sábado, 27 de marzo de 2021

La agencia (3)

La agencia (3)

Harold Priego era un excelente dibujante publicitario y hacía dibujos y caricaturas con una facilidad pasmosa, pero teníamos que asegurarnos de que no representara los personajes del storyboard con la apariencia de algún encopetado cliente o infiltrara algún detalle morboso.

Harold Priego
Harold Priego

En el departamento de arte se armó un molote —el acostumbrado molote- en cuanto subió la directora de tráfico a entregar al director la orden de trabajo correspondiente para dar inicio a la parte gráfica de la campaña de Sanadol: punto final al dolor.El departamento de arte ocupaba la mitad de un tercer piso y tenía un amplio ventanal por donde entraba la luz a raudales y se desparramaba alegremente sobre los dibujantes y las mesas de dibujo, pero cuando llegaba la directora de tráfico la mayoría de los dibujantes cambiaban de lugar, se iban al lado opuesto, se situaban a contraluz.

La directora de tráfico parecía una modelo profesional, tenía un cuerpo de revista, un cuerpo de apaga y vete, y usaba unos vestidos estrechos de telas muy sutiles que estimulaban la creatividad, en especial cuando pasaba —a contra luz— frente a las mesas de dibujo. Entonces se volvía transparente, se transparentaba todo, sus ligeras vestimentas dejaban poca cosa a la imaginación y para los dibujantes era una fuente de inspiración inigualable. Casi siempre se escuchaba una especie de quejido de admiración del dibujante cubano. Un lento y largo coñooooó...

Después volvía la calma y los dibujantes se enfrascaban en su trabajo, pero ninguno se empeñaba tan a fondo como el director de arte, un peruano mestizo con acentuados rasgos indígenas. El director tenía —bajo el tablero inclinable con panel de vidrio de su mesa de dibujo—, una agencia publicitaria paralela. Allí escondía, en efecto, los artes de prensa de sus propios clientes. Era un secreto a voces, desde luego. Todos sabíamos que por su trabajo clandestino como director de picoteo recibía beneficios muy superiores a los de su cargo de director de arte.

Los demás dibujantes, igual que en casi todas las agencias publicitarias, se dedicaban por igual al picoteo, incluso le daban de vez en cuando una mano al director de arte.

El licenciado presidente estaba también al tanto, lo sabía o por lo menos lo sospechaba. Había reclutado a los mensajeros internos y a la recepcionista para crear una red de espionaje que le informara de cualquier anomalía, pero los miembros de la red optaron por hacer causa común con sus compañeros de trabajo.

Las visitas relámpago del licenciado presidente, que tenían por objeto sorprender alguna vez infraganti a los dibujantes, eran previamente anunciadas con un cierto timbre de teléfono desde el segundo piso —donde estaba la dirección y los demás departamentos de la agencia—, y además siempre había alguien pendiente.

Ahora, sin embargo, no había tiempo para distracciones ni picoteos. La directora de tráfico se había retirado. Pronto se haría de noche y teníamos que darle forma a la campaña de Sanadol: punto final al dolor. La campaña de la escoba, como la habíamos bautizado.

Llamamos a Harold Priego al departamento de creatividad para discutir los términos del storyboard, como le llamábamos en jerga publicitaria. El storyboard es una especie de guión ilustrado con imágenes, una anticipación o previsualización del comercial para televisión, y teníamos que asegurarnos de que Harold no hiciera una de las suyas, una de sus frecuentes bromas gráficas.

Harold entró a la oficina con su habitual desparpajo y se sentó junto a la escoba que había enviado el licenciado Biglietti, con una libreta de dibujo en las manos. Tenía una sonrisa ufana entre la comisura de los labios y nos miraba con cierto aire de divertimiento.

Los encuentros y conversaciones con Harold siempre tenían algo particular. En esos días se había inventado un título de nobleza y se firmaba y se hacía llamar Harold Priego García-Godoy II, soñaba con alcanzar el estrellato como cantante de ópera y cantaba todo el tiempo, cantaba óperas en italiano, siempre a voz en cuello, desentonando, soltando gallos, maltratando sin piedad la lengua de Dante. Cuando no estaba cantando declamaba, que era peor, hacía chistes, se burlaba, se carcajeaba. En realidad no se callaba nunca, salvo cuando dormía la siesta plácidamente en el sillón reclinable de su mesa de dibujo, descansando la cabeza sobre un rollo de papel higiénico que colocaba entre el hombro y la nuca.

Harold Priego era un excelente dibujante publicitario y hacía dibujos y caricaturas con una facilidad pasmosa, pero teníamos que asegurarnos de que no representara los personajes del storyboard con la apariencia de algún encopetado cliente o infiltrara algún detalle morboso.

Una vez, durante una reunión en el salón de conferencia con uno de los dueños de la agencia, Harold le hizo una caricatura en la que aparecía como un refinado vampiro con aires de don Juan y de oligarca, después se paró para ir al baño y la dejó como quien dice al descuido, un poco a la vista de todos. Cuando el licenciado presidente se dio cuenta estuvo a punto de sufrir un síncope y al licenciado Biglietti se le aflojaron las tripas y estuvo a punto de que le pasara algo peor. En cambio al oligarca le hizo gracia, reconoció el talento y se reconoció a sí mismo en la mordaz caricatura y se echó a reír, felicitó a Harold, hizo que se la firmara y se la llevó a su casa para ponerla en un marco.

Los licenciados, sin embargo, lo amonestaron después severamente en público y en privado, tuvieron una larga reunión a puerta cerrada, lo amenazaron con la pena de la cancelación, con la expulsión de aquella especie de paraíso y con el infierno.

Trataron, en fin, por todos los medios de asegurarse de que una barbaridad semejante no volvería a repetirse. Pero Harold era incorregible. Ese mismo día empezó a circular por la agencia una caricatura de ambos personajes en el papel de Batman y Robín.

Un ejecutivo lo denunció, le llamó la atención por semejante atrevimiento. Los licenciados, en cambio, hicieron esta vez caso omiso, prefirieron no darse por aludidos. A los pocos días apareció una serie memorable de caricaturas en las que el ejecutivo figuraba en posición cuadrúpeda mientras un elefante blanco le hacía travesuras mariconiles en el trasero con la trompa.

Ahora, por supuesto, no era el momento para bromas ni caricaturas. La campaña de la escoba estaba atrasada y no había un minuto que perder.

Incidentalmente, cuando apenas habíamos dado inicio a la reunión con Harold, se produjo un alarmante acontecimiento que nos sacó de casillas. Se empezaron a oír golpes en la puerta del cuarto oscuro, golpes y voces desesperadas del cubano y del fotógrafo en la puerta del cuarto oscuro, que se encontraba al fondo, aislado prácticamente del departamento de arte. El cuarto oscuro era un lugar hermético y refrigerado donde se revelaban y ampliaban fotografías, había químicos que debían conservarse a bajas temperaturas y podía convertirse en una cámara de gas en caso de accidente. Eso fue lo que temimos cuando escuchábamos los golpes y los gritos, y sobre todo cuando acudimos en tropel al lugar. Algo estaba ocurriendo en el pavoroso cuarto oscuro, parecía que alguien se estaba asfixiando, la puerta estaba trabada o por lo menos cerrada por fuera y se oían gritos agónicos. Pero la situación no era tan desesperada como pensábamos, aunque pudo haber tenido consecuencias imprevisibles. Cuando abrimos la puerta comprobamos que no se había roto ningún frasco, todos los químicos estaban en sus contenedores, pero en aquel cuarto oscuro cerrado y refrigerado la atmósfera era irrespirable. Algún gracioso había cometido una flatulencia, se había tirado como quien dice un pleonasmo de antología, le había puesto el pestillo a la puerta al salir y el dibujante cubano y el fotógrafo estaban al borde del desmayo. El cubano tenía un extraño color verde y apenas podía respirar. El fotógrafo estaba morado y emitía delirios lapidarios, recitaba palabrotas a granel

sábado, 20 de marzo de 2021

La agencia (2)

La agencia (2)

Los ojos de la colombiana se iluminaron, porque comprendió que el catalán había dado inconscientemente en el clavo.

