sábado, 6 de febrero de 2021

Acuarela (4)

Acuarela (4)

Clamaba auxilio para el hijo cruelmente apuñalado. El hijo que se desangraba ante sus ojos, ante las miradas de todos. La víctima no era sólo el niño, sino la madre, la hermana, la propia multitud de espectadores.

El Perocito vivía una vida más o menos normal en aquel ambiente bucólico, aldeano, engañosamente apacible, donde casi nunca pasaba nada, o casi nada, hasta que finalmente pasaba. Rosario Fermín, su viuda madre, sufría en silencio, y por partida doble, la muerte y desaparición del esposo al que nunca pudo dar sepultura. Su hermana Alfonsina se había convertido en una lectora insaciable que distraía sus penas y presentimientos devorando libros que le traía su tío Damián Fermín. Su hermano Alfonso era un estudiante aplicado y tranquilo y su hermanito Agustín era casi un niño y no tenía mayores preocupaciones. Pero el Perocito era rebelde y precoz, ya fumaba y tenía novia, iba a fiestas, rabiaba. Sabía que el minotauro era responsable por la muerte de su padre, la muerte de sus tíos y una docena de otros familiares, y estaba creciendo con el odio en la sangre. Se desahogaba en voz alta en presencia de sus compañeros de bachillerato, mascullaba a veces frases amenazantes, que provocaban a su alrededor una estampida. No eran pocos los se alejaban de él por prudencia. La única ocasión en que vio al minotauro personalmente sus dientes rechinaron de furia. Dicen que dijo que algún día lo mataría. El minotauro, a su vez, se había ensañado contra su familia. Muchos ojos se posaban sobre él, los oídos delatores buscaban su voz, bebían sus palabras, informaban a sus superiores. El Perocito estaba fichado, igual que todos sus parientes. El Perocito estaba mal visto, particularmente mal visto.

Un día aciago, en su escuela —la escuela donde estudiaba el Perocito y su hermano Alfonso—, ensuciarían una pared o el busto del minotauro con una frase infamante que lo describía de cuerpo entero. Esa sería, en breve, una sentencia de muerte. El director de la escuela intentó ocultar el hecho en vez de denunciarlo, como era mandatorio, se jugó el pellejo o por lo menos la libertad, tratando de evitar lo inevitable. Demasiadas personas estaban enteradas y la noticia llegó a oídos del gobernador, un intrigante, un sicofante, un innombrable. Había que encontrar un culpable y nadie era mejor culpable que un miembro de la familia Perozo. Desde el primer momento, un conocido delator, un calié, al que llamaban Tito Mon, había apuntado en esa dirección.

A la casa de la familia, ya atormentada y nerviosa por el rumbo que tomaban los acontecimientos, se apersonó al día siguiente un enviado que invitó al Perocito y a Alfonso a presentarse en la gobernación. Una invitación perentoria.

El gobernador los recibió con una mirada funeraria y una sonrisa de hielo. Los observó en silencio, con semblante severo, esperando quizás que se derrumbaran, que se echaran a llorar o algo parecido. Luego les presentó con alegría —una malsana alegría y cara de niño travieso—, a un extraño general que estaba de pie a su lado. Un muerto vivo, un matarife al que le bailaban los difuntos en los ojos. Era tan malo como Ludovino y se llamaba Federico Fiallo.

Junto al general y el gobernador había otros seres aún más extraños que parecían tener la sangre estancada en las venas y que miraban sin mirar como demonios asustadizos. Tenían las cuencas de los ojos vacías y les olía el alma a podrido.

El general y el gobernador hicieron preguntas y los muchachos respondieron. Pero era una simple formalidad. Sólo querían verles las caras para saber a cual de los dos iban a matar. El verdugo designado estaba entre ellos, entre los demonios asustadizos, y la sentencia no tardaría en ser ejecutada.

Unos días después, el Perocito saldría para juntarse a estudiar con Leandro Guzmán, su compañero de pupitre, y ya no regresaría con vida. El asesino, alguien con hiel en las venas, se metió en su camino, casi como quien dice al descuido, lo hirió en el vientre con un puñal o un punzón y echó a correr hacia la fortaleza.

El Perocito no supo en el primer momento lo que le había sucedido, hasta que vio la sangre. La sangre lo devolvió a la realidad. Empezaría entonces a caminar dando tumbos. De alguna manera fue a parar al cercano cuartel de la policía, quizás buscando inocentemente refugio, y esa fue su perdición.

Media hora más tarde, Alfonsina y su madre sintieron que alguien tocaba con fuerza la puerta de la casa y el alma se les cayó al suelo. Presintieron que lo peor, la cosa más secretamente temida había pasado. Cuando abrieron la puerta vieron al buen amigo Cheché Moya, un amigo de la familia muy querido. Vieron, mejor dicho, a un Cheché Moya desfigurado, transfigurado, convertido en la viva imagen de la angustia e impotencia, con el semblante pálido y doliente, tartamudo, abatido. Alguien que decía palabras muy débiles, como si no quisiera que lo escucharan o lo entendieran, y que les dio finalmente la infausta noticia. Han herido a José Luis.

José Luis estaba herido y tirado en el piso del cuartel de la policía, chorreando sangre. Un grupo de fieras, de seres enardecidos y bestiales con uniformes policiales formaban un círculo en derredor. Habían acordonado el recinto y ni la madre de Alfonsina ni nadie podían dar un paso hacia adentro por órdenes del comandante o lo que parecía ser el comandante. Un personaje luciferino. Un engendro de hielo y aserrín con los ojos encuevados y la piel pegada a los huesos, que miraba a la gente con una negligencia desangelada. No tenía vida, sólo había odio en sus ojos.

Muchas personas se habían aglomerado y asistían impotentes a una escena desgarradora, una madre gritaba y trataba inútilmente de abrirse paso, clamaba auxilio para el hijo cruelmente apuñalado. El hijo que se desangraba ante sus ojos, ante las miradas de todos. La víctima no era sólo el niño, sino la madre, la hermana, la propia multitud de espectadores.

Mamabuela contaba, y lo contó muchas veces, que la gente protestaba y rabiaba de desesperación. Los policías, en cambio, veían morir al muchacho con indiferencia, lo veían desangrándose como quien ve caer la lluvia. El Perocito trataba de incorporarse y caía, se caía y se levantaba, trataba de incorporarse y caía.

El doctor Lavandier llegó al lugar y exigió que lo dejaran pasar y no lo dejaban. La madre y la hermana vociferaban, pedían a gritos que las dejaran pasar y la policía no las dejaba pasar. Ni la madre, ni ella, nadie pudo dar un paso hacia adentro. Cuando se le permitió finalmente al doctor Lavandier prestarle auxilio al muchacho y llevarlo al hospital era demasiado tarde. El muchacho moriría y la madre moriría con él. Pero su agonía sería más lenta y más larga, un suplicio más cruel durante años.

Esa noche soplaron vientos de furia sobre el pueblo. Algo se quería desatar y no se desataba. La gente se tiñó de un inmenso pesar, se hundió en un silencio rabioso y contenido. Siempre se hablaría del Perocito con amor e indignación. Fue un crimen atroz entre los muchos que se cometerían por órdenes del minotauro, a veces por una simple sugerencia, a veces por satisfacer su sed de sangre. El Perocito no había cumplido quince años. Le faltaban pocos días para cumplirlos, pero no los cumpliría.

El sepelio fue un acto de repudio, y en la misa el padre Henríquez no pudo contenerse, vomitó fuego por la boca en una homilía que provocó llantos de ira y de dolor. El pueblo parecía a punto de explotar.

