sábado, 9 de octubre de 2021

La excepción y la regla (5 de 5)

Pedro Conde Sturla
8 octubre, 2021

El comerciante mató al changador de un balazo y el asunto está ahora en manos de la ley. Esa ley que —al decir de Anatole France—, “en su magnífica ecuanimidad, prohibe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”.


Para peor, la ley está en manos de los jueces y “Muchos jueces —al decir de Bertolt Brecht— son absolutamente incorruptibles; nadie puede inducirles a hacer justicia”.

Cuando se declara abierta la sesión, la sala del tribunal se reviste de dignidad, la acostumbraba dignidad ficticia que reina en los tribunales, y desde el primer momento uno empieza a sospechar que los jueces van a condenar al muerto, al guía o a la viuda del muerto:

JUEZ (AL COMERCIANTE): ¿Usted mató a ese hombre?
COMERCIANTE: Sí, me atacó de improviso.
JUEZ ¿De qué manera?
COMERCIANTE: Quiso matarme a traición, con una piedra.
JUEZ: ¿Conoce algún motivo para ese ataque?
COMERCIANTE: No.
JUEZ: Escúcheme, no trate de aparecer más cándido de lo que es. Así no llegará a nada, hombre. Si, tal como usted mismo lo dice, trató al coolí con guante blanco, ¿cómo explicar el odio del coolí contra usted? Solamente si puede explicar ese odio, se justificará que haya obrado en defensa propia. Piense un poco.
***
Es evidente que el juez suplanta el papel del abogado defensor. Se trata de establecer que el cargador tenía motivos para matar al comerciante y que el comerciante tenía temor de que lo mataran. No faltaba más, el cargador, o el cadáver del cargador, está siendo víctima de la justicia de clase que lo condena a priori. Y sin embargo, ingenuamente, el guía cree tener “la prueba de su inocencia en el bolsillo” y la viuda del cargador espera con mayor ingenuidad “una indemnización”.
JUEZ: ¿Encontraron la piedra con que el coolí lo amenazó?
GUÍA II: Ese hombre (SEÑALA AL GUÍA I) la sacó de la mano del muerto. (EL GUÍA MUESTRA LA CANTIMPLORA.)
JUEZ: ¿Es esa la piedra? ¿La reconoce?
COMERCIANTE: Sí, es esa.
GUÍA: A ver qué tiene que ver esto con una piedra. (VIERTE EL AGUA)
JUEZ II: Es una cantimplora, no una piedra. Quería darle agua.
JUEZ III: Es evidente que no tenía intención de matarlo.
JUEZ: Esto no puede ser verdad. (AL COMERCIANTE.) ¡Sugieren que él le estaba ofreciendo de beber!
COMERCIANTE: Debió ser una
piedra.
JUEZ: No, no fue ninguna piedra. Usted mismo ve que es una cantimplora.
COMERCIANTE: Pero yo no podía suponer que era una botella de agua. No había razón alguna para que ese hombre me diera de beber. Yo no era amigo suyo.

JUEZ: Usted reconoce, con razón, que el coolí debía odiarlo. Al matarlo, por lo tanto, ha asesinado usted a un inocente, pero sólo porque no sabía que era inofensivo. A veces le ocurre lo mismo a nuestra policía. Tiran contra una masa de tranquilos manifestantes, sólo porque no pueden imaginar cómo esa gente no los baja del caballo y los lincha. Esos policías, en realidad, tiran sólo por miedo. Pero tener miedo es una muestra de que razonan bien. Por lo que usted declara, no pudo pensar que el coolí fuese una excepción.

COMERCIANTE: Sí, hay que atenerse a la regla y no a la excepción
JUEZ (CANTA):
La regla es: ojo por ojo, diente por diente. /Tonto es quien pretende una excepción. / El hombre cuerdo nunca puede esperar / que su enemigo le ofrezca bebida.
***
El guía también canta otra canción sobre la excepción y la regla:
GUÍA (CANTA):
En el sistema que hemos creado / ser humanitario es una excepción. / Quien es humano sufre las consecuencias. / Teme a quien te parezca amistoso. / No dejes que nadie se acerque a ayudarte. /Si a tu lado hay un hombre sediento, cierra pronto los ojos, tápate los oídos. / Si a tu lado alguien jadea, / no te acerques cuando te implora ayuda. / ¡Ay de aquel que se deja arrastrar! /
Das de beber a un hombre / y el que bebe es un lobo.
***
Los miembros del tribunal se retiran a deliberar, pero se trata de un mero formalismo, la sentencia ya está escrita. La víctima es necesariamente el culpable. En las palabras del juez queda claro que la justicia no es igual para todos. La gente de clase baja no puede pretender justicia frente a la gente de clase alta. El sistema lo prohíbe:

JUEZ: ... el tribunal considera suficientemente probado que el coolí no se acercó a su patrón con una piedra en la mano, sino con una cantimplora. Pero aun tomando en cuenta este hecho, resulta más admisible que el coolí quisiera matarlo con la cantimplora que darle de beber. El changador pertenecía a una clase de hombres que tiene motivos verdaderos para sentirse en situación de desventaja. Para gente como él es lógico y nada más que lógico querer defenderse contra un reparto injusto del agua. Más aún, hasta puede parecerle justo a esta clase de gente, según su mentalidad limitada y unilateral, basada únicamente en la realidad, vengarse de su torturador. Cuando llegue el día de ajustar cuentas, sólo ellos podrán ganar. El comerciante no pertenece a la clase a que pertenecía el changador, Por tenía que ponerse en guardia. El comerciante no podía esperar un acto de camaradería por parte del changador, tan mal tratado, según él mismo lo declaró. Su razón le decía que estaba amenazado al extremo. Por fuerza debía preocuparse en una región totalmente despoblada. La falta de policía y de tribunales le daba a su empleado la posibilidad de sacarle su parte de agua con violencia. Por lo tanto, el acusado obró justificadamente en defensa propia, y tanto da que haya sido amenazado realmente o que sólo se creyera amenazado. Teniendo en cuenta las circunstancias expuestas, debió sentirse amenazado. Por ello, se exime de culpa y cargo al acusado, y no se hace lugar al pedido de la mujer del muerto.

LOS ACTORES:
Así termina la historia de un viaje. / Lo han oído y presenciado. / Han visto lo habitual, / Lo que constantemente se repite. / Y sin embargo les rogamos: / Consideren extraño lo que no lo es. / Tomen por inexplicable lo habitual. /Siéntanse perplejos ante lo cotidiano / Traten de hallar un remedio frente al abuso / pero no olviden que la regla es el abuso.
FIN
***
En este mundo podrido, el bien no triunfa más que excepcionalmente sobre el mal. El triunfo del bien sobre el mal, del amor sobre el odio, de la bondad sobre la maldad es excepcional. Casi todo lo que intentan hacernos creer es una mentira. La historia que aprendemos es una permanente celebración del crimen como hazaña y la codicia como virtud. Lo que parece ser regla en realidad es la excepción y la excepción es la regla... Pero nada —dice Bertolt Brecht—, absolutamente nada debe parecer imposible de cambiar.




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sábado, 2 de octubre de 2021

La excepción y la regla (4)

Pedro Conde Sturla
1 octubre, 2021

En algún momento, cuando el comerciante despidió al guía y le pidió al tabernero que explicara al cargador cómo llegar a Urga, el guía manifestó una grave preocupación: le había parecido que el cargador no había entendido realmente la explicación porque había tardado muy poco para comprender. Lo peor es que sus temores estaban justificados. Muy pronto el cargador y el comerciante estarán perdidos en medio del desierto y la situación empezará a deteriorarse, se tornará poco a poco desesperante.