Harold Priego

Al catalán se le cayó la mandíbula sobre el escritorio cuando vio el escobillón que había enviado el licenciado Biglietti. La colombiana, que estaba a punto de decir algo, se quedó con la palabra en la boca y estuvo a punto de tragársela, pero yo me quedé como quien dice frizado, en estado catatónico.

No podíamos creer lo que estábamos creyendo. O el licenciado Biglietti se había tomado el asunto de la escoba en forma más literal que de costumbre o nos estaba mandando un metamensaje. Tan tonto no era Biglietti si el escobillón aludía a la necesidad de que deshollináramos nuestros cerebros.

—Eso no puede ser —dijo el catalán—. Es demasiado elaborado para su desarrollo intelectual.

En ese momento Harold Priego se asomó un instante a la puerta con una sonrisa radiante y confirmó nuestras peores sospechas:

—¿Esa escoba es para que se sacudan las telarañas de la cabeza?

La colombiana lo fulminó con una seudo mirada asesina y el catalán fingió que le iba a arrojar un zapato y le dijo alguna mala palabra en catalán, pero la sangre no llegó al río. Harold desapareció en el acto y emitió una carcajada estruendosa que se debió escuchar en todo el edificio. La risa de Harold era contagiosa y la colombiana no tuvo más remedio que echarse también a reír en colombiano. En cambio el catalán se limitó a sonreír con una extraña sonrisa bilingüe.

Yo permanecía frizado, en estado metafóricamente catatónico. Pero lo que estaba contando, antes de que apareciera Ramoncito Lara con el escobillón, es que el catalán se había puesto serio, bien serio, que había dicho que teníamos que desabrocharnos el cerebro y ponerle punto final a esta vaina y que los ojos de la colombiana se iluminaron, porque comprendió que el catalán había dado inconscientemente en el clavo.

Estábamos enfrascados en la  búsqueda de un slogan, una frase corta que representara una marca de analgésico y permitiera la rápida identificación del producto. Un analgésico llamado Sanadol, que nadie conocía. Y el catalán había dicho, sin querer la frase mágica. Por eso la colombiana lo había mirado con los ojos desorbitados. El catalán tenía el envase de cartón en sus manos cuando dijo que había que ponerle punto final a esta vaina. Lo había mirado, estudiado, analizado por lo menos un millón de veces y por primera vez se dio cuenta, se percató cabalmente de que en el diseño había un punto rojo que era la clave de todo. Después de horas y horas de inútil reflexión se encendió la chispa.

El catalán se sintió transubstanciado, iluminado en cuerpo y alma por una luz divina y empezó a levitar emocionalmente y a despojarse de su carcasa material. La colombiana lo contemplaba emocionada con los ojos encendidos como dos reflectores y yo comencé a salir de mi confortable estado catatónico. Pero la escoba no nos quitaba el ojo de encima, el mal de ojo.

Al cabo de un momento de indefinida levitación, el catalán volvió a poner los pies sobre la tierra, o mejor dicho sobre el escritorio, y mostró en su mano el envase de Sanadol con aire triunfal: el punto rojo en el diseño del envase que habíamos visto y no visto hasta que lo vio el catalán.

—He aquí el punto final...

—Eso es, eso es —dijo la colombiana.

—Sanadol: punto final al dolor

Lo demás era pan comido, inventarse unas cuantas historias que tuvieran como pie forzado el dichoso slogan, una especie de estribillo que aparecería en todos los anuncios de prensa, radio y televisión.

La cuestión es que en una hora teníamos armado el muñeco, el material escrito sobre el que se sustentaría la campaña de Sanadol: punto final al dolor. Ahora había que presentársela al licenciado presidente, someternos como quien dice a la humillación de las Horcas Caudinas y recibir como de costumbre una andanada de críticas insulsas. El licenciado presidente nunca aprobaba una campaña sin demostrar primero su desaprobación.

La presentación tuvo lugar en su despacho, a puerta cerrada, herméticamente cerrada. El licenciado presidente administraba su privacidad con el mismo celo con el que administraba su autoridad. Lo primero que nos dijo es que estábamos a punto de perder la cuenta, que el cliente estaba eufórico, hecho una furia, enojado por la supuesta mala calidad de nuestros servicios. El catalán me miró un poco de soslayo, como sugiriendo que le explicara al licenciado presidente que la euforia no tenía nada que ver con estar hecho una furia, sino todo lo contrario, pero no me di por aludido. Mis relaciones con el licenciado presidente no estaban en su mejor momento. Unos días atrás habíamos tenido un encontronazo a causa de una campaña de Sazón Montero en polvo que me había rechazado en tono airado. Era quizás la mejor campaña que había escrito, algo fuera de serie, pero en cuanto empecé a leérsela empezó a palidecer, se puso verde más bien, y estuvo a punto de echarme o me echó mejor dicho de su oficina. El texto era impecable, inmejorable, certero, pero el licenciado presidente no supo apreciarlo. El rechazo fue doloroso porque yo había puesto mi mejor entusiasmo en esa campaña, me empleé a fondo, la presenté empleando mis mejores dotes de declamador:

"Señora, yo soy el sazón Montero / y vengo a echarle un polvito / para que coja un gustico/ lo que tiene en el caldero".

El licenciado presidente no dijo una palabra, se puso de pie, me miró con indignación y me enseñó la puerta de salida, que era la misma de entrada.

Ahora estaba de nuevo frente al mismo licenciado en una parecida encrucijada, pero esta vez no estaba solo sino en compañía del catalán y la colombiana, y todos estábamos dispuesto a defender la campaña de Sanadol por cualquier medio, incluso a dentelladas. Pero las cosas no salieron bien al principio. El licenciado presidente se apropió de los textos como si fueran de su propiedad y dio inicio a la lectura con una actitud despreciativa, pasando las páginas un poco a la ligera, tachando y corrigiendo palabras con una inmensa pluma fuente bañada en oro y asumiendo en todo momento un aire de autosuficiencia con el que pretendía mantener la distancia entre él y los comunes mortales.

Al cabo de un corto tiempo se limitó lacónicamente a decir que la campaña no tenía hilaridad. Le falta hilaridad, fueron sus palabras precisas.

El catalán se puso cínico y dijo en falsete: ja, ja, ja.

El licenciado presidente pareció no entender. No entendía, en efecto, la diferencia entre hilaridad e ilación y tuvimos que explicárselo. Después tuvimos que discutir palabra por palabra cada una de las modificaciones y objeciones que había hecho, remodelar un poco los textos, fingiendo que aceptábamos ciertos cambios que luego revertimos. Su interés era demostrar que él había puesto su grano de arena en la campaña e hicimos lo posible para que lo creyera.

Cuando nos pusimos de acuerdo en todos los puntos y todas la íes, una eficiente secretaria pasó el material en limpio, el licenciado presidente lo revisó meticulosamente sin percatarse de que estaba más o menos igual que como se lo habíamos presentado antes y estampó su firma, dio su aprobación. El dulce sí. En poco tiempo tiempo saldrían las órdenes de trabajo para los departamentos correspondientes.