Después se montaría una farsa burda y descarada. El asesino había sido encontrado y hecho preso, y luego se habría ahorcado en la fortaleza. Mamabuela recordaba que la guardia permitió la entrada al público. Las alumnas de la escuela Primaria Costa Rica, fueron llevadas como quien dice en peregrinación a conocer al supuesto asesino del Perocito. Allí lo vieron muerto, ahorcado, y la visión no les permitiría dormir en varios días. Era un moreno, un negro, un infeliz, un chivo expiatorio. Estaba de rodillas frente a una pared, con el extremo de una soga al cuello y el otro extremo atado a un barrote de la ventana. No se habría podido ahorcar sin la generosa ayuda de los carceleros.

Lo cierto es que la noche de la muerte del Perocito nadie dormiría en el caserón de madera ni dormiría en ninguna de las casas del pueblo. Mamabuela se la pasó rezando junto a Mamá Asunción (la viuda de su sobrino, el contable), a la cual había criado desde niña, y también junto a la prima Mayún, que estaba de visita.

sábado, 30 de enero de 2021

Acuarela (3)

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Acuarela (3)

La alegría se disipaba en el rostro de mi madre y adquiría un grave aspecto de tristeza cuando pasábamos frente a la casa de una viuda a la que mucha gente negaba el saludo.

Pedro Conde Sturla
01-02-2021 00:03

Mamabuela me contó que las dos torres de la iglesia se cayeron a la una de la tarde y que a esa misma hora los habitantes del poblado de Matanzas vieron que el mar se retiraba.

Las niñas de la congregación Hijas de María y los niños del Apostolado del Sagrado Corazón de Jesús habían estado toda la mañana adorando a la Virgen y al Señor y habían salido a comer. Después comenzó a temblar la tierra y fue entonces que la iglesia se derrumbó. También se cayeron las pocas casas de mampostería que había en el pueblo. El griterío que se armó llegó probablemente a las puertas del cielo. La gente gritaba y siguió gritando durante horas por lo qué había pasado y sobre todo por lo que pudo haber pasado.

En Matanzas, a cuarenta y cuatro kilómetros de distancia, también tembló la tierra, pero no se cayó nada porque no había nada que pudiera caerse. Los pobladores vieron que el mar se retiraba y ellos hicieron lo mismo. Empezaron a correr en dirección contraria. Gritaban y corrían hacia lo alto, mientras el mar se retiraba despacito. Seguirían gritando cuando vieron desde lejos que el mar volvía de su retiro con el ímpetu de una bola de cañón y se tragaba sus frágiles viviendas. Lo único que se salvó fue la iglesia, quizás porque estaba asentada sobre pilares más firmes. El mar la arrancó, la removió, pero no pudo llevársela y la dejó sobre el parque, lo que había sido el parque, casi a manera de ofrenda.

Un día después llegó un camión cargado de vacacionistas demacrados, un grupo de familias del pueblo que había estado disfrutando de los encantos de la playa de Matanzas en el momento del desastre y todavía no se reponían del susto. Traían el miedo pintado en las caras, el hambre y el cansancio. Los huesos molidos al cabo de tantas horas por un difícil camino vecinal.

En cuanto a los habitantes de Matanzas, después de mucho llorar por la pérdida de sus hogares y sus bienes, fundarían en un lugar cercano otro poblado al que llamarían Matancitas. Pero la playa había dejado de existir.

En el caserón de madera de la familia se habló mucho sobre los sucesos de ese día, que permanecieron en la memoria colectiva como una mancha indeleble. Muchos reían, al recordarlo, y otros lloraban, pero nadie era indiferente.

Parque de San Francisco de Macorís, 1917

Las ruinas de la iglesia, que se hallaban a un costado del parque, ocupaban una cuadra entera y estuvieron durante años en el abandono. La gente esperaba que algún día serían removidas y se construiría otro templo. Cuando por fin lo hicieron el terreno se usó para ampliar el parque. El parque sería más grande, pero nunca volvería a ser tan bonito como en la época en que estaba sembrado de robles y conservaba su glorieta victoriana.

Los domingos y días de fiesta venía gente de diferentes sitios y el lugar se abarrotaba de campesinos y forasteros. En esos años y durante muchos años hubo una epidemia de inmigrantes y refugiados. Había españoles, catalanes, unos cuantos italianos y sobre todo árabes del Líbano, algunos de Siria. Otros serían palestinos a quienes los judíos habían despojado de sus tierras. A los tres últimos les llamaban turcos porque sus países habían estado dominados por los turcos y habían venido al país con pasaporte turco, y turcos serían durante mucho tiempo. Algunos, entre los más viejos, no aprendieron el idioma y terminaron olvidando el suyo.

Era gente afable y laboriosa que profesaba la religión católica maronita en su mayoría y se adaptó fácilmente a la irrealidad del paisaje cotidiano. Más de uno hizo fortuna o por lo menos dinero suficiente para vivir una vida sin sobresaltos, aparte del sobresalto de vivir.

Los matrimonios de conveniencia dieron origen a más grandes fortunas y dieron, sobre todo, mucho que hablar. A los hijos, nacidos y criados en el lugar, no les hacía gracia la conveniencia y empezaron a rebelarse más temprano que tarde. Aun así, muchachas jóvenes y bellas y amoratadas se vieron muchas veces frente al altar al lado de hombres viejos y desvencijados y ricos. Las arrastraban a la iglesia unas matronas decididas y robustas a fuerza de sanos consejos, de muchos sanos empujones, nalgadas y bofetadas o simplemente cargadas. Las inmolaban en el altar. Era lo que se llamaba una boda a la turca.

En aquella época mi madre me llevaba de vez en cuando a casa de las hermanas Vanderhorst cuando veníamos de vacaciones al caserón de madera. Quizás me llevó una sola vez pero la experiencia fue tan grata y tan intensa que se multiplicó en la memoria, se convirtió el pálido recuerdo en imágenes acristaladas que conservo mentalmente como en una especie de caleidoscopio.

Me gustaba ir porque la casa quedaba cerca del río, sobre el permanente rumor del río que siempre me producía una agradable sensación de bienestar, y porque me gustaba verlas haciendo canquiñas con su manos mágicas. Algo tenían de virtuosas las manos de esas mujeres simpáticas y cariñosas que transformaban el azúcar como si el azúcar les debiera obediencia y se doblegara a su voluntad. El azúcar en el caldero se fundía con un aroma delicioso, empezaba a cobrar cuerpo, a cobrar vida y cambiaba de color en un abrir y cerrar de ojos, se convertía en una deliciosa masa elástica que amasaban con tesón, casi con ternura. Lo mejor era cuando dividían esa masa en pedazos y los arrojaban sobre un clavo clavado a un poste de madera, lo trenzaban como se trenzan el pelo de una adolescente hasta que se convertía en una delgada y larga barra quebradiza, blanca roja y azul, que cortaban en pedazos. Lo mejor, en verdad, era cuando me brindaban uno de esos pedazos y le daban otros a mi madre para llevar.

El camino de regreso era tan largo como el camino de ida, pero en la ida caminábamos cuesta abajo y en la vuelta botábamos el bofe y llegábamos cansados, resoplando.

La alegría se disipaba en el rostro de mi madre y adquiría un grave aspecto de tristeza cuando pasábamos frente a la casa de una viuda a la que mucha gente negaba el saludo. Vivía a una cuadra del caserón de madera y pertenecía a una familia de apellido Perozo. Lo que quedaba de ella. Una viuda y una hija, un hijo que no tendría catorce años, otro menor y otro mayor. El minotauro había hecho matar al esposo y otros miembros de la misma familia, incluyendo a tres hermanos. La había casi exterminado. Y con saña, con infinita saña.