VII
EL REPARTO DEL AGUA
COMERCIANTE: ¿Por qué te has
detenido?
COOLI: Patrón, la carretera ha terminado.
COMERCIANTE: ¿Y qué?
COOLI: Patrón, si me pegas, no lo
hagas en el brazo lastimado. No conozco el camino de aquí en adelante.
COMERCIANTE: Pero si el hombre del puesto de Han te lo explicó.
COOLI: Sí patrón.
COMERCIANTE: Cuando te pregunté si lo habías comprendido, me dijiste que sí.
COOLI: Sí, patrón.
COMERCIANTE: ¿Y no lo habías comprendido?
COOLI: No, patrón.
COMERCIANTE: Entonces, ¿por qué dijiste que sí?
COOLI: Tenía miedo de que me
echases. Sólo sé que no debemos perder de vista los pozos de agua.
COMERCIANTE: Entonces, síguelos.
COOLI: Es que no sé dónde están.
COMERCIANTE: Sigue andando. Y no trates de burlarte de mí. Sé muy bien que has pasado por aquí otras veces.
(SIGUEN CAMINANDO).
COOLI: ¿Pero no sería mejor esperar a los que vienen detrás?
COMERCIANTE: No. (SIGUEN
CAMINANDO.)

***
La condición del guía, con un brazo roto y una carga cada vez más pesada, se agrava en la misma medida en que se acrecientan la desconfianza y los malos tratos que recibe del comerciante. Para el comerciante sólo es importante llegar primero aunque tenga que reventar a su bestia de carga. El cargador quiere llegar a su destino, pero ha extraviado el camino:
COMERCIANTE: ¿Quieres decirme adónde vas? Estamos yendo hacia el norte. El este es por allá. (EL COOLI SIGUE EN ESA DIRECCIÓN.) ¡Alto! ¿Qué te ocurre? (EL COOLI SE DETIENE, PERO EVITA LA MIRADA DEL COMERCIANTE.) ¿Por qué no me miras a los ojos?
COOLI: Creía que el este estaba allí.
COMERCIANTE: ¿Qué te has creído, pillo? Ya te voy a mostrar cómo se guía a la gente. (LE PEGA) ¿Sabes ahora dónde queda el este?
COOLI (GRITANDO) ¡En el brazo, no!
COMERCIANTE: ¿Dónde está el este?
COOLI: ¡Ahí!
COMERCIANTE: (FURIOSO) ¿Ahí? ¡Pero tú ibas hacia allá!
COOLI: No, patrón.
COMERCIANTE: ¿Me vas a decir que no ibas hacia allá? (LE PEGA).
COOLI: Sí, patrón.
COMERCIANTE: ¿Dónde están los pozos de agua? (EL COOLI CALLA. EL COMERCIANTE, APARENTEMENTE TRANQUILO.) Acabas de decir que sabías dónde se encontraban los pozos. ¿Lo sabes? (EL COOLI CALLA. EL COMERCIANTE LE PEGA.) ¿Lo sabes?
COOLI: Sí.
COMERCIANTE (LE PEGA) ¿Lo
sabes? COOLI: No.

***
El brutal desenlace no tardará en producirse. Mientras más sumiso y humilde se muestra el cargador, más altanero y despótico y desconfiado se muestra el comerciante. El cargador adopta la sumisión como norma de conducta y la sumisión le costará la vida. Un simple acto de bondad, de desprendimiento, una excepción que contradice todas las reglas, le costará la vida al sumiso y servil y atemorizado cargador:

COMERCIANTE: Dame tu cantimplora (EL COOLI SE LA ENTREGA.) Podría considerar que ahora toda el agua me corresponde a mí porque tú me has guiado mal. Pero no lo hago. Bebe tu trago, y andando. (CONSIGO MISMO.) Perdí el control. No debí castigarlo en esa forma. (SIGUEN LA MARCHA.)
COMERCIANTE: Ya estuvimos aquí. Mira las huellas.

COOLI: Si es así, no hemos podido alejarnos mucho del camino.
COMERCIANTE: Arma la carpa. Tu cantimplora está vacía. La mía también. (EL COMERCIANTE SE SIENTA, MIENTRAS EL COOLI ARMA LA CARPA. EL COMERCIANTE BEBE DE SU CANTIMPLORA A ESCONDIDAS. CONSIGO MISMO:) No debe darse cuenta de que aún tengo para beber, de lo contrario, con que sólo le quede una chispa de razón en la cabeza, me va a matar. Si se acerca le pego un tiro. (SACA SU REVÓLVER Y LO APOYA SOBRE LAS RODILLAS.) Si por lo menos pudiéramos llegar al pozo por donde acabamos de pasar... Tengo la garganta reseca. ¿Cuánto tiempo puede un hombre soportar la sed?

COOLI: Tengo que darle la cantimplora que me facilitó el guía. De lo contrario cuando nos encuentren, si yo estoy con vida y él medio muerto de sed, me procesarán.

TOMA LA CANTIMPLORA Y SE DIRIGE HACIA EL COMERCIANTE. ESTE LO ADVIERTE DE PRONTO Y NO SABE SI EL COOLI LO HA VISTO BEBER O NO. PERO EL COOLI NO LO VIO BEBER. SIN DECIR NADA, QUIERE ALCANZARLE LA CANTIMPLORA. EL COMERCIANTE, CREYENDO QUE SE TRATA DE UNA PIEDRA GRANDE CON LA CUAL EL COOLI PRETENDE ASESINARLO, GRITA CON FUERZA:
COMERCIANTE: ¡Suelta esa piedra! (Y CUANDO EL COOLI, SIN ENTENDER, SIGUE CON LA MANO EXTENDIDA PARA ALCANZARLE LA CANTIMPLORA, EL COMERCIANTE LO MATA DE UN TIRO.) Tenía razón. Te lo buscaste, animal.
***
¿Es natural que el comerciante reaccionara de esa manera? Nada bueno podía esperarse de una persona a la que había vejado, maltratado, humillado. Lo natural,entonces, es que el cargador hubiese tratado de matarlo. Al cargador lo mataron porque infringió una regla. Eso es lo natural, tan natural como la violencia, la explotación, la represión, la guerra, el orden a que estamos sometidos. Eso es lo natural o por lo menos lo habitual, lo que siempre ocurre.

Por eso Brecht pretende que aprendamos a desconfiar “del acto más trivial y en apariencia sencillo”. Pretende que examinemos, “sobre todo, lo que parezca habitual”. Suplica expresamente que no aceptemos “lo habitual como una cosa natural”, que no tomemos como natural algo por el hecho de que ocurra constantemente”. Aceptar lo habitual como natural es una invitación a no hacer nada, una invitación al conformismo, a convertirnos en seres indiferentes. Lo natural es lo inmutable. Lo que Brecht nos invita a cambiar, a subvertir.