En el departamento de arte nos recibieron con aplausos y el ejecutivo Jumbo subió al poco rato a felicitarnos. Nos dijo que sabía que podía confiar en nosotros. Sabía que no le fallaríamos. Sabía que la campaña estaba en buenas manos. Pero antes de irse dijo un poco en serio y un poco en broma, como quien no quiere y quiere la cosa:

—Parece que la escoba que mandó el licenciado Biglietti cumplió su cometido.

viernes, 12 de marzo de 2021

La agencia

La agencia

Tres genios de la publicidad y no pueden con una campañita. ¡Qué desperdicio de dinero!

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Harold Priego en compañía de dibujantes publicitarios 

El catalán dijo que eran las once y media y no habíamos vendido ni una escoba. Eso quería decir —por lo menos en catalán—, que el negocio andaba mal. Y en términos publicitarios significaba que no habíamos parido ni una idea. La agencia publicitaria para la que trabajábamos se había comprometido a presentar para ese mismo día una campaña a uno de sus principales clientes y no habíamos vendido ni una escoba.

El catalán se había aflojado el nudo de la corbata, que era su manera de desabotonarse la sesera y estimular la creatividad, pero no le dio resultado. Al cabo de un tiempo se quitó la corbata y se quitó también los zapatos y se puso la corbata en la cabeza, alrededor de la cabeza, con el nudo en la frente. Finalmente colocó ambas patotas sobre el escritorio y se reclinó plácidamente en su flamante sillón ejecutivo. Era un recurso extremo al que sólo acudía en casos graves, cuando la urgencia y la sequía de ideas lo ameritaba. Ya eran las once y media y no habíamos vendido ni una escoba

La creativa colombiana lo miraba con una mirada ambigua, entre aterrorizada y divertida. El licenciado presidente tenía poco sentido del humor: en cualquier momento podía hacer una de sus intempestivas visitas sorpresa y la escena no le habría parecido divertida, pero al catalán le daba tres pitos y mi me daba lo mismo que al catalán.

Era un catalán aplatanado de apellido sicalíptico. O mejor dicho, uno de esos apellidos que la gente malpensada tendía a retorcer por instinto y a convertir en algo pecaminoso, opuesto al mandato bíblico. Había llegado al país en plan de aventura, con el propósito de seguir viaje hacia Colombia o Brasil, internarse y perderse durante años en la inmensa jungla Amazónica, pero no pasó de Santo Domingo, sucumbió de inmediato al paisaje doméstico y se dedicó a la publicidad, a lo que sabía hacer desde antes de nacer. Se enamoró, se casó, se convirtió en padre, un padre de familia ejemplar que nunca colgaría los hábitos. Se dominicanizó, en fin de cuentas, se aplatanó, pero sin perder un ápice de su esencia catalana y su bizarro sentido del humor.

Allí estaba con sus patotas sobre el escritorio, exhibiendo una media de un color y otra de otro y en eso entró el licenciado Biglietti, que se quedó mirándolo estumefacto.

—¿Cómo va la campaña? —preguntó al cabo de un momento de indecisión.

Le dije que eran las once y media y no habíamos vendido ni una escoba.

El licenciado Biglietti sólo entendía el sentido literal de las cosas, cuando lo entendía, y paseó la vista por el departamento de creatividad buscando seguramente una escoba o algo que se le pareciera y luego me miró sorprendido. ¿De que escoba le estaba hablando?

La colombiana le dio o trató de darle una explicación en términos elementales, pero sólo consiguió que al licenciado se le confundieran más las ideas. No entendía que tenían que ver las escobas con la campaña publicitaria que teníamos pendiente y optó por marcharse casi enseguida. Pero dos minutos después sonó el teléfono del catalán. El licenciado presidente quería saber cómo iba la campaña y cuál era el problema que teníamos con las escobas en el departamento. El catalán mintió con toda la desfachatez de que era capaz y dijo que todo andaba viento en popa, y que en cuanto a las escobas ya habían barrido todo el piso y que sólo faltaba pasarle la aspiradora.

En ese momento entró Harold Priego, en representación del departamento de arte, y se echó a reír sin motivo aparente. De hecho, había intuido que el catalán le estaba metiendo un cuento a alguien y le pareció divertido.

En el departamento de arte estaban esperando la campaña para darle forma gráfica y todos estaban impacientes. Mientras más tarde empezaran, más tarde terminarían y esa noche tendrían y tendríamos probablemente que amanecer en la agencia.

—En que está la campaña —preguntó con su acostumbrada voz de trueno.

—La campaña no está —respondió el catalán—, simplemente no está.

Harold no dijo nada, se volvió para salir por donde había entrado, pero en el último momento preguntó que era lo que estaba pasando en el departamento con una escoba.

—Que son las once y media y todavía no hemos podido vender una escoba —dijo la colombiana con una media sonrisa dibujada en el rostro.

Harold se quedó perplejo y frunció el ceño. Entendió de inmediato que le estaban tomando el pelo y no quiso darse por aludido. Respondió con una frase sarcástica, una de sus típicas expresiones descarnadas y rudas.

—Tres genios de la publicidad y no pueden con una campañita. ¡Qué desperdicio de dinero!

En cuanto salió comenzó a cantar el brindis de La traviata, que se sabía un poco de memoria. Su estruendosa voz desentonada rompía los tímpanos, y los miembros del departamento de arte empezaron a protestar. Susy Gadea, la dibujante peruana, lo mandó por favor a callar, pero Harold no hizo caso y cuando acabó con el brindis de La traviata pasó a berrinchar el aria de El barbero de Sevilla. No entendía nada de lo que decía, pero lo decía con cierta corrección.

A mitad del concierto operístico la puerta del departamento de creatividad se abrió a todo lo ancho y apareció en el umbral la figura estatuaria del ejecutivo jumbo de la compañía, ejecutivo de cuentas o ejecutivo de cuentos, como le llamaba Harold a los ejecutivos.

El Jumbo era un tipo enorme, que alguna vez había sido un prospecto de las grandes ligas del béisbol, un tipo manso, apacible, pero del cual era prudente no estar muy cerca cuando perdía la paciencia.

De inmediato preguntó por la campaña y el asunto de las escobas y todos nos echamos a reír. Al Jumbo no le hizo gracia. Estaba preocupado por el retraso y dijo que le dolía la cabeza. El catalán le dijo que eso le pasaba por haber estado pensando más de un minuto seguido y el Jumbo lo miró torcido.

—Ustedes creen que son los únicos que piensan en esta compañía, pero tienen dos días tratando de armar una campaña y no dan pie con bola. ¿Qué es lo qué pasa?

—El problema es que no pasa nada —dijo la colombiana—, no se nos ocurre nada.

—Entonces —propuso el Jumbo— por qué no nos reunimos en el salón de conferencia.

—Eso sería peor —respondimos casi al unísono.

El tipo de reuniones que proponía el Jumbo tenía por propósito desatar lo que en publicidad se llama una tormenta de cerebros, pero la tormenta degeneraba casi siempre en una charla insulsa donde todos hablaban y nadie se escuchaba. Una pérdida de tiempo.

—Eso sería peor —repetimos casi al unísono.

El Jumbo tomó asiento y se quedó callado un largo rato. Dijo, apesadumbrado, que tendría que llamar al cliente, posponer la presentación de campaña, quedar mal. El catalán le dijo que todavía había tiempo, que sólo necesitábamos un slogan, un buen slogan, y después todo lo demás vendría por añadidura.

El Jumbo pareció convencido y decidió darnos el crédito de la duda, un poco de tiempo al tiempo. Después se incorporó lentamente y dio primero un paso, luego un segundo paso. Su enorme envergadura le impedía incorporarse súbitamente, necesitaba un par de metros para erguirse completamente, una especie de carreteo.

Se despidió en la puerta con una sonrisa amplia que equivalía a un voto de confianza y agachó la cabeza al salir para no golpearse con el dintel.