El segundo de los varones se llamaba José Luis Perozo Fermín y le decían Pichí y le decían el Perocito. Nadie podía anticipar entonces lo que le esperaba en una de esas curvas trágicas de la vida. El minotauro era implacable, se vengaba sistemáticamente de sus enemigos y desafectos, y designaba a sus familiares como enemigos y desafectos para seguir cobrando venganza. Aún así, daba trabajo imaginar que desataría su ira contra un adolescente que sólo tenía culpa de haber nacido. El mundo, en esa época, parecía a veces una pesadilla de la que no se podía despertar.

viernes, 22 de enero de 2021

Acuarela (2)

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Acuarela (2)

La fama de Ludovino lo precedía. Tenía modales de caballero, mucha finura en el hablar, y escogía a sus víctimas sin apasionamiento. Era alguien que mataba por matar, un cancerbero. Medio mundo conocía la historia de unos presos a los que había metido en sacos de yute y arrojados al mar.

Pedro Conde Sturla25-01-2021 00:03

Todos los años, y a veces dos veces al año, el minotauro venía de visita al pueblo y el pueblo se ponía de fiesta por fuera y se ponía de luto por dentro. Su llegada nunca era anunciada públicamente, pero se podía presentir, se podía oler, se podía percibir en el nerviosismo y el miedo que invadía a los funcionarios civiles y militares con varios días de antelación. Ademas, en la iglesia comenzaba a entrar una brisa caliente, malsana, se apagaban los velones y se derretían los cirios y los feligreses se sentían incómodos. El cura párroco sospechaba de una presencia maligna.

Por lo demás, en cada rincón del pueblo se extremaba la limpieza, la recogida de basura y animales muertos, y se pintaban las escuelas y edificios públicos. Salvo el mercado, que era siempre un asco, el lugar quedaba oloroso y resplandeciente, en especial el local del Partido Dominicano.

Al igual que en otros pueblos del país, el minotauro se hospedaba junto a su escolta de guardias pretorianos en el local del Partido Dominicano, un edificio antipático y cuadrado de dos plantas por cuyo frente la gente evitaba pasar. Había otros iguales, aunque de diferentes tamaños, en las poblaciones más importantes. Y en cada uno había una maciza columnata a la entrada, un vestíbulo de generosas dimensiones, amplias oficinas, un salón de actos y algunas celdas enrejadas, primorosamente enrejadas.

Pero su aspecto era engañoso. En el segundo nivel, al que sólo unos pocos tenían acceso, había unas insospechadas habitaciones de lujo, una discreta suite con las indispensables comodidades para que el minotauro se sintiera a gusto. Allí pernoctaba, bebía, se emborrachaba, se alimentaba con las más tiernas doncellas, daba órdenes de vida y de muerte mientras todos a su alrededor temblaban como gelatina.

La llegada del minotauro despertaba siempre curiosidad porque la mayoría de la gente, en especial los más chicos, sólo lo conocían por fotos. Una fotografía, en particular, que se encontraba en los lugares públicos y con la que estaban familiarizados. Era una foto a color, los colores chillones de las fotos retocadas de esa época, con la imagen de un minotauro rozagante de mejillas rosadas, mejillas suaves y rosadas que invitaban al tacto, de piel tan suave como nalga de niña. Como la piel de un melocotón.

Mamabuela fue a verlo una vez porque no tenía nada que hacer, pero no se atrevió a acercarse. Desde lejos advirtió algo que nadie advertía. Sobre los hombros del minotauro sobrevolaba un pájaro malo que la llenó de terror. Instintivamente se hizo la señal de la cruz. Al regresar al caserón le dijo a todos sus familiares que no salieran a la calle ese día y nadie salió ese día.

La presencia del minotauro alteraba la rutina y la modorra provincial de los pobladores, las horas y los horarios de acostarse, de dormir y levantarse. Todo empezaba a girar a su alrededor. En una ocasión, sin que nadie pudiera explicárselo, las manecillas de los relojes empezaron a moverse en sentido contrario y no se detuvieron hasta las tres en punto de la madrugada. La hora del diablo.

Nada volvía a ser igual durante los días que pasaba en el lugar, engordando al ganado con su ojo de amo. Los empleados públicos y privados, los dirigentes políticos locales, los estudiantes de las escuelas primaria y secundaria, los campesinos y los obreros acudían voluntariamente o eran arreados como ganado en presencia del minotauro, que era como estar en presencia de un dios. Se les permitía verlo de cerca cuando inauguraba una obra o cuando simplemente caminaba en compañía de sus guardaespaldas y aduladores, y se les permitía aclamarlo, vitorearlo, aplaudirlo sin cesar.

Durante su última visita causó, sin embargo, una ingrata impresión entre las estudiantes de secundaria. La mayoría estaba acostumbrada al minotauro rozagante de mejillas rosadas que aparecía en la foto, pero el que pasó frente a ellas a pocos metros de distancia no se le asemejaba. Llevaba una máscara, un Panqueque Max Factor, un maquillaje tan espeso como si se lo hubieran aplicado con una plana de albañil. El minotauro que pasó frente a ellas, con un ceñido frac, tampoco pudo permanecer mucho tiempo a la intemperie porque el maquillaje se reblandecía a vista de ojo en el candente sol del mediodía. No lo podían creer. No era creíble. Nada parecía real, bajo aquel cielo inclemente que de nadie se compadecía. Vivíamos en un escenario absurdo,  alucinante y distante como una pesadilla. Realmente lo era.

Aparte del minotauro, también venían al pueblo los circos y las compañías de teatro y de zarzuela varias veces al año. Una vez fui a un circo que no parecía circo. Era un circo de fenómenos, sin monos ni leones ni elefantes, ni trapecistas ni payasos. Algo deprimente. Había una mujer con la cabeza del tamaño de una naranja, había un gigante que se serruchaba el talón de un pie con un serrucho sin hacerse daño, había un traga espadas que se tragaba espadas lumínicas y se le veían todos los órganos del cuerpo. Había también una mujer que caminaba en cuatro patas, pero no me la dejaron ver.

Las compañías de teatro y de zarzuela venían muy seguido porque era la época de la guerra y los artistas se morían de hambre en Europa. Una vez, una compañía de teatro española emprendió una gira que duró un año por los más intrincados parajes del país. Presentaban una obra llamada El conde Danilo, que tuvo un éxito enorme. Ese año, a los niños que nacieron en esta tierra les pusieron por nombre Danilo. Una epidemia de Danilos.

Los circos y las compañías de teatro y de zarzuela iban y venían, pero el minotauro estaba siempre de alguna manera presente en cualquier parte. La radio y los periódicos lo mencionaban cada día. En las oficinas públicas, en las escuelas y el hospital, en la sala de muchas casas y otros sitios imaginables colgaba una foto del rozagante minotauro. Sus frases famosas ocupaban paredes enteras. Había bustos suyos ceñudos y severos en los lugares más impensados. La graciosa glorieta victoriana del parque había sido demolida y sustituida por una monumental estatua del minotauro. Donde quiera que fueras sentías la mirada del minotauro.

En la sala de la casa condal, la del abuelo catalán, sólo había fotos familiares. Hasta que en una ocasión se apareció el menor de los hijos con el rostro demudado y sudoroso. Traía un retrato enorme, en blanco y negro, un retrato recién salido de la imprenta, que olía a tinta fresca y lo colgó en la sala, en un lugar muy visible. Un retrato del minotauro en todo su esplendor.

La indignación del patriarca catalán no tardó en hacerse sentir. Estalló de ira. La ira de los justos. En esta casa no se le rinde culto a tiranos, yo me fui de España huyendo de la tiranía, no lo voy a permitir.