“...Bertolt Brecht dijo alguna vez que cuando algo nos parece lo más evidente del mundo no hacemos ningún esfuerzo por entenderlo, afirmación que nos invita a observar el comportamiento humano a que estamos acostumbrados, las reglas que hemos creado, los ordenamientos a los que respondemos sin preguntarnos, nos arenga de un modo imperativo y radical, con una extraordinaria necesidad de estimularnos a entender y subvertir lo inexplicable e incomprensible de aquello que consideramos natural. Esta cita propone la desconfianza, la creatividad, la reflexión, la mirada recelosa que permita abrir una brecha a ese mundo estático, a las ideas grabadas en nuestras mentes como en una piedra... sólo hay que observar...” (1).
__________________________________
(1) Gloria María Bertello Manfredi, Sujetos sin arquitectura, https://www.tdx.cat/bitstream/handle/10803/50999/gmbm1de1.pdf;sequence=.


sábado, 25 de septiembre de 2021

La excepción y la regla (3)

Pedro Conde Sturla

24 septiembre, 2021

En el camino hacia Urga el changador va cantando alegremente y el comerciante se molesta, le parece infantil e irresponsable que su empleado se ponga a cantar en una zona infestada por bandidos y lo considera irresponsable. Todo lo que el coolí hace le parece sospechoso.


¿De qué trata en realidad la historia, cuál es el meollo del asunto? Evidentemente no se trata de un simple viaje. Desde el principio Bertolt Brecht nos invitó a observar “con atención la conducta de esta gente”, a desconfiar de las apariencias, a no considerar “lo habitual como una cosa natural”. ¿Es natural que el comerciante se preocupe solamente por sus intereses, que no le importe el cansancio ni los problemas que pueda tener el coolí? ¿Es natural que el comerciante se situé en el centro de su universo y que todo lo demás carezca de importancia? El comerciante cree que todo esto es cierto porque “El Dios que creó todas las cosas hizo al patrón y al sirviente. Y está bien así”. Lo natural, o lo que parece natural, refleja entonces el carácter inmutable de la creación y no puede cambiar, no cambiará nunca. Por eso Brecht recela, desconfía y nos invita a desconfiar de todo lo que parece natural, inexplicable e incomprensiblemente natural. Para Brecht nada debe parecer imposible de cambiar.

A ORILLAS DEL RÍO IMPETUOSO
COOLI: Vamos bien, patrón. Lo que vemos ahí es el río Mir. En esta época suele cruzarse con facilidad, pero cuando las aguas crecen mucho, corre con fuerza y es peligroso. Y ahora hay corriente.
COMERCIANTE: Tenemos que llegar al otro lado.
COOLI: A veces hay que esperar una semana para cruzar sin peligro. Hacerlo ahora es jugarse la vida.
COMERCIANTE: Ya se verá. No
podemos esperar ni un solo día.
COOLI: Entonces tenemos que buscar un paso más estrecho, o un bote.
COMERCIANTE: Tardaríamos demasiado.
COOLI: Pero yo nado muy mal.
COMERCIANTE: El agua no está tan alta.
COOLI: (MIDIENDO CON UN
PALO): Me cubriría completamente.
COMERCIANTE: Una vez en el agua, nadarás, pues no tendrás otro remedio. ¿Te das cuenta? No ves las cosas como yo. ¿Por qué debemos ir a Urga? Tonto... ¿No lo entiendes, que se le hace un bien a la humanidad haciendo surgir petróleo del suelo? Cuando salga el petróleo, aquí habrá ferrocarriles y el bienestar se expandirá. Habrá pan, ropa y Dios sabe cuántas cosas más. ¿Y quién lo hará? Nosotros. Todo esto depende de nuestro viaje. Imagínate que las miradas del país entero están fijas en ti... en un hombre humilde... ¿Y aún vacilas en cumplir con tu deber?
COOLI: (QUIEN ASENTÍA RESPETUOSAMENTE CON LA CABEZA MIENTRAS HABLABA EL COMERCIANTE): Soy mal nadador.
COMERCIANTE : Yo también arriesgo mi vida. (EL COOLI ASIENTE CON RESPETO) No te entiendo. Impulsado por tu avaricia y por móviles mezquinos, no tienes ningún interés en llegar pronto a Urga, sino lo más más tarde posible. ¡Claro, cobras por día! Por eso el viaje en sí no te interesa. Sólo tu jornal.
COOLI (A ORILLAS DEL RÍO, C0MO VACILANDO): ¿Qué hacer? (CANTA): He aquí el río. / Cruzarlo es peligroso. /
En la orilla hay dos hombres. / Uno lo cruza, el otro vacila. / ¿Uno es valiente y el otro cobarde? / Más allá del río, pasado el peligro, / A uno le espera un negocio. / Con firmeza atraviesa la corriente, / Toma posesión de su propiedad / Y se regala con comida fresca. / Pero el otro, pasado el peligro, / Ha perdido el aliento y no atina a moverse. / Un nuevo peligro acecha al desgraciado. / ¿Son valientes los dos? / ¿Son sagaces los dos? / Juntos han conquistado al río, / Pero ahora hay un solo vencedor. / Tú y yo no es ahora lo mismo. / La batalla la ganamos juntos, / Pero tú me vences a mí. / Deja por lo menos que descanse medio día. / Estoy cansado de llevar la carga. / Descansando quizá logre llegar a la otra orilla.
***
El comerciante insiste en cruzar el río y el coolí insiste en ser prudente. No sabe nadar bien, está cansado y lleva sobre los hombros una pesada carga. Pero al comerciante no le importa. Y además es un excelente pedagogo. Le quitará el cansancio y el peso de la carga y lo enseñará a nadar bien a punta de revolver:
COMERCIANTE: Conozco una manera mejor: apoyaré en tu espalda el caño de mi revólver. ¿Apuestas algo a que cruzas el río? (LO EMPUJA DELANTE DE ÉL. HABLANDO CONSIGO MISMO): Mi dinero me hace temer a los bandidos y olvidarme del río. (Canta)

Así vence el hombre al río impetuoso. / El hombre se vence a sí mismo, / Para lograr el petróleo que la humanidad
necesita.

VI. CAMPAMENTO
ES DE NOCHE Y EL COOLI, QUE SE HA FRACTURADO EL BRAZO ATRAVESANDO EL RÍO, TRATA DE LEVANTAR LA CARPA. EL COMERCIANTE ESTÁ SENTADO.

COMERCIANTE: Te dije que no hace falta armar la carpa hoy, pues te has quebrado el brazo al cruzar el río. (EL COOLI SIGUE
TRABAJANDO EN SILENCIO). Si no te hubiera sacado del agua te habrías ahogado. (EL COOLI PROSIGUE SU TAREA). Aunque no sea mía la culpa del accidente. Lo mismo pudo golpearme el tronco a mí. De todos modos este percance te ha sucedido mientras viajabas conmigo. Llevo muy poco dinero, pero en Urga está mi banco y allí te recompensaré.

COOLI: Sí, patrón.

COMERCIANTE: ¡Qué respuesta más pobre! Todas sus miradas quieren convencerme de que lo he perjudicado. Estos coolís son una banda de taimados vengativos. (AL COOLI): Puedes acostarte. (SE ALEJA Y SE SIENTA A CIERTA DISTANCIA.) En realidad, el percance me afecta más a mí que a él. A esta gentuza le da igual estar sanos que lisiados. No ven más allá del borde de su plato. La naturaleza los hizo así y ellos se resignan. Se hacen a un lado ellos mismos, como nosotros arrojamos lo que nos sale mal. Sólo lucha el hombre que se ha realizado (CANTANDO.)
El hombre enfermo muere y el fuerte triunfa. / Y está bien así. / Se ayuda al hombre fuerte y al débil se lo ignora. / Y está bien así. / Deja caer al que cae y agárralo a puntapiés, / Pues está bien así. / El vencedor del combate ocupa su lugar en el festín, / Pues está bien así. / Y el cocinero tacha de su lista a los caídos, / Pues está bien así. / El Dios que creó todas las cosas hizo al patrón y al sirviente./ Y está bien así.
***
La regla de oro, como se sugiere en el Sermón de la Montaña, es la siguiente: “Hagan por los demás todo lo que les gustaría que hicieran por ustedes”. La regla de oro, como se diría en el Kamasutra, podría ser: “Hágales a otros lo que a usted le gustaría que le hicieran”. La regla de oro, según el refrán o dicho popular, es que quien tiene el oro pone la regla. El que tiene el revólver pone la regla. Pone todas la reglas. La excepción y la regla. Las reglas y las excepciones que dicta el poder, no las reglas naturales, sino los ordenamientos que nos oprimen y acogotan...
Eso es lo que estamos viendo en este viaje.