El catalán se puso serio, bien serio, dijo que teníamos que desabrocharnos el cerebro y ponerle punto final a esta vaina y los ojos de la colombiana se iluminaron. Estaba a punto de decir algo cuando se abrió de nuevo la puerta y apareció Ramoncito Lara. Era uno de los mensajeros internos y traía en la mano derecha un escobillón que entregó de inmediato a la colombiana. Luego dijo con cierto aire solemne:

—El licenciado Biglietti me dijo que trajera esa escoba al departamento de crastividá..

sábado, 6 de marzo de 2021

Patria


Pedro Conde Sturla

Pedro Mir, Manuel del Cabral, Juan Sánchez Lamouth,
 Franklin Mieses Burgos, Freddy Gatón Arce

Era una vez un país de verdad que era completamente imaginario. Los atardeceres se posaban en su lomo como un paisaje dulce y reposado y el sol tardaba siglos en ponerse. Los amaneceres eran tórridos, pateados, de una luminosidad fluvial, ensordecedora, y las montañas caían por los ríos, se despeñaban por los desfiladeros, corrían ríos amargos de azúcar y de alcohol.

Sus mejores poetas lo describían con una  lucidez desgarradora, enternecedora, decían a veces Patria, qué anatema cayó sobre tu frente y se escuchaba un paisaje con un furioso merengue bailando al fondo, el furioso merengue que ha sido nuestra historia. Otros decían que era como un ala de murciélago apoyada en la brisa y que a veces parecía una tarde que iba a morir, señora. Otros decían, Patria, y en la amplia bandeja del recuerdo dos o tres casi ciudades, empalizadas altas y bajos matorrales, un lento y reposado palor de luna, millares de pasajeros despoblados y agrestes del rocío. Otros decían que los humildes, todos los humildes de esta tierra, los del montón salidos, eran los heroicos defensores de nuestra libertad en los desfiladeros o en la llanura agreste. Gente como compadre Mon, cuyo primer suspiro era despertar al pueblo con un tiro, con colibríes de plomo, amapolas que nacen de repente en las pistolas. Gente  que cuando sangra le salen por las venas los sueños más varones porque desde hace tiempo construyen la patria destruyéndose. Gente que todo lo tiene de soldado y cuando te da la mano ya en sus dedos sientes su corazón uniformado. No se olvide, no se olvide nunca, que en esta pequeñita geografía la palabra macho es una catedral desde muchacho, que aquí la voz está en el cinto, entre la dentadura de las balas, entre la dentadura del instinto y que para venir a esta tierra de montoneras y ciclones hasta el mismo Dios tuvo que ponerse pantalones. Sí, con cuchillo, y en tierras de ciclones, Dios ha tenido, para ser decente… que venir aquí con pantalones”

Todo es rico y es pobre y es ajeno. Desde un brusco tropel de raíles y sus soportes de verde aborigen y las mansas montañas de origen y la caña y la yerba y el mimbre y los muelles y el agua y el liquen y el camino y sus dos cicatrices y hasta los pueblos pequeños y vírgenes...son del ingenio. Por eso son tan pobres las gentes que moran esta aldea, aquí solo se siente la esencia del dolor, para desayunarse se toman un ¡Dios mío! y hay quienes se acuestan no más llenos de sol.

Con razón y con derecho los poetas se sublevan, le dicen al petróleo que no salga, húndete más, presentido petróleo de mi patria. Proserpina del norte está al acecho, siempre al acecho. Amenaza todos los ríos verticales de esta tierra recrecida, la madre cordillera donde ruedan montañas por los valles como frescas monedas azules, donde duerme un bosque en cada flor y en cada flor la vida,

En la otra cara del paisaje están las joyas más delicadas de la creación, joyel en oro de un buril genial sobre las dos colinas de un rosal, mi vaso glauco, pálido y amado, donde guardo mis flores predilectas, el que tiene el color de las marinas algas, tiene el color de la esperanza muerta… Están las cosas humildes, las bienaventuradas cosas humildes que se yerguen siempre sobre el polvo frío de todas las cosas, está el silencio que es más grave que todas las diatribas humanas, lo que quedó después que los peces hambrientos se comieron el último paisaje de sol que había en tus ojos, está la gracia de la inspiración cuando a tus rejas, floreciendo amores, la enredadera de mi verso sube, la locura sublime de un hombre al que en el pecho le entierran viva un ave.

Y están los grandes idealistas que sueñan con epístolas marinas, que cantan a la cabellera de estos frescos islotes, donde la mar pregona sus ángeles ahogados, creen en cosas azules mirando el horizonte y tiemblan por la fe de tu sonrisa clara. Su voz quiere llevarte al final del crepúsculo donde los vientos gozan morfinando a los pájaros. Piden que no los dejen en esta isla loca con los muelles sin cruces por los marinos muertos,. Quieren cantar el calcio de los agrios moluscos y ver las acrobacias de las locas sirenas, quieren ver a la aurora soltar sus alcatraces, quieren sentir el viento peinar a las mareas. No quieren que los dejen, quieren mirar de nuevo el vuelo de esos grandes pájaros misteriosos, mirar lejanas algas, cantar nuevas resacas y escribir mil leyendas sobre lejanas costas.

Los muertos aquí suben y bajan, y hay muertos que van subiendo mientras más su ataúd baja y los poetas se preguntan: ¿Quién ha matado este hombre que su voz no está enterrada? Hay muertos que van subiendo cuanto su ataúd más baja...Este sudor... ¿por quién muere? ¿Por qué cosa muere un pobre? ¿Quién ha matado estas manos? ¡No cabe en la muerte un hombre! Hay muertos que van subiendo cuanto su ataúd más baja... ¿Quién acostó su estatura que su voz está parada? Hay muertos como raíces que hundidas... dan fruto al ala ¿Quién ha matado estas manos, este sudor, esta cara? Hay muertos que van subiendo cuanto más su ataúd baja...

Pero, además, son muchos los humildes de mí pueblo. Yo escribí sus nombres sobre los muros, pero no los recuerdo. Yo rescaté su corazón de la carcoma y el olvido, pero no sé dónde quedó la sangre coagulada, ni si vino familiar alguno a limpiar la mancha que había sobre el duro tapiz de la noche. Yo los besé, y mi ósculo fue como tilde sonora impar sobre su frente. Porque aun después del amor ellos estaban solos sobre la tierra.

Patria

Patria

No se olvide, no se olvide nunca, que en esta pequeñita geografía la palabra macho es una catedral desde muchacho, que aquí la voz está en el cinto,

Era una vez un país de verdad que era completamente imaginario. Los atardeceres se posaban en su lomo como un paisaje dulce y reposado y el sol tardaba siglos en ponerse. Los amaneceres eran tórridos, pateados, de una luminosidad fluvial, ensordecedora, y las montañas caían por los ríos, se despeñaban por los desfiladeros, corrían ríos amargos de azúcar y de alcohol.

Sus mejores poetas lo describían con una  lucidez desgarradora, enternecedora, decían a veces Patria, qué anatema cayó sobre tu frente y se escuchaba un paisaje con un furioso merengue bailando al fondo, el furioso merengue que ha sido nuestra historia. Otros decían que era como un ala de murciélago apoyada en la brisa y que a veces parecía una tarde que iba a morir, señora. Otros decían, Patria, y en la amplia bandeja del recuerdo dos o tres casi ciudades, empalizadas altas y bajos matorrales, un lento y reposado palor de luna, millares de pasajeros despoblados y agrestes del rocío. Otros decían que los humildes, todos los humildes de esta tierra, los del montón salidos, eran los heroicos defensores de nuestra libertad en los desfiladeros o en la llanura agreste. Gente como compadre Mon, cuyo primer suspiro era despertar al pueblo con un tiro, con colibríes de plomo, amapolas que nacen de repente en las pistolas. Gente  que cuando sangra le salen por las venas los sueños más varones porque desde hace tiempo construyen la patria destruyéndose. Gente que todo lo tiene de soldado y cuando te da la mano ya en sus dedos sientes su corazón uniformado. No se olvide, no se olvide nunca, que en esta pequeñita geografía la palabra macho es una catedral desde muchacho, que aquí la voz está en el cinto, entre la dentadura de las balas, entre la dentadura del instinto y que para venir a esta tierra de montoneras y ciclones hasta el mismo Dios tuvo que ponerse pantalones.

