martes, 22 de diciembre de 2020

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (1-3)


sábado, 21 de noviembre de 2020

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (1)


La matanza haitiana tendría por lo menos una consecuencia amarga para la bestia. Le echó a perder, momentáneamente, el favor del imperio, y hasta el de Cordell Hull, en apariencia, y le echó a perder la reelección. El proyecto reeleccionista.

Pedro Conde Sturla23-11-2020 00:03





La matanza haitiana —la misma que los nazionalistas llaman "dominicanización" de la frontera y desearían repetir— fue uno de los más desenfrenados episodios de la llamada era de Trujillo, la más grande orgía de sangre, aunque no la única, que se produjo durante el régimen de la bestia.

Fue, sin duda, el hecho que más problemas le acarreó en la primera década  de su gobierno y el de más ingrata recordación. De no haber contado con la valiosa colaboración o complicidad del presidente de Haití, su lacayo Sténio Vincent,  quizás no hubiera permanecido en el poder, quizás habría podido disfrutar de los placeres de un dorado exilio o de una muerte temprana. Felizmente temprana.

A Vincent le costó el cargo, dos años después,  la manera pusilánime con que había encarado los acontecimientos, pero la bestia tenía incontables recursos y maniobró de manera expedita, poniendo o contribuyendo a poner en su lugar a Élie Lescot.

Élie Lescot no era un lacayo, era un arrastrado, era un servil a quien Trujillo tenía amarrado, como dice Crassweller, "con una soga de oro". Había sido embajador de Haití en la República Dominicana, pero al servicio de Trujillo (un poco al revés de lo que sucedía con cierto reciente embajador dominicano en la República de Haití). Además, Lescot había sido cómplice de todas las maniobras diversionistas: las muchas bombas de humo con que Trujillo trató de ocultar al mundo los escabrosos detalles de la "dominicanización" de la frontera. La atroz limpieza étnica. 

La llegada de Lescot al poder anunciaba, según el parecer del gobierno dominicano, "una nueva era de imperturbable cordialidad y fructífera colaboración en todos los campos de actividad" entre ambas naciones. En el trono de Haití había colocado la bestia a su más rastrero servidor, un incondicional a toda prueba.

Sin embargo, y a pesar de todos los pronósticos, la criada le salió respondona. Nada más llegar al poder, o por lo menos al poco tiempo, Élie Lescot se le viró a Trujillo. Descubrió que era nacionalista, sobre todo después de que Trujillo organizó un atentado para matarlo. Un frustrado atentado que contó con la participación de un comando compuesto por quince  haitianos. Las relaciones se pusieron tirantes. Se hablaba de una posible invasión de la República Dominicana a Haití.

Lescot llegó a prohibir a la prensa haitiana mencionar a Trujillo y a República Dominicana y se mantuvo un tiempo, de forma muy vacilante, en el poder, esquivando trampas y asechanzas. A la larga perdió el pleito y fue derrocado por una revuelta en la cual siempre se vio la mano larga de la bestia. Derrocado, sin dinero, posiblemente sin amigos, se exiliaría en Canadá. Allí se ganaría la vida durante un tiempo haciendo y vendiendo corbatas.

La matanza haitiana tendría por lo menos una consecuencia amarga para la bestia. Le echó a perder, momentáneamente, el favor del imperio, y hasta el de Cordell Hull, en apariencia, y le echó a perder la reelección. El proyecto reeleccionista.

Desde muchos meses antes de la matanza, la maquinaria reeleccionista se había puesto en movimiento y un ensordecedor clamor público se escuchaba por todo el país. A una sola voz, en pueblos y ciudades, se hacían manifestaciones populares, popularísimas, en las que oradores de barricada se desgañitaban pidiendo la reelección. La prensa y la radio (La Voz del Partido Dominicano) pedían la reelección, el pueblo unánime pedía al querido Jefe que continuara en el poder por otro periodo.

A la bestia se le ocurrió entonces (o quizás a alguna de las mentes maestras que dirigía la campaña) un ardid publicitario para aumentar, así fuera artificialmente, la intensidad de los reclamos y la popularidad del candidato.

De modo que, en el mismo mes en que se había consumado la matanza, el mes de octubre, la bestia pidió humildemente un permiso al honorable congreso para ausentarse del país y el congreso se lo negó. Responsablemente se lo negó. Trujillo hizo la petición, como dice Crassweller, sin mencionar ningún motivo ni destino y sé sentó a esperar la reacción, y todo salió a pedir de boca. Los gritos de alarma se escucharon por doquier. Las fuerzas vivas tronaron, demandaron que le fuera negada la aprobación de salir a un hombre imprescindible, de cuyos titánicos hombros pendía el destino de la nación. Un gobernante y un líder y casi un santo de altar cuya más breve ausencia podría provocar una catástrofe de proporciones incalculables y afectar irreversiblemente el progreso de la República. En consecuencia, ocho días después de haber recibido la petición, el congreso negó dignamente la aprobación. La bestia cedió entonces a la voluntad del pueblo y del congreso. Estaba satisfecho, mucho más que satisfecho. Todo aquel teatro había mostrado una vez más el amor que los dominicanos profesaban al querido Jefe. O por lo menos eso parecía ante los ojos del  demoníaco megalómano, el incurable mitómano. El hombre que nunca se cansó de escuchar su nombre, de escuchar las más hipócritas alabanzas durante toda su vida.

No obstante, en el mes de diciembre el  escándalo provocado por la matanza haitiana se había convertido ya en una creciente ola de indignación en el extranjero. Sus amigos  del imperio seguían enojados y el enojo no parecía disminuir.

El segundo periodo de gobierno de la bestia estaba llegando a su fin, y sin embargo —dadas las circunstancias—, no le pareció prudente seguir poniendo en riesgo su candidatura. Tendría que sacrificarse por la patria, hasta que las cosas se enfriaran. El país también se sacrificaría, por desgracia. Tendría que prescindir del imprescindible. El perínclito se tomaría unas vacaciones, se haría discretamente a un lado hasta que volviera a tomar directamente las riendas, pero no dejaría la patria en el abandono. Dejaría nominalmente la presidencia y vicepresidencia en manos de dos personajes singulares: Jacinto Bienvenido Peynado Peynado, alias Mozo, y Manuel de Jesús María Ulpiano Troncoso de la Concha.

Peynado era uno de sus más leales y serviles servidores. En el frente de su casa había un letrero de gran tamaño que rezaba "Dios y Trujillo". Lo habían puesto, de común acuerdo, él y su esposa, su amante y arrogante esposa Cusa, tan firme en sus afectos, en su lealtad a toda prueba. Casi tan devota a Peynado como a Trujillo.

De tal manera, la patria seguiría providencialente en las seguras manos de Dios. Seguiría con Dios y con la inestimable ayuda que Trujillo le prestaría. Seguiría con Dios y con Trujillo o con Trujillo y Dios y con Peynado, que era lo mismo, casimente lo mismo.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [49]

https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator


sábado, 28 de noviembre de 2020

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (2)


Jacinto, en cambio, eligió servir a Trujillo con la devoción y sumisión de un perrito, o quizás Trujillo lo eligió a él. A sus amigos idealistas, cuando lo importunaban con preguntas incómodas, Peynado solía decirles: "Hace mucho tiempo que yo enterré al Quijote".