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sábado, 18 de septiembre de 2021

La excepción y la regla (2)

Pedro Conde Sturla

17 septiembre, 2021

El grupo de viajeros ha llegado con anticipación al puesto Han y el cargador está agotado, al borde del colapso, pero el comerciante se atribuye el mérito. Desborda energía, entusiasmo, soberbia. Se ve a sí mismo como el hombre fuerte del grupo. En su visión darwiniana de la sociedad, el cargador y el guía no son más que unos seres debiluchos y sin iniciativa propia, “¡Miserable chusma!”. En cambio él consigue todo lo que se propone.

Sin embargo, un pensamiento inquietante traiciona su exceso de confianza. Frente a ellos se extiende ahora “el desierto Jahí, totalmente deshabitado”, y en la soledad del desierto dependerá más que nunca de esos seres inferiores a los que ha venido maltratando durante el camino. Ensaya entonces una actitud conciliatoria para tratar de ganarse el aprecio de los hombres que desprecia. Por un momento fingirá o tratará de fingir ser una oveja, pero los colmillos se le notan desde que abre la boca, y el guía se da cuenta de que algo trama:

GUÍA: Desde que hablamos con los policías nuestro comerciante parece cambiado. Su tono es muy distinto, casi amistoso. Eso nada tiene que ver con el ritmo del viaje, ya que tampoco aquí, en esta última parada antes del desierto Jahí, nos detendremos para descansar. No sé cómo hacer para llevar al changador, tan agotado, hasta Urga. Esta cordialidad del comerciante me inquieta mucho. Temo que esté tramando algo. Anda mucho de un lado a otro, sumido en cavilaciones. Nuevos pensamientos, nuevas vilezas. Pero de todos modos el changador y yo tenemos que aguantarlo. De lo contrario no nos pagará y nos despedirá en mitad del desierto.

***
La hipócrita cordialidad del comerciante va de la mano con la intención de sembrar cizaña entre el cargador y el guía, pero mientras mayor empeño pone en el trámite, mayor desconfianza provoca:
COMERCIANTE: Sentémonos, amigo. ¿Por qué no te sientas? Un viaje como éste acerca a los hombres. Si no quieres, puedes quedarte de pie. Vosotros también tenéis vuestras costumbres. Yo generalmente no me siento contigo y tú, a tu vez, no lo haces con el changador. Sobre estas diferencias está construido el orden del mundo. Pero podemos fumar juntos... ¿o no? (SE RÍE) Eso es lo que me gusta de ti. Es también una especie de orgullo. Junta, pues, todo el equipaje y no te olvides del agua. Dicen que hay pocos pozos en el desierto. Además, amigo mío, quisiera prevenirte: ¿Viste cómo te miró el changador cuando lo trataste rudamente? Había algo en su expresión que no indicaba nada bueno. No obstante, deberás ser más enérgico con él los próximos días, pues tendremos que apurar la marcha. Y es haragán. La región hacia la que nos dirigimos es desierta y posiblemente allí muestre su verdadera cara. Razón suficiente para que él te odie. Harás bien en mantenerte alejado de él.

***
El guía lo escucha con recelo y finalmente lo rechaza. Al cabo de un rato, sin decir palabra, abandona su compañía y se reúne con el coolí, le ofrece tabaco y entabla con él una amena conversación:
COOLI- El comerciante dice siempre que hace un bien a la humanidad sacando petróleo de la tierra, que si se hace salir el petróleo del suelo, habrá trenes y se extenderá el bienestar. Dice que aquí mismo habrá trenes. ¿De qué viviré yo entonces?
GUÍA Tranquilízate. No habrá trenes tan pronto. Oí decir que cuando encuentran petróleo guardan el secreto. Al que tapa el pozo se le paga por callarse. Por eso se apura tanto el comerciante. No es petróleo lo que busca, sino el precio del silencio.

***
Sin que ninguno se dé cuenta, el comerciante escucha la conversación detrás de una puerta y malinterpreta todo lo que dicen. El comerciante no puede entender lo que sucede, no entiende lo que significa solidaridad de clase y se imagina que el guía está tratando de malograr el viaje:
COOLI ¿Es difícil de cruzar el río Mir?
GUÍA En esta época del año, generalmente no; pero cuando crecen las aguas, la corriente es tan fuerte que quien la cruza arriesga la vida.
COMERCIANTE: ¡Pero está hablando con el changador! Con él sí puede sentarse y fumar.
COOLI- ¿Qué se hace en estos casos?
GUÍA: A veces es necesario esperar una semana para pode cruzar sin peligro.
COMERCIANTE: ¡Qué descaro! Hasta le aconseja que se tome todo el tiempo que quiera y cuide bien su preciosa vida. Es un tipo peligroso. Incluso será capaz de defenderlo. No hay nada que hacer. No es hombre para esto... Si no le da por hacer algo peor. En suma, a partir de hoy van a ser dos contra uno. Es evidente que tiene miedo de tratar con fuerza a quien lleva bajo su mando, ahora que vamos a cruzar un paraje desolado. No tengo más remedio que quitarme de encima a ese individuo. (SE ACERCA AL LUGAR EN QUE SE HALLAN LOS OTROS DOS.) Te mandé controlar si se está haciendo bien el equipaje. Veamos si cumples mis órdenes. (TIRONEA DE LA CORREA DE EL BULTO HASTA QUE SE ROMPE.) ¿A esto llamas hacer bien un bulto? Una correa rota es un día perdido. Pero esto es justamente lo que quieres: parar.
GUÍA:Yo no quiero parar. Y la correa no se rompe si no se la tironea tanto.
COMERCIANTE: ¡Cómo! ¿Encima me contradices? ¿Se rompió o no la correa? Atrévete a decirme a a cara que no se ha roto. No se puede contar contigo para nada. He cometido un error al tratarte dignamente. Ninguno de los dos se lo merece. Un guía que no inspira respeto al personal no me sirve. Pareces más adecuado para changador que para guía. Hasta podría creeré que tratas de sublevar al personal.
GUÍA: ¿Por qué?
COMERCIANTE: Sí, eso es lo que quieres saber. Terminemos. Quedas despedido.
GUÍA: Pero usted no puede despedirme así, a mitad de camino.
COMERCIANTE: Puedes estar contento de que no presente mi queja en la agencia de colocaciones de Urga. Aquí tienes el salario que te corresponde hasta este punto.
***
Una vez despedido, el guía se acerca nuevamente al coolí para tratar de aconsejarlo, pero el coolí lo rechaza. A su manera, él también entiende que “el orden del mundo” está construido sobre unas diferencias insalvables, diferencias naturales que no deben ser transgredidas, y no quiere provocar la ira del comerciante. Adopta la sumisión como norma de vida:
GUÍA (AL COOLI): Cometí el error al sentarme a tu lado. Ten cuidado, ese hombre es malo. (LE ALCANZA SU BOTELLA DE AGUA). Guarda esta cantimplora como reserva. Escóndela. Si llegáis a perderos, con seguridad que te quitará la tuya. ¿Y cómo harías para encontrar la ruta? Te enseñaré el camino.
COOLI: Mejor no lo hagas. No debe oírte hablando conmigo. Si me despide, estoy perdido. Nada le obliga a pagarme, ya que no pertenezco a ningún sindicato, como tú. Puede hacerme cualquier cosa.
***
El comerciante se dirige ahora al tabernero para que le explique al coolí la forma de llegar a su destino. El tabernero le explicará al guía y el guía fingirá que entiende para no disgustar al comerciante. Todos los ingredientes de la tragedia están servidos:
COMERCIANTE: (AL TABERNERO): Entregue esta carta a la gente que llegará mañana aquí, en viaje hacia Urga. Yo proseguiré solo con mi changador.