Pedro Mir, Manuel del Cabral, Juan Sánchez Lamouth, Franklin Mieses Burgos, Freddy Gatón Arce
 Pedro Mir, Manuel del Cabral, Juan Sánchez Lamouth, Franklin Mieses Burgos, Freddy Gatón Arce

Todo es rico y es pobre y es ajeno. Desde un brusco tropel de raíles y sus soportes de verde aborigen y las mansas montañas de origen y la caña y la yerba y el mimbre y los muelles y el agua y el liquen y el camino y sus dos cicatrices y hasta los pueblos pequeños y vírgenes...son del ingenio. Por eso son tan pobres las gentes que moran esta aldea, aquí solo se siente la esencia del dolor, para desayunarse se toman un ¡Dios mío! y hay quienes se acuestan no más llenos de sol.

Con razón y con derecho los poetas se sublevan, le dicen al petróleo que no salga, húndete más, presentido petróleo de mi patria. Proserpina del norte está al acecho, siempre al acecho. Amenaza todos los ríos verticales de esta tierra recrecida, la madre cordillera donde ruedan montañas por los valles como frescas monedas azules, donde duerme un bosque en cada flor y en cada flor la vida,

En la otra cara del paisaje están las joyas más delicadas de la creación, joyel en oro de un buril genial sobre las dos colinas de un rosal, mi vaso glauco, pálido y amado, donde guardo mis flores predilectas, el que tiene el color de las marinas algas, tiene el color de la esperanza muerta… Están las cosas humildes, las bienaventuradas cosas humildes que se yerguen siempre sobre el polvo frío de todas las cosas, está el silencio que es más grave que todas las diatribas humanas, lo que quedó después que los peces hambrientos se comieron el último paisaje de sol que había en tus ojos, está la gracia de la inspiración cuando a tus rejas, floreciendo amores, la enredadera de mi verso sube, la locura sublime de un hombre al que en el pecho le entierran viva un ave.

Y están los grandes idealistas que sueñan con epístolas marinas, que cantan a la cabellera de estos frescos islotes, donde la mar pregona sus ángeles ahogados, creen en cosas azules mirando el horizonte y tiemblan por la fe de tu sonrisa clara. Su voz quiere llevarte al final del crepúsculo donde los vientos gozan morfinando a los pájaros. Piden que no los dejen en esta isla loca con los muelles sin cruces por los marinos muertos,. Quieren cantar el calcio de los agrios moluscos y ver las acrobacias de las locas sirenas, quieren ver a la aurora soltar sus alcatraces, quieren sentir el viento peinar a las mareas. No quieren que los dejen, quieren mirar de nuevo el vuelo de esos grandes pájaros misteriosos, mirar lejanas algas, cantar nuevas resacas y escribir mil leyendas sobre lejanas costas.

Los muertos aquí suben y bajan, y hay muertos que van subiendo mientras más su ataúd baja y los poetas se preguntan: ¿Quién ha matado este hombre que su voz no está enterrada? Hay muertos que van subiendo cuanto su ataúd más baja...Este sudor... ¿por quién muere? ¿Por qué cosa muere un pobre? ¿Quién ha matado estas manos? ¡No cabe en la muerte un hombre! Hay muertos que van subiendo cuanto su ataúd más baja... ¿Quién acostó su estatura que su voz está parada? Hay muertos como raíces que hundidas... dan fruto al ala ¿Quién ha matado estas manos, este sudor, esta cara? Hay muertos que van subiendo cuanto más su ataúd baja...

Pero, además, son muchos los humildes de mí pueblo. Yo escribí sus nombres sobre los muros, pero no los recuerdo. Yo rescaté su corazón de la carcoma y el olvido, pero no sé dónde quedó la sangre coagulada, ni si vino familiar alguno a limpiar la mancha que había sobre el duro tapiz de la noche. Yo los besé, y mi ósculo fue como tilde sonora impar sobre su frente. Porque aun después del amor ellos estaban solos sobre la tierra.

domingo, 28 de febrero de 2021

Calle sin salida

Pedro Conde Sturla

Aquella suntuosa residencia en los alrededores de Puerta de Hierro tenía un encanto particular y nos sedujo al instante, sobre todo por su ubicación al final de esa arbolada y frondosa calle sin salida. Por eso no dejó de sorprendernos que el vendedor (tan aparentemente nervioso) estuviese  contento de desembarazarse de un inmueble de ese valor a  precio de vaca muerta. Se encontraba, eso sí, en un lugar retirado, prácticamente desolado, en las afueras de la ciudad, casi al lado del río Isabela, pero allí se respiraba aire puro y fresco a pleno pulmón y era un lugar apacible, extrañamente apacible en realidad.
A pesar de la abundante vegetación no vimos pájaros, no se escuchaba el canto de las aves. No se escuchaba ni siquiera el sonido del silencio. Pero en esos momentos nos sentíamos   demasiados felices como para reparar en esos detalles y esa   misma tarde firmamos el contrato en presencia del encargado de la compañía de bienes raíces, que estaba más contento de vender que nosotros de comprar, aunque visiblemente       nervioso, mucho más de lo que estaba cuando nos llevó a             conocer la propiedad. Era un bicho raro. Uno de esos tipos de carácter opaco y elusivo que no miran a los ojos y evitan dar respuestas concretas. Cuando le preguntamos por el nombre de la calle emitió una risita indefinida: ji, ji… Dijo que la calle no tenía nombre oficialmente, solamente se llamaba Calle sin salida.
El primer inconveniente se presentó con la gente de la compañía de mudanza.
-No damos servicio en esa zona.
¡Pero si ustedes hacen mudanzas a todo el país!
-Con algunas excepciones. Y esa zona es una de ellas.
-¿Y se puede saber por qué? 
-No, señor, no se puede, política de la empresa.
¿Política de la empresa? Ninguna empresa iba a impedir que nos mudáramos o por lo menos comenzáramos a mudarnos al otro día temprano en la mañana. De modo que le pedí prestada la camioneta a Rafaelito Báez, un viejo amigo y    
compañero de estudios que vivía desde hacía años en Puerta de Hierro. Rafaelito me prestó el vehículo, desde luego, pero  frunció el entrecejo cuando le dije en qué lugar se encontraba la casa. 
Nos pasamos el día, todo el santo día dando viajes, trasladando lo indispensable de un lugar a otro: la cama, la nevera, la estufa, los muebles del comedor, la televisión, el labrador negro gigante que comenzó a brincar, a corretear de felicidad cuando lo solté en el inmenso patio. Pensé que uno de los próximos días iríamos al río a darnos un baño, sin sospechar entonces que el río estaba plagado de caimanes que se habían escapado del zoológico.  
Casi al anochecer devolví la camioneta y regresé cuando las sombras empezaban a tragarse la calle sin salida. Preparamos una cena más o menos frugal y salimos a la galería. Después iríamos a la cama y veríamos una película de Polanski. Pero en la galería nos sorprendió un espectáculo desolador. Todas las casas, menos la nuestra, estaban apagadas. El labrador    ladraba y ningún perro respondía a sus ladridos. Las casas,      todas las casas que en principio pensábamos que estaban          simplemente apagadas, en realidad estaban simplemente deshabitadas o parecían estarlo.
Nos habíamos mudado a una calle fantasma. Eso explicaba en parte la tranquilidad y el silencio, pero no explicaba por qué había a esa hora tantos automóviles estacionados en las entradas de las viviendas y frente a las viviendas. Aparte de aquellos jardines tan esmeradamente cuidados, los buzones llenos de cartas, la basura en fundas plásticas.
Me pareció escuchar un ruido en la casa vecina y toqué la puerta, pero el ruido se desvaneció. Luego me pareció escuchar ruido en otras casas y fui de puerta en puerta tocando puertas con el mismo resultado. No había vecinos en el vecindario, pero estaba poblado, evidentemente poblado.
-Lo mejor es llamar al colmado para que manden unas cervezas -dije al regresar-. Unas cervezas frías, bien frías, cenicientas, y mañana averiguaremos lo que pasa, desentrañaremos el misterio si hay misterio.
El labrador emitió un ladrido de aprobación 
-Tres cervezas frías, por favor, media Marlboro Ligths y una funda de hielo a la Calle sin salida. Creo que así se llama.
-Ahí no vive nadie señor.
-¿Cómo?
-Que en esa calle no vive nadie, señor.
-Ahora vivo yo y le estoy hablando. Estoy viviendo yo y otros que no he tenido el gusto de conocer y le estoy pidiendo tres cervezas frías, por favor, media Marlboro Ligths y una funda de hielo. A la Calle sin salida, por favor.
-Le digo que ahí no vive nadie, señor.
-Y yo le digo que estoy viviendo yo. Mándeme uno de los muchachos con lo que le pido. Doy buenas propinas, las mejores propinas.
-Y le repito, señor, que ahí no vive nadie. No es asunto de propinas. Los muchachos no entran a esa calle y mucho menos de noche. Quien entra de noche a esa calle no vuelve a salir. Ninguno de los que se han mudado a esa calle vuelve a  salir. Desaparecen el primer día, todo se queda igual, pero la gente no vuelve a salir. Desaparece.  
-Pues yo todavía no he desaparecido y mañana voy a salir y vivo aquí.
-Nadie ha salido nunca de ese lugar, se lo repito: ahí no vive nadie. Usted cree que está vivo, pero ahí no vive nadie. Ahí no vive nadie.

