viernes, 20 de noviembre de 2020

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (1)

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (1)

La matanza haitiana tendría por lo menos una consecuencia amarga para la bestia. Le echó a perder, momentáneamente, el favor del imperio, y hasta el de Cordell Hull, en apariencia, y le echó a perder la reelección. El proyecto reeleccionista.

La matanza haitiana —la misma que los nazionalistas llaman "dominicanización" de la frontera y desearían repetir— fue uno de los más desenfrenados episodios de la llamada era de Trujillo, la más grande orgía de sangre, aunque no la única, que se produjo durante el régimen de la bestia.

Fue, sin duda, el hecho que más problemas le acarreó en la primera década  de su gobierno y el de más ingrata recordación. De no haber contado con la valiosa colaboración o complicidad del presidente de Haití, su lacayo Sténio Vincent,  quizás no hubiera permanecido en el poder, quizás habría podido disfrutar de los placeres de un dorado exilio o de una muerte temprana. Felizmente temprana.

A Vincent le costó el cargo, dos años después,  la manera pusilánime con que había encarado los acontecimientos, pero la bestia tenía incontables recursos y maniobró de manera expedita, poniendo o contribuyendo a poner en su lugar a Élie Lescot.

Élie Lescot no era un lacayo, era un arrastrado, era un servil a quien Trujillo tenía amarrado, como dice Crassweller, "con una soga de oro". Había sido embajador de Haití en la República Dominicana, pero al servicio de Trujillo (un poco al revés de lo que sucedía con cierto reciente embajador dominicano en la República de Haití). Además, Lescot había sido cómplice de todas las maniobras diversionistas: las muchas bombas de humo con que Trujillo trató de ocultar al mundo los escabrosos detalles de la "dominicanización" de la frontera. La atroz limpieza étnica. 

La llegada de Lescot al poder anunciaba, según el parecer del gobierno dominicano, "una nueva era de imperturbable cordialidad y fructífera colaboración en todos los campos de actividad" entre ambas naciones. En el trono de Haití había colocado la bestia a su más rastrero servidor, un incondicional a toda prueba.

Sin embargo, y a pesar de todos los pronósticos, la criada le salió respondona. Nada más llegar al poder, o por lo menos al poco tiempo, Élie Lescot se le viró a Trujillo. Descubrió que era nacionalista, sobre todo después de que Trujillo organizó un atentado para matarlo. Un frustrado atentado que contó con la participación de un comando compuesto por quince  haitianos. Las relaciones se pusieron tirantes. Se hablaba de una posible invasión de la República Dominicana a Haití.

Lescot llegó a prohibir a la prensa haitiana mencionar a Trujillo y a República Dominicana y se mantuvo un tiempo, de forma muy vacilante, en el poder, esquivando trampas y asechanzas. A la larga perdió el pleito y fue derrocado por una revuelta en la cual siempre se vio la mano larga de la bestia. Derrocado, sin dinero, posiblemente sin amigos, se exiliaría en Canadá. Allí se ganaría la vida durante un tiempo haciendo y vendiendo corbatas.

La matanza haitiana tendría por lo menos una consecuencia amarga para la bestia. Le echó a perder, momentáneamente, el favor del imperio, y hasta el de Cordell Hull, en apariencia, y le echó a perder la reelección. El proyecto reeleccionista.

Desde muchos meses antes de la matanza, la maquinaria reeleccionista se había puesto en movimiento y un ensordecedor clamor público se escuchaba por todo el país. A una sola voz, en pueblos y ciudades, se hacían manifestaciones populares, popularísimas, en las que oradores de barricada se desgañitaban pidiendo la reelección. La prensa y la radio (La Voz del Partido Dominicano) pedían la reelección, el pueblo unánime pedía al querido Jefe que continuara en el poder por otro periodo.

A la bestia se le ocurrió entonces (o quizás a alguna de las mentes maestras que dirigía la campaña) un ardid publicitario para aumentar, así fuera artificialmente, la intensidad de los reclamos y la popularidad del candidato.