TABERNERO: (ASIENTE CON LA CABEZA Y TOMA LA CARTA): Pero no es un guía...

COMERCIANTE (PARA SÍ): ¡Ah, así que entiende! Antes no quiso entender.. Conoce el asunto. No quiere ser testigo en estas cosas. (AL TABERNERO, RUDAMENTE): Indique a mi changador el camino a Urga. (EL TABERNERO SALE Y EXPLICA AL COOLI EL CAMINO A URGA. ESTE, A SU VEZ, ASIENTE CON LA CABEZA, VIVA Y REITERADAMENTE, EN SEÑAL DE COMPRENSIÓN.) Veo que habrá lucha. (SACA SU REVÓLVER Y LO LIMPIA, CANTANDO:)
El hombre débil perece y el fuerte triunfa.

¿Por qué la tierra debe entregar su petróleo? ¿Por qué el coolí debe cargar mi equipaje? Hay que luchar por el petróleo
contra la tierra y el coolí.

Y en esta lucha el lema será:

El hombre débil perece y el fuerte triunfa.
COMERCIANTE (AL COOLÍ: ¿Conoces el camino ahora?
COOLI: Sí, señor.
COMERCIANTE Andando, entonces.
EL COMERCIANTE Y EL COOLI SALEN. EL TABERNERO Y EL GUÍA LOS SIGUEN CON LA MIRADA.
GUÍA: No sé si mi colega entendió realmente. Tardó muy poco para comprender.

domingo, 12 de septiembre de 2021

La voz profunda del arte

Pedro Conde Sturla 

Creo que el arte y la historia se relacionan y se complementan armónicamente a través de los siglos. Nada vive fuera de la historia, ni siquiera la historia misma. Y el arte, fuera del contexto histórico, carece de significado, carece de asidero.

Lo que me pregunto es si el arte es. O si más bien ha sido y sigue siendo muchas cosas. Un sistema complejo de producción social de sentido desde la época de las cavernas, un ritual mágico, un instrumento de transformación social o tal vez algo "completamente inútil" como decía hipócritamente Oscar Wilde... 


En la finalidad del arte nunca he creído. El arte, en cuanto arte, no tiene deberes. Se lo impone un sistema de clases o se lo propone cada artista a su manera.


Lo cierto, lo que me parece innegable es que el arte, como dice Walter Binni de la poesía, “no es una flor que adorna y conforta la prosaica casa de los hombres, sino una voz profunda de sus problemas totales”. 


El hombre primitivo no sólo necesitaba pieles. Las pinturas rupestres, el bisonte herido y los cazadores de la cueva de Altamira dicen que tenía necesidad del arte para conseguir pieles y carne.


viernes, 10 de septiembre de 2021

La excepción y la regla (1)

Pedro Conde Sturla

10 septiembre, 2021

La excepción y la regla es uno de esos pequeños libros que cambian la vida de la gente. Cuenta la historia de un viaje y tres viajeros por la tierra de Gengis Kan, por una extraña Mongolia más o menos imaginaria, pero no tiene nada que ver con uno ni con otra. Es un viaje didáctico, al estilo de Bertolt Brecht, en el que siempre se enseña y se aprende algo. El viaje de un comerciante abusador y dos abusados. Un explotador y dos reventados.

Uno de los abusados es un guía que conoce la región y el otro es un changador, una especie de bestia de carga, uno de esos seres llamados coolí o culí. Es decir, el término despectivo con el que se designaba a los trabajadores oriundos de China, India y otros países asiáticos. Los mismos que murieron por millares durante la construcción del primer ferrocarril transcontinental de Estados Unidos y en la construcción del Canal de Panamá.

El hecho es que al comerciante le urge llegar a la ciudad de Urga (Ulán Bator) para reclamar una jugosa concesión petrolera y no puede permitir que nadie se le adelante si no quiere perder el negocio. Ha contratado al guía y al cargador, sin los cuales no podría realizar la peligrosa travesía, pero la única manera que se le ocurre para apresurar el viaje es maltratarlos sin cesar. Los maltrata con insultos, con golpes, con el desprecio que lo convierte a sí mismo en despreciable. Con el manifiesto desprecio de un hombre despreciable.

Lo que pretende descaradamente Bertolt Brecht desde el inicio es que observemos “con atención la conducta de esta gente” durante el viaje. Una conducta que podrá parecer “rara, pero admisible, / Inexplicable, aunque común, / Incomprensible, mas dentro de las reglas”.

Lo que pretende el taimado subvertidor del orden establecido es algo antisocial. Pretende que aprendamos a desconfiar “del acto más trivial y en apariencia sencillo”. Pretende que examinemos, “sobre todo, lo que parezca habitual”. Suplica expresamente que no aceptemos “lo habitual como una cosa natural”.

El ateo y disociador Bertolt Brecht jura y perjura que “en tiempos de desorden sangriento, / De confusión organizada, / De arbitrariedad consciente, / De humanidad deshumanizada, / Nada debe parecer natural, / Nada debe parecer imposible de cambiar”.

Aparentemente quiere decirnos que las cosas habituales, las cosas que se hacen y deshacen diariamente no son, por habituales, necesariamente naturales. En las películas del oeste parece habitual y natural que los vaqueros maten a los indios, pero esto es solamente habitual, no natural. Tampoco es natural que haya tanta gente pobre. Todo esto es habitual, no natural. No es natural ser pobre. No es natural que los negros feos sean los malos de la película y los blancos bonitos sean los buenos. No es natural la explotación del hombre por el hombre y mucho menos la esclavitud. Es solamente habitual. Aberrantemente habitual.
Todo o casi todo en La excepción y la regla invita a reflexionar, a pensar y repensar de una manera distinta sobre estas cosas habituales y naturales. Nos invita, reiteradamente, a que examinemos, “sobre todo, lo que parezca habitual”. Suplica expresamente que no aceptemos “lo habitual como una cosa natural”:

I
CARRERA EN EL DESIERTO UNA PEQUEÑA EXPEDICIÓN
MARCHA APRESURADAMENTE POR EL DESIERTO.
COMERCIANTE (A SUS DOS ACOMPAÑANTES, EL GUÍA Y EL COOLI QUE LLEVA EL EQUIPAJE): Rápido, haraganes; pasado mañana tenemos que llegar al puesto Han. Cueste lo que cueste debernos lograr un día de ventaja. (AL PUBLICO.) Soy el comerciante Karl Langman y viajo a Urga para ultimar los detalles de una concesión. Detrás vienen mis competidores. El que llegue primero cierra el trato. Gracias a mi astucia, a mi energía para vencer dificultades y a mi mano dura con el personal, logré recorrer la distancia en la mitad del tiempo habitual. Lamentablemente, mis competidores desarrollan igual velocidad. (MIRA HACIA ATRÁS CON SU ANTEOJO LARGAVISTA.) ¡Vean un poco, otra vez pisándonos los talones! (AL GUIA.) ¿Por qué no apuras al changador? Te empleé para eso, pero vosotros queréis pasear a costa mía... ¿Sabes cuánto me cuesta este viaje? Claro, el dinero no es vuestro. Si no colaboráis conmigo, me quejaré en Urga a la agencia de colocaciones.
GUÍA: (AL CHANGADOR): Vamos, camina más rápido.
COMERCIANTE: No hablas como es debido, nunca serás un verdadero guía. Debí tomar uno más caro. Están acortando distancia a cada momento. ¡Pégale de una vez! No soy amigo de los golpes, pero ahora son necesarios. Si no llego primero, estoy arruinado. Empleaste de changador a tu propio hermano. Confiésalo. Es pariente tuyo y por eso no le pegas. ¡Si los conoceré yo...! Crueldad les sobra. ¡Pégale o te despido! Luego podrás reclamar tu salario ante la justicia. ¡Por amor de Dios, que nos alcanzan!
COOLI (AL GUIA): Pégame, pero no con todas tus fuerzas, porque si debo llegar al puesto Han tengo que ahorrar energías. EL GUÍA GOLPEA AL COOLI
GRITOS DESDE ATRÁS: Hola, ¿es este el camino a Urga? ¡Somos gente de paz! ¡Espérennos!
COMERCIANTE (NO RESPONDE NI TAMPOCO SE DA LA VUELTA): ¡Que el demonio se los lleve! ¡Adelante! Serán tres días de apurar a mi gente, los dos primeros con injurias, el tercero prometiendo que en Urga todo se arreglará. Mis competidores no dejan de pisarme los talones, pero durante la segunda noche no pienso detenerme. Así me habrán perdido de vista. (CANTA):
El no haber dormido me dio ventaja.
Apurarlos me hizo adelantar.
El hombre débil se queda atrás
y el fuerte llega primero.

xxx
El comerciante, por lo que puede verse, es todo un filósofo. Un hombre superior, enérgico, que se mira a sí mismo con ojos de gigante. Siente que está por encima de sus semejantes, a los que considera quizás poco menos que hormigas:

II
AL FINAL DE LA RUTA TRANSITADA
COMERCIANTE (FRENTE AL PUESTO HAN): Henos aquí en el puesto Han. Gracias a Dios llegué un día antes que cualquier otro. Mis hombres están exhaustos. Además se sienten amargados, no sirven para batir records. No saben luchar. ¡Miserable chusma! Naturalmente, no se atreven a decir nada, pues gracias a Dios existe aun la policía para mantener el orden.
DOS POLICIAS (SE ACERCAN): ¿Todo bien, señor? ¿Está satisfecho con el camino? ¿Conforme con el personal?
COMERCIANTE: Todo en orden. Hice el viaje en tres días, en lugar de cuatro. El camino es miserable, pero yo consigo lo que me propongo. ¿En qué estado se encuentra la ruta a partir de aquí? ¿Qué viene ahora?
LOS POLICÍAS: Ahora, señor, viene el desierto Jahí, totalmente deshabitado.
COMERCIANTE: ¿Se puede lograr escolta policial?
LOS POLICÍAS (ALEJÁNDOSE): No, señor, somos la última patrulla que encontrará.



sábado, 4 de septiembre de 2021

Jaula de pájaros 1-2)

 Pedro Conde Sturla 


(1)

La gente me contaba que lo veía con cierta frecuencia bebiendo tragos dentro de una jaula de pájaros que había construido alrededor de un árbol, una jaula grande que arropaba el árbol y que al parecer era su sitio favorito para tomarse sus tragos. Allí permanecía durante horas, dentro de aquella jaula enorme, y a veces durante días soñando con la novia de quince años que había dejado en Arenzano. Era una jaula de tela metálica hexagonal, lo que llamábamos entonces alambre de gallinero, que había fabricado él solito cuando todavía tenía fuerzas y de la cual no volvió a salir desde la última vez que su mujer se fue para siempre, dejando el rancho con todas las puertas y las ventanas abiertas. A él no pareció importarle cuando la vió partir con sus baúles repletos de ropa francesa y un montón de cachivaches que nunca había desempacado. Ni siquiera le dijo adiós cuando ella lo miró para despedirse con aquella expresión de tristeza y reproche que tanto le conocía. Pensó que volvería como otras veces al cabo de pocos meses de haberse ido para siempre y no le dió mayor importancia. Pero ella no volvería. Se había cansado de volver.

A partir de entonces perdió como quien dice la voluntad, las ganas de vivir o de estar vivo, se abandonó a su suerte, se abandonó cada vez más a los tragos, a su garrafa de aguardiente, y se abandonaba cada vez más a sus pensamientos. Pensar era lo único que hacía, se dejaba llevar como las olas hacia las más lejanas tierras. Regresaba de nuevo a las arenas de Arenzano a buscar la novia que nunca había vuelto a escribirle y que se había casado —después de jurarle amor eterno— dos semanas después de su partida.

La gente del lugar le pasaba la comida y le pasaba una cubeta para que hiciera sus necesidades y le pasaba agua para que se bañara todos los días y le pasaban noticias para que estuviera enterado de lo que estaba sucediendo en el mundo. En la jaula convivía con gallinas y palomas y otras aves silvestres que entraban y salían porque eran más pequeñas y se colaban por los agujeros que se iban haciendo en la malla con el paso del tiempo. Venían por la comida y por la compañía, pero al atardecer regresaban a sus nidos. Las cotorras y pericos se mantenían alborotando por los alrededores y hacían un ruido endemoniado, pero a él parecía no importarle. Nada parecía importarle, en apariencia, vivía por rutina, por costumbre, por la insana costumbre de vivir. Pero su mundo interior estaba en constante ebullición, allí vivía intensamente toda la vida que había vivido, viajaba de nuevo y revivía, con extraordinaria minucia de detalles, todos los viajes que había viajado, leía y releía todos los libros que había leído, amaba y desamaba todas las mujeres que había conocido. Volvía a pelear todas sus guerras y amores...
Dormía generalmente en una hamaca que era la misma que le servía de asiento durante el día, pero de vez en cuando
pernoctaba en el árbol que era frondoso y desaparecía durante días entre el follaje. Cuando llovía se refugiaba en un extraño hueco del tronco que casi no se veía desde afuera y donde no parecía caber una persona. Alguna gente decía que el agujero era engañoso, que una vez que se entraba era espacioso y acogedor y aunque nadie había entrado había muchos que juraban que estaba amueblado, que tenía cama para dormir y un escritorio para escribir y una cocina para cocinar, un espacio bastante amplio donde podía caber una familia.

