viernes, 21 de abril de 2023

La legión del Caribe

Pedro Conde Sturla

21 abril, 2023




El fracaso de Cayo Confites fue el más duro de los golpes que la oposición antitrujillista había recibido hasta el momento, un golpe tan contundente que parecía haber paralizado el movimiento, dejándolo sin fuerzas, sin recursos, en aparente estado de shock. Los mejores dirigentes del exilio demostrarían, sin embargo, ser hombres de un temple, una tenacidad y un espíritu invencible y no tardarían en recuperar la iniciativa y enfrascarse en un nuevo proyecto libertario. Fracasarían de nuevo y volverían a fracasar, pero persistirían en la lucha, lucharían por un sueño y no pocos en la lucha dejarían el pellejo. Los más afortunados perderían los amigos, otros perderían los hermanos o los padres o los hijos en aquella contienda, aquella lucha a muerte que lucía interminable.


Como dice Crassweller, después de la desbandada algunos de los hombres de Cayo Confites, bajo la guía de Juancito Rodríguez, se reagruparon y encontraron un nuevo propósito: empezaron a construir un proyecto plurinacional y a asumir una identidad que mantendrían por varios años y que de alguna manera amplió los horizontes. Se organizarían, en efecto, en la llamada Legión del Caribe. Una famosa legión que Crassweller define entre real y mística, una banda de liberales, izquierdistas y aventureros que parecían estar simultáneamente en todas y en ninguna parte. La Legión se movilizaría en apoyo de José Figueres en Costa Rica y pretendía enfrentar la tiranía de Somoza en Nicaragua, brindaría apoyo al gobierno de Guatemala en una difícil coyuntura y participó activamente en la organización de una nueva empresa expedicionaria, la expedición de Luperón. Otra vez, el generoso Juancito  Rodríguez financiaría gran parte de la costosa aventura, incluyendo la compra de aviones, armas y pertrechos.

Tal y como dice Humberto Vázquez García: «La expedición de Luperón se inscribió en un proyecto insurreccional más vasto denominado Pacto de Alianza, el cual habían suscrito en Ciudad Guatemala, el 16 de diciembre de 1947, dirigentes de “grupos representativos de la política dominicana, nicaragüense y costarricense para derribar a las dictaduras imperantes en sus patrias y restablecer en ellas la libertad y la democracia”. Estos convinieron en organizar un Comité Supremo Revolucionario bajo la presidencia del general Juan Rodríguez, a quien designaron comandante en jefe de los Ejércitos Aliados, cuerpo militar del pacto que sería conocido con el nombre de la Legión del Caribe». (1)

De acuerdo con una versión un tanto ingenua, los veteranos de Cayo Confites, una vez puestos en libertad, solicitaron al gobierno de Grau San Martín la devolución de las armas a su legítimo dueño, que era Juancito Rodríguez, o por lo menos el dueño de la mayoría. El gobierno habría entregado una parte y Juancito Rodríguez facilitó cierta cantidad a José Figueres, que en esos días organizaba una insurrección en Costa Rica. El traspaso de esa parte de las armas, en el que participó el inestimable Enrique Cotubanamá Henríquez, corrió con la acostumbrada mala suerte que parecía seguir a los revolucionarios. El avión que las llevaba (un Cessna de dos motores) se estrelló en Guatemala, murieron el piloto y el copiloto, un cubano y un español, y se salvó de casualidad, aunque con heridas de consideración, el dominicano Virgilio Mainardi Reyna.

Las armas, al parecer, no sufrieron daños y la parte acordada llegó a manos de Figueres, junto a un grupo de voluntarios de la mencionada Legión del Caribe (Miguel Ángel Ramírez, Horacio Julio Ornes y otros), que prestaron un valioso servicio militar a la empresa. Cuando Figueres triunfó devolvió las armas.

La versión de Alberto “Chito” Henríquez Vásquez es de alguna manera más convincente y racional. Los dominicanos acudieron a Juan José Arévalo, el progresista presidente de Guatemala y éste convenció al guabinoso Grau San Martín de que entregara las armas que habían sido requisadas al ejército de Cayo Confites. Grau las entregó parcialmente, pero al gobierno de Arévalo, y se transportaron en aviones de la fuerza aérea de Guatemala. (2) El episodio del Cessna ocurriría probablemente en otra circunstancia
.

Lo cierto es que «las armas y municiones de Cayo Confites fueron empleadas en la insurrección de Figueres en Costa Rica y en la consolidación de su gobierno, así como en la expedición antitrujillista de Luperón e incluso en la defensa del gobierno de Juan José Arévalo”. (3).

Otros veteranos de Cayo Confites, como Tulio H. Arvelo, permanecieron entre Cuba y Puerto Rico y Venezuela, ajenos en principio a lo que sucedía en Guatemala, y enfrascados en otro proyecto insurreccional. El testimonio de Tulio Arvelo sobre este tema es de un valor incuestionable.

«El trabajo de agente vendedor a que me dediqué en la capital venezolana estaba muy lejos de ser la actividad acorde con mi temperamento que me impulsaba a buscar nuevas vías que me llevaran a la cristalización de mi más preciado anhelo: regresar a Santo Domingo libre de la opresión trujillista.

“Ese y no otro fue el motivo de mi regreso a La Habana en enero de 1948. Sabía que en esa ciudad había mejores condiciones para hacer conexiones con los compañeros que tenían los medios de lucha necesarios para derrocar a Trujillo.

«Allí supe que don Juan Rodríguez, Miguel Angel Ramirez, Horacio J. Ornes y otros compañeros de Cayo Confite se habían trasladado a Guatemala en busca de la sombra del doctor Juan José Arévalo, quien era a la sazón el presidente de ese país centroamericano. Hice algunas diligencias para unirme a ellos; pero fue inútil, no logré el enllave necesario.

«A mediados de ese mismo año de 1948 se produjo en Costa Rica la llamada Revolución de Figueres en la que los compañeros antes mencionados jugaron un papel de importancia.

«Aquello, además de que me cogió de sorpresa, me hizo sentir un poco mal ya que hubiera querido estar allí porque suponía que el triunfo de dicha acción sería de gran utilidad para los emigrados dominicanos.

«Luego supe que mi suposición era válida en principio puesto que Figueres se había comprometido a facilitar hombres, armas y dinero para la lucha contra Trujillo a cambio de la ayuda de los dominicanos en la empresa que él encabezaba.

«Después que Figueres alcanzó sus objetivos no hizo buena su promesa y, según supe más tarde, solamente contribuyó con dinero que había prometido así como con la devolución de una parte de las armas de Cayo Confite que le había “prestado” don Juan Rodríguez de la cantidad que éste había logrado le devolvieran en Cuba.

«Cuando el triunfo de Figueres en Costa Rica era inminente, ya se conocían en La Habana algunos detalles acerca de la naturaleza de la lucha en que estaban participando mis antiguos compañeros.

En Costa Rica el panorama político era diferente al de Santo Domingo. Allí el Gobierno contra el que luchaba Figueres ayudado por los dominicanos era apoyado por las fuerzas más progresistas de ese país. Por otra parte, el objetivo de las fuerzas “revolucionarias” era llevar al poder al señor Otilio Ulate, un conspicuo oligarca representante de la reacción costarricense.

»Por esas razones me negué a engrosar las filas figueristas cuando en las postrimerías de la lucha se me invitó a hacerlo». (4)

La dudas de Tulio Arvelo sobre el movimiento encabezado por Figueres, por muchas otras razones, y a juzgar por lo que dice Crassweller, no parecían estar descaminadas:

Dice Crassweler que, como parte del arreglo de una disputa entre Costa Rica y Nicaragua, en el cual intervino subrepticiamente Trujillo, se produjo la dispersión o expulsión de la Legión del Caribe de Costa Rica. Simplemente el gobierno estuvo de acuerdo en que no toleraría dentro de su territorio grupos armados de exilados conspirando contra Nicaragua. Los mismos que tanto habían contribuido al triunfo de la insurrección.

Algunos se desligaron de la Legión y permanecieron en el país. Muchos otros encontrarían — como dice Crasswellwer— un nuevo hogar en Guatemala bajo el belicoso liberalismo del presidente Arévalo. Lo que quedaba de la Legión del Caribe salió de Costa Rica y volvió a formar sus filas en Guatemala, llevando consigo la porción sobreviviente del muy viajero armamento de Cayo Confites.

(Historia criminal del trujillato [122])

Notas:

(1) Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites, p. 398

(2) Ibid, p. 399

(3) ibid

(4) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, págs 108,109

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator
Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”. 

Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario.”


viernes, 14 de abril de 2023

Los festejos de la bestia

Pedro Conde Sturla

14 abril, 2023

Ernest Hemingway en Cuba

La bestia tenía muchos motivos para celebrar y hubo grandes celebraciones. El año 1947 había sido difícil desde el principio, pero la razón y el orden habían prevalecido, prevaleció el régimen de terror de la bestia. El 16 de agosto se había juramentado de nuevo como presidente, por cuarta vez presidente, elegido casi por unanimidad. Los comunistas del PSP y los antisociales de Juventud Democrática, que habían desafiado su gobierno públicamente, estaban en el exilio o en la cárcel o estaban muertos. La mayor amenaza que se había orquestado contra su gobierno, la expedición de Cayo Confites, se había derrotada en parte a sí misma…


Darío Castellanos era un niño de 10 años y recuerda bien las manifestaciones de adhesión a la bestia antes y después del fracaso de la expedición, los miles de campesinos que desfilaban en la capital armados de machetes, vociferando vivas a Trujillo y siguiendo los cuerpos militares. La invasión se había estado esperando en cualquier momento y cuando llegó la noticia del apresamiento de los hombres de Cayo Confites se produjo una explosión de júbilo en las altas esferas del gobierno. El pueblo dominicano también manifestó, por las buenas o por las malas, una aparatosa alegría. El héroe del momento era Trujillo. El salvador de la patria era Trujillo. Un coro de alabanzas se extendió por todos los rincones del país. La gente hacía cola para felicitarlo por su hazaña.

«Un botón de muestra del renovado y delirante culto a la personalidad del dictador lo brindó el diario La Nación de Santo Domingo, el 11 de octubre de 1947, en un comentario sobre la frustrada expedición. Según el articulista, “el Presidente Trujillo, solo el Presidente Trujillo, sin disparar un tiro ni derramar una gota de sangre” había ganado una batalla contra “mil ochocientos bandidos y piratas”. Desde su escritorio, añadió, “con la serenidad de un estratega que formula un plan para la victoria, el Generalísimo Trujillo, nota tras nota, fue informando al Gobierno cubano y a la opinión pública internacional del crimen que se fraguaba”». (1)

Paradójicamente «Se había cumplido al pie de la letra la profecía del expedicionario Danilo Valdez cuando aseguró que del cayo solo saldrían para las cárceles cubanas. En la capital dominicana, en tanto, Trujillo y su corte guardaban un astuto silencio y disfrutaban la victoria. Tenía razones el Generalísimo para estar feliz, pues sus deseos se habían convertido en realidad: la expedición había sido fríamente aniquilada por sus propios patrocinadores». (2)

Con mayor claridad y precisión Roberto Cassá atribuyó el fracaso de la expedición a que «Trujillo obtuvo el apoyo del imperialismo y pudo presionar exitosamente contra el Gobierno cubano, el cual se vio obligado a disolver el Ejército expedicionario». (3)

El gobierno cubano de Grau San Martín se desligó o pretendió desligarse de todo vínculo con los expedicionarios antitrujistas y los abandonó a su suerte. Oficialmente y extraoficialmente se dijo que Cuba se había limitado a ofrecer hospitalidad a los exiliados dominicanos y que los exiliados habían abusado de la misma. El gobierno había tenido que intervenir en el último momento para impedir un atropello contra una nación amiga. Curiosamente, hasta el nombre de un escritor de la fama y popularidad de Ernest Hemingway salió a bailar en el desastre de Cayo Confites. En rigor, Hemingway siempre se había mencionado durante los preparativos de la expedición y es muy probable que hubiera simpatizado con los revolucionarios y hasta prestado algún tipo de colaboración. De hecho, el célebre Telesforo o Telesforito Calderón, el secretario de la presidencia del gobierno de la bestia, lo había acusado de participar en las «andanzas de la brigada internacional comunista que intentaba atacar a la República Dominicana» Una acusación a la que daría crédito el semanario Times, asegurando que Hemingway había advertido a los “filibusteros” de Cayo Confites de la necesidad de acelerar la operación y de que «la demora sería fatal» (4)

Hemingway sería acusado además de haber dado alojamiento en su hacienda de Cuba a los pilotos norteamericanos y muchos de los “filibusteros” que integraban la expedición y hasta de disponer de miles de hombres armados para desatar un pandemonio contra la República Dominicana.(5)

Aparte de calumniado, se vio perseguido, su propiedad fue allanada por un pelotón de soldados que le mataron un perro y tuvo que dejar el país, al menos durante un tiempo prudente. (5)

Los miembros del ejército expedicionario no pasarían por suerte mucho tiempo en la cárcel ni tantas penurias como en Cayo Confites, gracias a la firme determinación de algunos de sus dirigentes, y de uno de ellos en particular. Los abogados defensores presentaron recursos de habeas corpus a principios del mes de octubre para obtener la libertad de los prisioneros y el Tribunal Supremo de Justicia estaba a punto de concederla, pero antes de que sucediera, el más impaciente y cascarrabias de todos —es decir, Juan Bosch— se declaró en huelga de hambre, huelga de comida y agua, porque la cosa iba en serio. Bosch le dio inicio a la huelga casi desde el mismo momento en que había sido detenido con los hombres del buque Aurora y de inmediato fue secundado por los que estaban detenidos en otras cárceles. La prensa cubana se hizo eco del acontecimiento y se produjo un escándalo mayúsculo. Tanto así que el general Pérez Damera mandó a buscar a Bosch y se reunió con él en presencia de varios periodistas, y después de un breve acuerdo, a condición de abandonar la huelga, accedió a soltar o comenzar a soltar a los rebeldes. En cambio Bosch fue a parar varios días al hospital. Estaba tan débil y consumido que su estómago ni siquiera resistió un jugo de naranja y se le diagnosticó disentería.(6)

En Santo Domingo, los festejos y el júbilo de la bestia corrían parejos con la más brutal intolerancia. La oposición al régimen persistiría, sin embargo, en el interior y el extranjero, a pesar de que se iniciaba una de las etapas más represivas de la era gloriosa. Incontables opositores serían asesinados en el país, y otros como Mauricio Báez y Manuel de Jesús Hernández morirían o desaparecerían en La Habana, Andrés Requena y Jesús de Galíndez en Nueva York, José Almoina en Ciudad México… El brazo largo de la bestia se hacía cada vez más largo y la oposición más terca, tozuda, incluso temeraria. Muy pronto, apenas dos años después de Cayo Confites, el exilio emprendería el camino de Luperón. 


(Historia criminal del trujillato [121])

Notas:

  1. Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”, p.382
  2. Ibid p. 359
  3. Citado por Humberto Vázquez García,  “La expedición de Cayo Confites”,  p. 374  
  4. Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites”,  p. 367 
  5. Ibid 
  6. Ibid p.361

Bibliografía:

Humberto Vázquez García, “La expedición de Cayo Confites

viernes, 31 de marzo de 2023

La deriva autoritaria

Pedro Conde Sturla

31 marzo, 2023

Tiene razón Danilo. La justicia dominicana ha abandonado su habitual tolerancia o apatía, incluso la necesaria y prudente complicidad, y se encamina a una deriva autoritaria contra los corruptos, tuerce el rumbo, se desvía de su verdadero objetivo. Por eso rebuznó de inmediato Insólito Mejía. 


Deriva significa, para aclarar las cosas, “abatimiento o desvío de la nave de su verdadero rumbo por efecto del viento, del mar o de la corriente”.

Desvían al Ministerio Público los vientos de un siempre peligroso populismo, las pasiones justicieras, el espíritu quijotesco que aún anida en ciertos idealistas desfasados que siguen creyendo en utopías. Los quijotes y quijotas del Ministerio Público lo alejan del camino recto, el que señala Anatole France:

“Toda la justicia social descansa en estos dos axiomas: El robo es punible y el producto del robo es sagrado”.

Esto significa que robar merece respeto, que los ladrones merecen respeto y que el respeto es indispensable para el mantenimiento del orden social. Entre los países como entre las personas —pudo haber dicho un ilustre mexicano— el respeto a los bienes robados es la paz. De hecho, los 
corruptos representan un factor de equilibrio y su contribución es inestimable. La deriva autoritaria contra los ladrones atenta contra el orden establecido, contra el orden y la impunidad establecidos. De hecho ya se está organizando en el país una cumbre a la que se ha dado en llamar la cumbre de los corruptos, con una voluminosa exprimera dama a la cabeza, y las consecuencias no son previsibles.