sábado, 27 de febrero de 2021

Me dijeron que no entrara ahí, doctor

Pedro conde Sturla

26 febrero, 2021

Luis Buñuel, fotograma de El ángel exterminador (1962). 

Me dijeron que no entrara ahí, doctor, desde el primer día me lo dijeron. No me dieron explicación y ni siquiera me lo ordenaron ni me lo prohibieron, sólo me dijeron que no entrara ahí, que me abstuviera simplemente de entrar y de inmediato me dió curiosidad.

Lo gracioso es que no estaba cerrado, era un lugar abierto al final del pasillo del primer piso del hospital, una especie de sala de espera donde siempre había gente: médicos y pacientes, enfermeras y camilleros que conversaban con aire de aburrimiento y que aparte de conversar parecía que no estaban haciendo nada, y era la misma gente todos los días y a todas horas de la noche.

Ni siquiera tenía puertas ni había una línea divisoria, ni había un guardián que impidiera el paso. Pero no se podía entrar. Era algo absurdo. Tampoco estaba prohibido pero no se podía entrar. Nada impedía entrar pero no se podía entrar. Consulté los reglamentos del hospital y en ningún lugar mencionaba la dichosa sala de espera ni mencionaba la prohibición. Pero no se podía entrar.

Yo recorría todos los pasillos del hospital por lo menos una vez al día durante mis rondas habituales, visitaba a los pacientes en compañía de mis estudiantes y nunca dejaba de llamarme la atención aquella sala de espera llena de gente a la que no se podía entrar porque simplemente no se podía. A veces me hacía el tonto o el temerario y me acercaba al lugar y me detenía casi al límite. Una vez me acerqué más que de costumbre y una enfermera dio la voz de alarma, me dio una voz de advertencia.
Me dijo que no entrara, que no entrara ahí, doctor. Lo mismo que me habían dicho desde el primer día. No me dio explicación y ni siquiera me lo ordenó ni me lo prohibió, sólo me dijo que no entrara ahí, doctor, que me abstuviera de entrar. Pero había algo de alarmante en su ruego. Ruego, sí, porque parecía una advertencia y lo era. Había un cierto tono de angustia en su voz.

El caso es que el asunto terminó convirtiéndose en una obsesión, mi curiosidad iba en aumento. Sin darme cuenta comencé a descuidar mis labores, a despreocuparme por los pacientes. Sólo pensaba en llegar al fondo del absurdo. Todo lo demás dejó de tener importancia.

Durante la última junta de médicos —presidida por el mismísimo Dr. Fegarca— me llamaron la atención, me recordaron más de una vez que mi nombramiento era provisional y se negaron a responder mis preguntas sobre lo que ya consideraba el enigma de la sala de espera al final del pasillo. En realidad no sabían nada, es decir, sabían lo mismo que yo o me ocultaban algo. Me recomendaron que me atuviera a las ordenanzas, aunque se suponía que no había ninguna a favor ni en contra.

Alguien me dijo que uno de los conserjes podía darme las respuestas que buscaba y fui de inmediato a verlo. Le pregunté por qué no se podía entrar y me preguntó que para qué quería entrar. Le dije que no quería entrar sino saber por qué no se podía entrar y me preguntó que por qué quería saber. Le dije que tenía curiosidad, simple curiosidad, y entonces me preguntó que por qué tenía curiosidad. Me dijo que no tenía nada que buscar en ese lugar, que me limitara a mis labores, a la costumbre, al sentido común. Por último, cuando le pregunté qué por qué estaban en ese lugar todas esas gentes, me respondió con cierto aire de superioridad que pretendía ser sabiduría:

—Están ahí porque están.

El hecho es que todos los días pasaba varias veces por el pasillo y ya no podía ver a todas aquellas personas aburridas sin que me invadiera el desasosiego. A veces daba la impresión de que estaban filmando una película. Alguien parecía dar voces. Decía cámara, acción. Pero era sólo mi imaginación.

Me obsesioné tanto que cualquier pretexto era bueno para acercarme al lugar. Fingía estar distraído, haber equivocado el camino, me daba paseítos de presidiario desde el principio hasta al final del pasillo con las manos en las espalda, sumergido en aparente cavilación y me acercaba cada vez más al abismo. A la fruta prohibida. Entonces comenzaban las voces.
Indefectiblemente alguien volvía a decirme que no entrara ahí, doctor. A la inocente sala de espera.

Cada vez me sentía más atraído, fascinado por el misterio, por el absurdo más bien, y me sentía igualmente más atrevido, más capaz de llegar hasta el fin, pero las voces de alarma me detenían. Era irracional. Le tenía miedo a algo en lo que no creía o pretendía no creer. Casi igual que uno de esos ateos que temen vender el alma que dicen que no existe.

Sin embargo, el miedo pesaba menos que la curiosidad. No cejaba en mi empeño, me acercaba más a la meta, y en un par de ocasiones estuve a punto, casi a punto de entrar a la dichosa sala de espera, pero las voces me lo impidieron en el último instante, cuando ya estaba dispuesto a jugarme el todo por el todo.

Un día, finalmente, no pude más, se agotó mi paciencia, me venció la curiosidad. Me armé de coraje, caminé con firme determinación por el pasillo hacia el fondo, hacia la sala de espera, ignorando las voces, las muchas voces que repetían que ahí no se podía entrar, doctor. Resueltamente traspuse el límite y me acerqué al grupo de personas que ocupaba la sala de estar.