Pedro Conde Sturla30-11-2020 00:03


Arturo Logroño y otros devotos cortesanos fueron probablemente los autores del discurso trascendental y patriótico que la bestia dirigió a la nación en enero de 1938 para anunciar el retiro de su candidatura a un tercer periodo. Era, como de costumbre, un discurso ornamental, florido, lacrimoso, emotivo, retórico y abstruso. Trujillo lo pronunció, o más bien lo interpretó, con todo su patético histrionismo. No faltaron alusiones a la obra de Rabindranath Tagore, pasajes de inspirado misticismo, referencias a las grandes conquistas del pensamiento liberal y de la cultura democrática. Su "alejamiento del poder como rector de los negocios públicos" —dijo en tono probablemente lacrimoso, quizás también con lágrimas en los ojos, quizás con un sollozo ahogado—no debía y no debe de ninguna manera "provocar angustias ni zozobras en el ánimo de los hombres de orden, de paz y de trabajo; porque es una verdad indiscutible que las condiciones bonancibles en que se desenvuelven las actividades públicas y las actividades privadas de la complacida familia dominicana, ya no están expuestos a ser menoscabados por lamentables transgresiones al orden”.

Eso sí, la bestia dejó bien claramente establecido que hasta que siguiera latiendo su corazón no le faltaría a la patria ni su vigilancia ni sus servicios y que solo condicionalmente se apartaba de la vida y de la vía pública. Otro sería presidente en adelante, pero él seguiría presidiendo.

En consecuencia, solicitó al Partido Dominicano la nominación de Jacinto Peynado como candidato a la presidencia y la de Manuel de Jesús Troncoso de la Concha a la vicepresidencia. Para desempeñar esas funciones, o mejor dicho, para no desempeñarlas en absoluto, no había personas más idóneas.

Un coro de lamentaciones se hizo sentir entonces en todo el país. El querido Jefe no podía dejar sumidos en el abandono a sus infinitos seguidores, no podía dejar en la orfandad a todo el pueblo dominicano. Los más fieles cortesanos se rasgaban las vestiduras, cada uno pugnaba por lucir más apesadumbrado que el otro.

Las mujeres dejaron escuchar sus voces en una multitudinaria y aparentemente alegre  manifestación. Manifestaron su aprecio por el monarca con la misma intensidad que su inconformidad por el retiro de su candidatura. Le  rindieron pleitesía, homenajes de amor incondicional, homenajes florales. Las madres de los presos, supuestas o reales, portaban pancartas que derramaban bendiciones sobre la bestia, lo bendecían por haber liberado a sus hijos, por haber dejado limpias las cárceles. También había letreros donde podía leerse que los políticos y la política dominicana, al igual que Magdalena, habían sido redimidos por su amor (por el amor de Trujillo) del pecado. Ningún elogio, ninguna alabanza, por desproporcionada que fuese, parecía quedarle grande al perínclito. Ni siquiera compararlo con Jesucristo. En los medios oficiales, el clamor de todo el pueblo pedía su repostulación, pero todo fue inútil.Trujillo persistió en su “inquebrantable decisión de entregar el poder”.

El pueblo entonces cedió, los dirigentes del Partido Dominicano cedieron, con grandes muestras de pesar, a los deseos del querido Jefe. Una disciplinada convención, que tuvo lugar en febrero de 1938, dio como resultado la proclamación de Peynado y Troncoso como candidatos a las más altas magistraturas del estado. El triunfo, en las elecciones del 16 de mayo fue arrollador. No se contó un voto en contra y más de trescientos mil a favor.

Jacinto Peynado era miembro de una prominente familia en la que sobresalía su hermano Francisco, un prestigioso abogado que había servido a su país en circunstancias cruciales y con el cual no tenía muchas cosas en común. De él decía  Rufino Martínez que era “uno de los dominicanos mejor estructurados para las manifestaciones nobles de la vida”.

Jacinto, en cambio, eligió servir a Trujillo con la devoción y sumisión de un perrito, o quizás Trujillo lo eligió a él. A sus amigos idealistas, cuando lo importunaban con preguntas incómodas, solía decirles: "Hace mucho tiempo que yo enterré al Quijote". Nunca sirvió, en efecto, a un ideal, sólo vivió para servir a Trujillo. Él y su esposa Cusa, la difícil doña Cusa, crearon y popularizaron la frase "Con Dios y Trujillo", pusieron en el frente de la casa un letrero que decía "Con Dios y Trujillo", luego pusieron otro más grande con el mismo Dios y Trujillo. Dicen que doña Cusa, o quizás el mismo Peynado, querían en un principio invertir los términos, pero la idea fue desestimada por atrevida o irreverente.

El hecho es que el mismo Dios y Trujillo aparecerían luego en una placa de bronce con la efigie de Trujillo que se vendía como pan caliente a los empleados del gobierno y que se hizo mandatorio colgar en un algún lugar visible de muchos hogares, preferiblemente la sala o el comedor. La efigie de Trujillo, a la larga, terminó desplazando a Dios, como querían Peynado y doña Cusa.

A Jacinto Peynado también se le atribuye ser autor de la frase: "En esta casa manda el jefe". Vivía para adularlo y lo adulaba para vivir. Pero Trujillo nunca agradeció sus desvelos. Le pagaría a Peynado, como pagaba a muchos de sus más serviles servidores, con humillaciones, desplantes, desconsideraciones de todo tipo.

Peynado había sido —casi sin pena y sin gloria—presidente interino putativo cuando sustituyó a Rafael Estrella Ureña en 1930 y había sido vicepresidente putativo bajo el gobierno de Trujillo desde 1934 hasta 1938, pero su ascenso a la presidencia putativa de la República fue, desde el principio, equivalente a un trago amargo, muchos tragos amargos. algo penoso y vergonzoso. Trujillo se propuso maniatarlo políticamente, si acaso no lo estaba ya, cortarle por completo las alas, abolir hasta los elementos simbólicos o más bien decorativos del poder que representaba en sus manos la presidencia de la República. Se empeñó, sobre todo, en recordarle a cada momento que quien mandaba era él, el generalísimo Trujillo, como si alguien en su sano juicio pudiera olvidarlo, como si de un hombre tan inofensivo y pusilánime pudiera temer algo.

La bestia disfrutaba envileciendo a sus cortesanos, manteniendo con ellos una relación de acercamiento y distanciamiento, dispensando a capricho favores y castigos, dosificando el terror que inspiraba para envenenarles sin remedio el alma.

Dicen que a Balaguer en esa época le llamaba Pupú, cariñosamente Pupú. A Jacinto Peynado, alias Mozo, lo trataba como si lo fuera.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [50]

https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Rufino Martinez "Diccionario-biografico-historico-dominicano, 1821-1930".

Trujillo declinó seguir Presidencia en 1938 El Nacional (https://elnacional.com.do/trujillo-declino-seguir-presidencia-en-1938)


sábado, 5 de diciembre de 2020

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (3 de 3)


Para el querido Jefe, fue creada la muy especial nueva Secretaría de Estado del Despacho del Generalísimo. Una de las más felices iniciativas del esposo de doña Cusa consistió en disponer que en las escuelas y oficinas públicas se pusiera el retrato del perínclito junto al de los Padres de la Patria con el propósito de conferirles mayor honra.

Pedro Conde Sturla07-12-2020 00:03


Desde el momento en que Mozo Peynado ganó las elecciones de 1938, con el apoyo aplastante de toda la población electoral, Trujillo le hizo sentir el peso de su brutal autoridad, lo sometió a un régimen de vejaciones, lo puso en ridículo públicamente, hizo todo lo posible por disminuirlo hasta su mínima expresión, degradarlo,

agraviarlo de todas las formas posibles.

Poco antes de juramentarse, el 16 de agosto, un diputado que seguía órdenes de la bestia declaró su inconformidad con el hecho de que Peynado hubiera sido elegido presidente, abiertamente le declaró su más firme y cordial enemistad y denunció que estaba formando a su alrededor una claque, una camarilla política. Intrigantes y conspiradores seguramente.

El flamante diputado se sintió en el deber de reafirmar su eterna lealtad a la bestia y advertir al mismo tiempo el peligro que representaba un hombre como Peynado en el poder. Otros miembros del congreso hicieron de inmediato causa común con él, y los medios de prensa no tardaron en unirse al coro de admoniciones y lamentaciones. Trujillo debería permanecer al mando a toda costa. Unos días más tarde, el querido Jefe se plegó a los deseos de sus intranquilos servidores y declaró en público que la juramentación de Peynado como presidente sería algo meramente nominal. Nada había que temer.

El 16 de agosto, en efecto, durante el solemne acto de toma de posesión del nuevo presidente (un acto de humillación en toda regla), Trujillo acaparó por completo la atención, lo eclipsó totalmente a Peynado. Y no podía ser de otra manera. Aunque en general Trujillo vestía de manera impecable y en ropa de civil lucía siempre elegante, se apareció en el acto con un uniforme tan estrambótico y ridículo como el que había usado en agosto de 1930, cuando se juramentó por primera vez en el cargo de  presidente.

A tono con el traje, que combinaba el atuendo de general con el de almirante y parecía una pieza de museo, pronunció un discurso rimbombante e igualmente ridículo sobre el septuagésimo quinto aniversario de la Restauración. Se cogió, en definitiva, todo el espectáculo para él. Había relegado a Peynado a un plano insignificante, pero le reservaba un final todavía más humillante, degradante, vejatorio e indignante a la vez, todo un bochorno, una ofensa, un ultraje de la más baja estofa. 

Peynado tomó la palabra cuando por fin se la dieron y empezó a declamar un indigno discurso laudatorio que situaba a la bestia en una especie de Olimpo, en el terreno incontaminado de la divinidad. Bendijo Peynado el bendito 16 de agosto de 1930, la  dichosa ocasión en que el divino Jefe había tomado posesión por primera vez de los destinos patrios. Una y otra vez lo exaltó, lo describió con palabras ardientes como un hombre del destino, lo elevó a la cumbre de  Caballero de la Divina Orden del Genio, la única orden cuyas insignias el mismo Dios y sólo Dios concede, celebró el momento providencial de su aparición por primera vez en este augusto lugar con rayos de luz en su mano, le agradeció de mil maneras por haber traído a esta tierra la Civilización y así por el estilo.

Mozo Peynado no se cansaba ni se cansaría de adularlo cuando ocurrió lo que nunca creyó que podía ocurrir. Era un movimiento calculado con anticipación, pero la gente pudo haber pensado que Trujillo había sufrido una indigestión de halagos, que se había hartado o empalagado de lisonjas cuando lo vieron ponerse inesperadamente de pie, darle la espalda al fogoso orador, marcharse del lugar y provocar con su partida los más estruendosos aplausos. El público, emocionado, poseído de un entusiasmo visceral, y posiblemente harto también de tanto discurso, ovacionó en efecto su partida y probablemente nadie volvió a ponerle caso a Peynado.

Poco tiempo después un gracioso decreto presidencial le concedió a la bestia los mismos privilegios que al presidente de la República. Otro decreto concedió a su amada esposa María la dignidad de primera dama. En el mismo decreto, también su madre, la excelsa matrona, la llamada Mamá Juliá, fue ascendida a primera dama. Pero como doña Cusa era también primera dama, o por lo menos primera dama putativa, la República se dió el lujo de tener lo que ningún otro país probablemente tenía.

Nuevos decretos dictados por el supuesto nuevo mandatario, confirmaron en sus puestos a toda los secretarios y subsecretarios de estado y los demás funcionarios, a los miembros del ejército llamado nacional, a los del cuerpo de ayudantes del presidente y a los de la policía también llamada nacional.

Para el querido Jefe, fue creada la muy especial nueva Secretaría de Estado del Despacho del Generalísimo. Una de las más felices iniciativas del esposo de doña Cusa consistió en disponer que en las escuelas y oficinas públicas se pusiera el retrato del perínclito junto al de los Padres de la Patria con el propósito de conferirles mayor honra.

Dice Crassweller que Peynado entró prácticamente desnudó a su despacho del Palacio Nacional y que a las muchas humillaciones que recibía respondió patética o irónicamente, aumentando el tamaño del letrero con el "Dios y Trujillo" que tenía en el techo de su casa. Aún así su séquito de ayudantes personales se redujo de un cuerpo de ayudantes a un solo guardia somnoliento. Su oficina se redujo de una suite a una habitación.

Trujillo, en cambio, se acomodó en unas amplias oficinas con aire acondicionado, que era uno de los grandes lujos en esa época, y centralizó en ese lugar la administración militar y policial.

Peynado, mientras tanto, al margen de sus pocas obligaciones palaciegas, trataba de mantener en lo posible su rutina existencial. Hacía que le sacaran, contra el parecer de doña Cusa, su cómoda mecedora de caoba al parque Colón y allí permanecía en amable tertulia con sus amigos durante horas. Sí alguno le pedía un favor político, le aconsejaba que se dirigiera a alguien con autoridad. Solía decir que la única persona en el país que alguna vez llegó a creer que él era presidente de verdad era su esposa Cusa.

La bestia no le temía a Peynado, por supuesto. Peynado era menos que un títere, era un muñeco de trapo. Le temía a los amos del norte, temía, de manera paranoica  a sus enemigos internos, al odio o aborrecimiento de los muchos dominicanos, temía con razón al resentimiento que podía estarse incubando en las filas de las fuerzas armadas, en el seno del mismo  ejército en que había surgido el complot de Blanquito, del teniente coronel Leoncio Blanco. La bestia, por aquello de que quien tienen hechas tiene sospechas, es posible que le temiera hasta su sombra.Temía, razonablemente que las circunstancias, la presencia incluso de un pelele en la presidencia de la República, podría abrirle paso a cualquier conspiración, facilitar cualquier movida desde el extranjero para desplazarlo del mando sin crear un vacío de poder. Convertir el muñeco de trapo en un sustituto provisional. Es posible que nunca se sintiera cómodo ni seguro con el hecho de que alguien ocupara el cargo de presidente, aunque fuera de mentirillas. Eso explicaría la impaciencia, la prisa que parecía tener para devolver las aguas a su cauce original y recuperar su título, su dignidad oficial de presidente de la República.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [51]

https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator

lunes, 21 de diciembre de 2020

LOS DIFUSOS COLORES DE LÁPICES AJENOS

 Pedro Conde Sturla



        

Norberto Pedro James Rawlings, de nacionalidad dominicana, portador de la Cédula Personal de Identidad No. 39145, Serie 23, nació en el año de gracia de 1945 en el Ingenio Consuelo, San Pedro de Macorís, “convirtiendo por segunda vez” en madre a su madre.

         De cuna humilde –cual testimonia la condición de padres obreros, tíos y primos mecánicos, electricistas, torneros, artesanos­- el susodicho no recibió por bienes de familia más que un caudal de buenos modales y un temperamento sanguíneo, engañosamente apacible, y pertenece, por derecho de sangre, al más auténtico linaje cocolo, De ahí su orgullo de clase, que también es orgullo de origen, de raza, de actitud, de mérito.

         Al igual que todos los chicos del entorno azucarero, Norberto Pedro vio transcurrir su infancia en un compás de espera monótono y parejo, contrapunteado por el bullicio del tiempo de zafra y el “duro silencio de batey en tiempo muerto”. En esas circunstancias se moldeó su carácter, el carácter de un niño de la provincia aldeana, con más sombras que luces a pesar del sol abrazador.

         A edad temprana, el reverendo Douglas (cura párroco de la Iglesias anglicana) lo inició en sus primeras vocaciones artísticas: el piano y la pintura, que fueron durante un período fuentes de entretenimiento y modo de vida. Después ocurrió lo inevitable en estos casos: el muchacho empezó a escribir literatura, se trasladó a la Capital y consiguió trabajo para costearse los estudios de bachillerato, desempeñando “oficios de tinieblas”: obrero, mecánico, telefonista, etc. Una beca cubana lo rescató del trance y el hombre se hizo Licenciado en Filología. Otra beca oportuna lo llevó a Estados Unidos, donde obtuvo el doctorado en Lengua y Literatura Hispánica. En la actualidad reside en Boston como todo un caballero bostoniano. Quizás por eso se aferra, más que nunca, a sus vínculos afectivos con el terruño. En el fondo, y a contrapelo de su barniz aristocrático, sigue siendo un hijo de la caña y el cantor de la provincia.

         Para fines de cómputos, hay que consignar que sus títulos universitarios son posteriores a la investidura de poeta, que obtuvo en 1969 con la publicación de Sobre la marcha. La obra fue toda una revelación, sin duda –revelación y herejía- y quedó constituida de inmediato como uno de los hitos literarios de la década. Por primera vez, la épica de los inmigrantes irrumpe triunfalmente en las letras dominicanas y ocupa desde entonces un lugar propio, en espera de nuevos cultores.

         El resto de su obra no hace más que confirmar sus obsesiones, y también sus limitaciones. De hecho, el poeta no ha superado su primer libro, aunque ha escrito otros textos dignos de consideración. En La provincia sublevada (1972), especie de segunda parte de Sobre la marcha, evoca la frustración de una infancia  sin “libros/ ni bicicletas”. Persigue la “poesía de  los días/.../ en difusos colores/ de lápices ajenos”. En Vivir (1982) describe el trauma de la readaptación al suelo patrio después de la fructífera experiencia cubana. En Hago constar (1983) se recoge, se antologa y se despide del país, sin aportar nada nuevo. Quizás nunca regrese, pero con lo que dejó es suficiente.

         De este período, Norberto James es el único poeta de relieve que no procede del círculo de la pequeña burguesía. Es un poeta proletario, el primero que descuella en el contexto de la literatura posterior al descabezamiento de Trujillo. Así lo presentó el lúcido Antonio Lockward de otra época, quien tuvo el privilegio de escribir el prólogo de Sobre la marcha con palabras que aún son dignas del recuerdo, dignas de antología:


         “!¿Norberto James?!...¿Cómo me dijo?..., ¿pero de quién es hijo ese tipo? ¡Yo nunca lo había oído mentar!...¿De Miramar?...!Ay, Dios mío, un cocolo!

         Norberto James. No Troncoso ni Peynado. Salido del Ingenio  Consuelo, hijo de Dolores Rawlings, a quien dice:

        

‘“Qué difícil se me hace

permanecer en calma

estar alegre

sabiéndote flagelada

por la severidad del exilio

-tu autoexilio.-’’’


Fruto del ingenio, en el amplio sentido del término, su poesía es necesariamente agridulce, amarga y doliente, y a la vez tierna. Representa  el momento más sereno de la poesía joven de esa época, el más apacible y doloroso a la callada. Norberto James nunca levanta la voz, no grita, no incurre en estridencias. Es un poeta metódico, con un estilo directo y seco.  Usa las palabras para construir versos simétricos en los que cada frase es un directo complemento de la anterior. En la construcción se traduce una voluntad de aprovechamiento exhaustivo de las ocasiones temáticas: de aquí que la órbita creativa corresponda siempre a un giro alrededor de un motivo fijo. Se diría que Norberto pertenece a la clase de poetas que se agotan o quieren agotarse en un tema. Las piezas de Sobre la marcha tienen algo de máquina de precisión, de flema inglesa, de guerrero en reposo. La capacidad de acción del poeta está por debajo de su posición de espectador. Norberto es, en efecto, más testigo que actor.

Otra nota distintiva de su poesía radica en la carencia de música y movimientos rumbosos. Salvo raras excepciones, en su obra sólo se escucha música soul. Casi todos sus textos se inician y se desarrollan  con una cadencia lenta, triste. Se trata, ciertamente, de una poesía que “no asiste a las grandes bacanales del idioma”, como dijera Enriquillo Sánchez en una memorable ocasión. Por ello su poesía es visual, casi nunca auditiva, como si fuera escrita para sordos. Leyendo un poema de Norberto se tiene la impresión de asistir a una fiesta muda. Sus paisajes preferenciales están instalados en una geografía de quietud y silencio donde podría advertirse el vuelo del menor insecto. Todo esto se corresponde, desde luego, con su propia biografía intelectual: “qué puede dar/ un triste muchacho sin paz/ que no sea su heredada calma/ su duro silencio de batey en tiempo muerto?”.

Una novela y una poesía se escriben y se leen de la misma manera en que se escribe y se lee una vida. Y la vida, como las novelas y la poesía, solo sirven para ser vividas. Para vivir la poesía de Norberto hay que meterse adentro, ponérsela como un saco, porque se trata de una poesía que no se da superficialmente. Es una poesía reticente, igual que el autor, una poesía que tiene el don del distanciamiento y de una cierta ingravidez: a veces flota, parece flotar sobre la base de conceptos finamente elaborados. Es poesía de contenido, exenta de frivolidades, una poesía que sólo toca las fibras más sensibles:


No es culpa nuestra

-Maggy-

que los niños ignoren

la casi inexplicable ternura de la flor.


La poética de Moreno Jimenes encarna un poco en Norberto James, a través de la influencia de su colega y mentor Juan Sánchez Lamouth, de quien ya se dijo fue una especie de poeta puente, el enlace entre el realismo social de los postumistas y el nuevo realismo de los años sesenta. Esta influencia se manifiesta en el carácter austero y calculador de la poesía de Norberto, en su notoria economía de recursos, en su búsqueda de la expresión exacta, e incluso en la prudencia que proviene de “el aprendido miedo a las palabras”. No hay audacias verbales en esta poesía de Norberto, y ni siquiera riesgos calculados. Norberto, en su poesía, hace votos de pobreza y humildad, al igual que Moreno Jimenes, igual que Incháustegui Cabral y Sánchez Lamouth. Semejante poética de austeridad implica el culto a la forma llana, desadorna, sin grandes modulaciones rítmicas, escasa de efectos y rica de afectos, pero sin el “temblor metafísico” que Manuel del Cabral advirtiera en la poesía de Moreno Jimenes. En lugar del temblor está la ternura, que es otra forma de sacudimiento. Por su ternura y delicadeza, algunas piezas de la obra de Norberto parecen haber sido escritas para piano:


Si me ves llegar

-sonriente-

con un libro bajo el brazo

       beso tu niña

te pido me cuentes de tus viajes

y sonrío mientras hablas alegremente

de la primera vez que te perdiste

en Riverside

        no me creas.

-Aquí-

junto a estos cuadros

y la sonora presencia de Für Elise

        te recuerdo.

Te siento ligada a cada objeto

y por momentos me veo obligado a aceptar que

        te he perdido

y que realmente

no eres la misma colegiala del amor breve

que no supe buscar a tiempo.


Otras veces, en la brevedad de textos como “Te sentí venir”, la ternura hace el milagro de los peces y el poema se multiplica en luces y sombras, desborda su propio espacio físico y se proyecta hacia vastos espacios interiores. La chispa que le da vida al poema se origina en un drama tan menudo como universal: el drama del pobre que no tiene nada que ofrecer salvo su propia riqueza espiritual. Esta es, quizás, la composición más honda de Norberto, y una de las más hermosas de cuántas se escribieron por esos años.


Te sentí venir

con tu lento acopio de luz

cargada de alegrías

        quise compartirlas

ignorando quizás tu brevedad en mi tiempo.


No puede darte más que amor

y la limpia timidez que de niño me acompaña.

Más ¿qué puede dar

      un triste muchacho sin paz

que no sea su heredada calma

su duro silencio de batey en tiempo muerto?


Parco y ligero, con el don de una cierta ingravidez y una cadencia suave –de las cuales ya se dijo- Norberto James sólo parece capaz de sentir la alegría de la palabra diáfana, transparente, oculta en la “llaneza del lenguaje”, una llaneza alada. En esa misma nota llana y alada rindió tributo de admiración y aprecio a su amigo y mentor Juancho Lamouth:


    Uno a uno

han silenciado los perros.

Una a una se te han apagado

las lámparas amargas lámparas

que rodearon tu borrascosa existencia.


¿Acaso no levantan vuelo las humildes palabras de este otro testimonio tan gravemente sentido?:


Ya no te alcanzan las sales del viento.

Ya no te alcanzan los continuos dolores

que aquí permanecen.


Todos los elementos de esa poética confluyen en una de sus creaciones más celebradas: “Los inmigrantes”. Este ha sido considerado el texto clave de la obra de Norberto James, y quizás lo sea, a pesar de ciertas aristas terribles. Lo cierto es que en “Los inmigrantes” el poeta se da y se juega por entero, desatando los fuegos agridulces de la provincia al evocar la memoria de su estirpe. Aquí está su verdadera biografía, la de su familia, su progenie, su raza. El poema, no por casualidad, se abre paso desandando el vía crucis de “minorías preteridas”, apenas dueñas de su orgullo y su identidad:


Aún no se ha escrito

la historia de su congoja.

Su viejo dolor unido al nuestro.


En la remembranza de sus orígenes, Norberto se emplea a fondo contra la enfermedad de la ignorancia y el olvido, recreando la historia de los inmigrantes cocolos:


   No tuvieron tiempo

-de niños-

para asir entre sus dedos

los múltiples colores de las mariposas.

Atar en la mirada los paisajes del archipiélago.

Conocer el canto húmedo de los ríos.


La historia de los cocolos pasa, desde luego, por la famosa danza de los millones, que fue el producto de las alzas del azúcar durante la primera guerra mundial. Está dejó profundas huellas de realizaciones materiales en el pueblo de San Pedro de Macorís, y quedó en la memoria colectiva como una época feliz. El poeta contempla en retrospectiva la danza de los millones y la describe, en principio, con tintes luminosos, que parecen augures de venturanza. Los tintes se van tornando oscuros, sin embargo, cerrándose paulatinamente a la vida y la esperanza:


   Hubo un tiempo

-no lo conocí-

en que la caña

los millones

y la provincia de nombre indígena

de salobre y húmedo apellido

tenían música propia

y desde los más remotos lugares

llegaban los Danzantes.


   Por la caña.

Por la mar.

Por el raíl ondulante y frío

muchos quedaron atrapados.

Tras la alegre fuga de otros

quedó el simple sonido del apellido adulterado

difícil de pronunciar.


La prosperidad no llegó a los cocolos, por supuesto, ni al barrio de Miramar, donde vivió el poeta. Fue una ilusión de masas. A eso alude James Rawlings. La realidad del surrealista barrio de Miramar la deja, en cambio, plasmada en una imagen realísima, felicísima:


El polvoriento barrio

cayéndose sin ruido.


Antonio Locward Artiles fue el primero en advertir la “resonancia” épica, o más bien épico lírica, de “Los inmigrantes”. La resonancia del poema se me antoja, no sé por qué, al efecto que produce un solo de batería, un redoblante tal vez, que acompaña la mención de los protagonistas de la historia. El mecanismo de reiteración puede lucir a ratos mecánico o monocorde, una especie de “Bolero” de Ravel, pero en eso consistió básicamente la “novedad” del registro poético que dio nombradía a Norberto James. Escuchemos:


Óyeme viejo Williy  cochero

fiel enamorado de la masonería.


Óyeme tú George Jones

ciclista infatigable.


John Thomas  predicador.


Winston Brodie  maestro.


Prudy Ferdinand  trompetista.


Cyril Chalanger  ferrocarrilero.


Aubrey James  químico.


Violeta Stephen  soprano


Chico Conton  pelotero.


En el poema, en fin, se hace justicia a una ola de inmigrantes que, partiendo desde abajo, se ha dado a conocer -con su dedicación, su humildad, su seriedad, su laboriosidad- por sus aportes a la cultura, a la ciencia y al deporte en todas las áreas. Por eso Norberto reivindica para ellos y para él un espacio propio, no al margen, sino dentro de la sociedad que han contribuido a enriquecer. El suave Norberto construye, a la par, en su poesía, una conciencia y una patria espiritual. No es la poesía de uno que se margina, es la poesía de un marginado que se integra de pleno derecho “en esta patria mía y vuestra”.

El texto remite de muchas maneras al proceso de mestizaje de la nación dominicana, al verdadero melting pot americano, ese crisol de razas que caracteriza al pueblo de Santo Domingo. Norberto Pedro James Rawlings no plantea, no propone, pues, una distancia, sino un acercamiento respecto a una cultura que lo negaba y lo niega desde la cúspide, aunque lo reconocía y lo reconoce desde la base. Porque sabe que aquí, entre nosotros, hay un espacio para todos, implícitamente reconoce y hace reconocer que nosotros somos ustedes y somos un poco todos, y al realizar su pequeña y gran proeza literaria abre, quizás, sin darse cuenta una ventana que permite respirar un aire nuevo, modifica una sensibilidad. Provoca y produce un cambio en la sensibilidad y en la percepción social de los meritorios inmigrantes cocolos. El resto es historia patria. Aún así, la última palabra no está dicha. Norberto Pedro James Rawlings escribe todavía desde Boston, y escribe bien, aferrado al terruño.





[1] Brigadas Líricas, No. 5, abril de 1972, p. 8. Citado por Baeza Flores, op. cit., p51.





viernes, 18 de diciembre de 2020

Las vacaciones del sátrapa (2)

Las vacaciones del sátrapa (2)

Por lo demás, la estadía de Trujillo en Francia pasó prácticamente desapercibida. Ni la prensa ni el gobierno se dieron realmente por enterados, no hubo recepciones ni agasajos oficiales, ni ceremonias conmemorativas.

Entre los días 12 y 25 del mes de julio de 1939, la bestia honró con su presencia a la ciudad de Nueva York, donde se estaba celebrando una feria o exposición mundial que se le quedaría grabada en la cabeza. A lo mejor pensó desde el primer momento que alguna vez haría algo semejante, aunque a menor escala, por supuesto. Pero algún día lo haría y sería su ruina. La ruina de la economía dominicana.

La feria tenía muchísimos atractivos y fue visitada por más de cuarenta y cuatro millones de personas. Para alguna gente, incluyendo a los periodistas, no había en ella ni en toda la ciudad nada más exótico e interesante que la presencia del tirano instalado a todo lujo en el fastuoso hotel Waldorf.

Para el alcalde Fiorello La Guardia, que le dió una formal bienvenida al evento, el sanguinario personaje no era más que un engorro y no puso mucho empeño en el agasajo. Parecía más bien dispuesto a desentenderse que a entenderse con él.

Sus anfitriones oficiales se desvivían, en cambio, por complacerlo. Lo llevaron de visita a Walt Street, confraternizó con los más encopetados banqueros, le organizaron una pomposa recepción en la Cámara de Comercio. A bordo del impresionante yate Ramfis, la bestia hizo un viaje por el caudaloso río Hudson y se asomó discretamente a las ciudades de Poughkeepsie y Albany. Pero todo no podía ser color de rosa.

Feria Mundial de Nueva York de 1939

Durante su visita a la feria tuvo que enfrentarse a un grupo de periodistas que le hicieron preguntas desagradables sobre la matanza haitiana. Hay que suponer que algunos de ellos eran lo que aquí llamamos bocinas, vulgares voces y plumas de alquiler, y que se establecieron ciertas medidas para evitar que la situación saliera de control y que el ilustre visitante fuera metafóricamente acribillado a fuerza de preguntas incómodas. Lo cierto es que el perínclito se defendió como gato bocarriba y no salió mal parado del encuentro. Contuvo de alguna manera el odio visceral que sentía por la gente del poder informativo y respondió las preguntas con una calma que no tenía. En  ningún momento negó los hechos de sangre, sólo los redujo a su mínima expresión. Es decir, mintió descaradamente diciendo parte de la verdad.

Nunca hubo masacre, los muertos fueron unos pocos y por accidente. En pocas palabras, los hechos habían sido brutalmente exagerados. Fue algo incidental que había ocurrido en la frontera. Algo parecido a lo que sucedía normalmente entre estadounidenses y mexicanos. La muerte de miles de haitianos a manos de los guardias dominicanos era impensable. Ellos mismos se habrían encargado de evitarlo.

Trujillo estaba deslumbrado, estaba encantado, estaba feliz. Nunca pensó que sus amigos norteamericanos, o mejor dicho sus amos, le dispensarían una acogida tan privilegiada. En ningún otro país se podía recibir tan finas atenciones como en los Estados Unidos ni había en todo el mundo un pueblo tan hospitalario y refinado. Un pueblo que lo había distinguido, que lo había tratado como se merecía. Como un César triunfante. De esa misma manera planeaba también volver a Santo Domingo, como lo que era, todo un César del Caribe, y reclamar de inmediato un triunfo a la manera romana, el que se le debía a todo general victorioso.

Tan contenta estaba la bestia que prolongó su estadía más allá de lo previsto. Sus afectuosos anfitriones no estarían quizás tan contentos como él, pero no pusieron reparo.

A principios de agosto se embarcó en el SS Normandie, un moderno crucero francés con turbinas turbo-eléctricas, y llegó felizmente a Cannes, donde nadie acudió a recibirlo.

Peynado lo había designado Embajador Extraordinario en Misión Especial ante los Gobiernos de Francia e Inglaterra, pero los maleducados franceses y los gélidos ingleses no se dieron por aludidos. Chapita estaría seguramente decepcionado, allí no reconocían su grandeza, su contribución a la paz y confraternidad del mundo libre. Pero en Paris le esperaba desde el día 10 de junio una adorable bebé, su casi recién nacida hija Angelita, la que sería la niña de sus ojos, la que sería algún día reina de belleza. Angelita y su adorable esposa María. Pero sobre todo Angelita, la que sería Angelita. Es decir: María de los Ángeles del Sagrado Corazón de Jesús Trujillo Martínez. Nacida en Paris de Francia o más bien en el aristocrático suburbio parisino Neully-sur-Seine. Hija predilecta del tirano. La que le haría mimos en público. Su amante biógrafa. La brillante escritora.

Por lo demás, la estadía de Trujillo en Francia pasó prácticamente desapercibida. Ni la prensa ni el gobierno se dieron realmente por enterados, no hubo recepciones ni agasajos oficiales, ni ceremonias conmemorativas. Los únicos que de verdad mostraron interés por su visita fueron unos izquierdistas revoltosos que se manifestaron frente a la embajada dominicana en su contra y que fueron sometidos al orden por una turba pagada por Porfirio Rubirosa. Quizás dirigida en persona por Rubirosa, que tomaría parte en la riña, luciéndose como boxeador. Con ese acto heroico, según se dice, logró reconciliarse con el querido jefe, de cuya hija Flor de Oro se había divorciado un año antes, no sin haberle propinado alguna golpiza. Rubirosa era un incondicional de la dictadura, había espiado para la dictadura y se involucraría en más de un asesinato por cuenta de la dictadura, incluyendo el de Galíndez. Pero de vez en cuando, alguna bellaquería diplomática o un cheque falsificado, por ejemplo, le hacía caer de la gracia de la bestia y perdía ocasionalmente el favor y el cargo. Los ingresos por la venta onerosa de visas a los  judíos.

Como todos los funcionarios, caía alternativamente en gracia y en desgracia, pero Trujillo tendría muy en cuenta lo que hizo por su buen nombre en París. Lo recibiría con honores de héroe cuando Rubirosa regresó de visita a Santo Domingo. Sin embargo, y a pesar de lo mucho que se querían él y Trujillo, esas visitas de Rubirosa —quizás por exceso de precaución —eran breves y esporádicas. Brevemente esporádicas. Esporádicamente breves.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [53]

https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator

sábado, 12 de diciembre de 2020

Las vacaciones del sátrapa (1)

Las vacaciones del sátrapa

Pero faltaba más, mucho más. El viaje de vacaciones, las primeras vacaciones que se tomaba en mucho tiempo, resultó ser una caja de sorpresa para la bestia. En el momento más elevado de su carrera fue invitado a la Casa Blanca a tomar té a las cinco.

El 30 junio de 1939, a bordo del lujoso yate Ramfis, Trujillo emprendió un viaje con el que había soñado intensamente. Se había atrevido a dejar, nominalmente, el timón de la cosa pública en las dóciles manos de Peynado, y a Peynado en las manos de su guardia pretoriana y salió de viaje. Un viaje político de vacaciones, las primeras vacaciones que se tomaba en mucho tiempo. El soñado viaje a los Estados Unidos.

La manera en que Crassweller describe el episodio, o los muchos episodios de su estadía en ese país, parece un cuento de hadas. Decir que lo trataron a cuerpo de rey es quedarse corto. La matanza de haitianos estaba todavía fresca en la tinta de los periódicos y en la memoria de mucha gente, pero sus amigos del imperio lo trataron mejor que a cuerpo de rey. Pasaron por alto ese pequeño detalle y lo recibieron con honores. En Washington, por ejemplo fue agasajado por altos funcionarios del Departamento de Estado, lo llevaron a conocer el cementerio de Arlington y la antigua hacienda esclavista de George Washington en Mount Vernon, donde se dice que hizo una pregunta bastante extraña. No preguntó, al parecer, por la extensión de la tierra, por vacas ni caballos ni peones, sino por los gustos literarios de quien había sido su propietario. No fue una pregunta al azar. Fue algo que le había sugerido quizás Logroño u otro cualquiera de sus áulicos para aparentar lo que no era.

El Senador Walsh, al frente de una delegación de congresistas, lo visitó después en la sede de la embajada dominicana, hizo un brindis en su honor, en honor de la bestia, y comenzó de inmediato a derramar torrentes de palabras lisonjeras. Palabras y más palabras en beneficio del generalísimo, todo un derrame de palabras: bendiciones, elogios, aplausos, epítetos tan ardientes y desmesurados que habrían hecho ruborizar a un santo.

Es casi seguro que todos los honorables congresistas, y sobre todo el alcahuete senador Walsh, eran sólo unos pocos de los que Trujillo tenía en su jugosa nómina, políticos y politicastros a quienes la bestia pagaba generosamente favores o silencios cómplices, o quizás ambas cosas, y que con gusto le hubieran besado los pies y cualquier otra parte del cuerpo. Lo que dijo el senador Walsh en esa ocasión no fue más que un discurso prepagado. ¡Y qué discurso!

A juicio de Walsh, ningún otro estadista de Centroamérica y el Caribe había sido tan grande y poderoso servidor del interés público. En su opinión, el generalísimo era el más aguerrido defensor de políticas humanitarias y progresistas, de esas que promueven el bienestar de todos los pueblos. Durante su período de gobierno, la bestia no se había caracterizado por haber implantado el terror en todo el país como presidente de la República Dominicana. Se había más bien destacado en su devoción y lealtad a todas aquellas causas y principios relacionados con el progreso del pueblo dominicano. Puro altruismo, desinterés y desprendimiento. En fin que —terminaba diciendo el efusivo senador Walsh—, era un placer darle la bienvenida y felicitarle por sus éxitos al gran humanista, al benefactor de la patria, y asegurarle que la gente de los Estados Unidos de América se alegraba de tener de visita a un hombre que había hecho tanto por el bienestar y el progreso de la República Dominicana y que nunca, al parecer, había planificado y realizado una masacre tan espantosa como la que aparecía todavía fresca en la tinta de los periódicos y en la memoria de mucha gente, especialmente en la de los periodistas, con los cuales no le iría muy bien más adelante.

Trujillo estaba, pues, en su mejor momento, posando y pasando de un escenario a otro, de banquete en banquete, de homenaje en homenaje. Rápidamente se contagió del espíritu libertario y democrático de la gran nación norteamericana y se sintió él mismo en algún momento tan libertario como democrático. Se atrevió entonces a decir, con toda la fuerza del descaro, que nunca se pondría del lado de los regímenes totalitarios como Alemania e Italia. A esas naciones jamás les ofrecería la República Dominicana sus simpatías en la guerra que ya casi se desataba.

Trujillo no consideraba que su régimen era de tipo totalitario. Era de tipo bimbinario. Testiculario, en efecto.

El generalísimo fue agasajado con las más finas atenciones. Los amigos se multiplicaban y parecían disputarse entre ellos el favor o su simpatía, lo invitaban a cenas, recepciones y todo tipo de reuniones. Al ministro Cordell Hull lo vió por lo menos en dos ocasiones. Otro senador de apellido Green ofreció en el mismo Capitolio un almuerzo en su honor que de seguro no le salió gratis a la bestia. Lo había pagado ya de muchas maneras con antelación al senador Green. Otro gran amigo y admirador, el teniente coronel Thomas Watson, le sirvió de anfitrión en una glamorosa recepción.

Una especie de apoteosis tuvo lugar en la prestigiosa academia militar de West Point. El ilustre visitante fue recibido con una salva de veintiún cañonazos. Una salva de cañonazos que representaba tal vez el más alto honor que alguna vez se le concedió, todo un implícito reconocimiento a su condición de jefe de estado y militar que recibiría seguramente con lágrimas en los ojos.

Pero no fue sólo West Point. La Academia Naval de Annapolis, y la Base Naval de Quantico también se disputaron y honraron con su presencia.

Pocas cosas, sin embargo, se igualaron ni se igualarían jamás a la gentil deferencia que le hiciera el general George C. Marshall, el mismísimo general George C. Marshall, nada más y nada menos que el Jefe de Estado Mayor en funciones del Ejército de los Estados Unidos de América, el hombre que se cubriría de gloria por el famoso plan de reconstrucción de Europa que lleva su nombre. Marshall no se conformó con hacerle una invitación a la bestia. Le hizo dos. Una en la noche del 9 de julio a una

especie de agasajo y otra de nuevo a un banquete  dos días después.

Pero faltaba más, mucho más. El viaje de vacaciones, las primeras vacaciones que se tomaba en mucho tiempo, resultó ser una caja de sorpresa para la bestia. En el momento más elevado de su carrera fue invitado a la Casa Blanca a tomar té a las cinco. El té de las cinco de la tarde.

A esa hora, el día 11 de julio de 1939, estaba el monstruo en la Casa Blanca. Saludó y fue saludado por mucha gente distinguida. Recibió y fue recibido. Conversó y fue conversado. Durante una hora, por lo menos, parloteó amenamente con Franklin Delano Roosevelt, el entonces presidente de los Estados Unidos. Hablaron, según se dice, de unas espadas españolas de la época colonial que Roosevelt había comprado en Santiago de los Caballeros en 1917, durante un viaje que hizo a Santo Domingo y Haití en la época en que ambas naciones estaban intervenidas militarmente. Ninguno de los dos, por lo que se sabe, mencionó la matanza haitiana.Y ni siquiera el nombre del padre R. Barnet, "asesinado a palos en la Iglesia Episcopal de la avenida Independencia de Santo Domingo por haber suministrado datos a la prensa norteamericana sobre la feroz carnicería".

Trujillo era, al fin y al cabo, un poco lo mismo que había dicho Franklin Delano Roosevelt sobre el dictador nicaragüense Tacho Somoza. Era un SOB. Era un HDP. ("Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta"). Quizás el hijo de puta favorito. El más favorito de todos los posibles hijos de puta.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [50]

https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator

sábado, 5 de diciembre de 2020

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (3 de 3)

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (3 de 3)

Para el querido Jefe, fue creada la muy especial nueva Secretaría de Estado del Despacho del Generalísimo. Una de las más felices iniciativas del esposo de doña Cusa consistió en disponer que en las escuelas y oficinas públicas se pusiera el retrato del perínclito junto al de los Padres de la Patria con el propósito de conferirles mayor honra.

Desde el momento en que Mozo Peynado ganó las elecciones de 1938, con el apoyo aplastante de toda la población electoral, Trujillo le hizo sentir el peso de su brutal autoridad, lo sometió a un régimen de vejaciones, lo puso en ridículo públicamente, hizo todo lo posible por disminuirlo hasta su mínima expresión, degradarlo,

agraviarlo de todas las formas posibles.

Poco antes de juramentarse, el 16 de agosto, un diputado que seguía órdenes de la bestia declaró su inconformidad con el hecho de que Peynado hubiera sido elegido presidente, abiertamente le declaró su más firme y cordial enemistad y denunció que estaba formando a su alrededor una claque, una camarilla política. Intrigantes y conspiradores seguramente.

El flamante diputado se sintió en el deber de reafirmar su eterna lealtad a la bestia y advertir al mismo tiempo el peligro que representaba un hombre como Peynado en el poder. Otros miembros del congreso hicieron de inmediato causa común con él, y los medios de prensa no tardaron en unirse al coro de admoniciones y lamentaciones. Trujillo debería permanecer al mando a toda costa. Unos días más tarde, el querido Jefe se plegó a los deseos de sus intranquilos servidores y declaró en público que la juramentación de Peynado como presidente sería algo meramente nominal. Nada había que temer.

El 16 de agosto, en efecto, durante el solemne acto de toma de posesión del nuevo presidente (un acto de humillación en toda regla), Trujillo acaparó por completo la atención, lo eclipsó totalmente a Peynado. Y no podía ser de otra manera. Aunque en general Trujillo vestía de manera impecable y en ropa de civil lucía siempre elegante, se apareció en el acto con un uniforme tan estrambótico y ridículo como el que había usado en agosto de 1930, cuando se juramentó por primera vez en el cargo de  presidente.

A tono con el traje, que combinaba el atuendo de general con el de almirante y parecía una pieza de museo, pronunció un discurso rimbombante e igualmente ridículo sobre el septuagésimo quinto aniversario de la Restauración. Se cogió, en definitiva, todo el espectáculo para él. Había relegado a Peynado a un plano insignificante, pero le reservaba un final todavía más humillante, degradante, vejatorio e indignante a la vez, todo un bochorno, una ofensa, un ultraje de la más baja estofa. 

Peynado tomó la palabra cuando por fin se la dieron y empezó a declamar un indigno discurso laudatorio que situaba a la bestia en una especie de Olimpo, en el terreno incontaminado de la divinidad. Bendijo Peynado el bendito 16 de agosto de 1930, la  dichosa ocasión en que el divino Jefe había tomado posesión por primera vez de los destinos patrios. Una y otra vez lo exaltó, lo describió con palabras ardientes como un hombre del destino, lo elevó a la cumbre de  Caballero de la Divina Orden del Genio, la única orden cuyas insignias el mismo Dios y sólo Dios concede, celebró el momento providencial de su aparición por primera vez en este augusto lugar con rayos de luz en su mano, le agradeció de mil maneras por haber traído a esta tierra la Civilización y así por el estilo.

Mozo Peynado no se cansaba ni se cansaría de adularlo cuando ocurrió lo que nunca creyó que podía ocurrir. Era un movimiento calculado con anticipación, pero la gente pudo haber pensado que Trujillo había sufrido una indigestión de halagos, que se había hartado o empalagado de lisonjas cuando lo vieron ponerse inesperadamente de pie, darle la espalda al fogoso orador, marcharse del lugar y provocar con su partida los más estruendosos aplausos. El público, emocionado, poseído de un entusiasmo visceral, y posiblemente harto también de tanto discurso, ovacionó en efecto su partida y probablemente nadie volvió a ponerle caso a Peynado.

Poco tiempo después un gracioso decreto presidencial le concedió a la bestia los mismos privilegios que al presidente de la República. Otro decreto concedió a su amada esposa María la dignidad de primera dama. En el mismo decreto, también su madre, la excelsa matrona, la llamada Mamá Juliá, fue ascendida a primera dama. Pero como doña Cusa era también primera dama, o por lo menos primera dama putativa, la República se dió el lujo de tener lo que ningún otro país probablemente tenía.

Nuevos decretos dictados por el supuesto nuevo mandatario, confirmaron en sus puestos a toda los secretarios y subsecretarios de estado y los demás funcionarios, a los miembros del ejército llamado nacional, a los del cuerpo de ayudantes del presidente y a los de la policía también llamada nacional.

Para el querido Jefe, fue creada la muy especial nueva Secretaría de Estado del Despacho del Generalísimo. Una de las más felices iniciativas del esposo de doña Cusa consistió en disponer que en las escuelas y oficinas públicas se pusiera el retrato del perínclito junto al de los Padres de la Patria con el propósito de conferirles mayor honra.

Dice Crassweller que Peynado entró prácticamente desnudó a su despacho del Palacio Nacional y que a las muchas humillaciones que recibía respondió patética o irónicamente, aumentando el tamaño del letrero con el "Dios y Trujillo" que tenía en el techo de su casa. Aún así su séquito de ayudantes personales se redujo de un cuerpo de ayudantes a un solo guardia somnoliento. Su oficina se redujo de una suite a una habitación.

Trujillo, en cambio, se acomodó en unas amplias oficinas con aire acondicionado, que era uno de los grandes lujos en esa época, y centralizó en ese lugar la administración militar y policial.

Peynado, mientras tanto, al margen de sus pocas obligaciones palaciegas, trataba de mantener en lo posible su rutina existencial. Hacía que le sacaran, contra el parecer de doña Cusa, su cómoda mecedora de caoba al parque Colón y allí permanecía en amable tertulia con sus amigos durante horas. Sí alguno le pedía un favor político, le aconsejaba que se dirigiera a alguien con autoridad. Solía decir que la única persona en el país que alguna vez llegó a creer que él era presidente de verdad era su esposa Cusa.

La bestia no le temía a Peynado, por supuesto. Peynado era menos que un títere, era un muñeco de trapo. Le temía a los amos del norte, temía, de manera paranoica  a sus enemigos internos, al odio o aborrecimiento de los muchos dominicanos, temía con razón al resentimiento que podía estarse incubando en las filas de las fuerzas armadas, en el seno del mismo  ejército en que había surgido el complot de Blanquito, del teniente coronel Leoncio Blanco. La bestia, por aquello de que quien tienen hechas tiene sospechas, es posible que le temiera hasta su sombra.Temía, razonablemente que las circunstancias, la presencia incluso de un pelele en la presidencia de la República, podría abrirle paso a cualquier conspiración, facilitar cualquier movida desde el extranjero para desplazarlo del mando sin crear un vacío de poder. Convertir el muñeco de trapo en un sustituto provisional. Es posible que nunca se sintiera cómodo ni seguro con el hecho de que alguien ocupara el cargo de presidente, aunque fuera de mentirillas. Eso explicaría la impaciencia, la prisa que parecía tener para devolver las aguas a su cauce original y recuperar su título, su dignidad oficial de presidente de la República.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [51]

https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator

martes, 1 de diciembre de 2020

 Gregorio Urbano Gilbert

Pedro Conde Sturla




Docenas de corresponsales y medios de prensa de muchos países cubrieron el evento que era un abierto desafío, casi una provocación, una imprudencia, pero teníamos que mostrarle al mundo que seguíamos vivos, coleando, en pie de guerra, y que teníamos el apoyo de multitudes que arriesgaban la vida para demostrarlo.

Habló mucha gente en la manifestación, habló Caamaño, varios compañeros del Catorce, funcionarios del gobierno, y recuerdo en especial –de un modo particularmente vivo– 
que habló también un personaje con aura de leyenda, casi desconocido, un casi olvidado símbolo nacional, la encarnación del honor patrio. Había nacido en 1898 y se llamaba Gregorio Urbano Gilbert.
En 1916, durante la primera intervención armada del imperio, ya era un muchacho de recia determinación, del tipo que se juega la vida a una sola carta, y sintió la sangre hervir cuando se enteró del desembarco de tropas norteamericanas en el puerto de San Pedro de Macorís. En ese momento tomó la decisión más trascendental de su vida.
Con un pequeño revolver y unas cuantas municiones se presentó en el muelle, estudió brevemente la situación, y se acercó a un grupo de oficiales que desembarcaban alegremente.
Alegres y arrogantes desembarcaban hasta que vieron a aquel muchacho solitario que los encañonaba con tan firme determinación, gritando palabras que no entendían y disparando con tan buena puntería, tumbándoles la alegría y la arrogancia, matando a un oficial, hiriendo a tres, provocando un desorden, un pánico mayúsculo, una desbandada tan aparatosa que le permitió escapar a la carrera, salir vivo sin un solo rasguño.
Después de mucho aventurar, en 1928 se integró a las guerrillas de César Augusto Sandino que combatían contra los norteamericanos en Nicaragua. Se distinguió en la refriega con grado de capitán y fue miembro del mando superior del ejército sandinista. En una memorable foto, aparece junto al estado mayor del bien llamado general de hombres libres. César Augusto Sandino.
Aquel 14 de junio estaba allí, en la tribuna, armado y decidido a continuar su lucha. A los sesenta y siete años, Gregorio Urbano Gilbert había regresado a las filas. Es uno de los más bragados y afortunados de nuestros héroes. 
Ese es el tamaño del personaje, un héroe antiimperialista cuya memoria hoy pretende agraviar un gobierno entreguista.

Uno de esos días de abril
La debacle
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