De modo que, en el mismo mes en que se había consumado la matanza, el mes de octubre, la bestia pidió humildemente un permiso al honorable congreso para ausentarse del país y el congreso se lo negó. Responsablemente se lo negó. Trujillo hizo la petición, como dice Crassweller, sin mencionar ningún motivo ni destino y sé sentó a esperar la reacción, y todo salió a pedir de boca. Los gritos de alarma se escucharon por doquier. Las fuerzas vivas tronaron, demandaron que le fuera negada la aprobación de salir a un hombre imprescindible, de cuyos titánicos hombros pendía el destino de la nación. Un gobernante y un líder y casi un santo de altar cuya más breve ausencia podría provocar una catástrofe de proporciones incalculables y afectar irreversiblemente el progreso de la República. En consecuencia, ocho días después de haber recibido la petición, el congreso negó dignamente la aprobación. La bestia cedió entonces a la voluntad del pueblo y del congreso. Estaba satisfecho, mucho más que satisfecho. Todo aquel teatro había mostrado una vez más el amor que los dominicanos profesaban al querido Jefe. O por lo menos eso parecía ante los ojos del  demoníaco megalómano, el incurable mitómano. El hombre que nunca se cansó de escuchar su nombre, de escuchar las más hipócritas alabanzas durante toda su vida.

No obstante, en el mes de diciembre el  escándalo provocado por la matanza haitiana se había convertido ya en una creciente ola de indignación en el extranjero. Sus amigos  del imperio seguían enojados y el enojo no parecía disminuir.

El segundo periodo de gobierno de la bestia estaba llegando a su fin, y sin embargo —dadas las circunstancias—, no le pareció prudente seguir poniendo en riesgo su candidatura. Tendría que sacrificarse por la patria, hasta que las cosas se enfriaran. El país también se sacrificaría, por desgracia. Tendría que prescindir del imprescindible. El perínclito se tomaría unas vacaciones, se haría discretamente a un lado hasta que volviera a tomar directamente las riendas, pero no dejaría la patria en el abandono. Dejaría nominalmente la presidencia y vicepresidencia en manos de dos personajes singulares: Jacinto Bienvenido Peynado Peynado, alias Mozo, y Manuel de Jesús María Ulpiano Troncoso de la Concha.

Peynado era uno de sus más leales y serviles servidores. En el frente de su casa había un letrero de gran tamaño que rezaba "Dios y Trujillo". Lo habían puesto, de común acuerdo, él y su esposa, su amante y arrogante esposa Cusa, tan firme en sus afectos, en su lealtad a toda prueba. Casi tan devota a Peynado como a Trujillo.

De tal manera, la patria seguiría providencialente en las seguras manos de Dios. Seguiría con Dios y con la inestimable ayuda que Trujillo le prestaría. Seguiría con Dios y con Trujillo o con Trujillo y Dios y con Peynado, que era lo mismo, casimente lo mismo.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [49]

https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”

lunes, 16 de noviembre de 2020

SOY CREYENTE



MALAGUER



EL ESCRITOR

Alguna vez me han preguntado, me he preguntado yo mismo muchas veces cómo se convierte uno en escritor. Cómo se aprende el oficio.


Uno comienza juntando palabras con un trabajo enorme en mi caso, las pone unas al lado de otras y sobre otras, como si fueran bloques o ladrillos, como si fuera uno una especie de albañil. 
Uno se pasa horas enteras para escribir una página y a veces muchos meses, muchos años para escribir un cuento o una novela.
Escribes durante días, durante meses, durante  años, pero no eres escritor. 

Disfrutas de la felicidad y el tormento de escribir, pero no eres escritor.   
Hasta que un día descubres una particular forma de decir las cosas que puede ser tuya o no ser tuya, pero que sientes tuya. No sé si buena o mala, pero que sientes tuya.
El oficio consiste en ser tu mismo. El oficio consiste en encontrarte.      
Entonces uno se convierte, si acaso se   convierte, en escritor. 