Pero esta vez haría una excepción. El hijo menor le explicó que habían nombrado un nuevo jefe de la policía. Cuando le dijo el nombre, que parecía un vomitivo, el patriarca palideció. El retrato del minotauro permaneció en su lugar.

La fama de Ludovino lo precedía. Tenía modales de caballero, mucha finura en el hablar, y escogía a sus víctimas sin apasionamiento. Era alguien que mataba por matar, un cancerbero. Medio mundo conocía la historia de unos presos a los que había metido en sacos de yute y arrojados al mar.

Matar era su vicio y su lisio, era su tarjeta de presentación. Para empezar, sólo para empezar, cada vez que lo nombraban en un cargo hacía matar a alguien.

Un día después de su llegada, un empleado del tribunal de tierra recientemente  ascendido apareció ahorcado y con el rostro desfigurado.

miércoles, 20 de enero de 2021

Gregorio Urbano Gilbert

Pedro Conde Sturla




Docenas de corresponsales y medios de prensa de muchos países cubrieron el evento que era un abierto desafío, casi una provocación, una imprudencia, pero teníamos que mostrarle al mundo que seguíamos vivos, coleando, en pie de guerra, y que teníamos el apoyo de multitudes que arriesgaban la vida para demostrarlo.

Habló mucha gente en la manifestación, habló Caamaño, varios compañeros del Catorce, funcionarios del gobierno, y recuerdo en especial –de un modo particularmente vivo– 
que habló también un personaje con aura de leyenda, casi desconocido, un casi olvidado símbolo nacional, la encarnación del honor patrio. Había nacido en 1898 y se llamaba Gregorio Urbano Gilbert.
En 1916, durante la primera intervención armada del imperio, ya era un muchacho de recia determinación, del tipo que se juega la vida a una sola carta, y sintió la sangre hervir cuando se enteró del desembarco de tropas norteamericanas en el puerto de San Pedro de Macorís. En ese momento tomó la decisión más trascendental de su vida.
Con un pequeño revolver y unas cuantas municiones se presentó en el muelle, estudió brevemente la situación, y se acercó a un grupo de oficiales que desembarcaban alegremente.
Alegres y arrogantes desembarcaban hasta que vieron a aquel muchacho solitario que los encañonaba con tan firme determinación, gritando palabras que no entendían y disparando con tan buena puntería, tumbándoles la alegría y la arrogancia, matando a un oficial, hiriendo a tres, provocando un desorden, un pánico mayúsculo, una desbandada tan aparatosa que le permitió escapar a la carrera, salir vivo sin un solo rasguño.
Después de mucho aventurar, en 1928 se integró a las guerrillas de César Augusto Sandino que combatían contra los norteamericanos en Nicaragua. Se distinguió en la refriega con grado de capitán y fue miembro del mando superior del ejército sandinista. En una memorable foto, aparece junto al estado mayor del bien llamado general de hombres libres. César Augusto Sandino.
Aquel 14 de junio estaba allí, en la tribuna, armado y decidido a continuar su lucha. A los sesenta y siete años, Gregorio Urbano Gilbert había regresado a las filas. Es uno de los más bragados y afortunados de nuestros héroes. 
Ese es el tamaño del personaje, un héroe antiimperialista cuya memoria hoy pretende agraviar un gobierno entreguista.

Uno de esos días de abril
La debacle
https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/05/la-debacle.html

viernes, 15 de enero de 2021

Acuarela (1)

Acuarela

El baño y la letrina siempre estaban ocupados y casi todo el tiempo había filas larguísimas de gente a medio vestir o vestida con batas desaliñadas, envuelta en toallas y otras indumentarias, y con jabón de cuaba y papel de periódico en la mano.

El pueblo es ahora en mis recuerdos una bruma delgada y apacible, es un bosquejo borroso, es un paisaje frágil de espumosa niebla que a fuerza de tanta desmemoria no tiene casi nombre ni contorno, unas calles trazadas a cordel, muy pocas calles, un parque bucólico y frondoso como solían ser los parques pueblerinos, retretas los domingos y días de fiesta.

En derredor del parque había un rumboso club de baile y un club de damiselas, un restaurante chino, una casa condal donde vivía un conde catalán, un llamado palacio del ayuntamiento, el lúgubre cuartel de la policía y un deslumbrante cine. El cine Carmelita y su letrero lumínico que parecía una cosa del otro mundo, con millones de luces parpadeantes que zumbaban con un zumbido que atraía a la gente indecisa (como los cantos de sirena de la Sabana de San Diego) cuando la película iba a comenzar.

En algún otro lugar había un mercado sucio y maloliente donde mataban los cerdos y las gallinas y los chivos en presencia de los compradores, había una escuela pública, una fortaleza inexpugnable sobre un barranco que daba al río, más arroyo que río, un montón de guaguas que iban todo el día y toda la noche hacia la capital y Julia Molina, las gallinas y  los chivos amarrados por las patas y colgando de las ventanas, los chivos muriéndose en vida con una extraña resignación, a veces berreando sin cesar y sin que nadie les pusiera caso, un régimen de terror. Eso recuerdo.

Ahora, como dije, es más que pueblo un paisaje, un delgado paisaje que apenas puedo definir en el temblor de las palabras, una borrosa acuarela, un espejismo, un paraje desvaído en una vana geografía que hoy no alcanzo a determinar, quizás a medio camino entre Comala y Macondo.

Recuerdo, sí, que toda la tierra entonces estaba sumergida entre bosques de cacao y café a la sombra de amapolas florecientes, plantaciones interminables de plátanos y guineos, inmensos arrozales, vacas rumiando a la sombra del samán, el prado de samanes interminables en la finca de los Aguayo.

Había también un río que serpenteaba por los montes, que se convertía en hondonada a su paso por el pueblo, que a veces no era río sino arroyo y a veces un torrente desbordado. Recuerdo la poza de los Vanderhorst, donde se bañaba tanta gente, y un extraño lugar en las afueras llamado Rabo de Chivo y otro llamado el Hoyo de Lala. Pero a la Sabana de San Diego nunca fui. Allí vivían mujeres de costumbres exóticas. Sirenas que atraían a los hombres y muchachos a la perdición.

Lo demás es un recodo de querencias familiares en el laberinto de la memoria, entre las infinitas curvas de la vida y la mirada inocente de una infancia remota. Allí está, por ejemplo, la espigada residencia de los abuelos paternos, esta la casa de los juguetes mágicos de la familia Moreno Martínez, y más que nada está el caserón de madera de la familia materna, el patio enorme, la mata de mangos  mameyitos, las aguas cristalinas de una cuneta que atravesaba el patio y moría en la letrina, las jicoteas que caminaban indolentes por la cocina. Pero sobre todo la habitación de Mamabuela, los besos de Mamabuela, los santos de la habitación de Mamabuela que se cambiaban de lugar, la velas y velones siempre encendidos. El marinero ahogado que se paseaba por todas las habitaciones con su uniforme de marinero genovés.

Nada había sido fácil desde la muerte del padre. El padre de familia era contable y había muerto a destiempo. Se murió de repente antes del día 25 y su empleador, que era el hombre más rico del pueblo, le descontó del salario de treinta pesos los días que faltaban para cobrar. Dejaba tres hijos y tres hijas en la orfandad, dejaba a la esposa viuda con una carga superior a sus fuerzas.

El mayor de los varones se había graduado de médico y se había echado encima casi toda la carga familiar, con ayuda de sus hermanos y hermanas. Las mujeres hacían dulces que sus hermanos salían a vender, lavaban ropa, reparaban prendas de vestir, hacían de tripas corazón y de una u otra forma llegaba la comida a la mesa. Las cosas mejorarían a la larga y entonces comenzaron a llegar los primos y las primas.