Me recibieron con la más insípida apatía, como si hubieran estado esperando algo rutinariamente inevitable, y ni siquiera respondieron a mi saludo. Me presenté, les di mi nombre, les dije cuantas ganas tenía de conversar con ellos antes de continuar con mis tareas habituales. Algunos eran viejos, sorprendentemente viejos, daban la impresión de haber estado mucho tiempo en aquel lugar y me miraron con pena, como se mira a alguien que acaba de cometer un error, el peor error de su vida.

—Aquí no hay nada de qué hablar —me dijo uno de ellos, quizás el más viejo de todos—. Y además ya no podrá seguir con sus tareas habituales. Ha caído usted, igual que todos nosotros, en la mano del angel exterminador y ya no podrá salir de aquí.
—Y se puede saber quién es el Ángel exterminador.
—Nadie lo sabe. Quizás simplemente una metáfora.
Confieso que la ocurrencia me dio risa, en principio.
—Y por qué razón no voy a poder salir de aquí.
—Por ninguna razón —dijo el más viejo de todos—, pero no podrá salir de aquí. Ninguno puede.
—El doctor Buñuel tiene razón. —dijo una de las enfermeras.
—¡El doctor Buñuel?
—Para servirle a usted. Soy cirujano cardiovascular y hace cuarenta y dos años se me ocurrió venir a este lugar a descansar y nunca he podido salir. Nadie puede salir. Estamos, como le dije, en manos del ángel exterminador.
—Eso sí que está bueno —dije en tono de burla—. Creo que tendré muchas cosas que contarles a mis amigos.
—No podrá contar nada, aquí ni siquiera el tiempo cuenta, aquí nunca es de noche ni de día, aquí no dan la hora ni hace frío ni hace hambre, aquí sólo estamos sin estar. O si lo prefiere, sólo estamos estando. El ángel exterminador nos ha convocado, vino por nosotros o nosotros vinimos por él, no nos prohíbe salir, pero no podemos salir. Hasta aquí llegó usted, doctor. Hasta aquí llegamos todos.

En ese momento me sentí repentinamente abrumado, me pareció que me había caído sobre las espaldas el peso de los siglos y me senté, me desplomé en uno de los bancos. Estaba agotado, pero no sentía sueño y no volvería a sentir sueño. Empezaba oscuramente a entender.

Noté que del otro lado, a mitad del pasillo, unas enfermeras me miraban con tristeza y hablaban sobre mí, decían de seguro que me habían dicho encarecidamente mil veces que ahí no se podía entrar, doctor. 



viernes, 26 de febrero de 2021

Alejandro Pérez Lujín: La Casa de la Troya

Pedro Conde Sturla
23-10-2011 
[Siempre quise escribir "La Casa de la Troya", la que escribió en 1915 Alejandro Pérez Lujín o Lugín.
Pérez Lujín (Madrid 1870 / La Coruña,1926), fue un notable periodista, y sobre todo humorista, escritor y cineasta ocasional.  Y con él tengo una deuda de gratitud enorme.
A mi casa, casa de familia de lectores, creo que en La Vega, trajo mi padre un ejemplar de su obra y se reía leyéndolo, citaba párrafos que a los hijos también hacían reír, pero lo leía una y otra vez, insaciablemente, y no soltaba prenda y nos tenía en ascuas, se lo llevaba al trabajo, se dormía leyéndolo y sólo cuando le sacó todo el jugo se lo pasó a mi hermana mayor, que tampoco quería soltarlo. Pasó luego al hermano mayor, al que le seguía  y al tercero de los varones, que se llama Narciso, Narciso Conde Sturla, que nunca le perdonó ese nombre a mi padre, nombre de flor, a pesar de que hay varios Narcisos en familia, entre ellos uno que se dedica penitentemente a conspirar contra el sagrado orden constituido.
En manos de mi hermano Narciso el libro adquirió otra dimensión. Se dice que el buen humor no hace reír sino sonreír, pero mi hermano tiene un humor especial a flor de piel y desde que comenzó a leer el libro empezó a carcajearse a mandíbula batiente, a destornillarse de la risa, casi hasta el desmayo, tanto así que mi buena madre llegó a preocuparse y a quitarle de vez  en cuando el libro de la mano hasta que recuperara el aliento.
El último lector fui yo, un niño, y quizás no lo disfruté tanto pero fue una lectura inolvidable.
El libro se perdió en uno de esos préstamos a personas que no devuelven y desapareció por igual de las librerías. Durante años lo perseguí, incluso recientemente por Internet en Amazon, donde daban o dan por agotadas todas las ediciones. En un viaje memorable a Madrid el año pasado lo encontré en Casa del Libro, en la flamante Gran Vía, quedaba un solo ejemplar y aquí lo tengo a mi lado, leído y releído, como especie de tesoro. Me costó 18 euros que no es paja de coco.
El libro en sí, con más de 150 ediciones y casi un siglo de existencia, es un gran retrato de época, retrato sociológico impecable de la sociedad de Santiago de Compostela desde el punto de vista de unos estudiantes que en la pensión de La Casa de la Troya hacen todo tipo de calaveradas en la época mas feliz de sus vidas. Los años largos de la vida estudiantil en la universidad. Los años verdes de sus vidas, los años largos, aquellos años en que sus vidas eran proyecto y entre proyecto y proyecto pasaba una eternidad. Como pasaba una vez para muchos de nosotros cuando fuimos estudiantes universitarios.
Para decirlo con palabras de Mercedes Pacheco Vázquez: "Pérez Lugín ofrece al lector la ácida o analítica visión de un periodista, que se mofa de la sociedad pequeño burguesa y clerical de Santiago de Compostela, envolviéndola en el dorado papel de una historia de amor romántica, donde todos los tópicos del género se dan cita sin rubor ni disimulo. Desde esta perspectiva 'La Casa de la Troya' es una novela de su tiempo pero también alcanza dimensión universal".
Por eso siempre he querido escribir un libro como "La Casa de la Troya". (PCS).]
CAPÍTULO X (fragmento)
Pero, a la  hora de la tarde de este jueves en que los encontramos en la Universidad, estaban pasando un rato amarguísimo, cruel. Don Servando era un buenazo que nunca suspendía...pero cuando se le sublevaba la sangre proclamaba la ley marcial y hacía cada escabechina que dejaba sin folgos a sus infelices alumnos. En su larga vida universitaria había ocurrido tan sólo dos o tres veces, pero esto no era empeciente, que diría don Ventura, para que todos los años llegaran sus discípulos temblando al terrible trance.
En esta ocasión el cariz del tiempo era horroroso. El pintoresco profesor, que nunca prestaba mayor atención a lo que decían los examinados, complaciéndose en ponerlos en apuros con preguntas chuscas, que antes daban animo que lo quitaban, permanecía ahora mudo como una estatua. Y no era lo peor que callase, sino que le daba por atender y escribir, según iban hablando los estudiantes.
-¿Qué crees tú que escribirá?
- Nada bueno. ¡Figúrate!
E1 caso era que a cada rapaz que entraba en el aula, don Servando escribía algo en un papel que tenia delante.
-Hable usted -ordenaba al alumno, fijando en el sus ojillos
burlones.
Comenzaba el otro a recitar sus bolas entre sudores y angustias bajo el peso de aquella mirada azorante. De repente, don Servando trazaba una raya en el papel. -¡Una falta, Dios mio!-. Y luego continuaba, impasible, haciendo marchar la pluma conforme el mísero alumno iba hablando.
-¡Otra falta y otra y otra! ¡Qué hombre! Es implacable.
Y la lengua se pegaba al paladar y las palabras salían confusas, desordenadas, incoherentes.
-¿No tiene usted más que decir? -preguntaba el catedrático después de dejar que el examinado estuviese callado un ratito. (¡Veinte anos y un día!). Puede usted retirarse. Que entre otro. Y aumentaba el terror del infeliz viendo a la mano asesina de don Servando hacer de una vez otro trazo enérgico y muy largo.
-¡Muerto soy!
-¿Pero qué rayos escribirá?
-¡Mala centella me coma si no es nuestra sentencia de muerte!
Se examinó el último estudiante de aquella larga tanda. Se cerró la puerta del aula y quedaron solos los examinadores.
-¡Qué notas ponemos, don Servando? -interrogó el secretario del tribunal, disponiéndose a estampar, según costumbre, las calificaciones que el catedrático de la asignatura dictase.
-Las que ustedes quieran -respondió humorista.
-Hombre, no. Las que usted diga.
-Pues todos sobresaliente. ¡Je je!
-¡Caramba, don Servando!
-O todos suspenso. Es lo mismo, ¡Je je!
-¡Don Servando, por Dios!...
-Si todos son iguales!... No hay de uno a otro un pelo de diferencia. Miren ustedes -mostrándoles el endemoniado pliego lleno de cabezas de burro con colosales disformes orejas-. Las he ido trazando mientras se examinaban. A cada disparate de estos Covarrubias en agraz yo alargaba el correspondiente aparato externo de la audición... Véanlos: todos las tienen iguales, de manera que...
-Entonces pondremos a todos aprobado. ¿Le parece a usted?
-¡Bueno!
-¡Un momento! –interrumpió el otro juez, don Claudio Redoles-. Sin que esto sea meterme en jurisdicción ajena, me permito recordar a usted el examen brillantísimo que ha hecho el señor Cunca y Velarde, don Esteban.
-¡Ah! Sí. Cunca y Velarde, ese papagayo que se sabe al pie
de la letra, sin faltar punto ni coma, el libro de texto. Tiene usted
razón. Secretario, póngale usted un suspenso muy grande a ese majadero.
-¿Cómo suspenso? -rugió indignado don Claudio-. ¿Suspenso un muchacho que lleva toda la carrera con notas de sobresaliente y que ha dicho sin equivocarse en una palabra las tres lecciones que le han correspondido en suerte.
-¡Pues por eso Y si se examina conmigo, de grado no pasa.
¡Sobresaliente a un papagayo! ¡Dame la patita, lorito!... ¿Pero  usted cree que se puede aprobar, en conciencia, a esos almacenes
de palabras?...!Suspenso, suspenso y suspenso!
Se enzarzaron. Era lo de siempre. En los veintitantos años que llevaban examinando juntos no había memoria de una sola vez que no se peleasen a la hora de las calificaciones. Existía entre ellos una de esas viejas rivalidades universitarias que encona el tiempo a medida que pasa. Don Servando despreciaba a don Claudio, al que solía  aludir en clase llamándole maleta jurídica llena de broza leguleyesca y otras lindezas por el estilo, y don Claudio pagaba con la misma moneda a don Servando, con apariencias del mayor respeto y una cortés indulgencia para "sus cosas".
Por fortuna, el secretario, hombre flemático y acostumbrado
de largo tiempo a estas discusiones, dejó que se peleasen, escribió las notas y, cuando hubo concluido, les presentó el expediente a la
firma.
-¿Qué calificación ha puesto usted al señor Cunca y Velar-
de? -preguntaron ambos.
-Como vi que no se ponían ustedes de acuerdo, he fallado la
discordia partiendo la diferencia. Ni sobresaliente, ni suspenso. Aprobado y esta bien, y vámonos que ya es de noche. Y sin esperar respuesta tocó la campanilla y entrego las papeletas al bedel, que acudió en seguida. 

Otro de los pasajes inolvidables de la obra, el cierre con broche de oro, es el que describe el banquete, y sobre todo el discurso de despedida de la condición de estudiantes que pronuncia el lúcido Barcala:

Nuestros amigos, los troyanos, celebraron en la tarde siguiente el término feliz de su carrera con un banquete

monstruo en casa de Blanca. A los postres entró a felicitarles, a comer dulces y a beber por sus futuros triunfos casi toda la Universidad. Nietiño armó el orfeón

más numeroso que había dirigido en su vida, aunque ni por casualidad fué posible una vez el acuerdo entre los

orfeonistas. Los cánticos confundíanse con el alboroto

de las discusiones y las burlas. De vez en cuando haciase un poco de silencio para oir un brindis. Los más rezgocijados fueron los de Madeira y Samoeiro. ¡Lástima

de taquigrafos!

Unicamente Barcala permaneció toda la tarde silen-

cioso y pensativo entre tanta algazara. Cerca del amanecer, a petición unánime de la asamblea, tuvo que hablar, subido en una mesa.

- No nos felicitéis, amigos! -dijo emocionado-. Compadecednos y dejad que os envidiemos! Los dichosos sois vosotros que todavía continuaréis aquí libres de cuidados, sin preocupaciones, ¡felices!, jóvenes!! Nosotros acabamos de desposarnos con la inquietud. Los trabajos suceden ya al descuidado «no importa» de estos años azules, cuya muerte celebramos, estúpidos,

en vez de honrarlos. Ahora se disuelve la comunidad de

nuestros corazones. ¡Ved qué pena! Vamos a edificar

nuestra vida... Mejor diría que vamos a luchar bárbaramente un año y otro y otro, todos los días y todas las horas para procurarnos un entierro decentito y un suelto

amable en los periódicos de la localidad donde nos

toque caer para siempre. ¡Adiós, amigos! ¡Vamos al

mundo! Acaso no nos volvamos a ver más y el apretón

de manos, el abrazo cordial con que ahora nos despedimos sea el postrero. ¡Adiós, años felices, años rosa-

dos, años buenos...! iAños únicos! ¡Ya somos hombres! ¡Qué desgracia! Como los discípulos de Cristo,

vamos a repartirnos por el haz de la Tierra, aunque no

para predicar la buena nueva. Los unos, seremos cónsules; notarios los otros; esos, periodistas; aquellos se

aplicarán al cuidado de su bufete; investiránse éstos con la dignidad del juez; para algunos guardará la cátedra

sus glorias o su comodidad; tal se desposará con la política. ¡Qué asco! Será diputado, senador, acaso llegue

a ministro. ¡Dios no lo quiera! Quizás será el más sabio

el que acierte a pedir paz a la quietud de su aldea... Yo

ruego a la diosa voluble y arbitraria que preside los des-

tipos de los hombres, que vuelque sobre todos nosotros

los dones de su favor... Pero, por mucho que quiera

protegernos, nunca nos dará tanto como hemos tenido;

como perdemos ahora. Podrá colocarnos en las que la

imbecilidad o cortedad de vista de las gentes llama cumbres; pero nunca volverá a ponernos tan alto como hemos estado, porque nunca más, ¡ay, amigos!, seremos

estudiantes!...


Alejandro Pérez Lugín

La casa de la Troya (estudiantina)


miércoles, 24 de febrero de 2021

CAPERUCITA ROJA

(versión popular)

Pedro Conde Sturla


Caperucita Roja llega a casa de la abuela y se encuentra al lobo feroz vestido de abuela y le pregunta, abuelita, y esos ojos tan grandes, y el lobo responde, para mirarte mejor. Después le pregunta, abuelita, y esa boca tan grande, y el lobo le responde, para besarte mejor. Finalmente le pregunta abuelita, y ese rabo tan grande, y el lobo feroz se sonríe torcidamente y le dice, je, je, ese no es el rabo.