Todo ese afán de justicia es quijotesco, quijotería, quijotismo y si alguien tienen la culpa es el tal Cervantes. Culpa es de un facineroso llamado Cervantes Saavedra, un resentido social, un muerto de hambre, un fracasado, el autor de un libelo sobre sobre un loco holgazán que llamaban don Quijote. El tal Cervantes y el tal Quijote a los que se refirió Lope de Vega con gracia sin par. Aquel Lope que afirmó que no hay escritor “tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a don Quijote”.

Hasta la fecha, en verdad, no se ha escrito un libro tan dañino como el Quijote. Ni siquiera el Manifiesto del Partido Comunista y Las venas abiertas de América Latina alcanzan tales niveles de perversidad. De hecho, quizás no será nunca posible aquilatar el daño, el mal ejemplo que ha producido el Quijote en la sociedad.

Solo a un desquiciado se le ocurriría decir lo que el Quijote dice a Sancho, y a otro desquiciado ponerlo en práctica:

“—Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia”.
Otros principios y razonamientos, con su velada incitación a la lucha de clases, el elogio de la humildad y la virtud y la dignidad desenfrenadas, podrían inevitablemente conducirnos al abismo:

“—Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores, porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Numerables son aquellos que de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran”.

“Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que padres y agüelos tienen príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale”.

Por esa y otras razónes decía y repetía un alto y muy lucido funcionario de la era gloriosa: “Yo ya enterré al Quijote”. Y hay que enterrarlo bien hondo, enterrar también la utopía. Toda posible utopía. La utopia es un peligro, como no se cansa de predicar Jorge Prats.

De manera imperativa, hay que traer de nuevo a la memoria colectiva lo que dijo hace ya muchos siglos Fray Antón de Montesinos en el famoso Sermón de Adviento: “¿Decid con qué derecho?”.

“…Para os los dar a conocer los pecados y abusos contra los políticos y maleantes de cuello blanco me he subido aquí, yo soy la voz de Mercurio, dios de los políticos y los comerciantes y los banqueros y los ladrones que son la misma cosa en el desierto de esta isla y, por tanto conviene que con atención no cualquiera, la oigáis detenidamente.

“La cual será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás pensasteis oír… Esta voz dice que todos estáis en riesgo de que se os someta por la indiferencia, por la crueldad y tiranía que usáis con estos malaventurados industriosos políticos en desgracia arrojados a las pérfidas mazmorras donde sólo pertenecen los pobres y sucios de oficio.

“Decid ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible abandono aquestos funcionarios corruptos y malandrines? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban como tantos otros en sus villas y castillas mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con humillaciones y pérdidas millonarias, amenazáis despojar?

“¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles tregua ni compadecer sus malestares, que de los excesivos rigores que les dais en los infaustos tribunales incurren en pedorrea y flatulencias y se os mueren de tristeza, y por mejor decir los mataís por cebaros cada día de la desgracia ajena?

“¿Y qué cuidado tenéis de quien los mime, preserve los beneficios acumulados con el sudor de la frente ajena, salvaguarden sus cuentas en paraísos fiscales y la prestancia ganada a fuerza de papeletas?

“Acaso pretendéis ofrendar la cabeza ante el hacha del verdugo a tantos de sus iguales? Esos, ¿no son ladrones, corruptos, deshonestos, taimados y podridos como los que hoy padecen? ¿No tienen como ellos los ladroneles y ladronilos fortunas mal habidas? ¿No andan como ellos centenares de políticos exhibiéndose impúdicamente a bordo de vehículos que cuestan una fortuna? ¿No sois obligados a reconocedlos como a los demás? Dormidos como estáis en tan profundidad, de sueño tan letárgico, esto no entendéis, esto no sentis.

Pero al menos decid, ¿con qué derecho se somete a estos infelices al escarnio de la justicia sin daros cuenta de que estáis arriesgando la impunidad de multitudes con la posible fuerza de un mal ejemplo, un precedente nefasto que afila cuchillas para miles de gargantas?



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viernes, 24 de marzo de 2023

Los argumentos del Chez Checo

Pedro Conde Stirla

24 marzo, 2023

Mukien Adriana Sang Ben ejerció su derecho, su insoslayable deber. Cuestionó el nombramiento de un oscuro personaje en la Academia Dominicana de la Historia. No cualquier oscuro. Un oscuro ilustrado que pretende ser escultor, un oscuro historiador. Un oscuro con una pátina de cultura, cultísimo si se quiere, pero igualmente oscuro. Mukien ni nadie cuestionan su nombramiento por ser escultor-historiador. Lo que se cuestiona es su tenebroso historial. Su condición oscúrica:


Se lo señala vehemente –y lo señalan Minou Tavárez Mirabal y su hermano Manolo Tavárez Mirabal–, por «…haber participado en el fusilamiento de héroes nacionales encadenados como fueron los expedicionarios de Junio de 1959, haber comandado el escuadrón del Ejército que le dio, en la escena, el tiro de gracia al héroe nacional Francisco Alberto Caamaño Deñó y haber dirigido la patrulla que amarró, torturó y asesinó con la mayor de las crueldades a Manuel Aurelio Tavárez Justo…».

El nuevo académico tiene además (como se desprende de un incidente que describe Chiqui Vicioso en un reciente artículo) un concepto retorcido y mentiroso de la historia:

«La única vez que vi a Ramiro Matos fue en un panel sobre la Revolución de Abril. Con toda tranquilidad el militar se bufó de la Revolución y dijo que no se podía hablar ni siquiera de revuelta, que la revolución era una fábula inventada por los “comunistas”, lo que provocó que prontamente el periodista Emilín Herasme, hermano de Silvio, le recordara la batalla donde el perdió un ojo, añadiendo de manera sarcástica: “Parece que esa bala también fue una fábula”».

Todo lo anterior, sin embargo, no parece importarle al Chez Checo. No le quita el sueño. Con una ingenuidad que sería angelical si no fuera perversa, el flamante ex presidente de la Academia Dominicana de la Historia se limita a decir lo siguiente:

«Respecto de los hechos que se le imputan a Ramiro Matos, escapa a la competencia de esta Academia emitir veredicto condenatorio o no, ya que tal función es facultad exclusiva de la autoridad judicial competente con capacidad para dictar sentencias definitivas que adquieran la autoridad de la cosa irrevocablemente juzgada».

En definitiva, de acuerdo con este criterio, Enrique Pérez y Pérez y Ludovino Fernández y Jhonny Abbes García podrían ser miembros de la Academia. La ética, la moral, los principios humanistas no son competencia de la Academia. Pinochet podría ser miembro de honor. Y el generalísimo, por supuesto. Chez Checo, seguramente, hubiera dado su visto bueno.

Lo que resulta extraño, y en verdad sorprendente, es la amabilidad, la gentileza, la finura que Chez Checo dispensa al señor oscuro en contraste con la forma en que se refiere a Mukien Adriana Sang Ben, tratando de rebatir sus argumentos. El favorito de Chez Checo parece, en comparación, un dechado de virtudes.

En otra época Chez Checo habría condenado a Mukien a la hoguera, como solían hacer por deporte los llamados cristianos. En otra época la habría lapidado y, curiosamente, lo hace o trata de hacerlo, aunque no con piedras sino con palabras. Pretendidas palabras lapidarias que define, una por una, valiéndose prudentemente de la vigésima edición del DRAE de 2014.

A Mukien Sang Ben la acusa por lo menos de pedantería, vedetismo, narcisismo osadía o atrevimiento. Mukien Sang Ben, a juicio del desjuiciado Checheco, es manipuladora y ligera, desaprensiva, irrespetuosa, atrevida, irreflexiva, falaz. Quizás mujer falaz impostora de caricias, como decía en la canción Toña la Negra… Una lapidación en regla

La verdad es que a Checheco no se le quedó ningún insulto en el tintero. La dureza con la que Checheco trata a la maestra e historiadora no le permite ocultar o siquiera disimular sus simpatías o preferencias. A la larga podría ser que —a juicio de Checheco—, Mukien Sang Ben tenga menos méritos que Ramiro Matos

Algo más alarmante y sorprendente —si acaso no aberrante—, en los razonamientos de Checheco es la manera en que trata de justificar lo injustificable:

«Su argumento de que el señor Matos es “una persona con trayectoria personal cuestionada y por demás de 90 años” es un juicio eminentemente subjetivo. Averigüe en el país los miles de personas que lo admiran como escritor, artista y militar que hace ya varias décadas llevó a un presidente de la República a designarlo en el cargo más alto de las Fuerzas Armadas como fue el de Secretario de Estado con rango de Teniente General».

