sábado, 5 de febrero de 2022

El círculo del poder (9): La danza de los favoritos

Pedro Conde Sturla

4 febrero, 2022

Los llamados tres golpes de la era de Trujillo

Entre 1938 y 1944 —como Presidente del Comité Central del Partido Dominicano— Paíno Pichardo se convirtió en la mano derecha de la bestia, el favorito indiscutible de la bestia. Durante ese período tuvo en sus manos la poderosa maquinaria del partido más poderoso del país, el único del país. Un partido que estaba presente en todos los rincones, que llegaría a tener en su mejor momento una cifra millonaria de afiliados y docenas de juntas provinciales, comunales y municipales. Un partido omnipresente en el paisaje urbano y rural.

Algunas de las funciones más importantes que desempeñaban los miembros del Partido Dominicano consistían en promover el culto a la personalidad de la bestia, promover elecciones y reelecciones a favor de la bestia, organizar actos a favor de la bestia, hacer cualquier tipo de propaganda a favor de la bestia, organizar desfiles en honor a la bestia, publicidad a favor de la bestia, exaltar a la bestia, adular a la bestia, adorar sin misericordia a la bestia por sobre todas las cosas. Pero asimismo, el Partido Dominicano era parte del mecanismo de represión, vigilancia, espionaje, parte del mecanismo de regulación del consenso social, parte de la maquinaria de coerción y terror de la bestial tiranía.

Para la realización de sus importantes labores recibía la contribución involuntaria del diez por ciento de los sueldos de los empleados públicos. Además, ser miembro del Partido Dominicano no era una opción, era una obligación. Para los dominicanos mayores de edad era indispensable tener siempre a mano la “palmita” (el carnet de miembro del Partido Dominicano con la foto de Trujillo y una palma), al igual que la cédula personal de identidad y otro carnet del servicio militar obligatorio. Eran los llamados tres golpes, que la guardia pedía en cualquier esquina, con los que atosigaba sobre todo a los habitantes de pueblos pequeños y de las zonas rurales. La falta de estos documentos acarreaba penas de prisión que constituían un lucrativo negocio.

A pesar de su buen desempeño al frente del Partido Domicano, Paíno sufrió una abrupta e inesperada caída en 1945, cayó de golpe, cayó de mala manera a causa de una intriga que a juicio de Crassweller fue orquestada por Peña Batlle, quien era secretario de Estado de Relaciones Exteriores y por Vicente Sánchez Lustrino, director del vespertino La Nación. Paíno fue destituido de su alta posición y de su alta remuneración como presidente del Partido Dominicano y reposicionado en un cargo menor, pero no tardaría en volver a la gracia del poder con un flamante nombramiento de Secretario de Estado de la Presidencia en 1946, y en el enfrentamiento con Peña Batlle y Sánchez Lustrino se saldría con la suya. Mientras tanto, su amigo y canchanchán, su compinche Cucho Álvarez Pina pasó a ocupar su lugar como presidente del Partido Dominicano.

Dice Crassweller que poco tiempo después de la destitución de Paíno, Peña Batlle y Sánchez Lustrino fueron asignados a cargos en el extranjero y que cuando regresaron fueron recibidos por una ingrata sorpresa. De hecho, para Sánchez Lustrino resultó ser la más amarga de las sorpresas. Por iniciativa de Paíno, se había puesto en marcha una investigación sobre el manejo de las finanzas de La Nación, las finanzas del periódico que Sánchez Lustrino dirigía. Para peor, Sánchez Lustrino sufría de una afección cardíaca —tenía corazón, después de todo—y durante el proceso fue sometido a fuertes emociones. Por un momento logró salir airoso. Fue descargado, pero el trámite había sido superior a sus fuerzas. El corazón también se le descargó y dejaría de latir al cabo de una semana.

Peña Batlle recibiría otro tipo de sorpresa, que también le supo amarga, pero no fue una sorpresa letal, aunque pudo haber sido. Muy pronto se vería sometido a la máxima humillación, a un castigo tan denigrante como no se había soñado en sus peores sueños. Peña Batlle —todos lo sabían—, era un antihaitiano furioso, un antihaitiano enfermizo, patológicamente antihaitiano. Alguien que sufría —según dice Crassweller— de violentas pulsiones o tensiones emocionales, tensiones incontrolables que se desataban en cuanto le mencionaban algo que tuviera que ver con Haití o con las creencias religiosas haitianas o con los animales y dioses del panteón haitiano. La palabra culebra (y las culebras mismas), le producían un problema especial, una incurable repulsión. Todo lo que tenía que ver con Haití lo sacaba de quicio... Y he aquí que, de repente, el día que menos pensaba, a finales de 1946, le llegó un nombramiento y no cualquier nombramiento. El de Embajador en Haití. Dicen que Peña Batlle no lo podía creer y quizás nunca lo creyó, pero la bestia lo nombró, lo conminó, lo obligó a aceptar el nombramiento de Embajador en Haití, y Peña Batlle tuvo que desempeñar de alguna manera el cargo de Embajador en Haití, aunque no por mucho tiempo.

Paíno disfrutaría su venganza, por supuesto, y su regreso a la cúspide del poder. Disfrutó por lo menos durante un año. En el mes de junio de 1947 cayó de nuevo en caída libre, cayó hasta fondo, como dice Crassweller, hasta la humilde condición de Inspector de embajadas y legaciones. Pero Paíno era un tipo pragmático, acomodaticio. Un cargo en el Gobierno era siempre un cargo y era mejor que nada, ya volvería a subir y volvería a bajar

Paíno subiría y caería, en efecto, y volvería a subir y a caer, pero se mantendría en el favor de la bestia hasta el final. Alguna vez sería, entre muchas otras cosas, presidente del Consejo Administrativo de Ciudad Trujillo, y cuando ajusticiaron a la bestia el día 30 de mayo de 1961 era senador da la República.
(Historia criminal del trujillato [74])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

El “cuchipaineo” de Hipólito y Danilo, las obras públicas y la JCE
https://prensalibrenagua.blogspot.com/2016/10/el-cuchipaineo-de-hipolito-y-danilo-las.html

José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).




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domingo, 30 de enero de 2022

En busca de Juan Pablo Duarte

05-08-2012 

Una reflexión de Antonio Thomen sobre la vida del Padre de la Patria

[Cedo hoy la palabra a un personaje de mi más alta estima, el Doctor ANTONIO THOMEN, nacido hace casi 80 años, impresor durante cuatro  décadas al frente de su Impresora Nacional, abogante, pero no abogado, como él mismo se define, exiliado, diplomático, relacionista público, bioconservacionista, duartiano a carta cabal y defensor de causas perdidas.

Thomen es autor de varios ensayos, entre los que se cuentan: “El Sol: Fuente de Vida”,  “En Defensa de la Naturaleza”, “Matrimonio, Divorcio y Nulidad”, “El Poder y el Veneno”,  “Consejos que me dio mi padre: la Cartilla Esencial” (1995-1996), del que se han vendido siete mil ejemplares, y  “Un Manual para la Vida: Compendio de  Sabiduría Universal” (2009), que considera su obra cumbre.

Desde hace quince años Antonio Thomen colabora con el Instituto Duartiano en la tarea de divulgar la vida, ideales y obra de quien considera “ideólogo y fundador de nuestra Nación: el más virtuoso de los paradigmas que ha parido esta tierra, el inmortal Juan Pablo Duarte”, al cual dedica tan oportunamente en estos días de celebraciones fatuas su enjundioso y apasionado artículo “En busca de Juan Pablo Duarte”. PCS]

Antonio Thomen

La ley suprema del Pueblo Dominicano es y será siempre su existencia política como nación libre e independiente de toda dominación, protectorado, interferencia e influencia extranjera”.

J. P.D. Proyecto de Ley Fundamental.

La Historia Universal escrita está plagada de errores, omisiones, fantasías, anacronismos, falsedades, lagunas y aberraciones; y nuestro país no es la excepción. No obstante el corto tiempo de su existencia, abundan casos y se mantienen mitos. Los hay, y abundantes, relativos a Juan Pablo Duarte, de quien nos ocupa el presente comentario.

Sobre el Fundador de la República se han publicado no menos de una docena de biografías, cientos de ensayos y numerosos artículos, elegías y poemas. En una bibliografía que estamos elaborando, hemos alcanzado hasta 84 páginas, y todavía faltan muchas. Los seguidores de los principios y del ideario de Duarte continúan llenando cuartillas. En realidad, hemos estado dando vueltas como el mastín que trata de morderse la cola. Siempre hemos tenido la sensación de que algo falta en relación con su gloriosa y a la vez infortunada vida.

Todavía hay quienes dudan de sus virtudes y piensan que nuestro progenitor no es él, sino que es Pedro Santana y Familia, o Francisco del Rosario Sánchez, o aún Gregorio Luperón. Se discute sobre su carácter, su valentía, su hombría y hasta su status económico.   En el siglo XX apareció un funesto personaje que los aduladores de siempre titularon “Padre de la Patria Nueva”. Subsisten grandes incógnitas y contradicciones sobre la vida y las ejecutorias de nuestro Padre Fundador. Hay nebulosas que es preciso aclarar.

Muchos de sus autoproclamados adeptos, son en realidad orcopolitas* solapados, o sean los retrógrados que admiran las “hazañas” de Santana, Báez, Heureaux y Trujillo. En consecuencia, el culto a nuestro prócer no puede limitarse a una triste eucaristía una vez al año, a una ofrenda floral ante la urna que contiene sus huesos convertidos en polvo,  en una ridícula nota de prensa, o en un panegírico que se repite monótonamente. Es preciso hurgar, descubrir y discutir la trayectoria de dignidad y soberanía de nuestro principal Héroe Nacional. Hay que escarbar y revelar los misterios de su psiquis, el porqué de su prolongado retiro como cenobita en los confines de la selva amazónica. ¿Es cierto

que, como afirma Joaquín Balaguer en El Cristo de la Libertad, “no conoció mujer”. ¿Sufrió períodos de melancolía, como afirman algunos psiquiatras?  ¿Era un cobarde? como alegan sus detractores. ¿Era acaudalado en Venezuela?  ¿Es Duarte nuestro único y verdadero Padre de la Patria? como afirma Juan Isidro Jimenes Grullón.

Falta de documentación.- Cuenta Rosa, su hermana y cronista, que en su destierro el prócer pidió le enviasen sus documentos privados, pero un familiar los incineró temiendo que cayesen en manos enemigas. Existe un oscuro episodio que cuenta de un caballero que tomó un legajo de sus papeles a título de préstamo y aún se ignora su destino final. Inclusive, hoy día ofrecen en venta manuscritos del Patricio. Don Mariano Lebrón recopiló en un pequeño volumen aquellos que pudo recoger. Empero, se ignora la importancia y la cantidad de los que no aparecen.

Vida afectiva.- Relatan que JPD tuvo dos novias: Ma. Antonia Bobadilla y Prudencia Lluberes; con ambas Juan Pablo formalizó sus relaciones con anillos de compromiso. Son pocos los informes sobre esos amores platónicos.

¿Casó Duarte alguna vez? Sus biógrafos hacen mutis sobre ello; hacen abstracción de tal posibilidad. No obstante, el historiador puertorriqueño Luis Padilla D´Onis argumenta en una sorprendente y despreciada obra (por no ofrecer documentación que la respalde), que nuestro personaje contrajo matrimonio en privado con una prima llamada Vicenta. Relata que la primogénita de esa unión se llamó María del Carmen Sandalia Duarte y Diez, habiendo posteriormente nacido una segunda hija denominada Sinforosa. Padilla narra que Juan Pablo, cuidando por la seguridad de ellas, las envió a vivir de incógnito en Sabana de la Mar o El Jovero en Miches.

Padilla ofrece abundante información: alega que la niña Sandalia que secuestrada por unos piratas, para luego reaparecer trastornada hasta morir de tristeza. En los Apuntes de Rosa Duarte se hace referencia tangencial de la menor, sin ofrecer mayores detalles. Don Luis muestra numerosas fotografías de alegados descendientes, teniendo la mayoría asombroso parecido a nuestro prócer. También narra que Juan Pablo encontró un nuevo amor en Venezuela, habiendo nacido un varón de ese otro romance. ¿Se ha discutido públicamente la veracidad de este asunto, o era tan grave el “pecado” de una relación sentimental entre parientes cercanos? Cabe también interrogarse si alguna vez se ha tenido en cuenta que desde hace años existe la prueba genética del ADN que pudiera establecer científicamente la autenticidad, o no, del parentesco de los que alegan ser descendientes del Pater Noster nacional. Aunque reputados historiadores y la Sociedad Dominicana de Genealógía niegan o ponen en extrema duda la especie, el referido autor cita testigos, abunda en detalles, cuya credibilidad depende del cristal con que se mire el asunto: si se desea adorar a un santurrón o a un hombre de carne y hueso con impulsos naturales. Mientras, los alegados familiares prefieren permanecer inexplicablemente callados, un manto de silencio impide que la verdad resplandezca.

Hombría.- Relatan viejos militares de la época trujillista que en la academia se les enseñaba que nuestro prócer cabalgaba en silla propia para féminas. E inclusive, conspicuos adeptos y detractores del apóstol lo han descrito como un ser “delicado”. (Realmente, era enfermizo: sufría de frecuentes “fiebres cerebrales”, probablemente paludismo). Ante esas realidades, sólo cabe inquirir la posibilidad de que alguien con atributos de género dudosos pudiera haber convencido a millares de prosélitos para la magna obra de lograr la Independencia y crear una nación.

Antonio Thomen

Esta victoria de Juan Pablo -además de que se perfilaba como poderoso rival de Santana por la presidencia de la República- le ocasionó el destierro a él y a sus adeptos a raíz de que el hatero-combatiente diera un golpe de estado militar y se convirtiera en implacable dictador. Por medio de la Resolución No.16 de la denominada Junta Central Gubernativa, fechada el 22 de agosto de 1844 y 1º. de la Patria, ésta dispuso que “los Generales de brigada J .P. Duarte, Ramón Mella, Francisco Sánchez; los comandantes Pedro Pina, Gregorio del Valle, Juan Jimenes y el capitán J.J. Illas y el Sr. J. Isidro Pérez, secretario que fue de la Junta Central Gubernativa, han sido traidores e infieles a la Patria, y como tal indignos de los empleos y cargos que ejercían, de los que quedan depuestos y destituidos desde ese día; ordena que todos ellos sean inmediatamente desterrados y estrañados (sic) a perpetuidad del país,  sin que puedan volver a poner pie en él, bajo la pena de muerte que será ejecutada en la persona del que lo hiciere, después que sea aprehendido y que se justifique la  identidad de su persona . . .”

Execrado.- Retrospectivamente, el 15 de marzo de 1844, el Apóstol regresó de su exilio a la Patria recién liberada. En el puerto de Santo Domingo lo recibió alborozada una multitud entre la cual se encontraba Tomás Portes e Infante, arzobispo recién nombrado, quien saludó a Juan Pablo con el grito de: ¡Salve. Oh Padre de la Patria!

Cuatro meses después, en el 24 de julio, el mismo prelado emitió una Carta Pastoral que terminaba de la siguiente manera: ….. “que os mantengáis en tranquilidad, que no abuseis de su misericordia (de Dios),  y advertid que el es muy zeloso de su honor y de su gloria y ya vosotros estais comprometidos y por supuesto se dará por ofendido si no  obedecéis los mandatos y ordenes, tanto dl. Gral. de Division, y gefe supremo Santana, como los de la Junta Gubernativa y ya tanto dl., pa. lo cual os conminamos con excomunión mayor, a cualquiera clase de persona que se mezclase en trastornar las disposiciones de nuestro sabio Gobierno, y del bien social y decid todos vosotros con el Profeta David a Nuestra gn. Des.: bendecid, a éste pueblo pa. qe. en vuestra gloria eterna seamos contados en el numero de vuestros escogidos, pa. qe. como  lo esperamos brille sobre cada uno de nosotros vuestra misericordia, y no nos veamos confundidos con los reprobos.”

¿Qué sucedió entre esas dos fechas? ¿Qué hizo al prelado cambiar tan radicalmente de actitud, que Duarte, fervoroso católico, y los trinitarios que lo seguían merecieran tan grave sentencia?  ¿Porqué se ha mantenido en silencio la Carta Pastoral durante tantos años?   ¿Será ignorancia, olvido o negligencia? Creemos necesaria una explicación razonable. De ninguna manera vamos a calificar este lapsus, pero el asunto está planteado. No obstante, hay que reconocer que Monseñor Fernando Arturo de Meriño, arzobispo y expresidente de la República, visitó a Duarte próximo a fallecer, en su último exilio, y le rindió un justo homenaje al pronunciar un enjundioso y vibrante discurso de apoteosis ante sus restos, cuando estos fueron traídos desde Venezuela. En esa pieza oratoria pronunciada en la catedral primada de América, Meriño reconoció e hizo honor al Padre de la Patria. Y justo es también admitir que el actual Cardenal López Rodríguez dedicó más recientemente una homilía a nuestro Apóstol en una eucaristía realizada en celebración de su onomástico.

Razonamiento.- A nuestro humilde juicio, nadie ha podido igualar y mucho menos superar en nuestro país la pureza moral, el concepto de dignidad y defensa intransigente de soberanía de nuestro héroe primigenio. Cuando se acerca la fecha del bicentenario de su nacimiento, cabe tratar de encontrar soluciones lógicas a los enigmas que acompañan su vida rodeada de tabúes que se pretende ocultar o disfrazar.

Ante lo expuesto, consideramos que si bien históricamente Juan Pablo es considerado como la figura máxima de nuestra liberación y autoría como nación, su persona, doctrina y logros deben ser conocidos

en su justa dimensión, sin exageraciones, mutilaciones o simulación. El pueblo dominicano tiene harto derecho a ello. Es preciso investigar profundamente por obtener tal conocimiento. Es el momento adecuado, después de más de ciento y tantos años de independencia.

No es ocioso decir que los gobernantes dominicanos no han querido o sabido ejercer una labor reivindicadora. Uno llega a la conclusión de que la gran mayoría de nuestros mandatarios han copiado

o seguido las ejecutorias de las contrapartes históricas de nuestro héroe máximo. Juan Pablo Duarte amerita ser reverenciado a plenitud por todo dominicano. Pero, primero hay que conocer al verdadero Duarte. ¡Ese es nuestro ineludible e impostergable deber!

Referencias.

*Neologismo ideado por Duarte. Se refiere a los habitantes del Infierno.

1.- Escritos de Juan Pablo Duarte, recopilados por Mariano Lebrón       Saviñón. Primera edición por la Oficina Nacional de Administración y Personal (ONAP), Santo. Domingo. Subsecuentes ediciones por el  Instituto Duartiano.

2.- Ideario de Juan Pablo Duarte, recopilado por Vetilio Alfau Durán.

Santo Domingo, 1944. Numerosas reediciones.

3.- Apuntes de Rosa Duarte. Archivo de Duarte. Edición y Notas por Emilio Rodríguez Demorizi, Carlos Larrazabal Blanco y Vetilio Alfau Durán. Clío, Academia Dominicana de la Historia, Santo Domingo, 1970. Ediciones subsiguientes por el Instituto Duartiano.

4.- Proyecto de Ley Fundamental, por Juan Pablo Duarte. Aparece en los Apuntes de Rosa Duarte.

5.- El Cristo de la Libertad, por Joaquín Balaguer. Primera edición Editorial Americalee, Buenos Aires, Argentina.1956. Numerosas ediciones subsecuentes en Santo Domingo.

6.- Carta Pastoral evacuada por Monseñor Tomás de Portes e Infante, Santo Domingo, 24 de julio, 1844.

7.- Resolución Núm.16, de la Junta Central Gubernativa, Santo Domingo, 22 de agosto, 1844. Colección de Leyes, Tomo lro.

8.- El Mito de los Padres de la Patria, por Juan Isidro Jimenes Grullón,

Con Prólogo por Julio G. Campillo Pérez. Editora Cultural Dominicana, S.A., Santo. Domingo, 1969.

9.-Galería de Dominicanos Ilustres. Juan Pablo Duarte y sus      Descendientes, por Luis Padilla D´Onis. Edición y Prólogo por Raimundo Tirado, Litografía Industrial Dominicana, Santo Domingo, 1992.

10.- Oración de Apoteosis de Juan Pablo Duarte, por Monseñor Fernando Arturo de Meriño. Pronunciada en la Catedral Primada de América, ante los restos de JPD, recién llegados de Venezuela, 1884.

11.-Homilía en la Iglesia de Santa Bárbara, en 171º. Aniversario del nacimiento de Juan Pablo Duarte, 26 de enero de 1984. Misa ofrecida por el Instituto Duartiano. Monseñor Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez.

12.- Sandalia Duarte Díez: Una existencia enigmática. Cápsulas Genealógicas del Instituto Dominicano de Genealogía. Sección Areíto , del periódico Hoy, Santo Domingo, Dos entregas: 21 y 28 de abril, 2007. (Antonio Thomen).

Santo Domingo.

Junio 2012

sábado, 29 de enero de 2022

El círculo del poder (8): La danza de los favoritos

Pedro Conde Sturla

28 enero, 2022

Boda Trujillo- Ricardo. 

Poca gente se alegró tanto y se benefició tanto de la caída de Paulino como Cucho Álvarez Pina y Paíno Pichardo. Ambos eran estrellas en ascenso en la época en que Paulino empezó a alcanzar el cenit de su carrera, pero Paulino encontró la forma de hacerlos a un lado y troncharles el camino, aunque también fueron víctimas (y beneficiarios) del sistema de premios y castigos intermitentes que la bestia aplicaba a todos sus funcionarios. Subían y caían rutinariamente del poder, y cuando caían, el infame Foro Público hacía de ellos picadillo. Algunos se mantuvieron a flote durante toda la era, pero en posiciones diplomáticas o burocráticas más o menos decorativas y secundarias, no en posiciones de mando. La gran hazaña de Paulino consistió en haber escalado y haberse mantenido en una posición tan cercana al poder y haber ejercido el poder junto a la bestia durante un periodo que superó todas las expectativas.
Muchos dicen que en algunas ocasiones Trujillo llegó a lamentarse en voz alta de haber prescindido de Paulino. No hay que dudar que resintiera la ausencia de Paulino, que le hiciera falta el agudo juicio de Paulino, el hombre que le resolvía todos los problemas y que también, lamentablemente, podía sustituirlo.

Paíno Pichardo y Cucho Álvarez Pina nunca fueron rivales de consideración para Paulino, pero a la larga se salieron con la suya y nunca dejaron de ser enemigos peligrosos. En la práctica formaron una alianza, una “mancuerna” política que se enrocó en el Foro Público y causaba terror: la alianza de Cucho y Paíno que dio origen al término “cuchipaineo” en la década de los cincuenta.
Fue una alianza nefasta de intrigantes y chismosos, bellacos y delatores que se dedicaban a desacreditar, calumniar y vejar a los enemigos políticos e influir en la repartición de cargos y prebendas. Sin embargo, lo cierto es que también se les atribuyó más poder que el tenían.

Ricardo Paíno Pichardo y Virgilio Álvarez Pina, alias Cucho o Don Cucho, eran amigos de la bestia o por lo menos conocidos de vieja data, y eso facilitó mucho sus carreras políticas, aunque Don Cucho no se rindió desde el primer momento a los encantos de la bestia.

En cambio Paíno Pichardo se estrenó en el segundo año de su primer gobierno (1932), como Secretario de estado de finanzas. Pero el estreno no fue muy auspicioso, Paíno no tuvo un muy feliz desempeño. También le fue mal como representante del país en la Convención internacional del azúcar que tuvo lugar en Londres y como representante de Trujillo en la coronación del rey Jorge VI de Inglaterra. Luego fracasaría como secretario de estado de Industria y Comercio y se desempeñó quizás de igual manera como embajador en Chile, Perú, Bolivia y Ecuador y Canadá. Los cargos le llovían y le hubieran seguido lloviendo porque sus relaciones con la bestia eran muy cercanas. De hecho, había sido –junto a J. M. Bonetti Burgos y J. A. Ricardo—, uno de los padrinos de la boda de Trujillo con Bienvenida Ricardo. Pero Paíno era inestable y nervioso y tenía problemas con la bebida, y tras tanto fracasar o perseverar en el fracaso, la bestia lo sometió a un proceso disciplinario, a un período de abstinencia política, sin acceso a cargos públicos.

Por lo que dice Crassweller, Paíno era un tipo impresionante, alto, bien parecido, con “pelo bueno”, como se decía una vez por estos rumbos. Tenía, además, un extraño sentido del humor, combinado con cierta dosis de cinismo, y de ambos se sirvió en su carrera política. Por lo demás —dice Crassweller—, aparte de inteligente y sociable era el tipo de hombre que nunca se hubiera permitido sufrir la enfermedad del idealismo ni vivir de ilusiones. Su lealtad a Trujillo era incuestionable. Amaba el poder y por amor al poder, a las mieles del poder, y por amor a la bestia estaba dispuesto a sufrir todas las humillaciones, todos los altibajos, todos los desplantes. Por el amor a las mieles del poder y su lealtad o veneración del querido jefe lo daría todo. Paíno era, en efecto, uno de esos cortesanos liberales que le prestaba ocasionalmente su mujer a la bestia cuando la pobre bestia no tenía tiempo para buscarse una. Almoina, por el contrario, sostiene que ella se prestaba sola y de buena gana y que una vez Paíno tuvo un arranque de celos y la esposa tuvo que quejarse ante la bestia. Sólo estaba cumpliendo con su deber.

Dicen que a la esposa de Paíno dedicó María Martínez todos lo malos pensamientos que la animaron a escribir o pedirle a Almoina que escribiera “Falsa amistad”. De hecho la mujer de Paíno era, supuestamente, la falsa amiga que se metía en la cama con el amante esposo de María Martínez.

De cualquier manera Paíno llegaría a convertirse a la corta o a la larga en el hombre de confianza de Trujillo durante varios años a partir de su nombramiento como Presidente del comité central del Partido Dominicano en el mes de diciembre de 1938. El cargo le quedaba como un traje, a las mil maravillas. Ahora podía empezar a disfrutar de todos los atractivos que brindaba el poder. El poder lo atraía, lo enceguecía con su atracción fatal. El poder lo excitaba, lo excitaban los asuntos públicos, el poder le ofrecía la fascinación del mando, las innumerables fiestas y recepciones, ponía al alcance de sus manos a las más bellas mujeres. Aunque también lo expondría, por desgracia, a todos los peligros y asechanzas que se cernían sobre los servidores de la bestia.

(Historia criminal del trujillato [73])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

El “cuchipaineo” de Hipólito y Danilo, las obras públicas y la JCE
https://prensalibrenagua.blogspot.com/2016/10/el-cuchipaineo-de-hipolito-y-danilo-las.html

José Almoina, “Una satrapía en el Caribe”
(http://www.memoria-antifranquista.com/wp-content/uploads/2014/10/JOSE-ALMOINA-UNA-SATRAPIA-EN-EL-CARIBE.pdf).

sábado, 22 de enero de 2022

El círculo del poder (7): Vicisitudes y venturas de Paulino

Pedro Conde Sturla

21 enero, 2022

Central Río Haina.

Lo que se le vino encima a Paulino fue como una especie de aplanadora y de trituradora a la vez. Todos los bienes de Paulino, todas sus muchas propiedades, toda su labor al frente de las empresas de la bestia y su desempeño en cargos públicos fueron sometidos al público escrutinio. Se abrió, pues, una exhaustiva investigación, una investigación en regla concerniente a todos y cada uno de los asuntos o manejos que tenían que ver con Paulino.

Nada quedaría en pie de la reputación de aquel hombre prepotente, que maltrataba a los más encumbrados funcionarios y que se pavoneaba con aire de superioridad hasta en presencia de los familiares de la bestia, a los que hablaba incluso con irrespeto o condescendencia. Nada quedaría de sus títulos de gloria, reconocimientos y nombramientos.

Para empezar, sólo para empezar, el 28 de agosto de 1954 fue cancelado como mayor general honorario del Ejército y destituido del cargo de secretario de Estado sin cartera que ocupaba tan diligentemente. Más adelante las condecoraciones nacionales y extranjeras que se le habían otorgado le fueron retiradas. Un hijo suyo, el capitán Cristóbal Paulino Álvarez, fue condenado a dos años de prisión.

De la noche a la mañana se empezó a sospechar y a difundir la sospecha de que Paulino tenía en algún rincón oculto de su casa un bicornio emplumado, el adefesio emplumado que sólo usaban, con carácter de exclusividad, la bestia y su hermano Negro, que a la sazón era presidente putativo. El bicornio era un símbolo de la más alta dignidad, el mismo símbolo del poder absoluto que había lucido en otra época el tirano Lilís. En las manos de Paulino, el emplumado bicornio sólo hubiera podido significar una cosa: ambiciones sucesorales al desnudo, intenciones golpistas, traición a la patria, desde luego, una muerte segura.

El bicornio, por suerte, no parece haber existido más que en la imaginación de los enemigos de Paulino, algo que algún delator demasiado fantasioso habría confundido quizás con un plumero. En cambio, las investigaciones sobre la forma en que se manejaba al frente del Central Río Haina y otras grandes empresas comprometieron o empañaron seriamente su buen nombre, si acaso alguna vez lo tuvo.

Paulino debía en gran parte el favor de la bestia y sus incontables logros a la creación y exitosa administración de estas industrias. Lo paradójico es que a Trujillo no le había interesado el negocio azucarero (uno de los pocos en que no había incursionado), hasta mediados de su tercer período oficial como Presidente de la República. Fue en el año de 1947, probablemente a instancias del mismo Anselmo Paulino, cuando se dieron los primeros pasos en este sentido con la formación de una dependencia en el mismo Palacio Nacional, presidida por Anselmo Paulino.

Paulino jugó un papel de primer orden en la construcción del ingenio Catarey y Río Haina, que fueron los primeros, y fue también su primer administrador. La inmensa empresa estuvo desde el primer momento bajo su jurisdicción.

El central Río Haina fue inaugurado en 1951 y muy pronto se convirtió en una de las industrias más prósperas del país y en la principal fuente de ingresos de la bestia. El lugar elegido para su instalación fue una enorme extensión de tierra en la margen occidental del río homónimo, en las cercanías de la desembocadura. Dichas tierras no fueron, por supuesto adquiridas legalmente, sino con los mismos métodos particularmente expeditos que empleaba la bestia y sus hermanos. Mediante la expropiación pura y simple. Paulino jugó también un papel importante en el despojo y expulsión de sus legítimos dueños: los grandes y medianos y pequeños propietarios. De esta suerte, la mayoría de los campesinos, que anteriormente se ganaban la vida cultivando pequeñas parcelas y criando animales, fueron a parar a los numerosos barrios miseria que rodeaban desde la misma rivera del río Ozama la capital, y pasaron a formar parte del muy miserable proletariado urbano. Las industrias de la bestia, aunque generaban empleos y bienestar para unos pocos, eran una fábrica de pobres. Fabricaban pobres a escala industrial y producían una sobreexplotación inmisericorde de los braceros que en principio, y durante mucho tiempo, ganaban apenas un peso con veinticinco centavos diarios.

La industria del azúcar resultó ser tan productiva que unos cuantos años después, más o menos a mediados del 1955, Trujillo era propietario de siete ingenios: Catarey, Río Haina, Amistad, Monte Llano, Ozama, Porvenir y Santa Fé. Posteriormente trataría de apoderarse de los ingenios azucareros de los Vicini y con su ambición desmedida empezaría sin saberlo a cavar su propia propia tumba. Trujillo nunca entendió lo que Lilís había entendido lucidamente. Que con los Vicini no se podía ni se puede jugar. Que los Vicini eran más presidentes que cualquier presidente de la República.

Fueron esos grandes logros económicos, entre muchas otras cosas, los que en en algún momento hicieron pensar a la bestia que Paulino le era de alguna manera indispensable. Pero lo peor es que Paulino también llegó creerse indispensable...

Sin embargo, en cuanto el proceso judicial contra Paulino se puso en marcha y las investigaciones penetraron en profundidad, empezaron a aparecer pruebas, verdaderas o falsas, y la imagen de Paulino se fue resquebrajando, se fue hundiendo en el lodo. Se determinó que Paulino había incurrido en gastos excesivos, que había empleado en la construcción de un molino unas costosísimas vigas de acero que no parecían tener ninguna función desde el punto de vista estructural. Además descubrieron incontables fuentes de financiamiento privado que Paulino había desviado a su favor. Paulino sería acusado de incontables desfalcos, trapacerías, incontables abusos, incontables truchimanerias, negocios turbios, etc.

En fin que, el 17 de diciembre de 1954 fue sentenciado a una generosa pena de treinta días de cárcel y una multa de cinco mil pesos. Pero cuatro meses más tarde, en el mes de abril de 1955 —cuando ya se encontraba en libertad— el gobierno reinició su ofensiva, una ofensiva en serio que no presagiaba nada bueno. Desde la infame columna “Foro publico” del diario El Caribe (de la cual el mismo Paulino había sido colaborador asiduo en otra época) llovieron nuevas acusaciones y lo embarraron de pies a cabeza con insultos y calumnias mezcladas con verdades y medias verdades de a puño. Sus más cercanos amigos negaron cualquier tipo de relación con él. Sus mejores enemigos, como Cucho Álvarez y Paíno Pichardo estaban de plácemes. Los familiares de la bestia y muchos altos oficiales y connotados intelectuales y dirigentes políticos estaban de plácemes.

Esta vez Paulino volvió a prisión el día primero de mayo del 1955, condenado a diez años de trabajos forzados y a la restitución de cuantiosos bienes. Pero la bestia, al parecer, seguía teniéndole aprecio y le concedió lo que no le hubiera concedido a nadie.
Paulino se hizo el enfermo o se enfermó de verdad. y el 10 de junio del mismo año interpuso un recurso de apelación contra la sentencia que había recibido y su querido jefe lo dejó en libertad. Paulino escribió cartas, pronunció discursos en los que se deshizo en elogios, expresó su eterno agradecimiento y se siguió quizás sintiendo enfermo, cada vez más enfermo, hasta que su querido jefe lo autorizó a salir del país, probablemente en viaje de salud, y le permitió disfrutar por el resto de su vida de la cuantiosa fortuna de cinco o siete millones de dólares que había puesto a salvo en Suiza.

Su gran amigo Balaguer —cuando fue nombrado presidente por las tropas de ocupación yanquis en el año de 1966—, premiaría sus servicios a la patria nombrándolo embajador en Francia.

(Historia criminal del trujillato [72])

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Los ingenios del dictador — El NacionalLos ingenios del dictador

Sergia Mercado
Central Río Haina, gran motor de la economía dominicana de los años 50

Central Río Haina, gran motor de la economía dominicana de los años 50

Alejandro Paulino Ramos
Mecanismos de Trujillo para la represión política: Un “Foro público” para perseguir, difamar y destruir moralmente

https://acento.com.do/cultura/mecanismos-de-trujillo-para-la-represion-politica-un-foro-publico-para-perseguir-difamar-y-destruir-moralmente-18-8678549.html .

viernes, 14 de enero de 2022

El círculo del poder (6): El derrumbe de Paulino

Pedro Conde Sturla

14 enero, 2022

Paulino no lo podía creer, estaba claro que no lo podía creer. El querido Jefe lo había invitado, le había pedido que se pusiera su elegante uniforme de mayor general provisional, le había dicho que fuera a las siete en punto, lo había tratado con deferencia, habían conversado, habían pasado un tiempo juntos y en ningún momento el querido Jefe le había dado una señal, una muestra de disgusto, se habían separado amigablemente y habían quedado en verse al día siguiente y ahora no era nadie, peor que nadie: se había convertido en el enemigo público número uno del país.

Escuchaba a la distancia, como algo ajeno que no tenía nada que ver con él, aquellas cosas que en la radio estaban diciendo de un tal Paulino que le resultaba extraño, que no era el Paulino que conocía. Empezó a sentir, poco a poco, la insoportable levedad del ser o, mejor dicho, la insoportable levedad del no ser en carne propia, en toda la mucha carne que le era propia.

Le pareció que iba a perder el control de su cuerpo, que estaba levitando como un globo y que estaba a punto de desinflarse. Una extraña sensación lo invadió. Se sentía cosas raras y sin sentido, se sentía absurdo, se sentía inmaterial y como fuera de sí mismo, perdido como en el vacío.

Además, algo por allá abajo estaba demasiado apretado, algo en las tripas se estaba aflojando demasiado. Apresuraría el paso para llegar al automóvil. De alguna manera, casi sin darse cuenta, conseguiría regresar a su casa. La casa que ya no sería suya. Por todas partes se escuchaba claramente la vocinglería de la radio hablando del tal Paulino que le resultaba extraño. Pensó en cómo estarían gozando y celebrando sus enemigos.

Supuestamente fue Miguel Ángel Báez Díaz (uno de los cercanos colaboradores de la bestia que terminaría formando parte del complot para darle muerte), quien le llevó a Paulino la infausta noticia de su caída en desgracia.

Cuenta Reynaldo R. Espinal —con mucho lujo de detalles— que Miguel Ángel Báez Díaz había regresado cansado de su finca de Yamasá, que se tomaba unos tragos de whisky, cuya marca no identifica, en la terraza de su hogar y en compañía del arquitecto Antonio Ocaña y que escuchó la noticia en su radio transoceánico marca Zenith. El radio transoceánico decía que al segundo hombre fuerte del país, Anselmo Paulino Álvarez, se le estaban cancelando todos los nombramientos, todos los decretos civiles y militares expedidos a su favor. Cancelaciones sobre cancelaciones que hacían suponer que hasta el propio Paulino Álvarez podía ser eventualmente y a su debido tiempo igualmente cancelado.

Después vendrían los oprobios, una larga lista de oprobios, los insultos al granel las acusaciones de malversación de fondos públicos, acusaciones de haber recibido comisiones de contratistas de obras públicas y muchas cosas peores que hundirían a Paulino en el abismo de la degradación y la humillación.

Miguel Ángel Báez Díaz —cuenta Reynaldo R. Espinal— no pensaba acompañar esa noche al querido Jefe en su cotidiana caminata nocturna, pero cambió de idea al escuchar las noticias, se vistió elegantemente, como era de rigor, y salió para el malecón, rumbo a la playa de Güibia, donde terminaba habitualmente la caminata nocturna, para ver lo que quedaba de Paulino, si acaso quedaba algo.

Pero en el malecón, sentado junto a la bestia, estaba el general Paulino con su uniforme de militar. El jefe parecía cordial, extrañamente cordial, incluso jovial y cordial, con Paulino y todos los integrantes de su séquito. Paulino lucía tranquilo, contento, completamente en ayunas de noticias. Creía que todavía era gente. Hasta que Báez Díaz le dio la noticia, después de que todos los demás se habían retirado.

—Se salieron con la suya —dijo un lacónico Paulino a Báez Díaz—, por eso el jefe me dijo que estuviera esperándolo a las siete y media aquí en la avenida y uniformado de general”. (1)
De acuerdo con la versión de Crassweller todo lo anterior puede haber sucedido de otra manera, aunque los resultados seguirían siendo los mismos. Fue un ayudante de Paulino el que se precipitó a comunicarle la noticia en su oficina palaciega. No estaba, pues, en el malecón. Estaba en su oficina el día de la caída, pero igualmente cayó.

Su reacción, al recibir la noticia—como ya se ha dicho y sugerido—, fue de incredulidad, de sorpresa, de espanto. Eso no podía ser. Paulino había estado almorzando con el querido Jefe unos minutos antes. El jefe no podía haberlo invitado a almorzar y mandarlo al carajo al mismo tiempo sin manifestar la menor muestra de enojo ni resentimiento. Pero era exactamente lo que había hecho.

Así terminó la carrera y comenzó el via crucis de la persona que Eduardo Sánchez Cabral definió en términos muy precisos como “…el dominicano en quien más poder delegó Trujillo. El que sin ser un intelectual dictó normas a hombres de leyes y a hombres de pensamiento. El que sin tener rango ni carrera militar influyó en los militares. El que sin ser economista, administró con eficacia todo un imperio económico. El que tras una relampagueante carrera política concluye en el ostracismo y sólo por un milagro se salva de las iras del dictador…Anselmo, solo, realizaba para Trujillo las tareas que hubieran precisado de muchos otros hombres, tenía una memoria fotográfica y su propio y eficiente servicio de información; era espléndido y el funcionario mejor informado del régimen, sus informaciones las ponía todas, contrario a Fouché, al servicio de su jefe.” (2)

(Historia criminal del trujillato [70])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

Nota
(1) Anselmo Paulino Álvarez: Ascenso y caída del principal valido de Trujillo (1-2) Reynaldo R. Espinal

https://acento.com.do/opinion/anselmo-paulino-alvarez-ascenso-y-caida-del-principal-valido-de-trujillo-1-2-9005349.html

(2) Ibid

lunes, 10 de enero de 2022

Páginas negras

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domingo, 9 de enero de 2022

El triunfo


 

El regreso


Regresó a Roma después de treinta y cuatro años y lo primero que le vino en mente al salir a pasear por la Vía del Corso fue el recuerdo de aquella muchacha alegre que caminaba a su lado con la cabeza apoyada en su hombro. Entonces supo que en realidad no había regresado, que no regresaría nunca a Roma.

sábado, 8 de enero de 2022

El círculo del poder (5): El derrumbe de Paulino

Pedro Conde Sturla 

8 enero, 2022

Anselmo Paulino Álvarez probablemente nunca tuvo indicios de que había caído en desgracia. El ojo mágico que todo lo veía y todo lo sabía le falló en el momento en que más falta le hacía, no pudo ver el abismo que estaba a punto de abrirse bajo sus pies. Y lo peor es que quizás había sucedido porque en esa época ya se había divorciado de Madame Andree García. El divorcio de la Madame haitiana y su matrimonio con Maria Alida Aguilar debilitaron —como todos sabían y decían— sus vínculos con el vudú y contribuyeron a su desgracia.

Nadie como él había perseverado en la gracia, en el favor y la gracia del querido jefe, nadie como él se había encumbrado tanto al servicio de la bestia y nadie caería de forma tan abrupta y desde tanta altura como cayó Paulino, al cabo de más de veinte años de exitosa carrera de trepador político. Cayó como guanábana, cayó exactamente como una guanábana madura.

Cayó desde la más alta cima, del más encumbrado pedestal, cayó de la gracia del Jefe, pero no hizo plof ni hizo plaf. Hizo un ruido terrible, el ruido sorpresivo de un bombazo que se escuchó y se sintió en todo el territorio, estremeció literalmente al país político.
Y sin embargo, todo parecía estar bien o mejor que nunca entre Paulino y la bestia, en especial durante los últimos meses. De hecho, la buena estrella de Paulino parecía brillar en el firmamento con mayor intensidad en el momento de su derrumbe. Apenas unas semanas antes, en el mes de junio de 1954, la misma bestia lo había enviado a España a ultimar los pormenores de un viaje que la bestia realizaría por invitación de su amigo Francisco Franco, el generalísimo caudillo por la gracias de Dios, a quien Paulino conoció personalmente. Después había regresado al país para hacerse cargo del gobierno durante la ausencia de la bestia.

Por si fuera poco, Paulino había sido uno de los pocos llamados, de los pocos elegidos para formar parte de la selecta comisión de hombres públicos que poco tiempo después asistió al Vaticano con motivo de la firma del Concordato, el flamante tratado internacional de colaboración entre la Santa Sede y el gobierno dominicano que se firmaría en Roma el 16 de julio de 1954.
La comisión, de la que Paulino formaba parte, estaba integrada por unos personajes ilustres, una élite, la más selecta crema política y militar del régimen de la bestia, y fue generosamente recibida en una audiencia de unos diez minutos en la cámara personal del santo padre, su ilustrísima santidad Pío XII.

Una foto memorable recoge la solemnidad del evento, uno de los grandes momentos que se vivieron en esos históricos minutos. Allí aparecen el papa, entre la bestia y Paulino, entre el generalísimo Trujillo, vestido elegantemente de etiqueta, y el mayor general honorífico Anselmo Paulino Álvarez, vestido de militar. Al lado de Trujillo, a mano izquierda, figura Joaquín Balaguer, su santidad Joaquín Balaguer, el engendro demoníaco que Crassweller define como un dechado de moralidad y piedad profunda. También estuvieron presentes el coronel Pedro Trujillo, hermano de la bestia y miembro de su guardia personal, y estaba presente el capitán Fernando Sánchez y el Sr.Atilano Vicini. Pero además estaba presente, justo detrás de Balaguer, un oficial con gafas oscuras, un personaje tenebroso que daría mucho de que hablar en los peores tiempos de la bestia: el coronel Arturo Espaillat, el célebre asesino y torturador que se ganaría muy merecidamente el apodo siniestro de Navajita.

Todo, en apariencia, salvo algunas señales agoreras a las que Paulino no le prestó mayor atención, había salido como quien dice a pedir de boca en la última etapa de su carrera ascensionista, y su regreso al país parecía reservarle los más auspiciosos acontecimientos. Pero entre la bestia y el caudillo, entre el generalísimo dominicano y el generalísimo caudillo de todas las Españas había pasado algo que Paulino ignoraba. Fue algo que sucedió en el momento en que la bestia se despedía del caudillo, en el momento crucial en que Trujillo le preguntó a Franco, quizás de manera retórica y casual, que cuándo le haría su excelencia el gran honor de visitar la República Dominicana. Franco le respondió en un tono que parecía ser de disculpa, de lamentación y de advertencia a la vez. Le dijo a la bestia unas palabras aladas. Le dijo, generalísimo, lamentablemente yo no tengo un hombre como el general Paulino en el que pueda delegar el poder como lo hace usted. Un hombre como Paulino —había dicho Franco— exactamente Paulino. Un hombre capaz de sustituirlo.

Parecía una respuesta desmaliciada y hubiera sido desmaliciada en boca de otra persona, pero no en boca de Franco ni en los oídos de la bestia, y de inmediato incendió la llama de la sospecha. Una persona como Franco, que destilaba veneno por la piel y que probablemente cuidaba cada palabra que decía, un ser correoso, tóxico, intrigante como él no hubiera pronunciado aquellas palabras a la ligera. La bestia y el caudillo se entendían.
Aquellos seres monstruosos simpatizaron desde el primer momento en que se conocieron y quizás mucho antes de conocerse, hablaban en el código del poder y muchas de las cosas que tenían que decir no tenían necesidad de palabras explícitas.
Aparentemente Paulino se había ido de boca, se había jactado libremente de la confianza que en su persona depositaba la bestia. ¿Pero era simple jactancia o su ambición al desnudo? ¡Acaso no estaba alimentando y manifestando sus propias ambiciones?

El hecho es que —como dice Crassweller—durante el resto del viaje e incluso después del regreso a Ciudad Trujillo, Paulino fue víctima de algunos desaires, desplantes, desconsideraciones a las que sin embargo ya estaba acostumbrado de alguna manera, las rutinarias desconsideraciones con que el querido jefe solía recordar, incluso a los más encumbrados personajes, quién era el pato macho del corral.

Paulino, pues, al parecer, no sabía nada, no sospechaba nada. No vio venir ni vería lo que le caería encima hasta que le cayó encima.

Una noche—según se dice—la bestia le pidió que lo acompañara en uno de sus acostumbrados paseos nocturnos. Los paseos que realizaba casi diariamente en compañía de sus más íntimos cortesanos, desde la casa de su madre, la excelsa matrona, hasta el malecón. Le había pedido, además, que estuviera presente a las siete y media —precisamente a las siete y media— y uniformado de general. Precisamente de general. Por lo demás, la velada había transcurrido con normalidad, la hipertensa normalidad con que ocurrían las cosas si Trujillo estaba presente.
Cuando Paulino se quedó solo alguien se acercó a decirle algo y le dijo algo. Le preguntó si no había escuchado lo que estaban diciendo de él en la radio. Paulino se quedaría estumefacto y estupefacto. Al poco rato sabría que ya no era nadie, ni siquiera general, que lo estaban despojando de todos sus cargos y privilegios, que lo están desmantelando, que lo estaban desplumando como a un pollo, que lo estaban encuerando públicamente y que iría a parar a la cárcel.

(Historia criminal del trujillato [70])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.


El círculo del poder (5): El derrumbe de Paulino

Pedro Conde Sturla 

8 enero, 2022

Anselmo Paulino Álvarez probablemente nunca tuvo indicios de que había caído en desgracia. El ojo mágico que todo lo veía y todo lo sabía le falló en el momento en que más falta le hacía, no pudo ver el abismo que estaba a punto de abrirse bajo sus pies. Y lo peor es que quizás había sucedido porque en esa época ya se había divorciado de Madame Andree García. El divorcio de la Madame haitiana y su matrimonio con Maria Alida Aguilar debilitaron —como todos sabían y decían— sus vínculos con el vudú y contribuyeron a su desgracia.

Nadie como él había perseverado en la gracia, en el favor y la gracia del querido jefe, nadie como él se había encumbrado tanto al servicio de la bestia y nadie caería de forma tan abrupta y desde tanta altura como cayó Paulino, al cabo de más de veinte años de exitosa carrera de trepador político. Cayó como guanábana, cayó exactamente como una guanábana madura.

Cayó desde la más alta cima, del más encumbrado pedestal, cayó de la gracia del Jefe, pero no hizo plof ni hizo plaf. Hizo un ruido terrible, el ruido sorpresivo de un bombazo que se escuchó y se sintió en todo el territorio, estremeció literalmente al país político.
Y sin embargo, todo parecía estar bien o mejor que nunca entre Paulino y la bestia, en especial durante los últimos meses. De hecho, la buena estrella de Paulino parecía brillar en el firmamento con mayor intensidad en el momento de su derrumbe. Apenas unas semanas antes, en el mes de junio de 1954, la misma bestia lo había enviado a España a ultimar los pormenores de un viaje que la bestia realizaría por invitación de su amigo Francisco Franco, el generalísimo caudillo por la gracias de Dios, a quien Paulino conoció personalmente. Después había regresado al país para hacerse cargo del gobierno durante la ausencia de la bestia.

Por si fuera poco, Paulino había sido uno de los pocos llamados, de los pocos elegidos para formar parte de la selecta comisión de hombres públicos que poco tiempo después asistió al Vaticano con motivo de la firma del Concordato, el flamante tratado internacional de colaboración entre la Santa Sede y el gobierno dominicano que se firmaría en Roma el 16 de julio de 1954.
La comisión, de la que Paulino formaba parte, estaba integrada por unos personajes ilustres, una élite, la más selecta crema política y militar del régimen de la bestia, y fue generosamente recibida en una audiencia de unos diez minutos en la cámara personal del santo padre, su ilustrísima santidad Pío XII.

Una foto memorable recoge la solemnidad del evento, uno de los grandes momentos que se vivieron en esos históricos minutos. Allí aparecen el papa, entre la bestia y Paulino, entre el generalísimo Trujillo, vestido elegantemente de etiqueta, y el mayor general honorífico Anselmo Paulino Álvarez, vestido de militar. Al lado de Trujillo, a mano izquierda, figura Joaquín Balaguer, su santidad Joaquín Balaguer, el engendro demoníaco que Crassweller define como un dechado de moralidad y piedad profunda. También estuvieron presentes el coronel Pedro Trujillo, hermano de la bestia y miembro de su guardia personal, y estaba presente el capitán Fernando Sánchez y el Sr.Atilano Vicini. Pero además estaba presente, justo detrás de Balaguer, un oficial con gafas oscuras, un personaje tenebroso que daría mucho de que hablar en los peores tiempos de la bestia: el coronel Arturo Espaillat, el célebre asesino y torturador que se ganaría muy merecidamente el apodo siniestro de Navajita.

Todo, en apariencia, salvo algunas señales agoreras a las que Paulino no le prestó mayor atención, había salido como quien dice a pedir de boca en la última etapa de su carrera ascensionista, y su regreso al país parecía reservarle los más auspiciosos acontecimientos. Pero entre la bestia y el caudillo, entre el generalísimo dominicano y el generalísimo caudillo de todas las Españas había pasado algo que Paulino ignoraba. Fue algo que sucedió en el momento en que la bestia se despedía del caudillo, en el momento crucial en que Trujillo le preguntó a Franco, quizás de manera retórica y casual, que cuándo le haría su excelencia el gran honor de visitar la República Dominicana. Franco le respondió en un tono que parecía ser de disculpa, de lamentación y de advertencia a la vez. Le dijo a la bestia unas palabras aladas. Le dijo, generalísimo, lamentablemente yo no tengo un hombre como el general Paulino en el que pueda delegar el poder como lo hace usted. Un hombre como Paulino —había dicho Franco— exactamente Paulino. Un hombre capaz de sustituirlo.

Parecía una respuesta desmaliciada y hubiera sido desmaliciada en boca de otra persona, pero no en boca de Franco ni en los oídos de la bestia, y de inmediato incendió la llama de la sospecha. Una persona como Franco, que destilaba veneno por la piel y que probablemente cuidaba cada palabra que decía, un ser correoso, tóxico, intrigante como él no hubiera pronunciado aquellas palabras a la ligera. La bestia y el caudillo se entendían.
Aquellos seres monstruosos simpatizaron desde el primer momento en que se conocieron y quizás mucho antes de conocerse, hablaban en el código del poder y muchas de las cosas que tenían que decir no tenían necesidad de palabras explícitas.
Aparentemente Paulino se había ido de boca, se había jactado libremente de la confianza que en su persona depositaba la bestia. ¿Pero era simple jactancia o su ambición al desnudo? ¡Acaso no estaba alimentando y manifestando sus propias ambiciones?

El hecho es que —como dice Crassweller—durante el resto del viaje e incluso después del regreso a Ciudad Trujillo, Paulino fue víctima de algunos desaires, desplantes, desconsideraciones a las que sin embargo ya estaba acostumbrado de alguna manera, las rutinarias desconsideraciones con que el querido jefe solía recordar, incluso a los más encumbrados personajes, quién era el pato macho del corral.

Paulino, pues, al parecer, no sabía nada, no sospechaba nada. No vio venir ni vería lo que le caería encima hasta que le cayó encima.

Una noche—según se dice—la bestia le pidió que lo acompañara en uno de sus acostumbrados paseos nocturnos. Los paseos que realizaba casi diariamente en compañía de sus más íntimos cortesanos, desde la casa de su madre, la excelsa matrona, hasta el malecón. Le había pedido, además, que estuviera presente a las siete y media —precisamente a las siete y media— y uniformado de general. Precisamente de general. Por lo demás, la velada había transcurrido con normalidad, la hipertensa normalidad con que ocurrían las cosas si Trujillo estaba presente.
Cuando Paulino se quedó solo alguien se acercó a decirle algo y le dijo algo. Le preguntó si no había escuchado lo que estaban diciendo de él en la radio. Paulino se quedaría estumefacto y estupefacto. Al poco rato sabría que ya no era nadie, ni siquiera general, que lo estaban despojando de todos sus cargos y privilegios, que lo están desmantelando, que lo estaban desplumando como a un pollo, que lo estaban encuerando públicamente y que iría a parar a la cárcel.

(Historia criminal del trujillato [70])

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.