sustraerse al dolor poniéndose en puntas de pie. Aquello parecía realmente lo que se denomina en ballet un arabesco, un “ponte de puntillas”, toda una pieza de danza clásica que provocaba un coro cruel de risotadas interminables.
Supongo que muchos consideran que semejante práctica es simplemente injustificable, quizás aborrecible. Yo estoy convencido de que ei señoi Cru recurría a este método contra quienes se lo merecían y todavía me causa risa recordar esos episodios. Lo confieso sin tapujos, todavía me causa una cruel risa interminable recordar aquellos estudiantes sujetos por la oreja y la corbeja y caminando en punta de pies como bailarines de ballet y meo culpa. Meo toda la culpa.


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lunes, 27 de julio de 2020

EL CAPITÁN MATATRISTES

(Un relato de Ritos ancestrales)
Pedro Conde Sturla

La noticia corrió como noticia, como reguero de noticia, como suelen correr las noticias. En cuanto atraparon a los ladrones, cuatro supuestos ladrones que habían puesto en zozobra a la laboriosa comunidad de Sánchez, los celosos agentes del orden (guardias y policías, entre los cuales algunos vestidos de civil), los encueraron en público, como era de rigor, los despojaron sin miramientos de sus ropas, los harapos más bien, y ahí mismo les dieron una tanda de palos, de culatazos y patadas, patadas y culatazos para que sirvieran de ejemplo y buen ejemplo al público que aplaudía, que presenciaba gozoso el espectáculo, especie de catarsis aristotélica para la mala leche.


Después los tiraron como piltrafa en una carreta para llevarlos a la cárcel de la fortaleza en las afueras del pueblo, donde llegaron casi vivos, milagrosamente vivos, brutalmente apaleados, pero como quien dice vivos. Menos coleando que vivos.

Al día siguiente, cuando el juez de instrucción designado para conocer el caso acudió al lugar con el propósito de cumplir puntualmente con su deber, después de mucho averiguar se encontró con que los presos no se encontraban, ya no estaban, habían dejado de estar. Advirtió asimismo que los garantes del orden uniformado respondían a sus preguntas con extrañeza, extrañeza y extrañitud, cuando no con palabras evasivas y desdeñosas, y entonces pidió que lo llevaran al despacho del comandante. Ni más ni menos que al despacho del comandante. El recio comandante de la fortaleza, un célebre matatristres de mal ganada fama.
–Capitán Pujals, ¿qué pasó con los presos, los supuestos ladrones? Nadie sabe decirme nada de ellos.
El capitán lo miró con disgusto, casi con desprecio.
–Los guindé, magistrado. Uno por uno. Fueron gentilmente ahorcados en su propia celda para evitar derramamiento de sangre.
–¿Pero cómo es posible, capitán? No lo puedo creer.Yo estoy aquí por órdenes de la fiscalía para instruir la sumaria.

El rostro del capitán se pobló de sombra. De repente era una sola sombra, una sola sombra larga.

–El querido Jefe ha dado instrucciones precisas en lo que respecta a esos casos. ¿Acaso usted se opone a las órdenes sumarias del Generalísimo?
–De ninguna manera, capitán. De ninguna manera –recalcó el magistrado, empezando a sudar copiosamente en frío–. ¿Pero no le pasó por la mente que esos hombres podían ser inocentes?
La sombría sombra larga se acentuó en el rostro del capitán que ya estaba perdiendo la paciencia.
–Eran inocentes –dijo tajantemente.
–Excúseme, capitán, ¿cómo lo sabe usted, capitán?
–Hace un par de horas encontramos a los verdaderos culpables.
–¿Y qué hizo con ellos, capitán?
La cara del capitán Pujals se iluminó con una encantadora sonrisa de niño travieso. Parecía de repente otra persona y no lo era.
–¿Qué hizo con ellos, capitán?
El capitán volvió a sonreír con su sonrisa de niño.
–Los guindé también, magistrado. Los guindé piadosamente a todos. No se hable más del asunto.

19/04/200997


viernes, 24 de julio de 2020

Ei señoi Cru

Pedro Conde Sturla
24 julio, 2020
Eugenio Cruz Almánzar. 

En realidad se llamaba Eugenio Cruz Almánzar, pero en San Francisco de Macorís se hablaba cibaeño, igual que en casi todos los pueblos del Cibao, y los estudiantes le decían señoi Cru. Ei señoi Cru, le decían, porque era el director de la escuela pública y merecía respeto y era querido y respetado. Bueno día, señoi Cru, buena taide, señoi Cru.
Además estaba casado con una tía mía que se llamaba Marielba o Maria Elba Sturla Ricchetti y era también tío mío y de todos mis hermanos y de mis primos y primas y primates de apellido Sturla. Sin embargo, los familiares y amigos no le decían señoi Cru. Le decían Gengo, Genguito, tío Genguito.