Lo más extraño era que de vez en cuando se escuchaba música y se escuchaba ruido y se escuchaban voces como de mucha gente, como si se tratara de una fiesta en un inmenso salón de baile, una enorme sala de recepción. Nadie veía a la gente cuando entraba ni cuando salía. Sólo en una ocasión, en horas de la madrugada, alguien vio o creyó ver a una docena de encopetados personajes, borrachos y en traje de gala, que se alejaban del lugar dando tumbos y riendo a carcajadas, pero nadie más pudo confirmarlo. Otros escucharon trompetas y saxofones y todos los instrumentos de una o dos orquestas que amenizaban una fiesta multitudinaria. La verdad es que en aquellos montes se escuchaba un poco de todo, incluyendo los aullidos de las ciguapas y a veces la voz de Dios.

(2)

La vida era un espacio vacío entre dos tragos. Era, como quien dice, un quedarse mirando la sabana todo el día, viendo sin ver las cosas, sumergido en su mundo de fantasmas cordiales y borrachos. Algo así como un limbo, un trasoñar continuo. Un sueño y un trasueño.

Lo vida, casi toda la vida que vivía, se le había convertido en una permanente modorra existencial, en una especie de rutina gelatinosa y mecánica y tediosa. Era el compás de espera, entre una copa y otra, lo único que parecía tener sentido. Un compás de espera sin nada que esperar, con la garrafa al lado, su garrafa de agua, más ardiente que agua. El agua torrencial que desbordaba sus aguas interiores, su mundo interior en constante ebullición dónde vivía otra vida.

Había espaciado los intervalos entre un sorbo y otro sorbo poco a poco, lo suficiente como para mantenerse en aquel estado de ingravidez que le permitía soportar la realidad sin aturdirlo, una especie de láudano cordial para la mente. Nunca se embriagaba, pero nunca estaba sobrio.

Nadie entendía lo que pasaba ni volvería a entenderlo. Desde pequeño sabía que querer demasiado era dañino, que hacía un daño terrible, que todo lo que amas y te hace feliz conlleva aparejado más tarde que temprano o más temprano que tarde un gran dolor. Había tratado inútilmente de aprender a no querer.
Pero desde la última vez que su mujer se fue por última vez para siempre, se hundió en la depresión.

El rancho también se hundió en otro tipo de depresión, en un abismo. Había quedado en el desamparo, sumido en la indolencia, en la peor de las tristezas, y había empezado a perder hasta los vestigios de su pasado esplendor. Sus puertas y ventanas abiertas quedaron expuestas a la inclemencia del viento —el golpeteo con el que castigaba día y noche—, y se arruinó la pintura de las paredes y el techo. Terminó, en fin, el pobre rancho, convirtiéndose en una ruina, en un animal prehistórico, algo que parecía estar muriéndose con sus bocas abiertas.

En principio sirvió de refugio a todo tipo de alimañas y animales domésticos, pero después se había ido convirtiendo en alojamiento de criaturas indeseables que abandonaban el monte en tiempos de lluvia y que la gente prefería no mencionar. Eran criaturas malignas que rompieron por puro gusto las camas, los sillones, los trastes de cocina, las cortinas. Lo rompieron todo hasta que un día entraron por equivocación a la habitación de los espejos, que estaba sellada a cal y canto, y huyeron entonces despavoridas.

Aún así, la gente le cogió ojeriza al rancho. Toda la gente de los alrededores le cogió miedo y ojeriza al rancho y abandonó los cultivos, el sembradío. Incluso dejó de entrar a los bosques de cacao después que las culebras empezaron a chuparse la sangre de los gatos y los puercos cimarrones. Culebras y otros engendros probablemente.

La gente sólo se acercaba al lugar, a la jaula de pájaros, por pura pena, para traerle agua y comida. Para traer noticias que generalmente eran malas. Para decir quizás que habían visto a los guardias merodeando. Para verlo en su hamaca dormitando o durmiendo o quizás muerto.

El agua y la comida la dejaban en la puerta de la jaula, saludaban de lejitos y se iban. De la garrafa no se ocupaba nadie. Por alguna razón, la garrafa estaba siempre bien provista de aguardiente.

La mayoría le tenía un cierto miedo o por lo menos un respeto reverencial. Muy pocos venían a saludar, a preguntar por agradecimiento o caridad si necesitaba algo y se retiraban enseguida. Decían que se entendía con las ánimas, que hablaba con los difuntos en un idioma difunto y que a sus fiestas sólo asistían las ánimas del purgatorio. Juraban que se entendía con alguien, que en el tronco del árbol tenía mudada una querida y que este había sido el motivo de su separación. Así que la mujer lo había dejado porque sospechaba una infidelidad, no porque la estaba matando la indiferencia.

El compás de espera, si acaso esperaba algo, era monótono y terrible en aquel lugar inhabitable, pero a veces la voz de Dios recorría aquella desolación, la miseria de esos campos donde todo escaseaba menos el hambre. A veces, con la voz de Dios venían los guardias. Lo acusaron una vez de leer libros, de leer y tener libros. Y sobre todo de tener libros extranjeros, a pesar de que era un extranjero. Lo acusaron otra vez de estar conspirando, de tener una escondite bajo el árbol. Otra vez vinieron en búsqueda de una destilería clandestina. Lo amenazaron con allanar el árbol, pero no se atrevieron. Alguien había oído decir que en una ocasión ya lo habían hecho, que muchos habían entrado y nadie había salido.

Pero él permanecía impertérrito en su hamaca, ajeno a todas las voces, salvo las de su conciencia. Regresaba de nuevo con el pensamiento a su playa de Arenzano en busca de aquella novia juvenil que se había casado con otro dos semanas después de haberle jurado amor eterno. Entre un sorbo y otro sorbo de aguardiente, esperaba también que su mujer volviera del lugar donde se encontraba después de haberse ido por última vez para siempre.


Jaula de pájaros (2 de 2)

Pedro Conde Sturla

3 septiembre, 2021

La vida era un espacio vacío entre dos tragos. Era, como quien dice, un quedarse mirando la sabana todo el día, viendo sin ver las cosas, sumergido en su mundo de fantasmas cordiales y borrachos. Algo así como un limbo, un trasoñar continuo. Un sueño y un trasueño.

Lo vida, casi toda la vida que vivía, se le había convertido en una permanente modorra existencial, en una especie de rutina gelatinosa y mecánica y tediosa. Era el compás de espera, entre una copa y otra, lo único que parecía tener sentido. Un compás de espera sin nada que esperar, con la garrafa al lado, su garrafa de agua, más ardiente que agua. El agua torrencial que desbordaba sus aguas interiores, su mundo interior en constante ebullición dónde vivía otra vida.

Había espaciado los intervalos entre un sorbo y otro sorbo poco a poco, lo suficiente como para mantenerse en aquel estado de ingravidez que le permitía soportar la realidad sin aturdirlo, una especie de láudano cordial para la mente. Nunca se embriagaba, pero nunca estaba sobrio.

Nadie entendía lo que pasaba ni volvería a entenderlo. Desde pequeño sabía que querer demasiado era dañino, que hacía un daño terrible, que todo lo que amas y te hace feliz conlleva aparejado más tarde que temprano o más temprano que tarde un gran dolor. Había tratado inútilmente de aprender a no querer.
Pero desde la última vez que su mujer se fue por última vez para siempre, se hundió en la depresión.

El rancho también se hundió en otro tipo de depresión, en un abismo. Había quedado en el desamparo, sumido en la indolencia, en la peor de las tristezas, y había empezado a perder hasta los vestigios de su pasado esplendor. Sus puertas y ventanas abiertas quedaron expuestas a la inclemencia del viento —el golpeteo con el que castigaba día y noche—, y se arruinó la pintura de las paredes y el techo. Terminó, en fin, el pobre rancho, convirtiéndose en una ruina, en un animal prehistórico, algo que parecía estar muriéndose con sus bocas abiertas.