SER ESCRITOR


 

HACERSE AL AMAR



 

TRES COSAS


 

HACERSE AL AMAR

 


TRES COSAS...

 



viernes, 13 de noviembre de 2020

Noticias de la frontera

Pedro Conde Sturla

16-11-2020 00:03

La primera noticia sobre la matanza haitiana, la llamada masacre del perejil, llegó a las páginas de "The New York Times" con casi tres semanas de atraso. Apareció en la página 17mel día 21 de octubre del fatídico año de 1937, en un reducido espacio de apenas tres pulgadas, una delgada columna de tres pulgadas. En realidad, más que de una noticia se hablaba de un rumor, de un incidente en la frontera domínico-haitiana, unos cuantos muertos, unos cuantos heridos. Nada del otro mundo.

La matanza, después de todo, no había afectado los intereses de las inversionistas extranjeros. Ningún haitiano, de los muchos que trabajaban en los ingenios azucareros, había sido sacrificado ni molestado. Se había pagado el merecido tributo de respeto al dios dinero, solamente las vidas de unos cuantos miles de seres humanos habían sido tronchadas.

A Trujillo, por supuesto, esas muertes no le quitaban el sueño, de lo contrario no habría pegado un solo ojo en su vida. A él le había divertido el episodio, lo había descrito gráficamente, imitando con el brazo el movimiento de un  machete cortando cabezas. Lo había descrito fonéticamente y sonriente,  imitando con un lúgubre y ocurrente cha cha cha el sonido de los machetes al cortar pescuezos haitianos y domínico-haitianos. Dicen que dijo: "Mientras yo estaba negociando, allá afuera estaban haciendo cha cha cha". Los haitianos bailando el cha cha del horror. El horror, el horror, el corazón de las tinieblas de las que habla el maestro Conrad.

Crassweller se sobrecoge, con razón, al describir la naturaleza helada, satánica, demoníaca, luciferina o dantesca del personaje, la frigidez de espíritu de aquel hombre capaz de pronunciar tan despiadada sentencia. Una sentencia tan despiadadamente repulsiva. La grotesca imagen, la música retorcida de una danza infernal, el macabro cha cha cha que anidaba en la mente de aquel monstruo. La mente de la bestia.

Trujillo mantenía en esa época las mejores relaciones con Haití, cuyo presidente era Sténio Vincent. Con éste se  había reunido  un año antes,  en 1936, para ratificar los términos de un tratado fronterizo en el que se perdió por negligencia o torpeza una porción nada desdeñable del territorio nacional. La firma del tratado, que contribuía supuestamente a la pacificación de la frontera, infló de tal manera el ego de Trujillo que lo movió a postularse o hacerse postular, junto a Vincent, como candidato al Nobel de la paz.

Vincent se encontraba, pues,  tan a gusto con Trujillo que no quiso, en principio, darse por enterado de la matanza y poner en riesgo el apoyo material y financiero con el que la bestia contribuía a mantenerlo en el poder y que no dejó de fluir —quizás con un mayor caudal—, en esos días. 

La primera iniciativa diplomática del gobierno haitiano fue una discreta nota elaborada con la más fina cortesía, una comunicación que Crassweller considera como un milagro de moderación. La delicada nota pedía cortésmente que se abriera una investigación, pero al mismo tiempo concedía al gobierno dominicano el crédito de la duda. Se ponía graciosamente en duda la participación del gobierno en ciertos hechos de sangre y se pedía gentilmente por rutina, sólo por rutina, establecer la veracidad de los hechos. Unos días después ambos gobiernos firmaron un grotesco documento que no se hizo público y que forma parte de la historia universal de la infamia. Se anuncia la solicitada y cordial investigación, se ponen de relieve las inmejorables relaciones y la armonía reinantes entre Santo Domingo y Haití y entre Trujillo y Vincent, se reducen a su mínima expresión y a su mínima importancia  los recientes incidentes fronterizos, los reportes de muertos y heridos, los vagamente muertos o heridos, no la matanza de un número mal estimado de veinte mil seres humanos. Lo importante es la armonía que reina entre ambos pueblos, la armonía que debe mantenerse, la labor patriótica y a la vez humanista  de los gloriosos estadistas que conducen los destinos de ambas naciones con tan alto espíritu de moral y de justicia. Se pide para ellos el aplauso del mundo. El papel lo aguanta todo.