Pero lo importante es que era director de la escuela pública primaria El Salvador en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo XX. Yo estudiaba allí con los demás varones de la familia.
Las niñas asistían a la escuela Costa Rica, que tenía como directora a Chea Bergés, la madre del dramaturgo Rafael Añez Bergés, y para los mayores estaba la secundaria, la Escuela Normal Ercilia Pepín, cuyo director era Ángel Severo Cabral. En la actualidad, una escuela de San Francisco de Macorís y un premio al mérito magisterial se honran con el nombre de Eugenio Cruz Almánzar.
Yo era un privilegiado por partida doble. Aparte de ser sobrino dei Señoi Cru, vivía a un tiro de piedra de la escuela. De hecho sólo tenía que atravesar un solar para llegar, y en el recreo podía regresar a la casa, tomar agua, una merienda, y volver a tiempo para el reinicio de las clases. En general, por órdenes dei señoi Cru, mis primos Raulito, Wilfredo y yo teníamos que presentarnos o nos presentábamos voluntariamente en la Dirección al inicio del recreo. Entonces Ei señoi Cru se convertía en el muy cariñoso tío Genguito y nos daba un chele a cada uno, un valioso centavo de peso con el cual comprábamos gofio, hojaldre, frío frío o cualquier otra golosina. Al recordar el gusto, el placer con que ingeríamos esos preciados manjares (sin olvidar los durísimos roquetes del Santo Cerro) la piel se me eriza, se me pone de gallina, me engranujo de arriba abajo. El gofio es un polvo de maíz tostado y azucarado que se vendía en unos cucuruchos de papel, una hoja de papel, enrollada en forma cónica. En cuanto te lo ponías en la boca te hacías un tollo, te quedabas sin saliva, se te salía el polvo por la comisura de los labios. El mejor chiste era comer gofio y tratar de decir gofio al mismo tiempo. Las palabras no salían, pero el gofio sí.
Las hojaldres, también llamadas hojaldras, tenían un efecto similar. Se hacían con almidón de yuca o de guáyiga y eran duras por fuera y harinosas por dentro y resecaban completamente la boca, pero tenían un sabor exótico a nuez moscada y limón.
En cuanto al frío frío, el guayao —lo que ahora llaman yun yun—, creo que lo mejor que puede decirse es que era nuestra más saludable fuente de microbios, de los huevos de lombrices que casi todos teníamos en esa época. El frío frío se hacía y se hace a partir de un bloque de hielo expuesto a todas las fuentes posibles de contaminación. Hielo guayado o rallado, rociado con siropes de sabores artificiales o naturales de origen incierto, necesariamente contaminados. Creo que muchos le debemos la vida al guayao. A la muy variada clase de bichos con los cuales nos inmunizamos.
Casi todos, a la hora del recreo, éramos alegres consumidores de los parásitos que venían con el frío frío, y ei señoi Cru no era la excepción. Se comía un guayao religiosamente y a veces dos, pero tenía que estar atento, muy atento. Durante el recreo tendía a relajarse la disciplina y se producían encontronazos y peleas que ei señoi Cru no dejaba sin castigo.
Ei Señoi Cru era un tipo impresionante, con un vozarrón canónico que se escuchaba en todos los rincones, toda una masa de pan cuando no perdía la paciencia, pero si la perdía era mejor no estar muy cerca. Sin embargo, no era un tipo iracundo, imprimía muchas veces ciertos castigos corporales sin irritarse ni excederse. Aparte de la voz impresionante tenía un pito que pitaba durísimo, un pito ensordecedor que usaba con cierta discreción. Cuando fui grande y nuestra relación familiar dio origen a una mayor confidencia, me habló de la importancia del pito en el desempeño de su labor como director de escuela. El pito era algo de lo que no podía abusar para que no le faltaran el respeto, el respeto al pito. En condiciones normales bastaba un pitazo para componer o recomponer el orden. Pero en casos extremos (como cuando se armaba, por ejemplo, una pelea y los estudiantes se arremolinaban como en una especie de gallera en torno a los combatientes y gritaban de alegría a voz en cuello), no era prudente usar el pito porque nadie lo iba a oír ni le habría hecho caso. Le habrían perdido el respeto a al pito, que era lo que más temía. En semejantes circunstancias, ei señoi Cru la emprendía a empujones y pescozones contra los mirones y a pescozones y empujones se abría paso hasta llegar hasta los contendientes, que se molían generalmente a golpes sin advertir que el temible señoi Cru estaba sobre ellos. Entonces los separaba y sólo entonces hacía sonar el pito, aquel dichoso pito que rompía los oídos. Hacía un llamado al orden que todos obedecían.
Alguna vez oí decir que en casos excepcionales (cuando algún contendiente echaba mano a un palo o una piedra o un arma punzante para dañar al adversario), ei señoi Cru empleaba un castigo drástico. Se valía de un vergajo (una verga de toro disecada que guardaba celosamente en un armario de la Dirección), y con ella golpeaba en privado al infractor con un golpe, un solo golpe en las nalgas o en el muslo. Un solo golpe que, según los entendidos, daba ganas de mearse.
En general, el castigo favorito que empleaba ei señoi Cru contra los estudiantes que se fajaban a los puños era más ocurrente y divertido, por lo menos para los espectadores. Una vez que sometía a los gladiadores a la obediencia, los agarraba por la oreja y lo que entonces llamábamos corbeja al mismo tiempo, es decir por la oreja y los pelos de la sien. Y una vez que agarraba no soltaba, jalaba duro hacia arriba, cada vez más duro en la medida en que se acercaban a la Dirección. Las víctimas de aquel castigo trataban inútilmente de sustraerse al dolor poniéndose en puntas de pie. Aquello parecía realmente lo que se denomina en ballet un arabesco, un “ponte de puntillas”, toda una pieza de danza clásica que provocaba un coro cruel de risotadas interminables.
Supongo que muchos consideran que semejante práctica es simplemente injustificable, quizás aborrecible. Yo estoy convencido de que ei señoi Cru recurría a este método contra quienes se lo merecían y todavía me causa risa recordar esos episodios. Lo confieso sin tapujos, todavía me causa una cruel risa interminable recordar aquellos estudiantes sujetos por la oreja y la corbeja y caminando en punta de pies como bailarines de ballet y meo culpa. Meo toda la culpa.