En principio sirvió de refugio a todo tipo de alimañas y animales domésticos, pero después se había ido convirtiendo en alojamiento de criaturas indeseables que abandonaban el monte en tiempos de lluvia y que la gente prefería no mencionar. Eran criaturas malignas que rompieron por puro gusto las camas, los sillones, los trastes de cocina, las cortinas. Lo rompieron todo hasta que un día entraron por equivocación a la habitación de los espejos, que estaba sellada a cal y canto, y huyeron entonces despavoridas.

Aún así, la gente le cogió ojeriza al rancho. Toda la gente de los alrededores le cogió miedo y ojeriza al rancho y abandonó los cultivos, el sembradío. Incluso dejó de entrar a los bosques de cacao después que las culebras empezaron a chuparse la sangre de los gatos y los puercos cimarrones. Culebras y otros engendros probablemente.

La gente sólo se acercaba al lugar, a la jaula de pájaros, por pura pena, para traerle agua y comida. Para traer noticias que generalmente eran malas. Para decir quizás que habían visto a los guardias merodeando. Para verlo en su hamaca dormitando o durmiendo o quizás muerto.

El agua y la comida la dejaban en la puerta de la jaula, saludaban de lejitos y se iban. De la garrafa no se ocupaba nadie. Por alguna razón, la garrafa estaba siempre bien provista de aguardiente.

La mayoría le tenía un cierto miedo o por lo menos un respeto reverencial. Muy pocos venían a saludar, a preguntar por agradecimiento o caridad si necesitaba algo y se retiraban enseguida. Decían que se entendía con las ánimas, que hablaba con los difuntos en un idioma difunto y que a sus fiestas sólo asistían las ánimas del purgatorio. Juraban que se entendía con alguien, que en el tronco del árbol tenía mudada una querida y que este había sido el motivo de su separación. Así que la mujer lo había dejado porque sospechaba una infidelidad, no porque la estaba matando la indiferencia.

El compás de espera, si acaso esperaba algo, era monótono y terrible en aquel lugar inhabitable, pero a veces la voz de Dios recorría aquella desolación, la miseria de esos campos donde todo escaseaba menos el hambre. A veces, con la voz de Dios venían los guardias. Lo acusaron una vez de leer libros, de leer y tener libros. Y sobre todo de tener libros extranjeros, a pesar de que era un extranjero. Lo acusaron otra vez de estar conspirando, de tener una escondite bajo el árbol. Otra vez vinieron en búsqueda de una destilería clandestina. Lo amenazaron con allanar el árbol, pero no se atrevieron. Alguien había oído decir que en una ocasión ya lo habían hecho, que muchos habían entrado y nadie había salido.

Pero él permanecía impertérrito en su hamaca, ajeno a todas las voces, salvo las de su conciencia. Regresaba de nuevo con el pensamiento a su playa de Arenzano en busca de aquella novia juvenil que se había casado con otro dos semanas después de haberle jurado amor eterno. Entre un sorbo y otro sorbo de aguardiente, esperaba también que su mujer volviera del lugar donde se encontraba después de haberse ido por última vez para siempre.

viernes, 27 de agosto de 2021

Jaula de pájaros

Pedro Conde Sturla

27 agosto, 2021

La gente me contaba que lo veía con cierta frecuencia bebiendo tragos dentro de una jaula de pájaros que había construido alrededor de un árbol, una jaula grande que arropaba el árbol y que al parecer era su sitio favorito para tomarse sus tragos. Allí permanecía durante horas, dentro de aquella jaula enorme, y a veces durante días soñando con la novia de quince años que había dejado en Arenzano. Era una jaula de tela metálica hexagonal, lo que llamábamos entonces alambre de gallinero, que había fabricado él solito cuando todavía tenía fuerzas y de la cual no volvió a salir desde la última vez que su mujer se fue para siempre, dejando el rancho con todas las puertas y las ventanas abiertas. A él no pareció importarle cuando la vió partir con sus baúles repletos de ropa francesa y un montón de cachivaches que nunca había desempacado. Ni siquiera le dijo adiós cuando ella lo miró para despedirse con aquella expresión de tristeza y reproche que tanto le conocía. Pensó que volvería como otras veces al cabo de pocos meses de haberse ido para siempre y no le dió mayor importancia. Pero ella no volvería. Se había cansado de volver.

A partir de entonces perdió como quien dice la voluntad, las ganas de vivir o de estar vivo, se abandonó a su suerte, se abandonó cada vez más a los tragos, a su garrafa de aguardiente, y se abandonaba cada vez más a sus pensamientos. Pensar era lo único que hacía, se dejaba llevar como las olas hacia las más lejanas tierras. Regresaba de nuevo a las arenas de Arenzano a buscar la novia que nunca había vuelto a escribirle y que se había casado —después de jurarle amor eterno— dos semanas después de su partida.

La gente del lugar le pasaba la comida y le pasaba una cubeta para que hiciera sus necesidades y le pasaba agua para que se bañara todos los días y le pasaban noticias para que estuviera enterado de lo que estaba sucediendo en el mundo. En la jaula convivía con gallinas y palomas y otras aves silvestres que entraban y salían porque eran más pequeñas y se colaban por los agujeros que se iban haciendo en la malla con el paso del tiempo. Venían por la comida y por la compañía, pero al atardecer regresaban a sus nidos. Las cotorras y pericos se mantenían alborotando por los alrededores y hacían un ruido endemoniado, pero a él parecía no importarle. Nada parecía importarle, en apariencia, vivía por rutina, por costumbre, por la insana costumbre de vivir. Pero su mundo interior estaba en constante ebullición, allí vivía intensamente toda la vida que había vivido, viajaba de nuevo y revivía, con extraordinaria minucia de detalles, todos los viajes que había viajado, leía y releía todos los libros que había leído, amaba y desamaba todas las mujeres que había conocido. Volvía a pelear todas sus guerras y amores...
Dormía generalmente en una hamaca que era la misma que le servía de asiento durante el día, pero de vez en cuando
pernoctaba en el árbol que era frondoso y desaparecía durante días entre el follaje. Cuando llovía se refugiaba en un extraño hueco del tronco que casi no se veía desde afuera y donde no parecía caber una persona. Alguna gente decía que el agujero era engañoso, que una vez que se entraba era espacioso y acogedor y aunque nadie había entrado había muchos que juraban que estaba amueblado, que tenía cama para dormir y un escritorio para escribir y una cocina para cocinar, un espacio bastante amplio donde podía caber una familia.

Lo más extraño era que de vez en cuando se escuchaba música y se escuchaba ruido y se escuchaban voces como de mucha gente, como si se tratara de una fiesta en un inmenso salón de baile, una enorme sala de recepción. Nadie veía a la gente cuando entraba ni cuando salía. Sólo en una ocasión, en horas de la madrugada, alguien vio o creyó ver a una docena de encopetados personajes, borrachos y en traje de gala, que se alejaban del lugar dando tumbos y riendo a carcajadas, pero nadie más pudo confirmarlo. Otros escucharon trompetas y saxofones y todos los instrumentos de una o dos orquestas que amenizaban una fiesta multitudinaria. La verdad es que en aquellos montes se escuchaba un poco de todo, incluyendo los aullidos de las ciguapas y a veces la voz de Dios.