Chez Checo quizás no sabe o no le importa saber que también Emilio Ludovino Fernández tiene cientos de admiradores, que Trujillo tiene miles de admiradores, que hasta Enrique Pérez y Pérez y tantos otros asesinos tienen y tendrán admiradores.

Otra cosa: que un presidente nombrara semejante personaje en «el cargo más alto de las fuerzas armadas como fue el de secretario de estado» no honra al presidente que lo nombró ni tampoco al nombrado. Por lo que yo conozco de historia patria, con muy pocas honrosas excepciones no hemos tenido presidente de la República ni jefe de la policía ni de las fuerzas armadas que no salgan del cargo forrados de dinero. Entonces, o nos hacemos los pendejos como pretende Checheco o admitimos públicamente lo que todos saben: que poca gente roba en este país lo que roba un presidente o un jefe de la policía o un secretario de las fuerzas armadas y que ninguno de los cargos del estado reviste per se el menor asomo de dignidad.

Lo que se nombró, hay que decirlo y repetirlo, lo que defiende Checheco es el nombramiento de un esbirro en la Academia Dominicana de la Historia.

Como el Chez Checo gusta de emplear exhaustivamente las definiciones para descalificar a Mukien, aquí le dejo una, la definición de esbirro, por si acaso no la conoce:

«Persona que tiene por oficio ejecutar las órdenes o indicaciones de una autoridad, en especial cuando para ello tiene que ejercer la violencia o usar la fuerza».

De lo que se trata, en esencia —lo que verdaderamente duele hasta en los cojones del alma—, es de lo que denuncian los hermanos Minou y Manolo Tavárez Mirabal. Leer por favor con atención, Chec
heco, si no se te han empañado los lentes:

«El asesino Ramiro Matos González, al que hoy reconocen como historiador, tiene en su prontuario haber participado en el fusilamiento de héroes nacionales encadenados como fueron los expedicionarios de Junio de 1959, haber comandado el escuadrón del Ejército que le dio, en la escena, el tiro de gracia al héroe nacional Francisco Alberto Caamaño Deñó y haber dirigido la patrulla que amarró, torturó y asesinó con la mayor de las crueldades a Manuel Aurelio Tavárez Justo, Manolo, nuestro padre, declarado por el Congreso Nacional mediante la ley 150 de 2004, Héroe Nacional de la República Dominicana, y a sus compañeros como Mártires de la Patria. Que se sepa, cuando decidieron ustedes incorporarlo a la Academia Dominicana de la Historia, no pusieron en duda la validez de esta ley, ni la heroicidad, ni el patriotismo de esos héroes con cuyo asesino se sientan ustedes a deliberar. ¿O sí lo hicieron?

«Parece claro, igualmente, que ustedes antes de tomar la decisión de darle ingreso a este señor, tampoco tomaron siquiera en cuenta el testimonio de uno de sus colegas, ex presidente de esa academia, Emilio Cordero Michel, quien testificó que cuando fue llevado herido ante el jefe del comando de operaciones (Ramiro Matos, por si no lo sabían) le transmitió el mensaje de Manolo Tavárez y sus compañeros de que acogiéndose a las garantías del gobierno de facto bajarían de las montañas en son de paz y portando banderas blancas. Cuenta Emilio Cordero que la respuesta de Ramiro Matos fue: “Aunque traigan banderas blancas de paz, todos morirán”. Y de hacer cumplir esa amenaza se encargó cruel y directamente unos minutos más tarde».



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sábado, 18 de marzo de 2023

El salto de la nunciatura (1-2)

 (1)

Pedro Conde Sturla

10 marzo, 2023

A Consuelo Despradel

Pedro de Alvarado pasó a la historia por un famoso salto que en realidad fue un brinco al que se le sigue llamando salto. El salto de Alvarado. En el libro de historia que estudiamos en bachillerato se lo describe como uno de los grandes acontecimientos de “la conquista y evangelización de América”. El rubicundo Alvarado estaba siendo perseguido por los mexicas en Tenochtitlan, una banda de maleantes, unos pelafustanes inciviles o salvajes que lo querían probablemente desollar vivo. Se vió de repente acorralado, casi atrapado, pero el valor de seguir huyendo no lo abandonó. Le echó mano a una lanza, no para morir peleando, sino para usarla como pértiga o garrocha y atravesar volando, de un salto olímpico, uno de los tantos canales de la fastuosa ciudad.


Lamentablemente las cosas no son en realidad tan bonitas como las que pintaba aquel manual de historia apologética en el que los españoles representaban la civilización y los indígenas la barbarie.

Alvarado llegó a Tenochtitlán el 8 de noviembre de 1519 con las tropas de Hernán Cortés, a quien el emperador Moctezuma recibió como si fuera un dios, lo colmó de honores y le dio alojamiento en su palacio. Cortés le pagó semejantes honores haciéndolo prisionero, tomándolo como rehén en su propia casa, junto a un grupo de nobles, y apoderándose de sus cuantiosos tesoros.

Un año después, Cortés se vio precisado a salir al encuentro de los hombres de Pánfilo de Narváez, que venían desde Cuba con órdenes de arrestarlo y dejó a Alvarado al mando, a pesar de los consejos de algunos de sus más cercanos colaboradores. Alvarado era abusador y era cruel, era un incontrolable y no le tenían confianza, pero Cortes no hizo caso.

En su ausencia, los nobles empezaron a hacer preparativos para celebrar una fiesta sagrada en el templo mayor. Alvarado recibió o se inventó noticias de que la fiesta no era más que un ardid para darle muerte o iniciar una sublevación y ordenó una matanza, la conocida matanza del templo mayor, una feroz carnicería contra hombres desarmados, y provocó la insurrección de los mexicas, también llamados aztecas. La insurrección que supuestamente había tratado de evitar.

Cortés volvió en su ayuda, pero ya no había nada que hacer. Los mexicas se habían cansado de los abusos, las violaciones, las rapiñas, y atacaban por todas partes. Los españoles se batieron heroicamente en retirada, según dice la historia que escribieron los españoles, o se retiraron simplemente a la carrera y sin batirse.

Alvarado se encontraba con sus tropas en la retaguardia y fue el único que salvó la vida gracias a su ingenioso ardid o quizás por haberlas abandonado. Nadie vio lo que hizo o lo que dijo que hizo cuando se vio acorralado: “solo e mal herido, e el caballo muerto e viéndome de esta manera, pasé el dicho paso por una viga, e no me lo habían de tener a mal ni dármelo por cargo, pues fue milagro poderme escapar, e no lo pudiera hacer si no fuera porque uno de caballo estaba de la otra parte, que era Cristóbal Martín de Gamboa, que me tomó a las ancas de su caballo e me salvó”.

O sea, que Alvarado dijo que clavó su muy larga lanza en medio del canal que le impedía el paso y tomó impulso y logró salvar la distancia de una a otra orilla y salvar la vida. En realidad lo que lo salvó fue la mentira.

En fin, que el heroísmo de Alvarado es un chiste, puro heroísmo verbal, si acaso hubo heroísmo.

El famoso salto de Alvarado es insignificante, en definitiva, un acontecimiento sobrevalorado en exceso, sobre todo en comparación con otro salto verdaderamente genial que la historia dominicana registra. El salto de la nunciatura, un prodigioso salto de más dos metros de altura protagonizado el día 17 de enero del año 1962 por el entonces agilísimo doctor Joaquin Amparo Balaguer Ricardo.

Balaguer era presidente de mentirillas, presidente putativo, verdaderamente putativo, desde el 3 de agosto de 1960, desde cuando Trujillo decidió ponerlo en sustitución de su hermano Negro Trujillo.

Después mataron felizmente a Trujillo el día 30 de mayo de 1961 y el país quedó en manos de Ramfis y Petán Trujillo, pero Balaguer siguió siendo presidente putativo, todavía más putativo de lo que era. El papel que le habían asignado en ese momento consistía en gestionar una transición del trujillismo al trujillismo sin Trujillo, algo que la oposición interna y la presión internacional no permitía.

Así las cosas, frente al desbordado crecimiento de las fuerzas vivas del país, la caverna trujillista, encabezada por Petán Trujillo, urdió un complot que daría al traste con el régimen de las apariencias y ahogaría en sangre al país. Los líderes de la oposición y multitud de seguidores serían ejecutados, encarcelados, torturados, desaparecidos. Familias enteras serían exterminadas. El mismo Balaguer sería suprimido… Se habló de una lista que comprendía varios miles de personas.

Pero el complot fue abortado por la llamada conspiración de los pilotos, la iniciativa de un grupo de pilotos que tuvo lugar en la mañana del día 19 de noviembre de 1961 y que fue encabezada por el comandante de la base aérea de Santiago, general Pedro Rodríguez Echavarría. Ese luminoso día fueron bombardeadas las fortalezas de Mao y Puerto Plata, la base aérea de San Isidro y otras instalaciones militares.

Lo que se produjo entonces fue una estampida. Una colosal estampida. El barco se estaba hundiendo y las ratas empezaron a salir en desorden. Salieron los Trujillo, en su mayoría, y salieron muchos de sus cómplices y algunos de los más connotados asesinos.

Balaguer ordenó o se le ordenó que abriera las arcas de los bancos del estado para que los hijos y hermanos y otros familiares cercanos de Trujillo se llevaran en maletas todo el dinero que pudieran. Antes de partir, el vesánico Ramfis Trujillo torturó y ejecutó a los implicados en el ajusticiamiento de su padre que permanecían en prisión.

De cualquier manera, aquel día fue de fiesta, una fiesta nacional no declarada, una fiesta inolvidable con multitud de gentes en las calles, celebrando el fin de la tiranía.

El complot de la caverna y la inesperada conspiración de los pilotos precipitó de esta suerte la salida de la familia Trujillo del país y convirtió a Balaguer en presidente más o menos de verdad, pero con una férrea oposición.

 

(2 de 2)


Balaguer trataría de quedarse en el poder, convertirse graciosamente en heredero del tirano por todos los medios. Nunca le temblaría la voz para mandar a matar ni argumentos o pretextos para justificar las matanzas.Balaguer era el más potable de los herederos de Trujillo. Nadaba en todas las aguas y supo salir a flote en el momento oportuno. Además fue un favorito de la historia, un favorito del demonio. Todo le saldría a pedir de boca, el poder llegaría más adelante a sus manos servido en bandeja de plata por fina gentileza del imperio. Al igual que Trujillo, inspiraba confianza a los amos del norte y se veía como el hombre que la providencia había designado para guiar la nación en días tan turbulentos y conjurar la amenaza comunista que ya asomaba su fea cabeza. Había al parecer comunistas hasta en sopa.


Ante los reclamos populares que exigían en todo momento su destitución y sometimiento a la justicia, pronunció el 23 de noviembre de 1961 un discurso de barricada en el que se acogía al destino manifiesto y ponía en claro sus intenciones:

“Tengo conciencia de la misión histórica que me ha señalado el destino y voy a cumplirla sin temores y sin vacilaciones. Las responsabilidades que he asumido me obligarán, en el curso de esta dura tarea, a herirme en mi propia carne y a tomar determinaciones inflexibles que no me es dable eludir”.

En el mismo discurso citaría, por cierto, unas palabras del ex presidente colombiano Mariano Ospina Pérez con las que pretendía demostrar un valor personal que sólo resultó ser verbal:


“Para el honor y para la grandeza de la República, más vale un Presidente muerto que un Presidente fugitivo”.

Mientras tanto, se pautaron elecciones para el 20 de diciembre de 1962. En los planes de Balaguer estaba el seguir gobernando hasta entonces y quizás después. Pero la oposición frustró su proyecto. Lo quería fuera del poder y lo sacaría del poder. Incontables movimientos de masas, episodios heroicos como los de la Calle Espaillat, con su trágica secuela de muertos, y una gran huelga nacional de once días durante el mes de noviembre y diciembre le doblarían el pulso. La oposición radical, encabezada por el Movimiento Revolucionario Catorce de Junio y el Partido Revolucionario Dominicano pretendía derrocarlo y encarcelarlo, pero la Unión Cívica Nacional aceptó una fórmula de compromiso: la modificación de la constitución y la instauración, el día 1 de enero de 1962, de un Consejo de Estado de siete miembros, con un disminuido Balaguer a la cabeza. El héroe del momento, el héroe efímero, general Rodríguez Echavarría, ocupó la secretaría de estado de las fuerzas armadas.

No obstante, las voces y los movimientos de masa pidiendo la salida de Balaguer no cesaron ni cesarían. En consecuencia, dos semanas más tarde, el día 16 de enero, Rodríguez Echavarría encabezaría un autogolpe a favor de Balaguer. Se esparcieron entonces rumores de una movilización de tanques sobre la ciudad y se produjo una matanza en el Parque Independencia. Una llamada junta cívico-militar usurpó el poder y varios miembros del Consejo de Estado fueron arrestados, pero sólo por cuarenta y ocho horas. El día 18, un contragolpe encabezado por Rafael Fernández Domínguez y Elías Wessin y Wessin reinstaló el Consejo de Estado con Rafael F. Bonnelly a la cabeza.

El héroe del momento, Rodríguez Echavarría, se había convertido en villano y fue apresado. Joaquín Balaguer, el hombre que en un alarde de valor verbal había dicho que era preferible un presidente muerto a un presidente fugitivo, se dio de inmediato a la fuga. Fue entonces que tuvo lugar aquel famoso salto de más de dos metros de altura que lo puso a salvo en la Nunciatura Apostólica de Santo Domingo, justo al lado de su casa.

La heroica y olímpica hazaña no está, sin embargo, exenta de controversia y quizás ni siquiera suficientemente esclarecida.

Miguel Guerrero, por ejemplo, en su columna de El Caribe del 14 de marzo de 2015, afirma lo siguiente:

“En realidad Balaguer no tuvo necesidad de saltar esa verja, muy alta, del lado norte de la residencia en la que vivió, hasta su muerte en julio del 2002.

“Existen otras dos versiones, más creíbles, de la forma en la que él penetró a ese recinto. Según la primera, Balaguer llamó al secretario de la Nunciatura y encargado de la misión, monseñor Antonio Del Guidice (sic), de quien era muy amigo, para expresarle su intención de buscar asilo y que más tarde fue tranquilamente caminando hasta la puerta de la Máximo Gómez que da a los jardines y garajes de la parte trasera de la residencia diplomática, separada de la suya por unos escasos metros, por donde penetró. La otra versión señala que el propio Del Guidice (sic) fue a buscarle a su casa después de recibir aquella llamada y que ambos entraron a la Nunciatura caminando minutos más tarde”.

Con el Balaguer de Miguel Guerrero pasa algo parecido a lo del Guillermo Tell de Ernesto Sabato. De acuerdo con la historia o la leyenda Guillermo Tell era un famoso ballestero suizo que se negó a rendir homenaje a un representante de los ocupantes de su país. Le infligieron, a causa de su rebeldía, un curioso y cruel castigo: disparar una flecha a una manzana colocada en la cabeza de su hijo. Guillermo Tell superó, sin embargo, la difícil prueba: atravesó la manzana de un flechazo sin dañar al hijo.

Para Ernesto Sabato el hecho constituye casi una vergüenza, por lo menos un desperdicio. A juicio de este escritor, como dice en un libro memorable, perdieron los suizos la oportunidad de tener una gran tragedia nacional. “¿Qué puede esperarse de un país semejante? Una raza de relojeros, en el mejor de los casos”.

Con el Balaguer de Miguel Guerrero la nación dominicana pierde lo que podría ser un grandioso mito, amén de un récord merecedor del libro Guinness. El Balaguer de Miguel Guerrero es un hombre digno, aplomado, que entró a la nunciatura por la puerta delantera o trasera. Quizás Antonio del Giudice lo fue a buscar. Pierde, Balaguer, en todo caso, su posible estatura olímpica. Nunca fue el hombre que en un acto de férrea voluntad (o quizás porque lo atenazaba el terror a las masas vociferantes que lo habrían descuartizado) dio aquel salto épico sobre una pared de más de dos metros de altura. Yo prefiero imaginarlo de esa manera. Saltando o trepando. Por lo menos trepando como un gato, usando las uñas. Soltando el lastre. Aligerando seguramente el vientre en el trámite para facilitar la fuga. Tocata y fuga en re menor.

viernes, 17 de marzo de 2023

El salto de la nunciatura (2 de 2)

Pedro Conde Sturla 

17 marzo, 2023


                                                                             A Consuelo Despradel 



Balaguer trataría de quedarse en el poder, convertirse graciosamente en heredero del tirano por todos los medios. Nunca le temblaría la voz para mandar a matar ni argumentos o pretextos para justificar las matanzas.Balaguer era el más potable de los herederos de Trujillo. Nadaba en todas las aguas y supo salir a flote en el momento oportuno. Además fue un favorito de la historia, un favorito del demonio. Todo le saldría a pedir de boca, el poder llegaría más adelante a sus manos servido en bandeja de plata por fina gentileza del imperio. Al igual que Trujillo, inspiraba confianza a los amos del norte y se veía como el hombre que la providencia había designado para guiar la nación en días tan turbulentos y conjurar la amenaza comunista que ya asomaba su fea cabeza. Había al parecer comunistas hasta en sopa.


Ante los reclamos populares que exigían en todo momento su destitución y sometimiento a la justicia, pronunció el 23 de noviembre de 1961 un discurso de barricada en el que se acogía al destino manifiesto y ponía en claro sus intenciones:

“Tengo conciencia de la misión histórica que me ha señalado el destino y voy a cumplirla sin temores y sin vacilaciones. Las responsabilidades que he asumido me obligarán, en el curso de esta dura tarea, a herirme en mi propia carne y a tomar determinaciones inflexibles que no me es dable eludir”.

En el mismo discurso citaría, por cierto, unas palabras del ex presidente colombiano Mariano Ospina Pérez con las que pretendía demostrar un valor personal que sólo resultó ser verbal:


“Para el honor y para la grandeza de la República, más vale un Presidente muerto que un Presidente fugitivo”.

Mientras tanto, se pautaron elecciones para el 20 de diciembre de 1962. En los planes de Balaguer estaba el seguir gobernando hasta entonces y quizás después. Pero la oposición frustró su proyecto. Lo quería fuera del poder y lo sacaría del poder. Incontables movimientos de masas, episodios heroicos como los de la Calle Espaillat, con su trágica secuela de muertos, y una gran huelga nacional de once días durante el mes de noviembre y diciembre le doblarían el pulso. La oposición radical, encabezada por el Movimiento Revolucionario Catorce de Junio y el Partido Revolucionario Dominicano pretendía derrocarlo y encarcelarlo, pero la Unión Cívica Nacional aceptó una fórmula de compromiso: la modificación de la constitución y la instauración, el día 1 de enero de 1962, de un Consejo de Estado de siete miembros, con un disminuido Balaguer a la cabeza. El héroe del momento, el héroe efímero, general Rodríguez Echavarría, ocupó la secretaría de estado de las fuerzas armadas.

No obstante, las voces y los movimientos de masa pidiendo la salida de Balaguer no cesaron ni cesarían. En consecuencia, dos semanas más tarde, el día 16 de enero, Rodríguez Echavarría encabezaría un autogolpe a favor de Balaguer. Se esparcieron entonces rumores de una movilización de tanques sobre la ciudad y se produjo una matanza en el Parque Independencia. Una llamada junta cívico-militar usurpó el poder y varios miembros del Consejo de Estado fueron arrestados, pero sólo por cuarenta y ocho horas. El día 18, un contragolpe encabezado por Rafael Fernández Domínguez y Elías Wessin y Wessin reinstaló el Consejo de Estado con Rafael F. Bonnelly a la cabeza.

El héroe del momento, Rodríguez Echavarría, se había convertido en villano y fue apresado. Joaquín Balaguer, el hombre que en un alarde de valor verbal había dicho que era preferible un presidente muerto a un presidente fugitivo, se dio de inmediato a la fuga. Fue entonces que tuvo lugar aquel famoso salto de más de dos metros de altura que lo puso a salvo en la Nunciatura Apostólica de Santo Domingo, justo al lado de su casa.

La heroica y olímpica hazaña no está, sin embargo, exenta de controversia y quizás ni siquiera suficientemente esclarecida.

Miguel Guerrero, por ejemplo, en su columna de El Caribe del 14 de marzo de 2015, afirma lo siguiente:

“En realidad Balaguer no tuvo necesidad de saltar esa verja, muy alta, del lado norte de la residencia en la que vivió, hasta su muerte en julio del 2002.

“Existen otras dos versiones, más creíbles, de la forma en la que él penetró a ese recinto. Según la primera, Balaguer llamó al secretario de la Nunciatura y encargado de la misión, monseñor Antonio Del Guidice (sic), de quien era muy amigo, para expresarle su intención de buscar asilo y que más tarde fue tranquilamente caminando hasta la puerta de la Máximo Gómez que da a los jardines y garajes de la parte trasera de la residencia diplomática, separada de la suya por unos escasos metros, por donde penetró. La otra versión señala que el propio Del Guidice (sic) fue a buscarle a su casa después de recibir aquella llamada y que ambos entraron a la Nunciatura caminando minutos más tarde”.

Con el Balaguer de Miguel Guerrero pasa algo parecido a lo del Guillermo Tell de Ernesto Sabato. De acuerdo con la historia o la leyenda Guillermo Tell era un famoso ballestero suizo que se negó a rendir homenaje a un representante de los ocupantes de su país. Le infligieron, a causa de su rebeldía, un curioso y cruel castigo: disparar una flecha a una manzana colocada en la cabeza de su hijo. Guillermo Tell superó, sin embargo, la difícil prueba: atravesó la manzana de un flechazo sin dañar al hijo.

Para Ernesto Sabato el hecho constituye casi una vergüenza, por lo menos un desperdicio. A juicio de este escritor, como dice en un libro memorable, perdieron los suizos la oportunidad de tener una gran tragedia nacional. “¿Qué puede esperarse de un país semejante? Una raza de relojeros, en el mejor de los casos”.

Con el Balaguer de Miguel Guerrero la nación dominicana pierde lo que podría ser un grandioso mito, amén de un récord merecedor del libro Guinness. El Balaguer de Miguel Guerrero es un hombre digno, aplomado, que entró a la nunciatura por la puerta delantera o trasera. Quizás Antonio del Giudice lo fue a buscar. Pierde, Balaguer, en todo caso, su posible estatura olímpica. Nunca fue el hombre que en un acto de férrea voluntad (o quizás porque lo atenazaba el terror a las masas vociferantes que lo habrían descuartizado) dio aquel salto épico sobre una pared de más de dos metros de altura. Yo prefiero imaginarlo de esa manera. Saltando o trepando. Por lo menos trepando como un gato, usando las uñas. Soltando el lastre. Aligerando seguramente el vientre en el trámite para facilitar la fuga. Tocata y fuga en re menor.

viernes, 10 de marzo de 2023

El salto de la nunciatura (1)

Pedro Conde Sturla

10 marzo, 2023

            

                                                                   A Consuelo Despradel

Pedro de Alvarado pasó a la historia por un famoso salto que en realidad fue un brinco al que se le sigue llamando salto. El salto de Alvarado. En el libro de historia que estudiamos en bachillerato se lo describe como uno de los grandes acontecimientos de “la conquista y evangelización de América”. El rubicundo Alvarado estaba siendo perseguido por los mexicas en Tenochtitlan, una banda de maleantes, unos pelafustanes inciviles o salvajes que lo querían probablemente desollar vivo. Se vió de repente acorralado, casi atrapado, pero el valor de seguir huyendo no lo abandonó. Le echó mano a una lanza, no para morir peleando, sino para usarla como pértiga o garrocha y atravesar volando, de un salto olímpico, uno de los tantos canales de la fastuosa ciudad.


Lamentablemente las cosas no son en realidad tan bonitas como las que pintaba aquel manual de historia apologética en el que los españoles representaban la civilización y los indígenas la barbarie.

Alvarado llegó a Tenochtitlán el 8 de noviembre de 1519 con las tropas de Hernán Cortés, a quien el emperador Moctezuma recibió como si fuera un dios, lo colmó de honores y le dio alojamiento en su palacio. Cortés le pagó semejantes honores haciéndolo prisionero, tomándolo como rehén en su propia casa, junto a un grupo de nobles, y apoderándose de sus cuantiosos tesoros.

Un año después, Cortés se vio precisado a salir al encuentro de los hombres de Pánfilo de Narváez, que venían desde Cuba con órdenes de arrestarlo y dejó a Alvarado al mando, a pesar de los consejos de algunos de sus más cercanos colaboradores. Alvarado era abusador y era cruel, era un incontrolable y no le tenían confianza, pero Cortes no hizo caso.

En su ausencia, los nobles empezaron a hacer preparativos para celebrar una fiesta sagrada en el templo mayor. Alvarado recibió o se inventó noticias de que la fiesta no era más que un ardid para darle muerte o iniciar una sublevación y ordenó una matanza, la conocida matanza del templo mayor, una feroz carnicería contra hombres desarmados, y provocó la insurrección de los mexicas, también llamados aztecas. La insurrección que supuestamente había tratado de evitar.

Cortés volvió en su ayuda, pero ya no había nada que hacer. Los mexicas se habían cansado de los abusos, las violaciones, las rapiñas, y atacaban por todas partes. Los españoles se batieron heroicamente en retirada, según dice la historia que escribieron los españoles, o se retiraron simplemente a la carrera y sin batirse.

Alvarado se encontraba con 
sus tropas en la retaguardia y fue el único que salvó la vida gracias a su ingenioso ardid o quizás por haberlas abandonado. Nadie vio lo que hizo o lo que dijo que hizo cuando se vio acorralado: “solo e mal herido, e el caballo muerto e viéndome de esta manera, pasé el dicho paso por una viga, e no me lo habían de tener a mal ni dármelo por cargo, pues fue milagro poderme escapar, e no lo pudiera hacer si no fuera porque uno de caballo estaba de la otra parte, que era Cristóbal Martín de Gamboa, que me tomó a las ancas de su caballo e me salvó”.

O sea, que Alvarado dijo que clavó su muy larga lanza en medio del canal que le impedía el paso y tomó impulso y logró salvar la distancia de una a otra orilla y salvar la vida. En realidad lo que lo salvó fue la mentira.

En fin, que el heroísmo de Alvarado es un chiste, puro heroísmo verbal, si acaso hubo heroísmo.

El famoso salto de Alvarado es insignificante, en definitiva, un acontecimiento sobrevalorado en exceso, sobre todo en comparación con otro salto verdaderamente genial que la historia dominicana registra. El salto de la nunciatura, un prodigioso salto de más dos metros de altura protagonizado el día 17 de enero del año 1962 por el entonces agilísimo doctor Joaquin Amparo Balaguer Ricardo.

Balaguer era presidente de mentirillas, presidente putativo, verdaderamente putativo, desde el 3 de agosto de 1960, desde cuando Trujillo decidió ponerlo en sustitución de su hermano Negro Trujillo.

Después mataron felizmente a Trujillo el día 30 de mayo de 1961 y el país quedó en manos de Ramfis y Petán Trujillo, pero Balaguer siguió siendo presidente putativo, todavía más putativo de lo que era. El papel que le habían asignado en ese momento consistía en gestionar una transición del trujillismo al trujillismo sin Trujillo, algo que la oposición interna y la presión internacional no permitía.

Así las cosas, frente al desbordado crecimiento de las fuerzas vivas del país, la caverna trujillista, encabezada por Petán Trujillo, urdió un complot que daría al traste con el régimen de las apariencias y ahogaría en sangre al país. Los líderes de la oposición y multitud de seguidores serían ejecutados, encarcelados, torturados, desaparecidos. Familias enteras serían exterminadas. El mismo Balaguer sería suprimido… Se habló de una lista que comprendía varios miles de personas.

Pero el complot fue abortado por la llamada conspiración de los pilotos, la iniciativa de un grupo de pilotos que tuvo lugar en la mañana del día 19 de noviembre de 1961 y que fue encabezada por el comandante de la base aérea de Santiago, general Pedro Rodríguez Echavarría. Ese luminoso día fueron bombardeadas las fortalezas de Mao y Puerto Plata, la base aérea de San Isidro y otras instalaciones militares.

Lo que se produjo entonces fue una estampida. Una colosal estampida. El barco se estaba hundiendo y las ratas empezaron a salir en desorden. Salieron los Trujillo, en su mayoría, y salieron muchos de sus cómplices y algunos de los más connotados asesinos.

Balaguer ordenó o se le ordenó que abriera las arcas de los bancos del estado para que los hijos y hermanos y otros familiares cercanos de Trujillo se llevaran en maletas todo el dinero que pudieran. Antes de partir, el vesánico Ramfis Trujillo torturó y ejecutó a los implicados en el ajusticiamiento de su padre que permanecían en prisión.

De cualquier manera, aquel día fue de fiesta, una fiesta nacional no declarada, una fiesta inolvidable con multitud de gentes en las calles, celebrando el fin de la tiranía.

El complot de la caverna y la inesperada conspiración de los pilotos precipitó de esta suerte la salida de la familia Trujillo del país y convirtió a Balaguer en presidente más o menos de verdad, pero con una férrea oposición.



Enviado desde mi iPad

viernes, 3 de marzo de 2023

Aquellas tardes en que nos reuníamos con Norberto

Pedro Conde Sturla

3 marzo, 2023

Nadal Walcot: el Caribe abigarrado de cocolos, trenes y guloyas


De aquellos domingos, aquellas tardes dominicales en que Felix y yo nos reuníamos con Norberto a tomar cerveza, ya solo queda el recuerdo, apenas un recuerdo vaporoso. Norberto jugaba con sus hijas Ruth y Malva, bromeaba con su esposa, ponía música, hablábamos y tomábamos cerveza. Molinaza vivía en el cuarto piso y asistía a las reuniones. Pero Norberto se iría pronto para Boston y nunca más regresaría por mucho tiempo al país.

A veces, siempre en domingo, venía a buscarnos en horas de la mañana en su flamante LADA para salir a patrullar. Es decir, patrullar en el el sentido que Norberto confería al término. Recorrer la ciudad, que era un encanto, ir de aquí para allá sin rumbo fijo. Coger la carretera del suroeste en dirección al puente Lucas Díaz. Comprar pescado fresco, chillo fresco, a unos cuantos pesos la libra. El menú de la tarde. Quizás pescado con coco y cerveza fría, bien fría. Una caja de veinticuatro cervezas pequeñas a doce pesos la caja.

Lo que pretendo ahora es decir algo o decir todo de Norberto con palabras de Norberto. Decir quizás Norberto con la voz de Norberto.Todavía en esa época —y creo que para toda la vida— Norberto seguía siendo el mismo que hablaba a veces de un tiempo que no conoció, un tiempo en que la caña, los millones y su provincia de nombre indígena, de salobre y húmedo apellido, tenían música propia y desde los más remotos lugares llegaban los danzantes.

Era el muchacho que soñaba con aquellas muchachas más o menos etéreas a las que había sentido llegar con su lento acopio de luz. Muchachas cargadas de alegrías que quiso compartir y no pudo porque ignoraba quizás la brevedad de esos seres en su tiempo. No podía dar más que amor, la limpia timidez que desde niño lo acompañaba. ¿Qué otra cosa podía dar, en el fondo, un triste muchacho sin paz que no fuera su heredada calma y su duro silencio de batey en tiempo muerto?

¿Sería alguna de esas muchachas la colegiala del amor breve que no supo buscar a tiempo? Aquella que no olvida, de la que no puede olvidar el rastro de las manos, las huellas de la boca, el níveo paisaje de los senos obstinados, desafiantes.

¿Cómo podría olvidar la fibra de esos dedos, si a cada paso se las sugiere esta yedra indomable en el pálido recuerdo que permuta su verdor por la sangre reseca de los ladrillos? Un recuerdo que sigue adherido a la memoria, como la sombra al cuerpo, como el vaivén a la ola.

Bebíamos cerveza a raudales en aquellas tardes de domingo. Norberto hablaba, sonreía, Felix contaba historias de su estadía en Cuba. De la vez que una novia lo sorprendió a Norberto, embelesado, mirándole el trasero a una estudiante mientras formaba fila 
para entrar al comedor universitario. El desenlace casi fatal. El golpe inesperado detrás de la oreja. La cara de yo no fui. Qué culpa tengo… Se le habían ido los ojos detrás de la agraciada, la culpa era de los ojos que tienen vida propia. (Además, según fuentes mejor informadas, el hecho aconteció en la parada de la ruta 27 de la Habana Vieja).


Lo cierto es que, a pesar de todo, aún no se ha escrito la historia de su congoja. Su viejo dolor unido al nuestro. Nació en el ingenio azucarero y pasó la infancia sin libros, sin bicicleta, persiguiendo la poesía que a su vez lo perseguía a él, la poesía de los días, de la vida, de la dura infancia que tuvo y sólo pudo plasmar en difusos colores de lápices ajenos. Todo entonces le era ajeno, con excepción de la poesía que lo invadió. Los niños de su entorno nunca tuvieron tiempo para asir entre sus dedos los múltiples colores de las mariposas o atar en la mirada los paisajes del archipiélago. Conocer el canto húmedo de los ríos.

Los frutos de su ingenio, en el amplio sentido del término, son agridulces, tiernos, amargamente tiernos. Pero Norberto no se quedó como tantos otros atrapado por el raíl ondulante y frío. Siempre recordaría, sin embargo, se llevaría en la sangre el polvoriento barrio de la provincia aldeana cayéndose sin ruido. El decrépito barrio cayéndose sin ruido.

Después partió para Boston, de donde no regresaría. Se quedó allí ejerciendo la docencia y la poesía. Pero su signo fue siempre el desarraigo. Así, sin perro ni residencia fija, en el débil rumor de los días en que sobrevivió al peso de sí mismo, anclado en ese otro que lo empujaba a ramonear el árbol del tiempo.
Quizás el tiempo en los deliciosos zaguanes de Ciudad Nueva o del Vedado, allí donde se perciben restos de diálogos a medias, conversaciones truncas o por elaborar, risas no acontecidas, planes por establecer, el presentimiento de un atardecer que asoma su húmedo y frío hocico, con pronóstico de nieve, por las breves aceras de Beechwood Road donde divagaba alguna vez, desandando en el pensamiento los restos de la tarde… Desandando en el pensamiento los restos de la tarde.

Siempre se negaría a volver la mirada, destruir sus tambores, impugnar a sus dioses, ignorar sus colores. Si a su memoria erigieran monumento alguno, preferiría que fuera dolmen al amor que profesó, no obelisco a la desidia o al desamor.

Ya ni siquiera recuerdo bien el lugar de aquellas tardes, el apartamento de aquel edificio en que Felix y yo y Molinaza nos reuníamos con Norberto a tomar cerveza los domingos.

Norberto lo sabía, lo dijo a tiempo, sabía que más temprano que tarde, en la memoria, habría de asumir la forma pura de un soberano temblor, se recompondría en las agotadas provincias de la memoria. Más temprano que tarde, lo palpable que era, ineluctablemente se tornaría memoria, mentida espuma en vaivén, simple recuerdo, aunque a pesar de todo seguirían importándole los callejones, el maíz tierno, un buen trago, un paseo por Juan Dolio… Un paseo por Juan Dolio, por ejemplo.

Pasó una eternidad, un breve destello. Uno a uno han silenciado los perros. Una a una se le han apagado las lámparas, amargas lámparas que rodearon su fructífera existencia. Levantan vuelo sus humildes palabras, pero ya no le alcanzan las sales del viento. Ya no le alcanzan los continuos dolores que aquí permanecen. Ahora Norberto ha descendido. Ahora se escapa…



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Aquellas tardes en que nos reuníamos con Norberto

Pedro Conde Sturla

Nadal Walcot: el Caribe abigarrado de cocolos, trenes y guloyas


De aquellos domingos, aquellas tardes dominicales en que Felix y yo nos reuníamos con Norberto a tomar cerveza, ya solo queda el recuerdo, apenas un recuerdo vaporoso. Norberto jugaba con sus hijas Ruth y Malva, bromeaba con su esposa, ponía música, hablábamos y tomábamos cerveza. Molinaza vivía en el cuarto piso y asistía a las reuniones. Pero Norberto se iría pronto para Boston y nunca más regresaría por mucho tiempo al país. 


A veces, siempre en domingo, venía a buscarnos en horas de la mañana en su flamante LADA para salir a patrullar. Es decir, patrullar en el el sentido que Norberto confería al término. Recorrer la ciudad, que era un encanto, ir de aquí para allá sin rumbo fijo. Coger la carretera del este en dirección al puente Lucas Díaz. Comprar pescado fresco, chillo fresco, a unos cuantos pesos la libra. El menú de la tarde. Quizás pescado con coco y cerveza fría, bien fría. Una caja de veinticuatro cervezas pequeñas a doce pesos la caja.


Lo que pretendo ahora es decir algo o decir todo de Norberto con palabras de Norberto. Decir quizás Norberto con la voz de Norberto.Todavía en esa época —y creo que para toda la vida— Norberto seguía siendo el mismo que hablaba a veces de un tiempo que no conoció, un tiempo en que la caña, los millones y su provincia de nombre indígena, de salobre y húmedo apellido, tenían música propia y desde los más remotos lugares llegaban los danzantes.


Era el muchacho que soñaba con aquellas muchachas más o menos etéreas a las que había sentido llegar con su lento acopio de luz. Muchachas cargadas de alegrías que quiso compartir y no pudo porque ignoraba quizás la brevedad de esos seres en su tiempo. No podía dar más que amor, la limpia timidez que desde niño lo acompañaba. ¿Qué otra cosa podía dar, en el fondo, un triste muchacho sin paz que no fuera su heredada calma y su duro silencio de batey en tiempo muerto? 


¿Sería alguna de esas muchachas la colegiala del amor breve que no supo buscar a tiempo? Aquella que no olvida, de la que no puede olvidar el rastro de las manos, las huellas de la boca, el níveo paisaje de los senos obstinados, desafiantes. 


¿Cómo podría olvidar la fibra de esos dedos, si a cada paso se las sugiere esta yedra indomable en el pálido recuerdo que permuta su verdor por la sangre reseca de los ladrillos? Un recuerdo que sigue adherido a la memoria, como la sombra al cuerpo, como el vaivén a la ola.


Bebíamos cerveza a raudales en aquellas tardes de domingo. Norberto hablaba, sonreía, Felix contaba historias de su estadía en Cuba. De la vez que una novia lo sorprendió, embelesado, mirándole el trasero a una estudiante mientras formaba fila para entrar al comedor universitario. El desenlace casi fatal. El golpe inesperado detrás de la oreja. La cara de yo no fui. Qué culpa tengo. Se me fueron los ojos detrás de la agraciada, la culpa es de los ojos que tienen vida propia. 


Lo cierto es que, a pesar de todo, aún no se ha escrito la historia de su congoja. Su viejo dolor unido al nuestro. Nació en el ingenio azucarero y pasó la infancia sin libros, sin bicicleta, persiguiendo la poesía que a su vez lo perseguía a él, la poesía de  los días, de la vida, de la dura infancia que tuvo y sólo pudo plasmar en difusos colores de lápices ajenos. Todo entonces le era ajeno, con excepción de la poesía que lo invadió. Los niños de su entorno nunca tuvieron tiempo para asir entre sus dedos los múltiples colores de las mariposas o atar en la mirada los paisajes del archipiélago. Conocer el canto húmedo de los ríos. 


Los frutos de su ingenio, en el amplio sentido del término, son agridulces, tiernos, amargamente tiernos. Pero Norberto no se quedó como tantos otros atrapado por el raíl ondulante y frío. Siempre recordaría, sin embargo, se llevaría en la sangre el polvoriento barrio de la provincia aldeana cayéndose sin ruido. El decrépito barrio cayéndose sin ruido. 


Después partió para Boston, de donde no regresaría. Se quedó allí ejerciendo la docencia y la poesía. Pero su signo fue siempre el desarraigo. Así, sin perro ni residencia fija, en el débil rumor de los días en que sobrevivió al peso de sí mismo, anclado en ese otro que lo empujaba a ramonear el árbol del tiempo. Quizás el tiempo en los deliciosos zaguanes de Ciudad Nueva o del Vedado, allí donde se perciben restos de diálogos a medias, conversaciones truncas o por elaborar, risas no acontecidas, planes por establecer, el presentimiento de un atardecer que asoma su húmedo y frío hocico, con pronóstico de nieve, “algunos chubascos dispersos a ratos tornándose hielo que hará peligroso el tránsito en las grandes autopistas”. Wellesley, Massachusetts, por las breves aceras de Beechwood Road donde  divagaba alguna vez, desandando en el pensamiento los restos de la tarde… Desandando en el pensamiento los restos de la tarde.



Siempre se negaría a volver la mirada, destruir sus tambores, impugnar a sus dioses, ignorar sus colores. Si a su memoria erigieran monumento alguno, preferiría que fuera dolmen al amor que profesó, no obelisco a la desidia o al desamor.


Ya ni siquiera recuerdo bien el lugar de aquellas tardes, el apartamento de aquel edificio en que Felix y yo y Molinaza nos reuníamos con Norberto a tomar cerveza los domingos.


Norberto lo sabía, lo dijo a tiempo, sabía que más temprano que tarde, en la memoria, habría de asumir la forma pura de un soberano temblor, se recompondría en las agotadas provincias de la memoria. Más temprano que tarde, lo palpable que era, ineluctablemente se tornaría memoria, mentida espuma en vaivén, simple recuerdo, aunque a pesar de todo seguirían importándole los callejones, el maíz tierno, un buen trago, un paseo por Juan Dolio… Un paseo por Juan Dolio, por ejemplo.        


Pasó una eternidad, un breve destello. Uno a uno han silenciado los perros. Una a una se le han apagado las lámparas, amargas lámparas que rodearon su fructífera existencia. Levantan vuelo sus humildes palabras, pero ya no le alcanzan las sales del viento. Ya no le alcanzan los continuos dolores que aquí permanecen. Ahora Norberto ha descendido. Ahora se escapa…