Muchos de ellos venían frecuentemente de visita o se habían quedado a vivir. Un pequeño ejército de parientes más o menos cercanos y algún otro que nadie conocía y que quizás no era pariente. Un infiltrado.

A veces eran tantos que en algunas camas tenían que dormir atravesados de cinco en cinco, cuidando de que los pies ni las cabezas tocaran el suelo para que los ratones no les comieran los dedos o los cabellos.

El baño y la letrina siempre estaban ocupados y casi todo el tiempo había filas larguísimas de gente a medio vestir o vestida con batas desaliñadas, envuelta en toallas y otras indumentarias, y con jabón de cuaba y papel de periódico en la mano. Para peor, durante la noche no podían salir al patio después de la hora de las ánimas y tenían que usar bacinillas, pero las bacinillas tampoco daban a basto para tantas personas, y cuando se llenaban había que arrojar los desperdicios por las ventanas o conservarlos en algún recipiente hasta el día siguiente.

Mamabuela, en cambio, tenía una bacinilla de mármol de Carrara para ella sola, una bacinilla de lujo con motivos ornamentales que sólo usaba en ocasiones especiales, las pocas veces al año en que tenía que aliviar el cuerpo. Pero lo que brotaba de su desmirriada anatomía era una hojarasca pajiza que se convertía casi de inmediato en polvo en contacto con el aire, una substancia etérea que Mamabuela limpiaba con un plumero y se disipaba con un extraño olor a santidad al más leve soplo de la brisa. Después volvía a colocar la bacinilla en su lugar de honor, entre las filas de velones encendidos y santos de su altar, y no la utilizaba para otra cosa. La única vez que orinó en el pesado y preciado recipiente, el mármol se manchó y cogió un olor pegajoso a difuntos, y Mamabuela tuvo que pasarse varias horas frotándolo con jabón y con lejía para devolverle su virginidad marmórea.

Como no estaba dispuesta a hacer fila para ir a la letrina, adquirió la costumbre de  depositar las aguas menores en la cuneta de aguas cristalinas, y lo hacía a la vista de todos, sin que nadie se diera cuenta en principio. El truco consistía en hacerse la disimulada, pararse sobre la cuneta con las piernas abiertas para que el pesado faldón ganara amplitud y orinar discretamente de pie. Cuando terminaba sacudía las caderas con la misma pretendida discreción y regresaba muy oronda a la habitación, que se encontraba al final del pasillo que daba al patio, una especie de anexo adosado al caserón. Eso sí, desde que llegaba la noche se encerraba con sus santos y sus muertos, y cualquier tipo de necesidad la postergaba hasta la salida del sol.

A la hora de comer también se producían congestiones de tráfico. Se sentaban, por turnos, por los menos catorce personas a la mesa y los que no cabían se llevaban sus platos al patio y se acomodaban a la sombra del mameyito.

Una vez, la muchacha de servicio recién llegada preguntó si el marinero no iba a comer con los demás. Le dijeron que no. Sólo estaba de paso y no comía. Era el difunto esposo de Mamabuela, el que se había ahogado en las aguas de Liguria muchos años atrás. La muchacha pensó que era una pena. Tan buenmozo y simpático. Y además parlanchín. Se lo encontraba siempre cerca de la cocina, pero no entendía lo que decía.

sábado, 9 de enero de 2021

Las vacaciones del sátrapa (3 de 3)

Las vacaciones del sátrapa (3 de 3)

Las clases serían suspendidas y los estudiantes acudirían a recibir al padre de la patria. Sus cortesanos lo recibirían con todos los bombos y todos los platillos. Por si fuera poco, sus aliados imperiales le habían proporcionado a la bestia como escolta un poderoso destructor de la marina norteamericana, un acorazado intrépido, como el del poema de Pedro Mir.

Después de su breve estadía parisina, la bestia se embarcó con sus familiares y su comitiva en una gira por el Mediterráneo y visitó algunas ciudades del sur de Francia y de su amada España, la putativa madre patria española. Pero España en esos momentos estaba sufriendo la resaca de la guerra civil, con toda la secuela de horrores imaginables, y apenas se notó su presencia. Muy diferente serían el reconocimiento y los honores que se le tributarían en su visita triunfal de 1952 a ese mismo país. El generalísimo Franco lo recibiría personalmente, se darían en público un abrazo de oso que pareció excesivo para la frágil contextura del Caudillo, desfilarían por las calles de Madrid, los diarios y noticieros hablarían de la rancia estirpe hispánica que denotaban los nombres y apellidos del ilustre visitante. Pasearía, la bestia, su sonrisa de hiena por todos los escenarios. Hizo, desde luego, el ridículo luciendo en todo momento el bicornio emplumado del que todos se burlarían en voz baja.

A principios de septiembre las vacaciones tuvieron un final inesperado. Estalló la guerra, la anunciada y muy prevista guerra. La segunda gran carnicería mundial que en menos de seis años convertiría gran parte de Europa en una humeante hoguera.

La bestia era de convicciones pacifistas cuando se trataba de poner en riesgo su propio pellejo y optó por emprender de inmediato el viaje de regreso. Y regresó, por cierto, en un carguero, un enorme buque que no le ofrecía el lujo del yate Ramfis, pero  sí mayor seguridad y rapidez. Poco más de una semana duró el viaje que tenía como destino a la misma ciudad de Nueva York donde había sido tan bien tratado. De hecho, sus amigos en las altas instancias del poder imperial lo recibieron más o menos con la misma cordialidad que la primera vez. Lo invitaron a Chicago a conocer las grandes industrias, lo invitaron a Washington donde se entrevistó con su cofrade Cordell Hull, aprovechó para hacerse un chequeo médico en una prestigiosa clinica, y se encontró en Miami con un antiguo aliado que había emprendido la ruta del exilio. Un hombre amargado y roto y empobrecido, como lo define Crassweller, el hombre que en gran parte había contribuido a llevarlo al poder: Rafael Estrella Ureña. La bestia no agradecía favores, pero se compadeció, en apariencia, de la situación por la que atravesaba Estrella Ureña o quizás simplemente vió una oportunidad de infligirle nuevas humillaciones y desplantes, y lo invitó a regresar a país. El iluso Estrella Ureña aceptó la propuesta y la bestia lo trajo en yate, a él y a su hermano, como si fuera un botín de guerra para mostrar a sus amigos y enemigos. Después lo nombró en un cargo, después lo metió preso, después lo volvió a nombrar. Finalmente lo hizo morir, según se dice, durante una operación quirúrgica rutinaria. La bestia era implacable con sus enemigos, y sobre todo con los que habían sido o fingido ser sus amigos.

Estancia Ramfis, hoy sede del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Dominicana.

El regreso de la bestia al país, después de sus merecidas vacaciones, había sido planificado como una marcha triunfal, como si se tratara del regreso de un general victorioso y cubierto de gloria en el campo de batalla. Una especie de apoteosis. Para tal efecto se había dictado una ley que proclamaba el 30 de octubre, el día establecido para la llegada del perínclito, como fiesta nacional. Los empleados públicos contribuyeron generosamente con un diez por ciento de sus salarios a sufragar los gastos del magno evento. Ciudad Trujillo se cubrió de gala, con banderas y guirnaldas y floridos arcos de triunfo por doquier. Las clases serían suspendidas y los estudiantes acudirían a recibir al padre de la patria. Sus cortesanos lo recibirían con todos los bombos y todos los platillos. Por si fuera poco, sus aliados imperiales le habían proporcionado a la bestia como escolta un poderoso destructor de la marina norteamericana, un acorazado intrépido, como el del poema de Pedro Mir.