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La tregua de Navidad

Pedro Conse Sturla
16 febrero, 2013

Este es un documento que tenía planeado publicar durante el último diciembre, en la fecha más próxima posible a la Navidad, pero el ácido viejúrico me jugó una trastada y  se me perdió de vista hasta el día de hoy, cuando he vuelto a encontrarlo por casualidad, y a releerlo, por supuesto, con la misma emoción. Ocurrió en una Navidad, en medio de la horrenda primera guerra mundial, la Gran Guerra, a la cual siguió la pandemia de gripe llamada española que causó más muertes que la guerra. 
Y
El documento remite al episodio de un grupo de soldados (atrincherados casi frente a frente y matándose unos con otros), que decretaron una tregua, un alto el fuego (sin permiso del alto mando, desde luego) y celebraron la Navidad en los más preciosos términos cristianos, intercambiando regalos, cantando villancicos en inglés y alemán, leyendo poemas bíblicos, fundiéndose en un abrazo ecuménico, universal en la noche más gloriosa de la cristiandad.
Leyendo el documento, pienso en Bertolt Brecht, un marxista que creía que el hombre no sería malo si la maldad no fuera negocio. Casi me atrevo a suscribir, pero sin mucho convencimiento lo que dice Albert Camus en “La peste”: “A saber, que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. 
Lamentablemente vivo en un mundo podrido, de senadores y diputados podridos, de funcionarios podridos, de expresidentes podridos, de una justicia podrida, de gente podrida que empobrece al pueblo dominicano con su podredumbre. De gente que saqueando el patrimonio nacional y entregando riquezas a los depredadores extranjeros reducen al pueblo dominicano a la infinita miseria y mucho me da trabajo creer en Brecht y en Camus. Creo, eso sí, que ocasionalmente, ese bípedo parlante,  inmisericorde, insaciable que llamamos ser humano es capaz de elevarse a grados de dignidad y nobleza sin par. Creo, desde luego, en el ejemplo de una jauría de soldados enviados a la masacre que en una Navidad se convirtieron en seres extraordinarios y auténticos cristianos en el peor escenario posible de imaginar. 

Tregua de Navidad
Se conoce como Tregua de Navidad a un breve alto el fuego no oficial que ocurrió entre el Imperio Alemán y las tropas británicas estacionadas en el frente occidental de la Primera Guerra Mundial durante la navidad de 1914. La tregua comenzó en la víspera de la Navidad, el 24 de diciembre de 1914 cuando las tropas alemanas comenzaron a decorar sus trincheras, luego continuaron con su celebración cantando villancicos, específicamente Stille Nacht (Noche de paz). Las tropas británicas en las trincheras al otro lado respondieron entonces con villancicos en inglés.
Ambos lados continuaron el intercambio gritando saludos de Navidad los unos a los otros. Pronto ya había llamadas a visitas en la tierra de nadie, donde pequeños regalos fueron intercambiados: whisky, cigarrillos, etc. La artillería en esa región permaneció silenciosa esa noche. La tregua también permitió que los caídos recientes fueran recuperados desde detrás de las líneas y enterrados. Se condujeron ceremonias de entierro con soldados de ambos lados del conflicto llorando las pérdidas juntos y ofreciéndose su respeto. En un entierro en la Tierra de nadie, soldados británicos y alemanes se reunieron para leer un fragmento del Salmo 23:
“El Señor es mi pastor, nada me falta. Sobre pastos verdes me hace reposar, por aguas tranquilas me conduce. El Señor me da nueva fuerza, me consuela, me hace perseverar. Me lleva por el buen camino, por el amor de su nombre. Aunque camine por un valle oscuro no temeré mal alguno porque Él está conmigo.” 
La tregua se propagó hacia otras áreas, y hay muchas historias algunas quizá apócrifas de partidos de fútbol entre las fuerzas enemigas. Hay cartas que confirman que el resultado de uno de esos juegos fue 3 a 2 a favor de Alemania.
En muchos sectores la tregua sólo duró esa noche, pero en algunas áreas duró hasta el año nuevo, e incluso hasta el mes de febrero.
La tregua ocurrió a pesar de la oposición de los niveles superiores de los ejércitos. Anteriormente un pedido hecho por el papa Benedicto XV de una tregua entre las partes en guerra había sido desoído.
Los comandantes británicos John French y Sir Horace Smith-Dorrien juraron que una tregua así nunca volvería a permitirse (sin embargo ambos habían dejado el mando antes de la Navidad de 1915). En los años subsiguientes se ordenaron bombardeos de artillería en la víspera de la festividad para asegurarse de que no hubiera más reblandecimientos en medio del combate. Asimismo las tropas eran rotadas por varios sectores del frente para evitar que se familiaricen demasiado con el enemigo. A pesar de esas medidas hubo encuentros amigables entre soldados, pero en una escala mucho menor que la de los encuentros del año anterior.
Durante la Pascua de 1916 ocurrió una tregua similar pero en el Frente oriental.
Durante los dos años siguientes a la estabilización de las líneas del Frente Occidental, se produjeron otras situaciones de armisticio informal (armisticio no impuesto por el Alto Mando), en ambos bandos. Según los testimonios, los comandantes británicos recién llegados al frente se asombraban al ver tanto a los británicos como los alemanes exponiéndose sobre la línea de trinchera, dentro del alcance de las armas enemigas.
Con frecuencia, la artillería se disparaba sobre sitios concretos, en momentos determinados, para evitar bajas enemigas, en ambos bandos. En alguna ocasión, se intercambiaron disparos después de que un mortero mal situado golpease a las líneas británicas, tras lo cual un soldado alemán pidió disculpas a los británicos, parándose así el intercambio de disparos entre ambas trincheras.
En 1999, el grupo llamado “Khaki Chums” (oficialmente: The Association for Military Remembrance) visitó una región de Flandes y recreó la Tregua de Navidad. Vivían como habían vivido los soldados británicos de la I Guerra Mundial, sin comodidades modernas.
La tregua se llevó a la pantalla en la película francesa de 2005 Joyeux Noel (Feliz Navidad). (La película fue nominada al Oscar en la categoría de “Mejor Película de lengua extranjera” en su 78ª edición.) La Tregua de Navidad fue también retratada en la película de Richard Attenborough Oh What a Lovely War.
Se han escrito libros sobre la Tregua de Navidad, incluyendo la obra de Stanley Weintraub Silent Night: The Story of the World War I Christmas Truce, en el que relata este suceso del que él mismo fue testigo.
La tregua fue también recordada en el vídeo de Paul McCartney Pipes of Peace (1983).
En el episodio final de Blackadder Goes Forth, los protagonistas discuten sucesos del pasado que les llevaron a su situación actual, incluyendo la Tregua de Navidad. El Capitán Blackadder añadió cínicamente que “Ambos bandos avanzaron más lejos en una visita a la trinchera enemiga durante la tregua de Navidad de lo que lo hicieron en los dos años y medio de guerra siguientes.”
De la tregua de Navidad se ha dicho que fue el último vestigio del siglo XIX: el último momento en el que, en la guerra, ambos bandos se tratarían mutuamente con respeto, Cuando se saludasen unos a otros con amabilidad demostrando que  -a pesar de los hechos horribles que habían sucedido -aún eran respetuosos soldados.
En 1990, el grupo británico The Farm grabó una canción que habla de este suceso: All Together Now, la cual se ha convertido en un himno futbolístico.
El 21 de noviembre de 2005, el último veterano de guerra aliado superviviente de la tregua, Alfred Anderson, murió en Newtyle, Escocia, a los 109 años.



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