Pero a pesar de los esfuerzos por evitar la mala prensa, la verdad terminó abriéndose paso, o por lo menos parte de la verdad. Se abrió, sí, confusamente paso, a trompicones, como quien dice a cuenta gotas, y el escándalo estalló finalmente y muchos se horrorizaron. Hasta los mejores padrinos del sátrapa en la capital del imperio se horrorizaron o fingieron horrorizarse. Hasta su gran protector, su gran amigo Cordell Hull, el flamante Secretario de Estado de los Estados Unidos, el hombre al que le otorgarían el premio Nobel de la Paz en 1945, el que tanto lo alababa y lo quería fingió desvergonzadamente horrorizarse.

Sténio Vincent no pudo esta vez resistir la presión, la indignación de la opinión que ya era pública en su país y en el extranjero. Se vió entonces precisado a solicitar, contra su voluntad, la intervención de México, Estados Unidos y Cuba para mediar en el conflicto y  esclarecer todos los hechos. Algo que suele llamarse en forma eufemística "una exhaustiva investigación",  de esas que no conducen a ningún resultado. Trujillo protestó, movió las piezas del ajedrez político que se jugaba en Washington, los diputados y senadores que servían a sus intereses por un inmódico precio.

Mientras algunos representantes pedían severas sanciones para la República Dominicana, Cordell Hull, que estaba inconsolable, propuso que se llegara a un acuerdo entre la república haitiana y la dominicana. Con un candor digno de mejor causa, dijo sentirse perturbado, abrumado por los hechos que se le imputaban al gobierno de un hombre del cual se honraba en ser su amigo, el amigo leal al que nunca dejaba de demostrar su admiración y respecto, un hombre al que siempre había considerado como uno de los grandes estadistas de América, del cual era uno de sus grandes admiradores y defensores y del cual recibía seguramente  de vez en cuando espléndidas muestras de agradecimiento. Nadie como Cordell Hull podía sentirse tan decepcionado por las atrocidades que se le imputaban a su protegido ni tan deseoso de contribuir al esclarecimiento de los hechos.

Total, que la investigación se convirtió en una negociación entre Santo Domingo y Haití (con la providencial intervención del nuncio papal), se convirtió a la larga en una supuesta indemnización, en un acuerdo de pago firmado por ambas naciones. Se acordó la suma de setecientos cincuenta mil pesos en un plazo de cinco años para compensar a los familiares de los trabajadores muertos. El primer desembolso fue de doscientos cincuenta mil pesos y los quinientos mil restantes fueron reducidos luego por supuesto mutuo acuerdo a doscientos setenta y cinco mil. La mayor parte del dinero fue a parar, desde luego, a las manos de "servidores" públicos corruptos, a políticos y militares y toda clase de crápulas. Lo más indignante es el precio que se pagó o, mejor dicho, el precio que no se pagó, a manera de compensación, por cada haitiano muerto. A dos centavos por cabeza —de acuerdo a la más generosa estimación— salieron los muertos, quizás menos. Dos centavos que los familiares nunca vieron.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [48](https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html)

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.

El día que Trujillo cedió parte del territorio a su aliado haitiano

(https://www.diariolibre.com/revista/el-dia-que-trujillo-cedio-parte-del-territorio-a-su-aliado-haitiano-FF8777502).

Trujillo le regaló La Miel a Haití | Hoy Digital (https://hoy.com.do/trujillo-le-regalo-la-miel-a-haiti/)