Algo, sin embargo, salió mal. La bestia regresó un día antes de lo que se había anunciado y regresó de mal humor, más bien de pésimo humor, y se encerró en la Estancia Ramfis, una de sus tantas residencias. No se conoce con exactitud el motivo de su enojo, pero algo tuvo que ver el hecho de que se enterara de que alguno de sus fieles servidores se había atrevido a meterse en su propio bolsillo cierta suma de dinero destinada a financiar los muchos actos de celebración de su regreso. Alguien se había atrevido a robarle a la bestia y el robo, desde luego, no quedaría impune. Rodarían cabezas, por supuesto. Literalmente cabezas.

Para peor, unos meses después, la bestia recibiría un desaire involuntario por parte de la persona de la que menos lo esperaba. El presidente Peynado se murió sin pedírselo, se murió sin su consentimiento. Peynado nunca se alteraba o parecía alterarse, se lo impedía al parecer su peculiar sangre de maco, su extraña sangre fría. Pero es posible que a la larga el cargo contribuyera a acortarle la vida. Abandonó el puesto, tal vez contra su voluntad a mitad del periodo presidencial. Su salud se había deteriorado a causa de la diabetes y antes de morir tuvo que sufrir la amputación de una pierna, pero es posible que ya tuviera amputada el alma. Con su muerte le hizo, eso sí, el único desplante de su vida a Trujillo. Murió el 7 de marzo de 1940, al parecer amargado, afectado por la depresión. Pero una vez que murió, la bestia le rindió todos los honores de estado que correspondían a un gran estadista.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [54]

https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator

martes, 22 de diciembre de 2020

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (1-3)


sábado, 21 de noviembre de 2020

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (1)


La matanza haitiana tendría por lo menos una consecuencia amarga para la bestia. Le echó a perder, momentáneamente, el favor del imperio, y hasta el de Cordell Hull, en apariencia, y le echó a perder la reelección. El proyecto reeleccionista.

Pedro Conde Sturla23-11-2020 00:03





La matanza haitiana —la misma que los nazionalistas llaman "dominicanización" de la frontera y desearían repetir— fue uno de los más desenfrenados episodios de la llamada era de Trujillo, la más grande orgía de sangre, aunque no la única, que se produjo durante el régimen de la bestia.

Fue, sin duda, el hecho que más problemas le acarreó en la primera década  de su gobierno y el de más ingrata recordación. De no haber contado con la valiosa colaboración o complicidad del presidente de Haití, su lacayo Sténio Vincent,  quizás no hubiera permanecido en el poder, quizás habría podido disfrutar de los placeres de un dorado exilio o de una muerte temprana. Felizmente temprana.

A Vincent le costó el cargo, dos años después,  la manera pusilánime con que había encarado los acontecimientos, pero la bestia tenía incontables recursos y maniobró de manera expedita, poniendo o contribuyendo a poner en su lugar a Élie Lescot.

Élie Lescot no era un lacayo, era un arrastrado, era un servil a quien Trujillo tenía amarrado, como dice Crassweller, "con una soga de oro". Había sido embajador de Haití en la República Dominicana, pero al servicio de Trujillo (un poco al revés de lo que sucedía con cierto reciente embajador dominicano en la República de Haití). Además, Lescot había sido cómplice de todas las maniobras diversionistas: las muchas bombas de humo con que Trujillo trató de ocultar al mundo los escabrosos detalles de la "dominicanización" de la frontera. La atroz limpieza étnica. 

La llegada de Lescot al poder anunciaba, según el parecer del gobierno dominicano, "una nueva era de imperturbable cordialidad y fructífera colaboración en todos los campos de actividad" entre ambas naciones. En el trono de Haití había colocado la bestia a su más rastrero servidor, un incondicional a toda prueba.

Sin embargo, y a pesar de todos los pronósticos, la criada le salió respondona. Nada más llegar al poder, o por lo menos al poco tiempo, Élie Lescot se le viró a Trujillo. Descubrió que era nacionalista, sobre todo después de que Trujillo organizó un atentado para matarlo. Un frustrado atentado que contó con la participación de un comando compuesto por quince  haitianos. Las relaciones se pusieron tirantes. Se hablaba de una posible invasión de la República Dominicana a Haití.

Lescot llegó a prohibir a la prensa haitiana mencionar a Trujillo y a República Dominicana y se mantuvo un tiempo, de forma muy vacilante, en el poder, esquivando trampas y asechanzas. A la larga perdió el pleito y fue derrocado por una revuelta en la cual siempre se vio la mano larga de la bestia. Derrocado, sin dinero, posiblemente sin amigos, se exiliaría en Canadá. Allí se ganaría la vida durante un tiempo haciendo y vendiendo corbatas.

La matanza haitiana tendría por lo menos una consecuencia amarga para la bestia. Le echó a perder, momentáneamente, el favor del imperio, y hasta el de Cordell Hull, en apariencia, y le echó a perder la reelección. El proyecto reeleccionista.

Desde muchos meses antes de la matanza, la maquinaria reeleccionista se había puesto en movimiento y un ensordecedor clamor público se escuchaba por todo el país. A una sola voz, en pueblos y ciudades, se hacían manifestaciones populares, popularísimas, en las que oradores de barricada se desgañitaban pidiendo la reelección. La prensa y la radio (La Voz del Partido Dominicano) pedían la reelección, el pueblo unánime pedía al querido Jefe que continuara en el poder por otro periodo.

A la bestia se le ocurrió entonces (o quizás a alguna de las mentes maestras que dirigía la campaña) un ardid publicitario para aumentar, así fuera artificialmente, la intensidad de los reclamos y la popularidad del candidato.

De modo que, en el mismo mes en que se había consumado la matanza, el mes de octubre, la bestia pidió humildemente un permiso al honorable congreso para ausentarse del país y el congreso se lo negó. Responsablemente se lo negó. Trujillo hizo la petición, como dice Crassweller, sin mencionar ningún motivo ni destino y sé sentó a esperar la reacción, y todo salió a pedir de boca. Los gritos de alarma se escucharon por doquier. Las fuerzas vivas tronaron, demandaron que le fuera negada la aprobación de salir a un hombre imprescindible, de cuyos titánicos hombros pendía el destino de la nación. Un gobernante y un líder y casi un santo de altar cuya más breve ausencia podría provocar una catástrofe de proporciones incalculables y afectar irreversiblemente el progreso de la República. En consecuencia, ocho días después de haber recibido la petición, el congreso negó dignamente la aprobación. La bestia cedió entonces a la voluntad del pueblo y del congreso. Estaba satisfecho, mucho más que satisfecho. Todo aquel teatro había mostrado una vez más el amor que los dominicanos profesaban al querido Jefe. O por lo menos eso parecía ante los ojos del  demoníaco megalómano, el incurable mitómano. El hombre que nunca se cansó de escuchar su nombre, de escuchar las más hipócritas alabanzas durante toda su vida.

No obstante, en el mes de diciembre el  escándalo provocado por la matanza haitiana se había convertido ya en una creciente ola de indignación en el extranjero. Sus amigos  del imperio seguían enojados y el enojo no parecía disminuir.

El segundo periodo de gobierno de la bestia estaba llegando a su fin, y sin embargo —dadas las circunstancias—, no le pareció prudente seguir poniendo en riesgo su candidatura. Tendría que sacrificarse por la patria, hasta que las cosas se enfriaran. El país también se sacrificaría, por desgracia. Tendría que prescindir del imprescindible. El perínclito se tomaría unas vacaciones, se haría discretamente a un lado hasta que volviera a tomar directamente las riendas, pero no dejaría la patria en el abandono. Dejaría nominalmente la presidencia y vicepresidencia en manos de dos personajes singulares: Jacinto Bienvenido Peynado Peynado, alias Mozo, y Manuel de Jesús María Ulpiano Troncoso de la Concha.

Peynado era uno de sus más leales y serviles servidores. En el frente de su casa había un letrero de gran tamaño que rezaba "Dios y Trujillo". Lo habían puesto, de común acuerdo, él y su esposa, su amante y arrogante esposa Cusa, tan firme en sus afectos, en su lealtad a toda prueba. Casi tan devota a Peynado como a Trujillo.

De tal manera, la patria seguiría providencialente en las seguras manos de Dios. Seguiría con Dios y con la inestimable ayuda que Trujillo le prestaría. Seguiría con Dios y con Trujillo o con Trujillo y Dios y con Peynado, que era lo mismo, casimente lo mismo.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [49]

https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator


sábado, 28 de noviembre de 2020

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (2)


Jacinto, en cambio, eligió servir a Trujillo con la devoción y sumisión de un perrito, o quizás Trujillo lo eligió a él. A sus amigos idealistas, cuando lo importunaban con preguntas incómodas, Peynado solía decirles: "Hace mucho tiempo que yo enterré al Quijote".

Pedro Conde Sturla30-11-2020 00:03


Arturo Logroño y otros devotos cortesanos fueron probablemente los autores del discurso trascendental y patriótico que la bestia dirigió a la nación en enero de 1938 para anunciar el retiro de su candidatura a un tercer periodo. Era, como de costumbre, un discurso ornamental, florido, lacrimoso, emotivo, retórico y abstruso. Trujillo lo pronunció, o más bien lo interpretó, con todo su patético histrionismo. No faltaron alusiones a la obra de Rabindranath Tagore, pasajes de inspirado misticismo, referencias a las grandes conquistas del pensamiento liberal y de la cultura democrática. Su "alejamiento del poder como rector de los negocios públicos" —dijo en tono probablemente lacrimoso, quizás también con lágrimas en los ojos, quizás con un sollozo ahogado—no debía y no debe de ninguna manera "provocar angustias ni zozobras en el ánimo de los hombres de orden, de paz y de trabajo; porque es una verdad indiscutible que las condiciones bonancibles en que se desenvuelven las actividades públicas y las actividades privadas de la complacida familia dominicana, ya no están expuestos a ser menoscabados por lamentables transgresiones al orden”.

Eso sí, la bestia dejó bien claramente establecido que hasta que siguiera latiendo su corazón no le faltaría a la patria ni su vigilancia ni sus servicios y que solo condicionalmente se apartaba de la vida y de la vía pública. Otro sería presidente en adelante, pero él seguiría presidiendo.

En consecuencia, solicitó al Partido Dominicano la nominación de Jacinto Peynado como candidato a la presidencia y la de Manuel de Jesús Troncoso de la Concha a la vicepresidencia. Para desempeñar esas funciones, o mejor dicho, para no desempeñarlas en absoluto, no había personas más idóneas.

Un coro de lamentaciones se hizo sentir entonces en todo el país. El querido Jefe no podía dejar sumidos en el abandono a sus infinitos seguidores, no podía dejar en la orfandad a todo el pueblo dominicano. Los más fieles cortesanos se rasgaban las vestiduras, cada uno pugnaba por lucir más apesadumbrado que el otro.

Las mujeres dejaron escuchar sus voces en una multitudinaria y aparentemente alegre  manifestación. Manifestaron su aprecio por el monarca con la misma intensidad que su inconformidad por el retiro de su candidatura. Le  rindieron pleitesía, homenajes de amor incondicional, homenajes florales. Las madres de los presos, supuestas o reales, portaban pancartas que derramaban bendiciones sobre la bestia, lo bendecían por haber liberado a sus hijos, por haber dejado limpias las cárceles. También había letreros donde podía leerse que los políticos y la política dominicana, al igual que Magdalena, habían sido redimidos por su amor (por el amor de Trujillo) del pecado. Ningún elogio, ninguna alabanza, por desproporcionada que fuese, parecía quedarle grande al perínclito. Ni siquiera compararlo con Jesucristo. En los medios oficiales, el clamor de todo el pueblo pedía su repostulación, pero todo fue inútil.Trujillo persistió en su “inquebrantable decisión de entregar el poder”.

El pueblo entonces cedió, los dirigentes del Partido Dominicano cedieron, con grandes muestras de pesar, a los deseos del querido Jefe. Una disciplinada convención, que tuvo lugar en febrero de 1938, dio como resultado la proclamación de Peynado y Troncoso como candidatos a las más altas magistraturas del estado. El triunfo, en las elecciones del 16 de mayo fue arrollador. No se contó un voto en contra y más de trescientos mil a favor.

Jacinto Peynado era miembro de una prominente familia en la que sobresalía su hermano Francisco, un prestigioso abogado que había servido a su país en circunstancias cruciales y con el cual no tenía muchas cosas en común. De él decía  Rufino Martínez que era “uno de los dominicanos mejor estructurados para las manifestaciones nobles de la vida”.

Jacinto, en cambio, eligió servir a Trujillo con la devoción y sumisión de un perrito, o quizás Trujillo lo eligió a él. A sus amigos idealistas, cuando lo importunaban con preguntas incómodas, solía decirles: "Hace mucho tiempo que yo enterré al Quijote". Nunca sirvió, en efecto, a un ideal, sólo vivió para servir a Trujillo. Él y su esposa Cusa, la difícil doña Cusa, crearon y popularizaron la frase "Con Dios y Trujillo", pusieron en el frente de la casa un letrero que decía "Con Dios y Trujillo", luego pusieron otro más grande con el mismo Dios y Trujillo. Dicen que doña Cusa, o quizás el mismo Peynado, querían en un principio invertir los términos, pero la idea fue desestimada por atrevida o irreverente.

El hecho es que el mismo Dios y Trujillo aparecerían luego en una placa de bronce con la efigie de Trujillo que se vendía como pan caliente a los empleados del gobierno y que se hizo mandatorio colgar en un algún lugar visible de muchos hogares, preferiblemente la sala o el comedor. La efigie de Trujillo, a la larga, terminó desplazando a Dios, como querían Peynado y doña Cusa.

A Jacinto Peynado también se le atribuye ser autor de la frase: "En esta casa manda el jefe". Vivía para adularlo y lo adulaba para vivir. Pero Trujillo nunca agradeció sus desvelos. Le pagaría a Peynado, como pagaba a muchos de sus más serviles servidores, con humillaciones, desplantes, desconsideraciones de todo tipo.

Peynado había sido —casi sin pena y sin gloria—presidente interino putativo cuando sustituyó a Rafael Estrella Ureña en 1930 y había sido vicepresidente putativo bajo el gobierno de Trujillo desde 1934 hasta 1938, pero su ascenso a la presidencia putativa de la República fue, desde el principio, equivalente a un trago amargo, muchos tragos amargos. algo penoso y vergonzoso. Trujillo se propuso maniatarlo políticamente, si acaso no lo estaba ya, cortarle por completo las alas, abolir hasta los elementos simbólicos o más bien decorativos del poder que representaba en sus manos la presidencia de la República. Se empeñó, sobre todo, en recordarle a cada momento que quien mandaba era él, el generalísimo Trujillo, como si alguien en su sano juicio pudiera olvidarlo, como si de un hombre tan inofensivo y pusilánime pudiera temer algo.

La bestia disfrutaba envileciendo a sus cortesanos, manteniendo con ellos una relación de acercamiento y distanciamiento, dispensando a capricho favores y castigos, dosificando el terror que inspiraba para envenenarles sin remedio el alma.

Dicen que a Balaguer en esa época le llamaba Pupú, cariñosamente Pupú. A Jacinto Peynado, alias Mozo, lo trataba como si lo fuera.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [50]

https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Rufino Martinez "Diccionario-biografico-historico-dominicano, 1821-1930".

Trujillo declinó seguir Presidencia en 1938 El Nacional (https://elnacional.com.do/trujillo-declino-seguir-presidencia-en-1938)


sábado, 5 de diciembre de 2020

Con Dios, con Trujillo y con Peynado (3 de 3)


Para el querido Jefe, fue creada la muy especial nueva Secretaría de Estado del Despacho del Generalísimo. Una de las más felices iniciativas del esposo de doña Cusa consistió en disponer que en las escuelas y oficinas públicas se pusiera el retrato del perínclito junto al de los Padres de la Patria con el propósito de conferirles mayor honra.

Pedro Conde Sturla07-12-2020 00:03


Desde el momento en que Mozo Peynado ganó las elecciones de 1938, con el apoyo aplastante de toda la población electoral, Trujillo le hizo sentir el peso de su brutal autoridad, lo sometió a un régimen de vejaciones, lo puso en ridículo públicamente, hizo todo lo posible por disminuirlo hasta su mínima expresión, degradarlo,

agraviarlo de todas las formas posibles.

Poco antes de juramentarse, el 16 de agosto, un diputado que seguía órdenes de la bestia declaró su inconformidad con el hecho de que Peynado hubiera sido elegido presidente, abiertamente le declaró su más firme y cordial enemistad y denunció que estaba formando a su alrededor una claque, una camarilla política. Intrigantes y conspiradores seguramente.

El flamante diputado se sintió en el deber de reafirmar su eterna lealtad a la bestia y advertir al mismo tiempo el peligro que representaba un hombre como Peynado en el poder. Otros miembros del congreso hicieron de inmediato causa común con él, y los medios de prensa no tardaron en unirse al coro de admoniciones y lamentaciones. Trujillo debería permanecer al mando a toda costa. Unos días más tarde, el querido Jefe se plegó a los deseos de sus intranquilos servidores y declaró en público que la juramentación de Peynado como presidente sería algo meramente nominal. Nada había que temer.

El 16 de agosto, en efecto, durante el solemne acto de toma de posesión del nuevo presidente (un acto de humillación en toda regla), Trujillo acaparó por completo la atención, lo eclipsó totalmente a Peynado. Y no podía ser de otra manera. Aunque en general Trujillo vestía de manera impecable y en ropa de civil lucía siempre elegante, se apareció en el acto con un uniforme tan estrambótico y ridículo como el que había usado en agosto de 1930, cuando se juramentó por primera vez en el cargo de  presidente.

A tono con el traje, que combinaba el atuendo de general con el de almirante y parecía una pieza de museo, pronunció un discurso rimbombante e igualmente ridículo sobre el septuagésimo quinto aniversario de la Restauración. Se cogió, en definitiva, todo el espectáculo para él. Había relegado a Peynado a un plano insignificante, pero le reservaba un final todavía más humillante, degradante, vejatorio e indignante a la vez, todo un bochorno, una ofensa, un ultraje de la más baja estofa. 

Peynado tomó la palabra cuando por fin se la dieron y empezó a declamar un indigno discurso laudatorio que situaba a la bestia en una especie de Olimpo, en el terreno incontaminado de la divinidad. Bendijo Peynado el bendito 16 de agosto de 1930, la  dichosa ocasión en que el divino Jefe había tomado posesión por primera vez de los destinos patrios. Una y otra vez lo exaltó, lo describió con palabras ardientes como un hombre del destino, lo elevó a la cumbre de  Caballero de la Divina Orden del Genio, la única orden cuyas insignias el mismo Dios y sólo Dios concede, celebró el momento providencial de su aparición por primera vez en este augusto lugar con rayos de luz en su mano, le agradeció de mil maneras por haber traído a esta tierra la Civilización y así por el estilo.

Mozo Peynado no se cansaba ni se cansaría de adularlo cuando ocurrió lo que nunca creyó que podía ocurrir. Era un movimiento calculado con anticipación, pero la gente pudo haber pensado que Trujillo había sufrido una indigestión de halagos, que se había hartado o empalagado de lisonjas cuando lo vieron ponerse inesperadamente de pie, darle la espalda al fogoso orador, marcharse del lugar y provocar con su partida los más estruendosos aplausos. El público, emocionado, poseído de un entusiasmo visceral, y posiblemente harto también de tanto discurso, ovacionó en efecto su partida y probablemente nadie volvió a ponerle caso a Peynado.

Poco tiempo después un gracioso decreto presidencial le concedió a la bestia los mismos privilegios que al presidente de la República. Otro decreto concedió a su amada esposa María la dignidad de primera dama. En el mismo decreto, también su madre, la excelsa matrona, la llamada Mamá Juliá, fue ascendida a primera dama. Pero como doña Cusa era también primera dama, o por lo menos primera dama putativa, la República se dió el lujo de tener lo que ningún otro país probablemente tenía.

Nuevos decretos dictados por el supuesto nuevo mandatario, confirmaron en sus puestos a toda los secretarios y subsecretarios de estado y los demás funcionarios, a los miembros del ejército llamado nacional, a los del cuerpo de ayudantes del presidente y a los de la policía también llamada nacional.

Para el querido Jefe, fue creada la muy especial nueva Secretaría de Estado del Despacho del Generalísimo. Una de las más felices iniciativas del esposo de doña Cusa consistió en disponer que en las escuelas y oficinas públicas se pusiera el retrato del perínclito junto al de los Padres de la Patria con el propósito de conferirles mayor honra.

Dice Crassweller que Peynado entró prácticamente desnudó a su despacho del Palacio Nacional y que a las muchas humillaciones que recibía respondió patética o irónicamente, aumentando el tamaño del letrero con el "Dios y Trujillo" que tenía en el techo de su casa. Aún así su séquito de ayudantes personales se redujo de un cuerpo de ayudantes a un solo guardia somnoliento. Su oficina se redujo de una suite a una habitación.

Trujillo, en cambio, se acomodó en unas amplias oficinas con aire acondicionado, que era uno de los grandes lujos en esa época, y centralizó en ese lugar la administración militar y policial.

Peynado, mientras tanto, al margen de sus pocas obligaciones palaciegas, trataba de mantener en lo posible su rutina existencial. Hacía que le sacaran, contra el parecer de doña Cusa, su cómoda mecedora de caoba al parque Colón y allí permanecía en amable tertulia con sus amigos durante horas. Sí alguno le pedía un favor político, le aconsejaba que se dirigiera a alguien con autoridad. Solía decir que la única persona en el país que alguna vez llegó a creer que él era presidente de verdad era su esposa Cusa.

La bestia no le temía a Peynado, por supuesto. Peynado era menos que un títere, era un muñeco de trapo. Le temía a los amos del norte, temía, de manera paranoica  a sus enemigos internos, al odio o aborrecimiento de los muchos dominicanos, temía con razón al resentimiento que podía estarse incubando en las filas de las fuerzas armadas, en el seno del mismo  ejército en que había surgido el complot de Blanquito, del teniente coronel Leoncio Blanco. La bestia, por aquello de que quien tienen hechas tiene sospechas, es posible que le temiera hasta su sombra.Temía, razonablemente que las circunstancias, la presencia incluso de un pelele en la presidencia de la República, podría abrirle paso a cualquier conspiración, facilitar cualquier movida desde el extranjero para desplazarlo del mando sin crear un vacío de poder. Convertir el muñeco de trapo en un sustituto provisional. Es posible que nunca se sintiera cómodo ni seguro con el hecho de que alguien ocupara el cargo de presidente, aunque fuera de mentirillas. Eso explicaría la impaciencia, la prisa que parecía tener para devolver las aguas a su cauce original y recuperar su título, su dignidad oficial de presidente de la República.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [51]

https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator